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lunes, 29 de abril de 2024

Protocolo Gerard López (por Miguel Gutiérrez)

Suele decirse que eso que ahora llamamos «El clásico» es el mejor anuncio de LaLiga para el mundo. El del pasado domingo se pareció bastante a los de esa empresa que desarrolla webs para pequeños negocios, como librerías y ultramarinos: tan chanantes que cuesta olvidarlos. Y no por el nivel futbolístico.

Mientras se sucedían las repeticiones, a cuál más estéril, del remate de Lamine Yamal y el despeje de Lunin, todos nos acordamos de la tecnología de gol, testadísima solución instantánea que LaLiga no quiere incorporar. Fue gracioso ver al propio Lamine Yamal o a Gündogan preguntar al árbitro si no le había vibrado el reloj, como sucede en la Champions cuando un balón rebasa la línea.

Me recordó al alirón del Real Madrid en La Rosaleda, allá por 2017, cuando Luka Modric preguntaba cuándo les entregaban el trofeo, y su incredulidad cuando sus compañeros le dijeron que a comienzos de la temporada siguiente, siempre que a Villar le viniera bien.

Todos nos acordamos de la tecnología de gol, sí, pero no todos pudieron decirlo. Es el caso de quienes narraron y comentaron el partido en LaLiga TV, que esquivaron con habilidad ese elefante en la habitación. Entre ellos, Joaquín, cuya aportación a las transmisiones es nula. No hace ni los chistes que suponíamos que iba a hacer, aunque no tengo claro que eso sea malo.

«¿Alguien tiene claro que el balón entre?», preguntó Juanma Castaño a los participantes en el llamado tertulión de Tiempo de juego (Cope). «Nadie lo puede tener claro», respondió Miguel Rico, que obviamente no había escuchado unos minutos antes, en Deporte Plus de Movistar+, la opinión de –hablando de no aportar nada– Gerard López. «Fíjate en esta, no hay ninguna duda», proclamaba Gerard mientras veíamos la imagen que según él resolvía el enigma: un plano en el que ni se veía el balón porque el cuerpo de Lunin lo tapaba por completo.

Movistar+ podrá reprochar a Tebas la ocurrencia de poner a comentar partidos a Santi Nolla, pero a Gerard lo han elegido ellos para sus propias producciones. Cuesta creer que no haya un candidato mejor, con mayores conocimientos y dotes para la comunicación. Pero, sobre todo, lo mínimo que se le debería exigir a un comentarista en pleno año 2024 es que tenga unos conocimientos mínimos de cómo funciona el VAR.

«Para mí es una jugada en el límite. Entiendo que Lucas Vázquez lo hace bien y provoca el penalti», dijo sobre otra de las jugadas polémicas del Bernabéu. «No hay intención de Cubarsí, evidentemente, pero lanza una pierna peligrosa, porque puede provocar que le contacten. Pero para mí es de las jugadas que el VAR, sin querer influenciar en el árbitro [sic] le puede decir: ‘Oye, lo has pitado en caliente, vete a verlo en frío y con calma, con tres repeticiones, decides». Siguiendo el protocolo Gerard caliente-frío, el árbitro debería ir al monitor después de cada caída en el área.

Seis temporadas, seis, llevamos con el videoarbitraje y gente como Gerard, que se dedica de forma profesional a comentar y explicar el fútbol para los espectadores, demuestra que no sólo no se ha molestado en conocer cómo funciona el invento sino que ni siquiera ha tenido ocasión de enterarse por alguna casualidad. Ni una mala conversación de pasillo, ni una triste tertulia en la que escuchar la expresión «error claro y manifiesto».

Sólo unos días antes, en la transmisión del Barcelona-PSG, expuso su ignorancia con mayor crudeza aún, tras la expulsión de Ronald Araujo: «Hoy en día, sobre todo en UEFA, se revisan estas jugadas rápidamente. Y si hubiera una mínima duda, el árbitro habría ido a verlo al monitor». Eché de menos que alguien, en alguno de los dos momentos, se atreviera a decirle a Gerard que el VAR no debe intervenir a la mínima duda, sino justo lo contrario, cuando no hay ninguna.

Por supuesto, no sucedió. Por supuesto, Gerard sigue sin saberlo. Y el próximo día volverá a soltarlo, claro. Es preferible desinformar a cientos de miles de espectadores que corregir educadamente a una estrellita.


Publicado en Jot Down.

jueves, 14 de julio de 2022

Un desafío llamado Erling Braut Haaland - Por Miguel Quintana

Erling Braut Haaland nos resulta fascinante porque no es como los demás nueves, pero también porque al mismo tiempo es como todos pensamos que debería ser un delantero centro. Contundente, directo, frío. Si algo caracteriza el juego del noruego es la absoluta ausencia de rodeos. Él no pregunta, responde. No argumenta, impone. No piensa, hace. Sin sentimientos ni artificios que le distraigan de la misión para la que vino al mundo. En la era en la que los delanteros piensan más en sus centrocampistas que en los porteros rivales, Haaland supone un absoluto desafío al fútbol actual.

Si hay algo que ha quedado claro en las dos últimas temporadas es que el fútbol
en 2020 se estructura y define a partir de las presiones altas. La mayoría de partidos que se ven ahora mismo en Europa, independientemente del nivel o la competición, se pueden explicar simplemente exponiendo cómo un equipo presionó la salida de balón del conjunto contrario y qué hizo éste último para evitar dicha presión.

Esto es exactamente lo que sucedió en la final de la pasada Champions, un encuentro en el que mandó el PSG de Tuchel hasta que Thiago consiguió superar su primera línea de presión. Pero también lo que marcó el Manchester City-Real Madrid, el Bayern-Barcelona, el PSG-RB Leipzig o cualquiera de los cruces del sorprendente Ajax y del campeón Liverpool en el curso 2018-19.

Paradójicamente, aunque cada vez haya más espacios entre la defensa y el portero, cada vez hay menos nueves capaces de atacarlos. Incluso algunos que podrían hacerlo, como es el caso de Timo Werner, Kylian Mbappé o Aubameyang, terminan partiendo desde un costado para poder despegar con mayor facilidad. A los nueves ahora mismo se les pide otras cosas, más relacionadas con salir de la presión que con atacar el espacio que esta deja como consecuencia.

Esto no supone ningún problema si los de fuera, que a menudo son delanteros y no extremos, como pasa en los últimos dos campeones de la Copa de Europa, compensan este déficit con velocidad y agresividad. Al final hay muchas formas de jugar al fútbol. Lo de que los laterales tienen que defender primero y atacar después o que los delanteros lo que deben hacer es marcar goles es un debate que continúa, pero que en realidad debió quedar aparcado en el Bar Manolo allá por 2009. El caso es que si los de fuera no compensan dicho problema, el equipo quizás pueda salir de la presión, pero no va a poder castigar el riesgo que asume el rival al presionar arriba. Y si no penalizas dicho riesgo, el contrario no va a tener ninguna razón para aminorar. Se hará más fuerte, continuará arriesgando y será cuestión de tiempo que cobre la inversión.

Por todo esto la aparición de Erling Braut Haaland supone una respuesta quirúrgica a las nuevas preguntas que se hace el fútbol. El noruego no es sólo uno de los mejores definidores del planeta, sino que además también es el futbolista con más capacidad para plantarse solo delante del portero. Así que no hace falta ser ingeniero para saber lo que supone la suma de ambas circunstancias para los rivales de Haaland.

Lo primero que llama la atención en Haaland es, evidentemente, su altura. Esos ciento noventa y ocho centímetros tan característicos del fútbol noruego que antes suponían una limitación a campo abierto y que ahora él los utiliza como el mejor de sus argumentos para llegar antes que nadie a la zona donde se ganan los partidos. Es increíblemente explosivo en la arrancada, es capaz de sostener su velocidad punta a lo largo de todo el campo gracias a su cadencia y es, sobre todo, tremendamente coordinado. Esto es lo que le convierte en un delantero muy especial. Su relación con la pelota, con el espacio y con sus propias piernas no es propia de un futbolista con el centro de gravedad tan alto.

