Mostrando entradas con la etiqueta LOS JUGADORES DE MIS COLECCIONES DE CROMOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LOS JUGADORES DE MIS COLECCIONES DE CROMOS. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de enero de 2024

El Rubio

Los especiales, normalmente, suelen ser tipos discutidos por el jefe al tiempo que son venerados por sus compañeros y clientes, porque los tipos especiales saben encontrar el momento idóneo para sacar la chistera, hacer la gracia, vender la aspiradora y saber que pueden volver a casa con la conciencia tranquila y el expediente inmaculado, pero aquellos que siempre piden una venta más, una hora más o una llamada extra, serán los que reprochen al mejor comercial de la empresa su falta de implicación por más que la gente haya acudido a ellos solamente para dejarse seducir por sus dotes de convencimiento.

John Lauridsen fue el tipo más querido por la grada del Espanyol al tiempo que fue siendo reprochado por sus entrenadores. Todos pedían una entrada extra, una carrera de más, un esfuerzo adicional mientras el tipo golpeaba a la pelota con pasión, daba siempre el centro preciso y sabía levantar todos los corazones gracias a su talento innato para jugar al fútbol. Cuando Clemente consideró que aquellas dotes no eran suficientes para hacerle valedor de un puesto como titular, la gente se puso de uñas, pero el equipo funcionó tan bien que si bien no podían reprochar del todo la decisión, al menos sí podían ponerse de pie cuando El Rubio pisaba el terreno de juego.

Porque El Rubio era un futbolista de una pieza que entendía el juego como una concepción de individual al servicio de un conjunto ¿Para qué sacrificarse por todos cuando todo podían sacrificarse por él? Lauridsen era un tipo especial; en su empresa no hacía horas extra, ni llamadas a deshora, pero tenía a todos convencidos para comprar la aspiradora. Y es que el danés era un artista ímprobo, un tipo que sabía manejar los tiempos y que, sobre todo, flotaba sobre el césped. Uno de esos jugadores especiales por lo que merece la pena pagar la entrada y cuyo recuerdo ha sobrevivido incluso al tipo que le cortó las alas mandándole al banquillo de los acusados.

martes, 23 de noviembre de 2021

Estanislao

La banda izquierda de San Mamés rezumaba clase y estilo. El tipo, Estanis para los amigos, ganaba la línea de fondo con la facilidad de los artistas y ponía caramelos en el área en forma de asistencia de gol. Centro de Argote, gol de Dani, fue cantinela popular en los bares de Pozas después de los partidos, allí donde las previas se regaban con txakoli y se engullían con txapelas. El viejo botxo engalanado para tardes de domingo que se convirtieron en leyenda, con una alineación recitada de carrerilla que terminaba siempre con Estanislao Argote en el último lugar. Número once, extremo izquierdo, centros al área con aroma de gol.

Aquellos años ochenta donde el norte supuraba las heridas del centralismo, donde el fútbol volvió a tener brújula y donde el barro salpicaba los rostros de mirada enjuta que no sólo buscaban la victoria sino amurallar su particular parcela de orgullo. Chicos de la casa dispuestos a darlo todo, gargantas encendidas por el ánimo y palmas encarnadas por el agradecimiento. Dos ligas, una copa y la sensación eterna de que en casa se cultiva siempre el mejor producto.

Estanis Argote era un extremo de corte clásico, lo suficientemente veloz como para ganar una carrera al espacio, lo suficientemente hábil como para ganarse ese metro previo al centro, lo suficientemente listo como para ver al compañero mejor situado un segundo antes que los demás. Fino y estilista, sus centros picados eran postre de sobremesa y motivo de asombro. Tantas asistencias propias, tantos goles ajenos y tantos partidos en el recuerdo. El heredero de una estirpe que comenzó con Gorostiza y encumbró a Gaínza y a Rojo, se hizo dueño de una banda izquierda que, en San Mamés, era motivo de exigencia al tiempo que expectativa constante.

No ha vuelto a haber otro igual. Parece que, terminado ese equipo, terminaron las tradiciones. Ni extremos, ni pichichis, ni centrales de corte imperial. Ni títulos, ni grandeza superlativa. Pero siempre queda la esperanza, queda Lezama y queda el tiempo, siempre tan digno para juzgar el trabajo bien hecho y siempre tan dispuesto a fructificar los sueños de grandeza. Allí, junto a la cal de San Mamés, aún queda la estela del último gran extremo izquierdo, el chico que jugaba al golf en sus ratos libres y que, además de tocar el acordeón maestría, era el mejor extremo izquierdo del campeonato.

martes, 22 de septiembre de 2020

El Tuto

Por bigotes. Por honor, por orgullo, por casta de galgo y por diablo viejo que todo lo sabe. El Tuto Sañudo

se hizo amo del área propia del Sardinero a base de coraje, de meter miedo al miedo y de ser tan sobrio como un tablón de madera. Aguantaba el tipo con la cabeza alta, la nariz enrojecida por los choques y la camiseta siempre manchada de barro, como pintaba la tradición, como lo exigían los dueños del espectáculo.

