martes, 30 de diciembre de 2008

El año de las luces

Durante años anduvimos perdidos en el laberinto de nuestros propios sueños. Dada nuestra condición de pesimistas, perdimos más tiempo analizando el problema que buscando una solución. Cuando tuvimos la solución fuimos poco precisos a lahora de pronosticar porque, una vez más, nos sentíamos dueños de nuestro fracaso mucho antes de que este llegara. Como la autoflagelación va diseñada a medida con nuestro carácter, nos pusimos, una vez más, la venda antes que la herida y nos preparamos para recitar todas nuestras plegarias. Cuando llegó el éxtasis, nos pilló tan desprevenidos que aún hoy, meses después del apogeo, no terminamos de ser conscientes de que aquello que vimos fue un ejercicio de fútbol tan puro que solamente el tiempo se encargará de beatificar como un equipo de leyenda.

Termina el año de las luces. El que se encargó de iluminar nuestro presente y marcar, por fin, los designios de nuestro futuro. Desde este dos mil ocho, hacia adelante, sabremos, esta vez sí, como debemos jugar, cual es el estilo correcto y por qué el mundo, por una vez, se ha parado y ha vuelto la cabeza para seguir nuestro ejemplo. Fue el año de la Eurocopa, de Cristiano Ronaldo, del renacido que moría de desidia y del resucitado que apagaba sus cenizas. Barça y Madrid, Madrid y Barça, siempre como un columpio de vaivenes en el que dos niños se empeñan en alcanzar la misma altura y solamente el que está abajo puede contemplar cuán alto puede volar su enemigo.

Como tendemos más a relamernos que a desquitarnos, sería inútil hacerle este escueto resumen al año sin incidir en lo que fue oro y se convirtió en tierra y en la ecuación viceversa que da sentido a las teorías de vasos comunicantes que convierten al fútbol en el más prodigioso deporte del planeta. Quizá, allá, por el horizonte, nadie alcance a recordar a dónde fueron a parar aquellas palabras de consejo dictadas por los hombres fuertes del vestuario madridista y que le recomendaban a Ramón Calderón no romper el equipo que se había convertido en campeón. Que las palabras fuesen más consejo o miedo a perder el sitio no pudo quedar patente, más en el error de incidir en el cumplimiento a rajatabla del mismo, Calderón y sus adláteres se dejaron en verano todos los deberes sin hacer y aquella carta ganadora por la que apostó todo el mundo terminó siendo un maldito farol que les condenó al más absoluto de los ridículos. Donde estaba Schuster ahora está Juande y desde el mismo patíbulo al que subieron al alemán, tendrá que manejar el manchego una nave con más vías de escape que aquel Titanic que se hundió en el ártico y se mitificó en el cine.

Precisamente es Juande uno de esos condenados por el poco valor de la memoria y el exceso énfasis en la mitificación y desmitificación de especies. Primero mago de los banquillos y después condenado al cadalso del fracaso, tuvo tiempo de expiar sus culpas y sentarse de nuevo en el banquillo del Bernabéu para volver a empezar su leyenda. Decisiones así se comparan más con actos de fe que con actos de convencimiento; aunque en el fondo, entrenar al Madrid y buen puñado de euros son dos razones más que suficientes para convencer a cualquiera. Y quien le dejó el puesto ni supo estar ni supo irse y, ni mucho menos, supo convencer a los más crédulo que, quizá tenían razón cuando, a principios de verano, le señalaban como el hombre que devolvería al Madrid la tan añorada excelencia.

El mayor problema derivado de esa misma excelancia es, para los blancos, que desde hace más de dos décadas, aquella ha tendido a sentarse más veces en la mesa del enemigo. Como el enemigo, blaugrana y estilista, fue diseñado desde el vértigo, suele desconfiar a veces del peligro de las alturas y, cuando cae, lo hace con tanto estrépito que sus ruinas quedan esparcidas por todos los estratos sociales de Cataluña. Como recomponerse le cuesta tan poco como volver a poner en marcha el mecanismo preconcebido de su plan, no debe resultar extraño que, en poco más de un año, hemos pasado de ver a un equipo calamitoso a volver a ver al mejor equipo del mundo. Todo es cuestión de mover las fichas adecuadas, cambiar alguna pieza por otra y mantener el mismo plan de ataque y el mismo tablero de combate.

Un año, como los demás, lleno de vencedores, vencidos y guerreros de vieja escuela con firmes promesas de regreso a la élite. El año en el que el Manchester United volvió a ganarlo todo, el año en el que el Inter de Milan empezó a cerrar su particular caja de Pandora, el año en el que la Premier se convirtió en santo y seña del fútbol más enérgico jamás visto, el año en el que el Atleti, la Juve y el Liverpool quisieron decir que los viejos rockeros nunca mueren. El año del santo Casillas parando penaltis que nos llevaron a la gloria, el año del gol de un niño Torres que se hizo mayor junto a las verdes praderas alpinas, el año que consagró a Xavi como el centrocampista perfecto, el año que diseñó en Cristiano Ronaldo el prototipo de futbolista perfecto y el año que nos presentó a Messi como el verdadero artista del futuro.

En el futuro está la vida y en nuestra vida seguirá estando el fútbol. Termina y año y empezará otro; con más de Casillas, más de Torres y más de Xavi para nuestro disfrute. Con más de Ronaldo y Messi para el disfrute general. Y con más apariciones, victorias y goles para alivio de este enfermo aficionado que hoy escribe estos párrafos y que, gracias a los futbolistas, encuentra cada semana una excusa perfecta para sentarse a escribir delante de su ordenador. Feliz año nuevo a todos.

martes, 16 de diciembre de 2008

Suerte de distracción

Existen dos maneras de afrontar la realidad; mirándole a los ojos al mundo o mirándose el propio ombligo buscando más excusas que soluciones. Desde la manera correcta se encuentra el aprendizaje necesario porque los errores, aunque amargos, no deben servir para olvidarlos sino para no repetirlos. Desde la manera errónea solamente buscaremos, consciente o inconscientemente, tropezar una y otra vez con la misma piedra porque creeremos que en la pérdida o en la ganancia no han existido más factores externos que la suerte o los propios designios del destino.

