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viernes, 24 de marzo de 2023

Encontrarse

La duda es el peor enemigo del futbolista, porque le obliga a pensar en lo innecesario, le conduce a decisiones intemporales y le maniata en los lugares de decisión; por ello, cuanto más adaptado, más confiado y más centrado se encuentre un jugador, mayor será su rendimiento porque, talento aparte, nada mejor que una cabeza bien situada para conseguir que un deportista de élite compita como tal y sea capaz de atesorar sus aptitudes por encima de sus miedos.

Existen lugares y, sobre todo situaciones, que no siendo aptas para el buen rendimiento común, terminan convirtiéndose en una losa para el buen rendimiento de quien ha sido tocado por la varita. De este modo, un discurso mal medido, una falta de confianza, una impaciencia mal calculada o un estilo poco favorable, terminan con un proyecto de futbolista sumido en el mar de las dudas. Y así, mientras rebota y la confianza explota, se van pasando los años y se van diluyendo los goles. Fueron muchos los que perdieron el tren y algunos, muy pocos, fueron los que se situaron de nuevo en la línea del andén.

Enes Ünal fue un tanque sin control en Valladolid y una piedra sin pulir en un Villarreal que le ofreció tantas oportunidades como decepciones fue cosechando. Aturdido por el discurso común de un fútbol que cada vez demanda más atletas hasta en posiciones de ataque, se vio atrapado en una red sin saber utilizar ni el arpón, ni la mandíbula. El chico tenía aptitudes, pero era tan perezoso que no merecía la pena seguir haciendo un esfuerzo por él. Por ello, cuando llegó una oferta lo más mínimamente interesante, el equipo amarillo lo vendió al Getafe y le deseó la paz necesaria acorde al descanso que les regalaba.

La carrera del futbolista es tan corta que suele alcanzar una edad en la que sólo mirar hacia atrás produce el vértigo de lo inalcanzado. La sensación del tiempo perdido es tan desoladora que muchas veces se enciende un interruptor dentro de la cabeza y se acciona el mecanismo de la competitividad. Los que tienen la suerte de revertir su actitud y convertirse en soldados de una causa, saben disfrutar el doble del éxito porque en cada gol sobrevive la lágrima por la frustración pasada y la rabia por las oportunidades perdidas.

Ünal llegó a Getafe como un bulto sospechoso y se convirtió en el delantero de moda de la liga gracias a su buena labor y a sus ganas de encontrarse. Porque Quique no dejó de pedirle nada que no le pidiesen sus anteriores entrenadores, la única diferencia medió en el interruptor; el turco lo activó, supo al instante que estaba a punto de echar al traste su carrera y se convirtió en un tipo voraz que perseguía con el mismo ahínco el balón en el área que al defensor rival en la salida del balón. Gracias a su reencuentro consigo mismo, Ünal ha reencontrado el fútbol, el gol y, sobre todo, la sonrisa. Ahora todos los equipos de la liga saben que el Getafe tiene un arma de cara a la permanencia y eso, que no es poco, es motivo suficiente como para amenazar a cualquier defensa y, sobre todo, para soñar con seguir agarrados a esa división en la que lleva sobreviviendo durante las dos últimas décadas.

miércoles, 22 de junio de 2022

Denominación de origen

Como vasos comunicantes, los dos grandes del fútbol argentino se retroalimentan al tiempo que se contradicen y fraguan una rivalidad ancestral que obliga al esfuerzo, la competitividad y el amor propio, algo de lo que se ha alimentado históricamente la selección argentina, obteniendo resultados dispares, pero siempre previamente ilusionantes, sabiendo que tipos de raza pétrea y corazón indomable, defenderán la albiceleste en su viaje hacia el cielo.

Dicen que Boca es la mitad más uno y quizá ese uno que se le resta sobrevuela, cual espíritu irrefrenable, sobre el césped del estadio de Núñez donde una monumental estructura espera, a rebosar, el nacimiento del último talento en cuyos pies sobrevivirán sus esperanzas y en cuya cabeza vivirán los goles más memorables.

A Roberto Cerro le italianizaron el apellido para llamarle Cherro y convertirle en inmortal. Criado en Sportivo Barracas y modulado en Ferrocarril Oeste, Cherro llegó a Boca para iniciar un legado de victorias que aún no ha cesado casi un siglo más tarde. Con él como goleador, los xeneizes ganaron sus primeros títulos y con él como goleador, Argentina rozó la gloria en dos ocasiones viéndose frenada por la gran Uruguay de los años veinte. Apodado "Cabecita de oro", Cherro fue un malabarista del gol que vistió en dieciséis ocasiones la camiseta nacional argentina en los que anotó trece goles.

La de Benjamín Delgado podría haber sido la historia de un futbolista efímero que hizo una memorable Copa América en 1929 y formó un buen cuarteto de ataque durante un par de año junto a Cherro, Tarascone y Evaristo, en Boca, ganando un par de títulos. Anotó tres goles con Argentina, los tres en aquel torneo celebrado en Perú y poco a poco fue desapareciendo de las alineaciones hasta que, siendo un veterano futbolista de Tigre, sufrió un ataque de celos que le llevó a la cárcel. Cuando su esposa, Josefa Sacagna, le dijo que le abandonaba, la mató de un disparo en la cabeza y él acabó en el infierno que suponía para los hombres la indómita prisión de Ushuaia. Tras siete años de encierro, Perón clausuró el penal y Delgado recibió el indulto. Podría haber vivido en paz, pero cinco años más tarde se enteró de que su nueva esposa, Teófila Balsamo, le engañaba con el porteador Jenaro Tenara. La cabeza le volvió a colapsar; cargó de nuevo la pistola, disparó y mató a Tenara y de Delgado nada más se supo, engrosando las filas de desaparecidos en las prisiones argentinas de los años de plomo.

Mario Evaristo fue el gran socio de Roberto Cherro en la delantera de Boca Juniors. Allí obtuvo sus mayores éxitos durante las cinco temporadas en las que se apropió del costado izquierdo del ataque y se ganó el derecho a vestir la camiseta de la selección argentina. Jugó el mundial de 1930 y fue subcampeón anotando un gol. Jugó la Copa América de 1929 y fue campeón anotando dos goles. No marcó más goles como internacional, pero fueron suficientes para marcar una estela y dejar un recuerdo. El recuerdo de un jugador hábil y rápido que enviaba caramelos al área para que sus delanteros fueran felices.

El Nolo Ferreira es uno de los futbolistas más importantes en la historia de Estudiantes de la Plata. Como pincharrata hizo goles, ganó trofeos y dibujó una leyenda. Leyenda que se acrecentó cuando, tan sólo un año después de fichar por River, suplicó regresar a casa para retirarse con honores. Jugador de carácter y goleador fiable, anotó once goles en veintiún partido con Argentina y portó el brazalete de capitán en los Juegos Olímpicos de Amsterdam y el mundial de Uruguay.

Francisco Varallo, Pancho para los aficionados, fue otro ilustre jugador platense que hizo historia vistiendo la casaca de la selección argentina. Adorado en La Boca, Varallo jugó seis años vistiendo la camiseta azul y oro en los que ganó cuatro títulos. Jugador completo y muy listo, empezó como centrocampista para terminar como un delantero total. Hasta la llegada de Martín Palermo, ostentaba el récord de goles en Boca desde la creación del profesionalismo. Con Argentina jugó dieciséis partidos, siendo el componente más joven del equipo subcampeón del mundo de 1930, y anotó seis goles. Veloz, invisible para los defensores y gran definidor, su nombre está escrito en mayúsculas dentro del club xeneize.