Pierna fuerte, salto enérgico, siempre al cruce, con todo, con esa vieja premisa que dictaba una norma no escrita pero siempre candente; o pasa el balón o pasa el tipo, pero nunca los dos juntos. Por eso el Tuto se convirtió en capitán, por eso se convirtió en ídolo. Levantaba el brazo, la cabeza, la voz y todos escuchaban. Esta tarde hay que darlo todo. Y el Sardinero vibraba con sus años de élite. Más de doscientas veces vistió la blanca y verde en primera, más otras tantas con el azul del Oviedo. Allí conoció Europa, por vez primera, allí, una vez más, se midió al checo Skuhravy y le dejó claras las intenciones en el minuto dos del encuentro. Amarilla y a callar. Orgullo intacto y a correr.

Cumplió treinta y cinco y regresó a casa. Por amor, por necesidad, porque se lo dictaba el corazón, porque se lo pedía su gente, porque añoraba el calor de una grada que siempre se había rendido a su entrega. Dibujó una temporada de ensueño y devolvió a su Racing al lugar de pertenencia. El equipo de nuevo en Primera y él, una vez más, diciendo adiós. Esta vez para siempre. Los compañeros se abrazaban en el centro del campo y él caminaba hacia el oscuro túnel de la retirada mientras el estadio, puesto en pie, le dedicaba un aplauso y le decía ese "gracias por todo" que tanta satisfacción genera en las personas. 

jueves, 17 de septiembre de 2020

El ídolo del Tartiere

El Atlético de Madrid visita al Oviedo y se lleva un serio correctivo. Entre los cinco goles anotados destaca un zambombazo de Tomás desde el centro del campo que sorprende a Abel. Ante el asombro y jolgorio de la afición local, un pequeño jugador salta al campo con la camiseta del Atlético de Madrid, la gente, antes de continuar vitoreando a su equipo, se pone en pie y aplaude de manera rotunda. "Carlos, te quiere, la gente del Tartiere". Al chico se le pone la piel de gallina y apenas puede contener la emoción mientras intenta jugar y capear un temporal irremediable.

Carlos había jugado en Oviedo durante la temporada anterior. Procedente del más negro pozo de la competición, había terminado salvando la categoría gracias a una rocambolesca operación de la federación que terminó por incrementar el número de equipos en la categoría de plata. De dieciocho a veinte y una de esas dos plazas para el Oviedo, quien había terminado en puestos de descenso. Así, pues, Carlos llegaba, procedente del filial del Barcelona, a un equipo autodestruido y con pocas aspiraciones. Así que, a falta de ilusión colectiva, impuso su ilusión particular e hizo lo que mejor sabía; marcar goles. Carlos anotó veinticinco, los que le consagraron como pichichi de la categoría y el Oviedo alcanzó la tercera plaza con la opción de poder jugar la promoción de ascenso ante el Mallorca. Un gol de Carlos en el descuento, ponía en ventaja a un Oviedo que supo aguantar estoicamente los embates bermellones en el partido de vuelta. El Oviedo estaba de nuevo en Primera y el Tartiere tenía un nuevo ídolo.

Pero al chico le dijeron que tenía que fichar por el Atlético y se vistió de rojiblanco sin apenas saber si era eso lo que le interesaba. El Atlético de Gil era una trituradora de futbolistas y un enjambre donde siempre acababan presos de patas en él cada uno de los entrenadores que corría para escuchar las palabras malditas del presidente. Carlos se encontró con Clemente, otro juguete roto de la vicisitud gilista, y se enfrentó a él porque prefería poner a Manolo y a Baltazar. Como no se sentía inferior a ellos se rebeló y la disputa terminó con Clemente en la calle y Carlos en el banquillo. Por eso, aquel día en el que regresó al estadio donde había sido feliz, la gente se puso en pie y le hizo una declaración de amor que jamás olvidaría.

Carlos regresó al Tartiere y jugó siete temporadas con el Oviedo anotando noventa y tres goles. Durante un tiempo, lo que duró Vicente Miera como seleccionador, fue el delantero centro titular de la selección española, pero su idilio con la roja se rompió el día en el que Clemente destituyó a Miera y le dejó claro a Carlos que, con él, jamás volvería vestir de rojo. La afrenta que duele en el corazón es la que más agita el espíritu. Por ello Carlos se hizo hombre, se hizo irreductible y se hizo dueño del área grande. Anotó goles de todas las facturas, compitió como el más castizo de los delanteros y se dejó la piel en cada disputa. No hubo extrañeza, pues, cuando una tarde de mayo de 1996, Carlos dijo adiós entre lágrimas y todo Oviedo, de pie, ya fuese en sus butacas o en sus salones, entonase el "Carlos, te quiere, la gente del Tartiere".


miércoles, 15 de abril de 2020

El rey mago

Los niños del Atleti elegimos a Baltasar como rey mago favorito desde que, en 1988, aterrizó un brasileño en el Calderón y nos regaló un año de goles y pichichi. Fue la ilusión mágica de un rey mago que apareció guiado por la estrella del norte y se marchó con la estrella de oriente apenas dos años más tarde sin saber por qué los goles se le habían secado y por qué los recuerdos se habían esfumado.

