lunes, 22 de febrero de 2010

Pichichis: Paco Bienzobas

Paco Bienzobas fue una de las primeras estrellas de la Liga Española. Es recordado, por lo más antiguos seguidores, como una de las grandes figuras de la historia de la Real Sociedad, aunque también jugó, con buen criterio, en Osasuna de Pamplona.

A pesar de ser un buen goleador, Bienzobas no era un delantero centro al uso. Su lugar se encontraba en los costados del campo, especialmente el derecho, aunque se desenvolvía bien por ambos perfiles, desatascando el juego de su equipo gracias a su velocidad y magnífico golpeo del balón.

En toda su carrera solamente falló un penalti de los setenta y cinco que lanzó a lo largo de su carrera. Fue en un duelo regional ante el Real Unión de Irún, un partido que, en los primeros lustros del siglo XX, era capaz de movilizar a toda Guipuzcoa. El partido, disputado bajo una lluvia torrencial, estaba empatado a dos cuando, en los úlitmos minutos el colegiado señaló el punto de penalti. Ante el jolgorio de la afición txuri urdin, Bienzobas tomó el balón y la pegó fuerte, como solía hacer. "Normalmente elijo la parte izquierda del portero", llegó a declarar. El golpeo, trompicado por culpa del barro que se acumulaba en el césped, salió más alto de lo normal y se estrelló contra el larguero de la portería irundarra. El partido terminó en empate y la lucha por el dominio regional hubo de posponerse a un nuevo partido.

Bienzobas, quien jugó en la Real Sociedad junto a sus hermanos Custodio y Cuqui, fue el primer pichichi de la liga española al anotar diecisiete goles en la temporada 1929-30. Tras su retirada y porque, según sus palabras, "el veneno del deporte no me deja estar al márgen", Bienzobas cogió el silbato y se convirtió en uno de los árbitros más reconocidos del fútbol español. Un curioso fin deportivo para alguien que había vivido la competición desde el lado de los goles celebrados.

Más curioso aún fue el momento de su muerte, acaecida el día treinta de abril de mil novecientos ochenta y uno, cuando contaba con setenta y dos años, exactamente el día siguiente a que le comunicaran que la Real Sociedad había ganado su primer título de liga.

Y es que Bienzobas será siempre historia de la Real Sociedad. Allí llegó a los diecisiete años después de deslumbrar en las filas de la Unión Deportiva San Sebastián. Debutó en el campeonato regional de 1927 en el que salió campeón, título que repetiría en 1929 y 1933. Eran años en los que con la Copa de España como principal escaparate futbolístico a nivel nacional, los torneos regionales tomaban una importancia suprema. En aquellos tiempos se fraguó una gran rivalidad entre la Real Sociedad y el Real Unión y fue Paco Bienzobas uno de los grandes protagonistas en estos duelos.

En 1928, Bienzobas disputa la famosa triple final de la Copa de España. Tras dos primeros duelos a muerte contra el Barcelona que se saldaron con empate, la final se postergó para después de disputados los Juegos Olímpicos de Amsterdam. Tras los mismos, a los que acudieron ocho jugadores de la Real Sociedad y ninguno del Barcelona por tratarse ya de un equipo profesional, los azulgrana dieron buena cuenta de los donostiarras y levantaron la Copa de campeones de España. Fue la final en la que tras uno de los primeros partidos, el poeta Rafael Alberti compuso su famosa oda a Platko, portero del Barcelona. Tras la misma, el poeta guipuzcoano Gabriel Celaya contestó con su oda al árbitro del encuentro, pues consideró que si bien el portero Húngaro había ayudado en gran medida a mantener vivo al Barça, no menos hizo el trencilla para echar una mano a los azulgrana. Como se ve, en aquellos tiempos ya cocían habas.

Paco Bienzobas formó parte del primer once de la Real Sociedad en liga y fue el primer y último máximo goleador de la máxima categoría del equipo donostiarra. Hubo otros que marcaron más goles, pero ninguno fue capaz de proclamarse máximo goleador.

Tras abandonar la Real, fichó por Osasuna, en aquel entonces en segunda división. Bienzobas aportó goles en el ascenso del equipo rojillo a primera y, seis años después, regresó a la Real Sociedad después de que esta hubiese perdido la categoría. Como el hijo pródigo en forma de héroe que vuelve a casa, la Real logró el ascenso con Bienzobas como salvador y se retiró un año más tarde después de noventa y dos partidos jugados y cincuenta goles anotados en la liga española.

En cuanto a la selección española, Bienzobas fue internacional en dos ocasiones, anotando, también, dos goles. Con sólo dieciocho años, disputó los Juegos Olímpicos de Amsterdam y se llevó un amargo recuerdo tras disputar el último partido de nuestra selección en el torneo que se saldó con una humillante derrota por siete goles a uno ante Italia. El extremo realista se resarciría un año después participando en la histórica goleada de nuestra selección por ocho goles a uno a Francia en un partido en el que anotó dos goles.

En total, Paco Bienzobas disputó ciento noventa y seis partidos con la camiseta de la Real Sociedad y anotó ciento nueve goles. Como árbitro dirigió cuarenta y ocho partidos en primera división y como goleador anotó más goles que nadie para erigirse, por vez primera en la historia de nuestra liga, como máximo goleador de la categoría.

martes, 9 de febrero de 2010

Perdiendo el norte

Durante años y desde que el grupo PRISA se hizo cargo del diario "As", reconozco haber sido un asíduo de café y columna de Alfredo Relaño durante las mañanas. Puede que fuese un problema de bisoñez o quizá era que realmente me parecía sensato casi todo lo que escribía. Le tenía por alguien cabal y memorísticamente bien documentado. No hace mucho leí en un foro, a un gran amigo en el mundo de los blogs, decir que Relaño había pasado de practicar el periodismo a practicar el "niputaideismo". Puede que lo le falte razón. Yo, desde luego, ya no me le creo.

Desde la llegada de Relaño, el periódico se convirtió en una fuente de información exclusivamente madridista, ya lo era antes, con la añadidura de que ahora, cualquier portada tendría un color blanco prevaleciente sobre todos los demás. No es que fuese algo que me molestase, realmente nunca fui un consumidor demasiado fiel a la prensa deportiva y antes que el "As", reconozco haber sido comprador, no muy asiduo, de "Marca". Hasta que "Marca" consiguió, inusitadamente, no sólo superar a "As" si no superarse incluso a sí mismo.

Resulta que en mitad de la vorágine hubo una época en la que el Madrid ganaba copas de Europa cada dos años y el Barça ganaba desprestigio cada minuto. Fue la época en la que Florentino irrumpió como un emperador en el mundo del fútbol y se hizo, de una tacada, con Figo, con Zidane, con Ronaldo y con Beckham. Casi nada al aparato. Entre tanto, el Barça fracasaba en cada uno de sus proyectos y ni Riquelme, ni Saviola, ni Simao, ni los holandeses eran suficiente carta de presentación para hacer cara al coloso madridista. El Barça se moría mientras Gaspart daba y daba la de arena y el Madrid se convertía en el equipo referente a nivel mundial. Todos, "As" y "Marca", lo celebraban y los otros "Sport" y "El Mundo Deportivo" intentaban razonar el naufragio perdidos en su propia deriva.

Resultó, por esas cosas del fútbol, que el Barça resucitó de entre los muertos y no solamente recuperó cierta hegemonía si no que, al tiempo, recuperó el buen fútbol del pasado. Fue una época en la que el Madrid de Florentino se convulsionó y ocurrió una hecatombe que los medios se apresuraron a bautizar como "galacticidio". Y fue una época, también, en la que el grupo PRISA inició una campaña de desprestigio, no sin ciertas dosis de razón, contra el presidente de la Federación, Ángel María Villar.

De aquella campaña urdida entre la SER y el "As", nació una teoría conspirativa dentro de la mente de Alfredo Relaño. Parecía querer justificar que el Barça, de buenas a primeras, ganase más que el Madrid ¿Por qué? Porque Laporta tiene una estrecha relación con Villar y por eso los árbitros miden al Barça con otro rasero. No importaba que el Barça jugase un fútbol de alta escuela ni que los rivales acabasen rendidos ante tanto lujo y tanta precisión, si el Barça ganaba era porque los árbitros le permitían más que a los demás. Y a eso lo llamaron Villarato.

Resultó que, por esas cosas que vuelve a tener el fútbol, el gran Barça de Rijkaard se deshizo y comenzó un bochornoso peregrinaje hacia el fango que desembocó en un humillante pasillo ante un Real Madrid campeón de liga en pleno Santiago Bernabéu. Pasó que durante dos años el Barcelona jugó un fútbol poco intenso, poco comprometido y, en ocasiones, malo y pasó que durante aquellos dos años el Madrid se subió al carro de la competitividad y azuzado por las riendas de Capello y Schuster ganó dos ligas, una de ellas con insultante autoridad. Y pasó que durante aquellos dos años el presidente de la federación seguía siendo Ángel María Villar y pasó que durante aquellos dos años no se habló apenas del Villarato.