Bernabé Ferreyra no jugó mucho con Argentina a pesar de ser el único futbolista de la historia de River Plate con más goles que partidos disputados. Probablemente es el primera gran jugador de la historia del bandasangre y, según cuentan las crónicas, el jugador de la historia que más fuerte le ha pegado a la pelota. Apodado "El Mortero de Rufino", la gente llenaba los estadios para verle patear la pelota. Toda esa energía se le terminaba cuando salía del campo y se volvía el chico más tímido del mundo. Desmayó a porteros, hizo grande a River y forjó un sobrenombre para River que le acompañará hasta la eternidad; y es que los treinta y cinco mi pesos abonados a Tigre por su pase les hizo creer al mundo que aquel era un club de Millonarios.

Carlos Peucelle era el ídolo incomprendido. Desde su lugar en el costado derecho del ataque, recibía alabanzas y reproches por doquier porque era artista y riesgo al mismo tiempo. Le llamaban Barullo por su insistencia en regodearse en el regate. Era hábil y bueno, pero no era un ganador. River jugaba a su ritmo pero no ganaba, por ello, la llegada de Ferreyra alivió su fútbol y engrosó su palmarés. De repente tenía un compañero para finalizar sus jugadas. Jugó diez años en River Plate y otros tantos en la selección argentina con quien subcampeonó en el treinta y con quien campeonó en el veintinueve y el treinta y siete. En aquel mundial de Uruguay hizo un gol en la final y dos en semifinales, a sumar a los otros once que hizo como internacional y a los muchos que hizo como futbolista incombustible.

José Manuel Moreno era bohemio y soñador, a veces truhán y a veces señor, amaba la vida y amaba el amor; dueño de su destino de día y dueño del destino del mundo cada noche de club y orquesta. Agarrado a una botella deliraba sus sueños y agarrado a la pelota hacía soñar al mundo. Probablemente sea el mejor jugador de la historia de River Plate; un todocampista que hacía diabluras, ponía en pie a la platea y caminaba con aires de artista. Y es que, realmente, fue un artista. Campeón de liga en cuatro países y de América en dos ocasiones con su selección, dio el relevo en el cuarenta y siete cuando levantó la Copa e hizo sociedad con un joven futbolista rubio que se apellidaba Di Stéfano.

La Máquina de River estaba engrasada por Pedernera, tenía el brillo de Moreno y funcionaba gracias a los goles de Ángel Labruna; goleador de escorzos, hombre de área, oportunista incesante y perforador de redes. Es el máximo goleador en la historia de River Plate, con trescientos diecisiete goles y el máximo goleador en la historia de los superclásicos con dieciséis. Diecisiete anotó con Argentina, con quien ganó las Copas América del cuarenta y seis y el cincuenta y cinco, una época en la que ser goleador en Argentina se pagaba con fuerte competencia, sólo que Labruna sólo entendía de competir consigo mismo.

Alfredo Di Stéfano apenas jugó como internacional argentino, pero en seis partidos hizo seis goles y ganó un campeonato sudamericano. Después vino su triunfo en River, la huelga de futbolistas, su marcha a Colombia y su aterrizaje en Madrid para convertirse en el mejor futbolista del planeta. Primero fue saeta por su velocidad y después hombre orquesta por su polivalencia. Que tres de los cinco mejores futbolistas de siempre sean argentinos habla claro sobre un pais donde el fútbol es una religión, la pelota un cáliz y el juego un evangelio.

A José Borello le llamaban Pepino y le alababan por sus goles. Formado en el modesto Olimpo de las divisiones inferiores, pasó fugazmente por Estudiantes de La Plata antes de recabar en Boca y convertirse en ídolo. Con la franjaoro ganó el campeonato del cincuenta y cuatro y con la selección argentina la Copa América del cincuenta y cinco. No marcó muchos goles como internacional, pero hizo muchos como bostero. Famoso por sus cabezazos y sus disparos lejanos, se convirtió en el temor de los porteros durante el lustro que duró su apogeo.

La carrera de Angelillo en el fútbol argentino fue tan fugaz como asombrosa. En 1952 jugaba en Arsenal Lavallol y cinco años más tarde era un ídolo en el fútbol italiano. Allí, en Italia, forjó una carrera llena de goles y grandes momentos, igual que lo había hecho en el verano en el que viajó a Europa, siendo la punta de lanza de una delantera asombrosa e inolvidable apodada Los Carasucias. Angelillo jugó efímeramente en Racing y en Boca, vistió trece veces la albiceleste, hizo doce goles y levantó la Copa América en el verano en el que Los Carasucias se convirtieron en un equipo memorable.

Omar Sívori fue Maradona antes que Diego. Por placer era capaz de regatear a su sombra y por entusiasmo era capaz de regatear a una defensa entera. Virtuoso y artista, se convirtió en ídolo de la Juve cuando ya lo había sido de River. Uno de los mejores futbolistas de la historia, balón de oro y ganador de la gloria memorística. Marcó nueve goles con Argentina y regaló muchos más como profesional, porque lo suyo, más que el gol, era el arte, el juego, la prestidigitacion. En el cincuenta y siete lideró a los Carasucias. Aquel verano no sólo ganó la Copa América sino un billete hacia la inmortalidad.

Al Beto Menéndez le tocó en suerte bailar con la más fea y es que suya fue la responsabilidad de ocupar el puesto de Ángel Labruna cuando el gran goleador se marchó de River. Aprovechando la inercia competitiva, River siguió ganando y así se hizo con los títulos del cincuenta y cinco, cincuenta y seis y cincuenta y siete. De esta manera, sólo era cuestión de tiempo que El Beto se hiciese un hueco en la selección argentina. Vistió catorce veces la albiceleste y anotó cuatro goles. Versátil y listo, servía como complemento en cualquier delantera, por ello, cuando River lo traspasó a Huracán, Boca anduvo listo y se hizo con sus servicios. Con ellos ganó otros tres títulos, consiguiendo ser el único futbolista de la historia en campeonar tres veces con los dos equipos más importantes de Argentina.

A Martín Pando le apodaron La Radio porque no cesaba de hablar durante los partidos. Hartos de él, los defensores solían despacharle con una patada y los compañeros con una carcajada. Un excelente armador de ataque que jugó dos años en River y formó parte del plantel que Argentina presentó en el Mundial de Chile. Nunca olvidaría su debut con la bandasangre; fue un partido contra el Santos de Pelé y anotó el gol de la victoria. Sucesos así no le ocurren a muchos futbolistas. Momentos así no le ocurren a muchas personas.

Marcelo Pagani tuvo un gesto que le convirtió en impopular en Núñez, pero le alzó hacia los altares en Rosario. Hincha de Central desde pequeñito, dejó a los canallas durante unos meses para jugar con River Plate, sin embargo, cuando llegó el día de enfrentarse a Rosario Central, dijo que nones, que contra su equipo no jugaba. Fue despedido y recibido con vítores como un hijo pródigo en su tierra. Fue seis veces internacional y formó parte del plantel Argentino en el Mundial celebrado en Chile en 1962.

Roberto Héctor Zárate jugó diecisiete años en Primera repartidos entre River y Banfield. Con la bandasangre fue un delantero exitoso, apodado El Mono por su habilidad, que ganó cinco títulos seguidos entre el cincuenta y cinco y el cincuenta y nueve. Fue catorce veces internacional en una selección argentina intergeneracional con la que anotó cinco goles y no ganó ningún título.

Pinino Más fue un trotamundos en el final de su carrera porque en el comienzo se comió toda la gloria con River. Anotó más de doscientos goles con los Millonarios y se ganó el corazón de medio país. Titular con la selección argentina en el mundial de Inglaterra, clamó junto a Rattin el asalto del señor Kreitlein. Probó suerte en el Real Madrid, pero sus locuras sólo eran comprendidas en Argentina. Volvió a Núñez y buscó su lugar en el mundo hasta que un gol con Quilmes le sumió en la tristeza. Fue el día que le marcó un golazo a Fillol y, mientras él lloraba, veía como toda la afición de River Plate aplaudía, por primera vez en la historia, un gol en contra de su equipo.