Baltazar fue un excelso goleador en Vigo donde empezó como un héroe y terminó atormentado después de un fortuito choque con el portero del Málaga José Antonio Gallardo. Gallardo murió tras ocho días en coma y Baltazar llegó a Madrid para empezar  de nuevo. La creencia en sus posibilidades y su fe en Dios le ayudaron a continuar el camino y abrirse paso en los libros de historia como el Pichichi de la temporada 1988-89 después de anotar treinta y cinco goles, hat trick al Madrid incluido.

No era el más rápido, ni el más hábil, pero era un rematador nato y un oportunista infalible. Durante aquella temporada frenética nos acostumbró a los goles más inverosímiles; de falta, de cabeza, de volea, con ambas piernas, amén de no fallar ni un penalti. Fue su año de gloria, el año en el que vivió el éxito y se dejó llevar por la corriente. Después llegaron Clemente y las prisas. Gil no ayudó y cuando dejó de creer en él le dio la baja para contratar a un viejo alemán que llegaba libre desde el Madrid.

Con Schuster el Atleti encontró el juego, el contraataque y dos Copas del Rey. El gol se personalizó en la figura de Manolo y el vértigo siguió siendo propiedad de Futre, pero quedó la espina grabada por ese tipo que nos hizo muy felices durante una temporada y desapareció con el tiempo como sólo desaparecen los tipos legendarios que llegan desde oriente para darnos ciertas noches de ilusión cumplida.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Desde Moncada con elegancia

Había un tipo tan elegante como competitivo. Jugaba de cierre, al que llamaban hombre libre, de tipo escoba que barría balones sueltos y los sacaba jugados como el mejor centrocampista. Tranco largo, pelo ensortijado, mirada periférica. Era un goleador inhabitual porque siempre ganaba los córners, porque siempre que entraba en el área contraria era para dejar cuenta de su munición.

Pero su punto de encuentro era el área propia. Allí encontraba el hábitat y desde allí hacía fluir el juego. Formó pareja con Arias, encontró sociedades con Saura y Subirats, se convirtió en el sentido del oído del murciélago valenciano, siempre intuyendo el peligro, siempre con la cabeza arriba, siempre con la aventura más audaz entre una ceja y la otra.

Cuando el Madrid recuperó el poder económico viajó a Valencia para traer al enemigo que les había hecho perder una liga con un cabezazo imponente. El Madrid creció y el Valencia menguó hasta ver sus huesos en la segunda división. En la Castellana se encontró con Maceda, el tipo que le había negado la internacionalidad durante los años anteriores y con Sanchís, el tipo que habría de negársela durante los años posteriores.

En Madrid engrosó su palmarés y encontró mucho respeto, pero jamás recuperó el cariño que había dejado en su tierra. Marchó a Burgos para jugar un último año y dejó que la cátedra la sentasen nuevos tipos con nuevas formas de ver el fútbol. La suya era manera periférica porque tenía el campo entero en su campo de visión. Salía desde atrás, tiraba paredes, se encontraba en la frontal y siempre encontraba la ventaja para poder decidir. Y en cada balón parado era el hombre del saco, porque nada daba más miedo que su frente dispuesta.

La historia suele ser más justa con aquellos tipos que alcanzaron la gloria en equipos de leyenda. Muchas veces creemos recordar a alguien sólo porque estuvo ahí en un momento puntual. Miguel Tendillo formó parte del Madrid de la Quinta del Buitre, pero antes de ello había formado parte de un Valencia colosal que, Kempes mediante, le había plantado cara a los equipos más poderosos de España.


martes, 22 de octubre de 2019

El Nibelungo

El gran Héctor del Mar, fallecido hace meses y maestro de narradores, gustaba de señalar futbolistas con apodos de distinción. Había uno que era un bombón, otro un fenómeno, otro un macho y otro un llaverito. Por encima de todos se distinguía la figura rubia e imponente de un tipo al que conocía como "El Nibelungo".

En la mitología germánica, los nibelungos eran tipos que acumulaban poder y riquezas y cuyo rey fue derrotado por Sígfrido. A Schuster, futbolísticamente, muy pocos le derrotaron, porque el tipo entendía el fútbol como si se tratase de una extensión de la vida. Tenía carácter, era listo y era audaz. Tenía un guante en el pie derecho y un mueble con estantería en la cabeza. Como una brújula andante, buscaba el norte y encontraba siempre al compañero mejor colocado. Pudo haber sido un futbolista de cariz histórico, pero una lesión de cambió la vida.

Antes de Goico, Schuster era un box to box de manual. Un tipo de tranco largo y mirada siempre en el frente. Era lo suficientemente rápido como para acompañar y lo suficientemente hábil como para conducir. Vivía de tirar paredes, encontrar desmarques y ganar la zona de tres cuartos. Después de Goico, Schuster perdió la velocidad y cierta capacidad de regate, pero supo reinventarse porque en sus piernas había mucho fútbol y en su cabeza seguía habiendo muchos espacios libres.

