martes, 19 de febrero de 2019

Un partido de otro tiempo




Nada escapa a la mística en el fútbol inglés. Cada victoria, cada momento, son vividos con tanta intensidad y relatado con tanta literatura, que los años no hacen sino impregnar de épica cada particular partido del siglo. Para la leyenda, además, nada mejor que una de esas historias en las que David, honda en mano, es capaz de derribar a Goliat ante la estupefacta mirada del mundo.

Hablar hoy del Leeds United es hablar de un equipo perdido en los confines de las divisiones inferiores del fútbol inglés. Pero hace años el Leeds United era otra cosa. En los años setenta era, junto al Liverpool, el mejor equipo del fútbol inglés. Y lo era a su manera. Un equipo guerrillero, de fútbol directo, muy comprometido y que no dejaba prisioneros en cada partido. Aquella manera de jugar y, sobre todo, aquella manera de ganar les supuso ganarse la antipatía de la mayoría de las aficiones del país.

Por ello, cuando alcanzaron la final de Copa del año 1973, no fueron pocos los que simpatizaron con la que, a priori, debía ser la víctima perfecta de la máquina liderada desde el banquillo por Don Revie. El Sunderland era un equipo histórico pero que, en aquella época, no pasaba por su mejor momento. Acomodado en la zona media de la segunda división, fue avanzando rondas en el torneo de Copa a base de superar “replays”. De aquella manera, fue superando eliminatorias dejando en la cuneta a Notts County, Reading, Manchester City y Luton Town, antes de dar la campanada en semifinales y eliminar al Arsenal, otro de los grandes equipos de la época y que había sorprendido a todos logrando el doblete sólo dos temporadas atrás.

El partido fue bronco y muy disputado. El Sunderland se adelantó a la media hora de juego, gracias a un gol de su jugador más talentoso, Ian Porterfield. A raíz de aquello y, sobre todo, durante toda la segunda parte, tuvo que aguantar un ataque continuo y feroz del Leeds. Pero la firmeza de su defensa y, sobre todo, la portentosa actuación de su portero, Jimmy Montgomery, le permitieron permanecer en pie y alcanzar, ante la mirada estupefacta del entrenador Bob Stokoe y la algarabía de medio país, una victoria que, aún hoy, se recuerda como una de las mayores sorpresas de la historia del deporte.

Aquel día, once muchachos desafiaron a la lógica y se mantuvieron firmes frente a los pronósticos. Jugar con el alma y defender con el corazón, muchas veces, tiene premio. El de aquel Sunderland, más allá de una copa, tuvo el valor histórico de la inmortalidad. Nadie es capaz de pisar aquella ciudad y no escuchar, durante algún momento del día, el relato de aquella tarde en la que ganaron una final a uno de los mejores equipos del mundo.

El patrón

El fútbol es tan previsible en sus conceptos como impredecible en sus preceptos. Normalmente aparecen jugadores que cumplen con la norma escrita; manejo de la pelota, condición física para defender y automatización en el pase. La normalidad, como regla general, impone patrones de condición limitada; son muchos los tipos que han vivido en la élite porque llegar allí exige un mínimo de talento. Existen sin embargo, tipos que, por haber sido cortados en un patrón diferente, llegan para improvisar y, sobre todo, para permancer por siempre en la memoria.

A mediados de la primera década del nuevo siglo apareció en Londres un muchacho menudo que hacía diabluras con la pelota. Iniciaba desde la cal y, diagonal a diagonal, encontraba un lugar de ejecución en el borde del área. Pase profundo, diagonal o, generalmente, disparo seco, latigazo y muchas veces gol. Se vio obligado a peregrinar en busca de un lugar en el mundo; llegó a un Madrid entreguerras y, finalmente, encontró gloria y fortuna en Munich convirtiéndose en la estrella de un equipo que, año a año, se ve obligado a renovar su identidad.

