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viernes, 8 de junio de 2012

Nigeria 1999

Siempre hay un primer momento para todo; para esa primera impresión que te casará con el destino, para esa tarea pendiente en el filo de los sueños, para ese reto contigo mismo en pos de demostrar tu valía y también para ese cambio de estilo que te convierta en diferente para el resto del mundo. La selección española de fútbol dio un paso definitivo en el verano de 2008, allí, en Viena, y mientras los sueños volaban por el aire acariciando la realidad, España dio una impresión fastuosa, culminó su tarea con eficencia, superó sus retos y cambió el estilo para dejar de ser furia y quedarse simplemente en La Roja. Pero aquel proceso de deconstrucción comenzó mucho antes, en una luminosa primavera africana nació el gen ganador que nos situó, por derecho, en la cima del mundo once años más tarde. En África comenzó el proceso y en África se cerró el círculo.

No tenía mal equipo aquella España juvenil que se presentó en Nigeria para disputar el campeonato mundial de la categoría en 1999. Allí estaban Marchena, que hizo carrera en Valencia y fue padre en un vestuario de campeones, Orbaiz y Yeste, cuyos nombres serigrafiaron miles de camisetas en Bilbao, Barkero, de cuya clase aún disfrutan los aficionados del Levante, Gabri, que recorrió el mundo en busca de la oportunidad que perdió en Barcelona, o Valera, cuyo gol al Barça con la camiseta del Betis dio la vuelta al mundo en ochenta días. Pero por encima de ellos había dos tipos que aglutinaban en su cabeza todo el éxito posible.

Casillas ya había debutado como portero en el primer equipo del Real Madrid. Se adivinaban reflejos de felino, personalidad de líder y categoría de primer espada. Alternó la titularidad con Aranzubía e inició su particular rosario de milagros en aquel agónico partido de cuartos frente a Ghana. Solamente hay que ponerse en situación; cuartos de final, tanda de penaltis y un mal fario que nos persigue de por vida. Pongan enfrente a Ghana o a Italia, el momento vale más que el rival. Pongan en la portería a Casillas. Ahora abran los ojos y visualicen el milagro.

Xavi también había debutado como titular en el primer equipo del Barcelona. Su camino fue mucho más espinoso. Por delante tenía al gran capitan Guardiola, el tipo que lo acaparaba todo; los focos, el vestuario, el juego y el estilo. Le nombraron sucesor y le tiraron a los leones. Pero Xavi no era Guardiola, no tenía su estatus periférico, no tenía su alma de líder y, por encima de todos los hándicaps, no era un mediocentro al uso. Y le crujieron por ello. Le crujieron mucho. Pero en Nigeria fue otra cosa, jugó por delante de Orbaiz, sin exigencias defensivas extremas, con todo el espacio por delante, con todo el tiempo para pensar, con el balón en los pies. Y Xavi fue el amo del torneo. Nos podemos volver a poner en situación; un tipo bajito que hace lo que quiere, como quiere y donde quiere. Ahora volvamos a Nigeria, o volvamos a Austria, o volvamos a Sudáfrica. Ya lo hemos visto todos, y lo hemos comprendido. Xavi cambió el estilo.

Ellos iluminaron el camino. Hubo un tiempo en el que nos perseguían los fantasmas, nos fustigábamos sin haber cometido pecado y, cuando pecábamos, nos encerrábamos en el cuarto oscuro de nuestras pesadillas para volver a revivir los errores y no aprender nunca de ellos. Pero todo cambió cuando al equipo de los grandes, al de las exigencias, al de las urgencias historicas, llegaron dos tipos que sabían lo que había que hacer. A uno le tocaba la parcela de los milagros y al otro, simplemente, la tarea del juego. Ellos fueron los líderes, los gurús, los culpables. Con ellos España ganó su primer mundial en categoría juvenil y con ellos España ganó el mayor prestigio de su historia en categoría profesional. Siempre hay un primer momento para todo y Nigeria no fue solamente un título; fue un punto de inflexión.

miércoles, 25 de abril de 2012

Noruega 2002

En julio de 2002 aún sentíamos el dolor de una herida sin cicatrizar que nos había causado aquella puñalada trapera instigada por un egipcio de nombre impronunciable y ejecutada, desde el punto de penalti, por una pandilla de coreanos que corrían como locos y se restregaban los ojos ante la incredulidad que las sorpresas iban provocando en su camino hacia la gloria.

En aquel verano aprendimos a desatarnos como Camacho con las axilas impregnadas en sudor, a llegar a la línea de fondo como Joaquín y a lamentar la baja de Raúl en el partido decisivo. En aquel verano aprendimos otros nombres, pero aquello fue unos días más tarde, cuando la cicatriz aún estaba reciente y necesitábamos un bálsamo regenerador para nuestra maltrecha ilusión.

