Mostrando entradas con la etiqueta LAS HISTORIAS DE LOS EQUIPOS DE LA LIGA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LAS HISTORIAS DE LOS EQUIPOS DE LA LIGA. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de agosto de 2021

Milagro extremeño

Recién estrenado el año 1924, un grupo de aficionados extremeños, afincados en Almendralejo, decidieron crear un club de fútbol para satisfacer su abstinencia y poder divertirse, al mismo tiempo, los domingos por la mañana. Como la mayoría de ellos eran aficionados al Fútbol Club Barcelona, eligieron para su equipo los colores azul y grana y lo bautizaron como Club de Fútbol Extremadura, ya que la región no tenía un equipo con su nombre representativo.

Durante treinta años, se estuvo curtiendo el lomo en categorías regionales y competiciones locales hasta que en 1952, por fin, consigue el ascenso a la Tercera División, todo un hito en aquella época para un club de orígenes tan humildes. Pero el logro no se queda aquí, ya que el buen trabajo en el campo se plasma con el ascenso a Segunda dos años más tarde. Son siete temporadas históricas las que el equipo se mantiene en la categoría de plata, pero la competencia brutal termina por absorberle y se ve de nuevo en tercera en el año 1961. Durante treinta años, el equipo se mantiene inestable en categoría Preferente con algún ascenso a Tercera pero sin ninguna consolidación.

Se va convirtiendo, poco a poco, en un equipo sin aspiraciones dentro del fútbol extremeño hasta que Pedro Nieto, un empresario de la zona, toma la presidencia del club en 1982. Con su figura, desaparecen todos los puestos intermedios entre el presidente y el entrenador, formando ambos un tándem en el que se acuerdan todos los aspectos deportivos del club. Eso sí, pese a que el equipo logra el ansiado ascenso a Segunda División B en 1990, el presidente, que ha estado ocho temporadas trabajando sin cesar para ver a su equipo en su lugar de correspondencia, no termina de encontrar un capitán apto para su nave. Y es entonces cuando decide fichar a uno de los personajes clave en la historia del Extremadura; Josu Ortuondo.

Ortuondo es un ex jugador del Athletic de Bilbao que terminó su carrera en campos de tierra y saltó al banquillo curtiéndose entre el barro, vestuarios gélidos y tipos de rostro enjuto y ceja junta. Su primera temporada es esperanzadora y Nieto decide seguir confiando en él, confianza que resuelve jugando la promoción de ascenso a Segunda en 1992 quedando a un sólo punto del Lugo, equipo que terminaría jugando en la categoría de plata. 

Son cuatro las temporadas que se mantiene Ortuondo en el banquillo de Almendralejo con dos conceptos claros: mentalidad de trabajo y defensa en zona. Con una exigencia mental fuera de los límites, los jugadores van captando los conceptos y el trabajo termina obteniendo sus frutos cuando, en 1994, el equipo consigue el ascenso a Segunda División más de treinta años después. Aquello supone una fiesta para una localidad tan pequeña y todo un pulso a tener en cuenta pues el objetivo no es sólo llegar allí sino lograr consolidarse. El problema es que, con el ascenso conseguido. Ortuondo acepta una oferta del Badajoz donde sólo dura once jornadas y el Extremadura ha de agarrarse al trabajo de tres entrenadores distintos para terminar agarrando la permanencia en el último suspiro.

Como las cosas, cuando funcionan, no deberían de tocarse, Ortuondo regresa a Almendralejo la temporada siguiente y ha de pelear la permanencia con una plantilla corta y carente de recursos. Es un año complicado y marcado por la fe. Tras cuarenta y dos agotadoras jornadas, el equipo acaba quinto y, gracias a una carambola, se gana el derecho a jugar la promoción de ascenso a Primera División. Nadie cree en ello, pero ya que estamos aquí, vamos a jugar. Así que la ilusión es grande y la presión es mínima.

Para poder acceder a la quinta plaza, el Extremadura ha de ganar en Marbella y el Alavés, que juega en Sestao, no debe pasar del empate. Ambas circunstancias se dan. El gran Manuel Mosquera acaudilla al equipo marbellí y los vitorianos empatan a cero con lo que el Extremadura es quinto. Como el Real Madrid B había quedado cuarto y no puede promocionar al ser filial de un equipo de Primera, la plaza es para los extremeños que han de enfrentarse en la promoción contra el decimoséptimo clasificado de la máxima categoría.

El decimoséptimo clasificado es el Albacete que, unos días antes, había visto como el Atlético de Madrid cantaba el alirón a su costa y se hundía en la tabla después de un final de temporada desastroso. Como el año anterior, en el que había sido vapuleado por el Salamanca, se veía obligado a jugar la promoción por la permanencia contra un equipo, a priori, inferior. Pero la experiencia ya era una muesca y este año ya no había colchón institucional, puesto que el año anterior había sido salvado burocráticamente tras los descensos y ascensos en los despachos de Sevilla y Celta.

Antes del primer partido a jugar en Almendralejo, Pedro Nieto es claro: la salvación económica del club pasa por el ascenso. No se sabe si es boutade o un intento de meter presión, lo que está claro es que le mensaje está mandado y los jugadores deben darlo todo. Lo hacen en el partido de ida, ganando por uno a cero con gol de Manuel. Siempre Manuel. Este, como se comprobará más tarde, será el verdadero gol del ascenso, aunque todo el mundo ha mitificado aquel trallazo al ángulo de Tirado en el último segundo del partido de vuelta, pero aquel partido ya estaba terminado y el ascenso ya estaba hecho.