A mediados de la segunda década del nuevo siglo apareció en Londres un muchacho menudo que
hacía diabluras con la pelota. Iniciaba desde el costado y, diagonal a diagonal, encontraba un lugar de ejecución en el borde del área. Pase interior, combinación o, generalmente, disparo cruzado y combado de contrapié y muchas veces gol. Se vio obligado a peregrinar en busca de un lugar en el mundo; llegó a un fútbol italiano en recomposición y, finalmente, encontró gloria y fortuna en Liverpool convirtiéndose la estrella de un equipo que lleva años luchando por reencontrar su identidad.

Arjen Robben y Mohamed Salah se enfrentarán esta noche en un duelo con sabor a clásico. Son dos jugadores de un mismo patrón; el de extremo incisivo, regateador persistente y goleador procaz. Un patrón que ha dado gloria al fútbol y memoria al aficionado, porque el fútbol, más allá de ser un juego donde la pelota debe ir al pie, cuenta con un canon extra destinado a la improvisación. Y allí entran esos locos bajitos que se acuestan en la banda y buscan diagoles de infarto jugando al zig zag con la pelota. El crepuscular Robben busca dejar su testigo en pies del incipiente Salah. Dos zurdos que viven a mil por hora y dibujan diagonales, de afuera hacia adentro, con la certidumbre de que velocidad, más talento, es una fórmula cuyo resultado está siempre muy cerca del gol.

lunes, 18 de febrero de 2019

Un proyecto de diez años


Resulta difícil no pasar de puntillas por un suceso cuando este tiene connotaciones casi milagrosas. Resulta difícil no pararse a pensar, aunque sea durante un instante, qué es lo que ha podido ocurrir para que un grupo de hombres carezcan de sentido del juego y, casi sin que nadie predijese lo contrario, volviesen la cabeza al mundo y se convirtiesen en los tipos más competitivos del planeta. Resulta difícil explicar qué suceso ha llevado al Atlético de Madrid de ser eliminado de la Copa del Rey ante un segunda B a, más de un lustro más tarde, estar codeándose con los mejores equipos de Europa después de haber coqueteado con todos los títulos posibles.

Resultaría difícil contarlo si, realmente, no fuese tan fácil dar con la clave. Cuando el Atlético deambulaba en los últimos puestos de la tabla y la gente volvía a mofarse de su enésimo proyecto fallido, arribó a puerto un capitán con un desafío casi imposible. Como en sus tres lemas impedía la vocalización de la palabra imposible, se puso a trabajar y les dejó claro a sus chicos que el esfuerzo no es negociable y que nunca hay que dejar de creer porque si se trabaja y se cree, se puede. Y vaya si se pudo.

El primer paso para conseguir que un paciente se recupere de una depresión, es conseguir que pueda creer en sí mismo. Hacerle saber de su valía y que puede salir a la calle a pasear entre la gente, sin complejos, que la vida sigue y que siempre nos depara algo detrás de cada esquina. Que ese algo sea bueno o malo depende en gran medida de nosotros pues, generalmente, somos, y hacemos, lo que pensamos. Que aquellos jugadores consiguieran pensar que podían ser capaces de ganar parecía imposible. Pero el diván de Simeone se manifestó como una catapulta perfecta hacia el éxito.

Agarrado a una solidez defensiva casi sin precedentes en la historia del fútbol, el Atlético se catapultó hacia el éxito desde el diván de su entrenador y hacia los más altos puestos a nivel mundial. Y si lo logró, aparte de por su capacidad de sufrir, fue por una capacidad para competir que rozaba lo salvaje. Entendida esta definición como intensidad más que como violencia, el equipo se fue convirtiendo en la peor china en el zapato de cualquier comercial con ínfulas de vender su éxito como el único representante de la gloria. Si, hasta hoy, ha sido capaz de mirar a los ojos a los equipos más poderosos del mundo es porque estos futbolistas han sido capaces de conseguir el imposible de creer en ellos mismos por encima de los pronósticos y las deslegitimaciones. Un equipo, en la máxima extensión de su palabra, es un grupo de hombres que reman al unísono y a un ritmo frenético, en pos de un objetivo. El Atlético de Simeone, que convierte aguas turbias en mansas ante el poder de los palazos de un grupo de hombres que reman con el objetivo en mente, es lo más parecido a un equipo en la máxima extensión de su palabra.

