lunes, 10 de enero de 2011

Tirar del carro

Existen futbolistas que necesitan pocos partidos para consagrarse y mucho más para ir engrosando su leyenda. Los elitistas de la exigencia, esos que piden más sin saber si ellos mismos son capaces de sobreponerse a su cotidianidad, dicen que a Cristiano Ronaldo le hace falta un gran partido para consagrarse. Los que generalmente reprochan el valor de lo tangible, suelen obviar el precio de las victorias. El chico, más cómodo en los primeros planos que en las actuaciones secundarias, lleva más de cinco años asombrando al mundo con su velocidad de vértigo, su precisión de cirujano y su voracidad de caníbal del césped. Ligas, Copas de Europa y otros trofeos de brillo insigne no sirven a menudo para hacer florecer el genio de quien lleva a cuestas el peso de la ambición. Cristiano, más que títulos, lleva años levantando partidos con la inercia descomunal que le regala su físico y le ordena su orgullo.

Lo de anoche no fue si no un acto más en su costumbrista devenir diario. El Villarreal, un equipo fabricado a base de constancia, criterio y fiabilidad, desarboló al Madrid en una primera parte plena de fútbol. Un despliegue táctico y técnico digno de los mejores equipos del mundo teniendo en cuenta que estaba en el mejor escenario posible. Pero hay pocos grupos de buenos futbolistas, Barcelona aparte, que sean capaces de tumbar a este Madrid de Mourinho. Alcanzado el descuento de la primera parte, y en el típico detalle de equipo en racha, Cristiano anotaba su segundo gol y anulaba el recital amarillo para buscar la caseta en busca de un refuerzo moral con un empate a dos en el marcador.

Lo que aconteció en el segundo acto es más común de un relato de épica militar que de una crónica deportiva. Como si en el vestuario se hubiese tocado a rebato, el Madrid salió con todo a devorar a su rival. El Villarreal, que durante los primeros cuarenta y cinco minutos había desarbolado al Madrid, se veía incapaz de sobrepasar la línea de tres cuartos. Los blancos dieron un paso al frente y se encomendaron al ángel portugués que, un día más, volvió a cargar de oxígeno las bombonas de La Castellana. Porque este Madrid tiene dos buenas puntas de lanza, pero los detalles fastuosos de Ozil y Di María no bastan para derribar un muro, para la cruenta batalla hace falta artillería de primera y allá apareció Ronaldo para destrozar a un equipo que hubo merecido más y se marchó a Castellón con la sensación de haber sido arrollado por un tornado.

El tornado se llama Cristiano Ronaldo, tiene veinticinco años y un lustro por delante al máximo nivel. En el debe, muchos le reprochan no haber ganado aún un partido de los de verdad. En el haber, cuenta con un centenar de batallas ganadas por la mano. Batalla a batalla se gana la guerra, pasará el tiempo y la gente le recordará como aquel tipo que no se cansaba de ganar y en cuya espalda se apoyaban las esperanzas de su equipo. Cuando se apagan las luces, siempre hay un tipo con fuego en el alma dispuesto a alumbrar a su alrededor. Es lo que se llama tirar del carro. Es lo que hace Cristiano con este Madrid.

lunes, 3 de enero de 2011

Ocho minutos y una remontada

El quince de diciembre del año 2001, mientras el invierno atenazaba con sus uñas los parajes españoles y amenazaba con días blancos y hielos de tres meses, la prensa deportiva se hacía eco del runrún que por entonces recorría los despachos de la planta noble del Valencia Club de Fútbol. El equipo, más herido que impetuoso por sus últimos resultados aciagos, visitaba el estadio de Montjuic con la intención de rascar un punto y marcharse a las vacaciones navideñas con la sensación de que aún no estaba todo perdido. Para el consejo de administracion, con Jaime Ortí al frente, los días de Rafael Benítez como entrenador del equipo estaban cumplidos. Se le tendió una envenenada espada de Damocles sobre su cabeza y se le dio un partido más de plazo; o Montjuic o nunca. Y bien que pudo haber sido nunca.

Porque el Espanyol comenzó adelantándose en el marcador con gol de Palencia mediada la primera mitad y, en las postrimerías de la misma, Alex Fernández hizo el dos a cero para desesperación del entrenador madrileño. Benítez, que había llegado a Valencia como el sucesor de Cúper, fue sentenciado en el túnel de vestuarios. En una rápida conversación, los directivos que habían viajado a Barcelona acordaron cesarlo y buscar un nuevo capitán para la nave. Pero resulta que el fútbol también tiene caminos inexcrutables, que los gatos también tienen siete vidas y que la piel del oso no se vende hasta que se caza.

Fueron ocho minutos, los que transcurrieron desde el cincuenta y siete hasta el sesenta y cinco, los que necesitó el Valencia para anotar tres goles y remontar un partido que ya se había dado por perdido. Con el dos a tres final, el Valencia avanzó un puesto en la tabla, los jugadores se fueron de vacaciones conscientes de su valía y Rafa Benítez fue ratificado como entrenador del equipo. Los acuerdos, como los papeles garabateados, se los llevó el viento y el camión de la basura. No hizo falta un nuevo entrenador, ni una nueva reunión del Consejo, ni una nueva portada invocando al pesimismo. Desde esa decimoséptima jornada el Valencia solamente perdió tres partidos más, cantó el alirón en Málaga en la penúltima fecha y se catapultó hacia sus días de vino y rosas. Un par de años después, el equipo celebraba el doblete tras la consecución de la liga y la Copa de la Uefa y un año más tarde Rafa Benítez levantaba la copa de campeón de Europa como entrenador del Liverpool.Entonces ya era un tipo célebre y un entrenador de moda. Su historia había cambiado cuatro años atrás, una noche fría en Barcelona, cuando Rufete e Ilie habían anotado tres goles que habían salvado su pescuezo y catapultado su destino.

lunes, 20 de diciembre de 2010

El principito

Había un tipo con la cadera ancha, las piernas poderosas y una pierna izquierda que era un regalo de los dioses. Solía arrancar desde la línea de tres cuartos y, generalmente, terminaba la aventura en la celebración de sus propios goles. Fue santo en Zaragoza, patrón celeste en Roma y rey neroazurro en Milán. No había medias palabras en su juego, solamente verdades, disparos a la escuadra, redes tambaleantes y carreras inalcanzables.

