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lunes, 30 de septiembre de 2024

Milagro de cuota baja

El tránsito entre Maradona y Messi, para la selección argentina, fue bastante duro. Incluso para Lío, la sombra de Diego fue demasiado alargada durante más de una década. Quitarse de encima dos toneladas con aquel gol de Di María en Maracaná le sirvió para llegar más aliviado a los siguientes torneos y consagrarse, ahora sí, como el mejor jugador de la historia. Pero entre mundial y mundial hubo otros llenos de fracasos con pequeños milagros de cuota baja a los que se agarraba la memoria colectiva para hacerse creer que sí, que pese a caer eliminados una y otra vez, seguían siendo una potencia mundial a la que tener en cuenta.

El primer mundial de Messi fue en 2006. Lío, que ya apuntaba a jugador estelar en Barcelona, viajó a Alemania con diecinueve años y sin un puesto fijo en un once titular comandado por Juan Román Riquelme. Era un buen equipo, distinguido por Román y Aimar y apuntalado por hombres de reconocida valía como Cambiasso, Crespo y Carlos Tévez. El joven Mascherano ya apuntaba sus dotes de mando y el veterano Ayala ponía la cordura en un equipo que, anímicamente, se movía en tierra de nadie.

Los dos primeros partidos fueron prometedores. Un dos a uno a la Costa de Marfil de Didier Drogba y un seis a cero a Serbia el día que Messi se dio a conocer en una Copa del Mundo. Aquel día, el equipo fabricó una obra de arte colectiva culminada por Cambiasso pero, sin embargo, no fue el mejor gol del mundial.

Porque el momento de mayor éxtasis quedaba pendiente para el partido de octavos de final. Después de empatar a cero frente a Holanda y dejar pendiente una cuita que databa de 1998, Argentina se emparejó a México en el primer partido de eliminatorias. Fue un partido bronco y feo que se abrió y se cerró pronto. Márquez adelantó a México en el minuto seis y Crespo puso las tablas un par de minutos después. A raíz del empate, poco más pasó porque ambos equipos, conocedores de su historia más reciente, tenían más miedo a perder que a ganar.

La entrada de Messi revitalizó a Argentina y los albicelestes, durante un momento, parecieron acular a los mexicanos. Corría el minuto noventa y siete cuando Torrado, tras una conducción forzosa, jugó para Pineda quien avanzó salvando la entrada de Maxi Rodríguez pero no consiguiendo avanzar ante la interposición de Scaloni quien jugó rápido para Maxi para que este avanzase hacia un Messi recostado en la banda derecha. Messi condujo en diagonal hacia la línea de mediocampo y tocó al medio hacia Riquelme quien le tiró una pared para que Lionel abriese hacia la izquierda para Juanpi Sorín. Sorín, que tenía tiempo y espacio, decidió cruzar la pelota por arriba hacia el otro costado del área donde se encontraba Maxi Rodríguez al que la pelota le cayó con pocas opciones, pero en dos segundos realizó la maniobra que le catapultó hasta la inmortalidad.

Primero la paró con el pecho y después, ante el asombro de la defensa mexicana, la empaló con la izquierda en un golpeo monumental que se coló por la escuadra de Oswaldo Sánchez. Era, sin duda, el gol de su vida. Todos los argentinos, incluído Pekerman, corrieron como locos para abrazar a Maxi quien, en una maniobra inaudita, había marcado el gol del mundial y había puesto a los argentinos, una vez más, de cabeza hacia una nueva ronda clasificatoria.

Allí, en cuartos, y en el Olímpico de Berlín, Argentina hizo un partido digno y aguantó el uno a cero hasta el minuto ochenta cuando Klose, el martillo pilón, borró la sonrisa de los argentinos. Después llegó una nueva prórroga sin milagro y una tanda de penaltis que consagró a Alemania el día en el que Pekerman decidió que Lionel Messi no había merecido la oportunidad de jugar ni un sólo minuto.


viernes, 17 de mayo de 2024

Prestidigitación

El prestidigitador es aquel capaz de hacer ver lo que no existe y de no ver lo que realmente existe, es aquel que es capaz de tomarte de la mano y llevarte a ciegas por el borde de un precipicio haciéndote creer que paseas por un prado de pura arcadia, el prestidigitador es aquel que consigue hacerte creer que los sueños son reales al menos durante un segundo.