Aún así, no fue un partido fácil. El Albacete, arropado por su público, salió con todo. Y todo hubiese cambiado si el árbitro no hubiese anulado un gol a Luna por fuera de juego. Aquello desestabilizó al Albacete quien jugó con mucho corazón y muy poca cabeza y se estrelló una y otra vez contra la muralla de un Extremadura muy bien ordenado. Bjelica y Manolo ponían el peligro por la banda izquierda y Zalazar buscaba pases imposibles entre líneas. El acoso llegó a los veinte córners a favor del Albacete y a convertir a Amador, portero extremeño, en el héroe de la noche. Toda una agonía hasta que llegó aquella recordada jugada en el último suspiro del partido. Al árbitro ya iba a pitar el final y Verde encara la portería tras aprovecharse de un error en la zaga. Es derribado flagrantemente a dos metros de la frontal. La gente celebra porque pase lo que pase, el partido está acabado. Pero Tirado pone la rúbrica con un tirado que aún perdura en la memoria colectiva de cada vecino de Almendralejo.

El equipo, con mil quinientos socios, y la ciudad, con apenas treinta mil habitantes, se convierten en comidilla y portada en todo el país. En España es todo un hito y en Almendralejo es una locura. Este equipo es una familia, repite Ortuondo. Y la familia se abraza, se felicita y se congratula. Algunos saben que no jugarán en Primera, pero aún así lo han dado todo para que el sueño imposible se haga realidad.

Almendralejo se convierte en el primer municipio relativamente pequeño en tener un equipo en Primera Divisón. Más tarde llegarían el Villarreal (Cincuenta mil habitantes) y Eibar (Veintiocho mil habitantes). Y se convierte, además, en el segundo equipo extremeño en jugar en la máxima categoría después del Mérida, que había ascendido un año antes. Es, pues, el cénit del fútbol extremeño. Sus equipos suben al cielo y la junta se vuelca dando dinero al club para la remodelación del estadio. En pocos meses, el Francisco de la Hera está preparado para recibir a los gigantes. Y el pueblo está preparado para disfrutar del sueño con los ojos bien abiertos.

El campeonato español es bautizado como La Liga de las Estrellas. El Boom televisivo genera una locura y los clubes firman un contrato suculento que, en muchos casos, les terminará llevando a la ruina. Pero es época de vacas gordas y todos quieren un trozo del pastel. El Extremadura no es menos y Pedro Nieto firma un contrato con Antena 3 por ochocientos millones de pesetas. Todos juegan a ser el tío gilito, pero los contratos tienen aristas y muchos de ellos terminarán pinchándose en el dedo y durmiendo el sueño de los justos.

Aún con todo, nada puede evitar que el Extremadura sea la Cenicienta de la liga. Es el equipo con menor presupuesto, con menor experiencia y con menores aspiraciones. Aún con todo, hay que jugarlo. Ahora toca disfrutar, es el mensaje de Ortuondo a la plantilla y al afición, pero disfrutar, lo que se dice disfrutar, se disfruta poco. Los primeros siete partidos se saldan con derrota y tan sólo se acaricia el empate en la jornada seis cuando el Racing, gracias a un gol de Correa en el minuto noventa y uno, se lleva la victoria del Francisco de la Hera. Los primeros siete partidos se saldan con derrota y no se gana el primer partido hasta la jornada nueve; un exiguo dos a uno contra el Zaragoza que sabe a gloria y a historia.

Todo lo que está pasando es lógico, dice Ortuondo. Somos nuevos, no tenemos experiencia y no somos el mejor equipo. Ganarlo todo es para los equipos grandes, nosotros estamos aquí para sobrevivir. Sólo pido, y lo dice con voz clemente, que nos respete más el estamento arbitral. Y es que ya lo dejó claro el presidente Nieto en su primera gran pataleta de la temporada: Estamos en manos de una mafia arbitral. Nada le salía bien al equipo, ni el juego, ni la suerte, ni las decisiones ajenas. Aun así siguió remando y, como pedía Ortuondo una rueda de prensa tras otra, no perdía la fe.

Pero el calvario duró toda una vuelta. Durante aquellos veintiún primeros partidos solamente se obtuvieron tres victorias y el equipo terminó la primera ronda en última posición. Así, pues, sólo quedaba una opción viable; ir hacia arriba. Y a fe que lo hicieron. Durante el invierno, el equipo se refuerza con los argentinos Montoya, Basualdo y Silvani. El chute de energía es colosal y se empiezan a sacar buenos resultados. El equipo, durante algunas jornadas, llega a salir de las zonas de descenso y de repente siente tras de sí el aliento de toda España quien, admirada ante su esfuerzo, convierte al Extremadura en uno de sus equipos predilectos.

Pero, más allá de los argentinos, prevalecen tres futbolistas españoles como auténticos aparatos de locomoción del equipo. Nadie olvida a Pedro José, con su aspecto de trabajador incansable, su oficio estajanovista y su cara marcada por el esfuerzo y la agonía. Nadie olvida a Ito, quien llegó a ser internacional y que, tras jugar en el Extremadura encontró su lugar en el Betis; un centrocampista fino, de buena conducción y pase preciso. Y todos recuerdan a Pineda, el sevillano estilista, el tipo que, como el Guadiana, desaparecía entre la bruma pero que, cuando volvía a aparecer, todos le estaban esperando de pie y con las manos dispuestas para el aplauso.

