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lunes, 8 de abril de 2024

Elogio del mérito

Suele suceder muy a menudo que la gente, más pendiente al resultado que al desarrollo, tiende a emitir juicios de valor totalmente sectarios en función del éxito o fracaso final de una contienda. Es por ello que fueron muchos los que, una vez vieron como el Inter de Milán cayó eliminado en el Metropolitano se precipitaron para hechir su pecho de sabelotodo y pronunciar aquello de "no son para tanto". Lo que ocurre es que la mayoría de las veces nos dejamos vencer por lo casual sin tener en cuenta lo causal y no somos capaces de desperezar las neuronas y analizar en frío cada contienda porque si lo hiciésemos sabríamos que si el Atleti jugó aquella noche por encima de sus posibilidades es porque el Inter le exigió al máximo y que, si consiguió ganarle, merece un elogio sublime a su mérito porque por más que lo proclamen los voceros de la rabia, el Inter e Milán sí que es para tanto.

El Inter, que ya el año pasado mereció ganar la final de la Champions ante el mejor equipo de Europa, es un equipo en la máxima expresión de la palabra que conjuga el juego en base a una memorización de conceptos que aplica a la perfección en el terreno de juego. Y es que cuando un equipo juega de memoria deja de entrar en juego la casuística para dar aparición y función al trabajo y es por ello que la figura de su entrenador, Simone Inzaghi, merece el elogio necesario puesto que fue él quien puso los cimientos a un proyecto que comenzó a volar con Conte y se consagró con un tipo de perfil bajo que ya mostró en Roma que la Lazio podía volver a ser unos de los mejores equipos de Italia.

El Inter alimenta su juego de dos laterales largos que buscan la espalda sin piedad, en tres centrales que sitúan la línea de ahogamiento en el límite de lo establecido y en el pie mágico de Çalhanoglu, pero si de algún pilar apoya la creatividad de su sistema es de Barella y Mkhitaryan, dos tipos de pie de seda y visión nocturna capaces de filtrar un pase en las peores condiciones y de conducir por un campo de minas como si pasearan por el jardín de su casa. En las áreas, Sommer es un asceta de sobrado cumplimiento y marcada trayectoria y Lautaro y Thuram forman un dúo perfecto en cuanto a manejo de los espacios, siendo el argentino el encargado de buscar el frente y el francés el encargado de encontrar las espaldas con vertiginosos desmarques al espacio que le suelen encontrar de cara con el gol.

Los neroazurro llevan sin perder un partido de liga desde septiembre, van a ganar el Scudetto con una ventaja sideral y se presentarán de nuevo ante el mundo mostrando un modelo vertiginoso conceptuado en una salida rápida y una combinación siempre concreta; la magia de la direccionalidad al servicio el espectáculo. Un equipo que gana con solvencia y que apenas recibe goles debe ser para tanto. Claro que es para tanto. Lo realmente increíble es que un equipo deslavazado como el Atleti fuese capaz de echarle de Europa. Eso es un mérito. O quizá un milagro. El tiempo y las eliminatorias pondrán cada ponderación en su lugar adecuado.

lunes, 11 de marzo de 2024

Lejos del ruido

Existen personalidades tan apabullantes que, en sí mismas, son capaces de aglutinar todos los conceptos derivados del resultado de sus operaciones. Si es el éxito quien llama a su puerta, entonces sacará pecho con un gallito erguido y proclamará su ego por encima del conjunto. Si, en cambio, es el fracaso quien viene a visitarle, entonces buscará entre la basura de los factores externos hasta encontrar ese motivo sobre el cual pueda cimentar su exculpación.

Los hombres ególatras raramente piden perdón y si lo hacen es para recordar que su figura vive siempre por encima de los hombres. Cuando implosionan, en cambio, es tanto el ruido que generan que resulta imposible mantenerse al margen e ignorar la presión que conlleva un discurso que, en general, va cayendo en desuso con el paso de los años. Suele ocurrir, además, que la onda expansiva es tan grande que, durante años va arrastrando a todo el que se cruce en su paso ignorando, a su vez, que la caída ha dado su primer paso hacia la involuntaria desgracia y que, si por un último momento, siguen en la picota es más porque la personalidad ha labrado un nombre en lugar de porque el presente reparta verdaderas cartas ganadoras.

La implosión de José Mourinho comenzó el día que aceptó volver a mirar a la cara a Josep Guardiola. Irritado por la perfecta conjunción de astros que suele acompañar a su némesis, firmó por el United con la promesa de volver a ser Ferguson sin darse cuenta de que jamás podría dejar de ser Mourinho. Aquella caída derivó en un fichaje por un equipo con menos aspiraciones como era el Tottenham y de aquel escarnio salió herido camino a Roma. Definitivamente, eran los equipos los que elegían al portugués y no el portugués quien elegía a los equipos a los que gustaba de hacer campeones.

