martes, 13 de septiembre de 2011

El beneficio de la duda

Cualquier duda implica desconfianza, algo de desamparo y, también, una pizca de desconsuelo. Pero cuando se trata de sacar a pasear el dedo acusador, no es menos cierto que la duda sirve para encauzar una tregua, para regalar un pedazo de tiempo y para dejar hacer no sea que aquello que nos cuentan termine siendo verdad y nos veamos enrojecidos por una vergüenza y un desquite acalorado.

El beneficio de la duda implica paciencia y tranquilidad, comprensión y análisis, sueños y corazonadas. Tiende de un hilo tan fino como el tiempo porque solamente él es el juez capaz de decirnos si el producto era de tanta calidad como nos prometieron o, por el contrario, ha supuesto un nuevo fiasco en nuestra ilusión por encontrar lo que realmente llevamos buscando durante tanto tiempo.

La paciencia del aficionado atlético está en ese hilo tan fino del que pende el beneficio de esa duda que se ha propuesto conceder después de ver que sí, que el equipo quizá pueda jugar a otra cosa y que en peores nos las hemos visto. Nuestra memoria prefiere fijar ciertas imágenes y obviar algunas otras; se trata de una percepción selectiva donde priorizamos las esperanzas sobre las desilusiones. En el horizonte que dibujaron nuestras huellas quedan presente el toque de balón, la paciencia, las oportunidades perdidas y esa media hora de Diego que creemos asociar a aquellos minutos mágicos que a Caminero le gustaba regalar cuando las musas tocaban con su varita el alma de su inspiración.

La falta de profundidad, la falta de puntería y los fallos defensivos preferimos obviarlos porque, ante la adversidad, hemos optado por ver el vaso medio lleno. Pero ojo porque un par de gotas menos y la capacidad del envase podrá convertirse en un charco sin agua. El fino hilo que separa la paciencia de la impaciencia y la tranquilidad de la intranquilidad está a punto de doblarse. Un par de malos resultados más y el equilibrista caerá al suelo sin red que detenga su caída. Entre el todo y la nada nos hemos acostumbrado tanto a lo segundo que preferimos soñar antes de ver la verdad. Una semana y una sentencia, eso es todo lo que esperamos con los dedos cruzados.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Pichichis: Guillermo Gorostiza

En 1929 España era un país inundado en un mar de dudas; la dictadura de Primo de Rivera hacía aguas, la que había sido reina consorte, María Cristina de Habsburgo, había fallecido y el país se dividía entre quienes pedían el regreso del hijo de esta última, Alfonso XIII, al poder, y quienes tomaban las calles proclamando una Segunda República que colmase de ilusiones a un puñado de soñadores. El país no era ajeno al crack bursátil que había dejado a Estados Unidos en paños menores y la economía, ya de por sí maltrecha de forma tradicional, se resentía hasta el punto de provocar revueltas, hambre y desilusión. Aún así, hubo un equipo de fútbol que tuvo el valor de romper su hucha y gastar veinte mil pesetas en un joven extremo vasco que hacía la mili en Ferrol y volaba por la línea de cal cada vez que pisaba un tapete verde. La historia del chico que aterrizó en San Mamés una fría tarde primaveral de 1929 es la historia de un mito engrandecido por sus goles antológicos y sus carreras de infarto, y es la historia de una leyenda gris ensombrecida en noches de bohemia y descontrol, marcas de carmin bajo el cuello y un final tan triste como anunciado. Guillermo Gorostiza, diecinueve veces internacional con la selección española, vivió deprisa y murió despacio; tanto duró su caída a los infiernos que tuvo tiempo de ser rescatado del olvido para regresar a la primera línea de fuego protagonizando un documental que enmudeció a España. Cuando Manuel Summers rodó "Juguetes rotos", Gorostiza era un guiñapo vestido de memoria y un recuerdo imborrable junto a la línea de cal del viejo San Mamés. Él fue juguete roto, muñeco de trapo sorbido por el exceso y el primer gran recuerdo de todo aquel que vio un Athletic campeón de verdad; porque cuando jugaba al fútbol, Guillermo Gorostiza era imparable.

Cuentan que un día, vestido ya con la camiseta del Valencia, saltó al campo del Sevilla completamente ebrio. Haciendo eses se dirigió a su punto de partida y a los pocos minutos de comenzado el partido erró un penalti mandando el balón al banderín de córner. Sevilla, que siempre fue una ciudad de salero, comenzó a burlarse de él y fue entonces cuando Gorostiza pulsó el interrumpor del genio y comenzó uno de aquellos recitales que tanta fama le dieron. El partido terminó uno a cuatro a favor del Valencia y el bueno de Guillermo anotó los cuatro goles. Los que se habían burlado de él se pusieron en pie para despedirle como a uno de sus mejores toreros.