De Fernando Torres sabíamos que era un niño rubio, pecoso y atrevido que se había asomado a las alineaciones del Atlético de Madrid en el último tramo de su frustrado intento de regreso a la primera división. Habíamos visto su velocidad, su desmarque, su descaro en el uno contra uno y su manera de embocar el áera para preparar el remate. Y de Andrés Iniesta sabíamos que era chico tímido, de pelo oscuro y tez morena que había asombrado al mundo seis años atrás cuando se ganó el derecho a ser nominado a niño prodigio del año después de hacerlo todo bien en el anual torneo de Brunete. Nos hablaban de la discrección con la que le aislaba el Barcelona ante la presión y recordábamos su maneras de pequeño genio mientras era capaz de recorrer el campo con la pelota pegada al pie.

Lo que no sabíamos es que, juntos, podían jugar y hacerlo muy bien. Apoyándose en la velocidad de Torres, en la habilidad de Sergio García y en la clase de José Antonio Reyes, Andrés Iniesta pintó de color el primer gran verano de su vida. A su fútbol se rindieron la República Checa, Noruega y Eslovaquia y a la evidencia hubo de rendirse en la final la selección alemana liderada por Philip Lahm. El mismo tipo al que Fernando Torres, años más tarde, comería la tostada para proclamarnos campeones de verdad cuarenta y cuatro años después. El mismo tipo que observó, impotente, como Fernando Torres le comía la tostada a sus compañeros para convertirnos en campeones de Europa sub-19 por primera vez en nuestra historia.

Los mismos niños, los mismos hombre, los mismos momentos. A raíz de aquel gol aprendimos a soñar de nuevo. Vimos a Torres ante el portero y nos vimos campeones de Europa. Vimos a Iniesta en el área grande y nos vimos campeones del mundo. La mayoría de las veces hace falta mucho tiempo para llegar a vivir el momento, pero los sueños, cuando el talento, la fe y el trabajo bien hecho avalan los hechos, generalmente se acaban cumpliendo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Qatar 1995

A menudo se habla de generación perdida cuando se quiere hacer referencia a un lapsus temporal en el que una institución o una nación han atravesado por un desierto sin oasis al que aferrarse. A menudo, cuando el talento desaparece de nuestra vista y nuestra única esperanza es el esfuerzo, nos entregamos a la excusa como atajo más rápido hacia el olvido. No fue así en el mundial juvenil celebrado en Qatar en el año 1995 en el que España se presentó con un equipo repleto de jóvenes promesas que, años más tarde, escribirían páginas  gloriosas en la historia de sus clubes. Allí hubo una delantera formada por Etxeberría, Morientes y Raúl, un centro del campo liderado por Iván De la Peña y escoltado por Roger y Toni Velamazán y una defensa en la que Michel Salgado hacía kilómetros y César y Cuartero se repartían la tarea de frenar a los delanteros rivales. Un equipazo, vamos. Un equipazo que no fue capaz de alcanzar la final. A veces, en lugar de hablar de generaciones perdidas, quizá sea más conveniente hablar de generaciones malgastadas. Aquel equipo perdió contra una Argentina menor en semifinales y, un año después, ya con muchos de sus futbolistas como destacados miembros de los equipos más punteros de la liga, volvieron a ser humillados por una Argentina más señorial en los Juegos Olímpicos celebrados en Atlanta.

Algunos culparon a Goicoecha de manera directa y a Clemente de manera indirecta. La relación del cuerpo técnico de la selección con el aficionado venía de más a menos y la prensa tampoco ayudaba en nada a la reconciliación. Aquel fue un fracaso demasiado sonado y demasiado mal aceptado por nuestro orgullo. Perdimos la oportunidad de ser finalistas ante un equipo en el que su máxima figura era un tal Walter Coyette al que algunos quizá recuerden por su efímera estancia en el Leganés un par de años más tarde. Y, como desconsuelo, tampoco pudimos ser cuartos al perder la final de consolación ante una Portugal en la que Dani (ese que destrozó la vida de los atléticos en una tarde de abril) tiraba del carro con todos sus pros y sus contras.