Tras el partido del sábado parece que todos han ganado o, al menos, que nadie ha perdido. Para el Barça, como ganador final, quedó la sensación de un equipo impreciso al que le resultaba imposible vivir sin la inspiración de sus hombres clave. Sin la salida de Márquez, la asociación de Xavi y el desborde de Messi, el equipo se encontró acomplejado y desquiciado. En su favor cuenta la auténtica verdad de los grandes equipos; quien sale a ganar, generalmente, termina ganando.

Para el Madrid, como perdedor moral, quedó la sensación de haber entregado el aliento y haber dejado bien alto el orgullo que representa su escudo. Parece que escudarse en las bajas y la baja forma psíquica, han servido de coartadas para defender su papel de víctima. Sin aprender de lecciones ajenas o dar rienda a su propia esencia de equipo indomable, se presentó en el Nou Camp con hechuras de equipo menor. No hace mucho, cuando sus estrellas brillaban en lo alto y las lesiones aún no habían hecho acto de presencia en forma de plaga infernal, una Juve mermada en efectivos y tocada por resultados recientes, les dio una soberana lección de dignidad, de hambre y de posición defensiva. Pero ya se sabe que, cuando se inventaron las excusas, se acabaron los errores.

Una tercera vía, más neutral y más dada a la lección simple y palabra fácil habla de la mano de Juande en el equipo blanco. Francamente, desconozco la influencia que puede ejercer un entrenador en una plantilla con tan sólo tres días de trabajo y el poder de autogestión de esta última a la hora de afrontar un compromiso de tamaño calibre. Aún en mi desconocimiento, no podría aplaudir decisiones tan primitivas como las de ordenar marcajes individuales o las de meter al equipo en el área propia, por más que así obtengas el mejor rendimiento de tipos como Cannavaro o Metzelder. Aplaudo, eso sí, la valiente decisión de apostar por un inexperto chaval a la hora de encallar en el absurdo territorio de negligencia fabricado por Abidal y la apuesta por Raúl como capitán en plaza ajena. De Guardiola, cuya inexperiencia parece haber quedado como punto de referencia a la hora de expresar la crítica, aplaudiré la decisión de meter a Busquets en el partido, al tiempo que sancionaré el tiempo que tardó en hacerlo. Con la última pieza del engranaje en el campo, el equipo encontró un tipo que tiraba paredes y desmarques en cada parcela del terreno, que no se encogió a la hora de meter la pierna y que provocó el penalti anterior al último y definitivo arreón.

Quedaron al descubierto los límites y las probabilidades de cara al futuro. Al Barça se le presenta un panorama paradisíaco donde solamente le sirve utilizar la cabeza y el talento para volver al lugar que representa su historia más reciente, y la intuición de que, de aquí en adelante, se encontrará con muchos planteamientos semejantes. En su capacidad para gestionarlos, se adivinará su verdadera concepción de campeón.

Al Madrid le queda trabajo y la sensación de que en peores se las ha visto. Parece que no salir goleado le dejó más contento que haber perdido injustamente ante el Sevilla. Puede que haya encontrado el camino y que Barcelona haya sido, como en otras ocasiones, su trampolín de despegue hacia el milagro. Pero si una cosa volvió a quedar clara es que, el que no se consuela es porque no quiere.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Símbolo de cambio (por Christian Castellanos)

En las canteras de piedra en las que se han convertido en Italia los campos juveniles han hallado uno de esos minerales extraños, difíciles de encontrar. Tiene nombre y apellidos: Claudio Marchisio. Podríamos ser demagogos, pero hay que saber ver la parte positiva que el Calciopoli ha dejado para el futuro: el destape de las mafias y el cierre de carteras obligó a mirar hacia atrás y rascar la piedra para encontrar materia en las capas más altas. En el momento más duro de su historia, la Juventus quiere encontrar en casa la llave que le permita entrar otra vez al exclusivo (y tan injusto) club de los campeones.

La posición de mediocentro es muy delicada. Y entre esas dificultades es donde quiere crecer Marchisio: en el equipo por el que han pasado muchos de los mejores, los más míticos y carismáticos. La suya es una carrera contra los elementos, a contracorriente, contra el tiempo, contra la tradición. Culpa de la presión, de la victoria como sea, de la prohibición de fallar que se impone a los jugadores de la propia cantera, que primero son elevados a los cielos y después, si no responden a las expectativas más fantasiosas, arrinconados en una esquina, arrebatándosele el puesto en el altar de la gloria inmediata sin ninguna piedad. Para seguir en los altares y seguir escalando niveles, gente como Marchisio han de dar el 110% y ponerse una coraza para cubrirse de todo lo que se les venga encima.

Más aún cuando el nuevo elemento es revolucionario y rompe la línea del continuismo. En el seno de un equipo que vive más pendiente del rival que de sus propias posibilidades, aflora el talento natural y aún por pulir de Marchisio. Las exigencias del guión han provocado su entrada súbita en el equipo, con la misión, más que complicada, de hacer creer que no gastarse el dinero en Xabi Alonso y apostar por él fue la decisión correcta. Muchos aficionados al fútbol recordarán al mítico Paulo Sousa, aquel portugués incombustible que hizo carrera en Italia y levantó la Champions con la propia Juventus. Para hacernos una idea, Marchisio es su heredero, en rubio y patrio. Sí, heredero, porque desde Sousa ha sido el único que ha osado a la filosofía rocosa de la Juventus. Marchisio es el metrónomo de la Juve, con una capacidad innata para mantener junto al equipo, cortando y sacando rápido el balón, dándole otro aire y una velocidad más al juego, jugando al primer toque. Un futbolista de 'reciclaje', capaz de recibir balones inservibles de la defensa y empezar la acción de ataque.

