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viernes, 30 de agosto de 2024

Derrota perpétua

El primer gol supuso un grito de libertad, el primer beso supuso un grito de entusiasmo. Pronto descubrió que la vida formal le llevaba al éxito y que la vida disoluta le conducía al placer. Difícil encrucijada para quien vivía a cien por hora y tan sólo paraba para marcharse a la ducha.

Era joven y apuesto. Y jugaba al fútbol extraordinariamente bien. El cocktail perfecto para convertirse en ídolo y volver loco a los corazones de las miles de jovencitas que enchufaban la tele para verle jugar. Y él jugaba a toda velocidad. Y marcaba goles casi siempre. Así que no tardó en batir todos los records de precocidad. Jugador más joven en debutar con su equipo, jugador más joven en marcar, jugador más joven en ser internacional y jugador más joven en anotar gol con la camiseta nacional. Cómo para no tenerle expuesto en un póster.

Su primera noche en un club privado terminó con dos rubias en la cama y un desayuno tardío. La segunda vez fue mejor y tras la tercera llegó tarde al entrenamiento. Sólo un pequeño rapapolvo y una palmadita en la espalda. “No lo vuelvas a hacer”. Pero como metió tres goles el domingo siguiente, el lunes por la noche se sintió capacitado para regresar a la sala de fiestas y buscar un par de morenas que le hiciesen pasar una noche inolvidable. Los polvos y los goles se iban sucediendo y sucedió también que, para poder compaginar la vida nocturna con la excelencia en el campo, hubo de recurrir a unas pastillas que se saltaban el control antidóping y que, al mismo tiempo, le permitían seguir rindiendo a la máxima velocidad.

Todo se fue a la mierda cuando sintió el primer tirón muscular. Estrés, le dijeron. Y le advirtieron que si quería seguir rindiendo al máximo nivel debería abandonar ciertas costumbres y aclimatar su cuerpo, en exclusiva, al esfuerzo deportivo. Supo que era verdad el día que regresó a la convocatoria y, para celebrarlo, se pasó la noche de barra en barra y de cama en cama. Ni cinco minutos duró en el campo. Rotura fibrilar.

El martirio no había hecho nada más que empezar y cada vez que se reincorporaba a los entrenamientos sufría un pequeño tirón que le retrasaba su puesta a punto y, sobre todo, su reaparición. Cogió peso y perdió chispa. Lo notaba cada vez que recibía la pelota en el campo de entrenamiento y no era capaz de dibujar más de un regate. Ni los chicos del filial se comían ya sus engaños. Cuando regresó a una convocatoria hubo portadas y nervios, querían creer en él pero ni él mismo se veía capacitado para aguantar más de quince minutos. Fue el tiempo exacto que disputó, sin más detalles que un par de centros al pie y una carrera que le hizo terminar con la lengua fuera. Fue titular tres veces más durante el resto de la temporada y cuando creía haber encontrado la chispa para reconducirse mentalmente, el entrenador prefirió darle la alternativa a un chico más joven en el partido más importante de la temporada. Vislumbró la exhibición desde el banquillo y por un momento pudo verse reflejado en aquel joven de ojos azules que anotaba goles de todos los colores y manejaba todos los registros del juego. Fue quien batió sus records de precocidad, quien le quitó el puesto y quien heredó su número después de que el club acordase traspasarle por una cantidad irrisoria después de decirle que ya no creían en él.

Se encontró solo, sin equipo y sin capacidad de reacción. Subió algunas historias a las redes sociales y se convirtió en Trending Topic un día de julio con la pretemporada empezada mientras tomada el sol en la playa con una barriga tan prominente como vergonzosa para un jugador de élite. Sólo que él ya no era un jugador de élite sino un vividor que buscaba fortuna en clubes de alterne y pedía oportunidades a los representantes que le habían dado la espalda.

Intentó empezar de nuevo en Segunda División, más su equipo quedó al borde del ascenso después de una temporada ilusionante. Había conseguido reencontrarse consigo mismo y, lo que era mejor, había vuelto a sentirse futbolista. Como las cosas no iban mal del todo, el club le había permitido ciertas licencias y se había abonado a una conocida sala de fiestas de la ciudad donde pagaba su descanso los domingos por la noche después de la jornada. Como no hubo ascenso, no hubo premio. El presidente le dijo que la inversión había sido para subir y que, para poder mantenerse, debían regresar a la austeridad. Y usted cobra mucho, ya lo sabe. Aquí tiene su carta de libertad.

Con el finiquito se pagó un billete de ida al Caribe y, cuando regresó, ya era más un proyecto de alcohólico que un futbolista. Probó en un par de equipos, más la falta de motivación le produjo pereza y apenas acudió a media docena de entrenamientos. Prefería quedarse en casa, beber cerveza, tirarse a la piscina y contratar los servicios de alguna mujer guapa que estuviera por la zona.

No tardó en engordar. Y mientras aumentaba su barriga disminuía su cuenta corriente. No llevaba ni cinco años en la élite y ya era un juguete roto. Un exfutbolista de veinticuatro años que no sabía en qué gastar su tiempo y, sobre todo, ya no tenía en qué gastar su dinero, porque había volado con la misma celeridad con que lo había ganado. Empeñó sus joyas, vendió su casa y tuvo que deshacerse de sus cuatro coches. Regresó al barrio y se reencontró con viejos tipos a lo que había mirado por encima del hombro y ahora se veía obligado a pedirles favores. Se plegó ante ellos y ellos le dieron mercancía para vender y alguna otra para consumir. Era dinero fácil, pero era un atajo demasiado directo hacia el infierno.

La primera vez le detuvieron por posesión y la segunda por tráfico de estupefacientes. Le cayeron cinco años de los cuales pasó dos en una cárcel lejos de casa y uno en su comunidad. Su madre, abnegada como siempre, iba a verle cada dos viernes y su padre, que había renegado de él desde el día en el que había decidido abandonar el fútbol por el placer, apenas le mandaba recuerdos y un perpetuo silencio desde el otro lado de la línea telefónica.

A los tres años ya estaba fuera, pero entonces no tenía ni trabajo, ni presencia, ni currículum. Gracias a ser una estrella en los partidos del patio de la cárcel, se había ganado la amistad del jefe de un clan que lo acogió bajo su manto y le ofreció protección eterna. Conmigo no te faltará de nada. Ante el aburrimiento había conseguido entrenar, ponerse fuerte y aprender a pegar, así que se convirtió en matón de poca monta con bate de béisbol y sonrisa sarcástica.

Golpeó más que nunca, folló más que nunca y se divirtió más que nunca. Había aprendido a dejar atrás ciertos vicios y se había centrado en ciertas virtudes. Un cuerpo sano, un puño cerrado, unas piernas ágiles. Así cobraba sus deudas y se ganaba la caricia de su jefe, como si de un perrito fiel se tratase. El peor perro de presa, el mayor hijo de puta en la costa del sol.

Un periodista le encontró semidesnudo, tomando el sol en una tumbona de la playa y con un margarita en la mano. Se bajó las gafas de sol y le atendió amablemente ¿Diez años desde mi debut? Vaya, quién lo diría. Durante aquellos días se hablaba, más que nunca, de la carrera por el Balón de Oro liderada por aquel otro chaval que, llegado desde la cantera del club, había provocado su salida y su certificado de defunción deportiva. De vez en cuando miraba las noticias deportivas y, mientras miraba al chaval jugar con descaro y anotar goles hasta sin querer, se imaginaba en su posición, cubierto de gloria y con todo el mundo a sus pies. Pero no había podido ser; las lesiones, la mala vida y una cabeza no apta para la alta competición le habían llevado a una tumbona de la playa, con el bolsillo lleno de billetes de veinte y una rubia esperándole en la barra del chiringuito. Tampoco estaba tan mal.

Le dolió más el titular que la verdad. “Ídolo caído”. Nunca había sido un ídolo y se consideraba cualquier cosa menos un tipo caído en los infiernos. Estaba limpio, en forma y con muchas ganas de vivir. Si había que reventarle la cabeza a alguien, lo hacía, pero en todos los trabajos se fuma, qué carajo, a ver si ahora nos vamos a poner tiquismiquis si hasta los neandertales ya andaban a hostias por defender sus cuevas y sus comidas. Denotó tanta curiosidad que fueron más de dos los que acudieron a la playa a ver si le veían, le pedían alguna pose para una foto y le decían perogrulladas que tenía que soportar de manera estoica. “Tú sí que eras bueno, chaval”, “El que te quitó el puesto ha llegado alto”, “Lo que podías haber sido”, “Qué mala suerte tuviste”.

No fue sólo mala suerte. Fue el momento. Era joven, guapo y tenía mucho dinero ¿A qué otra cosa podía optar? ¿A acostarme todos los días a las diez de la noche y alojarme en hoteles durante días enteros sin poder salir? Delante de mí tenía la vida y me la bebí de un sorbo ¿Arrepentirme? A toro pasado es difícil, puede que cambiase algunas cosas, pero volvería a hacer lo mismo, estoy seguro. No he ganado la Copa de Europa ni he batido récords goleadores, pero he tenido mi cama llena, mi ropa cara y los mejores coches. Muchos de estos que se acercan a hacerme la pelota y a rajar a mis espaldas, jamás tendrán la mitad de la mitad de lo que yo tuve, así que ¿Para qué sentirme desgraciado? Y déjenme en paz de una vez con el chaval ese que salió detrás de mí. Si es el mejor del mundo, él se lo habrá ganado ¿Qué es mejor de lo que yo era? No se lo cree ni borracho.

