martes, 4 de junio de 2019

O Fenómeno

La capacidad de asombro de un futbolista se mide, principalmente, por el impacto inicial que supone su aparición. A Ronaldo Nazario, los más eruditos, consumidores de fútbol en la era pre Internet, le conocía de sus primeras andanzas en el Cruzeiro y su explosión en el PSV Eindhoven, pero no eran muchos los que le conocían cuando llegó a Barcelona. Le habíamos visto, durante el verano, liderar con goles a la Brasil subcampeona olímpica, pero no esperábamos esa aparición tan arrebatadora que nos llevó a todos la memoria por delante.

Ronaldo era potencia, era calidad, era definición, era gol. Era una tormenta perfecta en los últimos cuarenta metros, era una manada de búfalos atacando en tromba a la defensa rival, era un torrente incontrolable que se llevaba por delante a quien osara querer detenerle. Fueron cuarenta y siete los goles en aquel curso, la mayoría de ellos de una precisión exquisita, otros tantos precedidos de una demostración de fuerza casi sideral, como aquella tarde en Compostela cuando el frío arreciaba y los asombros asomaban en cada uno de los gestos.

O como aquella vez que se filtró entre la defensa del Valencia y apareció para vacunar, o esa otra que se llevó por delante a la defensa del Deportivo para poner al equipo en la órbita de un campeonato que no terminó ganando. Porque a aquel Barça de Ronaldo se le escapó la liga y ganó todo lo demás, con goles suyos en las finales, con goles decisivos en cada ronda.

Tal fue el impacto generado que las grandes fortunas se encapricharon de él y sus agentes jugaron al gato y el ratón con Núñez hasta terminar por desacreditarlo y mandar al chico a Italia. Allí disfrutó de liderazgo pero le faltó regularidad. El equipo era un quiero y no puedo y, cuando el estallido había iluminado los ojos de San Siro, su rodilla hizo crack y al chico le dijeron que jamás volvería a ser el mismo.

El Ronaldo que regresó no era tan potente, ni tan rápido, ni siquiera tan hábil, pero era listo como un lince y arrollador en el área como siempre. Aprendió a dosificar esfuerzos, aprendió a sobrevivir en la línea de fuera de juego y comprendió que quien arranca primero arranca dos veces. Era un maestro en el mano a mano y un artista en la definición. Ganó el mundial, regresó a España y se colmó de honores mientras el Madrid trataba de darle el único título que le faltó, la Copa de Europa.

No la logró. Turín, Mónaco, Londres y Munich fueron obstáculos insalvables. Pero a aquellas alturas ya todo daba igual. Ronaldo era el mejor jugador de su generación y, posbiblemente, el mejor delantero centro de la historia. Más allá de los títulos quedaba el recuerdo y quedaba, inamovible, aquel impacto inicial en el que demostró que su carrera no iba a ser un cuento de hadas sino una película de acción.


lunes, 3 de junio de 2019

Un artista excesivo

Para juzgar al personaje, existen las crónicas de sociedad, para juzgar al futbolista, en cambio, existen las crónicas deportivas. El problema es cuando el jucio se convierte en sumatorio y escapa a los límites del conocimiento; dejamos atrás al personaje y nos alejamos aún más del futbolista, cuando sólo nos interesa la persona entramos en el terrano vedado del morbo y es ahí donde resaltan siempre los resentidos y los enterados. Unos porque jamás perdonarán afrentas, los otros porque van por la vida dando lecciones que, en su mayoría, no se aplican así mismos.

Entiendo, y hasta comparto, el tuit de Santiago Cañizares en referencia al accidente de José Antonio Reyes. No entiendo, a no ser que el morbo sea el único motor que conduzca al informante, porque no se publicaron sus siguientes tuits aclaratorios. Y es que vivimos en una sociedad tan radicalizada en el pensamiento que basta leer algo que nos remeva para pasar a decir: "Joder, qué razón tiene este tío". Y la tendrá, en mayor o menor medida, pero los que hemos llegado al foro a rendir homenaje al futbolista tendremos en cuenta el pecado para aplicarlo a nuestra enseñanza y fijaremos el recuerdo en ese tipo que conducía la pelota como un verdadero artista.

Reyes fue un jugador excesivo en todos los sentidos. Lo fue para mostrar talento, lo fue para caer en la tristeza, lo fue para irse abandonando y lo fue para mostrarse distinto a los demás. Aquella aparición fulgurante en el primer Sevilla de Caparrós significó el resurgir de un equipo que vivía de la confrontación y necesitaba reencontrar la alegría. Reyes significó velocidad, regate, precisión, audacia. Y fue tan estruendosa su aparición que el gran equipo inglés de la época pagó un dineral por llevárselo de casa. Cuando acabaron los fuegos artificiales de la ilusión, surgieron las dudas por la desesperanza. Añoraba su casa, su gente, el calor, el refugio amigo. Y se reencontró con destellos en Madrid mientras seguía dudando si, como le dijo Luis, él era mejor que el negro.

