lunes, 8 de abril de 2013

Profesionalidad y sentimiento

No es fácil dar el paso definitvo. Cuando las expectativas son máximas, la responsabilidad ahoga, los sueños precipitan y las decepciones aprisionan el alma. El dedo acusador suele ser cruel y los titulares se esfuman con la misma facilidad con la que aparecen. Miren a ese tipo que se marcha por la puerta de atrás, hace dos días era un fabuloso proyecto de futbolista y hoy no es más que un fracaso más.

El Atleti devora niños como un león lo hacía con los gladiadores. Apenas habían saltado al coso y el pulgar acosador del resultado ya les estaba indicando que aquel no era su lugar. Casi todos tuvieron que buscarse la vida fuera y fueron muy pocos los que regresaron. Las segundas oportunidades, como los coches escoba, solamente pasan una vez. Subirse al asiento de atrás es obligatorio. Tomar las riendas del destino es el paso de los valientes.

Gabi no es el tipo más espectacular del mundo. Ya no es aquel excelso director de juego que despuntaba en el equipo juvenil hace una década, pero ha aprendido que el éxito es más factible cuando se miran los problemas a la cara. Durante un par de temporadas, después de aquella prometedora cesión en el Getafe, Gabi fue señalado con el dedo cada vez que el equipo perdía el timón y naufragaba en los puestos medios de la tabla. Mediocridad absoluta a la que nadie ponía remedio. Y el chaval, herido de muerte y asfixiado por el miedo, tuvo que huir para encontrar oxígeno y hacer carrera.

El Gabi que ha vuelto es otro. Sigue sin ser patrón, pero sí ha sabido hacerse con el puesto de contramaestre. Empuja, insiste, corre, quita y, sobre todo, no se complica. Ya no busca el pase imposible porque ha aprendido que en el fútbol, lo más sencillo, es lo más importante. Ya no sufre de ansiedad porque ha aprendido que al fútbol, talento aparte, se juega con la cabeza y se gana con el corazón. Profesionalidad y sentimiento. Una ecuación sencilla al servicio del Atleti. Simeone es el líder y Gabi es su voz en el campo.

martes, 27 de noviembre de 2012

Il capitano

El día veinte de enero de 1985 apareció por la banda de San Siro un niño imberbe de mirada desafiante. Profundos ojos azules, pelo negro enmarañado y piernas de alambre. Parecía sacado de un descampado y, vestido de futbolista, era el caballo ganador para los niños del barrio. Pero aquello no era un descampado y los rivales no eran los chicos de la pandilla del parque, sino Udinese, un equipo de primera división y el primero en aplaudir las virtudes de un niño que empezó siendo un aspirante a defensor y se retiró como el manual defensivo que todos quisieran aprender de memoria.

Veintitrés años más tarde el Milan visitaba Parma y el chico de ojos azules y pelo negro enmarañado ya era un hombre, pero seguía jugando al fútbol. El hombre, el mito, había cumplido treinta y nueve años y jugaba su partido número mil con la camiseta rossonera. Como para no aplaudirle. El niño de dieciséis años, colmado de honores, había levantado ya, en cinco ocasiones, la copa de campeón de europa, y había ganado seis campeonatos de liga italianos. Menuda criatura.

Se ganó la fama primero por descarado, más tarde por rápido y después por inteligente. Espectaculares fueron sus primeros duelos contra Diego Maradona en aquellos enfrentamientos contra el Nápoles en los que se ponía en juego una hegemonía; algo más que un partido de fútbol. El Diego, potrero como era, buscaba el pique, el regate, la frontal, el desequilibrio, pero el joven Maldini no se achicaba; cuerpeaba, citaba, miraba y muchas veces robaba. Eran los tiempos del marcaje al hombre, de la dureza contra el estilista, del ingenio contra el fajador. Al joven imberbe le ordenaban pegarse al mejor jugador del mundo y cumplía su misión con entereza. Más tarde llegó Sacchi y universalizó la zona. Se acabaron los férreos marcajes, las entradas a destiempo, las tarjetas rojas, los regates inverosímiles. El laboratorio convirtió el fútbol en un campo simétrico donde cada uno cumplía su función dentro de su parcela y Maldini hacía su trabajo igual de bien que el mejor. El mejor era Baresi, lider espiritual y referente de una época. Mentor, padre y amigo íntimo. El hombre que le enseñó a defender. Juntos hicieron historia viviendo en zona; juntos pusieron los pilares del mejor equipo defensivo que se recuerda. Tassotti, Costacurta, Baresi, Maldini. Aquella defensa aún se cita de memoria. De carrerilla.

Paolo Maldini sonrió durante muchas veces a lo largo de su carrera. Pero si le preguntan cual fue la más amarga de las veces en las que lloró, les retrotrairá a Estambul, veinticinco de mayo de 2005. Aquel día Maldini marcó un gol y no pudo ser feliz. Su equipo se fue al descanso ganando por tres goles a cero y no pudo ser feliz. No pudo ser feliz porque el Liverpool se aferró al milagro y remontó el partido hasta rematarlo en la tanda de penaltis. Aquella afrenta, para un ganador, fue como un trago de vinagre en el desierto. Pero todas las afrentas se pagan, y aquel día Maldini supo que debía seguir jugando al fútbol porque algún día el destino le volvería a poner por delante de la cotidianidad. Dos años más tarde, con un Maldini curtido y mentalizado, el Milan enjauló al Liverpool y volvió a tomar lo que era suyo; aquella copa orejona que se había convertido en el mejor testigo de sus hazañas.

Paolo Maldini aprendió de Baresi lo que ya había escuchado en las lecciones de infancia cada vez que su padre le veía correr tras la pelota en el jardín de su casa. Su padre no era un tipo cualquiera sino el, hasta entonces, mejor defensa en la historia del Milan. Cesare Maldini fue César en una zaga que hizo del catenaccio símbolo de identidad y que ganó las primeras copas de Europa en la historia del club. Pero Paolo fue más que un César. Al principio, mirada tímida y cabeza gacha, caminaba entre sus compañeros mientras los dedos le apuntaban a la espalda; "Mira, por ahí va el hijo de Césare". Pasó el tiempo, pasó el fútbol y llegó hasta la retirada. Hoy, Paolo Maldini sigue acudiendo a Maranello para mantener su forma física. En alguna ocasión, tras él, camina, ya renqueante, su anciano padre y es a él a quien ahora apuntan los dedos; "Mira, por ahí va el padre de Paolo". Ambos mitos, ambos grandes. Ambos llegaron a ser conocidos como "Il Capitano".