Es habitual ver a Haaland arrancar desde muy atrás, imponerse con claridad a un defensa que partía con ventaja y, una vez se planta ante el portero, reajustar su velocidad con una facilidad pasmosa para poder controlar y chutar en las mejores condiciones posibles. Y esto no es normal. Tras sesenta metros te falta el aire en los pulmones, eres incapaz de pensar y todavía más de pararte. Si te paras, de hecho, lo normal es hacer un mal control, pues tu cabeza pretende ir a una velocidad diferente a la de tus piernas. Pero para Erling Braut Haaland esto es facilísimo; a fin de cuentas lo bueno que tienen los ciborgs es que ni sienten ni padecen.

Esta velocidad de por sí ya le permitiría quedarse a menudo delante del portero, pero es que además Haaland es tremendamente inteligente. Lee muy bien los espacios vacíos, tiene un gran timing para iniciar el desmarque y una calidad mayúscula para el control, que como todos sabemos siempre es el padre del gol.

Pero donde Haaland lleva su ortodoxia y pragmatismo hasta el final es en la definición. O más bien en la ejecución, pues Haaland no define, ejecuta. Normalmente los mejores finalizadores del mundo han hecho del engaño su mejor virtud. Ronaldo y Romario eran auténticos trileros. Sin embargo, Haaland no sólo no suele regatear, sino que tampoco es nada creativo a la hora de finalizar las jugadas. Ni picaditas como Messi, ni fintas con la cintura ni nada que se le parezca. Empeine interior, escuadra y gol. Francisco Umbral estaría orgulloso de él. Cristiano, también.

Este cocktail de cualidades es el que está provocando que Haaland tenga unos números inalcanzables para el resto de delanteros. Más allá de sus impresionantes registros goleadores, está su increíble eficacia. En la pasada Champions League marcó diez goles en diecinueve disparos (53% de acierto). En la pasada Bundesliga anotó trece en veinticinco disparos (52%). Haaland es mortal de necesidad.

Conscientes de que a Iván Drago le bastó con su potencia para matar a Apollo Creed pero no para superar el juego de pies de Rocky Balboa, los aficionados se preguntan si Haaland podrá mantener su ritmo goleador cuando no haya tantos espacios y las defensas se cierren. Es una pregunta lógica para la que todavía no hay respuesta. A todos los jugadores les cuesta más atacar sin espacios. La diferencia entre los buenos y los mejores es la capacidad que tienen para creárselos. Y, aunque haya que insistir en que todavía no hay respuesta, Haaland ha insinuado que es uno de estos últimos.

Además, como suele decir Adrián Cervera, lo que marca la evolución del fútbol es donde están los espacios. En la década actual estos se encuentran a la espalda de la primera línea de presión, y esto no parece que vaya a cambiar.

De hecho, el Borussia Dortmund esta temporada viene utilizando la salida de balón como cebo para el contrario. Es algo parecido a lo que intenta Mikel Arteta en el Arsenal: sumar pases, atraer al rival y luego soltar rápidamente para correr con espacios por delante. Y al final el fútbol se trata de eso: jugar con los espacios y la voluntad de tu rival hasta utilizarla en tu favor. Con Erling Braut Haaland esto es mucho más fácil. El noruego es como un hacker que se cuela por las grietas de un sistema que, de momento, no ha encontrado la forma de defenderse.


Publicado en "Panenka".

lunes, 25 de abril de 2022

Pedri y 'Don Fútbol' (Por Sergio Cortina)

Me fascinan los aficionados que se indignan cada vez que les cambian algo. Montan en cólera cuando retocan un escudo, maldicen cuando alguna marca bautiza el estadio y prenden fuego a la camiseta cuando el diseñador de turno le pinta cuatro rayas de más. Todos ellos están más que curtidos pero siguen ignorando que la única y verdadera tradición del fútbol es precisamente esa: cambiar sin ton ni son. Cambiar por cambiar. Por necesidad o solo por aburrimiento. Porque ya toca. Por ver qué sucede. No merece la pena hacerse cruces porque lo único importante en este deporte difuso es el talento, como el de Pedri. El resto es accesorio. Quién soy para afearle el veletismo al fútbol si me metí a correr maratones con cuarenta años y ahora quiero comprarme una moto.

Caretas fuera. Por esta afición loca vamos a tragar con lo que nos echen, empezando por este Mundial indigno en Qatar. Como aficionado lo sé. No me escondo. Me defino como experto en la genuflexión y doctorado en buenas tragaderas, pero sigue habiendo cambios que me descolocan. Por poner solo un ejemplo, me toca las narices abundantemente la desaparición de la regla del gol visitante. La norma nació para alentar el juego ofensivo, pero con el tiempo trajo precisamente lo contrario: racanería y contragolpe. Ahora la han cambiado pero me temo que el resultado será el mismo y ahí está el magnífico cholismo del Etihad para corroborarlo. El fútbol es una cabrita que tira al monte y está bien que así sea.

Lo que me engancha de este deporte es su esencia ingobernable. No se puede esperar menos de un juego que se practica con la parte menos noble del cuerpo. El fútbol es una cosa y el maquillaje con el que se empeñan en embadurnarlo cada día es otra. Y cuando acaba el día y se lava la cara frente al espejo, este invento siempre muestra la cara azarosa, burlona y propensa a las anomalías que nos enamoró. Y aquí quiero cerrar esta columna admirando a Pedri, que juega hoy en Frankfurt, y es el perfecto ejemplo de que lo único incontestable en esto es el talento. El fútbol cambia, está en su naturaleza porque es humano, pero no hay de qué preocuparse. Descansen los indignados. De alguna manera, Don Fútbol siempre encuentra el modo para mantenerse fiel a la esencia y recompensar lo bueno.


Publicado en As.

martes, 21 de septiembre de 2021

Jean Pierre Adams: la trágica historia del guardián negro (Por Ricardo Uribarri)

Jean Pierre Adams falleció el pasado 6 de septiembre a los 73 años. Pero en realidad, este futbolista nacido en Senegal y que hizo carrera en Francia en la década de los 70, llegando a ser internacional, había dejado de vivir hace mucho tiempo. En concreto, hace 39 años. Todo ese tiempo lo ha pasado en estado de coma persistente en su domicilio bajo el cuidado de su mujer, que siempre se negó a dejarlo morir con la esperanza de que algún día reaccionara. ¿Cómo un jugador joven y con buen estado de salud llegó a encontrarse en esta situación?

Adams nació en Dakar en 1948, hijo mayor de una familia numerosa de raíces católicas en la que se daba prioridad a la educación. Por eso, si no sacaba buenas notas, sus padres no le permitían jugar al fútbol, que era su gran afición, en la que posiblemente influyó que su tío, Alexandre Diadhiou, fuera una de las estrellas del equipo local Jeanne d’Arc. Con diez años su abuela se lo llevó a Francia en una peregrinación religiosa y lo dejó en un internado de Montargis, en el departamento de Loiret, en busca de un mejor futuro para él. Allí se quedó solo, y fue adoptado poco tiempo después por unos vecinos de la localidad, la familia Jourdain.

Una vez que acabó sus estudios primarios se puso a trabajar en una fábrica de caucho, pero sin olvidar el fútbol. Después de pasar por equipos locales y cumplir con el servicio militar, llegó con 19 años al equipo amateur del Fointenebleau, donde destacaba por sus grandes cualidades físicas. En aquella época tuvo que hacer frente a un episodio amargo cuando uno de sus mejores amigos y compañero de equipo, Guy, murió en un accidente de coche en el que también iba Jean Pierre, que prácticamente salió ileso. De aquel amargo suceso le ayudó a recuperarse una joven, llamada Bernardette, a la que conoció en 1968 y con la que inició una relación. La familia de la joven se lo tomó mal por las diferencias raciales, algo que no la frenó, y se marchó a vivir con él. Finalmente, sus padres aceptaron la situación y se casaron en 1969. Tuvieron su primer hijo a finales de ese año.

