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jueves, 24 de junio de 2021

Su Eurocopa

Las declaraciones de Van der Vaart han dejado al descubierto las miserias de todos aquellos tipos que recelan del mundo cuando no es el club de sus amores quien predomina en el énfasis informativo. Porque para ellos, la Eurocopa no existe aún estando España en juego y necesitan predominar ante el escenario haciéndonos saber que la Francia de Benzema y la Croacia de Modric son tan suyas como de cualquier ciudadano nacido más allá de los Pirineos.

Bastó una respuesta enconada de Koke para que los más míseros de la opinión se lanzaran a emitir una comparativa tan absurda como innecesaria. Porque Van der Vaart pudo haber sido un jugador técnico, con un buen golpeo de pelota y con ciertas habilidades para la conducción, pero la capacidad organizativa de Koke no la tuvo en toda su carrera. Y es que en este país gusta mucho desprestigiar a muchos futbolistas por el mero hecho de no haber vestido nunca esa camiseta blanca que parece que exime de todo pecado. Las mofas con Koke vienen de antiguo, pero el capitán del Atleti, que habla poco fuera del campo, ha demostrado sobre el césped que es un jugador con mayúsculas, y el que no quiera verlo o está ciego o no se lo quiere perder.

Lo cierto es que muchos de estos que se llenan la boca con el españolismo, estarán deseando que su selección termine siendo eliminada para poder recriminarle al seleccionador que no haya convocado a ningún jugador de su equipo e, incluso, lo que es peor, desearán que Francia, Croacia o Alemania nos eliminen porque siempre pondrán a sus futbolistas por encima de su país, porque ellos no conciben ganar si no es con los suyos, porque ellos no conciben la derrota aún sin jugar con los suyos.

Así que nos queda un panorama muy divertido con un seleccionador en el disparadero, odiado por la central lechera desde hace tiempo y con un equipo tocado sin gol y sin la dosis justa de ambición como para creerse capaces de ganar este campeonato. Y yo, que suelo remar contra corriente en lo que a los análisis y sentencias de la opinión pública se refiere, me pongo del lado de Luis Enrique porque, como dicen el dicho, algo tendrá el agua cuando la bendicen. Algo tendrá para que los dueños del circo le maldigan. 

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Ya no nos vale el VAR

En el análisis aparece el razonamiento, la síntesis, sin embargo, está cargada de razones contrapuestas, porque, más allá de las verdades, viven los intereses y, junto a estos, perduran las situaciones que, en nuestra memoria, sólo toman una forma; aquella que nosotros queremos darla. Por ello, cuando intentan rebatirnos con argumentos, tiramos de ideario y cuando intentan convencernos con ideas, tiramos de frustración.

Fueron muchos los que anunciaron el fin de las injusticias cuando empezaron a hablar de la implantación del VAR. Son los mismos que hoy anuncian el apocalipsis del fútbol agarrados a las estadísticas y pretendiendo hacer creer lo que todo el mundo sabíamos de antemano; los equipos grandes se iban a ver más perjudicados porque las pantallas no mienten y suelen mostrar lo que realmente ha ocurrido.

Cuando la directiva del equipo que manda pone en marcha la maquinaria ya no hay quien pare la fuerza del relato. Nos hacen saber que sin las decisiones del VAR el equipo tendría seis puntos más. Bien analizado, lo que quieren decir es que con errores arbitrales el equipo iría primero. Y eso es lo que molesta, que la tecnología haya llegado para dejarles en bragas.

Pero como el análisis tiene una carga de razonamiento y en la síntesis aparecen las razones contrapuestas, es mejor jugar a poner en duda el invento antes de detenerse en la verdadera razón del cúmulo de errores en la interpretación. La guerra entre la Liga y la Federación la están pagando todos. Pero el todo, como conjunto vacío de propaganda, no existe, sino que existe el uno, grande y libre, como en la dictadura de lo interpuesto. Esos que hoy se quejan porque el invento les está saliendo rana serán los mismos que aplaudirán su aplicación el día que les favorezca. Y sino que tiren de hemeroteca. Atlético y Ajax en la misma semana del pasado mes de febrero.

