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miércoles, 17 de noviembre de 2021

Más allá de la repesca

De todos es sabido que la envidia es el deporte nacional. De todos es sabido que nos molesta más un éxito ajeno de lo que nos alegra una consecución propia. Todos sabemos cómo se las gasta el oportunista y en qué lugar vive el resultadista. Todos sabemos que estamos esperando el error como agua de mayo porque tras sus circunstancias viven nuestras opiniones. Y todos sabemos que nuestras opiniones, como una veleta, giran constantemente, pero siempre, a favor de viento.

Frivolizar es el arte de especular con el valor de las vanidades. En esa hoguera donde se queman los más fuertes y solamente los débiles se libran de su fuego, más por miedo que por capacidades, es donde suelen terminar todos los ídolos que queremos hacer caer con el simple valor de nuestra palabra. La sorna, ese dardo tan español que vive en boca de quien no conoce el valor del éxito, siempre tiene lugar en el fracaso. Cuando hay un éxito, rebuscamos en el cajón de los recuerdos para encontrar, si bien cabe, un momento en el que justificar nuestra incapacidad para responder.

Con Messi y Cristiano Ronaldo nos ha ocurrido algo demasiado preocupante como para considerarnos aficionados al fútbol. En la medida que en el análisis de afición no cabe el concepto de fanatismo, creo que nos hemos inclinado demasiado por el negro y por el blanco a la hora de analizar los éxitos y fracasos de los dos mejores futbolistas de las últimas décadas. Es como si en lugar de sentarnos a admirar su juego, su ambición y su talento, estuviésemos esperando a que metieran la pata para poder sacar el cinturón y arrear un par de correazos a nuestro dañado ego. La satisfacción de verlos sufrir antes que la admiración por verlos actuar.

Convendría no exagerar las burlas a Cristiano por su mal partido ante Serbia o los anteriores ante Liverpool o Manchester City. Si revisamos su palmarés y sus estadísticas, nos daremos cuenta de que ha dado muy pocos motivos para dudar de él. Si seguimos con la chanza y seguimos alegrándonos de cada error es posible que llegue el día en el que nos encontremos en su camino y nos deje con cara de tontos. Y entonces saldrán al paso los aduladores. Esos tipos que, como hienas, andan escondidos tras los matorrales deseando hacer carroña de cada bocazas.

jueves, 17 de junio de 2021

Paletos

Que somos un país de quijotes ya quedó claro desde que Cervantes retrató nuestra locura patria en las desvergüenzas de un pueblo que se reía de un pobre diablo. Porque aquí, la fuerza no reside en el grupo sino que se utiliza al grupo para medir las fuerzas y se utiliza la multitud para huir de la cobardía y dejarnos llevar por esa sorna tan sonrojante que nos delata como animosos ventajistas en lugar de como cuerdos analistas.

Empujados por la corriente de opinión nos apuntamos a las modas y nos aprovechamos de la inercia para jugar al pim pam pum con quien sea, porque aquí no hay más leña que la que arde pero a nosotros nos gusta hacer fuego con la madera ajena. Y claro, basta que el ínclito seleccionador haya cometido el pecado capital de no convocar a ningún futbolista del equipo que domina el espectro de opinión del país para que todas las miradas se hayan tornado en su contra y todas las palabras sean aguijones contra su espalda. Lo que no espera es que el tipo, con el lomo curtido y con más valor que intenciones, va a seguir jugando al suicido y se va a pasar por el forro todas las corrientes de opinión porque aquí él es el que manda y nadie le va marcar su hoja de ruta.

España no va a ganar la Eurocopa. Lo siento por el spoiler, pero no lo digo por el simple ejercicio de ser agorero sino porque, haciendo un sincero ejercicio de análisis, no tenemos los mimbres suficientes como para dar de nuevo este golpe en la mesa. Pero más allá del resultado, no se le puede negar a Luis Enrique el esfuerzo colectivo del grupo, las ganas por intentarlo y, sí, durante muchas fases de los partidos, las intenciones por jugar un fútbol bonito y de ataque. El problema es que falta contundencia atrás, carácter en el medio y puntería arriba, y sin los conceptos básicos de los equipos campeones resulta muy difícil salir campeón, algo que lo más seguro no ocurra y que, seguramente, tampoco hubiese ocurrido con jugadores del Madrid en la convocatoria.