Volvió a Turín este verano tras jugar en el Empoli y ser protagonista en el infierno de la Serie B en que le hizo debutar Deschamps. El objetivo ahora es ganarse un puesto entre Sissoko, Poulsen y Zanetti. Él, junto a Giovinco y De Ceglie, son el símbolo del cambio en Italia en general y la Juventus en particular. No le hemos visto temblar ante Fiorentina, Manchester o Real Madrid. Dice que quiere parecerse a Gerrard. De momento es parte de la historia del cambio de la Juventus. Cambio de juego y de política. Estamos en la época de los magnates y los fichajes millonarios, merecen un aplauso los que van a contracorriente en busca del mismo éxito.





P.D. Christian Castellanos es administrador de los más que recomendables blogs Más y más fútbol y Curva bianconera.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Sacar petróleo

Aunque el petróleo lleva funcionando como elemento imprescindible en ciertas tareas del hombre durante varios siglos, es desde mediados del XIX cuando se convirtió en objetivo primordial de empresas e inversores dada su capacidad, tras varios procesos de refinamiento, para servir como combustible o líquido de engranaje para la maquinaria que deslumbraba al mundo en la imparable revolución industrial.

Sucedió que en terrenos yermos y secos, muchos granjeros, oficiantes y buscavidas encontraron el fruto de su felicidad y riqueza gracias al líquido elemento; tener una refinería de tu propiedad te convertía en próspero millonario y excelso inversor de fortunas. Era un fenómeno parecido al de la inspiración en un poeta alicaído, al del encuentro del ingrediente perdido en una fórmula química o al de la demostración de la obra de Dios para un teólogo existencial.

Es como darle la pelota al mejor jugador de tu equipo y ver como este la para, la aguanta y te saca una jugada de gol. El jugador en terreno yermo, poco fértil, con la portería mal perfilada y la espalda contra el pecho del defensor rival. Ver como la para, como se gira y como encara es como contemplar una persecución crucial en una película de Robert de Niro; el semblante serio, la mirada fija en la espalda del enemigo y la sensación de que la secuencia terminará con el malo muerto de un tiro entre las cejas y el balón flotando suavemente en la portería del equipo rival.

El Atlético es hoy ese granjero yanqui que encuentra petróleo en mitad del desierto. Cada melón despejado hacia arriba y cada salida de tono por parte de sus centrocampistas y nadacampistas agobiados, son convertidos en oro por el Kun Agüero. Un tipo de poca monta, con un físico para el circo que, sin embargo, juega el fútbol como los ángeles. Alguien le comparó con Romario; arrancada brutal y definición parsimoniosa, pero Agüero puede ser mucho más. Tiene más radio de acción, más poder de influencia para sus compañeros y, sobre todo, el alma y el corazón de un futbolista fabricado en la calle. Eso, habiéndose criado en Argentina, ya lo vimos; es sinómino de amo y señor del fútbol.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Por un delito que no cometió

Las manos en los bolsillos, la cabeza agachada y la mirada fija en el suelo. Entró en el viejo mercado tragando saliva, no se atrevía a levantar la frente, avergonzado por el hecho de ser culpable aún sin sentirlo. Por un solo instante arqueó una ceja, levantó la mirada y observó a una señora que peinaba a su hijo con la palma de la mano; una mano que levantó en aspecto inquisitivo, el gesto furioso y el dedo amenazador. “Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.

De vez en cuando estiraba los brazos e intentaba atrapar el viento mientras soñaba que atajaba el disparo ratonero de Alcides Ghiggia. A Moacir Barbosa siempre le pareció un disparo fácil, un balón ligero empujado por la brisa, una efímera intención de gol que terminaría palmeada por encima del larguero. Quisiera olvidar el momento en el que volvió la cabeza y vio el balón paseando en el fondo de la red. Por ello caminaba siempre con la cabeza baja y la mirada perdida; sentía vergüenza del tiempo, de las palabras y de su maldito instinto. Nunca pudo arrepentirse de nada porque correr hacia atrás es de cobardes y porque para perder finales primero había que jugarlas.

Habían pasado muchos años y nadie olvidaba aquel gol. No podía hacerlo Barbosa y mucho menos el pueblo brasileño. En la soledad de la tarde, con la penumbra sembrando aciagos recuerdos sobre el sofá de su desgastada casa, el timbre del teléfono le sacó de la inopia. Solamente la sonrisa perenne de su mujer le ayudaba a mirar la vida dos pasos por delante de las añoranzas. Querían hacerle un reportaje. Los ingleses, con sus modernos atavíos y sus sofisticados equipos de televisión querían llevarle a la concentración de la selección brasileña y permitir que el viejo Barbosa saludase a sus paisanos y, de paso, desearles suerte de cara al mundial que se disputaría en Estados Unidos. No llegó a pisar el césped. El viejo Zagallo, antaño lobo de la línea de cal convertido en zorro de banquillo, no quiso ni escuchar su nombre; “Ese gafe no se encontrará con mis chicos. Su presencia es lo que menos necesitamos, solamente queremos buena suerte y Barbosa es lo más parecido a una desgracia”. Regresó a su casa con el alma rota y el eterno recuerdo palpitando a flor de piel bajo su pecho. No hubo reportaje, ni homenaje ni, mucho menos, reconocimiento. Respiró hondo y regresó a su viejo sillón, taciturno, pensativo y con los ojos empapados en incomprensión. Volvió a perderse en la sonrisa de su mujer; una vez más, la vida le obligaba a vivir dos pasos por delante de las añoranzas.