Borracho estaba él, como una cuba, mascullando los titulares y arrugando los periódicos. Había vuelto a ser noticia y se había vuelto a poner de moda. Hasta los programas de telebasura andaban detrás de su vida personal e incluso le ofrecieron apuntarse a un concurso de supervivencia en no sé qué isla antes de que les mandase a todos a tomar por culo y se bebiera otra botella de bourbon que vomitó, casi inconsciente, en el suelo del baño de su apartamento en primera línea de playa.

El problema fue que su apartamento y los alrededores comenzaron a tener más visitas de las esperadas. Todos querían ver al ídolo caído, hacerse una foto con él, decirle a la cara lo bueno que era y a la espalda el despojo en el que se había convertido y, claro, su jefe no podía permitirse que aquello se convirtiese en una feria así que le llamó a filas y le dijo que no podía seguir contando con él, su trabajo requería discreción y lo único que él le aportaba era jaleo, murmullo y jolgorio. Las súplicas sólo le valieron una sonrisa irónica, un palo en las costillas y una patada en el culo. Ponte a trabajar, que no te vendrá mal.

Y se puso a trabajar, pero para encontrar al periodista que le había arruinado la vida y darle una paliza hasta dejarle inconsciente. Le detuvieron, claro, y terminó de nuevo con los huesos en la cárcel después de un juicio sesgado y una defensa poco convincente. El tipo aún tenía secuelas y en su cara de pánico pudo descubrir el arrepentimiento de quien sabía que no volvería a hurgar en el pasado de nadie. Es uno de mis mejores goles, pensó. Así que volvió a entrar en prisión con la cabeza alta, el pecho erguido y la sonrisa puesta.

No tardaron mucho en agacharle la cabeza, romperle el pecho y apagarle la sonrisa. Nueva prisión, nuevas normas. Y hubo de adaptarse porque era elegir entre aquello y sobrevivir. Y sobrevivió. A duras penas y con condiciones, pero lo hizo. Y eso que rompió más de una cara, pero la suya terminaba amoratada demasiadas veces como para seguir inmerso en una guerra que iba a terminar perdiendo, así que dejó pasar los meses, estos se convirtieron en años, y cuando sumaba más de dos le abrieron la puerta con la libertad y la promesa de que se convertiría en otra persona.

Le costó hacerlo. Sus primeras noches en una casa de prestado fueron vueltas en la cama y ojeras interminables. Las mañanas las pasaba pateando el barrio, haciendo amigos y tomando cervezas. Allí no iba a encontrar nada bueno y lo sabía él como lo sabían todos. Y nada bueno se encuentra cuando algo malo te encuentra a ti primero. Qué pasa chaval, quieres ganar una pasta, si eres discreto no se va a enterar nadie, nada, no te preocupes, sólo se trata de pasar un poquito de maría, nada todo controlado y cuando quieras lo dejas. Pero cuando quiso dejarlo le dieron hostias hasta en el carnet y se vio esclavo de una pandilla de latinoamericanos que le utilizó hasta tirarlo por el desagüe.

Alguien le encontró debajo de un puente semanas más tarde. Estaba irreconocible, sucio y delgado como una culebra, con esa barba tan crecida y esos ojos tan inyectados en sangre y tan apagados de vida. Sin embargo, alguien le reconoció. Le hizo una foto y la subió a redes sociales. El primero en acudir a su rescate fue su antiguo club, aquel que le había aportado fama y riqueza, el segundo que lo hizo fue una cadena de televisión quien le ofreció acudir a un reality donde una serie de famosos se empeñaban en sobrevivir dentro de una casa.

Escogió la opción A. Más discreta, más sentimental, más atractiva. Pero no tardó en arrepentirse. El puesto era de operario y terminó siendo el chico para todo. Ven aquí, ve allá, trae aquello, arregla lo otro. Y todo con malas palabras. A aquellas alturas no se le iban a caer los anillos, pero no estaba dispuesto a pasar por ninguna humillación, demasiado lo había humillado la vida como para verse postrado de rodillas ante una pandilla de millonarios. La gota que colmó el vaso fue un encuentro con aquel chico, ya hombre, que, con dos balones de oro a sus espaldas, le había sustituido en su día y hoy era carne de portada y nombre de sonado en cada titular. Le tiró un par de botas a la cara y le compelió a arreglarlas cuanto antes pues no podía acudir así al entrenamiento y aquel día el utilero se había tomado el día libre.

Le mandó a tomar por culo y cerró la puerta por fuera. Se acordó del plan B y marcó un número de teléfono que le habían facilitado cuando un tipo sin escrúpulos le había ofrecido mucho dinero por hacer el ridículo en televisión. Se te pasó el turno, le dijo, pero podemos sacarte partido si realmente quieres vivir de esto y si estás dispuesto a vender el alma por un puñado de lágrimas.

Así que se vio en un plató de televisión contando todas sus miserias y arrastrándose por el suelo para terminar siendo comidilla de vestuarios, bares, hoteles, obras y oficinas. Le dijeron, chaval, tienes madera y le presentaron a tres buscavidas que tenían más ansia de foto que de amor y cuando rompió con una de ellas la vio acudir al mismo plató para contar mentiras y decir que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas. Que si es un machista, que si es un alcohólico, que si es un golfo. Vamos a ver, trató de defenderse él en la recontra, que me gustan las mujeres es un hecho, que soy bueno con ellas también y que aún sea joven y me guste salir de fiesta no es ningún pecado. Y entonces se dio cuenta de que el pecado había sido no aprovechar antes ese circo y verse envuelto en una espiral de carne, promesas y realidades.

Así que, borracho como una cuba, firmó un contrato de exposición y se puso un chaleco salvavidas con el que se lanzó desde lo alto de un helicóptero mientras varios millones de personas le veían por televisión y cientos de miles escondían una sonrisa malévola que terminaron de sacar al día siguiente cuando le llamaron tonto y otras lindezas poco dignas de mención y muy dignas de consideración.

No tardaron mucho en expulsarle, porque el segundo día le dio un guantazo a un compañero y al tercero lanzó al agua a una compañera. Comportamiento inadmisible, expulsión inmediata, vergüenza nacional, desgracia personal.

Al menos le sirvió para arrastrarse por los platós y contar sus vergüenzas por un puñado de billetes que terminó gastando en mujeres, alcohol y coches caros, como si de un George Best venido a menos se tratase. Cuando se vio sin nada, de nuevo, y a punto de caer al precipicio de la inmundicia, una mano salvadora se agarró a su cuello desde lo alto de un puente y le ofreció una salida.

Tengo un bar, una vacante y mucha admiración por ti. Cuando conoció el bar, se quedó asombrado ante la parafernalia que adornaba paredes, puertas y techos. Todo estaba decorado con los colores, fotos, bufandas y trofeos del equipo en el que había debutado en la élite. Y había un rincón para él, la promesa incumplida, el tipo que llegó pegando fuerte y se fue apagando por su propia idiosincrasia. Y había otro rincón, un poco más a la vista, para ese otro jugador que salió después de él y llevó al club a sus cotas más gloriosas. No tardó en destrozarlo vertiendo “accidentalmente” un par de jarras de cerveza y golpeando “sin querer” algunas fotos con la rodilla para después pisotearlas cuando estaban en el suelo. Aquello le valió una mirada reprobadora pero todo fue bien mientras hubo paz y no hubo fútbol. Porque el día que empezó la temporada el bar se llenó de forofos, muchos de ellos creyeron reconocerle y tantos otros ni le miraron a la cara inmiscuidos como estaban, en el partido que jugaba su equipo favorito. No fue un buen partido, y la derrota dejó malas sensaciones y peores reacciones. Cuando uno de los clientes comenzó a insultar a los futbolistas, él se revolvió nervioso y le estampó un botellín vacío contra la cabeza. Aquello terminó en batalla campal y en un despido en voz baja. Lo he intentado, lo siento, pero no puedo permitir que te comportes así.

No le quedaban más ases en la manga así que tuvo que arremangarse y volver a utilizar las manos porque había comprendido que la vida no regala oportunidades y que las siete vidas de gato que tenía cuando empezó a frecuentar mujeres mientras el balón le hacía de compañero fatigoso los fines de semana se le habían agotado y tan sólo le quedaba una oportunidad para sobrevivir. Buscó en su agenda y contactó con el último hombre en la tierra que le guardaba un poco de aprecio, el entrenador de aquel club de segunda división en el que dio sus últimos coletazos en la élite. El hombre, ufano como siempre, se alegró de escuchar su voz y se sorprendió ante la pregunta.

¿No necesitas un ayudante?

Le sorprendió la pregunta. Había leído, en uno de sus pocos descansos en el bar, que el viejo entrenador había buscado una segunda oportunidad, tras su retiro, en un modesto equipo de la tercera división donde estaba dando grandes progresos y ofreciendo grandes resultados. El equipo sorpresa del país. Y él había pensado que la mejor manera de regresar a la vida era regresar al fútbol.

¿Por qué no?

Y allá se fue cargado con una mochila donde guardaba una muda, dos pantalones, una camiseta y unas viejas botas de fútbol.

El sueldo no era para tirar cohetes, pero al menos el entrenador le dejaba vivir en casa a coste cero. Hacía tiempo que había perdido a su mujer y sus hijos habían volado libres en cuanto habían terminado los estudios y encontrado un trabajo. Se sentía tan solo que su compañía era más que un regalo para él. Solo te pongo la condición de que no me líes ninguna, le dijo, y él se lo prometió por lo más sagrado porque la vida le había sacado del fútbol y se había dado cuenta de que sin fútbol no había vuelto a tener vida.

