martes, 8 de septiembre de 2009

El tren descarrilado

No podría iniciar esta nueva etiqueta sobre fiascos de nuestro fútbol sin acordarme de lo mal que lo llevan haciendo los giles desde que, en 1987, engañaron a la parroquia rojiblanca para quitarles un club que siempre había sido suyo.

Entre los muchos malos fichajes que engrosan el currículum de estos veintidós años de oscuridad, resalta el de aquel tipo que nos vendieron como un goleador implacable y se marchó por la puerta de atrás como un tronco de cuidado. Y es que para dominar el arte del delanterocentrismo se necesita mucho más que un cuerpo grandote y un mínimo de instinto.

Adolfo Valencia, al que llamaban “El Tren” por arrasar allá donde pasara, llegó al Atleti rebotado de un Bayern de Munich que, entre incrédulo y recochineante, se frotaría las manos ante el negocio que supuso desprenderse de un lastre y encima recibir dinero a cambio. Aconsejado por el “maestro” Maturana, no tardó en hacerse un hueco en la delantera titular rojiblanca dejando en el banco a hombres como Manolo o Kiko. No le duró mucho el enchufe, en cuanto “El Pancho” voló del Manzanares volaron sus sueños de triunfo. Los de la hinchada rojiblanca ya habían volado nada más verle moverse en sus primeros minutos como titular.

Y es que Valencia además de no tener técnica en el disparo era un tipo insulso que ni aportaba en el juego ni aparecía en desmarques para la definición. Memorable, por no decir bochornosa, fue aquella aparición pública de Gil tras la deshonrosa derrota en las Gaunas gritándole a los micrófonos: “Al negro le corto el cuello. Me cago en la madre que parió al negro”.

Al final salvó el cuello pero no su contrato. Regresó a Colombia y desde allí inició un peregrinaje que le llevó al olvido. Lamentablemente aún hay algunos que no le hemos podido olvidar.

jueves, 3 de septiembre de 2009

El rey de copas

En el viejo Buenos Aires, en la confluencia de las calles Victoria y Perú, había una tienda llamada “A la ciudad de Londres”. Con más de cincuenta empleados y muchas ganas de matar el tiempo, los dueños decidieron crear un equipo de fútbol al que bautizaron como “Maipú Banfield”.

Pero eran muchos los empleados que pagaban sus cuotas y solamente unos pocos los que podían jugar el partido de cada domingo. Por ello, y encabezados por el responsable de zapatería, Rosendo Degiorgi, un grupo de empleados se reunieron en secreto en un local del barrio de Avellaneda. Como único tema a tratar se aprobó la escisión del Maipú y la creación de un nuevo equipo totalmente independiente. Como era de suponer, lo llamaron “Independiente de Avellaneda”. Degiorgi, una de las estrellas del equipo, fue nombrado primer presidente y el equipo se estrenó en la tercera división con una humillante derrota por veintiún goles a uno frente a Atlanta.

Por aquel entonces ya existía otro equipo en cuyo nombre llevaba el apellido del barrio de Avellaneda. Se llamaba Racing y con el tiempo lo apodaron como “La academia”. Como todo buen rival, no tardó en sacar chistes a cargo de aquella humillante goleada ante Atlanta y, como el primer choque entre ambos estaba a punto de celebrarse, las vísperas del mismo amanecieron con los murales pintados y los orgullos ensalzados. Junto al campo de juego de Independiente apareció una pintada que rezaba “40-0”, en alusión al resultado que debía darse en el siguiente partido. Pero no fue así. Independiente, que había alegado jugar sin su portero titular el primer partido ante Atlanta, ganó por tres a dos el primer clásico y firmó la primera página de una rivalidad tan ancestral como apasionante.

A medida que el equipo fue ganando en popularidad, la directiva se fue viendo en la obligación de encontrar un nuevo terreno donde albergar sus partidos. Se eligió el campo de “La Crucecita” y, para estrenar el mismo, se concertó un amistoso que terminó en empate a cero frente a Bristol de Montevideo. Como bien se puede imaginar, no fue el resultado lo que hizo que el partido pasase a la historia sino el color de la indumentaria del equipo local. Por vez primera, y ya para siempre, Independiente visitó de rojo gracias a que el presidente Langone se había quedado prendado del equipo inglés Notthingham Forest en su reciente gira por Sudamérica.

En 1911, seis años después de su fundación, el equipo sube a Primera por primera y última vez en su historia; desde entonces es el único equipo, junto a Boca y River, que no ha descendido de categoría hasta el día de hoy. La segunda década del siglo sirve como periodo de adaptación a la élite e Independiente tiene que vivir a la sombra de un gran Racing que lo gana todo. Y es en 1922, con la llegada al equipo de Manuel Seoane, cuando comienzan a vislumbrarse los primeros atisbos de grandeza.

La inolvidable ala izquierda formada por Seoane y Orsi conduce a Independiente a su primer campeonato. Son años de imparable crecimiento y de cambios. En 1923 un incendio destruye el campo de “La Crucecita” y el equipo debe trasladarse a las calles de Alsina y Cordero a un nuevo estadio que el tiempo terminaría bautizando como “La doble visera”. Fue en 1928 cuando Independiente inaugura el primer estadio de hormigón armado de toda Sudamérica. Jamás se movería de allí.

