viernes, 20 de abril de 2012

Capitán en el milagro

A menudo nos preguntamos qué hubiese sido de nosotros mismos si algún acontecimiento inescrutable se hubiese interpuesto en nuestro camino. Igual que en nuestras reflexiones existen lugares para la imaginación, el mundo está lleno de tipos que crecen agarrados al talento y entorpecidos por una barrera temporal. A Friedrich Walter le frenó la guerra y, aún así, fue capaz de convertirse en leyenda en plena madurez física. Seis años después de su último partido, y cuando todos dudaban de su capacidad para reponerse a las heridas psicológicas del conflicto, el gran capitán regresó a las canchas y lo hizo a lo grande: ganando partidos, anotando goles y dejando una impronta inolvidable. Fritz Walter fue el jefe del fútbol alemán durante tanto tiempo que, años después de su retirada, y hasta la explosión de Beckenbauer, la memoria seguía buscando un sustituto donde solamente había una promesa.

Hoy en día resulta fácil recurrir a nombres tan ilustres como el propio Franz Beckenbauer, o como Overath, Netzer, Schuster, Matthaus y Effenberg; pero probablemente ninguno de ellos hubiese existido como estrella universal sin la aparición de Walter en una Alemania decaída y deprimida. Antes de ser capitán en el milagro, Walter pasó dos años como prisionero de guerra en un campo de concentración soviético y aquello le sirvió para conocer el verdadero valor de los sueños. Regresó al fútbol cuando los tratados dividieron Alemania en dos títeres en manos de los dueños del mundo y solicitó el brazalete de capitán que por derecho le correspondía. En la fría primavera de 1954, la selección de Alemania occidental se concentró en el alpino pueblo de Spiez, junto al Thun, y cocinó un espíritu que les condujo a la leyenda. Fueron días largos, intensos y dolorosos en los que, cada mañana, Sepp Herberger, legendario seleccionador alemán, acudía a la habitación de Walter para ponerle una mano en el hombro y la boca junto al oído para recordarle "ha llegado tu tiempo, Fritz".

Pero el mito de Friedrich Walter comenzó a forjarse muchos años antes de aquella concentración previa al mundial que se celebraría en Suiza. Sus padres, quienes regentaban el bar que había bajo la estructura del viejo estadio Betzenberg en Kaiserslautern, dejaban a los pequeños Fritz y Ottmar jugar en el césped, previo permiso del club, una vez habían terminado los entrenamientos del primer equipo. Lo que en un principio había sido un juego de niños se convirtió en una firme promesa con visos reales de convertirse en una auténtica sensación. Los niños no sólo pateaban la pelota, sino que jugaban al fútbol como los ángeles. No tardaron en formar parte de las categorías inferiores del club y no pasaron muchos años antes de debutar con el primer equipo del Kaiserslautern. Los hermanos, quienes jugarían juntos durante toda sus carreras, se convirtieron en la insignia de un modesto club que apuntaba a perdedor y se convirtió en el dueño del corazón de miles de ciudadanos. En la época en la que Alemania carecía de un campeonato nacional, los hermanos Walter se ganaron el respeto de un país que seguía con entusiasmo, en el periódico del lunes, el devenir de los campeonatos regionales. Y más adelante, cuando Alemania ya era una potencia reconocida con una liga competitiva, Fritz Walter se convirtió en dueño de los designios de su equipo hasta el punto de que el equipo de Kaiserslautern no era reconocido en la prensa como tal, sino como "los once de Walter".

No en vano, el Kaiserslautern ganó sus dos primeros títulos de liga en 1951 y 1953 con Walter al frente de las operaciones. Su larga zancada, visión de juego y llegada a gol le convertían en ídolo de masas y, fuera del terreno de juego, su elegancia y humildad le convertían en el yerno que toda madre quisiera tener. Era tan querido y admirado que en una de las escuelas de la ciudad, un profesor se sentó frente a sus alumnos tras pedirles que redactaran un escrito sobre uno de sus personajes preferidos. Huelga decir que la gran mayoría de la clase optó por hablar de Walter y, sirva como ejemplo de su universalidad, el comienzo de la redacción de un alumno que fue enmarcada en los pasillos del estadio Betzenberg y que comenzaba diciendo que "Fritz Walter fundó la ciudad de Kaiserslautern". Parecía como si el pasado de la ciudad, que se remontaba a la Edad Media, no le importase a nadie y que la vida, la historia y la emoción hubiese nacido el día en el que Fritz Walter vistió por primera vez la camiseta del primer equipo. Pero, tras consagrarse como profeta en su tierra, a Walter le quedaba un último paso; se había convertido en leyenda de su ciudad, aún le quedaba el reto de convertirse en leyenda de toda Alemania.

