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martes, 11 de mayo de 2021

Cuando la dignidad venció al miedo

La historia del fútbol está llena de jugadores buenos, malos y regulares, algunos con momentos puntuales de gloria, otros innovadores y muchos, la gran mayoría, tipos que el tiempo relegó al olvido y pasaron de temporales a desaparecidos. Sólo unos pocos, muy pocos, son capaces de jugar en la élite más pura y sólo unos pocos, muy pocos, son realmente recordados cuando el tiempo hace mella en la memoria y un gol nos invoca a momentos en los que supimos ser felices.

Antonio Calpe fue un gran defensa lateral, con un palmarés notable y un amor por el Levante fuera de toda duda. Pocos recordarán su nombre en los mejores momentos del Real Madrid, pero él estuvo en la plantilla que levantó la sexta Copa de Europa y él permaneció allí durante un lustro ganando ligas, copas y destronando a tipos históricos como Pachín y Santamaría.

Pocos le echaron de menos cuando se marchó porque, a pesar de ser importante y, durante muchos momentos, indiscutible, el Madrid es una máquina que funciona a todo vapor y va fabricando tipos legendarios de un año tras otro. Calpe regresó a su equipo, el Levante, cuando había sobrepasado la treintena y tenía las rodillas destrozadas. Aceptó jugar en tercera, volvió con el equipo a Segunda y la afición le adoró para siempre. Él ya había estado allí cuando el equipo ascendió a Primera en 1963 y volvía a estar cuando el equipo estaba en el pozo más profundo.

La admiración de su gente se la ganó con gestos, fútbol y altruismo deportivo. La admiración del pueblo la ganó con el tiempo cuando se conoció que el tipo, además de saber jugar al fútbol tenía memoria y, sobre todo, supo tener dignidad cuando el miedo le puedo haber vencido en el momento más crucial de su carrera.

El mes de mayo de 1966 tocaba a su fin y la temporada del Real Madrid se había convertido en exitosa después de haber conquistado la sexta Copa de Europa. A modo de homenaje, el dictador Franco invitó al equipo a una recepción en el Pardo donde serían colmados de honores por haber salvado, una vez más, el honor patrio de cara al exterior. El Madrid era la imagen de España y Franco se aprovechaba de ello para lucir escudo y sacar pecho. Por eso, cuando el capitán Ignacio Zoco entró en el vestuario y convocó a sus compañeros a una reunión, nadie pudo imaginar que la dignidad de Antonio Calpe iba a estar por encima del momento histórico.

"Mañana todos de punta en blanco que nos va a recibir el Caudillo". "Yo no pienso ir". Hubo un silencio, alguna cara extraña, algún ceño fruncido, pero pocas palabras. La mayoría de allí, los afectos al régimen y los que no lo eran tanto, sabían la historia familiar de Calpe. Su tío Antonio, quien le había otorgado el nombre de pila, había sido fusilado por el gobierno franquista una vez hubo terminado la guerra. Una manera de purgar la ideología contraria y una patada a la promesa de paz que hizo a cambio de rendición. Por ello Calpe, el lateral del Real Madrid, sacó pecho y se negó a asistir al lugar donde vivía el tipo por cuyos preceptos había muerto su tío. "No podía darle ese disgusto a mi abuela".

Y no se lo dio. Y permaneció en pie, en el Real Madrid y en el ideario colectivo de mucha gente. Primero, cuando vieron que regresaba a su rescate, de los aficionados del Levante. Y después, cuando supieron que había desafiado a los preceptos y a los convenios, del resto de españoles que se quisieron poner en pie para aplaudirle y ponerle como ejemplo de dignidad frente a la dictadura del miedo.

jueves, 10 de diciembre de 2020

A la izquierda de Dios

Se marchó en silencio después de todo el ruido que había dado. Se marchó, seguro, dándole una patada

de zurda al sufrimiento porque su vida fue un cúmulo de excesos y descuidos que dejaron atrás cualquier conato de seriedad. Se marchó para decirle a Dios que quería estar a su izquierda porque la izquierda era el lugar común del tipo que quiso ser Dios en la tierra y lo fue pegado a una pelota de cuero. Zurda celestial que ahora sólo vive en el recuerdo más eufórico y que se proclamó, por autoridad propia, como el mejor embajador de Argentina ante el resto del mundo.

Porque Argentina era un puño apretado llorando ante un cielo de color malva. Argentina era un mar de dudas que mascaba derrotas y buscaba a sus desaparecidos abrazada al desconsuelo de unas madres que se reunían cada semana en la plaza de Mayo. Argentina era el culo del mundo mientras seguía buscando su lugar una vez los buques ingleses habían abandonado sus Falkland al tiempo que amenazaban con una humillación aún peor si se atrevían a volver a levantar la voz. Argentina era depresión y llanto, tal vez desgana o tal vez deseo imposible por hallar un mesías, alguien que levantase de su tribuna de silencio a todo aquel país sumido en la derrota, alguien que les gritase que aquel era un estado democrático y había que volver a levantar las banderas.

Y el Dios mundano, aquel tipo al que elevaron a los cielos, se elevó a sí mismo hacia la gloria y tocó con la mano del todopoderoso para destruir al enemigo y recorrió el campo, como flotando por los cielos, para terminar de aniquilarlo y, mientras se regocijaba de su mejor verano y destruía igual que a los ingleses, a los italianos, belgas o alemanes, se dio el gusto de levantar la copa sagrada y besarla en una foto para la eternidad. Allí estaba el diez, en la cúspide del mundo, en un libro de historia escrito con letras mayúsculas, en un pedestal de oro fabricado con el material de los mejores recuerdos.

Incluso fue capaz de ir más allá. Sin sentirse lo suficientemente satisfecho con su Copa del Mundo en el corazón y un palmarés ligado por siempre a un verano mexicano, se propuso ser héroe del sur de Italia y derrocó las piernas de bronce de aquellos gigantes del norte que, durante años, se estuvieron burlando de los pueblos del austral transalpino. Derrocó a la Juve de Platini, al Inter de los alemanes y a esa obra tan bella que fue el Milan de Sacchi. Por encima de todos, y por primera vez en su historia, el Nápoles se erigió en campeón durante dos temporadas de ensueño que aún permanecen intactas en el imaginario colectivo.

