viernes, 24 de marzo de 2023
Encontrarse
miércoles, 22 de junio de 2022
Denominación de origen
Como vasos comunicantes, los dos grandes del fútbol argentino se retroalimentan al tiempo que se contradicen y fraguan una rivalidad ancestral que obliga al esfuerzo, la competitividad y el amor propio, algo de lo que se ha alimentado históricamente la selección argentina, obteniendo resultados dispares, pero siempre previamente ilusionantes, sabiendo que tipos de raza pétrea y corazón indomable, defenderán la albiceleste en su viaje hacia el cielo.
Dicen que Boca es la mitad más uno y quizá ese uno que se le resta sobrevuela, cual espíritu irrefrenable, sobre el césped del estadio de Núñez donde una monumental estructura espera, a rebosar, el nacimiento del último talento en cuyos pies sobrevivirán sus esperanzas y en cuya cabeza vivirán los goles más memorables.
Francisco Varallo, Pancho para los aficionados, fue otro ilustre jugador platense que hizo historia vistiendo la casaca de la selección argentina. Adorado en La Boca, Varallo jugó seis años vistiendo la camiseta azul y oro en los que ganó cuatro títulos. Jugador completo y muy listo, empezó como centrocampista para terminar como un delantero total. Hasta la llegada de Martín Palermo, ostentaba el récord de goles en Boca desde la creación del profesionalismo. Con Argentina jugó dieciséis partidos, siendo el componente más joven del equipo subcampeón del mundo de 1930, y anotó seis goles. Veloz, invisible para los defensores y gran definidor, su nombre está escrito en mayúsculas dentro del club xeneize.
Cien años de historia, miles de goles en la memoria y muchos momentos de gloria. Argentina sobrevive gracias al fútbol y se materializa en sus goles. Muchos de ellos llegaron desde todos los rincones del país, pero hay que recordar que dos equipos se juegan la supremacía y en sus carnes se fraguaron tipos que hicieron carrera y escribieron líneas de enciclopedia. Claro que hay vida más allá de Boca y River; jugadores como Seoane, Corbatta, Sanfilippo, Houseman, Di María o incluso Messi, así lo atestiguan, pero sería de necios no reconocer la importancia capital de los dos gigantes en la evolución de la selección argentina, porque sus camisetas las vistieron los más grandes y las honraron los más importantes. Porque de sus inferiores nacieron las sonrisas más importantes y en sus camisetas diseñaron los gritos más certeros a la hora de despertar a un país de un letargo y a una nación de un sueño.
lunes, 17 de enero de 2022
La extinta Yugoslavia
La desintegración de un país, cuando es mediante un conflicto bélico, causa un dolor a nivel global difícil de digerir. Aquella guerra, la de los Balcanes, la que dirimieron regiones que se sentían parte propia de una idiosincrasia, fue la primera que de verdad se retransmitió en directo, con los proyectiles silbando sobre nuestras cabezas mientras los reporteros gráficos intentaban contarnos la verdad que ningún barquero era capaz de asimilar. Detrás de las limpiezas étnicas, las sangrías y los intentos de holocausto, quedó un país devastado y la promesa de que cada uno tiraría los trastos hacia su propia frontera con tal de reconstruir un dolor que aún perdura en la memoria de millones de ciudadanos.
El hombre, como ser racional, tiende a arrinconarse por el miedo y es el propio miedo el que nos lleva a buscar vías de escape y no hay mayor escapatoria mental que aquella que viste los colores de nuestro equipo y nos lleva en volandas en el día a día. Cuando Yugoslavia desapareció, debajo de las piedras seguían sobreviviendo una generación de deportistas que hizo vibrar a media europa gracias a sus espectacular talento y su vibrante manera de competir.
Todos somos capaces de recordar, por ejemplo, la impresionante selección yugoslava de baloncesto que cuajó mediados los ochenta y se llevó por delante a todas las selecciones en los primeros noventa. O las trituradoras fabricadas en balonmano o waterpolo. O aquel extraordinario Estrella Roja que alcanzó la gloria en el noventa y uno cuando el país ya se desquebrajaba y bosnios, croatas, macedonios e incluso montenegrinos ayudaron a sus amigos serbios a levantar al cielo la ansiada Copa de Europa. Fue el canto del cisne de un país podrido en sus instituciones y expectante en las calles. De aquella generación salieron extraordinarios futbolistas que huyeron del infierno y se repartieron a lo largo de Europa para dejar claro que aquello, a parte de generación espontánea, era el resultado de una fábrica de talentos.