Pero no todo el universo milanista supo apreciar a Maldini como un tipo único en el fútbol. En su despedida, mientras dibujaba una vuelta de honor sobre el césped de San Siro con la mano en alto, la grada más radical del Milan le reprochó todos sus enfrentamientos. Ni el uno, ni los otros, se sintieron jamás en armonía. "Nunca serás nuestro capitán", le recordaron en forma de pancarta. Aquel sector adoraba a Baresi y nunca supo apreciar a Maldini. Fueron veinticuatro años de tormento para ellos.

Y es que ¿Quién no podía sentir admiración hacia Paolo Maldini? Solamente un necio radical. Maldini hizo escuela en el lateral izquierdo a pesar de que la zurda nunca fue su pierna buena. Maldini era diestro, sí, pero jamás podría adivininársele una carencia por ello. Era, por encima de todo, un defensor inteligente; al rápido lo cuerpeaba, al lento le ofrecía la salida por afuera para comersele en velocidad, al astuto lo retaba, al miedoso lo amedrentaba

Maldini pudo haber sido todo y se quedó en casi todo ¿Qué le faltó? Sus dos mayores frustraciones visten el color azurro de la selección italiana. En 1994, tras una final prodigiosa en la que se tuvo que ver con Cafú, escondió la cabeza bajo la zamarra después de que Baggio fallase el penalti definitivo. En 2000, tras capitanear una selección amparada por la suerte, el desamparo llegó en el último segundo con aquel gol de Wiltord que significó el principio del fin. Ni mundial, ni Eurocopa. Por ello, el día que un cabezazo de Ahn le dejó fuera del mundial de 2002 decidió que aquellas habían sido sus últimas lágrimas sobre el azul.

Se retiró del equipo nacional, dejó el brazalete a Cannavaro y fueron muchos los que vaticinaron el fin de su carrera deportiva. Y esa es la sensación que deja su juego en esa misma temporada en la que Maldini solamente ha disputado veinticuatro partidos y tiene una presencia, casi testimonial, en los éxitos del equipo. Parecía la hora del adiós, del relevo y de los homenajes, pero el mejor homenaje lo brinda el orgullo. La temporada siguiente Maldini vuelve a ser un fijo en en el once titular del Milan, Ancelotti le convierte en pilar indiscutible, situa a Pirlo en el mediocentro y libera a Schevchenko de cualquier responsabilidad. El resultado es una copa de Europa más levatnada por el eterno capitán.

Mientras, Cannavaro luce con orgullo el brazalete heredado por Maldini. Y tanto lustre le saca que es él el encargado de levantar la copa del mundo que tanto se le resistió al capitano Paolo. La ecuación improbable se hace aún más sorprendente cuando el nuevo capitán es premiado con el Balón de Oro por France Football. Lo flagrante se hace tangible. A Maldini le habían premiado en dos ocasiones con el Balón de Bronce porque se excusaban que el más preciado metal no estaba hecho para revestir defensores. Cruenta mentira como demostró el tiempo. Ni él, ni tampoco Roberto Carlos, los dos mejores laterales izquierdos de la historia, fueron nunca galardonados como los mejores del mundo. Quizá tampoco les hizo falta; la memoria es su mejor juez.

Su zona de influencia era tan temida que incluso los grandes jugadores rehusaban de acercarse por allí. El propio Zidane, en declaraciones previas a un partido llegó a declarar: "Cuando juego contra el Milan prefiero escorarme a la izquierda. No me gusta encontrarme con Maldini". Más elocuentes fueron las palabras de su compañero Kaka, por entonces referencia del fútbol mundial, quien, tras una nueva batalla ganada salió del campo impresionado para preguntarse "¿Cómo es posible que este hombre, después de ganarlo todo, mantenga invicta la ambición?". La respuesta estaba en sus miradas, en sus sonrisas con la copa en alto, en sus carreras contra el delantero rival.

Ambición. Sacada la palabra a la palestra no hace falta buscar otro término para analizar la carrera de Paolo Maldini. Quiso retirarse en 2004, lo tenía todo planeado; un añito más, quizá otro título, varias decenas de partidos y una despedida digna. Pero sucedió que en diciembre de 2003 Boca Juniors les ganó la final del mundialito de clubes. Y Maldini supo que algún día el destino le recompeensaría con una revancha. Y por ello se quedó, y esperó, y encontró. En 2007, después de levantar su quinta copa de Europa, viajó a Japón para volver a verse las caras con Boca. Y entonces volvió a ganar. Y entonces volvió a decir "hasta aquí hemos llegado". Y entonces se le reconoció como el mejor "One club man" de la historia del fútbol. Difícil encontrar quien le supere.

En activo hasta los cuarenta años y con seiscientos cuarenta y siete partidos en Serie A ¿Algún record más? Uno anecdótico: es el jugador en marcar el gol más rápido en una final de la Copa de Europa ¿Alguna otra mención? Más de mil partidos jugados en la zona de atrás y solamente una tarjeta roja directa, amén de otras tres expulsiones por doble amarilla. Brillante, limpio y con explendor. Toda una academia defensiva.

Maldini llegó a un Milan de entreguerras, sacudido por el descenso administrativo de 1980 y en busca de una identidad perdida. No tardó demasiado en convertirse en el mejor equipo del mundo y en sus cifras ganadoras aparecen aquellos cincuenta y tres partidos en Serie A en los que el equipo se mantuvo invicto. Casi dos temporadas completas. Al equipo, entonces, ya lo entrenaba Capello y Maldini, entonces, ya no era solamente un lateral izquierdo. Poco a poco se fue reconvirtiendo hasta convertirse en un defensor central de primer nivel. Tuvo el mejor maestro y ejecutó a la perfección todas las enseñanzas. Después de amargar la vida a tipos como Michel, Lentini, Kanchelskis, Beckham o Figo, pasaba al centro de la zaga para vérselas con Ronaldo, Henry, Van Nistelrooy, Eto'o o Ibrahimovic. Todo un acicate para un hombre al que no le asustaban los retos.

Tantos retos superó que inclusó produjo un efecto iluminador en la afición rival. En el último derbi milanés disputado entre Inter y Milan y con Maldini de capitán, mientras los radicales milanistas refunfuñaban por no reconocer el mérito de su capitán, desde la grada interista se desplegó una pancarta; "En la cancha nuestro rival, en la vida siempre leal". Siempre leal al Milan desde que Nils Liedholm le hiciera debutar en aquella fría tarde de enero en Udine. Entonces, los amantes de la crítica se lanzaron al cuello del sueco haciendo creer que el debut del niño Maldini era un favor que el viejo Nils le hacía a su gran amigo Cesare. La verdad la ofreció el tiempo y las ocho finales de copa de Europa que jugó Paolo. Tan sólo Gento jugó tantas finales. Ellos dos y nadie más. Menudo favor le hizo al fútbol el viejo Nils.