Retrasó su posición, encontró una posición más periférica y se dedicó a jugar andando, cada vez más a medida que iba cumpliendo años. Cuando llegó al Atlético, tras haber sentado cátedra en el Barça y el Madrid, se le tenía por un jugador apagado y falto de carisma. Se encargó de cerrar bocas y apagar dudas dando lecciones de fútbol desde el círculo central. Fue el engranaje perfecto para que Futre abriese por fin la puerta que se le cerraba y fue el guía para una tropa que luchó una liga después de muchos años y ganó dos Copas después de una travesía en el desierto.

Acabó sus días en Alemania, el país que le despreció por haberse marchado fuera cuando era un joven con ínfulas; el país que le negó éxitos internacionales y donde marchó para marchitarse mientras se recondujo como defensa libre. Una muesca más en una carrera trufada de éxitos y, sobre todo, lecciones de fútbol. El nibelungo era el dueño del anillo y con él los dominaba a todos. Porque Schuster no creía en leyendas, pero sabía conjugar las mejores historias.


viernes, 15 de febrero de 2019

Señor

Si hay un futbolista asociado a un grito, a una voz, a un gallo mítico, a una afonía producida por el éxtasis, este es Juan Señor; centrocampista de ida y vuelta en un Zaragoza que vivía en primera y luchaba por la zona noble. Un capitán de los de antes, de los que juraban fidelidad a un club y se marchaban con la vitrina vacía pero con el orgullo pleno de satisfacción.

Señor era uno de esos esforzados de la causa que añadían siempre una gota de sudor más al presupuesto anticipado. Un futbolista de esos que llamaban escuderos porque permitían jugar al tipo que manejaba la brújula. Una función similar a la que hacía Víctor con Schuster en el Barcelona y que el capitán del Zaragoza hacía con Herrera o Güerri, porque al esforzado, aunque se le exige la mitad, generalmente suele ofrecer el doble.

Su polivalencia le permitió encontrar un hueco en el once de la selección española; generalmente como lateral, puesto que ocupó en sus inicios como zaragocista. Suyo fue el zapatazo que nos permitió soñar en una noche mexicana ante Bélgica y suyo fue, eternamente, el gol número doce ante Malta con el que España tumbó a los fantasmas y se permitió el lujo de sacar billete rumbo a la Eurocopa de Francia.

Allí jugó como interior, en un centro del campo entregado a la finura, comandado por Francisco y Gallego. Volvió a ejercitar la intendencia y volvió a encontrar el premio en una pila de elogios. Aunque se perdió la final, aquel equipo sigue siendo inolvidable. Entre el fracaso por el mundial de España y el casi agónico del mundial de México, hubo una generación que hizo soñar en grande a un país ávido de deseo. Y en aquel equipo lleno de estilistas y bombarderos del área, triunfó gente esforzada como Camacho, Víctor o Señor; hombres de otro tiempo que jugaban para otros pero que los otros nunca pudieron vivir sin ellos.

jueves, 3 de enero de 2019

El último cromo

Hay estampas que te marcan la vida. Pequeños objetos, sin más valor que el sentimental, que te hacen recordar siempre un momento, un instante, una situación. Cuando me hablan de Alberto Górriz, yo vuelvo a estar en la terraza de mi casa. Aquel cromo, tan deseado como imposible, apareció en el último sobre de la última compra del verano.
Yo era un niño común en la España de los ochenta. Bocadillo a media tarde y un rato de fútbol en la calle después de los deberes. En verano, como la mayoría de los niños del barrio, coleccionaba los cromos de la liga de fútbol. Las colecciones eran frustrantes porque, más allá de algún logro personal, generalmente el álbum quedaba muy lleno pero siempre incompleto. Eso fue así hasta la temporada 1988-89. Yo ya tenía doce años y mi habilidad para negociar había ido en aumento. Así, entre compras e intercambios, llegué al comienzo de temporada con todo mi álbum repleto excepto un sólo cromo; Alberto Górriz, defensa central de la Real Sociedad.
Aquello, desde luego, no parecía misión imposible. No era un último fichaje y no tenía por qué ser un cromo difícil de conseguir. Pero vaya si lo fue. Bajaba a la calle, cambiaba de barrio, iba de un parque a otro, y ningún niño tenía a Górriz. Llegué a ofrecer todo mi taco de cromos repetidos. Eran bastantes. Con muchos de ellos, para iniciar nuestra propia competición, confeccionábamos equipos de chapas haciendo el redondel con monedas de veinticinco pesetas. Pero esa es otra historia.
Mi historia termina una tarde finales de agosto. Mi padre me dio cien pesetas y yo compré cuatro sobres. No solían ser tan espléndidos nuestros progenitores, pero había días en los que les pillabas de buenas o simplemente ellos consideraban que te los habías ganado. Compré cuatro sobres pensando que serían los últimos del verano, que empezaría la liga y la colección terminaría. Y quedaría ese hueco en blanco correspondiente a Górriz, defensa central de la Real Sociedad. Pero Górriz apareció en el último de los sobres. Creo recordar que fue el segundo cromo, quizá el tercero. Recuerdo una sensación de júbilo contenido y una ilusión como recuerdo pocas. Los logros, en la infancia, se sienten el doble y se recuerdan el triple. Seguramente sea eso lo que me lleve a exagerar, pero aquel momento fue uno de los más felices de mi vida. Parece inexplicable, pero es así.
Y es que existen pequeñas estampas, pequeños momentos que nos marcan la memoria. Una fuente de agua en el parque para apagar la sed, un gol en el descampado contra la pandilla rival, un tebeo de Tintín en la biblioteca municipal y un último cromo para completar una colección. La infancia es el lugar de los sueños y la madurez es, simplemente, el lugar de los recuerdos.

