jueves, 23 de febrero de 2012

El quinto Beatle


En 1966 Inglaterra vivía pendiente del fútbol frenético del regenerado Manchester United de Matt Busby mientras esperaba, en el alma en vilo, el Campeonato del Mundo del selecciones que se celebraría en su territorio meses más tarde. España jugaba en las calles soñando ser el Real Madrid y esperaba la cita mundialista mascando el dulce recuerdo del campeonato de Europa conseguido dos años antes ante la URSS del poderoso Yashine. Y toda Europa bailaba al ritmo frenético de un cuarteto melenudo criado en las calles de Liverpool y que se habían bautizado como “The Beatles”.

Los Beatles, que habían tomado su nombre de un cruce entre un escarabajo (Beetle en inglés) y el ritmo musical conocido como “Beat” que arrasaba en Inglaterra a principios de los años sesenta, se había convertido en poco menos que mitos en tan solo cuatro años dentro de la escena musical. En Inglaterra fueron elevados a la categoría de Dioses al tiempo que sus canciones se convertían en auténticos himnos de la noche, en España, sin embargo, el régimen franquista consideró sus melenas alborotadas y su música desenfrenada, como un pecado mortal y fueron considerados como cuatro enviados del infierno a los que había que exorcizar de cualquier manera. Pero España, igual que Inglaterra y el resto de Europa, incubó sus fans y la música beat fue haciéndose poco a poco un hueco hasta terminar por imponerse.

Los Beatles lanzaron su primer éxito en 1962, y ese mismo año, Bob Bishop, ayudante de Busby en el Manchester United, envió a la sede del club un telegrama escueto pero claro desde una oficina de Belfast: “He encontrado un genio”. Busby no tardó en viajar a Belfast y buscar en sus calles a aquel chico del que Bishop había quedado totalmente prendado, cuando lo encontró se frotó los ojos y dio gracias al cielo por aquel regalo; a fin de cuentas, el cielo, el fútbol y el destino aún le debían una.

Busby cogió al chico del brazo y se lo llevó a Inglaterra sin apenas pedirle opinión; estaba claro que para reinar en el fútbol hacía falta alinear a muchos jugadores buenos y a un jugador como él, rápido, hábil, valiente y decisivo, con el aliciente de ser, de entrada, el mejor, en el mismo significado de su apellido: Best.

George Best viajó a Manchester un par de semanas después de la mano de su buen amigo Eric McMordie, probaron con el United, fueron elegidos y dos semanas después regresaron a casa derrotados por la nostalgia. Best regresó a las calles y Busby regresó a Belfast, tenía clara la intención de convertir en estrella a aquel muchacho desgarbado y no iba a aceptar un “no” por respuesta. Y le costó. Le costó tanto que fue el propio padre del muchacho quien tuvo que hacerle la maleta y obligarle a buscar un futuro esplendoroso que en Belfast no iba a encontrar nunca.

Así fue como Best se convirtió en futbolista para, poco después, convertirse en genio e ídolo de toda una generación de jóvenes ingleses que habían dejando atrás su adolescencia para soñar con ser un Beatle o convertirse en un futbolista imparable como George Best.

Mientras tanto, en España, Santiago Bernabéu intentaba regenerar de nuevo al Real Madrid después de varios fracasos consecutivos en la Copa de Europa. Para un equipo que se había acostumbrado a la victoria como un millonario se acostumbra al lujo diario, perder una final de la máxima competición se convirtió en una decepción sin límites, cuando mucho más la de perder dos. Así, tras caer derrotado ante el Benfica en la final de 1962, Bernabéu considero que había que imponer un nuevo estilo y contrató a Amancio, Zoco, Muller y Yanko para intentar darle un aire de juventud y desparpajo a un equipo que comenzaba a notar el peso de los años. Aunque la derrota que más dolió a Don Santiago fue la sufrida ante el Inter de Milán en la final de 1964 tras la cual mantuvo una dolorosa discusión con Alfredo Di Stéfano que terminó con un irrepetible ciclo de once años de “La saeta rubia” con la camiseta blanca del Madrid y al equipo vacío de un líder y una seña de identidad.

Pero ni Santiago Bernabéu ni George Best eran dos personas que se arrugasen ante las derrotas, el destino y los rivales. Al primer jugador que contrató Don Santiago para suplantar a Di Stéfano fue Grosso, a quien heredar la camiseta de su ídolo le iba a costar un poco más de lo que le había costado asegurar decenas de goles visitiendo la camiseta del Atlético de Madrid. Y al primer rival al que se hubo de enfrentar Best fue Graham Williams, el mismo defensa que años después le pidió por favor le dejase ver su cara durante unos segundos porque durante todos sus enfrentamientos lo único que había podido ver de él era su trasero desaparecer pegado a la banda.

Al tiempo que todo esto ocurría, una canción de los Beatles se había introducido en España incubándose como un pequeño himno de juventud debido a la sencilla pronunciación de su estribillo. Toda la modernidad española se compilaba en aquellas dos simples sílabas que dejaban caer los cuatro chicos de Liverpool siempre que entonaban aquel rítmico “She loves you”… “Yeah Yeah”. Un Yeah Yeah que creció como un canto de rebeldía y terminó bautizado como un españolizado “ye-yé” que marcó un antes y un después en el panorama musical español. Y mientras la popular Conchita Velasco suplicaba a su amor para que buscase su particular chica ye-yé, el joven equipo del Real Madrid demostraba su desparpajo e implicación con la victoria en cada partido disputado hasta terminar convirtiéndose de nuevo, como años atrás, en el símbolo de identidad de todo un país. Para los más castos era el vivo ejemplo de una juventud disciplinada y entregada a la causa de defender el nombre de su país, para los más rebeldes era la imagen donde reflejar sus sueños de juventud; un grupo de jóvenes desgarbados que jugaban para divertirse y para demostrar que el progreso podía enfrentarse a los valores tradicionales. Y para la prensa, era el reclamo perfecto en el que ensalzar sus titulares, y fue la prensa, y no los españoles de a pie, quien fotografió a los jugadores del Madrid con una peluca al estilo Beatle y quien, a raíz de aquello, bautizó al equipo como “Real Madrid ye-yé”, en honor al cambio generacional que estaba abriendo, poco a poco, los ojos a todo un país.

La delantera del equipo ye-yé la formaban cinco hombres: Amancio, Serena, Grosso, Velázquez y Gento, y Los Beatles estaban formados por cuatro miembros: John, Paul, George y Ringo. Por lo tanto, hacía falta la elección de un quinto miembro para que la famosa banda de música igualase en número a la imparable delantera del Real Madrid, y, curiosamente, fue el fútbol y no la música la que aportó a Europa aquel quinto miembro tantas veces buscado y añorado. El Real Madrid ganó aquella edición de la Copa de Europa logrando que once españoles engrandecieran al valor de una patria que comenzaba a pudrirse, pero unos meses antes, el Benfica portugués, donde Eusebio seguía haciendo magisterio, sufría su primera derrota en casa en toda la historia de la Copa de Europa por un doloroso uno a cinco ante el Manchester United. En aquel partido destacaron la elegancia de Bobby Charlton y la excesiva dureza de Nobby Stiles, pero por encima de todos, destacó la imparable figura de George Best, autor de dos goles y de más de una docena de jugadas inverosímiles.

