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miércoles, 8 de marzo de 2023

Rías xoias

Las señas de identidad son los lugares comunes a los que acudir cuando las crisis arrecian y las necesidades apremian. Para el hombre, igual que el aficionado, no hay mejor lugar común que la casa propia porque en casa se encuentran aferradas las costumbres, escondidos los miedos y organizados los planes. Es cuando nos encontramos fuera del entorno cuando todo se vuelve gris y necesitamos reconocer la pertenencia con un recuerdo, una frase o una sonrisa cercana.

Para un equipo de fútbol no hay mejor receta contra las crisis que acudir a sus equipos inferiores y señalar con el dedo a aquellos que han sido concebidos como los hijos pródigos; elegidos por el talento y acuñados por el sentimiento, muchos canteranos se diluyen como un azucarillo ante la presión, pero otros, los verdaderamente elegidos por el oráculo, serán aquellos que marquen el camino a seguir a las generaciones venideras, porque todo chico necesita una referencia y todo hombre necesita dejar un legado.

Cuando el Celta dejó de ser un súper equipo comandado por soviéticos, en los albores del nuevo siglo, se vio abocado a un descenso cruel y a una reorganización obligada para tener la oportunidad de salir de los infiernos. En aquella jungla llena de fieras implacables que es la Segunda División, se dejó comandar por un chaval de ojos vivos y fútbol sencillo. Borja Oubiña fue la clave de una cantera que, desde entonces, no ha dejado de sacar perlas a cuentagotas pero que ha puesto al equipo en una situación de élite continua durante más de dos lustros.

Iago Aspas es, probablemente, el mejor jugador en el historia del equipo. Criado en los brazos de aquella incipiente cantera abierta con Oubiña de par en par, Aspas es un tipo listo que juega como lo hacía en el corrillo de la plaza de su pueblo y aprovecha cada balón suelto como si fuese la moneda perdida por un cobrador ambulante. Aquí un caramelo, aquí un gol, aquí un refresco, aquí una genialidad. A lomo de su empuje, el Celta ha sobrevivido a sus peores pesadillas gracias al ingenio de un tipo que nació para jugar en Vigo y sintió la morriña lejos de Balaídos. Porque el hogar es el mejor lugar común a la hora de ingeniar jugadas y, sobre todo, a la hora de celebrar goles.

Tras la irrupción de los laterales Mallo y Otto, que sanearon la economía y dotaron de sentido y pertenencia al equipo, llegaron los tipos que dieron aplomo y, sobre todo, distinción al centro del campo. Fran Beltrán es un ejecutivo con traje de faena que organiza el caos en mitad de una tormenta. Abnegado y cabizbajo, luce menos de lo que juega, porque lo suyo es tan simple que resulta hasta difícil; apagar el fuego y darle la pelota al compañero mejor colocado. Muchos quisieran hacerlo bien. Y Brais Mendes es la nota de distinción en la sala de baile. El fino estilista que tomó rumbo a San Sebastián para convertirse en uno de los mejores jugadores de la liga.

Cuando Brais se marchó, fueron muchos los que pensaron que el equipo caería preso de la monotonía y abocado, más que nunca, al milagro cotidiano de Aspas, pero el joyero aún guardaba una joya tan reluciente como las anteriores. Gabri Veiga es un híbrido entre centrocampista y delantero que igual rompe que descose, igual trabaja que aporta, igual filtra que aparece. Un tipo con la capacidad suficiente como para albergar los tres cuartos del terreno y llegar al área con el aire aún en los pulmones y la cabeza lo suficientemente fría como para hacer la elección correcta. Un jugador que, visto lo visto, saldrá por una millonada y dejará en la afición ese poso tan bonito que sólo dejan los jugadores que ves crecer, levantar los brazos y señalarse el escudo sin la necesidad de caer en un populismo. Porque los buenos de verdad, si son tuyos, son doblemente buenos.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Fe

Cuando uno se tiene fe a sí mismo, todos los milagros son posibles. Hay quienes creen en seres etéreos, otros que abrazan una religión o quienes aseguran que hay fuerzas desconocidas que nos empujan hacia el destino. Pero quien realmente triunfa es aquel que cree en sus posibilidades por encima de las casualidades. Aplicando la máxima de El Cholo Simeone, si se trabaja y se cree se puede, lo que viene a decir que creer en ti, creer en tus compañeros y trabajar todos juntos, es una gran ayuda a la hora de conseguir un objetivo.

Durante los últimos años han pasado por el Villarreal una variedad infinita de futbolistas. Muchos de ellos llegaron para ocupar un puesto, el de extremo o interior, que hace años que no goza de trascendencia en el juego del equipo. Acostumbrado, en los últimos años, más al bloque medio y a la contra vertiginosa, el Villarreal, como tantos otros, ha olvidado algunos conceptos básicos del fútbol clásico. En este fútbol de hoy en el que los equipos acumulan centrocampistas y los delanteros viven de hacer diagonales, los jugadores de banda han quedado como un rara avis a los que recurrir en caso de desesperación.