Desde Bosnia llegó a la Real Sociedad, Meho Kodro. Se había curtido en el modesto Velez Mostar y, poco a poco, había ido ganando nombre que un solvente goleador en la liga Yugoslava. Su carta de presentación se produjo en el Santiago Bernabéu. En un partido fácil para el Real Madrid, Kodro lanzó un golpe franco directo a la escuadra de Paco Buyo. Aquel día se vislumbró que Kodro era un delantero potente, con un físico para ganar el espacio y que, sobre todo, tenía un cañón en su pierna derecha. Cuatro temporadas y más de sesenta goles después, dejó San Sebastián para sumarse al último proyecto de la era Cruyff. En aquel Barça en descomposición no pudo superar la alargada sombra de Romario y terminó siendo traspasado a un Tenerife donde aún dio buenas pinceladas. Allí anotó su gol número cien en Primera División y abandonó la élite cuando se vio eclipsado por un joven delantero holandés llamado Roy Makaay.
Maradona pensaba que no existía una zurda como la suya hasta que conoció a Davor Suker. Suker llegó a Sevilla procedente del Dínamo de Zagreb y no tardó en convertirse en el ídolo de Nervión pasando por encima del propio Diego. Cuando el Dios de Villa Fiorito se marchó, Davor siguió allí, repartiendo caramelos con su pierna izquierda y haciendo magia en forma de controles maravillosos y goles extraordinarios. Clavaba las faltas en la escuadra y su toque milimétrico ponía en pie a un Sánchez Pizjuán que se llenaba de pañuelos blancos y vítores. Tal fue su trascendencia, que después de su último partido, como si de Curro en la Maestranza se tratase, bajaron al césped para sacarle a hombros. Después llegó el Madrid, la Copa de Europa y sus fotografías ilustrando portadas del papel couché, pero mucho más que un tipo sonriente junto a una famosa, Davor Suker fue pura magia y un lujo para la liga española.
lunes, 16 de agosto de 2021
Brasileños atípicos
El Milan lo trajo de Brasil y no tardó en mandarlo a Suiza. Este chico no nos vale. De Suiza pasó a Alemania y tras tres temporadas excelsas en Stuttgart, el Bayern lo reclutó para convertirle en estrella. Giovane Elber marcaba goles casi sin querer, como si no le costase trabajo. Jugaba de espaldas como en el salón de su casa y manejaba su hosco cuerpo con una extraña habilidad que le permitía salir siempre en ventaja de los duelos. No era el más fino, ni el más estilista, pero era un jugador enorme con una capacidad enorme para generar peligro en jugadas intrascendentes. Jugó más de doscientos partidos en Alemania y marcó más de ciento treinta goles. Un seguro de vida en aquel Bayern cuyos jugadores daban más miedo que respeto.
viernes, 12 de marzo de 2021
Demolition Man
En 1993 Hollywood estrenó una de esas películas megalómanas con reparto llamativo en las que el argumento es algo totalmente secundario comparado con la capacidad de sus protagonistas para lucir músculo. Demolition man cuenta la historia de dos tipos criogenizados que, al despertar siglos después, vuelven a enfrentarse con el fin de evitar que corra más sangre.
Aunque la película, por su baja calidad, no dejó ningún poso, el título quedó en el aire con el objeto de poder calificar a ciertos individuos capaces de demostrar una alta competencia en algunos frentes. De esta manera, cuando empezó a asomar con la camiseta del Blackburn Rovers un chico rubio que le pegaba a la pelota con la fiereza de un cañón, la gente se precipitó para ponerle aquel sobrenombre.
Demolition man era un jugador de movimientos sencillos y definiciones abrumadoras. No le gustaba demasiado participar en la jugada, él la seguía con la mirada, buscaba el espacio y, cuando encontraba el momento, soltaba la pierna para marcar un nuevo gol. Así se convirtió en el máximo goleador de la Premier League, así se convirtió en el ídolo máximo de un país que se postraba ante él en cada torneo importante esperando que hiciese relucir el brillo de los tres leones. Y aunque anotó treinta goles con Inglaterra, no logró disolver la maldición que persigue a la selección desde tiempos inmemoriales, siempre más encima de la expectativa que de la realidad.