Nunca llegó a demostrarlo, más por desidia que por condición. Se bebió, eso sí, la vida a sorbos y eso le convirtió en héroe para todos lo que le conocieron. Ganó títulos en rojo y blanco, primero con el Atleti, después con su Sevilla, y se marchó como un héroe en busca de una última redención. Quizá, como el niño que nunca dejó de ser, necesitaba sentir la pelota en el pie. Y la sintió hasta el último día, porque los artistas son así; prefieren marcharse dibujando antes que verse abocados en la tristeza del olvido.

viernes, 31 de mayo de 2019

Como pierde Guardiola

Que los medios deben vender un producto es algo tan obvio como que deberían hacer honor a la verdad y, sobre todo, a la honestidad. El problema de la realidad es que suele destruir más titulares que la imaginación, el problema, más allá de la propia realidad, es el de la lógica imperante, pero todo ello da igual siempre y cuando el extracto elegido compense siempre la función rebuscada; debemos hacer creer que el mundo está en contra del enemigo porque si plasmamos lo contrario nadie creerá en el valor de nuestra cruzada.

Hace tiempo que el espectro mediático español se volvió en contra de Pep Guardiola. Su pecado había sido descarado y las consecuencias más humillantes aún; había ganado mucho y, sobre todo, había ganado muy bien. Su discurso, siempre respetuoso, se tradujo como la de un falso humilde que gusta de humillar con la palabra y mear colonia con el razonamiento. Para excusar su falta de argumentos apoyaron su ideario en la exposición pública de la persona y en la capacidad regenerativa del personaje. Dijeron que era un independentista indecenta y achacaron sus éxitos al talento ajeno antes que al trabajo propio.

Los éxitos de Guardiola son tan notables que buscan aliarse a la lógica del conocimiento al tiempo que huyen a la plasmante autoridad del reconocimiento. Cualquiera de sus palabras es sacada de tiesto y su nombre sirve igual para vestir una entrevista a un presidente del gobierno como para ensalzar una derrota asociada siempre al fracaso. Ningún titular sin su hipérbole, ningún razonamiento sin su rencor. Guardiola se ha visto tan obligado a pagar cuentas que en cada temporada tiene que jugar contra su propia exigencia para consguir superarse.

Y ha perdido, claro que ha pedido ¿Quién no pierde en el deporte? El problema es cuando la derrota se convierte en un ajuste de cuentas y el análisis se convierte en una oportunidad para resaltar el fracaso. La obra de Guardiola se resume en diez temporadas y ocho ligas; quien a eso no lo llame regularidad es que observa la realidad con una venda y solamente analiza con el sesgo del resentido. Pero, más allá del éxito, el trabajo de Guardiola es un legado difícil de comparar, porque hasta en la derrota es tan honesto que pierde con todas sus cartas. Como le canto Joaquín Sabina a Chavela Vargas; quién pudiera reir como llora Chavela. Quién pudiera ganar como pierde Guardiola.

Equipos de autor

La intensidad, bien entendida, se ha convertido en la seña de identidad de los equipos ganadores. Cuando la naturaleza priva de naturalidad y espontaneidad, los equipos deben avocarse a los ejercicios de fe y trabajo para igualar en altura a los más talentosos. Así lo hizo el Atlético de Simeone para derrocar a los dos monstruos en la liga de 2014, así hubo de hacerlo el Liverpool para voltear las ilusiones de Messi hace tan sólo unas semanas.

El Liverpool siempre fue un monumento a la fe. Lo era cuando el reinado del fútbol le colocaba en el trono de hierro y lo era cuando había de luchar contra las tinieblas mientras miraba de reojo como su enemigo dominaba el campeonato con puño de acero. Aquellas semifinales ante el Chelsea con Anfield convertido en un infierno, aquella remontada en Estambul, aquellas noches ante Roma y Barcelona en la que Klopp se convirtió en un magíster premium.

Pochettino, al igula que Klopp, ha fabricado un equipo de autor donde la intensidad prima por encima de la improvisación. Todo está estudiado, todo está tan pragmatizado que llega a resultar admirable esa capacidad para competir hasta en los momentos más angustiosos. Sin embargo, fueron los momentos en los se quitó el corsé cuando el equipo se mostró más espectacular. Aquellos golpes en la mesa en forma de contragolpe en Manchester, aquella angustia hasta el final en Amsterdam. Nada escapa a la realidad porque la verdad sólo entiende de lógicas; cuando todo está perdido, las tripas juegan por encima del corazón.