Tantas hostias en el alma como en las espinillas y total, para terminar como un bufón de circo y suplicando ayuda a un viejo amigo del que no había querido saber nada durante más de doce años. Así se las gastan los desagradecidos. Gracias a que encontró un hombre bueno, él pudo volver a sentirse persona primero y futbolista después.

Ninguna medicina mejor para el alma como la de volver a sentirse jugador de fútbol. Fue contactar con el balón y sentir como sus nervios se activaban, su piel se erizaba y sus instintos de ponían alerta. Había perdido velocidad, contundencia y resistencia física, pero cuando la pelota llegaba a sus pies, demostraba porque le habían considerado, en su día, el mejor jugador joven del planeta.

Cuarentón y pasado de peso y forma, ponía la pelota en las escuadras cuando se lo proponía, era el líder de los rondos y protegía la pelota de espaldas como una maestro de la ceremonia. Tiraba caños, amagos y picaba la pelota con maestría cuando practicaba manos a mano con el portero y era observado, con la boca abierta, por todos los componentes de la plantilla.

Al principio se hacían fotos con él, le daban palmadas en la espalda y trataban de ganarse su favor, pero pronto se dieron cuenta de que aquel hombre lo había perdido todo y era él quien estaba en deuda con el mundo, buscando, en cada entrenamiento, no sólo una redención, sino una oportunidad para obtener unos gramos de cariño. Así que le acogieron como a un Mesías y le trataron como a un hijo pródigo regresado de los infiernos.

Él correspondió con enseñanzas, con trucos, con maniobras imposibles y con recetas de pragmatismo. No te entretengas, mira primero, toca después, hazlo rápido, pensar es de cobardes, correr es de imprecisos, conducir es de temerarios. No tengas miedo a arriesgar, el regate es un salvavidas, el pase correcto es el camino hacia la felicidad, el espacio es el lugar donde viven los inteligentes. Y así día a día, frases, hechos y correcciones que convirtieron al grupo en un compendio de sabiduría y al equipo en una máquina de ganar. Y él se mordía los puños porque querría estar ahí dentro, junto a ellos, golpeando la pelota y celebrando goles con el alma, pero tenía que conformarse con gritar consignas, discutir con el árbitro y salir con el alma en pie después de cada partido.

Para matar el gusanillo, se apuntó a una liga de veteranos que se jugaba en la región y que le dejaba el alma saciada y ninguna tarde libre. Le dio igual. Le daba todo al fútbol al igual que el fútbol se lo había dado todo a él. También te lo quitó todo, le decían, pero él contestaba con la sabiduría del recelo y el callo del dolor, no fui yo quien se robó a sí mismo.

Su presencia en la liga, aunque no podía disputar todos los partidos, atraía a la gente de los pueblos cercanos quienes acudían en masa para verle jugar. Con un estado de forma aceptable, recuperado el resuello y dedicado al entrenamiento, comenzó a sentar cátedra convirtiéndose en el mejor jugador de la liga. Su equipo, que solía perder cuando él no acudía, pasaba a ser imbatible cada vez que él saltaba al campo con la camiseta por fuera y los cordones ajustados. Se sentía tan bueno que hacía lo que le daba la gana. Pronto comenzaron a concertarse amistosos en otros pueblos cuyos ayuntamientos pagaban un buen dinero para que acudiesen a jugar con él como reclamo y con su fútbol como moneda de cambio. Así, el club, e incluso los jugadores, comenzaron a ingresar un dinerillo que no vino nada mal y que surtió de efecto llamada para otros futbolistas que hacían cola para apuntarse al equipo.

Y el equipo, claro, fue ganando en calidad. Y fue ganando tantos partidos que la liga regional se le quedó pequeña, pero no podían aspirar a más porque él ya les había dicho que su compromiso principal era con el equipo del pueblo y debía estar en el banquillo sí o sí los días de partido, aprovechando los días que no coincidieran ambos para saltar a jugar, pero no pensaba viajar más lejos. Así que fueron ellos los que convocaron amistosos de mayor calado, nutriéndose de sus ingresos para implorar, dinero mediante, a mejores equipos para que acudiesen al pueblo a jugar contra su equipo de veteranos.

Como viajaban equipos varios del país y no había nadie que los ganase, pronto la capital de la provincia les prestó su estadio para que pudiesen meter más gente a cambio de un pellizco en la taquilla. Lo que sacaran, por poco que fuese, para el club era gloria y ellos estaban encantados de concertar amistosos importantes y lucirse delante de mucha gente porque eso, aparte de notoriedad, les encendía el ego. No podían pedir mucho más. Jugaban, ganaban, se divertían y pillaban un pellizco. No les servía de mucho a su maltrecha economía, pero al menos podían montar cenas y actos benéficos de los que sacaban muchas risas y aún más compañerismo.

Tanta notoriedad provincial terminó cruzando fronteras y la noticia llegó a las redacciones de los periódicos importantes. Había un equipo de veteranos que había conseguido movilizar a toda una provincia ¿Quién juega allí? ¿No lo sabes? Aquel tipo que marcó un gol precoz, que iba para estrella, terminó en la cárcel e hizo el ridículo en un programa de televisión ¿Sólo en uno? Bueno, en varios. Qué más podemos pedir. Vamos a por carnaza.

Y allí se presentaron, a tocarle de nuevo las pelotas, a seguirle y a publicar reportajes de dudoso gusto y difícil comprensión. Parece que el tipo ha encontrado su lugar entre veteranos pasados de forma y pueblerinos faltos de miras. Él se mordía los puños e intentaba conseguir que aquello no le afectase. Cuando perdieron un partido, nadie se paró a analizar que había sido porque habían jugado contra el equipo de veteranos de un club de élite sino que lo vieron desde la perspectiva de que lo que les habían contado no era para tanto y que para qué perder más el tiempo con un tipo que hace tiempo se alejó de los focos y cuando quiso volver sólo fue para lucir sus miserias.

El caso es que el equipo de veteranos del club con el que había debutado en Primera se interesó por jugar un partido contra ellos. Fue toda una sorpresa, pero por algún motivo, alguien dentro del club se había empeñado en jugar contra ellos por no sé qué cuitas y menesteres. La realidad, y eso lo supieron más tarde, es que el tipo que había ganado títulos y balones de oro por doquier, una vez retirado y enrolado en el equipo de veteranos, se había encaprichado en jugar contra ellos para dirimir, de una vez, una deuda histórica que tenía consigo mismo y con toda aquella parte del mundo que le había repetido una y otra vez: “Si ese se hubiese cuidado, tú no habrías sido ni la mitad de lo que fuiste”.

Y, claro, qué mejor manera de demostrarle al mundo que él fue el mejor y lo hubiese sido igualmente, que enfrentarse al demonio de todas las suposiciones. Y así lo hizo saber, días antes del duelo, en una emisora local con unas declaraciones que tuvieron su eco incluso a nivel nacional. “Necesito demostrarle al mundo que yo he sido mejor que él”. Y, claro, se preguntaba ese mundo ¿Qué tenía que demostrar? Si mientras él reinaba en el mundo y en la crítica, el tipo al que sustituyó vagaba por el mundo sin equipo, sin vida y sin futuro. Demostró, así, que nadie duerme a gusto, por más éxito que tenga, si no es capaz de espantar a sus propios fantasmas.

Claro está que las noticias vuelan y el morbo se sirve en copas de plata con pie de barro. Todo es susceptible a ser elevado al tono de exageración y toda polémica es puesta en la mesa como un plato suculento. Aquellas declaraciones llegaron a los oídos de la estrella del equipo de veteranos del pueblo y, desde aquel día, tan sólo vivió para demostrarse a sí mismo, aparte de al resto del mundo, que si no llegó a ser el mejor fue simplemente porque no quiso o porque no tuvo la cabeza adecuada en el momento adecuado.

Desde aquel día tan sólo vivió para jugar un partido de fútbol. Se entrenó a tope, no sólo con los jugadores del primer equipo sino con los veteranos a los que incitaba a echar horas extra en el campo y en las pistas de atletismo. Uno, dos. Uno, dos. Uno dos.

A medida que se acercaba el día, una ansiedad creciente estrangulaba su garganta y hormigueaba dentro de su estómago. Necesitó parar, reflexionar, mirarse al espejo y volver a verse como ese niño en buena forma física que rompía récords y fusilaba porteros sin piedad. Tenía ganas de tomar una copa, fumar un cigarro o marcharse lejos poniendo el coche a doscientos kilómetros por hora, pero una fuerza centrífuga lo mantenía sentado en el sofá de mercadillo en el que reposaba sus noches con algún programa malo en la televisión. No había alcohol en su mueble bar, ni cervezas en la nevera, tampoco tabaco en las pitilleras y su coche era una tartana que no alcanzaba los cien kilómetros a la hora, así que no le quedó otra que intentar dormir y esperar a que el día siguiente llegase a su fin para, así, encadenar días tras otros en espera del acontecimiento del siglo.

Después de la vigésimo tercera vuelta en la cama, se acordó de que tenía un blíster guardado de pastillas para dormir que le había recetado una doctora años atrás cuando la ansiedad le comía la cabeza por culpa de un síndrome de abstinencia que le tenía prendido en llamas, sudor y lágrimas. Por una no pasa nada, pensó. Y la tomó con un trago de agua que le ayudó a dormir como un bendito por más que se despertase por la mañana con la boca pastosa y los músculos agarrotados.