Y ocurrió después que llegó Guardiola al Barcelona y todo lo que habíamos visto hasta entonces no habían sido más que fuegos de artificio. Porque el Barça se puso a jugar como nunca, porque el Barça se propuso batir cuántos records tenía al alcance y porque el Barça lo ganó todo ante el asombro de quienes aplaudían tanta buena intención y admiraban el arte de un equipo casi perfecto. Y ocurrió que con el regreso del gran Barça y la podredumbre de un Madrid cuyo presidente se vio obligado a dimitir por tramposo, regresó la teoría de la conspiración y regresó, con más fuerza aún, el término "villarato".

Y ocurrió, paralelamente, que a Marca llegó un tipo con bufanda blanca al cuello e ideas de ultrasur en la garganta, y se le ocurrió subirse al carro del desprestigio por cuenta propia. Como el término "villarato" ya había sido acuñado, no se le ocurrió mejor manera de dejar claro que el Madrid nunca alcanzaría al Barça pese al "canguelo" porque el Barça ya había sido designado "campeón por decreto". Si algunos habían pedido caldo, aquí tenían la segunda taza.

Y pasó lo que tenía que pasar, es decir, que el fútbol dictó sentencia y el Barça fue campeón de todo. Y pasó lo que tenía que pasar, es decir, que el madridismo se cansó de ver a su vecino tan por encima y recurrió de nuevo a Florentino como salvador del barco.

Y pasó que el Barça continuó jugando un gran fútbol y pasó, paralelamente, que el Madrid recuperó la grandeza y osó discutirle al Barça su supremacía. Los blancos se rearmaron con media docena de fichajes de primer nivel y empezó a jugar un fútbol como hacía tiempo no se veía. Pese a un comienzo dubitativo, el Madrid comenzó a imponer su autoridad y, cuando se había disputado tan solo media liga, los dos grandes se quedaron solos en la clasificación. Y pasó que en ambos lados del puente aéreo comenzó a olerse el miedo y a verse el vacío de los sueños incumplidos.

Y como el Barça siguió en su línea, los diarios madrileños continuaron en la suya. Y el villarato y la conspiración contra el Madrid tomaron fuerza y fama. Y como el Madrid no le anduvo a la zaga al Barça, los diarios barceloneses se apuntaron al carro de la infamia. Y entre la rabia de unos, el miedo de otros y la desvergüenza de todos, el conflicto estalló por los aires y ahora solamente se habla de todo menos de fútbol. En una liga donde pueden verse los que quizá sean dos de los mejores equipos de la historia se habla de todo menos de fútbol. En una liga repleta de balones de oro y serios aspirantes a serlo, se habla de todo menos de fútbol. En una liga donde los dos equipos punteros juegan un futbol de altísimo nivel, se habla de todo menos de fútbol. Definitivamente, están perdiendo el norte.

lunes, 1 de febrero de 2010

La reivindicación de lo diferente

No me pueden acusar de ventajista y ni siquiera soy sospechoso de amar a quien no debo. Futbolísticamente siempre me incliné más del lado de los diferentes que de los ejemplares. Durante años anduve discutiendo con todos los que dudaban de Xavi porque decían que no valía como eje y no tenía vuelo como organizador. Bastó que uno de sus entrenadores le adelantase veinte metros para que todos los que dudaban se postraran a sus pies. Nunca me dieron la razón y tampoco lo esperaba de ellos.

Igualmente que no espero que todos aquellos que durante años criticaron a Guti mientras yo le defendía vengan ahora a dorar la píldora de su razón. Es más, seguramente saldrán con el cuento aquel de que con pasecitos como este vive una temporada y que en el siguiente partido volverá a la indolencia habitual ¿Qué es la indolencia? ¿Saber jugar al fútbol es indolencia? ¿No dar siempre un pase de gol es indolencia?

Los que sí son ventajistas llaman indolencia a no hacer lo que hacen tipos como Lass, más destinados a lucir con el físico que con el balón. De esta manera, parecía que el francés era capaz de eclipsar hasta a Xabi Alonso. Menos mal que siempre estarán las estadísticas para demostrar que el tolosarra es mucho más importante que el francés. Y menos mal que está el espectador crítico para darse cuenta de que el Madrid es capaz de jugar igual de bien o incluso mejor, con un centro del campo más técnico que físico.

Y menos mal que está Guti para, en una particular reivindicación de lo diferente, decirnos a todos que la indolencia no existe para los genios, si no que lo suyo es símplemente magia. Y eso no se le puede pedir a cualquiera.

miércoles, 20 de enero de 2010

La pantera negra

Durante el verano de 1960, José Carlos Bauer viajó a África para acompañar a un joven equipo amateur en una gira que le llevaría por distintos campos de fútbol donde aprenderían una nueva cultura y una nueva manera de vivir el fútbol. Bauer, que era un técnico de reconocido prestigio en Brasil, arribó en Lourenço Marques, capital de Mozambique, con la esperanza de encontrar una conclusión y algún jugador válido para el futuro de la selección brasileña, pero no esperaba, ni mucho menos, quedar asombrado con el fútbol trepidante, fuerte y potente que practicaba un joven local de apenas dieciocho años y que respondía al nombre de Eusebio.

De regreso a Brasil, y una vez concluida la gira por tierras africanas, el equipo pasó unos días en Portugal y Bauer aprovechó para visitar a su viejo amigo Bela Guttman, un antiguo jugador húngaro que se había licenciado como entrenador en Brasil y ahora aplicaba su magisterio futbolístico en el Benfica de Lisboa. El encuentro no tuvo más emotividad que la que suelen mostrar dos amigos agradecidos de volver a verse, y entre las muchas palabras que salieron durante su tertulia salió el nombre de aquel joven jugador mozambiqueño que había sorprendido a Bauer. “Yo no puedo ficharlo”, le dijo a su amigo Guttman, “en Brasil hay cientos como él. Pero estoy seguro de que a ti sí te podría valer”.

Dicho y hecho. Guttman sintió el gusanillo de la curiosidad revoloteando en la boca del estómago y pocos días después viajó hacia Mozambique para descubrir las maravillas de las que tanto le había hablado su viejo y admirado amigo. Apenas vio jugar a Eusebio durante quince minutos y ya se había dado cuenta de que frente a él había una futura estrella mundial.

Eusebio viajó a Lisboa de la mano de Guttman mientras el Sporting, club vecino y rival del Benfica, negociaba el traspaso del jugador con el Club Lourenço Marqués, equipo, en el que, hasta entonces, había jugado la joven estrella. La leyenda de sus goles se había propagado por todo Portugal y todos los equipos viajaban a la capital de Mozambique para interesarse por el chico, pero el chico ya no estaba en Lourenço Marqués y nadie conocía su paradero.

El Benfica lo mantuvo escondido durante varias semanas a la espera de apaciguar la tormenta que había desatado el “secuestro” y cuando consiguió calmar las ofendidas voces que llegaban desde el Sporting haciendo saber a cada uno de sus dirigentes que Eusebio solamente pensaba jugar al fútbol como benfiquista, presentó la primera ficha profesional del jugador y lo presentó ante el mundo como una de sus estrellas.

Aquel Benfica de 1961, con Eusebio curtiendo los modales de su juego en el equipo juvenil, consiguió alzarse con la Copa de Europa y, pocas semanas después, viajó a París para defender su honor de campeón continental en un partido amistoso contra el Santos de Pelé, equipo que, por aquel entonces, y después del temprano hundimiento del Real Madrid en la última edición de la Copa de Europa, estaba considerado como la mayor referencia a nivel mundial. El partido comenzó siendo un paseo para los campeones de Brasil y terminó convirtiéndose en el partido de Eusebio. El baile de la primera parte concluyó con un más que significativo tres a cero a favor del Santos y fue en aquel momento, mientras Guttman mascaba aquel ridículo paseando por el vestuario, cuando decidió darle la alternativa a aquel jugador que había traído desde África y con el que llevaba varios meses trabajando para intentar pulir su exceso de potencia y aportarle una técnica más acorde a sus cualidades. Y Eusebio no decepcionó a nadie y el partido concluyó con un memorable seis a tres a favor del Santos tras un segundo periodo en el que Eusebio destapó todos los tarros de las esencias haciendo tres goles y jugando de una manera maravillosa, tanto es así, que la prensa francesa amaneció el día siguiente con un titular que decía “Eusebio tres, Pelé dos”, obviando por completo el resultado del partido y haciendo referencia a la cantidad de goles que había anotado cada una de las estrellas.