El corazón del Liverpool es Anfield. El estadio, que siempre da la bienvenida a locales y visitantes cada vez que enfilan el túnel de acceso, es un coloso con pies de fuego que enciende el ánimo de cada uno de los futbolistas propios y suele acongojar las ansias de los ajenos. Cuando Wijnaldum anotó el segundo ante el Barça todos sabían que el tercero era cuestión de tiempo; al saber que el tiempo fue breve, el convencimiento del cuarto insufló el espíritu de cada scousser. En Anfield, vivir al límite de la vida es una forma de convivir consigo mismo, porque han escrito tantas páginas de épica que siguen siendo caballeros andantes en busca de un molino al que destruir. Allí sólo hay gloria, porque hasta el fracaso es hermoso entre The Kop y el resto de gradas que, en comunión, se alinean en cada previa al cántico del "You're never walk alone".

Pero tampoco caminará solo el Tottenham, un equipo estigmatizado por su propia leyenda negra y por haber sido símbolo visible de una comunidad judía que, durante años, estuvo señalada por los hooligans. Hubo de vivir a la sombra del Arsenal durante décadas y, cuando ha llegado su momento, ha sabido aprovechar la inercia de un proyecto al alza para situarse a la cabeza de los equipos favoritos a todo. Pochettini sigue sin ganar un título, pero ha ganado algo mucho más valioso que un trozo de metal; el corazón de cada uno de los seguidores spurs, porque muchas veces no es más rico quien más gana, sino quien deja un legado más recordado. Y, pase lo que pase, nadie olvidará este camino de gloria que ha conducido al Tottenham desde Wembley hasta el nuevo estadio, pasando por el Metropolitano. Porque más allá de los sueños existen las realidades. Pocos hubiesen imaginado este viaje. Pocos, aún, sueñan con un final todavía más feliz.

Resucitadores de dos equipos que vivían en constante estado de duda, Klopp y Pochettino son el estandarte de dos modelos opuestos que apuestan por la competitividad desde dos perspectivas distintas. Uno es amante del vértigo, de la presión alta, de los contragolpes fulminantes, de la velocidad terminal. El otro apuesta por el orden, por la combinación rápida y certera, por un fútbol más británico. Pase lo que pase, de este choque de estilos saldrá un merecido campeón, porque, más allá de las probabilidades existen el talento y las ganas. Si a Salah, o a Kane, les acompaña un equipo vigoroso y enérgico, si el balón sigue rodando a mil por hora, no saldrá un mero partido de fútbol, sino un inolvidable espectáculo.

jueves, 30 de mayo de 2019

Pánico en Leverkusen

Javier Clemente era el entrenador más mediático de España. Con tan sólo treinta y un años tomó las riendas del Athletic de Bilbao y en un ciclo glorioso que duró un lustro lo hizo campeón de Copa y doblemente campeón de Liga. Nada se le resistía; era irónico, mordaz, un ganador en toda regla y tenía todo el futuro por delante. Por ello, cuando en 1986 el Español de Barcelona se había decidido a ficharle, todo el mundo entendió que el vasco había dado un paso atrás.

Nada más lejos de la realidad. En una temporada increíble, el Español quedó tercero tan sólo por detrás de Real Madrid y Barcelona. Aquella posición le otorgó el derecho a disputar la Copa de la Uefa, por lo que el equipo debía reforzarse bien para afrontar una temporada que se antojaba larga y difícil. Por ello, se hizo con los servicios de un internacional por España como Santiago Urquiaga y con la cesión de Sebastián Losada, uno de los delanteros jóvenes más prometedores del país.

La Copa de la Uefa 1987-88 la disputaron un total de sesenta y cuatro equipos correspondientes a treinta y cuatro federaciones y fue la tercera edición consecutiva que se jugó sin equipos ingleses, quienes aún arrastraban la sanción por los graves incidentes provocados en Heysel durante la final de la Copa de Europa disputada entre Juventus y Liverpool en 1985.

Para empezar la competición al Español le tocó en suerte al Borussia Monchengladbach. El Gladbach mantenía aún un buen nombre dentro de la liga alemana y había empezado su competición como un tiro. Aquello no amedrentó al Español, quien ganó en Alemania por cero goles a uno con tanto de Michel Pineda y remató en Sarriá con un cuatro a uno inapelable. Pineda era un oportunista delantero Francés de origen español que jugó cuatro años en Barcelona y ofreció un rendimiento notable. Su lesión en el tramo final de temporada condicionó al equipo y ofreció una oportunidad histórica, como ya veremos, al veterano Pichi Alonso. Cabe decir que, una vez regresó a los terrenos, y al no reencontrar su mejor versión, inició un periplo que dio con sus huesos en el Racing de Santander. En la promoción de ascenso del año 1994, un gol suyo dio el ascenso al Racing y causó el descenso del Español. Las vueltas que da la vida.

