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miércoles, 3 de junio de 2026

Honrar un estilo

El éxito y la fama son dos caminos que discurren paralelos en un mismo tramo y que, en alguna ocasión, son capaces de cruzar su semítica en un punto dispar. Puede haber éxito sin fama, pero raramente fama sin una pequeña cuota de éxito. Queda la excepción del comportamiento execrable, de los medios que justifican un fin o del ridículo espantoso, pero si olvidamos aquello que incumple, irreverentemente, la regala, nos quedan el trabajo bien hecho, el talento bien administrado y el resultado victorioso que conduce siempre a la gloria. A aquel cruce de caminos, Arséne Wenger hubiese querido ser Frank Rijkaard como jugador y Frank Rijkaard hubiese querido alcanzar el estatus de Arséne Wenger como entrenador.

El francés, defensa algo torpe y pesado durante su poco exitosa carrera como futbolista, siempre jugó al tanteo de talentos y a aprenderse alineaciones de carrerilla. El espigado alsaciano, astuto y audaz, de verbo sencillo y ánimo directo, no fue un gran jugador, mal que le pesara, pero el tiempo le convirtió en un entrenador de época.

El holandés, por su parte, había sido otra cosa dentro del terreno de juego. Fuerte físicamente y bien dotado técnicamente, había sabido utilizar sus armas para hacerse respetar. Se le recordaba como un cerebro mandón, insistente y competitivo, un tipo de la zona trasera del campo que sabía achicar y salir, conducir y llegar.

Pero él también quería ser un gran entrenador y en ese aspecto, el francés ya le llevaba varios metros de ventaja. Y es que Wenger era ya toda una institución en Londres donde había llegado desde Francia, vía Japón, para sacar al Arsenal de su peor mediocridad. Enclaustrado en el estilo más clásico, al Arsenal empezaban a vérsele las costuras de la tradición del balón largo, la prolongación agónica y la búsqueda del rechace que, durante muchos años, había convertido en seña de identidad tanto propia como ajena, pues más allá de Highbury, era conocido como uno de los equipos más aburridos de Inglaterra. El Boring Arsenal.

Rijkaard había llegado a Barcelona en un peor momento, si cabe, pero al menos se había encontrado con un estilo más definido. Le costó mucho encontrar la tecla, pero cuando fue capaz de cerciorarse de que el legado de Cruyff habría de marcarle el camino, terminó por apostarlo todo al frenesí. Un cuatro, tres, tres que se convirtió en santo y seña de una afición que, gracias a él, reaprendió a mirar al mundo sin complejos y sin creer en conjuras ni en cavilaciones. El buen juego hizo olvidar persecuciones y las finales, como aquella, ayudaron a volver a recordar lo que un día fueron.

Wenger tenía a Henry y Rijkaard tenía a Ronaldinho. El francés era una onda expansiva, técnica pura a mil por hora y garantía de gol en el momento preciso. El brasileño era talento puro, imaginación absoluta y auténtico espectáculo. Ambos luchaban por ese galardón simbólico y que suele saciar tanto el orgullo como el interés y que el boca a boca venía a llamar como “mejor jugador del mundo”.

Eran tantos los motivos y tantas las expectativas generadas, que el gran estadio de Francia se quedó pequeño para tanto deseo de felicidad. París era para Henry la ocasión de regresar a casa, de volver a jugar en el escenario que le convirtió en gigante, la oportunidad de volver a demostrar que el fútbol mundial giraba en torno a un futbolista francés. Para Ronaldinho, en cambio, París significaba la oportunidad de volver a la ciudad que le había dado la bienvenida a Europa, de regresar al cielo de los inmortales donde había recogido el Balón de Oro, la ocasión de decirle a los franceses que no se habían equivocado otorgándole semejante honor.

Pero había otros partenaires invitados a la fiesta. Robert Pires era un tipo elegante de conducción majestuosa y golpeo eficaz, que había hecho carrera gloriosa en los gunners tras iniciarse como promesa en la liga francesa. Regresaba al hogar donde había dejado una infancia pegado a un balón en una familia enamorada del fútbol. Su padre, portugués, y su madre, española, habían enseñado al pequeño Robert a soñar en grande pateando una vieja pelota en las vetustas calles de Lens.

Samuel Eto’o era una devorador de momentos. En el área era un león que imponía el mandato de su reinado, fuera del campo era un tipo difícil que encontraba más polémica de la que buscaba y en el vestuario era un líder difícil porque su camino era único e inescrutable. Verbo directo, complexión atlética, reflejos de oro que convertían en gol todo lo que encontraba.

Cuando comenzó el partido, pocos fueron conscientes de la magnitud del espectáculo que se presentaba. Aquel partido era más una reivindicación que una final en sentido propio. Dos estilos, dos estilismos. Dos maneras de conseguir la ansiada sonrisa de satisfacción en el rictus del espectador.

El Arsenal era el paradigma de la velocidad. Gustaba de defender con orden, sin perder ninguna premisa, haciendo constar el ejercicio de su paciencia. Robar y salir como motos. Y cuando hacían constar el ejercicio de su paciencia, robaban y salían como motos convirtiéndose en una nueva dimensión del séptimo de caballería; batallón de ataque. Delanteros en banda, centrocampistas en el área, defensores en segunda línea. Imparables.

El Barça era otra cosa. Ni menos bella ni menos práctica, pero, de alguna manera, más rimbombante. El Barça era una apuesta por la posesión y el lujo. Eran pases en corto de manera constante, búsqueda del espacio, desmarques en diagonal. Salida aseada, centrales fuertes y ágiles y laterales de largo recorrido. En su haber se distinguían los aplausos cosechados y las portadas inolvidables. Aquella final, en definitiva, se presentaba como un choque de estilos propios y se pintaba como inolvidable.

