Las manos en los bolsillos, la cabeza agachada y la mirada fija en el suelo. Entró en el viejo mercado tragando saliva, no se atrevía a levantar la frente, avergonzado por el hecho de ser culpable aún sin sentirlo. Por un solo instante arqueó una ceja, levantó la mirada y observó a una señora que peinaba a su hijo con la palma de la mano; una mano que levantó en aspecto inquisitivo, el gesto furioso y el dedo amenazador. “Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.De vez en cuando estiraba los brazos e intentaba atrapar el viento mientras soñaba que atajaba el disparo ratonero de Alcides Ghiggia. A Moacir Barbosa siempre le pareció un disparo fácil, un balón ligero empujado por la brisa, una efímera intención de gol que terminaría palmeada por encima del larguero. Quisiera olvidar el momento en el que volvió la cabeza y vio el balón paseando en el fondo de la red. Por ello caminaba siempre con la cabeza baja y la mirada perdida; sentía vergüenza del tiempo, de las palabras y de su maldito instinto. Nunca pudo arrepentirse de nada porque correr hacia atrás es de cobardes y porque para perder finales primero había que jugarlas.
Habían pasado muchos años y nadie olvidaba aquel gol. No podía hacerlo Barbosa y mucho menos el pueblo brasileño. En la soledad de la tarde, con la penumbra sembrando aciagos recuerdos sobre el sofá de su desgastada casa, el timbre del teléfono le sacó de la inopia. Solamente la sonrisa perenne de su mujer le ayudaba a mirar la vida dos pasos por delante de las añoranzas. Querían hacerle un reportaje. Los ingleses, con sus modernos atavíos y sus sofisticados equipos de televisión querían llevarle a la concentración de la selección brasileña y permitir que el viejo Barbosa saludase a sus paisanos y, de paso, desearles suerte de cara al mundial que se disputaría en Estados Unidos. No llegó a pisar el césped. El viejo Zagallo, antaño lobo de la línea de cal convertido en zorro de banquillo, no quiso ni escuchar su nombre; “Ese gafe no se encontrará con mis chicos. Su presencia es lo que menos necesitamos, solamente queremos buena suerte y Barbosa es lo más parecido a una desgracia”. Regresó a su casa con el alma rota y el eterno recuerdo palpitando a flor de piel bajo su pecho. No hubo reportaje, ni homenaje ni, mucho menos, reconocimiento. Respiró hondo y regresó a su viejo sillón, taciturno, pensativo y con los ojos empapados en incomprensión. Volvió a perderse en la sonrisa de su mujer; una vez más, la vida le obligaba a vivir dos pasos por delante de las añoranzas.
De nuevo el micrófono bajo la nariz, de nuevo el periodista midiendo el aguante de la víctima y de nuevo Moacir Barbosa forzado a reinventar su paciencia. “Si no hubiese aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”. Vuelta al suspiro, vuelta al recuerdo y vuelta a la exculpación; viviendo en pecado sin haberlo cometido, buscando la redención entre un circo de miradas inquisidoras. “No fue culpa mía”, vuelve a repetir. “Éramos once”.
Filigranas de la vida; le condenaron por un campeonato perfecto. Barbosa murió en vida la tarde del dieciséis de julio de mil novecientos cincuenta, minutos antes de que le concedieran el trofeo como mejor portero del mundial ¿El mejor portero del mundial culpable de todo? Imposible. Es la misma afirmación que defendió hasta el día de su muerte. “Imposible”, volvió a repetir la noche del siete de abril del año dos mil, mientras sus ojos se cerraban para siempre y el semblante descansaba, por fin, tras cincuenta años de amargura. La prensa brasileña se hizo eco de la triste noticia reflejando un titular: “La segunda muerte de Barbosa”. Ilustrativo, explicativo, emotivo, injusto.
Durante décadas, y aún hoy para la mayoría de brasileños que sobrevivieron al tiempo y al desastre, aquel mundial no lo perdió Brasil sino que lo perdió Barbosa. Es la sensación que quedó en el aire y contra la que tuvo que luchar el viejo portero durante toda su vida. Cariacontecido, se sentaba en cualquier banco del parque y observaba el vuelo de los pájaros. En cierto modo, él había sido como ellos, un soñador con alas, un Ícaro que voló demasiado alto y no supo atajar la pelota en el vuelo más rasante.
Había atrapado todas menos una. Por arriba, por abajo, en duelo directo y en disparo lejano, cabezazos a bocajarro y despejes desafortunados, colocados y mordidos, rectos y curvos. Incluído aquel penalti detenido a Labruna en el cuarenta y nueve y que había coronado a Vasco como campeón sudamericano. Había sido el mejor portero de Brasil; el mejor de la época, el mejor de siempre.
El presidente de la federación le llamó a su despacho, había llegado la hora de la jubilación y Barbosa tomó sus bártulos para despedirse por siempre de Maracaná. El mismo estadio que le condenó para siempre había sido su lugar de trabajo durante los últimos cuarenta años. El césped bien cuidado, el material siempre repuesto, los vestuarios adecuados para los futbolistas, las gradas dispuestas para los aficionados. Regates del destino, defenestrado primero y condenado a cuidar el estadio después. En su último día de trabajo en el estadio más grande del mundo le ofrecieron la portería maldita como regalo y Barbosa reunió a los pocos amigos que le quedaban para ofrecerles un ritual. Tomó los dos postes, el larguero y la red y prendió fuego a sus males y sus recuerdos en el patio de su casa. Creyó espantar los malos espíritus, más solamente borró una pequeña gran parte de la historia del fútbol.
Repudiado en las concentraciones, señalado en los mercados y expulsado de los bares donde intentó tomar una taza de café acompañada de nostalgia. Barbosa terminó muriendo solo y sumido en la pobreza. Incomprendido y triste, desamparado y desconocido. Poco antes de caer en el sueño eterno dejó testamento de sus pesares delante del último micrófono que visitó su aposento: “En Brasil, la pena mayor de cárcel que establece la ley es de treinta años. Yo hace casi cincuenta que pago por un delito que no cometí”.







