miércoles, 17 de enero de 2024
El Rubio
martes, 23 de noviembre de 2021
Estanislao
Aquellos años ochenta donde el norte supuraba las heridas del centralismo, donde el fútbol volvió a tener brújula y donde el barro salpicaba los rostros de mirada enjuta que no sólo buscaban la victoria sino amurallar su particular parcela de orgullo. Chicos de la casa dispuestos a darlo todo, gargantas encendidas por el ánimo y palmas encarnadas por el agradecimiento. Dos ligas, una copa y la sensación eterna de que en casa se cultiva siempre el mejor producto.
Estanis Argote era un extremo de corte clásico, lo suficientemente veloz como para ganar una carrera al espacio, lo suficientemente hábil como para ganarse ese metro previo al centro, lo suficientemente listo como para ver al compañero mejor situado un segundo antes que los demás. Fino y estilista, sus centros picados eran postre de sobremesa y motivo de asombro. Tantas asistencias propias, tantos goles ajenos y tantos partidos en el recuerdo. El heredero de una estirpe que comenzó con Gorostiza y encumbró a Gaínza y a Rojo, se hizo dueño de una banda izquierda que, en San Mamés, era motivo de exigencia al tiempo que expectativa constante.
No ha vuelto a haber otro igual. Parece que, terminado ese equipo, terminaron las tradiciones. Ni extremos, ni pichichis, ni centrales de corte imperial. Ni títulos, ni grandeza superlativa. Pero siempre queda la esperanza, queda Lezama y queda el tiempo, siempre tan digno para juzgar el trabajo bien hecho y siempre tan dispuesto a fructificar los sueños de grandeza. Allí, junto a la cal de San Mamés, aún queda la estela del último gran extremo izquierdo, el chico que jugaba al golf en sus ratos libres y que, además de tocar el acordeón maestría, era el mejor extremo izquierdo del campeonato.
martes, 22 de septiembre de 2020
El Tuto
Por bigotes. Por honor, por orgullo, por casta de galgo y por diablo viejo que todo lo sabe. El Tuto Sañudo
se hizo amo del área propia del Sardinero a base de coraje, de meter miedo al miedo y de ser tan sobrio como un tablón de madera. Aguantaba el tipo con la cabeza alta, la nariz enrojecida por los choques y la camiseta siempre manchada de barro, como pintaba la tradición, como lo exigían los dueños del espectáculo.Pierna fuerte, salto enérgico, siempre al cruce, con todo, con esa vieja premisa que dictaba una norma no escrita pero siempre candente; o pasa el balón o pasa el tipo, pero nunca los dos juntos. Por eso el Tuto se convirtió en capitán, por eso se convirtió en ídolo. Levantaba el brazo, la cabeza, la voz y todos escuchaban. Esta tarde hay que darlo todo. Y el Sardinero vibraba con sus años de élite. Más de doscientas veces vistió la blanca y verde en primera, más otras tantas con el azul del Oviedo. Allí conoció Europa, por vez primera, allí, una vez más, se midió al checo Skuhravy y le dejó claras las intenciones en el minuto dos del encuentro. Amarilla y a callar. Orgullo intacto y a correr.
Cumplió treinta y cinco y regresó a casa. Por amor, por necesidad, porque se lo dictaba el corazón, porque se lo pedía su gente, porque añoraba el calor de una grada que siempre se había rendido a su entrega. Dibujó una temporada de ensueño y devolvió a su Racing al lugar de pertenencia. El equipo de nuevo en Primera y él, una vez más, diciendo adiós. Esta vez para siempre. Los compañeros se abrazaban en el centro del campo y él caminaba hacia el oscuro túnel de la retirada mientras el estadio, puesto en pie, le dedicaba un aplauso y le decía ese "gracias por todo" que tanta satisfacción genera en las personas.
jueves, 17 de septiembre de 2020
El ídolo del Tartiere
El Atlético de Madrid visita al Oviedo y se lleva un serio correctivo. Entre los cinco goles anotados destaca un zambombazo de Tomás desde el centro del campo que sorprende a Abel. Ante el asombro y jolgorio de la afición local, un pequeño jugador salta al campo con la camiseta del Atlético de Madrid, la gente, antes de continuar vitoreando a su equipo, se pone en pie y aplaude de manera rotunda. "Carlos, te quiere, la gente del Tartiere". Al chico se le pone la piel de gallina y apenas puede contener la emoción mientras intenta jugar y capear un temporal irremediable.
