Los héroes son héroes porque son capaces de rebelarse ante el fracaso, porque saben mirar atrás antes de mirar hacia adelante, porque cuando son colmados de honores han conocido tanta derrota que son incapaces de saborear la gloria sin quitarse de la boca el amargor de las decepciones. Los ídolos, más allá de ser héroes reconvertidos a dioses por el imaginario popular, son olvidados en la miseria porque más allá de las causas, importan las consecuencias y más allá de los recuerdos, se imponen los olvidos. No hay que mirar siempre al dedo o siempre a la luna, sólo hace falta tener memoria y saber dónde estaba cada uno cuando la guadaña segaba de lágrimas todos los intentos por generar fortuna.
Y es que este Lío Messi de hoy, idolatrado por el mundo y vilipendiado por aquellos que viven con un infierno de bilis en el estómago, no es más que el fruto maduro de aquel chico que ayer fracasó una y mil veces en su intento por consagrar a su país como la mejor selección del planeta. Y es que primero llegaron las suplencias, después las goleadas, más tarde la peor de las derrotas y cuando estaba en el punto crítico de su carrera, la eliminación más contundente ante el rival más ovacionado, y es que nada le gusta más al mundo que presentar un nuevo ídolo cuando los pies del gran héroe parecen de barro.
A nadie puede engañar un resultado si ha sido capaz de disfrutar un partido y de guardarlo en la memoria como la exhibición física de aquella Francia contra una Argentina en plena crisis de identidad. Si Argentina logró estirar el chicle hasta el último minuto fue más por el talento de sus hombres de arriba que por la propia idiosincrasia de un equipo que se descosía en el medio y se desangraba en los laterales. Dirigido por un errático Sampaoli, la selección de Messi no supo encontrar el refugio para su estrella y volvió a chocar de frente contra una realidad constante y es que todos sabían que tenían al mejor jugador del mundo, pero pocos sabían como potenciar su juego con un grupo salvaje que le protegiese hasta en el túnel de vestuarios.
La guardia pretoriana que cuajó Scaloni aún jugaba a los cromos en campos de segunda y aquel equipo, descreído desde el primer día, se dio de bruces contra la modernidad de un fútbol que les atropelló casi sin querer. Griezmann, convertido en líder de las operaciones francesas, fue un dolor de cabeza para un Mascherano que no sabía cómo mantener su posición y un Banega que deambulaba como un fantasma sin sábana a la que agarrarse. Enzo Pérez no era ninguna sábana de salvación y tan sólo Di María dibujaba entre líneas con la intención de asociarse con un Messi que no sabía encontrar el camino para hacer feliz a un país agarrado al recuerdo de un barrilete.
Fue tras la enésima derrota cuando regresaron los reproches. Si ante Alemania, cuatro años antes, las voces se habían concentrado contra los errores individuales de alguno de sus delanteros, tras esta derrota en el frío verano ruso, la rabia salió disparada contra un tipo que había glorificado Barcelona pero que no estaba consiguiendo elevar a su país a lo más alto del pedestal. El equipo se cayó en octavos, ni un ápice de ilusión pudo regalar a un país hundido en lo social pero muy orgulloso en lo patriótico por lo que las calles se llenaron de reproches y las comparaciones regresaron para poner a Messi, una vez más, en el lugar más injusto de todos.
Aquellos insultos, sumados a las derrotas anteriores en tandas de penaltis fatídicas le hicieron pensar que aquella misión era imposible que si merecía la pena un último baile era más por orgullo personal que por causa natural. Y ocurrió lo que tantas veces ocurre cuando el fondo del pozo llega hasta las rodillas de los condenados y es que, por perder, ya no se puede perder nada. Tras aquella exhibición de fuerza de Mpabbé, Messi fue considerado un vulgar secundario obligado a ver cómo el verdadero rey ocupaba un trono que le correspondía por derecho. Y desde el incendio personal y el funeral colectivo, el Ave Fénix resucitó y, agarrado a sus nuevos guardianes del infierno, fue reescribiendo su historia al tiempo que iba ensalzando los méritos de un equipo que aprendió a jugar para él tal y como había pasado con el gran ídolo cuarenta años antes.
Y desde aquella final con los brazucas que volvió a ganar papá, el derrotado regresó para convertirse en héroe y el héroe victorioso levantó la gran copa para convertirse en ídolo. Y ahora que nadie le reprocha esta última derrota en su última gran aventura, conviene recordar que los lodos son polvos mojados y que las decepciones, casi siempre, son el cable a tierra que hace temblar el organismo porque cuando ya no hay nada que perder y aparece una chispa, el incendio es incontrolable.

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