Siempre me gustó medir el valor mental de cada persona en comparación con su capacidad para levantarse tras un tropiezo. Son demasiadas las veces, a lo largo de la vida, en las que nos vemos obligados, por exceso o por defecto, a pensar en dejarlo todo. Tirar o no la toalla depende, en gran medida, del análisis de emoción que hagamos de quienes salgan perjudicados en nuestro fracaso, es por ello que muchas veces nos vemos obligados a dar un paso más hacia el precipio solamente por encontrar la sonrisa de quien espera que no le fallemos.jueves, 14 de enero de 2010
El fondo del pozo
Siempre me gustó medir el valor mental de cada persona en comparación con su capacidad para levantarse tras un tropiezo. Son demasiadas las veces, a lo largo de la vida, en las que nos vemos obligados, por exceso o por defecto, a pensar en dejarlo todo. Tirar o no la toalla depende, en gran medida, del análisis de emoción que hagamos de quienes salgan perjudicados en nuestro fracaso, es por ello que muchas veces nos vemos obligados a dar un paso más hacia el precipio solamente por encontrar la sonrisa de quien espera que no le fallemos.viernes, 8 de enero de 2010
El equipo de la década
Buffon. Tuvo que sufrir el escarnio de su equipo tras el "Moggigate", hace seis temporadas que no gana un título a nivel de clubes (los dos últimos scudettos fueron arrebatados de su palmarés) y ha sufrido largas lesiones que, por momentos, han lastrado su carrera, pero en estos diez años ha sido siete veces nombrado mejor portero de Italia y cuatro como mejor portero del mundo y, ante todo y sobre todo, fue pieza clave en el triunfo obtenido por Italia en el mundial de 2006. Siempre un portero serio, sin alardes, gran conocedor de su profesión, magistral en el mano a mano y con una personalidad arrolladora.
Cafú siempre entendió el fútbol como un ejercicio de competición y por ello ejerció, como tantos otros grandes laterales cariocas, de centrocampista en el costado derecho. Saber atacar y defender, para un lateral, son las premisas básicas del oficio, saber además jugar al fútbol, es un plus por el que muchos estarían dispuestos a matar. Un Cafú aún esplendoroso ganó la Serie A italiana con la Roma en la temporada 2000-2001. Un Cafú mucho más sabio ganó la Serie A italiana con el Milan en la termporada 2003-2004. Y un Cafú legendario ganó el campeonato mundial de fútbol en Corea en el año 2002. Pequeñas dentelladas de gloria para un tipo que batió el record de internacionalidades de Brasil en la primavera de 2005 y que en 2008 dijo adiós al fútbol para convertirse, como tantos otros, en leyenda viva del deporte.
Roberto Carlos en el Real Madrid y en la selección brasileña de fútbol. Con los blancos ganó tres ligas y dos copas de Europa y con la verdeamarelha ganó el mundial de fútbol de 2002. Todo ello le valió elogios, reconocimiento y gloria, además de ser galardonado con el Balón de Plata en el mismo año en el que fue campeón de Europa y del Mundo. Desde hace un par de temporadas juega en el Fenerbahce, se fue porque ya no era aquel tipo decisivo que hacía suya la banda izquierda del Bernabéu, pero desde que se fue, ni el Madrid, ni Brasil han sido capaces de encontrar a un tipo que les haga olvidarse de él. Tarea imposible porque tardará mucho tiempo en nacer otro jugador como él.
Ayala con el Valencia de la primera mitad de la década. A las órdenes de Benítez, el Valencia se convirtió en un equipo compacto, de contragolpe certero y muy difícil de superar, dónde Ayala se erigió en general en firme. Tras llegar rebotado del Calcio, donde aprendió a sufrir, se convirtió en ídolo de Mestalla gracias a su carisma, colocación y buenas artes defensivas. En su primer año en Valencia perdió la final de la Liga de Campeones, pero no tardaría en desquitarse con dos ligas y una Copa de la Uefa. Pero, sobre todo, no tardaría en consagrarse como un defensor de verdad; un tipo bajito que las ganaba todas por alto y un tipo no muy rápido que les ganaba la carrera a los más veloces. Tenía defectos, pero fueron pocos los capaces de hacerle sacar los colores.
Maldini. Pocas carreras se conocen que sean tan longevas y al mismo tiempo tan exitosas como las del capitano rossonero. Si normalmente, los treinta indican el comienzo del declive para cualquier jugador, en Maldini significaron el comienzo de una nueva juventud; la enésima. Durante estos años abandonó el lateral izquierdo para acomodarse en el centro de la defensa y convertirse en capitán al mando de la nave milanista. Tras toda una vida en el Milan, aún le dio tiempo, en el que muchos consideraron su ocaso, a levantar un scudetto y dos ligas de campeones. En el mundial de 2002 dijo adiós a la selección italiana tras convertirse en el hombre que más veces había vestido su camiseta. Fue una despedida triste y que el tiempo demostró como precipitada. De haber aguantado un ciclo más, quizá estaríamos hablando de un Maldini campeón del mundo algo que le hubiese catapultado, sin objeciones, desde el cielo hacia el infinito.
Figo como futbolista del Real Madrid. Y es que, además de figurar con papel estelar en aquel primer Madrid de Florentino, el fichaje de Figo por los blancos cambió por completo una tendencia. Tras perderlo, el Barcelona sufrió una de las peores travesías por el desierto de toda su historia. Durante cinco años, los azulgrana tuvieron que conformarse con darse cabezazos contra la pared mientras el Madrid ganaba ligas y Copas de Europa, y todo ello con Luis Figo como actor principal. Un tipo de mirada seria, gesto antipático y alma competitiva. Un tipo que iba e iba, una y otra vez, un tipo que, aún en sus peores días, nunca dio sensación de querer perder una partida. Fueron muchos los que le aplaudieron, pero pocos los que le reconocieron de verdad. Él cambió la tendencia de un Madrid que aún en la victoria seguía siendo un desastre y de una selección portuguesa que aún en la esperanza seguía siendo una promesa incumplida.