Quizá fue la mala suerte en el momento más puntual. España fue el equipo más goleador del campeonato y el que mejor juego desplegó hasta que le llegó la hora de la verdad. La primera hora de partido ante Argentina fue muy buena, pero le faltó oficio para rematar. Ese oficio que con el tiempo hemos aprendido y que no es otra cosa que saber aprovechar el momento. España fue campeón cuatro años más tarde con un equipo con menos nombre y más empaque. Aquella fue la historia de tres tipos que mandaban en la portería, en el área y en el campo. Casillas, Marchena y Xavi. Tres campeones del mundo que ya habían aprendido a serlo. Aquella es otra historia y a ella recurriremos cuando llegue el momento.

lunes, 5 de marzo de 2012

Japón 1979

El pequeño Diego se había presentado en sociedad una cálida tarde primaveral en el estadio de Vélez. En el descanso de un partido sin mucha historia entre Boca y Argentinos Juniors, el pequeño pelusa, recogepelotas del bicho colorado y malabarista de circo sin carpa, tomó el balón en el área grande y recorrió el campo haciendo jueguitos con la pelota. Era el mismo niño al que un par de años atrás había ido a visitar la televisión y había proclamado su sueño a ojos de todo el mundo; "Quiero salir campeón con Argentina".

No tardó mucho en hacerlo por vez primera. En el verano de 1979 y en la lejana tierra de Japón, el joven Diego y un grupo de muchachos talentosos, deslumbraron al mundo con un fútbol preciosista y eficaz. Anotaron veinte goles y encajaron solamente dos. Uno de ellos en la final ante la Unión Soviética y que les puso por debajo en el marcador. Pero no temblaron las piernas, ni palpitaron los corazones. Respiró hondo el Diego, retumbaron las gradas y cinco minutos mágicos dejaron el marcador en tres a uno para Argentina.

Fue el último capítulo de un serial mágico que comenzó dos semanas atrás. Cinco goles a Indonesia, uno a Yugoslavia, cuatro a Polonia, cinco a Argelia, dos a Uruguay y tres a la URSS, vigente campeón. Cinco más uno, más cuatro, más cinco, más dos, más tres, igual a veinte. Seis del Diego y ocho de Ramón Díaz, socio necesario y compañero letal. Ellos formaron la dupla inolvidable, amigos durante un mes y enemigos durante el resto de su vida. Uno, Diego, haciendo magia con la franja oro de Boca y la celeste del Nápoles, y el otro, vacunando porteros sin cesar con la banda sangre de River y la neroazzurra del Inter. Inolvidables para el espectador e imparables para los defensas.

Aquel fue el primer mundial de Maradona. Pudo haber sido el segundo si Menotti hubiese tirado a la basura los miedos y el hubiese convocado para el campeonato celebrado en Argentina un año antes. Pero aquello fue sólo anécdota, la verdadera dimensión del diez se vio en México, siete años después. Aquel recorrido memorable en la jugada de todos los tiempos lo eclipsó todo. El pasado y el futuro. Maradona fue Dios en La Boca, Príncipe eterno en Nápoles y, para el resto del mundo, un barrilete cósmico que llegó de otro planeta para dejar en el camino a tanto inglés.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Portugal 1991

No suele ser casualidad que un par de buenos futbolistas crezca alrededor de un grupo de amigos de notable calidad con los que aprender a convivir, a entenderse y, sobre todo, a practicar una manera de jugar al fútbol. Así hemos sido testigos de la mejor Bulgaria comandada por Stoichkov, de la mejor Croacia culminada en Suker o de la mejor Polonia con Lato y Boniek como estrellas principales.

En 1989, al calor del invierno saudita, Carlos Queiroz dirigió al primer equipo portugués campeón del mundo. Era un grupo de jóvenes atléticos, elegantes y técnicos que aún tenía margen de mejora. Por ello, cuando en el recién estrenado verano de 1991, Portugal acogió la octava edición del campeonato del mundo juvenil de fútbol, el país entero se pegó al televisor y acudió a los estadios para ver, con sus propios ojos, a ese grupo de amigos que, talento en mano, habían sido capaces de prometer un nuevo título.

Portugal, con un fútbol aún más preciso y precioso, revalidó el título y el mundo se hizo eco de una generación llamada a ganarlo todo con el paso de los años. En el equipo que alcanzó la final ante una Brasil liderada en ataque por Giovene Elber jugaban serios defensas como Jorge Costa o Abel Xavier, duros fajadores como Peixe o Rui Bento y artistas como Capucho o Joao Pinto. Pero, por encima de todos, había dos futbolistas especiales, llamados a formar parte de la élite y que salieron de aquel torneo con decenas de ofertas en la mano. Uno era un intrépido extremo derecho con una habilidad de asombro y un guante en el pie derecho que se llamaba Luis Figo y el otro era un mediapunta descarado, de técnica depurada y maneras de líder que se llamaba Rui Costa.