Así, hemos visto pasar a proyectos frustrados como Ontiveros o Sansone, o realidades asombrosas como Chukweze o Yeremy Pino. Algunos fueron devorados por un club que exige en proporción a su historia más reciente y a su propia autofijación de objetivos. Todo aquel que no creyese en sí mismo, sería engullido por el dragón y en las cenizas quedaría un vago recuerdo. Y así pasaría el siguiente. Triunfar es difícil. Hacerlo en la élite es doblemente complicado.

Comentó Émery, en su presentación, que todo equipo debe tener una personalidad propia. No hace falta haber nacido ayer para conocer que la del Villarreal es una historia corta, pero demasiado intensa, por ello, el equipo siempre ha necesitado jugadores sobrados de fe en sí mismos. Cuando el irundarra llegó al equipo puso a Alberto Moreno en el batallón de vanguardia por conocimiento de su juego y, sobre todo, porque sabía que era un tipo que, aunque sospechoso de no haber triunfado del todo en el Liverpool, nunca había abandonado la intensidad como prioridad futbolística. Para abrir una nueva época era completamente necesario contar con enfermeros que ayudasen a supurar las heridas de la etapa anterior. Y Alberto Moreno actuó como si con él nunca hubiese ocurrido nada. Siguió trabajando y siguió creyendo. En apariencia no parece mejor futbolista que otros que han pasado por allí antes de él, pero ahora mismo se tiene tanta fe que se ha ganado el derecho a ser titular en uno de los equipos que aspira a escribir la más bella página de su historia.

lunes, 1 de marzo de 2021

Potencial

En la primera definición de la RAE, se describe potencial como que "tiene o encierra en sí potencia". Cuando nosotros alegamos al potencial de alguien, por tanto, estamos expresando la capacidad de esa persona para romper los pronósticos y dar la razón a la confianza, porque nadie sin potencial es mirado con lupa y nadie sin la capacidad suficiente para romper barreras es analizado desde el entusiasmo antes que desde la duda.

Iñaki Williams ya lleva siete temporadas en la élite y, de alguna manera, parece que aún no se ha quitado la vitola de promesa a pesar de estar camino de los veintisiete años. Quizá, el problema de la irregularidad, su mayor punto de crítica, sea debido al mareo al que ha sido sometido por los diversos entrenadores a la poca competitividad que ha mostrado el Athletic durante las últimas temporadas, pero, más allá de los vaivenes y las promesas incumplidas, siempre se habían adivinado en Williams las características de los grandes atletas del área: potencia, habilidad y capacidad para salir de problemas gracias a sus condiciones.

Durante unas temporadas con más sombras que luces, Williams no ha terminado de golpear la puerta de la selección porque su hueco ha sido cerrado con tipos de mayor concreción en el remate y mejor asociación en el juego. Porque Williams, gracias a su velocidad y potencia, necesita del espacio para vivir y de la transición rápida para autoalimentarse. Es por eso que, tras años de espera acostado en una banda y tras años de paciencia buscando su lugar en el mundo, este Athletic de hoy, a medio camino entre dos finales y recuperado para la causa por Marcelino, ha convertido en Williams en su punta de lanza en su nuevo camino de regreso a la gloria. Porque el potencial no sólo es una promesa pendiente de cumplir sino que debe ser una amenaza constante pendiente de hacerse carne; el balón, el espacio, la carrera y el gol. El galgo necesita su liebre y Williams necesita correr para convertirse en el delantero que todos creímos que llegaría a ser.

lunes, 1 de febrero de 2021

Otra muesca en el revólver del Cholo

La historia de los tipos que se reinventan suelen escribirse en renglones torcidos y terminar en rúbricas espectaculares. Algunos se quedan a medio camino y otros terminan completando su metamorfosis hasta alcanza el cénit de la gloria personal porque ha encontrado su lugar en el mundo como pieza indispensable de un colectivo. Es la historia común de un tipo que parecía servir para una cosa y terminó sirviendo para otra, una especie de viaje del héroe particular que, en forma de expiación, termina convirtiéndose en odisea con final feliz.

Marcos Llorente parecía servir para mediocentro. Una temporada excelsa en el Alavés lo demostró y regresó a Madrid con la intención de disputarle el puesto a Casemiro y convertirse en referencia del equipo. Ni pudo ni supo hacerlo. Sin contar para Zidane, cuando Solari apostó por él le pudieron el escenario y la crisis del equipo. Utilizado más como parche que como proyecto, se fue diluyendo mentalmente hasta que el regreso de Zidane le obligó a buscarse la vida fuera del club de su vida.

Debe ser difícil, para un futbolista que juega en el equipo al que es aficionado, aceptar una oferta del equipo rival. No debió ser fácil para Llorente, procedente de una estirpe de jugadores que dieron gloria al club, decidirse por marcharse al Atlético de Madrid, con todo lo que implicaba; marcharse a un equipo menor, adaptarse a una forma de jugar diametralmente distinta y tener que pelear por un puesto ante tipos del carisma de Koke, Saúl o Thomas.