Como inolvidable fue el comienzo arrollador del Arsenal. En dos ocasiones, Víctor Valdés, se vio obligado a detener las intenciones de Henry quien ganó la espalda a la zaga y se plantó en condiciones idóneas para marcar gol. Le costó mucho al Barça tomarle el pulso al partido y apropiarse, al fin, de la pelota, pero cuando lo hizo fue para decir basta y tratar de mandar a la lona a su rival. Lo hizo primero mediante una jugada profunda y lo consiguió, después, por la avidez de un colegiado que pitó antes de mirar.

Fue en un balón profundo en el que Eto’o cayó en la frontal arrollado por Lehman en su intento por salvar a su equipo y pudo ser otro el partido si el árbitro no hubiese sufrido un ataque de silbato y hubiese dado por válido el gol de Giuly en la ventaja y si el Arsenal, por ello, hubiese podido afrontar el reto de la remontada en igualdad de condiciones. Pero el empate se inmovilizó en el marcador y los gunners hubieron de jugar durante más de una hora con un jugador menos.

Ronaldinho lanzó la falta junto al poste y los equipos se reajustaron para unirse, nuevamente, en un mutuo parecer.

Primero pegó el Arsenal. Un cabezazo de Campbell tras un saque de falta lateral de Henry y gol. Pegó el Barça después, pero la media vuelta de Eto’o se estrelló en el palo y la frustración comenzó a aparecer en las miradas blaugranas. Se tiraron todos de los pelos y el árbitro, de nuevo convidado de piedra tras su innegable dosis de protagonismo, dio paso al segundo acto señalando el final de la primera parte.

Para jugar bien al fútbol hay que saber mover la pelota, pero para jugarlo muy bien hay que saber cómo moverla. Por ello, en el ritmo anodino y pastelón en el que había caído el Barça tras la expulsión de Lehman, residía gran parte del fracaso que estaba sufriendo su intento de remontada. Y fue por ello que Rijkaard recurrió al banquillo con el objetivo de sacar brillo a la circulación y aprovechar, metiendo una marcha más, una superioridad numérica que les estaba causando más inconvenientes que ventajas.

Recurrió primero a Iniesta, lúcido centrocampista y alumno aventajado. Cara de niño inocente y andares desgarbados, aprendió a sortear la fama desde que era un niño y en plena adolescencia había empezado a entrenar con el primer equipo hasta convertirse en figura y pilar del equipo, en señal y referencia dentro de un modelo donde primaban su fútbol, su estilo y su idiosincrasia.

Recurrió después a Larsson, viejo zorro del área y labriego histórico del desmarque y el remate a gol. Con él en el campo, el Arsenal, diezmado y asustado, dio el paso atrás que buscaba Rijkaard y con él en el campo, el Barcelona dio el paso hacia adelante que le condujo hacia la gloria.

Y recurrió, por último, a Belletti, héroe anónimo y jornalero a tiempo parcial. Estrella sin consideración en un Villarreal creciente y desatascador eventual en un Barcelona paradigmático, brasileño de día y futbolista de noche, defensa con miras de atacante y lateral con alma de delantero.

Era el momento para los héroes y para los dioses de la victoria. La grada gunner vivía pendiente de Henry; andanzas y alabanzas, goles y caramelos, vítores y aplausos. El héroe que tantas veces había sacado sus castañas del fuego. Podría haber vivido para siempre en un olimpo si no hubiese enviado al limbo sus dos encuentros, cara a cara, con Víctor Valdés, pero nadie quiso saber que aquel portero era héroe de días importantes. En la definición indecorosa, en el cansancio y en la ansiedad, se perdió Thierry Henry camino del infortunio. El partido seguía. El Arsenal se veía abocado a seguir.

Y siguió, aliento agotado, hasta que golpeó Eto’o. Y siguió, ya camino de la lona, hasta que golpeó Belletti. Y siguió, totalmente muerto, mientras millones de espectadores veían con Iniesta manejaba con soltura, como Larsson asistía con inteligencia y como Belletti sentenciaba con angustia. Benditos cambios. Bendito Frank. Pobre Arsenal; toda la vida fabricando un equipo para perder todas las piezas emocionales en los últimos minutos del partido más importante.

Para la historia quedan las letras doradas del vencedor. Para la emoción queda la carrera enloquecida de Belletti, brazos al aire, espalda mojada sobre el suelo y lágrimas en la comisura de los ojos. Durante años soñó con marcar un gol importante, durante años acumuló gritos de desencanto y ocasiones falladas. Jamás había anotado un gol compitiendo como azulgrana, jamás había anotado un gol importante, pero cuando el destino se pone caprichoso, ni el hombre más inocente es capaz de evitar ser bocado de su propia voracidad.

miércoles, 8 de febrero de 2023

El pupas

Cuando Reina vio a Luis hacer lo que sabía, su espíritu percibió que aquella no iba a ser una noche cualquiera. La historia del club había dado tantas bofetadas que parecía imposible que el sueño glorioso de la Copa de Europa estuviese a punto de hacerse realidad.

Enfrente, los rocosos alemanes habían hecho toda una demostración de fuerza, más lo que era el peligro, tan sólo lo había visto de lejos a lo largo de los ciento nueve minutos de partido, y aquello era un síntoma extraño. A punto de abrir la puerta grande y sus manos de felino guardando fielmente la puerta de atrás.

Había sido muy duro llegar hasta allí, por eso, cuando Luis clavó la falta en la escuadra, todas las lágrimas que se había guardado en Glasgow por el puro estigma del orgullo, aparecieron entonces cuando la victoria les hacía un pequeño guiño más que merecido.

Lo de Glasgow no había hecho sino reforzar a un equipo irrompible, aunque las víctimas de aquella batalla habían sido numerosas e importantes; no iban a dejar escapar aquella oportunidad de oro por las meras ausencias de Panadero, Ovejero y Ayala. Si ellos eran tres pilares, el equipo tenía quince pilares más donde sustentar el ánimo y mantener intacta la ilusión del logro imposible.