Toda Europa se levantó impresionada aquella mañana de invierno; Inglaterra despertó con titulares de grandeza y el resto del continente se despertó con titulares de asombro y admiración, y entre todos ellos destacó el titular aclaratorio de la prensa portuguesa que había sufrido en sus carnes la humillación del equipo más condecorado de su país. Un titular que incluía a Best en el olimpo de los dioses, un titular que dictaba los valores de un jugador llamado a convertirse en ídolo de masas, un titular que hablaba claro sobre la revolución que había supuesto la aparición de aquel joven en el césped del Estadio de La Luz, un titular que decía: “El Quinto Beatle”.

lunes, 20 de febrero de 2012

Cambio de escenario

Pocos futbolistas pueden resumir su vida futbolística en una caida tan picada desde lo más alto hacia lo más bajo como Gaizka Mendieta. El hijo de un antiguo portero del Castellón debutó en Primera División con el Valencia a mediados de la década de los noventa como un lateral discreto. Parecía un tipo correcto, con un buen pie, no demasiada velocidad pero mucho oficio para desenvolverse en su zona. Poco más. Pero había más, mucho más.

La llegada de Ranieri supuso una revolución para un Valencia que vivía sus peores días después del mandato de Paco Roig. Con un equipo desnaturalizado, una afición desencantada y unos objetivos perdidos en el baúl del olvido, Ranieri reinventó un equipo que, como por arte de magia, comenzó a ganar. Quizá algunos recuerden aquel tres a cuatro en el Nou Camp en uno de aquellos partidos del lunes que transmitían en Antena 3. Fue una remontada gloriosa, y ahí arrancó el gran Valencia que culminó en el doblete de Benítez. Pero allí arrancó algo más, arrancó en grande un futbolista rubio, antes lateral y que ahora, sin saber de dónde había salido, se comía el campo. En el cinco, dos, tres de Ranieri, Mendieta podía ocupar cualquier posición en el campo. Eran Mendieta y diez más. Un día carrilero derecho, otro día izquierdo, otro día cerebro, otro mediapunta y otro extremo. En todos los partidos era el mejor. Que se lo rifaran los grandes de Europa era cuestión de tiempo, claro. Como así fue.

Tras una exquisita temporada, ya con Cúper en el banquillo, en la que juega de interior derecha y conduce al Valencia a la final de la Copa de Europa, llega la mareante oferta del Real Madrid. Una oferta irrechazable para cualquier equipo salvo, quizá, para Valencia y Atlético (recuerden el reciente caso Kun Agüero). Con el futbolista loco por la música y el Valencia temeroso de sufrir una revuelta popular, se acepta una buena oferta del Lazio italiano que obligaría al futbolista a reinventarse una vez más. Pero no lo consiguió. No fue el único miembro de aquel inolvidable centro del campo del Valencia que emigró ante el poder del dinero. Farinós y Kily González marcharon al Inter y Gerard López al Barcelona. Todos recordamos cómo les fue a los cuatro.

Pero lo de Mendieta fue más sonado porque él era la gran esperanza del fútbol español. Tanta era su aureola que el presidente del Valencia, Pedro Cortés, llegó a decir que él era el murciélago del escudo del Valencia. Casi nada. Presentado como la gran estrella de nuestra selección en la Eurocopa del año 2000, tuvo que claudicar, manos en la cadera y mente en su futuro reto, ante la Francia de Zidane y compañía. No hizo un mal torneo, lo peor de todo, y lo que él no se esperaba, es que sería su última gran aparición a nivel internacional.

En Roma sufrió un calvario. Si en Valencia había sido capaz de adaptarse a cualquier posición, en el Lazio no fue capaz de ubicarse en ninguna. Ni organizador, ni interior, ni mediapunta, ni segundo delantero. Ni siquiera como lateral. Ya no era un futbolista especial, ni siquiera un futbolista cumplidor. Su escarceo fallido con el Madrid, la presión añadida por el precio de su fichaje y un fútbol que no le convenía, terminaron por mermar la cabeza de un talento incomparable. Dejó de funcionar la cabeza y dejaron de funcionar las piernas. Pudo haber encontrado un oasis de paz en su regreso a la liga española jugando como cedido en el Barcelona, pero ni por esas fue capaz de reecontrarse.

Su retiro dorado llegó en Middlesbrough. Allí volvió a ser un tipo discreto, un centrocampista cumplidor que sabía dar pases en largo y llegar a gol desde segunda línea. Ganaba algún partido, perdía algunos más y jugaba alguna final como aquella de la Uefa contra el Sevilla. La prensa ya no se acercaba a él y ningún otro equipo estuvo dispuesto a ofrecer de nuevo cinco mil millones de las antiguas pesetas. Se acababa el fútbol y comenzaba una nueva vida.

Acomodado en la pequeña localidad inglesa de Yarm junto a su novia, Mendieta cambió el balón por los vinilos. Descubridor de bandas sonoras desconocidas en cada uno de los vestuarios por los que pasó, la música le debía de nuevo un lugar en el olimpo. Todo empezó con una canción de Los Planetas ("he puesto la tele y había un partido y Mendieta ha marcado un gol increíble..."), y continuó, com punto y seguido, con su intervención ante la masa que abarrotaba la última edición del Festival Internacional de Benicassim. Si alguien, mientras baila, ve sobre el escenario a un tipo rubio, equipado con unos cascos y moviendo las manos con soltura en una mesa de mezclas, que no olvide que durante unos meses fue el jugador más importante de Europa. Ha cambiado de escenario. Entonces era un todoterreno con un número seis a la espalda, ahora se le conoce por DJ Mendieta.

jueves, 16 de febrero de 2012

Despejando las dudas

Dudé de él, no voy a decir lo contrario. Subirse ahora al carro de los ilustrados sería de un oportunismo detestable. Nada más conocer su fichaje hablé de él como un "jugador de segunda" y ahora me veo en la obligación de redimirme. Me equivoco demasiadas veces como para tildarme de visionario, he puesto muchas veces la mirada en chicos que parecían bombas y se quedaban en petardos y la he apartado tantas veces de otros que, de pura discrección, no parecían aptos ni para la más mínima exigencia.

Como todos tenemos nuestro lado prejuicioso en alguna de las fronteras del pensamiento, la imagen que me quedaba de Adrián era la de un tipo pusilánime que podía dejar algún detalle pero cuya inconsistencia le condenaba a ser carne de fracaso en no demasiado tiempo. En algunos partidos del Deportivo, pegado a banda y contra aguerridos defensores que no escondían cartas, parecía alejar el pie del balón y querer buscar un escondite en la caseta. Rehuía las guerras y nunca demostraba ni una sola pizca de aquellas promesas que vendieron con su primera aparición estelar. Marcó un golazo en el Camp Nou con diecinueve años y parecía querer vivir toda la vida de aquello.