El Fointenebleau llegó a ser dos veces subcampeón amateur nacional y las actuaciones del joven Jean Pierre llamaron la atención. Kader Firoud, entrenador del Nimes, le invitó a disputar un amistoso con el equipo. Tras él, el técnico no tuvo dudas y le ofreció la oportunidad de jugar en Primera división. Tenía entonces 22 años y mucho trabajo por hacer, porque a sus cualidades físicas necesitaba sumarle una mejora en su capacidad técnica y táctica. En pocas semanas aprendió tanto que se ganó un puesto en el once titular; dejó de ser delantero y se convirtió en un centrocampista total. En el Nimes estuvo tres temporadas, y se convirtió en una pieza básica del equipo que quedó subcampeón en 1972. Hasta el punto de que le llamó la selección francesa para jugar un amistoso en Brasil. Con el equipo nacional llegó a disputar 22 partidos. El delantero argentino, Ángel Marcos, que jugaba en el Nantes, dijo de él que “hay un pilar en la dura defensa del Nimes, una especie de fuerza de la naturaleza, un coloso de extraordinario poder deportivo: Jean-Pierre Adams".

Su progresión le valió para fichar en 1973 por el Niza, que en aquel momento tenía un proyecto ambicioso. En su primera temporada lograron eliminar al FC Barcelona de la Copa de la UEFA. Uno de los técnicos que tuvo en el equipo de la Costa Azul, Vlatko Markovic, tomó la decisión de situarle como central, posición en la que se consolidó gracias a su fortaleza física, su anticipación y su autoridad. De hecho, ese terminó siendo su lugar en la selección gala, donde junto a Marius Tresor formó una célebre dupla que fue conocida como “La Garde Noire” (La Guardia Negra). De ellos dijo Beckenbauer que “Adams y Tresor forman una de las mejores parejas de centrales de toda Europa”. La no clasificación de Francia para el Mundial de 1974 ni para la Eurocopa de 1976 le perjudicó, porque provocó un cambio de rumbo en el banquillo galo y el nuevo técnico, Michel Hidalgo, apostó por otros jugadores.

Jean Pierre completó grandes temporadas en el Niza, como la 75-76, en la que el equipo acabó segundo y él fue incluido por la revista France Football en el mejor once de la Liga. Al año siguiente, varias lesiones musculares y un bajón en el rendimiento del equipo pusieron fin a su etapa en el club, recalando en el Paris Saint Germain, que se había creado pocos años antes. En el club de la capital estuvo dos temporadas, en las que los problemas físicos no le dejaron brillar como en el Niza ni el equipo logró los resultados esperados. De ahí que se marchara al FC Mulhouse, de segunda división.

En 1980 y con sólo 32 años, Adams decía adiós al fútbol de primer nivel. Se estableció en Chalón, donde abrió una tienda de artículos deportivos y jugó una temporada con el equipo de aficionados de la localidad. Una vez se retiró definitivamente, decidió prepararse para sacar el título de entrenador. Optó por acudir al curso de una semana que se hacía en la localidad de Bourguignon. Al tercer día de estar allí, y durante unos ejercicios, se hizo daño en la rodilla derecha. El diagnóstico en el hospital de Lyon al que acudió fue que tenía dañados los tendones del músculo en la parte posterior de la rodilla. Le aconsejaron que para evitar problemas posteriores se operara. Era una intervención sin aparentes complicaciones y fijaron la fecha para realizarla el 17 de marzo de 1982. El día en que Jean Pierre Adams dejó de vivir.

Poco antes de entrar al quirófano habló con Bernardette. “Ven a buscarme en ocho días, después de que haga la rehabilitación. Y no te olvides de traerme las muletas”. Fue la última vez que escuchó su voz. Aquella misma jornada había convocada una huelga en el hospital y el personal estaba muy reducido. De hecho, solo había una anestesista para las ocho operaciones previstas esa mañana. Jean Pierre fue atendido principalmente por un aprendiz, la intubación no se realizó de manera correcta, lo que provocó un broncoespasmo y que el oxígeno no llegara a su cerebro. Quedó en coma profundo. Tres semanas después despertó, pero el daño cerebral había sido masivo, perdiendo sus funciones motoras.

Adams estuvo en aquel hospital durante ocho meses, y después fue trasladado a otro más pequeño en Chalon. En las primeras cuatro semanas allí llegó a perder 11 kilos. Los médicos recomendaron a su mujer que lo mejor que podría hacer era llevarlo a un centro especializado en la atención de ese tipo de pacientes, pero ella se negó. “No creo que supieran cómo cuidarlo”, pensó, y decidió llevárselo a casa, en Rodilhan, muy cerca de Nimes, la que desde entonces llamó “la casa del deportista del bello dormir”, como rezaba en la entrada. Adaptó un cuarto y durante todos estos años ha estado cuidando día tras día a su marido con la ayuda de una enfermera y un fisioterapeuta. Le daba de comer purés, le vestía, le afeitaba, hablaba con él, recibía la visita de sus dos hijos y sus nietos y hasta le regalaban cosas en su cumpleaños y en Navidad. 

En 2006, en una entrevista a Le Parisien, decía que “Jean Pierre huele, oye, se sobresalta cuando un perro ladra, abre y cierra los ojos, aunque no pueda ver. Él puede respirar por sí mismo, no está enchufado a ninguna máquina, tan solo está conectado a mí”. Sobre la posibilidad de recurrir a la eutanasia, señaló en otra entrevista a la CNN, “¿qué quiere que haga? ¿Privarlo de la comida? ¿Dejar que muera poco a poco? No. No me corresponde a mí decidir por él”.  Tresor, su antiguo compañero de selección, que nunca quiso visitarle en su casa, veía las cosas de otra forma. En su momento manifestó que “incluso si Jean-Pierre se despierta, no reconocerá a nadie. ¿Vale la pena vivir así? Si algo así me sucede, le diré a mi esposa que no me mantenga aquí”.

Con la ayuda económica que le proporcionaron la Federación francesa, equipos como el PSG y el Nimes y la recaudación de varios partidos benéficos de exinternacionales galos, la mujer de Adams pudo salir adelante. El juicio sobre lo ocurrido duró casi 12 años y, finalmente, la anestesista y el aprendiz fueron declarados culpables de ocasionar lesiones involuntarias y condenados a un mes de libertad condicional y a una multa cada uno de 750 euros. El propio ayudante reconoció en el tribunal: “No estaba capacitado para la tarea que me asignaron". El hospital tuvo que pagar a Bernardette una indemnización y hacerse cargo de los gastos de tratamiento médico. “Nunca se disculparon conmigo por lo sucedido”.


Publicado en CTXT.

jueves, 22 de abril de 2021

Pobres hombres ricos (Por José Sámano)

El sainete de la Superliga VIP ha concluido con una victoria inesperada, al menos para los oligarcas del faraónico proyecto. El pueblo ha ganado por goleada. Al menos en Inglaterra, donde los aficionados —mucho más que clientes y súbditos, como les presuponen los megalómanos del tinglado— han prendido la rebelión definitiva, la onda expansiva que ha mandado al garete a quienes por unas horas se creyeron la jet set del fútbol. Una victoria popular incontestable: por muy ricos que ustedes sean, el fútbol es nuestro, de nuestros antepasados y futuras generaciones, hinchas anclados década tras década por un sentimiento de naturaleza casi tribal. Un lazo perpetuo con el club de toda la vida, con el equipo bandera de tal o cual ciudad, de tal o cual país. Miren ustedes, no nos importa el dueño mientras el juego sea nuestro. Rectificaron en la Premier y no hubo adhesión de la Bundesliga y la francesa Ligue 1. Finalmente, Europa cerró el paso a la ensoñación de Florentino Pérez y Andrea Agnelli, a los que el apabullante eco interior del Real Madrid y la Juventus no les sirvió como locomotora fuera de sus fronteras. Mientras, el Barça agazapado a la espera de cualquier chute financiero que le permita quitar telarañas de la caja.


