viernes, 30 de mayo de 2008

El fútbol de Calígula

Podría decir que no recuerdo cuando tomé el fútbol o quizás que desde siempre juego al fútbol. Buenos Aires vivía un paulatino cambio que terminó de plasmarse en los años 90. Hasta entonces, cuando la especulación inmobiliaria no había aterrizado, había potreros y ahí, sólo ahí, se veían los pingos, entre apuestas, piedras sobre la tierra y arcos de palos con travesaños de goma. Cuando los potreros fueron desapareciendo, y de hecho ya no quedan, la calle fue el campo y las ventanas fueron plateas desde donde también caían, como en nuestros grandes estadios, quejas, insultos y amenazas; partidos chivos de obstáculos urbanos como desniveles, árboles, adoquines desparejos, autos y doñas de compras.

Señas ancestrales hubieron dado la capitanía no al mejor jugador sino al más grande, que entonces decidía salir a los barrios sin camiseta; pensaba que el asunto de ir sin uniforme daba lugar a cierta subestimación que nos jugaba a favor. Aquel asunto fue una eterna discusión que terminó por resolverse rifando una canasta familiar a nombre de todos los vecinos. Así, a poco de comprar las camisetas, las mudanzas, los cumpleaños, las novias y otras yerbas dieron por terminadas nuestras presentaciones en aquel campeonato sin tablas. Las otras dos terceras partes del día las repartía en el colegio, jugando para el Oratorio que creara el benemérito Lorenzo Massa en la misma cancha donde se fundara San Lorenzo de Almagro y, por la tarde en los torneos internos de Ferro Carril Oeste.

Y transité las canchas por las inferiores de 3 clubes de primera, desde que no veía casi el horizonte y no sentía la pelota en los pies abotinados hasta entender la importancia de la táctica, la repartición de roles, la dosificación de la energía, la distribución del juego, la sincronización para tirar un off side, como pegarle a la pelota, el tiempo de un buen vendaje o de por qué un jugador es hincha del club donde juega. El olor del césped húmedo, los entrenamientos bajo la lluvia, los agujeros en los alambrados que usaban los números 10 para cortar camino y no trotar, los abdominales, los piques cortos, la popular, las infinitas gradas de la popular arriba y abajo, el dolor de piernas, los viajes en micro, los entrenamientos de la primera y alcanzando pelotas a Diego, Kempes, el pato Fillol, Passarella, Tarantini, Bochini, Chilavert, Cacho Saccardi, los consejos de Timoteo Griguol, los vestuarios con Rubén Insúa, la despampanante rubia de Miguelito Brindisi, los asombrosos entrenamientos de arqueros.

Puedo hablar horas de mi experiencia futbolística, que aun hoy, con otro handicap, continúa. Para mencionar dos o tres tópicos interesantes diré que si Umberto Eco encuentra dificultades para describir la diferencia entre el olor de la verbena y el romero, no imagina, por caso, la complejidad de explicar el fútbol, de pasarlo a palabras, desde sus dinámicas hasta sus técnicas pasando por la infinidad de situaciones que no son susceptibles de descripción. En mi caso, algo como describirte el olor del césped húmedo.

Por eso no dejo de sonreír cuando escucho un jugador reporteado después de un buen partido y, sobretodo, después de un gol de suma precisión.

Diré que el ambiente del fútbol es un nido de víboras sembrado de vicios y corrupciones desde los más bajos estratos.Y diré por último en esta amena invitación que me hace Pablo y que lleva implícitos los naturales límites de un post, que no dejemos de pensar y opinar cuando oímos sobre contratos, subvenciones, emigraciones y traslados de familias enteras atrás de un chico de 10, 11 o 12 años: he conocido más de trescientos jugadores de inferiores; de todos ellos sólo 2 llegaron a la primera división.



P.D. Calígula es administrador del blog La Pelota No Dobla, una magnífica bitácora donde poder asomarse al fútbol argentino, analizado con frescura, ironía y una seria y divertida dosis de humor. Sin duda uno de los mayores referentes a la hora de buscar información en las tierras hermanas de sudamérica.

lunes, 26 de mayo de 2008

Al ataque sin defensa

Han vuelto a resucitar las ilusiones. Volverán a reflotar las lágrimas. Han vuelto a nacer las portadas soñadoras. Volveremos a enfrentarnos a nuestras propias mentiras. Vuelve nuestra selección a la alta competición y como cada vez que nos encontramos de frente a nuestros sueños volvemos a volcar nuestras palabras hacia lo que cada vez es más un deseo que una realidad, porque lo de llegar más allá de unos cuartos de final muy poquitos lo hemos visto.

Como sucede cada dos veranos, una vez más volveré a ser hincha enfervorizado del equipo de mi país. Soñaré con imposibles, cantaré goles aislados y volveré a rebozarme en los motivos del fracaso. Porque en el viaje hacia la realidad y en el carrusel de recuerdos que nos rodean no encontramos un motivo de verdad que realmente nos permita soñar con un título. Y es que más allá de los cuatro o cinco jugadores de primer nivel que completan nuestra plantilla, todos estamos de acuerdo en que nos faltan argumentos deportivos y extradeportivos con los que iniciar nuestra tesis de favoritismo. Cada participación de España en un torneo es una ponencia muda, un juicio cantado y una sentencia definitiva. Todos a casa y, a continuación, carrusel de portadas tintadas de ventajismo, oportunismo y otras dolorosas ignorancias.

Entrando en materia deportiva, la más palpable, la más visible, la que nos gusta admirar, cabe, como fórmula de preaviso, hacer un análisis de los últimos grandes campeones. A mí, que me vuelven loco los equipos de apuesta atractiva y ego descontrolado, me cuesta poco reconocer la vital importancia que adquieren las grandes defensas en estos campeonatos tan cortos e intensos. Se comenta en las tertulias de almuerzo y sobremesa que al equipo de Clemente le faltó lo que tiene Luis y que a Luis le falta lo que tuvo Clemente. No voy a negar lo evidente. Simplemente me gustaría hacer un ejercicio de hipótesis e imaginar este equipo de hoy con Hierro, Nadal y Abelardo en el lugar donde hoy están Marchena, Albiol y Juanito. Y es que, tan frustrante resulta reconocer que carecemos de auténticos defensores de calidad como comprobar que en la próxima Eurocopa, el centro de nuestra defensa estará formado por jugadores que han sufrido una temporada terrible y casi dramática.

En el tema extradeportivo entran en juego los sentimientos y las actitudes que afloran y retratan a cada uno de los miembros del escalafón futbolístico. Por un lado, los aficionados, de quienes dicen que no somos capaces de sentir nuestra selección de la misma manera que lo hacemos con nuestros clubes. Por otro, los futbolistas, de quienes dicen que no son capaces de soportar la presión y comprender el significado de vestir la camiseta nacional. Por otro lado, el seleccionador, a quienes los puristas del ventajismo achacan haber dinamitado la convivencia del equipo y haber amputado sus opciones por culpa de sus cabezonerías. Y en último lugar, el presidente de la Federación, a quien los más sentimentalistas acusan de haber convertido nuestro fútbol en una feria y utilizar el cargo más para beneficio propio que para el beneficio de la selección que, a fin de cuentas, es la institución que realmente nos interesa.