Parecía físicamente poco dotado pero cuando se le veía parar la pelota era cuando nos dictaba el texto de nuestra equivocación. Muchas veces le admiramos y muchas más veces le consideramos como el tipo con el que siempre habíamos soñado. Después de batir a Urruti con aquel disparo lejano y después de pasear su gloria ante los aplausos sinceros de la afición zaragocista, emigró a Italia para hacer fortuna allá donde los grandes tipos se ganaban el pan, el prestigio y los galones.

Le apodaron "El principito" porque en su tierra ya había un principe. Él no era Francescoli, no tenía su ingenio a la hora de pensar en espacios cortos, la inventiva del pase, la iniciativa del sosiego en el centro del campo. Pero más allá de las comparaciones, el tipo supo hacer fortuna sobre los terrenos de juego. Era más que un centrocampista, era un huracán que arrancaba desde la segunda punta, un torbellino que regateaba en largo y disparaba a los ángulos como un delineante de celebraciones. Han pasado ya algunos años desde que alzó la mano para despedirse y los que le vimos sabemos que resultará muy difícil olvidarse de él.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Vivir en el área

Trece goles en seis partidos de un mundial es una cifra lo suficientemente brillante como para acaparar titulares y tramitar mitologías de records inalcanzables. Cuando Just Fontaine anotó su cuarto gol ante Alemana Federal en el partido por el tercer y cuarto puesto, todo el estadio y parte del mundo se puso de pie para aplaudir una gesta que muchas generaciones seguirán teniendo como auténtica referencia a superar.

El fútbol, en cuanto a concepto, no ha cambiado tanto desde sus orígenes. Una cosa bien distinta es que a medida que los años han ido aportando color le han llenado tanto de miedos que ahora resultaría imposible reconocerlo. Aquel dos-tres-cinco de los cincuenta no es más que una involución del cuatro-cuatro-dos, bien amarradito, que tanto gusta a los catedráticos de la actualidad.

Entonces, más que ahora, como había cinco tipos que se empeñaban en filtrar huecos por cualquier defensa, siempre había uno de ellos que podía permitirse el lujo de vivir en el área. Generalmente vestía el número nueve y estaba flanqueado, desde atrás, por los dos armadores del juego, el ocho y el diez.

El número diez de la Francia que jugó en Suecia en 1958 era Raymond Kopa. Un genio bajito, apodado Napoleón, que fue designado mejor futbolista del mundial que descubrió a Pelé. Kopa era un delantero fino, de velocidad endiablada y regate letal que gustaba más de regalar goles que de celebrar los suyos propios.

Y el número nueve era Just Fontaine. En una época, la actual, en la que nos hemos acostumbrado a delanteros que deben defender como centrales y combinar como centrocampistas, resultaría difícil asimilar a un tipo que cuanto más se alejaba de la jugada más problemas provocaba en el equipo contrario.

Fontaine, marroquí de nacimiento y francés de corazón, jugó siete temporadas a primer nivel antes de que un jugador del Sochaux le rompiese la tibia y el peroné. Tenía entonces veintisiete años, había jugado doscientos partidos en la liga francesa y había anotado ciento sesenta y un goles. Cuando quiso regresar, un par de años más tarde, su pierna le dijo basta y volvió a quebrarse para obligarle a decir adiós.

Fue una dolorosa despedida para un tipo que jugó un fútol sin ambages, que fue ídolo en Francia y temido en el extranjero. Un genio del gol que perdió su particular final contra el Madrid de la época, igual que lo había hecho su amigo Kopa o igual que lo harían artistas de la talla de Schiaffino o Julinho. Fontaine, igual que ellos, tuvo la oportunidad de lucirse ante el universo en un campeonato mundial. Y vaya si lo hizo. Trece goles en seis partidos. Todo ello sin salir apenas del área. El fútbol no miente; quien no sabe defender no busca el balón, quien no sabe combinar no interceden en la jugada, quien sabe marcar goles vive siempre cerca del área.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Jugar en el Ajax

Hasta aquel día nunca había conseguido disputar un solo minuto con la camiseta del Ajax, y él siempre había deseado jugar al fútbol vistiendo la camiseta del Ajax.

Jugador rápido, eléctrico y de débil aspecto, había recorrido el mundo pegado a un balón y cociendo en sus instintos un único deseo; jugar en el Ajax. Había nacido en Walkenburg, una pequeña ciudad al norte de Holanda donde cada chiquillo tenía su sueño personal. Muchos pedaleaban a toda pastilla por las sinuosas calles soñando con correr algún día el Tour de Francia, otros patinaban sobre el hielo deseando ser artistas sobre dos cuchillas, otros palmeaban la pelota buscando en el volley una vía de salvación y él, Richard Van Buyten, siempre había soñado con ser futbolista y ganar títulos vistiendo la camiseta del Ajax.

Ahora que contaba con treinta y dos años y echaba la vista atrás para rememorar todas sus patadas, solamente sentía un pequeño escozor en el alma y ese era el no haber podido jugar nunca en el Ajax.

El Ajax. Recordó la primera vez que vio un partido del fútbol. Corría el año mil novecientos ochenta y un joven talento deslumbraba sus ilusiones; se llamaba Marco Van Basten y anotaba goles como quien recita versos. Siempre quiso ser como él; fuerte, ágil, hábil y oportunista, el típico fruto de la cantera de un club que había hecho de sus jóvenes talentos una pura filosofía de vida. El Ajax era algo así como la majestad del fútbol, por más que perdiese patrimonios nunca iba a rechazar a la máxima consigna, aquella misma que le había llevado a lo más alto y que lo había situado como un ejemplo a imitar en el universo del deporte; jugar al fútbol.

Jugar al fútbol no significaba en el Ajax un regreso a la tradición de golpe y tentetieso; el fútbol en el Ajax significaba balón. Balón, balón y balón. Circulación, desmarque y gol. Y todas aquellas consignas habían situado el amor por el fútbol del pequeño Richard Van Buyten en lo más alto de su escala de valores. El fútbol, el balón y Marco Van Basten.

Nunca pudo adquirir las mejores características del gran delantero que hizo del Milan el mejor equipo del mundo, pero sí alcanzó condiciones óptimas para convertirse en un buen jugador de fútbol. E hizo carrera. Desde pequeño realizó multitud de pruebas y multitud de veces ofreció sus servicios al club de Ámsterdam, pero nunca había conseguido vestir aquella camiseta en la que el rojo y el blanco se combinaban para dar un aspecto de solemnidad total. Unas veces por falta de condiciones y otras veces por exceso de talentos, siempre se había visto fuera de su gran sueño.

