Durante los últimos años se puso de moda desdeñar el fútbol italiano. Sólo porque ya no dominan el continente. Resulta curioso el poder de fascinación que el resultado tiene sobre el aficionado. Cuando imponían el físico sobre la pelota y lo ganaban todo, la gente se rendía a ellos. Cuando iniciaron el camino inverso a través del juego con balón, el público les dio la espalda porque dejaron de ganar.
Los partidos del
Inter llevan tiempo dejando claro que Italia está cambiando y que hay una serie
de entrenadores que han roto con el pasado y han convertido al Calcio en una
liga mucho más entretenida. Dos finales de Champions en los últimos cinco años
y la sensación de que, en cualquier momento, pueden volver a asaltar ese lugar
común de los años noventa.
Mucho se ha
hablado en las últimas semanas de los argumentos tácticos del Arsenal o del
cambio de paradigma de Chelsea o Manchester City, pero poco se ha hablado del calado
histórico que envuelve a aquellos entrenadores, más ocupados en el detalle que
en la naturalidad, tratan de confeccionar equipos de autor en base a conceptos que
hoy denominamos clásicos, justo aquellos que, durante décadas, fueron nota de distinción
de los mejores equipos de la vieja Italia.
Más allá de la
conceptualidad, queda la racionalidad. El Atlético de Madrid lleva años creciendo
de la mano de un estilo más ortodoxo que heterodoxo y, hasta para regresar a la
cima, el Madrid ha echado mano de un clásico antes que aventurarse con otra carta
boca abajo. Y es que, cada vez que Italia se alejó más del estilo, el viejo
mundo lo fue echando cada vez de menos.
Hoy el Inter, el
Nápoles e incluso el Milan, han virado en redondo para dejar atrás las férreas
líneas de cuatro para abonarse a los carrileros altos, los medios visionarios y
las transiciones rápidas y, mientras ellos siguen buscando el talento perdido, tratan
de evolucionar hacia afuera lo que muchos les piden que vuelvan a traer hacia
adentro, porque aquello que les funcionó durante muchos años, es el concepto
básico a lo que otros se agarran para tratar de impulsarse una vez conocida la
derrota.

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