Pero regresemos a 1987 y a los dieciseisavos de final de la Copa de la Uefa. Al Español, que está cargado de moral por haber eliminado a un gallito, le cae en suerte el remozado Milan del presidente Berlusconi. El partido se jugó en Lecce pues el Milan arrastraba una sanción de la temporada anterior. Fue un partido bronco entre dos equipos de estilos contrapuestos. El Milan jugaba de una forma novedosa, con un marcaje en zona y una defensa muy adelantada. El Español, por su parte, juntaba líneas en su campo y organizaba marcajes individuales. Uno de ellos, perpretado por Gallart, secó a la estrella Holandesa, Ruud Gullit quien, finalizado el partido de vuelta, declaró: "Ni jugando cuatro partidos así le hacemos un gol al Español".

En Lecce, el Español asestó dos zarpazos y se llevó una renta de cero a dos que mantuvo en Sarriá con un bloque bajo férreo y un empate a cero que le supo a gloria. Cuando, finalizada la temporada, se comprobó que el Milan había sido el campeón de la liga italiana, la gente dio mucho más mérito a lo conseguido en aquella eliminatoria.

Pero no tuvieron que cambiar los billetes los jugadores del Español, puesto que en la siguiente eliminatoria les tocó enfrentarse al Inter de Milán. Mismo estadio, mismo reto, casi el mismo resultado. Una nueva lección de fútbol defensivo en la cuna del catenaccio y un solitario gol de cabeza de Orejuela que dio una clasificación histórica a los catalanes. Estaban en cuartos y se enfrentarían al Viktovice checo; visto lo que habían dejado atrás, el rival no debería preocupar demasiado a los periquitos.

El Inter, al igual que el Milan aquel año, sería campeón de liga al año siguiente, teniendo en cuenta que en aquellos años, la liga italiana era la más potente, las gestas realizadas por el Español estaban teniendo un valor incalculable.

En el partido de ida, jugado en Sarriá, el danés John Lauridsen clavó una falta, de manera magistral, en la escuadra del equipo checo. El segundo gol, de Pineda, puso al Viktovice contra las cuerdas y el Español supo guardar su renta en un partido de vuelta en el que, de nuevo, no encajó ningún gol. Bajo el barro checo y sin el gran N'Kono bajo palos, el Español aguantó el fútbol directo y las embestidas y le ganó la partida al destino. Estarían en semifinales y jugarían contra el Brujas de Bélgica.

El Español se presentó en Brujas con la arrogancia de quien no ha encajado un gol fuera de casa y dos errores defensivos le condenaron. En los belgas jugaba Ceulemans, para todos los aficionados españoles, un tipo maldito que había liderado el ataque de la selección de Bélgica que nos había eliminado en el Mundial de México. Suyo fue el primer gol y la presión que provocó el gol en propia puerta de Gallart. La eliminatoria se ponía casi imposible y Clemente llamó al españolismo para que llenasen Sarriá y remasen juntos hacia el milagro.

Como primera medida de presión, el entrenador vasco ordenó achicar el campo un metro en cada lago. De esa manera, impedía que el Brujas se hiciese amplio en los contragolpes y se viese obligado a defender con concentración. En el minuto nueve, un balón cruzado por Urquiaga y acolchado en el área por Pichi Alonso, permitió a Orejuela cabecear por bajo y batir a Van de Walle por vez primera. Había vida y había mucho, mucho partido por delante. En la segunda mitad y en pleno asedio, un saque de puerta de N'Kono dejó el balón suelto para que Valverde pudiese alcanzarlo y romper al defensor belga. Su centro, al segundo palo, fue rematado por Losada con violencia. Era el dos a cero y el partido se marchaba a la prórroga. Fue allí, en el estertor del partido, cuando llegó el gran momento de gloria de Pichi Alonso, el mismo tipo que, dos años antes, le había hecho tres goles al Gotteborg para cerrar otra remontada y facilitar el pase del Barcelona a la final de la Copa de Europa.

En una de sus famosas internadas por la banda izquierda, el lateral Miquel Soler lanzó un centro chut que se escapó de las mano de Van de Walle, Alonso, que pasaba por allí, aprovechó el rechace para batir al belga y poner a toda Barcelona en un estado de euforia. Toda la afición españolista vivía en estado de éxtasis; una final europea por primera vez en su historia y la posibilidad de levantar un título mientras su vecino poderoso se encerraba en un hotel y peleaba, jugador por jugador, una cuantía de las primas por los derechos de imagen.

Si había algo que entristecía, por otro lado, a la afición del Español era la situación que estaba viviendo su otrora estrella John Lauridsen. El danés era un centrocampista fino y con un golpeo de balón impresionante. Durante años había liderado el centro del campo del equipo y se había convertido en uno de los futbolistas más admirados de la Liga. Al igual que le había ocurrido con Sarabia en el Athletic, Clemente se enfrentó a Lauridsen para demostrarle al mundo que ninguna estrella estaba por encima de su personalidad. El danés perdió peso en el equipo con la excusa de que no sabía defender y, mientras el Español iba avanzando rondas el mundo se volvía hacia ellos y elogiaba el trabajo de Clemente al tiempo que ninguneaba la ausencia del jugador danés.