Gerrard ejerce para los reds. Durante estos años, tipos tan fantásticos como Scholes, Carrick o Lampard, han tenido el privilegio de levantar su copa de campeón y sin embargo ninguno ha conseguido levantar el corazón hasta un punto tan álgido como lo ha hecho Gerrard con los aficionados del Liverpool. Gerrard ama al Liverpool y el Liverpool ama a Gerrard, eso todo el mundo lo sabe. Por ello saborearon de manera especial cada uno de sus goles en cada una de las finales locas que ganó; la Copa de la Uefa en 2001 ante el Alavés, la Liga de Campeones en 2005 ante el Milan y la FA Cup en 2006 ante el West Ham. Goles de un tipo cuyo corazón abarca todo Anfield y cuya presencia abarca toda la capacidad de su equipo. Cuando él acierta es difícil que su equipo falle y cuando él falla es difícil que su equipo acierte.
Zidane en la final de Glasgow ante el Bayer Leverkusen. En aquel golpeo quedaron evidentes las virtudes de un futbolista técnicamente perfecto; la posición, el golpeo y la colocación. Zidane es un Dios en Francia porque a su alrededor se formó el equipo más competitivo de su historia; siete espartanos jugando para Zidane y Zidane jugando para dos estiletes. Una combinación bastante efectiva y muy vistosa en los últimos metros. En el Madrid, además, aportó la sencillez que le faltaba al último pase de una máquina casi inigualable. Fue un Madrid, el de Zidane, que no ganó demasiado pero que dejó un puñado de tardes absolutamente memorables. El Bernabéu le adoró porque, más allá del cartesianismo de Makelele, la insistencia de Figo y el arrollador carácter de Raúl, encontró la magia de un tipo nacido para ser inmortal.
Rivaldo en aquel patético Barça dirigido por Joan Gaspart. En un equipo a la deriva, Rivaldo actuó como tabla salvadora para meterlo en Liga de Campeones, para aguantar el tirón hasta semifinales y para marcharse con la cabeza alta después de ser ninguneado en más de una ocasión. Imposible olvidar aquel gol de chilena al Valencia, o aquellos zapatazos en el Bernabéu cuando su equipo estaba hundido, o aquellos goles salvadores en partidos agónicos. Pocos tipos han ganado tantos partidos como él, pocos tipos han ganado tan poco como él. Entre sus éxitos destaca el mundial de 2002, un campeonato donde actuó como titular y en el que, aún estando en la cuesta abajo de su trayectoria, aportó cuatro goles dos de ellos decisivos ante Bélgica e Inglaterra en las dos primeras rondas eliminatorias, porque él nunca fue de marcar goles intrascendentes, el anotaba el primero, el que abría la lata, el que catapultaba a su equipo, el que le daba su pedazo de gloria personal.
Messi en la élite signficó el primer gran triunfo de la cantera global. En una época donde los jugadores, más que nunca, son mercancía, la consagración de Messi significó un nuevo rumbo para el trabajo de cantera; niños sin hacer de cualquier lugar del mundo tienen ya su pedazo de parcela para poder soñar. Serán muy pocos los que llegarán y menos aún los que logren ser lo que es Leo Messi. Y es que Messi es un jugador diferente en todo, piensa más rápido que nadie, corre más rápido que nadie y resuelve los problemas más rápido que nadie. Con semejantes cualidades no es de extrañar que, a día de hoy, sea considerado como el mejor jugador del mundo. Tras su debut en el primer equipo del Barcelona en la primavera de 2004, Messi ha ganado tres ligas y dos Copas de Europa. Le queda la espina de triunfar de pleno con su selección, aunque ya haya ganado con la misma el mundial juvenil y el oro olímpico. Tiene tiempo por delante para conseguirlo; es joven, tiene calidad y toda la ilusión del mundo. Próxima parada, mundial de Suráfrica.
Ronaldo Luiz Nazario de Lima. Ningún otro delantero había conseguido hacer tantas cosas con un lastre físico tan importante. Tras una etapa de aparición fulgurante donde se convirtió en asombro de todos, una lesión de rodilla estuvo a punto de retirarle del fútbol. Su regreso no pudo ser más colosal; como si de un héroe de comic se tratase, Ronaldo regresó al fútbol pocos meses antes de la disputa del mundial de 2002. Scolari, que sabía de su mejor arma, le convocó para el mundial y un Brasil renqueante se convirtió en campeón. Ronaldo anotó ocho goles, dos de ellos en la final y dejó la sensación de que la bestia imparable había vuelto. Ese mismo verano fichó por el Real Madrid y en una primera temporada deslumbrante ganó la Liga española. Después vinieron sus escarceos con la noche, su mala relación con el Bernabéu y la llegada de Capello. El técnico italiano le vendió al Milan y Ronaldo dejó atrás la estela de un delantero irrepetible que anotó más de cien goles en cuatro temporadas. Era un tipo que apenas podía articular su rodilla derecha, que había engordado visiblemente y que limitaba sus esfuerzos al último tercio del terreno de juego. Infalible. Lo que vino después estuvo a punto de significar el final de su carrera; su otra rodilla, la que decían estaba sana, se rompió igual que lo había hecho la otra y todos nos apresuramos a retirarlo. Todos menos él. Ronaldo volvió al fútbol y ahora sigue jugando en el Corinthians. No está de paseo, ya ha sido máximo goleador de Brasil y quiere hacer méritos para jugar el mundial que se celebrará en Suráfrica el próximo verano. De ser así, y si el destino es lector de cómics, es posible que el gordito cojito deje de ser leyenda para convertirse en un Dios.lunes, 21 de diciembre de 2009
Llorar como aficionado
