lunes, 29 de marzo de 2010

Reivindicaciones de "Premier" nivel

Al Dios del fútbol le gusta bendecir el pie de sus elegidos. Solamente así se explica que tipos que se ven obligados a representar una y otra vez la función para ser debidamente reconocidos, ofrezcan de vez en cuando y en ocasiones muy a menudo, actos de obra épica con los que pasan, por derecho propio, a la memoria legendaria de aquel glotón tan selectivo que es el aficionado.

El sábado, cuando algunos aún rendían cuentas por los tropiezos más recientes y los más maquiavélicos echaban cálculos esperando que fuese la tarde del derrumbe definitivo del Chelsea de Ancelotti, el capitán Frank Lampard tomó el timón y gritó al mundo hasta en cuatro ocasiones que la derrota no es algo que se regala sino que se vende y en ocasiones a un precio muy caro. Midió el sudor y derrochó el alma para aniquilar a uno de esos equipos que, por vivir en el limbo de la grandeza, siempre tienen patente de confianza. El Villa llegó a Stamford Bridge con la lección del City bien aprendida y se marchó como un siete en el recuerdo después de probar la furia de un tipo que jamás jugó para perder.



Y el domingo, cuando algunos comenzaban a afilar sus uñas para hincar la carne y arrojar la sangre del Liverpool, Fernando Torres controló un balón junto a la línea de cal que delimitaba el flanco izquierdo del ataque de su equipo, avanzó con la mirada puesta en un único objetivo y alcanzó el lateral del área con un particular hilo de sangre reflejado en cada uno de sus ojos. Del golpeo, el vuelo del balón y el golazo hay poco que explicar y mucho que aplaudir. Fue la enésima redención de un tipo que se ve obligado a reinventarse en cada partido, un niño que se hizo hombre a la sombra de un estadio que le adora, un delantero que debe vivir a diario con mil estigmas y que cada vez que salta al campo es para demostrarle al mundo que quien quiera seguir haciendo esas listas de los mejores delanteros del mundo, debe seguir contando con él.

martes, 23 de marzo de 2010

Balones de oro: Stanley Matthews

La historia está escrita por tipos que marcaron a fuego su propio ego, por hombres que sacudieron los cimientos de lo establecido y, en algunos casos, por bellos perdedores que ganaron la sonrisa de los presentes gracias al noble latido de su corazón.

La de Stanley Matthews es la historia de un tipo que nació para hacer ruido y que se conformó con ser amado por un puñado de fieles. Cuando el tiempo hizo justicia a sus actos, terminó siendo depositado en el altar de los dioses y desde allí fue viendo como su leyenda se iba haciendo grande a medida que los padres les contaban a sus hijos el día que habían visto jugar al mejor wing derecho de la historia del fútbol inglés.

Matthews, que nació siendo humilde y murió siendo el mismo niño que soñaba con patear un balón, debutó a los dieciocho años con la camiseta del Stoke City y ese mismo año fue llamado para jugar con la selección absoluta inglesa. A nadie se le escaparon las maneras de gran futbolista de aquel muchacho de ojos vivos que encaraba a los defensas con el descaro de quien roba pan en las mismas narices del panadero. Tomaba la pelota, como aquel otro podría haber tomado un mendrugo recién salido del horno, y desfilaba sorteando las trampas que le ponían en forma de pierna en alto. Imparable. Solamente la Guerra Mundial fue capaz de apartarle del fútbol durante unos años. Seis años en los que hubo de servir como preparador físico en las filas de la Royal Air Force.

Pero regresó con la fuerza de quien sabe que ha dejado muchas jugadas guardadas en el tintero. Matthews jugó en la liga inglesa hasta los cincuenta y un años, completando un total de treinta y cuatro temporadas en activo antes de retirarse a Malta donde completó cuatro años más en una liga de bajo nivel hasta tomar la definitiva decisión de colgar las botas. Tenía entonces cincuenta y cinco años y muchas muescas marcadas en sus espinillas. Golpes de cuero y palabra, momentos vividos y otros pendientes que le situaron en muchas ocasiones en el cajón de los momentos que pudieron haber sido.

Con la selección inglesa disputó los mundiales de 1950 y 1954. En el primero, tras un largo viaje a Brasil, el seleccionador le hizo jugar un único partido. Fue aquel que quedó para siempre tan grabado en la memoria del aficionado español pues con aquella victoria por un gol a cero, España lograba la que ha sido, hasta hoy, su mejor clasificación en la historia de los mundiales.

En Suiza, la cosa no fue mucho mejor e Inglaterra regresó a casa mucho antes de lo esperado. Fueron duros golpes para un equipo que, durante muchos años, se creyó en potestad de una supremacía que realmente nunca demostró. Eran las cosas de creerse invencibles por el simple hecho de haber sido los inventores del juego. Matthews hubo de sortear las críticas de la misma manera que había sorteado a los jugadores rivales y regresar a los campos de su patria para volver a escribir nuevos renglones de ensueño.

Como si de una llamada del destino se hubiese tratado, Stanley Matthews falleció en febrero del año 2000 en vísperas de un partido grande. Era uno de aquellos amistosos que tanta fama le habían dado en su tiempo y que con los años se habían convertido en aperitivos sin tela que cortar. Inglaterra esperaba a Argentina en un Wembley que se preveía repleto y que, con el corazón compungido, hubo de guardar minuto de silencio cuando supo la noticia de la muerte de uno de sus mayores héroes. Con él se iban muchas tardes de espectáculo y el aroma de mil carreras pegado a la línea de cal. Con él se iba un pedazo de la historia del fútbol y nacía la leyenda de un ser inmortal.

A los treinta y un años, una edad que para la mayoría de futbolistas indica el umbral previo a la retirada, ficha por el Blackpool y será allí, algo más alejado de su casa, donde viva sus mejores tardes como futbolista. Tardes como aquella final de copa de 1953 que terminó por inmortalizarle y le consagró para siempre como futbolista. Tal fue su calado entre la sociedad inglesa que poco después de su retirada, la reina Isabel le nombró “Sir”, siendo el primer futbolista que lo conseguía.