Y cuando todo parecía destinado a encontrar un final feliz, un paupérrimo rush final terminan condenando al equipo en su regreso hacia el infierno. No ayuda nada la lesión de Duré, el delantero que había entrado en combustión y se pegaba con cada una de las defensas rivales, y no ayuda nada el calendario diseñado para las últimas jornadas, donde ha de visitar a Barcelona, Atlético y Real Madrid en plena pelea por la liga. Aún así, se llega a la última jornada con posibilidades de permanencia y, para ello, hay que ganar al Dépor, uno de los gallos de la liga, en Riazor. Será una empresa difícil pero la gente cree hasta tal punto que se fletan veinticinco autobuses desde Almendralejo llenos de aficionados con destino a La Coruña. El Deportivo no se jugaba nada y, además, la victoria del Extremadura podría condenar al descenso al Celta de Vigo, por lo que los aficionados del Extremadura no se sienten solos; Riazor en bloque anima a los extremeños.

El partido es tenso, feo, disputado, con un equipo al que se le nota la falta de presión y otro equipo al que se le nota el exceso de tensión. Las noticias desde Balaídos no son nada halagüeñas; el Real Madrid, campeón matemático, está perdiendo por goleada dejando al Celta salvado, el Rayo pierde en Vallecas contra el Barcelona, pero la victoria del Celta condena a todos. No hay nada que hacer. Cuando la grada se convierte en un murmullo llega el gol de Begiristain, su último gol en la liga española. Un gol que condena al Extremadura. Un gol que pondrá rúbrica a un partido con muchos nervios pero con poca historia.

El Extremadura queda en el puesto diecinueve de veintidós equipos. Por la posición podría creerse que estaba salvado, pero la necesidad de reajustar la competición de nuevo a veinte equipos, hace que no tengan que bajar dos sino cuatro, por lo que los cuarenta y cuatro puntos obtenidos, que hoy sería un puntuaje de media tabla, termina por condenarle de nuevo a la Segunda División. Fue bonito mientras duró, piensan. Sí, muy duro, pero muy bonito.

La promoción sólo ha quedado a un punto. Una pena, porque de haber empatado el gol de Begiristain, hubiese podido acceder a tener una segunda oportunidad, pero tocará empezar de cero. Ortuondo da un paso al lado y se marcha al Rayo, quien después de haber accedido a la promoción, había perdido en una dura eliminatoria contra el Mallorca y había de emprender, como el Extremadura, el camino de retorno a la élite. Así, pues, toca contratar a un nuevo técnico y tras una reunión entre Pedro Nieto y Vicente del Bosque, responsable deportivo de las categorías inferiores del Real Madrid, este le convence de apostar por Rafa Benítez.

Benítez, que había tenido un comienzo prometedor como técnico del Real Madrid B, había visto como su carrera, lejos de la casa blanca, comenzaba a estancarse después de dos cortas y traumáticas experiencias como responsable de los banquillos de Valladolid y Osasuna. No obstante, Nieto decide hacer caso a Del Bosque y contrata al entrenador madrileño con el objetivo de consolidarse en Segunda y, por qué no, buscar de nuevo el ascenso a la élite. Se puede decir que Almendralejo fue el trampolín de lanzamiento de Rafa Benítez. Hoy todo el mundo conoce su trayectoria, sus títulos en Valencia y Liverpool, su carrera por los mejores banquillos del mundo, su caché internacional. Pero entonces, Almendralejo era un pueblo, el Extremadura un equipo de Segunda y Benítez un tipo que aspiraba a altas cotas. La exigencia es buena y cumplirla da una satisfacción enorme. La temporada es excelente y se rubrica el ascenso en la penúltima jornada después de ganar en Orense por cero goles a uno. La segunda posición en la tabla es un regalo y los aficionados vuelven a frotarse los ojos. Ya estamos de nuevo aquí.

Si hay un nombre en mayúsculas para aquel segundo ascenso no es otro que el de Igor Gluscevic. Igual que había ocurrido con Manuel Mosquera en la temporada del anterior ascenso, Gluscevic había anotado goles de todos los colores y casi todos ellos con bálsamo decisivo. Gracias a él y al trabajo incansable de un equipo donde Pedro José seguía siendo ídolo y pieza clave, el equipo volvía a Primera donde tendría que volver a remar si quería, esta vez, consolidarse como un equipo de élite.

Y no se hizo del todo mal. En la penúltima jornada estaba salvado y dependía de sí mismo para salvarse. Ganando al Villarreal, la continuidad en Primera estaba garantizada, si no lo hacía y el Alavés no ganaba a la Real Sociedad, estaba salvado. Pero se dieron todas las peores circunstancias. Extremadura y Villarreal, que también se jugaba la vida, empataron a dos y el Alavés se llevó el derbi vasco en un partido marcado por la polémica y las acusaciones a los jugadores de la Real de no dar de sí todo lo que debían.

Así pues, el Extremadura ha de jugarse las lentejas en una dura eliminatoria de promoción contra el Rayo Vallecano donde ya no estaba Josu Ortuondo. Los resultados son catastróficos. El Rayo, que con Juande Ramos ha encontrado la perfecta velocidad de crucero, gana los dos partidos; dos a cero en Vallecas y cero a dos en Almendralejo. Incontestable. Una vez más, el sueño no ha durado más de un año, pero esta vez la situación es más dramática, ya que las inversiones no han generado el fruto esperado y el club encuentra deudas en sus cuentas bancarias y telarañas en su caja fuerte. Se ha dilapidado el contrato televisivo y hay que hacer cábalas para intentar mantenerse con cierta estabilidad en la categoría de plata.