El problema de la memoria es que sólo funciona a corto plazo y, generalmente, movida por intereres.

miércoles, 5 de junio de 2019

Oikos

Si algo ha dejado entrever la información relativa a la operación Oikos por el supuesto amaño de partidos perpretado por la organización encabezada por Raúl Bravo y Carlos Aranda, es que la prensa deportiva se ha inhibido de la investigación para pasar a ser una mera fuente de información. Son los diarios generalistas quienes publican las averiguaciones mientras quien de verdad debería hacerlo anda más entretenido con entrevistas a suplentes y regocijos por el acierto en algún fichaje en concreto.

Que el fútbol es de los aficionados es algo que debería tener claro tanto los clubes como la prensa a quien representan. El problema es cuando dejamos correr las aguas y blanqueamos la verdad para ponerle un vestido de fiesta. La prensa deportiva termina convirtiéndose en una excisión de la prensa rosa y las verdaderas noticias llegan de redacciones donde han de pegarse por una columna de más o una crónica de menos.

Reducirlo todo a una portada y a informaciones sueltas es reducirlo todo a la comodidad. Ya no existe el periodista que se pega con el mundo para conseguir una información, ya no existe el informador que atiende a las necesidades de los usuarios. Todo es debate y opinión mal contrastada. Todo es manos a la cabeza a posteriori y espera cómoda. Todo se va al traste mientras juegan con nosotros. Pero tranquilos, mientras a su equipo de cabecera le vaya bien, no

viernes, 31 de mayo de 2019

Como pierde Guardiola

Que los medios deben vender un producto es algo tan obvio como que deberían hacer honor a la verdad y, sobre todo, a la honestidad. El problema de la realidad es que suele destruir más titulares que la imaginación, el problema, más allá de la propia realidad, es el de la lógica imperante, pero todo ello da igual siempre y cuando el extracto elegido compense siempre la función rebuscada; debemos hacer creer que el mundo está en contra del enemigo porque si plasmamos lo contrario nadie creerá en el valor de nuestra cruzada.

Hace tiempo que el espectro mediático español se volvió en contra de Pep Guardiola. Su pecado había sido descarado y las consecuencias más humillantes aún; había ganado mucho y, sobre todo, había ganado muy bien. Su discurso, siempre respetuoso, se tradujo como la de un falso humilde que gusta de humillar con la palabra y mear colonia con el razonamiento. Para excusar su falta de argumentos apoyaron su ideario en la exposición pública de la persona y en la capacidad regenerativa del personaje. Dijeron que era un independentista indecenta y achacaron sus éxitos al talento ajeno antes que al trabajo propio.

Los éxitos de Guardiola son tan notables que buscan aliarse a la lógica del conocimiento al tiempo que huyen a la plasmante autoridad del reconocimiento. Cualquiera de sus palabras es sacada de tiesto y su nombre sirve igual para vestir una entrevista a un presidente del gobierno como para ensalzar una derrota asociada siempre al fracaso. Ningún titular sin su hipérbole, ningún razonamiento sin su rencor. Guardiola se ha visto tan obligado a pagar cuentas que en cada temporada tiene que jugar contra su propia exigencia para consguir superarse.

Y ha perdido, claro que ha pedido ¿Quién no pierde en el deporte? El problema es cuando la derrota se convierte en un ajuste de cuentas y el análisis se convierte en una oportunidad para resaltar el fracaso. La obra de Guardiola se resume en diez temporadas y ocho ligas; quien a eso no lo llame regularidad es que observa la realidad con una venda y solamente analiza con el sesgo del resentido. Pero, más allá del éxito, el trabajo de Guardiola es un legado difícil de comparar, porque hasta en la derrota es tan honesto que pierde con todas sus cartas. Como le canto Joaquín Sabina a Chavela Vargas; quién pudiera reir como llora Chavela. Quién pudiera ganar como pierde Guardiola.

miércoles, 8 de mayo de 2019

La interpretación del fracaso

A menudo me sorprende la ligereza con que se utiliza la palabra fracaso, generalmente utilizada por tipos que, seguramente, hayan tenido que conformarse con una vida con la que no soñaron de pequeño. El fracaso, como signo de medida ante una derrota, puede calificar en diferentes niveles, pero, generalmente, se ceba en el ente más intrínseco, porque lo superfluo no cuenta a la hora de medir responsabilidades. Suele ocurrir que nos duelen tanto las victorias de los rivales que siempre andamos con un ojo pendientes de su derrota para sacar el hacha a relucir. Y esperamos a la vuelta de la esquina para resolver cuentas pendientes; siempre con el calor del resultado, claro está. Y siempre con la intención de convertir en nimio cualquier éxito ajeno, porque para nosotros fracasar significa siempre perder, sin analizar que quizá, en cada derrota, haya un elemento de seducción que tendemos a obviar para derribar nuestros propios muros psicológicos; cuando alguien lo hace muy mal, el error, generalmente, viene conducido porque el otro lo hizo muy bien.