Existen dos tipos de futbolistas en plano emocional. Aquellos que miran por sí mismos y aquellos que miran por su equipo. No quisiera convertir en premisa, con esta afirmación, que existen futbolistas que no miran por sí mismos porque en el plano ambicioso, allá donde entran en juego factores económicos, deportivos y glorificantes, todos son igual de egoístas. Pero más allá de posturas de exaltación del ego y de celebraciones consigo mismo, existen futbolistas que, cuando ganan, sienten en su piel el sueño cumplido de su infancia porque desde pequeños amaron al club al que defienden.lunes, 14 de diciembre de 2009
El ciego que no quería ver
Había una vez un ciego que no quería ver. Presumía de vista de águila y de buen gusto por el fútbol. Se sentía cómodo en su butaca y le gustaba que se las diesen todas como a Felipe II. Él decía que veía pero no quería hacerlo, se conformaba con lo que tenía y, por seguir queriendo ver lo que quería él mismo derrumbó su castillo de naipes y ahora solamente se consuela con partidos a cara de perro en campos de segunda.jueves, 10 de diciembre de 2009
Sobre equipazos, rivales, desastres y absurdeces
Bayern, nos encontramos con la manida circunstacia que aflora siempre que se enfrentan dos colosos; el que se queda sin pastel siempre es analizado de reojo. Se encontró la Juve con un Bayern al que le salió todo y con un Buffon al que, por una noche, no le salió casi nada. No deben bajar los brazos los italianos porque en su ejercicio de reconstrucción van dando, poco a poco, los pasos adecuados para regresar a su lugar. El Bayern, que pasó como segundo, tiene frente a sí una nueva enmienda contra su historia más reciente, casi apostaría que, visto el imán que une a ambos equipos, el sorteo les emparejará al Real Madrid y podremos revivir aquellos duelos a vida o muerte que tantas páginas escribieron en esta competición.
Y si la Juve quedó fuera y el Bayern quedó segundo fue porque en primer lugar se coló un Girondins de Burdeos que no hizo sino revitalizar el gran momento que vive el fútbol francés. Liderados por Gourcuff, los "girondinos" practicaron un fútbol sencillo a la par que eficaz. Le bastaron ramalazos de buen juego y unos dientes bien apretados para conservar el botín, para colarse por delante de los dos gigantes que, a priori, amenazaban con dejarle fuera de los octavos de final.
Con el pequeño delantero inglés sucede lo mismo que con aquellos jugadores que, por haber llegado tan alto y durante tanto tiempo, la crítica se empeña en destruir antes de que ellos digan basta. A ocurrido otras veces con tipos como Del Piero, Raúl o Totti. Basta que duden de su verdadero lugar en la élite para que el día en que sus equipos más les necesitan, aparezcan como salvadores para glorificar su propia leyenda. Eso hizo Owen; glorificarse, clasificar a su equipo y, de paso, decirle a Ferguson que él también está para ser titular.
Krasic derrotó al Besiktas y dejó claro lo gran jugador que es y el poco ruido que hace últimamente la liga turca. Cuando llegue la primavera, el CSKA se habrá derretido y, probablemente, Krasic habrá emigrado en busca de gloria y fortuna, por lo que ya veo a alguno de los gallitos pidiendose a los rusos en octavos. Cuando el general invierno pasa de largo, viajar a Rusia sabe más a turismo que a batalla.
Real Madrid al Olympique de Marsella. A día de hoy, con un Madrid restructurado en todas sus líneas, parece una quimera que un equipo que juegue a lo que juega el Olympique pueda hacerle un mínimo de daño. Los de Pellegrini, que antes de encontrar el juego, ya estaban curtidos para la guerra, se encontraron con un rival que les quiso ganar con fútbol directo y agresividad. Craso error. Le bastó al Madrid aguantar el balón y ejercer el contragolpe con precisión para ganar con holgura y presentar seria candidatura a un trofeo en el que, mientras nadie diga lo contrario, sigue siendo el rey.
Sabrán conformarse los rossoneros con este segundo grupo porque, más allá de la competitividad que se le supone, a este equipo le cuesta horrores encontrar un juego fiable. Más allá de la aportación de Pato, el equipo sigue envejeciendo y se va haciendo cada vez más previsible. Dirán los dogmistas que a este club le hace falta poco para alcanzar mucho, pero yo, aún a riesgo de quedarme sin cabeza, me juego el cuello a que este equipo no supera una ronda más.
Lo cruel de este sofismo es que los que ríen llevan demasiado tiempo riendo y los que lloran llevan demasiado tiempo llorando. Lo que ha hecho el Atlético en esta Champions se acerca más al ridículo que al simple fracaso. Fracaso puede considerarse quedar tercero contando con dos delanteros de élite mundial, pero sacar a pasear esa defensa por Europa, no ser capaz de anotar más de tres goles y pelearse en el goal average por obtener un puesto en la extinta Copa de la Uefa con esa potencia llamada Apoel de Nicosia, no puede tener otro término que no sea el de fracaso.
ngleses no hablaremos mucho porque ya sabemos todos de qué pasta están hechos. Son un equipo fiero, fiable y con muchos buenos jugadores que, además, este año tiene ratos de gran fútbol. Los portugueses, sin embargo, casi a la chita callando se han convertido en un equipo incómodo por ello de querer evitarlo en la siguiente ronda. Aunque parezca que por nombre puede ser una de las peras en dulce, por juego y conjuntamiento, es un equipo más que vistoso. De los que en una buena tarde te pueden dejar con cara de tonto. De eso ya da fé el Atlético.