La primera decisión, tras el adiós de Benítez, el volver a contratar a Josu Ortuondo. Estamos de nuevo en tus manos, Josu. Pero Ortuondo ya no es el mismo y, sobre todo, la plantilla ha perdido mucha calidad. En los tres años que dura su última etapa en el club, el equipo va de más a menos. En su primera temporada, después de establecerse en puestos de ascenso durante toda la temporada, se desfonda en el tramo final y solamente saca un punto de los últimos quince. Toca esperar. Pero la octava posición final de aquel año es empeorada al año siguiente cuando se termina en el puesto undécimo. Al menos nos queda el fortín de casa, piensan algunos. Porque el equipo ha fallado fuera pero al menos se ha mostrado sólido en el Francisco de la Hera, cosa que también deja de hacer en la temporada 2001/02.

No hay mucho más de donde sacar, Ortuondo es destituido, el equipo no encuentra el rumbo y, pesea a que llegan fichajes tan mediáticos para la delantera como Kiko o Pier, estos no son más que una sombra de lo que fueron y el equipo pierde tanto en casa como fuera donde sólo es capaz de ganar un partido en toda la temporada. El descenso a Segunda B, de nuevo al limbo de los olvidados, se confirma en la penúltima jornada. Ha sido un año para olvidar, pero han sido unos años para recordar. Cómo no hacerlo.

Los cuarenta y tres puntos finales invitan a creer que hay margen de mejora, que se puede volver, pero los pensamientos si no van acompañados de trabajo, talento y suerte, suelen convertirse en sueños imposibles. Tras varias temporadas mediocres en Segunda División B, el Extremadura desciende a Tercera en 2007. Es el principio del fin. No queda orgullo, ni ilusión, tan solo el halo de un bello recuerdo fundido diez años atrás. Una inyección de capital local evita la desaparición del equipo. Pedro Nieto intenta regresar, pero segundas partes nunca son buenas y el pozo no termina de tener fondo. En 2008, el equipo se salva de bajar a Preferente, lo que hubiese sido estocada letal, gracias a un gol en el último segundo del útlimo partido. Esos son los milagros cotidianos a los que ha de acostumbrarse, milagros de perfil bajo. Dos año más tarde Pedro Nieto dice basta y esta vez sí, se desciende a Preferente. La caída no se puede sujetar y el equipo firma su acta de desaparición. Ya no existe el Club de Fútbol Extremadura, en su lugar se ha creado el Extremadura Unión Deportiva que ocupa su plaza y hereda sus colores azul y grana. Es otro equipo, es otra historia, pero todos viven del mismo recuerdo.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Gol en Las Gaunas

Existen momentos, lugares e incluso gritos individuales que adoptamos como colectivos porque quedan impregnados en la memoria como un regalo de la cotidianeidad. Durante años, la costumbre de ejercitar el oído con sonidos de transistor y carruseles de domingo, nos regaló un sonido inconfundible, el de los goles en el estadio más grande de la ciudad de Logroño ¡Gol en Las Gaunas! Gritaba el comentarista de turno y nosotros, ávidos ideadores de imágenes, imaginábamos aquel césped pelado inundado de jugadores abrazados y tipos recios que, con los dientes apretados, seguían empujando en pos de una misión imposible.

Fueron nueve años de goles y sorpresas, nueve años de comunión entre un equipo y una grada entregada a su pasión. Nueve años que comenzaron mucho más atrás, justo en el momento en el que Pita le marcaba aquel gol agónico a Osasuna Promesas y el Logroñés lograba ascender a la segunda división después de cuarenta y cuatro años de historia. Tres años más picando piedra en la división de plata para encontrarse con la temporada más larga de la historia. Una liga, un playoff y una visita del Valencia al estadio de Las Gaunas con un ascenso por decidir. Era el quince de junio de 1987 y Logroño vivía espoleada por un equipo que ya había estado a punto de colarse en las semifinales de la Copa del Rey.

Aquel día, el Valencia llegaba con el ascenso bajo el brazo y el Logroñés necesitaba dos puntos para alcanzar la cima. Noly, la cabeza visible de aquella zaga inolvidable formada por Comas, Noly, López Pérez y Martín, cabeceó al fondo de la red una falta lateral botada en el minuto cuatro. Fueron ochenta y séis minutos de apoteosis. Faltaba una jornada para la finalización del playoff y los dos equipos ya tenían el billete en su viaje hacia la élite. Cuando el joven árbitro Brito Arceo señaló el final, Las Gaunas vivió su gran noche. El césped se llenó de gente y Logroño se llenó de banderas. Barça, Madrid, Logroño ya está aquí.

Habían pasado cuarenta y siete años desde que un grupo de jóvenes audaces habían formado un club deportivo en el corazón de la ciudad. Un club que, presidido por Joaquín Negueruela y entrenado por Jesús Aranguren, alcanzaba el hito más grande que habían imaginado. Y, una vez en la fiesta, tocaba bailar. Y empezó el baile en Mestalla. El Valencia, recuperado de su crisis interna, jugaba de nuevo contra el Logroñés con los papeles cambiados y una categoría distinta. Fue un dos a cero fácil para los valencianistas, pero fue, para siempre, la toma de comunión de un equipo que se instauró en el corazón de cuarenta millones de españoles.

La primera victoria llegó en la jornada diez ante el Murcia. Aquella capacidad de ganar los duelos directos contra los equipos de abajo y los empates que fue rascando poco a poco, le facilitaron la salvación en una liga donde la victoria aún valía dos puntos. La primera misión estaba cumplida. Había pasado el primer año y el equipo había conseguido mantenerse. Ahora tocaba la difícil misión de consolidarse.

Habría de hacerlo agarrado a la figura creciente de Agustín Abadía, un tipo con pintas de abuelo pero que dirigía la nave con un corazón tan grande como todo el estadio. Como nota curiosa, destacar que en aquel plantel también estaba Raúl Ruiz, conocido de todos por ser una de las voces de la segunda división española en la televisión de pago.