El partido de vuelta en el Manzanares había sido histórico. Cómo gozaba al recordar el baño que le habían pegado a los escoceses. Ya no había guerra, solamente quedaba fútbol y del bueno. Y bajo los palos, Miguel Reina se encargaba de detener todas las sorpresas. Atrás quedaban ocho años en el Barcelona y un récord del mundo de imbatibilidad; atrás quedaban todas sus paradas y todas sus internacionalidades. Aquel momento lo borraba todo; el gol de Luis, la copa que se tocaba con la mano y la gloria que se respiraba en Bruselas eran motivo más que suficiente para esbozar una sonrisa. Aquel grupo de jugadores irrepetibles estaba a punto de alcanzar el cénit y cambiar para siempre la historia del club.

Para ello sólo había que aguantar; para ello sólo había que sufrir diez minutos y saber que la copa esperaba allá arriba para ser levantada entre reflejos rojos y blancos.

Un escalofrío invadió el cuerpo atlético de Miguel Reina. Aquel momento era tan grande que quiso olvidar todos los malos augurios que querían impedir un triunfo cantado. Su recuerdo más curioso databa de tres años atrás, justo del mismo momento en el que regalaron la liga al Valencia. Aquellas historias iban en sintonía con el club, aquellas historias se grababan a fuego en la leyenda de un equipo nacido para ganar pero hecho para sufrir. Aquel memorable día de fútbol él defendía el marco del Barcelona y visitaron el Manzanares con tanto miedo como vergüenza. No le andaba a la zaga el conjunto colchonero, más impaciente por no encajar que por liquidar. Una victoria de cualquiera de ellos les daba la liga, un empate se la daba al Valencia. Empataron. Así era el club que, dos años después, había de acogerle; o todo o nada, o la gloria o la desesperación.

Pero era la gloria la que se ponía entonces del lado de su infortunio. Las botas mágicas de Luis parecían apagar un fuego inquietante y los alemanes parecían dejar caer la prórroga y dejar que la machada cayese por la propia inercia.

Arriba, miles de almas en rojo y blanco ofrecían su espíritu para soñar con un grito de victoria que, hacía años llevaban guardando en un rincón del alma. Abajo, once colosos sedientos de triunfo se empeñaban en defender lo que hacía un par de horas se presentaba al mundo como una sorpresa.

Pero el gol de Luis había desatado la euforia y Miguel Reina sentía llegar el triunfo empapado en el entusiasmo. Recorrió el césped viendo venir el peligro y comprobaba con alivio como Heredia imponía en el área la ley del más fuerte. Apenas había leña que cortar y las brasas estaban a punto de difuminarse. Un esfuerzo más. Solamente un último esfuerzo y la Copa de Europa viajaría a Madrid para vestir el cielo de rojiblanco.

Había preparado aquella final con tanto entusiasmo que en aquel momento en el que la obviedad estaba a punto de convertirse en realidad de la buena, apenas sí recordaba en qué momento de la tarde se había calzado los guantes. Lo que sí recordaba era el ambiente que recorría Bruselas de boca en boca aquella tarde en víspera de un acontecimiento que se presentaba como histórico. Aquel club le había dado tanto cariño que estaba ansioso por devolver, desde su puesto de guardameta, toda la gloria que había prometido. Tantas buenas palabras, tanto ánimo domingo tras domingo, tanta ilusión en los ojos de los seguidores sólo podía pagarse con una victoria como aquella a modo de recompensa definitiva.

Respiró hondo. Quedaba tan poco tiempo que pensar en el final se había convertido en una obsesión más que en el único objetivo. Irureta aguantaba la pelota a duras penas y ver correr a Eusebio tras los fornidos alemanes le causaba tanta emoción como lástima. No podían dejar escapar aquella oportunidad.

Todos estaban tan sofocados que parecía mentira la resistencia fiel que estaban haciendo de aquella victoria épica. Cada vez que el balón llegaba a Luis o a Gárate era más que un motivo para el aplauso; los alemanes se habían hecho tan dueños de la situación que, por primera vez en la tarde, sintió el miedo a perder lo que tanto esfuerzo había costado conseguir.

Le animó contemplar la mirada de niño que Adelardo mantenía un partido tras otro. Y un año tras otro. El capitán era de hierro y su planta de guerrero se imponía por coraje en cada avance alemán. Estaba tan agotado como los demás, pero su orgullo de juvenil no le iba a obligar a hincar la rodilla por muy duros que se mostrasen los teutones.

Alzó la mirada para intentar averiguar el motivo de la caída de Gárate. El goleador estaba muerto de cansancio y se había caído sobre el área alemana sin hacer ademán alguno por levantarse. Los ojos de Miguel Reina denotaban la impresión por el esfuerzo derrochado; quedaba apenas un minuto para la finalización del partido y las fuerzas andaban tan justas, que parecía imposible que aquello fuese a tener un final definitivo.

Gárate mascullaba su cansancio sobre el césped y Luis zapateaba agónico sobre la línea del mediocampo. Cedieron un saque de banda y los alemanes apretaron en el saque. Reina contradijo a los Dioses y maldijo la mala decisión; si sacas el balón del campo, sácalo fuerte, no se lo dejes en bandeja al enemigo. En plena discusión mental andaba cuando vio a Beckenbauer manejar el balón con la soltura de un juvenil. Aquellos alemanes no bajaban la mirada ni a palos. Andaba tan centrado en un recibir un susto que, cuando el balón llegó a Schwarzenbeck, Reina apenas podía vislumbrar idea alguna. Pero vio el balón tarde. El disparo de Schwarzenbeck no era fuerte y la distancia era muy lejana, pero no percibió su salida y hubo de rectificar su esfuerzo. Lo vio venir; se lanzó convencido de sus habilidades y creyó alcanzarlo, pero iba ajustado y dando trompicones.