Y es que mientras duró su carrera como futbolista, Matthews, que nunca logró los grandes éxitos que laurearon a la mayoría de sus rivales por el trono del fútbol inglés, fue uno de los tipos más queridos del país. Tan limpio y honesto era su juego que pudo retirarse con el orgullo de no haber sido jamás expulsado en sus treinta y cuatro años de carrera profesional. Y eso que jugó mucho desde que firmó aquel primero contrato por una libra semanal hasta que se retiró en loor de multitudes tras enfundarse la camiseta de su país por última vez para enfrentarse a un combinado del resto del mundo. Aquella tarde en Wembley, el mejor escenario posible, los mejores jugadores del momento encabezados por Di Stéfano, Puskas y Kubala, quisieron estar allí para disputarle sus últimos balones al mejor wing derecho que habían visto jamás.

Fue la tarde en la que Inglaterra lloró el adiós del hijo del barbero Jack Matthews. Allí, en el campo de sus mejores sueños internacionales, y rodeado de los mejores, recordó aquellos consejos que su padre, boxeador por afición y barbero por obligación, le había tras cada traspié; “Nunca esperes nada, nunca des nada por sentado, de esta forma nunca sufrirás una gran decepción”. Nunca esperó grandes cosas y sin embargo consiguió embaucar a millones de corazones, nunca ganó grandes torneos y sin embargo se retiró con la vitola de jugador irrepetible.

De hecho, solamente ganó un título importante a lo largo de su carrera y fue la final de la Copa Inglesa de 1953 vistiendo la camiseta del Blackpool. La de aquel año era la cuarta final que Matthews alcanzaba como futbolista y la primera y única que ganaría. Y eso que no se pusieron fáciles las cosas. En el intermedio del partido, el marcador reflejaba un cómodo tres a uno para el Bolton. Recortó el Blackpool y el partido languideció con el tres a dos hasta que apareció Matthews en dos minutos fulgurantes. Fue el tiempo que le bastó para ganar en dos ocasiones la línea de fondo y regalar dos goles al delantero Mortensen. Lo que a cinco minutos para el final parecía una quimera se había hecho realidad con el pitido final; el Blackpool era campeón y Matthews abandonaba el estadio en hombros entre vítores de gran héroe. Pasaron las horas, salieron los periódicos y aquella final quedó bautizada para siempre como “la final de Matthews”.

Aquella fue una de esas tardes en las que Matthews tuvo el placer de poder replicar a sus críticos. Estos, más empeñados en la crueldad que en la emotividad, achacaban al extremo que solamente era capaz de hacer una jugada “¿Para qué más?” Pensaría él. Aquella jugada le había convertido en inmortal. Era su jugada aquel famoso quiebro conocido como “The Move” en la que tras un amago hacia el interior salía disparado hacia afuera buscando la línea de fondo. Simple, sí, pero imparable también.

Recién cumplidos los cuarenta y ocho años y cuando el fútbol ya lo adoraba como un Dios menor, Matthews decidió regresar a casa y volver a vestir la camiseta rojiblanca del Stoke City. Allí, en el Britannia Stadium, en el mismo lugar donde hoy reposan sus cenizas, dio sus últimas lecciones. Llegó a un equipo agobiado por las urgencias que se hundía en la tabla de la segunda división y no solamente consiguió sacarle del hoyo del descenso si no que lo enchufó de tal manera que lo puso de nuevo en la élite. Y allí, en la primera división inglesa y vistiendo la camiseta del Stoke, jugó sus últimos partidos como profesional antes de dar un último salto a un lugar más exótico, presto a disfrutar el descanso del guerrero.

Dejó miles de partidos y cientos de rumores. Uno de ellos le situaba en el centro de una conspiración por culpa de los celos. Cuentan que los capitanes del seleccionado inglés, más acostumbrados al éxito de lo que había estado Matthews, recelaban del éxito de un tipo que era tan perdedor como buen futbolista. Ellos ganaban, levantaban trofeos y caminaban con el pecho erguido y, sin embargo, su Inglaterra era la Inglaterra de Matthews. Un tipo silencioso que se marchó de casa para triunfar y ganó el corazón de miles de aficionados. Sobre todo los del Stoke, durante un tiempo mal acostumbrados a su fidelidad y dispuestos a convertirlo en patrimonio exclusivo de su club, tanto que hubo de acudir a las fuerzas del orden para contenerlos del día que se firmó su pase al Blackpool. Cientos de hinchas se habían reunido en la sede del Stoke para bloquear las puertas e impedir así la marcha de su ídolo. Era una batalla perdida. Matthews se marchó para hacerse inmortal y regresó para convertirse en leyenda. El pequeño aprendiz de barbero que había llegado un día con pinta de niño desnutrido se marchaba como un hombre capaz de levantar millones de corazones. Todo el mundo le llamaba “Sir Wing”, era el caballero de la banda, un extremo incomparable, un futbolista inolvidable.

Stanley Matthews nació en febrero de 1915 y falleció en el mismo mes del año 2000 a los ochenta y cinco años de edad. Jugó un total de mil cuatrocientos veintidós partidos repartidos entre el Stoke City, el Blackpool y la selección inglesa con la que llegó a ser cincuenta y seis veces internacional en veintidós años. Sus números, más dados a la admiración que al vacío, pese a la ausencia de grandes títulos, y su carisma, le valieron para ser condecorado como el primer mejor futbolista europeo por la revista France Football. Él fue el primer balón de oro. Era una época en la que el personaje contaba más que el futbolista y por ello se llevó el galardón pese a que había tipos como Alfredo Di Stéfano o Raymond Kopa con mucho más caché que él. Fue una gran apertura para un gran premio, un detalle inolvidable.

