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miércoles, 19 de abril de 2023

Diferencial

Un equipo de fútbol es un conglomerado de personalidades que han de confluir en una mentalidad común. A parte de las características, existe un factor diferencial que es talento, el cual te lleva a lomos más rápido hacia el éxito cuando el trabajo se iguala y cuando la fe acompaña. Dentro del grupo existen los trabajadores, auténticos estajanovistas del balón que no dudan nunca y sobrepasan el ánimo; los virgueros, aquellos que buscan el lucimiento por encima de la sensatez; los líderes, aquellos que con una sóla voz son capaces de llenar estadios y producir una piña, y los definidores; aquellos que consiguen que, cuando el balón llegue a sus pies, el estadio guarde un silencio premonitorio. Pero si hay un tipo de futbolista que te eleva hacia el Olimpo y te hace mirar hacia adelante con la seguridad de que el trofeo acabará en tus vitrinas, ese es el futbolista diferencial; ese tipo tocado por la varita que convierte en oro cualquier jugada, que sale de cualquier trampa, que arranca en dirección a la portería contraria y provoca tantos estragos en el rival que es capaz de provocar que toda una defensa tenga pesadillas durante más de una noche consecutiva.

Acostumbrados, durante años, a la tiranía excelsa de Messi y Cristiano, todo parecía allanado para que dos tipos de tan opuesto repertorio como Mbappe y Haaland, se disputasen el trono de mejor jugador de la próxima década; uno por velocidad y otro por apabullamiento, se miraron a los ojos creyendo no tener a nadie por detrás, pero de lo inesperado surge siempre el outsider y desde el talento extremo, surge siempre el futbolista diferencial.

Durante un lustro, al menos desde que Cristiano marchó a otras tierras, nos acostumbramos a ver al Madrid sobreviviendo gracias al ángel de Courtois, al mando de Modric y a la sapiencia de Benzema. Estos tres tipos, que por sí solos podrían haber construído un monumento futbolístico, se vieron abocados a entender a un extremo brasileño que, tras la duda primero y tras la mofa después, se ha convertido, con su permiso, en el futbolista más diferencial del equipo y, visto como está el Madrid, quizá en el futbolista más diferencial del planeta.

Vinicius aúna las virtudes de los grandes futbolistas de siempre; talento, velocidad, descaro y una capacidad especial para convertirse en imparable. Conocedor de los defectos de los laterales modernos, se sitúa siempre a la espalda para encontrar el pase preciso e iniciar una carrera que le conduce siempre hacia el área contraria. Pero no sólo del desmarque vive el brasileño; cuando trata de encarar en estático, tiene recursos de sobra para salir airoso y ganar la línea de fondo, ya que tiene una culebra en la cintura y dos propulsores en los pies. A tan alto nivel ha llegado su fútbol que se ha convertido, casi sin quererlo, pero con total merecimiento, en el principal arma ofensiva del mejor equipo del mundo.

Con Mbappe en la cuneta y Haaland en el horizonte, Vinicius afronta un mes crucial para convertirse, por derecho, en el máximo candidato a esos trofeos de fin de año que coronan a los mejores futbolistas del planeta. Para ello ha de seguir driblando y sortear las trampas que le pondrá Guardiola en la Champions y los autobuses a los que deberá enfrentarse en una etapa final de la liga en la que el miedo tiene más poder que la ilusión. De su capacidad para seguir saliendo airoso de las trabas dependerá su consagración definitiva como futbolistas. Porque el día a día otorga admiración, pero cuando se es diferencial en los días grandes, es cuando se inscribe tu nombre en los libros de historia.


jueves, 19 de enero de 2023

El número uno

Las mesas de debate suelen ser basureros de discusiones superfluas o peleítas de baja estofa por hacer saber quien la tiene más larga y, sobre todo, por tratar de potenciar lo que nos late en el corazón por encima de lo que nos dicta la cabeza. Por ello, el periodismo deportivo se convirtió en una barra de bar donde cada uno muestra su carné de simpatizante creyendo que así se acercaban más al pueblo mientras se alejaban cada más de la realidad.