Orsi ya había volado a Italia y el periodista Hugo Marini, asombrado por el juego desplegado, había bautizado al equipo como “Los Diablos rojos de Avellaneda”. Fue en los últimos años del amauterismo, cuando Ravaschino y Seoane ya se habían consagrado y cuando jugadores, directivos, periodistas y seguidores pedían un paso hacia adelante. Entonces llegó el profesionalismo y a Independiente llegó un delantero llamado Antonio Sastre. Él fue, junto a Arsenio Erico y Vicente De la Mata, quien hizo olvidar la marcha de Seoane y puso a Independiente en el podio de todos los records. Aquella delantera sumó quinientos cincuenta y seis goles para los rojos y el equipo salió campeón en 1938 y 1939 anotando doscientos dieciocho goles en dos años.

Solo un año después, Independiente se quedó a las puertas del campeonato pero le quedó el consuelo de una aplastante victoria por siete goles a cero frente a Racing. Fue un consuelo mayor de lo esperado pues el equipo tuvo que esperar ocho años para volver a festejar. Por entonces ya no estaba el infalible Erico y al cerebro Mario Fernández lo había sustituido el gran Ernesto Grillo.

Él fue el líder de la mágica delantera que, en los años cincuenta, maravilló al mundo. En 1953, la selección Argentina forma equipo para varios amistosos y el seleccionador decide poner en punta a Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz; los cinco delanteros de Independiente. Con ellos, la albiceleste gana por vez primera a Inglaterra en el Monumental y, poco después, en una gira por España logra doblegar por un gol a cero a la selección anfitriona y se da un festín en el estadio de Chamartín derrotando por cero goles a seis al Real Madrid.

Son años de pocos títulos pero muy buen fútbol. Los hinchas, apasionados con su equipo, abarrotan el estadio de “El rojo” fijando un record histórico el día quince de agosto de 1954, cuando sesenta y dos mil personas se citaron en las gradas para ver ganar a su equipo por tres goles a uno frente a Boca Juniors.

Llegan los años sesenta y el fútbol argentino siente la fiebre de la internacionalización. Los equipos punteros contratan jugadores extranjeros por doquier y a Independiente llegan una cuadrilla de uruguayos liderados por el arquero Toriani y los jugadores de campo Silveira, Rolán y Vázquez. Con ellos, Independiente vuelve a celebrar el campeonato, poco a poco, va formando un equipo de gran talla a nivel internacional.

En 1964, el Santos de Brasil, liderado por Pelé, rompe una racha de treinta y siete partidos sin perder derrotando a Independiente por un doloroso cinco a uno. Fue sólo el principio de un duelo a tres partidos cuya revancha tuvo lugar unos meses más tarde cuando ambos equipos se citaron para la semifinal de la Copa Libertadores. El Santos, esta vez sin Pelé, cayó eliminado e Independiente accedió a su primera final de un torneo que, con los años, terminaría por consagrarlo como el mejor equipo de Sudamérica. Fue en 1964 y 1965 cuando Independiente ganó sus dos primeras Libertadores y cuando perdió sus dos primeras citas en la Copa Intercontinental ante el inexpugnable Inter de Helenio Herrera.

En 1966 la AFA crea el campeonato Nacional e Independiente es el primer campeón liderado por la inolvidable delantera formada por Bernao, Savoy, Artime, Yasalde y Tarabini. Cuatro años, hasta 1970, tuvo que esperar “El rojo” para festejar un nuevo título. Al Metropolitano de ese año le siguió el de 1971, y es a partir de ese momento cuando el equipo comienza su particular idilio con la Copa Libertadores y su maltrecho peregrinar por la competición doméstica. Así, a cada paso de gigante dado en la máxima competición sudamericana, le seguía un paso de cangrejo en los torneos nacionales.

Entre 1972 y 1975, Independiente gana cuatro Copas Intercontinentales y gana, para su historia, la aparición del mejor jugador que jamás vistió la casaca roja de “Los Diablos”; Ricardo Bochini. En 1973, en Roma, en un partido único por la Copa Intercontinental que se había celebrado en Italia por expreso deseo de la Juventus de Turín, “El Bocha” tiró una pared magistral con Bertoni y definió con sutileza ante el legendario Zoff. Nacía la leyenda de un jugador imborrable y de un equipo al que ya todos conocían como “El rey de copas”.

Hubo de esperar a 1984 para festejar el que sería séptimo y, hasta ahora, último, título de Independiente en la Libertadores. Antes, en 1983, el equipo había festejado doblemente la última jornada del campeonato. Por un lado, porque la victoria ante Racing le sirvió para quedar campeón, y por otro, porque con ella condenó a su eterno rival a la segunda división.

En 1984 el equipo seguía liderado por Bochini y pincelado por Burruchaga, Giusti y Clausen, tres tipos que, junto a “El Bocha”, serían campeones del mundo dos años después con la selección argentina. Cuatro mosqueteros que lideraron el que se llamó “Partido Perfecto” de Porto Alegre. Independiente salió a jugarle de cara al Gremio en el partido de ida de la final de la Copa Libertadores y, tan precisa fue su presión y su constancia que, con el cero a uno final, el público local tuvo que rendirse en una sonora ovación. La vuelta fue un cero a cero sin más historia y con un título más en las vitrinas. Un título que les condujo a Tokio para enfrentarse y ganar al Liverpool con aquel solitario gol de Percudani

Los siguientes títulos locales fueron el campeonato de 1989 y el clausura de 1994. Recordado especialmente este último por ser la primera vez que los dos equipos con aspiraciones al título se enfrentaban entre sí en la última jornada. A Huracán le valía el empate e Independiente necesitaba una victoria que logró gracias al gol de “El avioncito” Rambert. Aún recuerdan en Avellaneda la sociedad que este delantero, vendido a Italia por un buen puñado de dólares, formó con Gustavo López.