Con alma de capitán desde pequeño, anduvo siempre detrás de un brazalete fantasma. Fue capitán en su país antes que en su equipo. Siempre tras la estela del gran Baresi iba recogiendo los legados que Franco le iba dejando. Primero en azul, más tarde en rossonero y por último en el corazón del fútbol. Con Italia jugó ciento veintiséis partidos y con el Milan más de mil. El Milan, el gran Milan de su padre. Fiel a unos colores pese a que de pequeño se quedó anonadado después de ver jugar a Franco Causio y Roberto Bettega. Quiso ser de la Juve, más su progenitor le dejó las cosas claras: "En esta casa el blanco se cambia por el rojo". Y así aprendió a soñar en rossonero. Lideró el proyecto megalítico de Silvio Berlusconi y se retiró con la satisfacción que quien ha dejado una huella imborrable tras él. El público en pie, la mano en alto y una camiseta sobrevolando las gradas del viejo Giussepe Meazza. El número tres a la espalda y una promesa lanzada al aire: el número tres no se retira, simplemente espera. Si alguno de los hijos de Maldini llega a profesional y juega en el primer equipo del Milan tendrán derecho a vestir el número de su padre. Solamente ellos, ninguno más. Visto al abuelo, visto al padre ¿Alguien se imagina cómo podría ser el hijo? Lo imposible vive en el recuerdo, lo posible vive en el anhelo.

martes, 23 de octubre de 2012

El clásico

No hay partido entre clubes más seguido en el mundo, no hay un acontecimiento deportivo que traspase tantas fronteras, no hay una rivalidad mediática que raye más lo absurdo y lo banal, no hay una pasión que se asemeje más al latido de un corazón cada vez que el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona saltan al terreno de juego y el mundo se para. Se alzan las voces, se ondean las banderas y ya no existe el silencio durante los siguientes días. Y cuando acaba uno, siempre empieza otro. Siempre hay un motivo para la discordia, un motivo más para la guerra, un motivo más para vivir. Y solamente se trata de un partido de fútbol.

Pero un Barça - Madrid no es un partido de fútbol al uso. Un Barça - Madrid, en la actualidad, enfrenta al mejor equipo del siglo XX contra el mejor equipo del siglo XXI. Eso no es poco. Como no fue poco aquel once a uno que le endosaron los blancos a los azulgranas en 1942 y a raíz de cual se enquistó una amistad que se había ido fraguando partido a partido, roce a roce, desde los ancestros de los primeros partidos de copa. Cuentas las crónicas que los jugadores del Barça se sintieron tan intimidados por el público en aquel partido de vuelta de semifinales de 1942 que renunciaron al juego para emplearse en su defensa personal. Exageración o no, el caso es que aquel resultado, el más abultado de la historia en sus enfrentamientos mutuos, tuvo un punto de inflexión. Desde entonces, cada visita a campo rival se convierte en un infierno para ambos contendientes. Cada partido es un vida o muerte, un camino de funambulista, un motivo para levantarse un lunes para trabajar.

El fútbol tardó en llegar. El Madrid fue superior durante muchos años y culminó su excelencia con un puñado de jóvenes liderados por un pecoso descarado. Eran la Quinta del Buitre. Ganaron cinco ligas consecutivas y se recrearon en exceso en cada una de sus victorias como local. El antídoto vino de Holanda. Johan Cruyff, otrora dueño del balón, ideó un libreto de cuyos márgenes jamás volvería a salirse el Barça para no esquivar el éxito. El Dream Team compitió con fútbol y dejó alguna victoria histórica y algún resultado sonrojante.

Pero no todo es felicidad en casa del dichado y muchas veces, ríe mejor quien termina riendo el último. Al cinco cero que le endosó el Barça al Madrid en la noche de Reyes de 1994 respondieron los blancos un año después con otra manita histórica. Eran tiempos convulsos, de una liga más pasional, más igualada, de dos formas de ver el fútbol desde una misma perspectiva; ganar de cualquier manera. El Dream Team murió de éxito y a los años convulsos les sucedieron años de vino y rosas en color blanco. Los galácticos, les llamaron. Una constelación de estrellas adquiridas a golpe de talón que dieron glamour y títulos a la casa blanca. A la desazón respondió el Barça con una sonrisa; Ronaldinho volvió a desequilibrar la balanza y sacó al Barça de una depresión post parto que casi acaba con su vida.

Ronaldinho fue el galáctico que se le escapó a Florentino por hacerle prometer que esperaría un año más. Pero Ronaldinho no es de los que esperan y aterrizó en Barcelona para devolverle la sonrisa a un enfermo terminal. Otro galáctico rechazado por Florentino llegó a Barcelona para formar pareja con el gaucho, era Samuel Eto'o, un león indomable que un día dijo que se quedaba en el Bernabéu y como un hijo desarraigado se acostumbró a celebrar goles contra los blancos con rabia descontrolada. Pero ningún proscrito tan rechazado en la capital como Luis Enrique. El asturiano tomó el puente aéreo para decirle adiós a los madridistas y hacerse una foto con la camiseta del Barça. Llegó un día en el que dijo que no le gustaba verse en las fotos vestido de blanco y, por ello, en cada visita al Bernabéu recibía la pitada por respuesta. Él lo celebraba besando el escudo y el polvorín se inundaba de decibelios. Decibelios que hoy en día resuenan en Barcelona cada vez que Mourinho, otro proscrito para la causa, visita el Camp Nou y, rodilla en tierra, celebra goles que valen campeonatos. Pero hubo un día en el que se apagaron los decibelios. Fue el día en el que Raúl picó un balón por encima de Hesp y se llevó el dedo a la boca para decirle a todo el barcelonismo que él era el auténtico héroe en el cénit de la batalla. Aquella foto se convirtió en postal para el madridismo y aún hay muchos que recuerdan al gran capitán en un gesto que ganó una batalla pero que no hizo sino encrudecer la guerra.

Y esta es una guerra que nunca acaba. Una guerra que comenzó en 1902 y que se ha ido conviritendo en un desatado conflicto nuclear armado hasta el punto de ser seguido por más de quinientos millones de personas a lo largo y ancho del mundo. Una guerra con doscientas cincuenta y tres batallas, ciento cinco de ellas ganadas por el Barcelona y noventa y dos ganadas por el Real Madrid, con cuatrocientas treinta y nueve balas de cañón en la portería blanca y cuatrocientas doce en la portería azulgrana. Con un campo de batalla dividido en dos zonas: Un Bernabéu donde noventa minuti son molto longos y un Camp Nou donde el infierno da la bienvenida en forma de mosaico. Un duelo al sol donde el fútbol es más importante que la vida y donde la muerte tiene el sabor de una derrota. Un partido que fue equilibrado durante muchos años hasta que el Barça cayó en decadencia tras perder una final de Copa de Europa después de destrozar los postes del estado Wankdorf de Berna. A raíz de entonces el Madrid se hizo amo de España después de haber conquistao Europa a golpe de gol. La depresión duró décadas y el complejo de inferioridad duró casi medio siglo. Justo hasta que llegó Guardiola para sacar al Barça de las catacumbas y hacerlo pasear por Europa con la cara levantada. Entonces llegaron el dos a seis y el cinco a cero y nada, a partir de entonces, volvió a ser lo mismo.