La de Gorostiza fue una carrera larga que comenzó profesionalmente en Getxo y terminó en la habitación de un hospital para tuberculosos. Cuando murió, en un cuarto descuidado y entre cajones desordenados encontraron el único objeto de valor que no se atrevió a malvender en vida; era una pitillera de plata, obsequio de don Luis Casanova, presidente del Valencia, en cuya tapa había grabada una dedicatoria: "Al mejor extremo izquierdo del mundo de todos los tiempos". Había dejado un recuerdo imborrable y un palmarés envidiable que completaban seis ligas y cinco copas de España.

Fue, además, máximo goleador del campeonato de liga en dos temporadas, anotando diecinueve goles en la 1929-30 y doce en la 1931-32, jugando un total de doscientos cincuenta y siete partidos en liga y anotando ciento ochenta y cinco goles. Cuando iniciaba el desmarque, allá en el costado izquierdo de San Mamés, apenas podía distinguirse el blanco de las líneas verticales de la camiseta, aquella estela colorada en carrera la valió el sobrenombre de "la bala roja"; un color que cambió al blanco en 1940 cuando, presionado por un vestuario que le reprochaba su ideología carlista, dejó Bilbao para firmar por el Valencia y seguir impartiendo magisterio balompédico. Allí jugó durante seis temporadas, ganó dos ligas y una copa y dejó una huella imborrable. Pero allí se acrecentaron sus excesos, se vio vencido por la edad y el alcohol y regresó al norte para iniciar un periplo que tuvo parada y fonda en Baracaldo y Logroño antes de llegar a la pequeña aldea asturiana de Trubia donde seguiría jugando hasta cumplir los cuarenta y dos años, necesitado de dinero para pagar sus deudas y en un estado físico tan deplorable que hacía daño al recuerdo imperecedero que habían fraguado sus jugadas de antaño.

Que Guillermo Gorostiza había nacido futbolista fue algo que tuvo que aceptar su padre al comprobar como todos los castigos impuestos no causaban el efecto deseado. El padre, que había sido un respetable médico, quiso iniciar a su hijo en los procedimientos medicinales, pero el joven Guillermo prefirió trabajar como tornero en una fábrica de Santurce sabiendo que allí ganaría menos dinero pero más tiempo libre para dar rienda a su pasión. Ya como futbolista, dos hechos puntuales marcaron su vida junto a los colores del Athletic Club de Bilbao. La primera fue cuando se fraguó su fichaje; Gorostiza, enrolado en las filas del modesto Racing de Ferrol, enfrentó en un partido al Español de Barcelona liderado por el famosísimo arquero Ricardo Zamora. El Divino, que marcaba ínfulas de portero imbatible tuvo que ver, descorazonado, como un pequeño diablo arrancaba desde la izquierda y le fabricaba un gol de antología ¿Quién es ese chico vasco que juega en Galicia? Se preguntaron todos. Y la pregunta llegó a Bilbao y la respuesta se concedió en Getxo: "Ese chico nos pertenece". El Athletic hubo de pagar veinte mil pesetas al Arenas de Getxo y Gorostiza vestió la roja y blanca desde 1929 hasta 1940, un año después de concluir la Guerra Civil española.

Fue en la guerra donde encontró el picaporte de la puerta de salida de San Mamés. Gorostiza, enrolado en las filas de una selección vasca que recorrió Europa en busca de fortuna, alimento y dinero, decidió desertar en silencio y regresar a España para combatir junto a sus compañeros del requeté carlista. Aquello no sentó nada bien entre sus compañeros del Athletic y, una vez concluído el conflicto y reunidos todos de nuevo en un vestuario crecido en años y en heridas, el grueso del grupo optó por dar la espalda a su extremo izquierdo titular. Gorostiza, entrado en años y plagado de intenciones, fichó por el Valencia para formar parte de la famosa delantera eléctrica formada por Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y él mismo, maravillar a España, ganar dos ligas y hacerse un hueco en la memoria colectiva de los aficionados que abarrotaban Mestalla cada domingo para verles impartir cátedra.

Gorostiza, que ya había formado parte de la primera delantera histórica del Athletic, junto a Iragorri, Bata, Chirri y Unamuno, fue un extremo izquierdo veloz, contundente, listo y goleador. Sus arrancadas eran tormentas arrebatadoras e igual que frenaba, volvía a arrancar para dejar sentados a los sufridos zagueros que, en la mayoría de las ocasiones, terminaban por aceptar la pérdida del reto con un suspiro de resignación. Ganó muchas batallas dentro del césped pero perdió tantas otras en la vida cotidiana. La más importante de ellas le puso de cara a la pared en un hospital de tuberculosos de Bilbao; sólo, arruinado y enfermo, no pudo emprender la huída como aquella vez con dieciocho años cuando no quiso inclinar la cerviz ante la directiva del Arenas de Getxo y se escondió en Buenos Aires para perderse ante los ojos del mundo. Volvía a ser un desconocido, memoria viva de nuestro fútbol que se moría de hambre mientras su mirada se apagaba. Murió en pleno verano, cuando las tardes de agosto hacían soñar al público con el comienzo de una nueva temporada. El veintirés de agosto de 1966, murió Guillermo Gorostiza. Tenía cincuenta y siete años y muchas deudas pendientes de pagar. También dejó varias pendientes de cobrar, quizá el fútbol español jamás terminó de agradecerle todo lo que hizo por él.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Cianuro como antídoto