No nos dejemos engañar; Ramos está convaleciente, Nacho ha hecho un temporadón pero no sube el nivel defensivo tantos puntos como para poder añorarle y Asensio e Isco, jugadores sobre los que hace tres años se podría haber formado un proyecto ganador, soy hoy sólo sombras de lo que aspiraron a ser. Luis Enrique no ha actuado con el corazón sino que lo ha hecho con la cabeza por más palos que quieran atizar en su espalda y por más desprecios que vaya acumulando con la suma de los resultados. Y es que tanto lo acontecido más allá del estadio como lo hecho en el mismo recinto nos refleja más como sociedad que como país, porque le damos al seleccionador por el antojo de una corriente de opinión y le damos a nuestro delantero por el antojo de una corriente de maldad. Llevamos más de un año pidiendo de rodillas que nos dejen entrar a un estadio y cuando se dan las circunstancias aprovechamos el regalo para insultar a uno de nuestros jugadores. Aún somos demasiado paletos.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Malos tiempos para la lírica

Se apagó el fogón, ya no queda nada, se secó el río de la abundancia y la travesía por el desierto nos

pilla sin provisiones, sin agua y con algún recibo acumulado en la estantería. Las liras suenan hoy desafinadas, las cuerdas del piano buscan un pianista y el director de orquesta vive jubilado en algún paraje en las afueras. No hay música de cámara, no hay, ni siquiera, un rock and roll, pegadizo, no hay instrumentos ni compositores. Son malos tiempos para la lírica.

Nadie olvida aquellos conciertos memorables, aquellas notas interpuestas que formaban melodías abrumadoras, aquellas tardes de sofá y cerveza, aquellos puños en alto, aquella garganta viva, aquella manera de sentirse espectador privilegiado de una época que no iba a volver. Sólo que nosotros creíamos que perviviría para siempre, que la gloria es eterna en carne, pero que sólo se convierte en leyenda dentro del pensamiento, sólo cuando el recuerdo la hornea dentro del molde de la nostalgia.

Ya no hay seguridad en el cuarteto de cuerda, ni saxofonistas que den el tempo, ni siquiera un batería que lo barra todo en el área de castigo. La generación espontánea se lo llevó todo; las copas, los honores y una manera de jugar al fútbol que ha terminado impresa en las bibliotecas. Hoy apenas quedan supervivientes de aquel naufragio que comenzó en Brasil y hoy sigue escupiendo cadáveres en nuestras costas del deseo. La roja, aquella que decían era ejemplo de juego y admiración, hoy es sólo un quiero y no puedo plagada de buenos y correctos jugadores, pero no de aquellos extraordinarios peloteros que coincidieron en tiempo y forma para crear una obra de arte que pervivirá en los anales de la memoria.

La selección española se juega su ser o no ser ante una Alemania incierta pero con las cosas claras y, sin embargo, el corazón de la desesperanza no late por un mero partido a vida o muerte en una competición sin sentido, no, el corazón de la agonía late por comprobar como aquel equipo donde los pasajes se compraban con sangre y excelencia es hoy una banda de tipos que intentan jugar a algo y no son capaces de generar ilusión porque las puertas del comercio están abiertas de par en par y puede colarse cualquiera a tratar de dar unas patadas al mismo balón de siempre. El problema es que, aunque el balón no haya cambiado, aunque el palo de la batuta sea el mismo, los futbolistas entran por defecto y los músicos se fueron marchando desde el exceso.

viernes, 17 de enero de 2020

Que Viva el Rey

Sobrevive en el gen del ser humano un instinto de supervivencia que le obliga a adaptarse al medio por más que el medio se vuelva salvaje y cruel. En el tiempo de las prisas, de las exigencias y de la necesidad de verse en las portadas del éxito, el dirigente futbolístico ha perdido, no sólo la paciencia, sino también la compostura. De esta manera, se explica esa actitud, tan comprometida con los tiempos que corren, que ha tenido la directiva del Barcelona con su último entrenador antes de despedirlo por los buenos servicios prestados.

Porque Valverde no fue un gato de siete vidas sino que gastó su única oportunidad en Roma y, desde entonces, no fue sino gastando los créditos de una renta ganada por el respeto del vestuario y por el comando obtenido en el campeonato de Liga. El problema, más allá del fútbol, llegó desde la exigencia etérea, porque no sólo contaba con lo que el Barça no podía hacer, sino con todo aquello que su rival sí hizo. Por ello, cualquier campeonato doméstico fue devaluado, cualquier récord de permanencia en el primer puesto fue puesto en duda, cualquier asalto al Bernabéu fue devaluado.