Y una vez conquistado Pelé ya sólo quedaba conquistar Europa. Eusebio se ganó un puesto definitivo en el once titular del equipo a base de goles y en poco tiempo pasó de ser el joven mozambiqueño que les había sacado del entuerto en París a convertirse en la mayor referencia de un equipo que poco a poco fue logrando sus objetivos hasta alcanzar la final de la Copa de Europa por segundo año consecutivo y tras una asombrosa actuación de Eusebio en semifinales y que había servido para dejar fuera al temible Tottenham inglés.

La final volvió a enfrentarles a un equipo español. Si la temporada anterior había sido el Barça el que había caído a la lona golpeado por los goles lisboetas, ahora era el Real Madrid el equipo que intentaría arrebatarles el derecho a seguir soñando con un nuevo campeonato. El nombre del Real Madrid llevaba años recorriendo las conversaciones de medio mundo y Eusebio también había oído hablar, primero en Mozambique y luego en Portugal, de las excelencias del mejor equipo del mundo durante la última década. Antes del partido y mientras se colocaban los uniformes en el vestuario del viejo estadio De Meer, en Ámsterdam, los jugadores del Benfica solamente hablaban de Di Stéfano y de Puskas, y el joven Eusebio, supo de inmediato, que si quería convertirse en el protagonista de la final iba a tener que correr y regatear más que Di Stéfano e iba a tener que marcar más goles de los que hiciese Puskas. La misión, a priori, se presentaba extremadamente difícil.

Y el partido resultó más difícil aún de lo que los dos equipos habían esperado. Tras una primera parte equilibrada en el juego, el Real Madrid se fue al vestuario con la escasa renta de un gol en el marcador y gracias a los tres goles que había anotado el implacable Ferenc Puskas.

Ferenc Puskas. En los grandes nombres del fútbol residían los principales modelos a imitar. Eusebio había quedado impresionado con el altísimo nivel de juego que habían ofrecido las estrellas del Madrid, y aunque muchos de sus jugadores andaban cerca de doblarle en edad, competían con la ilusión y la furia de un juvenil que pelea por un sueño. Resultaba admirable comprobar como, a pesar de haberlo ganado todo, los jugadores del Real Madrid mantenían viva la llama de la ilusión y el hambre de victoria con el paso de los años.

Eusebio se fijó en Puskas y se fijó en Di Stéfano, recordó la apuesta que había hecho consigo mismo minutos antes de saltar al terreno de juego y resopló pensando qué difícil sería eclipsar el talento de aquellos dos jugadores sin igual. Puskas era un gordito que domaba el balón como un hipnotizador domaba la voluntad de sus pacientes y, además, era capaz de chutar con precisión desde cualquier lugar del frente de ataque. Di Stéfano, por su parte, era escudero en defensa y caballero en ataque, un futbolista imparable que convertía cada carrera en el argumento de un libro y cada balón en un regalo de Dios.

Comenzó la segunda parte y el Benfica continuó vendiendo cara su piel, los minutos fueron pasando de ataque en ataque hasta que el virtuoso Colona hizo el empate y los dos equipos se miraron a los ojos dudando entre ofrecerse una tregua o tirar hacia delante dejando que el destino hiciese caer los goles como fruta madura. Y fue cuando el cansancio se había convertido en el auténtico protagonista del choque cuando apareció Eusebio.

Quedaban pocos minutos para la conclusión de la final y Eusebio ya jugaba a otra cosa. Di Stéfano, Puskas y cada una de las estrellas que compartían cada parcela de césped con ellos vistiendo la camiseta del Madrid y también Colona, Augusto, Simoes y todos sus compañeros de equipo, se habían convertido en prisioneros de su propio esfuerzo físico y el cansancio les había invadido hasta dejarlos prácticamente agotados. Pero en cada carrera, en cada esfuerzo y en cada disputa, aparecía Eusebio con la frente alta y la respiración pausada; cuando todos parecían rendirse, él se encontraba más fuerte que nunca.

Y fue aquella fuerza y frescura lo que regaló a Eusebio la oportunidad de convertirse en estrella a ojos del mundo y al Benfica de consolidarse, un año más, como dueño y señor del trofeo más prestigioso de Europa a nivel de clubes. Por su zancada inalcanzable fue apodado “La Pantera Negra”, por sus disparos terroríficos su pierna fue comparada con un cañón y por sus goles decisivos pasó a la historia como el mejor jugador que vistió la camiseta del Benfica.

Dos goles de Eusebio pusieron el definitivo cinco a tres en el marcador y todos los jugadores del Benfica estallaron de júbilo al repetir la hazaña del año anterior. Guttman fue consciente del valor de su trabajo cuando vio a su paisano Puskas acercarse a Eusebio y regalarle su camiseta como premio a su inolvidable actuación. Eusebio mantenía un foco de incredulidad en la mirada y Guttman sonrió complacido mientras daba gracias al cielo y recordaba la primera vez que había oído hablar del muchacho. Efectivamente, Bauer tenía razón.

jueves, 14 de enero de 2010

El fondo del pozo

Siempre me gustó medir el valor mental de cada persona en comparación con su capacidad para levantarse tras un tropiezo. Son demasiadas las veces, a lo largo de la vida, en las que nos vemos obligados, por exceso o por defecto, a pensar en dejarlo todo. Tirar o no la toalla depende, en gran medida, del análisis de emoción que hagamos de quienes salgan perjudicados en nuestro fracaso, es por ello que muchas veces nos vemos obligados a dar un paso más hacia el precipio solamente por encontrar la sonrisa de quien espera que no le fallemos.

Todos hemos tenido nuestro particular pozo, ya sea por causas afectivas, laborales, rutinarias o de simple autoestima. Lo peor del pozo es la sensación de caer y no saber a ciencia cierta donde se encuentra el fondo. La parte positiva la encontramos cuando llega ese fondo porque, una vez los huesos han dado con el fango, ya solo queda levantarse y optar por morir o remontar. Ciertamente, más hondo no se puede caer.

Dentro de los aspectos emotivos que más nos empujan a quienes amamos el fútbol es la condición presencial de nuestro respectivo equipo. De esta manera resulta muy fácil que los lunes, o los jueves, de nuestra semana particular sean más o menos alegres en función del resultado obtenido por aquellos que visten los colores que palpitan a fuego en nuestro corazón. Es por ello que los aficionados el Atleti, al ver a nuestro equipo en el pozo, sintamos caer sin ver un fondo en el que estrellarnos al mismo tiempo que ellos siguen ensuciando un escudo que se forjó hace más de cien años.

Que este equipo puede caer aún más bajo llega a ser cierto en cuanto analizamos momentos catastróficos de su presente más negro. El equipo, plagado de internacionales, muchos de los cuales se contrastaron con el tiempo, descendió a segunda división sin apenas tiempo para asumir el desastre. Un año más tarde, con un presupuesto mucho mayor que el de casi todos los equipos de la máxima categoría, no fue capaz de ascender por no saber asimilar la realidad que le encarcelaba. En el regreso a primera el club nos vendió la imagen de Burgos asomando la cabeza por una alcantarilla, parecía que habíamos salido del pozo y no habíamos hecho si no empezar a caer de nuevo.

La caída en picado, con algunas fases de recompensa traicionera en forma de cuarto puesto, continuó hasta que el equipo fue humillado en Huelva en un partido que pasará a los anales de la historia como el mayor ridículo jamás concebido, solamente equiparable a aquel bochornoso cero a seis con los jugadores mirando mientras el Barcelona les bailaba.

¿Puede este ser el fondo del Atlético? Desde luego, todo pasa por una remontada milagrosa en la que, a esta hora, y arriesgándome a que me tachen de agorero, no creo para nada. Primero porque el equipo no tiene patrón, segundo porque al equipo le falta convencimiento y, tercero, porque al equipo le falta la fiabilidad defensiva necesaria como para jugarse un partido a cara o cruz como este y tener el convencimiento de que no recibirá ningún gol en contra.

Así pues, el Atlético, a partir de esta noche puede seguir cayendo. O quizá esta eliminación signifique, al fin, un punto de inflexión en el que apoyarse para remolcar la nave. Realmente veo muchas carencias, reducidas todas al cariz pasional, como para que este equipo, de verdad, sea capaz de tirar hacia adelante. Pero si me quiero para a creer es, fundamentalmente por dos motivos; el primero porque si no lo hiciese sentiría morir algo dentro de mi, el segundo porque por encima de un grupo de mercenarios siempre quedará latente la verdad que representa un escudo y para mí eso significa demasiado. Espero que, aunque pierdan, no lo vuelvan a ensuciar. Eso es lo mínimo que esperamos de ellos.

viernes, 8 de enero de 2010

El equipo de la década

Después de casi un año de votaciones dentro de la encuesta presentada en el margen derecho de este blog, los visitantes de "El Fútbol de Pablo" han tenido a bien elegir el que, para ellos (y con jugadores propuestos por mí) ha sido el once ideal de la pasada década.