En aquella temporada de presentación, a Zinedine Zidane le costó encontrar el juego y, sobre todo, el afecto. Tímido por naturaleza, hay quien cuenta que tuvo que subir al despacho oval para decirle a su presidente que su anterior estrella, Figo, no le pasaba el balón. Sea como fuese, como el tipo sabía lo que era el juego y tenía más clase que un colegio, decidió tomar las riendas de su propia vida y se ganó el respeto de la gente a base de golpeos increíbles y centro irrefutables.

Pero cuando el runrrún quiso hacerse notar, él supo que le hacía falta un momento, un click, para meterse a la gente en el bolsillo y hacerles saber que el precio que habían pagado por él había sido incluso barato. Sucedió en la visita del Deportivo de La Coruña, por entonces un auténtico outsider de la liga y uno de los equipos más potentes de Europa. En un increíble, y certero, ejercicio de prestidigitación, escondió la pelota tantas veces como pudo necesitar y, ante la mirada absorta de una defensa completamente vencida ante su ingenio, marcó un golazo que aún hoy muchos recuerdan como la auténtica carta de presentación de Zinedine Zidane en el Santiago Bernabéu.


jueves, 20 de octubre de 2022

Ahora me ves

La Copa de la Liga fue un invento de José Luis Núñez en un intento desesperado por captar más ingresos y conseguir que el fútbol patrio se pareciese un poco al británico. Aquella idea no cuajó pero dejó cuatro ediciones que hoy son consideradas de lujo y que incluso permitió a un modesto como el Real Valladolid, estrenar su palmarés con una coma que reluce majestuosamente en su vitrina.

Una vez terminada la liga, todos los equipos de primera división, a lo largo del mes de junio, se enfrentaban en eliminatorias a doble partido hasta alcanzar la final que se jugaría en el mismo formato. En la primera edición, en 1983, la final soñada se jugó entre Real Madrid y Fútbol Club Barcelona. Como quiera que ambos ya se habían enfrentado en la final de la Copa del Rey tres semanas antes, aquel doble enfrentamiento tenía márchamos de revancha para los madridistas y ánimo de humillación para los culés.

El veintiséis de junio, en el Santiago Bernabéu, se vivió el momento más icónico del torneo y por el que valió la pena su corta duración cuando Maradona recibió la pelota en un contraataque conducido por el Lobo Carrasco. Lo que le quedaba por delante eran cincuenta metros y un portero, Agustín, que salió a tapar lo mejor que pudo. Pero entonces, el Diego, ya coronado como el tipo con más talento del planeta, ideó un truco de magia que dejó a los aficionados boquiabiertos y mantuvo al mundo expectante.

Porque, durante dos segundos, Maradona detuvo el tiempo. Fue el lapso que tardó, después de regatear al potero, entre abandonar lo fácil y entregarse a lo difícil. Porque los magos son así; ahora me ves, ahora no me ves. El truco de prestidigitation de Maradona se cobró a Juan José como víctima. Sandokan, comprobando como la pelota iba a terminar en gol sin remisión, se lanzó como un tigre malayo en busca de su presa, pero nunca llegó a entender cómo El Diez le escondió el balón. Pisadita, Juan José contra el poste y el Bernabéu aplaudiendo el gol de un jugador que no era de los suyos.

Y es que a los buenos magos, siempre hay que admirarlos.