Pero tenía guardado mucho más. Parecía que el Atlético fichaba a un tipo para calentar banquillo, para despertar la ira de una afición dormida y para figurar en aquella larga lista de fracasos escrita en tinta roja y blanca. Pero no fue así. De pronto comenzamos a ver a un chico que se movía por el frente en silencio pero siempre encontraba la posición idónea para recibir; con el balón no era torpe y aunque su relación con el gol no fuese idílica tenía ese pequeño duende que habita en el corazón de los genios que le otorgaba el don de elegir siempre la opción correcta.

El chico pusilánime y cargado de prejuicios es hoy un delantero interesante que se asocia, se desmarca y se vuelve a asociar. Le sigue faltando gol, es cierto, pero sabe vivir a la sombra de un depredador del área como es su socio colombiano. Conjugan tan bien el entendimiento que ha hecho que, por momentos, la parroquia atlética se haya olvidado de aquellos dos monstruos que le ayudaron a levantar la Europa League. Adrián es un filtrador silencioso, un esprintador de diez metros, una anguila con pies de pluma. Sabe asociarse y entiende el fútbol como un ejercicio de colectividad. Es listo y tiene una estrella iluminada sobre su cabeza. Si consigue que no se apague, quizá un día reciba el premio de la internacionalidad. Yo creo que está más cerca de lo que muchos quieren pensar.

jueves, 9 de febrero de 2012

Se podía jugar a otra cosa

Las tradiciones marcan una hoja de ruta irrefutable, señalan, con su dedo añejo, el camino a seguir y el mapa que debe quedar trazado en la memoria de las futuras generaciones. La mayoría de las ocasiones, tememos romper con sus preceptos por miedo a que nos tilden de revisionistas e imprudentes. No hay mucha historia más allá de una tradición mal entendida; generalmente se tropieza con la misma piedra y nos volvemos a levantar para volver a tropezar. Si nos preguntamos por qué antes no nos caíamos y ahora no hacemos más que limpiar el barro de nuestras rodillas, deberíamos respondernos que, quizá, algo estábamos haciendo mal.
Durante años, la Juventus de Turín se auto forjó una leyenda que terminó por denominarle como un equipo apático y desligado del deseo de volar. Una máquina sin sentimientos que ganaba por la mínima una y otra vez y coleccionaba títulos sin piedad a costa de una reputación demasiado pétrea como para reportar felicidad al aficionado neutro. Con Trapattoni primero y con Lippi después, la Juve cultivó balones de oro franceses y despojó al Calcio de cualquier intención de hacerle frente. Se ganó fama de aburrida y siguió ganando, porque así lo marcaban sus cánones, porque no se podía tirar a la cuneta un estilo que se había cultivado a base de puro catenaccio y mucho talento en la zona letal.

Lo de nadar y guardar la ropa le sirivió hasta que el río se quedó sin agua. Algunos directivos jugaron con la historia del club y los aficionados, esos que pagan los platos rotos pese a no dejar de adorar la cerámica de su vajilla, tuvieron que sufrir el descenso de su equipo a la Serie B. Se trataba de empezar de cero y no quedaban cimientos sobre los que sujetarse. Alguien pensó en regresar hacia detrás cuando lo que realmente necesitaba el equipo era un paso hacia adelante. El regreso a la élite se consiguió por puro poder de convencimiento; hay lugares que no están hechos para determinados equipos, y la segunda no era el lugar de la Juventus, pero el problema surgió a la hora de reestablecerse en el lugar de los privilegiados. Muchos equipos le habían comido la tostada y el equipo se perdió en proyectos que únicamente señalaban un sólo camino, el de la tradición. Si a la Juve le había ido siempre bien con una manera de jugar ¿Para qué cambiarla?

Pero había que hacerlo. Tardaron un lustro en darse cuenta de que había otra manera de jugar al fútbol, que se podía fichar a otro estilo de futbolista que se podía dar una vuelta de tuerca al pasado y darle una patada en el trasero a la tradición. Pirlo y Marchisio simbolizan la revolución ideada por Antonio Conte. Al bueno de Andrea le conocemos de sobre mientras que en Claudio no reconocemos ahora a aquel tipo que anduvo perdido en zona de nadie durante los últimos años de su carrera. Ambos, salvaguardados por un todoterreno como Arturo Vidal, se dedican a jugar al fútbol y a generar, una y otra vez, el último pase que aporte una ocasión irrechazable para sus delanteros. Un centro del campo que ya no juega a esperar, robar y darle el balón al bueno, un equipo que aprieta arriba y que tiene en Matri a un maravilloso punta de lanza y a Pepe y Vucinic como dos puñales casi mortales. Una Juve reinventada que ahora no aburre, si no que entretiene.

La Juve ha vuelto, por fin. Sin corsés, sin balones largos y sin resultados cortos que amordazasen al rival. La revolución ha reinventado el estilo y ha dado la espalda a la solución y ahora todos ven que sí, que se podía jugar a otra cosa.

lunes, 6 de febrero de 2012

La Masía

En los primeros años de la década de los cincuenta, el Fútbol Club Barcelona adquirió un solar en el barrio de Les Corts, justo al lado de su estadio de fútbol, con el fin de erigir un nuevo templo, más grande, más fastuoso y donde cien mil barcelonistas pudiesen ver en acción a Kubala cada dos domingos. Anexo al mismo e incluído en el lote, había una vieja masía payesa construída en el siglo XVIII y a quien el Ayuntamiento de Barcelona no daba ninguna utilidad. Rehabilitada la misma, el club la utilizó como taller de confección de la maqueta del nuevo estadio y, una vez inaugurado éste, como sede social del club. Pero una vez que el club mudó su sede social a su actual ubicación junto a la pista de hielo, quedaron en el aire muchas dudas acerca de qué hacer con la vieja masía. Fue en 1979, bajo el mandato de José Luis Núñez, cuando se tomó una decisión que cambiaría, para siempre, la historia del club. Tras una nueva rehabilitación, la masía se convirtió en una residencia para jugadores de las categorías inferiores. Allí se gestó la historia de un centro del campo que se ha convertido en seña de identidad y en marca registrada; Guardiola, Xavi, Iniesta, Cesc, Thiago. Vendrá otro igual de bueno o mejor, todos con su testigo preparado para la siguiente generación, todos con el mismo concepto en la cabeza; la pelota por encima de todas las cosas.

La vieja masía cerró sus puertas el año pasado. Eran muchas las necesidades de una cantera universal y demasiado vetustas las instalaciones de quien vio crecer a la flor y nata del fútbol mundial. Junto a la ciudad deportiva de Sant Joan Despí se inauguró una nueva "masía"; un fascinante edificio que rinde memoria al padre adoptivo de todos los genios; Oriol Tort.