Sé que a algunos les faltará algún jugador, a otros les sobrarán dos o tres o incluso a mí mismo me sorprende el que, para mí, ha sido el jugador de la década, Thierry Henry. Algo que, de manera lógica, me podéis discutir puesto que no hay prisma más diferente que los ojos de cada persona.
Así pues, prolegómenos aparte, el once elegido por los lectores de "El Fútbol de Pablo" es el siguiente:

BUFFÓN: Mucho se ha hablado de Casillas a lo largo de esta década; de sus milagros y sus puntos conseguidos para su equipo, pero si hay un portero que realmente ha tenido relevancia sobre su selección este ha sido Gianluigi Buffon. Tuvo que sufrir el escarnio de su equipo tras el "Moggigate", hace seis temporadas que no gana un título a nivel de clubes (los dos últimos scudettos fueron arrebatados de su palmarés) y ha sufrido largas lesiones que, por momentos, han lastrado su carrera, pero en estos diez años ha sido siete veces nombrado mejor portero de Italia y cuatro como mejor portero del mundo y, ante todo y sobre todo, fue pieza clave en el triunfo obtenido por Italia en el mundial de 2006. Siempre un portero serio, sin alardes, gran conocedor de su profesión, magistral en el mano a mano y con una personalidad arrolladora.

CAFÚ: Esta fue la última década como profesional del considerado por todos como el mejor lateral derecho del mundo. Cafú siempre entendió el fútbol como un ejercicio de competición y por ello ejerció, como tantos otros grandes laterales cariocas, de centrocampista en el costado derecho. Saber atacar y defender, para un lateral, son las premisas básicas del oficio, saber además jugar al fútbol, es un plus por el que muchos estarían dispuestos a matar. Un Cafú aún esplendoroso ganó la Serie A italiana con la Roma en la temporada 2000-2001. Un Cafú mucho más sabio ganó la Serie A italiana con el Milan en la termporada 2003-2004. Y un Cafú legendario ganó el campeonato mundial de fútbol en Corea en el año 2002. Pequeñas dentelladas de gloria para un tipo que batió el record de internacionalidades de Brasil en la primavera de 2005 y que en 2008 dijo adiós al fútbol para convertirse, como tantos otros, en leyenda viva del deporte.

ROBERTO CARLOS: Poco tipos han aguantado el tirón de la grada del Bernabéu con tanto entusiasmo y tan buen rendimiento. Y ningún defensa en la historia del fútbol ha aportado tanto al juego ofensivo de su equipo como lo ha hecho Roberto Carlos en el Real Madrid y en la selección brasileña de fútbol. Con los blancos ganó tres ligas y dos copas de Europa y con la verdeamarelha ganó el mundial de fútbol de 2002. Todo ello le valió elogios, reconocimiento y gloria, además de ser galardonado con el Balón de Plata en el mismo año en el que fue campeón de Europa y del Mundo. Desde hace un par de temporadas juega en el Fenerbahce, se fue porque ya no era aquel tipo decisivo que hacía suya la banda izquierda del Bernabéu, pero desde que se fue, ni el Madrid, ni Brasil han sido capaces de encontrar a un tipo que les haga olvidarse de él. Tarea imposible porque tardará mucho tiempo en nacer otro jugador como él.

AYALA: Pocos defensores dieron tanta influencia al plan de seguridad de un equipo como lo hizo Ayala con el Valencia de la primera mitad de la década. A las órdenes de Benítez, el Valencia se convirtió en un equipo compacto, de contragolpe certero y muy difícil de superar, dónde Ayala se erigió en general en firme. Tras llegar rebotado del Calcio, donde aprendió a sufrir, se convirtió en ídolo de Mestalla gracias a su carisma, colocación y buenas artes defensivas. En su primer año en Valencia perdió la final de la Liga de Campeones, pero no tardaría en desquitarse con dos ligas y una Copa de la Uefa. Pero, sobre todo, no tardaría en consagrarse como un defensor de verdad; un tipo bajito que las ganaba todas por alto y un tipo no muy rápido que les ganaba la carrera a los más veloces. Tenía defectos, pero fueron pocos los capaces de hacerle sacar los colores.

MALDINI: Si existe un jugador ligado a un equipo en la memoria de un aficionado, este no puede ser otro que Paolo Maldini. Pocas carreras se conocen que sean tan longevas y al mismo tiempo tan exitosas como las del capitano rossonero. Si normalmente, los treinta indican el comienzo del declive para cualquier jugador, en Maldini significaron el comienzo de una nueva juventud; la enésima. Durante estos años abandonó el lateral izquierdo para acomodarse en el centro de la defensa y convertirse en capitán al mando de la nave milanista. Tras toda una vida en el Milan, aún le dio tiempo, en el que muchos consideraron su ocaso, a levantar un scudetto y dos ligas de campeones. En el mundial de 2002 dijo adiós a la selección italiana tras convertirse en el hombre que más veces había vestido su camiseta. Fue una despedida triste y que el tiempo demostró como precipitada. De haber aguantado un ciclo más, quizá estaríamos hablando de un Maldini campeón del mundo algo que le hubiese catapultado, sin objeciones, desde el cielo hacia el infinito.

FIGO: A día de hoy es fácil hablar de las cualidades, casi inmejorables, de Cristiano Ronaldo. Suyas han sido las apariciones más espectaculares de estos últimos años, pero aún en el resplandor del presente, nadie ha podido olvidar aún aquellos primeros años de Luis Figo como futbolista del Real Madrid. Y es que, además de figurar con papel estelar en aquel primer Madrid de Florentino, el fichaje de Figo por los blancos cambió por completo una tendencia. Tras perderlo, el Barcelona sufrió una de las peores travesías por el desierto de toda su historia. Durante cinco años, los azulgrana tuvieron que conformarse con darse cabezazos contra la pared mientras el Madrid ganaba ligas y Copas de Europa, y todo ello con Luis Figo como actor principal. Un tipo de mirada seria, gesto antipático y alma competitiva. Un tipo que iba e iba, una y otra vez, un tipo que, aún en sus peores días, nunca dio sensación de querer perder una partida. Fueron muchos los que le aplaudieron, pero pocos los que le reconocieron de verdad. Él cambió la tendencia de un Madrid que aún en la victoria seguía siendo un desastre y de una selección portuguesa que aún en la esperanza seguía siendo una promesa incumplida.

GERRARD: Hace casi veinte años que el Liverpool no gana una Liga inglesa y, sin embargo, a nadie se le escapa el papel que Gerrard ejerce para los reds. Durante estos años, tipos tan fantásticos como Scholes, Carrick o Lampard, han tenido el privilegio de levantar su copa de campeón y sin embargo ninguno ha conseguido levantar el corazón hasta un punto tan álgido como lo ha hecho Gerrard con los aficionados del Liverpool. Gerrard ama al Liverpool y el Liverpool ama a Gerrard, eso todo el mundo lo sabe. Por ello saborearon de manera especial cada uno de sus goles en cada una de las finales locas que ganó; la Copa de la Uefa en 2001 ante el Alavés, la Liga de Campeones en 2005 ante el Milan y la FA Cup en 2006 ante el West Ham. Goles de un tipo cuyo corazón abarca todo Anfield y cuya presencia abarca toda la capacidad de su equipo. Cuando él acierta es difícil que su equipo falle y cuando él falla es difícil que su equipo acierte.

ZIDANE: A ninguna buena memoria se le olvidará jamás el gol de Zidane en la final de Glasgow ante el Bayer Leverkusen. En aquel golpeo quedaron evidentes las virtudes de un futbolista técnicamente perfecto; la posición, el golpeo y la colocación. Zidane es un Dios en Francia porque a su alrededor se formó el equipo más competitivo de su historia; siete espartanos jugando para Zidane y Zidane jugando para dos estiletes. Una combinación bastante efectiva y muy vistosa en los últimos metros. En el Madrid, además, aportó la sencillez que le faltaba al último pase de una máquina casi inigualable. Fue un Madrid, el de Zidane, que no ganó demasiado pero que dejó un puñado de tardes absolutamente memorables. El Bernabéu le adoró porque, más allá del cartesianismo de Makelele, la insistencia de Figo y el arrollador carácter de Raúl, encontró la magia de un tipo nacido para ser inmortal.

