lunes, 27 de julio de 2026

Astillas

De tal palo tal astilla suelen afirmar los conocedores de la certidumbre y los sabios de la magnificencia, aquellos que conocen la verdad sobre unos andares o la sensación opuesta a una postura; aquellos que analizan a fondo la cotidianidad de la sugerencia, son los que saben enfrascar los efectos porque en ellos sobrevive el caldo del análisis más certero y es que hay astillas que, por más que se empeñen en cuajar, son completamente diferentes al palo.

Los centrocampistas son la especie más multicultural de la fauna futbolística porque al igual que se les solicita el esfuerzo, muchos de ellos no pasan el corte exclusivo que les coloca en la élite y es que correr muchas veces, por más que sea necesario, no es suficiente y es ahí donde entra el botón que activa la alarma de los equipos contrarios porque si te enfrentas a un esforzado, el plan es saber flotarle y tenerle siempre detectado, pero si te enfrentas a un intuitivo, el plan es saber sacarle del mapa cuando él vive siempre fuera de tu radar. Difícil tarea.

Miguel Ángel Merino fue uno de aquellos futbolistas que hizo carrera en primera división dentro de la categoría de los esforzados. Sin dejar de reconocer que aquello tiene su mérito y que nadie llega a la élite sin saber darle una patada a un bote, las cualidades de Miguel no eran las suficientes como para hacerle un hueco en equipos de alta estirpe y, sin embargo, gracias a su capacidad de resistencia y su sentido de la colocación, supo hacer carrera en primera división que es algo con lo que muchos niños de hoy soñarían en voz baja.

Sucede en las estirpes que hay genes predestinados y otros espontáneos. Seguramente Mikel, el pequeño de Miguel Ángel, sea igual de educado que su padre pero en el campo es una astilla que parece de otro palo. Más allá del esfuerzo que, como el valor, se presupone, Mikel Merino aporta algo de lo que muchos futbolistas carecen y es inteligencia emocional. Con la pelota es sencillo pero certero y con los espacios es un tipo que juega como un ajedrecista; cuando no sabes como se va a mover él ya ha pensado en el jaque mate.

Esos dos goles a Portugal y a Bélgica, más allá de los logros de un oportunista, son el trabajo intuitivo de un tipo que sabe siempre donde va a terminar el balón antes de que su compañero lo saque de su bota y eso es algo que no todo el mundo tiene y que se cuantifica en millones de euros. El hijo del abnegado centrocampista es hoy un mediapunta con talento y con el suficiente conocimiento del juego como para haberse hecho un hueco en lo más alto de la élite y es que para llegar hace falta saber jugar y cuando el esfuerzo ya no es suficiente, aparece el factor diferencial más apegado al cerebro que al corazón. Y gracias a estas astillas rebeldes hemos vuelto a ser campeones del mundo.

martes, 23 de junio de 2026

La incertidumbre

La austeridad es una forma de sobrevivir asociada al aprovechamiento de los recursos, a la consciencia de lo posible y al asentimiento de la realidad. Dicen que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita, pero más allá de las constantes vitales, existen las constantes sobrevenidas, aquellas que te sitúan en un medio común sin más recursos que el trabajo y la intuición y es ahí donde sobrevuelan los fantasmas de la duda, porque muchas veces los sueños no son más que fantasías y el premio no siempre se encuentra al final de la montaña.

El Getafe de Bordalás ha convertido la austeridad en un modo de vida y el aprovechamiento de los recursos en su caballo de batalla. Durante muchas jornadas de la temporada pasada, el plan se caía por sí mismo al no encontrar el trabajo un buen sastre que supiese dar la última puntada. Si sobrevivió en la jungla fue porque tuvo una pareja de mediocentros que sostuvieron al equipo con juego y energía, por ello, cuando el invierno le regaló un delantero aseado, el equipo despuntó hacia arriba hasta conseguir ese premio en forma de plaza europea.