Una renovación hacia un proyecto de diez años impolica la consolidación de un proyecto más allá de los resultados. El Atleti, hoy en día, navega en un mar de dudas y ese el peor pronóstico para un equipo vacunado, al fin, del mal del fatalismo y aupado en los pronósticos como favorito a todo. El legado de Simeone, más allá de los logros, se cimenta en la autoconfianza del grupo y en el reconocimiento de los demás. Jugar bien o mal dejó de ser debate para convertirse en acicate. Si hay algo que ya no hace el Atlético es jugar sin competir. Ahí está la medicina. Pierde, gana y empata, como todos, pero, por encima de todo, cree. Porque aquel equipo muerto de desidia es hoy un milagro latiente; un grupo salvaje que vive en la continua búsqueda de la expiación.

En el salón de la fama

El deporte americano tiene una particular manera de homenajear a sus leyendas; más allá del palmarés, premian el DNI competitivo de manera que hacen saber al mundo que tal o cual jugador es un tipo que merece la pena permanecer en la memoria en tanto a las satisfacciones que ha generado en torno a una afición. El orgullo de pertenencia, la sensación de saberse inmortal, el recuerdo por encima del trofeo.

Hace unos días, Markel Susaeta fue homenajeado en San Mamés después de jugar su partido quinientos con la camiseta del Athletic. La cifra, que puede parecer alcanzable en unos tiempos en los que las competiciones se multiplican y los esfuerzos se dosifican, es una muestra más de lo difícil que resulta permanecer fiel a unos colores. Futbolista abnegado y trabajador con pie de seda, Susaeta ha fabricado una carrera en la banda derecha aprendiendo a fajarse contra el lateral más rudo y a ganar la espalda al lateral más estilista. Más allá de las oportunidades, vive el instinto de superviviencia. No es fácil aguantar más de una década vistiendo una misma camiseta, mucho menos lo es manteniendose en la cima de las predisposiciones.

En otro ejemplo de superación continua, Joaquín se convirtió ayer en el séptimo futbolista con más partidos en la historia de la liga. Teniendo en cuenta que tuvo un paréntesis de dos años en el fútbol italiano, esta cifra compromete a todos aquellos que auguraron una pronta caía en los infiernos para el artista del Puerto. Tendemos a confundir gracia con desgana y risa con desmotivación; Joaquín le ha dado una lección a los agoreros en cuanto ha demostrado que el fútbol vive de dos condiciones impagables: el talento y la fe. A los treinta y siete años, uno no puede ser tan explosivo como a los veinte, pero sí puede dar clases de oficio porque en el conocimiento del juego vive el instinto de supervivencia.

Sergio Ramos jugó, entre semana, su partido seiscientos con la camiseta del Real Madrid. A sus treinta y tres años, el club sigue sin destinar dinero en buscarle un sustituto porque sabe que sigue teniendo, en él a un verdadero líder cuya influencia no se puede reestructurar con ningún tipo de dinero. Cuando el Madrid es un bloque sólido, Ramos es el mejor mariscal porque conoce el oficio como pocos; lidera, empuja y se sirve de su solvencia para sacar la pelota siempre bien jugada. Su capacidad física y su hambre insaciable le colocan en un escalafón muy alto como futuro hombre récord del Madrid. El ciclo no acaba y el capitán sigue el primero de la lista.