RIVALDO: Aunque sus mejores años coincidieron con el final de la década de los noventa, nadie puede obviar la capital importancia que tuvo Rivaldo en aquel patético Barça dirigido por Joan Gaspart. En un equipo a la deriva, Rivaldo actuó como tabla salvadora para meterlo en Liga de Campeones, para aguantar el tirón hasta semifinales y para marcharse con la cabeza alta después de ser ninguneado en más de una ocasión. Imposible olvidar aquel gol de chilena al Valencia, o aquellos zapatazos en el Bernabéu cuando su equipo estaba hundido, o aquellos goles salvadores en partidos agónicos. Pocos tipos han ganado tantos partidos como él, pocos tipos han ganado tan poco como él. Entre sus éxitos destaca el mundial de 2002, un campeonato donde actuó como titular y en el que, aún estando en la cuesta abajo de su trayectoria, aportó cuatro goles dos de ellos decisivos ante Bélgica e Inglaterra en las dos primeras rondas eliminatorias, porque él nunca fue de marcar goles intrascendentes, el anotaba el primero, el que abría la lata, el que catapultaba a su equipo, el que le daba su pedazo de gloria personal.

MESSI: La irrupción de Leo Messi en la élite signficó el primer gran triunfo de la cantera global. En una época donde los jugadores, más que nunca, son mercancía, la consagración de Messi significó un nuevo rumbo para el trabajo de cantera; niños sin hacer de cualquier lugar del mundo tienen ya su pedazo de parcela para poder soñar. Serán muy pocos los que llegarán y menos aún los que logren ser lo que es Leo Messi. Y es que Messi es un jugador diferente en todo, piensa más rápido que nadie, corre más rápido que nadie y resuelve los problemas más rápido que nadie. Con semejantes cualidades no es de extrañar que, a día de hoy, sea considerado como el mejor jugador del mundo. Tras su debut en el primer equipo del Barcelona en la primavera de 2004, Messi ha ganado tres ligas y dos Copas de Europa. Le queda la espina de triunfar de pleno con su selección, aunque ya haya ganado con la misma el mundial juvenil y el oro olímpico. Tiene tiempo por delante para conseguirlo; es joven, tiene calidad y toda la ilusión del mundo. Próxima parada, mundial de Suráfrica.

RONALDO: Si me preguntan, a título personal, quien es el mejor delantero que he visto, no podría responder otro nombre que no fuese el de Ronaldo Luiz Nazario de Lima. Ningún otro delantero había conseguido hacer tantas cosas con un lastre físico tan importante. Tras una etapa de aparición fulgurante donde se convirtió en asombro de todos, una lesión de rodilla estuvo a punto de retirarle del fútbol. Su regreso no pudo ser más colosal; como si de un héroe de comic se tratase, Ronaldo regresó al fútbol pocos meses antes de la disputa del mundial de 2002. Scolari, que sabía de su mejor arma, le convocó para el mundial y un Brasil renqueante se convirtió en campeón. Ronaldo anotó ocho goles, dos de ellos en la final y dejó la sensación de que la bestia imparable había vuelto. Ese mismo verano fichó por el Real Madrid y en una primera temporada deslumbrante ganó la Liga española. Después vinieron sus escarceos con la noche, su mala relación con el Bernabéu y la llegada de Capello. El técnico italiano le vendió al Milan y Ronaldo dejó atrás la estela de un delantero irrepetible que anotó más de cien goles en cuatro temporadas. Era un tipo que apenas podía articular su rodilla derecha, que había engordado visiblemente y que limitaba sus esfuerzos al último tercio del terreno de juego. Infalible. Lo que vino después estuvo a punto de significar el final de su carrera; su otra rodilla, la que decían estaba sana, se rompió igual que lo había hecho la otra y todos nos apresuramos a retirarlo. Todos menos él. Ronaldo volvió al fútbol y ahora sigue jugando en el Corinthians. No está de paseo, ya ha sido máximo goleador de Brasil y quiere hacer méritos para jugar el mundial que se celebrará en Suráfrica el próximo verano. De ser así, y si el destino es lector de cómics, es posible que el gordito cojito deje de ser leyenda para convertirse en un Dios.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Llorar como aficionado

Existen dos tipos de futbolistas en plano emocional. Aquellos que miran por sí mismos y aquellos que miran por su equipo. No quisiera convertir en premisa, con esta afirmación, que existen futbolistas que no miran por sí mismos porque en el plano ambicioso, allá donde entran en juego factores económicos, deportivos y glorificantes, todos son igual de egoístas. Pero más allá de posturas de exaltación del ego y de celebraciones consigo mismo, existen futbolistas que, cuando ganan, sienten en su piel el sueño cumplido de su infancia porque desde pequeños amaron al club al que defienden.

Es algo que pude entender en tipos como Maldini, Gerrard o Puyol. También en aquellas lágrimas sinceras de Terry después de escurrirse justo en el momento de lanzar aquel último penalti. Son tipos, como Iker Casillas, como Fernando Torres o como Raúl Tamudo, que desde pequeños mamaron una afición y se dieron cuenta de mayores lo grande que era defender la camiseta de sus sueños. Los hay, condicionados por el miedo a defraudar a su gran amor, que prefieren marcharse por la puerta de atrás antes que ser repudiados por su propio público, como aquel Michael Robinson que reconocía haber dejado el Liverpool, temiendo hacerle daño, por el intenso amor que le profesaba.

La alegría de estos tipos, que lloran como aficionado lo que han logrado como jugador, puede hacerse extensible a otros ámbitos del fútbol, como bien puede ser el puesto de entrenador. Nadie puede dejar de reconocer que tras los éxitos de Vicente Del Bosque en el Madrid se encontraba el espíritu de un tipo que amaba su casa o que cada vez que Luis Aragonés se ha hecho cargo del Atlético el equipo ganaba un plus de emotividad. Es por ello que hoy comprendo las lágrimas de Pep Guardiola porque a mí me habría pasado lo mismo.

Seguramente no hubiese llorado Guardiola de haber conseguido todos sus éxitos sentado en el banquillo de otro equipo. Porque él no lloraba como Pep, ni como entrenador, sino como aficionado del Barça. Sentir algo a flor de piel desde la más tierna infancia y darse cuenta de que has sido partícipe del éxito que siempre soñaste debe ser algo así como terminar de conquistar a la chica de tus fantasías más platónicas. En las lágrimas de Guardiola descubrí el sentimiento de quien logró, como aficionado, todos los sueños que se contaban los unos a los otros cualquier mañana de primavera en un patio de colegio. "Ahora mismo yo soy el Barça", debió pensar Pep. Imaginaos en la misma situación, cada uno con el equipo de sus amores. Como para no llorar.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El ciego que no quería ver

Había una vez un ciego que no quería ver. Presumía de vista de águila y de buen gusto por el fútbol. Se sentía cómodo en su butaca y le gustaba que se las diesen todas como a Felipe II. Él decía que veía pero no quería hacerlo, se conformaba con lo que tenía y, por seguir queriendo ver lo que quería él mismo derrumbó su castillo de naipes y ahora solamente se consuela con partidos a cara de perro en campos de segunda.

Es la historia de un atlético conformista. Ese mismo que se creyó lo de "El Pupas" y se levantaba tan contento por las mañanas porque su padre no sabía decirle por qué eran del Atleti. Aquel que leía una mentira en la prensa y se la tomaba como la verdad más irrefutable. Aquel que vio a su equipo ganar dos veces seguidas a dos equipos del tren de cola y quiso creer aquello de que el Atleti despegaba. Aquel que se tomó el partido del Oporto a risa porque al fin y al cabo estábamos clasificados para esa gran competición llamada Europa League en la que si les eliminan en octavos habrán de aplaudir el éxito porque ya se han creido eso de que el Atleti es lo que es y no puede ir a más.

Es la historia de un tipo que calla y otorga. Es la historia de un tipo que sigue creyendo que tienen tan poco porque al otro equipo de la ciudad se lo regalan todo. La historia de un iluso que sigue creyendo que Jurado, Maxi, Simao y Reyes pueden formar un centro del campo de élite y cuando pierden le echan la culpa al entrenador de turno. Ninguno les vale. Pero les vale escuchar al dueño de sus sueños diciendo que están donde están por no haber vendido a uno de sus delanteros sin pararse a pensar que realmente están donde están porque no han vendido a uno de sus defensas. Y encima fichan a Juanito. Y encima se lo ríen.

Esta es la historia y así será mientras sigan los que siguen. Y así nos va. Y así nos irá.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Sobre equipazos, rivales, desastres y absurdeces

Nadie puede negar que la Liga de Campeones se ha convertido en la panacea del negocio deportivo mundial. Equipos de aquí y de allí, unos pequeños y otros más grandes, dispuestos a pelear su parcela de gloria. Terminó la fase de grupos y, salvo alguna sorpresa en forma de equipo grande caído en la lona, casi todos los favoritos cumplieron con su papel en mayor o menor medida.