Pocos meses después, “El rojo” ganó la Supercopa Sudamericana y llevó con ello, a su palmarés, el único título que faltaba en sus vitrinas. A este título se sumó la Recopa Sudamericana de 1995 tras derrotar al Flamengo, en lo que significó el último título internacional de un equipo que, aquella tarde, terminó dando la vuelta de honor en el mismísimo estadio de Maracaná.

El nuevo siglo se encontró a un equipo roto por su historia y por sus propias urgencias. Agarrado a la esperanza que significaron futbolistas como Bruno Marioni, Esteban Cambiasso, Gabi Milito o Diego Forlán, tuvo que sacrificar sus sueños para ver como, en 2001, su gran rival Racing festejaba el campeonato después de treinta y cinco años. Fue una época de desidia que terminó el año siguiente cuando, con Américo Gallego en el banquillo, el equipo ganó el que, hasta hoy, es su último campeonato. Aquel gol de Pusineri ante Boca en el último minuto del penúltimo partido ha significado el último gran grito de alegría de una hinchada que un día animó al mejor equipo del mundo y hoy visita, cada domingo, la caída en picado de un rey sin copas.

Después llegó Agüero, su venta y la construcción del nuevo estadio. Llegarán más partidos, más esperanzas y más recuerdos, y para siempre quedará grabado en fuego la memoria de un equipo que nació en una tienda y que se resiste a morir en un barrio que sigue latiendo al ritmo del gol de dos equipos que siempre caminarán unidos pero jamás se darán la mano.

domingo, 30 de agosto de 2009

Sábado internacional

A medida que el mundo de las comunicaciones se va globalizando y la tecnología nos va facilitando el camino hacia nuestros sueños, vamos buscando atajos hacia la satisfacción y, en la orilla de nuestro aprendizaje vamos guardando páginas de interés y lugares donde sabremos volver para recuperar nuestros despertares furtivos.

A los que amamos el fútbol y durante años estuvimos soñando con absorberlo todo, el mundo de internet nos empieza a sonar a gloria bendita. Por ello, mientras sigo convenciendo a Sagrario para abonarme a un operador de cable y mis súplicas siguen cayendo en duda esperanzadora, debo seguir buscando en la red el mejor motivo para seguir informado. Y en primer lugar encuentro los blogs, magníficos espacios de reunión donde un puñado de chiflados como yo se reúnen para ponerme al día de todo lo que quiero saber. Y en segundo lugar están los programas para ver fútbol por la red, y a medida que voy dejando sin espacio al disco duro de mi ordenador, voy ganando en locura pues ya no me quedan ventanitas con las que ir alternando mi ansia de visionado.

Por todo ello y gracias a ello, me resultó imposible dejar pasar una jornada como la de ayer en la que pude aclarar varias de mis dudas y pude ir haciéndome una idea de lo que nos espera en esta temporada en la que los dos gigantes de nuestro fútbol serán los auténticos ases a derrocar.

En Inglaterra vi un Chelsea distinto al de años anteriores. Distinto porque sigue manteniendo la solidez que antaño le hizo ganar fama de equipo rocoso y sospechosamente aburrido, pero ahora hasta tiene atisbos de buen fútbol, y eso que la temporada no ha hecho sino empezar. Con un centro del campo de bastante nivel, donde dos veteranos de postín como Ballack y Deco siguen esperando aportar su cátedra desde el banquillo, fía su empuje de velocidad de crucero a una pareja de delanteros aterradora. Ayer, al tran tran particular de los equipos que llegan lejos, aniquiló a un Burnley que salió respondón y se marchó resignado.

Tras los blues hicieron acto de aparación los rojos de Liverpool. Más allá de las dudas que estén levantando al principio de esta temporada, locierto es que en las adversidades siguen buscando la portería rival con orgullo. Cierto es que debe corregir demasiados errores, como la descordinación defensiva y el estado de nervios en el que parece estar sumido su alma máter Steve Gerrard. En un partido que, por sus propios errores, terminó poniéndose cuesta arriba, acabó remontando gracias a su mayor empuje y al miedo de un Bolton que terminó en su área con un hombre menos.

Aunque menos aún me gustó el Manchester United. Cierto es que ganó, pero lo hizo con esa suerte tan característica que suele sonreir a los equipos campeones; esa que dice que se ganan los partidos que se merecen y los que no se merecen también. Si tenemos en cuenta el error clamoroso de Van Persie con cero a uno en el marcador, el piscinazo de Rooney en el penalti que precedió al empate y en la absurdez de Diaby cuando no tenía ningún rival que le acosase, podemos decir que el Arsenal regaló un partido que, en condiciones normales, debió haber ganado y debió haberle servido para acallar todas las dudas que hoy vuelven a cernirse sobre la bisoñez de un grupo que, dicen, cada vez está menos preparado para los grandes compromisos.