No existe manera más difícil de defender que hacerlo con la espalda siempre descubierta. En equipos que juegan juntitos, como bloque, han destacado varios defensas como adalides de la destrucción. Godín, Bonucci o el propio Ramos son ejemplos visibles de líderes defensivos en sistemas aplicados para el contragolpe. Jugar desarropado es demasiado difícil y se necesita ser un experto en sistemas ofensivos para aguantar más de una década como líder defensivo de un equipo que juega en la cuerda floja cada fin de semana. Piqué, cuyas cabalgadas contranatura le hacen ser visto como un tipo con carencias, es un defensor inmejorable en cuanto a debe vivir corrigiendo antes que anticipando. En un equipo cuya premisa, por encima de todas, es la pelota, jugar como un funambulista supone jugar expuesto, domingo a domingo, a las posibles pérdidas en zonas de incorrección. Cuando el equipo rival sale en tromba, Piqué siempre se ve obligado a perder diez metros y ganar un segundo. Ahí, en el límite de la imprecisión, se maneja con tacto de cirujano; casi siempre encuentra la oportunidad para concederle a su equipo una vida extra. Ya son trescientos partidos los jugados en la liga española. Trescientos motivos para considerarle como uno de los mejores de la historia en su puesto.

Cuatro ejemplos de profesionalidad dignos de admirar, cuatro tipos que, en un país tan selectivo, terminarán en la memoria según el escalafón que hayan ocupado en el palmarés particular. Pero que en otras latitudes, en otras culturas y en otros destinos, habrían ganado los suficientes méritos para formar parte de ese lugar de leyendas que en América bautizaron con salón de la fama.

viernes, 15 de febrero de 2019

Señor

Si hay un futbolista asociado a un grito, a una voz, a un gallo mítico, a una afonía producida por el éxtasis, este es Juan Señor; centrocampista de ida y vuelta en un Zaragoza que vivía en primera y luchaba por la zona noble. Un capitán de los de antes, de los que juraban fidelidad a un club y se marchaban con la vitrina vacía pero con el orgullo pleno de satisfacción.

Señor era uno de esos esforzados de la causa que añadían siempre una gota de sudor más al presupuesto anticipado. Un futbolista de esos que llamaban escuderos porque permitían jugar al tipo que manejaba la brújula. Una función similar a la que hacía Víctor con Schuster en el Barcelona y que el capitán del Zaragoza hacía con Herrera o Güerri, porque al esforzado, aunque se le exige la mitad, generalmente suele ofrecer el doble.

Su polivalencia le permitió encontrar un hueco en el once de la selección española; generalmente como lateral, puesto que ocupó en sus inicios como zaragocista. Suyo fue el zapatazo que nos permitió soñar en una noche mexicana ante Bélgica y suyo fue, eternamente, el gol número doce ante Malta con el que España tumbó a los fantasmas y se permitió el lujo de sacar billete rumbo a la Eurocopa de Francia.

Allí jugó como interior, en un centro del campo entregado a la finura, comandado por Francisco y Gallego. Volvió a ejercitar la intendencia y volvió a encontrar el premio en una pila de elogios. Aunque se perdió la final, aquel equipo sigue siendo inolvidable. Entre el fracaso por el mundial de España y el casi agónico del mundial de México, hubo una generación que hizo soñar en grande a un país ávido de deseo. Y en aquel equipo lleno de estilistas y bombarderos del área, triunfó gente esforzada como Camacho, Víctor o Señor; hombres de otro tiempo que jugaban para otros pero que los otros nunca pudieron vivir sin ellos.

Pichichis: Juan Arza

El panorama pintaba feo para el joven Juan Arza. Se había marchado lejos de casa y apenas unos meses después, el Málaga perdía contra el Athletic y ponía los dos pies en segunda división. El panorama era feo pero había un sol en el horizonte. Tres meses después de aquella derrota en San Mamés, Juan Arza se estrenaba como jugador de primera división vistiendo la camiseta del Sevilla; se enfrentó al Sabadell y anotó tres goles. Comenzaba, así, la leyenda del mejor jugador navarro de la historia.