Esta es la historia de un bello perdedor que ganó la sonrisa de la gente gracias al noble latido de su corazón, la leyenda de un romántico que prefirió la derrota a la tristeza, que impuso la pasión a la grandeza y que sobrevivió entre un bosque de piernas que jamás pudo contenerle. La vida de un tipo que jugó al fútbol por placer y en cuyas botas vivió el mérito de mantenerse alerta durante más de tres décadas. Un tipo irrepetible, un hombre admirado y un futbolista legendario. El primer balón de oro, el aroma de una carrera imparable que siempre recorrerá la línea de cal en el recuerdo de los viejos aficionados ingleses.

jueves, 4 de marzo de 2010

Debí volverme demasiado exigente

Conste que a mí esto de los amistosos a mitad de temporada no me hacen demasiado tilín. Cuando uno cumple ya una edad y se cansa de ver partidos si nada en juego, pierde un poco el interés por aquello que, durante mucho tiempo fue el centro de todos sus sueños. Si de pequeño soñaba con ver a Platini, a Maradona o a Van Basten jugar contra España cada vez que esta organizaba amistosos de medio pelo, ahora no soy más que un ser poco creyente de las mentiras que se cuentan cada vez que se gana un bolo de este calibre. Lo de ayer, más allá de la superioridad que quizá no hacía falta ni que nos vendiesen, no fue más que una esquirla más en nuestra inmaculada trayectoria de partidos para la estadística porque cuando yo quiero ganar a Francia es en una competición de verdad.

Yo fui uno de esos imberbes que creció con el gol de Platini en el ochenta y cuatro, con el baile de Zidane en el dos mil y con la superioridad física de Vieira y Makelele en el dos mil seis. En ninguno de aquellos partidos Francia nos regaló ningún baile, ni ningún motivo para el "olé", pero nos ganó. Y muchos de aquellos partidos vinieron precedidos por victorias amistosas como las de anoche, que supusieron motivos para creer y atajos para desilusionarse. Cierto es que jugamos como nunca y cierto es que nos temen en el mundo, pero lo de anoche no debe servir para llenar portadas si no para seguir trabajando.

He debido volverme demasido exigente porque he visto a la roja jugar mejores partidos del que jugó anoche. Si bien es cierto que el equipo manejó el tiempo y el marcador casi a su antojo, no es quitar mérito a lo logrado si apuntamos que las imperfecciones fueron de ese calibre tan peligroso que es capaz de provocar el suicidio deportivo en partidos de la máxima exigencia. Los mediocampistas centrales, más ocupados en el pase definitivo que en la contención, perdieron más balones de los permitidos y los perdieron, sobre todo, en zonas en las que un equipo de alto nivel puede verse en la opción de montar una contra mortal. Si ayer nuestros centrales estuvieron impecables al rescate es algo que se debe aplaudir pero a lo que no nos debemos acostumbrar pues fiar las opciones a buen día en defensa es como intentar nadar hacia otra orilla con un saco de plomo en la espalda, puede conseguirse, pero el riesgo de ahogarse es enorme.

Debe ser que me he acostumbrado tanto a las jugadas fulgurantes de primer toque, a la elaboración técnica de primer nivel y a la efectividad barroca de nuestros hombres de ataque, que cuando veo al equipo ganar con dos goles evitables, me siento hambriento de mucho más. Cierto que es que era Francia, cierto es que era Saint Dennis y cierto es que llevábamos cuarenta y dos años sin ganar allí, pero permitidme decir que lo de ayer fue simplemente bueno, en nuestra línea, pero para nada extraordinario.

Y sirva mi insatisfacción como película de esa prudencia que habitualmente utilizo como escudo ante el miedo al fracaso. En los partidos de máxima exigencia no sirven los pasecitos que conducen al elogio, sirve el fútbol y sirve la máxima concentración. En el último mundial, contra estos mismos que ayer vestían de blanco, Xabi Alonso perdió un balón en el medio campo y no estuvo Puyol para rescatarle del naufragio. En los mundiales, tipos como Ribery son aún mejores porque en cada acción llevan la mirada de miles de millones de espectadores. Cierto que los nuestros también son muy buenos y que España sigue siendo España, pero mucho mejor ser como en Viena que ser como en París. Aunque la historia señale el día de ayer como aquel en el que los franceses nos despidieron como a toreros.

lunes, 1 de marzo de 2010

El bipartidismo se convierte en dictadura - La banda de la liga, por Manuel Malagón

Terminada la vigésimo cuarta jornada de la Liga BBVA, el tercer clasificado, el Valencia, está ya a trece puntos del Madrid y a quince del líder. La brecha es de aúpa y no hace sino confirmar que hay dos Ligas. Una la juegan los dos grandes (se presume apasionante), y la otra el resto (tampoco le falta emoción). Por arriba sigue mandando el Barça, aunque estuvo cerca de ceder el liderato al Madrid. Pero el campeón sigue siendo un equipo fiable, por más críticas que esté recibiendo. Decidió su difícil partido ante el Málaga a falta de siete minutos para el final con un gol de Messi cocinado por Xavi (su pase figura entre lo mejor de lo que llevamos de Liga) y Alves. Con la vuelta del lateral brasileño, el Barcelona volvió a parecerse a sí mismo. Ganó al final, cierto, pero debió hacerlo mucho antes. La baja de Alves quizá no se ha valorado en su justa medida, pero es un futbolista capaz de cambiar la cara a cualquier equipo, incluso al mejor del mundo. El Barça, por cierto, suma más puntos a estas alturas que la temporada pasada.

Al acecho del Barça continúa el Madrid, que fue líder durante un par de horas, y no parece que la situación vaya a cambiar. Al equipo de Pellegrini cada día se le ve mejor, más hecho, un equipo para luchar hasta el final por la Liga, sin duda. No se recuerda que los dos grandes, Barça y Madrid, estuvieran tan bien en un mismo campeonato. Normalmente, cuando uno de ellos está muy bien, el otro no lo está tanto. Esta campaña, sin embargo, a ninguno se le puede reprochar nada. De 72 puntos posibles, uno lleva 61 y el otro 59, y las cifras goleadores son espectaculares. En el Heliodoro, un estadio de pésimo recuerdo para el madridismo, los blancos se dieron un festín. Hubo buen juego y goles, y actuaciones sobresalientes como las de Higuaín o Xabi Alonso. Cristiano y Kaká terminaron apuntándose a la fiesta, pero de nuevo fue la clase media lo más destacada. Además de Higuaín y Xabi Alonso, también brillaron Albiol y Garay, y el pase del primer gol fue de Marcelo.