Más allá de las islas se jugaron dos partidos de esos que dilucidan el valor de promesa de los que verdaderamente aspiran y los que no tienen nada. En este último grupo se encuentra el Milan, acomplejado por una plantilla demasiado trillada y poco competitiva y, ayer, humillado por un Inter que, casi andando, le dejó bien claro a su vecino que de un tiempo a esta parte las aguas del Olona han cambiado su cauce. Hoy, la ciudad de Milán sonríe en azul y negro con un equipo donde se ve el sello de Mourinho; poca concesión al rival, protagonismo de los laterales, nada de extremos, mucha fuerza en el centro del campo y juego rápido hacia los delanteros. Interesante sociedad la que pueden formar Milito y un Eto'o que, creo, no tendrá la misma influencia en el juego del Inter como lo tenía en Barcelona. Ante un Milan demasiado infértil, diezmado con un Gattuso que fue expulsado por su desquiciamiento y por verse obligado a tapar fuegos lejos de su zona, el Inter demostró solidez y mucha pegada. Me gustó Snejder y me gustó Motta, ese futbolista que hace poco más de un año los visionarios dirigentes del Atlético de Madrid dieron por inútil para la práctica del fútbol. Para hoy queda un interesante Roma – Juve en el que los bianconeris deben demostrar que este año son la alternativa más seria para derrocar el reinado interista.

Y por último viajé a Alemania. Es cierto que al Bayern de Van Gaal le queda mucho, pero ayer pudimos percibir algo de sus pretensiones. Al equipo más grande de Alemania le va atraer jugar con extremos, lejos de los cánones clásicos de Baviera y más cercano a las pretensiones del afamado Louis. Así, con la entrada en el equipo de Robben y si consiguen mantener a Ribery, pueden convertirse en un equipo interesante siempre y cuando corrijan los verdaderos problemas que tienen en la creacción y, sobre todo y según se vio en partidos anteriores, en una defensa a la que aún le queda mucho trabajo.

martes, 25 de agosto de 2009

Mágico

Había un tipo descuidado y desgarbado con una camiseta amarilla. A simple vista no parecía un buen futbolista y, si apurabas el análisis, ni siquiera parecía un futbolista. Podía confundirse con cualquier vividor de paseo marítimo y bohemio de noches de luna llena. Y el caso fue que le gustó la noche, la luna y el mar. Y el caso fue que resultó ser un futbolista como pocos, un mago de media tarde y un sueño bendito de media noche.

Los hombros bajo la línea del cuello, la velocidad escondida en la desidia y la fuerza de los que sacan la azada a pasear, obviada en el innato asombro de su talento. Lo suyo eran las tardes de sol y sombra, la puerta grande del Carranza y los detalles visibles, aplaudibles y mágicos.
Así le llamaron; mágico por los trucos que guardaba bajo la chistera de sus botines de futbolista, mágico porque en cada aparición lograba que el sol brillase con ímpetu sobre los delirios de las playas de Cádiz. Una ciudad puesta en pie y un tipo inolvidable. Un jugador de esos que, cuando se van, dejan la sensación de que el alma vivirá para siempre sumida en la cueva nostálgica de lo irrepetible.


viernes, 21 de agosto de 2009

El gol del ascenso

Durante muchos años nos pasamos recordando gestas implacables y momentos gloriosos de nuestro fútbol más memorable. Repasamos los momentos clave y no tardamos en identificar cada triunfo con un héroe concreto. A menudo, tendemos a olvidar que un instante o unos días antes, otro hecho, menos importante en la historia definitiva, encarriló la subida hacia el cielo de todas nuestras pasiones. Como el gol de Bakero en Kaiserslautern o el de Iniesta en Stamford Bridge.

Incluso hay tipos mucho más olvidados. Jugadores anónimos que, en un gesto y un remate hacia el destino, son capaces de reescribir la historia aunque después sea la historia la que se encargue de borrarles a ellos.

Garikoitz Uranga es un futbolista de perfil bajo, poca repercusión y sin calidad suficiente como para hacerse un hueco en la élite de nuestro fútbol. Y sin embargo, él escribió una tarde de mayo uno de los renglones más importantes de la reciente historia del Getafe. Corría el minuto ochenta y cinco de un partido trabado, el Eibar había empatado a uno y se encerraba en su área defendiendo su botín (y probablemente su prima) como gato panza arriba. Gica recogió un balón en la esquina del área y puso un centro de esos que, por ser una pieza de arte, son imposibles desperdiciar. Allí apareció Gari para cabecear a la red y situar al Getafe en la segunda posición de la tabla clasificatoria a sólo una jornada del final.

Después llegó la goleada en Tenerife y al pobre Gari le fueron olvidando las tertulias de sobremesa a medida que el tiempo ensalzaba a Pachón como el “héroe del ascenso”. Son las villanías de la desmemoria. Ninguno de los dos triunfará en el fútbol de élite y los dos seguirán curtiendo sus piernas en campos semivacíos, pero a uno le sonreirá la historia y al otro se lo llevará el olvido.


lunes, 17 de agosto de 2009

Sin carrerilla

Ahora que el plazo del mercado de fichajes apura su límite, viene a la memoria uno de esos fichajes de última hora que, por fuerza y “gracia” del talonario revolucionan los titulares, iluminan las sonrisas de los ganadores y hacen torcer el gesto de los indefensos.

Corría el último día de agosto de 1997 cuando Núñez, acorralado por el barcelonismo después de vender al fulgurante Ronaldo al Inter de Milán, sacó la chequera y pagó la cláusula de rescisión del mejor jugador del Deportivo La Coruña. El Dépor se quedó sin la piedra angular de su proyecto y el Barça ganó un tipo que entendía el fútbol de una manera muy distinta a la de su nuevo entrenador, Louis Van Gaal. Nació así una intensa relación de poco amor y mucho odio en el que un entrenador ponía a su jugador más decisivo pegado a la banda izquierda y su jugador más decisivo terminaba jugando por donde le daba la gana.