Se acabó el sueño. Tres segundos antes había visto el balón en los pies de Beckenbauer y ahora se comía la hierba de su área impotente ante el gol del empate que lo echaba todo al traste y que definía mejor que nadie la idiosincrasia del club que defendía a muerte.

Treinta metros más allá, un grupo de jugadores fornidos, celebraban entusiasmados un logro que parecía impensable más que imposible. Con el gol de Schwarzenbeck había nacido un equipo de leyenda.

Sobre su cabeza se agolparon todos los recuerdos que le había dejado aquella competición; sobre sus puños incapaces se acumuló toda la rabia de una derrota y en su alma se unieron todas las miserias. No quedaba tiempo ni para llorar. Todos sus compañeros regresaban cabizbajos a su posición natural e intentaban consolar a Reina con una serie de miradas sin pertenencia. Todo el esfuerzo, toda la ilusión y todas las ganas de ganar se habían ido al traste en el último segundo del partido. Con el gol de Schwarzenberg había nacido la leyenda del pupas.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Fútbol total

Para Rinus Michels el fútbol era una guerra. cada partido era una batalla donde los jugadores debían ejercer de guerreros de primera fila y trinchera y debían estar preparados tanto para atacar como para defenderse de las embestidas del rival. La prensa, en principio, definió el sistema con una frase elocuente: “Todos defienden y todos atacan”, pero el mundo del fútbol fue más escueto y definió aquella manera de jugar de la forma más entendible posible: “Fútbol total”.

El fútbol total del Ajax se basaba en un sistema de presión asfixiante. Hasta entonces ninguna defensa se había atrevido a utilizar el fuera de juego como parte del sistema defensivo, pero el Ajax estaba dispuesto a ir más allá de todo orden establecido y se aferró al ataque continuo para ganar un partido tras otro.

Michels y sus jóvenes discípulos ya habían propuesto sus intenciones dos años atrás, pero el trabajado catenaccio italiano había dado de bruces al equipo con la realidad. Sin embargo, aquello no había sido sino la semilla de lo que estaba por llegar. El Ajax maduró en su liga local protagonizando inolvidables enfrentamientos ante el Feyenoord y terminó por consagrarse en Europa a base de puro fútbol. Porque las promesas de Michels y sus jóvenes discípulos iban más allá de la simple victoria; se trataba de hacerse dueños del balón durante los noventa minutos de juego.

En la final de 1969 al equipo le había faltado aplomo y habían chocado una y otra vez contra el muro defensivo italiano. Al mismo tiempo, habían sido incapaces de detener la fabricación creativa de Gianni Rivera y se habían visto machacados por culpa de los centros letales del portador de la magia italiana. Aquel Ajax de dos años antes era bisoño e inocente, ambicioso pero falto de experiencia en partidos de verdad y para pulir aquellos defectos, Michels viajó de nuevo a las galerías de fabricación de promesas del club y regresó de la mano de Ruud Krol y Gerry Mühren.

Ambos jugadores terminaron por aportarle al equipo la dosis de solvencia que necesitaba para dominar y cuajar los partidos desde el principio hasta el fin. Krol en tareas defensivas y Mühren ayudando en la labor del centro del campo, formaron un ala izquierda irrepetible que permitió a Keizer convertirse en uno de los mejores extremos del momento. Todas las piezas del puzzle estaban encajadas y tan solo faltaba recorrer el camino y triunfar como estaba previsto.

Tras humillar a sus rivales en la liga holandesa disputada entre 1969 y 1970, el Ajax obtuvo de nuevo el derecho a participar en la Copa de Europa de campeones. Su primer rival en la competición fue el Nendori Tirana, un débil equipo albanés que tuvo que sufrir la humillación en forma de goles, asfixia y dominio total. Pero ganar a aquel rival tan solo había sido considerado como una anécdota por lo que el nombre del Ajax aún no había comenzado a sonar con fuerza en las grandes ciudades del continente.

El rival en segunda ronda fue el Basilea. Un equipo suizo que integraba los valores futbolísticos de la vieja escuela europea; alegría con el balón y distribución mesurada. El Ajax simplemente lo barrió. Con un juego espectacular, los jugadores suizos anduvieron buscando la pelota durante los ciento ochenta minutos que duró la eliminatoria, pero todos los esfuerzos fueron vanos porque el Ajax se hizo dueño de su tesoro desde el minuto uno y controló los partidos y el marcador a su antojo. Pero tampoco era el Basilea un rival de campanillas por lo que aquella nueva victoria volvió a alejarse de la épica y tuvieron que esperar a su siguiente rival para hacerse acreedores de un nombre en el panorama futbolístico internacional.

Y el siguiente rival ya fue cosa seria. El bombo caprichoso quiso enfrentarles, tras un sorteo dispar, ante el Celtic de Glasgow escocés. El mismo equipo, aún dirigido por el maestro del banquillo Jock Stein, que había dado buena cuenta de las ideas conservadoras de Helenio Herrera en 1967 y el mismo equipo que en la última final tuvo que rendirse ante la evidencia de un fútbol que emergía desde el norte de Europa para imponer un nuevo estilo de juego y colectividad.

Igual que había hecho el Feyenoord el año anterior, el Celtic terminó por agotar sus fuerzas y sus recursos ante un fútbol que nunca se cansaba de pedir la pelota. El Ajax terminó tumbando al Celtic por insistencia y ambición y se plantó en semifinales del torneo por segunda vez en tres años consiguiendo, esta vez, sí, que toda Europa hablase de las cualidades de un equipo que jugaba al fútbol a mil por hora.