Cuando Luis Artime nació, el médico le dijo a su madre "Ha tenido usted un goleador". Y es que el lugar de residencia de Artime era el área y su mejor baza era la intuición. Siempre estaba en el lugar idóneo en el momento preciso. Hizo muchos goles, algunos para River, otros para Independiente y los más importantes para Nacional de Montevideo dónde hay se le adora como al Dios pagano que es. Con Argentina jugó veinticinco partidos y anotó veinticuatro goles, tres de ellos en el Mundial del sesenta y seis, estableciendo una media goleadora de las más altas en la historia de la selección argentina.

Argentina tuvo que esperar muchos años y quemar muchas generaciones hasta que consiguió proclamarse campeón del mundo. Cuando lo hizo, su centrodelantero era el nueve de River Plate, Leopoldo Luque. Un tipo hosco, pero muy eficaz, que estuvo a punto dejar el fútbol cuando Unión de Santa Fe le cortó con veintitrés años de edad. Pero todo aquel que tiene fe y sabe reinventarse suele contar con una segunda oportunidad. Luque regresó a Santa Fe, viajó a Buenos Aires y se convirtió en ídolo. Formó pareja con Kempes en aquel mundial de Argentina en cuyo transcurso perdió a su hermano y se obligó a ganar por y para él. Por ello, aquellos últimos abrazos contenían alegría, tristeza y una pizca de rabia. Los hombres como Luque siempre se vieron obligados a luchar por una pulgada más de terreno.

Ya hemos citado a Kempes al hablar de Luque y no se puede dejar pasar a un tipo que no sólo vistió y campeonó con la camiseta de River, sino que también fue el máximo goleador y mejor jugador del Mundial que Argentina ganó en su país en 1978. A Kempes lo llamaban El Matador porque no tenía piedad ni dentro ni cerca del área. Su disparo era terrorífico, su potencia era insalvable y sus remates eran certeros. En Valencia le adoran como a un Dios y en Argentina se le tiene un respeto casi bíblico. Ídolo en Rosario, este Cordobés de pelo largo y piel morena nació para ser grande e hizo aún más grande al país que siempre soñó por encima de su mirada.

Dios jugó en Boca e hizo sus mayores milagros con Argentina. A estas alturas Maradona ni necesita presentación ni epítomes porque de él ya se ha dicho todo. Fue el mejor de siempre, el más talentoso, el más imaginativo, el más carismático. Ganó el Mundial y levantó a un país de sus asientos. Argentina es Maradona desde entones y el listón se ha llevado por delante tantas promesas que hasta Messi hubo de llorar en su recuerdo buscando un momento de compresión.

Todo mago necesita un conejo en su chistera. Caniggia fue pájaro fugaz, truco o trato, picotazo certero y carrera ganada a la defensa. En su haber está aquel mundial de Italia donde el mundo conoció su melena al viento y su sociedad con el Diego. Jugó en River por méritos y en Boca por petición popular. Hizo goles, carrera y fortuna y cuando parecía en la cima, igual que su Dios y amigo, conoció el infierno y cayó en la cueva de la que sólo salió gracias al recuerdo.

Batistuta fue un goleador descomunal. Batigol para los aficionados, goleó en Boca en sus inicios y goleó en Florencia durante el grueso de su carrera. Ganó su scudetto en Roma y ganó dos Copas América en los noventa, marcando un punto de inflexión imposible de superar hasta que Di María le marcó a Brasil el verano pasado y le quitó una losa de encima a Messi y a toda Argentina. Con la albiceleste anotó en cincuenta y seis ocasiones, estableciendo una marca sólo superada por Lío y dejando el recuerdo de un tipo que, cuando encaraba el área ya celebraba el gol en su cabeza porque en su seguridad residía su eficacia.

Ramón Medina Bello dudó entre ser portero y delantero y terminó siendo goleador en River donde hizo casi sesenta goles. Como uno de esos tipos discretos cuyo nombre nunca suena en las grandes quinielas, supo hacer del trabajo en equipo su seña de identidad y se coló, por méritos propios, en las listas de convocados de los equipos argentinos campeones de América en el noventa y uno y el noventa y tres. También estuvo en el Mundial de Estados Unidos donde, desde una posición testimonial, fue testigo de cómo, con la caída de Diego, se caía todo el castillo de naipes.

Abel Eduardo Balbo formó, durante algunos años, la doble B en la delantera de Argentina junto a Gabriel Omar Batistuta. Tal honor lo consiguió por ser un oficiante del gol, un tipo cargado de amor propio que creía en sus posibilidades y sabía estar siempre en el lugar correcto. La rompió en Newell's, utilizó el trampolín de River y saltó a Europa para consagrarse en Udine primero y convertirse en ídolo en Roma después. No ganó nada con Argentina puesto que, tras Bilardo, Basile no contó con él para las Copas Américas de Chile y Ecuador, pero regresó al equipo con Bielsa y fue muy importante en el repechaje contra Australia en el noventa y tres después de haber sido humillados por Colombia. Regresó a River para decir y adiós y dejar el recuerdo de un tipo bravo y formidable.

Marcelo Gallardo era muñequito en la cancha y mago en la memoria de los aficionados de River. Aún continúa en Núñez, haciendo milagros desde el banquillo y evocando tiempos en los que el diez era suyo y los goles eran de otros, pero siempre fabricados desde de maravillo pie derecho. Probó en Franci y lo hizo bien, pero un hilo conductor lo unió para siempre a River a pesar de convertirse en ídolo tardío al otro lado del Río de la Plata. Sigue campeonando y sigue recordando. Con Argentina disputó dos mundiales y anotó catorce goles. Una buena cifra para alguien que no era goleador por intuición sino por mera imposición del talento.

La Copa Libertadores de 1996 ganada por River tiene en letras de oro el nombre de Hernán Crespo. Valdanito para los entendidos y Herángol para los súbditos, anotó los dos goles que remontaban el uno a cero del partido de ida ante América de Cali. Y es que el oficio de Crespo durante toda su carrera fue la de anotar goles uno detrás de otro. Heredero del nueve de la albiceleste legado por Batistuta, Crespo supo compartir delantera con Batigol antes de convertirse en referencia y esperanza. Aquella Argentina ya era presa de las urgencias y no supo dar el paso victorioso que se le presuponía. Aún así, en Italia se le sigue recordando como un tipo implacable en el área y estiloso fuera de ella. Un delantero eficaz que sabía jugar la pelota y depositar, con elegancia, el balón dentro de la red.

Martín Palermo fue el loco más querido en la historia de La Bombonera. A pesar de probar suerte en Villarreal y Alavés, un hilo rojo, casi transparente, lo ataba por siempre a Boca Juniors, donde ganó respeto, gloria y muchos títulos. Hombre récord, supo hacer de la extravagancia su mundo y del gol su forma de comportarse. Todo valía, incluso pegarle mal a la pelota porque siempre terminaba dentro del arco. Maradona, como técnico, confió en él para llegar a Sudáfrica y el Loco hizo los goles necesarios para poner al país de pie y al Diego de brazos abiertos en rueda de prensa. Se retiró colmado de honores, de títulos y de recuerdos. Nada fue igual en Boca desde que Román y el Loco se marcharon para siempre dejando el aroma de un recuerdo imperecedero.

El conejo saltarín driblaba rivales, se entendía con Aimar y Ángel e ilusionó a la mitad menos uno de Argentina haciendo goles de oportunista. Javier Saviola fue esperanza frustrada en Barcelona y trotamundos que terminó en Madrid cumpliendo con su oficio y dejando atrás las promesas de su amanecer. No fue un mal futbolista, pero le pesó la etiqueta de su precio y las esperanzas depositadas. Fue internacional en cuarenta y tres ocasiones en las que anotó doce goles. Una cifra respetable para una selección de entreguerras que se frustró buscando un lugar que tardó tiempo en encontrar.