Y el milagro ocurrió en Berna y fue por ello que todos lo bautizaron así, como "el milagro de Berna". El reto era doblemente duro: por un lado, se trataba de vencer a todos los miedos y, por el otro, se trataba de vencer a la impresionante selección húngara dirigida por Gusztáv Sebes. Alemania, que hasta entonces había mirado al fútbol con desconfianza, reprobándolo por haber sido ese infausto deporte ideado por los ingleses, se convirtió, de la mañana a la noche, en una de las naciones más futboleras del planeta. Y en ello llevan desde entonces. Aquel espíritu de Spiez que se fraguó en las montañas suizas sigue vivo hoy en cada generación de alemanes que se asoman al mundo para competir en el alto nivel. Podrán ser más rudos, más técnicos, más veloces o más físicos, pero lo cierto es que los alemanes son terriblemente difíciles de vencer. Y gran parte de culpa de aquello la tienen aquel grupo de intrépidos alemanes que vencieron al miedo y a Hungría en una final histórica que dejó a todos con la boca abierta. David venció a Goliat porque hubo fe y porque hubo un tipo que les capitaneo hacia la gloria.

El capitán en el milagro se consagró en un mundial y falleció, cuarenta y ocho años más tarde, mientras se disputaba un nuevo mundial en el que Alemania estuvo a paso de volver a consagrar una sorpresa. Mientras la selección alemana más hosca que se recuerda se plantaba en la final del verano japonés, el país lloraba la muerte del primer gran líder de su fútbol. Walter ganó un mundial para alemania y anotó más de trescientos goles a lo largo de su carrera, casi todos ellos vistiendo la camiseta roja del Kaiserslautern. Como para no estarle agradecido. El tributo tuvo nombre y forma de estadio de fútbol. Desde entonces, el viejo estadio Betzenberg, fue bautizado con un nombre de guerra, el de "Fritz Walter stadium". Los monumentos al fútbol son la mejor manera de honrar la memoria de los grandes hombres que escribieron sus páginas más gloriosas con un balón pegado al pie. En el recibidor del estadio, junto a cientos de recuerdos que rememoran los mejores días del club, una estatua contempla al visitante con la mirada firme y un balón junto al pecho. Si alguien se olvida de hacerle una reverencia, estará olvidando la liturgia del respeto. Aquel hombre enseñó a ganar a los alemanes y, desde entonces, el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania.

lunes, 16 de abril de 2012

Los caprichos del destino

El destino es caprichoso porque mantiene escondido su baúl de los recuerdos particular. De vez en cuando saca la memoria a pasear y desenvaina una afrenta pendiente para ponernos cara a cara contra nuestros propios pecados. En la manera de asimilar el reto está el verdadero valor de la persona; la personalidad marca una casilla entre dos opciones: se puede pedir perdón y llorar por el error o se puede apretar los dientes y demostrarle al mundo que nuestra locura tuvo una razón de ser.

Fernando Torres emigró a Inglaterra para ganar títulos y, desde entonces, no ha disputado ni una sola final. Han pasado cinco años desde que el niño partió de casa para hacerse un hombre y aún no ha sido capaz de cumplir ninguno de sus sueños. Quizá porque no fue consciente de que el verdadero sueño de cualquier futbolista debe ser el de convertirse en referencia memorial de cualquier institución. De haber permanecido en Liverpool, quizá no hubiese tenido opción de disputar un gran título, pero hubiese coleccionado un buen puñado de recuerdos a flor de piel nacidos de la garganta de cualquier scouse y, quizá, un monumento al gol erigido por un puñado de aficionados agradecidos al esfuerzo. En lugar de la inmortalidad, Torres optó por la materialidad. Y en el viaje de vuelta hacia sus sueños tampoco encontró el premio qué el hubiese esperado.