Porque la etapa de Valverde tendrá dos puntos de medición: Roma y Liverpool. Porque a Valverde le esperaban con la soga preparada y el patíbulo lleno de espectadores. Por ello, no resultó extraño a los propios que el tipo fuese vilipendiado después de perder un partido en el que jugó extraordinariamente bien durante más de una hora ¿El problema? La acuciante necesidad de sentirse superior a un sólo equipo en el mundo. Un mes atrás, el Madrid bailó en el Camp Nou y dejó al equipo en cueros en cuanto al juego. Le salvó el resultado, pero no le salvó el día que España rememoraba la lección blanca ante el Valencia en semifinales mientras el Atleti dejaba al Barça sin la final que toda Arabia buscaba.

No hay nada que delate la catadura moral de una persona que las formas utilizadas para llevar a cabo un compromiso. Mientras Valverde regresaba a casa con la moral en el suelo pero la ilusión en las nubes, el Barça llamó a Xavi, llamó a Pochettino y tanteó las posibilidades del entrenador del segundo equipo. Como el Barça no encontraba recambio ni a los postres, Valverde seguía formando parte del club mientras su cabeza pendía del hilo de la última llamada. La urgencia tuvo nombre de Quique Setién y, Valverde hubo de verse en el mercado de abastos como el último mono en un puesto de cacharros.

Tengo gran respeto por la forma de juego que propone Quique Setién. Me parece un tipo que tiene más ego que carácter y que tendrá que adaptar su discurso al de un grupo de millonarios. Tendrá que hacerlos creer, de nuevo, en ellos mismos y saber, sobre todo, que ha caído dentro de una jaula de grillos. Sabemos su faceta como encantador de serpientes, ahora habrá que medir su capacidad para domar leones. La oportunidad, única por el momento y por el club, no es más que un caramelo envenenado ante el que tiene que buscar antídoto. El equipo es líder y pelea por todo. No le quedará otra que mantenerse arriba y no dejarse eliminar en Champions. La exigencia es esa, es el Barça y si no cumple ya sabe como allí se las gastan. Patada en el culo, ningún agradecimiento y, si el Rey ha muerto, pues que viva el Rey.

miércoles, 16 de octubre de 2019

La persona y el futbolista

La tendencia a la confrontación se ha convertido en una necesidad tan demandada que solemos ocupar el espacio de opinión mucho antes de analizar aquel está ocupado por la información. Nos detiene el titular y, sobre todo, nos detiene la palabra ajena porque generalmente sólo la analizamos desde dos perspectivas opuestas: o dice lo que pensamos y entonces aplaudimos, o dice lo que no pensamos y, entonces, berreamos.

No estoy de acuerdo con Guardiola; España no me parece un estado opresor. Han pasado muchos años desde aquello y está claro que entre la nostalgia y el poco olvido, seguimos disparándonos en el pie mientras nos empeñamos en pasar página. Tenemos muchas cosas que mejorar ¿Quién no? Pero ni oprimimos por decreto, ni encarcelamos por sistema.

No estoy de acuerdo con Xavi; Qatar, siendo una dictadura que reprime a los homosexuales, que discrimina a la mujer y que condiciona a los niños, no puede funcionar mejor que España. Nunca. Se puede dar el hecho de que no te gusten cosas de tu país ¿Quién está de acuerdo con todo? Nadie. Pero de ahí a cuestionar el funcionamiento del mismo en comparación con un estado represor media un mundo.

Ahora bien, hemos de tener en cuenta de que cada vez que proferimos un insulto lo hacemos ante un personaje que no conocemos como persona. Y hay que tener en cuenta, sobre todo, que el desdén personal debería estar separado, siempre, de la admiración profesional. Estoy en profundo desacuerdo con ellos en su hipótesis acusativa pero puedo llegar empatizar, que no coincidir, con ciertos puntos de vista. Aquí es donde entra el carácter peyorativo del análisis: no nos gusta pensar, sólo nos gusta saber quién y cómo nos contrarian.