Oriol Tort fue un viajante de farmacia reconvertido a descubridor de talentos gracias a su instinto y su don para encontrar al futbolista universal. En una época en la que el Barça no había encontrado su estilo y vagaba por el mundo de entrenador en entrenador, Tort se las hubo de ingeniar para encontar jugadores que sirvieran igual a Weisweiler que a Michels, igual a Menotti que a Venables. Durante años dictó cátedra junto a niños que lo miraban con la boca abierta y aprendían todo el fútbol y media vida en una charla y media docena de entrenamientos. Él, apodado "el profesor", los mimaba, los escondía de la farándula y les aconsejaba que se mantuviesen lejos de los flashes. Temía que la popularidad echase al traste cada proyecto y se enorgullecía de cada nombre que terminaba integrando el plantel del primer equipo. El día que le rindieron homenaje, una vez que el tabaco había firmado su acta de defunción, Josep Mussons, veinte años presidente del fútbol base azulgrana, dijo que "si tuviésemos que escribir el nombre de todos los jugadores que descubrió, la lista daría la vuelta al estadio". Nosotros nos quedaremos con tres, al azar: Guardiola, Xavi e Iniesta, casi nada. Le dijeron que eran livianos, que no eran fuertes, que no podrían chocar. El miró a los ojos de los agoreros y les preguntó ¿Acaso no véis como manejan la pelota?

Tort formó equipo inigualable con Joan Martínez Vilaseca (entrenador del filial primero y coordinador general del fútbol base después), Joan Oliver (preparador de juveniles), Carles Naval (delegado del primer equipo y dueño de todos los secretos del club) y Toni Alonso (delegado del Barcelona B). Eran los intocables de un Eliott Ness particular que luchaba contra los prejuicios. Al frente de todos ellos, como director general de talentos, estuvo Laureano Ruiz. Él fue el tipo en quien pensó Núñez el día que decidió refundir la cantera del club. Ruiz, cántabro de nacimiento y futbolero de profesión, había sido entrenador del primer equipo en 1976 y Cruyff se había quedado prendado de aquel método de entrenamiento con balón al que él llamaba "rondo". Había nacido formador de futbolistas y por ello no se amilanó ante el reto. Reformó su nuevo despacho y descolgó un viejo cartel que decía "si vienes a ofrecerme un juvenil que mida menos de 1,80, no hace falta que entres". El respondió con seguridad aquello de que "lo que importa es el talento" y, desde entonces, la masía se convirtió en una fábrica de grandes futbolistas. En una de sus últimas entrevistas, ya retirado de los flashes y empeñado en seguir enseñando a los niños, definió el fútbol como "engañar, jugar a la primera y saber colocarse" ¿Os suena de algo? Cerrad los ojos y rememorad a Messi, a Iniesta, a Xavi. Engañan, juegan a la primera y saben colocarse. Son futbolistas de verdad.

Pero si hubo un punto de inflexión en la historia de las categorías inferiores del Barça, este fue la llegada de Johan Cruyff al banquillo del primer equipo. Hasta entonces, la cantera había dado media docena de buenos futbolistas; Carrasco, Rojo, Calderé, Pedraza, Sánchez..., pero sin un patrón concreto. Cruyff introdujo un modelo similar al del Ajax; el talento por encima del físico, el balón por encima de la resistencia, la mente por encima del cuerpo. Todos los equipos de las inferiores pasaron a jugar como el primer equipo: mismo sistema, misma filosofía, misma mentalidad. Consensuó la elección de técnicos y el tiempo, poco a poco, le fue dando la razón.

El primer gran ídolo de masas salido de la cantera era un chaval flaquito, de aspecto débil y mirada desafiante. Decían que era medio organizador y nadie le veía quitándole un balón a la media del equipo rival, pero lo hacía. No por fuerza, si no por inteligencia, por colocación, por su peculiar lectura del juego. Pep Guardiola fue el precursor de una estirpe de futbolistas que escribieron con letras de oro la historia reciente del club. Había nacido un modelo de jugador, el que tiene el partido en la cabeza, el que lee la jugada a la perfección, el que raramente se equivoca, el jugador al que buscan todos para encontrar una solución al problema. Tras Guardiola llegó Xavi y el alumno superó al maestro. Y tras Xavi, sucedieron dos llegadas que cambiaron para siempre el devenir del club.

Tras la disputa de un torneo alevín a nivel nacional, los dos principales clubes del país se lanzaron a por la contratación de un enjuto chaval al que llamaban Andrés. Alcanzar un acuerdo con su club, el Albacete, fue fácil, el siguiente paso era convencer al padre. Tuvo preferencia el Real Madrid, equipo con ascendencia sentimental en la familia y todos se fueron a la capital a escuchar al equipo al que animaban cada domingo. El club les abrió la ciudad deportiva y les enseñó un cuarto en una pensión cercana donde el chaval podría dormir y continuar con sus estudios. Era una buena opción. De Madrid viajaron a Barcelona y el club azulgrana les mostró su cartas: Instalaciones deportivas de primera, una residencia de futbolistas de primer nivel, profesores particulares, una idea, un concepto. No hubo que negociar mucho más. El corazón del chaval cambió del blanco al blaugrana en unos días y la historia de ambos equipos se ha diseñado con caminos opuestos.

Pocos años después hubo un viaje relámpago a Argentina. A José María Minguella le habían contado que habia un niño en Rosario que no paraba de marcar goles y regatear rivales. La primera impresión fue impactante; un niño demasiado pequeño para su edad pegado a un balón tan grande como sus piernas. Habló con el padre y encontró el problema; el niño tenía una enfermedad ósea que le impedía crecer con la normalidad de otros niños. Existía un tratamiento, pero era demasiado caro. El acuerdo fue rápido, el niño viajaba a Barcelona, el club se hacía cargo del tratamiento y le firmaba un contrato. Así fue. Pasaron unos días y el niño, que entrenaba con el equipo alevín, ni recibía el tratamiento ni había firmado contrato alguno. El padre pidió una reunión con Minguella y con el secretaro técnico del club, Carles Rexach, y fue tajante: "O se cumplen las promesas o nos buscamos otro equipo". Rexach, que había visto al niño y sabía que allí había crack para rato, se jugó el puesto y actuó a espaldas de su presidente. Tomó un bolígrafo, cogió una servilleta, y escribió lo siguiente: "En Barcelona, a 14 de Diciembre del 2000 y en presencia de los Sres. Minguella y Horacio (Gaggioli), Carles Rexach, Secretario Técnico del F.C.B., se compromete bajo su responsabilidad y a pesar de algunas opiniones en contra a fichar al jugador Lionel Messi siempre y cuando nos mantengamos en las cantidades acordadas". Gaspart, que no quería gastar dinero en un niño de once años, hubo de tragar con el trato y obedecer las consignas de su secretaría técnica. El pequeño Messi recibió el tratamiento, firmó un contrato y se convirtió en el mejor jugador de la historia del club.

