martes, 28 de abril de 2009

El sabio de Hortaleza

A todo el mundo le gusta estar en su casa. Todos añoramos, alguna vez en nuestra vida, un momento de regreso al hogar. Nos encanta sentirnos queridos, recogidos bajo el manto de quienes nos admiran, jugando cada día a devolver todo lo que nos dieron. Algo parecido debió sentir Luis Aragonés el día que renunció a entrenar por vez primera en la Champions League y decidió afrontar el reto de devolver a su Atleti al lugar que le correspondía. Recogió el petate, dejó la isla y voló a Madrid para cumplir con su cometido. Una vez más, lo hizo, como ese padre que intenta guiar a su hijo por buen camino, como ese guardián que protege su tesoro más querido pintándose la cara de camuflaje y caminando cada domingo hacia una guerra sin fortuna.

No logró dejar un legado como tantas otras veces hizo. Acuciado por los dueños y enfrentado a las dudas de quien debió creer en él y no lo hizo, volvió a dar un portazo, esta vez para marcharse de casa y volar de nuevo a la isla. De nuevo hizo grande al Mallorca y enseñó al mundo a un africano hambriento que, bajo su tutela aprendió a golear y con los años no se cansó de ganar. En sus legados viven sus mejores acreditaciones; no hace mucho, España entera dudaba de su capacidad y a día de hoy aún nos faltan palabras para agradecerle lo que hizo por nuestra selección de fútbol. Este equipo que hoy juega como los ángeles también es obra suya, porque él acabó, de una vez por todas, con todos los complejos.

Pero antes del personaje hirsuto, antes del entrenador lapidario hubo un jugador de fútbol que se curtió de chico en los campos de la tercera división madrileña y tuvo que resistir al rechazo del Real Madrid para buscar fortuna en equipos de media tabla. Cuando fichó por el Atleti encontró en poco tiempo el hábitat que tantas veces había buscado. Vistiendo de rojiblanco se hizo grande y en sus zancadas y amagos de tipo hosco se agarró el Atlético para seguir creciendo hasta el infinito. En la mejor época de la historia del club, Luis vistió el número ocho durante más de una década y eso aún no ha habido colchonero que lo olvide.

El entrenador, el tipo que todos conocemos y reconocemos con el gesto feo, el semblante oscurecido y el instante preciso siempre en el corazón, tocó el techo de su fama cuando el niño al que vio nacer en el mismo regazo en el que él se crió, rompió con un desmarque arrebatador todo el mal fario que nos había convertido en cenizo y comparsa. Aquel fue el culmen de una carrera que había empezado mucho antes; justo una fría mañana otoñal en la que Vicente Calderón le llamó a su despacho y le propuso sustituir al Toto Lorenzo como entrenador del primer equipo del Atleti. Luis, que hasta hacía unos minutos había estado preparando el siguiente partido junto a sus compañeros de equipo, se quitó el pantalón corto y se puso el chándal para sentarse en el partido. Quien un día antes era compañero, se había convertido en entrenador. Dejó de tutear a sus amigos para llamarles de usted y comenzó a sentar cátedra en un equipo que ya vivía sus primeras crisis.

En el Atlético aguantó ceses y dimisiones, despedidas y reenganches, adioses y vueltas a empezar, siempre siendo él, el que cuajó a un equipo de jóvenes de la casa porque no había dinero para comprarlos fuera, el que batió records de permanencia y, cuando se encontró en el paro, fue reclamado por un Barcelona alicaído y en pleno proceso de golpe de estado interno, para hacerle campeón de copa. Allí estuvo seis meses, intentando remendar un descosido, encerrándose con los futbolistas en el hotel Hesperia de Barcelona interpelando a sus derechos fiscales frente al club. Cumplió su cometido y fue despedio por amotinarse, como a otros trece jugadores. Tras él llegó Cruyff, con un vestuario limpio y una directiva con las barbas remojadas; casi un lustro más tarde, el Barça reinaba en Europa.

El tipo rudo de barrio nunca dejó de parecer lo que quisieron etiquetarle, un tipo feo, fuerte y formal que se sabía el librillo del fútbol de memoria. Sus jugadores confiaban en él porque sabían que siempre tenía el antídoto contra el equipo rival, porque sabían que él sacaría lo mejor de ellos, porque sabían que entendía el fútbol como un juego donde siempre gana el más listo. Por sus planteamientos de mariscal le apodaron “El sabio de Hortaleza”, y aunque él siempre renunció al cumplido, no pudo evitar ser etiquetado de por vida como un maestro del oficio.

En sus periplos de equipo chico logró temporadas excelsas con Oviedo, Espanyol y Mallorca, con él en el banquillo, el Sevilla jugó en Europa en una época difícil y el Valencia rozó hasta el último partido el sueño de la liga. Fue en Valencia donde consagró a Mijatovic como un delantero de primer nivel, su particular Futre de cada equipo, su Eto'o, su Hugo Sánchez, su Fernando Torres; siempre explotando la velocidad como cátedra del contragolpe, siempre incidiendo en un estilo tan capaz como vistoso, tan válido como agradecido. Eran pequeñas esquelas, secretos de trabajo de un tipo que ha pasado una vida viviendo del fútbol, desde que debutó en primera, allá por finales de los cincuenta, vistiendo la zamarra del Oviedo, desde que se hizo mito imborrable clavando una falta de las suyas en la escuadra de Sepp Maier, desde que se marchó del vestuario para volver a entrar sin despedidas ni bienvenidas, sin alusiones ni reproches, sin palabras ni silencios.

Y fue en el desarrollo del oficio cuando sufrió Luis su peor episodio como técnico de fútbol. En un error de esos que solamente caza la tecnología, en una salida de tiesto dentro de una confidencia, osó a retar a Reyes a plantar cara a su compañero de equipo Henry aludiendo al significado de su color de piel. Cuando el mundo se tiró a su yugular y los puristas se apresuraron para segar su pescuezo, salieron al atril sus amigos para desmentir suposiciones. Jones, Eto'o, Finidi; los tres negros y los tres eternamente agradecidos al sabio.

Los números dicen que Luis Aragonés se ha sentado durante setecientas cincuenta y siete veces en un banquillo de primera división y que aún nadie ha sido capaz de igualar la cifra, el palmarés dice que sus pocos títulos los celebró, casi todos, entrenando al Atleti al que tanto dio como jugador, la añoranza dice que más allá de la Intercontinental del setenta y cinco y la liga del setenta y siete, queda el recuerdo de un Atleti que ya no existe, el raulismo dice que en su rencor vive su cobardía, el fútbol dice que hay pocos que consiguen llegar a los setenta y mantenerse en la élite y la realidad dice que hasta este verano éramos un país comparsa y ahora somos referencia. Todo esto es Luis Aragonés, sabio y discutible, pasional y polémico, criticable y supervivente, ganador, perdedor y, ante todo, una página, aún abierta, de la historia del fútbol español.

sábado, 25 de abril de 2009

Un milagro de tres semanas

El día que Grecia perdió la ocasión de acudir al mundial de Alemania, el seleccionador Otto Rehhagel, supo que el éxito se lleva por delante el empeño y que los sueños no siempre dependen del propio trabajo. Para él, que soñaba con volver a casa como un prócer de la victoria, verse obligado a sentarse ante el televisor para ver los partidos, significó una nueva promesa y un aprendizaje más.