lunes, 15 de octubre de 2018

Manu

La memoria es el lugar donde se instala la complacencia, el sitio común al que recurrir cuando la añoranza preside el desengaño. Una zurda mágica, un toque de distinción, una vaselina al portero adelantado. Nada más bello que una ejecución certera cuando los nervios aprisionan el estómago, nada más espectacular que una definición ajustada cuando el delirio se contrapone al deseo.

El Athletic que yo conocí era un equipo campeón por los cuatro costados. Competía como el león que representaba su imagen, sufría como un luchador en la arena, celebraba como un niño el día de su cumpleaños. Dirigidos por Javi Clemente, como una hueste imperial, arrasaba campos con victorias y críticas con jugadas conceptuales. Pelota directa, segunda jugada, balones cruzados y apariciones esporádicas. Y entre medias de aquel frenesí, un tipo que ponía la pausa.

Manu Sarabia jugaba con las medias caídas y el porte desgastado de quien parece no ponerle ganas. Era lo contrario a la furia que alimentaba al equipo y lo inherente a la clase que promulgaba el escudo. Jugaba entre líneas, tiraba paredes, abría al extremo y, en más de una ocasión, encontraba el lugar preciso para vacunar al portero con la precisión de un cirujano.

Fue héroe en Sevilla el día que España fue portada en el mundo tras arrollar a Malta con un arrebato de pasión y fútbol. Fue héroe en Canarias el día que el Athletic subió al cielo y regresó a la ría con un campeonato que se hacía de rogar. Y fue héroe en Bilbao después de que su gente le viese llorar como un niño después de cumplir el sueño de su vida. Un jugador de club que se marchó por la puerta de atrás después de un encontronazo con el tipo que se creyó más fuerte que él. Lo que Clemente no supo es que los héroes son tipos que dibuja la gente y contra el corazón no se puede provocar una lucha incontrolada.

viernes, 15 de junio de 2018

Centrocampistas de antes

El fútbol ha evolucionado tanto en lo físico que hemos covertido a los mediocampistas en atletas sin compasión, y ha evolucionado tanto en lo táctico que hemos convertido a los líderes en máquinas de precisión. En un juego donde la pelota corre a cien por hora y cada disputa es una cita con el destino, los tipos cerebrales sobresalen por encima del resto porque de ellos depende la nota de distinción. Hubo un día, sin embargo, en el que el fútbol, más rudo, pero algo más romántico, se movía por preceptos más básicos; marcaje al hombre, juego directo y, siempre, un centrocampista aseado por encima de la defensa.

El medio tapón que hoy conocemos como el tipo que asfixia al juego del rival, tan imprescindible por su agotamiento como por su insistencia, es la evolución de un fútbol menos visceral pero más enérgico. No hace tanto, sin embargo, nos embaucábamos con tipos que, jugando en la posición de centrocampista central, eran capaces de ejercer el oficio con distinción y jugar la pelota con elegancia.
En aquellos ochenta tan manidos y tan recordados por todos aquellos que pulsamos el botón de la nostalgia siempre que apelamos a tiempos relativamente mejores, existían equipos de menor calado que sobrevivían gracias a la clase de sus mejores centrocampistas. En el norte, tierra de tipos bravos, dónde el fútbol se aprendía en el barro y el juego se aprendía en piques de descampado, sobrevivieron, con éxito, dos equipos que hubieron de hacer sombra a los inapelables equipos vascos.

Sporting y Racing tenían su punto de distinción en el convencimiento y en la profundidad. Especialmente mágica fue la época de un Sporting que llegó a pelear por la liga y se quedó con la miel en los labios en dos finales de copa. Allí, entre hombres fuertes que, bigote recio, hacían hormigón en defensa y, tipos livianos que hacían magia en ataque, gobernaba un hombre de cabeza alta y mirada acaparadora. Su fútbol era sencillo pero eficaz; generalmente a uno o dos toques, siempre preciso, nunca erróneo, y el equipo, paso a paso iba acogotando al rival al ritmo de su coordinador. En Santander el juego era más febril, más británico, pero cuando reinaba el caos, aparecía el toque distinto de un tipo que entendía el fútbol como un oficio de estilistas. La cabeza siempre arriba, en el pie siempre un guante y la pelota, siempre, en el lugar preciso. Siempre en el pie del compañero mejor situado.