A Gonzalo Higuaín siempre le persiguió un estigma: fallar las ocasiones más claras en los momentos más trascendentales. Pasará la historia por algo injusto puesto que para fallar hay que jugar y para tenerla hay que saber situarse y el Pipa siempre fue listo en el área y certero en el gol. Hizo goles en River, en Madrid, en Nápoles y en Turín. Un jornalero del gol que tuvo la gloria a dos centímetros del poste y se topó con una realidad que lo condenó de por vida.

Cien años de historia, miles de goles en la memoria y muchos momentos de gloria. Argentina sobrevive gracias al fútbol y se materializa en sus goles. Muchos de ellos llegaron desde todos los rincones del país, pero hay que recordar que dos equipos se juegan la supremacía y en sus carnes se fraguaron tipos que hicieron carrera y escribieron líneas de enciclopedia. Claro que hay vida más allá de Boca y River; jugadores como Seoane, Corbatta, Sanfilippo, Houseman, Di María o incluso Messi, así lo atestiguan, pero sería de necios no reconocer la importancia capital de los dos gigantes en la evolución de la selección argentina, porque sus camisetas las vistieron los más grandes y las honraron los más importantes. Porque de sus inferiores nacieron las sonrisas más importantes y en sus camisetas diseñaron los gritos más certeros a la hora de despertar a un país de un letargo y a una nación de un sueño.

lunes, 17 de enero de 2022

La extinta Yugoslavia

La desintegración de un país, cuando es mediante un conflicto bélico, causa un dolor a nivel global difícil de digerir. Aquella guerra, la de los Balcanes, la que dirimieron regiones que se sentían parte propia de una idiosincrasia, fue la primera que de verdad se retransmitió en directo, con los proyectiles silbando sobre nuestras cabezas mientras los reporteros gráficos intentaban contarnos la verdad que ningún barquero era capaz de asimilar. Detrás de las limpiezas étnicas, las sangrías y los intentos de holocausto, quedó un país devastado y la promesa de que cada uno tiraría los trastos hacia su propia frontera con tal de reconstruir un dolor que aún perdura en la memoria de millones de ciudadanos.

El hombre, como ser racional, tiende a arrinconarse por el miedo y es el propio miedo el que nos lleva a buscar vías de escape y no hay mayor escapatoria mental que aquella que viste los colores de nuestro equipo y nos lleva en volandas en el día a día. Cuando Yugoslavia desapareció, debajo de las piedras seguían sobreviviendo una generación de deportistas que hizo vibrar a media europa gracias a sus espectacular talento y su vibrante manera de competir.

Todos somos capaces de recordar, por ejemplo, la impresionante selección yugoslava de baloncesto que cuajó mediados los ochenta y se llevó por delante a todas las selecciones en los primeros noventa. O las trituradoras fabricadas en balonmano o waterpolo. O aquel extraordinario Estrella Roja que alcanzó la gloria en el noventa y uno cuando el país ya se desquebrajaba y bosnios, croatas, macedonios e incluso montenegrinos ayudaron a sus amigos serbios a levantar al cielo la ansiada Copa de Europa. Fue el canto del cisne de un país podrido en sus instituciones y expectante en las calles. De aquella generación salieron extraordinarios futbolistas que huyeron del infierno y se repartieron a lo largo de Europa para dejar claro que aquello, a parte de generación espontánea, era el resultado de una fábrica de talentos.

Desde Bosnia llegó a la Real Sociedad, Meho Kodro. Se había curtido en el modesto Velez Mostar y, poco a poco, había ido ganando nombre que un solvente goleador en la liga Yugoslava. Su carta de presentación se produjo en el Santiago Bernabéu. En un partido fácil para el Real Madrid, Kodro lanzó un golpe franco directo a la escuadra de Paco Buyo. Aquel día se vislumbró que Kodro era un delantero potente, con un físico para ganar el espacio y que, sobre todo, tenía un cañón en su pierna derecha. Cuatro temporadas y más de sesenta goles después, dejó San Sebastián para sumarse al último proyecto de la era Cruyff. En aquel Barça en descomposición no pudo superar la alargada sombra de Romario y terminó siendo traspasado a un Tenerife donde aún dio buenas pinceladas. Allí anotó su gol número cien en Primera División y abandonó la élite cuando se vio eclipsado por un joven delantero holandés llamado Roy Makaay.

Maradona pensaba que no existía una zurda como la suya hasta que conoció a Davor Suker. Suker llegó a Sevilla procedente del Dínamo de Zagreb y no tardó en convertirse en el ídolo de Nervión pasando por encima del propio Diego. Cuando el Dios de Villa Fiorito se marchó, Davor siguió allí, repartiendo caramelos con su pierna izquierda y haciendo magia en forma de controles maravillosos y goles extraordinarios. Clavaba las faltas en la escuadra y su toque milimétrico ponía en pie a un Sánchez Pizjuán que se llenaba de pañuelos blancos y vítores. Tal fue su trascendencia, que después de su último partido, como si de Curro en la Maestranza se tratase, bajaron al césped para sacarle a hombros. Después llegó el Madrid, la Copa de Europa y sus fotografías ilustrando portadas del papel couché, pero mucho más que un tipo sonriente junto a una famosa, Davor Suker fue pura magia y un lujo para la liga española.


Mijatovic fue, probablemente, el mejor jugador de aquella generación de oro que ganó el mundial juvenil de Chile justo antes de la desintegración de Yugoslavia. Prueba de ello es que, en cuanto llegó a un equipo superpoderoso, se convirtió en héroe y selló con su nombre la ansiada séptima Copa de Europa. Pero antes de ello ya se había convertido en el mejor jugador de la liga jugando con la camiseta del Valencia. Allí había llegado precedente del Partizan, con quien ya había conquistado Yugoslavia, mostrándose voraz desde el primer día. Mijatovic era pura verticalidad, juego al espacio, regate eléctrico y disparo potente. Llevó al Valencia al subcampeonato de Copa y Liga durante dos temporadas consecutivas y decidió dar el salto a la capital, cláusula mediante, para convertirse en héroe y postal eterna de un club al que le ahogaban las exigencias continentales.


Kodro no fue el único gran delantero del Velez Mostar. Durante seis temporadas compartió dupla de ataque junto a un tipo hosco, de gran fortaleza física y buena intuición para ganarse la jugada llamado Vlado Gudelj. Gudelj jugó en el Celta desde 1991 hasta 1999. Sus goles ayudaron al equipo a salir del infierno del segunda y se consolidó en Primera como un futbolista solvente. Su fortaleza física le ayudaba a chocar contra los defensores y salir airoso, tenía un buen toque para la definición y, aunque no era muy espectacular, era bastante efectivo. De sus goles vivió el Celta para mantenerse en la élite durante varias temporadas. Aún hoy, con sesenta y ocho goles, es el tercer máximo goleador del Celta en Primea y uno de los mejores jugadores de su historia.


Algo más tosco y fuerte que Gudelj era Alen Peternac. El croata, criado en el seno del Dínamo de Zagreb, donde jugó durante seis temporadas ganando liga y copa, aterrizó en Valladolid para convertirse en ídolo y pieza fundamental. Con cincuenta y cinco goles, sigue siendo el máximo goleador pucelano en primera hito que simultanea con el del ser el único delantero el equipo blanquivioleta en anotar cinco goles en un mismo encuentro, aquel día en el que Japón Sevilla se volvió loco de remate. Peternac tenía olfato, no era muy veloz, pero sabía ganar la espalda, utilizar la cabeza y poner el balón en el lugar más alejado para el portero.


