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miércoles, 7 de noviembre de 2018

La parada del autobús

Las comparaciones, tan odiosas como letales, suelen situar a los futbolistas en un lugar de partida tan adelantado que no saben en qué momento deben mirar atrás. Los listones, tan altos como lo dictan las expectativas, se convierten en escollos y, cuando aparecen los primeros fallos, no sabemos perdonar el error porque, para nosotros, el aprendizaje ya viene de serie.

Son muchas las historias de chicos que se iban a comer el mundo y terminaron engullidos por la responsabilidad. La de Josh McEachran no es sino una historia más en la leyenda negra de los tipos que quisieron ser leyenda y hubieron de vivir acostumbrándose a ser, simplemente, buenos futbolistas.

Porque la excelencia es un lugar donde sólo habitan los elegidos y donde solo aguantan los decididos. La virtud, más allá de llegar, consiste en aguantar el pulso y en saber que el fútbol, además de un juego, se ha convertido en una competición de presiones donde el más fuerte se come la tostada. McEachran era talentoso, descarado y vistoso; a priori, el futbolista ideal sobre el que depositar la esperanza de una entrada, el jugador sobre el que soñar un futuro perfecto.

Lampard le ponderó, Ancelotti le fue dando cancha y la prensa, tan ávida de ídolos como quien busca un nuevo pedazo de carroña, lo situó en el altar de las futuras glorias. Pero el talento, sin físico, no es más que un soplo en mitad de un vendaval. El fútbol a mil por hora del nuevo siglo terminó devorando sus expectativas y el chico voló de casa para enfrascarse en pequeños proyectos en los que sólo dejó gotas de esencia perdida.

Hoy busca su lugar en la segunda división del fútbol inglés, acomodado en Brendtford, busca la pelota sin presión y la entrega sin condiciones. Ya no es una promesa, ahora es un futbolista más dentro de un mundo que devora niños antes de vomitarlos como hombres. Un mundo que no entiende de esperas porque la parada del autobús está llena de tipos dispuestos a empujar para ser los primeros en coger sitio.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Dibujando sueños

Una buena pierna izquierda, una velocidad aceptable y una considerable capacidad goleadora son una carta de presentación lo suficientemente plausible como para tener en cuenta a un futbolista en el cuaderno de anotaciones. La mediatización de la promesa, tan dada siempre a la comparación exagerada, suele levantar hacia los altares a chicos que no han jugado contra hombres y a proyectos de hombres que no han jugado contra genios. La verdadera vara de medir, aquella que otorga la competición de alto nivel, es la criba que termina de separar el trigo de la paja, es la balanza que inclina a los elegidos y lanza hacia el pozo a los descartados.

Germán Pacheco llegó a España con quince años y muchos sueños. En el cadete del Atlético de Madrid formó una pareja imponente junto a Borja Bastón. Tanto les ensalzaron que no tardaron en llegar las comparaciones. Uno rápido es el nuevo Messi o el nuevo Fernando Torres, como si los genios, por ciencia infusa, nacieran cada año en cada rincón del planeta. Ambos, más acostumbrados a la glosa que a la crítica, terminaron quedándose por el camino. Borja, al menos, consiguió labrarse una carrera como jugador de Primera División, que no es poco, pero Germán inició un peregrinaje por el mundo que le condujo a media docena de países.

Todo comenzó en un derbi juvenil y se consolidó en un amistoso ante el Arsenal en el mismísimo Emirates Estadium. Ante el juvenil del Real Madrid hizo tres goles de diferente calado conduciendo a su equipo hacia el campeonato, ante el Arsenal fue a más y anotó un gol de bella factura mientras dejaba detalles de crack. Llegó el encumbramiento y llegaron las prisas. El chico quiso correr pero su carrera se quebró cuando llegó al Rayo Vallecano y comprobó que la segunda división es una categoría de tipos curtidos que no regalan caramelos. Pepe Mel no contó con él, el chico quería jugar y voló a Argentina, dos años y tres equipos después, regresó al Atlético, pero ni sus condiciones ni su cabeza eran la misma. Ya no estaba Borja, pero el filial tenía otros nombres y Pacheco no era uno de ellos. Hastiado de esperar se marchó a Rusia y desde Brasil aterrizó en Perú donde se hizo un nombre. Volvió a ser el niño de quince años que jugaba para asombrar, pero una liga menor nunca alcanza la repercusión de la élite. Tras un viaje de ida y vuelta regresó a Perú tras conocer la liga tailandesa y ahora apura sus últimas gotas de sudor en la liga boliviana. La vida de los hombres, a menudo, es la vida de los niños que soñaron en grande y se despertaron en el mundo real. El fútbol dibuja sueños pero solamente los futbolistas son capaces de llegar a cumplirlos.

martes, 24 de julio de 2018

Papel charol

Los sueños se fabrican en papel charol. Reluciente, imponente, siempre deslumbrante. El dibujo de un gol, el sonido de un aplauso, la gloria del reconocimiento. En cada niño vive un sueño latente, en cada adulto vive un sueño frustrado, en cada lugar duerme un sueño eterno.

