martes, 29 de septiembre de 2026

Balones de oro: Kevin Keegan

Los hinchas de clubes pequeños pueden mantener su esencia y convertirse en ídolos de clubes grandes. Existen muchos ejemplos de sueños cumplidos y otros de sueños por cumplir que dejan siempre el poso del que hubiera sido sí. Pero cuando el recuerdo de lo logrado es mayor que la hipótesis, huelga decir que el camino elegido ha sido el correcto y por eso la sonrisa denota aún más alivio que satisfacción.

Kevin Keegan creció siendo un niño que soñaba jugar con la camiseta del Doncaster Rovers, tímido sueño para quien terminó levantando cuatro títulos nacionales y tres internacionales con la camiseta de un Liverpool que le entronó y que le convirtió en gran ídolo de un país que soñaba en grande y buscaba en su sonrisa y su imparable regate el motivo para expandir al mundo su imagen futbolística.

Sus primeros domingos de futbolista fueron aquellos de adolescencia en los que, aprovechando sus días libres, se juntaba con un grupo de locos que, como él, soñaban con jugar algún día en la primera división. Jugando para el Lonsdale Hotel consiguió su pasaporte para firmar su primer contrato profesional con el Scunthorpe United. Aquel fue sólo un primer escalón de un viaje hacia una azotea donde le esperaba un Liverpool ansioso de gloria. Y tanta gloria alcanzó que generó un trauma en la ciudad cuando, en 1977, y después de ganarlo todo, decidió marcharse a Hamburgo para aceptar una oferta y un nuevo reto personal. Por ello, cuando estuvo a punto de tocar del todo el cielo en aquella final de 1980 contra el Nottingham Forest de Clough, sintió que la derrota le pudo más que el deseo y comenzó un declive que, poco a poco, le fue poniendo la añoranza por encima del deseo.

Treinta y tres mil libras había pagado el Liverpool por su pase en 1971 y por quinientas mil lo vendió a Hamburgo para sanear una economía y ponerse en manos de un nuevo ídolo llamado Kenny Dalglish. Aquellas cifran asustaban a un tipo tímido que había aspirado a ser muy bueno y aún no había terminado de asimilar que se había convertido en el mejor. Porque aquel dinero hubiera sido demasiado para el niño que había visto a su padre llegar a casa completamente agotado después de trabajar en la mina o para aquel muchacho que se había empleado como chico de los recados en Pegler Brass Works, una pequeña empresa de su Armthorpe natal. Aquella humildad que nunca abandonó fue lo que le convirtió en el hijo predilecto de un país que lloró su muerte aquella calurosa tarde de julio de 2026 después de que un cáncer de estómago se llevase por delante a la persona y cincelase para siempre a un mito inolvidable.

Con aquella permanente de caniche en su larga cabellera, impuso un estilo de modernidad que se contagió en otras estrellas del fútbol inglés. En Alemania, mucho más sobrios con el aspecto y con el fútbol, le acogieron con escepticismo y le despidieron con honores. Él ayudó al crecimiento de un club que llegó a ser campeón de Europa con ya no estaba, pero aquella liga del setenta y nueve con Keegan impartiendo cátedra, sigue latente en la memoria de los miles de aficionados que añoran tiempos mejores. Porque nadie sabe más de sentimientos que aquellos que hinchan por un club que no está acostumbrado a ganar, algo que al joven Kevin ya le inculcaron tanto su padre como su tío quienes cada domingo se dejaban la garganta y el corazón por el Newcastle sin recibir mas recompensa que la de un puñado de victorias sin títulos que guardar en la vitrina. Pero qué mas da ganar cuando el sentimiento se antepone al raciocinio.

Keegan había nacido en febrero de 1951 en el corazón de un país que aún se relamía las heridas tras la cruenta guerra contra los alemanes. Aquella condición de niño necesitado le ayudó a anticipar los problemas antes de ser sugeridos "Estoy tranquilo porque sé lo que hay detrás de la esquina", llegó a decir, "el problema es que no sé dónde está la esquina", añadió como una forma de contar que los problemas pueden acuciar en cualquier instante y que, tanto como persona como futbolista, hay que estar preparados para saber regatearlos. Aquellas tardes de sábado en la que siendo un mozo vestía la camiseta aficionada del Einfield House, le enseñaron a regatear rivales y otros obstáculos, porque todos allí estaban para cumplir un sueño y nadie iba dejar que otro se le adelantara por muy hijo de la pobreza que fuese.

En Anfield aún recuerdan aquel estupendo tándem que formó con Steve Heighway y que resucitó a un equipo que venía de años recorridos en un desierto de intrascendencia. Heighway, con su peculiar bigotillo de dandy, arrancaba desde la izquierda y ponía centros de pura seda y Keegan, con su juguetona melena al viento, arrancaba desde la derecha y fintaba sin detenerse hasta encontrar el resquicio por el que colocar la pelota.  Porque Keegan siempre quiso ser Ron Ashman, el legendario delantero del Norwich City que levantaba de sus asientos a toda una ciudad cada vez que llenaban Carrow Road para verle montar un espectáculo. Y como un anticipo del gran Le Tissier que haría lo mismo en The Dell, Keegan decidió regresar a Inglaterra para regalarle a la ciudad de Southampton un puñado de pinceladas de buen fútbol.