Seguiré admirando profundamente al entrenador; para mí, el mejor de lo que llevamos de siglo, y seguiré admirando profundamente al futbolista, para mí, el más importante en la historia de nuestro país. Porque a mí no me gusta confundir profesionalidad y juego con personalidad y pensamiento ajeno al mismo, porque una cosa es lo que dicen y otra es lo que hicieron cuando el fútbol dependió de ellos. Ojalá España y Cataluña encuentren una posición común desde la que sentarse a hacer las paces, ojalá algún día Guardiola y Xavi sepan reconocer lo que su país ha hecho (o ha dejado de hacer por ellos), pero, sobre todo, ojalá la gente supiese separar lo personal de lo profesional porque, palabras más o palabras menos, los dos han sido los mejores en lo suyo y eso no habrá declaración que lo empañe nunca.

miércoles, 16 de enero de 2019

La exposición del error

La vida analizada desde un prisma clasista nos pone un objetivo demasiado desenfocado, porque más allá del ciego que no quiere ver, está el sordo que no quiere oir, y es que la verdad, por mucho que se pinte de gris, no será más que una verdad parda, pero una verdad al fin y al cabo.

Al Madrid no le gusta el VAR. Paren las máquinas, cambiemos el discurso, giremos la cabeza. Como consecuencia de ello, a nadie debería gustarle el VAR. O, como menos, no debería gustarnos el VAR tal y como se aplica; como si se aplicase de manera ecuánime para todos los equipos excepto para uno. Volvemos a lo de siempre; cuando el juego funciona, llorar es de envidiosos. Cuando el juego es un desastre, la culpa siempre es del empedrado.

Si existe un problema de falta de unificación de criterios, es global, y no particular. Tal es el poder mediático del Real Madrid, que bastó un desplante de Florentino Pérez en la Federación para que la cúpula arbitral saliese a la palestra. No imagino a Clos Gómez, mucho menos a Velasco Carballo, saliendo a dar la cara en público ante una protesta del Valladolid u otra del Eibar. Es el problema que nos encontramos cuando les hemos acostumbrado a los nobles a darles todo el diezmo; en cuando los jornaleros aspiran a convertirse en burguesía, gracias a su trabajo y tesón, todo son quejas al rey.

Este cruel sistema medieval en el que dos se reparten ligas y el resto se reparten migas, nos ha llevado a una sensación de seguridad, casi jurídica, de indefensión. Bastaron media docena de decisiones, vía VAR, que no favorecieron al equipo de todos para que el mundo se girara en contra. Atropello, indignación, protesta. Y no, es sólo fútbol. Simple y llanamente un juego donde se debe tratar el balón con la mayor precisión posible. El resto, factores externos, son todos mejorables, claro está, pero mientras sigamos estando en manos de hombres, seguiremos estando expuestos al error, a la duda y a la confusión de criterio. Y si algún día deja de estar en esas manos, entonces ya no será fútbol.

lunes, 14 de enero de 2019

Messi y el desgobierno

Los análisis en caliente tienen un matiz demasiado indecoroso porque suelen hacerse, por norma general, al calor del resultado; esa simplista forma de creer saber lo que ha pasado. Los grandes además, no ayudan a fomentar el debate porque ellos arrastran todo su marea; si ganan, son la leche, si pierden, por el contrario, entran en una crisis sin precedentes, porque jamás se van a parar a pensar que quizá los rivales hayan sido mejores que ellos.

El Levante ganó al Barça con dos de los factores imprescindibles a la hora de afrontar un duelo; constancia y suerte. Tuvo la fe necesaria para encontrar rendijas en el sistema de Valverde y, sobre todo, tuvo un portero que supo tapar las pocas ocasiones claras que tuvo el Barça. El Levante jugó bien y no se puede decir que el Barça lo hiciese mal, pero antes de acusar a la segunda unidad, convendría saber que quizá el problema es que el equipo, más allá de Messi, tiene serias dificultades para encontrar un camino.

A medida que fue desprendiéndes de buenos centrocampistas, el Barça hubo de ir virando su manera de afrontar los partidos. Del control total pasó al control alterno y, en muchas ocasiones, al mismo desgobierno. El problema lo soluciona el Barça con esa dosis descomunal de talento que tiene arriba; Messi es el pegamento perfecto entre una línea media que va y viene sin la determinación de antaño y Luis Suáez, ese delantero centro que, como dijo Picasso, no deja de trabajar en busca del momento de inspiración.