Y de hecho, no fue nada fácil. Ante la marcha de Rodrigo, Simeone intentó tapar el hueco del mediocentro con la presencia de Llorente, pero, por algún motivo, Llorente no terminó de adaptarse al puesto. En un equipo que precisaba del robo y continuación, Marcos se perdía en conducciones absurdas y necesitaba de más de un toque para terminar jugando el balón, lo que provocaba que eliminaba, de un plumazo, cualquier factor sorpresa.

Hay un factor indispensable en los grandes competidores que es lo que provoca que el grano se termine separando de la paja: el amor propio dirigido al amor por el trabajo diario. Ante las malas, ante las críticas y ante las dudas, Llorente trabajó como ninguno en espera de su recompensa, y su recompensa terminó llegando en forma de reinvención. Porque se pueden sacar defectos a Simeone como entrenador, está claro que todo el mundo los tiene, pero una cosa es ser crítico y otra es ser capcioso. Los segundos jamás reconocerán un acierto, mientras que los primeros saben que la lectura de las condiciones de sus futbolistas es una de las virtudes de un entrenador que suele sacar el máximo de sus futbolistas. Si no valía como mediocentro, con esas condiciones atléticas y esa velocidad, quizá podría valer como volante o incluso como delantero.

La primera prueba válida llegó en la Supercopa de España. Después de estar durante más de una hora sometido por el Barcelona, Simeone tiró de Llorente para afrontar el tramo final y, de repente, el equipo ganó en vigor, en fuerza y en frescura. Aquellos diez últimos minutos de locura dieron la vuelta al marcador y señalaron a Llorente como uno de los protagonistas, pero, aún así, siguió agazapado en el equipo y olvidado en la opinión hasta que la Copa de Europa llegó en forma de salvavidas. Porque todo el mundo tiene un momento de redención, todo el mundo tiene un instante en el que la vida, de una manera o de otra, le cambia para siempre. Si en la ida había ayudado a oxigenar el equipo dando apoyo defensivo desde la banda derecha, en la vuelta se convirtió en el hombre de la noche conquistando el templo de Anfield con dos goles para la historia.

En una de esas noches que marcan la carrera de un futbolista, la vida de Marcos Llorente dio un vuelco convirtiéndose, de un día para otro, en un jugador imprescindible y una referencia para sus compañeros. De mediocentro a delantero hay una evolución tan grande que sólo se puede analizar desde los matices y los fundamentos, porque Llorente ha dejado de pedirla al pie para jugar al espacio, porque ha abandonado el juego posicional para convertirse en un tipo anárquico que ataca los espacios con la voracidad de quien busca una expiación tras cada carrera. De cuestionado a titular y de titular a indiscutible, la vida de este equipo líder no se entiende si la aportación de Marcos Llorente, un tipo que hizo de su capa un sayo y supo encontrar su sitio a base de trabajo y de creer en todo lo que le dijo su entrenador. Porque, no lo olvidemos, esta es otra muesca en el revólver del Cholo.

viernes, 2 de octubre de 2020

Escuela andaluza

Tuvo siempre algo de arte irreverente la manera que tenían los andaluces de entender el fútbol. Más allá

de la competición, mostraban una especial atención a aquellos detalles que les permitían mostrarse como tipos diferentes, esa vena artística que provocaba que, las miradas, más que al tendido, fuesen directas hacia ellos. Con esa manera tan especial de entender el juego; siempre a uno o dos toques, siempre con finura en el desplazamiento, con elegancia en la conducción y maestría en el regate, hicieron fortuna en la liga un puñado de futbolistas que, si no se retiraron como los mejores, al menos dejaron un poso de inolvidabilidad en el seno de su afición.

Jugadores tan variopintos como Juan Arza, Francisco, Del Sol, Joaquín, Kiko, Juanito o, más recientemente, Isco, la escuela andaluza demostraba los altos vuelos de sus futbolistas que, más allá de las críticas por su mayor o menor compromiso físico, mostraron siempre una pasión extra por el compromiso artístico. Solamente hace falta ir a la hemeroteca para disfrutar de verdaderas obras de arte o, quizá, solamente haga falta acudir a la memoria para relamernos, una vez más, con aquellos instantes precisos que marcaron momentos de nuestra vida.

Un escalón por debajo, pero con todas las pretensiones aún intactas, se encuentra el sevillano José Campaña. En la edad de maduración perfecta y después de haber conocido las vicisitudes más cruentas del fútbol, aquellas que te convierten en mercancía antes que en persona, Campaña se ha consolidado como el eje guía de un Levante que gusta de jugar al fútbol y se pone al servicio de los detalles de su futbolista más talentoso.