Durante los años en los que Messi gobernó el juego con fútbol y goles, los predicadores de lo suyo se empeñaron en izar a Cristiano hacia lo más alto de los altares por la simple premisa de que vestía la camiseta que a ellos les gustaba. Sin menospreciar a Cristiano, quien ha sido un goleador implacable y con una alta dosis de decisión en los momentos clave, los soldados de la sensatez trataban de hacer saber que ser el segundo mejor jugador del mundo no tenía porqué ser una ofensa, pero ellos erre que erre, no queremos al enano y si hace falta nos inventamos un Chitalu para desprestigiarle.

Acabados los debates históricos tras el mundial, ahora empieza el debate de los forofos al otro lado del puente aéreo. Uno, que puede afirmar y confirmar, que Messi es lo más grande que ha visto sobre un terreno de juego, podría estar de acuerdo, en cierta manera, en que pudiese recibir un nuevo balón de oro, pero en lo que no estaría de acuerdo, ahora mismo, es que el argentino siga siendo, por más que pese, el número uno.

Y es que el jugador más decisivo del mundo juega en el Paris Saint Germain pero no viste el número treinta. Killian Mbappé tiene todas la virtudes de los mejores futbolistas de la historia y, sobre todo, tiene la capacidad competitiva de evitar que se descubran mucho sus defectos. Con una velocidad endiablada y un sinfín de recursos en el área, Mbappé ha llegado para quedarse y para decirle al mundo que los balones de oro se regalan en base a títulos pero que la capacidad para ser el mejor se gana en el campo y él lo lleva demostrando durante un par de temporadas.

Acicatado por la llegada de Neymar primero y la de Messi después, Mbappé no encontró presión sino motivación a la hora de jugar al lado de los mejores, lejos de apartarse, analizó aquello como un reto y no sólo se propuso ser complemento sino ser incluso mejor que ellos. Porque de eso trata la verdadera grandeza, la que vive en los pies de los privilegiados y en la cabeza de los elegidos; ser el mejor por hecho y por derecho.

Mbappe, que juega a mil por hora y vive con la mueca de Mona Lisa incrustrado en su rostro, presentó su mayor credencial ante el mundo llevando a Francia hasta la final en un mundial fastuoso, lleno de detalles y de jugadas para el recuerdo. Y aunque perdió, su sello quedó impregnado para siempre en forma de hat-trick en la final y, sobre todo, en la mirada pavorosa de todos los argentinos que se cruzaron con él durante el tiempo que duró la prórroga. Y es que respeto no se suplica, sino que se gana y los jugadores rivales ya saben de sobra quien es Killian Mbappé. Ese futbolista que mientras miraba a Messi recorrer el espacio que le separaba de la copa del mundo, pudo decirle con la mirada; tú ahora eres el campéon, pero yo ahora soy el número uno.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Cyborg

El fútbol cambió por completo cuando dejó de ser de los futbolistas y se convirtió en el coto privado de los entrenadores. No tuvo que cambiar necesariamente para mal, es sólo que donde había libertad comenzó a haber corsés y donde había ideas comenzaron a verse piernas. No todos los generales quieren soldados de infantería, los hay que siguen dando rienda suelta a la improvisación y al talento y los hay que estructuran cada movimiento llegando a predecir, incluso, lo que va a ocurrir en cada jugada. Sucede, sin embargo, que la genialidad, de manera definitiva, está exenta de matices y que al final, por más trazos que quieras tirar a lo largo de un mapa, llega el momento decisivo y la genialidad termina imponiéndose siempre a la planificación. Son esos momentos en los que te cruzas de brazos y te dispones a disfrutar de tu fracaso o a lamentarte por tu éxito.

Cuenta Valdano que un día le reprochó a Guardiola que le dijese que nada le producía mayor satisfacción que comprobar que el campo sucedía todo aquello que él había planeado ¿En qué lugar queda entonces, la libertad del futbolista? Le dijo entonces. Guardiola cree que sus futbolistas son libres, pero dentro de su corsé de juego. Y es que hoy en día, todos los entrenadores, incluido Guardiola, son esclavos de un estilo y rehenes de su propia ideología. Destaca el matiz de Guardiola porque es el adalid del fútbol ofensivo y el máximo referente del fútbol espectáculo a día de hoy, porque son muchos los que achacan a Mourinho o Simeone, su nula transigencia a la hora de negociar su estilo, pero es que, aunque sean completamente opuestos, hasta Guardiola y Klopp se ciñen a un guión que obliga al futbolista a guionizarse antes de expresarse y a regularizarse antes de administrarse.