Aquella Copa la ganó el Barça aunque, después de aquello, ya daba igual. El torneo apenas sobrevivió cuatro ediciones aunque, después de aquello, todo dio igual. Fue efímero, agotador y poco atractivo, pero gracias a él recurrimos al Diego cada vez que hay un clásico porque una calurosa tarde de junio, en el mayor escenario posible, ideó un truco de magia aún no igualado por nadie.

lunes, 21 de marzo de 2022

El lugar donde habitan los sueños

Existe un lugar donde habitan los sueños. El lugar donde se evoca la magia, donde se susurra en silencio, donde los ojos brillan con la mirada perdida. Un lugar desde el que los chicos con fe saben viajar hacia el país de las promesas cumplidas. Un lugar desde el que se fabrican instantes fantásticos y consecuciones gloriosas.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Clase a medida

Existen futbolistas, de cierta clase, que, una vez encuentran su lugar de acomodo, rinden por encima incluso de sus posibilidades, llegando incluso a verse atormentados una vez abandonan su hábitat y son capaces de cerciorarse que, lejos de su hogar, su fútbol se vuelve triste y, lo que es peor, previsible. En estas vicisitudes hemos encontrado casos como el de Aspas, Martial o Bernardeschi, tipos de geniales con camisetas de menor calado que, cuando han tenido que mostrar su clase en equipos de serias aspiraciones, no sólo se han dado un porrazo sino que han terminado por añorar el lugar de procedencia.

En estas vicisitudes vivió Santi Ezquerro durante la primera década del presente siglo. Devuelto al norte por las circunstancias de un Atlético de Madrid en proceso de descomposición, el otrora canterano de Osasuna, encontró en Bilbao no sólo su mejor fútbol sino su forma de ser. Componente imprescindible de aquel primer Athletic de Valverde que bordó tardes de ensueño, Ezquerro se complementaba perfectamente por Urzáiz porque habría espacios, encontraba lugares y alcanzaba el gol en muchas ocasiones.

Una de ellas fue un inolvidable y espectacular gol anotado al Villarreal en uno de esos trámites que vivía la Catedral cada dos semanas. El balón, llovido desde la derecha, llegó al borde del área donde Ezquerro llegó a contrapié. Acosado de cerca por un defensor y viendo que la prolongación hacia Urzáiz era más comprometedora que esperanzadora, se sacó de la manga un remate de tijera que acabó como un misil por la escuadra. Un gol de esos de pañuelos, puerta grande y recuerdo perenne. Un gol que definía a un futbolista de clase.

Una clase hecha a medida de un club. Un club singular que necesitaba jugadores como él, mezcla talento, mezcla sentido de pertenencia. Porque Ezquerro, superado por las expectativas, voló a Barcelona poco después y supo, pronto, que su lugar verdadero estaba cerca de casa. En un Barcelona plagado de estrellas, donde ganó dos ligas y una Champions, se convirtió en un futbolista residual, ni siquiera en un recurso. Y entonces supo que ningún título paga los aplausos de San Mamés el día en el que marcas el mejor gol de tu carrera.

jueves, 18 de febrero de 2021

Inmortal

"Jugar en un grande es un reto, jugar contra los grandes y poder ganarles es un reto todavía mayor". Con esta declaración de intenciones, Matt Le Tissier desgranó su filosofía de vida. Porque él era un tipo de gestas, de público en pie, de cosquilleo en las manos deseosas de aplauso y vacío en la garganta previo a un "ooooooooh" que recorría cada rincón de la ciudad de Southampton. Porque cada vez que ingeniaba una maravilla, la gente cercana a The Dell, sabía que el ídolo de todos los sotonians había vuelto a hacer feliz a mucha gente.

Hay quien dijo que Le Tissier jamás pagará un café en Southampton. Esa es la base de la teoría de la inmortalidad, porque tú puedes ir al club más exitoso del mundo, llenar tu palmarés de copas y peregrinar de un lado a otro saciando tu sed con el único objetivo de convertirte en leyenda del deporte. Pero hay tipos que entienden el fútbol como la vida y allí, donde la mirada la gana a la patada y el corazón le gana al sudor, los títulos no se cuentan con los dedos sino co las sonrisas. Le Tissier hizo feliz a mucha gente en Southampton y por ello, pese a no tener copas en su historial, siempre será inmortal en un lugar donde el fútbol es un pedazo de religión pagana.