Por lo tanto, volvamos a desempolvar nuestras camisetas, estirar nuestras bufandas y encender al unísono nuestros televisores. Volveremos a ser uno, volveremos a enloquecer con nuestro equipo y a morir de desencanto. A sentirnos dueños de una ilusión y a empujar todos juntos hacia la victoria. Tenemos razones para ser optimistas. Pero las tenemos aún mayores para no serlo. La victoria no es propiedad privada de nadie, pero si perdemos, no regresemos a lo de siempre porque, una vez más, estábamos avisados.

miércoles, 21 de mayo de 2008

A la sombra de Naranjito

Lo de que “Spain is different” había quedado grabado en la memoria colectiva como uno de los lemas más ensombrecidos de la dictadura que nos oprimió durante cuatro décadas. Se quiso hacer creer al mundo que el sol, las playas, la paella y los machos inventores de piropos eran patrimonio exclusivo de nuestra distinción, cuando en realidad todo el mundo sabía que nuestra diferencia radicaba en la ausencia de derechos y libertades. Pero España tardó en despertar y uno de los acontecimientos que terminó de incluir a nuestro país en los mapamundis de los países desarrollados fue un mundial de fútbol que futbolísticamente no nos sirvió de nada pero que de cara al exterior nos lavó la cara y nos abrió las puertas a un futuro más esperanzador.

Y en la diferencia más estrambótica apareció una simpática naranja de complexión obesa y gesto afable que representaba la imagen de nuestra hortera situación y nuestro deseo de sonreír al mundo. Naranjito nos diferenció del mundo y nos enseñó a los niños que el fútbol estaba al alcance de cualquiera y como ilusos enamorados de lo desconocido nos sentamos delante de nuestras pantallas para descubrir un mundo nuevo. En España, 1982 significaba el poder de los equipos vascos, la reconstrucción del Real Madrid y la lucha eterna de Atlético de Madrid y Barcelona por seguir ocupando el lugar que les había otorgado la historia.

Pero había mucho más. Existía Europa y existía América. Europa eran Francia, Alemania e Italia. Y América eran Brasil y Argentina. Magia pura y talento desconocido. Europa era ingenio y orden. América era fantasía y anarquía. Nos gustó tanto ese otro fútbol que los niños y también los padres fueron capaces de olvidar el fracaso de la roja porque más allá de lo que habían añorado durante tantos años, existían otros mundos, otras maneras de jugar, otros conceptos que no se basaban en la furia como modelo exclusivo.

Si hubo un país para el que España fue diferente este fue Italia. Despedida primero entre dudas y desprecio y recibida después como la heroína que solucionó todos sus males de tristeza, la selección italiana tuvo que pasar un calvario antes de consolidarse como la selección más sólida del planeta. Tras unos primeros titulares que pedían el adiós del “viejo” Bearzot y una serie de empates que le pusieron de rebote en la segunda fase, Italia tuvo que reconstruirse mental y tácticamente para afrontar la fase decisiva. Tras la decisión de darle la espalda a la prensa y a la federación italiana, siguieron sus propios consejos y los jugadores italianos se convirtieron en auténticos creyentes de su propuesta. Quizá no hicieron el mejor fútbol, pero cuando las exigencias suplicaron un esfuerzo extra, allí estuvieron para mostrar fortaleza y marcar los goles necesarios que les ayudasen a alcanzar la gloria. Una gloria que quedó reflejada en tres imágenes que pasaron a la historia de la fotografía y la anécdota popular.

La primera de ellas es la imagen de un estadio repleto reflejado en las oscuras gafas del seleccionador italiano. La segunda, es la de Sandro Pertini saltando como loco celebrando los goles delante del Rey de España. Y la tercera y más inolvidable, es la carrera antológica de Marco Tardelli después de marcar el segundo gol de la final, festejando con el alma y cerrando bocas con la garganta. Tres iconos representativos de un fútbol que buscaba recrear sus mejores días y que, sin embargo, había encontrado más dudas que realidades en su camino hacia el título.

Fue el propio Tardelli el que reflejó la situación vivida durante el mundial con una frase que dejaba bien a las claras la relación de los integrantes del plantel con el resto del mundo. “Me dejé crecer la barba porque escuché a un dirigente de la Federación Italiana criticar la espesa barba de un compañero. Sin embargo, cuando días después, otro dirigente me dijo que me quedaba muy bien, decidí afeitármela”. No existió relación, todo fue contradicción. Por ello, en cada celebración dejaron su diferencia de parecer y en cada gesto dejaban la rabia contra quienes no creyeron en ellos.

Uno de los partidos que más expectación y menos fútbol generó fue el Brasil – Argentina de la segunda fase. A priori, ambos eran favoritos para liderar el grupo y dejar fuera a los insípidos italianos. En su choque, más caracterizado por la violencia que por el espectáculo, se vieron dos goles de fantasía y la expulsión de un frustrado Diego Armando Maradona. Era su primera participación en un mundial y terminó marchándose por la puerta de atrás, cosido a patadas y exhausto por los marcajes. En su juramento, prometió volver a lo grande y esa es otra historia que todos conocemos de sobra.

Al finalizar el choque, el delineante Sócrates se acercó al gran capitán Passarella y con todo el respeto que le profesaba le pidió por favor un intercambio de camisetas. El capitán, ciego por la furia y frustrado por la derrota, se volvió airado para contestar “¡Qué te voy a dar! ¿Sabés lo que vale esta camiseta?”. Sócrates se marchó cabizbajo; satisfecho por la victoria pero desilusionado por el rechazo. Quizá solo un argentino podía comprender lo que realmente valía esa camiseta.

No fue la de Argentina una participación cómoda en el mundial de España. Después de viajar a nuestro país con la vitola de favoritos que les otorgaba el último campeonato cosechado, terminaron marchándose con el orgullo herido y varias derrotas que les partieron el ánimo. Y es que tras un comienzo demasiado titubeante, los argentinos quedaron emparejados junto a Brasil e Italia en el que se presumía grupo más complicado del mundial. No se equivocaron los pronósticos. Tras perder frente a Brasil, se jugaron el todo por todo ante Italia y la moneda salió cruz. Los argentinos, que creían que por tener el mismo plantel que en el 78, el campeonato era suyo, regresaron a su país sin ni siquiera alcanzar las semifinales. Fue un grupo duro en el que no supieron jugar y en el que Brasil e Italia se jugaron el pan en un partido decisivo que resultó inolvidable. Italia dio la sorpresa y tras batir a Brasil y a Polonia, se plantó en la final para ganar a Alemania y gritar su logro al cielo madrileño.

Entre las fans que perseguían al equipo italiano, tomaron inolvidable trascendencia las que perseguían un autógrafo y un beso del lateral de la Juve Antonio Cabrini. Cabrini, que como futbolista era la antítesis de su homólogo en el lateral derecho, Gentile, era, además de gran pelotero, un atractivo personaje de rostro impune y porte de galán. A pesar de haberse convertido en pieza clave para el seleccionador Bearzot, el bueno de Cabrini pasó a la historia de los mundiales como el primer, y único hasta la fecha, futbolista capaz de errar un penalti en la final de un mundial. Una pequeña muesca en el impecable historial de uno de los mejores laterales izquierdos de la historia que no pasó de mera anécdota y que no impidió a Italia celebrar por todo lo alto el que sería su tercer título mundial. Y es que Rossi, Tardelli y Altobelli supieron cerrar la herida de aquel error con sus goles y sus abrazos de felicidad.

lunes, 12 de mayo de 2008

Le llamaban sufridor

Jacinto Pena, llevaba el alma como su apellido y una ferviente pasión por el fútbol. Desde pequeño se acostumbró a sufrir y nunca más regresó al regocijo desde que vibró por primera vez con un partido de fútbol. Lo del sufridor debió llevarlo marcado en las carnes el mismo día en el que nació y su padre le recitó de carrerilla la alineación del Atlético de Madrid. Así era Jacinto, un ser ilustre, inquieto y locuaz con una espina clavada en su corazón: ese Atleti que tanto sudor le arrebataba un domingo tras otro.