Pero como no todas las promesas llevan implícitas el poder del cumplimiento, cuando Grecia regresó a la élite competitiva el pasado verano en la Eurocopa de Austria y Suiza, ya estaba estigmatizado por el éxito y puesto en el filo de la precaución. Como a los futbolistas les exigieron más de lo que podían dar y como los milagros tienen fecha de caducidad, el equipo no ganó un solo partido y regresó a casa en un silencio que atronaba el oído de quienes cuatro años antes habían levantado a un país de su asiento.

Y es que los vaivenes, el éxito crucial y el fracaso estrepitoso, fueron compañeros de viaje durante la larga carrera como técnico de Otto Rehhagel. Preparador y estratega colectivo desde 1974 y con casi un millar de partidos en los banquillos. Agotado por ganar más de lo que se propuso y, sobre todo, de ver como los apóstatas del discurso se regocijaban ante sus fracasos, decidió tomar el equipaje y viajar a Grecia con un reto entre las cejas y un objetivo en la firma del contrato; conseguir que el país heleno escribiese su nombre entre los candidatos a participar en los grandes acontecimientos.

No fueron fáciles los inicios. No había hecho sino aterrizar en Atenas y proclamar su discurso y ya estaban perdiendo por cinco goles a uno en el frío estadio olímpico de Helsinki. Entonces, nadie podía imaginar que tan sólo dos semanas después el equipo viviría tres semanas de ensueño, alcanzando la perfección, no en el juego, pero sí en la convicción, en la preparación y, sobre todo, en la suerte, factor al que todos se agarran cuando intentan justificar sus fracasos pero que generalmente se alía con quien se empeña en buscarla.

Antes que persona, siempre antepuso al entrenador, y antes de las formas, le gustó ajustar los métodos. Rehhagel siempre fue un estratega y como tal, gusta de plantear cada partido como si de una partida de ajedrez se tratase; siempre protegiendo a la dama y siempre atacando al rey contrario en el momento de despiste menos esperado. Eso es lo que hizo con Francia para derrotarla por la vía de la sorpresa en el éxtasis del gol de oro y eso es lo que hizo con Portugal, a quien ya había ganado en la inauguración, para romper las estadísticas y coronarse como campeón de Europa sin haberlo ni siquiera planificado. Dos córners bien atacados, dos cabezazos bien definidos y dos pasos hacia adelante en el camino hacia la leyenda. Para muchos, el fútbol sigue siendo un cúmulo de pequeños detalles.

Rehhagel había vivido su último gran éxito sentado en el banquillo del Kaiserslautern. Aterrizó en el Fritz Walter Stadium para recomponer a un equipo que había descendido a la segunda división alemana y en dos temporadas no sólo lo devolvió a la Bundesliga, sino que lo hizo campeón. Era una muesca más en el revólver de quien buscaba reivindicarse en cada reto. Aquella fue una manera de decirle al Bayern de Munich que no habían despedido a un fracasado dos temporadas antes, igual que la Eurocopa fue su coartada para justifcar su fútbol de desasosiego y deslucided ante los ojos del mundo.

Aunque no consiguió hacer de Grecia un equipo vistoso, no tardó en lograr que un equipo históricamente anárquico se convirtiese en un equipo ordenado y difícil de ganar. Prueba de ello pudo dar España cuando, encuadrada con los griegos en el grupo de clasificación para la Eurocopa de 2004, se vio abocada a jugar una inesperada repesca contra Noruega. Rehhagel, que había sido un férreo defensa durante su época de jugador, reflejó en su equipo lo que él había sido durante su carrera como futbolista; fuertes marcajes, atención exclusiva en el aspecto defensivo y búsqueda de la desesperación del rival. Con estas premisas, Grecia triunfó como los equipos de veinte años atrás, con marcadores al hombre en defensa y el centro del campo y un hombre libre, Dellas, que durante aquellas tres semanas portuguesas vivió su particular cuento de hadas. Para un equipo cuya presencia en el torneo ya era un premio, coronarse campeón significó una sorpresa que jamás olvidará la historia del fútbol.

Otto Rehhagel, con más de sesenta años en su carnet de identidad, continúa intentando hacer creer a Grecia que aquel milagro de tres semanas no es irrepetible y como tal, sigue trabajando como el entrenador que siempre llevó dentro. Suyos son todos los records de la Bundesliga, con más de ochocientos partidos en alemania, ningún entrenador ha ganado, empatado y perdido más partidos que él, y ninguno ha visto desde el banquillo tantos goles a favor marcados por sus equipos, ni tantos goles en contra encajados. Mientras asimila sus cifras, sigue firme en su reto griego, en su obsesión por la preparación física, en su minuciosidad por la intensidad defensiva, en su apuesta por el fútbol tradicional. Atrás quedan sus años en Bremen, cuando se dio a conocer al mundo y cuando consiguió, como hizo con Grecia, que millones de aficionados se echaran a la calle para festejar un logro inesperado. Aquel fue el primer equipo de segunda que cogió para hacerlo campeón, después vinieron más; en Kaiserslautern aún le añoran y en Grecia le siguen agradeciendo que, pese al estilo, convirtiese en un equipo de fútbol a un grupo de anárquicos sin fe.




P.D. Acabamos de cumplir dos años en la blogsfera. Quien nos lo iba a decir cuando empezamos esto con tantas dudas como ilusión. Setencientos treinta días y ciento sesenta y un post después de aquel veinticuatro de abril de dos mil siete, seguimos dando guerra y con mucha ilusión por seguir contando historias. Gracias a todos los que, en estos dos años, habéis perdido un minuto de vuestro tiempo para leernos.

domingo, 19 de abril de 2009

El fútbol de Fernando

Desde mi más tierna infancia, he sido un fan futbolero. El deporte rey me ha cautivado; sin duda, el fútbol forma parte de mi vida. Sin él, no sería el mismo, es algo más que un juego, es una forma de vida. Si me quitan el fútbol, sería otra persona.