Porque Arza era navarro de nacimiento aunque terminase siendo andaluz de adopción. En Sevilla ganó su único trofeo de máximo goleador, anotando veintiocho goles en la temporada 1954-55, y en Sevilla encontró la gloria, la vida y la memoria. Llegó, por cuarenta y cinco mil pesetas, a un club que vivía sumido en la nostalgia. La gloriosa delantera Stuka (Raimundo, López, Pepillo, Berrocal y Campanal) había alcanzado su cénit crepuscular, el equipo estaba melancólico y la ciudad necesitaba a alguien.

La historia, fútbol mediante, había comenzado durante los cruentos años de la Guerra Civil. La familia Arza, refugiada en Estella, había acogido a un joven miliciano bajo el seno protector. Fueron meses en los que hablaron de la vida y de fútbol. Años más tarde, Juanito, el pequeño de los Arza y Rafael Iriondo, aquel miliciano convertido en estrella del Athletic de Bilbao, coincidieron por vez primera en los terrenos de juego. Iriondo sintió el descenso del Málaga por el niño Arza, pero sabía que el chaval tenía potencial de sobra para jugar al fútbol. Se le había escapado al Athletic, pero sería gloria en Sevilla.

En 1949, un equipo colombiano giró por Europa arrasando por donde pasara. Cuando llegó a Sevilla, Arza les dijo a los suyos que él era mejor que aquel tal Di Stéfano de quien tanto hablaban. Millonarios, que había ganado por aplastamiento en Chamartín días antes, no pudo pasar del empate y Arza fue alzado a los altares del fútbol patrio. Allí había una verdadera estrella.

Su aparición en la élite fue fulgurante; en un fútbol de hombres rudos, el joven menudo, aún casi un niño, anotó catorce goles en su primera temporada. Fue el comienzo de las grandes tardes que brindó Arza al sevillismo. Coetaneo de Pepe Luis Vázquez, Sevilla se paraba en primavera cada vez que los dos hombres salían al escenario, iban de La Maestranza a Nervión y de Nervió a La Maestranza, con la esperanza de sentir el pellizco en el corazón. Sevilla, siempre reluciente, siempre tierra de héroes propios.

Insta decir que el Sabadell fue una de sus víctimas predilectas; pero no por ser a quien más goles anotó, si no por ser el equipo ante el que debutó como profesional con el Alavés y el equipo con el que debutó con la camiseta del Sevilla. Poco después de aquel debut, llegó a Sevilla el intratable San Lorenzo de Almagro. Embarcado en un gira sin fin, se había medido, y ganado, a la mayoría de grandes equipos españoles, pero como ocurriría más tarde con Millonarios de Bogotá, San Lorenzo encontró freno en Sevilla; empate a cinco y una tarde gloriosa para Juanito Arza. Sevilla había encontrado a un gran jugador y aquel día encontró a un ídolo.

Los auspicios de Amadeo García Salazar se estaban haciendo realidad. Fue él, ex seleccionador español, quien lo había llevado al Alavés y quien lo había recomendado a Málaga y a Sevilla. El Ratón del área se convirtió en un jugador de combinación y desmarque que, con los años, fue tomando los galones del equipo. Jugó, y perdió, el partido de inauguración del nuevo estadio, construido por el presidente Ramón Sánchez Pizuján, para dar cabida a tanta sevillanía loca por verle jugar y se retiró poco después tras jugar cuatrocientos setenta y seis partidos y anotar doscientos veintiocho goles. Un mito viviente.

Después, una vez lejos del fútbol, fue llamado en más de una ocasión como apagafuegos. Cuando el equipo iba mal, sonaba el teléfono "Te necesitamos, Juanito", y Juan Arza acudía presto a la misión, salvaba al equipo y regresaba a casa, hasta la siguiente ocasión. Y es que no hacía falta pronunciar el apellido Arza sin ligarlo previamente al Sevilla Fútbol Club. Allí ganó una liga, la única del club en su historia, y allí ganó una Copa. No fue extraño, pues, que en el día de su homenaje, el estadio entero se pusiera en pie para reconocer sus méritos. Jugó en una seleccción de veteranos del Sevilla ante una selección de veteranos del Barcelona; allí estaba Kubala, su gran amigo. El tipo que, años más tarde, le concedió el privilegio de ser seleccionador por un día. Era el veintiséis de septiembre de 1979 y España se enfrentaba a Portugal en Vigo. Kubala sufrió una indisposición y, aprovechando que Arza trabajaba como entrenador del Celta, le pidió ser su sustituto. Un honor. Empate a uno y anécdota. Porque el fútbol vive de momentos fugaces.