Joaquín Alonso y Enrique Setién fueron futbolistas de su tiempo, de una época donde las batallas se jugaban en las áreas, donde los defensores tenían patente de corso y los delanteros debían ingeniarse la búsqueda del espacio. Una época de marcajes al hombre, una época de extremos hábiles y balones cruzados. Una época donde el fútbol, como siempre, terminaba jugándose en los pies de los tipos con mando en plaza. Capitanes de otra época, futbolistas, como siempre, capacitados para empujar con lo pelota antes que con el físico. Nunca ha resultado tan sencillo explicarlo; el fútbol, al final, pertenece a quien sabe jugarlo.

jueves, 15 de marzo de 2018

El Tato

En tiempos de analogía y sueños de papel, los niños crecíamos en la calle, inventábamos juegos y, cuando llegaba el verano, coleccionábamos cromos. No era una tarea sencilla; en primer lugar había que contar con el beneplácito económico de nuestros padres. Los sobres costaban diez pesetas, pero sumando de diez en diez, la colección se podía marchar a un pico y no a todos los padres les hacía gracia lo que ellos consideraban un despilfarro. Y, en segundo lugar, había que hacer frente, con resignación, a la colección de cromos repetidos que salían, en bucle y sin parar, un sobre tras otro.

Por eso, era común ver a cualquier chaval del barrio con un enorme taco de cromos repetidos y abordándonos para comprobar si, entre los nuestros, había alguno de los que a él le faltaban para la colección. Al ritmo de "sile, sile, nole, nole", pasábamos los cromos con destreza e íbamos intercambiándonos postales con el fin de terminar de rellenar un álbum que, en la mayoría de las ocasiones, siempre terminaba con algún hueco vacío.

Entre las estampas había auténticos adonis y estrellas del balompié. Nos fascinaban los últimos fichajes y presumíamos de cromo si nos tocaban tipos como Butragueño, Futre o Lineker. Pero en aquel fútbol de los ochenta también había tipos de perfil bajo y aspecto bizarro. Los hombres que perdían el pelo no se rapaban la cabeza buscando metrosexualidad y donde hoy vemos barbas hipsters entonces había bigotes poblados y viriles. Eran futbolistas que se manchaban de barro y bebían cerveza después de los partidos. No les importaba carecer de abdominales porque sólo se preocupaban de llegar al balón antes que el rival.

Entre aquellos tipos feotes y chaparros, destacaba un centrocampista que se desenvolvía sobre la banda derecha del Logroñés. Abadía, apodado "El Tato", era un futbolista cumplidor de bigote negro, calvicie prominente y piernas arqueadas. Se manejaba de maravilla sobre el barro de Las Gaunas en invierno y era un soldado abnegado durante la larga temporada. Entre sus logros, guarda en la memoria, un tiro de volea en el Bernabéu que acabó en gol el día que el Logroñés empató a dos en Chamartín y saltó la banca.

jueves, 19 de octubre de 2017

Chus

La clase, ese respeto hacia la pelota que vive entre el empeine y el dedo, corresponde a los tipos que nacen con la calidad bajo el brazo. Esa manera de pegarle, templado, suave, buscando las telarañas, esa manera de pasar el balón al compañero, tocando música, silbando al aire, recitando a ras de césped. Había un tipo que jugaba andando y pensaba corriendo; sus pases, casi a cámara lenta, hacían moverse al equipo de costado a costado, y sus lanzamientos de falta, por contener melodías de seducción, eran un pasaporte permanente hacia el país de los deseos cumplidos. Castellano de nacimiento, castizo de adopción, aprendió la alta competición con una camiseta azulgrana que le tejieron demasiado grande. Cuando regresó a Madrid, casi de vuelta, era más futbolista y mejor pensador. Impartió cátedra y arropó a una hornada de chicos que crecieron a su lado. Cuando la idiosincrasia del club explotó en mil pedazos, le quisieron cargar un muerto que no le correspondía. Terminó despedido y vilipendiado por obra y arte del tipo que mató la esencia de un club que se había forjado desde la pasión. Pero sobre el césped del Calderón, por más que los millones podridos de Gil intentasen tapar el grueso de sus errores, muchos aficionados de bota de vino y bocata de jamón, seguían añorando el temple y la clase de Jesús Landáburu.


viernes, 3 de marzo de 2017

La perla de Montijo

Era ídolo y casi Dios, un mesías portugués que nos sacó de la rutina, el hombre que nos hizo soñar, el avión al que todos nos subimos para volar muy alto. Quisimos ser alguien, plantar cara, saltar en el barro, pero la realidad nos situó mucho más atrás de lo que hubiésemos deseado. Pero siempre estaba él, la tabla de salvación, la cicatriz en la herida, el motivo por el que sentirse orgulloso.