Si la Real había acertado con Kodro no le anduvo a la zaga su sustituto. Mirando a los balcanes, cuando Kodro se marchó a Barcelona, se trajo, por quinientos cincuenta millones de pesetas, al goleador del Estrella roja, Darko Kovacevic. Tras una primera etapa infructuosa en la liga inglesa, Kovacevic llegó a España para demostrar que era un goleador extraordinario. Lo demostró de veras. En sus dos etapas en la Real, anotó noventa y cuatro goles, situándose en el escalafón de los mejores delanteros en la historia del club. Entre medias probó en la Juve, pero allí la competencia era soberana y echaba de menos Guipúzcoa. En su regreso, la Real rozó el campeonato de liga en una temporada gloriosa en la que su dupla junto a Nihat aún se recuerda en los paseos sobre la playa de La Concha. Kovacevic era listo, rápido para el desmarque, un gran cabeceador y un definidor letal. Sin duda, uno de los mejores goleadores de la liga en el tránsito entre el siglo XX y el XXI.


Cuando Savo Milosevic llegó a España ya se había hecho un nombre en las ligas europeas. Goleador insaciable en Partizan, fichó por Aston Villa para pasar tres años de luces y sombras y decir adiós para siempre a la competición inglesa. En España encajó como un guante en una mano fría. Sus temporadas en Zaragoza fueron muy productivas y cuando comprobó que lejos de España no era capaz de sacar su mejor fútbol, volvió a abandonar la liga italiana para regresar al país donde mejor había rendido. Zaragoza de nuevo, Celta después y Espanyol fueron su camino puente antes de aterrizar en Pamplona y convertirse en el auténtico ídolo del Sadar. En Osasuna apenas marcó una veintena de goles, pero formó grandes sociedades junto a Aloisi primero y Raúl García después, tanto que aún hoy se le recuerda como uno de los mejores jugadores de la historia rojilla. Su fútbol no era vertical ni atrevido, se fajaba en el área, utilizaba su corpachón y ganaba el espacio suficiente para rematar a gol. Cabeceaba bien, definía mejor y era tan fuerte que muchos evitaban el choque con tal de no verse desplazados a un lugar marcado por el sonrojo.


Ahora que media Europa se pega por Vlahovic, que Jovic ha roto en fiasco en la súper élite y que el veterano Tadic sigue tirando del carro de Serbia, cabe recordar que hubo un tiempo que una guerra devastó un país y que cortó de raíz una forma de generar talentos casi inédita en la historia del deporte europeo. Y es que durante buena parte de la década de los noventa, antes de que Yugoslavia despareciese del mapa y miles de vidas cayesen a infames cunetas, los equipos de los balcanes exportaban talentos a bajo coste que revalorizaban su valor una vez el mundo era consciente de que la constancia vivía en su corazón, la calidad en sus pies y el gol era una obsesión dentro de su cabeza.

lunes, 16 de agosto de 2021

Brasileños atípicos

El Milan lo trajo de Brasil y no tardó en mandarlo a Suiza. Este chico no nos vale. De Suiza pasó a Alemania y tras tres temporadas excelsas en Stuttgart, el Bayern lo reclutó para convertirle en estrella. Giovane Elber marcaba goles casi sin querer, como si no le costase trabajo. Jugaba de espaldas como en el salón de su casa y manejaba su hosco cuerpo con una extraña habilidad que le permitía salir siempre en ventaja de los duelos. No era el más fino, ni el más estilista, pero era un jugador enorme con una capacidad enorme para generar peligro en jugadas intrascendentes. Jugó más de doscientos partidos en Alemania y marcó más de ciento treinta goles. Un seguro de vida en aquel Bayern cuyos jugadores daban más miedo que respeto.


El Werder Bremen lo trajo de México cuando ya tenía veinticinco años y el mundo mediático desconocía su presente. Parecía un espectador cualquiera con ínfulas de triunfar en su equipo. Su aspecto era el de un tipo rechoncho que no sería capaz de aguantar una carrera y mucho menos ganarla, pero el aspecto engañaba y sus promesas no eran más que dosis de realidad consumada, poco a poco, con goles y sueños cumplidos. Aquel Werder Bremen de Aílton, Micoud y Valdez, ganó el doblete, un hito harto difícil en la tierra del Bayern Munich, y ganó, sobre todo, el respeto de un continente. Aquel año, el gordito marcó veintiocho goles y se convirtió en el delantero de moda. Tanto que el Schalke pagó una millonada por sacarlo de su casa, pero al otro lado de la cuenca del Ruhr, el brasileño perdió la magia, la alegría y el gol. Aquellos goles de todos los colores eran más verdes que azules y más alegres que austeros cuando fueron marcados a las órdenes del gran Thomas Schaaf.


Hasta los veinticinco años no llegó al Sao Paulo, donde tan sólo permaneció un año. Hasta los veintiséis no llegó a Europa y hasta los veintisiete no llegó a un equipo con ciertas aspiraciones. Lo de Grafite en Wolfsburgo es la historia del patito feo convertido en cisne por obra y gracia de de la inspiración. Aquel tipo, larguirucho y de aspecto descoordinado, de repente empezó a hacer goles como quien traza líneas inconexas sobre un papel en blanco. Fueron cuatro temporadas en Alemania, antes de marcharse a Emiratos Árabes convertido en un ex futbolista. Entonces ya daba igual porque su trabajo estaba hecho y amortizado. Aquella temporada 2008-09 sobrevivirá siempre en el imaginario colectivo como la más tremenda de un futbolista en los últimos años de la Bundesliga.


Tan convencidos habían quedado los equipos alemanes con aquellos fichajes de brasileños random, que decidieron darle una vuelta de tuerca cuando el Hoffenheim decidió fichar a un delantero del Figueirense por su rendimiento en un videojuego.  Aquello supuso una nueva forma de dar valor a las secretarías técnicas. El fichaje fue barato, pero era todo un riesgo. El chico se llamaba Roberto Firmino y aquel primer año fue nombrado futbolista revelación de la Bundesliga. Permaneció más de cuatro años en Alemania y ahora deleita en Liverpool con sus características tan peculiares. Es un nueve que no golea en exceso, pero facilita y es un futbolista que desbarata defensas con sus movimientos y genera espacios vacíos donde Mané y Salah saben entrar como cuchillo en mantequilla. La cúspide de la pirámide, la pieza esencial.

viernes, 12 de marzo de 2021

Demolition Man

En 1993 Hollywood estrenó una de esas películas megalómanas con reparto llamativo en las que el argumento es algo totalmente secundario comparado con la capacidad de sus protagonistas para lucir músculo. Demolition man cuenta la historia de dos tipos criogenizados que, al despertar siglos después, vuelven a enfrentarse con el fin de evitar que corra más sangre.

Aunque la película, por su baja calidad, no dejó ningún poso, el título quedó en el aire con el objeto de poder calificar a ciertos individuos capaces de demostrar una alta competencia en algunos frentes. De esta manera, cuando empezó a asomar con la camiseta del Blackburn Rovers un chico rubio que le pegaba a la pelota con la fiereza de un cañón, la gente se precipitó para ponerle aquel sobrenombre.

Demolition man era un jugador de movimientos sencillos y definiciones abrumadoras. No le gustaba demasiado participar en la jugada, él la seguía con la mirada, buscaba el espacio y, cuando encontraba el momento, soltaba la pierna para marcar un nuevo gol. Así se convirtió en el máximo goleador de la Premier League, así se convirtió en el ídolo máximo de un país que se postraba ante él en cada torneo importante esperando que hiciese relucir el brillo de los tres leones. Y aunque anotó treinta goles con Inglaterra, no logró disolver la maldición que persigue a la selección desde tiempos inmemoriales, siempre más encima de la expectativa que de la realidad.