Mi pasión por el fútbol me ha llevado a vivirlo desde varios puntos de vista como detallo a continuación:

1º. JUGADOR: Sigo jugando al fútbol con los compañeros del trabajo. También jugué en los tiempos escolares y universitarios, además de multitud de partidos en la calle con amigos. Resulta imprescindible jugar al fútbol para entenderlo mejor. Así, uno sabe lo que supone fallar un control, errar un pase, acertar con un remate, hacer la cobertura, estar atento a las permutas, etc.

2º. ENTRENADOR: Llevo 15 años como entrenador de equipos de fútbol base. He entrenado a niños desde los 8 a los 18 años. He aprendido lo que supone ser entrenador. No es lo mismo que a nivel profesional, pero os aseguro que uno se enriquece mucho al meterse en la piel de un míster.

3º. DIRECTIVO: He sido durante cuatro temporadas directivo en un club de regional madrileña. De este modo, he sabido lo que significa estar a la sombra, trabajar sin descanso por el club, comerse marrones que no son tuyos, sufrir sin poder hacer nada y recoger alegrías y tristezas. Claro que un directivo de fútbol regional se implica mucho más que un directivo del fútbol profesional el cual busca otros intereses de índole personal, social y económico.

4º. AFICIONADO: Desde niño soy hincha del At.Madrid. Además, he visto multitud de partidos de otros equipos y selecciones. Ser hincha supone dar mucho, implicarse, sufrir, ganar, perder, emocionarse, entristecerse, en definitiva, vivir. Si bien en los últimos años, he tomado una decisión: sólo veo partidos que me interesen por motivos personales o porque unos de los equipo juegue bien al fútbol; ya no me trago más bodrios.

5º. PERIODISTA: También he cubierto partidos como periodista deportivo. La visión cambia mucho. Uno debe ser imparcial, pero resulta imposible ser objetivo totalmente. Quizá sea el lado del fútbol desde uno menos disfruta pues debe poner una barrera para evitar la parcialidad.

6º. ARBITRO: He pitado varios partidos a nivel amateur entre amigos y niños. Os puedo asegurar que resulta muy complicado ser árbitro. Perdono muchos de sus errores, salvo dos: no cortar el juego violento y favorecer al equipo antideportivo.

De todos estos campos, me quedo con el de JUGADOR. Allí es cuando uno más disfruta y vive el fútbol en estado puro.



Fernando Sánchez Postigo es un periodista y escritor licenciado en el buen gusto por el fútbol y, sobre todo, en el Atlético de Madrid. Desde su blog, "Sentimiento Atlético", nos desgrana, día a día, la actualidad del equipo rojiblanco al tiempo que nos regala un exhaustivo repaso por su historia y sus mejores momentos, salpicado todo con su siempre interesante opinión personal.

martes, 7 de abril de 2009

Aquí pasa algo raro

El ser humano, como elemento racional de la existencia, conjuga el tiempo y el espacio de su vida en función de los retos a los que debe hacer frente. El grado de gana o desgana a la hora de afrontar los designios de nuestro camino, condicionan, en gran parte, el resultado final del ejercicio al que nos debemos. Puede ocurrir que, por visionar un trozo de gloria, mordamos el aire con más deseo del normal y busquemos, en cada suspiro, nuestro particular coto de historia. Cuando el reto disminuye de calibre, podemos dividir el desafío en las dos maneras distintas de afrontarlo; o seguimos imaginando la sonrisa de quien confía en nosotros o lo tiramos todo por la borda y dejamos el sudor para cuando nos volvamos a encontrar con algo que incite nuestras pasiones.

Cuando Abel se hizo cargo del Atlético, tardó poco tiempo en suscitar dudas y recelos. El timón del resultado no tardó en virar hacia el puerto del optimismo una vez comprobamos que los resultados preliminares no habían sido más que fruto de una inicial toma de contacto y un intento fructífero de comenzar una escalada hacia retos mayores. A los malos partidos contra el Oporto, contravinieron excelentes partidos contra los equipos de la zona alta de la liga y, los que seguimos creyendo en fútbol más allá de los augurios, nos dio por pensar que aquello era un primer paso. Una vez más, estábamos equivocados.

Como el equipo tuvo a buenas remontar al Barça, tutear al enrachado Madrid y dejarse el alma por ganarle un partido dificilísmo al Villarreal, hubo un buen puñado de aficionados que tuvimos a bien mirar el calendario y comprobar que lo duro ya había quedado atrás. Los agoreros, más pendientes de las maldiciones que de los resultados, se precipitaron a advertir que en el Atleti lo fácil es lo difícil y viceversa. Pero yo, que sigo pensando que el Atleti sigue siendo, como otros, un equipo de fútbol sin leyendas negras adheridas, quise seguir creyendo que, para tirar hacia adelante solamente hacía falta seguir jugando como se había hecho en aquellos tres partidos.

Pero ocurrió justamente lo contrario. Cuando ya se había superado el temido Everest de la liga, cuando la Champions del próximo curso se ponía a tiro de victoria y media, cuando quedaba claro que al equipo no le quedaban distracciones extras de mitad de semana, llegó la apatía, el desánimo y la oscuridad futbolística.

¿Qué lleva a un equipo que se deja la piel ante los grandes a no intentarlo ni siquiera ante los equipos de abajo? ¿Qué lleva a un equipo que tiene próximo el objetivo a bajar los brazos y tirar una temporada por la borda? ¿Por qué se dejaron de juntar las líneas de un día para otro y el equipo se convierte en un coladero? ¿Qué hay detrás de los enfados de Maxi y las suplencias de Forlán? ¿Por qué Agüero, teniendo potencial de mejor delantero del mundo, parece un jugador vulgar? ¿Por qué Simao ha dejado de buscar la línea de fondo? ¿Por qué Raúl García ya no corre, ni juega, ni ayuda como antes?

En las miserias de cada individuo o entidad quedan al descubierto las costuras que le suturan al tiempo. Estos jugadores de hoy, que ni vienen ni van, ni sonríen ni lloran, ni juegan ni pelean, serán mañana jugadores de ayer, pasaran de largo, dejarán en bragas al entrenador y al presidente y creerán que en su faena han consagrado su venganza. Craso error, ni el Atleti, ni ningún equipo es suyo, como tampoco lo es del entrenador, ni del presidente. Nunca sabrán, pues no sienten el fútbol como un ejercicio de pasión, que en cada carrera que se ahorran, en cada pelotazo que rifan y en cada gol en contra que no sienten, le están arrancando el alma a un puñado de aficionados que, como yo, terminan cada domingo con el corazón hundido, las ganas de dormir en el limbo y las lágrimas en el filo de los ojos maldiciendo, un año más, el puto ridículo al que nos vemos sometidos.

viernes, 3 de abril de 2009

Bajándose del carro

Quién sienta interés por el modo de entender la vida que tienen los italianos, sabrán que en lo bueno y en lo malo, encontrarán personalidades cargadas de pasión y esquelas de diferencia firmadas en iguales dosis de fé, convencimiento y demagogia, porque los italianos no viven en el centro de la templanza; u ocupan un extremo o lo hacen con el otro, o defienden a muerte una postura, una idea o un estilo, o desprecian por completo el lado opuesto de lo que creen cercano a la perdición.