Cualquier enfermo sabe que su curación pasa por un cambio en los hábitos de consumo, por un descenso en los excesos y por los efectos de la medicina correspondiente. En estos casos, actuando bajo prescripción facultativa, buscamos un diagnóstico, una receta o una solución en manos de un galeno. Actuando bajo la presunción de libre conciencia, nos tomamos cada consejo y cada solución como un acto de mejora, pues no son pocas las veces en las que confiamos en la profesionalidad del especialista.

El problema suele devenir en riesgo cuando se deja la salud en manos de un matasanos sin carrera y sin profesionalidad. El mundo, en medicina, en banca o en fútbol, suele estar atestado de iluminados que ven más allá de lo necesario y que, cuando dejan un cadáver caliente por el camino, toman la dirección contraria para frotarse las manos, recoger las ganancias y tomar las de Villadiego. Si te he visto, no me acuerdo.

No fueron pocos los años en los que la Real Sociedad se mantuvo en los últimos escalones que daban acceso al privilegio futbolístico de nuestro país. Entonces, mientras disputaba ligas y levantaba copas, el club se puso en manos de verdaderos especialistas en pediatría balompédica. Fue allí donde nacieron, se vacunaron y se criaron como a pequeños hombres, a un grupo de chavales imberbes, con el gen del Sanse incubado en cada arteria y con la cabeza fría para demostrar que el fútbol se juega desde la pasión y se disfruta desde el atrevimiento. Fueron días de clínica exitosa en los que el equipo se hizo un sitio, vendió estrellas, se renovó, volvió a vender y se reafirmó. Daba igual que perdiese un órgano vital porque siempre encontraba un antídoto con el que poder regenerarse.

Pero el éxito mal digerido, como un mal fracaso, también es un tortuoso camino para llegar hacia el desastre. Los especialistas fueron sustituidos por comisionistas, la fábrica de talentos se convirtió en un lupanar y la llegada del huracán les pilló a todos sin ropa con la que protegerse y sin techo bajo el que cubrirse. Fue entonces cuando llegó el matasanos, chasqueó los dedos y recetó cianuro como antídoto para el enfermo.

Del lejano oriente llegó un futbolista que ni conocía Zubieta, ni conocía la historia, ni sabía por dónde volaba el balón. Se le quiso adiestrar y en el pecado llevaba la penitencia; no había nivel para su constancia. Lee Chun Soo, así se llamaba el falso mesías, fue señalado con el dedo acusador con el que pagan sus penas los culpables, pero él no tenía la culpa, la tenían quienes le recetaron como remedio y después desaparecieron como canallas. El club ya estaba herido; cianuro sólo y sin leche, arsénico sin compasión, aguarrás contra pintura reseca.

De futura estrella pasó a convertirse en estrellado. Lee Chun Soo, coreano vitoreado en su tierra y oriental vilipendiado por la crítica occidental, tomó su coche para conducir hacia el sur. Llegó a Soria dónde aún se le recuerda por nada y regresó a su país pensando que las segundas oportunidades solamente llegan allí donde se encuentran sonrisas y abrazos de bienvenida. Si quiso ser algo, apenas fue nada. Tras un par de años Ulsan, ciudad que le vio nacer como futbolista, quiso resurgir con fuerza tomando nombre en el Feyenoord de Rotterdam. Otro error. Quien un día le vendió como un buen remedio, debió de olvidar las contraindicaciones del prospecto; al chaval le faltaba velocidad para jugar como extremo y le faltaba conocimiento para jugar como delantero. El vigor y la fogosidad no son nada si el talento no acompaña. No jugó mucho en Holanda y regresó a Corea para iniciar un periplo que aún no ha culminado; Suwon Samsung Bluewings y Chunnam Dragons en su tierra, un año en Arabia Saudita después, para recalar, no hace más de una temporada, en el Omiya Ardija de la liga japonesa. Seguirá cayendo y seguirá sin ser culpable de sus derrotas.