Tras él llegaron otros; regresaron Piqué y Cesc, hijos pródigos que se fueron en busca de fortuna y regresaron en busca de gloria y regresó a escena Pep Guardiola. El niño flaquito se había convertido en un hombre, un entrenador de ideas claras y una revolución en su cabeza. El equipo jugó como nunca, los canteranos asumieron su rol, nunca se vio un fútbol igual y, mientras iban deleitando al personal, fueron naciendo otros proyectos que se consolidaron al calor de un estilo patrimonial: Busquets, Pedro, Thiago, Cuenca, Tello... la lista sigue siendo larga, el trabajo sigue siendo impecable y las bases siguen siendo las mimas. El talento por encima del físico. Engañar, jugar a la primera, saber colocarse. Dictados de precisión, mandamientos de un club que creció cuando decidió tirar sus complejos a la basura. Historias que nacieron tras las paredes de un viejo caserón payés del siglo XVIII, historias que perdurarán tras las paredes de un moderno complejo situado a las afueras de Sant Joan Despí. No importa el lugar, importa la idea.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Cuando la Fórmula perdió el 1

Hay acontecimientos que marcan a fuego la historia del deporte, algunos, como la aparición de un genio, significan una revolución que provocará un cambio de estilo en las generaciones posteriores, y otros, como la desaparición de un genio, significan un punto de inflexión en el camino hacia unas nuevas expectativas. Por ello, cuando Ayrton Senna se dejó la vida en el muro de contención del circuito de Imola el uno de mayo de 1994, los que le habían admirado lloraron primero y pidieron justicia después. La seguridad se conviritió en un tema tan preponderante en las pistas que, desde entonces, ningún otro piloto se ha vuelto a dejar la vida en un circuito.

Con el mal sabor en la memoria y la resignación en la conciencia, viajó la selección brasileña a Estados Unidos para disputar el que sería el decimoquinto campeonato mundial de fútbol, un campeonato que, como en las tres ediciones anteriores, contaría con veinticuatro participantes con la novedad de que, cada uno de los jugadores integrantes en cada uno de ellos, llevaría, por vez primera, su nombre de guerra grabado en la camiseta en lo más alto de la espalda. No fue la única novedad puesto que, hartos de bromas y chanzas sobre el luto con el que se habían visto representados gracias a su color clásico, los árbitros aceptaron nuevas equipaciones de varios colores, no muy bonitas pero sí demasiado vistosas como para dejar de ser referencia dentro del terreno de juego. Además, como última novedad, se introdujo por vez primera el tercer cambio de jugador siempre que este fuese el portero debido a alguna incidencia o lesión del mismo, siendo Marruecos el primer equipo en hacer uso del mismo cuando Azmi tuvo que sustituir al dañado y titular Alaoui en el partido de la primera fase que les enfrentaba a Bélgica.

En un mundo cada vez más mediatizado, el mundial de fútbol celebrado en la primera potencia mundial se convirtió en una explosión de color en las televisiones de todo el mundo. Así, en países en los que el fútbol aún no había conseguido obtener un arraigo emocional suficiente, el mundial fue utilizado por dirigentes y ciudadanos como una vía de escape a los problemas cotidianos. Los casos más relevantes se dieron en Haití y en Macao. En el país caribeño, el dictador Raoul Cendrás compró los derechos televisivos del mundial para emitirlos en la televisión pública y aprovechó el descanso de cada partido para emitir propaganda favorable al régimen. Pero mucho más trágico fue el caso acontecido en Macao. Allí, como los todos los partidos se emitían en directo en horario de madrugada, el ciudadano Law Chon-yin se propuso seguir todos y cada uno de los partidos del campeonato. No tardó en pagar su osadía. Obligado a trabajar durante todo el día y a condicionado trasnochar durante toda la noche, Chon-yin fue encontrado muerto en su propio negocio debido a un colapso. En el hospital, donde ingresó cadáver, informaron que la muerte se había debido por alta presión arterial y problemas cardíacos. El fútbol y la televisión también matan.

Si para algún pais el mundial resultó un drama deportivo, este fue Grecia. Encajó diez goles y no anotó ninguno en los tres partidos disputados. La tragedia clásica se representó en los diarios nacionales al día siguiente del último partido: "Terminó la pesadilla", publicaron. Y es que, de todas las derrotas, escoció especialmente la sufrida ante Bulgaria por cuatro goles a cero, puesto que los helenos habían puesto todas sus esperanzas en batir a la pobre y desconocida selección búlgara. Craso error de planificación, nadie esperaba que aquel anárquico e imprevisible equipo liderado por Stoichkov, terminaría alcanzando las semifinales dejando en la cuneta, entre otros, a Alemania, entonces defensora del título.

Otras selecciones que no cumplieron con las expectativas generadas fueron Rusia y Camerún. La primera vivía por vez primera un mundial después de la excisión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, una potencia que había sido temida y que, convertida en conglomeración de estados, perdió identidad y pegada. La segunda, representante principal del África negra, no fue capaz de repetir los papeles ofrecidos en los mundiales europeos de España e Italia. Pero ambos, en su enfrentamiento mútuo, dejaron para la historia dos records grabados en el libro de la historia de los mundiales. Por el lado ruso, el delantero Oleg Salenko, consiguió anotar cinco goles, por el lado camerunés, el delantero Roger Milla disputó el encuentro con cuarenta y dos años de edad. Nunca antes y nunca después, ningún jugador anotó tantos goles en un mismo partido y ningún jugador disputó un encuentro con tanta edad.

Si hubo algunos jugadores que, materialmente, salieron ganando con el mundial, estos fueron los seleccionados por parte de Arabia Saudita. Resulta que la Federación de Fútbol del país había prometido un Mercedes nuevo a cada jugador si estos conseguían clasificarse para los octavos de final. No solamente lo consiguieron y disfrutaron su regalo, sino que regresaron a su país, tras la eliminación ante Suecia, más colmado de regalos que ningún otro futbolista del campeonato, y es que, amén del Mercedes, cada jugador saudita ya había recibido un Volvo por cabeza, donado por un rico empresario nacional, por el simple hecho de haberse clasificado para la gran cita.

En la otra cara de la moneda estuvo Maradona. El astro argentino no recibió regalos y ni siquiera tuvo la suerte de terminar el mundial donde más le hubiese gustado; sobre el terreno de juego. Nadie pudo sospechar el peor de los desenlaces cuando la joven Ingrid, enfermera de la Uefa, bajó al terreno de juego para llevarse al Diego de la mano después del partido disputado contra Nigeria. Le tocaba el turno de pasar el control antidóping. El rostro de Ingrid hubiese terminado en el anonimato de no haber ocurrido lo que ocurrió días más tarde. Los resultados eran irrefutables: Maradona había dado positivo por consumo de efedrina y debía abandonar inmediatamente la concentración argentina. No le dejarían volver a jugar al fútbol con la camiseta de su país.