El Manchester City es el mayor equipo de autor en la carrera de Guardiola. Libre de Messi y lejos del corsé alemán, Guardiola ha sabido expresar todo su ideario en un equipo construido por y para él por futbolistas comprados por y para él. Sólo él creyó en De Bruyne, Bernardo Silva o el propio Rodri. Él supo reconducir a Walker, a Mahrez o incluso a Sterling. Él reconvirtió a Cancelo, a Foden o a Gundogan. Y él consiguió que todos, absolutamente todos los jugadores del equipo participasen del juego como una colectividad automatizada.

El juego del City, que comienza en el centro del campo con su propia línea defensiva, se caracteriza por intensidad, vértigo y paciencia. De esta manera, el balón va circulando de un lado a otro hasta que un atacante consigue hacer un desmarque y un mediocampista consigue encontrar el espacio. Visto así, parece hasta fácil, pero requiere de un pie privilegiado y de una cabeza de rápido procesamiento. Y, sobre todo, de una capacidad de concentración lineal que obliga a estar pendiente del juego desde el portero hasta el delantero centro, convirtiéndose este, en la mayoría de las jugadas, en un punto de apoyo más en la elaboración del juego.

Mientras existió Agüero, Guardiola pudo sostener su estilo porque el argentino, además de golear, sabía anticiparse a los centrales y pivotar al tiempo que, seguidamente, se marchaba para buscar el desmarque de cara a gol. Se trataba de aprovechar la fortaleza de su tren inferior para tirarse unos metros atrás, ganar la jugada, servir de apoyo y volver a empezar. Como además respondía con goles, servía igual para un roto que para un descosido. Y es el que el gol, en definitiva, es el matiz que diferencia a los bueno de los muy buenos. Por ello, cuando Agüero se marchitó y apareció Gabriel Jesús, el equipo siguió funcionando como máquina pero echó de menos el cariz goleador, porque el brasileño era listo para jugar e inquieto a la hora de moverse, pero muchas veces llegaba tarde al centro o andaba desubicado en la aceleración.

Puestos a tener el mismo gol, convencido de que se podía ganar en el juego, Guardiola aprovechó la capacidad de desmarque de Gabriel Jesús para tirarlo a una banda poniendo a Foden en el centro del ataque con la condición de que se convirtiese en un mediocentro en el borde del área, mientras el brasileño no sólo aportaba desde el costado sino que podía tirar diagonales inesperadas hacia el punto de penalti. De esta manera el City jugó, probablemente, los mejores partidos de su historia, ya que aprovechaba todos los recursos de sus delanteros para conseguir que De Bruyne y Bernardo Silva brillasen por detrás y, con ellos, el equipo fuese el espejo perfecto de lo que buscaba su entrenador.

Y en estas llega Haaland. Llega porque el gol es oro y porque es la pieza más codiciada del mercado ¿Pero realmente vale la pena renunciar a una pieza del mecanismo por un puñado de goles? A día de hoy la respuesta es más que rotunda: sí. Con Haaland, Guardiola ha renunciado a su parte de elaboración impuesta ya que cuenta con un delantero que se abstrae por completo del juego. La mirada del noruego está siempre puesta en la portería rival y por ello está buscando, de manera constante, el desmarque que le deje sólo delante del portero. Le da igual que los medios no encuentren un apoyo constante en la zona de tres cuartos, que los extremos no tengan con quien tirar una pared en el balcón del área o que consiga viciar el juego del equipo dando una salida de balón en largo cuando la presión rival sea asfixiante. Le da igual porque conoce su físico y conoce sus condiciones. Haaland se impone por alto, por bajo y por velocidad. Es un cyborg del siglo XXI nacido y preparado para una tarea exclusiva: marcar goles. Y si los marca sin parar ¿Quién se atreve a reprocharle que no participa en el juego?

lunes, 25 de octubre de 2021

El fútbol puro de toda la vida

El fútbol es un juego sencillo matizado por las complejidades. Lo que en teoría resulta más fácil y cómodo, termina siendo un ejercicio de incomprensión para la mayoría de los futbolistas, más pendientes de figurar en la foto que de quedar fuera de foco por más que en las cocinas se cuezan los ingredientes que se servirán calientes en el corazón del área.