A mí, que me gusta analizar siempre el fútbol desde la victoria, que desde el ventajismo de la derrota, prefiero pensar que el éxito sonrió a un Liverpool que siempre creyó en sí mismo y que si el Barça perdió fue porque no pudo con el empuje y moralidad física de un equipo que siempre supo tener al alcance una gesta que ayer le glorificó, una vez más, como club de fútbol. El calor del resultado nos hace soltar improperios y desclasificar viejos fantasmas, pero lo cierto es que el éxito ajeno raramente suele ser fuente de interpretación para calificar nuestras decepciones. Hablar de fracaso en una semifinal de Champions, con varias ligas en el zurrón y un lustro jugando finales de Copa, me parece una barbaridad. Está claro que fue una decepción, una de las más grandes, pero lo fue porque en esta sociedad que hemos creado en la que sólo nos sirve alcanzar el máximo, no somos capaces de concebir que quizá nuestros equipos no estén capacitados para ciertas afrentas. El Barça lo intentó en su medida en el partido de ida y no consiguió frenar el vendaval que le llegó en el partido de vuelta.

Los recuerdos futbolísticos de mi infancia están marcados por un equipo que se paseó por España sin ser capaz de saltar la barrera de las semifinales en la Copa de Europa. Si a alguien le decimos hoy que el Madrid de la Quinta del Buitre fue un fracaso, se echaría las manos a la cabeza con razón, en cuanto está instalado en nuestra memoria como una fuente de buen fútbol del que bebieron generaciones posteriores. Al Barça de Messi, que, por cierto, ha ganado cuatro Champions, se le quiere archivar con la etiqueta del fracaso porque no ha sido capaz de sostener buenos resultados en rondas finales de la máxima competición. Si la Champions la ganasen varios equipos al año, entonces podríamos exigir una oportunidad de verse en el olimpo, pero todos los títulos son tan selectivos que sólo permiten un ganador por temporada. Esto pone en sintonía el éxito del último Real Madrid, pero no tiene porque ser motivo para despreciar a un equipo y, mucho menos, a un futbolista que ha sostenido el nivel de nuestra liga durante la última década. El fracaso, con semejante derroche de jugadores y presupuesto, sería no jugar la Champions, porque sería no cumplir un objetivo mínimo, pero quedarse a las puertas de una final en un torneo que sólo concede un ganador al año no puede ser un fracaso porque entonces estamos poniendo un nivel de exigencia por encima de las expectativas.

Porque cada uno tiene que ser consciente de su capacidad antes de exigir un nivel en las capacidades ajenas. El fracaso es caer en la ignominia, no conseguir algo es, simplemente, una decepción. Y las hay pequeñas, de las que salimos indemnes, con una esquirla en la memoria, y las hay grandes, como Roma o Liverpool, en las que salimos tocados y creyendo que, quizá, la próxima sí puede ser la nuestra.

viernes, 8 de marzo de 2019

Un filtro de distinción

Las escalas de grises, como método de medición analítica, nunca existieron cuando está por medio el Real Madrid. Igual te venden por fascículos la vida y milagros de cualquiera de sus fichajes como te tiran a la basura a un futbolista por un mal momento sabiendo que, si ese mismo futbolista termina recuperando sus sensaciones, lo alabarán como si el protagonista de un cuento de hadas se tratase.

Todos los principios de temporada se presentan como una novela de ilusión vendida por fascículos. Los jugadores juegan, ríen, se divierten y son las personas más felices del planeta. Para no serlo, siendo futbolistas del mejor equipo del mundo y viviendo en el Disneyland del balompié. Cada entrenamiento es un gol de portada y cada paseo por el mundo es un motivo para aprender cultura e historia.

Ocurre que las ventas de humo duran lo que tardan en llegar los malos resultados. Primero fue Lopetegui, después fueron las ausencias y cuando se quisieron agarrar a Pintus como el timón guía de la remontada, se han dado de bruces con la realidad y buscan una nueva cabeza de turco; cuando el pueblo baja el pulgar y el presidente ve su cabeza pendiente de un hilo, la maniobra siempre es la misma: esparcir la basura y esperar a que los buitres lleguen en busca de carroña.