Tenía las piernas fuertes, la cintura elástica y una velocidad endiablada. Era tan zurdo que sólo utilizaba la derecha para apoyar, era tan imprevisible que había pocos defensores capaces de detener su ímpetu. El día que se levantaba mandón era capaz de levantar el estadio, otros días, más perezoso y más apagado en el ánimo, deambulaba como alma en pena sobre un césped encharcado. Pero nosotros siempre le esperábamos. Siempre estábamos dispuestos a cantar su nombre al ritmo de Queen. We will rock you. Paulo Futre.

martes, 21 de julio de 2015

Illa, Illa

Había un estadio que lo había vivido todo y casi todo había sido lo más grande. Había un público que había aprendido a ganar, a celebrar y a disfrutar. Había una gente que no se acordaba de llorar, quizá porque hacía demasiado que no lo hacían, quizá porque no lo habían hecho nunca. Y hubo un tipo, de aspecto tosco y piernas pequeñas, que les hizo sentir un torrente de emociones. El puño en alto, la garganta desgañitada, el césped como escenario y la carrera frenética como despedida.

El día que se marchó Juanito se nos marchó la infancia. Habíamos crecido pegados a la radio, escuchando goles y remontadas imposibles. Aquellos que lo amaban sintieron el orgullo intacto y la tristeza tan al fondo que no supieron si llorar o no querer nunca dejar de recordar. Los que le sufrimos, seguimos sabiendo que, aún en la rivalidad, el aplauso siempre corresponde a aquellos que miran de cara en la victoria y en la derrota. Juanito tenía arrugas de hombre serio y alma de niño. Hablaba de frente y goleaba como un mago sin chistera; todo inspiración, todo imaginación.

Las piernas arqueadas, la provocación en la sonrisa, el regate en corto, el disparo seco, elegante, curvado, certero. Y pase magistral. Siempre en el momento preciso. Dijeron que era un Guadiana, pero el día que el río llevaba agua era un torrente de genialidad. Le costó hacerse un hueco con la selección y el mundo le conoció con un botellazo que hizo honor a su fama pero no fue justo con su fútbol. Los niños bajaban al barrio con un número siete cosido en una camiseta blanca. Aquel fútbol de entonces honraba a sus héroes. Hoy, mientras observamos la triste despedida de un portero que nos lo dio todo, no imaginamos a Juanito marchándose sin honores. Sin embargo, todos sabemos que de aquel fútbol de patio de colegio no queda ni la educación.


martes, 11 de septiembre de 2012

Hugol

Había un jugador que jugaba a un solo toque, generalmente en el área, había un jugador que lo remataba todo y casi siempre bien, había un jugador que celebraba goles con volteretas, que inventaba remates acrobáticos, que tenía un cañón en la zurda y un bombardero en la cabeza, había un delantero que chutaba faltas junto al palo y penaltis al centro. Había un jugador que marcó trescientos goles, que jugó más de una década, que ganó varias ligas, que abandonó una orilla para traicionar el sentimiento de un niño que soñó con sus goles en las frías noches de invierno tras el Estudio Estadio del domingo.

Había una camiseta recién planchada y un nueve de escai cosido a la espalda. Había un escudo colorido, con varias rayas verticales, un oso y un madroño sombreado que reptaba en busca de un sueño. Hubo un sueño que cambió de acera, que se esfumó en un descampado, que dejó huérfana la camiseta de ese niño que presumía de delantero frente a sus compañeros de colegio.

Habíá un jugador que llegó como extremo y se consagró como delantero centro. Era el número nueve por excelencia, el tipo que tiraba desmarques a la espalda del central, el tipo que devolvía de primeras y se volvía para buscar el área, el tipo que lo remataba todo, la punta de lanza de un equipo que jugó de memoria y que sentó cátedra en un Bernabéu que aplaudía a rabiar cada tarde de domingo. Había un jugador que se dio a conocer de rojiblanco y triunfó para siempre de blanco mientras no tenía piedad de sus enemigos, ni siquiera de aquellos que un día le adoraron como el dios azteca del gol en el que se terminó convirtiendo.

martes, 10 de julio de 2012

El Brujo

Había un futbolista de aspecto hosco, de espaldas anchas, mandíbula recta, mirada tímida, remate devastador. Con el balón en los pies era un manual de la sencillez, toco y me voy, sin el balón en los pies era un manual del desmarque, amigo del segundo palo, como los delanteros de antaño, como aquellos asesinos del área de los que aprendió en su niñez junto a las aguas del cantábrico.

Recibía de espaldas, descargaba, buscaba el área y remataba. Casi siempre marcaba. Fue ídolo de masas en Gijón, donde hicieron cisma en pos de evitar su marcha, pero el pájaro libre buscaba otras tierras, otros mares, otras aspiraciones. Junto al Mediterráneo se hizo un nombre internacional, siguió anotando goles, ganó algún título y, sobre todo, ganó el cariño de otra afición. Lo suyo era ganar corazones porque representaba la nobleza, la profesionalidad, la eficacia, el esfuerzo entendido como obligación contractual.

