lunes, 30 de septiembre de 2024
Milagro de cuota baja
viernes, 17 de mayo de 2024
Prestidigitación
jueves, 20 de octubre de 2022
Ahora me ves
lunes, 21 de marzo de 2022
El lugar donde habitan los sueños
Existe un lugar donde habitan los sueños. El lugar donde se evoca la magia, donde se susurra en silencio, donde los ojos brillan con la mirada perdida. Un lugar desde el que los chicos con fe saben viajar hacia el país de las promesas cumplidas. Un lugar desde el que se fabrican instantes fantásticos y consecuciones gloriosas.
viernes, 17 de diciembre de 2021
Clase a medida
Existen futbolistas, de cierta clase, que, una vez encuentran su lugar de acomodo, rinden por encima incluso de sus posibilidades, llegando incluso a verse atormentados una vez abandonan su hábitat y son capaces de cerciorarse que, lejos de su hogar, su fútbol se vuelve triste y, lo que es peor, previsible. En estas vicisitudes hemos encontrado casos como el de Aspas, Martial o Bernardeschi, tipos de geniales con camisetas de menor calado que, cuando han tenido que mostrar su clase en equipos de serias aspiraciones, no sólo se han dado un porrazo sino que han terminado por añorar el lugar de procedencia.
En estas vicisitudes vivió Santi Ezquerro durante la primera década del presente siglo. Devuelto al norte por las circunstancias de un Atlético de Madrid en proceso de descomposición, el otrora canterano de Osasuna, encontró en Bilbao no sólo su mejor fútbol sino su forma de ser. Componente imprescindible de aquel primer Athletic de Valverde que bordó tardes de ensueño, Ezquerro se complementaba perfectamente por Urzáiz porque habría espacios, encontraba lugares y alcanzaba el gol en muchas ocasiones.
Una de ellas fue un inolvidable y espectacular gol anotado al Villarreal en uno de esos trámites que vivía la Catedral cada dos semanas. El balón, llovido desde la derecha, llegó al borde del área donde Ezquerro llegó a contrapié. Acosado de cerca por un defensor y viendo que la prolongación hacia Urzáiz era más comprometedora que esperanzadora, se sacó de la manga un remate de tijera que acabó como un misil por la escuadra. Un gol de esos de pañuelos, puerta grande y recuerdo perenne. Un gol que definía a un futbolista de clase.
Una clase hecha a medida de un club. Un club singular que necesitaba jugadores como él, mezcla talento, mezcla sentido de pertenencia. Porque Ezquerro, superado por las expectativas, voló a Barcelona poco después y supo, pronto, que su lugar verdadero estaba cerca de casa. En un Barcelona plagado de estrellas, donde ganó dos ligas y una Champions, se convirtió en un futbolista residual, ni siquiera en un recurso. Y entonces supo que ningún título paga los aplausos de San Mamés el día en el que marcas el mejor gol de tu carrera.
jueves, 18 de febrero de 2021
Inmortal
"Jugar en un grande es un reto, jugar contra los grandes y poder ganarles es un reto todavía mayor". Con esta declaración de intenciones, Matt Le Tissier desgranó su filosofía de vida. Porque él era un tipo de gestas, de público en pie, de cosquilleo en las manos deseosas de aplauso y vacío en la garganta previo a un "ooooooooh" que recorría cada rincón de la ciudad de Southampton. Porque cada vez que ingeniaba una maravilla, la gente cercana a The Dell, sabía que el ídolo de todos los sotonians había vuelto a hacer feliz a mucha gente.
Hay quien dijo que Le Tissier jamás pagará un café en Southampton. Esa es la base de la teoría de la inmortalidad, porque tú puedes ir al club más exitoso del mundo, llenar tu palmarés de copas y peregrinar de un lado a otro saciando tu sed con el único objetivo de convertirte en leyenda del deporte. Pero hay tipos que entienden el fútbol como la vida y allí, donde la mirada la gana a la patada y el corazón le gana al sudor, los títulos no se cuentan con los dedos sino co las sonrisas. Le Tissier hizo feliz a mucha gente en Southampton y por ello, pese a no tener copas en su historial, siempre será inmortal en un lugar donde el fútbol es un pedazo de religión pagana.
Porque a nadie le llaman Dios sin ningún motivo. Le God hacía milagros en The Dell cada quince días, un ritual mundano con tintes de maravilla precedido de las cervezas de rigor, los abrazos previos y la locura colectiva. Porque cada domingo de fútbol, Southampton se vestía de fiesta para ver jugar a su Dios particular. Porque cada vez que Le Tissier vestía su smoking, inventaba bailes de salón tan difíciles de imitar que terminaron convirtiéndose en ecos de una leyenda. Y si no, miren lo que le hizo al Newcastle una sombría tarde de otoño de 1993. Pasen y vean.
viernes, 18 de diciembre de 2020
Plena confianza
Antonio Augusto Ribeiro Reis Júnior siempre había sido Juninho desde que, cuando era un chavalín, empezó a darle patadas a una pelota manchada de barro. Sucedió que, cuando se estaba consagrando en la liga brasileña, apareció otro jugador, menudo, eléctrico y veloz al que también llamaban Juninho. Desde entonces, el otro, el que terminó jugando en Inglaterra y España, fue conocido como "paulista" y el jugador de Recife, capital del estado de Pernambuco, fue conocido como "pernambucano".