Carlos había jugado en Oviedo durante la temporada anterior. Procedente del más negro pozo de la competición, había terminado salvando la categoría gracias a una rocambolesca operación de la federación que terminó por incrementar el número de equipos en la categoría de plata. De dieciocho a veinte y una de esas dos plazas para el Oviedo, quien había terminado en puestos de descenso. Así, pues, Carlos llegaba, procedente del filial del Barcelona, a un equipo autodestruido y con pocas aspiraciones. Así que, a falta de ilusión colectiva, impuso su ilusión particular e hizo lo que mejor sabía; marcar goles. Carlos anotó veinticinco, los que le consagraron como pichichi de la categoría y el Oviedo alcanzó la tercera plaza con la opción de poder jugar la promoción de ascenso ante el Mallorca. Un gol de Carlos en el descuento, ponía en ventaja a un Oviedo que supo aguantar estoicamente los embates bermellones en el partido de vuelta. El Oviedo estaba de nuevo en Primera y el Tartiere tenía un nuevo ídolo.
Pero al chico le dijeron que tenía que fichar por el Atlético y se vistió de rojiblanco sin apenas saber si era eso lo que le interesaba. El Atlético de Gil era una trituradora de futbolistas y un enjambre donde siempre acababan presos de patas en él cada uno de los entrenadores que corría para escuchar las palabras malditas del presidente. Carlos se encontró con Clemente, otro juguete roto de la vicisitud gilista, y se enfrentó a él porque prefería poner a Manolo y a Baltazar. Como no se sentía inferior a ellos se rebeló y la disputa terminó con Clemente en la calle y Carlos en el banquillo. Por eso, aquel día en el que regresó al estadio donde había sido feliz, la gente se puso en pie y le hizo una declaración de amor que jamás olvidaría.
Carlos regresó al Tartiere y jugó siete temporadas con el Oviedo anotando noventa y tres goles. Durante un tiempo, lo que duró Vicente Miera como seleccionador, fue el delantero centro titular de la selección española, pero su idilio con la roja se rompió el día en el que Clemente destituyó a Miera y le dejó claro a Carlos que, con él, jamás volvería vestir de rojo. La afrenta que duele en el corazón es la que más agita el espíritu. Por ello Carlos se hizo hombre, se hizo irreductible y se hizo dueño del área grande. Anotó goles de todas las facturas, compitió como el más castizo de los delanteros y se dejó la piel en cada disputa. No hubo extrañeza, pues, cuando una tarde de mayo de 1996, Carlos dijo adiós entre lágrimas y todo Oviedo, de pie, ya fuese en sus butacas o en sus salones, entonase el "Carlos, te quiere, la gente del Tartiere".
miércoles, 15 de abril de 2020
El rey mago
lunes, 4 de noviembre de 2019
Desde Moncada con elegancia
En Madrid engrosó su palmarés y encontró mucho respeto, pero jamás recuperó el cariño que había dejado en su tierra. Marchó a Burgos para jugar un último año y dejó que la cátedra la sentasen nuevos tipos con nuevas formas de ver el fútbol. La suya era manera periférica porque tenía el campo entero en su campo de visión. Salía desde atrás, tiraba paredes, se encontraba en la frontal y siempre encontraba la ventaja para poder decidir. Y en cada balón parado era el hombre del saco, porque nada daba más miedo que su frente dispuesta.
La historia suele ser más justa con aquellos tipos que alcanzaron la gloria en equipos de leyenda. Muchas veces creemos recordar a alguien sólo porque estuvo ahí en un momento puntual. Miguel Tendillo formó parte del Madrid de la Quinta del Buitre, pero antes de ello había formado parte de un Valencia colosal que, Kempes mediante, le había plantado cara a los equipos más poderosos de España.
martes, 22 de octubre de 2019
El Nibelungo
viernes, 15 de febrero de 2019
Señor
Si hay un futbolista asociado a un grito, a una voz, a un gallo mítico, a una afonía producida por el éxtasis, este es Juan Señor; centrocampista de ida y vuelta en un Zaragoza que vivía en primera y luchaba por la zona noble. Un capitán de los de antes, de los que juraban fidelidad a un club y se marchaban con la vitrina vacía pero con el orgullo pleno de satisfacción.jueves, 3 de enero de 2019
El último cromo
lunes, 15 de octubre de 2018
Manu
viernes, 15 de junio de 2018
Centrocampistas de antes
jueves, 15 de marzo de 2018
El Tato
Entre las estampas había auténticos adonis y estrellas del balompié. Nos fascinaban los últimos fichajes y presumíamos de cromo si nos tocaban tipos como Butragueño, Futre o Lineker. Pero en aquel fútbol de los ochenta también había tipos de perfil bajo y aspecto bizarro. Los hombres que perdían el pelo no se rapaban la cabeza buscando metrosexualidad y donde hoy vemos barbas hipsters entonces había bigotes poblados y viriles. Eran futbolistas que se manchaban de barro y bebían cerveza después de los partidos. No les importaba carecer de abdominales porque sólo se preocupaban de llegar al balón antes que el rival.