Jacinto aprendió a llorar por dentro y le mostró al mundo la cara de la consecuencia; si quieren guerra la van a tener, si quieren paz, desde luego que también, porque nada mejor que ser del Atleti para procesar un amor, un silencio y un sentimiento eterno. Aquel domingo volvía a haber partido y en los ojos del mundo se puso Jacinto Pena, socio decenario del club y amante exquisito de toda su historia.

Jacinto era un negociante de palabra fácil y verbo asombroso, le encantaba devorar libros y, en sus ratos libres, se marcaba alguna que otras líneas para regalárselas a su mujer en forma de poesía. Como todo poeta, era un soñador de voz baja y alma aguerrida y como soñador, otra vez, otro domingo, deseaba una victoria de su Atleti como la culminación de una estrofa perfecta.

El Atleti llevaba la palabra “historia” marcada a fuego en su corazón de equipo guerrero y precursor de un contragolpe que tiempo atrás ejecutó a la perfección. Jacinto se lamentaba por estar perdiendo la historia y poco a poco comenzó a convencerse de que ser del Atlético se iba a convertir, con el tiempo, en un ejercicio de fe mas que en una prueba de cariño.

Jacinto no recordaba cómo, cuándo ni por qué se había hecho del Atlético. Quizás hubiesen sido los gritos de su padre con cada gol anotado y el transistor junto al oído los que le habían puesto de camino a su afición, más su padre nunca le había precipitado de lleno al forofismo en rojiblanco, le dio a elegir y él, en un acto de audacia irreversible eligió el Atleti, por su leyenda, por el sentimiento pasional. Y si habría de explicarle a alguien el por qué de tanta fe, el porque de tanta esperanza, el porque ser del Atleti, Jacinto esbozaba una tenue sonrisa y perdonaba los ejercicios de ignorancia. “¿Por qué?”. Le preguntaban. “¿Por qué sois diferentes?”. “No somos diferentes, somos grandes”. Contestaba él con una sonrisa mientras proseguía su camino hacia la tarea cotidiana.

El ambiente le envolvió de nuevo, como cada domingo de fútbol, y los cánticos le hicieron recordar tiempos en los que creyó ser el aficionado del mejor equipo del país. Pero la bonanza, en el Atleti, dura tanto como la lluvia de verano y aquel histórico once compuesto por Reina, Capón, Heredia, Melo, Abelardo, Alberto, Ufarte, Luis, Gárate, Irureta y Salcedo se difuminó con los años y el recuerdo, y ahora solo le quedaban a Jacinto y al Atleti un puñado de jugadores sin gloria ni fortuna que comenzaba a arrastrar el buen nombre del equipo por los estadios de España.

Ocupó su asiento y gastó su tiempo de prepartido en dialogar con su compañero de abono, como lo hacía siempre. Hablaron del Atleti, una vez más, de lo mal que juegan, de lo mal que se hacen las cosas y de todo lo que quieren recuperar. El Atlético tiene esa difícil composición, puede aberrarte su juego y hacer sentir lástima por sus fracasos, pero en cada aficionado existe una semillita que no deja de florecer cada temporada. Y como su compañero era tan sufridor como él, entendió a la perfección cada uno de sus gestos, cada una de sus protestas, cada una de sus palabras, porque cada palabra era cómplice de su propio pensamiento.

Tembló y comenzó a padecer los síntomas que le convertían cada domingo en un obseso de la victoria. Desgraciadamente, sus deseos se estaban convirtiendo en poco más que sueños últimamente. El equipo saltó al campo y quiso levantarse para aplaudir, pero la tensión le mantuvo sujeto a su asiento. Gritó un par de frases incoherentes y sintió como el corazón se tambaleaba con fuerza dentro de su pecho, como el aire se escapaba de sus pulmones y como su garganta quedaba seca a medida que sus dientes iban castañeando. Era la enfermedad del hincha apasionado, más capaz de querer a su equipo que de quererse a sí mismo.

El coro de nombres del estadio le puso en situación del once titular y pudo distinguirles uno a uno. Allí estaban de nuevo, dispuestos a sumergirles en la gloria o a volver a ahogarles en el fracaso que conllevaría un nuevo lunes de regodeo. Y ya eran tantos que comenzaba a perder la paciencia donde siempre se sujetó con mayor caballerosidad; en las tertulias de barra y mesa. Sintió como el estómago se le empequeñecía y como el sudor se agitaba bajo su espalda, percibió sus propios temores y no se arrepintió de nada porque seguía siendo el mismo de siempre.

La primera jugada le puso en órbita con el espectáculo y el corazón se le volcó hacia delante para no regresar a su lugar original hasta el final del partido. Intentó emitir un gemido pero tenía la garganta tan seca que apenas pudo escucharse un “uy” más allá de la comisura de sus labios. Seguían fallando, seguían peleando, y la grada seguía de frente con su costumbre ante el objetivo; animar o morir.

Así que animó, pero se animó a sí mismo mucho más que al propio equipo porque se sentía distante dentro de su pasión. El comienzo del partido le había pillado rezagado en sus pensamientos y en sus entrañas comenzó a crecer la duda misteriosa del eterno aficionado “¿De verdad merece la pena?”. Sintió como una náusea espantaba sus alientos y se acomodó en su asiento para dejar pasar el tiempo y el aire dentro de sus pulmones, verdaderamente, Jacinto Pena era un sufridor de los de verdad.

Cuando el partido comenzaba a devorar todas sus inquietudes llegó la primera gran ocasión fallada por los suyos. Sus ánimos, los mismos que renovaba cada vez que acababa un domingo, se hundieron en la desesperanza; y el resultado, a pesar de estar convirtiéndose en vicio y costumbre, por inservible, pesó sobre una losa sobre su energía, hacía sólo unos minutos, en proceso de ser renovada. Las ocasiones falladas le hicieron desesperar y el corazón se encogió para volver a dar un salto hacia el vacío. Volvió a sentir las nauseas recorriendo su esófago y se dio dos minutos para recuperarse antes de marcharse a vomitar. Definitivamente, aquel sería su último año como socio del Atlético de Madrid y es que, como bien le decía su amigo Juan, cada vez que se encontraban cara a cara con una tertulia, él no disfrutaba el fútbol sino que lo sufría.

Y sufrir el fútbol es un mal tan molesto como la propia intención de revolcarse en la nada por obligatoriedad del resultado. Porque para Jacinto, quien sorbía el fútbol por todos los poros de su piel, sufrir tan bien amado deporte suponía una pequeña traición contra sus inquietudes. “Si me gusta tanto ¿Por qué lo sufro?”. Solía preguntarse y la única respuesta que acariciaba su mente se vestía de rojiblanco y se componía en un equipo que llevaba años quitándole el sueño y parte de su vida.

Y en sus divagaciones vio volar un balón hacia el área rival, disfrutó un control extraordinario y dibujó con su mirada un disparo ajustado a la cepa del palo. Se tiró de los pelos y se tragó la lengua en su intención por cantar un gol que parecía profetizado. Pero no, los designios del señor, al igual que sus caminos, deben ser tan inescrutables como aquella afición por unos colores. Tocaba seguir perdiendo, tocaba seguir sufriendo. Y como no pudo más con aquella congoja se levantó como un resorte y bajó corriendo la escalinata que le devolvía al vomitorio. Buscó el aseo y sin poder aguantar más la tensión, derramó todos sus nervios junto a una columna de hormigón. Nadie se acercó a ayudarle porque nadie quería perderse el partido, parecía insólito, pero en la necesidad aquella afición se acercaba más a su equipo.