Liverpool. Vale que era un grupo complicado y vale que los reds están atravesando por más problemas de los que, quizá, pueden asumir, pero ver su nombre en el grupo de no clasificados no deja de causar cierta sorpresa. Durante algunas semanas, y aún cuando lo tenían casi en japonés, muchos albergamos la esperanza de que Benítez enchufase a sus chicos hacia lo imposible porque a este equipo, más allá de su irregularidad, nunca se le ha podido achacar falta de compromiso en los grandes momentos. Pero aquello de jugar sin Torres unas veces, sin Gerrard otras y sin Torres ni Gerrard la mayoría de ellas, le pesó demasiado. Al Liverpool le falta una idea y le sobra ardor, quizá cuando equilibre sus sentidos y encuentre el timón guía (bien podría ser Aquilani) vuelva a ser aquel equipo que todos temían.
El Lyon es otra cosa, no tiene la competitividad que implica la genética italiana pero lleva demasiado tiempo en la élite como para verse afectado por el mal de altura. Quizá podamos achacarle que no termine de dar ese último pasito que le conduzca hacia la consagración. Este año ha recuperado el fútbol y el poder ofensivo. De igual manera que hablé del Oporto, a estos franceses también habrá de tenerlos en cuenta por si les da por dar una mala tarde a algún gallito.
madrileña no hubiese sido ayer tan absurda no le hubiese puesto a huevo hoy el titular a la prensa catalana. El gol de Messi ayer en Kiev reúne las cualidades que consagran a cualquier jugador y este no es un jugador cualquiera. Por el momento, por la situación, por las consecuencias, agarrar una falta y ponerla en el ángulo es más difícil por la consecuencia que por el simple hecho. El Barça, después de una tormentosa travesía termina como primero de grupo y como principal rival a evitar y eso sigue diciendo mucho del campeón.
que se puede ir con la cabeza bien alta. Suele ocurrir que cuando lo fías todo a tu defensa al final echas de menos no haber puesto un poco más de condimento a la salsa del ataque. Los rusos, que han revalidado título y, por tanto, revalidarán participación, se vieron sorprendidos por dos trallazos inconmensurables de Eto'o y Ballotelli, dos futbolistas que, bien por exceso o bien por defecto, nunca podrán dejar inermes a nadie.
Opositando, a priori, con unos exámenes demasiado benevolentes, nada mejor que hacer bien los deberes pa
ra terminar aprobando con nota. Los hispalenses ganaron allí donde lo necesitaron y, de manera holgada, se metieron en la siguiente fase como primeros de grupo a costa de un Stuttgart que al fin dio una pequeña alegría a su afición, a un Unirea que jugará la Europa League con mucha dignidad y de un Rangers que se ha consumado como la gran decepción del grupo. Otro de esos equipos a evitar este Sevilla que, a poco que el sorteo le favorezca, se puede plantar en cuartos en disposición de dar tormento a quien se le cruce.
por aquellos designios del destino, su portero Bolat cabeceara el balón hacia la red de la portería del AZ Almaark. Los holandeses, neófitos en estas lides, regresaron a casa sin premio alguno y los belgas, recordados más por su pasado que por su presente, vieron, en tan solo un instante, que su continuidad en Europa, aunque fuese por la puerta de atrás, seguía siendo una realidad.
ya clasificado y colarse en octavos como segundo de grupo. A destacar la participación de un grupo de juveniles en el equipo inglés como esa nueva muestra de la locura (a veces bendita y otras no) de Wenger en su apuesta por los futuros jugadores del primer equipo. Allí estuvieron Mérida, Wilshere, Cruise (no el que estaba en Sevilla) y Bartely liderados por los también imberbes Walcott y Ramsey. Perdieron, pero ver a niños pelear cara a cara contra hombres no deja de producir cierta emotividad. Seguramente este tampoco sea el año del Arsenal, pero de alguna forma, es un equipo que siempre deja un lugar para la sonrisa.lunes, 30 de noviembre de 2009
El valor de una apuesta
Rubén y Ramiro formaban, como si de Brasil se tratase, la doble erre del Atlético Recaminos, equipo modesto de la liga regional del sur de la capital y aspirante a cotas humildes tales como el ascenso a la segunda regional, un logro que tenían al alcance de la mano a falta de un solo partido.Rubén y Ramiro eran amigos y residentes en el mismo barrio. Ambos eran delanteros y ambos habían sumado treinta goles por barba a lo largo del campeonato. Encaraban a los defensas rivales con el insultante descaro que otorga la juventud y anotaban sus goles con la felicidad que supone saberse ganador de un desafío consigo mismo. Los dos, en su arrojo ganador y su ímpetu desafiante, se habían apostado, apretón de manos mediante, el orgullo, una cena y cien euros por ver quien terminaba la temporada con más goles anotados.
En esta circunstancia llegaron ambos al último partido de la temporada, empatados a goles, a respeto y a ilusión. Se conocían de memoria y sus jugadas conjuntas significaban, a aquellas alturas de campeonato, el más próspero patrimonio con el que contaba el club, pues su goles, amén de sumar en el casillero de su apuesta personal, habían puesto al equipo en la zona alta de la clasificación y a una sola victoria de hacerse con el campeonato, el ascenso y la gloria.
El destino quiso enfrentarles contra el Sporting Norante en aquella última jornada. El Sporting, cuya sede se ubicaba unas calles más abajo, llegaba al enfrentamiento con un solo punto de ventaja y con la confianza de saber que un único gol de diferencia le otorgaba la gloria incompartida del ascenso. Era más que un temido rival que contaba en sus filas con la segunda mejor dupla de atacantes del campeonato; Borja y David, dos armarios de complexión, sumaban cincuenta y dos goles entre ambos y más de un centenar de bofetadas contra los defensas rivales. De esta manera, el partido no incidiría en lo meramente futbolístico sino que, vista la fama que se otorgaba el, hasta entonces, líder del grupo, era posible que los minutos sucumbiesen al poder de la violencia.
Pero Rubén y Ramiro sabían que tenían la sartén por el mango, que las gotas de su calidad eran suficientes para rociar de victoria cualquier encuentro y que fuera donde fuesen, con ellos siempre viajaba el espectáculo. Tan seguros estaban de sí mismos que ejercitaron la sonrisa como único modo de comprensión.
