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martes, 27 de noviembre de 2012

Il capitano

El día veinte de enero de 1985 apareció por la banda de San Siro un niño imberbe de mirada desafiante. Profundos ojos azules, pelo negro enmarañado y piernas de alambre. Parecía sacado de un descampado y, vestido de futbolista, era el caballo ganador para los niños del barrio. Pero aquello no era un descampado y los rivales no eran los chicos de la pandilla del parque, sino Udinese, un equipo de primera división y el primero en aplaudir las virtudes de un niño que empezó siendo un aspirante a defensor y se retiró como el manual defensivo que todos quisieran aprender de memoria.

Veintitrés años más tarde el Milan visitaba Parma y el chico de ojos azules y pelo negro enmarañado ya era un hombre, pero seguía jugando al fútbol. El hombre, el mito, había cumplido treinta y nueve años y jugaba su partido número mil con la camiseta rossonera. Como para no aplaudirle. El niño de dieciséis años, colmado de honores, había levantado ya, en cinco ocasiones, la copa de campeón de europa, y había ganado seis campeonatos de liga italianos. Menuda criatura.

Se ganó la fama primero por descarado, más tarde por rápido y después por inteligente. Espectaculares fueron sus primeros duelos contra Diego Maradona en aquellos enfrentamientos contra el Nápoles en los que se ponía en juego una hegemonía; algo más que un partido de fútbol. El Diego, potrero como era, buscaba el pique, el regate, la frontal, el desequilibrio, pero el joven Maldini no se achicaba; cuerpeaba, citaba, miraba y muchas veces robaba. Eran los tiempos del marcaje al hombre, de la dureza contra el estilista, del ingenio contra el fajador. Al joven imberbe le ordenaban pegarse al mejor jugador del mundo y cumplía su misión con entereza. Más tarde llegó Sacchi y universalizó la zona. Se acabaron los férreos marcajes, las entradas a destiempo, las tarjetas rojas, los regates inverosímiles. El laboratorio convirtió el fútbol en un campo simétrico donde cada uno cumplía su función dentro de su parcela y Maldini hacía su trabajo igual de bien que el mejor. El mejor era Baresi, lider espiritual y referente de una época. Mentor, padre y amigo íntimo. El hombre que le enseñó a defender. Juntos hicieron historia viviendo en zona; juntos pusieron los pilares del mejor equipo defensivo que se recuerda. Tassotti, Costacurta, Baresi, Maldini. Aquella defensa aún se cita de memoria. De carrerilla.

Paolo Maldini sonrió durante muchas veces a lo largo de su carrera. Pero si le preguntan cual fue la más amarga de las veces en las que lloró, les retrotrairá a Estambul, veinticinco de mayo de 2005. Aquel día Maldini marcó un gol y no pudo ser feliz. Su equipo se fue al descanso ganando por tres goles a cero y no pudo ser feliz. No pudo ser feliz porque el Liverpool se aferró al milagro y remontó el partido hasta rematarlo en la tanda de penaltis. Aquella afrenta, para un ganador, fue como un trago de vinagre en el desierto. Pero todas las afrentas se pagan, y aquel día Maldini supo que debía seguir jugando al fútbol porque algún día el destino le volvería a poner por delante de la cotidianidad. Dos años más tarde, con un Maldini curtido y mentalizado, el Milan enjauló al Liverpool y volvió a tomar lo que era suyo; aquella copa orejona que se había convertido en el mejor testigo de sus hazañas.