Porque Guardiola tenía un as en la manga. Un prometedor extremo al que convirtió en todocampista por la gracia del balón. Lio Messi fue el mesías largamente esperado y de sus regates nacieron goles y jugadas, todas ellas de ensueño. Se acostumbró tanto a vacunar al Madrid que campaba en cada duelo como el sheriff que dicta la ley. Necesitaba una némesis y para ello, Florentino, más dado a la bravata que a la paciencia, volvió a tirar de chequera para fichar a Cristiano Ronaldo. Los duelos a sangre y gol entre los dos dueños del fútbol actual son de una dimensión tan grande que todo un país puede parar para perderse en un debate banal de sobremesa. Uno gobierna sobre el otro y los dos gobiernan sobre todos. Como gobiernan Casillas y Puyol sobre nuestros corazones. Ambos, capitanes de contienda viril, se enjaulan entre grillos para dirimirar su poderío y, más allá de las huestes, son capaces de liderar nuestro mejor equipo nacional de siempre. Son las esquirlas apagadas de una llama que tuvo su punto culminante el día que Ramón Mendoza se unió a los Ultra Sur en el aeropuerto de Barajas y botó desenfrenado después de que el Madrid le ganara la Supercopa de España a su enemigo en campo contrario. Anécdotas y rivalidad enconada, retazos de un duelo al que el periodismo bautizó como "El clásico" y que va creciendo en mediatizidad hasta el punto de ensombrecer cualquier aspiración ajena.

Los primeros grandes duelos se dieron en la competición de copa. Cuando la liga aún era un proyecto sin concrecciones, la Copa de España era la salida natural para el talento de los jugadores. En dos décadas, Real Madrid y Barcelona se enfrentaron quince veces en elimintarias de copa, dejando para la historia el memorable empate a seis del año 1915. Mucho tiempo después, casi setenta años, volvieron a enfrentarse en Copa, esta vez en una final. Eran tiempos de complejos y orgullos; el madridismo paseaba su bandera por España y el Barça gobernaba en su reducto de Cataluña. Mientras, los equipos vascos se llevaban las ligas y a ellos les tocaba dirimir duelos coperos. En 1983 Marcos batió a Miguel Ángel con un cabezazo imposible y Schuster recorrió el ancho del campo dedicando cortes de manga a la grada merengue. Podría haber sido considerada una ofensa imperdonable, pero el alemán terminó claudicando al orgullo y cambió de destino para vestir de blanco. Aquella ofensa también la cometió Laudrup, quien con su habitual elegancia ayudó a cambiar el ciclo y lideró el cinco a cero del año de Valdano. Pero a nadie le castigaron verbalmente por sus pecados como lo hicieron con Luis Figo. El portugués, santo y seña de una época gris oscura, terminó por aceptar las pretensiones de Florentino y abandonó Barcelona destino Madrid el año que ganó el Balón de Oro. Un futbolista de dimensiones capitales y un judas traidor en la costa noreste de la península. En su primer recibimiento recibió una pitada, en el segundo, una cabeza de cochinillo. Así las gastan cuando se juega con el corazón. El dinero vale mucho, pero los sentimientos, en fútbol, lo valen todo.

De sentimientos enconados han entendido otros jugadores a lo largo de estos años. En la Supercopa de 1991 se encontraron, frente a frente, Stoichkov y Hugo Sánchez. Ambos habían compartido la bota de oro y a ambos le correspondía la responsabilidad del gol, pero por si algo pasaron a la historia en aquel duelo es por su comportamiento extradeportivo. Primero le tocó el turno al búlgaro, quien en un arrebato de frustración, pisó el pie del árbitro viendo la tarjeta roja inmediatamente. Terminado el partido, y a modo de celebración, el mexicano se echó mano a sus partes para dedicarle al público del Camp Nou la victoria. Momentos para olvidar ha habido siempre, personajes lamentables también. Magníficos futbolistas los seguirá habiendo.

Magnífico fue Cruyff, quien volvió a despertar a Cataluña de su letargo. El influjo trajo una liga, pero, como ocurriría con Ronaldinho años más tarde, la sonrisa volvió a vestir de color una ciudad condenada al blanco y negro. Durante muchos años el Madrid gobernó Barcelona con puño de hierro, pero a medidados de los setenta comenzó a encontrar un campo de minas en el Camp Nou. Tanto fue así que hasta el malogrado Guruceta hubo de poner participación en la contienda pitando penalti en una caída fuera del área. Eran los últimos años del franquismo, cuando el Barça más lloraba y el Madrid más reía. Sus caminos se habían separado desde aquel dos a uno del trece de mayo de 1902 cuando se habían enfrentado por primera vez. Entonces ganó el Barça. Ahora, en títulos, también ganan los azulgrana, con setenta y nueve trofeos en sus vitrinas por setenta y seis de su máximo rival. Mejores museos deportivos nos existen.

En 1960 el Barcelona contaba con ocho ligas y el Real Madrid con seis. Diez años después, el Madrid tenía catorce y el Barça seguía en sus ocho. Tuvieron que pasar catorce años para que el Barcelona sumase su novena liga y entonces, el Madrid ya tenía quince en su palmarés. Fueron días difíciles. Tanto como aquel en el que al Barça le tocó hacer pasillo al campeón blanco en su propio estadio y, de postre, se llevó cuatro goles. Nunca es fácil la derrota, mucho menos la humillación. Pero el Barça ha sabido reactivarse sobremanera en estos últimos veinte años. De su camiseta han salido seis balones de oro y de su cantera han salido los dos mejores futbolistas de la historia de España, Iniesta y Xavi, dos genios que, Messi aparte, le han dado al fútbol una concepción tan pura que puede resultar inimitable.