Ambos equipos llegaban al partido final invictos y separados por la mínima distancia que suponía un empate de más, pues ambos habían empatado en el partido que habían disputado entre sí en la primera vuelta de la liga, pero el Atlético Recaminos había cedido un empate más que su rival en un calamitoso e imperdonable encuentro ante el Real Filer, equipo que, para más inri, estaba situado en el último lugar de la clasificación en aquellas alturas de la temporada.
El empate era, por tanto, un resultado suficiente para que el Sporting Norante se alzase con el título por la vía de las matemáticas. Al Atlético Recaminos sólo le valía ganar para disfrutar la miel de un éxito que hasta entonces no había tenido parangón en la historia del club.
Tanto Rubén como Ramiro, que habían cruzado sus vidas en el equipo cadete del mejor equipo de la ciudad, habían llegado al Atlético Recaminos rebotados por su propio fracaso. Cuando el fútbol y el coloso les dejaron fuera de sus planes, tuvieron que buscarse la vida y el ocio por la parte de afuera de los sueños. Rápido aparcaron sus aspiraciones de jugar en la élite y se postraron en la monotonía de la vida con los ojos bien abiertos. Ramiro, que nunca había abandonado la fe en los libros, prosiguió con sus estudios de arquitectura, y Rubén, que con las manos siempre se manejó con más habilidad aún que con los pies, entró a trabajar en un taller del barrio. Como ambos se conocían de sobra; conocían su pasión por él fútbol y conocían la necesidad del equipo del barrio por adquirir talento.
Se presentaron un jueves por la tarde y el domingo ya estaban jugando. No se les requirió entrenamiento alguno como certificado de cualidades y les bastó un solo partido y dos goles por cabeza para comenzar a formar parte de la historia más gloriosa del club. Así, siguieron goleando a lo largo de toda la liga hasta llegar a aquel último partido final en el que ninguno de los dos estaba dispuesto a olvidar aquella apuesta que se hicieron minutos antes de debutar con el equipo y que daría a premiar con cien euros a quien llegase al final de la liga con más goles anotados.
Rubén era el más veloz de los dos, pero Ramiro era más técnico. Rubén era el típico delantero de pequeña estatura y alto voltaje en el sistema nervioso que podía liquidar las tablas en cualquier contra, sus arrancadas eran tan temidas como su capacidad de decisión. Ramiro, en cambio, era más lento y sosegado, a muchos les desesperaba su tranquilidad para decidir, pero él siempre decidía lo correcto. Su toque de balón era exquisito y su remate de cabeza era colosal. Llevaba marcados tantos goles de falta directa como de finalización de jugada elaborada, y si no fuese porque, a pesar de tener el record de no haber fallado un solo penalti a lo largo de su vida, le había cedido a Rubén el honor de lanzar las siete penas máximas que les habían pitado a favor a lo largo de la liga, en aquel momento llevaría catorce goles más que su compañero y estaría gozando con algarabía el placer de contar con cien euros más en su bolsillo.
El partido comenzó lento y respetuoso. Parecía que ambos equipos tenían más miedo a perder que a vivir y seguramente así fuese. La primera ocasión fue para el Sporting, pero el Atlético respondió rápido con una contra fugaz bien dirigida por Rubén y mal finalizada por Ramiro. Un par de ocasiones más y el partido adquirió aires de gran empresa. La ida y la vuelta comenzaron a desintegrar el fondo físico de los jugadores, pero el aficionado, el verdadero mecenas del espectáculo, disfrutaba copiosamente del lindo espectáculo que le ofrecían dos equipos lanzados a tumba abierta de cara a la portería rival.
Ramiro comenzó a poner el temple y Rubén el desequilibrio, y con ellos y un poquito de fortuna, tan sólo era cuestión de poco tiempo la llegada del primer gol. Y llegó. Llegó en una jugada que ambos tenían memorizada dentro del baúl de sus mejores recuerdos; un calco del gol que le habían hecho al Deportivo Cación en la quinta jornada de liga. Una arrancada de Rubén desde la banda izquierda, un apoyo en Ramiro, una pared, un desmarque, un quiebro al portero y un gol. Con la derecha y a puerta vacía. Un gol para soñar, un gol para celebrar y gol para ganar una apuesta.
La apuesta. Aquel pensamiento de presión recorrió la espina dorsal de Ramiro causándole un escalofrío inquietante. Estaba a un solo gol de perder una apuesta que él mismo había propuesto hacía más de ocho meses y que en aquel momento estaba a punto de escapársele de entre los dedos, justo cuanto más fuerte la tenía apretada. Se alegró por el gol, sí, por la victoria, también, por el equipo y por el momento, pero un intenso calor en forma de duda recorrió su cuerpo cuando tuvo que preguntarse a sí mismo si resultaba correcto alegrarse por su compañero en aquellos momentos. Quería a Rubén como podía querer a un hermano, le estimaba tanto como a sus propios instintos, pero no estaba muy seguro de sentir alegría por él, porque, para qué engañarse, le molestaba bastante el imaginarse como víctima perdedora en aquella apuesta consigo mismo, con la vida y con su compañero del alma.
Así fue como se decidió a coger los tiros del carro y capturar la autoridad atacante de su equipo en busca de la sentencia. Y aunque abrazó fervorosamente a Rubén cuando se acercó hacia él para darle las gracias por los servicios prestados, supo por sí mismo, que aquello no era más que un fingimiento para con el mundo.
El primer balón que recibió Ramiro tras el primer gol del encuentro lo chutó a portería desde más de treinta metros de distancia. El balón se le fue muy arriba y sintió las miradas desaprobadoras de sus compañeros. Qué más daba, ninguno de ellos sabía lo que se traía entre manos.