Campaña maneja la pierna izquierda con soltura, juega sin alardes y, sobre todo, entiende el juego de manera conceptual. Aparte, tiene esos detalles de distinción que tan famosos hicieron a sus predecesores y que tan buenos resultados ha dado en el barrio de Orriols. Allí ha encontrado el lugar que necesitaba para demostrar su fútbol y, después de haber sido rebotado desde los infiernos y de haber tragado todo el polvo del camino, ha llegado al momento en el que puede sentirse dueño de su destino. Quedan tres días para que se cierre el mercado y el Sevilla quiere a su hijo pródigo de vuelta. Si se da, el cuadro andaluz gana la dosis de talento que perdió con Banega, si no se da, el Levante mantendrá su idea de fútbol vertiginoso empujado por el ideario de José Campaña.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Desmantelar el alma

Cuando las cosas van mal la única manera de revertir el problema es hacer una reflexión ¿Nos paramos y lo arreglamos o lo fastidiamos del todo? No hay mejor medicina que mirar hacia detrás para encontrar los errores y poder, así, administrar los antídotos. No hay mejor camino hacia la puerta de salida del infierno que rescatar la esencia y negociar la recuperación del alma, porque cuando has hipotecado tu historia y has convenido con el diablo que, para dar un paso adelante son necesarios tres hacia detrás, es cuando llega el desastre cuando eres consciente, realmente, de que las decisiones han sido erróneas y que la única vuelta atrás pasa por recuperar todo aquello que te hizo feliz.

El Barcelona se enfrenta a una de sus crisis deportivas e institucionales más graves de su historia. Condenado por sus propios pecados, se ha convertido en la oveja devorada por un lobo que avisaba con llegar mientras ellos seguían mirando hacia otro lado. Con un equipo desvencijado, viejo y desmantelado, ha ido ganando a marchas forzadas mientras a Messi le aguantaba el motor y a sus compañeros les aguantaba la rabia. Sin físico, sin hambre y sin calidad, el Barça se levanta hoy magullado después de haber sido ayer zarandeado. Y lo que podía ser peor se concretó el día en el que el mejor futbolista de su historia se levantó con ganas de mandarlo todo a la mierda y le enseñó los dientes en forma de burofax.

Es el Barcelona un equipo tan acostumbrado a la exageración que no es de extrañar que, después de una época dorada, le suceda otra donde la casa se queme, no queden ni los muebles y sean las cucarachas las únicas supervivientes con capacidad para dirigir la nave. Le sucedió en la época post-Cruyff cuando la holandización extrema le llevó al infierno, en la época post-Rijkaard cuando el aburguesamiento de sus brasileños le llevó al pasillo en casa de su más enconado rival y le puede ocurrir en la época post-Messi cuando, una vez, más, se corra el peligro de amueblar la nueva casa con enseres de mercadillo en lugar de contratar a un buen ebanista capaz de asegurar un futuro más confortable.

El problema que encuentra el Barça es que, más allá de la profundidad del drama, está la profundidad de la realidad. En la plantilla quedan apenas astillas, algún enser de calidad y demasiadas joyas por pulir como para ser optimistas de cara a un futuro temprano. Sabiendo que sus mejores épocas se asociaban a jugadores de la casa, poco a poco, el Barça se fue desprendiendo de ADN propio para ir llenando su circuitos con sangre de otro grupo. Así, mientras iban apareciendo tipos como Mathieu, Braithwaite o Coutinho o se asentaban otros como Semedo, Umtiti o Vidal, el Barça se fue desprendiendo de otros como Thiago, Cesc o Pedro, ya consagrados y con buenos partidos en sus piernas pero sospechosos para la crítica por el mero hecho de haberse criado en casa.

No hay que mirar muy atrás para encontrar el momento en el que Xavi era el culpable de todos los males o en el que Iniesta, con veintitrés años, seguía siendo el suplente de Deco. Porque cuando el desastre acecha, el populismo gana valor entre las masas y el deseo del esfuerzo es siempre tenido en cuenta antes que el deseo del talento. Y el Barça, para querer volver a ser quien fue necesita mirar atrás y analizar lo que perdió, compararlo con lo que tiene y hacer balance de sus errores porque, mientras otros disfrutan de sus frutas caídas ellos empiezan a masticar la arenilla que quedó en su erial.

Jordi Masip es un portero de sobradas condiciones. Sobrio, frío y con carácter, se ha hecho con la


portería del Valladolid mientras a Sergio le intentaron imponer el destello del joven Lunin. Llegó al Barça con quince años y se marchó con veinticinco después de ser el portero del juvenil campeón de España y de encontrar todas las puertas cerradas ante Víctor Valdés. Mientras ha sumado más de cien partidos en primera, el Barça recurrió al talonario para fichar a Neto. Veintiséis millones y cuatro partidos. Todo un dispendio.


Héctor Bellerín llegó al Barcelona en categoría Prebenjamín y se marchó siendo cadete. Desde los diecinueve es el lateral derecho titular del Arsenal con quien ha ganado tres veces la FA Cup. Rápido, incipiente y constante, es una pieza que ha ido añorando el Barça durante los años en los que Semedo seguía siendo superado en su espalda y Sergio Roberto buscaba una zona del campo donde querer ubicarse.