Por todo ello; por la fuerza inusitada de su voz de mando, por su zurda incomparable y su espíritu aventurero, se lo terminaron perdonando todo. Porque despertó a un país y resucitó una región. Por ellos nadie puso en duda sus fracasos, nadie le preguntaría jamás por qué nunca pasó de segunda ronda en la Copa de Europa, nadie le preguntó porque marcó la mitad de goles que ese tipo al que pusieron la etiqueta de sucesor y, pese a haber conquistado Europa y haber batido todos los récords, se le sigue poniendo en duda porque no fue capaz de levantar a un país dormido por la derrota.

Porque Dios sólo hay uno y aunque existan mortales capaz de superar sus números, jamás existirá un tipo capaz de superar el brillo de su áurea, porque Maradona no sólo ganó un mundial sino que ganó, para siempre, el sentimiento de orgullo de un país que, una tarde de junio, lloró con un puño apretado gritando por Argentina.

Descansa en paz, genio. Ta, ta, ta, ta, ta...

martes, 16 de junio de 2020

El Trinche

Cuando creíamos que lo sabíamos todo, cuando pensábamos que habíamos visto al mejor y que su sucesor, también argentino, había puesto el listón en lo más alto de la improbabilidad, nos vinieron a contar una historia y nos hablaros de un tipo que fue predecesor, precursor y guía espiritual de sí mismo y que no hizo otra cosa que inventar y levantar de sus asientos a quienes le conocieron.

Hay una frase que resume la importancia de El Trinche Carlovich en el imaginario colectivo de la afición argentina: "Es el mejor jugador al que jamás vi jugar". Porque todos oyeron hablar de él. La historia, convertida en leyenda según iba recorriendo las calles, les hablaba de un tipo que hacía malabares con la pelota y celebraba goles de fantasía con la sobriedad de quien sabe que sólo cumple con su tarea. Pero sin embargo nadie le había visto jugar, porque Rosario es grande pero las canchas de tierra son pequeñas. La porción de gente que le vio fue ínfima, pero llegó un punto en el que pareció que todo Rosario había acompañado a su ídolo a sus partidos sin grada y sin nada en juego más allá del orgullo y la emoción. Así se escriben las leyendas; primero el hecho, después el glosario, por último la inmortalidad.

El Trinche apareció en nuestras vidas gracias a esa maravilla de programa llamado Informe Robinson. El inglés, también convertido en leyenda y también fallecido durante estos últimos meses de oscura realidad, nos presentó a un tipo que vivía tranquilo en su casa desvencijada, que era feliz por lo que había sido y que le quedaba la espina clavada por lo que hubiese podido llegar a ser. Y para poder imaginarlo sólo había que cerrar los ojos. Porque aquel fue un programa para ver con los ojos cerrados y los oídos abiertos, para poder dibujar, en algún espacio dentro de la oscuridad, un lienzo en blanco donde se pusieran en acción todas las florituras que nos contaban. El Trinche era el mejor de Rosario, el mejor de Argentina, el mejor del mundo. El Trinche pudo haber sido más grande pero prefirió disfrutar los pequeños placeres de la vida antes de embarcarse en un sueño que le quedaba demasiado holgado.

Al Trinche lo mató un desalmado que quería robarle la bicicleta. Henchido de ilusión por seguir descubriendo la vida, el Rey Gitano se disponía a dar su paseo matutino por su Rosario natal; la ciudad que lo idolatraba y que guardó luto y silencio cuando la noticia de su muerte recorrió las calles y se instaló en cada rincón. Atrás quedaba una vida disoluta, muchas mañanas de pesca mientras en el campo esperaban a que llegase, muchas tardes de siesta mientras le creían estar llegando al entreno, muchos domingos de fútbol en los que, cuando quería, regalaba dobles caños, sombreros, pases imposibles y goles antológicos. Porque más allá de la verdad existe la imaginación y, desde que descubrimos al Trinche, ningún otro futbolista nos invitó más a imaginar y a creer en la verdad que residía en su misterio.

jueves, 11 de junio de 2020

Campanal

El tío Guillermo, con el aspecto bien cuidado y una media sonrisa en los labios, esperaba al joven Marcelino en el muelle del puerto de Sevilla. Se estrecharon en un abrazo y se dirigieron a comer algo. Hacía calor y el chico, acostumbrado al clima fresco del norte, notó como el sudor empapaba su espalda. "Mañana te presentaré a la gente del equipo". Y así empezó la segunda parte de una historia familiar que se había iniciado en la preguerra.

Guillermo González del Río había dejado el Sporting de Gijón para enrolarse en las filas del Sevilla. Tenía sólo diecinueve años y un valor lo suficientemente temerario como para ser tenido en consideración. Jugó durante diecisiete temporadas en Nervión y marcó más de doscientos goles, siendo, aún hoy, el máximo goleador histórico del club además de uno de sus jugadores más galardonados después de haber logrado una liga y dos copas vistiendo la camiseta blanca del Sevilla.

La familia de Guillermo era propietaria de una conservera que enlataba fabada y la vendía por Asturias. El nombre de la fábrica era Campanal y con ese nombre se le conoció durante toda su carrera. Convertido en gloria y leyenda del sevillismo, Campanal se estableció en Sevilla y comenzó a entrenar a equipos de la región después de su retirada. Visto su cómodo nivel de vida, su hermana le mandó a su sobrino desde Avilés para ver si podía interceder por él y sacarle así de la pobreza que se vivía en la Avilés de la posguerra.

"Juega al fútbol, como tú, y dicen que es muy bueno". "Vamos a ver si es verdad". Guillermo habló con la directiva y les informó que en unos días llegaría un sobrino suyo y deberían hacerle una prueba. Allí nadie podía negarle nada al gran Campanal. Así que allí estaban, tío y sobrino en un muelle junto al Guadalquivir y prometiéndose un futuro enredados en un abrazo.

"¿Eres delantero como tu tío?". "No, yo soy defensa". Las miradas se entornaron, los gestos se fruncieron, las manos hicieron algún aspaviento. "Está bien, veámoslo". Cuando acabó el día, alguien habló con el viejo Campanal: "Guillermo, tu sobrino es un fenómeno".