El segundo balón que recibió lo pudo haber puesto en diagonal hacia el fabuloso desmarque de su compañero Rubén, pero Ramiro prefirió quebrar, avanzar y chutar desde más allá de la línea delimitadora del área. De nuevo se le fue alto y de nuevo sintió desaprobación en las miradas de sus compañeros de equipo. Incluso a Rubén le notó cierta incomprensión en el torrente de su mirada confusa.
No tardó mucho Rubén en darse cuenta del motivo que fabricaba el egoísmo de su compañero en la punta del ataque. Aquella apuesta en la que ambos se habían jugado el prestigio estaba convirtiendo a su amigo en un esclavo de sus propios ritos. Quiso condenarlo por ello pero no sintió más que comprensión. Más que nada porque habiéndole visto actuar supo de inmediato que él hubiese hecho lo mismo. No podía ocultar la satisfacción en el movimiento de sus sonrisas; satisfacción por el gol anotado, por la victoria momentánea y por la virtual victoria sobre Ramiro en aquella apuesta en la que habían puesto palabras y motivos necesarios como para no dejarse perder.
El partido continuó en los límites del espectáculo. El Sporting se lanzó al ataque desesperado en busca de un empate que era pura victoria y el Atlético comenzó a jugar a la especulación y al contragolpe para liquidar a su rival por el K.O. más absoluto y la vía del tormento más devastador. Para minar la moral de los jugadores del bando contrario solamente bastaba un contraataque letal y un gol que hiciese callar bocas ajenas y romper silencios propios. Un contraataque como el que inició Ramiro y como el que concluyó Rubén en su mano a mano particular con el portero, rodando por el suelo y con el árbitro señalando el punto de penalti en su carrera frenética hacia el área de conflicto. Rápidamente supo Rubén que conseguir aquel balón significaba conseguir medio pasaporte hacia el éxito y no pensó en el ascenso y ni siquiera en el aficionado del barrio que estaba asistiendo inquieto a una posibilidad histórica, solamente pensó en su orgullo, en sí mismo y en los cien euros que le pensaba ganar a su gran amigo Ramiro.
Se levantó rápidamente y tomó el balón con ambas manos para plantarlo en el punto de penalti. Si conseguía anotar aquel lanzamiento se iría a los treinta y dos goles y dejaría a Ramiro con treinta, degustando su amargura y llorando su derrota. No había terminado de asimilar su propio regocijo cuando sintió un violento empujón sobre su espalda. Se giró rápidamente para encararse con el agresor y descubrió el rostro desafiante de Ramiro mientras su voz le ordenaba la cesión de aquel lanzamiento. El barullo que se organizó a continuación solamente podría describirse como una situación lamentable, pues ambos se enzarzaron en una riña de empujones y enganchones de camiseta que despertó la vergüenza de todo aquel que había asistido al campo a observar el partido. Finalmente fueron separados por sus compañeros y se vieron sancionados con sendas cartulinas amarillas que supieron, en el ambiente, a demasiado poco castigo para sus actos.
Finalmente fue Ramiro, previo consentimiento del entrenador, quien obtuvo el privilegio de lanzar la pena máxima y como nunca antes había fallado penalti alguno, lo lanzó con la seguridad del maestro y con la eficiencia del asesino. El balón acabó en la escuadra y los ánimos sobre las nubes. Todos se acercaron hacia Ramiro para felicitarle por el gol anotado, todos menos Rubén, quien sintiéndose agraviado por la decisión, se negó a festejar el gol, la virtual victoria y el alcance del sueño casi hecho realidad.
En estas circunstancias llegó el descanso y con el mismo estalló la tensión. Todo empezó con una recriminación, prosiguió con un empujón y terminó a bofetadas. Ningún integrante del equipo pudo dar crédito a lo que estaba siendo testigo durante aquellos instantes. Los dos fueron separados y seriamente reprimidos. Nadie podía entender un comportamiento semejante cuando se tenía al alcance de la mano un logro sin precedentes. El entrenador supo que la mejor solución posible pasaba por sustituir a los dos y dejarlos en la ducha, pero temió por ellos, por sus compañeros y por él mismo. Temió por él mismo porque en el momento en el que pensó en cambiarlos tuvo la certeza de que si lo hacía, el partido y el ascenso se le irían al garete.
Así las cosas, ambos comenzaron, junto al resto de titulares, a disputar la segunda parte del partido y decidieron, en su propia consideración, no mirarse a los ojos ni prestarse palabra alguna. Y la falta de entendimiento llevó al desastre y el desastre se consumó en dos goles del Sporting que significaron el empate en el marcador y el fin de un sueño que, durante muchos minutos, creyeron en propiedad.
Aquella postura infantil les había abocado al fracaso. Dejaron de tirar paredes, dejaron de mirarse y dejaron de entenderse. Perdieron cada balón que recibieron en su obsesión por la jugada individual y los motivos de aquel desbarajuste fueron observados por el equipo rival como un caramelo que no podían dejar de saborear y sus jugadores captaron enseguida que algo raro ocurría entre ellos. Y como Borja y David eran tan eficientes en su tarea como Rubén y Ramiro, les bastaron un par de ocasiones claras para decantar la balanza a su favor.
El empate no era absolutamente nada para el Atlético Recaminos, pero significaba la vida misma para el Sporting Norante. Y así llegó el fútbol brusco del equipo líder. Mantener el empate se convirtió en una cuestión de vida, de honor y de algarabía. Comenzaron repartiendo zancadillas aisladas y terminanron creando un auténtico campo de minas dentro del terreno de juego. Lo que hasta hacía pocos minutos había sido un espectáculo deportivo, se había convertido enana pelea barriobajera. Los jugadores saltaban de un lado hacia otro impulsados por las piernas de sus rivales y el balón bajó tanto su cotización que la mayoría se olvidó del motivo de su existencia.