Se sentó unos segundos en el suelo para meditar y tomar una decisión que le arrastrara de nuevo a su lugar de aficionado o, por el contrario, le devolviera a su casa para disfrutar el cariño de su mujer y el olvido de su Atleti. Y en sus pensamientos escuchó una algarabía y en sus oídos retumbó el sonido de una grada cantando un gol con sabor a gloria. Corrió de nuevo y se abrazó a sus vecinos de asiento. “Ha marcado el uruguayo”, pudo escuchar. Y en su ansia por considerarse un rojiblanco de los de siempre, se golpeó la cara varias veces a modo de reprimenda. Ningún vómito pacificador valía más que un partido del Atleti.

Desaparecieron las náuseas y desapareció el tic que retumbaba en sus mandíbulas al tiempo que el árbitro daba la señal indicativa del final de la primera parte del partido. Esta vez fue la incertidumbre quien embriagó sus instintos, una incertidumbre tan sonora que tuvo que taponar sus oídos para conseguir concentrarse. Se aisló del mundo y soñó con una victoria que les diese derecho a pensar en grandes aspiraciones.

El comienzo del segundo tiempo no le pilló tan desprevenido como lo había hecho el principio del partido. De divagar pasó a concentrarse y de soñar pasó a instigar al viento por una victoria. Los nervios volvieron a anudarse bajo su estómago pero las náuseas no regresaron, el corazón continuó volcado y cerrado en un puño y en sus pulmones solo había espacio para la suficiente cantidad de aire que le permitiese seguir viviendo. Viviendo y sufriendo. Porque Jacinto Pena nunca dejó de sufrir. Hacía tiempo que había dejado de disfrutar.

Una jugada le puso el alma en vilo y la siguiente el desamparo en una procesión de súplicas. Otra jugada más le situó en lo más alto de la desesperanza y la siguiente, por ser el cuarto error consecutivo le dictó las ironías de la vida; aquello no podía ser posible. Y en cada jugada vibró, saltó, se sintió preso de su asiento y al mismo tiempo zapateó insistentemente y de manera inconsciente contra el hormigón de la grada. El Atleti volvía a darle más motivos para morir inquieto que para vivir satisfecho. Decididamente, aquel sería su último año como socio.

Un nuevo falló le hizo gemir de dolor y su alma volvió a escupir años de vida, si seguía por ese camino era más que posible que su corazón dijese basta antes de cumplir la vejez, aunque bien analizado, pensó, uno del Atleti podría morir de cualquier cosa, pero el infarto no entraba dentro de las probabilidades supremas, el corazón del aficionado atlético está hecho de otra pasta, la sangre debe de ser más fluida y el aire debe de estar tan contaminado de tensión que ni el mismo pulmón se atreve a rechazar semejante sentimiento. Por ello, cuando fue testigo de un nuevo error dentro del área contraria y en su pechó se cortó el aire, supo que aquello no era sino la repetición de un síntoma de sobra conocido y que seguiría viviendo para seguir siendo, una vez más, eterno sufridor por su causa.

Al partido le quedaban quince minutos y a Jacinto no le quedaba paciencia, pues ya la había agotado con el paso de los minutos y las oportunidades perdidas, deseaba tanto una alegría que por momentos se olvidó que en el Atleti, los resultados son tan inciertos que asustan por poca previsión. Y mientras nacía una nueva jugada en un nuevo balonazo sin sentido ni protesta, Jacinto se agarró a su asiento para ver si sus impulsos eran capaces de echar una mano a aquel grupo de jugadores casados con el infortunio y la falta de carácter. De la calidad, pensó Jacinto, sería mejor olvidarse, porque aquella se la llevó Caminero el día que dijo adiós a su afición con un gol antológico.

Si para ser del Atleti había que vivir así, era posible que no mereciese la pena ni tan siquiera el vivir. Pero Jacinto, en el fondo, se sentía tan orgulloso de su sentimiento que quizá no fue consciente de que llevaba más horas que sueños perdidos en la grada del Vicente Calderón soñando con un título que llegaba cada veinte años y se escapaba envuelto en el ridículo durante muchos años más. Pero la penúltima jugada del partido hizo revivir en Jacinto los mejores momentos de su afición; un balón perdido atrás, como siempre, porque aquello de asegurar el área debía ser consigna olvidada por aquella defensa, llegó a una esquina, un control decente puso la pelota en la línea de fondo y un disparo picudo tras un centro desesperado puso el balón en el poste de la portería rojiblanca.

La angustia se palpó y Jacinto volvió a nacer dentro de su congoja. Con el pitido final, los brazos buscaron el cielo y las gargantas desafiaron al viento ¿Quién dijo que aquel sería su último año? Dejar el Atleti, nunca. Celebró la victoria y repasó su vida al tiempo que gozaba con el abrazo de sus jugadores. Este equipo es así, tan imprevisible que te hace dudar de tu propia existencia, tan capaz y, al mismo tiempo, tan incapaz, que puede llegar a supurarte el alma, tan así que se vuelca en el tiempo dentro de su incoherencia.

El día que a Jacinto le prohibieron seguir fumando para cuidar sus maltrechos pulmones, Jacinto apuró su último paquete de tabaco para no volver a tocarlo más. El día que a Jacinto le recomendaron abandonar su costumbre de sol y sombra después de cada comida, Jacinto escupió el último sorbo para no volver a probar el anís más que en fiestas de guardar. El día que a Jacinto le controlaron la dieta para asegurarle una sangre limpia de colesterol, Jacinto declinó en sus placeres y dejó a un lado sus deseos de panceta y chorizo. Pero el día en que a Jacinto le recomendaron darle descanso al corazón abandonando sus visitas dominicales al Vicente Calderón, Jacinto se rió del mundo y le hizo un corte de mangas a los consejeros de su realidad. Podía ser capaz de abandonarlo todo, pero al puñetero Atleti… “Sí, me mata”, pensó en voz baja. “Pero también me da la vida”. Le llamaban sufridor, pero él era un ganador. Por eso no iría a Neptuno; abandonó su asiento con los puños apretados y la sonrisa dibujada en su rostro. En su camino de vuelta a casa se fijó en aquella gente que se concentraba buscando una fuente y un motivo que celebrar. Se lamentó de su empequeñecimiento y escupió al suelo la verdad que más le dolía y que sólo unos pocos entendían; un atlético de verdad no celebra cuartos puestos.

lunes, 5 de mayo de 2008

Al este de La Paternal

Para los que no hayan escuchado nunca la historia de los acontecimientos ocurridos en Chicago, en mayo de 1886, contaré, a modo de brevísima introducción, como a cientos de trabajadores les cortaron las alas, la ilusión y la voz por el simple hecho de reclamar lo que consideraban justo.

En esta época de libertad en la que los derechos han sumado individualidades vocales muy por encima de los deberes, lo de las ocho horas laborales nos suena a cántico diario, a derecho preconcebido y a obligación innata. Pero no siempre fue así. Hubo un día uno de mayo en la que miles de obreros de las fábricas de Chicago, hartos de trabajar de sol a sol sin derechos ni votos, salieron a la calle para contarle al mundo la tiranía a la que se veían sometidos. No pedían mucho menos de lo que ahora gozamos con un mínimo de coherencia; jornada laboral de ocho horas, salario justo y un mínimo de seguridad. A cientos de aquellos inocentes reunidos en el Haymarket de Chicago les acusaron de revolucionarios, les juzgaron como anarquistas y los mataron como a perros.