Porque a nadie le llaman Dios sin ningún motivo. Le God hacía milagros en The Dell cada quince días, un ritual mundano con tintes de maravilla precedido de las cervezas de rigor, los abrazos previos y la locura colectiva. Porque cada domingo de fútbol, Southampton se vestía de fiesta para ver jugar a su Dios particular. Porque cada vez que Le Tissier vestía su smoking, inventaba bailes de salón tan difíciles de imitar que terminaron convirtiéndose en ecos de una leyenda. Y si no, miren lo que le hizo al Newcastle una sombría tarde de otoño de 1993. Pasen y vean.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Plena confianza

Antonio Augusto Ribeiro Reis Júnior siempre había sido Juninho desde que, cuando era un chavalín, empezó a darle patadas a una pelota manchada de barro. Sucedió que, cuando se estaba consagrando en la liga brasileña, apareció otro jugador, menudo, eléctrico y veloz al que también llamaban Juninho. Desde entonces, el otro, el que terminó jugando en Inglaterra y España, fue conocido como "paulista" y el jugador de Recife, capital del estado de Pernambuco, fue conocido como "pernambucano".

Juninho Pernambucano fue gloria en Brasil antes de fichar por el mejor Olympique de Lyon de la historia. Campeón de América con Vasco da Gama, aterrizó en Brasil con la vitola de jugador elegante y la jerarquía de un tipo que había capitaneado una nave donde el fútbol pasaba por sus pies y los goles eran obra de Luizao y Donizete. Desde el principio dejó claro que lo suyo no era correr, pero que sabía cómo hacer correr a la pelota. Escoltado por titanes físicos como Diarra, Essien o Toulalan, Juninho, el ocho en la espalda, se erigió en piedra angular de un equipo que jugaba de memoria y ganaba por aplastamiento.

Pero si una cualidad hizo célebre a Juninho Pernambucano fueron sus lanzamientos de falta directa. Seguramente, en la historia del fútbol, no haya existido un jugador que haya manejado este arte con la soltura con la que él lo hizo. Su confianza era tal que no dudaba en tirar a puerta desde cualquier posición y su equipo respiraba aliviado cada vez que cobraba un lanzamiento a su favor pues sabía que Juninho sería capaz de abrir el partido. De esta guisa anotó magníficos goles contra los mejores equipos del continente, alcanzando su cénit en un partido atascado de la liga francesa cuando el Lyon no era capaz de asaltar el estadio de un peleón Ajaccio.

Corría el minuto sesenta de partido y el Lyon ganó una falta en las inmediaciones del centro del campo. La lógica hubiese dictado que el pateador podría la pelota en el área o, quizá en sus inmediaciones, para buscar una prolongación y un remate y fue por ello que allá acudieron los hombres más altos del equipo campeón de Francia. Pero con Juninho no imperaba la lógica. Dueño de un pie privilegiado y conocedor de los efectos de su golpeo, sin importarle un ápice la distancia, disparó directamente a puerta consiguiendo una folha seca impresionante.

Mientras el equipo celebraba efusivamente el gol y Juninho corría con la cara circunstancial de quien sabe que sólo ha hecho lo que sabe hacer, Porato, el portero del Ajaccio se levantaba incrédulo e intentaba analizar aquella trayectoria que creyó, por un momento tener controlada.

Aquel partido, como casi todos los de la época, terminó con victoria del Olympique de Lyon. El zapatazo de Juninho abrió un partido que sentenció Fred minutos después y que remató, ya en el descuento, un chaval de diecinueve años que acababa de saltar al campo y se llamaba Karim Benzema.


martes, 6 de octubre de 2020

Carta de presentación

El Betis de Serra Ferrer era un equipo serio, que gustaba de juntarse en línea de tres cuartos y esperar el error para tirar contragolpes certeros. Para ello contaba con tipos como Jarni, Alfonso o Cañas, los encargados de meter el balón en el área para que Pier se gustase con su ritual de remates. Poco a poco se fue fraguando en un equipo fiable, incluso llegó a incorporar a Finidi y, con constancia y contragolpe, se plantó, por pleno derecho, en la final de la Copa del Rey de 1997.