En la temporada 1928 - 1929 ya se disputaron mano a mano la primera liga. Aquel primer trofeo cayó en manos del Barcelona y el Madrid hubo de esperar un par de años para igualar el palmarés de su rival. Sin embargo, aquellos primeros años no eran propiedad privada de quienes hoy se han convertido en colosos incuestionables. A la sombra del Athletic, debian de conformarse con disputar duelos a vida o muerte que muchas veces terminaban que heridas en el orgullo. En la temporada 1934 - 1935 se enfrentaron por vez primera en el Bernabéu y el Madrid ganó por ocho goles a dos. El Barcelona esperó toda una vuelta con sangre en el ojo y le endosó un cinco a cero a su rival en el partido de la segunda vuelta. La manita blaugrana se ido convirtiendo, esporádicamente, en seña de identidad a la hora de presumir ante su rival, pero ninguna será tan recordada como aquel famoso cero a cinco de 1974 que culminó el año perfecto de Johan Cruyff.

De grandes personajes viven las grandes rivalidades. Cruyff no fue el único, si acaso un invitado más. Nadie como Samitier supo romper los corazones de una Barcelona republicana y con aires de modernidad. Dio el portazo como un ídolo y regresó con el máximo rival para volver a ganar una liga, esta vez con un color diferente. Se convirtió en amado, odiado y amado otra vez. Nadie pudo volver a presumir de ello. La estela de Samitier se apagó con la guerra. Veinte días antes de que el conflicto armado dividiese a España, ambos equipos se enfrentaron en la final de copa. Era como un preámbulo de lo que habría de venir. Dos Españas, dos sentimientos, dos maneras de llorar. El Madrid ganó por dos goles a uno y no volverían a verse las caras hasta el año cuarenta. Nunca más estuvieron cinco años sin verse las caras.

Pero si de algo ha vivido esta rivalidad a lo largo de ciento diez años es de puntos de inflexión. Dos tienen nombre de futbolista y dos tienen nombre de final. En 1950 llega a Barcelona Ladislao Kubala y el Barça se sentirá amo de España. En 1953 llega a Madrid Alfredo Di Stéfano y el Real se sentirá amo de Europa. Entre ambos sumaron catorce ligas y seis copas y, por encima de todas las cosas, sumaron fútbol y una rivalidad tan sana que, salvo excepciones, casi sería imposible de extrapolar a día de hoy. Pero, por encima de todas las cosas, lo que marcó al Barça, para siempre, y para bien y para mal, fueron las finales de 1986 y de 1990. En el ochenta y seis, en Sevilla, no estaba el Madrid, pero aquella derrota ante el Steaua dejó a los blancos como único equipo alegre en España. La caída del Barça, en picado y sin frenos, casi le llevó hasta la desesperación, pero fue otra final, esta vez en Copa y esta vez sí, ante el Madrid, la que cambió para siempre las tornas de la tradición. Aquel día el Barça perdió el miedo y los complejos, ganó al gran Madrid de Toshack y, sobre todo, le ganó el partido a todos sus fantasmas y demonios.

El fútbol, desde entonces, es una montaña rusa que vive de luces, sombras y cambios de ciclo. La aglomeración de éxitos ha calcinado nuestra liga y ahora los dos gigantes solamente viven un mal año cuando quedan en segunda posición. Más abajo no pueden caer, se han ocupado de ello. Tan enconadamente enfrentados en el terreno de juego y tan cínicamente unidos fuera de él, se han convertido en el mayor poder fáctico contra los grandes aspirantes a un trono que nunca podrán alcanzar. El monstruo de dos cabezas se bipolariza para volver a enfrentarse a sí mismo cada temporada. Pueden ser dos, cuatro o seis veces. A lo sumo siete u ocho contando todas las finales. Aunque fuese una vez sóla se volvería a parar el mundo. El día que Messi y Cristiano son portada en el mundo es el día en el que no existen crisis ni existencias. El blanco y el azulgrana lo acaparan todo. Es el clásico, el mejor partido de fútbol del mundo. Una constelación de estrellas para una historia centenaria. Una historia centenaria en un puñado de goles. Y mientras siga girando el mundo volverán a verse las caras, una y otra vez, condenados a enfrentarse, condenados a odiarse mientras se dan, de nuevo, la bienvenida al País de Nunca Jamás.

lunes, 8 de octubre de 2012

La batalla de Florencia

Uruguay no estaba y aquello le daba más oportunidades a los europeos. Uruguay era el mejor equipo del mundo; combinaba técnica con fuerza, velocidad con precisión, sangre con fuego. Pero los uruguayos se sentían ofendidos por el boicot que los europeos le habían hecho a su mundial y por ello decidieron no cruzar el Atlántico y presentarse en Italia para defender su corona. Y tras Uruguay no había mucho favoritismo; se hablaba de Austria, se hablaba de Checoslovaquia y se hablaba de España.

España había jugado contra Italia en los Juegos Olímpicos de Amberes y en los de Amsterdam. En 1920 habían ganado los españoles, obteniendo una furia como calificativo y una medalla de plata como premio. En 1928 habían ganado los italianos y el tiempo había dejado para un mundial de fútbol la revancha definitiva. Eran cuartos de final, se jugaba en Florencia e Italia estaba galardonada de banderas tricolores y enseñas fascistas. Pero España era un gran equipo y en la portería estaba Zamora.

Zamora era el Dios de los tres palos. El hombre que copaba portadas y tertulias, el gato que volaba a las escuadras y sacaba brillo a los postes. Un héroe nacional con jersey de lana que ocupaba el área con autoridad. Pero a Zamora le picaron en aquel partido. Primero le impidieron saltar y vio, impotente, como Italia celebraba el empate a uno. Después le golpearon y le mandaron a la enfermería. Por último, desde la inutlidad que aporta la grada, hubo de ver como a su amigo Nogués le volvían a hacer falta antes del gol definitivo que valía una victoria italiana en el desempate.

Era difícil jugar contra el poder político. Mussolini, que se había encargado personalmente de que Italia organizase aquel torneo, recibía a sus jugadores brazo en alto, como un César, y con un brillo en la mirada que transmitía seguridad. Aquella España estaba en las antípodas; republicana, democrática y soñadora. No duraron mucho los sueños. Tampoco los de los futbolistas, aplastados por las botas de los italianos y acorralados por el árbitro Louis Baert, quien no volvió a pitar un partido internacional y quien fue señalado como símbolo de vergüenza. Tampoco hizo mucho Jules Rimet por cortar las sangrías, no hicieron mucho los poderes fácticos para evitar mirar hacia otro lado. Los españoles perdieron, les acuchillaron el orgullo y regresaron a España como héroes de carne y hueso. Alcalá Zamora les recibió personalmente y les entregó la Orden Civil de la República. Una distinción heróica para una veintena de mártires.