Antes lo entendieron políticos como Boris Johnson y Emmanuel Macron, con más sentido demoscópico que aquellos que pretendían autoproclamarse únicos y exclusivos dueños del cotarro. Presidentes, jeques e inversores que no comprenden que pueden adueñarse de un club, pero no comprar el fútbol. Bien lo saben exjugadores como Karl-Heinz Rummenigge o Uli Hoeness, rectores del Bayern opuestos desde el principio a convertir el fútbol en una autarquía. O Pep Guardiola, contrario a esa idea ultracapitalista de obviar la esencia vertebradora y transversal de un juego basado en la meritocracia. Un motor de emociones sin parangón, ya sea en un barrio periférico o en una distinguida capital. El fútbol no se juega en Wall Street o en la sala de juntas de JP Morgan.


El error de cálculo de ese reducto de dignatarios del poder financiero ha sido mayúsculo. En primer lugar, por creer que el dinero les hace invulnerables. Solo con la chequera por delante se lanzaron a decretar un proyecto que no estaba del todo atado. Ni mucho menos, a la vista está. Con muchas, muchas razones de fondo, a los ideólogos del reseteo de la Copa de Europa les faltó un dictado transparente, conciso y persuasivo. Y, por supuesto, no elitista. Sobran argumentos para poner en jaque a la UEFA y la FIFA, más predispuestas como entidades de recaudación de lo ajeno que de compenetrarse con los clubes que sostienen su andamiaje. A los que más de una vez torpedean con calendarios imposibles o trabas comerciales impositivas con un único beneficio propio.


Es hora de que los clubes, todos, tengan más voz y voto. Si la UEFA no afloja su cerco a los primeros actores de esta industria, que ella gestione su Eurocopa y los clubes su Champions. Ocurrió en su día con las federaciones. Ya fueran LaLiga, la Bundesliga o la Premier, el fútbol entendió que había llegado el momento de la autogestión patronal en detrimento de los entes federativos. Pero esta vez no se trataba de independizarse de forma unánime de la UEFA para alumbrar una liga profesional europea. Los poderosos 12 disidentes pretendieron cerrar la mesa de una partida de póker, solo con algunas caritativas invitaciones a capricho. Hubiera bastado con presentar un plan ecuménico para pobres, ricos y clase media. Un fútbol de todos mejor para todos.


No cabe apelar a las “ruinas” económicas. Resulta paradójico que quienes inflaron el mercado galáctico como nadie, que quienes camuflan su condición de clubes-estado o quienes han agrandado hasta el infinito la caja fuerte de los intermediarios pretendan ahora aliviar la tesorería a costa de dejar en la cuneta a los que no creen de su divina condición. Con el pueblo, sea del Brighton, del Crotone o del Eibar, no se negocia. Se puede dar la espalda a toda UEFA de este mundo, pero no a las gradas. Y ya es chocante que las protestas más airadas fueran de los fans del Chelsea y el Liverpool, dos de las entidades aceptadas en esa Superliga del frac.


Tras el desaguisado es fácil distinguir el latido de estos días en las entrañas de Stamford Bridge, Anfield: nada de fútbol entendieron esos pobres hombres ricos goleados por el pueblo.



Publicado en "El País".

miércoles, 22 de julio de 2020

El VAR se ha ensañado con el Leganés (por Alfredo Relaño)

LaLiga se ha cerrado con 149 penaltis, 36 más que la de hace dos años, me dice Míster Chip, y récord absoluto en la historia del campeonato. Ya lo sospechábamos. No se redondeó en 150 porque el domingo Cuadra Fernández no vio la zamorana de Jovic en Butarque y a Sánchez Martínez no le plugo aconsejarle que fuera a la banda a mirar repeticiones, por si acaso. ¿Para qué? ¡Sólo era el Leganés! Hace un tiempo esas manos no se pitaban, pero según las últimas consignas, sí. Nada más acabar el partido me llamó un buen celtista, tan aliviado como incómodo por lo injusto del trance. “El Leganés no merecía esto”, me dijo.
Un penalti es un 70% de gol, en su caso un 70% de salvación, alegría suprema que hubiera llegado acompañada de victoria ante el Madrid. Hubiera sido un día para la historia de signo muy distinto. Ya sé que no se baja en un día, como no se gana la Liga en un día. Pero es que este campeonato el Leganés se ha comido dos penaltis, dos, ¡fuera del área! Uno en Mestalla (jornada 5ª, gol, resultado final 1-1) y otro en Butarque, ante el Levante (8ª, gol, final 2-3). También sufrió aquel desmayo de Messi en el área del Camp Nou cuando el partido iba 1-0 (29ª, gol, final 2-0). Parejas distintas de árbitros le han ido poniendo clavo tras clavo en el ataúd.
Un día aparecerá Velasco Carvallo con los porcentajes de acierto del VAR y tal y tal. Le oiremos como el que oye llover salvo en Leganés, donde sonará a escarnio. Entre otros problemas el VAR ha servido para ahondar la sensación de que hay una justicia para ricos y otra para pobres. El Madrid, que arrastraba la queja del doble penalti a Varane en el Camp Nou (rico contra rico, para el de casa, es la ley de bronce), ha vivido estas 11 jornadas en tal idilio con el VAR que se han cargado de argumentos sus detractores. Hasta el último día, cuando al Leganés se le negó ese penalti que sólo la ejemplar caballerosidad de Javier Aguirre supo perdonar.

Publicado en As el 22-07-2020.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Voy a fallar - Por Juan Tallón

Un lanzamiento de penalti es una maniobra tan fácil de convertir en gol, que en el fondo es dificilísima, casi imposible. Nadie lo ha hecho todavía, salvo en el 80 % de los casos, aproximadamente, en los que la pena máxima sí sube al marcador. El miedo, como salido de las sombras, lo impide. Te bloquea, emborrona tu discernimiento, te resta precisión, en silencio te absorbe energía, hasta conseguir que la portería te parezca un nido de golondrina dentro de un poema a medio escribir en un borrador inédito de un autor desconocido. Por supuesto, la estadística está de parte de los lanzadores, pero el miedo desprecia los números, que a la vista del pánico de un jugador ante la posibilidad de tirar y fallar, apenas representan maragatos en un papel, y no sirven para nada, como saber el padrenuestro.