El problema de vivir por encima de las posibilidades es que, tarde o temprano, el zarpazo de la realidad terminará llamando a tu puerta. La energía de Arambarri y el talento de Milla han tomado rumbos distintos y ambos lejos del Coliseum. La que durante un tiempo se convirtió en la pareja timón y guía del plan maestro de Bordalás, vuela hacia tierras lejanas para dejar un barco en la deriva a un equipo en la incertidumbre.

Seguramente, Toni Muñoz tenga que volver a poner el sombrero boca arriba y esperar a que le llegue alguna limosna en forma de ganga o de cesión. De acertar, el equipo seguirá compitiendo porque el gen de su entrenador ya se ha mimetizado en toda la ciudad, pero, de no conseguirlo, el trayecto puede hacerse demasiado largo para un equipo que, a falta de vértigo, había encontrado la estabilidad en su pareja de medios. Nadie sabe qué vida hay más allá del horizonte, lo que si se sabe es que ahora, más que un timón, hacen falta unos buenos remos para alcanzar el primer puerto de manera intacta.

miércoles, 3 de junio de 2026

Honrar un estilo

El éxito y la fama son dos caminos que discurren paralelos en un mismo tramo y que, en alguna ocasión, son capaces de cruzar su semítica en un punto dispar. Puede haber éxito sin fama, pero raramente fama sin una pequeña cuota de éxito. Queda la excepción del comportamiento execrable, de los medios que justifican un fin o del ridículo espantoso, pero si olvidamos aquello que incumple, irreverentemente, la regala, nos quedan el trabajo bien hecho, el talento bien administrado y el resultado victorioso que conduce siempre a la gloria. A aquel cruce de caminos, Arséne Wenger hubiese querido ser Frank Rijkaard como jugador y Frank Rijkaard hubiese querido alcanzar el estatus de Arséne Wenger como entrenador.

El francés, defensa algo torpe y pesado durante su poco exitosa carrera como futbolista, siempre jugó al tanteo de talentos y a aprenderse alineaciones de carrerilla. El espigado alsaciano, astuto y audaz, de verbo sencillo y ánimo directo, no fue un gran jugador, mal que le pesara, pero el tiempo le convirtió en un entrenador de época.

El holandés, por su parte, había sido otra cosa dentro del terreno de juego. Fuerte físicamente y bien dotado técnicamente, había sabido utilizar sus armas para hacerse respetar. Se le recordaba como un cerebro mandón, insistente y competitivo, un tipo de la zona trasera del campo que sabía achicar y salir, conducir y llegar.

Pero él también quería ser un gran entrenador y en ese aspecto, el francés ya le llevaba varios metros de ventaja. Y es que Wenger era ya toda una institución en Londres donde había llegado desde Francia, vía Japón, para sacar al Arsenal de su peor mediocridad. Enclaustrado en el estilo más clásico, al Arsenal empezaban a vérsele las costuras de la tradición del balón largo, la prolongación agónica y la búsqueda del rechace que, durante muchos años, había convertido en seña de identidad tanto propia como ajena, pues más allá de Highbury, era conocido como uno de los equipos más aburridos de Inglaterra. El Boring Arsenal.

Rijkaard había llegado a Barcelona en un peor momento, si cabe, pero al menos se había encontrado con un estilo más definido. Le costó mucho encontrar la tecla, pero cuando fue capaz de cerciorarse de que el legado de Cruyff habría de marcarle el camino, terminó por apostarlo todo al frenesí. Un cuatro, tres, tres que se convirtió en santo y seña de una afición que, gracias a él, reaprendió a mirar al mundo sin complejos y sin creer en conjuras ni en cavilaciones. El buen juego hizo olvidar persecuciones y las finales, como aquella, ayudaron a volver a recordar lo que un día fueron.