Sucede en ciertos personajes que son incapaces de separar el ego de la realidad. El trabajo en Roma no fue tan malo si tenemos en cuenta los hechos; dos finales europeas con un triunfo y clasificaciones para Europa en todas la temporadas, pero la verdad decía que el equipo se estaba viciando de un discurso que, ni calaba, ni sabía interpretarse. Los sabios, cuando lo son de verdad, saben variar el discurso a medida que ven crecer el hilo de sus dificultades. Cuando el equipo comenzó a caer, Mourinho no dejó de tocar el violín; si había que hundirse, lo haría sin variar una sóla nota.

Apagado el concierto y liberado el caos, el silencio ha permitido a De Rossi, otrora leyenda y hoy apagafuegos, planificar el juego en base a sus piezas. Así, ha ido involucrando a los jugadores en una forma de jugar diametralmente distinta y los resultados están cantando bingo en las gradas del Olímpico. Dos buenas eliminatorias en Europa League y la sensación, en liga, de que el equipo va subiendo posiciones con la facilidad del escalador en los puertos de primera categoría.

De Rossi ha recuperado a Spinazzola para la profundidad, a Paredes para la jerarquía, a Aouar para la distribución, a Dybala para la magia y a Lukaku para el gol. El resto, piezas importantes de un engranaje que se va conformando como funcional, aportan su granito en un grupo que, lejos del ruido y los discursos antiguos, ha recuperado el ánimo, la velocidad, el hambre y, sobre todo, el fútbol. A veces un cambio de discurso es tan importante como asumir una derrota, porque en el pozo se encuentran los peores espíritus y los diablos interiores pueden hacerte saber cual es el camino correcto.


jueves, 26 de enero de 2023

Con Dios en la memoria

No hay mejor ganador que aquel que ha sabido perder cien veces, porque lo que importa no es lo fuerte que golpeas sino lo que haces cuando logran golpearte. Estar acostumbrado al fracaso otorga una perspectiva frente al éxito de prudencia y, sobre todo, de certeza; los que no compran boletos ganadores han de agarrarse fuerte al timón y luchar contra el viento y la marea, porque aquí nadie regala nada y todo tiene un alto precio.

El Nápoles lleva amagando varias temporadas sin llegar a dar el zarpazo definitivo. Después de hacer primeras vueltas extraordinarias ha terminado con el bofe en la garganta y el carenado destrozado. Unas veces la Juve, otras el Inter e incluso el Milan terminaron por adelantarle por la derecha y diciéndole adiós con esa presuntuosidad que gastan los poderosos. Al año que viene lo intentas otra vez, si eso.

Y en ello anda de nuevo el equipo de Luciano Spalletti, en intentarlo otra vez. Esta vez ha subido la apuesta y ha puesto en riesgo todo su prestigio después de firmar una primera vuelta tan brillante que casi ha rozado la perfección. Agarrado al lomo de un núcleo duro fichado en los suburbios el fútbol modesto, Spalletti ha sabido dar con la tecla y otorgar a cada uno su rol necesario para que el equipo funcione como un reloj suizo. Y es que el Nápoles no sólo gana, también se divierte.

Clasificado como primero en un grupo donde estaban Liverpool y Ajax, mira su comparecencia en octavos de la Champions como un premio mientras sigue a lo suyo en la liga doméstica y ha dejado al Milan a doce puntos después de firmar una primera ronda de cincuenta puntos. Como cuando lleguen las curvas, es posible que sufran algún rasguño, se ha asegurado una ventaja lo suficientemente cómoda como para no llegar a sufrir de aquí a final de temporada. O eso es lo que deben creer, porque los escribientes de la memoria saben lo que ha pasado otros años y que todo punto de más es necesario sino se quiere caer de nuevo por el precipicio condenado por el miedo y acuciado por el vértigo.

Y es que todos lucen en su empleo a la hora de lucir la carrocería del coche más rápido del Calcio. Allí donde Lobotka y Anguissa hacen oficio, Zielinski obtiene beneficio, allí donde Rrahmani y Kim-Min Jae hacen muralla, Di Lorenzo y Rui saltan la valla y allá donde Politano y Kvaratskhelia hacen magia, Osimhen se encarga de volver a meter todos los conejos dentro de la chistera. Allí donde hay una sonrisa hay un napolitano porque desde aquellos años de Scudetto pegados al pie inmortal de Maradona, no han vuelto a ver un equipo tan completo. Solo falta que, además, también sea concreto.

jueves, 5 de agosto de 2021

Reconstrucción

Cuando se cae el castillo de naipes y las piezas quedan esparcidas por el suelo, no queda más remedio que tomar dos caminos en nuestro viaje hacia el futuro; o bien nos agachamos para recoger, montar y volver a empezar o bien lo damos todo por perdido y salimos corriendo olvidando que alguna vez fuimos capaces de montar la figura más atractiva de la exposición.