Debutó en diciembre, después de que el titular en el centro de la defensa sufriera una lesión. Desde ese día no volvió al banquillo. Era rápido, fuerte, elástico, atlético. Durante los entrenamientos superaba los récords de España de Atletismo. Llegó a correr los cien metros en diez segundos y ochenta centésimas y llegó a saltar siete metros y noventa centímetros en longitud. Imposible de parar en carrera, los delanteros evitaban enfrentarse a él por miedo a verse abocados al fracaso e incluso al ridículo. Incluso el gran Di Stéfano llegó a confesar: "La noche antes de jugar contra Campanal, me cuesta conciliar el sueño".

Porque a Marcelino le habían llamado Campanal, al igual que su tío, al igual que aquella marca de Fabada que se había hecho famosa ya en toda España. Y Campanal II siguió los mismos pasos que el primero; lucha, entrega, valor. Se convirtió en ídolo y en leyenda y en un tipo con el que no jugarse los cuartos. Tenía carácter de sobra. Lo supieron los turcos en aquel famoso partido ante España en el que nos jugamos la clasificación para el mundial de Suiza, y lo supieron los portugueses en aquel partido amistoso entre Oporto y Sevilla que acabó en batalla campal. Varios turcos acabaron en el suelo, varios portugueses también. Porque Campanal no sólo era rápido y ágil, sino que también tenía puños de acero. Aquella tarde en Oporto se hizo fuerte en la bocana de vestuarios y con un palo arrancado del banderín de córner previamente, se dedicó a repartir estopa a cada portugués que llegaba para rendir cuentas.

Pasó dos noches en el calabozo. "Si no es por el embajador, aún continuaría allí", confesó más tarde. Pero allí no acabó su leyenda de tipo duro y corajudo. Sus enfrentamientos contra el Madrid traspasaron fronteras. Bernabéu, instado por Di Stéfano, le quiso fichar en más de una ocasión, pero él se sentía sevillista y agradecido. En aquel ocho a cero en Chamartín en cuartos de la Copa de Europa, fue expulsado tras responder con un puñetazo a un escupitajo de Marsal. Al siguiente verano, encendido por la rivalidad, golpeó cruelmente al joven Santisteban en la final del torneo Carranza. Se armó un revuelo y el madridismo terminó de ponerle en el ojo del huracán. Poco más tarde, en un partido de liga en el Bernabéu, un fuerte choque con Gento le provocó la pérdida de un riñón.

Pese al dolor, pese a estar orinando sangre, pese al mareo, Campanal terminó el partido, igual que terminó aquel ante el Sporting de Gijón a pesar de tener el peroné roto. Porque él era así. "Nadie me puede. Nada me tumba".

Le tumbó la edad y antes de dejarse caer se marchó por la puerta grande. El estadio entero, en pie, aplaudía al tipo que había hecho cátedra desde el centro de la defensa. El capitán más joven de la selección española, el mejor defensor de la historia del Sevilla. Marchó a La Coruña para jugar en el Deportivo y aguantó otro par de años y un ascenso. Cuando se retiró, regresó a Avilés y reemprendió la práctica de otros hábitos deportivos. Fue campeón de España de Atletismo de veteranos y seniors más de cien veces, estableciendo varios récords nacionales en varias disciplinas. Se hizo asiduo al club de tenis de Avilés y tuvo que federarse para encontrar rivales de su nivel. Aquello hablaba de la clase de atleta que había sido aquel futbolista.

Hasta hace poco, se seguía levantando temprano cada mañana para caminar tres kilómetros. Eso con casi noventa años. Han sido ochenta y ocho los que le ha permitido su cuerpo y su mente. Un cuerpo hecho para el deporte y una mente hecha para la competición. Nos dejó el veinticinco de mayo, en plena vorágine de fallecimientos por una pandemia que nos ha cambiado la vida. Pero a él no se le llevó la pandemia sino la más cruda enfermedad. Sobrevivió a los golpes, a las carreras, a las caídas, a las fracturas. Sobrevivió a las derrotas y quedó siempre el pecho henchido después de cada victoria. Atrás queda el recuerdo de un tipo que nació para ser deportista y se ganó la vida siendo futbolista. Es lo que quiso su madre, lo que intuyó su tío y lo que pudieron disfrutar miles de sevillistas durante dieciséis temporadas de puro nervio.

martes, 7 de abril de 2020

Radomir, te quiero

La primavera acariciaba con dulzura los rincones de la Casa de Campo madrileña, corría el año noventa y ocho y yo seguía soñando con campeonatos. Recuerdo que el primer polen del mes de abril castigaba mis fosas nasales y que un terrible sol de mediodía rendía cuentas al fino jersey oscuro que había decidido ponerme aquella mañana.

Acudí a la Casa de Campo en transporte público; metro, Lago, destino, Expo Atleti. Mi amigo “el Rubio” llevaba la misma cara de ilusión que yo, pero además llevaba colgada, por una cinta, del cuello, su cámara fotográfica, dispuesto a inmortalizar momentos inolvidables. Nuestras sonrisas delataban esperanza y nuestras miradas tenían un hilo de inquietud que sólo los que desean ver algo saben entender.

La Expo Atleti se celebraba junto al lago grande de la Casa de Campo y la estampa era poco más que curiosa. A un lado, el estanque que daba vida al pulmón de la capital, con sus patos, inalterados ante la hegemonía de la multitud humana, y con alguna que otra barca de paseo rondando las aguas del tranquilo y oscuro cúmulo de agua. Y al otro lado la feria de todos los atléticos; un parque temático repleto de colores rojos, blancos y azules que daban todo un aspecto de multitud atlética a la zona. Para nosotros, dos atletistas de postín que aún soñaban con hazañas, aquello suponía el principio de una larga amistad con la vida.