La llegada a la presidencia de Marcos Eguizábal dotó al club de una mayor infraestructura económica y social. El Logroñés se adaptaba a los nuevos tiempos y fichaba acorde a sus necesidades. Con un plantel renovado, se presenta en la primera jornada para batir por uno a cero al Atlético de Madrid de Jesús Gil. Aquel primer triunfo de enjundia pone al equipo en situación y, cargado de moral, gana los dos partidos siguientes. Verse en lo alto de la tabla le produce a la ciudad una sensación de sueño cumplido que se apaga de repente cuando el equipo no es capaz de ganar ninguno de los siguientes quince partidos. Dio igual, empate a empate, victoria agónica a victoria agónica, el equipo alcanza los treinta y cuatro puntos y se gana el derecho a seguir soñando como equipo de primera.

Fue entonces cuando llegó el apoteosis. Eguizábal vendió a Abadía al Atlético de Madrid y consiguió la cesión de tres promesas del Castilla, Aragón, Maqueda y Rosagro, además de la compra de un puñado de buenos jugadores como Cristóbal, Salva y Marcos. Estos, unidos a los veteranos Setién y Sarabia, a quien se les escurría el fútbol desde los pies, formaron un conjunto aguerrido en defensa y virtuoso en ataque. Un equipo que alcanzó el séptimo puesto y se quedó a dos puntos de clasificarse para competición europea. Como Orfeo, alcanzó su cénit cuando creyó tener para siempre a Eurídice.

Aún así, aunque mirasen hacia atrás y terminasen convirtiéndose en árbol para el recuerdo, fue precioso mientras duró. Ganaron cuatro de los primero seis partidos y terminaron en la undécima posición después de la primera vuelta. Con la permanencia casi en el bolsillo se animaron a soñar en grande y escalaron posiciones hasta colocarse en el séptimo lugar a falta de una jornada y después de empatar a tres en el Bernabéu contra el mejor Madrid que se recordaba. Había que ganar en Mestalla, otra vez el Valencia por medio, y que la Real Sociedad perdiese en Sevilla. No ocurrió nada de eso. El Valencia ganó cuatro a cero, la Real cero a uno y el Logroñés festejó aquel séptimo puesto como un hito sin precedentes. Y es que casi no los tenía.

Los doce goles de Sarabia, la garra de un campeón del mundo como Ruggieri, los vuelos de Islas, la clase de Setién, quedaron en el recuerdo, pero no permanecieron para siempre. Ruggieri, Aragón y Maqueda regresaron a Madrid, el equipo se hizo un año más viejo y el obrador del milagro, José Luis Romero, fichó por el Betis para enderezar una nave que terminó yéndose a pique. Nadie ganó con el cambio, pero el Logroñés consiguió convertirse, durante toda una temporada, en el segundo equipo de todos los españoles.

Pasaron por Logroño entrenadores carismáticos como Jabo Irureta, Carlos Aimar y David Vidal. Todos ellos se escudaron en Las Gaunas para hacer de su feudo un fortín. El césped helado en invierno, el área pequeña pelada, el banderín de córner junto a la grada. Hubo goles inolvidables, como aquel que Hugo hizo con el pecho y quiso hacer saber que allí no había un macho como él. Pero para macho, en Logroño, el gran Alzamendi; goleador de raza y perro de presa en área pequeña.

En 1991, David Vidal quien, de la noche a la mañana, se convierte en el entrenador más mediático de la liga, firma una permanencia más que meritoria. Pero será en la temporada siguiente cuando el equipo, en plena ebullición, consigue su victoria más sonada. Es el catorce de marzo de 1992 y el Madrid juega en Las Gaunas con la vista puesta en lo que ocurría en el Manzanares donde el Atleti recibía al Barcelona. David Vidal planteó un partido basado en el trabajo de dos hombres; José María y Polster. El primero, un jabato de la banda izquierda, se encargó de taponar a Míchel. Cortocircuitado el Madrid, Polster bajó con nieve cada pelota que le venía despejada. Fue un tormento. Así, en las postrimerías de la primera parte, el austriaco enganchó una pelota muerta y la clavó junto al palo de un Buyo que no pudo hacer más que quedarse mirando. Aquello sí que era fascinante. El Madrid trató de igualar con un dominio infructuoso y un sólo tiro a puerta. Victoria de renombre y una bonita costumbre de afianzarse a la élite.

Algo que refrendaron justo un año después. El catorce de marzo de 1993, el Logroñés visitó el Bernabéu para ser testigo de excepción en la fiesta de celebración de la Copa del Rey de baloncesto. El equipo de básquet tuvo su vuelta de honor, pero la verdadera vuelta de honor la dio el Tato Abadía, quien había vuelto a casa y había puesto Madrid patas arriba. El Madrid, que había remontado el tanto inicial del Tato con un gol en el último minuto, vio como sus esperanzas se caían al traste cuando Abadía cruzaba ante Buyo en el minuto noventa y dos y dejaba al Bernabéu, y su fiesta, con un palmo de narices.