El ejercicio más sencillo, darle el mejor pase al compañero mejor colocado, es incomprendido por muchos y tan solamente sublimado por unos pocos. Fueron muchos los equipos que se auparon con delanteros intratables y otros tantos que lo hicieron haciendo del ejercicio defensivo un máster de categoría, pero sólo los equipos con buenos centrocampistas entraron en el olimpo de los mejores de la historia, porque el fútbol de verdad, es que sólo ven quienes saben manejarlo, se juega en la zona media y se decide, por cordura, en la zona de tres cuartos.

Retirado Xavi, apartado del foco Iniesta y casi vencido por la edad Modric, quedaba dirimir quién era el verdadero dueño de la esencia futbolística en el plano mundial. Muchos son los jugadores que, por incisión o percusión, se han convertido en valores necesarios dentro de su club, pero a día de hoy, ninguno tiene la capacidad perceptiva de Joshua Kimmich para jugar a la pelota.

Kimmich entiende el juego con la complejidad de los sabios y lo interpreta con la simpleza de los necios, porque nada hay más arriesgado que acompañar la jugada, asegurar el pase y romper líneas con el pie tras una orden exacta emitida por la cabeza. Porque así juegan los futbolistas de verdad, siempre encontrando el espacio, acomodando y dejando la conducción para los osados y el regate innecesario para los ignorantes. El pase, siempre concreto, debe ir al pie del compañero en mejor posición para que la jugada, limpia y clara, llegue hasta el punto el que un penúltimo centro suponga la certera seguridad de que el siguiente sea el lance definitivo.

Si el Bayern de Munich es hoy el otro de antaño, más allá de la fuerza bruta a la que siempre ha recurrido para ganar por empuje, es porque ha encontrado a un tipo que en las circunstancias más agónicas mantiene la calma y en las circunstancias más dañinas mantiene el cuchillo. Kimmich es el orden convertido en desorden ajeno, porque sus pases rompen líneas, hacen avanzar a su equipo y el Bayern, gracias a sus grandilocuencia, siempre encuentra la ventaja necesaria en cada avance hacia el área rival. Los goles son cosa de Lewandowski, el grado emocional está en propiedad de Muller, el vértigo es el elemento diferencial de Gnabry y la contundencia barredora vive en el alma de Goretzka. Pero el fútbol puro de toda la vida sobrevive en los pies del gran Joshua Kimmich.

lunes, 24 de febrero de 2020

El renacido

Cuando la suerte da la espalda, cuando el fin se acerca, cuando el dolor castiga hasta el alma, cuando los consejos te dicen que digas adiós, solamente se puede continuar en pie cuando el futbolista le gana la partida a la persona, cuando la cabeza que sueña fútbol le puede al corazón roto, cuando el pie dolorido solo busca el siguiente paso para paliar, no sólo el daño, sino también las consecuencias.

A Santi Cazorla un médico le dijo que se olvidase de volver a jugar al fútbol. Se había roto el tobillo en un partido de la previa de la Liga de Campeones en el verano de 2016 y, tras ocho operaciones, un injerto y una infección en el hueso, apenas era un tipo que soñaba con jugar pero que no podía apenas caminar. Los sueños del futbolista son pesadillas cuando comienza a sentirse exfutbolista. Es por ello que la determinación es tan importante como el trabajo, que la concienciación vale tanto como el esfuerzo. Cazorla desestimó las opiniones negativas y se propuso regresar porque decir adiós así le producía una tristeza tan grande que apenas era capaz de mirarse en el espejo.

Existe una cosa con los tipos que juegan al fútbol con la cabeza y lo ejecutan a la perfección con los pies, y es que el físico pasa a un segundo plano y el talento siempre es un motivo de locomoción hacia la plasmación de las realidades. Y en Cazorla no existe más verdad que la sencillez y el talento. La sencillez para imaginar siempre la jugada correcta y el talento para ejecutar siempre lo que le pide su cabeza. Por ello, lo único prioritario era recuperar el tobillo porque el fútbol se iba a seguir jugando al ritmo que él impusiese. Sencillez y talento. Determinación y convicción ante el reto más importante que le había puesto la vida.