Igual que para el arte crearon escuela de genios y pactaron los cánones de la perfección, para la política prefieron no abandonar nunca el pasado y anclarse en los viejos designios de su retrógrada ideología. Igual que para marcar estilo siempre fueron un paso por delante, para imponer costumbres, siempre anduvieron más abajo de lo contemporáneo. Igual que fueron capaces de sacar los mejores futbolistas, fueron incapaces de generar un estilo en torno al balón que les hiciese tan adorados como eficientes.

Hace algo más de dos años, numerosos analistas y oportunistas de rigor, se tiraron al cuello de los románticos y aduladores del verbo, para restregar el poder del resultado por encima del juego, para pregonar la importancia del músculo sobre el talento y para ignorar los verdaderos secretos al tiempo que aplaudían el poder de lo evidente. Italia ganó el mundial de fútbol y los usureros del jaleo se precipitaron a postular a Cannavaro como ganador del Balón de Oro y a proclamar a Gattusso como rey de los centrocampistas.

Los mismos que entonces ignoraron la importancia de Pirlo o la inteligencia que Totti y Del Piero aplicaron a los finales de cada partido, son los mismos que hoy vuelven la cabeza ante el presente y se dedican a aflorar su palabrería para alabar la velocidad, la superioridad y la contundencia del fútbol inglés. Lo que ayer era el poder del resultado, hoy es la pobreza del espectáculo. Lo mismo que ayer rechazaban el ímpetu y el fútbol sin careta, hoy lo ensalzan como el descubrimiento de la fórmula secreta.

A los mismos que se les olvidó pasado y obviaron la llegada del futuro, hoy ya no les vale Italia. A los mismos que ignoran que, salvo Cannavaro, los mismos campeones del mundo que un día loaron, continúan prestando servicio tras el calor de sus fronteras, hoy ya no les vale Italia. A los mismos que hasta hace no mucho vanagloriaban al Milan por ganarlo todo y a la Juve por convertirse en imperecedero ejemplo de la competitividad, hoy ya no les vale Italia.

A los críticos, a los vende opiniones y a los conservadores ultraordinarios de la verdad personal, se les olvida que discrepar es valorar y que ignorar es despreciar. Cuando los deslumbrados abandonaron las calles, los mismos que un día reconocimos a Italia como la mayor cuna del fantasismo futbolístico y los mismos que un día nos paramos a protestar por el ensalzamiento de un estilo que va en contra de la exquisitez, somos los únicos que continuamos en pie escrutando las realidades. Sabemos que volverán los oportunistas y que regresarán los agoreros, aquí hay sitio para todos, pero que nadie de por muerto a un león herido.

En tiempos de crisis, los que saben conservar el estilo saben regenerar su materia prima. Hoy deslumbra el poder económico y deportivo de la Premier y seguimos, más de cerca, el devenir diario de los gigantes de nuestra liga. Pero los que creen que el Calcio ha muerto están perdiendo la noción de lo que siempre significó el fútbol; pueden morir los soñadores y pueden morir los que se rinden, pero los que viven para competir nunca mueren porque siempre tendrán un bocado en la mesa con el que saciar su hambre. Insta saberlo porque cuando vuelvan a ganar, los que denunciamos su estilo volveremos a morir de desidia y los que solamente se fijan en el resultado volverán a subirse al carro y atronarán nuestros oídos haciéndonos creer que el fútbol no es un juego si no una guerra donde solamente gana el más fuerte.

lunes, 30 de marzo de 2009

Hablando del Madrid con Rubén

Pocos hinchas pueden presumir de llevar al Real Madrid tan dentro del corazón como Rubén Alcalde. Cada día, desde su bitácora particular, El Siete Blanco, nos pone al día de la actualidad de su equipo con su particular e interesante punto de vista. Desde este blog, hemos intentado acercarnos lo más posible a su pasión para tener una charla sobre su equipo que, esperamos, resulte tan interesante de leer como a mí me resultó mantenerla.

El Fútbol del Pablo: Buenos días Rubén. Empezamos por la pregunta de rigor ¿Por qué eres del Real Madrid?
Rubén: Típica pregunta que no sé contestar. Yo siempre he tendido a ser de la Real Sociedad por 'presiones' familiares. Mi padre, realista de verdad, siempre me intentó inculcar esos colores. Pero, de la noche a la mañana, inexplicablemente, quizá debido a que ya tenía una edad y comenzaba a pensar por mi mismo (unos 6 años) me empecé a fijar en el Real Madrid. Quizá por sus jugadores, por su grandeza... o por ser diferente a los demás. El caso es que ahora, porque mi tío es del Athletic, si no, yo sería la oveja negra de la famila. Creo que mi padre me guarda cierto rencor desde entonces...

EFDP: ¿Ningún otro miembro de tu familia es del Madrid?
R: Para nada. Soy de San Sebastián y, como respondo arriba, salvo mi tío, del Athletic, todos son de la Real, 'txuri urdin' hasta la muerte. El único inteligente, como puedes ver, yo. Jeje.

EFDP: ¿Cuál es tu primer recuerdo como madridista?
R: Te puedo decir, así a bote pronto, un gol de Seedorf al Atlético de Madrid desde casi el medio campo. También recuerdo un partido aquí, en Anoeta que la Real ganó por 4-3. Aquel año no me atreví a sacarme la foto a pié de campo con los jugadores madridistas por miedo a que mis compañeros de clase se metieran conmigo. Por aquél entonces ser del Madrid era un sacrilegio.

EFDP: ¿Y el mejor?
R: El mejor recuerdo es el gol de Zidane en 'La novena'. El gol y las contínuas paradas de Íker al final. Pero si no te digo también la Liga de Capello, mentiría. El hecho de recuperar el orgullo y la identidad a manos de un hombre como Capello y quitarle la Liga al Barcelona, es un felicidad casi indescriptible.

EFDP: ¿Y qué recuerdo, como aficionado, borrarías de tu memoria?
R: Realmente, como aficionado, en los pocos años (relativamente hablando) que llevo como madridista, no he pasado momentos lo suficientemente malos como para olvidarlos. En la historia de un club, para apreciar los momentos buenos, tenemos que pasar malas épocas. Por ejemplo, el Madrid Galáctico, es una época gris del Madrid, pero de la que hay que aprender y, por tanto, no olvidarse. Si acaso, me gustaría que nunca hubiera ocurrido la victoria de Ramón Calderón. Ése sí es un momento para olvidar. Porque de ahí, no podemos aprender nada.