La Real, como Lee Chun Soo, terminó en los infiernos. Hoy busca reconducirse con unos nuevos doctores y una nueva oportunidad en la fábrica de talentos que un día le catapultó hasta la gloria. Desaparecieron los venenos de las estanterías de medicamentos y se promulgó por no olvidar jamás el sabor de aquel cianuro. Saben que quien olvida su historia está condenado a repetirla.

jueves, 11 de agosto de 2011

Mili en Gijón

Durante años me sentí un joven adulto encerrado en el cuerpo de un niño al que negaban la condición de hombre. Eran años de casta hombría, de barbas ralas y cigarrillos de tabaco negro penduleando sobre la comisura del labio. Bajaba al pueblo en las fiestas de guardar y tras cada esquina siempre había un anciano o una anciana dispuesta a asaltarte para escrutarte en dos preguntas "¿Y tú de quién eres?", "¿Ya has hecho la mili?". Tras la primera respuesta, tardaban poco en dar por satisfecha con la curiosidad, pero, tras la segunda eran mayoría las veces en las que me examinaban de arriba a abajo con esa solemnidad marcial que imponen los años y sentenciaban tras sus pasos una vez te habían dejado sin decir adiós: "Pues hasta que no hagas la mili no serás un hombre".

Nunca hice la mili, por lo que aún hoy me asaltan algunas dudas acerca de si realmente terminé convirtiéndome en un hombre o estas ilusiones mías de medianoche siguen siendo el reflejo de un fantasma infantil que se niega a abandonar mi cuerpo. De igual manera, pero en busca de un vestuario donde sentirse importantes, muchos futbolistas abandonan su hogar para forjarse un nombre en cuarteles lejanos de césped recién regado, gradas llenas de recuerdos y aficionados dispuestos a examinara hasta el último paso de su instrucción. La mili, en fútbol, llega siempre en forma de cesiones.

La Masía azulgrana a abundado siempre de chicos precoces cuyo primer mandamiento se reflejaba en el trato del balón. De esta manera, cada delantero y cada defensor salido de la escuela azulgrana, guardaba siempre en el interior el alma de un centrocampista. Fueron pocos, aunque soberbios, los que alcanzaron las mieles de la gloria en el primer equipo, menos aún fueron los que sobrevivieron a la voracidad de la fama y muchos los que tuvieron que buscar cobijo en otros lugares lejos de casa.

A Gijón llegó hace un par de años un imberbe y espigado murciano que había hecho su rodaje en Barcelona y buscaba consolidarse en el Sporting. Tan gratas fueron sus aptitudes que la cesión se convirtió en compra y la promesa de un buen puñado de partidos se transformó en la realidad de un chico indiscutible e imprescindible. Alberto Botía, defensa central de profesión y alma de centrocampista en la intimidad, sabe tratar la pelota porque le enseñaron a amarla, sabe fletar el espacio aéreo porque es audaz en el salto y sabe dominar la anticipación porque conoce los secretos de la colocación. Orden, nobleza y talento. Cualidades de un chico que no hace mucho fue campeón sub 21 y que hoy escucha con ilusión los cantos de sirena.

Anoche, España jugó sin centrales. Albiol hubo de multiplicarse y Del Bosque hubo de parchear la zona con dos centrocampistas que conocen el oficio pero no han nacido para dominarlo. Quizá haya que ir pensando en renovar la zaga. Nuevos aires llegan al centro del campo (Thiago) y nuevos aires limpian de rivales la zona de ataque (Mata). Quizá sea la hora de dar alternativas en defensa y Botía parece una opción. Es joven y ya ha aprendido a ganar. La mili en Gijón le ha hecho un hombre. Ese es el gen de nuestro nuevo fútbol.

lunes, 8 de agosto de 2011

Otra vez

El ruido de los cohetes es demasiado molesto como para obviarlo. Los transatlánticos cruzan el mar y bajo sus hélices no caben botes ni tablas, no hay un iceberg que amenace la hoja de ruta y las únicas fragatas de batalla están demasiado lejos como para que el crucero tema por el fuego de los cañones. La paz se destensa, el verano no se acaba y sin embargo el ruido de los motores ya no deja lugar para el descanso. Los que aún no hemos preparado las fiestas de nuestro pueblo, tenemos que volver a soportar el ruido infernal de los vítores y fuegos artificiales de los dueños del cortijo. Ya solamente ellos se comen la tarta; solamente para ellos hay limonada.

Ya no nos dejan ni las migajas. Para el que logre subir a la cucaña y alce la supercopa al viento, serán todas las loas, las palmaditas en la espalda y los sonidos de aliento. Para el que hinque la rodilla, el título será subdimensionado, será un tropiezo permitido, una copita de anís aguado que no alcanza a la embriaguez y no suma al palmarés. Ni en esto se ponen de acuerdo; unos dirán que son motos y los otros bicicletas de paseo. Todo se mira a través del cristal del resultado.

Lo cierto es que el Madrid llega como un tiro y lo cierto es que el Barça llega señalado por las dudas. Lo cierto es que el Barça se ha ganado el derecho a que no se dude de él y lo cierto es que el Madrid se ha ganado el derecho a que se le tema. Lo cierto es que los transatlánticos vuelven a chocar, lo cierto es que ya está aquí, una vez más, la rueda de reproches, los canguelos, las declaraciones a priori, las pataletas a posteriori y las ruedas de prensa que se analizan con más detalle aún del partido.