El autobús de Aimar hizo, además, sus estragos en Barcelona y Zaragoza. Dos de los equipos con mayor caudal ofensivo hubieron de ver como el argentino les castigaba con la desesperación y les sacaba sendos empates a cero. Eran buenos tiempos y podían ser mejores. El problema es que las alegrías duran poco en la casa del pobre. Eran tiempos de Oleg Salenko, el ruso que batió un récord mundial y que se hizo hombre en Las Gaunas. Y tiempos, siempre, para Agustín Abadía, el padre de todos que se dio el gustazo de marcarle al Atleti en el Calderón y cerrarle la boca a Jesús Gil después de verse vilipendiado. Aquel cero a uno fue magia. Pero aún sufriría más el Atlético las iras del Logroñés. El veintitrés de enero de 1994, regresaba José Luis Romero a Las Gaunas, esta vez como entrenador colchonero. Aquello pudo ser una masacre y tan sólo fue un uno a cero. El mejor Logroñés zarandeó al peor Atlético y Jesús Gil sacó el cuchillo para despedir a un nuevo entrenador. En tal fortín se convirtió Las Gaunas que el propio Deportivo La Coruña se dejó un punto clave en su pelea particular por la liga de 1994. Luego llegaron Djukic y González y la gente se acordó del cielo, pero aquel empate en Logroño terminó de descabalgar a un equipo que había ido perdiendo su moral en la primavera española.

En aquel equipo ya reinaban José Ignacio, Romero y Poyatos. Tres tipos que el Logroñés supo encontrar en los subterfugios del fútbol español y que dieron un rendimiento más que notable. Los tres terminaron en un Valencia que, en el noventa y séis, peleó la liga y los tres dejaron huérfano a un Logroñés que, en el noventa y cinco, dijo adiós a ocho temporadas consecutivas en la Primera División española.

Hasta cinco entrenadores pasaron por Logroño y ninguno fue capaz de sumar los puntos necesarios. Tan sólo dos victorias en treinta y ocho jornadas y el equipo hundido en el último lugar. Habría que volver a empezar, con lo que cuestan las misiones después de una caída. Aquella misión tuvo un nombre: Juande Ramos. El equipo se sale, dirigido por el manchego, y regresa a primera con la ilusión de repetir gestas pasadas. Pero no pudo ser.

Juande aceptó una oferta para entrenar al filial del Barcelona y el Logroñés acudió a una de sus leyendas del pasado, el delantero Miguel Ángel Lotina. Lotina, que como jugador había hecho goles de todos los colores en Las Gaunas, trató de seguir el criterio impuesto por Juande; control y contragolpe. Pero el equipo carecía de alma y, sobre todo, de experiencia. Ni Lotina, ni después Aimar en su regreso, pudieron enderezar una nave que se hundía en el fondo del océano. Y eso que empezaron bien, con un cero a cero esperanzador ante el renovado Madrid de Capello que terminaría conquistando la liga. Pero no fue sino un espejismo. Pronto se vio que al equipo le quedaba grande la categoría y fue perdiendo partidos como quien pierde esperanzas. Tras el empate en Madrid llegaron cuatro derrotas consecutivas. Durísimas. Aunque no menos duras fueron las goleadas recibidas en Barcelona y Bilbao; ocho a cero y seis a cero. Adiós Lotina, hola, de nuevo, Aimar, adiós, para siempre Primera División.

Nueve derrotas consecutivas después de la esperanza que supuso vencer a Valencia y Sevilla de manera consecutiva, terminan de hundir al equipo. En Anoeta, en una última jornada marcada por la tristeza, el Logroñés jugaría el que sería, a la postre, su último partido en la máxima categoría del fútbol español. Una despedida salpicada de lágrimas y recuerdos. Muy buenos recuerdos. Fueron en total nueve temporadas entre los grandes con victorias sonadas y goles en Las Gaunas cantados con énfasis por narradores variopintos. Desde aquella tarde el equipo sufrió un duro descenso a los infiernos. Descendió a segunda primero, a Segunda B después, para verse abocado al infierno de la Tercera División primero y a la muerte agónica que supuso la quiebra y posterior desaparición.

Hoy, en Las Gaunas, se cantan goles salpicados de recuerdos y esperanzas. Un sucedáneo de aquel equipo trata de recuperar la gloria y despertar la nostalgia. Será difícil, pero si ellos esperaron cuarenta y siete año, nadie dice que el infierno vaya a ser eterno. Será cuestión de apretar, de apoyar, de seguir creyendo. De seguir festejando cada balón aéreo y rematado por el Noly o Pita de turno. Gol en Las Gaunas. Gol para un sueño.


jueves, 30 de mayo de 2019

Pánico en Leverkusen

Javier Clemente era el entrenador más mediático de España. Con tan sólo treinta y un años tomó las riendas del Athletic de Bilbao y en un ciclo glorioso que duró un lustro lo hizo campeón de Copa y doblemente campeón de Liga. Nada se le resistía; era irónico, mordaz, un ganador en toda regla y tenía todo el futuro por delante. Por ello, cuando en 1986 el Español de Barcelona se había decidido a ficharle, todo el mundo entendió que el vasco había dado un paso atrás.

Nada más lejos de la realidad. En una temporada increíble, el Español quedó tercero tan sólo por detrás de Real Madrid y Barcelona. Aquella posición le otorgó el derecho a disputar la Copa de la Uefa, por lo que el equipo debía reforzarse bien para afrontar una temporada que se antojaba larga y difícil. Por ello, se hizo con los servicios de un internacional por España como Santiago Urquiaga y con la cesión de Sebastián Losada, uno de los delanteros jóvenes más prometedores del país.

La Copa de la Uefa 1987-88 la disputaron un total de sesenta y cuatro equipos correspondientes a treinta y cuatro federaciones y fue la tercera edición consecutiva que se jugó sin equipos ingleses, quienes aún arrastraban la sanción por los graves incidentes provocados en Heysel durante la final de la Copa de Europa disputada entre Juventus y Liverpool en 1985.