Alan Shearer fue un tipo íntegro, enamorado del Newcastle y goleador de oficio que llevó al Blackburn al mayor logro de su historia. Aquel año mágico, pegado a la bota mágica de Chris Sutton, anotó treinta y cuatro goles y llevó a su equipo a ganar la Premier por encima del Manchester United de Alex Ferguson. Aquel fue un triunfo efímero, porque el Blackburn no volvió a rozar la gloria, pero los que lo vivieron saben, igual que los que se lo contaron, que aquel tipo fue el mejor goleador que pisó Ewood Park y el mejor goleador que pisó los estadios de la era Premier.
lunes, 18 de enero de 2021
Van Gol
El oficio de delantero, en Holanda, se había convertido, por algún motivo tradicional aferrado al juego, en una cuestión de estética por encima de la ética. De esta manera, tras aquel Rensenbrink que jugó a ensombrecer la estela imperturbable de Johan Cruyff, llegó un pequeño vacío que vino a llenar un joven cisne que, desde Utrecht, llegó al fútbol de élite para enseñarle al mundo que el oficio de goleador no estaba reñido con el de bailarín.
Tras Van Basten llegaron Bergkamp y Kluivert. Cada uno a su manera, jugaban con un toque de distinción que pregonaba un fútbol diferente vestido de naranja. Bergkamp lució su frac en los campos de Inglaterra y Kluivert tuvo momentos gloriosos en España. Ambos demostraron que el fútbol estaba abierto a cualquier evolución y que una posición tan clásica como la de ariete podía avocarse a un cambio de paradigma.
Fue cuando creíamos que Holanda había abandonado todo conato de clasicismo, cuando aparecieron tipos con el ceño fruncido, mirada asesina y disparo certero; Van Hooijdonk, Hasselbaink, Makaay y, por encima de todos, Ruud Van Nistelrooy, un tipo que hizo carrera del gol y convirtió su palmarés en un museo de las estadísticas.
Fueron trescientos cincuenta goles los que anotó como profesional y fueron muchos los aficionados que se rindieron a sus pies. Ganó la liga en Holanda, en Inglaterra y en España y, cuando creían que no le quedaba más fuelle, aún tuvo tiempo de dar una masterclass en Málaga y en Hamburgo, porque lo suyo no era dar concesiones a nadie. Como los buenos pistoleros, primero disparaba y luego preguntaba, no fuese a ser que a algún defensa voraz le diese por quitarle la merienda en mitad del área grande, justo el lugar donde se acrecentaba su apetito y se disparaban sus instintos.
Haciendo de la competitividad su oficio, de la anticipación un arte y del gol una manera de vivir, Van Nistelrooy sobrevivió a la jungla de feroces defensores gracias a su instinto y su hambre. Gracias al primero supo siempre como encontrar el espacio vacío y gracias al segundo supo siempre que detrás de un gol debía llegar otro, porque los grandes goleadores no se sacian con poco sino que necesitan de mucha sangre para sentirse, de verdad, los más deseados del planeta fútbol.
Van Gol, como le apodaron sus aduladores, que fueron muchos y ganados a pulso, fue un tipo de sonrisa enigmática y pocos amigos dentro del terreno de juego, porque cuando pisaba el verde no buscaba caer simpático ni estrechar lazos entre los rivales, sino que su único objetivo era la red de la portería rival. Con sus zapatazos al ángulo y sus cabezazos precisos, abanderó un cambio de paradigma en el fútbol holandés y dejó un hueco en el puesto de delantero centro que aún hoy, con una final de mundial más ganada y muchas expectativas por delante, la selección orange no ha sido capaz de llenar.
jueves, 12 de diciembre de 2019
El lobo blanco
Aquella decepción le pudo. Marchó a Munich y regresó a Francia, pero no volvió a regresar al gol. Poco a poco se fue apagando como el lobo que busca cueva para dejarse morir bajo la luna. Sus últimos aullidos fueron en Guingamp, en un equipo de categoría menor. Quería seguir sintiéndose futbolista y se dio cuenta de que había dejado de ser delantero. Había dejado de ser aquel Lobo Blanco que devoraba goles y aullaba cada noche cuando la luna llena asomaba sobre el Velodrome y la gente acudía entusiasmada para ver a su goleador favorito.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
Hurricane
martes, 18 de junio de 2019
Al primer toque
Pocas salidas me han dolido más como aficionado que la marcha de Hugo Sánchez al Real Madrid. Todo se magnificó porque yo era un niño, soñaba con ser como él y me había cosido un número nueve a la rojiblanca de lana, con mangas largas, que mi madre guardaba en un cajón. La primera decepción, como el primer amor o el primer beso, jamás se olvida, por eso hice un puzle con mi corazón y me dediqué a observar, admirar y dejar de admirar. Sólo Futre volvió a dejar ese poso, pero aunque el corazón volvió a ensombrecer su halo, los ojos ya habían quedado secos.
Hugo Sánchez no era el delantero más fuerte, ni el más rápido, ni siquiera el más hábil con el balón en los pies, pero era astuto como un zorro y tenía el repertorio de los magos escondido bajo su chistera. En su etapa en España ganó cinco veces el trofeo Pichichi y marcó más de doscientos goles, pero sobre todo dejó el sello de un tipo que lo jugaba y lo remataba todo al primer toque.