Más allá del partido, de la supercopa y de lo anodino en que se ha convertido nuestro fútbol con esta hidra de dos cabezas que devora rivales, contratos y derechos televisivos, queda la incertidumbre de hasta qué punto será vinculante el resultado final contra el devenir de una temporada en la que solamente tendrán que superar dos molestos baches: sus enfrentamientos directos. Hay sed de sangre, hay sed de revancha, hay sed de gloria. Todo es para ellos, pero, teniendo en cuenta de que el primer paso hacia la victoria física es la victoria moral ¿Será todo para el que gane este duelo?

miércoles, 3 de agosto de 2011

Los otros goles de Iniesta

Nos ciegan tanto los flashes que tendemos a olvidar lo cotidiano. Los goles decisivos, esos que regalan gloria y aportan campeonatos, viven para siempre en el lado visible de nuestro recuerdo. Pero hay otros goles que, pese a la euforia del momento, tendemos a olvidar a medida que el tiempo dibuja sus fracasos o sus éxitos más allá de la línea del horizonte.

De Andrés Iniesta conocemos su excepcional interpretación del juego, su calidad a raudales y su mágica ubicuidad para aparecer en los momentos más oportunos. Como si de un Dios del fútbol se tratase (Carlos Martínez dixit), Iniesta apareció en dos momentos estelares para regalar dos explosiones colectivas inolvidables. El primero fue en Londres, bajo el cielo estrellado de un Stamford Bridge que ya relamía el sabor de la final de la Champions League; entonces, un zapatazo imposible besó la escuadra de Cech y los idólatras levantaron el nombre de Andrés hacia los altares. Y después fue en Johannesburgo, bajo el cielo plomizo de un Soccer City que ya se levantaba en ascuas en espera de la tanda de penaltis; entonces, un latigazo a bocajarro condenó a Holanda y situó a España en lugar más alto del olimpo.

Pero hubo otros goles. Antes de que la selección española fuese dueña y señora del fútbol mundial, hubo un tiempo en el que las dudas, las críticas y las palabras a destiempo convertían al equipo de todos en el equipo de nadie. Eran tiempos de sombra alargada y luces apagadas, tiempos en los que la eliminación en cuartos era consigna y la crítica desmesurada era caballo de batalla. En medio de esos lances, tras caer rebotados y esquilmados desde una noche alemana en la que Francia nos puso en nuestro sitio, España se jugó los cuartos, el futuro y el prestigo en dos duelos a vida o muerte ante una Islandia que, llegada del frío, había aprendido los designios de nuestro perpétuo fracaso.

En el primero de ellos, en Mallorca, la lluvia deslució un choque en el que España se enfrentó a un muro y chocó y chocó durante ochenta minutos. Diluviaba en el césped y no arreciaba el temporal en las gradas. La gente dudaba de Luis y Luis dudaba de sí mismo. No había huecos, no había espacios, no había un motivo para la esperanza. Hasta que Villa filtró un balón hacia el interior del área y Andrés Iniesta apareció donde se conjugan los hechizos y tocó el balón con su varita mágica para cruzarlo lejos del alcance de Arason. El gol supuso un alivio y la clasificación dejó de ponerse en duda. Habíamos perdido en Suecia y de dejarnos un punto en casa con Islandia, el camino por el infierno podría haber sido insoportable.



Y tras el choque de marzo llegó el de septiembre. Hacía dos días que Antonio Puerta había fallecido y toda España lloraba su tristeza. La selección viajó a Reikiavik muerta de miedo y comida por la pena. Tras el homenaje previo al jugador del Sevilla, llegó el gol de Islandia. Y tocó remar. Suecia se marchaba y Dinamarca se nos echaba encima justo antes de un duelo a vida o muerte en Aarhus. Corría el minuto ochenta y cinco y España seguía agonizando. Continuaba el uno a cero y Villa elevó un balón hacia el borde del área, Silva no llegó porque un defensor le hizo falta pero el árbitro obvió el lance porque el cuero llegó hacia Iniesta. Le bastó mover la cintura para tumbar al último central y pisar el área con ventaja. Se escurrió, pero aún así, desde el suelo, acarició el balón lo justo para introducirlo en la portería rival. Empate a uno y toda la vida por delante.



Después vino el maravillo partido en Dinamarca, la victoria ante Suecia en el Bernabéu y la clasificación final como primeros de grupo. Jugamos la Eurocopa, la ganamos y estrenamos el papel de favoritos para jugar el mundial y, de igual manera, ganarlo.