Wenger tenía a Henry y Rijkaard tenía a Ronaldinho. El francés era una onda expansiva, técnica pura a mil por hora y garantía de gol en el momento preciso. El brasileño era talento puro, imaginación absoluta y auténtico espectáculo. Ambos luchaban por ese galardón simbólico y que suele saciar tanto el orgullo como el interés y que el boca a boca venía a llamar como “mejor jugador del mundo”.

Eran tantos los motivos y tantas las expectativas generadas, que el gran estadio de Francia se quedó pequeño para tanto deseo de felicidad. París era para Henry la ocasión de regresar a casa, de volver a jugar en el escenario que le convirtió en gigante, la oportunidad de volver a demostrar que el fútbol mundial giraba en torno a un futbolista francés. Para Ronaldinho, en cambio, París significaba la oportunidad de volver a la ciudad que le había dado la bienvenida a Europa, de regresar al cielo de los inmortales donde había recogido el Balón de Oro, la ocasión de decirle a los franceses que no se habían equivocado otorgándole semejante honor.

Pero había otros partenaires invitados a la fiesta. Robert Pires era un tipo elegante de conducción majestuosa y golpeo eficaz, que había hecho carrera gloriosa en los gunners tras iniciarse como promesa en la liga francesa. Regresaba al hogar donde había dejado una infancia pegado a un balón en una familia enamorada del fútbol. Su padre, portugués, y su madre, española, habían enseñado al pequeño Robert a soñar en grande pateando una vieja pelota en las vetustas calles de Lens.

Samuel Eto’o era una devorador de momentos. En el área era un león que imponía el mandato de su reinado, fuera del campo era un tipo difícil que encontraba más polémica de la que buscaba y en el vestuario era un líder difícil porque su camino era único e inescrutable. Verbo directo, complexión atlética, reflejos de oro que convertían en gol todo lo que encontraba.

Cuando comenzó el partido, pocos fueron conscientes de la magnitud del espectáculo que se presentaba. Aquel partido era más una reivindicación que una final en sentido propio. Dos estilos, dos estilismos. Dos maneras de conseguir la ansiada sonrisa de satisfacción en el rictus del espectador.

El Arsenal era el paradigma de la velocidad. Gustaba de defender con orden, sin perder ninguna premisa, haciendo constar el ejercicio de su paciencia. Robar y salir como motos. Y cuando hacían constar el ejercicio de su paciencia, robaban y salían como motos convirtiéndose en una nueva dimensión del séptimo de caballería; batallón de ataque. Delanteros en banda, centrocampistas en el área, defensores en segunda línea. Imparables.

El Barça era otra cosa. Ni menos bella ni menos práctica, pero, de alguna manera, más rimbombante. El Barça era una apuesta por la posesión y el lujo. Eran pases en corto de manera constante, búsqueda del espacio, desmarques en diagonal. Salida aseada, centrales fuertes y ágiles y laterales de largo recorrido. En su haber se distinguían los aplausos cosechados y las portadas inolvidables. Aquella final, en definitiva, se presentaba como un choque de estilos propios y se pintaba como inolvidable.

Como inolvidable fue el comienzo arrollador del Arsenal. En dos ocasiones, Víctor Valdés, se vio obligado a detener las intenciones de Henry quien ganó la espalda a la zaga y se plantó en condiciones idóneas para marcar gol. Le costó mucho al Barça tomarle el pulso al partido y apropiarse, al fin, de la pelota, pero cuando lo hizo fue para decir basta y tratar de mandar a la lona a su rival. Lo hizo primero mediante una jugada profunda y lo consiguió, después, por la avidez de un colegiado que pitó antes de mirar.

Fue en un balón profundo en el que Eto’o cayó en la frontal arrollado por Lehman en su intento por salvar a su equipo y pudo ser otro el partido si el árbitro no hubiese sufrido un ataque de silbato y hubiese dado por válido el gol de Giuly en la ventaja y si el Arsenal, por ello, hubiese podido afrontar el reto de la remontada en igualdad de condiciones. Pero el empate se inmovilizó en el marcador y los gunners hubieron de jugar durante más de una hora con un jugador menos.