Aunque no todos los palos fueron psíquicos en el transcurso del mundial. También los hubo físicos y ambos estuvieron representados en los codos devastadores de Leonardo y Tassotti. El lateral brasileño, jugador de largo recorrido y hechuras de centrocampista, dejó K.O. al estadounidense Tab Ramos en el partido que les enfrentaba en los octavos de final. La expulsión fue inmediata y la sanción se extendió a dos partidos. Le sacó rédito Brasil a aquello pues fue su sustituto, Branco, quien anotó el gol decisivo del complicado partido que les enfrentó a Holanda durante la ronda siguiente. Pero quien no fue expulsado, al hacerlo de manera más sibilina, fue el italiano Tassotti. Todos recordamos, y a todos aún nos duele, aquel balón dividido en el corazón del área en el que el defensor italiano le rompió la nariz a Luis Enrique en la última jugada de un partido cruel con España y glorioso para Italia. Diecisiete años después, una vez que Luis Enrique viajó a Italia para hacerse cargo de la Roma como entrenador, ambos se estrecharon las manos y acordaron finiquitar el asunto. No hay mal que cien años dure.

Lo que sí dura más de cien años es la superstición eterna de los brasileños. Si Zagallo ya había espantado la visita de Moacyr Barbosa a la concentración por considerarle gafe, montó aún más en cólera cuando se enteró que el hotel que les habían asignado para alojarse de cara a la final era el Fullerton de Los Ángeles. Daba la casualidad que en aquel hotel se había alojado la selección colombiana durante la primera fase y todos sabían como les había ido. Obligado a acatar las órdenes de su Federación, hizo una última gestión con el fin de lograr que ninguno de sus futbolistas se alojasen en la habitación en la que había dormido Andrés Escobar, futbolista colombino asesinado días después del regreso de Colombia a casa por haber anotado un accidental autogol en su partido ante los Estados Unidos.

Tampoco hubo de hacerle demasiado gracia a Zagallo la premonición realizada por un grupo de físicos locales. Estos, empeñados en que el fútbol responde más a la lógica que a la improvisación, hicieron un cálculo con una sofisticada computadora y apostaron a que Italia ganaría la final por uno a cero con gol anotado por uno de sus centrocampistas en el minuto cuarenta y dos de la segunda parte. Eso sí que era hilar fino. No nos hubiese ido mal a los espectadores que bien Italia o bien Brasil hubiesen liquidado la contienda antes del tiempo reglamentario y así nos hubiesen ahorrado una de las prórrogas más insufribles de la historia del fútbol.

No sabemos si los italianos hicieron caso a la computadora, pero lo que sí sabemos es que, al igual que Zagallo, los transalpinos también eran supersticiosos por naturaleza. La final agotó todos sus minutos con cero a cero en el marcador y el destino les enfrentó a la tanda de penaltis. Como en la repetición de un mal sueño, los italianos debían afrontar el momento decisivo desde el punto fatídico al igual que lo habían hecho cuatro años antes, en casa, ante Argentina. Daba la casualidad que el número de la mala suerte en Italia es el diecisiete ¿Qué día se jugó la final? El diecisiete de julio ¿Qué dorsal llevaba Donadoni quien erró uno de los penaltis? El diecisiete.

Cuando Roberto Baggio lanzó a las nubes el último penalti y Claudio Taffarel levantó los puños al cielo, todo Brasil estalló de alegría. Había algunos, como Lobo Zagallo, que entraron en el libro de los records de la historia al convertirse en la primera persona capaz de ser campeón del mundo como jugador, como entrenador y como ayudante. Otros, aún en la celebración, calmaron su euforia porque aquel título no había dejado el mismo regusto de los conseguidos antaño. Tras veinticuatro años Brasil volvía a ser campeón del mundo sí, pero aquel título no había sido como los demás; había desaparecido la alegría, el toque, la samba. Brasil se había dungarizado y aquella nota de distinción daría muchos más dolores que alegría a las generaciones venideras.

Como la torcida que durante años acudió a los circuitos a celebrar las victorias de su ídolo, los componentes de la selección de Brasil se reunieron en el centro del campo, echaron la vista a atrás, rememoraron Ímola y desplegaron una pancarta que pudo leer todo el mundo. "Senna, aceleramos juntos. O Tetra é nosso!". Aquel título, como tantos otros, también lo había ganado Ayrton Senna. El tipo que revolucionó el deporte del motor, el hombre que se dejó la vida en un muro tras jugársela en miles de curvas, el hombre cuya muerte marcó a fuego la historia del deporte. El mito que, cuando se fue, dejó a la Fórmula sin el 1.

martes, 6 de diciembre de 2011

Balones de oro: Omar Sívori

A los diecisiete años debutó en la primera división argentina, a los veintidós asombro a toda sudamérica y a los veintiseis ya era considerado el mejor jugador del mundo. La carrera de Enrique Omar Sívori no se escribe con títulos si no con sensaciones, y es que, quienes le vieron jugar, no han dudado nunca de que se trató de uno de los más grandes. Pandillero de potrero, ingenio de césped recién cortado y gobernador de área grande, Sívori fue un genio pegado a una pelota de cuero en cuyos actos sobrevive la esencia del fútbol de verdad, aquel que se aprende en la calle, con un balón de trapo y unas zapatillas viejas.

No tardó en deslumbrar a los escépticos cuando debutó en el primer equipo de River y alguien le señaló como el sustituto de aquella saeta rubia que había volado a Madrid con escala en Colombia. Saltó al campo para redondear la goleada ante Lanús y le tocó sustituir al mito Labruna. No decepcionó; anotó el quinto y dejó el poso de un jugador al que se quería volver a ver. Y se le vio de nuevo, y se le volvió a ver, y se le volvió a disfrutar. Fue en 1957 cuando alcanzó la cima del mundo al alinearse, vistiendo la albiceleste, junto a Corbatta, Maschio, Angelillo y Cruz. Les llamaron los "carasucias", anotaron veinticuatro goles, ganaron la Copa América y Argentina les recibió como el mejor equipo de su historia. Por fin un soplo de aire tras décadas de amargura. No duró mucho la epopeya, el mejor de todos ellos, Sívori, voló hacia Italia atraído por las liras y las ganas de comerse el mundo. Tan bien lo hizo que en 1961 la revista France Football le galardonó con el Balón de Oro que le distinguía como el mejor futbolista del año. Tras el fútbol y los éxitos llegó la soledad y las ganas de reinventarse. Probó en los banquillos y no le fue demasiado bien, probó con la pluma y dejó varias docenas de buenos artículos plasmados en las hojas del diario Clarín.