            Indi correteaba con los niños mientras el hombre que sostenía su disfraz querría haberse ahogado por todas antes de disimular semejante esfuerzo. Las banderas oteaban el viento y las fotos de viejas glorias le daban un aspecto de añorada grandeza a aquella exposición colchonera. Paseamos nuestras piernas por los tenderetes y gastamos nuestras pocas pesetas de estudiantes en dos pequeños posters del doblete. Vimos primero llegar a Vieri. Venía sonriente y charlando amistosamente con Andrei Frascarelli. Los niños corrieron a su encuentro y las niñas rompieron sus gargantas vitoreando su porte de latin lover. Pero nadie consiguió nada. Primero porque la seguridad impedía a todo aficionado acercarse a los jugadores y segundo porque Vieri se fue por el mismo lugar por el que llegó. Entró, paseó, sonrió y se marchó por la puerta de atrás; nadie volvió a saber de él a lo largo de la mañana. Y junto a él, Caminero y el propio Andrei repitieron paseíllo. Infausto paseo para quien se levanta con un ídolo en la cabeza y se duerme con una decepción sobrevolando sus sueños.

            Pero muchos otros niños pudieron hacerse eco de su orgullo en el patio del colegio durante las semanas siguientes. Algunos consiguieron el autógrafo de Kiko, otros el de Aguilera y hubieron otros que se llevaron la rúbrica de Juninho junto al corazón. Aún puedo verme estrechando la mano de mis ídolos y dándoles aliento en su camino hacia la gloria. Bejbl puso cara de no entenderme ni jota y Toni sonrió cuando le llamé torero. Aquellos se estaban convirtiendo en minutos de gloria.
            Fue entonces cuando miré hacia el fondo y descubrí a Radomir Antic envuelto en multitud y vistiendo un cómodo traje de color oscuro. Mantenía en su rostro un gesto de paciencia y en sus pequeños ojos se podía observar la ilusión de quien añora conseguir un éxito que algún día tuvo en la punta de sus dedos. Le habían comunicado que no seguiría el año siguiente en el club y él, aparentemente ajeno a tal circunstancia, pero incómodo en su papel de aspirante a la gloria, paseaba su bolígrafo por cada papel en blanco que le rogaba una firma.

            Aguilera nos dijo adiós a todos y Molina se marchó, con el semblante torcido, por la misma puerta por la que antes se había marchado Christian Vieri sin inmutarse y sin apreciar el ánimo que emanaba de cada uno de los corazones allí presentes. El recinto quedó vacío en veinte minutos y todos los que habíamos acudido allí para encontrar una imagen de portada para nuestros recuerdos, tuvimos que conformarnos con un par de sonrisas y media docena de fotos aderezadas con un puñado de autógrafos rubricados con presura.

            Pero el hilo de un rumor sobrevoló aquella parte de la Casa de Campo. Radomir, aquel al que le debíamos gran parte de nuestros éxitos más recientes, se había resistido a abandonar el calor que todos los allí presentes le estábamos brindando a la luz del sol de primavera.

            Nuestro entrenador no cesaba de sonreír y en cada gesto se descubría un segundo de disfrute cada vez que comprobaba que los atléticos le queríamos para siempre. Unos estrechaban su mano con firmeza, otros palmeaban su espalda con confianza y algunos otros lloraban sobre su hombro. Nadie entendía su marcha y todos comprendíamos su triste semblante.

            Poco a poco conseguí abrirme paso entre la multitud y perseguí su figura como quien persigue una palabra dentro de su cerebro. “El Rubio” acompañaba mis intenciones y, cámara en mano, soñaba con realizar la foto de su vida. Antic paseaba despacio, buscando un respiro entre tanta mirada ajena y se refugió entre dos casetas. Le vimos charlar con alguien amigablemente y por sus gestos adivinamos que aquella se trataba de una interesante conversación. Esperamos impacientes la hora del abordaje y planeamos un encuentro que ninguno queríamos olvidar en la vida.

            Nadie más conocía su paradero, pues la multitud, aunque bullía con fuerza en pos de empaparse de pura información e historia en rojiblanco, no se percató en ningún instante de que entre dos de los stands, en un ínfimo hueco que daba paso a la privacidad y el sosiego, Radomir Antic, el entrenador de todos los atléticos, discernía, amablemente con algún compañero de inquietudes.

Cuando le vimos estrechar la mano de su contertuliano, “el Rubio” cargó la cámara como un pistolero carga su revólver y nos dispusimos a abordarle. Nos encontró de frente y sus ojos delataron sorpresa y yo me acordé de aquella mirada perdida en la nebulosa la misma noche en la que el Ajax nos ganó en el Calderón y nos mandó al limbo por la vía de la injusticia. Era la mirada de alguien que siente perder su deseo y arde en ganas de quitarle al mundo su dolor. “El Rubio” y yo nos sabíamos de memoria las alineaciones del doblete, pero nunca imaginamos que nos chocaríamos de frente con el Leonardo Da Vinci que dio forma a tan majestuosa obra. Molina, Geli, Santi, Solozábal, Toni, Vizcaíno, Caminero, Simeone, Pantic, Kiko y Penev. Y Radomir Antic. Mirada firme, aquel día algo perdida, gesto afable y formas de ganador. Y nosotros, fieles pecadores de la gloria, nos abalanzábamos hacia su figura para suplicarle un retrato para la posteridad.

            Rememoro desde entonces, y cada día, ese instante en el que rodeé su espalda con mi brazo y me presté al recuerdo. La cámara disparó dos veces, una para mí y otra para “el Rubio”. Los dos estrechamos su mano y recuerdo con soltura que le miré a los ojos y le dije: “mucha suerte, vayas donde vayas, porque la mereces”. Él me contestó con un escueto gracias que sonó “gasias” en su acento eslavo y cortés. Nos dedicó una última sonrisa y continuó caminando en espera de que lo abordasen el resto de atléticos que se habían ofrecido aquella mañana de abril al sacrificio de la primavera madrileña en la Casa de Campo.