Pero nunca desistió en su empeño de ser futbolista, el Ajax siempre estaría en la recámara pero el balón nunca le daría oportunidades de regresar si lo abandonaba por el mero ejercicio de la frustración. Y así, tras pasar por las categorías inferiores del Feyenoord, el gran rival del equipo de sus amores, consiguió debutar al fin en la primera división holandesa vistiendo los colores del Utrech cuando contaba tan sólo con diecisiete años. Pensándolo irónicamente, aquel dato significaba que llevaba media vida jugando profesionalmente al fútbol, media vida gastada buscando un sueño. No pudo sino sonreír. Tampoco le había ido tan mal.

Su primera temporada había sido excelente. Había jugado veinticinco partidos, catorce de ellos completos y había anotado doce goles. No era Van Basten, no tenía sus condiciones y ni siquiera jugaba como delantero centro. Era más bien un segundo punta, un jugador de compañía, de fácil regate y un interesante punto de velocidad. Aprendió a usar la cabeza antes que los pies y supo así que para marcar un gol primero es imprescindible desmarcarse y que para avanzar, a veces, un solo toque elimina a más rivales que un par de quiebros. Rápidamente interesó a todos, pero el Ajax nunca quiso mover ficha por él.

En su segunda temporada con el Utrech no cumplió con las expectativas que se habían generado en torno a su figura de joven promesa. Comenzó de titular y acabó defenestrado. Superado por la presión y agotado por las alabanzas sus dieciséis partidos como titular y sus doce como suplente acabaron con la pírrica cifra de un único gol marcado a la desesperada y a puerta vacía.

Un frío vacío comenzó a inundar sus ánimos y se replanteó seriamente la idea de seguir jugando al fútbol. Fue cedido a un mísero equipo de la segunda división holandesa donde no cabía ni su talento ni sus posturas de jugador enclenque. Tuvo que luchar contra la dureza, la adversidad y contra la realidad, aquella que le escribía en renglones de oro que su sueño de vestir la camiseta del Ajax se estaba rompiendo para siempre.

La segunda división defenestró sus inquietudes y le convirtió en un joven huraño en busca de su título personal. El Utrech rompió su contrato y un jugador rival estuvo a punto de romper sus ilusiones para siempre. En aquel momento era un simple jornalero del fútbol que gastaba sus mejores momentos jugando partidos de competiciones regionales. Quebraba a los rivales con los mismos escrúpulos que la vida había tenido en él en cada uno de sus quiebros. En uno de ellos y mientras avanzaba frenéticamente hacia la portería rival, un defensa de aspecto rudo y cercano a los cien kilos de peso se había lanzado con violencia buscando el balón y encontrando su pierna por el camino. El diagnóstico reflejaba rotura de tibia y peroné y el tiempo le convertía, a sus veinte años, en una vieja gloria con inexistentes sueños de grandeza.

Aprendió a soñar despierto y a conformarse con haber podido ser alguien. Disfrutó con los partidos del Ajax pegado a su televisor y agarrado a sus sueños de niñez, y se convirtió en un aficionado más de la máquina de Ámsterdam.

Nunca dejó de amar al fútbol pero aprendió a convencerse que nunca volvería a ser lo poco que fue. Superó la lesión y se apartó del balón. Habían pasado cinco años desde que debutara por vez primera en la primera división holandesa y ya se había convertido en un ex futbolista. Emigró a Ámsterdam y encontró un trabajo en un comercio de ropa. Comenzó a asistir al Louis de Knuip cada vez que el Ajax disputaba un partido como local y aprendió de cerca los mejores conceptos del fútbol; la presión, el toque, el desmarque y el gol. El fútbol, en el Ajax, se convertía en un ejercicio facilísimo.

Nunca podría olvidar una templada tarde de septiembre de mil novecientos noventa y cinco; tenía veintidós años, toda una vida por delante y un montón de sueños incumplidos amén de los millones de sueños que le quedaban aún por cumplir. Sintió pronunciar su nombre tras él y se giró para descubrir quien era el artífice de aquella llamada de atención. De jugador de fútbol célebre en su ciudad se había convertido en un ciudadano anónimo en Ámsterdam y era por ello que sentía extrañeza por haber sido reconocido por un extraño. El hombre tenía aspecto de bonachón. Fumaba un habano de tamaño considerable y sonreía a medida que acompañaba el movimiento de su prominente barriga. Su cabello, totalmente blanco, le daba un aspecto de hombre interesante y su voz, firme y convincente, le convertía, a primera vista, en un personaje bastante fiable. Se llamaba Antoine Regard y hablaba con un pronunciado acento francés. Le contó sus recuerdos y sus propósitos. Le habían encandilado aquellos partidos de Richard con el Utrech y le había reconocido minutos antes entre la estremecida afición que poblaba las gradas del estado del Ajax de Ámsterdam. Se había hecho con el poder de un club de la segunda división suiza y buscaba talentos para situarlo en lo más alto de las clasificaciones de aquel país. Le prometió fútbol, dinero y respeto y aquellas promesas hicieron reverdecer en él viejos laureles. Se estrecharon la mano y se citaron para dos días después en un pequeño despacho situado en un céntrico edificio de Ámsterdam.

Firmó un nuevo contrato y abandonó su vida sedentaria; volvía a ser un nómada del balón. Durante aquellos largos meses de reflexión había aprendido de la vida tanto como del fútbol. Estaba cerca de cumplir los veintitrés años cuando vistió por vez primera los colores del Thun suizo. Hizo un partido memorable. Volvió a sentir como sus pelos se erizaban al tiempo que las gradas coreaban su nombre vistiendo su ánimo de pura ilusión. Hizo tantos goles como partidos disputó aquella temporada, en total veintiocho, por primera vez en su vida se sintió futbolista de verdad y fue consciente por vez primera de las enormes consecuencias de su talento. El Thun ascendió a la primera división del fútbol suizo y dos temporadas, un título y cuarenta y nueve goles después fue vendido por tres millones de libras al Liverpool inglés.