Los golpes llegaban de todos los lados. "Il Duce" estaba en Roma pero la consigna era clara; "ganar de cualquier manera". Y no tenía mal equipo Italia, pero estaba demasiado bien aleccionada como para dejar escapar su oportunidad. "Vencer o morir", les habían dicho. No podían hacer otra cosa. Los españoles, que metidos en harina, no eran fáciles de amedrentar, se volcaron en el ejercicio de la respuesta y no termino siendo aquello un partido de fútbol, sino una batalla campal. Once tipos, siete por España y cuatro por Italia, no pudieron jugar el partido de desempate. Demasiadas heridas abiertas, demasiadas lágrimas encendidas.

El desempate fue igual de cruento e igual de injusto. Italia ganó, Meazza marcó, Mussolini sonrió. Ahí tenía su premio y solamente le quedaban dos peldaños para llegar al final de la escalera. Dos semanas antes había sido meridianamente claro y conciso: "Italia debe ganar el mundial", había dicho. "Haremos lo que se pueda", le contestaron. "No me han entendido", sentenció, "he dicho que Italia debe ganar el mundial". Por lo civil o por lo criminal. Por el talento o por el factor externo. Por miedo o por justicia.

"Inscribid a Monti y a Demaría", fue su primera orden. "Pero, mi duce, no pueden jugar, no llevan tres años con nosotros". "Inscribid a Monti y a Demaría", repitió. Y Monti y Demaría jugaron el mundial. La normativa FIFA impedía jugar con una selección a ningún jugador oriundo que llevase menos de tres años de residencia en el país de acogida. Monti y Demaría llevaban menos de tres años en Italia, pero jugaron. Y jugaron bien, porque eran muy buenos. A Monti lo reclutó Mussolini bajo la táctica de la amenaza sibilina. Con Demaría fueron más concisos, "¿Cuánto quieres por jugar en Italia?". Los argentinos mandaban en Italia y en España mandaban Ciriaco y Quincoces, los defensas del Real Madrid; altos, fuertes y formales. Dos rocas de granito que cumplían la máxima de la época: o el balón o el jugador, pero los dos juntos no pasan. Y España brillaba, por encima de todas, la figura estética de Isidro Lángara, un cazagoles de antología, un rematador sensacional que convertía en oro todo lo que tocaba. Monti y Demaría jugaron el desempate, pero Ciriaco, Quincoces y Lángara no pudieron hacerlo. Demasiado desequilibrio para una misión imposible. España dio la cara, acongojó a Florencia e hizo soñar a una Iberia sumergida en sueños. Pero de nuevo el árbitro se interpuso en los caminos del destino. René Mercet se llamaba este. Tampoco volvió a arbitrar un partido en su vida.

El día treinta y uno de mayo de 1934 se jugó el primer partido. Ahí hubiese acabado la historia si a Lafuente no le hubiesen anulado el gol legal que suponía el dos a uno. Al día siguiente, el uno de junio, se jugó el replay. Y allí acabó todo porque a España le anularon otros tres goles legales. Acabó de mala forma, con unos riendo y otros llorando, con sagre y sudor, con lágrimas de emoción y lágrimas de rabia. La prensa fue clara al día siguiente. "La batalla de Florencia", titularon. Aquello era una guerra para Italia, y el camino estaba plagado de minas. Primero España, furia roja, después Austria, Wunderteam, por último Chescoslováquia, mágicos bohemios. Todos cayeron, ninguno pudo levantarse. Italia fue campeona y Mussolini fue el amo del mundo durante unos días. Meazza, Orsi, Monti, grandes estrellas. Había equipo para ganar, pero la duda correrá siempre paralela a la historia.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pichichis: Manuel Olivares

Manuel Olivares fue un delantero demasiado listo para su tiempo y demasiado adelantado a su época como para no haber sido lo suficientemente apreciado. Un ratón de área que aprovechaba los despistes y castigaba con goles los balones sueltos. Audaz, rápido y potente en carrera, tiraba desmarques a la espalda de los defensas y marcaba goles después de burlar a los porteros.

Viajó a San Sebastián de niño y no pudo contener la nostalgia cuando la profesión le llevó lejos de casa. Regresó para jugar en Atocha y apurar sus últimos goles vestido con el azul y blanco de la Real Sociedad demostrando que, a veces, los sueños de niño terminan cumpliéndose cuando el corazón late por un pasión.

Pudo desmarcarse mil veces en el área, pero no pudo desmarcarse de la maldita Guerra Civil que partió en dos a España y que le obligó a buscar fortuna en los campos de combate. Cuando regresó al fútbol ya no era un futbolista rápido, ni potente, ni goleador, sino un veterano de mil batallas que debió buscar el banquillo como punto de fuga y alternó el gabán con el pantalón corto en algún lance esporádico. En sus ojos de hombre guipuzcoano aún brillaba el sol de las Islas Baleares, aquellas que le vieron nacer y de cuyo mar aún recordaba el sabor de la sal mediterránea. Pero aquello fue en su infancia. Su adolescencia y juventud se forjaron en el Cantábrico y sin salir de las Vascongadas viajó a Vitoria para fichar por el Alavés y convertirse en el primer goleador del equipo en su historia en la primera división española.

Fue con goles como alcanzó la fama y fue la fama la que le llevó a debutar con la selección española. Solamente jugó un partido, el que España perdió frente a Checoslovaquia en 1930, pero en aquellos años no era fácil ser internacional teniendo en cuenta que apenas se disputaban partidos y que solamente jugaban once futbolistas por equipo. Aquello, pues, tuvo su dosis de mérito. Igual que lo tuvo lo de volver a jugar cuando ya se había retirado, o lo de marcar diecinueve goles en su primera temporada con el Alavés. Sus facultades no pasaron desapercibidas para los clubes poderosos y no fueron pocos los que viajaron hasta Álava para llamar a la puerta de su presidente.

Finalmente fue el Real Madrid quien se hizo con sus servicios. Para el hijo de un carabinero obligado a emigrar y buscarse la vida, vivir en la capital era poco más que cumplir el sueño de varias generaciones. En una época en la que los medios de transporte eran artículos de lujo, Madrid se divisaba desde la costa como aquella ciudad de interior a muchos días de distancia. Pero Olivares, a quien ya apodaban "El Negro" porque tenía la piel morena color caoba, buscó su identidad en un equipo que buscaba la suya propia. Junto a sus amigos Ciriaco y Quincoces aterriza en Madrid y dibujan un equipo casi invencible. Dos ligas, dos copas y un trofeo pichichi serán el palmarés de Manuel Olivares durante sus dos años de estancia en la capital. Un rédito demasiado fructífero como para no sentirse orgulloso.