El partido de la jornada se vio en el Vicente Calderón, donde hubo goles, buen juego por parte del Atlético y polémica, porque Pérez Burrull tuvo quizá el peor día de su vida, y eso es mucho decir en él (que le pregunten a Juanfran). El colegiado la armó y el Atlético salió reforzado. Los rojiblancos hicieron un partidazo y merecieron la victoria de punta a punta. El Atlético hace tiempo que es otro y gran parte del mérito es de Quique Flores. El equipo rojiblanco está más trabajado, juega mejor y además tiene futbolistas que cada vez están mejor. Tiago es un centrocampista de los que hacía tiempo que no tenía el Atlético, Simao está mejor que al principio de temporada y Reyes está muy fino. Con los de arriba, Forlán y Agüero, se puede contar casi siempre. El resultado es un equipo serio y capaz de competir casi con cualquiera. Al Valencia, el tercero de la liga española, le pasó por encima.

Cuarto sigue el Sevilla, aunque el Mallorca no piensa rendirse en esa lucha. Los de Jiménez no pudieron con el Athletic en un partido donde lo mejor fueron los porteros. La Champions pasa factura al equipo sevillista, donde sigue sobresaliendo Jesús Navas. Los bermellones, que vencieron al Valladolid, se ponen a tres puntos. El equipo de Manzano está dispuesto a obligar al Sevilla a mantener la tensión hasta el final. Apasionante se presenta también la lucha por la UEFA, puestos a los que aspiran un buen puñado de equipos. Ahora mismo, Mallorca, Deportivo y Athletic parecen con ventaja, pero Villarreal y Getafe siguen mirando de reojo, e incluso el Sporting y el Atlético si continúa con su mejora, y por qué no Osasuna. En esa pelea, el Villarreal se deshizo del Deportivo y respira tras una semana en la que había recibido diez goles, y el Getafe se vio sorprendido ante el Zaragoza en el peor partido del año, según palabras de Míchel.

La cuarta pelea, tras la del título, la de la Champions y la de la UEFA, es la del descenso, la más amarga. Ahí empieza a haber un corte peligroso para Xerez, Tenerife y Valladolid. El cuarto por la cola, el Zaragoza, está ya a cuatro puntos de los vallisoletanos, más de un partido de distancia. A los de Gay les ha venido Dios a ver con Suazo, un delantero que está justificando su fama. Los tres que habitan la zona de descenso lo hacen de forma distinta. El Xerez mejora, pero carece de recursos. El Tenerife tiene una propuesta atractiva, juega un fútbol aseado y llega, pero su debilidad defensiva le mata. El Valladolid es más competitivo que Xerez y Tenerife, pero está deprimido. Más tranquilos andan el Málaga y el Almería, que desde que llegó Lillo al banquillo es otro equipo. Venció con comodidad en Santander al Racing, que ha perdido fuerza tras la eliminación copera.



Publicado en Marca.com

lunes, 22 de febrero de 2010

Pichichis: Paco Bienzobas

Paco Bienzobas fue una de las primeras estrellas de la Liga Española. Es recordado, por lo más antiguos seguidores, como una de las grandes figuras de la historia de la Real Sociedad, aunque también jugó, con buen criterio, en Osasuna de Pamplona.

A pesar de ser un buen goleador, Bienzobas no era un delantero centro al uso. Su lugar se encontraba en los costados del campo, especialmente el derecho, aunque se desenvolvía bien por ambos perfiles, desatascando el juego de su equipo gracias a su velocidad y magnífico golpeo del balón.

En toda su carrera solamente falló un penalti de los setenta y cinco que lanzó a lo largo de su carrera. Fue en un duelo regional ante el Real Unión de Irún, un partido que, en los primeros lustros del siglo XX, era capaz de movilizar a toda Guipuzcoa. El partido, disputado bajo una lluvia torrencial, estaba empatado a dos cuando, en los úlitmos minutos el colegiado señaló el punto de penalti. Ante el jolgorio de la afición txuri urdin, Bienzobas tomó el balón y la pegó fuerte, como solía hacer. "Normalmente elijo la parte izquierda del portero", llegó a declarar. El golpeo, trompicado por culpa del barro que se acumulaba en el césped, salió más alto de lo normal y se estrelló contra el larguero de la portería irundarra. El partido terminó en empate y la lucha por el dominio regional hubo de posponerse a un nuevo partido.

Bienzobas, quien jugó en la Real Sociedad junto a sus hermanos Custodio y Cuqui, fue el primer pichichi de la liga española al anotar diecisiete goles en la temporada 1929-30. Tras su retirada y porque, según sus palabras, "el veneno del deporte no me deja estar al márgen", Bienzobas cogió el silbato y se convirtió en uno de los árbitros más reconocidos del fútbol español. Un curioso fin deportivo para alguien que había vivido la competición desde el lado de los goles celebrados.

Más curioso aún fue el momento de su muerte, acaecida el día treinta de abril de mil novecientos ochenta y uno, cuando contaba con setenta y dos años, exactamente el día siguiente a que le comunicaran que la Real Sociedad había ganado su primer título de liga.

Y es que Bienzobas será siempre historia de la Real Sociedad. Allí llegó a los diecisiete años después de deslumbrar en las filas de la Unión Deportiva San Sebastián. Debutó en el campeonato regional de 1927 en el que salió campeón, título que repetiría en 1929 y 1933. Eran años en los que con la Copa de España como principal escaparate futbolístico a nivel nacional, los torneos regionales tomaban una importancia suprema. En aquellos tiempos se fraguó una gran rivalidad entre la Real Sociedad y el Real Unión y fue Paco Bienzobas uno de los grandes protagonistas en estos duelos.