Una temporada antes de fraguar aquel maravilloso equipo que quedó cuarto, empatado a puntos con el Súper Dépor de Rivaldo, y que se paseó en el Pizjuán con un memorable cero a tres que aún rechina en la memoria, el Betis quiso soñar en alto después de alcanzar la tercera ronda de la Copa de la Uefa, ganando con autoridad a equipos tan notables como Fenerbahce y Kaiserslautern. El rival, en la siguiente ronda, era el Girondins de Burdeos francés, que había ganado un puesto en la competición vía Copa Intertoto.

Los franceses había eliminado, con algunos apuros, al Vardar de Macedonia y al Rótor de Volgogrado, por lo que no se veía un rival importante para el Betis, pero lo que se encontraron lo sevillanos en Burdeos, el día veintiuno de noviembre, fue un equipo que mordía, que volaba, que combinaba con precisión. Dos a cero final y la sensación de que el resultado había sido hasta corto.  El Girondins de repente, era un equipo serio, un equipo fiable. Y lo era gracias a ese jugador con aspecto encorvado y calva incipiente que bailaba con la pelota y no daba un pase malo. Las cámaras le enchufaron media docena de veces, el locutor le llamaba Zinedine Zidane.

Todas las aspiraciones de remontada se le esfumaron al Betis en el minuto siete del partido de vuelta. Allí, un balón suelto, cayó a la espalda de la línea de flotación y, como un ángel caído, apareció Zidane para pegarla con la zurda con toda su alma. Parecía una locura, y así lo exclamaron todos, pero el balón bajó con nieve y, cuando menos se lo esperaba, Pedro Jaro lo vio dentro de su portería. Aquel gol, aquel zapatazo imposible desde el centro del campo, con su pierna mala, fue la carta de presentación de Zinedine Zidane. Quienes vimos aquel partido ni olvidamos su nombre ni olvidamos su juego. El Girondins avanzó hasta la final que terminó perdiendo contra el Bayern en la tanda de penaltis. De cara a la historia dio igual, aquel equipo había ganado un jugador de leyenda. El tipo que, dos años y medio más tarde, le daría a Francia la mayor conquista de su historia.



viernes, 17 de julio de 2020

Dos metros de Romario

El Arsenal era poco más que un cadáver cuando Arsene Wenger llegó al rescate en septiembre del noventa y seis. Poco quedaba de aquel equipo que había ganado la Recopa dos años antes y se había quedado a dos segundos de alcanzar la tanda de penaltis en la final del año siguiente. Un histórico con pedigrí que le había disputado, y ganado, el título al Liverpool a finales de los ochenta y que, sin embargo, en esos ejercicios de autodestrucción tan típicos en él, se había ido apagando hasta convertirse en una sombra de sí mismo.

Durante los años sesenta y setenta, mientras Liverpool, Leeds o incluso Chelsea, destacaban por un fútbol vistoso y vigoroso, el Arsenal seguía su tradición de pelota larga y prolongación en busca de una segunda jugada o un disparo lejano. Boring Arsenal le llamaban. Ganó el doblete en el setenta y uno y no volvió a ganar una liga hasta el ochenta y nueve. Con tan solo una FA Cup en aquella travesía del desierto, solamente se pueden entender las frustraciones de los hinchas desde la lectura; Nick Hornby escribió Fever Pitch y nos habló de la rabia, la desidia y el desamparo. Ese era el Arsenal que recogió Arsene Wenger.