Sucede que existe una máxima cuando has llegado a ser el mejor del mundo; de alguna manera u otra estás obligado a repetir. Porque la exigencia se bifurca en dos direcciones que confluyen en una única parada final, y no es otra que la cima de la pirámide. Por un lado están los tuyos, quienes con la memoria latente y el orgullo intacto, siguen reclamando su porción de éxito partido tras partido. Y por otro lado está uno mismo, pintando la autoexigencia de promesa y la promesa de carácter. Y si algo no le faltó a Italia jamás, fue carácter.

Podemos estar de acuerdo en que esta no es la mejor selección italiana que hemos visto, sin embargo, sobrevive en ella esa suerte de competitividad extrema que la situó en lo más alto del escalafón durante demasiados años como para no dejar de sorprenderse cuando le dijeron adiós al último mundial sin haberse siquiera clasificado. Porque resurgir, como ave fénix, de aquellas cenizas, no sólo tenía un trabajo futbolístico, sino que requería de un trabajo de concienciación destinado a la fe y, sobre todo, a la convicción.

El milagro de Italia reside en su mutación, pero reside, sobre todo, en su reconstrucción. Hace poco más de tres años, quedaban apeados del mundial de Rusia y se veían obligados a ver el campeonato desde el sofá. La noticia, siendo una tetracampeona, sonaba a sorpresa y, sobre todo, a incredulidad. Tocaba volver a construir el casillo, recoger los naipes y hacer creer al mundo y, sobre todo, a los propios futbolistas, de que iban a ser capaces de regresar a lo más alto. Trabajo, fe y constancia. Realmente no quedaba otra.

Suele ocurrir que cuando un campeonato doméstico se devalúa, la selección nacional sale ganando. De aquel Calcio impensable de abordar en Europa, la crisis nos trajo este Scudetto light en el que los equipos son más débiles pero en el que curiosamente, se juega mejor al fútbol. De este caladero de necesidad, surgieron tipos como Spinazzola, Berardi o Chiesa, o tipos como Jorginho, fichado con su perfil bajo y convertido por derecho propio en el amo y señor del centro del campo mundial ganando Champions y Eurocopa en el transcurso de un mes. Gracias a la reconstrucción y a la modernización del juego, Italia ha podido encontrar de nuevo su momento. Se convirtió, desde el primer día, en la selección que todos querían ver, supo esperar su momento ante Austria, canalizó su ansiedad ante Bélgica, supo sufrir ante España y controló a Inglaterra cuando todo un país tifaba en su contra.

Suerte, tensión, aplomo y talento. Poco más necesitan los campeones. Poco más ha necesitado Italia para convertirse en el merecido ganador de una Eurocopa que no ganaba desde el año sesenta y cuatro y para hacer las paces de una vez con el fútbol. Por primera vez en su historia dejó de ser Maquiavelo y se centró en los medios para conseguir el fin. La victoria justificó la espera.

jueves, 8 de abril de 2021

Imparable

La evolución de los jugadores se presenta en varias etapas donde la concreción juega un papel importante y la paciencia, más que nada, juega un papel relevante. Uno empieza siendo promesa, continúa siendo un jugador a tener en cuenta, más tarde es un tipo importante y, cuando ha alcanzado la cúspide de su rendimiento, se convierte directamente en indispensable. Porque no hay más razón que el talento y no hay más condición que el físico privilegiado, para saberse dueño de una élite y saber aprovechar el momento comiéndote el mundo a zarpazos.

Es fácil comprobar cuando un jugador está en el mejor momento de su vida. Es fácil adivinar ese brillo en sus ojos, ese hambre en su rictus, esa sonrisa de disfrute en cada definición, ese grito de rabia en cada celebración. Cuando un tipo está en su cúspide pueden ocurrir dos cosas: que se trate de un jugador sencillo y se le alabe el esfuerzo o que se trate de un jugador capital y termine las jornadas subido en el altar de los venerados.

Romelu Lukaku asomó la cabeza por vez primera en el fútbol profesional cuando apenas tenía dieciséis años. La primera vez que nos fijamos en él fue el día que el Athletic se enfrentó al Anderlecht en eliminatoria de dieciseisavos de final de la Europa League. Entonces tenía diecisiete y tardó cuatro minutos en anotar un gol. Los expertos en el análisis de jóvenes promesas nos anticipaban un futbolistas rápido, voraz y con un buen juego de espaldas. Lo que vimos aquel día fue a un niño gigante y flacucho que intentaba imponer su potencia ante los curtidos San José y Amorebieta.