Ese instante fatal, en el que se apuesta todo y se empujan las fichas al centro de la mesa, donde arde una gran pasión, posee una belleza y un dramatismo sin igual. Es normal que arrecien preguntas para las que no existe respuesta, como «Hostia, ¿y si fallo?». No quieres, pero por otra parte, no puedes evitar coquetear con el pánico. Las miradas del equipo se clavan en ti, sumadas a las del estadio, a rebosar, y a las de los espectadores —a veces millones— que siguen el partido por televisión. La presión se vuelve insoportable, como si al fútbol se jugase en una sima oceánica. Es casi natural presuponer que fallarás. De pronto, te parece que el portero es un gigante de siete cabezas y veinte brazos, y que tus pies son de madera, y que el balón, en el momento de golpearlo, actuará como el agua, dispersándose lejos de la red.
Ojalá fueses uno de esos jugadores toscos, sin toque ni visión de juego, carentes incluso de forma física, pero que cuando enfrentan un lanzamiento de penalti, nada temen. No son capaces de calcular que pueden fallar. Hablamos de situaciones en las que el optimismo ingenuo surte un efecto positivo. Representan a individuos de nervios con la punta de acero que desean ir al infierno de paseo. No piensan en los peligros que habrán de enfrentar ahí abajo, sino en regresar a casa a tiempo de cenar unas buenas nécoras. Al contrario que tú, son idiotas y valientes. Siempre confían —tal vez porque son muy idiotas— en que la cartas les sonríen, así que se dicen que por qué no van a jugarse el coche, la casa, las pelotas si hace falta, a que marcarán el penalti y se llevarán la gloria.
Mientras en tu cabeza bulle la posibilidad del error y la caída a los infiernos, en la suya arde una convicción muy distinta: «¿Y si gano?». Hay un género de individuos que, enfrentados a la probabilidad cierta de una bancarrota, nunca piensan en la estadística. Esos tipos se ríen de las probabilidades y de la estadística y de la bancarrota y de su puta madre. El mundo está lleno de madres, se dicen. Tú, en cambio, piensas en que le darás un disgusto cojonudo a la tuya si no marcas. Parece una gilipollez, pero hay muchos jugadores así. No estás solo. Arda Turan prefiere quedarse a rezar en el círculo central, lejos de donde se cuece el lanzamiento de penalti. Por no hablar de Michael Essien, que también se cierra en banda porque la última vez que tiró un penalti su madre terminó en un hospital. El futbolista ghanés falló un lanzamiento cuando jugaba en el Lyon y su error provocó que su mamá tuviera que ser ingresada por problemas cardíacos.
Estas son la clase de historias que hacen reír, malévolamente, a los jugadores con nervios acerados, que se recrean subrayando que lo importante en la vida es tener una buena mano y lanzarse en picado. Da igual lo que hayas hecho hasta entonces. Y en cuanto al futuro, ya lo discutirás cuando llegue. De manera que reúnen todo el arrojo y lo apuestan. Es algo difícil de explicar. Sientes el calor, las burbujas, la erección. «Todo al medio», se dicen, y lanzan el penalti por el centro. Gol. Otros jugadores, sin embargo, cuando se proponen lanzar por centro, para sorprender al portero, se ven sorprendidos por los nervios y echan el balón fuera, lejísimos, donde ni siquiera existen los conceptos geométricos.
El futbolista inseguro, miedoso, nunca está seguro de a qué lado debe dirigir el balón. Entre que lo deposita en el punto de lanzamiento y, unos segundos después, o años, chuta, cambia cinco veces de opinión. Por el centro, se dice. No, por la derecha. No, por la izquierda. No, por la derecha pero alto. No, a media altura y a la izquierda… Palacios-Huerta, profesor de la London School of Economics, estudió durante años los penaltis de las principales ligas europeas con el propósito de obtener datos que le ayudasen a profundizar en la teoría del juego. El secreto para meter un penalti, según sus conclusiones, es ser totalmente impredecible al tirarlo. «El jugador debería ser como una moneda al aire, que no sabes cómo va a caer», explica. Para conseguirlo, «el jugador no debería recordar nada del pasado y tirar de forma totalmente aleatoria», y por otra parte, «debería meter los mismos goles por la izquierda que por la derecha. Porque si un futbolista mete más goles por la derecha, pongamos, tenderá siempre a tirar hacia ese lado. Y el portero, si lo sabe, tendrá más opciones de parar sus tiros».
Raramente un jugador se comporta como una moneda. En las situaciones más críticas acaba por entablar una lucha endiablada contra sus fantasmas. Inevitablemente, cada vez que visualiza por dónde chutar, imagina al guardameta despejando el balón. En un recóndito ángulo del pensamiento del futbolista, tan oscuro que no es consciente, siempre late un presagio desolador: «Voy a fallar».

miércoles, 22 de enero de 2020

Así fue, así fuimos - Por Manuel Jabois


Volví al Bernabéu después de un año y, acto seguido, a un karaoke después de diez. De este modo en una noche pude rozar de nuevo las partes amputadas de mí mismo por falta de talento y de constancia, aquello que imaginé que algún día sería y que se quedó latiendo, expectante, dentro de mi cuerpo mientras el cuerpo crecía: delantero del Real Madrid e Isabel Pantoja.
La experiencia del fútbol es conocida y más parece un simulador de juego que otra cosa: uno sigue las jugadas como si fuese el atacante, amagando incluso los desmarques, y cuando la pelota llega al área se dan pataditas al aire o saltitos ridículos en pos de una pelota que está en el otro extremo. En el campo, con el olor a césped, la grada gritando y el sonido de golpeo de balón, uno se mete de tal forma en el cuerpo de su jugador preferido que, si lo relevan, también me voy del estadio palmeando a los compañeros de grada y abrazándome, ya en la puerta del estadio, al primer vigilante calvo y francés que encuentre.
Pero el karaoke, ¡ah! El karaoke te arranca los cables del muñeco inservible que creías que eras ante un micrófono y te sirve una oportunidad de demostrar otra vez si el sueño está a tu altura. Es una experiencia devastadora porque uno cantando se esfuerza en hacer emerger al niño que quiere comerse el mundo a voces y saca de los pelos algo parecido a un señor amortizado dando alaridos de auxilio. “¿En serio vas a subir otra vez? No das tregua a la belleza”, dijo mi amigo. Habíamos ido dos parejas en la madrugada de un miércoles de Champions, cuando el karaoke estaba ya vacío y a punto del cierre. Unos elegían canciones de Piratas y yo a Joan Manuel Serrat, Isabel Pantoja y Joaquín Sabina, tres esquinas del cuadrilátero sentimental de un niño cuya infancia transcurrió en los casetes de un 131 Mirafiori.
No sorprendió Pantoja, pues romper el Así fue forma parte de una oscura tradición vampírica, pero sí Mi niñez, esa canción de Serrat que puedo recitar dormido pero jamás me había atrevido a cantar en público. Pedí estar solo (el karaoke estaba vacío, si bien yo me refería al escenario pues es tan común que salte gente al micrófono en los karaokes que yo no sé cómo en Quién sabe dónde no tenían uno) y me puse a cantarla no imitando a Serrat, sino imitando la estrella que yo soñé algún día que iba a ser, antes de quedarse en el camino como todo. Como la vida, que es ir soltando cosas creyéndolas lastre sin sospechar que son las versiones que nunca podrás alcanzar de ti mismo.
Y quizá por eso, esas reflexiones tan histéricas que me empezaron a asaltar en medio de mi sobria ejecución de Mi niñez, la canción no funcionó lo bien que debiera. Nada lo hace, sólo los minutos en los que parece posible no solo cantarla a la perfección, sino haberla escrito. Y quizá esos dos deseos tan grandes como para estrellarse una y otra vez en el ridículo (¿quién no lo hace?, ¿quién no paga con el ridículo el precio de aspirar una vez más a lo que ya no puede ser?), merecen la pena porque queda el consuelo, así lo dije en ese karaoke del que huyeron hasta las ratas cuando empezó mi tema, de que hay canciones que no podemos cantar porque ya las hemos vivido antes. Como Mi niñez.

Publicado en "El País".

lunes, 25 de noviembre de 2019

La última visita al Vicente Calderón - Por Alberto R. Barbero

Déjame que te cuente...
Esta mañana, antes de venir a la redacción, escuché en la radio (bendita radio) que este fin de semana comienza a desviarse la circulación en tu entorno como paso previo a la demolición de la última tribuna que se mantiene en pie, la más cercana al río, la que, en todo lo alto, acogía a los medios de comunicación.
Y, no sabría explicarte el motivo, me ha surgido la necesidad de verte. Llevaba tiempo sin hacerlo, porque la vida no me dirige por ahí, pero tampoco sentía especial preocupación. Hasta hoy. Así que, en vez de coger el camino habitual a la redacción, he bajado por la A-5 (de toda la vida carretera de Extremadura), me he metido en los indescriptibles túneles de la M-30, he cogido la salida 16 (Ermita del Santo) y, aparcando en lo que era fondo norte, entre un montón de autobuses que no sé qué pintaban ahí, me he plantado ante lo que queda de ti.