Desde entonces, el mundo entero celebra el primer día de mayo como el día internacional del trabajador, en homenaje a los mártires que dieron la cara por su justicia y la vida por sus principios. Poco después, y también en homenaje a ellos, un reducido grupo de amigos bonaerenses, reunidos en su pequeño club del barrio de La Paternal, decidieron crear un club de fútbol al que llamaron “Mártires de Chicago”.

Para su inauguración como equipo deportivo, aquel grupo de idealistas del verbo, decidieron invitar a sus colegas ideológicos del “Sol de la Victoria” con el fin de disputar un partido que terminaría con tres a uno a favor de los mártires. Como la idea era grande y la institución era muy pequeña, ambos clubes decidieron fusionarse para formar la “Asociación Atlética y Futbolística Argentinos Unidos de Villa Crespo”.

Villa Crespo, barrio situado al este de La Paternal, vio nacer la primera sede entre las avenidas de Araoz y Corrientes, y una vez inaugurada la sede hacía falta crear un escudo que se convirtiese en seña de identidad de un club recién nacido y de una gente ávida de novedad. Como ningún dibujante, impresor o practicante del diseño fue capaz de introducir tanta palabra en un pequeño redondel, la cúpula creativa decidió rebautizar el club como “Asociación Atlética Argentinos Juniors”. Y aunque en su denominación actual muchos no puedan recordar la magia del comienzo, lo cierto es que los bichitos colorados nacieron como movimiento socialista gracias a las ideas progresistas de un grupo de intelectuales afincados en el viejo barrio de La Paternal.

Setenta años después y con el club sumido en su interminable crisis de identidad, se enfrentaron a Boca en el estadio de Vélez con el fin de dirimir su particular cuota de protagonismo dentro de la capital. En el descanso de un partido anodino, sin goles y sin más historia que un par de disparos lejos de la portería, un jovencito recogepelotas de abundante pelo rizado, prácticamente enano y con pintas de enclenque, tomó el balón cerca del punto de penalti y comenzó a hacer jueguitos como si estuviese en el patio de su casa. La gente, enfervorecida, aclamó el ingenio del pequeño malabarista y denunció la salida al campo de los dos equipos al grito de “¡Qué se quede! ¡Qué se quede!”. Sobre aquel pequeño embaucador se tenían algunas noticias y de aquel pequeño genio se supo mucho más con el paso del tiempo.

Apenas un año después, pasó de encantador de serpientes en el entretiempo a suplente del primer equipo de Argentinos Juniors. Su descubridor, Francisco Cornejo, esperaba impaciente la hora del debut y su entrenador, Juan Carlos Montes, viendo como el partido ante Tigre seguía atascado en la monotonía, le miró a los ojos y le preguntó “¿Se atreve?”. Una simple afirmación con la cabeza le mandó a la banda a calentar y un rutinario examen de sus botas le mandó a la cancha con apenas quince años en su documento de identidad. “Haga lo que sabe. Y si tiene que tirar un caño, hágalo”. En las palabras de Montes se escondía el descaro de un tipo nacido para la gloria y en la obediencia del adolescente se presentaba el genio de un jugador incomparable. Tras aquel primer caño al defensor de Tigre, Cabrera, la platea se estremeció en un sonido de admiración y mientras un tipo preguntaba por el nombre del pibe, otro le contestaba con los dientes apretados y la lágrima candente; “se llama Diego Maradona”.

Dieguito no duró mucho en “El Bicho”. Hipnotizado por la hinchada de Boca desde aquel día en que saltó al campo para regalar un entretiempo de circo, soñaba con vestir la franja amarilla sobre el fondo azul que simbolizaba la camiseta xeneize. Maradona partió rumbo al barrio de La Boca y La Paternal y Villa Crespo quedaron huérfanos de magia pero no de ilusiones. Argentinos recibió dinero dos veces por Maradona; primero cuando el poderoso Boca Juniors lanzó sus garras sobre el fenómeno, y después, cuando el aún más poderoso Barça viajó a Buenos Aires para llevarse a la joya. Con aquellos dineros pudieron juntar un plantel muy competitivo formado por ilustres como Pavón, Castro, Canducci, Comisso, Batista, Borghi o Videla. Fue este último quien puso la piedra en la cúpula del proyecto anotando el penalti definitivo que mandaba a la lona a América de Cali y proclamaba a Argentinos como campeón sudamericano en 1985.

Fue el canto del cisne de un equipo que tocó techo con pocos recursos y un gran trabajo en las categorías inferiores. Poco antes de deshacerse un equipo que llegó alto y duró muy poco, la Juventus de Platini les robó el sueño del campeonato mundial y mientras el equipo se desangraba, nuevos jugadores llegaban a la primera plantilla para intentar formar parte de una historia interminable. Diez años después de que el pequeño Diego deslumbrara a la grada del José Amaltafini con su impecable repertorio de recursos, un joven de pelo rubio y anchos hombros se atrevió a debutar en primera con los mismos quince años que atrás habían dejado a Maradona como jugador inolvidable. Se llamaba Fernando Redondo y tampoco tardó mucho tiempo en emigrar en busca de gloria y fortuna. Fue una piedra más en un proyecto inagotable; el mismo que posteriormente bautizó a Fernando Cáceres, Diego Cagna, Lucas Biglia, Federico Insúa, Cristian Ledesma, Diego Placente, Juan Pablo Sorín y Víctor Zapata. Un proyecto que comenzó como un sueño y como un homenaje en color rojo, a la memoria, ideología y sangre derramada por un puñado de mártires que un día pidieron un mundo mejor y murieron con la cabeza alta tras alzar los puños en el Haymarket de Chicago.

viernes, 25 de abril de 2008

El chico para todo

Existen personas que, con su silencio, pueden decir mucho más que el mas proclive de los charlatanes; la diferencia entre quienes le aplauden y quienes le silban, reside en la capacidad para saber escucharlos. Para algunos entrenadores, vestidos impecablemente con su traje de aficionado, no existe jugador más intocable que aquel que levanta la grada en gestos, regates y carreras. Y en la inservibilidad de los detalles encontramos la diferencia entre quienes hacen las cosas bien por naturaleza y quienes las hacen bien por prestidigitación.

Quien juega con la conciencia libre y los pies en su sitio, le cuesta menos mantenerse en lo más alto que llegar arriba, porque cuando tienen lo que buscan simplemente ejecutan su misión de la manera más sencilla posible; para jugar al fútbol hay que saber jugar al fútbol. Como en su rol de ganadores no dudan en cambiar su traje de economista impecable por el mono de faena del obrero más sacrificado, el entrenador, como buen jefe que sabe aprovechar sus recursos, recurre al esforzado para endosarle sus marrones. Hágame estas fotocopias, tráigame esos cafés, sáqueme esos informes, reserve mesa en este restaurante. Y como todo lo hacen bien, le cambian el piano por un martillo. Y cuando las cosas salen mal, la culpa es de ese, que no ha hecho bien su trabajo.

Es el sino del trabajador abnegado, del que sabe que cualquier error pone en peligro la estabilidad de su empresa, del que sabe que cualquier protesta pone en peligro su propio puesto de trabajo. A menudo tienen que aguantar, de manera estoica, como alguien con más currículum pero menos preparación ocupa su puesto con la mitad de eficiencia y el doble de elogios, muchas veces terminan su tarea con la satisfacción del deber cumplido pero con la ausencia del reconocimiento debido.