Pero el destino le guardaba una penúltima carta boca abajo en su particular partida contra la gloria. Ayer el Chelsea se clasificó para su primera final en dos años y la parca del destino le deparó al Liverpool como rival en la afrenta. Los reds han agotado todas sus opciones en busca de sus dos finales particulares y, a costa de un particular desierto de desidia en liga, han logrado sus objetivos preferenciales. Y enfrente estará Torres, el niño al que adoptaron como "The Kid", el "number nine" que resonó en las gradas de Anfield durante cuatro años y el tipo que abandonó un amor para buscar un título. Aquí está su final. Sus dos equipos frente a frente y el error y el acierto, pendiendo de un hilo como la espada de Damocles. Solamente el destino dilucirá el resultado. Ese caprichoso destino que ha puesto a Torres cara a cara contra sus propios pecados.

jueves, 12 de abril de 2012

Irrepetibles

Irrepetibles son los momentos que generan más asombro y que quedan guardados en la retina de la memoria colectiva. Irrepetibles son el espectáculo garantizado, los goles a ritmo de record, la seguridad de una victoria por la vía del aplastamiento y dos equipos que se han situado en lo más alto del escalón histórico. La liga se parte en dos, por debajo, juegan dieciocho ilusos que taparon sus bocas el día que firmaron un contrato que les ligaba para siempre a la esclavitud. Ahora les toca mirar desde abajo como los dos grandes se comen el pastel y, mientras las migajas caen debajo de la mesa, se pegan vilmente entre ellos por un trozo de bizcocho equivocando el enemigo y el objetivo.

La liga española ya no existe como tal. Se ha convertido en la merienda de dos monstruos de once cabezas que devoran plusmarcas y trituran rivales con puño de acero. La cuestión deriva, más que en la continuidad, en la repetición de los momentos ¿Volverá nuestro fútbol a vivir el esplendor de los dos mejores futbolistas del mundo? Messi y Cristiano son dos genios voraces que aplican el famoso artículo treinta y tres ideado por el maestro Montes: "Hago lo que quiero, donde quiero y como quiero". No hay respuesta. Ni siquiera tiempo para inquirir. Ellos disparan y después preguntan. El parte de daños suele ser tan dramático que se acostumbra pasar página y agachar la cabeza en modo de resignación. Ya todos dan por perdidos sus duelos y, aunque tengan un momento de lucidez en mitad del miedo, son mayoría los que acaban hincando la rodilla y mostrando pleitesía a los amos del mundo. Lo de estos dos tipos no tiene parangón.

Cuarenta goles uno y treinta y nueve el otro con seis jornadas aún por delante. Atrás quedaron aquellos records imposibles de Zarra y Hugo Sánchez. Este es un duelo al sol que pinta de oro y brillantes la zona noble de la liga. Por debajo todos miran, suspiran y hasta terminan aplaudiendo. Por delante les queda el reto de ganarlo todo, una vez más, y de volver a mirarse a los ojos para volver a cruzar una apuesta ¿Serás capaz de batirme? Los dos se saben ganadores y de su ambición viven sus equipos. Un momento repetible rubricado por dos tipos irrepetibles. Pasará el tiempo y los equipos seguirán engrosando su palmarés, pero cuando ellos ya no estén buscaremos en el futuro lo que solamente existió en el pasado. No volveremos a ver algo igual en mucho tiempo. Seguramente, no lo volvamos a ver.

miércoles, 4 de abril de 2012

La otra mano de Dios

Todos recordamos aquel gol precedente a la gran galopada del siglo XX. En un balón suelto, punteado por Valdano y prolongado por un defensor inglés, Maradona saltó menos que Shilton pero encontró un arma para trampear la definición. Cuando le preguntaron por aquello, el Diego recurrió a que no había sido su mano, si no la de Dios, la que había ayudado a la nación Argentina en su particular venganza deportiva contra la Inglaterra que, no hacía mucho, les había infringido una humillante derrota militar.