El penúltimo rival y último escollo de cara a alcanzar la final del torneo continental más prestigioso, iba a ser el Atlético de Madrid. El equipo de la capital española, siempre a la sombra de los éxitos y gloria del Real Madrid, intentaba madurar un embrión con una columna vertebral totalmente española y con un fútbol totalmente distinto al propuesto por el Ajax. Al Atlético le gustaba esperar, no perder la paciencia, robar en el centro del campo o más atrás si era menester, y salir endiablado en busca de un contragolpe letal. En su visita a Madrid, el Ajax se encontró con un equipo que no temió sus embestidas y no encontró el hueco donde meter el último pase de cara al gol. Sufrieron una derrota inesperada y todos se confabularon de cara a un partido de vuelta que pintaba más a venganza que a clasificación histórica.

En el partido de vuelta el Atlético se encontró con una afición entregada y con un equipo sediento de gloria. Tres a cero fue el resultado final y todos se pusieron de acuerdo a la hora de denominar al Ajax como el equipo que mejor jugaba al fútbol dentro del panorama internacional. Sus constantes apoyos, su dominio total de la pelota, su presión asfixiante y la facilidad con la que cada uno de sus miembros era capaz de tratar el balón, le convertía en el auténtico rival a batir dentro del panorama europeo.

En la final, Michels se encontró con el ídolo de su juventud. Puskas, que había sido un goleador implacable y un futbolista de los buenos de verdad, había abandonado el fútbol pocos años atrás para iniciar un peregrinaje por los banquillos europeos. Y en uno de sus primeros viajes llegó a Atenas y se quedó para vivir y para dirigir al Panathinaikos, uno de los equipos de la capital griega y donde impuso su magisterio y sus extraordinarias dotes de mando.

El Panathinaikos, que hasta entonces había sido una mera comparsa en el plano futbolístico europeo, alcanzó una histórica plaza en la final de la Copa de Europa de 1971 después de derrotar a auténticos equipazos como Everton, Borussia Monchengladbach y Estrella Roja de Belgrado y gracias, sobre todo, a los consejos tácticos y técnicos de quien un día se convirtió en el mejor goleador de todos los tiempos.

A Michels le iba a doler derrotar a la persona con quien tantas veces soñó de joven y tantas veces intentó imitar en vano desde su posición de delantero centro. Michels había sido un goleador consagrado pero con escaso acierto a la hora de invertir en fama mundial. Su nombre no había salido más allá de Holanda y en unos años en los que el fútbol y el triunfo eran propiedad privada de los equipos del sur, nadie se había preocupado de viajar a Holanda y buscar en la lista de jugadores referentes del país el nombre de un tal Rinus Michels.

Por todo ello y ahora más que nunca, a Michels le hacía especial ilusión conquistar el más preciado trofeo y convertirse en dueño de los triunfos que tanto soñó de niño y que nunca pudo alcanzar durante sus años como futbolista profesional. Y para Michels, ganar pasaba por ser más rápidos, más fuertes y más certeros y no había mejor demostración de rapidez, fuerza y ejecución que la de tener el balón en propiedad durante los noventa minutos del partido.

Puskas, que se vanagloriaba de ser uno de los supervivientes de la mejor escuela de fútbol que jamás había pisado un campo de fútbol, nunca pudo esperarse el azote físico al que sus jugadores fueron sometidos aquella noche. Para él, el fútbol consistía en jugar el balón de la manera más práctica posible y así, rodeado de los mejores jugadores que había dado el deporte del balompié, Puskas había creado dos escuelas legendarias; una en la Hungría letal de los primeros años cincuenta y otra en el Real Madrid invencible de los últimos años de la década. Y él, que creía haberlo visto todo dentro de un campo de fútbol, nunca se había imaginado que se podía jugar al fútbol con los defensores jugando en el centro del campo, los centrocampistas integrados en la línea de ataque y los delanteros jugando al escondite e intercambiando sus posiciones según lo exigiera la jugada.

Van Dijk primero y Haan después, sellaron un triunfo histórico y pusieron al Panathinaikos en el lado de los perdedores históricos. Aunque Panathinaikos, Puskas y Michels aparte, aquella noche, bajo una luna inglesa que iluminaba tenuemente la solemnidad del estadio de Wembley, será recordada por todos como la consagración de un fútbol que rompió con todas las tradiciones que se habían impuesto desde el principio de los tiempos; un fútbol sin sistema, sin ubicación y sin puestos definidos. Un fútbol de guerra. Todos atacan y todos defienden. Había nacido “El Fútbol Total”.

miércoles, 6 de julio de 2022

En el nombre del padre

A finales de los años cuarenta Italia se recuperaba de los destrozos físicos, psíquicos y económicos que había provocado la gran guerra sobre su territorio y en su ejército. Todo el país buscaba un motivo para la ilusión y encontraron en el fútbol la excusa perfecta donde derrochar todos sus ánimos y si había un equipo que hubiese heredado los viejos valores de la escuela italiana que había sido dos veces campeona del mundo, ese era el Torino.

El Torino era el equipo del pueblo turinés, un conjunto de futbolistas que había conseguido revolucionar el fútbol cuando el siglo veinte amenazaba con cumplir la mitad de su vida, un grupo de personas que ganaron tantos partidos como podía haberles permitido su propia imaginación.

Y en aquel Torino, base de la selección italiana, destacaba, por encima de todos, la figura de Valentino Mazzola, un futbolista fuerte, de rápidos movimientos y una certera ejecución de cara a la portería; un jugador que escribía una leyenda en cada partido portando en su brazo el brazalete de capitán, un ídolo nacional al que sus compañeros respetaban y los aficionados adoraban como el ídolo más esperado.