Su viaje a la Premier fue tan esperado como precipitado. Apenas tenía veinte años y se veía obligado a competir con el mismísimo Didier Drogba como delantero del Chelsea. Vistas las hechuras y comprobadas las costuras, el chico fue cedido dos veces, una al West Bromwich y otra al Everton, pero entre las idas, las venidas y las nostalgias, el chico no llegó a cuajar como blue. Por ello fichó por el United y, a pesar de mejorar su rendimiento, se encontró en un equipo de entreguerras que no sabía si ir o venir, y mientras todos buscaban su lugar, Antonio Conte fichó por el Inter y su primera petición fue el delantero belga que el United había puesto en el mercado. Lo que nadie sabía entonces es que lo mejor estaba por venir.

Lukaku ataca los espacios con la verocidad de la pantera, se lleva por delante a los defensores como una manada de bisontes y se impone por arriba como un águila imperial. Chuta con el alma, rompiendo la pelota y ganándose a sí mismo en un duelo constante por ser cada día mejor. En Milan ha encontrado su hábitat; un equpo que juega a mil por hora y un entrenador que cree ciegamente en sus facultades. No en vano, el equipo, como una moto, va directo a conquistar su decimonovena liga y, sobre todo, a cortar de raiz la racha de la Juventus más ganadora de la historia del Calcio. Y todo ello subido a lomos del tipo que, un domingo tras otro, abre la lata y machaca a todos sus rivales.


martes, 10 de noviembre de 2020

Imperator

Cualquiera que se haya asomado al fútbol italiano durante los últimos años habrá descubierto que el

juego, más allá de lo tradicionalmente especulativo, se ha convertido en atractivo, rápido, de ida y vuelta, en un entretenimiento tan sorprendentemente agradable que hemos sido muchos los que hemos tenido que pestañear más de dos veces para afrontar la realidad de un fútbol que, desde que perdió poder económico, ganó en voluntad de juego.

Curiosamente, a medida que el Calcio fue ganando en entretenimiento fue perdiendo en competitividad. Esta ecuación de proporción inversa viene dada, sobre todo, a que Italia ya no es la NBA del fútbol, ya no es el país donde, como en los noventa, acudían los mejores futbolistas del planeta y, sobre todo, se ha adaptado a una manera moderna de jugar al fútbol donde prima el espectáculo por encima de la especulación.

En su camino hacia la reconquista del imperio, Italia va ofreciendo beneficios fiscales a los millonarios extranjeros que quieran asentarse en el país y el fútbol va haciendo un esfuerzo para, poco a poco, volver a situarse como opción preferencial en los hogares del mundo. Muy lejos de la Premier y perdida, de momento, la batalla contra la liga, su misión prioritaria es consolidarse en el podio como lugar preferencial y, a partir de ahí, ir creciendo exponencialmente al tiempo que sus equipos se van consolidando, de nuevo como potencias europeas.

El ejemplo más claro de la decadencia del fútbol europeo es el Milan. El equipo que gobernó Europa durante casi dos décadas, con ocho finales de Champions y varios Scudettos, es hoy una sombra que quiere renovar el aire y volver a iluminar su camino. Una sombra pisoteada por los excesos y por haberse convertido en la marioneta de un tipo con mucha grandilocuencia y pocos escrúpulos. Cuando el fútbol se convirtió en una ruina, Berlusconi se echó a un lado y el Milan comenzó su peregrinación por los infiernos.

Su último título de liga data de hace diez temporadas y entonces, en la capital de Lombardía, reinaba por encima de todos, un futbolista que ya había dominado el Calcio durante el lustro anterior: Zlatan Ibrahimovic. El emperador sueco abandonó Milan para ganar petrodólares y aplausos en París. Durante estos diez años, ha sido dueño del área parisina, amo de los destinos americanos y un infructuoso mago en el secarral de Manchester. Con la madurez más que sobrepasada y el retiro llamando a la puerta, Zlatan se niega a claudicar y quiere dejar para eternidad y un último baile asombroso. Es el máximo goleador del campeonato, es el jugador diferencial del líder, es el futbolista que está sacando las castañas del fuego a un equipo que juega a la remontada histórica pero que aún tiene algún complejo guardado en la mochila.

Zlatan saca la chistera, alza el bastón de mando y se autocorona de laureles. Aquí estoy yo, Imperator y conquistador. Con él, el Milan tiene menos miedo, con él, el Milan quiere saberse, de nuevo, el equipo más importante de la ciudad más importante del país.


lunes, 8 de abril de 2019

Cómplices del odio

Hay un problema de defecto de forma a la hora de excusar ciertos comportamientos. Aquellos que buscan el aplauso antes que la verdad, siempre recurrirán a la tibieza porque prefieren las medias tintas a los chapuzones en negro. Hay más verdad en su silencio que en muchas frases porque, más allá de las consecuencias, las causas suelen derivar de una bolita de nieve que va convirtiéndose en alud a medida que va creciendo y nadie va siendo capaz de pararlo.