Eric García entró en la escuela del Barça con seis años y se marchó a Manchester recién cumplidos los


dieciséis. Su carácter, su liderazgo y su capacidad para competir, le convirtieron en capitán en cada uno de los equipos de las inferiores en las que fue jugando. Titular en el Manchester City de Guardiola, se ha mostrado como un tipo que, pese a no ser grande, sabe entender el juego y es listo para cruzar y anticipar. El día que debutó con el primer equipo del City, el Barça cerraba con el Valencia la cesión de Jeison Murillo.


Alejandro Grimaldo y Juan Miranda son dos laterales izquierdos con experiencia en las grandes ligas. Grimaldo fue el jugador más joven de la historia en debutar con el filial del Barça, tiene un gran disparo con la izquierda y, desde el 2015 es un fijo en el Benfica donde ya ha superado el centenar de partidos. Miranda es un sevillano integrante de la plantilla que ganó la Youth League en 2017. Con catorce años ya era titular en la selección sub-16 y ha regresado de su primera temporada en el fútbol alemán a la espera de que el Barça le busque una nueva cesión. Y mientras tanto, el equipo ha ido quemando a Jordi Alba sin encontrarle ya no sólo sustituto, sino apenas un suplente con un mínimo de garantía.


Dani Olmo es hoy un centrocampista consagrado en todo un semifinalista de la Liga de Campeones y Adrián Bernabé es una promesa en ciernes que va quemando etapas en el segundo equipo del Manchester City. Ambos llegaron al Barça procedentes del Espanyol y ambos se marcharon en edad juvenil cruzando fronteras hacia otros países de Europa. Olmo aterrizó en Zagreb con dieciséis años y con diecinueve ya fue nombrado mejor futbolista de la liga croata. Bernabé debutó con diecisiete en un partido de Copa de la Liga deslumbrando con su clase y maravillando con su zurda. Mientras ellos se buscaban el pan, el Barça quemaba a Rakitic, a Paulinho y a Vidal y miraba como pasaban por su centro del campo tipos tan sospechosos como Arda Turán, André Gomes, Arthur Melo o Kevin Prince Boateng.


Carles Pérez, Marc Cucurella y Adama Traoré son tres extremos con diferentes características pero con un denominador común; el hambre de triunfo. Los tres, como Olmo y Bernabé, fueron reclutados desde el Espanyol de Barcelona y los tres hubieron de buscarse acomodo fuera de casa después de que se les cerrara la puerta de la paciencia y de la oportunidad que quizá merecían. Pérez, comparado con Robben en su etapa juvenil, mostró muy buenas maneras el día que debutó en

primera de la mano de Ansu Fati. En una de esas operaciones opacas del Barça, terminó en Roma mientras los aficionados blaugranas se encogían de hombros. Cucurella es la intensidad hecha futbolista, se adapta al lateral cuandos se lo piden y es uno de los tipos con más minutos de la liga en el Getafe de Bordalás. Traoré, por su parte, es una fuerza de la naturaleza que deslumbra en Inglaterra y gana duelos en carrera ante el asombro de todos. Mientras el Barça apenas ingresaba treinta millones por ellos, se gastaba trescientos por Dembele y Coutinho, uno para no dejar

de sufrir lesiones y el otro para que le apuntillase en la derrota más dolorosa en la historia del club.

Abel Ruiz ya era una de las grandes promesas del Barça el día que anotó el último penalti en la tanda de la final de la Copa de Cataluña de 2018. Capitán y campeón con la selección sub-17 y capitán y goleador del equipo campeón de la Youth League, fue vendido al Braga el pasado invierno en una de esas operaciones extrañas de la directiva, quizá en pago de favores pendientes por fichajes pasados. Y mientras el chaval busca su sitio, Luis Suárez se ha ido apagando sin encontrar un tipo (llámese Paco Alcácer o Martin Braithwaite) que se haya atrevido, ni siquiera, a hacerle sombra.


Cuando las ascuas queman más que el fuego es porque la hoguera es artificial. Aún así, cualquier chispa es capaz de hacer estallar el polvorín y así se encuentra el Barça hoy, desnaturalizado, descentrado y descapitalizado. Sin patrón, sin estrellas con capacidad para coger el timón y con un tipo que, después de arrasar con todo, sigue escondiéndose en su camarote para dejar que a otros les partan la cara mientras él sigue poniendo sonrisa de tonto y mirada de perdonavidas. El día que se vaya, como Atila, tardará la hierba a recuperar su verdor y tardarán los ejércitos en recuperar la confianza. Sin alma, ningún equipo es nada, y cuando la desmantelas, te abocas a la ruina social y, en circunstancia, a la ruina económica. Dura tarea la de Koeman, quien, mientras mira el mercado en busca de algún parche en plena crisis, quizá quisiera tener alguna de esas piezas que el Barça perdió por pereza o por incompetencia.

miércoles, 15 de julio de 2020

Implicación

Para el hambre no hay pan duro. Es una frase que solía repetir mi padre siempre que nos quejábamos de una comida o poníamos esa nota de excentricidad en la mesa queriendo hacer creer que éramos unos expertos en materia culinaria cuando realmente éramos unos desagradecidos. Con ellos nos quería hacer ver que lo nuestro no era hambre sino insatisfacción y que, quien realmente ha conocido la necesidad, no hace ascos a un mendrugo al igual que no lo hace a cualquier plato que se ofrezca caliente o frío y que, haciendo de necesidad virtud, se convierte en superhéroe de sí mismo cuando sabe que, frío o caliente, la única opción que le queda es la del agradecimiento por seguir sobreviviendo y la del esfuerzo para compensar la subsistencia y, sobre todo, para intentar mejorar la situación.