Impresiona, las cosas como son. La obra, los obreros, el movimiento, los escombros... Más allá de que efectivamente haya carriles preparados en lo que fue terreno de juego, circulación de automóviles para sustituir la circulación de balón, el hecho de que se mantenga en pie esa tribuna alimentaba hasta ahora la ilusión de que seguías ahí, cual fénix dispuesto a renacer. Pero no: caerá también, como sólo puede caer lo material. Será entonces cuando apenas nos quede lo que no lo es. Los sentimientos, los recuerdos, la memoria. Fueron tantos años...
He sacado unas imágenes incluso. MARCA tiene su propio material, el de los compañeros fotógrafos, pero me apetece ilustrar estas líneas con la evidente impericia que tengo móvil en mano. Mientras caminaba pensaba en el paseo desde Príncipe Pío o desde Puerta de Toledo, en la tortilla de Marcial, en las fabadas del Campiello, en las cervezas en el Treze... en los necesarios ritos que acompañaban al fútbol, en los deliciosos secretos que llegamos a compartir los que pasábamos buena parte de nuestra vida cerca de ti. Porque no se trataba sólo de los partidos en el caso de los plumillas: entrenamientos, ruedas de prensa, guardias... horas y horas en la antigua cafetería, la que estaba al lado del palco, cuando aún se podía rascar algo, cuando aún se podía llamar periodismo a lo que hacíamos.
He vuelto al coche, he comprobado que incluso en el navegador parecías difuminarte (la tecnología también tiene corazón) y he puesto rumbo al periódico como si nada. Como si fuera a volver a verte. En la radio (bendita radio) contaban que un pueblo que aún conservaba cabina telefónica se quedó sin ella esta misma semana. Definitivamente son otros tiempos. Ya conté en su día que el descampado que acogió mis primeras patadas a un balón es ahora un Hipercor. El domingo estaremos en el Wanda Metropolitano para hacer la crónica del Atlético-Espanyol. Es lo que hay.
En fin, Vicente. Que te vienes abajo y nosotros contigo. Antes de que nos dejes, en todo caso, permite que vuelva a darte las gracias. Por todo. Por tanto. Y descansa en paz si es que te dejan. Hasta siempre, Calderón.

Publicado en Marca.com

viernes, 8 de noviembre de 2019

El VAR está de paso - por Alejandro Mendo (Publicado en Diarios de Fútbol)

Existen pocas experiencias tan empobrecedoras para el bolsillo y a la vez tan enriquecedoras para el alma como irse de Erasmus. Aunque la comparación con la mili tenga algo de odiosa y algo de inexacta, reconozco que aquellos meses forjaron mi carácter —qué diablos significa si no esta expresión— y abastecieron de por vida mi anecdotario personal, por lo que para los nacidos alrededor de la segunda mitad de los 80 y primera de los 90 bien se puede considerar un servicio militar sin uniforme, como mucho con algún disfraz festivo y grotesco que en aquel tiempo parecía una buena idea.
En enero de 2006 me mudé a Sheffield arrastrando una maleta de un tamaño que ya no fabrican; como en cada ciudad en la que he vivido, antes de personarme siquiera en la universidad o de tener amigos estaba jugando un partido menos abrigao de lo que el clima del South Yorkshire sugería. Los futboleros traemos de serie la capacidad de socializar con potenciales compañeros; nos presentamos con humildad postiza —juego en un equipo pero no esperéis gran cosa— y garantizamos sincera e inmediata disponibilidad —¿esta tarde? No problem, ¿me podéis recomendar una tienda de deporte, que me he venido sin botas?— para que la rueda, o mejor dicho el balón, empiece a girar cuanto antes en nuestra nueva vida.
En los diez primeros minutos de juego aprendí más de la cultura inglesa que en un semestre académico. Descubrí el peso desproporcionado de la figura del capitán, que dictaba la alineación y un par de apuntes tácticos muy básicos antes de saltar al campo; me beneficié de la por entonces buena prensa del jugador español en las islas británicas (supongo que gracias a los Cesc, Reyes, Xabi Alonso o Luis García) y empecé como titular sin que nadie hubiera visto un vídeo de YouTube con mis skills; probé en mis carnes esa inconfundible physicality típica de la Premier, y es que no sólo sufría faltas (a mi entender latino) flagrantes que el árbitro ignoraba sino que además recibía improperios de los rivales que por suerte sólo alcanzaba a entender en parte. Fuckin’ diver, ¡a mí!
Al descanso ya había adquirido nivel comentarista de la BBC. El césped natural era y estaba rápido por definición, mejor dar un toque de menos que uno de más y si un adversario te presionaba por sorpresa tus compañeros te avisaban gritándote right/left shoulder!, expresión que me hizo comprobar un par de veces no tener algún insecto en el hombro antes de comprender su significado. Aquello era justo como en la tele: el ritmo era alto, la hierba muy verde, el jodido balón no salía nunca del campo para poder respirar, se abusaba del tackle incluso en zonas embarradas y no se protestaba al árbitro o se hacía para tus adentros, lo que me valió alguna yellow card durante aquellos meses cuando lo hice para mis afueras.
El manual para triunfar en el césped y pasarlo bien en el pub tenía las letras gordas. Si perdías el balón por intentar florituras, bronca del capitán y reprimenda de tu portero que ni veías entre la niebla; si fallabas una ocasión pero terminabas jugada evitando así una contra, aplauso general y unlucky boy! de algún compañero. Aprendí que allí había que escenificar el esfuerzo, que pareciera que ibas a mil por hora y de vez en cuando, eligiendo el momento con cuentagotas, sacar un caño de la chistera para trepar por la escalera social del frágil ecosistema universitario.
La vida en Sheffield era costosa, húmeda y sufrida pero a la vez intensa, divertida y simple como el fútbol británico. Me resulta por tanto natural intuir que el VAR no se hará viejo en las islas, donde el público exige que pasen muchas cosas y que pasen a gran velocidad y empieza ya a detestar profundamente esos frecuentes momentos de limbo a los que nos empujan las decisiones de escuadra y cartabón que se cuecen en un sospechoso monitor. La Premier League fue pionera al introducir un avance tecnológico sensato, objetivo y limpio como la goal-line technology, algo tan maravilloso como hacer vibrar (o no) el reloj del árbitro en tiempo real para dilucidar si el esférico ha traspasado por completo la línea de gol. ¿No bastaba con este bendito guiño del futuro?
En las últimas temporadas en Italia y España se ha experimentado un proceso similar de adaptación al VAR: tras semanas utilizando con frecuencia el nuevo juguete y corrigiendo sin titubeos las decisiones arbitrales (fase 1), se llega a un inevitable corporativismo mezclado con miedo a equivocarse en el que se abre un peligroso círculo vicioso de inacción (fase 2), haciendo que el instrumento sea a todas luces inútil y genere mayor controversia de la que causaba el ojo humano, que no era poca. ¿Sucederá este fenómeno tan Mediterráneo en Inglaterra? Está por ver.
Un indicador fiable son los minutos de descuento que se aplican en la Liga y en la Premier. Lo comenté hace tiempo en un tweet: la diferencia entre árbitros españoles e ingleses es sobre todo cultural. Mientras en Inglaterra quieren que sigan pasando cosas, en España se impone el virgencita, que me quede como estoy y el terror a cometer más fallos. 
Medio en broma medio en serio, en mi Erasmus provocaba a mis teammates asegurando que los británicos hacen todo lo posible por desmarcarse de las reglas vigentes en The Continent, como ellos dicen. Por llevar la contraria, vaya. La Premier League tiene ahora una oportunidad de oro para añadir la abolición del VAR a la lista de diferencias culturales con Europa: además de conducir on the wrong side o utilizar una moneda diferente, su liga puede convertirse de verdad en un producto único al eliminar la confusión y —sobre todo— suspensión de emociones que el VAR ha traído bajo el brazo.
Yo estuve allí únicamente de paso pero me atrevo a decir que el VAR no durará en las islas.