Paolo Maldini aprendió de Baresi lo que ya había escuchado en las lecciones de infancia cada vez que su padre le veía correr tras la pelota en el jardín de su casa. Su padre no era un tipo cualquiera sino el, hasta entonces, mejor defensa en la historia del Milan. Cesare Maldini fue César en una zaga que hizo del catenaccio símbolo de identidad y que ganó las primeras copas de Europa en la historia del club. Pero Paolo fue más que un César. Al principio, mirada tímida y cabeza gacha, caminaba entre sus compañeros mientras los dedos le apuntaban a la espalda; "Mira, por ahí va el hijo de Césare". Pasó el tiempo, pasó el fútbol y llegó hasta la retirada. Hoy, Paolo Maldini sigue acudiendo a Maranello para mantener su forma física. En alguna ocasión, tras él, camina, ya renqueante, su anciano padre y es a él a quien ahora apuntan los dedos; "Mira, por ahí va el padre de Paolo". Ambos mitos, ambos grandes. Ambos llegaron a ser conocidos como "Il Capitano".

Pero no todo el universo milanista supo apreciar a Maldini como un tipo único en el fútbol. En su despedida, mientras dibujaba una vuelta de honor sobre el césped de San Siro con la mano en alto, la grada más radical del Milan le reprochó todos sus enfrentamientos. Ni el uno, ni los otros, se sintieron jamás en armonía. "Nunca serás nuestro capitán", le recordaron en forma de pancarta. Aquel sector adoraba a Baresi y nunca supo apreciar a Maldini. Fueron veinticuatro años de tormento para ellos.

Y es que ¿Quién no podía sentir admiración hacia Paolo Maldini? Solamente un necio radical. Maldini hizo escuela en el lateral izquierdo a pesar de que la zurda nunca fue su pierna buena. Maldini era diestro, sí, pero jamás podría adivininársele una carencia por ello. Era, por encima de todo, un defensor inteligente; al rápido lo cuerpeaba, al lento le ofrecía la salida por afuera para comersele en velocidad, al astuto lo retaba, al miedoso lo amedrentaba

Maldini pudo haber sido todo y se quedó en casi todo ¿Qué le faltó? Sus dos mayores frustraciones visten el color azurro de la selección italiana. En 1994, tras una final prodigiosa en la que se tuvo que ver con Cafú, escondió la cabeza bajo la zamarra después de que Baggio fallase el penalti definitivo. En 2000, tras capitanear una selección amparada por la suerte, el desamparo llegó en el último segundo con aquel gol de Wiltord que significó el principio del fin. Ni mundial, ni Eurocopa. Por ello, el día que un cabezazo de Ahn le dejó fuera del mundial de 2002 decidió que aquellas habían sido sus últimas lágrimas sobre el azul.

Se retiró del equipo nacional, dejó el brazalete a Cannavaro y fueron muchos los que vaticinaron el fin de su carrera deportiva. Y esa es la sensación que deja su juego en esa misma temporada en la que Maldini solamente ha disputado veinticuatro partidos y tiene una presencia, casi testimonial, en los éxitos del equipo. Parecía la hora del adiós, del relevo y de los homenajes, pero el mejor homenaje lo brinda el orgullo. La temporada siguiente Maldini vuelve a ser un fijo en en el once titular del Milan, Ancelotti le convierte en pilar indiscutible, situa a Pirlo en el mediocentro y libera a Schevchenko de cualquier responsabilidad. El resultado es una copa de Europa más levatnada por el eterno capitán.

Mientras, Cannavaro luce con orgullo el brazalete heredado por Maldini. Y tanto lustre le saca que es él el encargado de levantar la copa del mundo que tanto se le resistió al capitano Paolo. La ecuación improbable se hace aún más sorprendente cuando el nuevo capitán es premiado con el Balón de Oro por France Football. Lo flagrante se hace tangible. A Maldini le habían premiado en dos ocasiones con el Balón de Bronce porque se excusaban que el más preciado metal no estaba hecho para revestir defensores. Cruenta mentira como demostró el tiempo. Ni él, ni tampoco Roberto Carlos, los dos mejores laterales izquierdos de la historia, fueron nunca galardonados como los mejores del mundo. Quizá tampoco les hizo falta; la memoria es su mejor juez.