Tendemos a la justificación del insulto sólo porque, normalmente, una minoría no representa a una mayoría. Suele ser así, es verdad, pero cada vez que agachamos la cabeza y quitamos importancia porque esos tres tontos no nos representan, estamos dando pábulo a cada una de sus palabras. Pero más allá del altavoz anónimo, es necesario un alatavoz cualificado para poner rostro a la indignación. Si alguien que sí nos representa dice lo que realmente queremos oir, entonces damos por sentado que el debate se aposenta sobre el valor de los cobardes. Más allá del insulto, muchos de ellos se escudan en el poder de la jauría para poder ladrar sin impunidad.

Cuando Moise Kean corrió a celebrar un gol bajo la grada más radical del Cagliari, lo hizo cegado por la ira y conducido por la rabia. Durante el partido, un grupo muy numeroso de hinchas le había abucheado por el simple hecho de tener la piel negra. El hecho, que sería catalogado como indignante por cualquier ciudadano cívico, fue convertido en tibia disculpa después de que Bonucci cargase parte de la culpa en la actitud de su compañero. En la lucha contra estos descerebrados, o estás completamente en contra o no existe disputa social. Porque cuando otorgas una disculpa estás otorgando vía libre a que vuelvan a repetir la estupidez.

La permeabilidad solamente añade permisibilidad a sus actos. Estoy seguro de que Bonucci ha sabido rectificar consigo mismo y, sobre todo, con su compañero, porque de no ser así, se estaría convirtiendo en cómplice de alguien que acude a un recinto deportivo olvidando todos los valores que deben ir implícitos en el deporte. El racismo no es respeto, ni solidaridad, ni deportividad, ni, mucho menos, compañerismo. Todo lo que está fuera del espectro donde conviven estos valores, no es deporte, sino odio. Algo tan vomitivo como triste. Tan desasosegante como desgarrador.

martes, 19 de marzo de 2019

El triunfo de la virtud

La virtud como una forma de vida. La belleza como máxima expresión del arte. Al igual que los césares aclamaron bajo el cielo la gracia de la virtud y los mecenas instigaron a sus protegidos a vivir presos de la armonía, a todos nos gusta resaltar, desde los rincones del recuerdo, las bondades del talento; la máxima virtud y el mayor soplo de belleza en el reino del deporte. Recuros innatos que coronaron a Roberto Baggio como príncipe del fútbol. 

En Baggio la virtud se hizo talento y su talento fue el presente más bello ante los ojos del mundo. El día que le vimos jugar su último partido y le vimos llevárselo, en su rebosante bolsa de triunfos, con sus instintos eternos de ganador nato. También le vimos llorar y creímos, sinceramente, que aquellas lágrimas tenían un significado que recorrían su vida y dotaban su memoria de todo aquello que pudo haber sido y no fue. Si a Baggio le hubiesen acompañado los títulos hoy no tendríamos ninguna duda sobre quien hubiera sido, en su tiempo, la quinta corona de la historia del fútbol. 

Nosotros, insaciables seguidores de gloria, que compadecemos nuestra intriga un domingo tras otro, dimos gracias al destino por cada minuto que nos dio por regalarnos a Baggio para el fútbol, y le dimos gracias al fútbol por dejarnos vivir el esplendor de un tipo que vive en la memoria colectiva, el balón siempre pegado al pie y en el tiempo, siempre, el recuerdo, en cada gesto, de sus mejores jugadas. 

En Baggio se conjugaron las mayores verdades del juego, y sus verdades chocaron de frente contra la ecuación dictatorial que hundía al fútbol italiano en lo más profundo de la ignominia. Si el “catenaccio” nació como una forma de vida, Baggio sacó de su chistera el espectáculo y nos enseñó a todos que, en cualquier lugar del mundo, incluso en Italia, es posible jugar bien y ganar. A su ritmo nos dimos cuenta, reflejando la felicidad en nuestros labios, que su practicidad era tan bella que no queríamos buscar más inventos que maltratasen el espectáculo. 

Con Baggio se fue el instinto del último devorador de fieras. Su cuerpo, poco bondadoso con la física, armonizó tanto en su progresión que cada quiebro se convertía en un motivo para el aplauso y cada toque de balón era una invitación al asombro, seguramente la inspiración que más hubiese deseado Lewis Carroll para terminar de encontrar su país de las maravillas. Si cuando él llegó ya había jugadores que sabían tocar la pelota, él la tocó mejor que nadie. Si cuando llegó ya había alguno de conocía de memoria el oficio de aniquilar porterías, Baggio, coleta al viento y mirada traviesa, acarició la bola con tanto placer en cada uno de sus goles que todos ellos, y fueron muchos, se convirtieron en firmes candidatos a entrar en el rincón de las obras de arte. 