Siempre que un gigante cae a plomo, la caída es estrepitosa. La crisis del Madrid se ha llevado por delante muchas ideas y, sobre todo, ha dejado en pelotas a más de un rastrero de la información. Aquellos que viven de hacer el ridículo seguirán haciéndolo porque no les cabe un gramo más de vergüenza en el cuerpo y el resto, acostumbrados a vivir en la gesta, han de torcer el hocico y reconocer que quizá habían exagerado con el pronóstico y el monstruo no era tan fiero como lo pintaban.

En realidad, no debería pasar nada. El Madrid tiene mimbres y dinero para reconstruirse y los análisis no deberían ser tan catastrofistas porque, al fin y al cabo, todos los ciclos terminan muriendo. La derrota es un factor común en el deporte; demasiado común como para no temer sus consecuencias. El problema es que, cuando te acostumbras a ganar, crees que la sonrisa siempre vivirá perenne en el rostro. Nadie gana para siempre, nadie es Dios en el deporte porque sino el deporte no viviría de la emoción y respiraría por la pasión. Las grandes derrotas no matan a nadie, sólo sirven de filtro para distinguir a los tontos de los cuerdos. Y esta semana loca ha dejado a más de uno con cara de gilipollas.

viernes, 18 de enero de 2019

El fracaso

Hay palabras que, de tanto trillo, terminan consolidándose como figuraciones pomposas en el salón de las trivialidades; porque no sabemos sacar lustre del concepto y porque, generalmente, terminamos recurriendo a ellas con celeridad para intentar explicarle al mundo nuestras razones particulares. Existen sinónimos, o parentescos vocales, que, con menor impacto, son capaces de analizar una situación con más precisión, pero como necesitamos del drama y el tremendismo, acudimos a la barbaridad para llamar la atención. Porque, como mandan los cánones de la insensatez, no deben dejar, nunca, que una verdad les estropee un bonito titular.

El Atleti completó, ante el Girona, uno de los mejores partidos en lo que va de curso. Fue intenso en el medio, incipiente en tres cuartos y poderoso en el área; metió el balón cinco veces en la portería aunque sólo le diesen por válidos tres goles. Tuvo errores, claro está, de no haber sido así, no se hubiese eliminado, pero, más allá de las imperfecciones, quedó la sensación de que habían sido mejores y que, en esa línea, es más fácil consechar éxitos que decepciones.

El equipo está invicto en liga, siendo, un año más, el único que aguanta el tirón del Barcelona de Messi, está clasificado para los octavos de final de la Champions y sólo ha perdido dos partidos de los treinta que ha disputado. Ha visitado, en liga, estadios tan difíciles como Chamartín, Mestalla o Sánchez Pizjuán y mantiene intacta la esperanza de luchar hasta el final por sus objetivos. Y algunos, con más premura que paciencia se están atreviendo a hablar de fracaso.

No han tenido la paciencia de esperar al final de la temporada. El equipo puede caer, está claro, la competencia es dura y el Atleti, aunque tiene buenos mimbres, tiene una plantilla corta y está siendo atacado por una plaga de lesiones que le está mermando. Pero los que haya seguido su trayectoria durante los últimos siete años, saben de sobra que nunca ha dejado de competir, que siempre ha llegado a mayo con alguna expectativa viva y que, generalmente, nunca se ha caído en enero del caballo de sus propuestas.

Caer contra el Girona es duro. Un revés imprevisto que, emocionalmente, puede influir en el corto plazo, pero existen palabras más concordantes como decepción o desilusión que pueden amortiguar el concepto. Porque hablar de fracaso en una eliminatoria donde has sido superior es negar el análisis y buscar el titular. Y aunque todo vale para conseguir pinchazos, está claro que la gente sensata, que, aunque guardemos respetuoso silencio, formamos un amplio grupo, demandamos opinión sensata e información certera. Creo que no cuesta tanto. Aunque no deje de ser una sorpresa que un equipo chico elimine a uno grande. En la sorpresa reside la grandeza del fútbol; pero hay muchas maneras de contarlas: desde la épica, desde la minuciosidad o desde el tremendismo. Imaginen cual es la que más vende.

jueves, 10 de enero de 2019

Lo de siempre

El problema de ver la paja en el ojo ajeno antes que la viga en el propio va más allá del principio de consideración. La fe en los bulos conducen hacia una creencia ciega en los complots y la omisión de la realidad lleva a la creación de universos paralelos. En Narnia, opinan algunos, se debe vivir mejor.