Para empezar la competición al Español le tocó en suerte al Borussia Monchengladbach. El Gladbach mantenía aún un buen nombre dentro de la liga alemana y había empezado su competición como un tiro. Aquello no amedrentó al Español, quien ganó en Alemania por cero goles a uno con tanto de Michel Pineda y remató en Sarriá con un cuatro a uno inapelable. Pineda era un oportunista delantero Francés de origen español que jugó cuatro años en Barcelona y ofreció un rendimiento notable. Su lesión en el tramo final de temporada condicionó al equipo y ofreció una oportunidad histórica, como ya veremos, al veterano Pichi Alonso. Cabe decir que, una vez regresó a los terrenos, y al no reencontrar su mejor versión, inició un periplo que dio con sus huesos en el Racing de Santander. En la promoción de ascenso del año 1994, un gol suyo dio el ascenso al Racing y causó el descenso del Español. Las vueltas que da la vida.

Pero regresemos a 1987 y a los dieciseisavos de final de la Copa de la Uefa. Al Español, que está cargado de moral por haber eliminado a un gallito, le cae en suerte el remozado Milan del presidente Berlusconi. El partido se jugó en Lecce pues el Milan arrastraba una sanción de la temporada anterior. Fue un partido bronco entre dos equipos de estilos contrapuestos. El Milan jugaba de una forma novedosa, con un marcaje en zona y una defensa muy adelantada. El Español, por su parte, juntaba líneas en su campo y organizaba marcajes individuales. Uno de ellos, perpretado por Gallart, secó a la estrella Holandesa, Ruud Gullit quien, finalizado el partido de vuelta, declaró: "Ni jugando cuatro partidos así le hacemos un gol al Español".

En Lecce, el Español asestó dos zarpazos y se llevó una renta de cero a dos que mantuvo en Sarriá con un bloque bajo férreo y un empate a cero que le supo a gloria. Cuando, finalizada la temporada, se comprobó que el Milan había sido el campeón de la liga italiana, la gente dio mucho más mérito a lo conseguido en aquella eliminatoria.

Pero no tuvieron que cambiar los billetes los jugadores del Español, puesto que en la siguiente eliminatoria les tocó enfrentarse al Inter de Milán. Mismo estadio, mismo reto, casi el mismo resultado. Una nueva lección de fútbol defensivo en la cuna del catenaccio y un solitario gol de cabeza de Orejuela que dio una clasificación histórica a los catalanes. Estaban en cuartos y se enfrentarían al Viktovice checo; visto lo que habían dejado atrás, el rival no debería preocupar demasiado a los periquitos.

El Inter, al igual que el Milan aquel año, sería campeón de liga al año siguiente, teniendo en cuenta que en aquellos años, la liga italiana era la más potente, las gestas realizadas por el Español estaban teniendo un valor incalculable.

En el partido de ida, jugado en Sarriá, el danés John Lauridsen clavó una falta, de manera magistral, en la escuadra del equipo checo. El segundo gol, de Pineda, puso al Viktovice contra las cuerdas y el Español supo guardar su renta en un partido de vuelta en el que, de nuevo, no encajó ningún gol. Bajo el barro checo y sin el gran N'Kono bajo palos, el Español aguantó el fútbol directo y las embestidas y le ganó la partida al destino. Estarían en semifinales y jugarían contra el Brujas de Bélgica.

El Español se presentó en Brujas con la arrogancia de quien no ha encajado un gol fuera de casa y dos errores defensivos le condenaron. En los belgas jugaba Ceulemans, para todos los aficionados españoles, un tipo maldito que había liderado el ataque de la selección de Bélgica que nos había eliminado en el Mundial de México. Suyo fue el primer gol y la presión que provocó el gol en propia puerta de Gallart. La eliminatoria se ponía casi imposible y Clemente llamó al españolismo para que llenasen Sarriá y remasen juntos hacia el milagro.

Como primera medida de presión, el entrenador vasco ordenó achicar el campo un metro en cada lago. De esa manera, impedía que el Brujas se hiciese amplio en los contragolpes y se viese obligado a defender con concentración. En el minuto nueve, un balón cruzado por Urquiaga y acolchado en el área por Pichi Alonso, permitió a Orejuela cabecear por bajo y batir a Van de Walle por vez primera. Había vida y había mucho, mucho partido por delante. En la segunda mitad y en pleno asedio, un saque de puerta de N'Kono dejó el balón suelto para que Valverde pudiese alcanzarlo y romper al defensor belga. Su centro, al segundo palo, fue rematado por Losada con violencia. Era el dos a cero y el partido se marchaba a la prórroga. Fue allí, en el estertor del partido, cuando llegó el gran momento de gloria de Pichi Alonso, el mismo tipo que, dos años antes, le había hecho tres goles al Gotteborg para cerrar otra remontada y facilitar el pase del Barcelona a la final de la Copa de Europa.

En una de sus famosas internadas por la banda izquierda, el lateral Miquel Soler lanzó un centro chut que se escapó de las mano de Van de Walle, Alonso, que pasaba por allí, aprovechó el rechace para batir al belga y poner a toda Barcelona en un estado de euforia. Toda la afición españolista vivía en estado de éxtasis; una final europea por primera vez en su historia y la posibilidad de levantar un título mientras su vecino poderoso se encerraba en un hotel y peleaba, jugador por jugador, una cuantía de las primas por los derechos de imagen.

Si había algo que entristecía, por otro lado, a la afición del Español era la situación que estaba viviendo su otrora estrella John Lauridsen. El danés era un centrocampista fino y con un golpeo de balón impresionante. Durante años había liderado el centro del campo del equipo y se había convertido en uno de los futbolistas más admirados de la Liga. Al igual que le había ocurrido con Sarabia en el Athletic, Clemente se enfrentó a Lauridsen para demostrarle al mundo que ninguna estrella estaba por encima de su personalidad. El danés perdió peso en el equipo con la excusa de que no sabía defender y, mientras el Español iba avanzando rondas el mundo se volvía hacia ellos y elogiaba el trabajo de Clemente al tiempo que ninguneaba la ausencia del jugador danés.