En 1928, Bienzobas disputa la famosa triple final de la Copa de España. Tras dos primeros duelos a muerte contra el Barcelona que se saldaron con empate, la final se postergó para después de disputados los Juegos Olímpicos de Amsterdam. Tras los mismos, a los que acudieron ocho jugadores de la Real Sociedad y ninguno del Barcelona por tratarse ya de un equipo profesional, los azulgrana dieron buena cuenta de los donostiarras y levantaron la Copa de campeones de España. Fue la final en la que tras uno de los primeros partidos, el poeta Rafael Alberti compuso su famosa oda a Platko, portero del Barcelona. Tras la misma, el poeta guipuzcoano Gabriel Celaya contestó con su oda al árbitro del encuentro, pues consideró que si bien el portero Húngaro había ayudado en gran medida a mantener vivo al Barça, no menos hizo el trencilla para echar una mano a los azulgrana. Como se ve, en aquellos tiempos ya cocían habas.

Paco Bienzobas formó parte del primer once de la Real Sociedad en liga y fue el primer y último máximo goleador de la máxima categoría del equipo donostiarra. Hubo otros que marcaron más goles, pero ninguno fue capaz de proclamarse máximo goleador.

Tras abandonar la Real, fichó por Osasuna, en aquel entonces en segunda división. Bienzobas aportó goles en el ascenso del equipo rojillo a primera y, seis años después, regresó a la Real Sociedad después de que esta hubiese perdido la categoría. Como el hijo pródigo en forma de héroe que vuelve a casa, la Real logró el ascenso con Bienzobas como salvador y se retiró un año más tarde después de noventa y dos partidos jugados y cincuenta goles anotados en la liga española.

En cuanto a la selección española, Bienzobas fue internacional en dos ocasiones, anotando, también, dos goles. Con sólo dieciocho años, disputó los Juegos Olímpicos de Amsterdam y se llevó un amargo recuerdo tras disputar el último partido de nuestra selección en el torneo que se saldó con una humillante derrota por siete goles a uno ante Italia. El extremo realista se resarciría un año después participando en la histórica goleada de nuestra selección por ocho goles a uno a Francia en un partido en el que anotó dos goles.

En total, Paco Bienzobas disputó ciento noventa y seis partidos con la camiseta de la Real Sociedad y anotó ciento nueve goles. Como árbitro dirigió cuarenta y ocho partidos en primera división y como goleador anotó más goles que nadie para erigirse, por vez primera en la historia de nuestra liga, como máximo goleador de la categoría.

martes, 9 de febrero de 2010

Perdiendo el norte

Durante años y desde que el grupo PRISA se hizo cargo del diario "As", reconozco haber sido un asíduo de café y columna de Alfredo Relaño durante las mañanas. Puede que fuese un problema de bisoñez o quizá era que realmente me parecía sensato casi todo lo que escribía. Le tenía por alguien cabal y memorísticamente bien documentado. No hace mucho leí en un foro, a un gran amigo en el mundo de los blogs, decir que Relaño había pasado de practicar el periodismo a practicar el "niputaideismo". Puede que lo le falte razón. Yo, desde luego, ya no me le creo.

Desde la llegada de Relaño, el periódico se convirtió en una fuente de información exclusivamente madridista, ya lo era antes, con la añadidura de que ahora, cualquier portada tendría un color blanco prevaleciente sobre todos los demás. No es que fuese algo que me molestase, realmente nunca fui un consumidor demasiado fiel a la prensa deportiva y antes que el "As", reconozco haber sido comprador, no muy asiduo, de "Marca". Hasta que "Marca" consiguió, inusitadamente, no sólo superar a "As" si no superarse incluso a sí mismo.

Resulta que en mitad de la vorágine hubo una época en la que el Madrid ganaba copas de Europa cada dos años y el Barça ganaba desprestigio cada minuto. Fue la época en la que Florentino irrumpió como un emperador en el mundo del fútbol y se hizo, de una tacada, con Figo, con Zidane, con Ronaldo y con Beckham. Casi nada al aparato. Entre tanto, el Barça fracasaba en cada uno de sus proyectos y ni Riquelme, ni Saviola, ni Simao, ni los holandeses eran suficiente carta de presentación para hacer cara al coloso madridista. El Barça se moría mientras Gaspart daba y daba la de arena y el Madrid se convertía en el equipo referente a nivel mundial. Todos, "As" y "Marca", lo celebraban y los otros "Sport" y "El Mundo Deportivo" intentaban razonar el naufragio perdidos en su propia deriva.

Resultó, por esas cosas del fútbol, que el Barça resucitó de entre los muertos y no solamente recuperó cierta hegemonía si no que, al tiempo, recuperó el buen fútbol del pasado. Fue una época en la que el Madrid de Florentino se convulsionó y ocurrió una hecatombe que los medios se apresuraron a bautizar como "galacticidio". Y fue una época, también, en la que el grupo PRISA inició una campaña de desprestigio, no sin ciertas dosis de razón, contra el presidente de la Federación, Ángel María Villar.

De aquella campaña urdida entre la SER y el "As", nació una teoría conspirativa dentro de la mente de Alfredo Relaño. Parecía querer justificar que el Barça, de buenas a primeras, ganase más que el Madrid ¿Por qué? Porque Laporta tiene una estrecha relación con Villar y por eso los árbitros miden al Barça con otro rasero. No importaba que el Barça jugase un fútbol de alta escuela ni que los rivales acabasen rendidos ante tanto lujo y tanta precisión, si el Barça ganaba era porque los árbitros le permitían más que a los demás. Y a eso lo llamaron Villarato.