De nuevo el micrófono bajo la nariz, de nuevo el periodista midiendo el aguante de la víctima y de nuevo Moacir Barbosa forzado a reinventar su paciencia. “Si no hubiese aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”. Vuelta al suspiro, vuelta al recuerdo y vuelta a la exculpación; viviendo en pecado sin haberlo cometido, buscando la redención entre un circo de miradas inquisidoras. “No fue culpa mía”, vuelve a repetir. “Éramos once”.

Filigranas de la vida; le condenaron por un campeonato perfecto. Barbosa murió en vida la tarde del dieciséis de julio de mil novecientos cincuenta, minutos antes de que le concedieran el trofeo como mejor portero del mundial ¿El mejor portero del mundial culpable de todo? Imposible. Es la misma afirmación que defendió hasta el día de su muerte. “Imposible”, volvió a repetir la noche del siete de abril del año dos mil, mientras sus ojos se cerraban para siempre y el semblante descansaba, por fin, tras cincuenta años de amargura. La prensa brasileña se hizo eco de la triste noticia reflejando un titular: “La segunda muerte de Barbosa”. Ilustrativo, explicativo, emotivo, injusto.

Durante décadas, y aún hoy para la mayoría de brasileños que sobrevivieron al tiempo y al desastre, aquel mundial no lo perdió Brasil sino que lo perdió Barbosa. Es la sensación que quedó en el aire y contra la que tuvo que luchar el viejo portero durante toda su vida. Cariacontecido, se sentaba en cualquier banco del parque y observaba el vuelo de los pájaros. En cierto modo, él había sido como ellos, un soñador con alas, un Ícaro que voló demasiado alto y no supo atajar la pelota en el vuelo más rasante.

Había atrapado todas menos una. Por arriba, por abajo, en duelo directo y en disparo lejano, cabezazos a bocajarro y despejes desafortunados, colocados y mordidos, rectos y curvos. Incluído aquel penalti detenido a Labruna en el cuarenta y nueve y que había coronado a Vasco como campeón sudamericano. Había sido el mejor portero de Brasil; el mejor de la época, el mejor de siempre.

El presidente de la federación le llamó a su despacho, había llegado la hora de la jubilación y Barbosa tomó sus bártulos para despedirse por siempre de Maracaná. El mismo estadio que le condenó para siempre había sido su lugar de trabajo durante los últimos cuarenta años. El césped bien cuidado, el material siempre repuesto, los vestuarios adecuados para los futbolistas, las gradas dispuestas para los aficionados. Regates del destino, defenestrado primero y condenado a cuidar el estadio después. En su último día de trabajo en el estadio más grande del mundo le ofrecieron la portería maldita como regalo y Barbosa reunió a los pocos amigos que le quedaban para ofrecerles un ritual. Tomó los dos postes, el larguero y la red y prendió fuego a sus males y sus recuerdos en el patio de su casa. Creyó espantar los malos espíritus, más solamente borró una pequeña gran parte de la historia del fútbol.


Repudiado en las concentraciones, señalado en los mercados y expulsado de los bares donde intentó tomar una taza de café acompañada de nostalgia. Barbosa terminó muriendo solo y sumido en la pobreza. Incomprendido y triste, desamparado y desconocido. Poco antes de caer en el sueño eterno dejó testamento de sus pesares delante del último micrófono que visitó su aposento: “En Brasil, la pena mayor de cárcel que establece la ley es de treinta años. Yo hace casi cincuenta que pago por un delito que no cometí”.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Mito padre de un mito

Imponer una modernidad necesita del triunfo de una revolución y toda revolución necesita una nueva inventiva, capacidad de sorpresa y ganas de romper con el pasado. En el fútbol cada revolución modernista ha sido un paso hacia delante y el primero en avanzar dos pasos en la línea defensiva fue el triestino Cesare Maldini.

Suele ocurrir que los clásicos recelan, por miedo a la novedad, de la intención revolucionaria de algunos jugadores. No suele ser así cuando descubren el tope de sus capacidades competitivas. Nereo Rocco fue uno de los personajes más importantes del Milan en el siglo XX. Técnico de férreas pretensiones y clásica escuela, hizo del Milan un equipo rocoso y difícil de ganar. En ataque basaba sus bienes en el instinto creativo de Nils Liedholm y Juan Alberto Schiaffino. Para su defensa confió en las pretensiones de grandeza del joven Cesare Maldini.

En su debut como rossonero ayudó a destrozar a su querida Triestina, en su primera temporada ya se consagró como el mejor defensor italiano y durante toda su carrera creó escuela y abrió las puertas a los defensores técnicos, participativos y orgullosos de ejercer en la zona de atrás. Maldini sacaba el balón con limpieza, se permitía florituras y en su cabeza llevaba memorizados cada uno de los movimientos del delantero rival. Por ello, el día que se enfrentó a Eusebio en la final de la Copa de Europa de 1963 asumió el reto como un partido más trascendental que la final en sí; Eusebio apenas pudo tocar la pelota y el Milan se convirtió en el primer equipo italiano en alzar la orejona de los campeones continentales. Y el gran Cesare estaba allí, capitán al mando y director de orquesta. Si los grandes equipos se forman desde atrás, aquel Milan era mitad talento, mitad energía defensiva y dos italianos tenían la culpa de todo; uno era un imberbe descarado llamado Gianni Rivera, el otro era un corpulento defensor, alma, espíritu y corazón, llamado Cesare Maldini.