Durante muchas temporadas, Guti fue considerado como la eterna promesa del fútbol español. El hecho de que así fuera correspondía más al ansia de su club por fichar remiendos en su zona de influencia que en la de confiar realmente en las posibilidades del chico de casa. Cuando al chico le daban la oportunidad de hacer lo que sabía, demostraba que lo sabía era mucho y bueno, pero trabajaba sin hablar, corría sin hacer ruido y celebraba con los dientes apretados. Nada de extravagancias, nada de arreones innecesarios, nada de palabras interesadas. Por allí pasaron Conceiçao, McManaman, Cambiasso, Beckham, Gravesen, Emerson y Gago. Todos pasaron de largo, todos terminaron ganando más dinero que experiencia y todos acabaron sucumbiendo ante el poder del que realmente sabía. Guti sigue allí; con sus mismas maneras de estilista, con sus mismos aciertos mal reconocidos y con sus mismos errores tan subrayados. Y seguirá allí, más madridista que nadie, hasta que los años le manden a casa y el recuerdo consiga que todos los que hoy le echan de más, algún día le echen de menos.

Iniesta es de un perfil futbolístico muy parecido. Si el equipo necesita un parche en la izquierda, Iniesta va a la izquierda. Si el equipo necesita un parche en la derecha, Iniesta va a la derecha. Y aunque todos, incluído su entrenador, saben que donde más daño hace es en el vértice superior del centro del campo, el chaval baja la cabeza, cierra la boca y cumple con solvencia tanto en la derecha como en la izquierda. El principal castigo a su constancia e impecable rendimiento es el de no haber recibido, aún, el merecido premio de la titularidad indiscutible, y aunque su entrenador sepa que su rendimiento es superior al resto, cuando tiene a todos disponibles, no duda en sentarle en el banquillo porque en la balanza de problemas, prefiere mil veces el silencio del abnegado, que la protesta del mediático.

Seguirán existiendo. Hoy son Guti e Iniesta y mañana serán otros tantos. Se les ninguneará, se les reconocerá muy de vez en cuando, servirán como coartada perfecta ante las derrotas y como pieza mecánica en las victorias. Otros disfrutarán sus laureles, otros disfrutarán sus aplausos, ellos aguantarán los silbidos y la bronca de la grada, pero nunca dejarán de ser necesarios porque cuando nadie ya les espere y el equipo más les necesite, de sus pies saldrá el balón definitivo y de sus gargantas saldrá el grito más sincero.

jueves, 24 de abril de 2008

La manta corta

En numerosas ocasiones, la intención de un padre a la hora de ponerle un determinado nombre a su hijo recién nacido es, más que un simple capricho, una llamada al destino. Cuando el ferroviario brasileño Vargas Lima quiso recompensar su admiración hacia el emperador Napoleón Bonaparte dando a su hijo el nombre de la isla donde falleció, no pudo imaginar que en el nacimiento de aquel débil bebé estaba contemplando el nacimiento del mayor estratega futbolístico que Brasil hubo de regalarle al mundo.

El pequeño Elba de Pádua Lima creció sumido en la pobreza y llorando la pérdida del padre que tanto luchó por él. Como cuenta cualquier historia de héroes y bondadosos, Elba hubo de trabajar mucho para llegar muy alto; aferrado a la mano de su madre, se hizo grande con la boca cerrada por el hambre y las manos manchadas por el barro. Y los pies, como toda gran estrella que se precie, pegados por siempre a una pelota desde el primer día que descubrió que las calles encharcadas eran el escenario perfecto para jugar un partido interminable.

Siempre con un balón en el filo de sus sueños y una vieja pelota de trapo sobre sus pies descalzos, su madre no pudo impedir que el pequeño Ti (sobrenombre que le dio nada más nacer), apartase el ejercicio de sus deberes para dedicarse por completo al ejercicio futbolístico que tanto le encandilaba. Allí, en las calles de Sao Paulo, Ti se convirtió en Tima y, con el paso de los años, es el centrocampista de Botafogo, Tim; jugador de visión privilegiada, técnica depurada y zurda divina.

A medida que fue quemando etapas, al joven Tim le fueron saliendo admiradores detrás de cada piedra. Campeón del campeonato nacional de selecciones estatales, el joven líder del combinado de Sao Paulo fue aclamado por una afición que exigió, a gritos, su inclusión en el equipo nacional que habría de jugar el sudamericano que se disputaría en Buenos Aires unos meses más tarde. Por entonces, Tim tenía veinte años, un corazón tan grande como un estadio de fútbol y unas condiciones impagables para jugar y disfrutar del fútbol. En Argentina, Tim cuajó un torneo sublime y la prensa argentina, acostumbrada a centrocampistas más corajudos que estilistas y más físicos que inteligentes, le rebautizó con el sobrenombre de “El Peón”, porque como buen guía, cada vez que lanzaba a su equipo al ataque, se asemejaba a un peón pampero, vara en mano, guiando a su rebaño por el sendero correcto.

Botafogo intentó retenerlo durante un par de ocasiones, pero solamente en una lo consiguió. Tras una breve estancia en la Portuguesa de Santos, Tim, sorbido por la “saudade” regresó a casa para marcharse poco después rendido ante la poderosa oferta económica de Fluminense, club en el que se convirtió en estrella y leyenda.

Tras sus primeros campeonatos con el tricolor, el seleccionador brasileño Ademar Pimenta se acordó de él y le consideró una pieza importante de cara afrontar el que sería tercer campeonato mundial de fútbol. Tim voló a Francia con la cabeza cargada de sueños y regresó de Europa con unos pocos minutos jugados y la desilusión de un desencuentro que nunca tuvo reconciliación. Y es que Tim, como el ave libre que siempre se quiso sentirse, buscó en cada calle francesa un rincón de diversión que le ayudase a sobrellevar los días sin fútbol, pero le cortaron las alas el día que le descubrieron mientras escapaba, en busca de una nueva fiesta, por la ventana de su habitación.

Tim jugó ocho años en Fluminense antes de regresar a Botafogo para retirarse cerca de casa. Como el fútbol le corría por la sangre como un veneno sin antídoto, cambió el balón por la libreta y los pases medidos por las pizarras y decidió sentarse en la silla eléctrica del banquillo con su traje de entrenador. Empezó en su querido Botafogo, probó en la enriquecida liga colombiana y regresó a Brasil para convertirse en leyenda. Si su padre había homenajeado a Napoleón el día de su nacimiento, Tim se convirtió en un Bonaparte perfecto a la hora de dirigir a sus jugadores. Si en Argentina le habían llamado “El Peón” por su capacidad de dirección en el campo, Tim demostró que aquella capacidad cabía en su cabeza para todo el fútbol y que también desde el banquillo era capaz de conseguir las gestas más grandes.

Innovaba siempre que podía; explicaba las tácticas con botones de colores, intentaba mantener una distancia respetuosa con los futbolistas, atormentado tras sus lamentables experiencias como jugador, e intentaba hacer prevalecer la ironía en su discurso como una manera eficaz de mantener la tensión sin hacer que el buen humor desapareciese del entorno. Una prueba única de su extraordinaria capacidad humorística y del sentido libre que le daba al fútbol, la dio el día en que un joven muchacho de buenas cualidades y obedientes actuaciones se acercó hacia él para intentarle convencer de su valía; “Entrenador, estoy preparado. No bebo. No fumo. Nunca voy de fiesta”. Tim lo miró de arriba a abajo y sin desprenderse de su sonrisa le espetó: “No se preocupe. Aquí usted también aprenderá a hacer todo eso”.