Su zona de influencia era tan temida que incluso los grandes jugadores rehusaban de acercarse por allí. El propio Zidane, en declaraciones previas a un partido llegó a declarar: "Cuando juego contra el Milan prefiero escorarme a la izquierda. No me gusta encontrarme con Maldini". Más elocuentes fueron las palabras de su compañero Kaka, por entonces referencia del fútbol mundial, quien, tras una nueva batalla ganada salió del campo impresionado para preguntarse "¿Cómo es posible que este hombre, después de ganarlo todo, mantenga invicta la ambición?". La respuesta estaba en sus miradas, en sus sonrisas con la copa en alto, en sus carreras contra el delantero rival.

Ambición. Sacada la palabra a la palestra no hace falta buscar otro término para analizar la carrera de Paolo Maldini. Quiso retirarse en 2004, lo tenía todo planeado; un añito más, quizá otro título, varias decenas de partidos y una despedida digna. Pero sucedió que en diciembre de 2003 Boca Juniors les ganó la final del mundialito de clubes. Y Maldini supo que algún día el destino le recompeensaría con una revancha. Y por ello se quedó, y esperó, y encontró. En 2007, después de levantar su quinta copa de Europa, viajó a Japón para volver a verse las caras con Boca. Y entonces volvió a ganar. Y entonces volvió a decir "hasta aquí hemos llegado". Y entonces se le reconoció como el mejor "One club man" de la historia del fútbol. Difícil encontrar quien le supere.

En activo hasta los cuarenta años y con seiscientos cuarenta y siete partidos en Serie A ¿Algún record más? Uno anecdótico: es el jugador en marcar el gol más rápido en una final de la Copa de Europa ¿Alguna otra mención? Más de mil partidos jugados en la zona de atrás y solamente una tarjeta roja directa, amén de otras tres expulsiones por doble amarilla. Brillante, limpio y con explendor. Toda una academia defensiva.

Maldini llegó a un Milan de entreguerras, sacudido por el descenso administrativo de 1980 y en busca de una identidad perdida. No tardó demasiado en convertirse en el mejor equipo del mundo y en sus cifras ganadoras aparecen aquellos cincuenta y tres partidos en Serie A en los que el equipo se mantuvo invicto. Casi dos temporadas completas. Al equipo, entonces, ya lo entrenaba Capello y Maldini, entonces, ya no era solamente un lateral izquierdo. Poco a poco se fue reconvirtiendo hasta convertirse en un defensor central de primer nivel. Tuvo el mejor maestro y ejecutó a la perfección todas las enseñanzas. Después de amargar la vida a tipos como Michel, Lentini, Kanchelskis, Beckham o Figo, pasaba al centro de la zaga para vérselas con Ronaldo, Henry, Van Nistelrooy, Eto'o o Ibrahimovic. Todo un acicate para un hombre al que no le asustaban los retos.

Tantos retos superó que inclusó produjo un efecto iluminador en la afición rival. En el último derbi milanés disputado entre Inter y Milan y con Maldini de capitán, mientras los radicales milanistas refunfuñaban por no reconocer el mérito de su capitán, desde la grada interista se desplegó una pancarta; "En la cancha nuestro rival, en la vida siempre leal". Siempre leal al Milan desde que Nils Liedholm le hiciera debutar en aquella fría tarde de enero en Udine. Entonces, los amantes de la crítica se lanzaron al cuello del sueco haciendo creer que el debut del niño Maldini era un favor que el viejo Nils le hacía a su gran amigo Cesare. La verdad la ofreció el tiempo y las ocho finales de copa de Europa que jugó Paolo. Tan sólo Gento jugó tantas finales. Ellos dos y nadie más. Menudo favor le hizo al fútbol el viejo Nils.