Hay gente que por más lecciones que dicte en sus devenires vitales, siempre tiene un lugar en el mundo donde poder regresar y sentirse persona antes que profesional. Cazorla jugó muy bien en Huelva, en Málaga y en Londres, pero siempre fue Villarreal el lugar común para todos sus momentos de excelsa ejecución. Cuando Calleja volvió a darle el timón de un equipo él no supo hacer otra cosa que agradecer la confianza y volver a hacer lo que siempre había hecho; jugar al fútbol como los ángeles.

Se adivinan en Cazorla las virtudes de los tipos que hicieron grande el fútbol desde sus conceptos antes que desde sus preceptos, porque siempre sabe el lugar correcto de acción, porque sabe perfilarse para la recepción, porque cuando recibe ya sabe donde ha de ejecutar el pase y porque sabe esconder la pelota en situaciones de apuro para no conceder una pérdida innecesaria. Las verdades, que parecen tan fáciles de conocer, no son tan fáciles de ejecutar para aquellos que no viven el fútbol desde la sencillez y el talento. Ocupación, recepción, pase y regate. Para jugar al fútbol como centrocampista no hace falta mucho más, para saber hacerlo bien, sin embargo, hace falta ser muy bueno y amar el juego con la pasión con la que se ama la vida.

Cazorla demostró amar al juego por encima de la vida el día que quiso regresar al césped desoyendo los pronósticos más tenebrosos. Un tobillo roto, un hueso dañado y un alma apagada hubiese sido un motivo más que certero para caer en la tristeza, pero Santi Cazorla sólo creyó en sí mismo y, sobre todo, creyó en el balón. Nada más importante que creer para renacer. Nada más importante que renacer para volver a ser admirado como el futbolista grande que siempre quiso demostrar.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Contra la casualidad

No es fácil vivir con una etiqueta. No es fácil llegar a un lugar lleno de gente, llamar la atención entre los más talentosos y pretender marcharte sin que nadie te etiquete de una manera despectiva. Los más incautos, esos que se ilusionan con cualquier nuevo truco de magia, te seguirán por mil recodos para irte abandonando a medida que les vas desilusionando. Por ello, el puñetazo en la mesa no es suficiente para sentarse a comer con los más poderosos, hace falta comerse el asado, beberse el vino, eructar como buen macho alfa y, después, brindar con cerveza mientras el resto de capitanes vikingos escuchan lo que pretendes contarles.

Lo que les quiere contar este nuevo vikingo llegado desde Noruega para golear es que lo suyo no es la típica aparición fulgurante que, con el tiempo, termina siendo tachada con el calificativo de casual. Porque Haaland no es ya el niño que anotó nueve goles a Honduras en el mundial sub 20, ya no es el joven que anotó nueve goles en la primera fase de la Liga de Campeones, ya no es el chico que anotó cinco goles en sus primeros dos partidos con el Borussia Dortmund. Erling Haaland es un asombro constante con el gol en la cabeza y el remate en los pies.

Los dudosos, aquellos que siempre viven por delante porque prefieren la razón por encima de la lógica, esperaban al chico con los brazos cruzados porque decían que aún no le había marcado a nadie. Pero el chico no entiende de colores y, mucho menos de rivales, más allá del juego sólo entiende de momentos y cada momento no es más que una excusa para sacar a pasear sus virtudes. No es el más ágil, no es el más hábil, no es el más coordinado, pero corre como un rayo, ve la portería como un arcoiris y le pega a la pelota como los mejores cañoneros.

Ayer fue el Paris Saint Germain como bien podría haber sido el Liverpool, el Bayern Leverkusen o cualquier equipo de la liga austriaca donde se paseó sin piedad. Porque quien vive del gol no entiende de colores, quien vive del gol no entiende de dudosos, ni de etiquetas, ni, mucho menos, de casualidades.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Ida y vuelta

La inexperiencia suele ir acompañada, en numerosas ocasiones, de un halo de miedo que nos hace perder la perspectiva. Es muy difícil salir airoso de un lance, cuando todos los ojos están puestos en ti, si no tienes la personalidad suficiente y, sobre todo, no tienes el aplomo necesario para desnudarte en público. Más allá de las decepciones, la solución a los tropiezos es creer en uno mismo porque lo que muchos pasan a llamar fracaso no pasa, muchas veces, de ser un mero escollo en el camino hacia la consolidación. Quien sabe aprender de las decepciones sabe que las segundas oportunidades se ganan desde el trabajo y se consolidan desde el descaro.