Dio igual, el alma estaba en paz y el corazón latía con la normalidad preestablecida, por lo que consideró que la pastilla había merecido la pena y se dispuso a destensar músculos, respirar hondo y entrenar a tope con la mirada puesta en el partido que le esperaba a un mes vista. Estaba en forma, no había nada que le impidiese soñar, no sólo con una victoria, sino con la redención definitiva, porque cada hombre tiene un motivo, un momento y un lugar donde rubricar su historia y poner su nombre en los libros de la memoria colectiva.

El entrenamiento fue fabuloso y sus aptitudes extraordinarias. Se sentía pletórico y lleno de energía. Acompañó a los chicos a correr por la pradera y, por la tarde, se dedicó a hacer ejercicios de musculatura en el gimnasio. Cuando llegó a casa por la noche, tenía tanta adrenalina acumulada que no era capaz de irse a dormir, así que busco el blíster y se tragó una nueva pastilla. Total, por una más no pasa nada. Mañana será otro día.

Y tanto que fue otro día. Aunque pareció un día más, porque volvió a entrenar bien, volvió a correr, a pegarle a la pelota, a muscularse, a hidratarse y a comer poco. Pero también fue un día en el que recurrió a la pastilla para dormir. Y así, de esa forma, sintió necesidad de ella el cuarto día, al igual que el quinto, el sexto y el séptimo. Al octavo ya tomaba dos y a las dos semanas volvía a ser un yonqui que acudía a los entrenamientos con los ojos hinchados y la piernas agarrotadas.

Quedaba algo menos de medio mes para el partido del año cuando alguien se dio cuenta de que su líder necesitaba ayuda. Fue tras un balón en profundidad, fácil, que no fue capaz de alcanzar y tras cuya carrera cayó agotado y algo espasmódico. Le sacaron en brazos, jadeante, para que tomase aire y en sus pupilas dilatadas, su compañero reconoció los síntomas de quien su hermano había sido esclavo durante años.

Pese a sus reticencias y pataleos, le llevaron a un médico que le diagnosticó reposo y un tratamiento en una clínica especializada. Eso significaba el adiós a un sueño, pero todos sabían que el partido importaba un carajo si su mejor futbolista se iba a jugar la vida por poder disputarlo. Así que se confabularon en hacerlo lo mejor posible, intentar que la goleada fuese más honrosa que humillante y dejar que su capitán descansase mientras médicos especializados cuidaban de él.

Con lo que no contaron fue con la rebeldía de su capitán. Pasó los tres primeros días sedado, aquejado de fuertes dolores de cabeza y sintiendo como su cuerpo convulsionaba en su necesidad por recibir su dosis diaria de tranquilizantes. Es lo que se llama síndrome de abstinencia, le hicieron saber de nuevo, pero él no quería síndromes sino certezas, no quería sedantes sino palabras y no quería verdades sino ilusiones.

Arrastrando los pies, y más dormido que despierto, cruzó el jardín ataviado con un chándal que encontró en un armario y se presentó en la puerta del centro sin que nadie se cerciorase de su acto de indisciplina. Cerca había alguna casa, algún comercio e incluso una parada de taxis. Se subió a uno y dio la dirección del pueblo. No tenía dinero, ni tarjetas, pero estaba seguro de que el viejo míster le sacaría del apuro y le refugiaría en su casa después de echarle la bronca y regalarle uno de sus certeros abrazos.

Cuando el entrenador vio al taxi parar en la puerta de su casa se imaginó al instante lo que había ocurrido. Salió, pagó y recogió a su discípulo al tiempo que lo ayudaba a caminar y lo acomodaba en la cama que siempre tenía preparada por si acaso. Le arropó, le dio agua y le dejó dormir hasta que los sudores hiciesen aparición y la abstinencia regresase a su cuerpo en forma de síndrome de necesidad.

Fue duro e inflexible con él. Le dejó gritar, le dejó llorar, le dejó patear el mobiliario y rasgar las sábanas, pero no le dejó salir ni le dio un solo miligramo de la droga que su cuerpo demandaba. Así pasó cuatro días, entre espasmos, agonía y alaridos. Hasta que una mañana se levantó con el cuerpo fundido pero con la mente más despierta. Fue el primer día que bajó a desayunar y dio dos bocados a una tostada y unos sorbos a un café con leche.

Pasó el día mirando la tele y pensando en su vida. Estaba destrozado, apenas podía caminar y el cuerpo le pedía descanso eterno. Si hubiese muerto, llegó a pensar, se habría hecho un favor a sí mismo. Pero sobrevivió a la desidia y al dolor, sobrevivió a sus fantasmas y la pereza y sobrevivió a los augurios y a la asfixia. Un día salió a caminar y a los dos días ya estaba trotando por los caminos anexos al pueblo.

Faltaban pocos días para el gran partido cuando sus compañeros le vieron aparecer por el campo de entrenamiento. Todo fueron abrazos, parabienes y palabras de ánimo y, aunque él aseguro a todos que se encontraba en excelente estado, lo cierto es que las ilusiones se cayeron al suelo en cuanto vieron cómo le costaba aguantar una carrera o dirigir una conducción. Aun así, prefirieron guardar silencio y esperar que el paso de los días afinase el estado de forma de su mejor jugador.

Pero los días pasaban y la magia no regresaba, por ello, cansado de intentar buscar un fútbol que parecía haber desaparecido, habló con el entrenador y le pidió retrasar su posición en el campo. Tenía un plan que iba a sobreponerse sobre el plan anteriormente concebido. De intentar ser la estrella del partido, su objetivo pasó en intentar que el partido se jugase a su ritmo.

Por ello reunió a sus compañeros en el centro del campo y les explicó por dónde iba a pasar el juego y qué tipo de partido se iba a jugar. Si no había chispa, velocidad y magia, que al menos la fuerza y la garra hiciese el trabajo que todos debían llevar a buen puerto. Se conjuraron y gritaron consignas de ánimo, aunque se marcharon con la cabeza baja, cada uno buscando su hogar y sabiendo que, en el fondo, aquel partido estaba perdido desde el momento de ser organizado.

Pero como todo acontecimiento tiene su parte de sueño cumplido, los futbolistas se presentaron a la cita con la ilusión del que sabe que va a jugar contra los ídolos de su juventud. Y es que allí se iban a congregar tres campeones de Europa, algún campeón más de liga y una docena de tipos con varias internacionalidades a sus espaldas. Como para no estar nervioso.

La expectación había sacudido a toda la comarca y el pequeño campo de fútbol municipal, incluso con sus gradas supletorias, estaba a rebosar de gente. La demanda de entradas había sido tan grande que incluso hubo quien hubo de quedarse en casa, con las ganas de ver a sus ídolos y con la pantalla de televisión refulgiendo en directo ya que una cadena autonómica se había atrevido a montar un equipo de transmisión para dar el partido en directo.

Cuando el equipo llegó al vestuario, todos vieron que su líder ya estaba cambiado, sentado en uno de los bancos de madera, con los codos apoyados en las rodillas y las manos cruzadas en la barbilla. Meditaba, pensaba, se concentraba. Esperó en silencio a que todos se pusieran el uniforme y después se levantó, miró en las cuatro direcciones y les habló con sosiego pero con la voz encendida.

-        En la vida de cada hombre siempre existe una oportunidad para mostrar su valía. El día a día es el mejor pasaporte hacia la paz interior, pero hay momentos de exaltación que uno debe de aprovechar porque son trenes que no vuelven a parar en tu estación. Aquí tenemos un tren, a punto de partir, y nosotros vamos a subirnos a él aunque sea en marcha y vamos a viajar todos juntos hacia un lugar donde vamos a ser fuertes y vamos estar unidos. Este viaje es una oportunidad irrepetible para alcanzar nuestra mejor versión y saber volver a casa con todos los trastos en la maleta y algún que otro recuerdo en la mochila. Un recuerdo de esos que, cuando pasen los años y los nietos nos pregunten, podamos decirle, sí, yo estuve allí, no tuve miedo y escribí un momento memorable. Así que chicos, no vamos a dejar que se escape ese tren, vamos a recorrer este viaje todos juntos y todos juntos lo vamos a disfrutar como una oportunidad única. Uno, dos, tres ¡Equipo!

Aquella soflama es la chispa que necesitaban para prender su mecha y confabularse de manera colectiva tras sentir cada uno el escalofrío personal. Equipo, esa era la palabra. Equipo, ahí debía estar la demostración.

Saltaron al campo con los dientes apretados y los puños en tensión. Más que caminar, parecían flotar sobre un ambiente donde cientos de papelillos inundaban el aire y algunas gargantas gritaban algo parecido a voces cargadas de ánimo. En lo más alto de la tribuna, un locutor de televisión, equipado hasta las cejas, trataba de hacer llegar con su voz el contenido de las imágenes que un par de cámaras de buena calidad transmitían a los hogares de la comunidad autónoma.

En el saludo inicial, se abrazó a algunos de sus excompañeros, más por formalizar en una sonrisa un agradable recuerdo por los malos momentos que otra cosa, un momento de esos de falsedad en los que uno actúa para no tratar de provocar a la bestia, pero la verdad es que, más allá de media docena de buenas anécdotas vividas con ellos, no les debía más que indiferencia y desbridad al repasar mentalmente su pasado tras dejar el club y comprobar como ninguno de ellos se había preocupado por él y su caída hacia los infiernos ni siquiera un pequeño ápice.