Talento más gol. Sencillamente la fórmula que define el cariz de los más grandes jugadores. Hoy llamamos crack a cualquiera que se atreva a deslumbrarnos con la delicadeza de un buen gesto con el balón. Baggio, entonces, era un crack de los de verdad. Llegó recogiendo el testigo de Maradona y se fue como un ídolo dejando su legado vacío en el templo de la indecisión. Existió un Zidane que fue arte sin definición, existió un Totti que fue pasión sin tragedia. 

Tras su estela inolvidable dejó una carrera devorada por el ansia ajena y admirada por todos aquellos que nos considerábamos lo suficientemente exquisitos como para echarle de menos apenas una semana después de su adiós definitivo. Porque Baggio no fue mesías de Italia. Pero su talento fue más allá de la concepción cuadriculada del espectáculo que tipos como Trapattoni instauraron como timón de guía. Otrora su mentor, Trapattoni siguió siendo el símbolo angustioso de una época que jamás debió ponerse de moda. Y Baggio, que fue azote de Trapattoni, igual que lo fue en su día de Sacchi, de Lippi y de Capello; tipos intentaron ningunearle, pero a quienes terminó salvando el pellejo el pellejo, tuvo que ver desde la distancia como el fútbol italiana viraba con el nuevo siglo y terminaba cambiando practicidad por belleza, orden por vértigo. 

En su tristeza, algún día deberá pedir cuentas a todos aquellos que cercenaron su ánimo, por haber convertido, con sus humos de inventores del resultadismo, en un error de cálculo que Baggio hubiese nacido en Italia sabiendo que, en tiempos de entusiasmo global, la gloria le hubiese esperado con los brazos abiertos en cualquier otro lugar del mundo. Y seguirá siendo, en los foros de discusión y cada vez que se rememore su fútbol de alta categoría, el azote de todos aquellos ilusos que, con sus desprecios, siguen pensando que el tipo no fue más de lo que quiso simplemente porque no pudo. 

Porque habrá muchos tipos que pasen de largo por el camino del recuerdo, pero la memoria sólo premiará con la inmortalidad a los hombres dispuestos a marcar una época impartiendo magisterio calzados con botas de fútbol. A todos los dudosos les preguntarán algún día por los mejores futbolistas que vieron y en sus palabras escupirán el nombre de un futbolista cualquiera, picados por el aguijón del orgullo. Pero en sus corazones, y en sus cabezas, seguirá latiendo siempre, presos de la emoción, el recuerdo perenne de Roberto Baggio.

 

viernes, 8 de marzo de 2019

Un equipo nada casual

Los análisis en caliente y desde la ignorancia suponen un peligro para la confianza global porque son muchos los que hablan sin saber y muchos más los que opinan sin ver. De nada vale creer lo que has visto y, mucho menos, repetir lo que han contado, porque para poner en valor a cada rival primero hay que sentarse cada domingo y discernir el día a día. El problema es que el trabajo produce pereza y el sensacionalismo vende más que la verdad.

Cuando el Atleti cayó emparejado en el sorteo de octavos ante la Juventus de Turín, todos los malos presagios cayeron a plomo sobre mi autoestima. La gente, más acomodada en la chanza que en el análisis, comenzó a discernir sobre la liga italiana a modo despreciativo. Vale, es posible que el campeonato, a modo competitivo, no sea el más voluble a la hora de medir méritos, pero fueron muchos los que olvidaron que, más allá de la falta de competencia interna, la Juve ha rendido muy bien en Europa durante el último lustro, alcanzando hasta dos finales.

Al bloque sólido y trabajado hasta la memorización de conceptos, ha sumado la garantía de un goleador impío. Mucho se habla de la Juventus de Ronaldo como si el portugués hubiese sido timón y guía de este proyecto a largo plazo y, aunque es verdad que sólo lleva unos meses en el equipo, su impacto competitivo ha supuesto un salto en la exigencia del grupo. Por ello, hay que poner muy en valor lo que consiguió el Atleti en el partido de ida, pero, por ello también, hay que tener en cuenta que el partido de Turín será una encerrona para los rojiblancos porque, más allá, del deseo de remontada, está la realidad de un equipo que puede ganar a cualquiera y sabe como hacerlo.