Todos los esfuerzos realizados en Europa terminaron pasando factura al Español quien, descuidado en la liga, se había metido en la pelea por evitar el descenso. En un intento de olvidar el drama, la afición se volcó con el equipo el día que el Bayer Leverkusen les rindió visita para jugar el partido de ida de la final. Ganarle la final al mismo equipo que había eliminado al Barça sería un broche perfecto para una temporada que se dibujaba gloriosa. El día tres de mayo de 1988 el viejo estadio de la carretera de Sarriá presentó un lleno histórico para ver a su equipo en el partido más importante de su historia. El Español, que no había perdido, se presentó ante los cuarenta y dos mil espectadores que abarrotaban el estadio con N'Kono, Job, Miguel Ángel, Gallart, Soler, Urquiaga, Iñaki, Orejuela, Valverde, Losada y Pichi Alonso. En el Leverkusen, que no había perdido ni un sólo partido en el campeonato y venía de eliminar al Werder Bremen, flamante líder de la Bundesliga, destacaba su pareja de jugadores foráneos; el brasileño Tita, un centrocampista fino y con llegada y el coreano Cha, un explosivo extremo con una velocidad endiablada.

La primera hora de partido transcurrió con un juego de tanteo. Ningún equipo se atrevía con la iniciativa y el balón viajaba de un campo al otro sin demasiado control. No fue hasta que a Orejuela le anularon un gol dudoso cuando el público entró en ebullición y el equipo entendió lo que necesitaba su gente. En el último minuto de la primera parte, Soler corrió hacia un balón profundo y puso un centro al corazón del área que Losada remató de cabeza con su eficacia particular. Uno a cero y algarabía en las gradas. Era hora de ir a vestuarios y reconducir el partido hacia un escenario aún más favorable.

Tras una salida en tromba en la segunda parte, una combinación entre Pichi Alonso y Orejuela termina con la pelota en el centro del área, Valverde entra en la disputa y el balón sale suelto hacia atrás para que Soler suelte un derechazo que se cuele en la portería alemana. Era el dos a cero y al Español se le ponía cara de campeón de la Uefa. Mucho más lo sintió así cuando una jugada de Valverde por banda derecha terminó con un centro al primer palo y un remate certero de Losada. Aún hubo tiempo para un remate de Golobart que hizo temblar el travesaño y que hubiese cambiado el sino de la final.

Porque el partido de vuelta fue otra historia. Los cánticos de "Campeones, campeones" que se habían escuchado en algunos sectores de Sarriá, se volvieron en contra en una noche de pesadilla. La atención mediática había ido hacia otro lado desde el primer momento del día. Por la mañana, el Barcelona había presentado a Cruyff como su nuevo flamante entrenador y casi nadie en la ciudad hablaba del partido que habría de disputar el Español por la noche. Al fin y al cabo, era una final ganada, qué más daba.

Valverde, además, era baja para el partido y de esta manera el ataque del Español se rompía. La dupla formada por Valverde y Losada, apodados el Pipiolo y el Txingurri, había traído de cabeza a las defensas de Brujas y Leverkusen en los dos grandiosos partidos disputados en Sarriá. Losada estaría solo contra el mundo y, como contraprestación, el entrenador del Bayer dejó en el banquillo a dos de sus delanteros más habituales, Waas y Tauber. Curiosa manera de afrontar una remontada.

Pero la remontada llegó y lo hizo de una manera cruel. Tras una primera parte sin goles, Clemente alentó a los suyos para resistieran durante cuarenta y cinco minutos más. Fue en balde, el castillo de naipes comenzó a desmoronarse cuando Tita aprovechó una indecisión de N'Kono para robarle el balón y anotar al puerta vacía. Se venía el vendaval y el Español no tenía mimbres morales para sujetarlo. Minutos después, Waas ganaba la línea fondo y ponía una pelota al corazón del área para que Gotz la reventase de cabeza en las redes. El tercero era cuestión de tiempo y llegó casi con el pitido final cuando Cha remató de cabeza un libre indirecto puesto al interior del área.

No había poder de reacción. Era un equipo entusiasta para jugar, pero demasiado joven para soportar semejante presión. El miedo al vacío terminó por derrotarle y, aunque aguantó la prórroga sin encajar ningún gol más, apenas inquietó la meta alemana antes de abocarse a la suerte de los penaltis. Allí, perdió por tres goles a dos después de fallar los tres últimos lanzamientos y caer al suelo con el orgullo herido y el dolor atravesando el corazón.