EFDP: ¿Recuerdas algún día especial en qué perdieses los nervios viendo un partido del Madrid?
R: Perdí los nervios cuando Tamudo y Van Nistelrooy marcaron casi de manera simultánea en el Camp Nou y en La Romareda respectivamente en la Liga de Capello. Normalmente pierdo los nervios con facilidad en la mayoría de partidos. Me corroe ver cómo el Madrid va dando bastante lástima por los campos de España.

EFDP: Explícanos por qué eres florentinista
R: Yo soy muy selectivo. De cada persona busco lo mejor y lo peor y lo coloco en una balanza. Con Florentino, hago lo propio y veo una persona capaz de traer al Real Madrid a los mejores del mundo, de hacer del club la entidad más respetada y envidiada y que, además, tiene un aura de grandeza que eleva al Real Madrid a la máxima potencia. Es cierto que en la balanza la parte negativa pesa mucho, pero, ¿Hay alguien más capacitado que él para reconducir al club? Él puede aportar justo lo que ahora necesitamos, calidad.

EFDP: ¿Qué significa, para tí, el nombre de Santiago Bernabéu?
R: Por todas las historias que he escuchado, Santiago Bernbéu era el más madridista entre los madridistas. Si hoy nos podemos sentir orgullosos del Real Madrid, es gracias a él. Es quien hizo de un club de la capital, el mejor equipo del mundo. Fue quien comenzó, con sus esfuerzos desinteresados, la historia más impresionante de un club de fútbol. Santiago Bernabéu es igual a Real Madrid.

EFDP: ¿Quién es el mejor jugador de la historia del Madrid?
R: Como he dicho antes, mi experiencia como madridista es reducidísima. Apenas he visto una ínfima parte de la historia y sería un error citar a jugadores como Di Stéfano o Gento porque no los he visto. Quizá sea Don Alfredo, por todo lo que he escuchado sobre él, porque junto con Bernabéu, trajeron la mejor época del Real Madrid.

EFDP: ¿Y el mejor al que tú hayas visto jugar de blanco?
R: Sin lugar a dudas, Zinedine Zidane. Deportiva y humanamente. Sólo con recordar que una personalidad como el francés sudó nuestra camiseta, me lleno de orgullo (y satisfacción, que diría aquél).

EFDP: ¿Algún jugador que haya sido, o sea, especial para tí?
R: Te diría que Raúl, pero como es demasiado evidente, te diré Roberto Carlos. Un futbolista brasileño que se mete en el bolsillo al madridismo y que se hace tan madridista, tiene que ser especial para la afición.

EFDP: Háblame de la cantera del Madrid
R: A la vista está que es una de las mejores. En la actualidad son muchos los futbolistas salidos de 'La Fábrica' que lucen su talento fuera del club y que deberían hacerlo dentro. Quizá sea mucho hablar, pero entre Casillas, Arbeloa, De la Red, Granero, Mata, Luis García y Negredo, podíamos haber formado una nueva 'Quinta del Buitre'. La cantera del Real Madrid es un bien muy desaprovechado. Habría que replantearse muchas cosas al respecto. Se pierden muchos millones y el beneficio que se obtiene es nulo. Es normal que los propios futbolistas no intenten siquiera dar el salto al primer equipo y busquen fuera lo que les niegan en su propia casa. El ejemplo es Mata.

EFDP: ¿Por qué Guti genera tanta controversia?
R: Guti es una persona distinta. Es un generador de polémica nato por sus formas extrañas y excéntricas. Es puro talento, pero su cerebro no está acorde. Mosquea mucho porque en más de una ocasión hemos visto de lo que es capaz y es triste que no quiera demostrarlo más y mejor. Si hubiera tenido alguien que le hubiese asesorado bien, la opinión sobre él y no sólo por parte del madridismo, sería bien distinta.

EFDP: ¿Qué significa Casillas para el madridismo?
R: Es un salvador. Quizá suene demasiado obvio, pero de no haber sido por su descomunal nivel, hoy el Madrid sería menos de lo que es. Además, es la imagen de la cordura, de la normalidad, de la simpatía, de la cercanía... es la antítesis de una estrella del fútbol. Ya comienza a serlo, pero será un símbolo y un icono del madridismo.

EFDP: ¿Volverá Florentino a ser presidente del Madrid?
R: Si quiere, sí (y si Calderón no hace trampas). Ya hemos comprobado cómo sin abrir siquiera la boca tiene casi al madridismo completo a sus pies. Le necesitamos como agua de mayo. Es el único que puede darnos lo que nos falta.

EFDP: ¿Cuál fue el principal error en su gestión?
R: Creerse superior. No supo, bueno, mejor dicho, no quiso dejarse asesorar por los que sabían del tema y se creyó presidente, director deportivo y entrenador a la vez. Quizá si todos tuviésemos la oportunidad de ser presidentes, caeríamos en el mismo error, pero creo y espero que haya aprendido.

EFDP: ¿Y su gran virtud?
R: Hacer sentir al madridismo especial. "Vuestros sueños son nuestros límites y vuestros sueños no tienen límite". Sonará cursi, pero a uno le hace sentirse superior.

EFDP: ¿Qué opinión te merece Ramón Calderón?
R: Si te expusiera todo lo que pienso, probablemente necesitase mucho tiempo y muchos tacos, así que mejor lo abrevio. Calderón es un estafador, un ladrón y un mentiroso. Quiso estar a la altura de Florentino pero se dio cuenta de que no podía. Siempre se ha sentido frustrado porque nunca fue querido entre el madridismo y decidió pagarlo de la única manera que sabía, robando. No debería ser relacionado con el Madrid nunca más.

EFDP: ¿Qué cambiarías del Madrid actual?
R: Cambiaría parte de la plantilla, la actitud pasiva y anestesiada de la afición y el famoso voto por correo. No puedo decir más porque no conozco a fondo cómo está el Real Madrid. Sabemos lo que la prensa nos dice, con lo cual, poco y mal.

EFDP: ¿Y qué es lo que más echas de menos?
R: La grandeza, la envidia y el respeto. La grandeza la dan los títulos, la envidia la dan los títulos bien conseguidos y el respeto viene él sólo después.

EFDP: El Madrid galáctico fue...
R: Fue la demostración de que no todo es la apariencia. Fue un bonito intento, una gran idea, pero se peca tanto por exceso como por defecto. Creo que dentro de lo malo, es una experiencia de la que aprender. Por eso confío tanto en Florentino. Sabe cómo traer a los mejores, pero con la experiencia de que eso sólo no basta.