Entre los ciento siete goles que marcó en sus seis temporadas en España, queda el recuerdo de medio centenar de tantos espléndidos; de tijera, de cabeza, de falta directa, de penalti y hasta desde el centro del campo. Como aquel día en el Vicente Calderón cuando el estadio rojiblanco se vistió de gala para despedir a José Luis Pérez Caminero. Aquel fue un partidazo del Vieri y el último de Radomir Antic en su primera, y más gloriosa época, al frente del Atleti. Mediada la primera mitad, Rivaldo agarró un balón sobre el círculo central y, sin aparente esfuerzo, le marcó este gol a un Molina que solo tuvo la opción de mirar como le retrataban en una obra de arte.


martes, 28 de julio de 2009

Cambio de cromos

Recuerdo que, cuando de pequeño, coleccionaba cromos, sentía una emoción inmensa cada vez que descubría la estampa de mis jugadores favoritos una vez había roto el sobre. Como niños sensorialmente moldeables que éramos, jugábamos a ser el mejor jugador de la liga con una pelota de reglamento descosida y dos chaquetas en el suelo a modo de portería. Pasaban las temporadas y nuevos y relucientes fichajes asomaban por las últimas páginas del álbum, en su pose de prometedor ilusionista del césped veíamos un nuevo motivo para arrancar un duelo al sol de media tarde y una nueva muesca en el olvido hacia los ídolos anteriores. Era el poder irrebatible de la novedad, el fichaje nuevo que nos hacía olvidar al anterior, la arrogante sensación de tener entre las manos a la figura del futuro.

Cuando el Barça fichó a Eto’o aún era un equipo medio a la deriva que se agarraba con uñas y dientes al poder mágico de un Ronaldinho eclosionante. Contaba con los dedos de una mano las temporadas en blanco y Laporta vivía su primera reválida de verdad auspiciando éxitos con el dudoso Rijkaard en el banquillo y un par de chavales de la cantera en la capitanía. Llegó Márquez y apuntaló la defensa, llegó Deco y propició el manejo de los tiempos, llegó Eto’o y todos aquellos goles que habían quedado en el limbo regresaban al cajón de las celebraciones más entusiastas. El Barça volvía a ganar y volvía a recuperar el estilo. El Camp Nou volvía a postrarse.

Llegaron entonces los días de los coleccionistas de cromos. Quien adoraba a Eto’o le situaba en el altar de las consagraciones deportivas. Hubo quien pidió para él Balones de Oro que se ganó en el campo y perdones velados por lo que se iba ganando fuera de él. El chico marcó un gol en la final de la Copa de Europa y el mundo dejó de acordarse de aquellos días recientes en los que el equipo hilaba pero no apuntillaba. Eto’o y Ronaldinho eran la nueva gloria del barcelonismo.

Como no existe otro equipo tan propenso a desfigurar a sus mitos como lo hace el Barça, los coleccionistas de cromos no tardaron en romper el cartón de Ronaldinho una vez que comprobaron que el brasileño se había bajado del pedestal del cielo para irse de fiesta a los infiernos. Y como en las escaramuzas el equipo perdió ligas y respeto, a los compra sobres les cansó el estigma polémico del hermano Eto’o. No tardaron en pedir su cabeza y buscar en el sobre un nuevo fichaje que pegar en las últimas páginas de su álbum.

Resulta que el chico siguió marcando goles como quien pega estampas en un papel pero el cromo ya estaba bastante manoseado. Dejó treinta goles en una liga irrepetible y nuevo gol en una final de ensueño ante el Manchester United, pero hacía tiempo que era un rey muerto y el populacho ansiaba con ganas proclamar de nuevo un “Viva el rey”.

Y el populacho ya tiene su rey. Un nuevo cromo flamante y espectacular. Un fichaje de esos que, cuando lo conseguías, te temblaba la mano a la hora de poner el pegamento. Ibrahimovic es técnica e imaginación envasados en un musculoso cuerpo de dos metros. Un jugón de los que levantan estadios y hacen soñar a los coleccionistas de ilusiones. En sus sonrisas de ayer pudimos descubrir la ilusión de un tipo que viene a España a disfrutar del fútbol y en la sonrisa de los presentes pudimos descubrir la satisfacción de quien sabe que ha roto un cromo y ha regresado a casa con un nuevo fichaje en el interior del sobre.

Que nadie se engañe, pasarán los meses y el cromo volverá a estar obsoleto. El camerunés seguirá marcando goles y la gente seguirá, nostálgica, observando aquellos viejos álbumes en los que un tipo negro celebraba goles con los ojos en blanco. El álbum del presente será mucho más espectacular y divertido, el nuevo fichaje dará colorido y motivos para presumir, yo como coleccionista de sueños, seré el primero en encender el álbum colorido de mi televisor para verle inventar en su página de sueños, pero aquellos goles del cromo que nos abandona quedarán para siempre presentes en el cajón de las celebraciones más entusiastas.

martes, 21 de julio de 2009

La alegría del pueblo

Quizá el tiempo no sea más que un filtro para los más osados, puede que no sirva tanto de aprendizaje como de baúl constante de recuerdos, puede que más allá de los logros se sienten los pequeños momentos o que estos se vean acrecentados con el toque sutil de quien sabe contarlos porque en cada anécdota de boca en boca nacen las leyendas y cuando los hombres mueren, en la mayoría de las ocasiones, es cuando nacen los mitos.