Si hablamos de un grande, de los de verdad, empujado hacia el agujero de la Europa League, nos vemos obligados a hablar de la Juventus de Turin. En su duelo a vida o muerte contra el Bayern, nos encontramos con la manida circunstacia que aflora siempre que se enfrentan dos colosos; el que se queda sin pastel siempre es analizado de reojo. Se encontró la Juve con un Bayern al que le salió todo y con un Buffon al que, por una noche, no le salió casi nada. No deben bajar los brazos los italianos porque en su ejercicio de reconstrucción van dando, poco a poco, los pasos adecuados para regresar a su lugar. El Bayern, que pasó como segundo, tiene frente a sí una nueva enmienda contra su historia más reciente, casi apostaría que, visto el imán que une a ambos equipos, el sorteo les emparejará al Real Madrid y podremos revivir aquellos duelos a vida o muerte que tantas páginas escribieron en esta competición.

Y si la Juve quedó fuera y el Bayern quedó segundo fue porque en primer lugar se coló un Girondins de Burdeos que no hizo sino revitalizar el gran momento que vive el fútbol francés. Liderados por Gourcuff, los "girondinos" practicaron un fútbol sencillo a la par que eficaz. Le bastaron ramalazos de buen juego y unos dientes bien apretados para conservar el botín, para colarse por delante de los dos gigantes que, a priori, amenazaban con dejarle fuera de los octavos de final.

En el grupo B, un Manchester United amenazado por la posibilidad de verse abocado a un triple empate amenazador, tiró de galones y de Michael Owen para deshacerse del Wolfsburgo y sacar billete en primera clase para la ronda elimintaria. Con el pequeño delantero inglés sucede lo mismo que con aquellos jugadores que, por haber llegado tan alto y durante tanto tiempo, la crítica se empeña en destruir antes de que ellos digan basta. A ocurrido otras veces con tipos como Del Piero, Raúl o Totti. Basta que duden de su verdadero lugar en la élite para que el día en que sus equipos más les necesitan, aparezcan como salvadores para glorificar su propia leyenda. Eso hizo Owen; glorificarse, clasificar a su equipo y, de paso, decirle a Ferguson que él también está para ser titular.

Una vez mascada la derrota, el Wolfsburgo no tuvo más hechura que mirar a Rusia con desamor. Allí, Krasic derrotó al Besiktas y dejó claro lo gran jugador que es y el poco ruido que hace últimamente la liga turca. Cuando llegue la primavera, el CSKA se habrá derretido y, probablemente, Krasic habrá emigrado en busca de gloria y fortuna, por lo que ya veo a alguno de los gallitos pidiendose a los rusos en octavos. Cuando el general invierno pasa de largo, viajar a Rusia sabe más a turismo que a batalla.

Batalla es lo que esperaba el Real Madrid en el Velodrome y muerte por aplastamiento es lo que infligió el Real Madrid al Olympique de Marsella. A día de hoy, con un Madrid restructurado en todas sus líneas, parece una quimera que un equipo que juegue a lo que juega el Olympique pueda hacerle un mínimo de daño. Los de Pellegrini, que antes de encontrar el juego, ya estaban curtidos para la guerra, se encontraron con un rival que les quiso ganar con fútbol directo y agresividad. Craso error. Le bastó al Madrid aguantar el balón y ejercer el contragolpe con precisión para ganar con holgura y presentar seria candidatura a un trofeo en el que, mientras nadie diga lo contrario, sigue siendo el rey.

Quedó primero de grupo el Madrid porque el Milan no supo rematar su faena en Zurich. Sabrán conformarse los rossoneros con este segundo grupo porque, más allá de la competitividad que se le supone, a este equipo le cuesta horrores encontrar un juego fiable. Más allá de la aportación de Pato, el equipo sigue envejeciendo y se va haciendo cada vez más previsible. Dirán los dogmistas que a este club le hace falta poco para alcanzar mucho, pero yo, aún a riesgo de quedarme sin cabeza, me juego el cuello a que este equipo no supera una ronda más.

Generalmente, cuando una parte de madrid sonríe es porque la otra llora amargamente. Lo cruel de este sofismo es que los que ríen llevan demasiado tiempo riendo y los que lloran llevan demasiado tiempo llorando. Lo que ha hecho el Atlético en esta Champions se acerca más al ridículo que al simple fracaso. Fracaso puede considerarse quedar tercero contando con dos delanteros de élite mundial, pero sacar a pasear esa defensa por Europa, no ser capaz de anotar más de tres goles y pelearse en el goal average por obtener un puesto en la extinta Copa de la Uefa con esa potencia llamada Apoel de Nicosia, no puede tener otro término que no sea el de fracaso.

Bien el Oporto y bien el Chelsea cumpliendo su papel. De los ingleses no hablaremos mucho porque ya sabemos todos de qué pasta están hechos. Son un equipo fiero, fiable y con muchos buenos jugadores que, además, este año tiene ratos de gran fútbol. Los portugueses, sin embargo, casi a la chita callando se han convertido en un equipo incómodo por ello de querer evitarlo en la siguiente ronda. Aunque parezca que por nombre puede ser una de las peras en dulce, por juego y conjuntamiento, es un equipo más que vistoso. De los que en una buena tarde te pueden dejar con cara de tonto. De eso ya da fé el Atlético.

Si hablamos del otro gran equipo que ha quedado fuera en esta primera ronda de la Champions, tenemos que referirnos al Liverpool. Vale que era un grupo complicado y vale que los reds están atravesando por más problemas de los que, quizá, pueden asumir, pero ver su nombre en el grupo de no clasificados no deja de causar cierta sorpresa. Durante algunas semanas, y aún cuando lo tenían casi en japonés, muchos albergamos la esperanza de que Benítez enchufase a sus chicos hacia lo imposible porque a este equipo, más allá de su irregularidad, nunca se le ha podido achacar falta de compromiso en los grandes momentos. Pero aquello de jugar sin Torres unas veces, sin Gerrard otras y sin Torres ni Gerrard la mayoría de ellas, le pesó demasiado. Al Liverpool le falta una idea y le sobra ardor, quizá cuando equilibre sus sentidos y encuentre el timón guía (bien podría ser Aquilani) vuelva a ser aquel equipo que todos temían.

Pasaron Lyon y Fiorentina porque hicieron mucho mejor lo que saben. Ambos son dos equipos que hacen un buen fútbol y han sabido concentrar todos sus recursos para esta competición. En este último caso sorprende que la Fiorentina se haya colado en primer lugar, pero con ganas y tres o cuatro buenos jugadores se pueden hacer muchas cosas. El Lyon es otra cosa, no tiene la competitividad que implica la genética italiana pero lleva demasiado tiempo en la élite como para verse afectado por el mal de altura. Quizá podamos achacarle que no termine de dar ese último pasito que le conduzca hacia la consagración. Este año ha recuperado el fútbol y el poder ofensivo. De igual manera que hablé del Oporto, a estos franceses también habrá de tenerlos en cuenta por si les da por dar una mala tarde a algún gallito.

El gran gallito de toda competición suele ser el campeón y el Barça no está dispuesto a bajarse del trono de gran favorito. Si la prensa madrileña no hubiese sido ayer tan absurda no le hubiese puesto a huevo hoy el titular a la prensa catalana. El gol de Messi ayer en Kiev reúne las cualidades que consagran a cualquier jugador y este no es un jugador cualquiera. Por el momento, por la situación, por las consecuencias, agarrar una falta y ponerla en el ángulo es más difícil por la consecuencia que por el simple hecho. El Barça, después de una tormentosa travesía termina como primero de grupo y como principal rival a evitar y eso sigue diciendo mucho del campeón.

Por detrás quedó el Inter tras derrotar en San Siro a un Rubin Kazan que se puede ir con la cabeza bien alta. Suele ocurrir que cuando lo fías todo a tu defensa al final echas de menos no haber puesto un poco más de condimento a la salsa del ataque. Los rusos, que han revalidado título y, por tanto, revalidarán participación, se vieron sorprendidos por dos trallazos inconmensurables de Eto'o y Ballotelli, dos futbolistas que, bien por exceso o bien por defecto, nunca podrán dejar inermes a nadie.

El otro equipo español en la élite europea será el Sevilla. Opositando, a priori, con unos exámenes demasiado benevolentes, nada mejor que hacer bien los deberes para terminar aprobando con nota. Los hispalenses ganaron allí donde lo necesitaron y, de manera holgada, se metieron en la siguiente fase como primeros de grupo a costa de un Stuttgart que al fin dio una pequeña alegría a su afición, a un Unirea que jugará la Europa League con mucha dignidad y de un Rangers que se ha consumado como la gran decepción del grupo. Otro de esos equipos a evitar este Sevilla que, a poco que el sorteo le favorezca, se puede plantar en cuartos en disposición de dar tormento a quien se le cruce.

Termina este repaso a la última jornada de la primera fase de la Champions con lo acaecido en el grupo H. Allí se vieron el gol más emotivo de la jornada y la futura hornada del Arsenal de Wenger.