Existen muchos futbolistas que ven rotos sus sueños de la infancia cuando comprueban que no hay sitio para ellos en el equipo de sus amores. Muchos son los que quedan cortados para siempre, otros terminan en equipos de barrio para superar la abstinencia y algunos otros, los menos, sobreviven en el filo de la élite a base de cesiones en equipos de ínfima aspiración. Jugar en primera, más allá de hacerlo en el primer equipo, es una quimera que muy pocos terminan alcanzando, por ello, aquellos que se ven relegados a la Segunda División B o incluso a la Tercera, sólo tienen una opción si quieren demostrarle al mundo que sus designios eran erróneos: trabajar, trabajar y trabajar.

Apretar los dientes, tragar barro, disputar cada balón como si fuese el último y jugar como si se tratase del partido más importante de la vida. En eso se basa la implicación; siempre la ilusión por seguir avanzando, siempre el trabajo para ser imprescindible, siempre la pasión para no dejar de ser tenido en cuenta.

Sergio Reguilón encontró, durante la temporada pasada, el premio a su trabajo después de verse relegado, durante dos ocasiones, a una cesión residual en la Unión Deportiva Logroñés. En un equipo sin demasiadas aspiraciones más allá de la permanencia, Reguilón hubo de batirse el cobre ante veteranos que venían de vuelta y jornaleros del fútbol que ya dejaron pasar su último tren. En esa trituradora de cadáveres que es la tercera categoría de nuestro fútbol, Reguilón siguió soñando en grande y no dejó de pensar que su puesto era la Primera División. No podía llegar a pensar que su lugar estaba en el primer equipo del Real Madrid y mucho menos que sería titular durante gran parte de la temporada.

Condenado por una temporada aciaga y tapado por el fichaje de Mendy y los galones de Marcelo, Reguilón tuvo que ver como su sueño de triunfar de blanco se cerraba de nuevo, con una nueva cesión. Pero para qué tirar la toalla cuando ya te has visto en el peor rincón del ring. El Sevilla era una plaza de categoría y la traslación no debía verse como un fracaso sino como una nueva oportunidad. De esta manera, Reguilón se convirtió en el más sentido sevillista, dando fuste y categoría al lateral izquierdo. Volvió a apretar los dientes, volvió a trabajar y volvió a disputar cada balón como si fuese el último. Agarrado a la implicación y sostenido por la pasión, volvió a convertirse en titular, una vez más, en uno de los mejores equipos de la Primera División. Sabe que volver al Madrid es difícil, pero sabe, también, que la vida da pocas oportunidades y que ser un jugador importante en la élite es mucho más de lo que hubiera soñado de niño. Con las mandíbulas fortalecidas tras haber masticado el pan duro, no tiene más opciones que agradecer y seguir soñando. Hoy es bandera en Sevilla, mañana, quien sabe, puede volver a ser un jugador importante en el club de sus sueños o un ídolo en su club de acogida. Quien tiene que comer siempre quiere más. Reguilón  ya se ha sentado en la mesa y quiere disfrutar del banquete.

miércoles, 1 de abril de 2020

Lejos de casa

Hay gente que lo arriesga todo al rojo; negro impar y pasa. Hay gente que, conducido por las circunstancias, echa la mochila al hombro y se arriesga a un viaje contra su destino. Lejos de casa, de la infancia, de los recuerdos, de los planes preconcebidos. Con el miedo en un hombro y la incertidumbre en otra, aceptan el reto y recorren kilómetros en busca de un futuro cuando ni siquiera han sabido encontrarse en el pasado.

Cuando los clubes más poderosos de la Premier, con toda su estructura económica y sus grandes inversiones en scouting, comenzaron a echar los ojos en los mejores jugadores de las canteras del mundo, en España se sintió un temblor ante el miedo de que cada club perdiese a su mejor futurible baza. Los niños, con apenas doce o catorce años, firmaban contratos sumarísimos y contrataban a un agente que pudiese negociar su futuro. La burbuja empezaba a inflarse desde la infancia y, en muchos casos, terminaba reventando tan sólo en edad juvenil.

Fueron pocos los que no volvieron y muchos los que se quedaron a mitad de camino, entre ese mar que representa la duda y preguntándose si tomaron la decisión correcta. Entre los que consiguieron hacer carrera, se encuentra un grupo de futbolistas que tuvieron que aprender a afeitarse solos, a mirarle a la vida de frente y a levantarse después de caerse. Les señalaron con el dedo, les metieron en varias cesiones y, cuando llegaron a la edad prometida les dijeron que quizá el lugar en el que se habían criado no era el lugar perfecto para sus aptitudes.