Pero el tiempo suele pasar dejando ocultas las huellas de cada camino. Las esquirlas de cada zancada y los ecos de cada celebración se fueron apagando y hoy ya nadie recuerda a ese señor espigado y con la mirada caída como uno de los tres mejores defensas centrales italianos de la historia. Nadie identifica ya a Cesare Maldini con el jugador que vistió durante más de trescientos partidos la camiseta rossonera, ni con sus famosas “maldinates” convertidas en regates furibundos en el área propia. El tiempo, la vida y el fútbol tienen memoria hasta donde alcanza la sonrisa y hoy, el capitán milanista de los años sesenta es, simplemente, el padre de Paolo Maldini. La estirpe de un hombre deja una cima difícil de alcanzar; los logros de un padre son un reto para un hijo, los logros de un hijo son un orgullo para un padre.

jueves, 30 de octubre de 2008

Miedo al despiste

Es en los momentos de incertidumbre cuando una minuciosa reflexión tiene más valor y tiempo de análisis. Es ahora, que el rojiblanco pinta en dudas en este comienzo de competición cuando hace falta valorar el verdadero flujo y sentido de esta plantilla confeccionada de manera dispar y en cuyo trayecto quedan depositados miles de ilusiones y esperanzas de cara al último tramo. Es ahora que la nada vuelve a pintar una mueca de desagrado en la cara de cada aficionado cuando vale recurrir al análisis y aclarar si a esta plantilla le cabe la exigencia de sesenta partidos al máximo nivel.

En la espiral de fracasos recientes nos resulta fácil recordar el purgatorio por el que pasaron en su día equipos como Celta de Vigo, Real Sociedad, Betis o Mallorca; todos ellos confeccionados a base de ilusión y castigados al abismo del sufrimiento por los duros quehaceres de la competición. El despiste y agotamiento al que somete la Champions suele pasar dura factura allá por los meses donde el sol comienza a despuntar en las horas altas del día y los concursos vitales suelen afrontar sus tramos decisivos. La necesidad de una plantilla amplia, talentosa y motivada no es una mera conjetura si no un hecho probado y comprobado.

Por todo ello, cabe analizar la profundidad de una plantilla poco compensada y mal confeccionada. A parte de media docena de futbolistas muy buenos y de un filial que para el entrenador es más un adorno que un recurso, provoca pánico comprobar que no existen laterales de garantías, que solamente hay un jugador por banda en el centro del campo y que en la dirección hay mucha cantidad pero poca variedad; no existe el añorado director de orquesta y, en punta, Luis García y Sinama con valores fiables para partidos puntuales pero no para largos periodos de sustitución, privilegio al que ni siquiera llegan los centrales suplentes.

Por ello hubiese sido necesario examinar el tañido de las campanas antes de lanzarlas al vuelo, asegurarse que la piel del oso sería de calidad antes de vender su caza y conocer que para tres competiciones el equipo tiene limitaciones y genera muchas dudas. Por ello, hubiese sido imprudente dejarse llevar por la inercia inicial de triunfos; por generarse una propia, y confusa, dosis de ilusión y por no saber que este equipo solo podía tirar hacia delante hasta que las fuerzas y los goles dijeran basta. Quizá cuando ello ocurra de manera definitiva se hayan ganado más partidos de los previstos y toque la hora de sonreír, pero, de no ser así, que nadie lance escupitajos contra la obviedad porque en la mentira de sus sueños vive la realidad de los resultados ¿Hay buen equipo? Sí ¿Hay buena plantilla? No. En el “sí” de la calidad vivirán los partidos ganados y el estado de ánimo suficiente para afrontar los retos. En el “no” de la limitación vivirá escondido el fantasma de la derrota. Y en la capacidad para saber digerirla, afrontarla y solucionarla estará la clave del éxito de este Atleti al que aún le quedan meses de desierto y oasis.

sábado, 25 de octubre de 2008

La vanidad es mi pecado favorito

En la última escena de la película “Pactar con el Diablo”, un satisfecho Al Pacino, apoyado en la barandilla de una escalera, sentencia, con una media sonrisa y la mirada llena de ego, una última frase que precede sin más argumentos a los títulos de crédito y a los maravillosos acordes del “Paint in Black” de los Stones. “La vanidad es mi pecado favorito”. Con ella hace saber la satisfacción que siente al haber captado, una vez más, a un ambicioso Keanu Reeves en su papel de abogado sin límites, sin derrotismos y sin escrúpulos. Un joven Reeves que piensa que el mejor bufete de Nueva York quiere contar con sus servicios como letrado cuando, en realidad, es el mismo Infierno quien quiere tentar su carne al tratarse del hijo del Diablo.

En la vanidad reside el vicio de creerse mejor que los demás. Yo soy yo y a mí nadie me tose. Es un pecado deleznable en vida que, cuando se extrapola al fútbol, suele producir tantas contradicciones como recochineos en el fracaso. El diablo blanco pensó que los futbolistas querrían jugar con él con el único argumento que el resplandor de su camiseta. Craso error, al futbolista de verdad hay que ofrecerle algo más que un escudo.

Para los que desconozcan en gran medida la historia del Real Madrid, deberían saber que sus albores se pintaron de humildad, necesidades y sufrimiento. Más allá de las formas, la historia de Santiago Bernabéu es la de un luchador implacable; un mago de concurso que, desde la nada, consiguió formar en pocos años un equipo ganador. Fue una época gloriosa en la que no cabía ser los mejores por nombre si no por hechos; realmente el Madrid era el mejor equipo del mundo y a los futbolistas les excitaba vestir de blanco porque sabían que, desde allí, y hacia el placer, había un camino muy corto.