Argentina y, por supuesto, Maradona, regresaron al gran escenario cuatro años más tarde. Aquel era un equipo demasiado "bilardeado" como para tomárselo en broma. Entre miradas por encima del hombro y supuestas superioridades, terminaron la primera jornada con un revolcón doloroso ante la espectacular Camerún liderada por Roger Milla. Y ante aquella perspectiva, el segundo partido, a disputar ante la Unión Soviética, uno de los mejores equipos europeos en liza, se presentaba como una batalla a vida o muerte.

En aquel partido, y en el escaso intervalo de tres minutos, ocurrieron dos hechos que maracarían a fuego la historia de aquel aburrido mundial. En una jugada de ataque soviético, un balón en profundidad llega a Pumpido, meta argentino, con ventaja, pero tiene la mala suerte de chocar en su salida con su compañero Olarticoechea rompiéndose la tibia y el peroné. Lo que pudo haber supuesto una tragedia se convirtió en el principio de la consolidación de un fenómeno; su sustituto, Goycoechea, se convertiría en heroe nacional durante aquel mes de julio después de detener media docena de penaltis a yugoslavos e italianos en dos tandas teñidas de drama.

El córner que derivó de la jugada en la que Pumpido salió lesionado acabó en otro saque de esquina. La URSS lo sacó al primer palo y el remate fue manso, pero venenoso. En el primer palo, y cubriendo la jugada, se encontraba Maradona quien, a contrapié, se encontró el balón encima y sacó a pasear la mano para despejarlo y comprobar, aliviado, como el árbitro hacía la vista gorda.

Aquel penalti y expulsión hubiese mermado a Argentina. De no haber ganado aquel partido, los argentinos hubiesen quedado apeados en la primera ronda y el mundo hubiese perdido tres o cuatro imágenes impagables que nos dejó el recuerdo de aquel verano italiano. Aquella jugada mágica ante Brasil en cuartos, aquellas paradas de Goycoechea mientras fijaba la mirada en el lanzador rival y aquellos insultos a voz en grito ante los miles de italianos que silbaban el himno argentino.

Maradona no sólo tuvo una mano divina, y de no haber sido así, quizá la izquierda, la de México, hubiese sido la de Dios y la derecha, la de Italia, hubiese sido la del diablo.

viernes, 30 de marzo de 2012

La tormenta del león

Las gestas que se convierten en leyendas son aquellas que se escriben con letras mayúsculas. La emoción del momento es la encargada de hacer florecer los epítetos y de hacer expresarse a las hipérboles, la capacidad de emocionar solamente está en manos de los héroes y héroes son aquellos que guardan en la memoria las palabras de quienes les animan para devolver, con esfuerzo y orgullo, el precio de todos los sueños pendientes de cumplir.

El Athletic de Bielsa es un equipo de héroes. Si alguien dudaba del camino alisado, sin apenas trampas, que había encontrado en su ruta hacia la final de la Copa del Rey, nadie ha de discutir sus méritos a la hora de analizar su tránsito por la competición europea. Después de liderar un grupo frente al milmillonario equipo de París y al cienmillonario equipo de Salzburgo, se embarcó en la aventura de las gestas liderando una nave pirata dispuesta a conquistar todos los reinos prohibidos. Ganó la batalla de Inglaterra con descaro cuando todos aconsejaban prudencia y ganó la batalla de Alemania con arrojo cuando todos aconsejaban paciencia. Bielsa ha desatado una tormenta y no hay Raúl ni Rooney capaz de detener el huracán. Capitanes de otro tiempo que aún perduran en los libros del presente gracias a su arrojo, corazón y sabiduría, pero que tuvieron que claudicar ante el trueno del león. El Athletic no sólo ruge. También muerde. Y después, devora.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Pichichis: Bata

La historia del Athletic de Bilbao está forjada gracias las hazañas de un puñado de héroes y a los goles de una docena de magníficos rematadores. Uno de ellos, Bata, esculpió un mosaico de cuatro ligas, cuatro copas de España y un centenar de goles. Un delantero fornido que tenía un martillo en cada pierna y un cañón en la cabeza. Un tipo que fue máximo goleador en la temporada 1930-31 anotando veintisiete goles en diecisiete partidos. La media es sorprendente.