Cuando el gran Alan Shearer le despidió con un "hasta siempre, jefe", todos supimos que se estaba refiriendo al gran referente de su carrera deportiva. Y es que Shearer, aficionado al Newcastle desde niño al igual que Keegan, supo recoger el testigo generacional de un país que necesitaba el gol como alimento y la ilusión como energía. Keegan, que había crecido junto a dos hermanos y se había hecho hombre junto a Jean Woodhouse, fue el ídolo de un país para el que sumó sesenta y tres internacionales y del que llegó a ser capitán. Tanta importancia alcanzó su figura que la empresa aeronáutica Havilland Canadá Dash, bautizó con su nombre a su arenonave Bombardier Q400. Demasiada recompensa para quien había soñado con algo más humilde, sobre todo después de haber ganado su primer dinero como apostante en las carreras de caballos con el fin de costearse una añoradas y gastadas botas de fútbol.

Antes de soñar con Newcastle, Keegan fue un pequeño hincha del Doncaster Rovers, el mejor equipo su región. Y tuvo la oportunidad de jugar con ellos, pero el destino le jugó una mala pasada al apuntar su padre mal la hora del día de la prueba. Cuando llegó al campo ya todos se habían ido y Keegan marchó a llorar a su casa para jurarse no volver a fallar. Por ello, la vez que, vistiendo la camiseta del Scunthorpe United, enfrentó al Woodfield Social, se dejó el alma y la piel. Aquella fue su verdadera prueba de fuego, ya que aquel día vieron en él el talento emergente de un chico que podía ser verdaderamente grande.

Su grandeza le llevó a jugar una copa del mundo, la de España en 1982. Aquel era un Keegan un poco más apagado y que hubo de ver como sus compañeros del Hamburgo le ganaban la partida clasificatoria. En aquella Alemania jugaba Félix Magath, el tipo con el que formó una mediapunta inolvidable que levantó de sus asientos cada domingo de partido a los aficionados del Volksparkstadion. 

Fue Harry Holland, defensor del Scunthorpe United el que avisó a sus entrenadores de que aquel chico tenía un talento especial para jugar al fútbol. Después de amargarle la tarde en aquel amistoso tan importante en la vida de Keegan, le quiso tener como compañero antes de como rival y así fue como el pequeño chico que practicaba en casa lanzando una pelota de trapo contra el cochecito de juguete de su hermano pequeño, firmó su primer contrato como profesional. Empezó como delantero y, poco a poco, se fue acomodando al costado derecho para terminar jugando como alma libre en todo el frente de ataque.

Cuando quiso dejar el fútbol dejó que el fútbol le dejara a él y por ello eligió un par de destinos exóticos para poder olvidarse de la pelota y centrarse en la vida. Probó en Nueva Zelanda y probó en Kuala Lumpur y allí, alejado del foco y de la presión, colgó sus botas y regresó a Europa para disfrutar de lo generado. Aún quedaban los ecos de aquel último año en Newcastle después de regresar a la élite y de aquellos veintiún goles que anotó con la camiseta de Inglaterra a lo largo de una década de asombro. Porque en la mirada de aquel niño que había crecido entre privaciones, se observaba el orgullo del hombre que posaba para la portada de France Football junto a los balones de oro concedidos en 1978 y 1979.

Keegan amó y defendió a Inglaterra pese a ser descendiente una familia de irlandeses que se arrojaron al país a principios de siglo dejando atrás las privaciones de una Irlanda descosida y buscando fortuna al otro lado del mar. Aquel nieto del legado irlandés llegó a ser seleccionador de Inglaterra después de haber sido ídolo y continuó siendo ídolo aún después de haberse topado con la realidad de una selección que, sesenta años después, sigue buscando su identidad.

El día que levantó al cielo la Copa de Europa ganada en 1977 con la camiseta del Liverpool, debió acordarse del tipo que le dijo que no valía para la élite después de darle su veredicto tras una intensa prueba para el Coventry City. Y es que la vida está cargada de decisiones erróneas que forman montañas de arena que juegan a favor de instituciones ajenas. En Liverpool, Keegan encontró su hábitat y al compañero perfecto para culminar las jugadas de gol. En un mítico reportaje de los salvajes años setenta, dos sonrientes Kevin Keegan y John Benjamin Toshack, se pasaban la pelota en un campo vacío con los ojos vendados, haciendo saber a la gente que eran capaces de encontrarse en cualquier lugar del frente de ataque aún no sabiendo donde estaban ubicados. Aquella sociedad hizo crecer al Liverpool y el crecimiento de aquel Liverpool hizo glorificarse a un chico que, cuando enfrentó a Argentina en un amistoso en Wembley de 1980, no sabía que, siendo el mejor del mundo se estaba enfrentando a otro que sería el mejor de la historia. Son momentos de de plenitud que quedan grabados en el tiempo como implosiones de la memoria y como hitos imprescindibles. Dos años más tarde, en 1982, cuando Keegan ya había decidido regresar a casa, aquel joven argentino volaba hacia Barcelona y la reina Isabel condecoraba al delantero inglés con la real orden del imperio británico.