Después de pasearse por Italia ganando cinco scudettos consecutivos, el equipo comenzó a ser reclamado en el resto de Europa como un atractivo representante para los aficionados. Y así fue como el Torino comenzó, en la primavera de 1949, una gira por Europa que le llevó a disputar partidos en los mejores campos del continente. En aquella gira el Torino hizo valer su fama y, poco a poco, fue constituyéndose como el mejor equipo del mundo a ojos de todos. Y con esa convicción vistiendo el orgullo de cada jugador, el equipo embarcó en Lisboa para coger un vuelo rumbo a Italia después de haber disputado un épico partido contra el Benfica.

Aquel vuelo comenzó con la promesa de un nuevo partido y terminó en una tragedia que paralizó a todo el país. El avión sufrió una avería en pleno vuelo mientras sobrevolaba las inmediaciones de la localidad de Superga y fue a estrellarse contra la iglesia de la localidad. Todos los jugadores murieron, incluído Mazzola, quien dejó un recuerdo imborrable y un hijo de seis años que conoció la crudeza de la vida en plena infancia.

El pequeño Alessandro, nombre con el que el gran Valentino había bautizado a su retoño, se crió en brazos Benito Lorenzi, delantero titular del Inter de Milán y compañero de su padre en la selección italiana, y con él aprendió que el fútbol no solamente vivía en su corazón sino también en su cabeza.

El pequeño Mazzola creció como futbolista desde el mismo momento en el que la desgracia entró en su vida por la puerta de atrás y sus deseos eran tan grandes que no existió obstáculo que impidiese su evolución hasta consagrarse en la élite. De la mano de Lorenzi llegó al Inter cuando sólo tenía dieciséis años y un año después ya disputaba partidos como titular en el primer equipo. La llegada de Helenio Herrera le había hecho mejor jugador y del Mazzola alborotado de su primera época había pasado a convertirse en un Mazzola más ambicioso, un jugador que utilizaba su fortaleza física para dominar el juego y que jugaba por todo el campo sintiendo especial comodidad en las inmediaciones del área rival. Fue por todo ello por lo que Herrera le bautizó como un jugador de todo campo, porque Mazzola no se dedicaba exclusivamente al gol sino que participaba en la jugada desde sus inicios y generalmente ponía la puntilla definitiva en el corazón del área.

Claro que, como bien opinaba Mazzola, jugar bien en aquel equipo era tarea fácil y se sentía en sí mismo eternamente agradecido sus compañeros por haberle ayudado a convertirse en un gran jugador. Mazzola protagonizaba sus mejores jugadas generando combinaciones majestuosas con el brasileño Jair desde el flanco derecho del ataque, pero la verdadera esencia de aquel equipo residía en la banda izquierda donde Fachetti, Suárez y Corso impartían magisterio partido tras partido y enseñaban al propio Mazzola que jugar bonito es cuestión de proponérselo.

Y aquel equipo, que ya había sido campeón de Europa en 1964, se presentó de nuevo en la final de la máxima competición el año siguiente y, pese a que el Benfica se había convertido en leyenda bailando al ritmo de Eusebio, aquella táctica tan disciplinada y aquel sistema donde primaba el orden por encima de cualquier licencia, había colocado al Inter como principal favorito de cara al partido.

El Inter de Herrera vivía de tres líneas bien diferenciadas, un cuatro, tres, tres en el que Picchi ponía el corazón y Suárez y Mazzola ponían el fútbol, un equipo donde creció Fachetti como el primer lateral moderno y un equipo en el que Corso se consolidó bajo el apodo de “El pie izquierdo de Dios”. Era fácil jugar allí, sí, volvió a pensar Mazzola, y pensaba en el fútbol en tantas ocasiones como en las que pensaba en su padre, porque de su padre había aprendido a ser un ídolo y de su padre había aprendido a triunfar y seguir deseando la victoria por encima de todo.

Mazzola volvió a saltar al campo vistiendo la camiseta con el número ocho cosido a la espalda y sintió un emotivo cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo e hizo que todos sus pelos se erizaran cuando vio como toda la grada de San Siro se volcaba, un partido más, con su equipo. El viejo San Siro era su talismán, el campo donde se sentía como en su propia casa y, por una afortunada gestión del destino, el estadio designado para convertirse en sede de la final de la Copa de Europa de 1965. Y en San Siro volvió Mazzola a pensar en su padre, y pese a que el recuerdo que tenía de su progenitor era muy leve, quiso remitirse a una imagen de su infancia que le presentaba de nuevo a su padre dedicándole un guiño, y se sintió tan emocionado como aquel día en el que Ferenc Puskas buscó abrazarle para decirle al oído: “Yo vi jugar a tu padre y puedo asegurarte que has honrado su nombre de la manera más grande”.

Había sido en aquel momento, cuando había escuchado aquellas palabras de boca del mayor ídolo de su infancia, cuando Mazzola se había sentido futbolista de verdad por primera vez en su vida. Ganar al Real Madrid había sido algo grande, pero mucho más grande había sido recibir los elogios de quien un día había sido el jugador más admirado del mundo. Y ahora tocaba refrendar todos los logros y demostrarle a toda Europa que el título conseguido durante el año anterior no había sido fruto de un golpe de suerte y eso pasaba por vencer al Benfica.

Precisamente el Benfica. Mazzola respiró hondo e intentó que la emoción no se apoderase de sus instintos ganadores; el Benfica había sido el último rival al que se había enfrentado su padre antes de dejarse la vida en un avión y el Benfica había de ser su último rival en aquella décima final de la Copa de Europa.