Prometer no es sinónimo de cumplir, pero viajamos tan deprisa en el tren de las exigencias, que queremos que cada nombre signfique gloria y cada gol signifique futuro. Hay tantos tipos desparramados en el camino de la promesa que se convierte en obligatorio reflexionar sobre si exigimos a los demás lo que no exigimos a nosotros mismos o si, realmente, nuestra necesidad de victoria nos convierte en devoradores de mitos.

Bojan llegó al fútbol con la vitola de chico deslumbrante. Se encontró a Messi en el camino y no le cupo la comparación. Más allá de dejarle crecer y creer en que podría ser otra cosa, ninguno nos paramos a reflexionar que Messi sólo hay uno y que basta con ser un buen jugador para vivir del fútbol.

El profesional, como persona, busca la estabilidad, pero nosotros la negamos con el ímpetu del deseo. Los chicos que, como Bojan, caen en el pozo de la desesperación, terminan su recorrido a mitad del camino. No le sirvió al Barcelona, como no le sirvió a la Roma, ni al Ajax, ni al Mainz. Sigue buscando un atajo en Inglaterra, pero más allá del final, están las consecuencias del principio. A él, como a otros, le mataron antes de empezar, porque no supieron entender que una promesa no es más que un bonito recipiente vacío de contenido.

Crecer es creer. Valorar es respetar.

jueves, 7 de junio de 2018

Luciérnaga envejecida

Cabeza de ratón o cola de león. He aquí el dilema de muchos futbolistas que, dotados de la varita mágica del talento, prefieren muchas veces esconderse en la energía de sus compañeros antes que dar el paso adelante que los consagre en el podio de la épica. Como el talento, casi siempre, está bajo sospecha, hay muchos futbolistas que deben correr el doble de lo que deberían para poder ofrecer un gramo de satisfacción a sus entrenadores. Muchos, de tanto correr, terminan tan desanimados que prefieren tirar la toalla y dejarse llevar antes que luchar consigo mismo y dejar que el fútbol, por inercia, termine poniendo todas las cosas en su sitio.

Samir Nasri fue un principito mimado bajo la tutela de Arsene Wenger en el Arsenal de principios de década. Allí, liberado y arrancando desde la izquierda, encontró noches de aplauso al calor de una hinchada que agradecía sus detalles. Jugó tan bien que se hizo un fijo e las convocatorias de su selección, pero ganó tan poco que prefirió mirar hacia otra orilla antes que seguir remando en una trainera que nunca cruzaba la primera bajo el puente de la victoria.

En Nasri se dieron dos condiciones que empequeñecieron su progresión; su lividez física le impedía imponerse en el área y su carácter apocado le impedía ejercer de líder. Por ello, a medida que iban pasando las temporadas como titular en el Manchester City, prefirió ejercer un papel secundario antes que dar el golpe definitivo que le consagrara como estrella mundial.

El problema de dejarse llevar psicológicamente es que, al final, terminas dejándote llevar físicamente. Cuando Guardiola aterrizó en Manchester, una de las primeras cosas que dejó claras es que Nasri no estaba para jugar al primer nivel y si algo necesita un equipo que aspira a todo es contar con una plantilla de futbolistas aptos para jugar al primer nivel. Ocurre, sin embargo, que cuando se cierra una puerta, generalmente suele abrirse una ventana, que el mundo de los sueños no se acaba en la última estación y que siempre habrá un tipo esperándote para volver a hacerte creer en tus posibilidades. 