Con alma de capitán desde pequeño, anduvo siempre detrás de un brazalete fantasma. Fue capitán en su país antes que en su equipo. Siempre tras la estela del gran Baresi iba recogiendo los legados que Franco le iba dejando. Primero en azul, más tarde en rossonero y por último en el corazón del fútbol. Con Italia jugó ciento veintiséis partidos y con el Milan más de mil. El Milan, el gran Milan de su padre. Fiel a unos colores pese a que de pequeño se quedó anonadado después de ver jugar a Franco Causio y Roberto Bettega. Quiso ser de la Juve, más su progenitor le dejó las cosas claras: "En esta casa el blanco se cambia por el rojo". Y así aprendió a soñar en rossonero. Lideró el proyecto megalítico de Silvio Berlusconi y se retiró con la satisfacción que quien ha dejado una huella imborrable tras él. El público en pie, la mano en alto y una camiseta sobrevolando las gradas del viejo Giussepe Meazza. El número tres a la espalda y una promesa lanzada al aire: el número tres no se retira, simplemente espera. Si alguno de los hijos de Maldini llega a profesional y juega en el primer equipo del Milan tendrán derecho a vestir el número de su padre. Solamente ellos, ninguno más. Visto al abuelo, visto al padre ¿Alguien se imagina cómo podría ser el hijo? Lo imposible vive en el recuerdo, lo posible vive en el anhelo.

lunes, 24 de octubre de 2011

El Bocha

El destino suele ser tan caprichoso como los deseos incumplidos, tan impredicible como un resultado a ochenta minutos del final, tan importante como la mejor de las noticias, tan emocionante como el más feliz de los reencuentros. A veces, los sueños de la niñez se hacen adultos sin pararse a pensar cual fue el momento en el que dejaste atrás todos los sueños para reciclar la caja de los deseos y volver a nacer con nuevo ritmo en el corazón. Ricardo Bochini, que creció soñando con San Lorenzo, vivió todo un sueño en Independiente y tan hermoso fue el sueño que aún hoy le recuerdan con la sonrisa encendida y la nostalgia pintada en lágrimas; sin duda, fue el mejor de todos.

En su estela dejó una escuela de patentes dibujadas en pases de gol. Aún hoy, son muchos los que describen un último pase con el sobrenombre de "pase bochinesco", y aún hoy, son muchos los que recuerdan a aquel imberbe y pálido muchacho que, salido desde las inferiores del rojo, debutó de la mano del gran Pedro Dellacha en 1971. Entonces tenía diecisiete años, y entonces nació una leyenda.

Una leyenda agrandada por el tiempo, los goles y los milagros. Tanto se amó a Bochini que Avellaneda le regaló una calle con su nombre; camino del estadio del rojo, entre las calles Alsina y Ferrocarril, los hinchas de Independiente pueden rendir homenaje diario ante una placa con un nombre y un nombre con un pasado. Un pasado que nació en los primeros años de la década de los setenta y que culminó hace poco, cuando al tipo le dio por demostrar su inmortalidad vistiendo, durante medio tiempo, la camiseta roja (no podía ser otro color), del Barracas Bolívar. Un gesto altruísta para un equipo modesto, un gesto diferente más de un tipo genial.

Los que no le vieron jugar los mundiales de 1978 y 1982 reprocharon siempre a Menotti su error en la elección y le recordaron, una y otra vez, aquella tarde de enero de 1977. Independiente rendía visita a Talleres de Córdoba en el partido definitivo por el campeonato nacional. En la ida, tras un partido bronco, el resultado fue de empate a uno, por lo que un empate sin goles, al igual que una victoria, le valía a Talleres para campeonar. El partido fue duro y, como más tarde declaró Bochini "fue raro, muy raro". El árbitro Barreiro se convirtió en protagonista después de señalar un penalti dudoso a favor de Talleres y conceder un gol ilegal al equipo local después de que Bocanelli empujase el balón con la mano. Para más inri, el trencilla expulsó a tres futbolistas de Independiente y el rojo alcanzó el tramo final del partido con ocho efectivos, un dos a uno en contra y la moral por los suelos. Fue entonces cuando se puso en marcha el mecanismo de los milagros. Bochini agarró el cuero en el centro del campo, combinó con Bertoni y abrió la pelota hacia Biondi, en el mano a mano, Biondi esquivó al portero pero perdió el hueco para efectuar el disparo, por lo que templó el balón al corazón del área, justo hacia el lugar donde apareció Bochini para empalar fuerte, por arriba, haciendo imposible el despeje del defensor que había alcanzado la raya de gol para intentar sofocar la jugada. La grada de Independiente explotó, los cinco minutos siguientes fueron agónicos, pero el rojo ganó el campeonato y Bochini, una vez más, fue levantado hacia el cielo buscándo un lugar en los altares de la historia balompédica.