Alan Shearer fue un tipo íntegro, enamorado del Newcastle y goleador de oficio que llevó al Blackburn al mayor logro de su historia. Aquel año mágico, pegado a la bota mágica de Chris Sutton, anotó treinta y cuatro goles y llevó a su equipo a ganar la Premier por encima del Manchester United de Alex Ferguson. Aquel fue un triunfo efímero, porque el Blackburn no volvió a rozar la gloria, pero los que lo vivieron saben, igual que los que se lo contaron, que aquel tipo fue el mejor goleador que pisó Ewood Park y el mejor goleador que pisó los estadios de la era Premier.

lunes, 18 de enero de 2021

Van Gol

El oficio de delantero, en Holanda, se había convertido, por algún motivo tradicional aferrado al juego, en una cuestión de estética por encima de la ética. De esta manera, tras aquel Rensenbrink que jugó a ensombrecer la estela imperturbable de Johan Cruyff, llegó un pequeño vacío que vino a llenar un joven cisne que, desde Utrecht, llegó al fútbol de élite para enseñarle al mundo que el oficio de goleador no estaba reñido con el de bailarín.

Tras Van Basten llegaron Bergkamp y Kluivert. Cada uno a su manera, jugaban con un toque de distinción que pregonaba un fútbol diferente vestido de naranja. Bergkamp lució su frac en los campos de Inglaterra y Kluivert tuvo momentos gloriosos en España. Ambos demostraron que el fútbol estaba abierto a cualquier evolución y que una posición tan clásica como la de ariete podía avocarse a un cambio de paradigma.

Fue cuando creíamos que Holanda había abandonado todo conato de clasicismo, cuando aparecieron tipos con el ceño fruncido, mirada asesina y disparo certero; Van Hooijdonk, Hasselbaink, Makaay y, por encima de todos, Ruud Van Nistelrooy, un tipo que hizo carrera del gol y convirtió su palmarés en un museo de las estadísticas.

Fueron trescientos cincuenta goles los que anotó como profesional y fueron muchos los aficionados que se rindieron a sus pies. Ganó la liga en Holanda, en Inglaterra y en España y, cuando creían que no le quedaba más fuelle, aún tuvo tiempo de dar una masterclass en Málaga y en Hamburgo, porque lo suyo no era dar concesiones a nadie. Como los buenos pistoleros, primero disparaba y luego preguntaba, no fuese a ser que a algún defensa voraz le diese por quitarle la merienda en mitad del área grande, justo el lugar donde se acrecentaba su apetito y se disparaban sus instintos.

Haciendo de la competitividad su oficio, de la anticipación un arte y del gol una manera de vivir, Van Nistelrooy sobrevivió a la jungla de feroces defensores gracias a su instinto y su hambre. Gracias al primero supo siempre como encontrar el espacio vacío y gracias al segundo supo siempre que detrás de un gol debía llegar otro, porque los grandes goleadores no se sacian con poco sino que necesitan de mucha sangre para sentirse, de verdad, los más deseados del planeta fútbol.

Van Gol, como le apodaron sus aduladores, que fueron muchos y ganados a pulso, fue un tipo de sonrisa enigmática y pocos amigos dentro del terreno de juego, porque cuando pisaba el verde no buscaba caer simpático ni estrechar lazos entre los rivales, sino que su único objetivo era la red de la portería rival. Con sus zapatazos al ángulo y sus cabezazos precisos, abanderó un cambio de paradigma en el fútbol holandés y dejó un hueco en el puesto de delantero centro que aún hoy, con una final de mundial más ganada y muchas expectativas por delante, la selección orange no ha sido capaz de llenar.


jueves, 12 de diciembre de 2019

El lobo blanco

El lobo es un animal de arrebatos, un ser sibilino que acecha la presa, camina despacio y dentellea con la fuerza de un tiburón. Es un animal salvaje que vive de la emboscada, que se desarrolla en manada y sabe encontrar la flaqueza de la presa cuando esta está jadeante y asustada. El lobo blanco de Calais vivía de remates bestiales, de desmarques silenciosos, de peleas incontrolables. Le pegaba a la pelota con el alma y celebraba con el corazón. El lobo blanco de Calais fue Balón de Oro en Europa y un depredador inmortal tras los acantilados de la Costa Azul.

Jean-Pierre Papin empezó marcando dudas en Vichy y se consolidó marcando goles en Brujas. Aquella experiencia en Bélgica le curtió y le convirtió en referencia del fútbol europeo. Acompañó a la expedición francesa que alcanzó semifinales en México y se convirtió en la referencia del equipo francés más potente hasta el momento, en cuanto ha sido el único capaz de ganar la Copa de Europa.

Seis años en Marsella y casi doscientos goles. Pero, sobre todo, la sensación constante de que aquel fútbol se le quedaba pequeño. Fue por ello que aceptó el reto y cruzó los Alpes en dirección a Italia, al mejor equipo del mundo, a ese equipo que brillaba al ritmo de tres holandeses capaces de entenderse con los ojos cerrados. Y allí encontró su pared. Era bueno en el remate, era ambicioso y era fuerte en la pelea, pero no era mejor que Van Basten.

Para colmo, aquel mismo año el Milan terminaría perdiendo la final de la Champions League ante el Olympique de Marsella. Tanto tiempo remando para alcanzar el título y al final el título estaba más cerca de casa de lo que hubiese creído.

Aquella decepción le pudo. Marchó a Munich y regresó a Francia, pero no volvió a regresar al gol. Poco a poco se fue apagando como el lobo que busca cueva para dejarse morir bajo la luna. Sus últimos aullidos fueron en Guingamp, en un equipo de categoría menor. Quería seguir sintiéndose futbolista y se dio cuenta de que había dejado de ser delantero. Había dejado de ser aquel Lobo Blanco que devoraba goles y aullaba cada noche cuando la luna llena asomaba sobre el Velodrome y la gente acudía entusiasmada para ver a su goleador favorito.


miércoles, 20 de noviembre de 2019

Hurricane

Nunca está de más la actualidad, nunca una noticia no ha dado pie a un comentario, a un recuerdo, a un análisis. Nunca en su historia, el Tottenham había jugado una final de la Copa de Europa. Pocas veces, en su historia, un club ha destituido a su entrenador cinco meses después de rozar el cielo. Pero las circunstancias mandan y cuando las circunstancias se apellidan "resultado" no hay paciencia ni mediación. A rey muerto, rey puesto y seguir compitiendo en la ruleta de la suerte.

José Mourinho hereda un equipo de espíritu contragolpeador y corazón intenso. Su fe inquebrantable se puso a prueba de fuego el día que el Ajax anotó dos goles en su estadio y se las creía totalmente felices. Fue entonces cuando surgió el alma guerrera de un equipo al que Pochettino había enseñado a no rendirse. Si ahora se ha rendido ha sido más por la resaca tras la borrachera que por la aceptación de la realidad. La plantilla se ha reforzado y apenas ha perdido efectivos. Si alguien quiere rescatar la nave ha de poner de nuevo, rumbo a Ítaca con un Ulises al mando. Ese no es otro que Harry Kane.

Los cantos de sirena no han hecho sucumbir a un tipo que nació goleador por planta y se hizo jugador por aprendizaje. Conocía el arte del remate casi desde cuna, pero para llegar a convertirse en punta de lanza de todo un país, necesitaba de alguien que le enseñase a administrar los esfuerzos y a aprovechar su corpulencia. Kane ahora sabe jugar al desmarque cuando su equipo ataca en estático y, sobre todo, sabe ser el primer punto de apoyo cuando su equipo sale en velocidad. Su juego de espaldas está tan perfeccionado que han bastado trabajo y fe para poner en marcha los mecanismos. El delantero siempre busca socios y, cuando los encuentra, si es bueno de verdad, se encarga por sí solo de ganar partidos.