Jugar en un grande no pudo con sus ánimos de jugador inquieto. Ya había aprendido que fracasar es sólo para los tímidos así que se propuso ser líder en Liverpool, en Inglaterra y en el mundo entero. Tres años en el Liverpool le convirtieron en el mejor jugador de la Premier League y en un fijo en las convocatorias del seleccionador holandés. Se había convertido en un jugador grande en el terreno y admirado fuera de él. Nunca perdió la humildad que aprendió mientras se arrepentía de sus egos pasados postrado en un sillón y con su pierna derecha cubierta por una escayola. Pero tampoco volvió a arrojar su toalla al precipicio de los cobardes. Cada partido jugado se convertía en un signo de admiración y cada gol era festejado como el último y recordado como el primero.

Aprendió a ser un ídolo y se comportó como tal, recibió multitud de ofertas y aunque su reojo siempre miraba al remitente antes de rechazar cualquier propuesta, siempre sintió deseos de ser pretendido por una vez en la vida por el Ajax de Ámsterdam, el mismo club con el que aprendió a amar el fútbol hacía ya más de veinte años.

Tres años, dos títulos y noventa y ocho goles después de fichar por el Liverpool, abandonaba Inglaterra para fichar por el Real Madrid. Después de haber sido alzado a la categoría de ídolo por parte de los hinchas “reds”, subía un peldaño más en su ascenso hacia la gloria fichando por el club más importante del mundo. Atrás quedaban las desdichas, los triunfos y los goles, atrás quedaban sus sueños de grandeza vistiendo la equipación del Ajax y frente a él se presentaban los últimos años de su carrera formando parte de la historia del mejor club de todos los tiempos.

Su llegada a Madrid estuvo bendecida por un halo de entusiasmo. En el club merengue se le esperaba como el agua del mes de mayo como el engranaje perfecto para una máquina a pleno funcionamiento. No le resultó demasiado fácil adaptarse a su nueva situación en la que el compromiso con la victoria iba más allá de un simple reto. Hubo de soportar unas semanas de banquillo que acicatearon en parte sus humos; no había llegado tan lejos como para rendirse a las primeras de cambio, así que no cambió ni un ápice su fórmula del éxito: constancia, trabajo, ilusión y unas gotas de demagogia. Nada mejor para levantar a un público acostumbrado a lo más grande.

Richard Van Buyten jugó por vez primera como titular vistiendo la camiseta del Real Madrid en el Nou Camp de Barcelona el cuatro de noviembre del año dos mil y aquella misma noche salió aclamado por la prensa como el mejor jugador del mundo. Su exquisita aportación y sus ganas de triunfar hicieron una parte, su talento inmenso y sus dos goles anotados hicieron el resto. A nadie le quedó una ínfima duda de la realidad; rendirse a su talento o morir.

Con la camiseta del Real Madrid alcanzó sus cotas más altas. Lo ganó todo y se hizo con el balón de oro, un premio que le reconfortó tanto que por instantes creyó verse libre de su gran sueño y que seguía siendo el de jugar en el Ajax.

Sumo tantas temporadas como títulos jugando en el Real Madrid, un total de cuatro, en las que sumó doscientos cuatro partidos y ciento doce goles. Se convirtió en un mito, en un ídolo y en la personificación de los premios de la vida a quien busca la fortuna detrás de cada esquina.

Pero nunca olvidaría la tarde del veintiuno de marzo de dos mil cuatro. El Bernabéu, colosal y mágico, como de costumbre, estaba a rebosar. Se jugaba un partido clave de cara a afrontar las verdaderas aspiraciones hacia el título y sus quiebros tenían emocionados a los más de setenta mil espectadores que abarrotaban las gradas, sus intenciones eran las más directas y sus genialidades se estaban convirtiendo en películas de las mejores memorias. Pero olvidó, por un instante, que el hombre, como ser tozudo y despistado, es el único ser vivo que tropieza dos veces con la misma piedra y así, olvidó que quien entra con quietud puede entrar también con violencia si el respeto y la furia se descontrolan por completo. Así, incapaz de ver al defensa central que aparecía desde su flanco izquierdo, hizo amago de continuar y frenó buscando a un compañero a quien regalarle la delicia del gol, pero lo único que halló fue una dura patada que lo mandaba para varios meses a la enfermería. De nuevo, la misma tibia y el mismo peroné se rompían para ofrecer una imagen macabra y dolorosa, un gesto torcido por el dolor y una baja que significaba un adiós casi definitivo a la temporada.

Como ya se había olvidado de llorar decidió sonreír, al fin y al cabo, la vida le había llegado a tratar mucho peor de lo que lo estaba haciendo entonces. Regresó a su país y tomó con calma su recuperación. Al contrario de lo que se hubiese podido esperar, su equipo no le echó de menos. Quizá había llegado la hora de ceder su lugar a nuevas hornadas y dar la razón a todos aquellos que auspiciaban el fin de su carrera. Hacía ya unos meses que venía sintiéndose más lento y más pesado, con menos brillo y más peso, con menos ganas y más canas en el pelo. Debía de ser verdad aquello de que se estaba haciendo viejo.

En Holanda, mientras sus huesos soldaban y su corazón recuperaba la monotonía, volvió a sentir de cerca el cariño de sus seres más queridos, volvió a pasear por las calles que le habían acogido durante los peores días de su juventud, volvió a respirar el aire frío que tanto añoraba y volvió a ver al Ajax.

Primero fue una visita por compromiso, después fue una visita por curiosidad y por último, pisar las gradas del Ámsterdam Arena, el nuevo estado del Ajax, cada dos semanas, se había convertido en poco más que una obligación. Sintió como un profundo ánimo abrigaba su corazón y sintió, por enésima vez en su vida, la eterna nostalgia que producía el único gran deseo que jamás consiguió hacer realidad en su vida; jugar al fútbol con la camiseta del Ajax.

Él, que había nacido una tarde de mayo de mil novecientos setenta y tres, cuando el Ajax levantaba su tercera Copa de Europa, y que siempre se había sentido ligado, por entusiasmo, concordancia y obligación a la filosofía futbolística del mejor club de Holanda, estaba a punto de poner fin a su carrera como futbolista sin llegar a vestir los colores que siempre amó. Parecía insólito, pero una solitaria lágrima resbaló por su mejilla y le hizo añorar todo aquello por lo que luchó de niño; había alcanzado todos sus sueños, pero por más que intentó cabalgar las bandas del Ámsterdam Arena vistiendo la camiseta del Ajax, nunca había conseguido más que vestir aquella camiseta en algún partido de patio de colegio o en algún paseo por un parque o una playa, añorando y, por otra parte, consiguiendo, sueños de grandeza.