Juninho Pernambucano fue gloria en Brasil antes de fichar por el mejor Olympique de Lyon de la historia. Campeón de América con Vasco da Gama, aterrizó en Brasil con la vitola de jugador elegante y la jerarquía de un tipo que había capitaneado una nave donde el fútbol pasaba por sus pies y los goles eran obra de Luizao y Donizete. Desde el principio dejó claro que lo suyo no era correr, pero que sabía cómo hacer correr a la pelota. Escoltado por titanes físicos como Diarra, Essien o Toulalan, Juninho, el ocho en la espalda, se erigió en piedra angular de un equipo que jugaba de memoria y ganaba por aplastamiento.
Pero si una cualidad hizo célebre a Juninho Pernambucano fueron sus lanzamientos de falta directa. Seguramente, en la historia del fútbol, no haya existido un jugador que haya manejado este arte con la soltura con la que él lo hizo. Su confianza era tal que no dudaba en tirar a puerta desde cualquier posición y su equipo respiraba aliviado cada vez que cobraba un lanzamiento a su favor pues sabía que Juninho sería capaz de abrir el partido. De esta guisa anotó magníficos goles contra los mejores equipos del continente, alcanzando su cénit en un partido atascado de la liga francesa cuando el Lyon no era capaz de asaltar el estadio de un peleón Ajaccio.
Corría el minuto sesenta de partido y el Lyon ganó una falta en las inmediaciones del centro del campo. La lógica hubiese dictado que el pateador podría la pelota en el área o, quizá en sus inmediaciones, para buscar una prolongación y un remate y fue por ello que allá acudieron los hombres más altos del equipo campeón de Francia. Pero con Juninho no imperaba la lógica. Dueño de un pie privilegiado y conocedor de los efectos de su golpeo, sin importarle un ápice la distancia, disparó directamente a puerta consiguiendo una folha seca impresionante.
Mientras el equipo celebraba efusivamente el gol y Juninho corría con la cara circunstancial de quien sabe que sólo ha hecho lo que sabe hacer, Porato, el portero del Ajaccio se levantaba incrédulo e intentaba analizar aquella trayectoria que creyó, por un momento tener controlada.
Aquel partido, como casi todos los de la época, terminó con victoria del Olympique de Lyon. El zapatazo de Juninho abrió un partido que sentenció Fred minutos después y que remató, ya en el descuento, un chaval de diecinueve años que acababa de saltar al campo y se llamaba Karim Benzema.
martes, 6 de octubre de 2020
Carta de presentación
El Betis de Serra Ferrer era un equipo serio, que gustaba de juntarse en línea de tres cuartos y esperar el error para tirar contragolpes certeros. Para ello contaba con tipos como Jarni, Alfonso o Cañas, los encargados de meter el balón en el área para que Pier se gustase con su ritual de remates. Poco a poco se fue fraguando en un equipo fiable, incluso llegó a incorporar a Finidi y, con constancia y contragolpe, se plantó, por pleno derecho, en la final de la Copa del Rey de 1997.
Una temporada antes de fraguar aquel maravilloso equipo que quedó cuarto, empatado a puntos con el Súper Dépor de Rivaldo, y que se paseó en el Pizjuán con un memorable cero a tres que aún rechina en la memoria, el Betis quiso soñar en alto después de alcanzar la tercera ronda de la Copa de la Uefa, ganando con autoridad a equipos tan notables como Fenerbahce y Kaiserslautern. El rival, en la siguiente ronda, era el Girondins de Burdeos francés, que había ganado un puesto en la competición vía Copa Intertoto.
Los franceses había eliminado, con algunos apuros, al Vardar de Macedonia y al Rótor de Volgogrado, por lo que no se veía un rival importante para el Betis, pero lo que se encontraron lo sevillanos en Burdeos, el día veintiuno de noviembre, fue un equipo que mordía, que volaba, que combinaba con precisión. Dos a cero final y la sensación de que el resultado había sido hasta corto. El Girondins de repente, era un equipo serio, un equipo fiable. Y lo era gracias a ese jugador con aspecto encorvado y calva incipiente que bailaba con la pelota y no daba un pase malo. Las cámaras le enchufaron media docena de veces, el locutor le llamaba Zinedine Zidane.
Todas las aspiraciones de remontada se le esfumaron al Betis en el minuto siete del partido de vuelta. Allí, un balón suelto, cayó a la espalda de la línea de flotación y, como un ángel caído, apareció Zidane para pegarla con la zurda con toda su alma. Parecía una locura, y así lo exclamaron todos, pero el balón bajó con nieve y, cuando menos se lo esperaba, Pedro Jaro lo vio dentro de su portería. Aquel gol, aquel zapatazo imposible desde el centro del campo, con su pierna mala, fue la carta de presentación de Zinedine Zidane. Quienes vimos aquel partido ni olvidamos su nombre ni olvidamos su juego. El Girondins avanzó hasta la final que terminó perdiendo contra el Bayern en la tanda de penaltis. De cara a la historia dio igual, aquel equipo había ganado un jugador de leyenda. El tipo que, dos años y medio más tarde, le daría a Francia la mayor conquista de su historia.