Al pequeño Agustín le llamaban "Bata" porque siempre iba ataviado con esta prenda, regalada por su madre para que anduviese con ella en casa con el fin de no ensuciar el resto del vestuario. Y es que, como miembro de una familia de clase trabajadora, el pequeño no contaba con más vestimenta que la de diario y la de los días de guardar y tanto una como otra debían aguantar varias temporadas, ya fuese invierno, verano o época escolar.

Las hazañas del joven Bata no pasaron desapercibidas en su pueblo, Baracaldo, y pronto fue reclutado por el club grande de la provincia, el poderoso Athletic. Allí, en pleno corazón de Bilbao, y vistiendo la zamarra roja y blanca, jugó durante siete temporadas dejando un record, aún no superado, en liga, de cero con noventa y dos goles por partido disputado. Casi un gol por actuación. Record que podría haber aumentado si la guerra civil no hubiese puesto freno a su sueño y le hubiese dejado seguir disputando partidos. Tenía veintiocho años y un centenar de goles más guardados en el cajón de las promesas. En su mejor momento, tuvo que dejar de jugar al fútbol.

Al terminar el conflicto, la edad y la baja forma le obligaron a dejar la élite. Regresó a Baracaldo e ingresó en el club que le había visto nacer como futbolista. Allí dio sus primeras patadas y allí anotó sus primeros goles. Fueron tantos que hubo un día que alguien tuvo a bien bautizarle como "El terror de San Mamés". Y es que en sus desmarques vivía la auténtica antesala de la pesadilla. Apenas hubo un defensa capaz de frenar su ímpetu. Fueron días de vino y rosas, días en los que, formando cuadrilla con Lafuente, Irigorri, Chirri y Gorostiza, el Athletic se convirtió en un equipo imparable. El tiempo les consolidó como la "primera delantera histórica", haciendo énfasis en que, antes de aquellos mosqueteros que más tarde sublimarían el fútbol, hubo otro grupo de futbolistas igual de geniales e incluso más letales.

El momento culmen en la carrera de Bata llegó en la décima jornada de la liga 1930-31. En el ecuador del campeonato se enfrentaban dos gallitos en San Mamés. El Ahtleti ganó al Barcelona por doce goles a uno marcando un registro no igualado hasta hoy al igual que el marcado por Bata, quien anotó siete goles en ese mismo encuentro. Son cifras que hablan bien claro tanto del personaje como del equipo bilbaíno; una auténtica máquina de picar carne. Aquellas actuaciones sirvieron para que al joven Bata le apodasen "el león enfurecido"; era el líder de la manada, el hombre capaz de destrozar todas las marcas y de ganar todos los partidos. Pese a sus cifras goleadores, que ascendieron a ciento ocho goles anotados en ciento dieciocho partidos disputados en la liga española, Bata tan sólo fue internacional en una ocasión. Y es que, en años en los que las selecciones nacionales apenas disputaban tres o cuatro partidos por temporada, la competencia era brutal y Bata tenía que ganarse el puesto nada más y nada menos que con el irundarra Luis Regueiro y con el ovetense Isidro Lángara, auténticos mitos del fútbol español.

La llama de Agustín Sauto Arana se apagó en el verano de 1986. Tenía setenta y ocho años y un millar de recuerdos en la memoria. Comenzó siento Agustín, más adelante fue Sautu y, definitivamente, ingresó en la historia como Bata, el goleador implacable. Un tipo letal en el área, fino en la conducción, elegante en el control, rápido en el desmarque y certero en el remate. El puente de unión entre Pichichi y Zarra, el hombre de entreguerras que situó al Athletic en lo más alto del panorama futbolístico nacional. La historia de los grandes clubs, se escriben con letras mayúsculas gracias a jugadores mayúsculos.