Volvió al fútbol y regresó a un Bernabéu repleto. Pronto se notó que Richard Van Buyten no era el jugador energético que dejó el estadio en camilla por última vez hacía más de seis meses. Sus piernas añoraban sus mejores tiempos y su cabeza añoraba los tranquilos paseos por las calles de Ámsterdam. Era posible que se estuviese convirtiendo en esclavo de sus propios sueños. Sintió por vez primera la dureza del Bernabéu en forma de silbidos una noche de diciembre de dos mil cuatro, la misma noche en la que hizo la maleta para irse y no regresar jamás. Estaba cansado de fútbol, de viajar y de sobrevivir corriendo, driblando y chutando. Sintió deseos de obtener oxígeno y replanteó todas sus dudas en apenas cinco minutos. Dos días después le estaba diciendo adiós al Real Madrid con su carta de libertad en la mano y apenas una hora después toda la ciudad añoraba la marcha de quien, durante cuatro temporadas había sido un ídolo, un ejemplo y un cúmulo de talento irrepetible. Los que le habían aplaudido lloraban por fuera y los que le habían silbado lloraban por dentro, arrepintiéndose de sus actos y pidiendo al cielo de la gloria el perdón inmediato a todos sus pecados.

Pero nadie era el culpable de aquella despedida. Richard necesitaba un espacio para acomodar sus ideas y aquel estaba lejos de los terrenos de juego. Regresó a Ámsterdam y adquirió una bonita casa en el centro. Adquirió nuevas costumbres y no olvidó ninguna de sus costumbres anteriores, sobre todo, la de ir a animar al Ajax cada dos domingos, a las gradas del Ámsterdam Arena.

Dos meses después volvía a saltar a los terrenos de juego. Había cuajado una rápida negociación. Una llamada, docenas de lágrimas y una sonrisa que ya nunca se iba a borrar de su rostro. El veinte de febrero de dos mil cinco, Richard Van Buyten volvía al fútbol, a su infancia y a sus mejores galas debutando como jugador del Ajax en el Ámsterdam Arena.

Sonrió de nuevo. Le había costado treinta y dos años alcanzar su mayor sueño. De nuevo vestido de corto y con varias canas decorando su cabello jugó a recordar y volvió a sonreír. Sonrió por haber logrado ser quien era, pero sobre todo sonrió por la seguridad que le daba el saber que por primera vez en su vida estaba a punto de jugar de verdad al fútbol.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La temporada en dos meses

Resulta un tanto curioso analizar la zona crucial de la temporada de un equipo extrapolándola a la mitad de la temporada. Cuando aún faltan más de cinco meses para que los campeones salgan a pasear sus copas por su ciudad, hay equipos que, por no haber sabido sumar correctamente una suma de dos más dos ahora se ven abocados a una reválida de medio curso. En los exámenes de invierno se juega el Atleti gran parte de su ser o no ser de cara a la colección primavera-verano del próximo año.

En unas horas, cuando el tímido sol, que durante estos días está alumbrando Madrid con remilgos, se ponga, el estadio Calderón volverá a acoger un partido de esos que de pronóstico tan monótono no terminan de rezumar la verdadera importancia que conllevan. De no ganar al Aris, el equipo se verá abocado a un milagro en tierras alemanas y a un cara a cara aterrador ante un equipo que hoy se juega media vida en Noruega. Si el Atleti resultara eliminado tan pronto de la Europa League, miles de los corazones que durante el pasado mes de mayo latieron de exaltación, se verían apagados como una estrella que pierde su Navidad.

En el periodo de seis semanas, mientras la nieve vaya condicionando los terrenos de juego y los ánimos se vayan congelando poco a poco a medida que la cuesta de enero vaya haciendo estragos en el ánimo de cada voz, el equipo se jugará el resto en un fin de primera vuelta que, a priori, le tiene reservado lo más fácil del calendario. No resulta sencillo hacer pronósticos de un equipo que ya ha pasado por el tamiz de los más poderosos de nuestra liga; después de morder el polvo en Sevilla, Madrid y Villarreal y apurar un punto en Valencia, se espera al equipo que ganó en San Mamés y Anoeta para visitar los estadios de Levante, Málaga y Hércules. Cualquiera sabe. Si el Atleti pierde la comba de los puestos de Champions antes de que empiece la segunda vuelta, muchas de las esperanzas que en verano eran fundadas, se convertirán en desazón amarga y coloquios destructivos. Como casi todos los años.

Dentro de unas semanas, cuando las fiestas de diciembre sean un motivo para el recuerdo más que una espera para la reunión familiar de cada año, la Copa del Rey, ese precioso torneo tan denostado por la RFEF, alzará su telón definitivo para aclarar el camino de la final con unas eliminatorias finales de lo más llamativas. Como el fútbol siempre da una oportunidad para redimir las afrentas, el Atleti recibirá al Espanyol con vistas a enfrentarse al Real Madrid si es que termina pasando la eliminatoria. Convendría no pensar en el siguiente cruce antes de haber recorrido el primer tramo del camino. El Espanyol ha demostrado hace bien poco que le hace falta muy poquita motivación para morder sin piedad y la gente del Atleti, aunque sigan teniendo en la memoria aquellas finales de Copa que le encendieron el alma, hará bien en tomarse la eliminatoria de octavos como una final contra el destino. Si el Atleti cayase ante el Espanyol antes de creer demostrar lo que podría ser capaz de hacer ante el vecino, muchas de las apuestas que hoy siguen pendientes de un hilo se desplomarían a un abismo de incertidumbre.

Dos meses para jugar diez partidos, diez partidos para jugarse una temporada, una temporada de color incierto, un año más agarrándose a las urgencias. Si el tren descarrila en este tramo no habrá medidas de salvación que mejoren a este enfermo. Hagan juego, señores. En sus pies queda el destino.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La recompensa al sufrimiento

Se acaba el año y, como en tantas y tantas ocasiones, toca ese crucial, cara a la galería, ejercicio de rememorar todo aquello que nos puso el corazón en pie. Bien fuese por mal o por bien, siempre hay momentos que nuestra memoria gusta de seleccionar con el fin de colocarlos en el lugar más apropiado de la libreta de nuestros recuerdos. Basta con buscar la página y encontrar el momento.