Si alguien ha hecho algo por el Tottenham, durante los último años, han sido Mauricio Pochettino desde el banquillo y Harry Kane desde el césped. Cuando el argentino llegó, el equipo era un mar de dudas y un grupo acomplejado. Si algo les enseñó fue a competir, si en algo confió fue en la academia del club. Allí había un tipo rubio, espigado y pasado de peso que anotaba goles como churros. Conocido el misterio del gol, había que trabajar el físico y el juego. Cuando aprendió a jugar y se acostumbró a marcar, el equipo empezó a crecer. Tanto que hoy nadie podría imaginarse un Tottenham sin ambos. Fuera Pochettino de la ecuación, ahora es cuando nadie es capaz de imaginarse un Tottenham sin Kane.


martes, 18 de junio de 2019

Al primer toque

El remate es un arte que necesita de precisión y talento. Necesita también, y sobre todo, mucha intución. Y ser muy listo. Ser muy listo también porque hay que manejar los espacios, saber encontrar el desmarque y saber ponerse en situación. El remate requiere habilidades que no todos los futbolistas están capacitados para demostrar.

Pocas salidas me han dolido más como aficionado que la marcha de Hugo Sánchez al Real Madrid. Todo se magnificó porque yo era un niño, soñaba con ser como él y me había cosido un número nueve a la rojiblanca de lana, con mangas largas, que mi madre guardaba en un cajón. La primera decepción, como el primer amor o el primer beso, jamás se olvida, por eso hice un puzle con mi corazón y me dediqué a observar, admirar y dejar de admirar. Sólo Futre volvió a dejar ese poso, pero aunque el corazón volvió a ensombrecer su halo, los ojos ya habían quedado secos.

Hugo Sánchez no era el delantero más fuerte, ni el más rápido, ni siquiera el más hábil con el balón en los pies, pero era astuto como un zorro y tenía el repertorio de los magos escondido bajo su chistera. En su etapa en España ganó cinco veces el trofeo Pichichi y marcó más de doscientos goles, pero sobre todo dejó el sello de un tipo que lo jugaba y lo remataba todo al primer toque.

Su jugada, en estático, solía ser simple al mismo tiempo que efectiva. Asomaba a la línea de tres cuartos, jugaba a un toque y amagaba con perseguir el pase hacia el compañero, inmediatamente giraba sobre sus pasos y rodeaba al defensor en su desmarque rápido y certero. Esos segundos que ganaba en la confusión le servían para ganar el espacio y recibir en las condiciones más optimas. Si el centro era lateral, el remate era un espectáculo, si era profundo, era de lo más certero. Encontrando siempre el hueco más alejado para el portero, celebrando siempre con esa voltereta que se convirtió en denominación de origen.

Hugo dominó el área durante la década de los ochenta. Fue máximo goleador en un Atleti de entreguerras y de un Madrid de época. No pudo conquistar Europa, porque allí topo con un tío que, además de rematar como él, manejaba la pelota como un artista. Marco Van Basten fue su némesis en una época en la que el gol llegaba desde el cielo y se celebraba con cierta sobriedad. Voltereta aparte, esos brazos doblados y esos puños a la altura del pecho, le hacían saber a Hugo que era un puro macho mexicano.

miércoles, 17 de abril de 2019

El Bicho

La costumbre nos ha convertido en tipos ávidos de novedad. Normalmente, nos hacemos una idea propia de la fantasía y no valoramos el momento; porque más allá de lo cotidiano, existe lo valorable. Más allá de lo admirable, existe, también, lo extraordinario.

Vivir en la era de Lío Messi hubiese supuesto una claudicación por la vía de lo elemental; nadie puede con este tío, nadie puede sobreponerse a su éxito. Sin embargo, la ambición, entendida como un camino hacia la superación, ha supuesto un motor de aguante en la carrera ceremoniosa de Cristiano Ronaldo. Lo que podría haber sido una carrera trufada de goles, se ha convertido en una carrera trufada de éxitos porque el tipo no se conformó con ser el segundo. Y aunque lo terminase siendo, no podría soportar que le achacasen que no lo hubiese intentado.

Cristiano se cree el mejor jugador del mundo y está en su derecho de hacerlo. Nadie ha hecho más por la competitividad de sus equipos que él, nadie ha entendido los espacios y el remate como lo ha hecho él. Porque su juego no se basa en la virtuosidad de la combinación, sino en la explosión de sus características, y por más que nos quieran vender, Cristiano no es un tipo bruto que sólo busca la portería rival sino que entiende el juego de ataque como una partida de ajedrez donde ocupa la posición del alfil; siempre tirando la diagonal apropiada y siempre encontrando el lugar exacto para el remate.

Con los años ha perdido explosividad pero ha ganado en conocimiento. Es lo que tienen los buenos jugadores de verdad, saben refundirse desde las limitaciones para potenciar sus mejores virtudes. Ya no es el velocista que guardaba carreras interminables ni el regateador que citaba a los laterales en la línea de fondo. Ha encontrado su sitio desde la voluntad y el conocimiento. Y aunque hoy quieran que no sea el día para alabarle quizá sea el día para reconocerle una vez más. Porque el legado de este tipo va más allá de una eliminatoria ganada o perdida, sino que viajará con el tiempo y se instalará en la memoria de todos aquellos que le vimos y de todos aquellos que terminen leyendo sus números de impresión.

lunes, 11 de marzo de 2019

El pistolero

Las ligas menores son un excelente caladero de futbolistas cuando los recursos son limitados y la imaginación obliga a peinar todo el panorama futbolístico mundial. En ligas como la polaca, checa o eslovena, han salido futbolistas intersantes como Lobotka, Jankto o Milik. Hacer de la necesidad virtud es el punto de inflexión desde el que se distinguen los audaces, porque más allá del dinero existe un mundo de ingenio donde sobreviven los futbolistas que pretenden ser grandes y sólo necesitan un escaparate para demostrarlo.

Krzysztof Piatek llegó a Génova en verano con la maleta cargada de sueños y los sueños cargados de goles. En una última excelente temporada en las filas del KS Cracovia se había consolidado como un goleador fiable y un excelente competidor. El éxito, o el principio del mismo, le ha comenzado a alcanzar a la edad en la que la maduración marca las pautas del aprendizaje. Veinticuatro años y el conocimiento suficiente del juego como para saber dosificar esfuerzos, jugar con los espacios y encontrar siempre el lugar idóneo para el remate.

El pistolero Piatek responde a los cánones de los goleadores clásicos; carreras de espaldas al juego, disputas por ganar el segundo palo y remates certeros. Va bien de cabeza y, además, cuenta con un arma importante a la hora de ganar tiempo para rematar; arma la pierna en centésimas de segundo. Suele buscar los ángulos de la portería y podría rematar con los ojos cerrados teniendo el conocimiento exacto del lugar donde tendría que poner la pelota.

El Milan ha encontrado, casi por desavenencias del destino, una piedra angular sobre la que enquilosar su proyecto. Olvidado el fiasco de Higuaín, Gattuso cuenta con un equipo joven y con mucha proyección. Se necesitarán muchos galones para derrocar a la Juve, pero, para empezar no está nada mal con contar con un puñado de goles. Lo que asegura Piatek no son victorias pero sí una buena manera de conseguirlas.

viernes, 11 de enero de 2019

Cabeza de plomo

Al húngaro Sandor Kocsis le llamaron cabeza oro, allá en los cincuenta, por su fabulosa manera de remtar con la testa. Eran años de evolución y cualquier tipo que pisara el terreno de la innovación era aplaudido como un pionero. Los balones pesaban, las costuras cortaban, el cuero era duro y, sin embargo, existían tipos que desafiaban al miedo y jugaban con la cabeza como si fuese una extensión de la misma pierna.