Y es que Bochini se acostumbró, a lo largo de su carrera, a convertir goles trascendentales. No fue nunca un excelso goleador y, sin embargo, cada vez que veía puerta era para ganar un partido, para abrir una puerta a la leyenda y para poner una esquirla más en su exitoso palmarés. Pocos olvidarán su gol a la Juventus en la Intercontinental de 1973, el gol a Peñarol en la Libertadores del 76 después de driblar a medio equipo rival o sus dos goles a Fillol en la final del Nacional del 78 ante River. Convirtió goles decisivos y ganó tantos títulos que su palmarés parece más un museo que un listado. Cinco títulos nacionales, cinco Copas Libertadores, 3 Copas Interamericanas y 2 Copas Intercontinentales; esa fue su aportación al mito del "Rey de Copas".

Pero, más allá de los títulos, la gente recuerda su forma de jugar, su elegancia, su visión de juego, su capacidad para dominar los partidos. Tanto y tan bien lo hizo que un pequeño tipo de pelo ensortijado le convirtió en su ídolo. Se llamaba Maradona y uno de los placeres que se permitió en sus inicios fue la de compartir cancha con Bochini en aquellos duelos a muerte entre Boca e Independiente. Tanto adoró su fútbol que, tras el agravio sufrido en el 78 y el 82, convenció a Bilardo para que le incluyese en la  lista de los futbolistas que viajarían a México para disputar el mundial de 1986. Allí, en una Argentina entregada a su Dios, Bochini solamente disputó media docena de minutos en los momentos finales de la semifinal ante Bélgica. Saltó al campo por Burruchaga y, al alcanzar la medular, Maradona le recibió con una reverencia, un apretón de manos y una frase inmortal; "Dibuje, maestro".

El maestro dibujó seiscientos treinta y cuatro partidos vistiendo la roja de Independiente y trazó jugadas maestras, cientos de pases de gol y noventa y siete dianas. Todo hasta que en 1991 se vio obligado a decir adiós después de una dura entrada de Erbín en un partido contra Estudiantes. Tenía treinta y siete años y, aunque su cabeza pedía más, el cuerpo le obligó a decir basta. Pasó al otro lado de la raya de cal para sentarse en la grada y sufrir por su equipo. Todos recuerdan hoy a aquel centrocampista pausado que gustaba de jugar andando y dirigir mirando siempre hacia el frente. No fue correr lo suyo, por ello se extrañó en demasía el día que se enfrentó al Ajax y se econtró a un tipo flaco e incansable, apellidado Cruyff, que corría a ciento por hora y combinaba a toda velocidad. "Es rápido", dijo cuando le preguntaron por él; "pero juega bien".

"Juega bien". Aquellas dos palabras eran más que importantes en la concepción del fútbol de Bochini. Él siempre disfrutó el fútbol como un juego y como tal lo dió a paladear. Su sociedad con Bertoni fue maravillosa, ambos dibujaron jugadas de museo, ambos tiraron tantas paredes como muros defensivos derribaron. Llegó con diecisiete años, se marchó con treinta y siete. Dejó veinte años de sueños y realidades. Le llamaron "El Bocha", le recuerdan como un genio, le adoran como un ídolo. Para la gente del rojo, no habrá otro igual.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Antes del gran éxito

Los clubes de fútbol son instituciones centenarias, alzados por miles de almas apasionadas y cimentados por un pasado que, a quien más y a quien menos, ha regalado un pequeño rédito para el orgullo.