En Madrid dejó recuerdos, amigos y su mejor fútbol. En San Sebastián inció una cuesta abajo que le terminó mandando a Zaragoza donde terminó por retirarse en dos ocasiones. Su carrera en los banquillos no fue muy fructífera y finalmente terminó sus días como corredor de seguros. Muchos de los jóvenes de nuevas generaciones no sabían que, cuando contrataban un seguro, tenían frente a ellos al máximo goleador de la temporada 1932-1933, a un delantero que había jugado más de treinta partidos y había marcado más de treinta goles con el Real Madrid y un hombre que fue internacional con España cuando jugar con la selección era más un sueño que un objetivo.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

El hombre de hielo

Era un futbolista impresionante; un esteta, un creativo, un innovador, un genio. Le aterraba volar pero con los pies en el suelo era inigualable, domaba la pelota con la mirada y como un prestidigitador mantenía la mirada fija y los defensas caían hipnotizados a sus pies, tal vez aterrados ante el ridículo, muchas veces impresionados ante la variedad de recursos de aquel delantero rubio.

Se crió en la mayor escuela de talentos de Europa, dio un paso al frente en la final de la una Copa de la Uefa y viajó a Italia para estrellarse contra el muro del catenaccio. Perdió la felicidad y perdió el duende, perdió la fé y perdió el fútbol. Apresado en un castillo de hormigón suplicó ayuda y un joven entrenador francés acudió al rescate y le obligó a prometer espectáculo a cambio de romper sus grilletes.

La promesa fue magia. El rubio se instaló en Londres y en pocos meses ya era un ídolo. Pocos años después se había convertido en un Dios pagano vestido de rojo y blanco. Inventaba goles, ingeniaba pases imposibles y levantaba a la grada cada vez que merodeaba el área. No era un delantero centro, pero tampoco un mediapunta; era un espíritu libre que ingeniaba goles con la cabeza levantada. Buscaba el hueco, el espacio y, tac, el balón terminaba en la escuadra, junto al palo o debajo de las piernas del portero.

Muchas veces lo hacía después de haber humillado a un defensa. No era un jugador altivo y de aires superiores, pero gustaba jugar al circo; hacía magia, ilusionismo, regates imposibles, remates increíbles. Se despidió una tarde de primavera y llovieron aplausos sobre su espalda. No hubo más tardes, ni más goles, ni más trucos de mago. Pero quedó el recuerdo, imborrable, de un tipo que nació para hacernos a todos un poquito más felices.

martes, 11 de septiembre de 2012

Hugol

Había un jugador que jugaba a un solo toque, generalmente en el área, había un jugador que lo remataba todo y casi siempre bien, había un jugador que celebraba goles con volteretas, que inventaba remates acrobáticos, que tenía un cañón en la zurda y un bombardero en la cabeza, había un delantero que chutaba faltas junto al palo y penaltis al centro. Había un jugador que marcó trescientos goles, que jugó más de una década, que ganó varias ligas, que abandonó una orilla para traicionar el sentimiento de un niño que soñó con sus goles en las frías noches de invierno tras el Estudio Estadio del domingo.

Había una camiseta recién planchada y un nueve de escai cosido a la espalda. Había un escudo colorido, con varias rayas verticales, un oso y un madroño sombreado que reptaba en busca de un sueño. Hubo un sueño que cambió de acera, que se esfumó en un descampado, que dejó huérfana la camiseta de ese niño que presumía de delantero frente a sus compañeros de colegio.

Habíá un jugador que llegó como extremo y se consagró como delantero centro. Era el número nueve por excelencia, el tipo que tiraba desmarques a la espalda del central, el tipo que devolvía de primeras y se volvía para buscar el área, el tipo que lo remataba todo, la punta de lanza de un equipo que jugó de memoria y que sentó cátedra en un Bernabéu que aplaudía a rabiar cada tarde de domingo. Había un jugador que se dio a conocer de rojiblanco y triunfó para siempre de blanco mientras no tenía piedad de sus enemigos, ni siquiera de aquellos que un día le adoraron como el dios azteca del gol en el que se terminó convirtiendo.

lunes, 30 de julio de 2012

Escuela brasileña

Hace demasiado tiempo que Brasil no juega bien al fútbol. Con algún ramalazo que otro, ha ido sobreviviendo ante las adversidades después que la dungarización de su juego se llevase por delante a mitos como Falcao, Alemao o Valdo. Su juego, antes basado en la posesión y la improvisación, y que alcanzó su cénit en el verano español de 1982, ahora se basa en el orden, la táctica y la inspiración de sus estrellas. Así ganaron los mundiales de 1994 y 2002, con un equipo ordenadito atrás y dos genios delante como Romario y Ronaldo. Y así pretenden ganar los Juegos Olímpicos de Londres; con dos centrales expeditivos, dos mediocampistas de contención y cuatro locos del regate en la parte delantera.

Si extrapolamos este Brasil al que nos hizo bostezar en competiciones anteriores, al menos podemos alegar que Menezes pone en el campo más talento que sus predecesores. El fútbol, como acepción literal del juego visto como entretenimiento, aún queda distante, pero al menos, a ratos, la diversión está garantizada.

Hulk es una bala sin rumbo fijo, un torbellino que arranca el motor y no para hasta no probar el fusil de su pierna izquierda, una revolución convertida en extremo y que quiere vivir como un espíritu libre. Necesita espacios, necesita campo, necesita de un compañero que le haga aún mejor. Es una bomba de racimo en el contraataque, es la tormenta perfecta cuando el partido está enfrascado en el ida y vuelta.

Óscar es pie de seda y cuerpo de bailarín. Un joven aprendiz de Zidane que juega a la ruleta marsellesa utilizando los dos pies, un loco del ingenio, un cuerdo del área grande, un chico que promete tardes de espectáculo. Necesita el balón por encima de todas las cosas, necesita un compañero al que tirar una pared, necesita recitar poesía con un último pase. Es la elegancia de Brasil, es Sócrates reinventado, es el último mohicano de una estirpe casi olvidada.

Pato es energía controlada, es el movimiento preciso, es la lucidez del delantero de área chica. Le gusta venir atrás y tocar de primeras, le gusta encontrar el espacio, desaparecer un segundo y aparecer con un remate certero. Necesita amigos en la banda, necesita amigos en el centro, necesita amigos en el área. Sabe regatear y a veces define de maravilla, pero tiene fama de frío, de aprensivo, de indefinido. Pero es el gol del equipo cuando más se le necesita, el único capaz de tirar un desmarque y dejar cinco metros de área libres. Y eso hay que saber aprovecharlo.