El fútbol, como cualquier otro gran deporte de masas, está sujeto a la evolución contínua. Lo inmaterial fue evolucionando y lo material fue cambiando. Aparecieron futbolistas más fuertes, más rápidos, mejor preparados y aparecieron, también, céspedes mejor cuidados, reglamentos más adaptados y balones más adecuados. Todo ello con el fin de proporcionar el mejor espectáculo.

En los albores de ese fútbol extracontemporáneo, apareció un delantero de corte clásico; movimientos hoscos, remates secos y una extraña facilidad para encontrar el gol en los balones más inverosímiles. Sandor Kocsis había sido cabeza de oro por ser pionero en un arte etéreo en su relación calidad fuerza. Mario Jardel fue cabeza de plomo porque su testa era una aleación de un metal fuerte y consistente. Un martillo pilón que machacaba una y otra vez las porterías contrarias.

Mario Jardel despuntó en Gremio de Portoalegre donde se convirtió en el mito que ganó la gloria de la Copa Libertadores, se consagró en Oporto a base de goles imposibles, se hizo mito en Galatasaray en una temporada de ensueño y regresó a Portugal para beatificarse con la camiseta del Sporting. A partir de ahí llegó un declive lento y largo, un periplo por equipos de segunda fila que le permitieron seguir viviendo del fútbol pero no para volver a alcanzar la gloria. No fueron más de ocho años de esplendor, pero cuando fueron, se convirtió en carne de videoclip y en uno de los tipos más queridos por el universo fútbol, porque el kilo de goleador siempre se ha cotizado alto.

El balón llegaba generalmente por alto, sus compañeros le conocían, y Jardel ganaba el centro del área con el conocimento que da el oficio; siempre saltaba más, o saltaba antes o saltaba en el momento preciso. Y sus cabezazos eran una inversión segura. Siempre al ángulo, siempre perfectos, casi siempre celebrados como gol. Con el pie no era torpe en el remate, aunque le costaba la conducción y no era fino en el regate, pero fue un goleador espléndido. Promedió más de un gol por partido en Portugal y casi un gol por partido en Brasil y Turquía. No se le podía pedir más. Y el no pudo dar más de sí. Fue corto, pero muy muy intenso.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Memorias de Adriano

Uno no tiene nombre de emperador simplemente para existir sin más. Si uno tiene nombre de emperador y está tocado por la varita mágica del talento, es más que posible que haya nacido para gobernar su mundo. Y si alguien nacido para gobernar su mundo tiene la potencia de un tanque y la precisión de un torpedo, es fácil que se convierta en el arma de guerra más temida por el enemigo.

Adriano Leite es hijo de la pobreza, un soñador que cumplió a lo grande y un hombre con alma de mendigo que lo perdió todo por recuperar sus raíces. Pocos pueden luchar contra la saudade y, sobre todo, nadie puede luchar contra sí mismo cuando el corazón piensa diferente de la cabeza. El día que fue coronado rey del mundo recibió la noticia de la muerte de su padre y entonces todo se agolpó sobre su cabeza; la infancia, la pubertad, la juventud y todas aquellas lágrimas de satisfacción. El descampado tenía arena seca y por las zapatillas rotas se colaba el polvo que le arañaba los pies. Aprendió a chutar descalzo y a correr como si persiguiese sueños. Al final, de tanto correr hacia delante, terminó huyendo de sus propias pesadillas.

Era veloz como un felino, fuerte como un paquidermo, certero como un rapaz. Cuando arrancaba, dejaba un reguero de víctimas por el camino y, cuando le pegaba con la izquierda, parecía dejar una estela de humo que moría en la escuadra rival. Nunca antes habían soñado tan fuerte los aficionados del Inter, nunca después han vuelto a sentir la tristeza tan grande como la que les causó la caía a los infiernos de su ángel de la guarda.

Se apagó como se apagan las supernovas; a lo grande. Fascinante en su brillo y terrible en la zona de definición, comenzó a engordar cuando el alcohol corrió por su sangre para intentar mitigar los dolores. Huyó despavorido en busca de sus orígenes, pero jamás reecontró la paz. Castigado por los recuerdos, prefirió regresar a la favela para seguir llorando antes que regresar a los focos para seguir impresionando. Fue un corto espacio de tiempo, pero tan inolvidable que, aún hoy, hay quien recuerda a aquel tipo como el auténtico emperador en la tierra que vio nacer el mayor imperio del mundo.


martes, 11 de septiembre de 2018

Vuelo sin motor

A menudo necesitamos recurrir a la imagen para intentar explicar lo inconcebible, necesitamos abocar a la epopeya para aludir la leyenda, necesitamos, una vez más, la reafirmación para ser capaces de cerciorarnos de que lo que vimos es igual que lo que creíamos que habíamos visto.

El remate de cabeza es un arte que, en su concepción más estética, se dibuja como una soberbia definición. Un centro medido, una pelota en el corazón del área y un tipo que dibuja saltos imposibles atacando el cuero con la fiereza de un felino. Así era Carlos Santillana, goleador de élite en tiempos de campos de barro y cabeceador impenitente. El tipo que más alto saltaba, el único hombre capaz de golpear de frente con un martillo pilón.

Han pasado los años y han sido muchos los prestidigitadores que han intentado suspenderse en el aire cual helicóptero de precisión, pero pocos, muy pocos, han sido los capaces de emular aquella suspensión aérea, aquella precisión en el golpeo, aquella furia que vivía en las sienes del futbolista que vistió la camiseta del Real Madrid durante diecisiete temporadas.

Alma de guerrero, condición de tanque, piquete arrollador y portador de ese espíritu que convirtió al Madrid en el equipo más temido del mundo. Heredero de una forma de ganar y precedesor de muchos tipos que colmaron su legado. Pero, más allá del presente, queda el recuerdo de un delantero centro en tiempos de fútbol directo. Aquel fútbol donde un balón al área era una batalla aérea y contar con el tipo más fuerte aseguraba, cada vez, una pequeña victoria. Santillana volaba por encima de todos y, generalmente, cabeceaba a gol. Era el seguro aéreo del Madrid. Su bombardero particular.

lunes, 11 de junio de 2018

El año de gracia

Todo el mundo, en algún momento de su vida, encuentra esa sensación que le convierte en invulnerable. Todos, más allá de nuestros minutos de fama, encontramos nuestros minutos de gloria, porque a todos nos alcanza la madurez y a todos nos gusta rediminirnos frente al tiempo. Cuando estamos en la cúspide, no nos preocupamos en mirar hacia abajo porque no nos paramos a pensar que quizá aquel sea, para nuestra desdicha, nuestro particular canto del cisne.

El Wolfsburgo tuvo su año de gracia en 2009. Aquella temporada, más allá de los astros y la suerte, el fútbol fue su gran aliado. Fue el año del descubrimiento de Edin Dzeko y, sobre todo, el año en el que un brasileño de complexión fuerte y cintura de bailarín se hizo un hueco en la élite mundial. Grafite, como el tipo que conduce su fortuna, se aupó hacia la cima y no se propuso mirar abajo. Goleó tanto que le convirtieron en ídolo. Posteriormente frenó tan en seco que fuimos muchos los que llegamos a preguntarnos si aquello había sido un espejismo.

Su año cero fue tan colosal que se coló en el imaginario colectivo, que se hizo amo de las pretensiones del mundo. Desapareció; nos quedó Barzagli como capitán de nave y los bosnios Misimovic y Dzeko como patentes del arte, pero el recuerdo, ese pincel que siempre moja en la paleta del anhelo, quedará siempre impregnado de los goles de Grafite el año que pretendió ser el mejor delantero del mundo.