El Nottingham Forest es un club de ciento cuarenta y seis años de historia que hoy debate su identidad en la zona alta de la Football League Championship, el equivalente a nuestra Segunda División B. Atrás quedaron aquellos años de gloria en los que McGovern levantó dos Copas de Europa e Inglaterra se dividía en opinión entre el rojo del Liverpool y el rojo del Forest. Fueron los años de Brian Clough, de Shilton, de Roberston, de Anderson. Pero hubo más años, una prehistoria en la que el club fue forjando a hierro su destino y en la que hombres de honor se hicieron un hueco en los corazones de los aficionados del City Ground.

Hubo un tipo que, entre abril de 1959 y octubre de 1965 jugó un total de doscientos sesenta y cinco partidos consecutivos en la Primera División inglesa. Con porte clásico de gentleman inglés, el cabello rubio bien peinado y la espalda erguida, paseaba su figura por los terrenos de juego como si de un divo de barro se tratara. Era un jugador fino, elegante, de juego sin alardes, pero eficaz a la hora de gobernar el centro del campo. Se llamaba Bob McKinlay y entre 1951 y 1970 vistió la camiseta del Forest disputando en total seiscientos catorce partidos; un record para el club y un lugar perpétuo en el museo de la memoria. Le llamaban "el caballero del juego".

Junto al galés Terry Hennessey formó, en el tramo final de su carrera, uno de los centros del campo más recordados del fútbol inglés; uno ponía el recorrido y otro la pausa, uno la llegada al área contraria y otro la protección del área propia, uno decidió buscar fortuna en otro lugar y el otro decidió ser por siempre fiel al color rojo de Nottingham. El mismo con el que había logrado levantar la FA Cup de 1959 tras ganar por dos goles a uno al Luton Town después de jugar durante una hora con un hombre menos.

Y es que la piel del fútbol está forjada por la épica de las grandes actuaciones. Bob Mckinlay, en ocasiones medio centro y en ocasiones defensor central y capitán del Forest durante los convulsos años sesenta, jugó como titular aquella soleada tarde de mayo de 1959. Enfrente, el modesto equipo del condado de Bedfordshire, y por delante el sueño de regalarle un título a la gente de Nottingham después de cincuenta años.

Se adelantaron los rojos con goles de Dwight y Gray y en veinte minutos el pescado parecía estar vendido por completo, pero lo que llegó después fue un ejercicio de épica en estado puro. A la media hora, y con el partido completamente controlado, el goleador Dwight chocó violentamente contra el defensor del Luton Brendan McNally. El diagnóstico fue rotura de pierna y la obligación, para el Forest, de jugar con un futbolista menos. En aquellos tiempos, la FIFA no había modificado las reglas y los equipos no tenían opción a realizar cambios durante el partido por lo que los Tricky Trees hubieron de afrontar los minutos que quedaban con diez futbolistas en el campo.

La defensa resultó casi agónica. David Pacey acortó distancias y el Luton asedió la meta rival con fe, orgullo y energía. El asalto resultó inútil porque enfrente se encontraron a un equipo entregado y a un comandante en el centro del campo. Bob McKinlay se doctoró aquel día y desde entonces se convirtió en un mito para los aficionados del Nottingham Forest. Fue por ello por lo que una fría noche de noviembre de 2002, y después de conocer la noticia de su muerte a los sesenta y nueva años de edad, en el City Ground se guardó el más emotivo minuto de silencio que se recuerda.