Pero antes del columnista hubo un futbolista, y muy bueno. En Italia le llamaban el "fuoriserie" porque, realmente, no había adjetivo específico para definirle; era un jugador bajito y delgado, pero muy listo, tenía una culebra en la cintura y un arma de precisión en los pies, salía airoso de cualquier entramado gracias a su habilidad y siempre llegaba franco a la portería contraria gracias a su inteligencia para leer el juego. Era un buen goleador y un excelente pasador, un tipo imprevisible, un ganador de batallas que disputó cuatrocientos cuarenta y un partidos y anotó doscientos veintiocho goles a lo largo de su carrera. Una cifra nada despreciable que aderezó con sus dos campeonatos argentinos que logró vistiendo la camiseta de River y los tres Scudettos y dos Coppas que ganó vistiendo la blanquinegra de la Juventus de Turín. Siempre a la sombra del gran Di Stéfano, hubo de sucumbir a su omnipotencia en aquella inolvidable semifinal de la Copa de Europa en 1962 que se llevó el Madrid con desempate incluido. Aún a la sombra del honorable, jamás escondió su admiración y devoción por el nueve blanco. Uno nacionalizado por España y el otro por Italia, ambos, los dos mejores futbolistas de la época y Argentina llorando su sueño creyendo haber intuido lo que hubiese sido de su selección si ambos no hubiesen abandonado su hogar y hubiesen disputado, juntos, los mundiales de 1958 y 1962. Quizá otro gallo les hubiese cantado.

En los potreros de Buenos Aires le llamaban "chiquín" por ende de su baja estatura y su endeblez física y en las cachas profesionales le apodaron "cabezón" por aquella prominente cabeza sobre un cuerpo tan delgado. Pero no había defecto físico que impidiese a Sívori disfrutar del fútbol; utilizaba su endeblez física para burlar rivales y la cabeza, siempre, para pensar un segundo antes que los demás. Fue un centrocampista creador que deleitó sobre el césped y, fuera de él, se convirtió en un terrateniente que invirtió sus ahorros para generar una fortuna que le ayudase a sobrevivir una vez que abandonase los campos de juego.

Lo hizo en diciembre de 1968 después de que su rodilla crujiese y le pidiese a gritos que dejase de exponerla a esfuerzos inafrontables. Entonces era jugador del Nápoles y una celebridad en el sur de Italia. Había llegado a la Campania después de deleitar en el Piamonte; muchos decían que ya no le quedaba fútbol pero jugó cuatro años a un extraordinario nivel, tanto que él y su fútbol colocaron a Nápoles en un lugar jamás visto hasta entonces: la segunda posición del Calcio italiano. Gesta que repitió en dos ocasiones y que le hizo salir vitoreado de San Paolo en más de una ocasión. En su aureola de mito precedió a Maradona como el auténtico Dios de Nápoles. Y eso que precedía del enconado rival del norte, una Juventus donde sentó cátedra y donde aún le recuerdan como el más destacado jugador de aquel "trío mágico" formado por Boniperti, Charles y él mismo que tantas tardes de gloria regaló al viejo estadio Comunale. Y es que lo suyo fueron las asociaciones imparables, como aquella que formó con Beto Menéndez en sus inicios en River y que aún recuerdan por destrozar a Boca Juniors en un duelo inolvidable que terminó con victoria de River en La Bombonera.

Sívori, que había nacido una soleada tarde de octubre de 1935 en el humilde pueblo de San Nicolás de los Arroyos, murió en el año 2005, a los sesenta y nueve años, en su misma localidad de nacimiento, lugar al que había regresado para perderse con el tiempo y dejar que la memoria guardase un hueco en los párrafos más inolvidables. Se le lloró en Buenos Aires, en Turín y en Nápoles. Se le lloró en todo el mundo porque los genios siempre dejan el poso de la inmortalidad. En su honor sigue en pie una de las tribunas del Estadio Monumental, la misma que se costeó con el dinero obtenido por su traspaso a la Juventus. Se había marchado el ídolo, pero el eco de las voces que corearon su nombre permanece perpetuo, para siempre, en un rincón del campo que le vio nacer como futbolista.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Lo que nos espera

Si os aburre la rutina, lo reiterativo y lo monótono, id preparando vuestros cerebros porque intentarán lavaroslo de aquí al próximo sábado. Desde hoy, aunque haya jornada de Champions mediante, solamente existirá un partido. El duelo a vida o muerte del Valencia en Londres será como una de esas chinitas en el zapato que tanto molestan a la mediatización establecida; solamente hará falta descalzarse, sacudirse los pies y volver a caminar. Informar, ni celebrar ni lamentar y tratar de perder el menor tiempo posible porque en este país de pandereta solamente importan dos equipos. Ellos se lo comen todo, para el resto solamente hay migajas.

Me resulta gracioso comprobar como se empeñan, día sí, día también, en vender el siguiente partido como una batalla a cara o cruz. Hablan de rivales encendidos, de conatos de rebelión ante la visita del líder y de campos de minas de difícil superación, cuando todos saben que esta liga se la disputan dos mientras los demás miran. No interesa denunciar el abuso deportivo porque ellos mismos practican el abuso mediático ¿Cómo decir que Madrid y Barcelona ganan ligas sin rivales? Sería como decir que ambos ganan sin jugar, sería como decir que los goles de Cristiano no valen de nada y que Messi no es aquel extraterrestre que a cada hora nos venden por doquier. Quedan mejor los cincuenta goles en portada, los records, las goleadas y las sonrisas de superioridad. No existe nada, excepto su propia rivalidad. No hay más rivales, no hay más partidos.

Por ello, ante lo que se presupone como una nueva batalla del siglo, un nuevo partido por la supremacía, los voceros de ambos regímenes ya han puesto en marcha su mecanismo de ataque y defensa. Con las vendas antes de sufrir las heridas, han desenvainado espadas para comenzar a generar debates infructuosos que solamente buscan el objetivo de incendiar las calles. Tonterías, tertulias vanas y periódicos a mansalva. No juega nadie más este sábado. No busquéis otra información. Nos han absorbido el coco. Aunque se empeñasen en vender lo contrario, ellos mismos saben que esta liga es sólo de dos. Que se la queden.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Pichichi

Había en Bilbao un niño que jugaba en la campa de los ingleses y cuyo físico se asemejaba al de un pichón. Jugaba contra chicos mayores e intentaba colarles el balón entre las piernas mientras dibujaba goles de fantasía en aquellas porterías fabricadas con piedras y montones de arena. Los chicos le llamaban "pichichi" por su físico y el mundo le conoció por aquel apodo mientras fue incrementando su leyenda, primero en los descampados, más tarde en Lamiaco, luego en Jolaseta y, por último, en San Mamés. Templos de vida y memoria. Como aquella que se vistió de luto el día que, agonizando en su lecho, buscó la solapa de su compañero Domingo Acedo para pedirle el último favor: "Chomin, cuida bien de mi mujer y mi hija". Murió joven, en su estela dejó un palmarés trufado de copas del Rey y campeonatos nacionales. Entonces no había liga nacional pero sí había lágrimas para llorar su pérdida; tenía veintinueve años y el Athletic le encargó un busto a Torre Berástegui que, desde entonces, decora la entrada a la zona señorial del estadio y junto al que, como tradición, todos los equipos que visitan San Mamés por vez primera, han de rendirle homenaje en forma de ramo de flores.