Con bloque de diez aguerridos británicos y Dennis Bergkamp como estilista, el Arsenal ganó la liga del noventa y ocho. El título, más allá de una celebración, valió un punto de inflexión. Tardó otros cuatro años en volver a ganarlo, pero, entre medias se fue elaborando un equipo que nada tenía que ver con el Arsenal aburrido de décadas atrás. El balón largo y la prolongación se cambiaron por el toque preciso, la circulación rápida y el juego profundo, siempre a ras de césped. Para interpretar sus sinfonías, Wenger fichó a jugadores de buena pierna y ganas de triunfo. A Bergkamp se le unió su compatriota Overmars, con quien ya había hecho una buena sociedad en el Ajax y en la selección holandesa, y desde Francia llegaron los rocosos Vieira y Petit, además del delantero Anelka, rebotado tras su fracaso como fichaje estrella en el Real Madrid.

Entre aquel grupo de tipos duros con buen gusto, se coló un delantero que había despuntado en el Ajax campeón de Europa y se la había pegado, como casi todos los fichajes sonados de la época, en el Inter de Milán. Cortado del equipo italiano tras serle detectado un problema en el corazón, Nwankwo Kanu fue rescatado por Wenger para hacer subir al Arsenal un peldaño más. El tipo era alto, más alto de lo normal y si destacaba, más que por su altura, era por la habilidad que tenía para mover sus ciento noventa y ocho centímetros.

Nacido para asombrar, sus quiebros imposibles, sus definiciones asombrosas y sus toques de balón estando de espaldas a la portería, hicieron que el público de Highbury se enamorase de aquel nigeriano grandullón que sólo sabía marcar goles bonitos. Gracias a sus habilidades en el área y a sus aptitudes fuera de ella, Jorge Valdano, al que tanto recurrimos aquí, llegó a decir que Kanu eran dos metros de Romario.

Más allá de lo exagerado, o no, de la comparación, y el agravio comparativo que nos dejó el tiempo, lo cierto es que Kanu dejó varias obras de arte antes de marcharse de peregrinación al sur y convertirse en leyenda menor en el Portsmouth. Una de ellas, quizá la más sonada, es aquel gol imposible que dejó el día que el Arsenal anotó seis goles en el estadio del Middlesbrough. Tras una combinación entre Parlour y Dixon, el eterno lateral del Arsenal puso el balón en el corazón del área para que Kanu, con un taconazo inverosímil, pusiese el estadio patas arriba. Era su manera de entender el fútbol dentro del área. Allí, o eres genio, no no eres nada. O eres un Romario de dos metros o no habrá manera de ganarse la inmortalidad.


viernes, 10 de julio de 2020

Último servicio

Los equipos que tienen grandeza pero no tienen poder económico, se ven obligados, por fuerza propia y por exigencia ajena, a picar piedra en las mejores canteras y extraer, aún siendo en los lugare más extraños, los minerales más valiosos, porque su supervivencia en la élite depende de los buenos jugadores y porque su capacidad de reinventarse reside, siempre, en la intuición antes que en la proposición.

Planificar, para el Ajax, se convirtió en un ejercicio de cordura cortoplacista desde que los millones ajenos llegaron al fútbol y tuvieron que quedarse con las ganas de conservar a sus estrellas. Si el traspaso de Cruyff, un hito en la época, rompió la banca y, sobre todo, los esquemas del club, no fue sino mucho más adelante cuando hubo de hacer recomposición y cuenta nueva cada vez que miraba como una nueva estrella se marchaba, otra vez, por la puerta delantera que conduce hacia el éxito. Así marcharon Van Basten, Rijkaard o Bergkamp entre otros.

Así pues, el club se vio abocado a confiar en dos factores: la aparición de un gran equipo por generación espontánea o el trabajo de secretaría técnica peinando los lugares más recónditos; allá donde los grandes clubes no alcanzan por el mero hecho de no considerarlo atractivo. Desde el primer factor nació y creció una generación de futbolistas que maravillaron al mundo y reconquistaron Europa. Pero cuando los Kluivert, Seedorf, Overmars, Davids y De Boer volaron en busca de gloria y dinero, el equipo encontró un erial y fue entonces cuando apareció, de la nada, un conejo encontrado en una chistera escondida en un lugar al sur de Suecia.