lunes, 26 de marzo de 2012

Qatar 1995

A menudo se habla de generación perdida cuando se quiere hacer referencia a un lapsus temporal en el que una institución o una nación han atravesado por un desierto sin oasis al que aferrarse. A menudo, cuando el talento desaparece de nuestra vista y nuestra única esperanza es el esfuerzo, nos entregamos a la excusa como atajo más rápido hacia el olvido. No fue así en el mundial juvenil celebrado en Qatar en el año 1995 en el que España se presentó con un equipo repleto de jóvenes promesas que, años más tarde, escribirían páginas  gloriosas en la historia de sus clubes. Allí hubo una delantera formada por Etxeberría, Morientes y Raúl, un centro del campo liderado por Iván De la Peña y escoltado por Roger y Toni Velamazán y una defensa en la que Michel Salgado hacía kilómetros y César y Cuartero se repartían la tarea de frenar a los delanteros rivales. Un equipazo, vamos. Un equipazo que no fue capaz de alcanzar la final. A veces, en lugar de hablar de generaciones perdidas, quizá sea más conveniente hablar de generaciones malgastadas. Aquel equipo perdió contra una Argentina menor en semifinales y, un año después, ya con muchos de sus futbolistas como destacados miembros de los equipos más punteros de la liga, volvieron a ser humillados por una Argentina más señorial en los Juegos Olímpicos celebrados en Atlanta.

Algunos culparon a Goicoecha de manera directa y a Clemente de manera indirecta. La relación del cuerpo técnico de la selección con el aficionado venía de más a menos y la prensa tampoco ayudaba en nada a la reconciliación. Aquel fue un fracaso demasiado sonado y demasiado mal aceptado por nuestro orgullo. Perdimos la oportunidad de ser finalistas ante un equipo en el que su máxima figura era un tal Walter Coyette al que algunos quizá recuerden por su efímera estancia en el Leganés un par de años más tarde. Y, como desconsuelo, tampoco pudimos ser cuartos al perder la final de consolación ante una Portugal en la que Dani (ese que destrozó la vida de los atléticos en una tarde de abril) tiraba del carro con todos sus pros y sus contras.

Quizá fue la mala suerte en el momento más puntual. España fue el equipo más goleador del campeonato y el que mejor juego desplegó hasta que le llegó la hora de la verdad. La primera hora de partido ante Argentina fue muy buena, pero le faltó oficio para rematar. Ese oficio que con el tiempo hemos aprendido y que no es otra cosa que saber aprovechar el momento. España fue campeón cuatro años más tarde con un equipo con menos nombre y más empaque. Aquella fue la historia de tres tipos que mandaban en la portería, en el área y en el campo. Casillas, Marchena y Xavi. Tres campeones del mundo que ya habían aprendido a serlo. Aquella es otra historia y a ella recurriremos cuando llegue el momento.

jueves, 22 de marzo de 2012

El Mózart del fútbol

El fútbol está lleno de historias que, de pura tristeza, se convierten en los más bellos cantos poéticos al deporte. El fútbol lo han escrito genios, tipos duros y, sobre todo, tipos valientes. Hubo un tiempo en el que los futbolistas, los ciudadanos y los soñadores creyeron poder vivir en libertad, hubo un tiempo en el que el dolor se convirtió en lágrimas, las lágrimas en miedo y el miedo en desesperanza. Hubo un tiempo en el que las calles de Viena se llenaron de gente para despedir a un tipo que desafió al orden establecido y decidió que prefería morir de pie a morir arrodillado.

La historia del mejor jugador austriaco se escribe con números, con palabras y con hechos. Matthias Sindelar vistió durante cuarenta y cuatro ocasiones la camiseta blanca de la selección de Austria y anotó veintisiete goles, se levantó en un discurso temerario contra las imposiciones nazis y se escondió entre callejones para escapar del horror cuando Hitler había puesto precio a su cabeza.