Gracias a las vicisitudes, el Sevilla quiso encontrar un futbolista dispuesto a reencontrarse consigo mismo. El que no es atleta ni fuerte necesita libertad y comprensión. Nasri seguía sin ser un líder, pero no dejó de ser un estupendo futbolista, lo suficientemente bueno como para lograr que sus compañeros le buscasen y, generalmente, le encontrasen. Lo suficientemente bueno como para empezar a ejercer de estrella en un equipo necesitado de identidad. Lo suficientemente bueno como para volver a poner al Sevilla en el primer plano del fútbol mundial. Lo suficientemente inconstante, por desgracia, para apuntalar dos condiciones básicas: continuidad y fe. Sin ellas, la estrella volvió a apagarse y ahora intenta alumbrar, cual luciérnaga envejecida, las cuevas más recónditas de la liga turca.

lunes, 7 de mayo de 2018

Necesidad de empatar


A menudo nos dejamos deslumbrar tanto por los flashes que acabamos ciegos por la emoción. Nos
cuesta tanto ejercer la coherencia que no dudamos en lanzarnos a la piscina de la opinión desnaturalizada; vemos algo, lo queremos y, si nos gusta, lo situamos por encima del bien y del mal.

Cuando Oliver Torres apareció en escena hace varios veranos en el europeo que España le ganó a Grecia en la exhibición ofensiva de Jesé, Deulofeu y Alcácer, la prensa, tan dada a la comparación cuando el verano no ofrece mucha tela que cortar, se precipitó a bautizar al chico como el nuevo Xavi. Las comparaciones, tan odiosas en la mayoría de las ocasiones, tiene implícito el peligro de etiquetar a alguien como algo que, ni es, ni jamás será.

Oliver Torres no es Xavi Hernández. Ni lo es, ni lo será. Tiene muchos cocidos por comer, muchos partidos que empatar y muchos pases de gol por emplastar. A pesar de ello, a muchos les bastó tres detalles en tres partidos intrascendentes para proclamar al chico como el adalid del fútbol moderno.

Se escucharon voces que pidieron un lugar para Oliver en la selección española, otros dijeron que había hecho olvidar a Arda cuando el turco se marchó a Barcelona y algunos, los más osados, comentaron que sería el faro del equipo durante la próxima década. No había lugar a dudas de que el chaval tenía unas condiciones futbolísticas extraordinarias, pero más allá de la promesa, la realidad es que Oliver no había jugado más de tres partidos como titular en el Atlético de Madrid.

La paciencia es una incómoda enemiga para un mundo que vive a mil por hora. A muchos futbolistas, por no aportar goles ni carreras deslumbrantes, se les pide el doble que a otros que no aportan ni la mitad. Resulta imposible olvidar casos como los de Xavi y Pirlo, probablemente los dos mejores centrocampistas de lo que va de siglo y que, sin embargo, hubieron de enfrentarse a la impaciencia y a la feroz crítica que los situó en el disparadero de la duda. No fue hasta su madurez cuando pudieron demostrar que el fútbol, más allá de las piernas, vive en la cabeza porque correr detrás de una pelota es de atletas, pero conseguir que quien corra sea el contrario es de buenos futbolistas.

A Guti, por ejemplo, nunca le dejaron demostrar su verdadera valía porque nunca recibía alabanzas en la victoria y, sin embargo, sobre él caían todos los puñales tras la derrota. Iniesta, por su parte, no fue titular indiscutible en el Barcelona hasta los veinticuatro años y, aunque llevaba desde los dieciocho en el primer equipo, tuvo que esperar a que tipos como Edmilson, Van Bommel o Deco se marchasen para ocupar un lugar en la historia del fútbol. Ahí tenemos también el caso de Cesc, obligado siempre a correr de más para no ser tenido de menos, o el de Thiago Alcántara al que los mismos que alababan a Xavi e Iniesta le instaron a marcharse lejos porque no le veían condiciones para navegar en un buque tan lujoso.

Vienen a colación los ejemplos para tener en cuenta que lo que hoy son asombros, mañana no tardarán en tornarse en críticas, seguramente injustas. Para manejar un timón se necesita madurez, pausa e inteligencia. Y, sobre todo, entender el juego por encima de las contraindicaciones. Muchos le pedirán un regate, otros le achacaran su falta de ambición de cara a puerta y serán más los que le echen en cara, tras una derrota, que no haya ido al choque contra los centrocampistas rivales. Para crecer, Oliver, que aún sigue buscando su lugar en el mundo, necesita mucho tiempo y, para admirarle, todos debemos saber perdonarle los errores. Si tanto él como nosotros sabemos esperar el momento, el chaval se convertirá en un buen futbolista, aunque ya no sea el futbolista que todos deseamos. De no ser así, será otro viejo juguete en el desván de los trastos rotos. El juguete que muchos aficionados de hoy ya se piden para reyes sin saber exactamente cómo va a funcionar.