Nadie se había detenido a convertir el debate sobre el VAR en una reunión de pastores hasta que el invento perjudicó al equipo de todos. Más allá de consideraciones, cabe decir que la interpretación no es lo mismo que la observación y que, ante la duda, permanece siempre el criterio del árbitro. El VAR en el caso del penalti (o no) de Rulli a Vinicius tuvo una duda razonable; había una clara probabilidad, aunque difícilmente visible, de que el portero hubiese tocado la pelota. Hasta ahí debería entrar la comprensión y desde ahí debería acabarse el debate. El problema llega, como siempre, cuando el circo entra en escena.

Se ha convertido en costumbre, porque vende y porque mola, el vender el papel del Madrid como el mártir ante la humanidad. Ellos que tienen más poder que nadie, más dinero que nadie y más títulos que nadie. Sólos contra el mundo, nos dicen. Y la prensa afín se encarga de proclamar una soflama victimista con el fin de aunar a los madridistas de bien en su campaña contra el enemigo. El resto, los cabales, aquellos pseudomadridistas que bautizó Mourinho, no tienen cabida en el bautizo porque para ellos no será el reino de Cibeles.

El problema de hacer proclamas absurdas es que ello les llevará irremediablemente hacia el ridículo. Anoche mismo, en un disputado partido de copa, el Madrid se adelantó en el marcador con un penalti bastante riguroso; pero hoy las portadas son para Vinicius. No hay que olvidar los mantras: si es en contra, pataleo, si es a favor, silbar y mirar hacia otro lado, porque la verdad, tristemente, no vende papel y no fabrica oyentes. Es el país que hemos fabricado; un país de forofos que no saben sentarse a debatir. Seguimos todos en la barra del bar haciendo mucho ruido mientras dejamos las monedas. "¡Esta la pago yo!". Pero si te digo que no es penalti me echas. Porque el ruido y las nueces, en ocasiones, van juntitas de la mano. Unos engordan y otros pelean. Vamos, lo de siempre.

lunes, 5 de noviembre de 2018

La extraponderación del talento

Vivir en la época del clickbait, en la era del highlight, nos ha convertido en bobos solemnes consumidores de momentos. Nada vive del análisis, nada se autoafirma por sí sólo si no ha pasado por el tamiz de la consideración. El trabajo, como fuente de inspiración, ha quedado relegado al plano de lo inócuo y la vistoso, por escaparatista, ha conseguido ganar enteros hasta situarse en la cima de la pretensión.

Venía pasando con Coutinho. Sus goles y sus regates puntales venían escondiendo el verdadero problema de juego que viene mostrando durante sus meses como jugador del Barça. Futbolista de destellos, gusta esconderse en la cal para recibir más allá de tres cuartos. Raramente se le ve en el barro de la creación y más raramente se le ve en la confrontación. Se le fichó como sustituto de Neymar, y sin necesidad de ponderar a este para desmerecer a aquel, cabe decir que la diferencia entre ellos es que uno busca el balón y el otro espera que le llegue.

Pero la desproporción ha llegado en forma de difamación informativa con el caso Vinicius. No voy a poner en duda la valía del jugador brasileño del Real Madrid, nada más lejos de mi intención. Es posible que los pronósticos se terminen cumpliendo y el chico marque una época, pero no es, para nada, ni medio normal, que se dibuje como un jugador de ensueño a un futbolista que lanzó un disparo que iba a fuera de banda y, de rebote, consiguió un gol casi ridículo. Un chico que sólo había jugado tres minutos en primera y que, de la noche a la mañana, tras un buen partido ante un Segunda B, ya era el salvador del madridismo.

La prensa, como licuadora de emociones y predistigitadora de sueños, ha determinado, en más de una ocasión, la carrera de futbolistas que nunca llegaron a cuajar. Y lo hacen para esconder la verdad, para vender ilusión y, sobre todo, para bombardear con humo sobre el peligro de una crisis. Porque saben que la risa siempre vende más que el llanto.

martes, 5 de junio de 2018

Las dos orillas

La trinchera es un lugar incómodo para debatir, pero un lugar demasiado cómodo para expandir el populismo. En este periodismo de trincheras al que nos han acostumbrado, cualquier titular es ensalzado y ninguna noticia, mucho menos una declaración, es analizada en su detalla. Salta la liebre y nos preciptamos en correr tras ella. Nunca la cazan, pero no importa, tras el trastabillazo, tras el fracaso y tras la sangre, queda el rencor. Y, muchas veces, el difama que algo queda.