Ahora que hemos celebrado, lo hemos olvidado. Pero hubo un día en el que nadie creía en este equipo, hubo un día en el que Luis estuvo de cara al paredón y hubo un día en el que seguimos fustigando nuestras esperanzas. Durante ese tiempo hubo dos goles que aclararon el destino. Fueron de Iniesta, el mismo que tumbó a Holanda, aunque ahora casi nadie lo recuerde.

jueves, 28 de julio de 2011

La diferencia entre un señor y un niñato

Son recurrentes las ocasiones en las que acudimos a la memoria para encontrar una palabra que cumpla con el protocolo. Existen momentos puntuales en los que la gente espera de nosotros un ápice de educación, un respeto, un comportamiento adecuado. Incluso, cuando damos rienda suelta al altruísmo, hay veces en las que, pese a hacer sin pedir nada a cambio, nos llena de satisfacción ese par de sílabas sinceras componiendo la palabra "gracias".

A un señor con impostas de caballero se le presupone elocuencia en la palabra, agradecimiento en el verbo y educación en los modales. Se puede ser señor en muchos aspectos y a cualquier edad, basta con mirar, aprender y agradar. A los que nos enseñan un ápice de educación, sabemos que los encuentros conllevan un saludo y los desencuentros conllevan una despedida. Hay que saber agradecer lo que te han dado y saber marcharse siempre por la puerta de delante, porque si el destino te ofrece un regreso, es mejor saber que te recibirán con los brazos abiertos a temer el filo de las uñas.

Un niño maleducado, sin embargo, siempre tiene tareas pendientes de afrontar. No sabrá reconocer una deuda porque siempre atepondrá su ombligo a la realidad, no sabrá felicitar un acontecimiento porque se creerá siempre el centro de atención y no sabrá agradecer el cariño porque para él será más importante el fin que los medios. Cualquier crío pequeño, en plena distracción de pataleta, está a tiempo de aprender a respetar un sentimiento y a agradecer un cariño porque cuenta con la ventaja de una edad temprana y una socialización pendiente de instruir. El problema surge cuando el crío ya no es tan pequeño y cuando los delirios contemplan más grandeza de la que se puede asumir. Un chico de veintitrés años que no sabe respetar, ni dar las gracias, ni despedirse con elegancia, nunca será un señor sino un auténtico niñato.

Es verdad que Agüero se la ha puesto botando y en bandeja de plata a los dirigentes del Atleti. Su comportamiento ha fabricado la cortina de humo perfecta para que las iras pasen de largo por la puerta cero del Calderón y busquen un rincón celeste en las calles de Manchester. Nadie va a reprochar a Agüero su deseo de volar libre, todos vamos a entender que quiera salir por patas de este mercado de malos futbolistas en el que se ha convertido en el Atlético de Madrid. Pero, aún teniendo motivos para increpar a los dueños del club por su nefasta gestión, no es menos cierto que Agüero se ha comportado como un niñato. Nos ha desairado, nos ha vejado y se ha marchado por la puerta trasera sin decir adiós ni dar las gracias. Estamos de acuerdo en que él merece más, pero nosotros también.

martes, 26 de julio de 2011

Fútbol de verano

A menudo gustamos de cerrar los ojos y pensar con mucha grandeza. Son más las ocasiones en las que nos atrevemos a soñar con un cántico asombroso, un aplauso imperecedero y una sonrisa bobalicona. Para los sueños futbolísticos, nada más adecuado que el verano; para aprovechar los días de sol y playa, nada mejor que una fábula balompédica.

En verano el fútbol es ilusión, esperanza y expectativa. En verano, el fútbol es torneo de manga corta, chanclas impregnadas de arena y cerveza fría junto al televisor de un chiringuito. En verano el fútbol sigue siendo Teresa Herrera y Ramón de Carranza, pero también son giras asíáticas, partidos de soccer y nuevos descubrimientos. Nada mejor para refrescarnos la mente que esos torneos de selecciones juveniles en los que vemos aparecer a aquellos chicos que un día serán los hombres de rojo de nuestras más intensas pasiones.

Las dos selecciones inferiores que durante estos meses de asueto disputarán la hegemonía europea y mundial en categoría juvenil estarán comandadas por dos chicos de ojos vivaces, mirada intensa, aroma de Masía y un nombre común: Sergi.

Sergi Gómez es general en campo de minas, un tipo que no rehuye la pelea, que busca el cruce con precisión, que gana el balón por alto y que, por bajo, sabe solventar todas las trampas porque juega como un lince en un bosque de piernas; es listo, audaz y está capacitado para las misiones difíciles. Como además ha aprendido las lecciones de la escuela azulgrana, se convierte en un centrocampista más cada vez que asoma con el balón en los pies. No sólamente sabe cruzar, quitar y ganar, también sabe buscar la salida, alimentar al equipo y distribuir la mercancía con precisión.