Cuando llegó hasta su otrora sustituto y en aquel momento máximo rival, cruzó una mirada desafiante y ofreció un estrechamiento de manos que, firme y fuerte, provocó un pequeño respingo en el pequeño genio que un día entrenó junto a él y ahora, por fin, se iba a cruzar con su fútbol en un estadio de fútbol. Porque para él, aquel pequeño campo municipal, dado el momento y la situación, era el mejor Maracaná del mundo y por ello estaba dispuesto a ofrecer el espectáculo más asombroso.

El pitido inicial le retrotrajo hacia aquellos momentos vividos años atrás, cuando los nervios se apagaban en un instante y solamente existía un balón y once compañeros con quien jugarlo. Se diluyó el ansia y apareció el hambre. Su primer contacto fue un robo en el centro del campo y su primer centro fue una apertura precisa hacia la banda. Querían mandar, más pronto se vio que los rivales tenían más calidad y mucha más precisión. Cada intento de recuperar la pelota terminaba con un compañero en el suelo y un balón rodando por el césped a la máxima velocidad. De esta manera sólo fue cuestión de tiempo que llegasen las primeras oportunidades y los primeros bufidos de insatisfacción. Jugando así no iban a poder asomarse siquiera a la posibilidad de estar en el partido.

Templó el ánimo y dio dos voces que se escucharon hasta en las lindes del municipio. El plan no estaba saliendo bien y necesitaban colocarse tal y como lo habían planeado. De esta manera consiguieron pasar más de diez minutos sin tener ningún susto por más que perseguir sombras les estaba minando el ánimo y el aliento. Así, aparecieron las primeras faltas y, con ellas, las primeras tarjetas amarillas. Apenas llevaban veinte minutos y tres de los pilares del equipo estaban apercibidos con lo que deberían medir sus intenciones de allí hasta el final del partido.

Una de las faltas, situada por el árbitro unos metros más atrás del borde del área, fue ejecutada a la perfección por aquel tipo declarado por unanimidad como el mejor futbolista en la historia del país. Un toque preciso que besó la escuadra y una señalización de su número en la espalda con ambos pulgares haciendo saber al mundo y a aquellos pobres desgraciados que allí solamente había un número uno y estaba dispuesto a permitir ninguna injerencia.

Aquel golpe de realidad fue asumido como un palo en el costado para un tipo que solamente había conocido la cara amarga de la vida desde que abandonase el fútbol por la puerta de atrás. Le costó tomar aire, volver al juego, sentirse importante y, sobre todo, tratar de gobernar una pelota que se les había escapado por la vía de la inoperancia y la voluntad ajena. De tal manera que, cuando quiso abrir los ojos, el marcador ya reflejaba un dos a cero y la sensación de que en aquella pescadería ya no quedaba más producto fresco por ofrecer.

Al menos consiguieron frenar la sangría, no supieron bien si por su ataque de rabia final o porque el equipo rival se había relajado dejando pasar los minutos con ganas de marcharse de aquel pueblo con el zurrón lleno y el alma henchida, pero fue bien cierto que en los últimos minutos de la primera parte gozaron de un par de ocasiones que les hicieron creer que, quizá, se les podía meter mano de alguna de las maneras.

Sin embargo, el ambiente del entretiempo fue más de funeral que de esperanza. Reinó el silencio, se masticó la rabia y salieron a pasear tres o cuatro reproches. Ninguno estaba haciendo su trabajo tal y como se había planeado, pero ¿Qué podían hacer ante semejante torrente de talento? Simplemente dejarse arrastrar y regresar a casa empapados y con los pulmones descargados.

Fue entonces cuando se escucharon pasos y la puerta del vestuario se abrió de golpe. Quien allí apareció pertenecía al club pero no al equipo y no quería hablar con el equipo sino con una persona en particular.

El viejo entrenador del primer equipo estaba allí, decepcionado con su discípulo se acercó hasta él para agarrarle del pecho y hacerle ver que las cosas que más motivan son las menos sencillas y que muchas veces una oportunidad no golpea en dos ocasiones en la misma puerta.

-        Toda la vida esperando este tren y ahora lo dejas irse. O lo que es peor, te tiras de él en marcha porque te da miedo llegar al destino. No te imaginaba tan cobarde ¿Qué estás haciendo? Es sólo un puñetero partido de fútbol, no vas a salvar al mundo con esto ¿Por qué tanta presión? ¿Por qué te cuesta tanto disfrutar? Joder, eres el tipo con más calidad de cuantos hay ahí afuera jugando y pareces un juvenil timorato pidiendo permiso para jugar a la pelota ¿De qué han servido estos meses? Tantos días esperando este momento para estar ahí viendo pasar de largo la oportunidad y después marchar a casa a machacarte el cerebro pensando que en hiciste una puta mierda. Escúchame, es mucho mejor arrepentirse por lo que has hecho que por lo que no has hecho, porque si no haces nada te pasarás toda la vida diciendo “qué hubiese pasado sí…”. Y mira, aún estás a tiempo de salir ahí afuera, comerte el balón y no pasarte media vida preguntándote a ti mismo qué hubiese pasado si hubieses salido a jugar cómo tu verdaderamente sabes.

Todo el vestuario, en silencio, escuchó las palabras del viejo maestro. Todos los integrantes del equipo respiraron hondo y guardaron unos segundos de respeto antes de acercarse a su estrella y ponerle una mano en el hombro.

-        Les vamos a ganar. – Le repetían.

Tanto lo repitieron que hasta él mismo se convenció. Soflamado, levantó la cabeza y les miró a los ojos para dar un grito que se escuchó de punta a punta.

-        ¡Les vamos a ganar!

El marcador, aunque muy adverso, no era del todo inabordable. Se miró las botas y comprobó que apenas había barro, que sus medias estaban impolutas y que el pantalón seguía como recién planchado. Mancha la camiseta, se dijo, y no te avergüences de ti mismo.

La primera entrada fue con los tacos por delante y dejando claro que su misión, allí, era no dejarse arrinconar. La tarjeta amarilla la aceptó como un castigo menor, e incluso necesario, y buscó en los ojos de su rival y pequeño atisbo de miedo. Sentir el calor del público, algo más soflamado, le ayudó, y durante unos minutos empezó a ganar duelos y jugar la pelota con la limpieza que pedían los cánones. La primera ocasión llegó tras un pase profundo y un disparo al larguero y la segunda llegó tras una llegada a línea de fondo y un cabezazo fuera por poco. En ambas ocasiones había participado como pasador y el partido, quizá, le estaba necesitando como ejecutor.

Por ello, levantó la mano cuando se vio sólo en la zona de tres cuartos del equipo rival y preparó la pierna para pegarla con toda su voluntad. El balón hizo una parábola casi perfecta, de arriba abajo, como aquellas folhas secas de los brasileños clásicos que brillaban a los documentales del fútbol antiguo, y cayó a plomo sobre la red de la portería sin que el guardameta pudiese hacer nada por evitarlo. Dos a uno y todo un mundo por delante. Treinta y cinco minutos para dilucidar si lo suyo era una cita con la gloria o con el fracaso.

Por primera vez comenzó a ver esperanza en los ojos de sus compañeros y eso le animó a seguir siendo el líder de un equipo que creía en la remontada. Se hizo dueño del balón, del juego y de los detalles. Organizaba con la pelota y sin ella colocaba a sus compañeros para evitar sustos en contraataques inevitables. Aprendieron a vivir con el error y a subsanarlo con trabajo. De repente eran un equipo y los rivales se estaban convirtiendo en una banda de tipos timoratos a los que se les había olvidado pasar la pelota al compañero mejor colocado.

Por momentos sintió que estaba jugando mejor de lo que nunca lo había hecho y sentía, de alguna manera, la admiración de todos los que estaban en el campo en forma de mirada o gesto de asombro. No había quien le parase y por ello tuvo la oportunidad de filtrar un balón al espacio, viendo un movimiento casi inverosímil de uno de sus compañeros y colocándole, cuando nadie lo había esperado, mano a mano con el portero rival. Aquel regalo no podía desperdiciarse y de esa manera, el delantero de su equipo se apuntó el empate después de un disparo raso y pegado al poste.

Quedaban quince minutos y el partido estaba igual que cuando empezó, igualado, con la diferencia de que el cansancio hacía mella en los jugadores y la tensión hacía mella en las cabezas. Por eso llegó el miedo a perder antes que el ansia por ganar. La contemporización se hizo dueña del partido y los pases horizontales provocaron que más de un asistente terminase protestando.

Apenas ocurrió nada hasta que, a cinco minutos para el final, un error en la zaga provocó que el delantero estrella del equipo rival, aquel que coleccionó balones de oro y sustituyó al ídolo caído, se marchase en carrera frenética hacia la portería contraria. Tanto esfuerzo para nada, en fin, qué le íbamos a hacer, al fin y al cabo eran mejores, bastante hicimos con plantarles cara. El regate al portero estaba fabricado y el disparo a puerta era un simple toque sin complejidad, pero nunca hubiese esperado que un pie salvador llegase para evitar el gol y que un toque preciso sirviese para sacar de nuevo la jugada limpia con un caño sobre sus piernas abiertas y sorprendidas que provocó un estruendo de placer en la grada.

Apenas le dio tiempo a pensar. Cuando había divisado el desmarque de uno de sus compañeros y le iba a poner el balón en largo, sintió un terrible golpe en el gemelo de su pierna izquierda. Lo que la grada pudo ver es como el jugador estrella que había perdido su oportunidad y había sido humillado, había respondido a la afrenta lanzándose al suelo y clavando sus tacos en la pierna de apoyo del mejor jugador del equipo rival. Tanto tiempo tratando de encontrarse en el campo para terminar rompiéndose las piernas.