Allí, en la clandestinidad, y abrazado a quien sería su gran amor, Camila Castagnola, tuvo tiempo de mirar atrás y rememorar los días en los que fraguó su genio en las calles del barrio judío de Viena. Allí, entre latas, piedras y barro, jugaba a sortear amigos con una pelota de trapo. Eran tan asombrosos sus regates que le apodaron "hombre de papel"; era como si un papel, conducido por el viento, se filtrase entre las piernas de los rivales que jugaban con él a soñar en grande cada domingo de descampado. Eran días felices, de infancia e inocencia, de hambre y sudor, de pasión e incertidumbre. Fueron los días en los que se convirtió en futbolista. En un maravilloso futbolista.

Y pudo rememorar aquel día en el que les reunieron a todos por última vez y les dieron la camiseta de la selección nacional. La consigna era clara: "Este partido lo debemos perder". No podían anotar ni un solo gol. El Führer lo observaría todo desde el palco y no tenían motivos para disgustarle. Aquello debía ser una demostración más de la superioridad alemana sobre el resto de Europa. Austria ya no era Austria, sino una provincia alemana, la Marca Oriental, y, por lo tanto, todos sus ciudadanos le pertenecían, incluido los futbolistas y, por ello, antes de que cambiaran de escudo y aprendiesen a saludar con el brazo en alto, se les concedió el honor de un último partido ante los nuevos dueños de su destino. Pero Sindelar se lo tomó en serio. Tras una primera parte en la que se dedicó a humillar a cuantos alemanes se cruzaban en su camino, decidió tomar la directa con el pitido que daba comienzo al segundo acto y tornó las filigranas en arte competitivo. A los cinco minutos le sirvió en bandeja el uno a cero a su compañero Karl Sesta y cinco minutos después fue él mismo quien sentenció el partido con un gol de museo. Su reacción posterior quedó como símbolo imperecedero grabado en el recuerdo de quienes jugaron aquel partido y reflejado para siempre en los libros de historia. Matthias Sindelar, el hombre de papel, se acercó a la línea de cal, desafió a Hitler con la mirada y bailó un vals. El último vals.

Cuando, abrazado a su amada Camila, rememoró aquel instante, no pudo evitar una penúltima sonrisa de satisfacción. El monóxido de carbono invadía la estancia y, mientras se fundía en un dulce sueño camino a la eternidad, volvió a repasar su vida y se sintió orgulloso de no tener que arrepentirse de nada. Había sido el niño prodigio que murió como un héroe, un hombre de papel que fue Mozart del fútbol debido a su precocidad y talento. Había debutado con quince años en la primera división austriaca y con dieciséis ya marcaba goles con la selección nacional. Fue miembro estelar del Wunderteam de Hugo Meisl, probablemente el primer precursor de la inmortal escuela de buen fútbol que ha desembocado en la actual selección española, y fue el único hombre capaz de sacar a Austria de su letargo y su subordinación. El día de su entierro, cuarenta mil paisanos acompañaron su cortejo fúnebre por las calles de Viena. Ni los nazis pudieron evitar aquella marea humana de dolor y respeto.

En el estadio del Austria Viena aún quedan recuerdos de su pasado; alguna placa, algún busto y las palabras de los últimos aficionados vivos que le vieron jugar. Ellos recuerdan la fantasía de sus primeros días y el valor de sus últimas decisiones. Sindelar fue el hombre que se burló de Hitler y a cuya cabeza pusieron un alto precio. En lo que no se ponen de acuerdo es en el motivo de su muerte; los románticos creen que prefirió el sucidio antes que la abdicación, los desconfiados piensan que un compañero le delató y le asfixiaron a traición, y los más realistas piensan que le asesinaron a sangre fría y escondieron el verdadero motivo de la muerte para disfrazarla de accidente. Solamente así pudieron darle un funeral con honores. El último día en el que los judíos de Viena salieron a la calle antes de verse forzados a caminar en masa hacia los campos de concentración que simbolizaron el holocausto nazi. Sindelar murió antes de verse hacinado en un campo de exterminio, pero la suya fue la primera de muchas muertes injustas. Conviene recordar la historia de estos hombres porque conocer los errores del pasado ayuda a convencerse de que no debemos repetirlos.

miércoles, 14 de marzo de 2012

El matador

Era un futbolista brutal, imparable, con un tren inferior poderoso y un cuerpo de atleta que le convertía feroz en el choque e intratable en el cuerpo a cuerpo. Tenía olfato y tenía raza; el gol en la sangre, el disparo seco siempre en la punta de la bota, el cabezazo poderoso elevándose por encima del defensor, el regate eléctrico antes de afrontar el disparo decisivo.