En el fútbol, los héroes de hoy son aquellos señores de mirada inquietante, dientes apretados y medias altas que celebran un gol consigo mismo como si en su último golpeo hubiesen redimido todos sus retos. Hubo tiempo en el que los héroes también eran de trapo y jugaban con la sonrisa puesta, ejemplo palpable de que el amor por el juego iba por delante del amor por el dinero. Si hablásemos de héroes torturados, cómicos de pelota cosida y piernas de bufón, sería imperdonable que nos olvidásemos del gran Mané Garrincha.

Como un niño que analiza con incredulidad su último regalo de reyes, Garrincha miraba cada tarde la pelota sabiendo que dentro del campo sería por siempre su más leal compañera. Con sus pies de goma torcida, si espalda arqueada y su mirada de niño malo, embestía de un lado a otro engañando al defensa en cada amago. De dentro hacia afuera y de afuera hacia dentro, una y otra vez, en la arrancada dejaba el aroma intacto del fútbol de callejón y descampado, como cuando era un niño y los chavales de su barrio le perseguían como locos, la hinchada de Botafogo celebraba alborozada cada regate porque cada quiebro era el preludio de una clara ocasión de gol.

Le apodaron Garrincha por un pájaro feo que anidaba con soltura sobre las ramas frondosas que adornaban los jardines vecinos. Como él, el pequeño Mané caminaba con desgarbo, como si de un payaso de circo se tratase; una inoportuna poliomielitis le había deformado las piernas y la espalda y hubo de sobrevivir, durante muchos años, sabiendo que ni los más crédulos eran capaces de verle vestido de corto dentro de un campo de fútbol.

Con su columna desviada, sus piernas arqueadas y sus pies torcidos, manejaba las telas del almacén textil en cuya cancha improvisada dio sus primeras lecciones como semiprofesional. Recomendado por astutos aficionados al partido de los domingos, recorría las canchas de entrenamiento de los mejores equipos de Río y en cada una de las líneas de cal recibía el mismo “no” por respuesta.

Hasta que llegó el día en que probó en Botafogo y el capitán Nilton Santos replicó al técnico que le hizo la prueba; “Nos lo quedamos”. Y en aquella frase nació la leyenda del tipo de pies de trapo y corazón de peluche. Los estadios, acostumbrados hasta entonces a la monotonía de un juego sin iniciativas, comenzaron a llenarse para ver jugar al joven Garrincha. Alborozados, los hinchas de Brasil no tardaron en aclamarle como héroe popular y la prensa comenzó a bautizarle como “La alegría del pueblo”. No había partido que jugase Garrincha y que acabase sumido en la nada.

Desde entonces jugó más de quinientos partidos con Botafogo y medio centenar de encuentros vistiendo la amarelha de Brasil. Ganó dos mundiales y solamente perdió un partido. Fue el día que los portugueses ajusticiaron a Pelé y Brasil perdió el crédito de los sueños imperecederos. Aquel día murió una generación y nació una nueva llena de tipos que habían crecido mirando como Garrincha inventaba quiebros, amagos, disparos y goles de fantasía.

Tras aquella aventura inglesa y cuando su palmarés reflejaba más gloria que desencanto, el chico de la mirada perdida, ya convertido en hombre de frases incongruentes, decidió operarse las rodillas y en su peregrinaje por los quirófanos se dejó la magia, el contagio y las sensaciones de domingo inolvidable.

Botafogo le despidió cuando comprobó que su velocidad ya no era la de una gacela, los equipos de Brasil por los que pasó terminaron por señalarle con el dedo como culpable de sus desgracias y en sus andanzas por el mundo no encontró un lugar donde regresar a los días de vino y rosas.

En sus noches de soledad devoraba botellas de alcohol y en cada mirada distraída abría la puerta para que una nueva mujer se adentrase en su vida. Las fue abandonando a todas igual que lo hizo con consigo mismo. Y al tiempo que fue olvidándose de lo que un día fue, el pueblo, aquel de cuya alegría se hizo partícipe en sus regates, también fue olvidándole hasta dejarlo morir en una esquina, con el hígado destrozado y una botella de alcohol en las manos, como la última imagen de un héroe desterrado por sus propias miserias.

En los lamentos de cada brasileño pudo leerse el arrepentimiento de quien sabe que dejó morir a un tipo inolvidable. Nadie se hizo más mal que él mismo; “Yo no vivo la vida”, había dicho, “la vida me vive a mí”. Y le vivió hasta que se ahogó en sus mejores recuerdos. Del extremo derecho imparable ya no quedaba nada y aún así todo Río de Janeiro salió a la calle para darle un último adiós.