Entre los viveros gallegos de Abegondo surgió un chavalín vivaz, de mirada firme y carrera portentosa. Delantero, extremo, lateral, fue captado por el Manchester City y se marchó de casa sin darle tiempo a la morriña para escribir un capítulo. Creció jugando con tipos mucho mayores que él mientras iba creciendo en experiencia lo que le faltaba en centímetros. Debutó con el primer equipo con dieciocho años, unos meses más tarde vivía en la Gran Manzana donde tomó un vuelo de vuelta hacia España; Granada, Mallorca y vuelta a viajar. Esta vez llegó a Holando y se incorporó al NAC de Breda primero y al PSV Eindhoven después. Regresó a Manchester y en invierno hizo de nuevo las maletas para marcharse al Leipzig alemán. Y todo esto en sólo cinco años.

Angeliño aprendió a ser hombre siendo sólo un niño. Aprendió a fracasar antes que a triunfar y a triunfar a golpe de aceptación. Un lustro, cinco países, cinco maneras de jugar al fútbol y un chico que, desde el lateral, corre y corre como si la vida le fuese en ello. En una época en la que el crepúsculo de Jordi Alba se hace evidente, son varios los que postulan su fútbol en pos de tomar el testigo en la selección. Están Bernat, Gayá o Marcos Alonso, y está este chico de Coristanco que gana la línea de fondo por fragor y las pequeñas batallas por pundonor.

miércoles, 16 de enero de 2019

Velocidad


La velocidad mal entendida es una trampa porque tiene implícito el peligro de no saber frenar. En el fútbol moderno la velocidad se ha adecuado al juego como un factor importantísimo porque cada vez se aprieta con más intensidad y cada vez su juega con mayor fulgor. En este escenario parece normal que los clubes busquen tipos fornidos, hábiles y rápidos para que se adapten a un estilo de ida y vuelta cada vez más arraigado en el fútbol.

La velocidad y la fuerza mal entendidas llevan implícito un peligro peor que el de la ausencia de frenada, el de la ausencia de emotividad. El fútbol, aunque se culmina en los pies de los más rápidos y hábiles, es esencial que se fabrique en los pies de tipos menos fuertes, pero más cerebrales, menos rápidos de piernas, pero con un cerebro que funcione a mil por hora. Es por ello por lo que la velocidad, bien entendida, se hace necesaria en los lugares decisivos y no hay lugares más decisivos en fútbol que los de la vanguardia.

Iñaki Williams es un futbolista atípico. Es un híbidro entre extremo y delantero en un club donde los grandes ídolos, generalmente, han tenido siempre una posición muy definida. Al contrario de los clásicos, Williams mira el fútbol de espaldas porque gusta de encontrar el desmarque, buscar, y entender, la velocidad, y amartillar a los porteros, más por presencia que por insistencia. No es un goleador al uso, tampoco un extremo al estilo clásico; es un tipo con el que ir a la guerra y jugarte el tipo cara a cara. Para los defensas, tener enfrente a un tipo que utiliza su fuerza sin miedo y su velocidad con freno, es un problema difícil de resolver porque el camino hacia la ecuación tiene muchas fórmulas pero siempre una misma solución. Y generalmente suele ser el gol.

miércoles, 25 de julio de 2018

Renovación

Toda renovación requiere de descaro, toda revolución requiere de un ideario. Implantado el estilo, presentado el plan de choque y analizados los puntos débiles, el nuevo seleccionador tiene ante sí el reto de reintegrar a los mejores jugadores y, sobre todo, el de dar la alternativa a aquellos tipos que llevan tiempo llamando a la puerta.

El lateral izquierdo ha sido, tradicionalmente, el gran talón de aquiles del fútbol. Brasil aparte, tradicionalmente, ha sido difícil, para casi todas las potencias, encontrar a ese tipo que aporte el equilibrio necesario entre el ataque y la defensa. Todos sabemos que los zurdos suelen ser tipos libres, virtuosos que gustan de distinguirse en zonas de definición y galanes de sala de fiestas que siempre son dueños del último baile.

Hay pocos defensas zurdos competentes, y los pocos que hay son un caudal de disputa porque en su juego vive la necesidad ajena. Jordi Alba ha sido el dueño del lateral izquierdo de la selección durante el último lustro. Como tantos otros que terminaron por recorrer el carril desde atrás, nunca tuvo vocación de defensa. Incisivo extremo en sus inicios, hubo de reconvertirse en lateral por orden de Emery y, desde entonces, ha evolucionado en el puesto hasta convertirse en uno de los hombres más fiables del Barça. El tipo que dibuja sociedades con Messi es el mismo que terminó en el banquillo en los estertores de la era Luis Enrique.