Sergi Roberto es un tipo de otra escuela; más fino, más talentoso en campo rival, más pasador y más inaccesible cuando escapa del área y busca la sorpresa. Menudo, estilista y de apariencia frágil, ha aprendido a sobrevivir en la jungla gracias al talento y la perspicacia. Busca al compañero e incia el desmarque, busca al rival e inicia el quiebro, busca el espacio e inicia la jugada de gol. Mitad delantero, mitad centrocampista, busca encontrar su sitio en un futuro difìcil. Para un puesto la dirección se encontrará con Xavi, Iniesta, Thiago y tal vez Cesc. Para un puesto en la definición encontrará algún escollo como Messi, Pedro o Alexis. Difícil panorama. Mucho fútbol. Todo un reto.

jueves, 21 de julio de 2011

El clásico de Montevideo

A medidados del siglo XIX, luego de la Guerra Grande que dividió a Uruguay, el estado, arrasado, se convirtió en un foco perfecto en el que invertir, dada su desestructuración, su necesidad de cambio y su obligación por regenerarse. De esta manera, decenas de compañías británicas plantaron su base en Montevideo y comenzaron a invertir en nuevos medios de transporte como el ferrocarril y el tranvía. De esta manera, y tras una fuerte inversión por parte del gobierno uruguayo, se fundó la Central Uruguay Railway, encargada de conectar todo el país por medio de las vías férreas.

La gran cantidad de trabajadores y empresarios británicos que se estableció en la capital uruguaya, generó una clase elitista que fundó colegios. De esta manera, en 1874, se fundó el primer colegio británico de Montevideo lo que vino a suponer la creación de los primeros clubes deportivos escolares; clubes que venían a practicar deportes muy comunes en Gran Bretaña, como el cricket, el remo o el fútbol, pero que aún no habían calado en la sociedad sudamericana.

Tras el auge de los clubes de fútbol formados por ciudadanos extranjeros, un grupo de universitarios montevideanos formó un club de fútbol el que solamente tenían cabida ciudadanos uruguayos y tomó los colores de la bandera impuesta por el libertador José Artigas, el azul, el rojo y el blanco, como los que formarían su equipación. Fue el nacimiento del Club Nacional de Montevideo. Un club de más de ciento veinte años de historia que tuvo en 1971 su verdadero año de las luces; fue cuando vencieron hasta en siete ocasiones consecutivas a su eterno rival y levantaron, por primera vez, la Copa Libertadores de campeones de América.

Pero hubieron de ocurrir muchas cosas antes de aquel comienzo de la década de los setenta. Casi un siglo atrás, cuando el fútbol había contagiado el alma de cada ciudadano uruguayo, y había escapado de la exclusividad británica, se disputaron los primeros partidos a vida o muerte. Eran tiempos en los que la población extranjera suponía un treinta por ciento de la totalidad de ciudadanos de Montevideo. Los hinchas de Nacional, con el orgullo patrio como bandera, buscaban un rival a su altura con el que poder cubrir su precipitada gloria.

En 1861 se había fundado el Montevideo Cricket Club y en 1874 el Montevideo Rowning Club, dos instituciones dedicadas al cricket y al remo respectivamente pero que también tuvieron equipo de fútbol. No duraron mucho en la práctica del balompié puesto que lo suyo eran otros menesteres, por lo que Nacional hubo de seguri esperando un gran rival, rival que nació el veintiocho de septiembre de 1891 cuando la compañía ferroviaria adquirió unos terrenos en el alejado barrio de Peñarol y formó un equipo de fútbol para disputar partidos en ellos. Se llamaron Central Uruguay Railway Cricket Club y eran conocidos como CURCC. Vestían los colores identificativos de los empleados del ferrocarril, amarillo y negro y con el tiempo mudaron su nombre al del barrio que les dio acogida. Fue el nacimiento de Peñarol, un club más que centenario que tuvo su año de regodeo en 1986 cuando acordó disputar con su gran rival la bautizada como "Copa de oro de los grandes" al mejor de ocho partidos y consiguió la retirada de su adversario después de ganar los cinco primeros.

Desde entonces, Nacional, que disputa su partidos como local en el Parque Central, y Peñarol, que utiliza el simbólico Centenario como hogar de acogida, han dirimido quinientos duelos en la que ha sido considerada como la rivalidad más antigua fuera de las islas británicas. Más allá de sudamérica también disputaron un encuentro; fue la primera y única vez en la que lo hicieron y fue en el trofeo Teresa Herrera del año 2005. Nacional venció por tres goles a uno y apuntó una muesca más en su particular guerra de pequeñas batallas disputadas.

Con el siglo XX llegaron a Uruguay el tranvía, la electrificación, la industria y la masificación. Llegó el fútbol y llegó el primer clásico; fue el quince de julio del año 1900 y el CURCC venció a Nacional por dos goles a cero. Fue el comienzo de un clásico inolvidable que ha tenido protagonistas tan excelsos como Rocha, Spencer, Morena, Míguez, Gestido, Máspoli, Ghiggia, Schiaffino o Varela por el lado aurinegro, o Mazali, Castro, Cea, Scarone, Andrade, Gambetta, Espárrago, Cubilla, Cabrera u Ostolaza por el bando tricolor. Un mar de goles, un mar de anécdotas y un mar de gritos contra el viento junto al Río de la Plata.