Kevin De Bruyne llegó demasiado joven a la Premier League. Era liviano, imberbe y tenía cara de niño. De ser una incipiente promesa en el fútbol belga le dieron la responsabilidad de liderar el ataque de todo un campeón de Europa. Ni pudo ni quiso. No pudo porque su cuerpo no aguantaba el ritmo de la élite y no quiso porque su cabeza no aguantaba el ritmo de la exigencia. Así pues hubo de hacer parada y fonda en Alemania y reconstruirse en Wolfsburgo. Allí demostró ser un jugador de una pieza. Generoso en el esfuerzo, dinámico en la combinación y, sobre todo, vertiginoso en las conducciones.

Tras un periodo de adaptación con Pellegrini, Guardiola se encuentra un futbolista con un potencial extraordinario. Perfecto para el desarrollo de su juego de posición y con las virtudes necesarias en un gran centrocampista; dinamismo, visión y desplazamiento. Si a eso añadimos una importante capacidad para llegar a posiciones de remate, nos encontramos con un jugador extraordinario llamado a liderar al Manchester City durante el siguiente lustro.

Un jugador de ida y vuelta. De ida y vuelta en la vida; un aprendiz del fracaso que supo regenerar su juego y, sobre todo, su cabeza. Un tipo que necesitaba un apeadero para lamer heridas y coger siguiente tren. Y de ida y vuelta en el campo; un box to box que inicia en su cancha y avanza en conducciones y combinaciones hasta convertir cada jugada en un filtro de necesidad, porque él es el embudo por el que se estrechan las dificultades. El penúltimo pase, el pase final o el disparo definitivo. Guardiola no sabría vivir sin él.

viernes, 12 de julio de 2019

El futuro ya está aquí

La velocidad, como arma arrojadiza ante el adversario, es un tormento estratégico que los entrenadores tratan de aplicar sobre sus rivales. Hay un punto de excitación en la velocidad que conduce hacia el vértigo y hay un punto de suicidio en el vértigo que conduce hacia el borde del abismo. Saber medirse es necesario, saber frenar es imprescindible.

En uno de los anuncios más magníficos de los años noventa, un Ronaldo de aspecto imponente y transición imparable, se presentaba con goma de neumático en los pies y repasaba sus mejores jugadas coronándose con una frase que se convirtió en inmortal: La potencia sin control no sirve de nada.

Desde entonces, han sido muchos los llamados herederos de Ronaldo, pero muy pocos los capaces de asombrar al mundo con potencia, control y gol. Y, sobre todo, con espectáculo. En todo este tiempo hemos visto a tipos muy capaces con la pelota pero ciegos ante la portería y tipos con muy buen remate pero muy poca condición para el desborde. Todos las grandes virtudes que un día adivinamos en el brasileño las reecontramos hoy en el fútbol de Kylian Mbappe.

Mbappe juega al fútbol más rápido que nadie pero, además, cuenta con la virtud de saber frenar mejor que nadie. Cuando domine la pausa, cuando reduzca los esfuerzos, cuando aprenda a vivir respirando el aire de los espacios, será el tipo más determinante del planeta. En una época en la que Messi y Cristiano siguen dominando el fútbol con puño de hierro, se adivinan pocos herederos para su trono. Neymar es samba en una cabeza desestructurada, Griezmann es sabiduría en una cabeza compleja y Hazard es vértigo en una cabeza voluble.