Todos los esfuerzos realizados en Europa terminaron pasando factura al Español quien, descuidado en la liga, se había metido en la pelea por evitar el descenso. En un intento de olvidar el drama, la afición se volcó con el equipo el día que el Bayer Leverkusen les rindió visita para jugar el partido de ida de la final. Ganarle la final al mismo equipo que había eliminado al Barça sería un broche perfecto para una temporada que se dibujaba gloriosa. El día tres de mayo de 1988 el viejo estadio de la carretera de Sarriá presentó un lleno histórico para ver a su equipo en el partido más importante de su historia. El Español, que no había perdido, se presentó ante los cuarenta y dos mil espectadores que abarrotaban el estadio con N'Kono, Job, Miguel Ángel, Gallart, Soler, Urquiaga, Iñaki, Orejuela, Valverde, Losada y Pichi Alonso. En el Leverkusen, que no había perdido ni un sólo partido en el campeonato y venía de eliminar al Werder Bremen, flamante líder de la Bundesliga, destacaba su pareja de jugadores foráneos; el brasileño Tita, un centrocampista fino y con llegada y el coreano Cha, un explosivo extremo con una velocidad endiablada.

La primera hora de partido transcurrió con un juego de tanteo. Ningún equipo se atrevía con la iniciativa y el balón viajaba de un campo al otro sin demasiado control. No fue hasta que a Orejuela le anularon un gol dudoso cuando el público entró en ebullición y el equipo entendió lo que necesitaba su gente. En el último minuto de la primera parte, Soler corrió hacia un balón profundo y puso un centro al corazón del área que Losada remató de cabeza con su eficacia particular. Uno a cero y algarabía en las gradas. Era hora de ir a vestuarios y reconducir el partido hacia un escenario aún más favorable.

Tras una salida en tromba en la segunda parte, una combinación entre Pichi Alonso y Orejuela termina con la pelota en el centro del área, Valverde entra en la disputa y el balón sale suelto hacia atrás para que Soler suelte un derechazo que se cuele en la portería alemana. Era el dos a cero y al Español se le ponía cara de campeón de la Uefa. Mucho más lo sintió así cuando una jugada de Valverde por banda derecha terminó con un centro al primer palo y un remate certero de Losada. Aún hubo tiempo para un remate de Golobart que hizo temblar el travesaño y que hubiese cambiado el sino de la final.

Porque el partido de vuelta fue otra historia. Los cánticos de "Campeones, campeones" que se habían escuchado en algunos sectores de Sarriá, se volvieron en contra en una noche de pesadilla. La atención mediática había ido hacia otro lado desde el primer momento del día. Por la mañana, el Barcelona había presentado a Cruyff como su nuevo flamante entrenador y casi nadie en la ciudad hablaba del partido que habría de disputar el Español por la noche. Al fin y al cabo, era una final ganada, qué más daba.

Valverde, además, era baja para el partido y de esta manera el ataque del Español se rompía. La dupla formada por Valverde y Losada, apodados el Pipiolo y el Txingurri, había traído de cabeza a las defensas de Brujas y Leverkusen en los dos grandiosos partidos disputados en Sarriá. Losada estaría solo contra el mundo y, como contraprestación, el entrenador del Bayer dejó en el banquillo a dos de sus delanteros más habituales, Waas y Tauber. Curiosa manera de afrontar una remontada.

Pero la remontada llegó y lo hizo de una manera cruel. Tras una primera parte sin goles, Clemente alentó a los suyos para resistieran durante cuarenta y cinco minutos más. Fue en balde, el castillo de naipes comenzó a desmoronarse cuando Tita aprovechó una indecisión de N'Kono para robarle el balón y anotar al puerta vacía. Se venía el vendaval y el Español no tenía mimbres morales para sujetarlo. Minutos después, Waas ganaba la línea fondo y ponía una pelota al corazón del área para que Gotz la reventase de cabeza en las redes. El tercero era cuestión de tiempo y llegó casi con el pitido final cuando Cha remató de cabeza un libre indirecto puesto al interior del área.

No había poder de reacción. Era un equipo entusiasta para jugar, pero demasiado joven para soportar semejante presión. El miedo al vacío terminó por derrotarle y, aunque aguantó la prórroga sin encajar ningún gol más, apenas inquietó la meta alemana antes de abocarse a la suerte de los penaltis. Allí, perdió por tres goles a dos después de fallar los tres últimos lanzamientos y caer al suelo con el orgullo herido y el dolor atravesando el corazón.

Fue un final demasiado cruel para un equipo que lo dejó todo en su empeño por sorprender a Europa. Toda Barcelona, incluso la culé, lloró aquella tarde de mayo cuando los penaltis de Urquiaga, Zúñiga y Losada se iban yendo, uno a uno, al limbo. Quedó el orgullo, que no es poco, y el recuerdo de una bonita historia que los más viejos del lugar van contando a las nuevas generaciones. Porque perder forma parte del trato, lo importante es saber que, antes de perder, el equipo dio todo lo que pudo y pintó de ilusión el gesto de cada uno de los españolistas. Pudo haber una redención, diecinueve años después, pero de nuevo los penaltis y de nuevo el infortunio se cebó con un equipo que aún sigue buscando su oportunidad.

El Espanyol vuelve a Europa y, desde Leverkusen, todo el mundo sabe que el destino le debe al menos una.