Fue un final demasiado cruel para un equipo que lo dejó todo en su empeño por sorprender a Europa. Toda Barcelona, incluso la culé, lloró aquella tarde de mayo cuando los penaltis de Urquiaga, Zúñiga y Losada se iban yendo, uno a uno, al limbo. Quedó el orgullo, que no es poco, y el recuerdo de una bonita historia que los más viejos del lugar van contando a las nuevas generaciones. Porque perder forma parte del trato, lo importante es saber que, antes de perder, el equipo dio todo lo que pudo y pintó de ilusión el gesto de cada uno de los españolistas. Pudo haber una redención, diecinueve años después, pero de nuevo los penaltis y de nuevo el infortunio se cebó con un equipo que aún sigue buscando su oportunidad.

El Espanyol vuelve a Europa y, desde Leverkusen, todo el mundo sabe que el destino le debe al menos una.


martes, 28 de mayo de 2019

¿Miedo o prejuicio?

Es común en el ser humano el llevar los prejucios hacia el extremo y el poner vendas en heridas que aún no se han ocasionado. Es relativamente fácil alarmar porque, datos en mano, en un ejercicio de predestinación, el ciudadano es capaz de ver al demonio en cualquier individuo extraño y es capaz de exorcirzar sus miedos corriendo lo más lejos posible en lugar de pararse a comprobar si las alarmas son más verdad por miedo o por certeza.

Está claro que el pasado es un factor que siempre atemoriza al presente y que también, tras ser testigos de agresiones esporádicas en noticiarios, se tienda a pensar que todos los hinchas ingleses son unos becerros y no conocen el civismo cuando cruzan su frontera. Es el problema de la estigmatización; llenas un saco manzanas y la única que se pudre las va corrompiendo a todas. El saco es tan extenso que basta con mirar las estadísticas y comprobar quienes son los causantes del alboroto. Si realmente están identificados, no deberían viajar a Madrid y no deberían existir portadas tan temerarias como las que vimos ayer.

Porque el fútbol debería ser una fiesta en la que no debería haber excepciones. Hemos visto finales entre Madrid y Barça, entre Barça y Atlético y entre Milan y Juve. Las hemos visto entre Manchester United y Chelsea y entre Bayern Munich y Borossia Dortmund; en cada rivalidad existe un conato de prudencia, pero ante cada acontecimiento debe existir, siempre, un conato de ilusión.

Confiar en las fuerzas de seguridad y pararle los pies a los cuatro tontos que siempre tienen ganas de montar lío. Eso, y dejar que la gente que viene a disfrutar del fútbol, lo disfrute. No quedan más opciones, porque poner en pie de alerta a una ciudad y convocar al cierre de comercios y portales solo es una manera de hacer creer a la gente que los que vienen son una horda de bárbaros y yo quiero creer que son simplemente fieles aficionados a un equipo de fútbol.

jueves, 23 de mayo de 2019

La rodilla del hombre récord

El Atlético de 1992, entrenado por Luis Aragonés, era un portento de vigor y contragolpe. Allí estaban Futre, el estilete más querido, Schuster, el ingeniero del juego y Manolo, el tipo que alcanzó el Pichichi con sus goles de oportunista. En un sprint final de liga, después de un comienzo más que dubitativo, se presentó con los galones suficientes como para disputarle el título a los dos grandes, y si no lo hizo es porque medió una rodilla y un golpe de mala suerte.

El catorce de mayo de 1992 el Barcelona, segundo en la clasificación, se presentó en el Vicente Calderón con la esperanza de no perder el tren de la liga. El Madrid, que había cambiado a Antic por Beenhaker, seguía al frente de la clasificación y esperaba una victoria del Atlético para ampliar su ventaja. El Atlético era tercero y venía de una racha de cinco partidos ganados y quería recuperar terreno después de un invierno difícil.

Tan sólo una temporada antes, ambos equipos habían quedado primero y segundo en la clasificación. Fue el año en que se empezó a descomponer el Madrid de la Quinta del Buitre y comenzó a emerger el mejor Barça de Cruyff, meses después bautizado con Dream Team. En su intento de regeneración, el Madrid se había puesto en manos de Antic y Antic se había puesto en manos de Fernando Hierro, otrora defensa y ahora convertido en centrocampista goleador. Las victorias se sucedían mientras Barça y Atlético se iban quedando atrás y con la lengua fuera.

Ocurrió que alguien convenció a Ramón Mendoza de que el Madrid debía jugar mejor y Ramón Mendoza prescindió de Antic. Sumido en un mar de dudas, el equipo blanco comenzó a perder partidos al tiempo que Barcelona y Atlético los iban ganando. La liga entraba en su tramo final y la clasificación se apretaba. Si los azulgranas ganaban en el Calderón, descartaba a un rival, si lo hacía el Atlético, tendría todo el derecho del mundo a soñar con lo más grande.

El partido fue un monólogo del Atlético durante la primera parte. Intensidad, juego profundo, presión alta, contragolpe y dos goles de Manolo después de un pase magistral de Schuster y una carrera sin freno de Toni Muñoz. El Manzanares era una caldera y Jesús Gil se frotaba las manos consciente de que estaban dando un golpetazo en el centro de la mesa.