En el instante de mirar hacia atrás es cuando nos ponemos en situación de relevancia, intentamos hacer inventario de nuestras palabras y buscamos, como locos, el recuerdo más nítido de cada uno de los gestos regalados por todos aquellos que nos rodean.

Yo ahora me veo en Neptuno, preso de la emoción, del desahogo y del orgullo. Han pasado muchos años desde que el Atleti paseó por las calles de Madrid aquel doblete que, a la larga le causó un dolor a la memoria que fue directamente proporcional al daño que los directivos le iban haciendo al equipo por mor de sus habilidades para falsear cifras y jugar con los corazones de la gente. No estoy solo, junto a mi, un puñado de atléticos alternan momentos de ilusión, recuerdo, nostalgia y esperanza. Las lágrimas se mezclan con el júbilo y las promesas que saben que no se cumplirán se convierten en un grito de reivindicación ante el mundo. "Volveremos", dicen. Ya volvimos. Las heridas del camino no duelen cuando se llega triunfante al final del trayecto. Toca emprender nuevas aventuras y toca no cometer los mismos errores. Si queremos ser grandes, conviene actuar como tal. Si queremos seguir soñando, conviene saber que seguimos maniatados por dos tipos que gustan de actuar como bufones y que, cuanto más pequeñitos nos hacen, más relamen la consecución de cada territorio perdido.

Viajo ahora hacia mi barrio. Ha pasado un mes y medio. Cientos de niños y adultos con mirada infantil se arremolinan bajo el chorro incesante de una fuente aderezada para la ocasión. Casi todos visten de rojo e incluso yo mismo soy consciente de que lo que no me ha matado me ha hecho más fuerte. Tantos años agarrado al asa de la decepción que parezco no creerme tanto júbilo por algo gordo de verdad. Campeones del mundo. Un paño de emoción inunda mi mirada, soy partícipe de algo que soñamos todos juntos en aquellas tardes de desengaño en las que volvíamos a casa con la cabeza agachada y la esperanza puesta en el próximo campeonato. Arrojo al agua de la fuente el gol de Armstrong, el penalti de Eloy y el fallo de Salinas. Ya no existen pájaros de mal agüero ni existen mentiras a medias que, de tanto recordarlas se convierten en verdades.

Soy campeón de Europa y soy campeón del mundo. Y junto a mi lo fueron todos aquellos que lloraban su alegría como contraprestación al dolor. Es fácil apuntarse a la fiesta cuando la victoria se alumbra como el lugar más propenso para la alegría. Lo realmente difícil era seguir allí, acorralado por los críticos mientras la desazón iba comiendo las ilusiones. Para todos aquellos que aguantamos y supimos desclavar las rodillas de la tierra antes de decir "basta", estos títulos son un poquito más nuestros que del resto porque sin fe no se mueven las montañas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El cabezazo que impidió un record

Si hubo un equipo francés que algún día fue grande de verdad, este fue el Olympique de Marsella del primer lustro de la década de los noventa. En aquellos años alcanzó dos finales de la Copa de Europa con distinta suerte; en la primera, se estrellaron en la tanda de penaltis ante el Estrella Roja del deslumbrante Prosinecki y en la segunda tocaron el cielo después de superar al imponente Milan de Fabio Capello.

Eran tres grandes equipos. El Estrella Roja porque contaba con lo más selecto de la última gran generación del fútbol yugoslavo. Era un equipo que representaba a un país en descomposición y, como tal, no tardó mucho tiempo en descomponerse. Allí deslumbraban el citado Prosinecki, un rubio de zancada fina y regate fulgurante que terminaría estrellándose en el Real Madrid; Savicevic, un extremo de soberbia conducción y clase a raudales; Mihajlovic, un zurdo de pegada descomunal; Jugovic, un centrocampista de largo recorrido que terminó haciendose un sitio entre los más granado del fútbol italiano; y Pancev, un demoledor del área que una vez hubo conseguido su bota de oro se fue difuminando en la misma medida en la que el olvido fue siendo injusto con aquel equipo.

El Milan de Capello era otra cosa. Durante la temporada 1992-93, después de cumplir una sanción impuesta por la UEFA tras haberse retirado en pleno partido de cuartos de final de la máxima competición ante el Olympique de Marsella, había demostrado que había regresado a la élite para destrozar todos los registros. Tras más de un año invicto en el Calcio, se presentó en la final de la Copa de Europa dispuesto a pulverizar todos los registros históricos; desde que el mes de septiembre había comenzado la competición, el Milan había ganado a todos y cada uno de sus rivales en todos y cada uno de los partidos disputados. Era un equipo demoledor, no demasiado vistoso más sí muy eficaz y que contaba en la punta de lanza con un Van Basten en estado de Gracia y un Papin que durante un año estuvo buscando el lugar que había dejado olvidado en algún rincón del sur francés.

Con un parcial de siete a cero, se deshicieron del Olympia Lubljana en primera ronda; en la segunda se deshicieron del Slovan de Bratislava por un compendio de cinco a cero; ya en la fase de grupos ganaron todos sus partidos tras enfrentarse a Gotteborg, PSV Eindhoven y Oporto. Solamente faltaba la victoria sobre un equipo francés para marcar con última última muesca su revólver y firmar una Copa de Europa completamente inmaculada.

Precisamente era ese equipo francés el mismo ante el que habían atentando contra el espíritu de la competición un par de años antes. Había sido en un partido de vuelta, el equipo de Sacchi, en pleno estertor antes de su defunción definitiva como equipo cíclico, se jugaba la honra y el pase a semifinales en el Velodrome ante un equipo de incipiente talento y hambre voraz. Corría el minuto noventa y virtualmente eliminado por el marcador en contra que reflejaba el marcador, el Milan decidió retirarse del campo una vez la luz del estadio se apagó por completo. Lo que supuestamente había sido un fallo técnico, ellos lo tomaron como una trampa; la peor manera de frenar sus últimas y desesperadas acometidas.

Sea como fuere, tras aquella eliminatoria nacieron dos equipos campeones de Europa. Uno de ellos, el francés, se fraguó gracias a la fuerza de su línea defensiva y a la creativa genialidad de su tridente de ataque. El otro, el italiano, resucitó de la mano de un Capello menos romántico pero más efectivo que Sacchi. Dos equipos, dos estilos y un puñado de grandes jugadores enfrentados por el máximo segundo de gloria.