Entre aquellos tipos feotes y chaparros, destacaba un centrocampista que se desenvolvía sobre la banda derecha del Logroñés. Abadía, apodado "El Tato", era un futbolista cumplidor de bigote negro, calvicie prominente y piernas arqueadas. Se manejaba de maravilla sobre el barro de Las Gaunas en invierno y era un soldado abnegado durante la larga temporada. Entre sus logros, guarda en la memoria, un tiro de volea en el Bernabéu que acabó en gol el día que el Logroñés empató a dos en Chamartín y saltó la banca.
jueves, 19 de octubre de 2017
Chus
viernes, 3 de marzo de 2017
La perla de Montijo
Tenía las piernas fuertes, la cintura elástica y una velocidad endiablada. Era tan zurdo que sólo utilizaba la derecha para apoyar, era tan imprevisible que había pocos defensores capaces de detener su ímpetu. El día que se levantaba mandón era capaz de levantar el estadio, otros días, más perezoso y más apagado en el ánimo, deambulaba como alma en pena sobre un césped encharcado. Pero nosotros siempre le esperábamos. Siempre estábamos dispuestos a cantar su nombre al ritmo de Queen. We will rock you. Paulo Futre.
martes, 21 de julio de 2015
Illa, Illa
El día que se marchó Juanito se nos marchó la infancia. Habíamos crecido pegados a la radio, escuchando goles y remontadas imposibles. Aquellos que lo amaban sintieron el orgullo intacto y la tristeza tan al fondo que no supieron si llorar o no querer nunca dejar de recordar. Los que le sufrimos, seguimos sabiendo que, aún en la rivalidad, el aplauso siempre corresponde a aquellos que miran de cara en la victoria y en la derrota. Juanito tenía arrugas de hombre serio y alma de niño. Hablaba de frente y goleaba como un mago sin chistera; todo inspiración, todo imaginación.
Las piernas arqueadas, la provocación en la sonrisa, el regate en corto, el disparo seco, elegante, curvado, certero. Y pase magistral. Siempre en el momento preciso. Dijeron que era un Guadiana, pero el día que el río llevaba agua era un torrente de genialidad. Le costó hacerse un hueco con la selección y el mundo le conoció con un botellazo que hizo honor a su fama pero no fue justo con su fútbol. Los niños bajaban al barrio con un número siete cosido en una camiseta blanca. Aquel fútbol de entonces honraba a sus héroes. Hoy, mientras observamos la triste despedida de un portero que nos lo dio todo, no imaginamos a Juanito marchándose sin honores. Sin embargo, todos sabemos que de aquel fútbol de patio de colegio no queda ni la educación.
martes, 11 de septiembre de 2012
Hugol
martes, 10 de julio de 2012
El Brujo
martes, 28 de febrero de 2012
El profe
jueves, 31 de marzo de 2011
Aguinaldo
Había un jugador con las piernas de un oso y la cabeza siempre levantada, el viento aireaba un pelo entrecanoso y el balón susurraba al viento cada vez que salía desde sus botas. Era pausado para construir y listo para destruir, recorría el último tramo del campo con audacia, elegante en el control, avispado en el desmarque, talentoso en el último pase, preciso en el disparo.
Hubo una vez una ciudad que vistió el color del pimentón y se echó a la calle para celebrar sus éxitos. Hubo dos ascensos, hubo dos ídolos y hubo varios años de felicidad que hoy son pura melancolía. En el área vivía un macho hondureño con un cañón en cada bota y por detrás sobrevolaba el césped un brasileño con nombre de propina navideña y detalles de Papá Noel vestido de futbolista. Aguinaldo de nombre e ídolo para La Condomina. Fútbol de empaque, redes temblorosas, porteros impresionados.
Hubo un jugador que abandonó Brasil para hacer fortuna y recorrió España para enamorar corazones. Ídolo de ascensos en Murcia, ídolo de ascensos en Tenerife y director de escena en sus últimos coletazos junto al palmeral de Elche. Hubo un tipo de sonrisa torcida, gesto engañoso y plumas en los pies. Hubo un tipo que abrió la puerta grande de Brasil para los equipos modestos.
martes, 22 de febrero de 2011
El pequeño diablo
Los seguidores de la Real Sociedad soñaron durante más de una década gracias al ingenio de su diminuto extremo. Hoy sería un socio perfecto para esta generación de pequeños aprendices de mago, ayer fue el motivo más sondable para que los aficionados llenaran las gradas del viejo estadio de Atocha.
Allí, entre el barro del invierno y el verde césped de la primavera, el pequeño número once cumplió el deseo de miles de aficionados e hizo contener el asombro a millones de españoles que asistían impávidos a sus exhibiciones desde sus nuevos televisores en color. Cada regate era poesía, cada centro era una declaración de amor. Al delantero, al compañero, al amigo, le tocaba el turno de devolver el grado de aquel sonoro beso. Un tipo que jugaba para divertir y que terminó levantando títulos. Un par de ligas que llevaron el sello de un entrenador humilde, de un grupo de amigos que jugaban al fútbol cada domingo por la tarde y de un pequeño diablo que, de vez en cuando, levantaba a la gente de sus asientos.