Sólo desde el talento atacante puede entenderse una victoria tan contundente en un partido tan gris como el de anoche. No fue la mejor versión del Barça y se pareció mucho a esa versión que sufre en demasía cada vez que el rival se atreve a taparle la salida de balón. Ese ejercicio de audacia suicida tiene el contrapunto de dejar a Messi a su libre albedrío siempre que el Barça supere la primera línea de presión, pero puestos a creer que todo está perdido, mejor salir a jugar como si ya todo estuviese ganado.

martes, 16 de octubre de 2018

También se puede perder

Cómo dijo el analista, ni antes éramos tan buenos ni ahora somos tan malos. En esta fea costumbre nuestra de analizarlo todo desde el propio ombligo, tendemos a olvidar que muchas veces nos jugamos los trastos contra otro equipo y que el otro equipo, igual que el nuestro, también juega y también tiene sus bazas. España, que murió por homicidio y no por inanición, se encontró enfrente a un equipo que había trabajado el partido y cumplió su plan a la perfección. Presión en el medio y juego directo tras recuperación. Muchas veces, los planes más sencillos resultan los más difíciles de ejecutar.

Como el fútbol es un juego de contrastes, se puede interponer una línea de tres atacantes dispersos para atormentar a una línea de cuatro zagueros en zona de nadie. Luis Enrique ordenó adelantar las líneas para no dejar respirar a los ingleses, y el plan hubiese surtido efecto si Saúl y Thiago hubiesen sabido gobernar la zona ancha, pero allí, en el campo de minas programado por Southgate, terminó implosionando el juego inglés. Cada pérdida era una contra letal que terminaba en un mano a mano contra De Gea. El portero, vendido ante la adversidad, no pudo sino mirar como el balón perforaba sus redes una y otra vez.

Lo que arregló España en la segunda parte fue más el problema coyuntural que el conceptual. Debió aprender, al menos, que si todos reman, el barco avanza. Inglaterra, con un botín suculento, se aculó en tablas y la roja supo que, para las remontadas sólo sirven los arrebatos de orgullo. Lo intentaron hasta el último suspiro y por ello no podremos reprocharles nunca nada. Hay una enorme diferencia entre morir nadando contra la marea a morir tan sólo con la pose. Aquella tarde en Rusia ante el anfitrión fue el ejemplo perfecto de cómo no se debe perder. Lo de anoche, en Sevilla, fue el ejemplo perfecto de que, por muy claro que lo tengas, también se puede perder.

miércoles, 16 de mayo de 2018

La línea de meta

Cuando uno ha saboreado el fracaso, cuando conoce el sabor de la hiel, cuando la sangre ha manchado la comisura de sus labios; cuando uno sabe que la derrota es el peor enemigo de la tranquilidad, sabe que la línea de meta, más que un objetivo, es un sueño plausible.

El Atleti se ha vuelto a reencontrar consigo mismo. En la que será su quinta final europea en una misma década, ha aprendido a mirar hacia adelante sin miedo a mirar atrás; porque atrás están las más dolorosas derrotas, las noches más tormentosas. Jugar una final es una esquirla en la memoria, perderla es una china en el pie; cada paso, cada mirada, cada recuerdo, están manchados de aquel gol en el último minuto o aquel penalti al palo de tu gladiador más fiel.

El miedo al fracaso bordea el instinto de cada uno de nosotros, pero no es menos cierto que las grandes empresas están dibujadas para los tipos más valientes. El favoritismo, ese maldito arma que, en su doble filo, amenaza el cuello del equipo en su empresa más preceptiva, puede ser la soga que estrangule las verdaderas opciones mentales del grupo. Ayer avisó Simeone: "Cuando llegas a una final, es importante tener humildad". Esa es la palabra. Humildad, respeto y valor y, a raíz de ahí, pensar, una vez más, en los miles de aficionados que han gastado su dinero en un viaje y una pasión y en los millones que, desde nuestras casas, volveremos a dejar sin voz a nuestras gargantas.

lunes, 16 de abril de 2018

Una causa de respeto

Existe una necesidad de odio tan extendida que, ante el elogio más visible, dejamos que nos ciegue la ira y entendemos blanco donde hay un negro. La sociedad, más dada a la sentencia que al análisis, se va convirtiendo en un vertedero de malentendidos donde las palabras caen como de un saco roto al vacío de la incomprensión.