Y llegó el último minuto del partido. Llegó una volea hacia adelante y llegó una pelota franca a los pies de Ramiro Ramírez, el número nueve del Atlético Recaminos y autor del segundo gol del partido después de transformar un penalti. A su lado corría Rubén Rubinos, con el número siete a la espalda y con las mejores intenciones en su cabeza de cara al marco rival. Ramiro controló el balón y lo acomodó orientándolo hacia su pierna izquierda, la misma con la que más a gusto se sentía a la hora de desplazar la pelota. Esquivó dos entradas muy fuertes y descubrió que en diez metros había despejado todo su camino de cara al portero rival. Avanzó con la cabeza alta y las piernas a pleno funcionamiento. Pensó en marcar, en ganar y en celebrar. Pensó en el equipo hasta el momento en el que descubrió que, cinco metros hacia su izquierda, su compañero Rubén acompañaba su ofensiva en una carrera paralela. La jugada se parecía bastante a la misma que ambos habían repetido durante toda la temporada; un dos contra uno ante el portero y la aplicación de la regla máxima; el balón siempre para el que esté libre de obstáculos. Si obedecía la lógica debía darle el balón y el gol a Rubén, pero si se obedecía a sí mismo, era posible que el diablillo del orgullo que llevaba toda la tarde susurrándole al oído, le aconsejase finalizar, marcar, festejar y ganar el partido y la apuesta. Aquella maldita apuesta que le había puesto en contra del mundo, una apuesta en la que, realmente, los cien euros en juego no significaban absolutamente nada, ya que lo que realmente importaba era saberse triunfador y evitar de paso la sonrisa complacida de su compañero celebrando su éxito. Lo que verdaderamente se jugaba, entonces, era el orgullo, y ambos, que habían apostado a ganar consigo mismo, no eran capaces de concebir la idea de perder por más que el triunfador fuese su mejor amigo y, por ende, su propio equipo.
Decidió, pues, chutar y negarle la gloria a su compañero de ataque. Y Ramiro nunca olvidaría aquel momento en el que golpeó al balón con el empeine y el balón apenas tomó un palmo de altura para acabar, casi mansamente, entre las piernas del portero rival. Y menos aún olvidaría la jugada que inmediatamente después inició el mismo portero que había puesto freno a su gloria y que, tras varios toques, acabó en el tercer gol del equipo rival y que significó toda una lección para su orgullo herido en tanto se había visto como Borja, terrible delantero del Sporting Norante, le había cedido el balón a su compañero David, rechazando con ello imitar el egoísmo de Ramiro Ramírez y buscando, con ardor, el ascenso que llevaban todo el año peleando.
Y no olvidaría nunca Ramiro aquella jugada en la que pecó de egoísmo solamente por ganar una apuesta, porque al haberse traicionado a sí mismo había perdido, para siempre y de un solo golpe, no solamente una apuesta, sino también un partido, un deseo y un amigo.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Otra vez
Otra vez. Ya está aquí, titileando como el anuncio de una promesa espectacular, un nuevo partido del siglo rondando el pensamiento, el pronóstico y las emociones de millones de aficionados repartidos por España y otros rincones del mundo. Ya está aquí el mejor partido que puede verse en el mundo, con dos colosos enfrentados a sus verdades, sus mentiras, sus valores y sus miedos. Ya está aquí el Barça - Madrid, otra vez.Intentar pronosticar en un partido de semejante envergadura es como atreverse a adivinar el gordo del próximo sorteo de la lotería de navidad; sabemos que puede tocarnos, pero no sabemos lo cerca o lo lejos que estaremos. Dicen que el Barça viene mejor en cuanto a fútbol, otros dicen que lo que importa son los resultados y ahí el Madrid va ganando la partida, dicen que Messi decantará la balanza, dicen que será Cristiano. Todos dicen muchas cosas y todos dan su particular análisis sobre la situación. Pecaré de cansino, pero yo también tengo el mío.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
A vueltas con la grandeza
Siempre tiende uno a afilar uñas y dientes cuando le tocan lo suyo. "Lo mío es sagrado", suelo escuchar en varias ocasiones cuando alguien, más desde la ignorancia que desde el conocimiento, tiende a juzgar los hechos en los que uno se ve implicado. No menos cruda es esa expresión que de vez en cuando nos saca a relucir el alma en carne viva y que dice "que las verdades duelen". Así es, y bien dichas duelen mucho más.jueves, 12 de noviembre de 2009
El mundial de la convulsión
El veintisiete de noviembre de mil novecientos noventa y siete, las selecciones de Australia e Irán se citaron en Melbourne para disputarse un puesto en el mundial que se celebraría en Francia durante el verano del año siguiente. El partido de ida había dejado un empate a uno como resultado de incierto pronóstico y la historicidad de ver, por vez primera, a una mujer presenciando un partido de fútbol en tierra iraní.
Resultó que la agencia italiana ANSA, obviando la ley islámica por la cual se prohíbe a la mujer exhibirse en público, acreditó a su corresponsal Nadia Pizzuti quien, tras arduas negociaciones consiguió hacer historia en las gradas del estadio Azadi.
Durante el partido de vuelta hubo muchas más mujeres en las gradas poniendo su grano de arena, en concepto de ánimo y pasión, en su intento de relanzar el espíritu de su selección de fútbol. Fue un partido demasiado duro para los iraníes quienes nunca olvidarán al portero Bosnich increpándoles como “cerdos musulmanes” y, sobre todo, nunca olvidarán el esfuerzo que tuvieron que llevar a cabo después de haberse marchado al descanso con un dos a cero en contra. En apenas dos minutos, Bagheri y Azizi llevaron la locura al pueblo iraní y obtuvieron soñado el pasaporte para que el “Team Melli” pudiese viajar a Francia a disputar su cuota de partidos mundialistas.