EFDP: Y Raúl significa...
R: Para mi significa todo. Yo he crecido viendo a Raúl marcar goles y liderar al Madrid en todas sus gestas. Creo que ha hecho méritos suficientes para ser un mito del madridismo, pero veo que hay mucha gente a la que le gusta tirar piedras contra su propio tejado.

EFDP: ¿Cuáles son tus argumentos para defenderle ante sus detractores?
R: Cada día son menos. El tiempo pasa para todos y Raúl no es menos que nadie. Su nivel ha decaido (pese a que lleva 20 goles esta temporada) y defenderle es cada vez más difícil. Pero una cosa es criticar su nivel y otra muy distinta es insultarle. Tolero una discusión deportiva sobre Raúl, pero nunca los insultos y los desprecios.

EFDP: ¿Debe seguir siendo titular indiscutible?
R: No, para nada. El problema es que no ha habido un nuevo Raúl que haya hecho el relevo menos traumático.

EFDP: Raúl, Higuain, Huntelaar, Van Nistelrooy... parecen delanteros de garantías ¿Está cubierto el ataque o ficharías otro delantero de primer nivel?
R: Son nombres de garantías pero que no alcanzan para las exigencias del club. Raúl ya está en el ocaso, Ruud es una incógnita, Higuaín está en camino de ser algo grande y Huntelaar es el único que por edad ya parece estar en plena madurez. No podemos fiar toda la temporada sólo a estos nombres. Yo creo que habría que incorporar alguien más, pero a falta de saber quién va a ser el entrenador y cómo va a jugar, no se pueden dar nombres todavía.

EFDP: ¿Qué puesto es prioritario reforzar?
R: El de organizador distribuidor. Tenemos muy buenos stoppers y equilibradores (Lass y Mahamadou Diarra) y a falta de saber qué pasará con De la Red, necesitamos un tío curtido, que sepa llevar el peso del equipo, un Xabi Alonso.

EFDP: Sergio Ramos ¿Central o lateral?
R: Central. Hay muchos más laterales de garantías que centrales. Y dada la escasez de efectivos en dicha zona (Cannavaro no debe ser renovado), es la oportunidad perfecta para que, junto a Pepe, formen la pareja del futuro.

EFDP: En la comparación con Fernando Hierro sale...
R: Perdiendo, aunque su polivalencia le hace ser un jugador más completo. No puede ser que Ramos, con el poco tiempo que lleva en el Madrid sea el jugador que acumule más expulsiones. Es un dato muy negativo y que demuestra que está fuera de su sitio.

EFDP: ¿Te atreverías a darme una alineación histórica del Real Madrid?
R: Buf. es un acto de inconsciencia porque me he perdido a tantos jugadores... pero lo intentaré: Casillas, Ramos, Hierro, Sanchís, Roberto Carlos, Redondo, Seedorf, Zidane, Di Stéfano, Juanito y Raúl.

EFDP: ¿Y cuál sería, para tí, la alineación idónea con el equipo actual?
R: Casillas, Sergio Ramos, Pepe, Heinze, Torres, Lass, Parejo, Higuaín, Marcelo, Raúl y Huntelaar. Es un equipo de circunstancias, lejos de lo que deber ser el Real Madrid.

EFDP: ¿A qué entrenador ficharías para el Real Madrid?
R: Mi apuesta es Michael Laudrup. No quiero los míticos nombres de Mourinho o Ancelotti porque es gente que tiene mucho que perder. No se atreverían a arriesgarse con chavales, irían siempre a lo seguro (no hay más que ver cómo gestiona Carlo el Milan). La otra opción, Wenger, no sé cómo se hallaría en el vestuario de un grande grande, con exigencias de un grande grande y con estrellas de primer nivel, aunque lo mismo podría decirse del bueno de Laudrup.

EFDP: ¿Raúl selección?
R: No. Capítulo cerrado. No encaja en esta selección. El perfil de delanteros que necesita el equipo no se asemeja a lo que Raúl puede dar y una hipotética vuelta del siete madridista sería negativa para él, para el seleccionador y para el grupo en general.

EFDP: ¿Hubiese ganado España la Eurocopa con él como titular?
R: Es algo que nunca sabremos. Yo creo que sí (claro, como soy raulista, jeje). La Eurocopa no se ganó por una individualidad, se ganó por un colectivo. Con Raúl creo que también se habría triunfado. Los que piensen que se ganó porque no fue él, creo que se equivocan.

EFDP: Como seleccionador ¿Luis o Del Bosque?
R: Del Bosque necesita tiempo para ser calificado. No olvidemos que hasta la Eurocopa, la selección con Luis dio mucha pena. Al Mundial llegamos por los pelos y en los amistosos previos al toreno continental jugamos muy mal contra rivales mediocres como Perú y Estados Unidos.

EFDP: Un supuesto: Mismo día, misma hora, dos partidos; el Madrid juega la final de la Copa de Europa y España juega la final del mundial. Tienes entrada para los dos partidos ¿Cuál irías a ver?
R: El partido del Real Madrid. Como buen tonto, por culpa de Luis, me distancié de la Selección y ahora no me siento identificado con este equipo. Le dí muchos palos a Luis por llevar a muchos jugadores de los que llevó (y que ahora siguen yendo) y sería muy ventajista subirme ahora al tren.

EFDP: ¿Cómo es visto un madridista en San Sebastián?
R: Mal, pero mal, mal. Aquí ya sabes cómo está el tema político. Nunca salgo de casa con una camiseta del Real Madrid (y menos aún con una de la selección) porque no quiero movidas. Ahora la cosa va mejorando levemente (ya puedo jugar al fútbol con los colegas con mi camiseta) pero no gusta. Voy a contracorriente y es un poco triste tener que celebrar las ligas, y los éxitos en general, sólo.

EFDP: Cuando gana el Barça sientes...
R: Como madridista quiero que pierda siempre. Pero cuando ganan, siento indiferencia. Sería muy estúpido centrar mi alegría en si ellos ganan o pierden. Viviría muy amargado, porque como casi siempre ganan...

EFDP: ¿A qué jugador del Barça ficharías para el Madrid?
R: A Iniesta. Es un crack y es el culpable del bajón que tuvo el club catalán y que permitió que el Madrid se acercase. Veremos cómo gestionan su nueva lesión.

EFDP: ¿Y a qué otro jugador del resto del mundo?
R: A Frank Ribéry. Soy seguidor del Olympique de Marsella y desde que lo ficharon del Galatasaray le seguí de cerca y he visto cómo ha evolucionado. Está a nivel de crack mundial.

EFDP: ¿Qué te parece la radicalización de la prensa en favor o en contra del Madrid?
R: Mal. Me parecen mal las formas de Marca y As porque generan mucho antimadridismo mal informado. El Madrid se ha convertido en una casa de señoritas de compañía y eso no puede ser así. Debe haber un criterio y un rigor para informar sobre el Madrid que hace mucho tiempo que no existe.