Resultó que, por esas cosas que vuelve a tener el fútbol, el gran Barça de Rijkaard se deshizo y comenzó un bochornoso peregrinaje hacia el fango que desembocó en un humillante pasillo ante un Real Madrid campeón de liga en pleno Santiago Bernabéu. Pasó que durante dos años el Barcelona jugó un fútbol poco intenso, poco comprometido y, en ocasiones, malo y pasó que durante aquellos dos años el Madrid se subió al carro de la competitividad y azuzado por las riendas de Capello y Schuster ganó dos ligas, una de ellas con insultante autoridad. Y pasó que durante aquellos dos años el presidente de la federación seguía siendo Ángel María Villar y pasó que durante aquellos dos años no se habló apenas del Villarato.

Y ocurrió después que llegó Guardiola al Barcelona y todo lo que habíamos visto hasta entonces no habían sido más que fuegos de artificio. Porque el Barça se puso a jugar como nunca, porque el Barça se propuso batir cuántos records tenía al alcance y porque el Barça lo ganó todo ante el asombro de quienes aplaudían tanta buena intención y admiraban el arte de un equipo casi perfecto. Y ocurrió que con el regreso del gran Barça y la podredumbre de un Madrid cuyo presidente se vio obligado a dimitir por tramposo, regresó la teoría de la conspiración y regresó, con más fuerza aún, el término "villarato".

Y ocurrió, paralelamente, que a Marca llegó un tipo con bufanda blanca al cuello e ideas de ultrasur en la garganta, y se le ocurrió subirse al carro del desprestigio por cuenta propia. Como el término "villarato" ya había sido acuñado, no se le ocurrió mejor manera de dejar claro que el Madrid nunca alcanzaría al Barça pese al "canguelo" porque el Barça ya había sido designado "campeón por decreto". Si algunos habían pedido caldo, aquí tenían la segunda taza.

Y pasó lo que tenía que pasar, es decir, que el fútbol dictó sentencia y el Barça fue campeón de todo. Y pasó lo que tenía que pasar, es decir, que el madridismo se cansó de ver a su vecino tan por encima y recurrió de nuevo a Florentino como salvador del barco.

Y pasó que el Barça continuó jugando un gran fútbol y pasó, paralelamente, que el Madrid recuperó la grandeza y osó discutirle al Barça su supremacía. Los blancos se rearmaron con media docena de fichajes de primer nivel y empezó a jugar un fútbol como hacía tiempo no se veía. Pese a un comienzo dubitativo, el Madrid comenzó a imponer su autoridad y, cuando se había disputado tan solo media liga, los dos grandes se quedaron solos en la clasificación. Y pasó que en ambos lados del puente aéreo comenzó a olerse el miedo y a verse el vacío de los sueños incumplidos.

Y como el Barça siguió en su línea, los diarios madrileños continuaron en la suya. Y el villarato y la conspiración contra el Madrid tomaron fuerza y fama. Y como el Madrid no le anduvo a la zaga al Barça, los diarios barceloneses se apuntaron al carro de la infamia. Y entre la rabia de unos, el miedo de otros y la desvergüenza de todos, el conflicto estalló por los aires y ahora solamente se habla de todo menos de fútbol. En una liga donde pueden verse los que quizá sean dos de los mejores equipos de la historia se habla de todo menos de fútbol. En una liga repleta de balones de oro y serios aspirantes a serlo, se habla de todo menos de fútbol. En una liga donde los dos equipos punteros juegan un futbol de altísimo nivel, se habla de todo menos de fútbol. Definitivamente, están perdiendo el norte.

lunes, 1 de febrero de 2010

La reivindicación de lo diferente

No me pueden acusar de ventajista y ni siquiera soy sospechoso de amar a quien no debo. Futbolísticamente siempre me incliné más del lado de los diferentes que de los ejemplares. Durante años anduve discutiendo con todos los que dudaban de Xavi porque decían que no valía como eje y no tenía vuelo como organizador. Bastó que uno de sus entrenadores le adelantase veinte metros para que todos los que dudaban se postraran a sus pies. Nunca me dieron la razón y tampoco lo esperaba de ellos.

Igualmente que no espero que todos aquellos que durante años criticaron a Guti mientras yo le defendía vengan ahora a dorar la píldora de su razón. Es más, seguramente saldrán con el cuento aquel de que con pasecitos como este vive una temporada y que en el siguiente partido volverá a la indolencia habitual ¿Qué es la indolencia? ¿Saber jugar al fútbol es indolencia? ¿No dar siempre un pase de gol es indolencia?

Los que sí son ventajistas llaman indolencia a no hacer lo que hacen tipos como Lass, más destinados a lucir con el físico que con el balón. De esta manera, parecía que el francés era capaz de eclipsar hasta a Xabi Alonso. Menos mal que siempre estarán las estadísticas para demostrar que el tolosarra es mucho más importante que el francés. Y menos mal que está el espectador crítico para darse cuenta de que el Madrid es capaz de jugar igual de bien o incluso mejor, con un centro del campo más técnico que físico.

Y menos mal que está Guti para, en una particular reivindicación de lo diferente, decirnos a todos que la indolencia no existe para los genios, si no que lo suyo es símplemente magia. Y eso no se le puede pedir a cualquiera.

miércoles, 20 de enero de 2010

La pantera negra

Durante el verano de 1960, José Carlos Bauer viajó a África para acompañar a un joven equipo amateur en una gira que le llevaría por distintos campos de fútbol donde aprenderían una nueva cultura y una nueva manera de vivir el fútbol. Bauer, que era un técnico de reconocido prestigio en Brasil, arribó en Lourenço Marques, capital de Mozambique, con la esperanza de encontrar una conclusión y algún jugador válido para el futuro de la selección brasileña, pero no esperaba, ni mucho menos, quedar asombrado con el fútbol trepidante, fuerte y potente que practicaba un joven local de apenas dieciocho años y que respondía al nombre de Eusebio.