La segunda parte empezó con dudas, que se acrecentaron después de que Nadal batiese a Abel tras un pase profundo de Eusebio. Abel era uno de los grandes porteros de la liga, el año anterior había batido un récord mundial de imbatibilidad estableciéndolo en mil doscientos setenta y cinco minutos; catorce partidos sin recibir un gol. Su gran especialidad eran los mano a mano, aprendidos de su mentor, Ubaldo Fillol, y, aunque no era un gran especialista en el juego aéreo, su gran agilidad y valentía le permitía llegar a lugares difíciles.

Y aquel balón largo, hacia ninguna parte, era el balón más fácil del mundo. Abel lo vio llegar, lo dejó botar y, por algún extraño suceso, le golpeó en la rodilla cuando se disponía a acolcharlo entre los brazos. Bakero, que pasaba por allí por se caía algo, se encontró la pelota suela y burló al portero para hacer el empate a puerta vacía.

Aquella jugada terminó con el partido. El Atlético, que había tenido dos ocasiones muy claras en botas de Manolo, prefirió guardar la ropa antes que seguir nadando, y el Barça, que jugaba con diez por expulsión de Stoichkov, decidió que aquel no era el mejor día para seguir arriesgando. De esta manera, ambos equipos quedaban a expensas de lo que hiciese el Real Madrid en Logroño. Y perdió, y ese empate dio vida a ambos y los tres se enfrascaron en una lucha que terminaría el siete de junio cuando el Madrid perdió en Tenerife dos goles de ventaja, la liga y la moral.

Sin aquel gol de Bakero cuando el Atlético controlaba el partido, los tres equipos hubiesen empatado a cincuenta y cuatro puntos y el triple empate le hubiese dado la liga a los rojiblancos. Pero todo eso es fútbol fícción; la verdad es que hubo un Atleti muy grande durante un par de años al que le dio tiempo a batir un récord del mundo y a conquistar el Bernabéu en la final de Copa y hubo un Barça mucho más grande aún pues no solamente conquistó la Liga y la Copa de Europa sino que conquistó la memoria y, sobre todo, conquistó un estilo.


lunes, 20 de mayo de 2019

La belleza de lo salvaje

El fútbol inglés mantiene un halo primitivo en su juego que lo convierte en tan impredecible como apasionante. Equipos que, generalmente, han jugado al tú contra mí sin más complejos que el que muestre la propia pelota y sin más miedo que el que muestren los momentos de duda. Nada escapa al control porque nada, generalmente, está controlado de antemano.

Competir, extendida la definición a un término pasional, se convierte en un ejercicio de fe cuando la pelota rueda y el público se vuelca, incesante, en ese laberinto de pasiones que representa el juego. Anfield encendió su mecha para remolcar a su equipo hacia la proeza, no necesitó de su gente el Tottenham para grabarse a fuego su condición de gladiador y pelear cada balón como si fuese el último. Cuando lo fue, la incredulidad pintó la mirada de los jugadores del Ajax y el éxtasis dibujó sonrisas de asombro en cada uno de los Spurs, porque tan sólo una hora antes eran carne de cañón y, gracias a la fe, terminaron convirtiéndose en héroes por derecho propio.

Esa tormenta perfecta que descargó el Liverpool sobre la moral azulgrana y ese torrente de idiosincrasia que derramó el equipo de Pochettino sobre el Amsterdam Arena no fueron sino la confirmación más palpable de que la Champions es el torneo de los torneos, que la gloria espera al más fuerte y que, más allá de la vistosidad, existe una competitividad tan salvaje que convierte en bello cualquier lance, porque nada nos gusta más que ver derrochar a cualquier tipo hasta la última gota de su sudor.

jueves, 9 de mayo de 2019

El cisne de Utrecht

La elegancia es un concepto abstracto en la concepción, pero muy vistoso en la percepción. Porque de la elegancia nace el asombro; la espalda erguida, la boca abierta y el aplauso siempre en el hilo de la posibilidad. Quien es elegante no lo es por perseverancia sino que lo es por naturaleza, porque quien porta la etiqueta de elegancia es siempre alguien dispuesto a hacerse notar por propia condición; nunca forzando, siempre, sencillamente, ejecutando.

A Marco Van Basten se le rompieron los tobillos de tanto danzar sobre ellos en el césped. Lo suyo era un baile original patentado por su propia habilidad para proteger la pelota de espaldas. La jugada, de tan simple, se convertía en hipnótica siempre que la ejecutaba con esa sencillez que le otorgaba la técnica; balón al pecho y, de repente, la cámara lenta apareciendo para hacernos cómplices de la maniobra. Pecho, rodilla, tobillo, giro y descarga. Así de fácil, así de complejo.