viernes, 22 de febrero de 2019

Alma de África - Por José David López

Hablemos de números. En el año 2015, el último del que se tienen datos completos, España recibió casi 17.000 inmigrantes irregulares procedentes de África y Oriente próximo. Lo más llamativo es que el porcentaje de quienes llegaron cruzando las vallas de Ceuta y Melilla (barreras físicas para separar e intimidar generadas por la Unión Europea) descendió drásticamente en la última década. Si no se puede entrar por tierra (España es la única entrada terrestre cercana entre Europa y África), se puede entrar por mar. Hoy, varios años después de ese último registro, la situación, precisamente por lo sucedido en el Mediterráneo, es de caos absoluto, multiplicando rotundamente cualquier cifra o aproximación anterior y, sobre todo, generando una respuesta cada vez más extrema y agresiva como mensaje global desde todos los países de ‘acogida’ (incluso los barcos de organizaciones gubernamentales como Open Arms o Sea Watch, cuya principal misión es rescatar del mar a aquellas personas que intentan llegar al continente, están bloqueados en puertos europeos bajo petición expresa e intocable de cada uno de sus gobiernos ante la avalancha que son incapaces de gestionar). Tanto, que sólo el 7% de quienes solicitaron asilo en los últimos años, lo lograron en nuestro país.

Toda persona tiene derecho a buscar asilo y disfrutar de él en cualquier país. Sobre el papel, es un derecho internacional de toda la humanidad pero, en la práctica, no deja de ser un sueño, una utopía. Pero es el lema de quien ha conseguido cumplirlo y lucha por reivindicarlo con un balón en los pies. Porque no se trata de números, de cifras, de estadísticas o de porcentajes, sino de personas. Historias de vida, de superación y de cómo no hay obstáculos cuando, gracias a una pelota y a un grupo de trabajadores solidarios, han devuelto la dignidad y la identidad a estas personas que, tras años de interminables rutas hacia lo desconocido, de todo tipo de vejaciones y de insufribles actos con el añadido de pérdidas de familiares o amigos, logran volver a sonreír cuando la meta son los goles. 

Jerez de la Frontera (Cádiz) es un maravilloso rincón de una de las zonas más bonitas de España pero, a su vez, por su enclave cercano a las playas del sur, es un lugar adecuado para la llegada de inmigrantes que intentan ganarse la vida y conseguir reiniciar su moral. Cuando acudí a ellos hace unos años, tenía muy bien gestionado el papel de un equipo de fútbol que equilibra esa parte gris que todos han tenido que atravesar para llegar hasta allí y, a su vez, les otorga un apacible lugar donde, en compañía, logran encontrar su relax mental. Eso pensaba yo, pero vivirlo en persona y conocer sus historias choca frontalmente con cualquier idea preconcebida que podamos tener los que nacimos al otro lado. Algo se rompió dentro de mí, algo quebró y algo me hizo ver que cuando has perdido todo y no se puede caer más bajo, sólo se puede mejorar. Así lo ven cada uno de los integrantes de Alma de África, el primer club de fútbol que logró federar a inmigrantes para jugar partidos oficiales en los modestos campos de tierra de las divisiones inferiores en Andalucía. Y, sin embargo, pese a moverse gracias al fútbol, son muchísimo más que fútbol.

“Un amigo del que hacía tiempo que no sabía demasiado, Quini, me llamó de repente un día. Y, con una simple frase, la verdad que iba a cambiar mi vida. Me dijo: ‘Alejandro, ¿te puedes venir el domingo a arbitral el domingo un partido de africanos a La Pradera de Jerez?’. Yo aluciné porque imagínate qué pregunta tan rara después de un tiempo. ‘Sí, es que aquí cada domingo se reúnen un grupo amplio de africanos, de los que están en los semáforos y buscándose la vida, a jugar al fútbol y, la verdad, es que no hacen más que gritarse y discutir mientras quieren jugar, así que les dije que necesitan un árbitro’, me explicó”, cuenta Alejandro Benítez, que pasó en cuestión de semanas de ser el árbitro al que, de repente, hacían caso y respetaban para poder disfrutar legalmente de sus partidos domingueros, a convertirse en uno de los creadores de algo absolutamente brillante y con una carga solidaria irrepetible.

“La mayoría, al verme, pensó que un árbitro era lo mejor que les podía pasar. Se peleaban hasta en el sorteo para hacer los equipos. Ese partido, tras una semana de pasarlo mal buscándose la vida como pueden, era su desahogo. Pero claro, se evolucionó. Tras unas semanas, charlamos Quini y yo. Vimos que algunos jugaban bien y decidimos hablar con el Xerez Deportivo y el Atlético Sanluqueño, dos clubes de esta zona, para ver si podíamos jugar un torneo o un triangular benéfico. Les organizamos un poquito y les pusimos el nombre de Alma de África porque la hermana de Quini, que era tremendamente solidaria con este grupo de personas, falleció por una grave enfermedad. Y dejó su perra, que se llamaba Alma, de donde procede todo. Así que compró las equipaciones y tiramos para adelante con toda la ilusión a ver qué nos encontrábamos”, recuerda sobre aquellas primeras semanas tan convulsas pero, a la vez, esperanzadoras. 

Ese siguiente paso era gestionar de manera mucho más organizada, estructurada y, si cabe, con tintes de profesionalidad, aquel grupo de futbolistas que empezaba a animarse con la idea. ¿Cómo? Intentando que pudieran competir en divisiones inferiores y, aunque en principio parecía algo imposible, se encontró una vía para llevarlo a cabo, aunque lo primero era saber qué predisposición real tenían los protagonistas: “Lo primero era planteárselo a ellos, porque no sabíamos donde teníamos la mente cada uno. Pero les pareció bien. Hablamos de jugar la liga, empezar en la Cuarta División Andaluza, que es la más baja, y de que, al ser negros muchos de ellos, iban a tener que soportar que les insultaran, les molestaran y les crearan problemas que, quizás, aún no eran conscientes de ello. Es decir, que te llamen mono… Pero dijeron que sí que íbamos a ser respetuosos y defender una bandera global, pero mi sensación es que no se lo creían. Por eso, el día que llegué con las fichas oficiales de futbolistas donde pone su nombre, su foto y un sello de la Federación Andaluza, sus caras eran increíbles. Pensad que ellos son, en mayoría, personas que están en España de manera irregular. El viernes antes del primer partido, llegué con esas fichas y alucinaron. Era un documento oficial. Se sentían personas, que no eran fantasmas. Se emocionaron y hasta se les saltaban las lágrimas”, explica Alejandro sobre un día clave.

Eso sí, una cosa es imaginarse ser futbolistas y otra es serlo de verdad. Entrenamientos, compromiso de un staff de colaboradores y otros profesionales (como el entrenador y sus ayudantes), así como disciplina a la que comprometerse para llegar a un buen equilibrio deportivo, son palabras y actitudes que nunca acompañaron sus vidas: “El problema número uno fue su poca habilidad futbolística porque jamás habían jugado en serio y eso era evidente que llevaría un largo recorrido de trabajo. Aunque lo más difícil fue la disciplina. Son personas sin horarios en sus vidas, había que limarlo con el tiempo. Un partido, por ejemplo, vamos a jugar, saliendo justo al terreno de juego y cuando va a pitar el árbitro, vemos que faltan dos jugadores. ¿Dónde estaban? Rezando en el vestuario. Y claro, el técnico dijo pues o fútbol o rezo, vamos a compenetrar todo porque sino, no hay manera”, recuerda el presidente que, sin embargo, no oculta que el fútbol ayuda, pero no esconde el verdadero problema de estas personas, la ausencia de opciones para salir adelante en la vida.