De regreso a Brasil, y una vez concluida la gira por tierras africanas, el equipo pasó unos días en Portugal y Bauer aprovechó para visitar a su viejo amigo Bela Guttman, un antiguo jugador húngaro que se había licenciado como entrenador en Brasil y ahora aplicaba su magisterio futbolístico en el Benfica de Lisboa. El encuentro no tuvo más emotividad que la que suelen mostrar dos amigos agradecidos de volver a verse, y entre las muchas palabras que salieron durante su tertulia salió el nombre de aquel joven jugador mozambiqueño que había sorprendido a Bauer. “Yo no puedo ficharlo”, le dijo a su amigo Guttman, “en Brasil hay cientos como él. Pero estoy seguro de que a ti sí te podría valer”.

Dicho y hecho. Guttman sintió el gusanillo de la curiosidad revoloteando en la boca del estómago y pocos días después viajó hacia Mozambique para descubrir las maravillas de las que tanto le había hablado su viejo y admirado amigo. Apenas vio jugar a Eusebio durante quince minutos y ya se había dado cuenta de que frente a él había una futura estrella mundial.

Eusebio viajó a Lisboa de la mano de Guttman mientras el Sporting, club vecino y rival del Benfica, negociaba el traspaso del jugador con el Club Lourenço Marqués, equipo, en el que, hasta entonces, había jugado la joven estrella. La leyenda de sus goles se había propagado por todo Portugal y todos los equipos viajaban a la capital de Mozambique para interesarse por el chico, pero el chico ya no estaba en Lourenço Marqués y nadie conocía su paradero.

El Benfica lo mantuvo escondido durante varias semanas a la espera de apaciguar la tormenta que había desatado el “secuestro” y cuando consiguió calmar las ofendidas voces que llegaban desde el Sporting haciendo saber a cada uno de sus dirigentes que Eusebio solamente pensaba jugar al fútbol como benfiquista, presentó la primera ficha profesional del jugador y lo presentó ante el mundo como una de sus estrellas.

Aquel Benfica de 1961, con Eusebio curtiendo los modales de su juego en el equipo juvenil, consiguió alzarse con la Copa de Europa y, pocas semanas después, viajó a París para defender su honor de campeón continental en un partido amistoso contra el Santos de Pelé, equipo que, por aquel entonces, y después del temprano hundimiento del Real Madrid en la última edición de la Copa de Europa, estaba considerado como la mayor referencia a nivel mundial. El partido comenzó siendo un paseo para los campeones de Brasil y terminó convirtiéndose en el partido de Eusebio. El baile de la primera parte concluyó con un más que significativo tres a cero a favor del Santos y fue en aquel momento, mientras Guttman mascaba aquel ridículo paseando por el vestuario, cuando decidió darle la alternativa a aquel jugador que había traído desde África y con el que llevaba varios meses trabajando para intentar pulir su exceso de potencia y aportarle una técnica más acorde a sus cualidades. Y Eusebio no decepcionó a nadie y el partido concluyó con un memorable seis a tres a favor del Santos tras un segundo periodo en el que Eusebio destapó todos los tarros de las esencias haciendo tres goles y jugando de una manera maravillosa, tanto es así, que la prensa francesa amaneció el día siguiente con un titular que decía “Eusebio tres, Pelé dos”, obviando por completo el resultado del partido y haciendo referencia a la cantidad de goles que había anotado cada una de las estrellas.

Y una vez conquistado Pelé ya sólo quedaba conquistar Europa. Eusebio se ganó un puesto definitivo en el once titular del equipo a base de goles y en poco tiempo pasó de ser el joven mozambiqueño que les había sacado del entuerto en París a convertirse en la mayor referencia de un equipo que poco a poco fue logrando sus objetivos hasta alcanzar la final de la Copa de Europa por segundo año consecutivo y tras una asombrosa actuación de Eusebio en semifinales y que había servido para dejar fuera al temible Tottenham inglés.

La final volvió a enfrentarles a un equipo español. Si la temporada anterior había sido el Barça el que había caído a la lona golpeado por los goles lisboetas, ahora era el Real Madrid el equipo que intentaría arrebatarles el derecho a seguir soñando con un nuevo campeonato. El nombre del Real Madrid llevaba años recorriendo las conversaciones de medio mundo y Eusebio también había oído hablar, primero en Mozambique y luego en Portugal, de las excelencias del mejor equipo del mundo durante la última década. Antes del partido y mientras se colocaban los uniformes en el vestuario del viejo estadio De Meer, en Ámsterdam, los jugadores del Benfica solamente hablaban de Di Stéfano y de Puskas, y el joven Eusebio, supo de inmediato, que si quería convertirse en el protagonista de la final iba a tener que correr y regatear más que Di Stéfano e iba a tener que marcar más goles de los que hiciese Puskas. La misión, a priori, se presentaba extremadamente difícil.

Y el partido resultó más difícil aún de lo que los dos equipos habían esperado. Tras una primera parte equilibrada en el juego, el Real Madrid se fue al vestuario con la escasa renta de un gol en el marcador y gracias a los tres goles que había anotado el implacable Ferenc Puskas.

Ferenc Puskas. En los grandes nombres del fútbol residían los principales modelos a imitar. Eusebio había quedado impresionado con el altísimo nivel de juego que habían ofrecido las estrellas del Madrid, y aunque muchos de sus jugadores andaban cerca de doblarle en edad, competían con la ilusión y la furia de un juvenil que pelea por un sueño. Resultaba admirable comprobar como, a pesar de haberlo ganado todo, los jugadores del Real Madrid mantenían viva la llama de la ilusión y el hambre de victoria con el paso de los años.

Eusebio se fijó en Puskas y se fijó en Di Stéfano, recordó la apuesta que había hecho consigo mismo minutos antes de saltar al terreno de juego y resopló pensando qué difícil sería eclipsar el talento de aquellos dos jugadores sin igual. Puskas era un gordito que domaba el balón como un hipnotizador domaba la voluntad de sus pacientes y, además, era capaz de chutar con precisión desde cualquier lugar del frente de ataque. Di Stéfano, por su parte, era escudero en defensa y caballero en ataque, un futbolista imparable que convertía cada carrera en el argumento de un libro y cada balón en un regalo de Dios.