El nueve de octubre de 1949, Nacional rendía visita a un Peñarol que iba puntero y que tenía en su equipo la base de la selección uruguaya que conquistaría Maracaná un año más tarde. Tras los goles de Ghiggia y Vidal y un sinfín de protestas, el árbitro del encuentro decidió expulsar a Tejera y Walter Gómez. Nacional, que habría de disputar el segundo tiempo con nueve jugadores, optó por quedarse en la caseta para mayor regodeo de la hinchada local quien tachó al gran rival como una panda de cagones. Aquel partido pasó a la historia como "el clásico de la fuga".

El catorce de diciembre de 1941 se había jugado un clásico de completo dominio tricolor. Nacional goleó, con despecho, por seis goles a cero, consiguiendo así la victoria más abultada de la historia de los clásicos. Como quiera que el equipo reserva también ganó aquel día al reserva de Peñarol por cuatro a cero, las calles, jubilosas por Nacional, pregonaron su burla y bautizaron la fecha, con sorna, como "el día del diez a cero".

Años antes, el veinticinco de mayo de 1934, Nacional y Peñarol se disputaban la copa uruguaya en su partido final y el encuentro terminó con empate a cero goles después de una trifulca monumental. Resultó que, durante el encuentro, una ocasión de Peñarol terminó en un disparo raso junto al palo que fue a dar contra una de las valijas del masajista allí situadas, y como el balón rebotó hacia adentro, otro delantero aurinegro aprovechó la coyuntura para anotar un gol que terminó celebrando. Se montó la de San Quintín, el gol fue anulado y tres jugadores de Nacional fueron expulsados antes de que el partido se declarase como suspendido. En la reaunudación, el tricolor aguantó el empate con ocho jugadores y forzó un desempate que terminó ganando por tres goles a dos. Aquella hazaña fue bautizada por los hinchas de Nacional como "el clásico de la valija".

Pedro Cea y Álvaro Gestido habían sido dos amigos inseparables fuera del terreno de juego y dos enemigos irreconciliables cuando se habían vestido de corto para enfrentarse entre sí. Cea, hincha encendido de Nacional, juró por lo más sagrado no volver a pisar jamás la sede de Peñarol una vez se hubo retirado de la práctica balompédica. Pero no pudo cumplir su promesa. Una fría mañana de 1957 alguien le dijo que Gestido había fallecido y que su cadáver descansaba en las instalaciones del eterno rival. Desdijo sus palabras, se arropó a la conciencia y se tragó el orgullo para cruzar el umbral de la calle Garay y llorar la muerte de su amigo. "Pérdidas así", dijo tras sus pasos, "es imposible empatarlas".

En 1914, Carlos Scarone, quien había sido jugador de Peñarol y regresaba de su periplo en Argentina, comentó con su padre, fervoroso hincha aurinegro, su intención de fichar por Nacional. Ante el disgusto de su progenitor, Carlos, sentenció una pregunta que se convirtió en leyenda: "¿A qué voy a quedarme en Peñarol, a mangiar merda?". Desde entonces, aquel "mangia merda" que corrió entre las gradas se apocopó en una palabra, "manya", que es, desde entonces el nombre de pila de cada hincha de Peñarol.

Años antes, en 1902, Nacional había cambiado su uniforme. Las nuevas camisetas prescindieron del color rojo porque desteñía las coladas y se cambió al blanco. Las zamarras blancas adquiridas venían adornadas con un bolsillo en el pecho, justo en el lugar del escudo. Aquel detalle provocó más mofas que admiraciones y se comenzó a conocer a Nacional como el equipo del bolsillo. El mote evolucionó y, desde poco tiempo después, Nacional es conocido como "El bolso" y como "los bolsos" son conocidos sus seguidores.

Desde el comienzo de la hostilidad deportiva, la grandeza ha sido fiel compañera de ambas entidades. Así, Peñarol puede presumir de haber salido hasta en seis ocasiones como campeón de América y en tres como campeón del mundo, por las tres Libertadores y tres Intercontinentales de Nacional. Y en el lado doméstico, los aurinegros han sido cuarenta y seis veces campeones de Uruguay por los cuarenta y tres campeonatos domésticos ganados por el tricolor.

En total han sido quinientos cinco duelos, con ciento ochenta y una victorias de Peñarol, ciento sesenta y tres de Nacional y ciento sesenta y un empates. Además del primer duelo directo, los aurinegros contaron, también, en su haber, el primer partido de la era profesional; fue en 1932 y Peñarol ganó por dos goles a cero. Un capítulo más de una enemistad centenaria que rememora tiempos mejores, tiempos en los que no solamente se disputaban la supremacía local, si no la mundial. En su pequeño paso hacia el regreso, Peñarol volvió a disputar la final de la Copa Libertadores en su última edición después de veinticuatro años. Le toca a Nacional dar el golpe en la mesa. Les toca a ambos seguir jugando.