Desde su debut como juvenil en el Izarra de Estella, Arza siempre había mostrado una picaresca sutil y una forma física envidiable. El afán por ganar convierte a los niños en hombres y a los hombres en héroes. Pero para triunfar, además de hambre, le faltaba valentía para dejar a los suyos. Cuando fichó por el Alavés, puso como condición poder seguir viviendo en Estella. Se lo permitieron, y el chico se infló a viajes en tren, teniendo que coger, dos veces al día, el expreso vasco navarro. Uno de los días que se retrasó el tren, vio cerrada la puerta de acceso a los futbolistas y hubo de llamar. El portero, le vio y le mandó con sus padres. Niño, no molestes. Tan joven era que daba ternura, pero en el campo era tan vivaz que provocaba terror. Empezó como delantero por su facilidad innata para encontrar el gol, pero poco a poco se fue convirtiendo en interior consagrándose como un futbolista completo capaz de armar la jugada y llegar al área para rematarla.

A aquel joven filigranero sólo le faltó ser presidente en el Sevilla. Fue jugador, goleador, autor del gol mil en la historia del club, entrenador, segundo entrenador y delegado. Toda una vida dedicada al sevillismo a quien entregó su fútbol y su carácter. El ímpetu de su juego se mezcló con el arte del fútbol sevillano y se transformó en un jugador de salón. Aún se recuerda su furia contra Azón el día que el árbitro catalán anuló un gol a Araujo que decía una liga. Aquel fue el principio del fin. Las llegadas de Kubala y Di Stéfano dejó al resto de equipos sin pastel y Arza hubo de jugar, año a año, con más ilusión que esperanza. Se marchó dieciséis años después de llegar, a Almería, para jugar un año junto al mar y para cumplir una promesa a su amigo Diego Villalonga, entrenador del equipo.

Desde el gol en el partido del ascenso del Alavés, hasta el gol en la final de Copa del cuarenta y ocho frente al Celta, se empezó a vislumbrar la carrera meteórica de un chico que golpeaba las puertas desde el asombro. El mundial de Brasil no estaba lejos y todos empezaron a barajar su nombre, pero no fue. Y no sólo no fue al mundial sino que, inexplicablemente, tan sólo jugó dos veces con la selección española. "A veces miraba las convocatorias y no entendía como éste o aquel jugador podían estar y yo no". Pero tuvo que resignarse. Aquel verano del cincuenta, como en todos los demás, se encerró en su casa de Estella y se dedicó a olvidarse jugando a la pelota. Allí, como cuando era niño, seguía aspirando a ser el rey del frontón.

La llegada de Helenio Herrera al banquillo del Sevilla le transformó como futbolista. Se convirtió en un líder y jugó como nunca. Pero la llamada de la selección seguía sin llegar. El presidente del Cádiz, Ramón de Carranza, inauguró un torneo veraniego que se convirtió en una pequeña copa del mundo extra oficial. Jugarlo era emocionante y ganarlo era prestigioso. Las tres primeras ediciones las ganó el Sevilla de Juan Arza, solventando, con firmeza, duros enfrentamientos ante Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao. Lo mejorcito de la época. En 1955, con motivo de la conmemoración de las bodas de oro del club, el Sevilla le metió cinco goles al Stade Reims de Kopa, equipo que, meses más tarde jugaría contra el Madrid la primera final de la Copa de Europa.