Y es que Tim sabía que en la felicidad del jugador residía el mejor secreto de su rendimiento. Por ello no dudaba a la hora de alabarles, de quitarles presión o de criticarles como lo haría un padre. Como era un gran cocinero, organizaba grandes comidas en su jardín para unir a su plantilla. Como era un gran futbolero, explicaba las virtudes y defectos de cada rival con la naturalidad que aporta la experiencia. Como era un gran psicólogo, cada jugador ya sabía lo que era capaz de hacer antes de saltar al campo. Por ello, crítica, afición y jugadores se rindieron a sus métodos de trabajo; en la eficiencia y la felicidad basaba sus triunfos y en la seguridad basaba su trabajo, prueba de ello son las palabras del gran Domingos Da Guía, posiblemente el mejor defensa central nacido en Brasil, que, preguntado por el éxito de Tim, respondió, con voz tranquila: “Nunca lo vi errar”.

Si existe un lugar donde recuerden al gran Tim con un especial cariño y un impagable agradecimiento es en San Lorenzo de Almagro. Tim llegó a Buenos Aires a finales de los años sesenta y se encontró un equipo pleno de calidad pero falto de ganas. Aquel San Lorenzo venía de vuelta tras varios años de éxitos bajo el sobrenombre de “los carasucias”, una especie de homenaje y continuidad a la gran selección argentina que conquistó Lima en el sudamericano del 58. Al equipo entrenado por Tim, consagrado a base de victorias apabullantes y juego espectacular, le apodaron como “los matadores”, gracias, en gran medida, a la eficacia contundente de una delantera formada por Gonzalez, Rendo, Fischer, Telch y Veglio.

Tim llegó a un fútbol argentino demasiado europeizado, por lo que su principal misión fue la de liberar al futbolista de los corsés tácticos que promulgaban la fórmula del éxito y, renunciando a las panaceas, se volcó en un discurso sencillo; “Tenemos talento, tenemos técnica y tenemos hambre. Tenemos lo justo para ganar”. Y ganaron. Ganaron tanto que acabaron el año como invictos, arrollaron en las rondas finales y levantaron el trofeo frente a una multitud enloquecida ¿El secreto? Tim, sonreía. “Simplemente, lo que a mí siempre me gustó tener cuando era futbolista: libertad y confianza”. Habiendo calidad, no hacía falta mucho más.

Por ello, cuando en la algarabía del éxito, alguien se atrevió a preguntarle si por fin había encontrado la fórmula del equilibrio futbolístico, Tim dejó para la historia una de las frases más populares y que describe el fútbol a la perfección. El equilibrio no existe porque “jugar al fútbol es como tratar de taparse con una manta corta. Si uno se cubre la cabeza, es inevitable impedir que se descubran los pies. Y si se cubren los pies, queda descubierta la cabeza”.

Y así ha sido para siempre el fútbol. Existieron equipos que, con los pies descubiertos fueron capaces de romper los moldes y otros, que con la cabeza al aire, destronaron mitos y reescribieron leyes. Tratar de mantener ambos tapados es como intentar lanzarse al agua y mantener la ropa seca.



P.D. Tal día como hoy, hace exactamente un año, este blog inició su andadura impulsado por el empujoncito de ánimo de Javi; posiblemente el blogero que más control y sapiencia tiene sobre el planeta futbolísitico y uno de los que más creyó en mí. De antes también conocía a Álvaro, de quien siempre me asombró la entusiasmada lucidez que le aportaba su corta edad. Y tras reiniciarme en este mundillo con este nuevo blog, tuve la suerte de cruzar mi camino con una serie de auténticos maestros de la palabra y la razón; hablo de Christian, Piterino, Guille, Silvi, Carlos, Fernando, Juan y otros tantos a los que quiero dar las gracias por leerme y, sobre todo, por enseñarme. Y gracias también, de manera especial, a Suca y a Juanra porque ellos ya llevan muchos años aguantándome y creyendo en mí. Sin vosotros no hubiese aguantado todo un año ni hubiese escrito estos cien post (doble celebración). Gracias.

martes, 22 de abril de 2008

¿Por qué interés se quiere a este "Andrés"?

No soy muy partidario de pararme a hablar de los medios de comunicación en este humilde espacio de opinión, historias y encuentros diversos. Cuando lo he hecho, he tratado de hacer primar la ironía sobre el enfado, la realidad sobre la noticia y la palabra sobre la voz. No soy partidario de perder mucho tiempo hablando sobre programas o diarios porque lo considero un acto de soberbia imperdonable, siendo yo como soy un mero aficionado y siendo ellos como son un grupo de prestigiosos profesionales.

Tampoco pienso entrar en las entrañas de una crítica despiadada, solamente quiero jugar a las preguntas de aficionado perplejo, dolido y sin cicatrizar. Hace tiempo que quieren ponernos una venda en el lugar equivocado; nos duele el alma e intentan taparnos los ojos. Hace tiempo que quieren taponar la hemorragia en el lugar donde no corresponde; tenemos roto el corazón e intentan taponarnos los oídos. Nos cuentan lo que quisiéramos oír, que nos es la triste verdad sino una inquietante mentira. Nos hacen ver lo bonito que es el mundo mientras las raíces del árbol maldito siguen creciendo y destruyendo los cimientos de una historia que cada vez tiene más difícil eso de alcanzar un final donde se cazan, se cocinan y se comen las perdices.

Desde “El Larguero”, ese prestigioso y premiado programa deportivo, que, reconozco, escucho a diario desde hace casi veinte años, llevan varios meses tomando declarado partido contra la gestión de un hombre que, todo sea dicho, es como un niño torpe que rompe todo lo que toca. Para justificar el desastre de su gestión, que lo ha sido, no inventaron mejor excusa para provocar al individuo y criticar sus maneras que apelando a su imagen personal; “el gordito del bigote”. Curiosa manera de catalogar a las personas. Conozco a gorditos con bigote que no se llaman Juan Soler y que, sin embargo, son capaces de comerse el mundo, regalar una sonrisa o provocar admiraciones. Por lo que, en principio, queda bastante claro que ni el hábito hace al monje, ni las apariencias ayudan a desengañar al más pintado.

Le preguntaría yo, al señor De la Morena, sin dejar de criticar la nefasta gestión de Juan Soler al frente del Valencia que cuántas Copas ha ganado el Atlético en los últimos diez años, o algo más alcanzable a su historia, cuántas veces ha quedado el Atlético entre los cuatro primeros, con plaza, por lo tanto, para disputar la Champions League, en los mismos últimos diez años. Pero como la respuesta es tan elocuente como la desfachatez demostrada, mi siguiente pregunta sería la de "¿Por qué?"

¿Por qué se critica con saña a un presidente que ha conseguido unos mínimos logros y no se critica de ninguna manera a una directiva que, año tras año, conduce hacia la ruina a un equipo histórico? ¿Acaso como Enrique Cerezo y Gil Marín son delgados y no tienen bigote no son dignos de crítica alguna? ¿Es que es más gratificante humillar a un dirigente por su aspecto físico que dejar de hablar mal de un payaso que en cada declaración renueva su espectáculo circense?

No sé hasta qué punto la afición valencianista se siente molesta cada vez que un periodista en particular, o medio en general, arremete contra su directiva, lo que sí se es como me siento yo, que llevo viviendo y muriendo por el Atleti desde que tengo uso de razón, cada vez que se pasa de largo por el verdadero problema del club; asqueado.