Y fue Basile Boli, el defensa francés, oriundo de Costa de Marfil, quien, con un cabezazo certero a la salida de un córner, destrozó los pronósticos y dejó al Milan de Capello con dos cuartos de narices y el deseo de un record inmaculado en el baúl de los asuntos pendientes. El Olympique, que ganó aquella copa terminó autodestruyéndose por culpa de un presidente que, de tanto desear el éxito, terminó ahogándose en sus propias miserias. Y el Milan, que salió derrotado, siguió creciendo un año más hasta demostrarle al mundo que no había equipo invencible por muy sublime que fuese y terminó despedazando al Barcelona de Cruyff en una de las finales más inolvidables de la Copa de Europa. Pero esa, como tantas otras, es otra historia.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Una copa prostituída

Recitaba el gran poeta del Siglo de Oro, Don Francisco de Quevedo, aquel estribillo que se estableció en el vocabulario popular y que rezaba aquello de "poderoso caballero es don dinero". "Madre, yo al oro me humillo...", "Grandes clubes de nuestro fútbol, vuestros deseos sean órdenes". Aquello es lo que cantaba el poeta y esto es lo que parecen decir los dirigentes de una Federación que han dejado que una de las competiciones más antiguas y bonitas del mundo caiga en la deshonra.

"Madre, yo al oro me humillo...". Mirando hacia la expansión futbolística del continente, miramos (algunos) con envidia la maravillosa liturgia que, tradicionalmente, se ha organizado en torno a los torneos coperos de las principales potencias. Huelga hablar de esa FA Cup en la que el vencedor consigue tanta gloria como el campeón de liga o de esa copa alemana en la que, a menudo, un cabeza de ratón se escurre entre los tablones del vagón de las sorpresas. En Francia, el torneo sigue respirando aquel aire romántico que ni el drama de Furiani pudo deshacer, un torneo de cientos de equipos, profesionales y aficionados, en busca de un bocado de gloria y esperanza.

"Él es mi amante y mi amado...". No hace mucho de aquellas eliminatorias en el frío otoño español en las que un pequeño campesino con maza de hierro destrozaba al poderoso ejército de un general poderoso. Aquellas humillaciones, más que servir como ejemplo y motivo de admiración, fueron tenidas en cuenta como castigo a evitar. "Qué no vuelva a suceder", dijeron los jefes de la guardia real. Y no sucedió jamás.

"Pues de puro enamorado, de continuo anda amarillo...". Eliminatorias a doble vuelta en campo del grande, equipos de primera con el privilegio de entrar a jugar en las últimas rondas, diferencias económicas y deportivas insalvables, sueños rotos a media noche, ilusiones en el pozo de la cruel realidad.

"Que pues doblón o sencillo hace todo lo que quiero...". Lograron sus propósitos los grandes, la Federación prostituyó la Copa del Rey, el Madrid goleó al Murcia, el Barcelona arrasó al Ceuta, el Sevilla humilló al Real Unión de Irún y al Atleti le sobró un partido ante el Universidad de Las Palmas. Solamente Betis y Córdoba defendieron el orgullo de la Segunda División e hicieron saltar la caja, con un aplauso, aparte, merecido para un Portugalete que se marcha a casa sin perder ningún partido y dejando la sensación de que el Getafe estuvo más cerca del ridículo que de la misión cumplida.

Es lo que hay y es lo que seguirá habiendo. No habrá más finales entre el Mallorca y el Recreativo que colmen los sueños de dos ciudades fabricadas de una materia futbolística de bajas aspiraciones, no habrá más semifinalistas de segunda, ni más segundas b que gusten de emular el sueño de aquel Numancia del noventa y seis. Habrá un Barcelona, un Madrid, un Atleti, un Valencia, un Sevilla que engorden su palmarés. Ellos engordan con el dinero y los demás no tienen ni migajas. "Poderoso caballero es don dinero". Y que usted lo diga, Don Francisco.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El vulgo entre la nobleza

Hubo una época, en plena Edad Media, en la que una serie de ciudadanos, agrupados en burgos (o lo que posteriormente se conocería como ciudades) y formada por comerciantes, artesanos libres y personas no sometidas a la jurisdicción señorial, reclamaron su lugar en una sociedad que avanzaba a pasos demasiado cortos. Ellos, a medio camino entre el populacho obligado a cumplir su jornal y pagar su diezmo y la nobleza que se enriquecía del sudor del campesino y el jornalero, decidieron someterse al juicio de los libros de historia y pasaron a ser conocidos como burguesía. Eran gente acomodada que comerciaba su propio dinero, se atrevían a manifestarse políticamente y movían el capital de las ciudades.

El fútbol, a medida que ha ido progresando en cuanto a negocio por encima del sentimentalismo, se ha convertido también en una sociedad injusta en la que, como aquella, los nobles hacen pagar su diezmo a los pobres vulgares a base de fichajes de estrellas, goleadas implacables y una atención mediática desorbitada. Ocurre a veces que algún jornalero, harto de ver su espalda quebrada al sol del feudalismo, se rebela contra el noble y pide un hueco en la burguesía. A menudo son sueños de grandeza incontrolable, anécdotas de abuelo cebolleta, momentos para recordar y aplausos en la memoria. En cada gran liga europea, inmiscuido entre el poder de la firme mano de hierro de los grandes, hay un pequeño burgués o un minúsculo campesino que sueña durante un par de meses con la magia de la grandeza del fútbol. Porque ellos también forman parte del juego.

En Inglaterra, el West Bromwich Albion, un recién ascendido con más de cien años de historia, se ha colado entre los grandes con un fútbol donde la fe ha conseguido mover más de una montaña. Situada en la región de Sandwell, la ciudad de West Bromwich se convirtió en uno de los puntos álgidos durante la segunda revolución industrial. Allí la ingeniería y la química tienen un lugar prioritario como motor económico y sus ciento cuarenta mil habitantes pueden volver a soñar con aquellos felices años veinte en los que el equipo consiguió el que, a día de hoy, es su único título de liga. El equipo, que ya ha derribado la puerta del Emirates Stadium y de Old Trafford, marcha en sexta posición, a diez puntos del imparable Chelsea e igualado a puntos con el incipiente Tottenham Hotspur. Allí jugaron tipos como Cunningham, Zoltan Gera o el aclamado Brian Robson y allí patea hoy la pelota nuestro paisano Pablo Ibáñez que, al igual que el equipo, intenta regresar al lugar donde una vez estuvo.