La Juve comienza en Bonucci, guía espiritual de un equipo que vivió huérfano de liderazgo durante su ausencia; continua en Pjanic, un director de orquesta periférico con pie de seda y se culmina de Ronaldo, un tipo voraz que cada verano vuelve a resetear su ansia y busca volver a ganarlo todo. El resto, magníficos peones de brega, cumplen su función implícita en cada parcela del terreno. Puede que su campeonato haya perdido fragor y que su día a día sean caminos de ida y vuelta a la oficina, pero ocho scudettos consecutivos, por más que se quiera restar importancia al logro, no se ganan de casualidad.

martes, 8 de enero de 2019

Los penaltis de Signori

Giuseppe Signori era un delantero peculiar. No era fuerte y no era excesivamente rápido, pero tenía una cualidad que lo situaba por encima del resto; era listo. En aquel Calcio de los noventa que devoraba jugadores a la velocidad del sonido y donde los defensas no repartían caramelos, había que conocer muy bien el juego para formar parte de la élite.

Tenía una pierna izquierda precisa, no era un gran rematador de cabeza pero sabía intuir hacia donde viajaría el balón. Formó parte de una edad dorada de delanteros italianos con los que formó pareja y alternó titularidades en la selección nacional; Baggio, Vialli, Mancini, Inzaghi... Y tenía, sobre todo, una forma más que peculiar de chutar los penaltis.

Sin apenas tomar carrerilla, un paso por detrás del punto fatídico, solía girar su cuerpo como si de una rueca de mecano se tratase y disparaba el balón hacia uno u otro lado. Alguno intentó imitarle, pero nadie obtuvo su efectividad. Era poco ortodoxo, es cierto, pero si algo funciona ¿Para qué cambiarlo?

jueves, 8 de noviembre de 2018

Cosa de egos

En el juego de egos el talento suele promulgar su crédito, pero la suerte, en ocasiones, es un factor intrínseco que, caprichoso por naturaleza, termina de desvirtuar una balanza que, a priori, creíamos inclinada hacia el lado más lógico. Ocurre, en ocasiones, que la desesperanza, mezclada con la necesidad, convierte a los hombres en temerarios y es cuando no tienen nada que perder, en ese momento en el que dejan de temerle a derrota, cuando desarropan sus sentidos y aparcan el miedo para lanzarse hacia la gesta.

Durante ochenta minutos, los que fueron desde el pitido inicial hasta que la Juve concedió una falta innecesaria en el borde del área, los italianos fueron superiores a un United que se conformaba con que los minutos pasasen sin obtener ningún rasguño. Fueron varias las veces en las que la Juventus pudo haberse adelantado, pero los grandes escenarios siempre esperan los mejores goles. La Juve, con Cristiano, ha ganado en gol, pero con el regreso de Bonucci ha recuperado una jugada que, durante años, practicó a la perfección, la de los balones largos del defensor italiano a la espalda de la zaga contraria.

Huelga decir que el centro de Bonucci era excelente, pero que Cristiano lo convirtió en magistral. Bastó mirar la pelota un segundo en carrera, acomodar el cuerpo y saber el momento exacto en el que el balón iba a caer en sus pies. Fue un golazo en toda regla, de los mejores que le he visto marcar. Puro talento. El chico, como si estuviese en la oficina, lejos de volverse loco, corrió hacia el fondo para presumir de abdomen. Cosa de egos.

Cuando todo está perdido, la desesperación nos conduce al frenesí. No pensamos en el plausibe dolor que puede acontecer tras la derrota y, apretamos los dientes porque nos conduce la rabia y, ante todo, el orgullo. Sucedió que el United tenía un pie fuera de la competición y que la derrota le mandaba, un año más, al abismo de la duda. Sucedió que empató y se lo creyó y sucedió también, que la Juve, aparte del mejor goleador, ha perdido al mejor portero. Demasiados sucesos como para no tenerlos en cuenta. Demasiados análisis para un partido que debería haber tenido un sólo ganador y terminó con Mourinho celebrando su gesta particular con la mano en el oído. Pidiendo cuentas, una vez más, después de la victoria. Cosa de egos.

viernes, 8 de junio de 2018

El héroe y el ídolo

La aparición de un genio es una bomba de racimo en la alegría colectiva. Se disparan las ilusiones, se destapan las gargantas, se humedecen las miradas. La aparición de un genio es como la bienvenida de un Mesías; la gente ensalza la virtudes, se reclina ante las decisiones y espera, absorta, los milagros.

Cuando apareció Roberto Baggio el fútbol italiano había virado hacia la industralización. Los clubes del país ganaban más que nunca, pero la mecánica era demasiado simple como para ser tenida en cuenta. Se trataba de nadar y, sobre todo, guardar la ropa. Los artistas que, en el ochenta y dos, habían convencido al mundo de que Italia, más allá de la practicidad, también podía optar a la plasticidad, se habían ido marchando y en su lugar fueron apareciendo distintos oficinistas que hacía muy bien la labor de intendencia pero que, de alguna manera, había guardado el virtuosismo en el cajón de las tareas pendientes.