Las rivalidades mal entendidas derivan en una espiral de odio innecesaria. No hay nada insano en desear que pierda el enemigo, lo insano es desear el mal personal, el insulto gratuito y la educación forofa. Cuando alguien abre la boca para hablar de tu equipo, el primer ejercicio debe ser el de escuchar. Después analizar. Y por último, si la ofensa es evidente, responder con argumentos. Generalmente hacemos todo lo contrario y, como nos la cogemos con papel de fumar, basta ver que alguien nos cita para mandarlo al coso con los leones.

Hablaron los gurús y, aunque en sus palabras no había inflaciones ni consumismo mal entendido, muchos quisieron que subiera el pan. “Penalti claro”, “No es penalti”, “Me parece dudoso” ¿Dónde está el insulto? Vale que nos encontremos con una jugada polémica, con una situación crucial y con un momento crítico, que ya son muchas las ocasiones en las que la polémica se atañe contra alguno de los dos transatlánticos de nuestra liga, pero ¿A qué viene enfadarse cuando alguien no piensa lo mismo que tú?

No hace mucho, el Madrid caía en octavos como una fruta madura y el Barça vivía años de esplendor aprovechando la inercia de una camada insuperable. Untaban la Nocilla en su pan y se lo comían sin apenas necesidad de masticar. Los lunes en el trabajo eran incómodos, los viernes de víspera eran un compendio de esperanza y los domingos de partido eran una procesión de resignaciones. Y había que buscar una coartada. Villarato, lo llamaron. Curiosa manera de entender la ofensa actual. Tantos años acusando de robo al ajeno que, cuando hay una viga en el ojo propio es mejor ofenderse antes que analizar. Es mejor batallar que discutir. Es mejor patalear que dialogar. Los que hablaban de falsa humildad, de mear colonia y de la estúpida reinvención del fútbol, son los mismos que ahora gallardean ante la adversidad. Defensa de sus intereses lo llaman. Quizá es un problema empatía, quizá el problema, en general, es que nos han enseñado tan mal a perder que cuando podemos ganar no somos capaces de demostrar que ser el mejor es un motivo de orgullo sí, pero también una causa de respeto.

viernes, 16 de marzo de 2018

El personaje sobre la persona



En fútbol, el ruido ha tomado una importancia tan relevante que, en ocasiones, cuesta creer que no
tenga más relevancia que los goles. La mediatización de lo banal nos ha convertido en consumidores de detalles ignominiosos, burdas representaciones de un espectáculo que, a menudo, representan los artistas fuera del escenario.

A consecuencia de este periodismo de papel cuché, nos hemos acostumbrado a situar al personaje por encima de la persona y a esta, aún más, por encima del deportista. Sin que nadie se haya parado a explicarnos que ser más o menos ególatra, prepotente o estúpido puede ser perfectamente compatible con ser un competidor ejemplar.

A Cristiano le hemos calificado de tantas maneras que resulta imposible imaginarlo como un tipo normal. Como ninguno de nosotros hemos compartido con él ni un sólo segundo de su intimidad, dejaremos los juegos de calificación para los profesionales de la información absurda y nos centraremos en lo que realmente importa a los que nos gusta el fútbol por encima de las lisonjerías.

El papel de Cristiano en el fútbol actual tiene el mérito añadido de saberse competidor contra el mejor futbolista de su generación. En cualquier otra época, quizá, hubiese gobernado el fútbol con puño de acero y no hubiese aceptado comparación alguna. Enfrentarse a Messi, sin embargo, es obligarse a demostrar, a diario, que estar a la altura no es sólo una obligación sino un sacrificio.

La respuesta de Cristiano ante Messi es la de un enfermo de la estadística. Puede ser más o menos criticable su obsesión por ser el jugador que más goles marca, lo que no se puede poner en duda es su capacidad para regenerar su autoconfianza un partido sí y otro también. Cristiano sigue sumando goles y sigue acumulando récords. Se retirará como máximo goleador en la historia del Madrid y raramente veamos a otro tipo con semejante capacidad para romper los moldes de la estadística. Y lo ha conseguido en menos de diez temporadas. Quien quiera centrarse en el peinado, en la celebración o en su querencia a censurar a sus compañeros cuando no le pasan el balón, puede sintonizar programas indignos de la medianoche. Quien quiera seguir reconociendo los méritos del futbolista, puede seguir sintonizando sus partidos y disfrutar de un hambre voraz que no conoce límites.