Murió el hombre y nacieron las leyendas. Muchas de ellas le vistieron de hombre infantil con cerebro retrasado. Quizá no fue el tipo más lúcido, pero tampoco el más ignorante. Le exprimieron cuanto pudieron y la última gota de jugo fue apurada por sus propios lamentos. Fue feliz mientras quiso y eso es algo que ni los más acaudalados, los más inteligentes y los más precavidos son capaces de lograr.

miércoles, 3 de junio de 2009

Ciao Capitano

3 (Por Christian Castellanos)
Se va Maldini, el “3” eterno que ha marcado la vida futbolística de toda una generación. Una noticia que no por ser esperada, es menos impactante. Pero aunque duela, aunque el fútbol a partir del próximo otoño sea distinto sin él, es conveniente quedarse con lo mejor que nos ha dado y después dejar hacer al destino. Y lo mejor de Maldini son partidos inolvidables, monumentos defensivos y títulos, muchos títulos. Los ha ganado en verano, primavera, otoño e invierno y en tres décadas distintas: en los ochenta como el reservado hijo de Cesare, en los noventa convirtiéndose en el jugador ideal, todo clase y elegancia. Y ahora, en el tercer milenio, precisamente el número “3” se ha convertido en la imagen del capitano y del milanismo. Un “3” que ahora viste un jugador demasiado castigado por las lesiones, pero que siempre da el máximo cuando se necesita de él. Un “3” que nadie volverá a vestir nunca estampado en franjas rossonere.

Paolo Maldini debutó en Serie A cuando no había cumplido aún los diecisiete años. Fue en 1985, cuando aún no existía el teléfono móvil, Internet era un lujo para unos cuantos y Europa todavía estaba dividida en dos vergonzosas partes. Hace más de veinticuatro años de aquello (debutó en Udine un veinte de enero de 1985 de la mano de Nils Liedholm), toda una vida que Maldini ha vivido con la camiseta rossonera. Con esos dos colores bordados en el corazón, Paolo ha ganado absolutamente todos los trofeos que se pueden ganar, a los que ha contribuido, además de siendo uno de los mejores defensores de la historia, con cuarenta goles. Ahora que se va, dice que no se arrepiente ni se lamenta de nada, y por su vida en el Milan está fuera de toda duda. Pero le quedará un ligero sabor amargo, una doble espina clavada en el corazón: el Mundial perdido en los penaltis y el Balón de Oro que pudo ganar un par de veces y jamás consiguió. En 1994 fue tercero tras Stoichkov y Baggio.

Pero a parte de mito mundial, Maldini también es hombre de records, pequeños y grandes: marcó el gol más rápido en una final de Champions (a los cincuenta y dos segundos en la final que posteriormente perderían contra el Liverpool en 2006), único jugador capaz de ganar una Champions dieciocho años después de otra, máximo número de participaciones con la selección italiana, con la que jugó todos los partidos de las fases finales a los que llegó (veintitrés en total), todos de titular y nunca siendo sustituido; lo que le convirtió en el jugador que más minutos ha jugado en la historia de los mundiales, con dos mil doscientos diecisiete. Con los veintiséis títulos que ha ganado, decir que es uno de los mejores jugadores de siempre es quedarse corto y pensar en un Milan sin él en el momento de ganar esos títulos es un ejercicio de una dificultad considerable. En una ocasión, en la versión italiana del conocido ‘¿Quién quiere ser millonario?’ a uno de los participantes le formularon la siguiente pregunta: “¿Quién era el capitán del Milan cuando ganó la Supercopa de Europa contra el Sevilla en 2007?” La respuesta parecía clara: “Maldini” respondió repleto de confianza. Pero no, fue Massimo Ambrosini. Pocos lo recordarán. Porque el símbolo histórico del Milan, el relevo del gran Gianni Rivera hace años que lo tomó Paolo Maldini y es difícil que no ocupe el primer lugar en las cabezas del milanismo. En 2007, tras coronarse con el Milan campeón del mundo de clubes, el genial director de La Gazzetta, Candido Cannavò, después de decir que “el próximo objetivo de Maldini será la ‘Copa de las Galaxias’ contra Marte capitaneado por el increíble Hulk”, escribió un anagrama curioso: cambiando de posición una ‘d’ y una ‘i’ de Maldini, se obtiene “di Milan”. El destino lo quiso grande. Y ahora el fútbol llora lágrimas de orgullo.

3 (Por Pablo Malagón)
Tres son los colores primarios y los ideales de la Revolución Francesa, “Liberté, Igualité, Fraternité”. En la cultura medieval cristiana, el tres era el número que encarnaba la perfección, no obstante, su principal icono de reverencia, había sido el tercer crucificado en el Gólgota y había regresado al mundo de los vivos al tercer día de su muerte. Tres fueron los Reyes Magos, tres las carabelas de Colón y tres los pasajeros del Apollo XI que logró, con su alunizaje, la primera victoria espacial entre potencias. Famosas son las trilogías y muy tenidos en cuenta son los trienios para los agricultores. En numerología, el tres significa expansión, sagacidad, simpatía, agilidad y valor. Y en fútbol, el número tres irá ligado para siempre a la figura imponente del gran Paolo Maldini.

Maldini también tuvo tres colores; el rojo y el negro de su Milan y el azul de su Italia natal. Como los idealistas que cambiaron el mundo, también conjugó libertad, igualdad y fraternidad a la hora de sofocar los problemas de un compañero. No se le conocen resurrecciones porque jamás desfalleció en el campo y, como el conquistador de títulos que siempre fue, formó trilogía inolvidable junto a Baresi y Costacurta en sus primeros años de cabalgata por el carril izquierdo. Fue insuperable, sagaz, simpático, ágil y valiente; fue un icono, un fijo en alineaciones de carrerilla y un capitán inolvidable. Maldini ha sido el único lateral izquierdo que llevo recordando desde que cumplí los diez años. Ahora tengo treinta y tres y el tipo, con la misma planta, el mismo porte de atleta inquebrantable y la misma mirada competitiva de hace veinte años, dice que se va porque se siente demasiado mayor para jugar al fútbol y no sabe que nuestra ilusión sigue siendo lo suficientemente joven como para seguir viéndole luchar frente a frente contra los delanteros más osados.