Italia siempre fue un país complejo en la concepción, aunque sencillo en la aplicación. La mayoría de las ocasiones, los equipos se formaban en torno a un tipo al que llamaban fantasista y al que diez pretorianos guardaban la espalda a sabiendas de que su líder moral terminaría inclinando la balanza a su favor. Durante los años ochenta, fueron demasiados los equipos que buscaron su fantasista allende las fronteras; de esta manera, Platiní se erigió en príncipe del Comunale, Maradona fue Dios de Nápoles, Gullit reinó en San Siro y Zico, Francescoli o Larsen gobernaban en reinos menores. Por ello, la aparición de Roberto Baggio con la viola de la Fiorentina, significó el comienzo de una nueva era. Allí había un fantasista, tan bueno como los demás y que, además, era de los suyos.

Baggio se echó la responsabilidad en la espalda demasiado joven y ya en 1990 hubo de tirar de una selección de entretiempo. Dejó un gol maravilloso contra Checoslovaquia y la sensación de que allí había un futbolista de época, pero aquella Italia sucumbió a sus nervios y a su falta de gobierno. En 1994, la historia fue diferente, Italia ejecutó a la perfección su papel clásico y los diez pretorianos lucharon a muerte para que su fantasista les resolviera los partidos. Fue un mes angustioso, nada fácil, muy a la italiana, en el que la azzurra alcanzó la final y Baggio alcanzó el cénit. Todo debería haber salido redondo a raíz de entonces, pero fue justo entonces cuando empezaron los problemas.

Baggio reinaba en los corazones y gobernaba en Turín porque no había nadie que osase a discutir su trono. Ocurrió, sin embargo, que en aquel mismo 1994 apareció un chico descarado que bebía de la Juve desde niño y que sabía lo que significaba el club al que defendía. Los que achacaban a Baggio su falta de competitividad en los momentos cúlmenes, fueron los mismos que cayeron prendidos ante la aparición estelar de Alex Del Piero; un niño con maneras de artista que irrumpió como un ciclón y rompió todos los moldes. La Juve de Baggio vivía a la sombra del Milan, a raíz de entonces, conducido por un surtido de goles decisivos y detalles deslumbrantes, fue el resto de Italia quien vivió a la sombra de la Juve de Del Piero.

Saber llegar en el momento justo parece una capacidad innata de los genios, la realidad es que el momento siempre parece el justo porque siempre hay un lugar para los tipos que reescriben la historia. Baggio lideró una Juve acomplejada y Del Piero gobernó una Juve reestructurada en el que, una vez más, diez pretorianos peleaban cada parcela de césped sabiendo que su fantasista terminaría anotando el gol decisivo. Así es la vida de los héroes, así es la vida de los ídolos. Unos llegan para redimir a un país, los otros llegan para convertirse en leyenda.


martes, 8 de mayo de 2018

La hidra

Es difícil ganar como gana la Juve. Hay equipos que, en ciertas competiciones, tienen asumido un
carácter ganador que les permite vivir dos pasos por delante de sus contrincantes. Bien por acción, bien por omisión, terminan imponiendo su puño de hierro y su vara de medir. Las sirenas, tan sibilinas siempre con las promesas, terminan siempre cantando en el oído ajeno y son ellos, los poderosos, los que siguen allí, dedo en alto y pecho erguido. Una vez más, campeones.

Quien no conozca a la Juventus terminaría totalmente sorprendido tras el desenlace de su partido ante el Inter de Milan. Quienes ya sabemos como maneja este equipo los momentos clave y como se desenvuelve en la suerte, sabíamos que aquellos úlitmos goles solamente eran cuestión de estadística. Nadie ha ganado más partidos en los últimos minutos, nadie ha dominado el Calcio como ellos en diferentes etapas.

La séptima liga consecutiva no hace sino alabar el trabajo de un equipo que hace poco más de una década peleaba, mano con mano, contra el destino y las vicisitudes. Apeado de la gloria por un entramado corrupto, fue obligado a curtirse el cuero en la Serie B y supo que, para volver, debía hacerse más fuerte. Su política de fichajes le permitió hacerse con tipos como Pogba, Vidal o Morata a los que supo vender a precio de oro para seguir creciendo a precio de plata. Un incio agarrado a tipos talentosos y comprometidos como Quagliarella o Pepe y cuyo terreno abonó con los veteranos Pirlo y Tevez. Crecer para seguir creciendo.

La Juve de hoy, quizá menos talentosa, pero más rica y, sobre todo, más competitiva, es el reflejo de un trabajo bien hecho y una paciencia bien expresada. Uno mira el horizonte y solamente ve dudas en sus rivales. Ni el mejor Nápoles en décadas ha podido destruirle. Y el resto, con mucho talento pero poca regularidad, han tendio que ver como la hidra de las siete cabezas se los ha ido comiendo por el camino. Y esta hidra tiene ganas de seguir creciendo, y no parece existir nadie capaz de ponerle un cascabel.