Pero Mpabbe es velocidad, regate y gol. Todo lo hace rápido y casi todo lo hace bien. Y le gusta ganar, y quiere ganar. Es esa potencia controlada que sirve de mucho para el Paris Saint Germain, el hombre llamado a liderar la próxima generación francesa y el chico con el que sueñan todos los grandes equipos del continente.

miércoles, 27 de marzo de 2019

El gigantón de Breda

Como el niño abusón del barrio, como el chico grandote que repite curso y domina los partidos del recreo, como el hombre fuerte que reta en el gimnasio a los recién llegados, como el profesor de gimnasia que nos hacía correr hasta la extenuación mientras él permanecía inalterable ante el agotamiento. Como Gulliver en Liliput, como Sansón ante los filisteos, como Hércules ante las doce pruebas de Zeus. Así se desenvuelve Virgil van Dijk en las áreas. Un abusón con cuerpo de culturista y piernas de coloso. Un muelle en cada suela y un martillo en la cabeza. Cada córner a favor es medio gol porque el gigantón de Breda no tiene compasión de nadie.

lunes, 11 de marzo de 2019

El reloj

"Un equipo de fútbol es como un bonito reloj, si una pieza no funciona, no vale para nada". La frase, pronunciada por Alfredo Di Stéfano, debería tener el valor que merece al ser emitida por uno de los mejores futbolsitas de la historia. Nada más lejos de los presagios que un equipo cuyas piezas no son capaces de funcionar como un mecanismo conjunto. Es por ello que se pone en solfa la necesidad de hacer un equipo antes de fichar una pléyade de estrellas.

En fútbol, como deporte variopinto, caben varios tipos de interpretaciones. No existen dos equipos iguales igual que no existen dos percepciones iguales, pero sí existen equipos que ejercen la propiedad privada de un cierto tipo de sistema porque, para ellos, tener denominación de origen es la mejor manera de saber identificarse. Cuando las cosas van mal, la mejor solución es regresar al camino y saber que, allí, desde las lindes, se puede prefijar un nuevo proyecto.

Los proyectos del Barça, durante los últimos treinta años, han pasado por la posesión de la pelota, por la circulación triangular, por el juego profundo y por un cierto regusto por el barroco. No se trata sólo de ganar, parecen querer decir, importa también el como. Sin desdeñar estilos contrapuestos e igualmente eficaces, el Barça necesita un tipo concreto de futbolista porque, para encajar en el puzle, se precisa de ciertos matices que no se educan de puertas para afuera. Es por ello que a muchos futbolistas foráneos les ha costado tanto mecanizar el sistema, y es por ello que, quien lo consigue, termina convirtiéndose en vital porque nadie mejor que un buen futbolista para ejercer una función prediseñada.

Ivan Rakitic llegó al Barça para suplir, en el once titular, a Xavi Hernández. La mayúscula del nombre a sustituir es tan grande que no cabría espacio para deletrear sus virtudes. Lo mejor que hizo Rakitic, desde el principio, es hacerle saber al mundo que él no era Xavi ni tenía intención de hacerlo. Desde la inferioridad elaborativa, se convirtió en un futbolista esencial jugando como escudero de Busquets y dejando vía libre a Messi e Iniesta a la hora de ejercitar la inventiva. Lo bueno de conocer el juego, además, es que le permite ocupar siempre los espacios vacíos, bien para recibir, bien para atacar. Un futbolista de ida y vuelta que puede paracer lento pero que, cuando conduce, parece que se desliza sobre hielo.

Un centrocampista con gol es una dosis de fortuna para cualquier entrenador. Lo bueno de asumir el rol de secundario es que los rivales terminan creyendo que lo eres. Cuando Iniesta antes o Messi ahora, no fueron capaces de asumir la finalización de las jugadas, Rakitic asomó como destaponador crucial. Salvador y salvado, Valverde asume la capitalización de sus éxitos contando con un peón de brega que sabe que nunca le va a fallar. No se esconde, sabe jugar y tiene llegada. Cuando está en forma se nota tanto que el Barça sube dos peldaños en su condición de favorito. Porque ningún equipo escala a lo más alto si las piezas de su reloj no funcionan, una a una, de manera perfecta.

martes, 19 de febrero de 2019

El patrón

El fútbol es tan previsible en sus conceptos como impredecible en sus preceptos. Normalmente aparecen jugadores que cumplen con la norma escrita; manejo de la pelota, condición física para defender y automatización en el pase. La normalidad, como regla general, impone patrones de condición limitada; son muchos los tipos que han vivido en la élite porque llegar allí exige un mínimo de talento. Existen sin embargo, tipos que, por haber sido cortados en un patrón diferente, llegan para improvisar y, sobre todo, para permancer por siempre en la memoria.