Pichichi fue un futbolista de una pieza que no tardó en alcanzar fama y fortuna. Formó parte de la selección española que obtuvo la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920 e incluso anotó uno de los goles que sirvieron para derrotar a Holanda y certificar, para la gloria patria, aquel segundo lugar que, durante muchos años significó un techo casi inalcanzable para nuestro fútbol. Se trataba de un jugador peculiar, listo, hábil y con una extrema facilidad para llegar al área en situación ventajosa. No tardó en convertirse en el ídolo de la afición del Athletic y en el futbolista más famoso del País Vasco. No en vano, los artistas le buscaron para inspirar en él sus obras de arte. Ejemplo de ello es el famoso cuadro de Aurelio Arteta, titulado "coloquio en los campos de sport", en el que se ve a Pichichi cotejando a una dama, así como la coplilla que, para celebrar los campeonatos, compuso la cupletisa Teresita Zazá y que rezaba así: "Empezando por Pichichi, terminando por Apón, Alirón, Alirón, el Athletic campeón".

En 1916, en el "periodo de entreguerras" que signficaban los meses en los que no había campeonato regional, el Athletic dirimió dos partidos amistosos contra el Fútbol Club Barcelona. Los resultados dejaron claro quien era el mejor equipo del país en aquel momento: Nueve a uno y ocho a cero. Diecisete goles de los cuales, Pichichi firmó siete. Por entonces, Bilbao era la cuna del fútbol español y todo el mundo señalaba con el dedo a aquel joven flaco que jugaba siempre con un pañuelo blanco anudado en la cabeza para evitar heridas con los costurones de la pelota. Nadie podría adivinar entonces que pocos años después, el tifus acabaría con su vida y que en su memoria, el diario Marca, inauguraría un trofeo con su nombre con el que premiarían al máximo goleador de la Primera División española.

Pichichi empezó a vivir del fútbol con dieciocho años cuando quería ser abogado y se retiró con veintinueve porque quiso ser árbitro. Dejó los libros y las aulas de la Universidad de Deusto para cumplir su sueño y el de cientos de hinchas y, once años después, colgó las botas para tomar un silbato que jamás llegó a soplar. Invadido por la nostalgia que le producía el balón, se negó a cumplir aquel sueño espontáneo y se dijo que el arbitraje era para quien tenía vocación. Lo suyo fueron los goles; anotó setenta y ocho en ochenta y nueve partidos jugados con el Athletic. Cuando alcanzó fama y gloria la gente dejó de señalarle como al sobrino de don Miguel de Unamuno para pasar a corear el nombre de Pichichi como el del auténtico Mesías del fútbol bilbaíno.

Él fue el primer futbolista en marcar un gol en el estadio de San Mamés; en el templo de dioses y hombres que se alza majestuoso en el barrio e Zorroza y en el que aún resuenan los ecos que aclamaron a sus mitos. Hubo un día en el que Rafael Moreno Aranzadi, alias "Pichichi", se convirtió en uno de ellos. Quizá le dolieron las primeras críticas y se dejó perder por los primeros reproches. El caso es que un día, joven y en forma, decidió decir adiós al fútbol. Meses más tarde, en una celebración familiar, comió una ostra en mal estado que le produjo un tifus mortal. Tenía veintinueve años, una vida por delante y un pasado imposible de olvidar. No le olvidan quienes, aún en la ignorancia, le nombran cada vez que ven la imagen del máximo goleador del momento. Pichichi no era un nueve, pero dio sobrenombre a los amos del área rival. Es la recompensa de los inmortales; dejar su nombre grabado en la memoria colectiva y en el muro de la posteridad.

martes, 22 de noviembre de 2011

Las vidas del gato

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh_elj0hcvpL3Ouv0Sdat4sZDzuW5_bm5oiv9t9xfFgZbukGACL7NCvbN6kPYglaoU5NnEIUrdrgr4rRAvwukDPfUvzkPsaW9-sCC8S4s0F6BDrl35dSq05UjdbLvKEr0XFpo7i3AQiXgs/s1600/torres_chelsea.jpgEn la mirada de un gato viejo, ojo cerrado por una cicatriz, garras despuntadas y lametazos inconstantes sobre un lomo despeinado, encontramos el ardor de mil aventuras sobre tejados adversos, la pasión de cien persecuciones por la acera en busca de la gata del vecino y el rencor, en forma de roneo, por todas aquellas tardes a la sombra de un árbol mientras imaginaba el sabor del gorrión que cantaba sobre la rama.

El futbolista viejo, como el gato que defiende panza arriba su honor y su memoria, cuenta sus vidas en forma de rachas; las hubo buenas, malas y regulares. "Como todo en esta vida", se atrevería a decir cualquier hijo de vecino. El futbolista que nació joven, con la expectativa cosida a la espalda a sólo un centímetro del número, sabe que los tejados están poblados de tejas podridas, trampas escondidas y chimeneas encendidas bajo un humo asfixiante. Por ello, la madurez del que supo ser estrella al tiempo que promesa, está plagada de recuerdos, arrepentimientos y coros de voces que, en muchas ocasiones no le dejan ver la realidad. Escoger la senda adecuada, escuchar la palabra correcta y saber empezar de cero se convierten en momentos vitales a la hora de empezar una nueva vida. El futbolista, como el gato, sueña con el gol que canta sobre una rama, con la victoria del vecino, con conquistar callejones de fortuna y comer raspas de oro sobre titulares ensalzantes.

El problema viene cuando la séptima vida asoma tras los ecos de la penúltima esquina. Todos los tejados han sido recorridos, todos los pájaros han sido cazados y todas las vecinas han sido conquistadas ¿Quedan más jugadas, más goles, más oportunidades para el asombro? En ocasiones quedan años, sueños y recorrido, pero quedan dudas, preguntas y debates. El futbolista viejo defiende su honor y su memoria, aquí está mi hoja de servicios y allí vuestras palabras ¿Pero que ocurre con el futbolista joven que ha agotado todas sus vidas? A su alrededor deja de sonar la música, los agoreros aparecen tras los rincones y las tertulias se convierten en la ocasión perfecta para jugar a la diana con su nombre.

Desde que Fernando Torres abandonó el Liverpool su camino ha transcurrido por un tejado minado, ha tropezado con el sistema, con la responsabilidad, con el pasado y con las expectativas. Su mal juego, traducido en sequía goleadora, se extiende a sus participaciones en la selección y hay quien ya le ha fabricado una caja de pino cuando solamente tiene veintisiete años. Las seis vidas anteriores las gastó sacando a un equipo del infierno, revalorando un oso y un madroño, diciendo adiós entre lágrimas y promesas, reiventándose, ganándose un nuevo crédito y afrontando una aventura hacia lo desconocido. La séptima vida llega en su esplendor y, sin embargo, la involución parece estar clamando por la llegada del apocalipsis.

Acabado o no (yo no lo creo), desacreditado o no (para mí no) o desenchufado o no (para mí desubicado), lo cierto es que este verano toca reválida y Torres afrontará, una vez más, el mismo reto que le situó en un escalón por encima de los altares. Pero la bula no es eterna y la Eurocopa no es una pachanga, más allá del pasado y el crédito, viven el presente y la realidad, y ésta dicta que el viaje a Polonia se debe ganar en el campo y hasta ahora, Torres, no lo está haciendo.