El grito fue sonoro, como sonoro fue el insulto propiciado por el agresor.

-        ¡Te jodes! ¡Cabrón!

Varios operarios salieron con una camilla rústica, de las de toda la vida, para recoger al jugador herido, mientras corrían, pudieron ver como el árbitro enseñaba la tarjeta roja a la estrella del equipo rival quien se encaraba con el colegiado como un macarra de extrarradio perdiendo las formas y las razones.

La estrella del pueblo llegó al vestuario aterido por el dolor y, de repente, no pudo escuchar nada más que sus lamentos. Nada más, lamentos y unos gritos que, poco a poco, fueron inundando el ambiente y crispando a los aficionados.

-        ¡Gooooooool! ¡Gooooooool! ¡A tomar por culo, hijos de puta!

La voz, inconfundible, era la del tres veces balón de oro y coronado, años atrás, como mejor futbolista del planeta sin discusión. Acostado en la entrada del pasillo que llevaba a los vestuarios, se dedicaba a cantar un gol en voz alta e, intuía, a dedicar cortes de manga a un público que no tardó en enfurecerse de la peor manera, de tal forma que, en pocos segundos, el terreno se convirtió en una especie de campo sediento de batalla.

            Escuchó unos silbidos que interpretó como los pitidos finales y pronto un estruendo en forma de carreras frenéticas invadió el vestuario. Él continuaba tumbado, imaginándolo todo y, de fondo, podía escuchar los gritos de los cuatro policías de campo tratando de apaciguar los ánimos de la gente.

            Poco a poco, la sala se fue llenando de gente. Sus compañeros iban llegando con el rostro compungido y la cabeza baja. Intuyó, rápidamente, que aquello no había terminado bien. Y escuchando la algarabía, concluyó que no había terminado bien para nadie.

-        Hemos perdido. – Le dijo en voz baja el delantero del equipo. – Nos han metido un gol tonto en el último segundo.

Y justo en aquel momento, el jugador estrella del equipo rival, aquel que le había comido todos los sueños mientras él se había dedicado a sobrevivir en tugurios, mansiones, platós y callejones, se machaba vestido de futbolista retirado, con el cuello hinchado, la garganta encendida y los puños cerrados.

-        ¡Yo soy el mejor! ¿Me escuchas? ¡Yo soy el mejor!

Entonces una calurosa sonrisa regresó a su rostro, el pecho se hinchó de satisfacción y el dolor, aunque fuese por unos segundos, desapareció del todo. Agarró fuerte la mano de su compañero y, con los ojos vidriosos por la emoción, respondió firme y con argumentos.

        -     No. No hemos perdido. Hemos ganado. 

martes, 30 de enero de 2024

Viral

Sus palabras eran un canon sobre la respetuosidad, sus relatos eran enciclopédicos, sus gestos transpiraban bondad, sus sonrisas inspiraban ternura. Era asistente de notario de día, padre abnegado de tarde y aficionado a su equipo de noche. Los que le conocían hablaban de él como un tipo estupendo, como un compendio de virtudes capaces de hacerle pasar por un aspirante a la canonización. Madrugaba para correr, desayunaba de pie y vestía a sus hijos para mandarles al colegio antes de ir a trabajar. Durante la mañana controlaba las citas, los archivos y el papeleo general, ofrecía cafés recién hechos a los clientes y repartía fuertes apretones de manos a aquellos que se presentaban en el despacho y a los que atendía con exquisita educación.

Por ello, cuando le vieron aparecer en aquel vídeo de Youtube que se había publicado por accidente y se había hecho viral por la lógica aplastante de la ley de morbosidad, fueron muchos los que dudaron de su veracidad y otros tantos quienes dudaron de la identificación del protagonista. No podía ser que el tipo amable y educado al que habían conocido en un despacho de la notaría fuese el mismo energúmeno que le gritaba a un televisor y daba patadas a una mesita auxiliar.

Y es que el día ya había comenzado torcido. Había nevado copiosamente y, aun así, se había atrevido a madrugar para hacer sus cinco kilómetros diarios. La rutina no le llevaba más de media hora y una ducha caliente para reactivarse. Quizá es que se había metido demasiado en la canción que sonaba en sus auriculares, quizá estaba ya pensando en la tostada con mermelada que se iba a comer para desayunar, el caso es que se despistó más de lo que debía y no fue consciente de que había empezado a correr sobre una placa de hielo.

Lo que ocurrió a continuación fue más propio de un gag de película de risa, pero puñetera fue la gracia que le causó a él aquella caída hacia atrás y aquel culetazo tan aparatoso. Permaneció en el suelo durante unos segundos, más llevado por la vergüenza que por el dolor y, cuando consiguió levantarse, lo primero que hizo fue mirar hacia todos los lados para comprobar si alguien le había visto caer de aquella manera. Por la sonrisa que descubrió en el tipo que se cruzó con él a toda velocidad, sospechó que aquel resbalón no había caído en el olvido ni en el anonimato.

Se levantó dolorido y dañado en el orgullo interno. Intentó seguir corriendo, pero la corcusilla, ese lugar donde termina la espalda y empieza el culo, le dolía tanto que le resultaba imposible dar más de dos zancadas sin sentir una terrible punzada que le cruzaba el cuerpo de arriba abajo. Caminó despacio, tanto como le permitía el dolor, hasta llegar a casa y meterse debajo del chorro de la ducha caliente. Sólo que no había agua caliente. En aquel momento recordó el correo electrónico que había recibido durante el día anterior en el que la comunidad de vecinos advertía que habría cortes en el suministro para reparar una avería. Lo que no esperaba es que los trabajos empezaran a una hora tan temprana.

Se duchó como pudo, con agua gélida y dolores punzantes y, mientras dejaba que su cuerpo se secase tras un albornoz estropajoso, se acercó al cajón de la medicina para buscar un calmante y poner fin a ese dolor tan agudo. Pero al no encontrar ninguno cayó en la cuenta de que los había agotado hacía tiempo y no se había acercado a la farmacia a reponer las existencias. Así que se vistió como pudo, se montó en el coche sin probar bocado y se puso a buscar una farmacia de guardia ya que la que había cerca de su casa no abría hasta las nueve de la mañana.

La única farmacia abierta estaba al otro lado del municipio y, para llegar, tuvo que esperar siete semáforos en rojo y pasar por dos avenidas llenas de colegios con las paradas en pasos de cebra que eso le supuso. Cuando llegó a la puerta de la farmacia eran las nueve menos cinco por lo que le hubiese dado igual haber esperado a que abriese la de su barrio a haber llegado hasta allí. La mujer que atendía por la ventanilla le dijo que esperase un par de minutos a que abriese el establecimiento y así podía atenderle detrás del mostrador. No le pudo dar las pastillas que él quería porque precisaba receta así que le dio un antiinflamatorio menos efectivo que no le iba a quitar el dolor pero al menos le iba a permitir descansar en cierta medida. Salió cojeando de la farmacia y, al llegar hasta el coche, se encontró con un guardia poniendo una multa sobre su parabrisas. Por más que le suplicó, no se apiadó de él y le aconsejó no volver a dejar el coche en doble fila en un lugar de tránsito continuo, algo que refrendó, a gritos y bocinazos, el dueño del coche al que había obstaculizado y que no podía sacar el vehículo de su plaza de aparcamiento.

Se insultaron mutuamente y, cuando vio como el guardia se marchaba con su moto él creía haber zanjado aquella disputa con un último reproche que había saciado más su orgullo que su conciencia, vio como el tipo se acercaba a él y le propinaba un puñetazo en la mandíbula que le mandó directamente al suelo con el extra de dolor en la curcusilla que eso le producía. Quiso levantarse y no puedo. Le dolía la espalda, el trasero, la cara y el orgullo. Por doler, le dolía hasta el alma. Con el traje completamente mojado por el charco que había situado en el lugar exacto en el que había caído, se levantó a duras penas mientras miraba al tipo montarse en el coche y decirle con la mirada que se largase de una vez si no quería volver a recibir una buena ración de jarabe de palo.

Se marchó con viento fresco no sin antes comprobar como sus nervios le jugaban una mala pasada y el coche se le calaba hasta en cuatro ocasiones antes de llegar al trabajo. Una de ellas en la entrada de una de las rotondas más concurridas de la ciudad, lo que provocó un concierto de claxon en do mayor que ya quisiera para sí la sinfónica de Viena.

Llegó tarde a la Notaría, como era de esperar, y tuvo que aguantar como su jefe le echaba la bronca del siglo al haber tenido que dejar que se marchasen los clientes que tenía a primera hora porque él no había llegado a tiempo con los legajos que se había llevado a casa la tarde anterior para su visado. A pesar de que era su primera falta grave en ocho años de expediente impecable, no se libró de una ración de gritos y otra de aspavientos. Lo peor fueron las amenazas y las heridas en el orgullo, porque cuando se quiso explicar le dijo que los cuentos eran para Calleja.

Le dolían la espalda, la cara y el orgullo. Estaba hecho un trapo y aún tenía que sentirse culpable por haberse levantado a las seis de la mañana a hacer deporte. Sacó un café de la máquina y lo bebió apresuradamente, consiguiendo, con ello, quemarse la garganta. Lanzó un improperio en voz más alta de lo que hubiese querido lo que le valió la reprobación de una de sus compañeras que venía acompañada de unos clientes. Se sentó a trabajar al fin, esperando que el calmante hiciese efecto cuando antes y lo que terminó haciendo efecto fue el café cargado de la máquina.