El verano nació caluroso en Francia. Como un augurio del espectáculo que tanto deseo palpitaba en los corazones de la gente, el Sol quiso apuntarse al evento aportando su particular nota de colorido. Las calles de todo el país se engalanaban con el cartel oficial que había creado Natalie Le Gall y con los sueños en voz alta que se pregonaban en todas las tertulias de sobremesa.
Los franceses soñaban con ver fútbol, pero no resultó nada fácil poder hacerlo. La venta de entradas, debido a la escasez de papel, se convirtió en un foco ideal para mafias, truhanes y vividores en general. El precio que alcanzaron en el mercado negro llegó a ser tan escandaloso que hasta Joseph Blatter, presidente de la FIFA, se obligó a tomar medidas en pos de zanjar el problema en vistas al futuro.
Uno de los partidos más espectaculares del campeonato fue el que enfrentó a Argentina e Inglaterra por un puesto en los cuartos de final. En lo deportivo, el partido será recordado para siempre por el extraordinario gol de Owen después de atravesar a la velocidad de la luz la última mitad del terreno. En lo extradeportivo, el partido pasará a la historia por haber batido todos los records anteriores de conexiones on line. Y es que más de setenta millones de navegantes, repartidos por todo el mundo, se conectaron con el sitio oficial del campeonato para seguir en vivo las evoluciones del encuentro.
Fue un mundial el que se invirtieron veintiocho millones de dólares en seguridad y durante el cual, sin embargo, no se pudieron evitar incidentes como los acaecidos tras el enfrentamiento entre Inglaterra y Túnez cuando cientos de hooligans e inmigrantes magrebíes se enzarzaron en una brutal pelea que colapsó las principales calles de Marsella. O el sufrido por el gendarme Daniel Nivel, herido brutalmente en la cabeza por dos hinchas alemanes.
Aunque si una historia destaca por encima de todas fue la del misterio que rodeó al problema de Ronaldo un día antes de disputarse la final entre Francia y Brasil. El fenómeno brasileño que, hasta la fecha había anotado cuatro goles en el mundial, se sintió indispuesto durante la tarde del once de julio. Su compañero de habitación, Roberto Carlos, alertado por las convulsiones de su amigo se lanzó al pasillo del Chateau de la Grande Romaine en busca de ayuda. “¡Ronaldo se muere!”. Hasta allí llegaron futbolistas, técnicos y doctores para intentar aplacar el ataque del delantero. Nunca se conocieron las causas del mismo, pero se supo que Ronaldo estuvo dos minutos convulsionando y dos horas sin sentido. El esfuerzo al que sometió a su cuerpo fue tan brutal que nadie le hubiese aconsejado jugar un partido de fútbol en apenas veinticuatro horas. Pero Ronaldo jugó la final y pasó tan desapercibido como todo su equipo. El delantero que toda Francia había temido no fue más que una sombra de sí mismo y fue cuando Brasil cayó derrotada cuando todos se giraron hacia él y hacia quien le hizo jugar por decreto de estado. No debían haberlo hecho, pero la importancia de una victoria pesaba más en la conciencia de todo el staff que el miedo al reproche que hubiese causado ver a la estrella del equipo viendo la final desde la tribuna.
Fue la final de Zidane y la tarde en que toda Francia se echó a la calle. En un majestuoso estadio construido para la ocasión, la selección blue pasó por encima de un timorato Brasil para el delirio de los ochenta mil espectadores presentes y, tras un indiscutible tres a cero, levantó al cielo de París la que sería, hasta hoy, su primera y única copa de campeón del mundo.
Una vez satisfecho el particular pedazo de gloria, llegó la hora de saldar cuentas con el pasado. Aimé Jacquet, en la cima del mundo, agarró el micrófono para reprochar las críticas recibidas por parte de una gran parte de los periodistas galos. “Quiero que sepan que jamás perdonaré a mis críticos”.
Aunque más sonada (y denunciable) fue la crítica del político ultraderechista Jean Marie Le Pen quien meses antes del mundial ya había denunciado la gran cantidad de jugadores de color que, para él, ensuciaban la zamarra francesa. Y es que, de los veintidós jugadores convocados, solamente ocho eran franceses puros, es decir, de padre y madre galos. “¿Qué mas da? Son franceses al fin y al cabo”, debieron de pensar los millones de ciudadanos que se lanzaron a la algarabía para celebrar el triunfo más importante en la historia del país. Para ellos, los padres argelinos de Zidane o los abuelos armenios de Djorkaeff debían ser poco menos que dioses a los que adorar y Le Pen poco más que un miserable al que pretender olvidar.
Aunque el verdadero secreto del éxito de la selección, más allá de la procedencia, la raza o la religión, lo descubrió el diario “Le Figaró” pocos meses después de terminado el torneo. Durante el mismo, el cuerpo de preparadores físicos blue, había repartido entre los jugadores un kit de calzoncillos con propiedades relajantes. Estos, por lo visto, favorecieron la oxigenación testicular y, con ello, una mejor respuesta muscular. Nosotros pensando que el éxito residía en los besos que Blanc depositaba en la calva de Barthez antes de los partidos y resulta que, al final, siempre quedará, por encima de todos, el consejo perpétuo de nuestras madres: “allá donde vayas, hijo mío, procura tener siempre un par de calzoncillos limpios”. Y relajantes, añadiría yo. Y apuesto a que toda Francia estaría conmigo.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
"No sacamos al Real Madrid en portada porque no se lo merece"
Desde que la información derivó de la narración del suceso al forofismo más barato, nos han acostumbrado a vendernos una realidad demasiado futil para los que buscan relevancia y demasiado compleja para los irrelevantes. A medida que el Madrid fue perdiendo tirón en el campo y lo fue ganando en estadísticas económicas, los responsables de los periódicos más tradicionales captaron el mensaje más demagógico de todos: por encima del intelecto y por delante de la objetividad, la primera premisa es vender papel.