Un sueco con apellido eslavo y ascendencia musulmana es, a priori, una mezcla extraña e incluso exótica. El tipo que le vio jugar en Malmoe debió creer mucho en él para pagar ocho millones de euros en 2001 por un tipo al que apenas conocían en su país. No tardaron mucho en conocerlo en el resto del mundo. Zlatan Ibrahimovic era un genio de dos metros con la agilidad de un simio y la habilidad de un anfibio; un animal del área que regalaba golazos y grandes momentos, el hombre que volvió a levantar de su letargo a la grada del Amsterdam Arena.

Debutó con gol en liga, en copa y en Champions. Dominó la Eredivise y, cuando quiso creer que el universo holandés se le había quedado pequeño, firmó por la Juventus un traspaso que duplicaba el importe de su fichaje por el Ajax. Era agosto de 2004 y Zlatan ponía rumbo a la liga italiana. En su último partido, ante el NAC Breda, el sueco comenzó siendo increpado por la grada a causa de haberse dejado comprar por las liras italianas y terminó ovacionado, con el estadio en pie y reconociendo que aquel había sido uno de sus futbolistas más especiales en toda su historia.

Uno de los goles de aquel partido, el último gran servicio de Ibrahimovic en el Ajax, se ha convertido, con el tiempo, en un icono que representa las excelencias del futbolista sueco. Recibe a trompicones en zona de tres cuartos, avanza amagando, tumba a un defensor, rompe a otro y vuelve a tumbar a un tercero para terminar empujando la pelota a la red. Todo ello con una parsimonia y una calidad de tal categoría que dio tiempo a levantar exclamaciones y a dibujar admiraciones. Aquel gol de Ibrahimovic con el Ajax aún es considerado como el mejor de su carrera y aún es recibido con exclamaciones y admiraciones cada vez que se repite en un compilatorio de sus obras de arte.

 

viernes, 5 de abril de 2019

El gol imposible

Barcelona era una ciudad acomplejada futbolísticamente. Atrás quedaban los años de fuego bajo la batuta de Kubala. Quedaba la añoranza y el pesimismo. El aficionado culé comenzó a convertirse en un tipo que nacía escéptico y moría pesimista. No había motivo para la satisfacción y, lo que es peor, apenas quedaba un motivo para la alegría. Pero entonces llegó él; tan flacucho, tan ágil, tan veloz, tan perspicaz. Se presentó en sociedad en la víspera de Nochebuena, hacía frío, pero la gente estaba ansiosa por verle. El rival, el Atlético de Madrid, no era el mejor socio de fatigas. La mayoría se veía regresando a casa con el mismo frío con el que llegaron, pero, además, con una nueva derrota en el zurrón. No había sido un gran comienzo de temporada. Habían perdido mucho y solamente, una semana atrás, habían arrancado una victoria en Granada gracias al trabajo bien culminado por su nueva estrella. Recibieron a Cruyff con aplausos; la expectativa les incitaba a ser optimistas, al menos durante los cinco minutos previos al partido, y le despidieron con vítores; el asombro les había obligado a ponerse un nuevo ídolo por montera. Mediado el partido habían sido testigos de un hecho sin precedentes: un balón largo, a ninguna parte y el salto de un gamo rematando a contracorriente. Lo llamaron “el gol imposible”, y quien tuvo la oportunidad de verlo aún lo sigue aplaudiendo.


jueves, 17 de enero de 2019

El gol de Amarildo

Recibió el balón de espaldas y se giró. No se sabe bien si intentó un centro o puso el balón en el primer palo con toda la intención del mundo. Lo cierto es que el portero se vio sorprendido y el mundo descubrió un gol que, por extraño, se convirtió en novedoso. Desde entonces y, durante mucho tiempo, a todos los goles similares se les conoció como "el gol de Amarildo".