Empezó con un leve gorgoteo en el estómago, continuó con un dolor agudo y terminó con sus posaderas sobre la taza del váter expulsando lo que tenía y lo que no tenía. Debió haber dado un concierto en sí bemol porque cuando salió del baño, los compañeros de la notaría le miraban con discreción e intentaban disimular sus risas. Pero fue saber que el jefe estaba esperando a que terminase para pasar al baño cuando se puso más colorado que en ningún momento del día ya que el aroma que había dejado en el habitáculo era poco menos que insoportable.

-        ¿¡Pero qué ha comido usted!?

 

Se sintió tentado de decir que había sido el café y utilizar el brebaje barato y malo de la máquina como motivo y excusa, pero sabía que aquello no iba más que a seguir echando leña sobre una hoguera que él mismo había encendido de manera inconsciente con una simple carrera de madrugada.

A lo largo de la mañana se le destintó un bolígrafo, otro dejó de escribir mientras estaba firmando cartas y la sombra de un pájaro por la ventana le provocó un susto tan grande que se levantó de un impulso derramando el vaso de agua sobre un informe oficial que tenía que visar con el sello de la notaría. Puso el informe a secar extendiéndolo en el suelo con la mala suerte de que una compañera abrió la puerta y, sin mirar abajo, pisoteó dos de las hojas dejando una huella negra y grande sobre el blanco del papel.

Cuando fue a levantarse, desolado por la situación, su espalda dijo basta y se quedó clavado en el sitio. Hubo de pedir ayuda y hasta una ambulancia tuvo que venir a por él para ayudarle a incorporarse en el hospital con una inyección y mucha paciencia. Se llevó, de paso, la mirada severa de su jefe quien, al ver el galimatías que había en su despacho, le miró con cara de estás despedido y la próxima vez que vengas te llevarás de paso el finiquito.

Aunque todo eso, en aquel momento, le daba igual. Lo único que quería era llegar cuanto antes al hospital, recibir un pinchazo en la espalda y sentir como el dolor agudo desaparecía sin más para convertirle, de nuevo, en una persona normal. El trayecto fue largo y abrupto. Hubo dos frenazos que le hicieron golpearse la cabeza contra una bombona de oxígeno que había en el suelo y que asomaba por encima de la camilla, el enfermero que le acompañaba sufría de una difícil digestión y, en silencio, fue soltando sus gases dejando un peculiar aroma dentro del habitáculo y, cuando por fin llegaron a su destino, le dijeron que debía esperar en una sala porque su caso no requería de tanta urgencia y tenían muchos pacientes esperando a ser atendidos.

La espera fue larga e incómoda. Debido a la ansiedad, le entró una tremenda sed y pidió, por favor, que le diesen un poco de agua. A regañadientes, una sanitaria de colmillo retorcido y mal encare le dio una botella de agua caliente que bebió casi en dos tragos medio incorporado en la camilla sintiendo como parte del líquido resbalaba por su barbilla y se perdía entre su pecho y su estómago. Cuando creía haber calmado sus instintos y la sed había desaparecido, llegaron unas terribles ganas de orinar. Aguantó lo que pudo, más no podía levantarse para ir al baño, preso del dolor y de la desesperación, apretó los dientes y forzó su próstata constriñéndola hasta la extenuación. Creía tener controlada la situación hasta que un camillero entró por error en la sala, golpeó su camilla sin mirar y, azotado por el movimiento, el dolor le hizo soltar un quejido y un cuarto de litro de orina que tenía acumulada dentro de su vejiga. Con el pantalón mojado y la cara colorada le encontró el médico antes de hacerle una severa inspección.

Forzando los pantalones para bajárselo hasta el tobillo y notando, muerto de vergüenza, como una toalla manejada por la enfermera le secaba parte de su espalda, se acomodó como pudo en la camilla y sintió el pinchazo entrar por su rabadilla de manera tan repentina que soltó una coz por instinto golpeando al doctor en la zona inguinal y consiguiendo, de paso, que éste, llevado por el impulso del dolor, clavase toda la aguja de golpe con todo el dolor que aquello le produjo. Ambos gritaron a la vez, ambos se retorcieron a la vez y ambos fueron sujetados por los hombros a la vez para que la escena no fuese a mayores. El doctor con la mano en la entrepierna y un dolor agudo que le llegaba hasta la cabeza y él con una jeringuilla clavada en la zona fronteriza entre la espalda y el culo y bailando por instinto una especie de antigua danza ancestral.

-        Duele, duele, duele. – Repetía.

-        Mucho, mucho, mucho. – Replicaba el doctor.

Le sacaron la jeringuilla como bien pudieron y volvió a quedarse tieso en la camilla hasta que sintió, poco a poco, como el dolor desaparecía y al fin podía incorporarse no sin dificultad. Arrastrando los pies se marchó del hospital, con los pantalones bajados y la espalda dolorida. Fue a pedir un taxi pero se le acabó la batería y no tenía dinero suelto para llamar por un teléfono público. Suplicó a media docena de pacientes que hiciesen el favor de pedirle un taxi, pero le miraban de arriba abajo y terminaban despreciándole. Solo, abandonado, empapado y dolorido en la puerta de un hospital, no le quedaba más remedio que vencer al frío y buscar un taxi mientras arrastraba las piernas y la dignidad.

Con los pies helados y la entrepierna acartonada, recorrió los alrededores del hospital con el brazo en alto y la desesperación en la garganta. Se le hizo de noche y el frío comenzó a congelar su nariz y su garganta. Aquel primer estornudo tan sólo fue un aviso de lo que estaba por venir. Cuando había perdido la esperanza, al fin divisó una luz verde y se acercó como pudo hasta el borde de la calzada sin calcular la altura del bordillo lo que produjo que pisara mal y cayese de forma ridícula, y de rodillas, delante del taxi que llegaba hacia él. Para intentar hacerlo frenar, puso los brazos en cruz lo que hizo parecer una súplica en toda regla que el taxista entendió como un gesto de desesperación y, aunque tenía un aviso pendiente que atender, frenó en seco y le esperó con la puerta abierta y su mejor sonrisa.

Le agradeció en el alma su compasión y, cuando le contó a grandes rasgos lo que le había pasado encontró, por vez primera en lo que llevaba de día, unas palabras agradecidas y un gesto amable.

-        Al menos llegaré a casa para ver el partido.

 

El taxista giró su cabeza de manera brusca y dio un volantazo involuntario mientras le puso su peor mirada de desconfianza.

-        ¿Es usted de los rojos?

 

Se quedó mirándolo a medio camino entre el temor y la desesperanza.

-        Sí. – Balbuceó.

-        ¡Fuera! – Dijo de manera inmediata antes de bajarse del coche y abrirle la puerta con cara de disgusto.

-        Pero…

-        ¡Fuera!

-        No tengo dinero para pagarle.

-        No quiero su dinero.

 

Y le dejó allí, muerto de frío y solo ante la noche cerrada y la necesidad de llegar a casa, darse una ducha y ponerse la manta térmica para ver el partido sentado en el sofá.

Al menos el calmante había hecho efecto y podría llegar a casa caminando. Le quedaban dos kilómetros que anduvo lo más rápidamente que le dejó el frío y el dolor y, cuando al fin abrió la puerta, su mujer le recibió con una regañina y una cara de vinagre.

-        ¡Se puede saber dónde te has metido!

 

Resopló de manera paciente, cerró los ojos y empezó a contárselo todo. No tenía móvil, ni dinero, ni ganas. Su día había sido una puñetera mierda. Sólo quería sentarse, comer algo y ver el partido tranquilamente.

-        ¡Si perdéis no me la líes!

 

La observó con displicencia y contestó con soberbia.

-        Tranquila, no vamos a perder.

 

La caldera se había vuelto a romper y el agua de la ducha estaba fría y la cena demasiado caliente. El frío terrorífico que le había provocado el chorro gélido en la espalda se había compensado con el abrasador sentimiento que había sufrido entre la lengua y el paladar por la cucharada de sopa que se había metido en la boca ávido de echarse un poco de alimento en el estómago.

Aguantó un aullido y se mordió la lengua intentando no gritar. Entonces gritó y se quedó sin voz.

-        ¡Dios!

 

Pero Dios no le había acompañado en todo el día.

Hizo pis y salpicó la taza, se subió la bragueta y se pilló un testículo, se lavó las manos y se le escurrió el jabón, fue a cogerlo y se dio con la cabeza en el lavabo.

Con el cuerpo dolorido y las manos frías se sentó a ver el partido por la final de la Copa del Mundo de equipos de fútbol. Su equipo, los Rojos de la Ciudad, se enfrentaban a los Reyes del Continente en un partido a cara de perro. Daba la casualidad de que no era un enfrentamiento entre campeones, ya que su equipo había perdido la gran final continental unos meses antes, pero como el campeón, el Copas de Oro, había renunciado a viajar hasta América para ser apaleado hasta en el carnet de identidad, había dejado la plaza libre para que los Rojos pudiesen desquitarse y llevarse una copa que, de alguna manera, merecían por derecho propio.

En el partido de ida habían perdido por dos goles a uno, por lo que les bastaba un simple uno a cero para levantar la copa de campeones del mundo y poder sacar pecho ante la humanidad con un título ganado a base de fútbol y coraje. Porque su equipo podía tener mejor o peor suerte, pero nunca se amilanaba.