Y es que la historia de los equipos de fútbol la escriben aquellos que forjan un sueño y también los que lo hacen realidad. McKinlay no vivió, como futbolista, los días más grandes del Nottingham Forest, pero gracias a él, el equipo subió un peldaño en la escala de los sueños. Es obligatorio saber de dónde se viene para saber hacia dónde se quiere ir.

jueves, 22 de julio de 2010

El jugador que mandó a Junior a la izquierda

Cuando se habla de Junior con los seguidores del Flamengo, es más que posible que observen como más de uno se pone en pie como símbolo reverencial. Hablar de Leovigildo Lins de Gama es hablar del jugador que más veces ha vestido la camiseta rojinegra, es hablar del maravilloso lateral que asombró al mundo en el ochenta y dos, es hablar de uno de los mejores laterales izquierdos de la historia del fútbol. Lo que pocos saben es que Junior era diestro y lo que casi ya nadie recuerda es que la culpa de aquel cambio de ubicación la tuvo un chico de piernas arqueadas y andares cómicos que respondía al nombre de José Leandro De Souza Ferreira y que, para los aficionados que abarrotaban Maracaná cada domingo de partido, era simplemente Leandro. El ídolo.

Muchos aficionados, los que aún retienen en la memoria el asombro palpitante de aquella selección brasileña que bailó la samba en el verano español de 1982, recordarán a Leandro como aquel lateral vestido de amarillo que ocupaba todo el costado derecho, subiendo y bajando, atacando y defendiendo, regateando y regalando, ganando con autoridad y perdiendo con belleza.

Pudo haber tenido una carrera memorable, autoritaria, casi inigualable, pero siempre fue víctima de sus rodillas antes que de las derrotas. Arrastrando una artritis crónica desde que cumplió veinticuatro años, en 1985, seis años después de debutar como símbolo del Flamengo, hubo de reconvertirse a defensa central, ya no era aquel tipo fuerte de sus primeros años, ya no podía correr sin parar, pero podía seguir dando clases magistrales y como comandante de la zaga, guió al Flamengo al campeonato carioca de 1987. Fue casi la penúltima reseña de un tipo nacido para la gloria y que hubo de conformarse con quedarse sin conocer el final del camino.

Los que le vieron, o quizá los que más le adoraron, afirman que durante sus primeros años se había convertido en el mejor lateral derecho que había dado la historia de Brasil. Las palabras no serían tan mayores si no hablásemos del país que parió a Djalma Santos, a Carlos Alberto y que, más adelante, hubo de aplaudir la arrebatadora carrera de Cafú. De lo que no cabe duda, es que fue, y sigue siendo, el mejor lateral derecho en la historia del Flamengo, equipo del que formó parte cuando, a principios de los ochenta, y comandados por el genial Zico, lograron ganar todos los títulos posibles a nivel de clubes. Se puede decir que Leandro formó parte, durante un lustro, del mejor equipo de América y prácticamente del mundo.

Y aquello no fue, más allá de un camino hacia la gloria, si no un sueño cumplido. Desde su humilde residencia de Cabo Frío, Leandro acudía cada semana a Maracaná, acompañando a su padre, para disfrutar de los partidos del Flamengo. Los triunfos pues, se saborean mucho más, cuando se logran en el club que has aprendido a amar desde pequeño. Y fue aquel hincha del club, el joven José Leandro, quien, cuando hubo cumplido treinta y un años y cansado de arrastrar sus rodillas acuciado por el dolor, puso en pie a Maracaná el día que dijo adiós al mundo del fútbol vestido con sus colores de siempre. Habían pasado once años desde que llegó, había sido en 1979 y se había colado como titular en equipo casi invencible. Y se despedía en 1990, como un anciano de treinta años, leyenda de un equipo que se había forjado como inolvidable. Después de vestir durante cuatrocientas once ocasiones la camiseta del Flamengo y durante veintisiete la camiseta de Brasil, se marchó un lateral inolvidable que cedió los trastos a otro tipo inolvidable. Tras Leandro llegó Jorginho, el lateral que revolucionó al mundo con su velocidad. Fue un cambio de cromos, el de un genio por otro. La diferencia entre ambos es que Jorginho abandonó la nave en cuanto se dejó seducir por el poder de los marcos alemanes, solamente Leandro fue One Club Man, el único en la larga historia del Flamengo.