Tienen un dicho que más que nada es una manera de explicar en una sola frase lo que sienten en Alma de África: “Sin inserción laboral, no hay vida”. Y es que, pese a que algunos futbolistas llevan muchos años en Jerez, no han logrado oficializar sus papeles y algunos siguen viviendo en la calle, pidiendo limosnas, trabajando en los semáforos. “No podemos decir que hay que jugar el domingo y entrenar dos o tres día entre semana si no han comido en todo el día o no saben dónde van a dormir esa noche cuando terminemos el partido. No es posible y somos un equipo cuya labor principal es la social, la humanitaria y la solidaria. Sin inserción laboral, ni el fútbol sirve de nada. Ahí es donde más trabajamos y a algunos, en este tiempo, ya les hemos podido generar algún puesto de trabajo, hemos logrado que la administración les otorgue alguna vivienda y cuestiones de reglamentación de papeles para empezar, ahora sí, a ser personas con todos los derechos. Algunos salen de la comisaría ya con pasaporte y permiso de residencia y eso les da todo. Ese es el verdadero partido ganado…. A mí me cambió la vida. Veía los telediarios, las pateras, cómo llegaban… pero una vez metido en esto, te das cuenta de la cruda realidad y de lo que han pasado estas personas”, explican desde el club.

Historias, a cada cual más dura, más luchadora y más surrealista, se acumulan en ese vestuario que podría gritar sin pudor que son el verdadero ‘club de la lucha’: “Salí de mi casa, en Camerún, un día sin decir nada a mi familia. Soñaba con viajar. Lo tenía pensado hace tiempo. Yo era boxeador allí y viajaba para competir, pero quería buscarme la vida mejor gracias a mis habilidades con el boxeo. Pero no teníamos prácticamente nada porque todo es muy peligroso. Mi mujer y mis hijos los dejé allí. Me vine a Europa sin saber dónde iba a terminar. Cogí la mochila, unos zapatos, dos camisetas y tres pantalones. Crucé la frontera de Nigeria, luego Níger, luego Argelia, Marruecos y llegué a España. Lo peor fue el desierto. Yo sabía que no debía seguir, pero cruzamos andando. La gente moría porque no había para comer ni beber. Alguno se caía y yo tampoco podía quedarme, tenía que seguir sin mirar atrás. Vi morir a gente. Teníamos que beber y, aunque sea duro, había que beberse nuestra orina. Pensé muchas veces que moría, pero había que seguir. Cada momento estábamos rezando, nada más. Y así, al final, una noche crucé la valla tras cinco intentos. Cuatro veces entré y me rechazaron. Pero la quinta era un domingo especial. Nunca lo olvidaré. Bajamos del bosque y a las tres de la madrugada, ya que había llovido mucho, la valla estaba caída y ahí vimos un hueco donde nos metimos para Melilla. Ese día fue gloria para mí. Pero mi futuro es gris, sólo espero poder traer a mi familia a Jerez”, destaca Kameni, uno de los pioneros de este club, pues acabó en Jerez pero sigue dando vueltas por Europa intentando ganarse la vida (en el momento de esta llamada, estaba en París y lleva años sin ver a su familia). 

Y puedo decir, porque lo vi con mis ojos, cómo él se quitó unas zapatillas para dejárselas a un compañero y jugar un partido quedando él descalzo: “El fútbol me dio la alegría de mi vida en Jerez y mi familia es Alma de África. Llegué solo y ahora sé que ya no lo estoy allí. Únicamente me faltó trabajo, pero todos los besos, todos los apoyos, todos los ánimos… siempre me lo dieron. Si me quitan Alma de África, mato”, explica entre risas y, de vez en cuando, alguna lágrima de emoción, el propio Kameni, una de las decenas de historias, terribles pero, a la vez, conmovedoras por su gran corazón, que se guardan en el vestuario de un equipo único e irrepetible. 
Más que nunca, Alma de África representa una excusa para poder usar el fútbol como lanzadera de apoyo y de impulso a las vidas de quienes más lo necesitan. Y aunque nunca está de más, es increíble que existan personas dispuestas a dejarlo todo para que esto sea posible. Porque hay que ser muy buenas personas (dije cara a cara a sus fundadores que yo dudo de si soy tan buena persona para hacer algo así) para encaminarse a una batalla sin fin y eterna, la de conseguir para quienes vienen desde fuera, una vida justa (siendo Jerez la ciudad con más paro de toda España, aún más). Todo se logra desde el apoyo y la fuerza inquebrantable de la familia. Una, formada alrededor del fútbol y la vida, la de Alma de África.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Ter Stegen para y los delanteros se paran - Por Marcos López

No se desconecta nunca. Ni siquiera en los inicios del partido como puede ocurrir con algunos de sus colegas. Él, no. Siempre llega puntual a su cita. Da igual que sea un partido de Champions, una entrevista o cualquier otro tipo de acto… Marc André Ter Stegen, el mejor regalo posible que le pudo dejar Andoni Zubizarreta a su Barça, acude fiel a ese compromiso con el balón. Es así. Basta ver los primeros 10 minutos del retorno del Barça a la Champions. Ahí, y ya ha dejado de ser noticia, emergió la mejor versión de un portero descomunal, capaz de reponerse de un error propio para firmar una gran parada.

Falló Marc en su pase, andaba, eso es verdad, Lenglet despistado colocándose en su posición de central izquierdo, cuando el Olympique de Lyón creía haber hallado un tesoro. Y, en realidad, lo tenía. Ese envenenado disparo de Aouar topó, sin embargo, con las alargadas manos del portero azulgrana, que reaccionó con energía estirándose hasta el rincón del poste izquierdo. No era una parada fácil. Ni mucho menos.

Lo parecía al inicio. Pero ese tiro del joven francés (m. 4) tenía un mensaje diabólico, que supo descifrar correctamente Ter Stegen porque no solo evitó el gol sino que su despeje tuvo la dirección necesaria para evitar una segunda opción de disparo. Son esos pequeños, y a la vez, invisibles detalles, pero de enorme trascendencia. Paró y eludió volver a parar.

Aunque el alemán aún guardaba otra joya cuatro minutos más tarde cuando el Barça todavía seguía sin hallar su sitio. En la primera acción estuvo ágil en ese disparo raso. Pero en la segunda acción, en cambio, emergió ese guardameta volador, al que le falta únicamente la capa de Superman, como ya demostró en el Nuevo San Mamés. Entonces, Susaeta quedó asombrado porque aquel balón parecía predestinado a acabar en la red. Llegó el alemán casi de manera milagrosa, sostenido en el aire como si estuviera unido por un hilo al cielo, esperando pacientemente a que la pelota cayera al reencuentro con sus manos.

Pues algo así, sucedió también en Lyón. Parece imposible, pero volvió a ocurrir. El disparo de Terrier (m. 8) tenía muchísima más potencia que el de Susaeta. Uno fue suave y delicado; el otro fue rotundo y contundente. Da igual. Ter Stegen no entiende de balones rasos o pelotas voladoras. No es nada casual, por lo tanto, que haya conseguido la cifra impresionante de 17 paradas sobre los 20 remates a portería que ha recibido el Barça en esta Champions.

Pero no existe mayor valor que la fiabilidad que transmite Ter Stegen. El vuelo frustró al Olympique ayudado, además, el alemán porque la pelota fue repelida por el larguero. Justo en ese momento, se levantó rápidamente para evitar cualquier susto. Cuando los delanteros tiran y tiran, sin acierto alguno, el Barça puede estar tranquilo porque atrás tiene un auténtico guardaespaldas. Un portero que no solo gana puntos y partidos sino que inyecta calma.

Una calma más que necesaria para un equipo atormentado porque le están fallando sus 'vacas sagradas'. Le están fallando sus piezas más decisivas en el ataque. Para Ter Stegen, pero los delanteros se han parado.