Guardiola es el tipo más odiado en esta orilla del río. Cometió un grave pecado, y es hacer jugar maravillosamente al fútbol al equipo rival de la mayoría de los contertulios de plató y barra de bar. Esa cuenta pendiente se la han ido cobrando, poco a poco, a medida que el tipo, a pesar de ir ganando ligas como quien come pipas, perdía semifinales de Champions. Le llamaron fracasado por no repetir la excelencia y le tildaron de impopular porque cierto día se levantó con ganas de reivindicar sus ideas. Es igual, ninguno de sus errores derivan de la cuestión política y, mucho menos, de la futbolística, el imán del odio viene de años atrás; desde que los humilló dos veces en dos partidos de ensueño. Si además, durante el camino a la excelencia, levantó tantos títulos como cabían en el imaginario, el odio deriva en desprecio.

Pero no es menos extremista la postura al otro lado del río. Allí, con el sentimiento de la ofensa siempre a flor de piel, el discurso victimista siempre ha encontrado demasiados fieles como para no arrojarlo a la basura. Hablamos de gente que, durante los últimos treinta años, ha disfrutado las mayores glorias posibles. Es igual, todo sigue tribulando en su contra, todos los poderes siguen confabulándose para hacerles caer al precipicio.

Y entre la rabia, la envidia y el victimismo, nos encontramos con situaciones tan absurdas como el análisis de un titular. Touré abrió la boca y los carniceros de lo absoluto tardaron medio segundo en volver a despreciar a quienes les recordó el sabor de la hiel. Por otro lado, los transportistas de la ofensa, tardaron otro medio segundo en afear a unos lo que ya hacían los otros. Porque cuando el protagonista del titular cambia de color, son ellos mismos los que voltean la zamarra del sinsentido. Miren el ejemplo de Ramos; acusado ahora de entumecer el cráneo de Karius durante la final de Champions. Para los que se lanzaron a la yugular de Guardiola, esto es una cortina de humo para no inclinar la cerviz ante la superioridad de su equipo. Para los otros, al contrario, tan prestos a defender a su Dios, no dudan de la veracidad de las noticias porque para ellos todo lo que gana el rival lo hace robando.

Y así continúa la rueda del molino. Siempre la sombra para el que busca el sol y siempre el sol para quien busca la sombra. El buey sigue girando la rueca y seremos nosotros, estúpidos consumidores de su repelente show, quienes seguiremos alimentando su gula. Esperan nuevos episodios; Neymar, Griezmann, el mundial... su sed no conoce la saciedad porque siempre buscarán una víctima en la que depositar sus frustraciones. Así son y así nos los comemos.

jueves, 5 de abril de 2018

Guardianes de la desinformación

Durante estos tiempos de viraje intempestivo en lo que a la información deportiva se refiere, los tipos que supuran la pus de su profesión se han escudado en sus fechorías profesionales haciéndonos creer que lo que hacen lo hacen porque el consumidor demanda su producto y que si ellos son los guardianes de la corporación desinformativa no es porque se hayan empeñado en manchar su profesión, que sí, o porque se hayan propuesto ensuciar la objetividad, que también, sino porque se creen pioneros de un modelo que creen tan innovador que no dudan en calificarse como profesionales de la máxima calidad.

Basta darse una vuelta por la parrilla mediática para darse cuenta de que lo que ofrecen, está muy lejos de parecerse a algún tipo de información relevante. Aquellos resúmenes de televisión que esperábamos cada domingo por la noche, o lunes a mediodía, han dado paso a pequeños reportajes donde los gestos cuentan más que los goles y las palabras en voz baja cuentan más que las órdenes deportivas. Donde antes había un detalle del juego; un regate, un centro al área, un cabezazo a la escuadra, ahora hay un detalle estético; un peinado, una sonrisa perfilada, un calzón ajustado. Donde antes había una polémica derivada de algún error arbitral, ahora existen confabulaciones, decretazos y oscurantismo.