            El no recordaría un solo ápice y seguramente tuviese una vaga noción de todo lo que ocurrió aquel día en la Expo Atleti de la Casa de Campo, pero yo aún conservo en mi memoria y en mi álbum de fotos el instante en el que estreché la mano del entrenador que nos devolvió la felicidad a todos los atléticos.

viernes, 13 de marzo de 2020

La parada del siglo

Carlos Alberto filtró un balón en profundidad hacia la carrera de Jairzinho, el habilidoso extremo brasileño sabía que, si ganaba la carrera a Cooper, podría poner un balón franco en el área inglesa. Así fue, Jairzinho centró bombeado, con efecto, y Pelé apareció en el corazón del área para ganarle el salto a Mulley y conectar un testarazo maravilloso; picado abajo, con fuerza, con toda la intención. Bajó el balón y voló hacia el piso el portero Gordon Banks. Aquella parada, casi milagrosa, ha permanecido en el tiempo como la mejor de la historia. Realmente fue una parada llena de estética y llena de dificultad. No hay balón más difícil que el viene de arriba a abajo, no hay situación más difícil que alcanzar la base del poste. Pero Banks lo hizo, palmeó hacia arriba y la pelota terminó en córner antes de que Pelé se acercase al portero rival y le tendiese la mano en forma de felicitación.

Aquella acción le valió la inmortalidad a un tipo que fue campeón del mundo en 1966 y pasó toda la vida jugando en equipos de media tabla de la liga inglesa. No obstante, aquello no le impidió ser considerado como el mejor portero del mundo desde 1966 hasta 1971, justo los años que pasó en el Stoke City demostrando que los dirigentes del Leicester se habían equivocado cuando le habían dado por acabado.

Todo había empezado con una lesión muy complicada. Banks se había roto la muñeca y en Leicester apareció un joven portero llamado Peter Shilton. Shilton, que había hecho muy buenas intervenciones en ausencia de Banks, amenazó al club con buscarse otro destino si Banks regresaba al puesto de titular tras su recuperación. Así pues, Banks fue despedido y hubo de buscarse un equipo para jugar durante los dos últimos meses de la temporada. Fue el Stoke quien pagó por su pase. Fue allí donde pasó sus mejores días.

Campeón del mundo, caballero de la orden del imperio británico, mito viviente y, sin embargo, su mayor logro siempre lo había considerado el salir de la pobreza. Porque cuando unos matones acabaron con la vida de su hermano él se había tenido que poner a trabajar y entre viajes a la obra y de la obra al almacén había fortalecido su cuerpo y su espíritu. Volaba hacia cada balón como si fuese el último porque sabía que podía ser el último. No regresó atrás, nunca lo hizo y sí miró siempre hacia delante. Debutó con el Stoke ante el Leicester, casualidades de la vida e hizo un partidazo. Sinergias del destino.

Pero ninguno de sus milagros pudo competir con su parada a Pelé en el mejor escenario posible. Él ya era campeón del mundo y sin guantes pero con alas, seguía sabiendo volar hacia las esquinas. Atajó con sus manos pegajosas y recibió la felicitación del mejor jugador del mundo. Y es que el mejor consejo se lo había dado el viejo Bert Trautmann. "Masca dos chicles, restrégalos por las palmas de tus manos y después lame las mismas. Sólo así obtendrás la adherencia necesaria". Cuando, en la bocana de salida al campo, minutos antes de la semifinal de la Copa del Mundo ante Portugal, pidió sus dos chicles, el utillero se quedó blanco y confesó que los había olvidado. Alf Ramsey le ordenó buscar un quiosco cerca de Wembley y Banks recibió sus chicles justo antes de salir a jugar. Realizó su ritual, recibió un gol, pero Inglaterra terminó jugando (y ganando) la final.

Después de aquella parada a Pelé, bautizada como la parada del siglo, todo fueron parabienes. Tantos fueron que Banks decidió celebrar la víspera del partido de cuartos frente a Alemania con unas cervezas. Tantas tomó que terminó indispuesto. Aquel partido lo jugó Bonetti y Alemania ganó por tres goles a dos después de aquel cabezazo imposible de Uwe Seeler. Banks no volvió a un mundial. Dos años más tarde se salió de la carretera con el coche y perdió la visión del ojo derecho en el accidente. Cualquier intento por volver resultó infructuoso. Se dedicó a sobrevivir y tuvo incluso que subastar el jersey amarillo de la final del sesenta y seis y la medalla de oro de campeón del mundo. Recuperó la medalla y recuperó, de alguna manera la dignidad. Antes de cada partido de Inglaterra acariciaba la medalla recuperada creyendo que aquel ritual daría suerte a sus selección. La suerte, para él, se acabó una tarde de verano de 2019 cuando un cáncer de riñón terminó con su vida. Atrás quedaban los milagros de Leicester, los de Stoke y aquella parada inolvidable ante Pelé bautizada, para siempre, como la parada del siglo.


martes, 11 de febrero de 2020

El Tata

Brazo. El brazalete anudado sobre el bíceps derecho, la ascendencia sobre el resto, el grito firme, la salida impetuosa, el esfuerzo innegociable. Dos copas de pincharrata, ocho años de rojo y blanco, capitán de barco, bilardista por convicción, futbolista por vocación.

Rodilla. El cartílago hace crack, el tipo cae al suelo preso por el dolor, al alma baja al infierno presa de la desesperanza. El Deportivo Español le dice adiós en diciembre, nos valías como futbolista pero no nos vales como cojo. Bilardo se acerca a él y le dice "Usted tranquilo, Tata", va a estar en el mundial. Y el Tata Brown trabaja. Pasan los meses, llega mayo y está listo. Un tipo con carisma. El líbero de "El Narigón".

Estómago. El teniente general de la zaga no aguanta la altura mexicana. Le ataca La Venganza de Moctezuma. Saltan las alarmas. Pasarella no deja de ir al váter, tiene el estómago vació, la garganta seca, la angustia siempre presente. Necesita hospital. Necesita regresar a casa. El tipo del carácter indomable ha caído y Bilardo le dice a Brown que será su hombre libre en el mundial. Defensa de tres. Cucciuffo y Ruggieri. Y Brown de hombre escoba.

Cabeza. El balón tocado por Burruchaga, bombeado sobre el área alemana, lejos de Schumacher quien falla en la salida y vía libre para el cabezazo de El Tata Brown. Por delante la pelota, pero también Maradona. El capitán, el genio, el hombre. Diego se agacha, intuyendo el imposible y Brown se apoya en su espalda para tomar impulso. Conecta limpio, fácil, directo a gol. Es a puerta vacía, pero hay que marcarlo. Y hay que celebrarlo. Es la final de un mundial. Es un sueño más que cumplido.