El error del vanidoso nace de asegurar las creencias de los demás. Calderón, como un Bernabéu de poca monta e invadido por el espíritu de envidia que produjeron en él los años de grandeza de Florentino Pérez, juega a imitar a sus antecesores sin conocer los términos del convencimiento. No se trata de enseñarle el caramelo al niño y esperar que desoiga el consejo de sus padres y corra detrás de ti sin temores ni preocupaciones; se trata de asegurar un proyecto, de conocer lo que se necesita y de saber lo que se quiere. Durante meses marearon la perdiz portuguesa de Ronaldo y cuando el tiro salió por la culata intentaron apagar el fuego cuando el monte ya estaba totalmente quemado. Ni Cazorla, ni Villa, y mucho menos los representantes de cada uno, tomaron en serio una propuesta que debería haberles asegurado crédito, fama e historia. El Real Madrid de Calderón ya no es el plan de pensiones soñado por cada futbolista.

Por ello, la próxima que vez que le pregunten, a Schuster no le vendría mal hacer un par de preguntas antes de perder el tiempo mirándose el ombligo. El madridismo no debería permitirse un dirigente que juega a ser Dios, utilizando, mientras tanto, las tácticas del Diablo.

jueves, 23 de octubre de 2008

Mil razones para no hablar de fútbol

Nunca dejará de admirarme la capacidad que tiene Juan para sacar adelante con tanta calidad y solvencia un blog de fútbol sin hablar una palabra de fútbol. Los que le seguimos a diario sabemos que su secreto reside en sentir el fútbol como una coral de sentidos y sentimientos. El resto, los que nos empeñamos en hacernos valer en este mundo del juego periodístico, escribimos desde la sensación descorazonadora de querer saberlo todo y no poder, porque quisiéramos vivir el fútbol como los entrenadores que no somos o desde la perspectiva de un futbolista frustrado. Pero solamente él es capaz de vivirlo como aficionado.

Por ello, y en homenaje a su ingenio, a su capacidad para regenerar iniciativas, al club de fans que seguimos su día a día como red y, sobre todo, a él, me gustaría escribir un post, en mi blog de fútbol, que no hable de fútbol.

Suelo medir mis probabilidades de tener un buen día con la primera alzada de cortina del día. Si, en mis incoherencias de tipo recién levantado, muevo la cortina y descubro que el día está nublado o lluvioso suelo torcer el gesto; no sé por qué, pero tiendo a pensar que no será un buen día. Como ayer, además, tenía entrada para el partido y conocía mi misteriosa capacidad para atraer la lluvia cada vez que visito el Vicente Calderón, ya me veía yo, a trece horas del duelo, empapado hasta las cejas y con un cero a dos en la espalda que me hiciese interminable el camino de regreso a casa.

Y encima, atasco, mal pintaba la cosa. Como de mi jornada laboral poco importa hablar en este rincón y, además, mucho menos interesa, resumiré mis ocho horas de oficina en un “se me hicieron ocho días”. Fue uno de esos días tranquilos en los que pierdes más tiempo en planear la escaqueada que en planificar las tareas y en las que no dejas de temer que, en el último momento, te caerá el maldito marrón de última hora que te impedirá llegar a tiempo al pre partido. Pero no, justo en el instante en el que dejaba de llover, mi jefe dijo que se marchaba a hacer no se qué gestiones. Por fin el cielo enviaba una señal. Vía libre. Al menos, podría ser que sacásemos un empate.

Podría haber continuado diciendo que el camino desde el trabajo hasta Madrid no tuvo ninguna relevancia especial sino fuese por la llamada que recibí de Juanra a media distancia entre la salida y el destino en la que me dijo que estuviese atento al teléfono porque se venía a Madrid conmigo a vivir los instantes previos al partido. Para quien aún no lo sepa, Juanra es un ex compañero de trabajo reconvertido a mejor amigo que un día voló a Liverpool y quedó enamorado para siempre del ambiente de Anfield. Con él venía Katia, su inseparable compañera de aventuras y una de esas personas por las que te estás felicitando toda la vida por haberla conocido.

Madrid bullía en cánticos red. Ya desde Sol, mirando hacia arriba, olía a partido de fútbol de los de verdad. Y mientras dejaba que mis pelos continuasen erizándose mientras mis oídos se engalanaban una y otra vez con el cántico, ya inmortal, nacido en el Kop y para Fernando Torres, decidí descolgar el teléfono y buscar en la agenda el número que días atrás me había facilitado Stubbins mediante correo electrónico. Allí estábamos por fin; él en la puerta del Moore’s y yo en lo alto de la escalinata de salida de la Plaza Mayor. Como los grandes encuentros se simplifican en una mirada, bastó un caluroso saludo y un fuerte estrechamiento de manos para saber que podíamos ser amigos para siempre.

Stubbins es uno de esos tipos que inspiran confianza desde el primer vistazo. En él descubrí a un hincha de alegría incesante, un tipo al que le gusta disfrutar la compañía y que vive el Liverpool como la religión que derivó de aquellas palabras de Bill Shankly; “más allá de la vida o la muerte”. Pero como los grandes momentos no suelen simplificarse en un deseo cumplido, en la puerta de entrada al pub, abarrotado por camisetas rojas y engalanado para la ocasión por medio centenar de gargantas cantando célebres himnos, tuve la ocasión de conocer a Juan. Para quien aún no le conozca, me referiré a él como el máximo exponente del sentimiento red en Madrid. Desde su blog, es capaz de ponernos al día de la actualidad del Liverpool sin necesidad de citar estadísticas ni tácticas, y eso que sabe de fútbol más que cualquiera de los soñadores que asomamos por aquí día tras día, pero lo suyo, más que el análisis, son las sensaciones, más que las explicaciones, son las anécdotas.