Mazzola jugó un partido trabado e intentó en todo momento incluir su talento en cada jugada para ayudar a su equipo a lograr su objetivo. Pero fue un partido feo porque los nervios se habían apoderado de las capacidades de cada uno de los jugadores y porque el Inter se había preocupado más de impedir jugar a Eusebio que de conseguir que sus centrocampistas se hiciesen amos del balón. Un gol de Jair liquidó a los portugueses y un pensamiento de gloria volvió a nacer en la cabeza de Sandro Mazzola, porque, aunque no estaba tan seguro de haber honrado el nombre de su padre como lo había hecho durante la final del año anterior, sí se sentía orgulloso por haber honrado su memoria y haberse reafirmado en la élite del fútbol venciendo, en el partido más importante del mundo, al mismo rival al que su padre pudo derrotar por última vez.

miércoles, 6 de abril de 2022

El exiliado

 Una vez más Alemania volvía a convertirse en testigo de excepción de las páginas más importantes que se estaban escribiendo en la aún bisoña Copa de Europa. Si en febrero de 1958 la ciudad de Munich se había convertido en un infierno para una plantilla de jugadores ingleses dispuestos a conquistar el continente, ahora era la ciudad de Stuttgart la que había sido elegida para convertirse en la sala de juicios en la que Real Madrid y Stade Reims volvían a verse las caras tres años después de que el equipo español se coronase por vez primera como mejor equipo de Europa.

 Desde aquel mayo parisino de 1956 hasta este mayo alemán de 1959 habían transcurrido cientos de partidos, miles de goles, millones de anécdotas y una desgracia que había paralizado a Europa: el accidente aéreo que había masacrado al Manchester United. Con todo, el Real Madrid seguía siendo dueño y señor de la competición y cada año que transcurría iba apuntalando su inigualable plantilla con los mejores jugadores del mundo. Así, tras Di Stéfano y Rial llegaron Kopa y Santamaría, y tras la última lección de superioridad dada ante el Milan en la final disputada en Bruselas la temporada anterior, Santiago Bernabéu se había empeñado en rizar aún más el rizo contratando al húngaro Ferenc Puskas.

 Puskas llegó a Madrid rebotado por una huída indeseada y un exilio plagado de nostalgia y buenos recuerdos. Los aficionados al fútbol aún podían recordar sus exhibiciones cuando Hungría se paseaba por Europa como máximo referente del fútbol mundial. Una vez hubo abandonado su país y tras dos años inhabilitado para practicar lo que más le divertía, regresaba a los terrenos de juego para convertirse en eje fundamental del equipo de moda en aquel momento: el Real Madrid de Alfredo Di Stéfano.

 La primera vez que Puskas disputó un partido de la Copa de Europa con la camiseta blanca del Real Madrid, lo hizo sintiendo el deseo de quitarse la espina de su última final disputada y demostrar al mundo que en su incipiente tripa no descansaban los restos de un jugador acabado. Varias veces había soñado con aquel partido en el que Alemania le había arrebatado la gloria en la final del campeonato del mundo de Suiza y varias veces había despertado maldiciendo al cielo y al alemán Liebrich que le hubiesen impedido disputar aquella final en el tope máximo de sus facultades. De haber sido así, seguramente la historia habría escrito otro nombre en el renglón de los vencedores.

 Puskas amaba a Hungría por encima de todo, pero sentía que regresar allí era meterse en la boca del Infierno, por ello, una vez que decidió no regresar a su país mientras el comunismo siguiese derribando las costumbres y acallando las voces de su patria, se convirtió en un exiliado ilustre para sus paisanos y, al mismo tiempo, en un cobarde indeseado para el gobierno invasor. Puskas, que había defendido a su país sirviendo en el ejército y había sido elevado a la categoría de coronel gracias a sus goles, sentía un vacío en el alma cada vez que pensaba en su tierra y era consciente de que, posiblemente, jamás regresaría al lugar que le vio nacer, crecer y convertirse en el mejor futbolista de Europa.

 Apenas llevaba unos meses en Madrid y ya le habían cambiado el nombre. El impronunciable Ferenc para los españoles se había convertido en un castizo Pancho y su chut imparable con la pierna izquierda había pasado a conocerse popularmente como “Cañoncito Pum”.

 Se sentía cómodo en España, allí había encontrado unas costumbres totalmente diferentes a las que se había acostumbrado durante su juventud en Budapest. Una gente más cercana y temperamental y un país sumido en el silencio de una dictadura que pasaba factura a cada palabra pero que respetaba al Real Madrid hasta consentirle cualquier atisbo de reivindicación, pues el equipo blanco se había convertido en la mejor bandera con la que hacer propaganda del país ante los ojos del mundo.

 Por todo ello Puskas fue valorado como un ídolo y como tal fue tratado desde su primer gol. Llevaba poco tiempo en Madrid pero ya era consciente de la grandeza del equipo y de la calidad de sus compañeros, sobre todo de Alfredo Di Stéfano, el único compañero que había sido capaz de arrebatarle todo el protagonismo sobre el terreno de juego. Aún recordaba Puskas, con una sonrisa vestida de orgullo, aquella vez en que le dieron la vuelta al fútbol y derrotaron dos veces a Inglaterra, una de ellas en su inexpugnable Wembley. La prensa inglesa, más dada al alcance del acontecimiento que a la noticia en sí, calificó al día siguiente el encuentro como “El Partido del Siglo”, toda una descripción en regla del revolucionario esquema que habían presentado en la disputa y que les había coronado como un equipo invencible.

 La WM que habían representado en la inolvidable actuación de Wembley podía ser repetida en el Real Madrid con la creciente ventaja de que Di Stéfano era mejor que Hidegkuti y Gento era aún más veloz que Czibor, con semejante elenco y con Rial y Kopa empeñados en hacer de Puskas el mejor goleador de la historia, era imposible que la Copa de Europa tuviese otro ganador que no fuese el Real Madrid.

 Pero las semifinales habían terminado por aniquilar al equipo. El Atlético de Madrid, el único equipo ante el que Puskas sentía verdadera sensación de igualdad, les puso la lección en latín y fueron ellos mismos los que tuvieron que aprender a dar misa y expiar sus pecados en un partido de desempate que dejó a todo el equipo físicamente herido. Puskas anotó el gol de la victoria y unos días después terminaba de romperse y se unía a Kopa en la lista oficial de bajas de cara a la final de Stuttgart ante el Stade Reims.