En Lieja, un desesperado Standard colgó un último balón para que, por aquellos designios del destino, su portero Bolat cabeceara el balón hacia la red de la portería del AZ Almaark. Los holandeses, neófitos en estas lides, regresaron a casa sin premio alguno y los belgas, recordados más por su pasado que por su presente, vieron, en tan solo un instante, que su continuidad en Europa, aunque fuese por la puerta de atrás, seguía siendo una realidad.

Y en Grecia, un necesitado Olympiakos, apuró sus cartas para vencer a un Arsenal ya clasificado y colarse en octavos como segundo de grupo. A destacar la participación de un grupo de juveniles en el equipo inglés como esa nueva muestra de la locura (a veces bendita y otras no) de Wenger en su apuesta por los futuros jugadores del primer equipo. Allí estuvieron Mérida, Wilshere, Cruise (no el que estaba en Sevilla) y Bartely liderados por los también imberbes Walcott y Ramsey. Perdieron, pero ver a niños pelear cara a cara contra hombres no deja de producir cierta emotividad. Seguramente este tampoco sea el año del Arsenal, pero de alguna forma, es un equipo que siempre deja un lugar para la sonrisa.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El valor de una apuesta

Rubén y Ramiro formaban, como si de Brasil se tratase, la doble erre del Atlético Recaminos, equipo modesto de la liga regional del sur de la capital y aspirante a cotas humildes tales como el ascenso a la segunda regional, un logro que tenían al alcance de la mano a falta de un solo partido.

Rubén y Ramiro eran amigos y residentes en el mismo barrio. Ambos eran delanteros y ambos habían sumado treinta goles por barba a lo largo del campeonato. Encaraban a los defensas rivales con el insultante descaro que otorga la juventud y anotaban sus goles con la felicidad que supone saberse ganador de un desafío consigo mismo. Los dos, en su arrojo ganador y su ímpetu desafiante, se habían apostado, apretón de manos mediante, el orgullo, una cena y cien euros por ver quien terminaba la temporada con más goles anotados.

En esta circunstancia llegaron ambos al último partido de la temporada, empatados a goles, a respeto y a ilusión. Se conocían de memoria y sus jugadas conjuntas significaban, a aquellas alturas de campeonato, el más próspero patrimonio con el que contaba el club, pues su goles, amén de sumar en el casillero de su apuesta personal, habían puesto al equipo en la zona alta de la clasificación y a una sola victoria de hacerse con el campeonato, el ascenso y la gloria.

El destino quiso enfrentarles contra el Sporting Norante en aquella última jornada. El Sporting, cuya sede se ubicaba unas calles más abajo, llegaba al enfrentamiento con un solo punto de ventaja y con la confianza de saber que un único gol de diferencia le otorgaba la gloria incompartida del ascenso. Era más que un temido rival que contaba en sus filas con la segunda mejor dupla de atacantes del campeonato; Borja y David, dos armarios de complexión, sumaban cincuenta y dos goles entre ambos y más de un centenar de bofetadas contra los defensas rivales. De esta manera, el partido no incidiría en lo meramente futbolístico sino que, vista la fama que se otorgaba el, hasta entonces, líder del grupo, era posible que los minutos sucumbiesen al poder de la violencia.

Pero Rubén y Ramiro sabían que tenían la sartén por el mango, que las gotas de su calidad eran suficientes para rociar de victoria cualquier encuentro y que fuera donde fuesen, con ellos siempre viajaba el espectáculo. Tan seguros estaban de sí mismos que ejercitaron la sonrisa como único modo de comprensión.

Ambos equipos llegaban al partido final invictos y separados por la mínima distancia que suponía un empate de más, pues ambos habían empatado en el partido que habían disputado entre sí en la primera vuelta de la liga, pero el Atlético Recaminos había cedido un empate más que su rival en un calamitoso e imperdonable encuentro ante el Real Filer, equipo que, para más inri, estaba situado en el último lugar de la clasificación en aquellas alturas de la temporada.

El empate era, por tanto, un resultado suficiente para que el Sporting Norante se alzase con el título por la vía de las matemáticas. Al Atlético Recaminos sólo le valía ganar para disfrutar la miel de un éxito que hasta entonces no había tenido parangón en la historia del club.

Tanto Rubén como Ramiro, que habían cruzado sus vidas en el equipo cadete del mejor equipo de la ciudad, habían llegado al Atlético Recaminos rebotados por su propio fracaso. Cuando el fútbol y el coloso les dejaron fuera de sus planes, tuvieron que buscarse la vida y el ocio por la parte de afuera de los sueños. Rápido aparcaron sus aspiraciones de jugar en la élite y se postraron en la monotonía de la vida con los ojos bien abiertos. Ramiro, que nunca había abandonado la fe en los libros, prosiguió con sus estudios de arquitectura, y Rubén, que con las manos siempre se manejó con más habilidad aún que con los pies, entró a trabajar en un taller del barrio. Como ambos se conocían de sobra; conocían su pasión por él fútbol y conocían la necesidad del equipo del barrio por adquirir talento.

Se presentaron un jueves por la tarde y el domingo ya estaban jugando. No se les requirió entrenamiento alguno como certificado de cualidades y les bastó un solo partido y dos goles por cabeza para comenzar a formar parte de la historia más gloriosa del club. Así, siguieron goleando a lo largo de toda la liga hasta llegar a aquel último partido final en el que ninguno de los dos estaba dispuesto a olvidar aquella apuesta que se hicieron minutos antes de debutar con el equipo y que daría a premiar con cien euros a quien llegase al final de la liga con más goles anotados.

Rubén era el más veloz de los dos, pero Ramiro era más técnico. Rubén era el típico delantero de pequeña estatura y alto voltaje en el sistema nervioso que podía liquidar las tablas en cualquier contra, sus arrancadas eran tan temidas como su capacidad de decisión. Ramiro, en cambio, era más lento y sosegado, a muchos les desesperaba su tranquilidad para decidir, pero él siempre decidía lo correcto. Su toque de balón era exquisito y su remate de cabeza era colosal. Llevaba marcados tantos goles de falta directa como de finalización de jugada elaborada, y si no fuese porque, a pesar de tener el record de no haber fallado un solo penalti a lo largo de su vida, le había cedido a Rubén el honor de lanzar las siete penas máximas que les habían pitado a favor a lo largo de la liga, en aquel momento llevaría catorce goles más que su compañero y estaría gozando con algarabía el placer de contar con cien euros más en su bolsillo.

El partido comenzó lento y respetuoso. Parecía que ambos equipos tenían más miedo a perder que a vivir y seguramente así fuese. La primera ocasión fue para el Sporting, pero el Atlético respondió rápido con una contra fugaz bien dirigida por Rubén y mal finalizada por Ramiro. Un par de ocasiones más y el partido adquirió aires de gran empresa. La ida y la vuelta comenzaron a desintegrar el fondo físico de los jugadores, pero el aficionado, el verdadero mecenas del espectáculo, disfrutaba copiosamente del lindo espectáculo que le ofrecían dos equipos lanzados a tumba abierta de cara a la portería rival.

Ramiro comenzó a poner el temple y Rubén el desequilibrio, y con ellos y un poquito de fortuna, tan sólo era cuestión de poco tiempo la llegada del primer gol. Y llegó. Llegó en una jugada que ambos tenían memorizada dentro del baúl de sus mejores recuerdos; un calco del gol que le habían hecho al Deportivo Cación en la quinta jornada de liga. Una arrancada de Rubén desde la banda izquierda, un apoyo en Ramiro, una pared, un desmarque, un quiebro al portero y un gol. Con la derecha y a puerta vacía. Un gol para soñar, un gol para celebrar y gol para ganar una apuesta.

La apuesta. Aquel pensamiento de presión recorrió la espina dorsal de Ramiro causándole un escalofrío inquietante. Estaba a un solo gol de perder una apuesta que él mismo había propuesto hacía más de ocho meses y que en aquel momento estaba a punto de escapársele de entre los dedos, justo cuanto más fuerte la tenía apretada. Se alegró por el gol, sí, por la victoria, también, por el equipo y por el momento, pero un intenso calor en forma de duda recorrió su cuerpo cuando tuvo que preguntarse a sí mismo si resultaba correcto alegrarse por su compañero en aquellos momentos. Quería a Rubén como podía querer a un hermano, le estimaba tanto como a sus propios instintos, pero no estaba muy seguro de sentir alegría por él, porque, para qué engañarse, le molestaba bastante el imaginarse como víctima perdedora en aquella apuesta consigo mismo, con la vida y con su compañero del alma.

Así fue como se decidió a coger los tiros del carro y capturar la autoridad atacante de su equipo en busca de la sentencia. Y aunque abrazó fervorosamente a Rubén cuando se acercó hacia él para darle las gracias por los servicios prestados, supo por sí mismo, que aquello no era más que un fingimiento para con el mundo.