Dos pintas y casi una hora después, aparecieron Juanra y Katia. Como cada vez que volvemos a reencontrar nuestros caminos, sellamos nuestra complicidad en un abrazo y en un sinfín de preguntas. Pero el tiempo impedía perder el rumbo en explicaciones así que les puse rumbo al punto de ebullición y, desde allí, volvieron a sentir el cosquilleo inolvidable de quienes viven el fútbol como una parte de su existencia. Pude presentarles a Juan, a Stubbins, e incluso a Lover y de nuestro encuentro quedaron para la posteridad un par de fotos que, una vez lanzado el guante, me enviaron con premura para dar formato de cabecera e ilustrar este post ¿Quién se acordaba, a esa hora, de que el día había amanecido lluvioso?

De cómo terminé por perderlos, es algo que no puedo detallar pues requiere una explicación que no sería capaz de aportar. El caso es que unos tiraron hacia un lado, otros hacia otro y nosotros nos entretuvimos más de la cuenta enviando un mensaje desde un aficionado de Madrid para un nostálgico futbolero de Ciudad Rodrigo. Si de algo me siento mal por haber dejado de sentir su compañía sin mediación ni aclaraciones, es por no haber tenido la oportunidad de haberme despedido de ellos y, de paso, volvernos a citar para otra ocasión inolvidable. Quizá, como me recordó Juanra, sea hora de ir un día de estos al Triskel a vivir un partido de los de verdad. Como si el de ayer no lo fuera. Pero no voy a entrar en detalles, porque he prometido hablar de fútbol sin hablar de fútbol.

De cómo pasé de sentir envidia a sentir orgullo, van por delante treinta minutos de previa y noventa más de partido. El Calderón bullía, en su alrededor, de la misma ilusión de siempre. Había desconfianza, fruto de una racha maldita que nos había convertido de nuevo en un simple invitado en la fiesta ajena de la liga, y había esperanza, porque de ilusiones, desgarradoras muestras de cariño y amor a las probabilidades, vive esta afición nacida para gestas más grandes a las que se empeñan en ofrecernos. Y aunque entré al partido con la música de la Champions ya en el recuerdo y el silbido inicial del árbitro perdido en un pequeño periodo de tiempo, fui capaz de recalentar mi garganta y convertirme, una vez más, en dueño de mis propios ánimos. A esas alturas ya daba igual que me hubiese tocado asiento en la fila número trece; depués de vivir aquello ¿Quién podía creer en supersticiones? Había sentido el calor desprendido de un partido de fútbol, había dejado de llover y, sobre todo, ahí estaba mi Atleti.

Le tenía más que abandonado. De las cuatro últimas veces que había visitado el Calderón, una había sido para ver un concierto y en las otras dos, los equipos que ofrecían la condición de local fueron la selección española y el Getafe de mis finales de Copa. A mi Atleti lo tenía abandonado, sufriéndolo desde la distancia e intentando, en vano, desenganchar mis lágrimas del filo de sus derrotas. Y como apenas recordaba como sonaban las gradas en las noches de gesta imaginaria, pude volver a ser testigo de que ningún sonido es capaz de competir con el eco del Calderón en las noches de vida o muerte.

Un partido feo, un Atleti incapaz, un arreón final y un empate que nos dejó buen sabor de boca porque durante muchos minutos estuvimos soñando con firmarlo. Del camino de regreso a casa me quedaron los recuerdos y un sinfín de detalles. Sobre el partido no puedo añadir más de lo que ya han publicado los medios especializados. Sobre las personas, el ambiente y las sensaciones tampoco puedo añadir más porque los momentos resultan mucho más fácil vivirlos que contarlos. Yo hice lo que pude; si no pude exprimir más el encuentro con mis amigos reds es porque, generalmente, mi timidez me impide preguntar mucho más de lo que me gustaría. Y si puedo agradecer mi estancia entre aquella comunidad y sentir el calor de una afición que me acogió con los brazos abiertos pese a ver en mí la camiseta del equipo rival, es gracias a la sonrisa, la complicidad y la confianza que me regalaron Stubbins, Juan y el resto de aficionados reds. Incluso los que comprobaban mi cara de asombro cada vez que intentaban dirigirse a mí con su, para mí, incomprensible idioma natal.


El día se coronó como el final del partido; con dos aficiones entregadas en un hermanamiento envidiable, en una demostración a la UEFA de que para medir la sensatez de una afición no hacen falta mentiras sino testigos y en la definitiva, e irrefutable prueba, de que Fernando Torres ha conseguido que dos aficiones sean la misma hasta en un mismo partido. Yo también soy de ellos y creo que ellos, hoy, también son de mí. Por ello, quisiera ofrecerles un nuevo abrazo desde la distancia y, por fin, tener con ellos la despedida que ayer se me escapó por culpa de un despiste. Hasta pronto, amigos, y muchas gracias por todo.

sábado, 18 de octubre de 2008

Nada nuevo bajo el sol

Reconozco que me lo esperaba. Pero no voy a caer ahora en el absurdo del oportunismo ni del victimismo; si el Atleti ha vuelto a perder contra el Madrid es porque han vuelto a entrar en juego dos factores decisivos. Uno tiene que ver con lo futbolístico; Agüero aparte, el Madrid tiene mejor equipo que el Atleti en todas sus líneas. El otro tiene que ver con lo extrafutbolístico; el Atleti, cada vez que ve al Madrid de cerca, le entra un complejo de inferioridad que no se lo quitan ni a palos.