A mediados de la primera década del nuevo siglo apareció en Londres un muchacho menudo que hacía diabluras con la pelota. Iniciaba desde la cal y, diagonal a diagonal, encontraba un lugar de ejecución en el borde del área. Pase profundo, diagonal o, generalmente, disparo seco, latigazo y muchas veces gol. Se vio obligado a peregrinar en busca de un lugar en el mundo; llegó a un Madrid entreguerras y, finalmente, encontró gloria y fortuna en Munich convirtiéndose en la estrella de un equipo que, año a año, se ve obligado a renovar su identidad.

A mediados de la segunda década del nuevo siglo apareció en Londres un muchacho menudo que
hacía diabluras con la pelota. Iniciaba desde el costado y, diagonal a diagonal, encontraba un lugar de ejecución en el borde del área. Pase interior, combinación o, generalmente, disparo cruzado y combado de contrapié y muchas veces gol. Se vio obligado a peregrinar en busca de un lugar en el mundo; llegó a un fútbol italiano en recomposición y, finalmente, encontró gloria y fortuna en Liverpool convirtiéndose la estrella de un equipo que lleva años luchando por reencontrar su identidad.

Arjen Robben y Mohamed Salah se enfrentarán esta noche en un duelo con sabor a clásico. Son dos jugadores de un mismo patrón; el de extremo incisivo, regateador persistente y goleador procaz. Un patrón que ha dado gloria al fútbol y memoria al aficionado, porque el fútbol, más allá de ser un juego donde la pelota debe ir al pie, cuenta con un canon extra destinado a la improvisación. Y allí entran esos locos bajitos que se acuestan en la banda y buscan diagoles de infarto jugando al zig zag con la pelota. El crepuscular Robben busca dejar su testigo en pies del incipiente Salah. Dos zurdos que viven a mil por hora y dibujan diagonales, de afuera hacia adentro, con la certidumbre de que velocidad, más talento, es una fórmula cuyo resultado está siempre muy cerca del gol.

viernes, 4 de enero de 2019

El dueño del espacio y el tiempo


Si el fútbol fuese tan sencillo como algunos futbolistas nos hacen creer, entonces todos seríamos profesionales del balón. Aquellos que nos engañan sobre la sencillez del juego son los mismos prestidigitadores a los que admiramos cada domingo, porque en su magia vive la esencia del juego. Porque en sus botas sobreviven las lecciones básicas del fútbol.

Alguien dijo que en el fútbol lo más normal es equivocarse. Es un análisis sencillo puesto que todos sabemos que el fútbol es un juego de errores. Sin errores no hay aciertos. Sin aciertos no hay espectáculo. Como remedio contra el error, Cruyff recetó algo muy sencillo: dale siempre la pelota al compañero mejor situado. Y eso, que parece lo más fácil del mundo y que conlleva tres simples pasos; recibir, mirar y descargar, termina siendo lo más complicado porque la mayoría de los futbolistas se empeñan en ser héroes por su propia cuenta mientras no son conscientes de que la única manera de alcanzar a la heroicidad es la de jugar en equipo.

Si alguien conoció a la perfección todos los secretos del juego, este fue Andrés Iniesta. Con esa manera suya de flotar por el césped, con esa aparente endeblez física y esa engañosa debilidad de espíritu, muchas veces pudo parecer inocuo; pero siempre estaba. Siempre aparecía para aclarar la jugada, siempre, para desequilibrar con un regate certero o una conducción prodigiosa, siempre, para situar a su equipo de cara a la meta contraria. Su secreto, aparte de una calidad técnica prodigiosa, fue una asombrosa concepción del juego. Ese punto extra que vive en la cabeza de los más grandes.

Dijo Guardiola que ningún otro futbolista maneja el espacio y el tiempo como Iniesta. Observando como acude siempre al lugar preciso, como encuentra siempre la pelota de frente, como gira hacia campo libre cuando se siente presionado, como descarga siempre hacia el lugar preciso y como aparece siempre para detectar el error del rival, podemos decir que Guardiola tiene toda la razón del mundo. Nadie lo ha hecho tan fácil como Iniesta. Pero no intenten jugar como él; hay especies que son clasificadas como únicas porque, simplemente, son genética y matemáticamente imposibles de igualar.