Y es que le marcó a todos y les ganó a todos, pero se marchó con la espina clavada del derbi perdido ante el Betis el día de la inauguración del Sánchez Pizjuán. No jugó muchos derbis porque durante aquella época de esplendor sevillista, el Betis malvivía en categorías inferiores, pero aquel partido fue de tronío en la acera contraria y de catástrofe en la acera sevillista. Se marchó con dolor, casi señalado, y con la sensación de que ya no podía dar más de sí. Un dolor parecido al que había sentido el día que había formado parte de la preselección facilitada por Guillermo Eizaguirre de cara al mundial de Brasil. Le mandaron a un sastre y, por la manera de trabajar del mismo, Arza supo, de inmediato, que el sastre conocía los nombres de los descartados para la cita. Le tomaba las medidas con desgana y precipitación. "¿No voy a ir, verdad?", preguntó. El sastre guardó silencio y negó con la cabeza. "Pues dejésmoslo aquí". Y se marchó de la sastrería con la cabeza baja y la dignidad bien alta.

Porque tenía, y él lo sabía, el cariño de toda una ciudad. Junto al defensor Campanal, formó una línea maginot inolvidable en el antiguo Nervión. El presidente le declaró intransferible y el Sevilla, capitaneado por él, terminó ganando La Pequeña Copa del Mundo de 1957; un torneo a expensas de la FIFA donde jugaban equipos de los cuatro continentes. El Sevilla, gloria nacional y subcampeón de liga, alzó la gloria en pies de Juan Arza. No es de extrañar, pues, que medio siglo después de su retirada, el club declarase su número ocho como "Dorsal de leyenda". Nadie tuvo tal consideración. Nadie ha sido tan bueno en el Sevilla como él.

También le ganó al Benfica de Coluna, Torres y Simoes; aquella columna vertebral que años después conquistaría Europa. Fue en la eliminatoria de octavos de final de Copa de Europa de 1958. Tres a uno en Sevilla, cero a cero en Portugal. Grandeza total para un tipo que, siendo un niño viajó a Barcelona para firmar por el Español y no pudo con la nostalgia. Regresó a casa pensando que el fútbol se había terminado para él y se retiró marcando ciento ochenta y dos goles en primera división.

"El niño de oro", le llamaban. Así le bautizó su primer entrenador en Sevilla, Patrick O'Connell, al conocer el precio que el club había pagado por él. Y con el apodo se quedó hasta el final. Porque su fútbol era oro puro, veinticuatro kilates de auténtica calidad. El fútbol de un tipo que puso en pie una ciudad y puso en el mapa a un equipo. Cuando creían que el futuro era negro sin los Stukas, llegó Arza y pintó el presente de blanco. Si el Sevilla es grande, se lo debe en gran parte a Juan Arza Íñigo. El navarro que entendió el andaluz, el andaluz que traspasó fronteras.

jueves, 14 de febrero de 2019

La primera vez

La primera vez es la más complicada, porque en el ansia vive el lamento de los nervios, porque en la esperanza vive el hilo del fracaso, porque en la afrenta vive el silencio de la incertidumbre. La primera vez, cuando la expectativa es tan alta como el cielo, la exposición a la caída es proporcional al deseo de apagarte, porque la palabra, más allá del honor, suele tener implícito un aliciente de revancha. Todos quieren ganarte, todos quieren apagar tu luz.

En el verano de 1982 Maradona era el chico de los ocho millones de dólares. El Barça había saltado la banca y se había hecho con los derechos del que decían era el mejor jugador del mundo. Tanta expectitva obliga a una continua demostración. El problema, ansiedad añadido, era que la forma física no era la idónea y en un deporte que respira talento pero sulfura sudor, la condición física marca la diferencia entre los campeones y los aspirantes.

