La vida y el fútbol dan tantas vueltas y caminan tan deprisa que a menudo bastan un puñado de meses para olvidar todo lo acontecido durante años. Como solamente los nostálgicos vivimos del recuerdo, solemos olvidar que el presente solamente se convierte en esplendoroso cuando se aferra de la mano a un futuro que prohibe mirar atrás. De esta manera, ninguna marcha puede resultar más traumática de lo permisible ni ninguna operación puede truncar el devenir de un club, porque más allá de los jugadores, los aficionados, la historia y el escudo permanecen para siempre.En los años cuarenta llegó al Atlético un demoledor delantero llamado Pruden. Una temporada, un título de liga y treinta y tres goles después hizo las maletas para regresar a casa. El Atlético no desapareció.
Años después, otro delantero llegó al Metropolitano para rememorar las actuaciones de aquel joven estudiante de medicina que había dejado al club huérfano de gol para retomar sus estudios de medicina. Se llamaba Pérez Payá. Tres años, dos títulos y un centenar de goles después, rompió su ficha de amateur para enrolarse en las filas del Real Madrid. Y el Atlético continuó viviendo.
En los sesenta, en pleno auge y crecimiento, el club contaba con la mejor banda izquierda del continente. Peiró y Collar se encargaban de amargar la tarde a cada uno de los defensores que osaban alcanzar el balón. Les bautizaron como el ala infernal. Tras el título de la Recopa del 62, Joaquín Peiró, al que apodaban "el galgo", se marchó a Italia para seguir prosperando, dejando coja el ala que tanta fama había alcanzado a nivel mundial. Pese a ello, el Atlético siguió creciendo.
Cuando al equipo le acuciaron sus primeras crisis en el plano deportivo, contaba con un matador del área en el que se arropaban los aficionados a la hora de festejar sus pocas alegrías. Se llamaba Hugo Sánchez y pese a ganar el pichichi y un título de Copa, no tardó en dejarse seducir por los cantos de sirena que sonaban en la acera de enfrente. Y el Atlético siguió jugando.
De aquel Atleti de los noventa que tantas veces me hizo vibrar, llorar y temblar de pánico, recuerdo sus partidazos ante los grandes y la figura inalcanzable de Paulo Futre. El portugués, que llegó como un mesías a tierra prometida, fue recibido con los brazos abiertos y despedido con un reguero de lágrimas. Mientras le veíamos en la lejanía del pasado enfundado en la camiseta del Benfica, nos vimos obligados a seguir mirando hacia adelante porque pese a todo el Atlético de Madrid seguía existiendo.
Más allá de lo mucho o poco que haya aportado Fernando Torres al equipo, no es momento hoy de pararse a llorar y mucho menos de afinar la garganta para increpar una decisión que hace tiempo debió haber tomado. Para el jugador, esta nueva experiencia le servirá para obtener las aspiraciones que aquí nunca tuvo. Para el Atleti, el dinero obtenido debe servirle para apuntalar las necesidades que suplica su preocupante agonía. Mirando al sur está el ejemplo; el Sevilla vendió a sus estrellas y no se entretuvo en lamentarse. Y es que el fútbol viaja tan deprisa que apenas unos meses bastan para olvidar todo lo acontecido durante años. Suerte, Fernando.
