El Valencia, que durante varias temporadas jugó, con aciertos y desaciertos, a los cambios de poder, viene hoy de rebote descendente después de haber alcanzado el techo durante varias temporadas. Un rebote tan descendente que incluso le pone de cara la posibilidad aterradora de caer en el fuego de la segunda división. El Atlético ya cayó a ese pozo atroz y, con la misma directiva, sigue cayendo a otros pozos de mediocridad. Pero aquí no pasa nada. Resulta más rentable afilar las uñas contra un gordito con bigote que dejar de reírle las gracias a un payasete con gafas (y que conste que yo llevo gafas).

jueves, 17 de abril de 2008

A modo de aclaración

Ante el reguero de vulgaridades, comentarios jocosos, patochadas, oportunismos, ventajismos, patrañas e insultos que los abonados del Getafe llevamos aguantando durante el día de hoy en diversos foros, blogs y otras páginas de la red; me gustaría comentar que:

- No pensamos pedir perdón por haber vivido dos temporadas de ensueño.

- Al que nos haya tomado manía, solamente le deseo que algún día llegue a vivir la mitad de lo que nosotros hemos vivido y comprenderá el mérito de llegar tan arriba viniendo desde tan abajo. Y que toda afición tiene derecho a reir, cantar, llorar y callar.

- Efectivamente, algún día bajaremos a segunda división e incluso a segunda B y nos podremos mirar a la cara orgullosos de lo que hemos conseguido y de lo que hemos estado a punto de conseguir. Pero que la primera división no es propiedad privada de nadie.

- Me parece, cuando menos, clasista, considerar un incordio cada vez que un equipo pequeño se mete, por méritos propios, en el universo todopoderoso de los grandes y que gracias a hazañas con esta, muchos seguimos amando la esencia mística del fútbol.

- El Valencia fue mucho mejor y ganó la Copa en toda ley con lo que se ganó nuestro merecido aplauso y felicitaciones.

- No tenemos la culpa de que los comentaristas de Antena 3 cantasen con efusividad nuestros goles contra el Bayern.

- Si Casquero hubiese caído al suelo en el Sardinero, Garay también hubiese chutado a puerta desde la frontal y no hubiese pasado nada.

- Se ha podido hablar más de la cuenta, pero solo se remarcaron los hechos de un equipo que apenas tiene nada.

- Los que dicen ahora que al Alavés, al Espanyol, al Celta o al Deportivo no se les dio tanto bombo en su día es porque no tienen memoria.

- Si el Valencia no ha tenido el suficiente apoyo mediático es porque lleva toda la temporada jugando a un nivel de segunda división con un equipo de primerísima línea.

- Yo lloré con Cañizares el día que el Bayern les ganó la Copa de Europa.

- Si el tiempo y la memoria solamente tienen espacio para el equipo campeón, entonces nadie se acordará de quien tuvo el enorme mérito de jugar las finales de la Copa de Europa de 2002 y 2003.


- Otros, con el doble de mimbres, no consiguieron ni la mitad. Tremendo pecado el de ese "bocazas" llamado Ángel Torres.

- Resulta un tanto curioso que un pueblo tan "facha" como Getafe, la izquierda lleve gobernando en coalición durante más de veinticinco años consecutivos.

- Si el Rey disfrutó en Getafe sería porque se hicieron bien las cosas.

- Si al Geta le hubiese dando tanto bombo la prensa como dicen por el simple hecho de ser un equipo de Madrid, el día que empatamos en Munich el Marca no hubiese abierto en portada con el supuesto interés del Real Madrid por un jugador del Atlético.


- Tan exmadridistas y, por tanto, tan "mediatizados" como lo pueden ser De la Red y Granero, lo pueden ser Mata o Morientes, y que ambos fueron alabados por su presente y no por su pasado.

- Vendría bien recordar donde aprendieron a tomarle el pulso a la gran competición futbolistas como Albiol, Gavilán o Pablo Hernández. Grandes jugadores que están destinados a darle grandísimas alegrías a la afición valencianista. Y que ojalá nos sigan prestando jóvenes valores porque en su gran cantera reside parte del secreto nuestro precipitado crecimiento.

- Igual que hay que saber perder, hay que saber ganar.

- A los que apoyaron al Getafe ayer, muchas gracias. Y a los que no lo hicieron, enhorabuena.

- A la afición del Valencia que ayer estuvo en el Calderón; Chapeau.

- A los aficionados del Getafe que no supieron perder; para saber hacia donde vamos, primero hay que saber de donde venimos.

lunes, 14 de abril de 2008

El nombre de la rosa (Por Christian Castellanos)

En el desierto de mediocridad que atraviesa nuestro fútbol, atendemos con muchísima más expectación el posible nacimiento de una estrella. Ávidos de nuevas experiencias, ilusiones y sobresaltos encumbramos a los cielos a golpe de comparación a muchos que después se quedan por el camino. Van der Meyde iba para nuevo Cruyff, Cassano era considerado como el futbolista con más talento en Italia desde Mazzola, comparamos a Wright-Phillips con su padre, o a Van Persie con Bergkamp con la única base de que coincidieron en equipo y nacionalidad. Hemos sacado decenas de herederos de Zidane y cientos de nuevos ‘Pelés’ y ‘Maradonas’.

Este proceso se redimensiona en Italia, donde cada jovencito con las agallas suficientes para retar el poderío físico e intentar romper las férreas tácticas es un prodigio que las aficiones se encargan de mimar con todos los medios posibles, mientras los rivales erosionan sus tobillos. Cada ‘fantasista’ italiano, como se les conoce al sur de los Alpes, tiene el valor añadido, quizá el problema, de haber nacido en un territorio equivocado.

Y si hay un equipo que encarna más que ningún otro la forma peculiar del fútbol italiano, ese es la Juventus de Turín. Entre sus jugadores míticos siempre se nos escapará un Capello, un Conte, un Davids o un Emerson. Allí, entre Cannavaro, Tudor, Pessotto y Vieira ha crecido Sebastian Giovinco. Las espinas protegen la rosa, pero es el capullo lo que le otorga esa belleza, simple, pero imponente. Con esta analogía podríamos explicar la historia de la Juventus: un club lleno de dureza, pero con pura magia arriba. Y así ha vivido durante más de un siglo. Entre los trabajadores, los que no se ven, han destacado Charles, Sivori, Boniperti, Bettega, Platini, Laudrup, Vialli, Baggio, Zidane ó Del Piero. Y ahora, entre los cardos, ha nacido una rosa con forma de estrella.

A sus 21 años, Giovinco ya sabe lo que es dar pases de gol a Trezeguet. Son 166 centímetros cargados de magia y con el peso de las ilusiones de una afición más abatida que nunca. Cuando él la coge, los hinchas del Empoli (donde actualmente está cedido), saben que sus posibilidades de salvación aumentan exponencialmente. El abre-defensas le han llegado a llamar en Italia. Velocidad a raudales, capacidad para colarse por debajo de las piernas de los centrales. En una palabra: Fan-ta-sis-ta. Hasta la talla más pequeña de la camiseta de la Juventus le vendrá grande, pero el escudo le encaja a la perfección. En él están puestas las esperanzas del futuro bianconero. Sólo él podrá ponerse más veces el ‘10’ de Alex Del Piero a la espalda. Con él esperan levantar otra Champions. En él van todas las esperanzas de la juventinità. Él es el nombre de la rosa.


P.D. Christian Castellanos es administrador de Curva Bianconera, Forza Calcio y Tiempo de Fútbol