Sufrió en sus carnes el secuestro y encogió el alma de todo un país. El día que regresó a la libertad, con la barba rala, los ojos húmedos y la boca seca, prometió seguir marcando goles. El maestro del remate siguió vacunando porteros, jugó hasta los cuarenta y dio lecciones de vida a todos los que, junto a él, pretendían aprender de fútbol. Regresó a casa, al cantábrico, al Molinón, a escuchar los gritos entusiasmados de una afición entregada, siguió ganando corazones y se ganó el respeto de toda España. Hasta su úlitimo día, hasta su último gol, El Brujo siguió hechizando a la grada y conjurando su instinto para salir victorioso en cada duelo contra el portero rival.

martes, 28 de febrero de 2012

El profe

Había un tipo con dos poderosas piernas, sus muslos parecían toneles, su pie derecho era un martillo, su cuerpo era robusto, su mirada desafiante, su garganta un mar de emociones encendidas. Llegó al sur siendo un joven petulante, prometía goles, pero no goles cualquiera, y marcó goles, pero no goles cualquiera. Su cabeza pensaba en fútbol y su corazón latía por Peñarol, pero hizo oficio en Sevilla ejerciendo magisterio en el centro del campo.

Cada golpe franco era una apuesta segura. Tenía un empeine angelical y una puntería divina. Goles por la escuadra, pases de cuarenta metros y paredes al borde del área. En Sevilla le hicieron canciones y en Montevideo le levantaron estatuas. Allí, donde su figura se convirtió en imagen santoral, la apodaron "el profe" porque en su ascendencia resucitó la magia del histórico Manya. Fluía Peñarol y se convirtió en ídolo de Peñarol. Un quinquenio mágico le catapultó al cielo, un recuerdo inolvidable le sigue manteniendo en el pedestal.

Aquí le vimos jugar cinco años. Dicen que era irregular, que su ritmo era más latino que americano, que su aureola se apagaba ante los centrocampistas robustos. La duda siempre acompañó al talentoso. Él era un tipo de carácter que enseñó la maestría del golpeo a la gradería del Pizjuán. Aún recuerdan sus tres pasos de carrerilla, su golpeo imparable, su celebración cercana, el puño cerrado agradeciendo la primera gran oportunidad de su vida.

jueves, 31 de marzo de 2011

Aguinaldo

Había un jugador con las piernas de un oso y la cabeza siempre levantada, el viento aireaba un pelo entrecanoso y el balón susurraba al viento cada vez que salía desde sus botas. Era pausado para construir y listo para destruir, recorría el último tramo del campo con audacia, elegante en el control, avispado en el desmarque, talentoso en el último pase, preciso en el disparo.

Hubo una vez una ciudad que vistió el color del pimentón y se echó a la calle para celebrar sus éxitos. Hubo dos ascensos, hubo dos ídolos y hubo varios años de felicidad que hoy son pura melancolía. En el área vivía un macho hondureño con un cañón en cada bota y por detrás sobrevolaba el césped un brasileño con nombre de propina navideña y detalles de Papá Noel vestido de futbolista. Aguinaldo de nombre e ídolo para La Condomina. Fútbol de empaque, redes temblorosas, porteros impresionados.

Hubo un jugador que abandonó Brasil para hacer fortuna y recorrió España para enamorar corazones. Ídolo de ascensos en Murcia, ídolo de ascensos en Tenerife y director de escena en sus últimos coletazos junto al palmeral de Elche. Hubo un tipo de sonrisa torcida, gesto engañoso y plumas en los pies. Hubo un tipo que abrió la puerta grande de Brasil para los equipos modestos.

martes, 22 de febrero de 2011

El pequeño diablo

Había un tipo que apenas levantaba un par de palmos del suelo, las piernas fuertes, la cabeza siempre levantada y las rodillas preparadas para el último sprint. A veces se acostaba a la izquierda para regalar goles y en otras ocasiones oscilaba desde la derecha para buscar el palo largo del portero. Verle cabalgar por la banda era una delicia, verle regatear en la línea de tres cuartos era un sueño hecho realidad.

Los seguidores de la Real Sociedad soñaron durante más de una década gracias al ingenio de su diminuto extremo. Hoy sería un socio perfecto para esta generación de pequeños aprendices de mago, ayer fue el motivo más sondable para que los aficionados llenaran las gradas del viejo estadio de Atocha.

Allí, entre el barro del invierno y el verde césped de la primavera, el pequeño número once cumplió el deseo de miles de aficionados e hizo contener el asombro a millones de españoles que asistían impávidos a sus exhibiciones desde sus nuevos televisores en color. Cada regate era poesía, cada centro era una declaración de amor. Al delantero, al compañero, al amigo, le tocaba el turno de devolver el grado de aquel sonoro beso. Un tipo que jugaba para divertir y que terminó levantando títulos. Un par de ligas que llevaron el sello de un entrenador humilde, de un grupo de amigos que jugaban al fútbol cada domingo por la tarde y de un pequeño diablo que, de vez en cuando, levantaba a la gente de sus asientos.