Y siempre, después, el desmarque y, por último, para asombrar al mundo con un repertorio interminable, el remate. Porque Van Basten jugaba como un centrocampista en tres cuartos pero era un delantero total en el área. Nunca fue el más rápido, ni el más fuerte, pero era el más listo y, sobre todo, era el más hábil. Sabía rematar de cabeza, de volea, de chilena, de tacón, y sabía definir, siempre, hacia el lugar donde el portero jamás podía llegar. Porque su oficio fue goleador impenitente, pero no un goleador cualquiera, sino un tipo que dibujaba los goles que nosotros habíamos soñado previamente en nuestras noches de asombro.

Fruto de la interminable escuela del Ajax, Van Basten dejó Holanda, Recopa en mano, para enrolarse en las filas de un Milan en el que haría historia. Seis temporadas de ensueño en las que lo ganó todo y en el que todos se fijaron en él. Hasta él, los delanteros jugaban al choque, desde él, los delanteros jugaron a la recepción. Hubo muchos que perfeccionaron el juego de espaldas, pero ninguno lo hizo con la misma elegancia que Marco Van Basten.


miércoles, 8 de mayo de 2019

La interpretación del fracaso

A menudo me sorprende la ligereza con que se utiliza la palabra fracaso, generalmente utilizada por tipos que, seguramente, hayan tenido que conformarse con una vida con la que no soñaron de pequeño. El fracaso, como signo de medida ante una derrota, puede calificar en diferentes niveles, pero, generalmente, se ceba en el ente más intrínseco, porque lo superfluo no cuenta a la hora de medir responsabilidades. Suele ocurrir que nos duelen tanto las victorias de los rivales que siempre andamos con un ojo pendientes de su derrota para sacar el hacha a relucir. Y esperamos a la vuelta de la esquina para resolver cuentas pendientes; siempre con el calor del resultado, claro está. Y siempre con la intención de convertir en nimio cualquier éxito ajeno, porque para nosotros fracasar significa siempre perder, sin analizar que quizá, en cada derrota, haya un elemento de seducción que tendemos a obviar para derribar nuestros propios muros psicológicos; cuando alguien lo hace muy mal, el error, generalmente, viene conducido porque el otro lo hizo muy bien.

A mí, que me gusta analizar siempre el fútbol desde la victoria, que desde el ventajismo de la derrota, prefiero pensar que el éxito sonrió a un Liverpool que siempre creyó en sí mismo y que si el Barça perdió fue porque no pudo con el empuje y moralidad física de un equipo que siempre supo tener al alcance una gesta que ayer le glorificó, una vez más, como club de fútbol. El calor del resultado nos hace soltar improperios y desclasificar viejos fantasmas, pero lo cierto es que el éxito ajeno raramente suele ser fuente de interpretación para calificar nuestras decepciones. Hablar de fracaso en una semifinal de Champions, con varias ligas en el zurrón y un lustro jugando finales de Copa, me parece una barbaridad. Está claro que fue una decepción, una de las más grandes, pero lo fue porque en esta sociedad que hemos creado en la que sólo nos sirve alcanzar el máximo, no somos capaces de concebir que quizá nuestros equipos no estén capacitados para ciertas afrentas. El Barça lo intentó en su medida en el partido de ida y no consiguió frenar el vendaval que le llegó en el partido de vuelta.

Los recuerdos futbolísticos de mi infancia están marcados por un equipo que se paseó por España sin ser capaz de saltar la barrera de las semifinales en la Copa de Europa. Si a alguien le decimos hoy que el Madrid de la Quinta del Buitre fue un fracaso, se echaría las manos a la cabeza con razón, en cuanto está instalado en nuestra memoria como una fuente de buen fútbol del que bebieron generaciones posteriores. Al Barça de Messi, que, por cierto, ha ganado cuatro Champions, se le quiere archivar con la etiqueta del fracaso porque no ha sido capaz de sostener buenos resultados en rondas finales de la máxima competición. Si la Champions la ganasen varios equipos al año, entonces podríamos exigir una oportunidad de verse en el olimpo, pero todos los títulos son tan selectivos que sólo permiten un ganador por temporada. Esto pone en sintonía el éxito del último Real Madrid, pero no tiene porque ser motivo para despreciar a un equipo y, mucho menos, a un futbolista que ha sostenido el nivel de nuestra liga durante la última década. El fracaso, con semejante derroche de jugadores y presupuesto, sería no jugar la Champions, porque sería no cumplir un objetivo mínimo, pero quedarse a las puertas de una final en un torneo que sólo concede un ganador al año no puede ser un fracaso porque entonces estamos poniendo un nivel de exigencia por encima de las expectativas.

Porque cada uno tiene que ser consciente de su capacidad antes de exigir un nivel en las capacidades ajenas. El fracaso es caer en la ignominia, no conseguir algo es, simplemente, una decepción. Y las hay pequeñas, de las que salimos indemnes, con una esquirla en la memoria, y las hay grandes, como Roma o Liverpool, en las que salimos tocados y creyendo que, quizá, la próxima sí puede ser la nuestra.