Tras nueve goles a favor y uno en contra en seis partidos y con el título de campeón del mundo en la mano, Portugal se levantó con el orgullo patrio encendido el primer día de julio de 1991. Era el día después del gran triunfo, el día de la resaca y el día de soñar. A nivel de selección, aquel grupo de amigos no logró ningún triunfo importante pese a haber engrosado la nómina de favoritos en más de una ocasión. Pero a nivel futbolístico, títulos y honores aparte, seremos muchos los que recordaremos a estos futbolistas como uno de los mejores regalos que nos ha dado el país vecino. Les bautizaron como "la generación de oro" y, en el terreno de juego, destilaron un fútbol de muchos quilates.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Finlandia 2003

Existen escenarios preparados para los mejores artistas, apariciones fulgurantes, motivos para el asombro y nombres apuntados en un papel para no olvidar jamás a quienes nos hicieron soñar con algo grande.

En la primavera de 2003, una vez hubieron terminado las competiciones a nivel nacional, una pequeña reseña en los periódicos se hacía eco del fichaje de un juvenil del Barça por el Arsenal de Arsene Wenger. El técnico francés, siempre con la caña preparada, había sabido pescar en un río revuelto dentro de un club sumido en el caos y en pleno proceso electoral. Como se trataba de publicitar las promesas y no dar demasiada importancia a los hechos banales, la fuga de aquel joven centrocampista del equipo juvenil no tuvo más importancia de la necesaria.

Mientras Laporta y Bassat se peleaban por fichajes inalcanzables, en Finlandia daba comienzo la décima edición del campeonato mundial de fútbol sub 17. Entre los participantes se encontraba la selección española dirigida por Juan Santisteban y comandada por los excelsos David Silva y José Manuel Jurado. El equipo, que meses antes había salido derrotado en la final del europeo frente a Portugal, repetía convocatoria con la inclusión de un chaval un año menor que el resto; un chico espigado, de zancada elegante, precisión en el pase y capacidad de sobra para echarse a la espalda el peso del equipo.

El chico, que jugaba con el número diecisiete y con el nombre de "Cesc" grabado en la parte alta de la espalda, deslumbró al mundo con un par de exhibiciones memorables. En cuartos de final, y ante la Portugal que les había derrotado un par de meses antes, Cesc comandó una máquina letal que terminó goleando por cinco goles a dos. En semifinales, ante una Argentina que no había recibido un solo gol, Cesc anotó en dos ocasiones para firmar una remontada histórica. Con aquel último tanto en la prórroga, tras un derechazo cruzado a la escuadra, el mundo entero conoció al chico que había fichado por el Arsenal y el barcelonismo se lamentó por el diamante que acababan de quitarles de su joyero.

Como el tiempo, en su papel de justiciero, suele conceder al mundo una segunda oportunidad, aquella derrota en la final ante Brasil terminó por compensarse unos cuantos años más tarde. Aquel maravilloso futbolista que un día de otoño de 2003 salió llorando del césped con un balón y una bota de oro en cada mano, pudo resarcirse en el verano de 2010. Aquel día de julio, todos le recordamos interceptando un mal despeje en el borde del área, hipnotizando el balón hasta comprobar el desmarque y dejando solo ante el portero a Iniesta para que anotase un gol que daría la vuelta al mundo. Aquel día, todo el mundo conocía ya a Cesc Fábregas.

miércoles, 7 de abril de 2010

Holanda 2005

Cuando asistimos a la explosión esplendorosa de un futbolista, no podemos evitar llevar a cabo ese fausto ejercicio que supone el volver la vista atrás. Nos gusta encontrar los orígenes, el momento del big bang particular, el excelso instante en que el niño apunta a convertirse en leyenda.

Si de Messi hablamos, los que no teníamos la oportunidad de conocerle más allá de oídas, pudimos descubrirlo en aquel mundial juvenil celebrado en holanda en el año 2005. Aquella era una Argentina que apuntaba maneras, que, igual que otras, se perdía en detalles pero que a diferencia del resto de equipos se cuajó a base de concreciones. Allí estaban Ustari, Zabaleta, Garay, Cardozo, Gago, Agüero y, por encima de todos, Lio Messi.

Lo del chico comenzó a ser serio una vez su seleccionador se vio obligado a echar mano de su mejor carta. Tras ser suplente en la primera derrota de Argentina en el torneo, Messi tomó el mando y dejó bien claro que los que hablaban de él como una futura estrella no se equivocaban. Fue el despegue de un tipo que había asomado tímidamente al primer equipo del Barça de la mano de Rijkaard y que una vez regresó de Holanda con el campeonato mundial juvenil en el bolsillo no dejaría jamás de asombrar a la gente.

Lo hizo entonces, lo hizo ayer, lo seguirá haciendo. Siempre hay un primer momento, lo realmente hermoso es no adivinar jamás cuando será el último.