Marcó muchos goles y en cada celebración enseñaba los dientes apretados y la alegría controlada, siempre pensaba en la próxima ocasión de gol, en el siguiente gol, en la siguiente victoria. Fue el murciélago del escudo del Valencia cuando la liga estaba demasiado centralizada como para atrever a toserla. Se reivindicó como estrella en un momento y en un lugar que parecían equivocados, pero su espíritu competitivo fue más allá de los pronósticos. Le ganó una Copa al Madrid en su ciudad y puso Valencia en pie al igual que ya lo había hecho con toda Argentina.

Fue el hombre gol de un país que soñaba con ser libre y que enseñó al mundo la fuerza que movía su pasión por el fútbol. Seis goles decisivos en aquel mundial del setenta y ocho que le coronó como el mejor goleador del planeta. No hizo sino cumplir con todo aquello que venía prometiendo desde que, siendo casi un adolescente, se enroló en las filas de Rosario Central para debutar en la primera división argentina y ganarse un nombre a base de goles.

Marcó tantos que perdió la cuenta. Tenía un mano a mano feroz, un martillo en la izquierda, y siempre encontraba la manera de quitarse de encima a los defensores y de colarle el balón a los porteros. No era un virtuoso de la técnica pero, por momentos, parecía imparable. Inalcanzable en los últimos metros, letal en el área grande. Dejó Valencia para viajar por el mundo cuando su cuerpo se convirtió en el de un exfutbolista, pero aún le cabían goles en la mochila. Conoció otras ligas y otras ligas conocieron el nombre de Mario Alberto Kempes porque hubo pocos embajadores del gol tan incansables como él.



lunes, 12 de marzo de 2012

El otro gol de Kiko

Todos recordamos hoy el saque largo de Molina, el fallo de Tomás, el defensor del Albacete, que se come el bote, el control de Kiko, la orientación hacia su pierna mala y el disparo cruzado ante Plotnikov. Aquel gol sellaba un partido, un título y un doblete. El tiempo enmarca momentos como imprescindibles, pero a medida que transcurre, se va dejando otros, tan importantes como aquellos, en el cajón de las cosas perdidas. Dos semanas antes de la fiesta del doblete, en un domingo soleado de primeros de mayo, el Atlético agonizó hasta última hora en un partido que, a priori, parecía fácil ante un Salamanca deshauciado. Fue aquel día en el que Jesús Gil acusó a los jugadores del club charro de haberse vendido por un plato de lentejas. Es posible que hubiese habido prima, pues el Atlético tuvo el partido en latín. Empezó ganando pronto pero pronto comenzó a recorrer un runrrún por cada asiento de la grada, las sensaciones no eran las mismas que se habían percibido durante el resto de la temporada y la catástrofe sobrevoló el Calderón cuando Ovidiu Stinga empató en el ecuador de la segunda parte. A raíz de ahí llegó un quiero y no puedo del Atlético; balones cruzados que se perdían en manos del portero, combinaciones fallidas y ansiedad en el rostro de cada uno de los futbolistas. El Valencia, que había ganado su partido, se ponía a dos puntos con dos jornadas aún por delante. Todos pensábamos en aquello que nos habían contado de una leyenda de un pupas hasta que un ataque en estático más llegó a los pies de Roberto Fresnedoso que volvió a repetir acción. Balón cruzado a la frontal del área, Caminero la peina a duras penas y Kiko se encarga del resto. El movimento de bailarín le define como futbolista: control con el pecho, aguante de embestida, media vuelta, regate en corto y disparo cruzado. El estallido del Calderón explicaba la tensión que cada uno de los espectadores tenía guardada. Basta ver la reacción de Gil para darse cuenta de la importancia del gol. El Atleti celebró la liga en un partido contra el Albacete, pero realmente la ganó aquel doce de mayo con un gol de Kiko a cuatro minutos para el final.