Hombro. Un choque contra un alemán fornido. Todos los son. Como rocas, como bloques de hormigón. Chocan en cada saque de esquina, en cada balón cruzado, en cada carrera hacia ninguna parte. Y en uno de esos choques siente un dolor punzante. El hombro está fuera de su sitio, pero El Tata le grita al médico "Ni se le ocurra sacarme, yo me quedo aquí". Y se queda. Muerde la camiseta, hace un agujero a la altura del ombligo e introduce el pulgar de su mano derecha. Es un cabestrillo improvisado. Y dolorido y desencajado ve como van a ganar, ve como les empatan, ve como van a perder y ve, extasiado por el dolor y el cansancio, como Burruchaga anota el tercero y Argentina vuelve a ser reina del universo.

Corazón. El tipo regresa a casa como un héroe. Peregrina por el mundo con los pies y la memoria. Dice adiós con orgullo e intenta plasmar sus conocimientos en los chicos más jóvenes. Sus amigos serán siempre sus héroes y su recuerdo irá ligado siempre a un cabezazo en la final de las finales. En una resistencia numantina, con el hombro dislocado, ante unos alemanes altos como torres y duros como piedras.

Cerebro. De repente, puñetera vida, el tipo se olvida de todo. Es carne de hospital, de camilla, de silla de ruedas. Le cuentan quien fue, qué hizo, cómo celebró. Pero ya no se acuerda. Y se tumba, fuera del mundo, en una cama fría que le presentará a la muerte. La caída es triste, injusta como todas, dolorosa. Se marchó El Tata Brown víctima del Alzheimer, un delantero alemán, alto, fornido, imparable, que le golpeó a la salida de un córner y no le dejó tiempo para recuperarse.

viernes, 28 de diciembre de 2018

El hombre que aguantó a Cruyff

Existen momentos puntuales que, aún realizados sin querer, cambian el rumbo de las personas y, por ende, el rumbo de un club o de una afición. Iniciar un ciclo ganador se basa en la apuesta por una idea y en la constancia por la reivindicación. Para ello, se necesita paciencia y fe, una para resisitir, la otra para seguir creyendo. Muchos abandonaron el barco antes de tiempo y otros, aún en sus peores días, se encontraron con un salvavidad inesperado. La historia del Barça se escribe con C de Cruyff, pero aquella letra pudo haber sido borrada antes de tiempo y hoy, probablemente, seguiría siendo aquel club lastimoso que peleaba su lugar en el mundo entre tierras infértiles.

Núñez fue un megalómano que entró en el fútbol como un elefante en una cacharrería. Quiso cambiar la fortuna de su equipo a golpe de talonario pero con un discurso plañidero. Se quejaba por todo; los árbitros, los horarios, los abusos federativos y, sobre todo, del centralismo. No supo curar la madriditis a pesar de que a Barcelona iban llegando, tal y como había prometido, los mejores futbolistas del mundo. Quini, Krankl, Simonsen, Schuster, Maradona y Lineker llegaron a la ciudad condal después de consagrarse como estrellas y, en la mayoría de las veces, terminaban marchándose como estrellados. La proposición era atractiva, pero el discurso era victimista. Entonces, cuando estaba contra las cuerdas, gastó su última bala y tiró de corazón para endulzar a la castigada afición azulgrana.

La opción de Cruyff era populista a todas luces pero tras ella ya no había colchón. Llegó a un acuerdo con el holandés y se fructificó una relación amor odio que duró ocho año. Tú me apoyas, yo te apoyo. El club, sumido en una crisis institucional sin precedentes, jugadores amotinados y aficionados indignados, apostó por la revolución y Núñez dejó que Cruyff fuese la cara visible de la misma. Hesperia mediante, tres cuartos de la plantilla fueron despedidos y se ficharon futbolistas con buen pie y poca historia ganadora. Se cambiaron las estrellas por las promesas, pero estas, como se pudo ver pronto, tampoco cumplían con las expectativas.

Porqué Nuñez aguantó las boutades de Cruyff se explica en dos momentos clave. El Madrid ganaba ligas pero seguía sin ganar en Barcelona y el Barça, más allá de los puntos perdidos, iba rascando títulos de manera progresiva. Ganó la Recopa en Berna y ganó la Copa en Mestalla. Aquel partido cambió el ciclo del fútbol español. Cruyff pasó de cuestionado a venerado y el equipo comenzó a funcionar como una locomotora. Cuatro ligas y una Copa de Europa después, la relación terminó por romperse de tanto tensarse. Núñez, que ganó fama como el hombre que fichó a Cruyff, terminó siendo el hombre que le despidió de la peor de las maneras.

La crisis posterior fue tan grande que terminó llevándoselo por delante. Van Gaal ganó ligas pero no pudo ganar el corazón y en su último intento por conquistar Europa fue avasallado por el Valencia y despedido entre pañuelos blancos de protesta. Se acabó una era y empezó otra mucho más escabrosa. El tipo que había roto los moldes institucionales, fue detenido por malversador y conducido a la cárcel por delincuente. Era un mal epílogo para un, a la larga, buen presidente. Cinco ligas y la ansiada Copa de Europa eran un buen aval. Sin embargo, siempre quedó la sensación de que el hombre tenía más en fe en sí mismo que en el propio equipo.

Atacado por la edad y los recuerdos, el fallecimiento de Núñez puso fin a una era en la que los palcos eran rings de enfrentamientos verbales y las emisoras eran un lugar para acusaciones veladas. Sin Gil, sin Mendoza y, ahora, sin Núñez, se marcha una era que quedará en el recuerdo para siempre. Cuando los futbolistas eran hombres y los presidentes eran tipos que presumían de billetes y logros. La gloria era para ellos y la culpa, siempre, del empedrado.

jueves, 10 de mayo de 2018

Entreguerras

Su presentación en sociedad fue tan descarada que poco tardaron los tabloides en convertirlo en carne de suceso. Había nacido un tipo que les iba a dar mucho que hablar. Su aspecto era atractivo; pelo largo, rostro juvenil, mirada descarada. Y, además, sobre el césped se desempeñaba con todo el arrojo que se le solicitaba al centrocampista británico de la época; despliegue físico, fútbol directo, pierna fuerte y llegada al área.