EFDP: ¿Ganaréis la liga este año?
R: El corazón me dice que sí, pero la razón me dice que no. Creo que se impondrá ésta última.

EFDP: ¿Noventa minuti en Bernabéu siguen siendo molto longos?
R: Qué va. De eso ya no queda nada de nada. Ni de eso ni del miedo escénico. Si algo cierto dijo Calderón en su mandato, además de que Guti es una eterna promesa, es que el público del Bernabéu es como el de un teatro. Cuánta envidia me dan los estadios y las aficiones de Inglaterra.

EFDP: Muchas gracias por todo, amigo. Un abrazo.
R: Muchísimas gracias a tí. Es un placer y un honor que hayas querido conocer mi opinión.

lunes, 23 de marzo de 2009

Aquella derrota tan dolorosa y aquel orgullo intacto

Todo el mundo, con motivo de su paseo vital por el transcurso de los años, tiene el privilegio de pintar su memoria de recuerdos dolorosos que, sin embargo, y pese a los finales infelices, consiguen colorear de orgullo el matiz del momento vivido. Suele ocurrir que ocasiones perfectas para la tristeza se convierten, sin mediar duda ni extrañeza, en momentos perfectos para sentirse feliz por el instante disfrutado.

Como socio del Getafe, tuve la suerte de vivir en directo, en plena grada del Coliseum, un partido contra el Bayern que cambió la historia del equipo a los ojos del planeta. Como aficionado perpétuo del Atlético, he vivido noches de infortunio y tardes de tedio insoportable, pero en el cúmulo de las derrotas, ninguna me entristeció tanto y, al mismo tiempo, me hizo sentir más orgulloso de mis colores, que aquella sufrida contra el Ajax en la recién estrenada primavera de 1997.

Recuerdo que aquel Ajax era un manual del fútbol ofensivo, el mismo equipo que el año anterior habíamos visto bailar al Madrid en el estadio Bernabéu y el mismo que tanto miedo infundía por lo imprevisible de sus movimientos y jugadas de contragolpe. Recuerdo también que el Atleti pudo haber evitado el enfrentamiento contra los holandeses de no haber ganado en el Calderón aquel último partido de liguilla ante el Widzew Lodz polaco; el empate nos condenaba a la segunda posición del grupo y nos situaba como visitante en el partido de vuelta de los cuartos de final. El rival hubiese sido el Auxerre francés. Pero ganamos, porque Pantic coló una falta de las suyas a pocos minutos del final y porque a aquel equipo no le valían las segundas posiciones después de tanto tiempo sin haber disputado la máxima competición continental.

Y allí estaba el Ajax. Ante un Calderón repleto y pintado en colores de guerra, rojo y blanco, y miles de gargantas postulando un sueño. El partido de ida, en el recién estrenado Arena de Amsterdam, había terminado con un empate a uno más que esperanzador y allí nos plantamos todos los atléticos dispuestos a llevar a nuestro equipo al cielo más rotundo, el de la victoria épica; unos, los afortunados, en su localidad de grada, con bufanda y bandera al viento, otros, los que no teníamos los recursos suficientes, frente al televisor con los auriculares en los oídos y el estómago a punto de estallar.

Y recuerdo, como si fuese ayer, que durante los primeros quince minutos no vimos el balón. Pero cuando lo obtuvimos fue para no soltarlo durante el resto del partido. Y marcó Kiko, y nos volvimos locos, y fallamos mil ocasiones, y nos hundimos en la desesperación. Empató De Boer mientras Aguilera buscaba una lentilla perdida junto a la línea de cal y quisimos creer que aquello no era más que un incidente afortunado que convertiría en más inolvidable aún nuestra victoria. De aquel Ajax que nos pintaron infernal no conocíamos ni el color y de aquel Atleti lanzado recordamos uno a uno cada jugador, desde Molina hasta Esnáider ¡Ay! Esnáider.

Recuerdo que me escondí bajo la cama de mi habitación en el mismo momento en el que el señor Mumenthaler señaló el punto de penalti. Confiaba mis instintos en el grito desgarrador de mi padre, pero pasaron los minutos y este no apareció por ningún rincón de mi casa. Una vez abandoné mi rincón del pánico, pregunté por el lanzamiento y con la voz entrecortada, mi progenitor me explicó como Van der Saar había echado al traste todas nuestras ilusiones.

Y entonces llegó la prórroga. Parecía mentira, pero después de haber borrado del mapa al campeón holandés y haberle chutado a puerta durante una docena de ocasiones, nos veíamos condenados a treinta minutos más de esperanza deseperante antes de comprobar si de verdad éramos capaces de alcanzar las semifinales de la Champions League. Hubiese esperado la Juve de Zidane, hubiese esperado otro Calderón a reventar, hubiese esperado otra eliminatoria de esas que se pintan históricas, si no hubiese aparecido la pierna izquierda de Dani para volver a ponernos de cara a la dura realidad.

Del enorme cabreo que engaché, puede dar fé el viejo walkman que hice añicos estrellándolo contra el suelo. Del enorme desasosiego que se apoderó de mí, pueden dar fe todos los familiares que me vieron hundirme en mi propio regazo mordiéndome la lengua para no romper a llorar. Y aunque empató Pantic y, por un momento, albergamos la esperanza de una justicia que merecíamos de veras, el nigeriano Babangida terminó de romper el sueño culminando un contragolpe cuando el Atlético más muerto de desidia y más volcado en el área rival se encontraba.

Ganó el Ajax un partido que no mereció y perdió el Atleti un partido que dominó de cabo a rabo. Del baño que les dimos apenas queda constancia en un puñado de buenas memorias pues, como cada capítulo de la historia deportiva, las gestas son menos para los equipos que terminan derrotados. Pero una vez terminó el partido y aguanté el llanto para no caer en el ridículo que, a menudo, pinté en mi infancia, me rompí las palmas para aplaudir a un equipo que perdió por infortunio y que ganó el corazón de cientos de aficionados agnósticos que, durante un par de horas inolvidables, comprobaron como también existía épica en el otro lado de la capital.

martes, 17 de marzo de 2009

El gol eclipsado

Durante los torneos deportivos, de manera similar a lo que ocurre en otros acontecimientos sociales, existen hechos puntuales que alcanzan el cénit de lo asombroso y se queda para siempre en nuestra memoria como un acontecimiento único. Puede que veamos algo muy bello, que nos entusiasme, pero que inmediatamente veamos algo mucho más fabuloso e inmediatamente olvidemos lo que tanto nos encandiló durante el día anterior. No tardamos en sustituir lo bueno por lo mejor, ni lo mediático por lo bonito.