Abrió una cerveza, sin alcohol para no desafiar a los calmantes, y la espuma se derramó por toda la mesa. Se metió una corteza de cerdo en la boca y una miga suelta le provocó un ataque de tos que casi le ahoga. Los golpes de su mujer en la espalda, con tiento y sin tacto, le dolieron más que la tos y las lágrimas que derramó tras verse a salvo se convirtieron a su pasaporte hacia el alivio y la salvación. Decidió no beber nada, no comer nada y sentarse tranquilamente, con la espalda apoyada en el respaldo del sillón, a ver el partido de su equipo y esperar a celebrar el mayor título de su historia.

No necesitaba otra cosa que no fuese tranquilidad y un gol. La tranquilidad llegó cuando su espalda encontró acomodo y su cuerpo comenzó a relajarse. Y gol llegó más tarde, justo cuando le entraron unas inaguantables ganas de ir al baño y miccionar. Trató de aguantar, porque su equipo estaba jugando bien, plantando cara y mostrando el ímpetu que se le presuponía. Pero no podía más, se levantó, subió el volumen del televisor para poder escuchar la narración del partido desde el baño y cuando el chorro de la orina estaba en su momento de esplendor escuchó la palabra.

-        Gol.

-        ¡Gol! – Repitió él de manera automática.

 

Y, conducido por la emoción, se giró de manera impulsiva, paseando el chorro por el sanitario, el suelo y los azulejos. Cuando quiso ser consciente, ya estaba en mitad del pasillo con los pantalones mojados y la garganta rota.

Cuando se disponía a ver la repetición, después de deleitarse con el abrazo en grupo de los jugadores, el televisor refulgió en negro y todas las luces de la casa se apagaron dotando a la estancia de una oscuridad total. Confuso, se asomó al ventana intentando, por intuición, sortear los muebles del salón y comprobó que toda la calle se había sumido en la noche más profunda.

No había luz, ni wifi, ni datos, ni siquiera un mínimo conato de protesta que acabase con aquel silencio tan desesperante. Abrió la ventana y gritó, frustrado por la situación, mientras preguntaba qué narices estaba ocurriendo.

Un vecino le insultó, otro le mandó callar y otros dos, que ya conocían su afición por el equipo rojo, le llamaron perdedor y le obligaron a meterse de nuevo en su casa. Cuando lo hizo, se dio cuenta de que estaba muerto de frío y buscó una manta con la que arroparse al tiempo que maldecía el día en que tiró su viejo transistor de pilas pensando que ya jamás le iba a hacer falta utilizarlo.

Se comió las uñas, se tiró de los pelos, se aguantó las ganas de gritar y decidió guardar silencio para que su mujer no pagase por unos platos que ella no había roto. Pasaron más de cincuenta minutos de inquietud, nerviosismo y mucha sed hasta que las bombillas volvieron a refulgir y el televisor parpadeó para volver a encenderse y pintarse en el color verde del terreno de juego.

Apretó los dientes, cerró los puños y dejó escapar un escueto “bien” impregnado de rabia y satisfacción. Seguían ganando por uno gol a cero y quedaban apenas diez minutos para el final del partido. Por un momento, aparecieron las estadísticas del partido y pudo comprobar que su equipo había disparados veintiocho veces a la portería rival por tan sólo una del equipo contrario. El narrador decía que los rojos no habían sufrido en todo el partido y que, seguramente, terminarían llevándose la copa sin ningún tipo de problema.

Así que, después de tanto sofoco, sintió un momento de tranquilidad. Dejó de sentir frío, la cara dejó de palpitarle, la vejiga se relajó y la espalda dejó de dolerle. Cogió el móvil y entró en Twitter. Los aficionados de su equipo se regocijaban y los aficionados al fútbol en general se mostraban admirados. Quedaba los minutos del descuento, la copa era suya, el partido estaba finiquitado, su equipo controlaba el partido y el equipo rival no daba dos pases consecutivos más allá del centro del campo.

Así que abrió la aplicación de la cámara, buscó la opción vídeo y le dio el móvil a su mujer.

-        Grábame justo en el final del partido que quiero tener este recuerdo celebrando un título histórico.

 

Y de esa manera, su mujer comenzó a grabar cuando apenas quedaban treinta segundos para completar el tiempo de descuento. Él se mostraba risueño, confiado, casi eufórico pero contenido. Lo que no grabó su mujer fue el último ataque del equipo rival que terminó con un balón colgado al área, un rechace y un disparo forzado, casi imposible, que terminó en la escuadra de la portería del equipo rojo.

Y entonces se desató la tormenta.

-        ¡Nooooooooooooooooo! ¡Nooooooooooooooooooo! ¡Hijos de putaaaaaaaaaa! ¡No puede ser! ¡Noooooooooooooooo! ¡No me lo puedo creer! ¡Noooooooooo! ¡Me cago en mi puta vida! ¡Desgraciados! ¡Una jugada, sólo teníais que defender una puta jugada! ¡Diooooooooooooos! ¡Nooooooooooooooo! ¡Me muero, hijos de puta! ¡Me muero por vuestra culpa! ¡Me voy a morir! ¡Nooooooooooo! ¡Éramos campeones, joder! ¡Éramos campeones!

 

Dio una patada a la mesa, lanzó al suelo el mando del televisor y, contra la pantalla aún refulgente en verde con los jugadores del equipo rival celebrando su conquista, lanzó el vaso aún lleno de agua que quedaba de pie en una esquina de la mesa. En un momento se había quedado sin título, sin televisor y sin dignidad, y su mujer que, obediente ante su mandato continuaba grabando toda la reacción, permanecía indeleble, con la boca abierta y paralizada por el miedo al no reconocer en el hombre que tenía frente a sí a la persona con la que se había casado.

Cortó la grabación justo cuando le vio empezar a llorar y, mientras esperaba a que su marido terminase de calmarse y fuese capaz de combatir la ansiedad, cometió el gran error. A modo de inocente información, envió el vídeo a su hermano para decirle “Mira como está tu cuñado, no le reconozco”. Lo que ella esperaba era compresión y unas palabras tranquilizadoras, pero lo único que vino fue el silencio y una noche larga en la que no pegó ni ojo escuchando a su marido moverse sobre el colchón una y otra vez.

Fue el teléfono quien les sacó de la cama. Era temprano aún, apenas las siete de la mañana y ambos permanecían en el catre esperando que el despertador les pusiese de cara a la realidad y les obligase a luchar contra el día a día. Si los dolores se lo permitiesen, debería estar en la notaría a las nueve, y allí debería lidiar con las miradas y comentarios socarrones de sus compañeros de trabajo. Qué le iba a hacer, estaba acostumbrado.

-        Dígame. – Contestó con la voz cargada de sueño y el ánimo descargado de cualquier emoción.

-        No hace falta que venga hoy a trabajar, está despedido. Cuando quiera, puede pasarse a por sus cosas y a firmar el finiquito.

-        ¿Cómo?

-        ¿Y aún se atreve a preguntarlo?

Le colgaron el teléfono y él quedó completamente descolgado. Cuando sacó el cable del cargador del teléfono móvil y activó los datos, recibió un aluvión de mensajes. Durante toda la noche, su gente había estado en pie y había una palabra que lo monopolizaba todo. “Viral”.

Pinchó uno de los enlaces que le adjuntaban en los mensajes y, durante unos segundos, se le vino la sangre arriba y el mundo se le vino abajo. Ahí estaba él, totalmente alterado, después de haber estado esperando para celebrar un gol y terminando rompiendo todo lo que pillaba por su camino, gritando como un energúmeno, entregado a la derrota con la mayor desesperación posible.

-        ¿Qué has hecho? – Preguntó a su mujer.

-        ¿Qué?

-        ¿¿Que qué has hecho?? – Repitió de manera airada y a punto de perder la calma.

-        Nada… - Dijo ella en voz baja y con la voz quebrada por la duda.

 

Entonces le mostró el móvil y le enseñó el vídeo. Comprobó cómo, poco a poco, ella se iba poniendo pálida y como tuvo que levantarse de la cama para acudir al baño y desahogar una arcada dentro del inodoro. Cuando regresó tenía los ojos caídos y la boca torcida. Buscó su teléfono y marcó un número de memoria. Dos tonos, tres. Descolgaron.

-        ¿Pero qué has hecho, joder? – Preguntó desesperada.

 

Hubo un intercambio de palabras, airado al principio, más calmado después, un silencio, más voces, otro silencio y un insulto. Ella tiro el teléfono sobre la cama y comenzó a llorar. Balbuceó unas palabras y le pidió perdón mientras se abrazaba a él.

Se convirtió en viral. En el nuevo icono de la postmodernidad. Su celebración corrió de mano en mano, de boca en boca, de ojo en ojo. Se hizo tan célebre que incluso los hinchas de su equipo le acogieron como suyo, tanto que el club le pagó un abono y le buscó un trabajo, tan popular que vio su imagen en cientos de entradas en la red y tan frágil que se vio abocado a la medicación cada vez que su equipo caía en la derrota y las mofas llamaban a su puerta. Su equipo ganó algún título, notoriedad e incluso volvió a verse en la misma situación años más tarde. Campeón de Europa y con aspiraciones a conquistar la Copa del Mundo, pero aquel día él ya no estaba para celebraciones y, mucho menos, para romper televisores a patadas. Aquel día permanecía acostado, enganchado a los somníferos y con una bata blanca tras la puerta de una habitación donde ponía "Cuidado, no pasar".