Ronaldinho lanzó la falta junto al poste y los equipos se reajustaron para unirse, nuevamente, en un mutuo parecer.

Primero pegó el Arsenal. Un cabezazo de Campbell tras un saque de falta lateral de Henry y gol. Pegó el Barça después, pero la media vuelta de Eto’o se estrelló en el palo y la frustración comenzó a aparecer en las miradas blaugranas. Se tiraron todos de los pelos y el árbitro, de nuevo convidado de piedra tras su innegable dosis de protagonismo, dio paso al segundo acto señalando el final de la primera parte.

Para jugar bien al fútbol hay que saber mover la pelota, pero para jugarlo muy bien hay que saber cómo moverla. Por ello, en el ritmo anodino y pastelón en el que había caído el Barça tras la expulsión de Lehman, residía gran parte del fracaso que estaba sufriendo su intento de remontada. Y fue por ello que Rijkaard recurrió al banquillo con el objetivo de sacar brillo a la circulación y aprovechar, metiendo una marcha más, una superioridad numérica que les estaba causando más inconvenientes que ventajas.

Recurrió primero a Iniesta, lúcido centrocampista y alumno aventajado. Cara de niño inocente y andares desgarbados, aprendió a sortear la fama desde que era un niño y en plena adolescencia había empezado a entrenar con el primer equipo hasta convertirse en figura y pilar del equipo, en señal y referencia dentro de un modelo donde primaban su fútbol, su estilo y su idiosincrasia.

Recurrió después a Larsson, viejo zorro del área y labriego histórico del desmarque y el remate a gol. Con él en el campo, el Arsenal, diezmado y asustado, dio el paso atrás que buscaba Rijkaard y con él en el campo, el Barcelona dio el paso hacia adelante que le condujo hacia la gloria.

Y recurrió, por último, a Belletti, héroe anónimo y jornalero a tiempo parcial. Estrella sin consideración en un Villarreal creciente y desatascador eventual en un Barcelona paradigmático, brasileño de día y futbolista de noche, defensa con miras de atacante y lateral con alma de delantero.

Era el momento para los héroes y para los dioses de la victoria. La grada gunner vivía pendiente de Henry; andanzas y alabanzas, goles y caramelos, vítores y aplausos. El héroe que tantas veces había sacado sus castañas del fuego. Podría haber vivido para siempre en un olimpo si no hubiese enviado al limbo sus dos encuentros, cara a cara, con Víctor Valdés, pero nadie quiso saber que aquel portero era héroe de días importantes. En la definición indecorosa, en el cansancio y en la ansiedad, se perdió Thierry Henry camino del infortunio. El partido seguía. El Arsenal se veía abocado a seguir.

Y siguió, aliento agotado, hasta que golpeó Eto’o. Y siguió, ya camino de la lona, hasta que golpeó Belletti. Y siguió, totalmente muerto, mientras millones de espectadores veían con Iniesta manejaba con soltura, como Larsson asistía con inteligencia y como Belletti sentenciaba con angustia. Benditos cambios. Bendito Frank. Pobre Arsenal; toda la vida fabricando un equipo para perder todas las piezas emocionales en los últimos minutos del partido más importante.

Para la historia quedan las letras doradas del vencedor. Para la emoción queda la carrera enloquecida de Belletti, brazos al aire, espalda mojada sobre el suelo y lágrimas en la comisura de los ojos. Durante años soñó con marcar un gol importante, durante años acumuló gritos de desencanto y ocasiones falladas. Jamás había anotado un gol compitiendo como azulgrana, jamás había anotado un gol importante, pero cuando el destino se pone caprichoso, ni el hombre más inocente es capaz de evitar ser bocado de su propia voracidad.