Resulta difícil estimar cual fue el momento exacto en el que el periodismo deportivo decidió pegarse un tiro en el pie. Hubo un momento en el que la información pragmática dio paso a la opinión rastrera y de los primeros polvos llegaron los actuales lodos. El primitivo Rondo de Televisión Española, el Marca de Eduardo Inda y, como pioneros del desastre, los periódicos deportivos barcelonistas. Resulta difícil calibrar el daño que estos últimos le han hecho al consumidor futbolero, pero más alarmante resulta ver como siguen aferrándose al victimismo ochentero a pesar de que durante la última década el Barcelona ha dominado el fútbol español con puño de hierro.

No se trata sólo de utilizar el poder de los dos equipos más grandes del fútbol mundial, se trata de una estúpida guerra en la que el victimismo y la burda mentira priman sobre el contraste y el interés. No tratan de ensalzar los valores del equipo que representan, tratan de hacerlo a costa de pisotear la dignidad del equipo rival y, de paso, pisotear su propia dignidad, porque a medida que van aceptando medidas de presión se van convirtiendo en esclavos de sus propios actos infames. Cuando la batalla se convierte en guerra y la guerra alcanza el sentimiento de quienes creen estar obteniendo información y solamente están siendo vilmente intoxicados, es cuando se convierten, como bien les recordó Dani Alves en su día, en una puta basura.

No hace falta generalizar. Aquellos que se hicieron los ofendidos, aquellos que pusieron en duda el ejercicio de su propia dignidad, son aquellos a los que fueron dirigidas las palabras de Alves. Existe un periodismo serio, sensato y apreciable, aunque por culpa de los burócratas mediáticos que manejan la máquina del fango, está en grave peligro de extinción. Por desinterés. Por exclusión. Porque si la gente demandase verdad, decenas de ellos se irían a la puta calle.

jueves, 22 de febrero de 2018

Divide y vencerás



Los intereses espurios, las ganas de dividir, el ansia por el titular, y sobre todo, la batalla por la destrucción ajena, ese fin tan común del ser humano que, guiado por la rabia, tiende a odiar el éxito ajeno porque sabe que cada conquista de su vecino es una muesca contra su parcela de orgullo personal.

Estar por delante del más poderoso siempre estuvo mal visto. Durante años, fue motivo de mofa fácil eso de tener un compañero atlético en la oficina. Cada lunes, por haber sido cómplice silencioso de un ridículo nacional, el compañero indio era la presa más fácil dentro de la jungla de la diversión. Mientras callábamos éramos más guapos porque sabían que su superioridad, aunque intosible, más que prolongarse, lo que hacía era perpetuarse. Cómo iban a imaginar ellos que les iba a salir un grano en la plenitud de su nalga.

Nos han ganado dos finales de Champions, nos han apeado otras dos más en las rondas, han ganado una liga ganándonos en campo propio y aun así sigue recelosos de quien nos devolvió el orgullo. Porque hubo un tiempo en el que el Atleti no le peleaba la liga, no le peleaba la copa y, lo que es peor, no le peleaba la Champions. Era más cómodo tener un despojo por vecino, tener un residuo al que devolver, después de cada previa de derbi, al cubo de la basura.

Por ello, cuando encuentran un motivo para la desestabilización, saltan como buitres porque para ellos, la carroña es su plato favorito. No hace mucho que fue el propio Fernando Torres quién salió a decir que no permitiría una división en el atlético entre él y su entrenador. Dio igual. El entorno y aquellas chinches de lunes negro ha pasado al ataque porque para ellos es más útil un Espanyol que un Inter de Milán. No quieren compartir la tarta y prefieren dividir porque saben que en aquel precepto romano del “divide y vencerás”, pueden encontrar un motivo de discordia, el punto de soldadura donde quebrar la fusión generada entre una grada agradecida y un entrenador apasionado.

Deberían saber que aquí no existen torristas ni cholistas, que no hay dos bandos porque nosotros no somos de esa especia de pseudoaficionado al que de manera tan sibilina quiso bautizarles uno de sus últimos entrenadores. Aquí, el único bando, la única misión, el único sentido de nuestras aspiraciones es uno y se llama Atlético de Madrid. Que lo sepan los metemierdas, que lo sepan los interesados, que lo sepan los hijos de la pataleta. Si no les basta con ganar, que aquí no vengan a pisotear. Ni dos, ni mil; somos uno, somos propios.