Si la perfección implica éxito, motivación y reconocimiento, podríamos encontrar en Maldini un conjunto de cualidades que le acercarían bastante al concepto de defensor perfecto. En sus duelos más memorables salió airoso porque sabía conjugar, con exquisita profesionalidad, la disciplina y la inteligencia. Como físicamente era un portento, tiraba de manual en cada duelo defensivo; si el contrario era rápido, cruzaba para desestabilizar, si el contrario era habilidoso, anticipaba para no verse sometido a una vergüenza pública, si el contrario era técnico, le ofrecía salida hacia su pierna mala para asfixiar sus intenciones de centro al área. De esta manera, pasaron los años y frente a él sufrieron tipos como Michel, Lentini, Kanchelskis, Figo o Ronaldo. Tipos de tres generaciones distintas que supuraron sus temores con el recuerdo y la admiración. Mientras estaban en el campo, buscaban un resquicio con el que ridiculizar antes de verse ridiculizados, y cuando los años cicatrizaban las heridas, salían a las ruedas de prensa para vanagloriar la figura del mejor lateral izquierdo al que se habían enfrentado jamás.

Se va Maldini y se nos va un pedazo importante de nuestra memoria. Desde aquel Milan de Liedholm hasta este de Ancelotti han pasado veinticuatro años y veintiséis títulos. En todos ha estado el número tres, ese que encarna la perfección, la simetría y el ejemplo a seguir para generaciones futuras. Se va un símbolo y queda atrás un número que jamás volverá a infiltrarse entre las franjas rojas y negras del Milan. Su equipo, su estadio y su afición, seguirán sorbiendo fútbol, pero para los románticos, no será lo mismo sin él porque sin él el Milan no hubiese sido lo mismo.

jueves, 28 de mayo de 2009

El triunfo verdadero (por Christian Castellanos)

La temporada que acaba ha sido especialmente extraña en Italia. Se vivían, al principio unos aires de renovación que soplaban desde las muchas partes en que pretendían acabar con el dominio del Inter. Seguramente algo hicieron mal cuando el fichaje más destacable fue el de José Mourinho como entrenador precisamente del Internazionale. El portugués llegaba a Italia después de hacer historia en el Chelsea para devolver al equipo neroazzurro la gloria perdida a nivel continental desde hace más de cuarenta años. La presión absorta de la prensa más voraz del continente le llevó a renunciar de algunos de sus pensamientos más profundos y arraigados. Pero de lo que alguien como Mourinho no podía renegar era a él mismo: a ser entrenador y no convertirse en un mero “allenatore”.

De las necesidades de un grupo confiado, algo viciado y en parte endiosado, Mourinho hizo virtud y supo adivinar, ya desde la pretemporada veraniega, el talento de Davide Santon. Descubrió en él las cualidades que en estos tiempos requiere la élite: un chaval sereno, sensato, con la única estridencia de tener media ceja afeitada y con ganas de trabajar el fútbol. Sí, trabajar. Porque el fútbol, con la masificación, la adoración y el cariño de los aficionados se convierte en un todo o nada para el que quiere llegar a la primera línea: el objetivo de no fallar autoimpone una responsabilidad altísima que pocos aciertan y para la que hay que trabajar duro.

A pesar de ser una de las piezas claves del campeón de Italia, no ha perdido la normalidad del chico que con trabajo encontró la fortuna. Como ya forma parte del primer equipo, toma clases particulares por las tardes y sigue sacando tiempo para conectarse a la red y consultar un Facebook que hasta hace pocos meses tenía poco más de trescientos amigos y hoy son más de cuarenta mil seguidores con los que habla con naturalidad. Y lo hace con normalidad, con la tranquilidad y el buen hacer que le han permitido diplomarse en el máximo nivel amargando una noche de Champions al mismísimo Balón de Oro. A Mourinho se le enciende ese brillo especial que otorga el triunfo en los ojos cuando habla del “bambino”, un jugador de pocas palabras y muchos hechos.

Horas antes de su debut en Serie A contra la Sampdoria, estuvo durmiendo dos horas. Relajándose, pensando. Quizá se le pudo escapar alguna lágrima de alegría. La gloria le había venido a visitar anticipadamente. Era su momento y no lo podía desaprovechar. Dentro del campo es humilde y trabajador como fuera. No hace demasiado, entrevistada su madre, comento: “Ahora tiene su propia tarjeta de crédito, pero siempre llama a casa antes de usarla”. Con esa mentalidad de reasegurar cada paso que da, salta al terreno de juego ahora cada semana y ante decenas de miles de espectadores. Es el momento de dar el máximo y de recompensar los esfuerzos y sufrimientos de la afición. Ellos también saben que la temporada sólo dejará un Scudetto (otro más, y deslucido) en las vitrinas. Pero en los laterales del equipo multicultural desde su formación; por el que en los últimos años han pasado van der Meyde, Dalmat, Brechet, Choutos, Kallion o Lamouchi, también corría, trabajaba y luchaba Giacinto Facchetti. Y por ese camino va ahora Santón. Sin duda, el verdadero triunfo de la temporada. Para él y para todos.