Ray Wilkins siempre se desempeñó en periodos de entreguerras. Llegó al primer equipo del Chelsea con dieciséis años y a los dieciocho ya era capitán. Obligado por la jerarquía y por la necesidad de crecimiento, fichó por el Manchester United. Allí permaneció tres años y ganó una FA Cup. Era un United en reconstrucción, un United en continua crisis de identidad. Su capacidad competitiva le llevó a Italia. Aquel Calcio de los noventa era un fútbol más táctico que físico, más conservador que dinámico. Supo establecerse, porque el tipo sabía entregar el alma en cada partido, pero se marchó un paso antes de que el equipo se convirtiese en leyenda. Siempre al borde del éxito, marchó al París Saint Germain y, harto de peregrinar por el continente, regresó a su isla para convertirse en santo y seña del Glasgow Rangers.

La vida del trotamundos es la vida del aventurero. Fiel a un estilo y capacitado para el esfuerzo, no le cayó un sólo anillo a la hora de batirse el cobre contra los más fieros. No triunfó en lo más alto, quizá no fue un tipo establecido en la élite, pero todos sabían que allí existía un tipo por el que querer matar. Fue internacional absoluto durante ochenta y cuatro ocasiones y portó el brazaleta de capitán en una camiseta que, durante demasiado tiempo, ha estado buscando una identidad perdida. No renación Inglaterra con él, pero tampoco se levantó tras su marcha. Tipos con su espíritu han convertido el fútbol en un juego donde pasarlo bien es necesario, pero ganar es cuestión de necesidades.

Su corazón dijo basta hace poco más de un mes. Alcohólico y olvidado por muchos, aún sigue presente en el latido firme de miles de aficionados. El Chelsea le educó y el resto del mundo le admiró. Más allá del éxito, existe el compromiso. Más allá del detalle, existe el recuerdo.

miércoles, 25 de abril de 2018

Un loco junto a la cal

Aprendiz de todo y maestro de nada. La vida de los artistas es la vida de los tipos que miran al pasado
con ojos de futuro. Nada está escrito, todo está por escribir. La vida de los tipos que fijan nuestra memoria, es la vida de aquellos que, con mayor o menor empuje, disfrutaron su momento porque, en el filo de su condición, su único compromiso era el de hacer disfrutar a los demás.

A Houseman le apodaron "el loco" porque imaginaba lo imposible y ejecutaba lo elemental. Siempre con una pierna por fuera de la línea de cal, esperaba el momento para deslumbrar y deslumbraba por naturalidad antes que por talento. Como el talento, además, le sobraba, no le valía un detalle para acostumbrar al público, su verdadera condición le empujaba a seguir driblando incluso más allá del terreno de juego.

Bohemio, soñador y traficante de carcajadas, se perdió en la noche mientras intentaba buscarse en cada mañana. Se aferró al alcohol, como esos otros genios de la historia a los que llamaron incomprendidos y solamente se empeñaron en hacernos comprender lo puñetera que es la vida cuando no hay una tribuna que te arrope. Su caída a los infiernos fue lenta, pero sonora. La explosión, mientras duró, fue arrolladora, porque hacía mucho tiempo que no se veía un wing con sus condiciones. Porque ha pasado mucho tiempo y aún sigue sin haber un loco capaz de vivir de puntillas sobre la línea de cal.

El legado, más allá de su juego, vive en el recuerdo. Los artistas, como los bohemios, los locos o los juguetes rotos del destino, viven por delante y mueren por detrás. Y más allá de los errores, es cuando perdemos la referencia, cuando nos aferramos, firmemente, a los recuerdos. Huracán llora el adiós del mejor jugador de su historia. Y Argentina llora la muerte del tipo que, durante unos años, condujo la transición de un equipo que prometía sueños a un equipo que confirmó realidades.

martes, 31 de marzo de 2015

Hillsborough

"Ahí dentro está muriendo nuestra gente". El capitán Alan Hansen no podía dar crédito a lo que un joven aficionado le gritaba desesperadamente. Era un partido de semifinales de Copa, el rival era el archienemigo más voraz de la década y el esceneario era un viejo estadio contruido en el barrio industrial de una ciudad mayoritariamente obrera. Ni se daban las condiciones para albergar a una masa como aquella ni quisieron poner coto a la avalancha que se sumergió hacia el desastre en el fondo oeste del vetusto estadio de Hillsborough.

Las medidas adoptadas por el juez Taylor a raíz de aquella tragedia supusieron un punto de inflexión para el fútbol tal y como se había conocido hasta entonces. El fútbol, como espectáculo de masas, jamás había alcanzado el siglo XX. Demasiadas tragedias para tan pocas soluciones. La puerta doce del Monumental, Ibrox Park, Bradford, Heysel y Hillsborough obligaron a tomar medidas contra la tragedia. La muerte se había convertido en algo demasiado común para un espectáculo que pretendía ser una fiesta.

El grito desesperado del aficionado frente a Alan Hansen significó el grito de una multitud que se había visto abocada a la muerte por la incompetencia de las autoridades. Años después, demasiado tiempo para haber dejado sin cicatrizar una herida demasiado latente, el gobierno británico reconoció su responsabilidad en el desastre. Cuando llegó la mano sobre la espalda, en Anfield ya hacía años que los ramos de flores se amontonaban haciendo sonar sobre las conciencias el más desgarrador sonido del silencio. Justice for the 96. Con aquel lema, durante años, los aficionados del Liverpool suplicaron que se reconociera a los muertos con la dignidad que merecían y no como la basura como la que habían sido tratados.

Cada quince de abril el fútbol se paraliza, Anfield mira hacia el cielo y el pasado vuelve en forma de lágrima encendida. Ni la justicia ha podido apagar el dolor. Steve Gerrard, alma del Liverpool durante las dos últimas décadas, perdió a su primo Jon Paul Gilhooley en el desastre. La avalancha humana acabó con cientos de sueños. "Yo juego al fútbol por Jon Paul", llegó a declarar Gerrard. Noventa y seis Jon Paul necesitan que se siga jugando al fútbol por ellos. Olvidar es abocarse a repetir el desastre. Recordar es aprender que la muerte no debe hacerse compañera habitual de un juego que siempre necesitó su parte lúdica para seguir existiendo.

jueves, 26 de febrero de 2015

Un chico del barrio

Su aspecto era el de un mozo de almacén fuerte y aplicado. De hecho, allí fue donde pasó sus últimos días, y eso lo supimos gracias a que un programa de televisión nos lo mostró de cara abierta. La mirada resplandeciente del pasado, los carrillos henchidos y el cuello fuerte, casi inexistente, sobre unos hombros que habían aterrizado un millón de veces sobre la línea de cal. El chico de barrio había regresado a la normalidad después de que la fama, esa injusta calibradora de aspectos, le hubiese situado durante algunos años en los álbumes de cromos de los niños del país.