En el mundial de México, celebrado en 1986, todos quedamos impresionados con una jugada inolvidable protagonizada por Diego Maradona. Tanto impacto tuvieron sus dos goles en aquel partido que, durante muchas alusiones al torneo, parece que no existió ningún partido más allá de aquel que protagonizaron Argentina e Inglaterra en cuartos de final. Pero aparte de aquella mano de Dios y de aquel recorrido memorable dejando en el camino a tanto inglés, se marcaron otros goles y se jugaron más partidos.

Para alcanzar una concrección al motivo de este post, nos pondremos en situación dentro de los octavos de final. El anfitrión, México, se enfrentaba a una Bulgaria en pleno proceso de composición. Tras una larga y trastabillada jugada, el balón le llegó Negrete que, tras una rápida combinación con Aguirre (el mismo que hasta hace poco más de un mes entrenó al Atleti), se inventó este remate.

Hubiese sido el gol del mundial, si a Maradona no le hubiese dado por acaparar para sí todo el protagonismo.


viernes, 13 de marzo de 2009

Como la maduración de la fruta

Si alguien ha sido tan impacientemente torpe y ansioso como para morder una fruta inmadura, habrá comprobado, con los ojos cerrados por la sensación, como la acidez invade su boca y la sequedad impide tragar el alimento. A las frutas, como complemento energético a nuestra alimentación, hay que dejarlas madurar para que alcancen el punto justo de azúcar y terneza. Como, sin embargo, en la vida ilusoria en la que vivimos, nos empeñamos en pisar los peldaños antes de colocar la escalera, no pensamos en gestaciones ni maduraciones cuando de endiosar a un futbolista se trata.

Cuando nos enteramos que Arsene Wenger había fichado a un chico de dieciséis años por doce millones de libras, todos comenzamos a imaginarnos al nuevo Thierry Henry. Las definiciones eran más esclarecedoras que los conocimientos reales; velocidad, regate y gol. Parecía el extremo perfecto. Comenzaron a resonar los rumores, los idealistas le compararon con los más grandes y le convocaron para jugar el mundial de Alemania cuando apenas había disputado algún partido en la Premier League.

En nuestra prisa por la comprobación no nos paramos en argumentar cada uno de los calificativos. El chaval pasó de promesa a Dios sin haber demostrado nada y, por ello, cada vez que los instigadores le veían en el banquillo comenzaron a pensar que el chaval quizá no merecía tanto la pena ¡Y solamente tenía diecisiete años!

Su entrenador, más consciente de los ciclos que la mayoría de alineadores que imperan en el fútbol, supo conservar la fruta en el árbol y dejar que tomase color con pequeñas porciones de minutos. En su primera temporada apareció testimonialmente, en la segunda dejó algunos fantásticos detalles (recuérdese la jugada del gol de Adebayor ante el Liverpool en la pasada edición de la Copa de Europa) y en la tercera, una vez ha espantado el fantasma de las lesiones, vuelve al once titular para convertirse, por fin, en la estrella de un equipo que, durante el último lustro ha vivido en constante estado de promesa.

Ahora que la fruta ha caído del árbol, que Wenger piensa en él como titular del equipo y Capello se agarra a su velocidad para imponer su ley del fútbol directo, comienza el nuevo ciclo futbolístico de Theo Walcott. Los que le vieron humillar a Croacia, le pedirán una exhibición en cada partido internacional. Los que aún añoran los desbordes de Henry, le pedirán un remake desde el mismo momento en el que reciba el balón. Y los que queremos verle disfrutar, le pedimos que no se deje comer por aquellos adanes que ansian morder la fruta prohibida. Como cada joven que intenta llegar a la cima, debe pararse en cada tramo de la escalada. Solamente con constancia y paciencia, la fruta verde se convierte en pieza estrella del mercado.

lunes, 9 de marzo de 2009

La hora de la redención

Durante años, justo el tiempo que duró la estancia de Fernando Torres en el Atleti, anduve compartiendo mis sentimientos entre la duda y el cariño. La duda estribaba de sus continuos escarceos con las jugadas imposibles y los goles fallados a bocajarro. El cariño, claro está, se desprendía solo con ver la camiseta rojiblanca impregnada en sudor y lágrimas al final de cada partido.

Todo gran futbolista necesita un punto de inflexión. Los hay que derriban las puertas desde el mismo día de su debut y los hay que necesitan un tutor que les enseñe y un tiempo que les apacigue. Durante su estancia en el Atleti, Torres se equivocaba casi siempre porque no encontraba a su lado el recurso exacto hacia el que llegar al gol. Como los compañeros eran más retales de segunda fila que aunténticos cerebros de la creación, cada vez que el balón asomaba por el círculo central, Torres debía olvidarse de los desmarques y buscar la jugada de Maradona en cada encuentro con la pelota. Siempre acababa atorado entre un mar de piernas y con la portería como una misión imposible.

Cuando llegó a Liverpool, todos los que sabíamos de sus condiciones pero dudábamos de su capacidad para hacerlas explotar, sabíamos que la oportunidad de Fernando pasaba por escuchar y aprender. En una liga donde se juega a mil por hora y con dos lanzadores por detrás como Xabi y Gerrard, no podría pararse a intentar la imposible en cada jugada de ataque si quería convertirse en el goleador que buscaban en Anfield Road. Bastaba con que aprovechase su capacidad de desmarque, su velocidad y su remate para llegar a ser el fantástico delantero que, durante años, nos hubieron anunciado en portadas de ilusión y deseo.

Ahora que está lejos de casa y se ha convertido en un hombre, los que vimos nacer a aquel niño celebramos cada gol como si fuera nuestro y, aunque aún atisbamos un pequeño hilo de desesperanza al comprobar que los balones de plata no los gana con nosotros, somos realmente conscientes de que el cambio de aires le sirvió como acicate para su progreso y su formación. De haber continuado aquí hubiese seguido siendo la eterna promesa que nunca crecía, el niño que gastaba cada gramo de sudor para no encontrar nada y el escudo perfecto para un grupo de compañeros que nunca dio la cara de verdad por el equipo.

Y mientras esperamos el día en el que regrese como el hijo pródigo que viajó al extranjero en busca de fortuna, los que seguimos viendo en su mirada la alegría de un rojiblanco de corazón, le dedicamos textos como este ahora que se enfrenta al ogro que tantas veces le hizo caer de bruces. Mañana, cuando el sol se esconda bajo los graderíos de Anfield, Torres saltará al campo para hacer volar los augurios y quitarse por fin las espinas que convirtieron su corazón en un auténtico colador. Enfrente tendrá a Casillas, detrás el aliento de millones de atléticos y en el recuerdo aquella inolvidable celebración con la camiseta estirada hacia el cielo el día que rompió su gafe.