Y es que la importancia de las personas se refleja en la sencillez de sus decisiones. Una vez hubo abandonado el fútbol, Keegan, junto a su familia, se asentó en Marbella para convertirse en un ciudadano anónimo y disfrutar de la vida tomando el sol y jugando al golf mientras dejaba que la añoranza se convirtiese en recuerdo y el recuerdo en párrafos de historia.

Cuando, a pesar de su escaso 1,73, le ganó un salto al fornido Bob Nellis, todos aquellos chicos supieron que estaban ante un caso excepcional. De aquellos amistosos de barro y polvo, se forjó el mito del hombre que saltaba por encima de la gravedad y cabeceaba con la fuerza de los puños de Hércules. Como además de rematar no paraba de correr, los defensores se cansaba de seguirle hasta que terminaban por perderle de vista y, cuando lo hacía, solían ver como su portero terminaba dentro de la portería para recoger una pelota que había sumado un nuevo gol en el marcador del equipo rival.

El mito de Kevin Keegan en Newcastle se inició cuando, en los albores de su carrera, decidió cumplir el sueño de su padre y afiliarse al club de las urracas para jugar como organizador en un equipo que había descendido a la segunda división. Allí estuvo dos años, el primero para devolverle a la élite y el segundo para mantenerle en ella. Su padre y su tío hubiesen soñado sólo con la mitad de aquello el día que le vieron nacer en la humilde Anthorpe, lugar al que había emigrado para trabajar en la mina, en la pequeña habitación de su hermana Nellie, una de los pocos lugares del pueblo que contaban con calefacción. Cuando fichó en 1971 por el Liverpool, aprendió, de su cuadro técnico, que el fútbol no era una cuestión de vida o muerte sino algo mucho más importante y que para jugar con la pelota hay que tratar muy bien a la pelota. Por ello, cuando se formó como entrenador y regresó a Newcastle para volver a ponerlo en el mapa, aquel equipo dirigido por Keegan se ganó el apodo de "The Entertainers" al convertirse en el equipo más bonito de ver de toda la Premier League.

Su padre, que jamás le vio jugar con la camiseta del Newcastle, hubiese llorado de emoción si hubiese visto su apellido corearse en las vetustas gradas de St James Park. No lo hubiese podido imaginar cuando, tras madrugar cada mañana para marcharse a la mina, le veía vestirse un pequeño uniforme para acudir a la vieja escuela St Peters donde obtendría una buena educación y una pasión infinita por la pelota.

Durante su carrera como profesional anotó doscientos cuatro goles, la mayoría a las órdenes de Bill Shankly y Bob Paisley, los tipos que le enseñaron a jugar al fútbol como profesional y a jugar a la vida como hombre adulto. Se lo debió todo; el éxito, la fama, la juventud y las grandes noches europeas. Aunque si hubo una que no pudo olvidar fue la vivida en Hamburgo el veintitrés de abril de 1980 cuando después de perder por dos a cero en un partido de ida horripilante, barrieron al Real Madrid para anotarle cinco goles y salir del estadio sabiendo que la historia podría estar de su parte. Pero no lo estuvo, porque aquella final volvió a ser ganada por el Nottingham, pero aún son muchos los mayores de Hamburgo que saben que, pese a la derrota final, aquel camino estuvo cargado de una gloria que para todos será inolvidable.

Al pequeño Keegan le apodaron Mighty Mouse, una suerte de superratón en una Inglaterra que adolecía de tipos ingeniosos como él. Su primer balón se lo había comprado su tío Frank y sus primeras botas, tras aquel botín ganado en las apuestas hípicas, las compró de segunda mano en la tienda del viejo ex futbolista Ray Harrison. Con aquellos útiles aprendió que la vida no regala los goles y que la velocidad es sólo una virtud para controlar. Kevin Keegan, entrenador en el campo y diablo pegado a la línea de cal, fue el tipo que levantó los cimientos de un club legendario y el hombre que regresó al lugar de los sueños para volver a ponerlo en el mapa. Jugó mucho, arriesgó demasiado y ganó lo suficiente para convertirse en inolvidable. Hoy en día la gente le recuerda con una sonrisa y eso, seguramente, es todo lo que él pudo haber pedido cuando golpeó una pelota de fútbol por primera vez en su vida.

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