Neymar es la estrella, el mediático, el gallito valiente del corral del Santos. Heredero de Pelé, con cintura de Robinho y estadística de Romario, ha ido derribando paredes al tiempo que le han ido poniendo trabas. La gente habla del poco nivel de la liga brasileña y él sigue generando obras de arte cada tarde de domingo. Necesita un balón en los pies, un defensa al que quebrar y un portero al que batir. No precisa de más cosas para convertirse en genio. Es la magia de un equipo que quiere ser oro olímpico, la vitalidad de un país que ha conquista el mundo en cinco ocasiones y aún no ha sido capaz de colgarse una medalla de oro en el olimpo de los deportes.

jueves, 12 de julio de 2012

El hombre langosta

Barcelona, 1922. Barcelona, 1957. Dos momentos, dos inauguraciones, dos estadios y un mismo tipo en el centro de las avenencias; José Samitier, que jugó en el primer equipo entre 1919 y 1933 y cuya celebridad obligó al club a cambiar su campo de juego. El mismo tipo que, años después, convenció a Ladislao Kubala de su lugar estaba en Barcelona, el mismo Kubala que obligó, una vez más, al club, a cambiar su campo de juego. El campo de la calle de la Industria, el estadio de Les Corts y el Camp Nou, y por encima de ellos, sobrevolando el mito de Samitier, el hombre que lideró al Barça en la consecución de la primera liga de su historia y el hombre que, años después, consiguió la segunda liga del club vestido de traje y sentado en el banquillo.

El mito de Samitier sobrevivió a la adversidad. A día de hoy, resulta prácticamente impensable imaginar que el mejor futbolista del Barça fiche por el Madrid y siga manteniendo su buen nombre prácticamente inmaculado. En Madrid, igual que en Barcelona, Samitier jugó con Zamora, ambos grandes amigos, ambos grandes estrellas. Los dos héroes deportivos de la época jugaron muchos partidos juntos tanto dentro como fuera del terreno de juego; ambos ganaron la medalla de plata en Amberes y ambos ganaron el corazón de millones de españoles. Igual que lo hizo otro portero, posterior a Zamora, al que apodaron el gato y a quien Samitier descubrió una cálida tarde de primavera realizando milagros bajo palos sobre la arena del barrio de Gracia; se llamaba Antoni Ramallets y fue el primer gran aporte de Samitier como secretario técnico del Barcelona. Puesto en el que se desempeñó durante diez y desde el que divisó, antes que nadie, las facultades de un argentino de pelo rubio tan rápido y tan certero que todos le llamaban "La Saeta". Di Stéfano, "La Saeta", y Samitier, terminaron fichando por el Real Madrid y el Barcelona perdió tres décadas en el camino a la búsqueda de su identidad.

Pero la segunda aventura de Samitier en el Madrid apenas duró un par de años, lo que tardó en discutir con Santiago Bernabéu a cuenta de ese jugador Húngaro pasado de kilos que el presidente blanco se había empeñado en fichar. Samitier fue claro; "Presidente, o Puskas o yo". Y la historia nos ha dejado claro en más de una ocasión cual fue la opción elegida por el presidente. Atrás quedaron años de un personaje inmenso, un tipo que acaparó fama, gloria y fortuna, el hombre al que sus remates imposibles apodaron como "El hombre langosta" y el hombre al que sus regates imparables apodaron como "El mago"; una institución, un mito, el hombre por el que cualquier barcelonista hubiese estado dispuesto a entregar sus ahorros. El hombre que huyó de España una vez hubo estallado la Guerra Civil y buscó en Francia a su amigo Ricardo Zamora para volver a encontrar un lugar donde vestirse de corto una vez más. Fue en su retiro, jugando en Niza, cuando Samitier supo que, aunque le pesasen las botas, él podia aportarle algo más al fútbol.

Y le aportó historia, tanta que es el único hombre de fútbol, junto a Gamper y Zamora, que tiene una calle a su nombre en Barcelona. Y es que allí se le perdonó todo; sus desavenencias con el club, sus deslices con el Madrid y sus excentricidades. Por ello, cuando regresó a Barcelona después de su segunda aventura en Madrid fue recibido, una vez más, con los brazos abiertos, como se recibe al hijo pródigo que ha escrito las mejores páginas del club; páginas como aquellas cinco copas de España, como aquella liga del veintinueve, como las doce copas de campeón de Cataluña. Y aunque en su único año como futbolista en la capital fue capaz de ganar el doblete liga y copa, todo dio igual en Barcelona, puede que aquella fuese otra época en la que la rivalidad no iba más allá de lo deportivo o puede que sus gestas fuesen para siempre inolvidables, pero el caso es que el nombre de José Samitier irá para siempre ligado a la historia de oro del Fútbol Club Barcelona.

Historia que comenzó en 1919 cuando el Barcelona regaló un traje con chaleco y un reloj con esfera luminosa al presidente del Internacional de Sans a cambio de un juvenil que jugaba como un maestro. E historia que terminó en 1972 cuando su corazón se frenó en seco y decidió que era hora de decirle adiós a la vida. Con su muerte nació el mito y florecieron los recuerdos; Barcelona, Amberes, Madrid; oro, plata, gloria; Zamora, Di Stéfano, Puskas; futbolista, entrenador, directivo; medio, delantero, interior izquierda y, por encima de todo, un futbolista impresionante, el primero en obligar al Barcelona a cambiar de estadio porque la gente se moría por verle.

martes, 10 de julio de 2012

El Brujo

Había un futbolista de aspecto hosco, de espaldas anchas, mandíbula recta, mirada tímida, remate devastador. Con el balón en los pies era un manual de la sencillez, toco y me voy, sin el balón en los pies era un manual del desmarque, amigo del segundo palo, como los delanteros de antaño, como aquellos asesinos del área de los que aprendió en su niñez junto a las aguas del cantábrico.

Recibía de espaldas, descargaba, buscaba el área y remataba. Casi siempre marcaba. Fue ídolo de masas en Gijón, donde hicieron cisma en pos de evitar su marcha, pero el pájaro libre buscaba otras tierras, otros mares, otras aspiraciones. Junto al Mediterráneo se hizo un nombre internacional, siguió anotando goles, ganó algún título y, sobre todo, ganó el cariño de otra afición. Lo suyo era ganar corazones porque representaba la nobleza, la profesionalidad, la eficacia, el esfuerzo entendido como obligación contractual.

Sufrió en sus carnes el secuestro y encogió el alma de todo un país. El día que regresó a la libertad, con la barba rala, los ojos húmedos y la boca seca, prometió seguir marcando goles. El maestro del remate siguió vacunando porteros, jugó hasta los cuarenta y dio lecciones de vida a todos los que, junto a él, pretendían aprender de fútbol. Regresó a casa, al cantábrico, al Molinón, a escuchar los gritos entusiasmados de una afición entregada, siguió ganando corazones y se ganó el respeto de toda España. Hasta su úlitimo día, hasta su último gol, El Brujo siguió hechizando a la grada y conjurando su instinto para salir victorioso en cada duelo contra el portero rival.