La infancia de los nostálgicos suele ser bella en los detalles y triste en las realidades. Los más necesitados son aquellos que, normalmente, sueñan más fuerte y terminan conduciendo su pasión hacia el camino del éxito. Wilfred Agbonavbare quiso ser portero, cruzó el mar, vivió el frío y entrenó durante meses sin entender el idioma de los que le exigían el éxito. Pero sus vuelos hablaban por sí solos, su arrojo delataba hambre, su sonrisa de niño terminó por conquistar el corazón de los chicos que acudían cada domingo al estadio de Vallecas.

Mis recuerdos de juventud están salpicados por momentos puntuales. Un gol de Futre en una final de copa, un pisotón de Stoichkov a Urízar, una chilena de Hugo y una parada de Wilfred en el Bernabéu. Momentos que forjan recuerdos imborrables. Un profesor de historia, hincha confeso del Madrid, hubo de aguantarnos durante todo un lunes mientras le citábamos al bueno de Wilfred por los pasillos. Lo bello de los detalles es que perduran por encima de las promesas. Aquel penalti parado por Wilfred a Michel me retrotrae a mis años de instituto, a mis primeras salidas, mis primeros escarceos, mis primeras lágrimas de desamor. La muerte del portero del barrio de Vallecas me entristece porque siento que deja atrás una vida, una etapa que cerró la puerta hace ya unos años pero que aún creía que podía volver a abrir. Y creo que, como Wilfred, muchos de nuestros sueños también se han ido para siempre.

viernes, 4 de marzo de 2011

La revolución naranja

Hubo una vez un equipo que hizo volar por los aires todos los conceptos clásicos del fútbol, hubo una vez una selección que mecanizó el juego para convertirlo en inolvidable, hubo una vez una ciudad que aplaudió, emocionada, el fin de su agonía. Hubo un mismo hombre en todos esos frentes; el ceño fruncido, el traje ancho sobre los hombros y la corbata bien anudada. Desde la banda, en el vestuario y en las reuniones familiares, se ganó la fama de hombre duro y padre intransigente, pero el tiempo le colocó en el olimpo de los entrenadores más valorados de la historia del fútbol.

Rinus Michels hizo nacer un Ajax de ensueño, viajó a Barcelona para enderezar el timón de una nave a la deriva y organizó una selección holandesa que deslumbró al fútbol y perdió como sólo los románticos saben hacerlo; con un disparo en la cabeza y una sonrisa en los labios. Todo ocurrió en los felices años setenta, cuando Holanda mostró su esplendor al mundo y los futbolistas se quitaron el corsé para divertirse en el campo de juego. Cruyff, el hijo inseparable, el alumno aventajado, dijo: "El sistema es que no hay sistema". Orden desorganizado o desorden organizado. Que opinen quienes lo disfrutaron, que juzguen los que lo sufrieron.

Regresó años más tarde. Muchos le daban por retirado, incluso había quienes le habían olvidado. El ave fénix volvió a dirigir al equipo de su país. Ya no estaban Cruyff, Neeskens, Rep y Krol. Pero estaban Van Basten, Rijkaard, Gullit y Koeman. Fue en un verano alemán y Holanda conquistó el primer título de su historia. Con la Eurocopa en la mano y el prestigio en el alma, Michels volvió a desaparecer dejando tras de sí, una vez más, la estela de un tipo irrepetible, de un revolucionario inolvidable.

Ayer se cumplieron seis años de su muerte. Aquel tres de marzo el mundo perdió a un hombre, pero el fútbol perdió a un tipo que fue capaz de romper todos los esquemas. Tras aquel Ajax, tras aquella Holanda del setenta y cuatro, el fútbol no volvió a ser igual. Muchos mamaron el líquido de aquella revolución para reinventarse entre sonrisas y muchos más fueron los que jamás dejarán de agradecer la obra Rinus Michels.

lunes, 25 de octubre de 2010

La Peña Atlética de mi barrio

La Peña Atlética de mi barrio lleva unos días encendiendo el frío de su nostalgia. Se encuentra huérfana de padre, añora aquellas tardes de autocar aclamando a un tipo de bigote y busca en el baúl de los viejos recuerdos un par de fotos con el que desempolvar el olvido.

La Peña Atlética de mi barrio se encuentra en un bar de los de caña dominguera, partido vespertino y celebración con calimocho. A la Peña Atlética de mi barrio bajábamos los niños en busca de un autógrafo, de una Fanta de naranja o de un puñado de chapas con el que confeccionar nuestros mejores equipos. En los míos nunca faltaban los colores rojo y blanco y el número cuatro de aquel tipo alto al que dábamos la mano un par de veces al año.

La Peña Atlética de mi barrio está a media vuelta de manzana desde el portal donde viven mis padres. Allí crecí soñando ser futbolista y allí tuve que conformarme con ver los sueños pasar de largo mientras aprendía a emocionarme con los partidos del equipo que había aprendido a amar. También fue allí, en mi barrio y en su Peña Atlética, donde conocí al capitan de ese equipo, al baluarte de un grito que hoy suena más apagado de ayer, al tipo que decían que doblaba espinillas y se partía la cabeza por defender sus colores.

A la Peña Atlética de mi barrio le falta hoy el apellido. A todos nos falta un tipo y todos nos aferramos al recuerdo. Ha pasado un cuarto de siglo desde que estreché su mano por vez primera, han pasado dos semanas desde que se marchó con el himno del Atleti sonando en su alma. La Peña Atlética Arteche, mi barrio y todos los atléticos jamás le olvidaremos. Él era parte de nuestra religión.