Argentina pasó un mes en Villajoyosa. Entre sol, playa y tiempo libre se olvidaron de entrenar lo necesario. Se creían campeones, porque lo eran de facto y porque habían incorporado a Maradona, el niño de oro. Pero la realidad cayó como un misil el día que enfrentaron a Bélgica y el mundo les vio con la lengua fuera. Perdieron y tuvieron que ir a remolque para superar a las cenicientas del grupo; cuatro a uno a Hungría, don dos goles de Diego, dos a cero a El Salvador. Misión cumplida pero abocados a una cruenta pelea contra dos potencias del fútbol: Italia y Brasil.

El partido contra Italia fue el partido del marcaje de Gentile. El tosco defensor italiano secó a Maradona con un marcaje que rozó el límite de la ilegalidad. Golpes, empujones, pellizcos, patadas, e Italia como ganadora del duelo después de que Tardelli y Cabrini batiesen a Fillol. Quedaba una bala pero quedaba, también, muy poco aliento. Y la bala era Brasil. Como imaginar que has estado soñando durante un lustro con esta oportunidad y te tienes que jugar las esperanzas a cara y cruz contra el mejor equipo del mundo. Brasil ganó fácilmente ante una Argentina que ni opuso oposición ni puso fútbol. Y cuando el tres a cero iluminaba el marcador del viejo Sarriá, Maradona perdió su enésimo balón. Creyendo que era Falcao quien le había segado la pelota una vez más, soltó la plancha e impactó en la entrepierna de Batista. Dolor, gritos y una tarjeta roja que marcó la trayectoria de Diego por el doudécimo mundial de fútbol.

La ventaja del fútbol es que siempre ofrece revancha. Diego se prometió volver y volvió. En aquel ochenta y dos, además, sus paisanos estaban siendo masacrados por el ejército inglés en Las Malvinas. Todo pesaba, el dolor y la conciencia también. La Argentina que viajó a México era menos glamourosa pero más decidida. Vengaron las afrentas; Maradona burló a Bérgomi en ausencia de Gentile y sus piernas (mano incluída) burlaron a toda Inglaterra. Se vengaron las afrentas y se abrió un nuevo espacio para la memoria. Las primeras veces suelen estar trufadas de incertidumbre y el éxito y el fracaso dependen de factores externos. Maradona perdió los nervios en España y en México ganó la inmortalidad. Porque fue líder y no complemento, porque encontró fe y no dudas, porque eran tipos con ganas y no niños desentrenados.

lunes, 4 de febrero de 2019

Galones

Suele ocurrir que, cuando tú haces muy bien las cosas, los demás terminen haciéndolo mal. Que las rachas, las buenas y las malas, no duran para siempre y que muchas veces hay que bajar hacia el infierno para conocer las virtudes del Parnaso, entender la cuadratura del círculo y reencontrar el objetivo cuando los látigos ya están en espera de castigarte.

Nada ofrece mayor compostura moral que las victorias. De este modo, el gol postrero de Ceballos en el Villamarín supuso una especie de lanzadera desde la que el Madrid encontró el impulso necesario. De verse muy lejos pasó a verse, como mínimo, igual, y eso era demasiado premio para un equipo que había vagado por el desierto durante el primer tercio de la temporada.

El Madrid ha encontrado el juego, la alegría y ha recuperado el vigor que, cada fin de temporada, le pone en el primer lugar del escalafón del favoritismo. Es un equipo que, cuando juega con fe, es casi imparable. Bien es cierto que las últimas victorias han llegado ante equipos de escalón bajo y en forma decreciente, pero contra equipos así ha jugado los anteriores cuatro meses y ha tropezado, una y otra vez, con la misma piedra.

La recuperación se ha cimentado en la recuperación para la causa de los tres viejos pistoleros. Ramos se ha eregido en capitán, Modric en timonel y Benzemá en artista. Cada uno, en su papel, ha ido contagiando el ánimo a sus compañeros y es que tener a los mejores del mundo implica que, quienes no lo son, terminen siendo aún mejores jugando a su lado. Vinicius, Ceballos, Llorente, Reguilón. Sangre joven al servicio de la veteranía. En la batalla, los galones son consecuencia de la implicación.