Su jugada, en estático, solía ser simple al mismo tiempo que efectiva. Asomaba a la línea de tres cuartos, jugaba a un toque y amagaba con perseguir el pase hacia el compañero, inmediatamente giraba sobre sus pasos y rodeaba al defensor en su desmarque rápido y certero. Esos segundos que ganaba en la confusión le servían para ganar el espacio y recibir en las condiciones más optimas. Si el centro era lateral, el remate era un espectáculo, si era profundo, era de lo más certero. Encontrando siempre el hueco más alejado para el portero, celebrando siempre con esa voltereta que se convirtió en denominación de origen.
Hugo dominó el área durante la década de los ochenta. Fue máximo goleador en un Atleti de entreguerras y de un Madrid de época. No pudo conquistar Europa, porque allí topo con un tío que, además de rematar como él, manejaba la pelota como un artista. Marco Van Basten fue su némesis en una época en la que el gol llegaba desde el cielo y se celebraba con cierta sobriedad. Voltereta aparte, esos brazos doblados y esos puños a la altura del pecho, le hacían saber a Hugo que era un puro macho mexicano.
miércoles, 17 de abril de 2019
El Bicho
Vivir en la era de Lío Messi hubiese supuesto una claudicación por la vía de lo elemental; nadie puede con este tío, nadie puede sobreponerse a su éxito. Sin embargo, la ambición, entendida como un camino hacia la superación, ha supuesto un motor de aguante en la carrera ceremoniosa de Cristiano Ronaldo. Lo que podría haber sido una carrera trufada de goles, se ha convertido en una carrera trufada de éxitos porque el tipo no se conformó con ser el segundo. Y aunque lo terminase siendo, no podría soportar que le achacasen que no lo hubiese intentado.
Cristiano se cree el mejor jugador del mundo y está en su derecho de hacerlo. Nadie ha hecho más por la competitividad de sus equipos que él, nadie ha entendido los espacios y el remate como lo ha hecho él. Porque su juego no se basa en la virtuosidad de la combinación, sino en la explosión de sus características, y por más que nos quieran vender, Cristiano no es un tipo bruto que sólo busca la portería rival sino que entiende el juego de ataque como una partida de ajedrez donde ocupa la posición del alfil; siempre tirando la diagonal apropiada y siempre encontrando el lugar exacto para el remate.
Con los años ha perdido explosividad pero ha ganado en conocimiento. Es lo que tienen los buenos jugadores de verdad, saben refundirse desde las limitaciones para potenciar sus mejores virtudes. Ya no es el velocista que guardaba carreras interminables ni el regateador que citaba a los laterales en la línea de fondo. Ha encontrado su sitio desde la voluntad y el conocimiento. Y aunque hoy quieran que no sea el día para alabarle quizá sea el día para reconocerle una vez más. Porque el legado de este tipo va más allá de una eliminatoria ganada o perdida, sino que viajará con el tiempo y se instalará en la memoria de todos aquellos que le vimos y de todos aquellos que terminen leyendo sus números de impresión.
lunes, 11 de marzo de 2019
El pistolero
viernes, 11 de enero de 2019
Cabeza de plomo
viernes, 30 de noviembre de 2018
Memorias de Adriano
martes, 11 de septiembre de 2018
Vuelo sin motor
lunes, 11 de junio de 2018
El año de gracia
El Wolfsburgo tuvo su año de gracia en 2009. Aquella temporada, más allá de los astros y la suerte, el fútbol fue su gran aliado. Fue el año del descubrimiento de Edin Dzeko y, sobre todo, el año en el que un brasileño de complexión fuerte y cintura de bailarín se hizo un hueco en la élite mundial. Grafite, como el tipo que conduce su fortuna, se aupó hacia la cima y no se propuso mirar abajo. Goleó tanto que le convirtieron en ídolo. Posteriormente frenó tan en seco que fuimos muchos los que llegamos a preguntarnos si aquello había sido un espejismo.
Su año cero fue tan colosal que se coló en el imaginario colectivo, que se hizo amo de las pretensiones del mundo. Desapareció; nos quedó Barzagli como capitán de nave y los bosnios Misimovic y Dzeko como patentes del arte, pero el recuerdo, ese pincel que siempre moja en la paleta del anhelo, quedará siempre impregnado de los goles de Grafite el año que pretendió ser el mejor delantero del mundo.
