En España, un lugar donde el bipartidismo se ha convertido en costumbre por encima de la noticia, un pequeño equipo vestido de amarillo intenta llamar la atención con un fútbol de precisión y entusiasmo. En realidad su aporte al campeonato no es novedad sorpresiva puesto que el Villarreal lleva jugando, para bien, con la felicidad de sus aficionados durante varias temporadas. Situado en plena zona de La Plana Levantina, el municipio de Villarreal, de apenas cincuenta mil habitantes, se situó en el primer plano de la pirámide económica del país gracias a su colosal industria azulejera. En unos años en los que la crisis económica se ha llevado por delante miles de sueños y de empleos, a los habitantes del municipio aún les queda la esperanza de pedirle a San Pascual Bailón por un puñado de alegrías convertidas en goles. El equipo, sujetado por la maravillosa conexión formada por Cazorla, Rossi y Nilmar, está situado en la tercera posición de la tabla, a dos puntos del brillante Barcelona de Guardiola y a tres del arrebatador Madrid de Mourinho. Atrás quedaron los inolvidables años de Pellegrini, las semifinales de Champions y la dupla Riquelme - Forlán. Hace muy poco de aquello pero nadie puede pararse a añorar porque la nostalgia es el camino más directo hacia el olvido.

En Italia, el Lazio intenta, a base de un fútbol clásico, arrebatarle el protagonismo a los tres grandes del país. El equipo que ya ganó Scudettos, Coppas y títulos europeos antes de que el imperio de Cragnotti se fuera al traste, intenta reverdecer viejos laureles apoyado en las genialidades de Hernanes, Zárate o Rocchi. De momento aguanta el tirón y, tras un impresionante arranque de temporada, lidera la clasificación con cuatro puntos por encima del Inter, cinco por encima del Milan y siete por encima de la Juventus. Ahora la gente no mira a Roma solamente para citar el Colisseum, el imperio o el Vaticano. A la que fue capital del mundo le ha costado mucho ser referencia futbolística y este año, a los más de cuatro millones de habitantes de la capital de la República, no les basta con discutir por una rivalidad centenaria; la Roma sigue siendo un equipo inconstante el Lazio ya no es solamente aquel equipo donde jugaron Chinaglia, Giordano, Signori y Crespo, ahora mismo es el lider del Calcio.

En Alemania, la hermosa ciudad de Maguncia ha dejado de ser, provisionalmente, y de manera única, la cuna del mejor vino alemán. Los doscientos mil habitantes de la que fue capital del primer estado democrático en territorio alemán, pueden hoy presumir de un equipo joven, veloz, atrevido y descarado. Ahí está el sello del entrenador Thomas Tuchel, un tipo que se ha atrevido a mirar de tú a tú a los más grandes y les ha intentado decir que la osadía, en el fútbol, puede ser un camino hacia el éxito y no solamente hacia la locura. En Renania, hoy saben que el Mainz 05 es más una referencia que una casualidad y es por ello que sueñan con lo imposible. Desde la segunda posición de la tabla, a un punto del Dortmund y con nueve de ventaja sobre el Bayern Munich, ven la vida desde el lugar donde se acomoda la felicidad. Allí recuerdan las mejores tardes de Pekovic, Subotic y Voronin. Pequeños ídolos de una pequeña ciudad, pequeños pilares de un sueño muy grande que hoy intentan mantener con un equipo joven donde destacan, entre otros, los conocidos Polanski y Szalai, dos tipos que salieron de nuestra liga en busca de un lugar donde aprender a ilusionarse.

En Francia, el Stade Brestois 29 ha sorprendido a propios y extraños después de colocarse en el primer lugar de la clasificación. La ciudad de Brest, situada en la Bretaña francesa, se convirtió en el principal puerto militar de Francia después de haber sido arrasada durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que no podían haber imaginado sus ciento cincuenta mil habitantes es que la reconstrucción iba a ir acompañada de la reanimación de un equipo sin palmarés, de esos que viven entre dos divisiones y que no destacan más que por su juego ordenado. A este juego hoy le han sumado la ilusión y la velocidad y con un equipo plagado de jugadores nacionales está haciendo sonreir a una pequeña ciudad que ya en su día fue cuna de inolvidables genios como David Ginola o Franck Ribery.

En Holanda, el Twente intenta (y consigue) hacerle creer al mundo que su triunfo en la Eredivisie de la temporada anterior no fue fruto de la casualidad. La ciudad de Eschende, de apenas ciento cincuenta mil habitantes y lugar de nacimiento (cuento esto a modo de anécdota) del secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, lleva muchos lunes consecutivos despertándose con el pecho erguido gracias a su equipo de fútbol. La ciudad industrial, capital de Overijssel, es hoy también ciudad futbolística y referencia europea. Haciendo gala de un contragolpe brutal, el Twente se ha situado primero en la tabla por encima de los poderosos Ajax y PSV Eindhoven y amenaza, un año más, con cortarles las alas en su camino hacia el título. Allí, los Ruiz, Janko, Collins y Bruggink intentan, y consiguen, hacer olvidar a los no hace mucho tiempo ídolos Elía, Engelaar o Nkufo.

Y en Portugal, ante el dominio casi abrumador de un Oporto retozado, es el Vitoria de Guimaraes el que se ha empeñado en hacer sombra al Benfica en su lucha por el segundo puesto. En el corazón de la región de Braga, Guimaraes es una ciudad donde la nobleza tuvo demasiado poder y donde la burguesía prefirió obviar el camino de la prosperidad. Zona rural, cuna y patria de los Duques de Braganza, la ciudad también copa su parcela de pasión futbolística. En un país dividido en dos y con la aportación pasional de un Sporting que cada año cojea de un pie distinto, los cincuenta mil habitantes de Guimaraes han de decidir si su corazón es azul, rojo o blanco. De momento, el equipo es casi brasileño y como tal actúa en el terreno de juego intentando demostrar que el carioca es un estilo inmortal. Tras la venta de Bebé al Manchester United el equipo se reforzó con jugadores de samba y el estilo les ha llevado al tercer lugar de la tabla. Hay mucha liga y poco objetivo; ser campeón es quimera, ser segundo una proeza.