 Puskas se tuvo que conformar con ver el partido desde la grada y contemplar como los nervios se apoderaban de él mientras volvía a maldecir al cielo que le hubiese negado esta nueva oportunidad para demostrar quien era el mejor goleador del mundo. Su sutituto, Mateos, se convirtió en el auténtico protagonista del partido al anotar un gol y fallar posteriormente un penalti. A pesar de que Di Stéfano le había instado a que dejase que fuese él mismo el que se encargara de lanzar la pena máxima, Mateos, que buscaba en aquella final una renovación que le atase laboralmente al Madrid y económicamente a la vida durante el resto de su vida, hizo oídos sordos a aquella recomendación y lanzó el penalti a las manos del imponente portero Colonna. Mateos no consiguió su renovación pero el equipo sí renovó victoria gracias a un segundo gol de Di Stéfano que, una vez más volvía a convertirse en protagonista de la final e iba acrecentando su legendaria figura al convertirse en el único jugador que había anotado en todas las finales de la competición.

 Puskas no disputó la final, pero una vez concluyó el partido supo de inmediato que el destino volvería a otorgarle una nueva oportunidad pues con aquel equipo, volver a llegar a lo más alto solamente era cuestión de seguir jugando.

jueves, 2 de marzo de 2017

Los carasucias



A Doval le llamaban “El loco” porque gustaba de la extravagancia. Provocador, genio e histriónico, igual piropeaba a los porteros rivales que avergonzaba con caños a los más fieros defensores. Era retórico y locuaz, ingenuo e insensato, canchero y hablador. Arrancaba por la derecha y, desde allí, jugaba con la pelota como quien juega con la propia vida. Amagaba, buscaba, gambeteaba. Era el ídolo de una grada que le perdonaba los errores porque siempre encontraban el encantamiento detrás de cualquier esquina. Como cualquier héroe de tragedia romántica, murió de noche, ebrio y agotado, con un disparo en el pecho a la salida de una discoteca.

A Areán le llamaban “El Nano” y era el más listo de la clase. Tenía la cancha en la cabeza y un prodigio en las piernas. Tocaba la pelota como lo podría haber hecho un ángel y se apoyaba en el medio como el metrónomo que realmente era. Tenía cuerpo y, sobre todo, tenía cabeza. Un entrenador, un adelantado, un tipo de fiar. Avanzaba con la cabeza alta y el mundo se paraba, filtraba un pase de gol y la grada se asombraba. Como el tipo abnegado que era, murió en la carretera, mientras viajaba en busca de nuevos talentos con los que sorprender al mundo. “Murió como quiso”, declaró su propio hijo, “trabajando para San Lorenzo”. 

A Casa le llamaron “El Manco” después de que una ráfaga de metralleta le inutilizase el brazo derecho. Ingenuo como era, aparcó su coche en zona militar para intercambiar besos con una chica. Un soldado, alertado por la presencia del vehículo, abrió fuego. La historia, más triste que épica, se fue convirtiendo en el principio del fin. “A los carasucias los mató el disparo de un militar” apostilló Petón en su libro “El fútbol tiene música”, y es que Casa era el más hábil de todos. Jugaba en punta y gustaba de buscar en el medio, arrancaba con soltura y driblaba. Driblaba hasta que a los defensores les dolía la cintura, driblaba hasta que a los espectadores le dolían los ojos, driblaba hasta que al orgullo patrio le dolía el alma. Veira declaró alguna vez que le avergonzaba celebrar los goles fabricados por Casita porque el último toque simplemente había venido precedido de una genialidad que solamente obligaba a la reverencia. Como el genio tímido que era murió sin hacer ruido, cuando un infarto detuvo su corazón en casa, mientras soñaba genialidades pasadas.

A Telch le llamaban “La Oveja” por su pelo ensortijado y porque, como una res de pura cepa, era el más abnegado de todos. Era el tipo que vestía ropa de labor y hacía el trabajo de los demás. Fuerte, bajito y cabezón, gustaba de levantar la voz y correr por el pasto; apretaba y empujaba, robaba y jugaba, corría y abroncaba. Ídolo de una generación y mito de Boedo, murió sin hacer ruido después de haber perdido la primera gran batalla de su vida contra la maldita enfermedad. Cuentan que un día abroncó a Veira porque se había negado a perseguir una pelota y este, abigarrado como era, le espetó la verdad que definió a un equipo inolvidable “Corré vos que os acostáis a las ocho de la tarde”. 

Veira era “El Bambino”, el wing izquierdo que jugaba a mirar a los ojos al defensa rival. Encaraba con una sonrisa y arrancaba con ese deje cansado que le caracterizó durante toda su carrera. “La semana que había un clásico me acostaba a la una de la mañana y entonces, sí, era un fenómeno”. Su filosofía de vida era la sonrisa antes que la victoria y la conciencia antes que la subversión. Es el único de los cinco que sigue vivo y el único que, tras abandonar las botas, hizo una notable carrera como entrenador. Quien le iba a decir al perezoso Veira que sería campeón de todo vestido con una corbata.

Doval, Areán, Casa, Telch y Viera. Muchos los recuerdan, algunos los evocan y el tiempo los ha glorificado como la más grande conjunción de estrellas que jamás se juntó en el barrio de Boedo. Del Ciclón al cielo y de San Lorenzo a la memoria. Jugaban de tal manera, asemejando su estilo a la de aquellos niños que, de tanto patear la pelota en el potrero, regresaban a casa con la cara manchada de polvo, que les apodaron “Los Carasucias”. Y como tales pasaron a la historia después de haber consagrado a aquel San Lorenzo como uno de los mejores equipos argentinos de siempre.