En mis dudas existenciales andaba perdido cuando recibí la primera llamada de la noche. Como siempre que un partido importante asoma en el horizonte de mis ánimos, Juanra volvió a llamar para tantear mis sensaciones. El árbitro apenas había dado inicio al partido y mi respuesta telefónica fue "gol del Madrid". Otra vez lo de siempre. Tirar el partido a la basura en medio minuto, liquidar las ilusiones de un campo abarrotado hasta la bandera y apagar las gargantas de cincuenta mil ilusos que por un instante llegaron a creer que esta vez sí, que sería la buena.

Suele comentarme Juanra el miedo anímico que suelen generar en el Atleti este tipo de compromisos. Como apenas habíamos cruzado un saludo y el Madrid ya se había puesto por delante, se lo puse en bandeja para reafirmar sus tesis de aficionado. "Es la tercera vez en los últimos años que empezais perdiendo un derby en menos de medio minuto". No le faltaba razón, pero tan importante es el planteamiento anímico como el arreón de orgullo que debe generar un golpe de tan extrema dureza. Sin ir más lejos, en el primer partido de la temporada pasada, Agüero adelantó al Atleti a los dos minutos de juego y el Madrid no dejó que se le vieran las costuras. A ellos sí les motivó el fuego en el alma de sus aficonados, a ellos sí les dolía perder un derbi sin apenas recordar la primera jugada, a ellos si les arrastró el orgullo hacia una victoria que merecieron por hecho y por derecho. Se puede perder o ganar, pero hay muchas maneras de jugar un derbi y el Atleti hace más de diez años que juega de la peor manera posible. O directamente no lo juega.

Como tras la derrota en el Camp Nou le dijeron que su equipo estaba más roto que el ánimo de su afición, Aguirre apostó por plagar el campo de organizadores. No es mala idea siempre y cuando plantees el partido como un ejercicio de posesión, presión y combinaciones. Así lo hace España. Desgraciadamente, el Atleti está a mil mundos de la roja. Como los centrocampistas rojiblancos ni daban ni quitaban, De la Red y Snejider hiceron de la zona ancha su coto privado de diversión. El madrileño demostrando que para jugar bien al fútbol sólo hace falta darle el balón al compañero mejor situado, el holandés descubriendo un agujero en el flanco derecho de la defensa del Atleti y jugando a desquiciar a Perea hasta conseguir borrarle la sonrisa de la cara.

Cuando vi la tarjeta roja en la mano del árbitro pensé que lo mejor era dejar de ver el partido ¿Para qué? Otra vez lo mismo. Salí a la calle a respirar aire y Sagrario bajó a buscarme a los cinco minutos. "Han expulsado a Van Nistelrooy". Decidí volver. Hasta entonces, el Atleti había creado peligro en un par de ocasiones aisladas. Al Madrid, mientras tanto, le había dado tiempo de disparar al larguero y de lamentarse por dos goles injustamente anulados. Como en mi regreso pude escuchar la opinión del comentarista aclarando que la expulsión del nueve blanco había sido injusta, dí credibilidad y sensatez al mensaje recibido de parte de mi hermano al filo del descanso; "Ni robándoles, somos capaces de ganarlos". No le faltaba razón, el árbitro era un desastre.

Soy de la opinión de que no hay mayor pecado en el fútbol que regalar tiempo y posesión al equipo rival. Aguirre debió tener la misma sensación de haberle regalado la primera mitad al Madrid que sentíamos todos. Por ello sacó a Simao y por ello el partido cambió por completo. También pudo ayudar la salida de Pernía del terreno de juego, y es que, por mucha simpatía que me pueda despertar el Tano por sus años de apogeo en Getafe, hay jugadores que no valen para jugar en ciertos equipos y el suyo es el más claro ejemplo.

No es que el Atleti se comiese al campo y al rival, pero al menos demostró ser otra cosa. Banega desde la derecha, Maniche desde el centro y Simao por la izquierda optaron por jugar y, lo que es más importante, por querer ganar. Agüero (que se animó a olvidar su agotamiento) y Forlán (que no pudo contrarrestar su baja forma física), se sintieron menos solos y el Atleti empezó a ver más de cerca la portería de Casillas. No es que se hiciese un partidazo, pero al menos, como me dijo mi hermano, pasaron cosas.

Sin embargo, daba la ruín sensación de que el daño ya estaba hecho. Se habían regalado cuarenta y cinco minutos y, aunque nadie quería llevarse las uñas a la boca presos del pánico, todos teníamos la sensación de que lo peor estaba por llegar. Por eso no se celebró con excesivo entusiasmo el gol de Simao; porque nos conocíamos y porque al Madrid le quedaba la carta de Higuaín. El Pipita está peleado con el gol en la ocasión certera, pero es un futbolista de una pieza; sabe encontrar el espacio, sabe dirigir la mirada hacia el lugar oportuno y conoce los secretos del futbolista decisivo. No se le cayeron los anillos al coger el balón cuando el árbitro pitó penalti sobre Drenthe en la última jugada del partido (mis improperios hacia Heitinga mejor los guardaré en el baúl del olvido), y no se arrugó un ápice cuando cruzó la mirada con Leo Franco.

Duele mucho perder así. Duele, quizá más, ser consciente de que en pleno mes de octubre el equipo ya no aspira a casi nada en la liga. Y duele, y mucho, saber que a los jugadores del Atleti les puede el calor de su público, la expectativa ante la grandeza y la ilusión por lo imposible. Es por ello que reafirmo aquella teoria que tantas veces vengo defendiendo y que es que, la próxima vez que les ganemos, y no sé cuando será, será en el Bernabéu.

Y duele, por encima de todas las cosas, descubrirte, con treinta y dos años, levantando la cabeza ante el espejo y ver que has vuelto a llorar por un puñetero partido de fútbol.