El primer balón que recibió Ramiro tras el primer gol del encuentro lo chutó a portería desde más de treinta metros de distancia. El balón se le fue muy arriba y sintió las miradas desaprobadoras de sus compañeros. Qué más daba, ninguno de ellos sabía lo que se traía entre manos.

El segundo balón que recibió lo pudo haber puesto en diagonal hacia el fabuloso desmarque de su compañero Rubén, pero Ramiro prefirió quebrar, avanzar y chutar desde más allá de la línea delimitadora del área. De nuevo se le fue alto y de nuevo sintió desaprobación en las miradas de sus compañeros de equipo. Incluso a Rubén le notó cierta incomprensión en el torrente de su mirada confusa.


No tardó mucho Rubén en darse cuenta del motivo que fabricaba el egoísmo de su compañero en la punta del ataque. Aquella apuesta en la que ambos se habían jugado el prestigio estaba convirtiendo a su amigo en un esclavo de sus propios ritos. Quiso condenarlo por ello pero no sintió más que comprensión. Más que nada porque habiéndole visto actuar supo de inmediato que él hubiese hecho lo mismo. No podía ocultar la satisfacción en el movimiento de sus sonrisas; satisfacción por el gol anotado, por la victoria momentánea y por la virtual victoria sobre Ramiro en aquella apuesta en la que habían puesto palabras y motivos necesarios como para no dejarse perder.

El partido continuó en los límites del espectáculo. El Sporting se lanzó al ataque desesperado en busca de un empate que era pura victoria y el Atlético comenzó a jugar a la especulación y al contragolpe para liquidar a su rival por el K.O. más absoluto y la vía del tormento más devastador. Para minar la moral de los jugadores del bando contrario solamente bastaba un contraataque letal y un gol que hiciese callar bocas ajenas y romper silencios propios. Un contraataque como el que inició Ramiro y como el que concluyó Rubén en su mano a mano particular con el portero, rodando por el suelo y con el árbitro señalando el punto de penalti en su carrera frenética hacia el área de conflicto. Rápidamente supo Rubén que conseguir aquel balón significaba conseguir medio pasaporte hacia el éxito y no pensó en el ascenso y ni siquiera en el aficionado del barrio que estaba asistiendo inquieto a una posibilidad histórica, solamente pensó en su orgullo, en sí mismo y en los cien euros que le pensaba ganar a su gran amigo Ramiro.

Se levantó rápidamente y tomó el balón con ambas manos para plantarlo en el punto de penalti. Si conseguía anotar aquel lanzamiento se iría a los treinta y dos goles y dejaría a Ramiro con treinta, degustando su amargura y llorando su derrota. No había terminado de asimilar su propio regocijo cuando sintió un violento empujón sobre su espalda. Se giró rápidamente para encararse con el agresor y descubrió el rostro desafiante de Ramiro mientras su voz le ordenaba la cesión de aquel lanzamiento. El barullo que se organizó a continuación solamente podría describirse como una situación lamentable, pues ambos se enzarzaron en una riña de empujones y enganchones de camiseta que despertó la vergüenza de todo aquel que había asistido al campo a observar el partido. Finalmente fueron separados por sus compañeros y se vieron sancionados con sendas cartulinas amarillas que supieron, en el ambiente, a demasiado poco castigo para sus actos.

Finalmente fue Ramiro, previo consentimiento del entrenador, quien obtuvo el privilegio de lanzar la pena máxima y como nunca antes había fallado penalti alguno, lo lanzó con la seguridad del maestro y con la eficiencia del asesino. El balón acabó en la escuadra y los ánimos sobre las nubes. Todos se acercaron hacia Ramiro para felicitarle por el gol anotado, todos menos Rubén, quien sintiéndose agraviado por la decisión, se negó a festejar el gol, la virtual victoria y el alcance del sueño casi hecho realidad.

En estas circunstancias llegó el descanso y con el mismo estalló la tensión. Todo empezó con una recriminación, prosiguió con un empujón y terminó a bofetadas. Ningún integrante del equipo pudo dar crédito a lo que estaba siendo testigo durante aquellos instantes. Los dos fueron separados y seriamente reprimidos. Nadie podía entender un comportamiento semejante cuando se tenía al alcance de la mano un logro sin precedentes. El entrenador supo que la mejor solución posible pasaba por sustituir a los dos y dejarlos en la ducha, pero temió por ellos, por sus compañeros y por él mismo. Temió por él mismo porque en el momento en el que pensó en cambiarlos tuvo la certeza de que si lo hacía, el partido y el ascenso se le irían al garete.

Así las cosas, ambos comenzaron, junto al resto de titulares, a disputar la segunda parte del partido y decidieron, en su propia consideración, no mirarse a los ojos ni prestarse palabra alguna. Y la falta de entendimiento llevó al desastre y el desastre se consumó en dos goles del Sporting que significaron el empate en el marcador y el fin de un sueño que, durante muchos minutos, creyeron en propiedad.

Aquella postura infantil les había abocado al fracaso. Dejaron de tirar paredes, dejaron de mirarse y dejaron de entenderse. Perdieron cada balón que recibieron en su obsesión por la jugada individual y los motivos de aquel desbarajuste fueron observados por el equipo rival como un caramelo que no podían dejar de saborear y sus jugadores captaron enseguida que algo raro ocurría entre ellos. Y como Borja y David eran tan eficientes en su tarea como Rubén y Ramiro, les bastaron un par de ocasiones claras para decantar la balanza a su favor.

El empate no era absolutamente nada para el Atlético Recaminos, pero significaba la vida misma para el Sporting Norante. Y así llegó el fútbol brusco del equipo líder. Mantener el empate se convirtió en una cuestión de vida, de honor y de algarabía. Comenzaron repartiendo zancadillas aisladas y terminanron creando un auténtico campo de minas dentro del terreno de juego. Lo que hasta hacía pocos minutos había sido un espectáculo deportivo, se había convertido enana pelea barriobajera. Los jugadores saltaban de un lado hacia otro impulsados por las piernas de sus rivales y el balón bajó tanto su cotización que la mayoría se olvidó del motivo de su existencia.

Y llegó el último minuto del partido. Llegó una volea hacia adelante y llegó una pelota franca a los pies de Ramiro Ramírez, el número nueve del Atlético Recaminos y autor del segundo gol del partido después de transformar un penalti. A su lado corría Rubén Rubinos, con el número siete a la espalda y con las mejores intenciones en su cabeza de cara al marco rival. Ramiro controló el balón y lo acomodó orientándolo hacia su pierna izquierda, la misma con la que más a gusto se sentía a la hora de desplazar la pelota. Esquivó dos entradas muy fuertes y descubrió que en diez metros había despejado todo su camino de cara al portero rival. Avanzó con la cabeza alta y las piernas a pleno funcionamiento. Pensó en marcar, en ganar y en celebrar. Pensó en el equipo hasta el momento en el que descubrió que, cinco metros hacia su izquierda, su compañero Rubén acompañaba su ofensiva en una carrera paralela. La jugada se parecía bastante a la misma que ambos habían repetido durante toda la temporada; un dos contra uno ante el portero y la aplicación de la regla máxima; el balón siempre para el que esté libre de obstáculos. Si obedecía la lógica debía darle el balón y el gol a Rubén, pero si se obedecía a sí mismo, era posible que el diablillo del orgullo que llevaba toda la tarde susurrándole al oído, le aconsejase finalizar, marcar, festejar y ganar el partido y la apuesta. Aquella maldita apuesta que le había puesto en contra del mundo, una apuesta en la que, realmente, los cien euros en juego no significaban absolutamente nada, ya que lo que realmente importaba era saberse triunfador y evitar de paso la sonrisa complacida de su compañero celebrando su éxito. Lo que verdaderamente se jugaba, entonces, era el orgullo, y ambos, que habían apostado a ganar consigo mismo, no eran capaces de concebir la idea de perder por más que el triunfador fuese su mejor amigo y, por ende, su propio equipo.

Decidió, pues, chutar y negarle la gloria a su compañero de ataque. Y Ramiro nunca olvidaría aquel momento en el que golpeó al balón con el empeine y el balón apenas tomó un palmo de altura para acabar, casi mansamente, entre las piernas del portero rival. Y menos aún olvidaría la jugada que inmediatamente después inició el mismo portero que había puesto freno a su gloria y que, tras varios toques, acabó en el tercer gol del equipo rival y que significó toda una lección para su orgullo herido en tanto se había visto como Borja, terrible delantero del Sporting Norante, le había cedido el balón a su compañero David, rechazando con ello imitar el egoísmo de Ramiro Ramírez y buscando, con ardor, el ascenso que llevaban todo el año peleando.

Y no olvidaría nunca Ramiro aquella jugada en la que pecó de egoísmo solamente por ganar una apuesta, porque al haberse traicionado a sí mismo había perdido, para siempre y de un solo golpe, no solamente una apuesta, sino también un partido, un deseo y un amigo.