Pero ahora el asturiano vuelve a la picota y Jordi Alba no las tiene todas consigo. España viene de tres batacazos seguidos y el equipo necesita una renovación. Tras el biombo de los sustitutos se encuentra Marcos Alonso. Un tipo que, convertido en jornalero del carril, hubo de recorrer Europa para encontrar su sitio. Asentado en el Chelsa, amenaza con ser titular en la selección, pero hasta ahora, todos sus amagos han quedado en la nada.

Dicen que es un tipo que sólo funciona en sistemas de tres centrales y dos carrileros, dicen que es débil defensivamente y que le pierden los partidos trascendentales. Más allá de las faltas, quedan las virtudes. Es rápido, es certero, va bien por alto y tiene un buen pie. Es un candidato más, uno de los fiables. Uno de esos tipos por los que Luis Enrique debe empezar a apostar para conseguir que la selección no se termine de acartonar. Las renovaciones con descaro y las revoluciones con ideario.

viernes, 1 de junio de 2018

La muesca de Luis Enrique


El paso inicial a la hora de adquirir confianza es el aprender a no equivocarse. Es tarea vital de un buen entrenador el dotar a sus futbolistas de confianza y mentalidad competitiva. Cuando un futbolista se equivoca más de la cuenta y, además, juega con la presión de la expectativa pululando sobre sus hombros, es cuando su mente puede precipitarse hacia el abismo. La espada de Damocles de la obligación constante ha desbaratado la carrera de varios proyectos de buen futbolista.

Cuando Sergi Roberto saltó al primer equipo del Fútbol Club Barcelona, los oradores de la promesa constante nos lo vendieron como una mezcla entre Xavi e Iniesta. Hubiese bastado con decir que se trataba de una promesa interesante, pero la obligación permanente por el titular fácil les empujó a añadir un cliché a un chaval que recién había cumplido los dieciocho años.

Lo que ocurrió fue lo mismo que ocurrió con tantos otros futbolistas a los que las etiquetas terminan mandando al baúl de los jugadores frustrados. El propio Xavi estuvo a punto de tirar su carrera a la basura cuando, en sus inicios, jugaba con la etiqueta permanente de “el nuevo Guardiola”, sobrevolando sobre su espalda. Fue cuando alguien se dio cuenta de que sus prestaciones podían ir más allá de ser un correcto mediocentro, cuando Xavi dio el salto y aprendió, no sólo a no equivocarse, sino a acertar más que los demás.

El paso hacia delante de Sergi Roberto ha venido precedido por un paso hacia atrás. Hasta hace pocos años parecía un centrocampista intrascendente. Su entrada en la final de la Supercopa de Europa, ante el Sevilla, sustituyendo a Iniesta, produjo una debacle casi letal en el equipo. El chaval se equivocaba y, lo que es peor, se torturaba por dentro cada vez que lo hacía. De esta manera, su moral se iba minando y su fútbol se iba convirtiendo en anodino por ausencia. Prefería alejarse de la pelota y pasar desapercibido. Aquella era la mejor manera de dejar de equivocarse.

¿Qué ocurrió desde entonces hasta ahora? Es más que posible que si Sergi Roberto hubiese seguido jugando en la misma posición, hubiese seguido aislado del juego y se hubiese ido apagando como futbolista. La suerte de los talentosos reside en su capacidad para reinterpretar su juego. Como el chico es veloz, listo y tiene un buen pie, Luis Enrique decidió utilizarle como lateral derecho ante las bajas en defensa. Lo que parecía una temeridad se convirtió en una ocasión inesperada para recuperar a un futbolista.

Desde el lateral uno ve el fútbol desde otra perspectiva. Los errores suelen ser menos trascendentes, las intervenciones son más aisladas y, en ataque, la solución pasa por ganar la línea de fondo y tirar un buen centro. Ocurrió que Sergi Roberto aprendió a intervenir con corrección, a no cometer errores y a ganar con solvencia la línea de fondo. En su haber, además, comenzó a contar con una precisa habilidad para tirar centros de gol.

Aquello recuperó al futbolista. A medida que comprendió que equivocarse no es cuestión de azar sino de actitud, el chico fue recuperando las sensaciones perdidas desde que era juvenil. Una vez regresó al centro del campo, en sus primeros partidos aprendió a ocupar los espacios, empezó por tocar fácil, buscar el robo rápido y pasar la pelota al compañero más cercano. En definitiva, aprendió a no equivocarse. Una vez enmendado el error, tocaba dar el siguiente paso; convertirse en un excelso centrocampista, uno de esos que solamente tienen cabida en el equipo que mejor ha jugado al fútbol durante gran parte de las tres últimas décadas.

Aún es pronto para dilucidar qué será de su carrera, pero por lo visto durante las dos últimas temporadas, hemos dilucidado qué puede dar de sí Sergi Roberto. Anduvimos casi seis años esperándole y, cuando parecía que nuestra paciencia había tocado un límite, alguien supo ver en el chico capacidades de sobra para jugar en la élite. Esta muesca también va marcada en el revólver de Luis Enrique. Hablaron mucho de la autogestión, pero lo cierto es que el asturiano se fue apuntando tantos al tiempo que el equipo iba recuperando las mejores sensaciones.