Comenzó la segunda parte y el Benfica continuó vendiendo cara su piel, los minutos fueron pasando de ataque en ataque hasta que el virtuoso Colona hizo el empate y los dos equipos se miraron a los ojos dudando entre ofrecerse una tregua o tirar hacia delante dejando que el destino hiciese caer los goles como fruta madura. Y fue cuando el cansancio se había convertido en el auténtico protagonista del choque cuando apareció Eusebio.

Quedaban pocos minutos para la conclusión de la final y Eusebio ya jugaba a otra cosa. Di Stéfano, Puskas y cada una de las estrellas que compartían cada parcela de césped con ellos vistiendo la camiseta del Madrid y también Colona, Augusto, Simoes y todos sus compañeros de equipo, se habían convertido en prisioneros de su propio esfuerzo físico y el cansancio les había invadido hasta dejarlos prácticamente agotados. Pero en cada carrera, en cada esfuerzo y en cada disputa, aparecía Eusebio con la frente alta y la respiración pausada; cuando todos parecían rendirse, él se encontraba más fuerte que nunca.

Y fue aquella fuerza y frescura lo que regaló a Eusebio la oportunidad de convertirse en estrella a ojos del mundo y al Benfica de consolidarse, un año más, como dueño y señor del trofeo más prestigioso de Europa a nivel de clubes. Por su zancada inalcanzable fue apodado “La Pantera Negra”, por sus disparos terroríficos su pierna fue comparada con un cañón y por sus goles decisivos pasó a la historia como el mejor jugador que vistió la camiseta del Benfica.

Dos goles de Eusebio pusieron el definitivo cinco a tres en el marcador y todos los jugadores del Benfica estallaron de júbilo al repetir la hazaña del año anterior. Guttman fue consciente del valor de su trabajo cuando vio a su paisano Puskas acercarse a Eusebio y regalarle su camiseta como premio a su inolvidable actuación. Eusebio mantenía un foco de incredulidad en la mirada y Guttman sonrió complacido mientras daba gracias al cielo y recordaba la primera vez que había oído hablar del muchacho. Efectivamente, Bauer tenía razón.

jueves, 14 de enero de 2010

El fondo del pozo

Siempre me gustó medir el valor mental de cada persona en comparación con su capacidad para levantarse tras un tropiezo. Son demasiadas las veces, a lo largo de la vida, en las que nos vemos obligados, por exceso o por defecto, a pensar en dejarlo todo. Tirar o no la toalla depende, en gran medida, del análisis de emoción que hagamos de quienes salgan perjudicados en nuestro fracaso, es por ello que muchas veces nos vemos obligados a dar un paso más hacia el precipio solamente por encontrar la sonrisa de quien espera que no le fallemos.

Todos hemos tenido nuestro particular pozo, ya sea por causas afectivas, laborales, rutinarias o de simple autoestima. Lo peor del pozo es la sensación de caer y no saber a ciencia cierta donde se encuentra el fondo. La parte positiva la encontramos cuando llega ese fondo porque, una vez los huesos han dado con el fango, ya solo queda levantarse y optar por morir o remontar. Ciertamente, más hondo no se puede caer.

Dentro de los aspectos emotivos que más nos empujan a quienes amamos el fútbol es la condición presencial de nuestro respectivo equipo. De esta manera resulta muy fácil que los lunes, o los jueves, de nuestra semana particular sean más o menos alegres en función del resultado obtenido por aquellos que visten los colores que palpitan a fuego en nuestro corazón. Es por ello que los aficionados el Atleti, al ver a nuestro equipo en el pozo, sintamos caer sin ver un fondo en el que estrellarnos al mismo tiempo que ellos siguen ensuciando un escudo que se forjó hace más de cien años.

Que este equipo puede caer aún más bajo llega a ser cierto en cuanto analizamos momentos catastróficos de su presente más negro. El equipo, plagado de internacionales, muchos de los cuales se contrastaron con el tiempo, descendió a segunda división sin apenas tiempo para asumir el desastre. Un año más tarde, con un presupuesto mucho mayor que el de casi todos los equipos de la máxima categoría, no fue capaz de ascender por no saber asimilar la realidad que le encarcelaba. En el regreso a primera el club nos vendió la imagen de Burgos asomando la cabeza por una alcantarilla, parecía que habíamos salido del pozo y no habíamos hecho si no empezar a caer de nuevo.

La caída en picado, con algunas fases de recompensa traicionera en forma de cuarto puesto, continuó hasta que el equipo fue humillado en Huelva en un partido que pasará a los anales de la historia como el mayor ridículo jamás concebido, solamente equiparable a aquel bochornoso cero a seis con los jugadores mirando mientras el Barcelona les bailaba.

¿Puede este ser el fondo del Atlético? Desde luego, todo pasa por una remontada milagrosa en la que, a esta hora, y arriesgándome a que me tachen de agorero, no creo para nada. Primero porque el equipo no tiene patrón, segundo porque al equipo le falta convencimiento y, tercero, porque al equipo le falta la fiabilidad defensiva necesaria como para jugarse un partido a cara o cruz como este y tener el convencimiento de que no recibirá ningún gol en contra.

Así pues, el Atlético, a partir de esta noche puede seguir cayendo. O quizá esta eliminación signifique, al fin, un punto de inflexión en el que apoyarse para remolcar la nave. Realmente veo muchas carencias, reducidas todas al cariz pasional, como para que este equipo, de verdad, sea capaz de tirar hacia adelante. Pero si me quiero para a creer es, fundamentalmente por dos motivos; el primero porque si no lo hiciese sentiría morir algo dentro de mi, el segundo porque por encima de un grupo de mercenarios siempre quedará latente la verdad que representa un escudo y para mí eso significa demasiado. Espero que, aunque pierdan, no lo vuelvan a ensuciar. Eso es lo mínimo que esperamos de ellos.

viernes, 8 de enero de 2010

El equipo de la década

Después de casi un año de votaciones dentro de la encuesta presentada en el margen derecho de este blog, los visitantes de "El Fútbol de Pablo" han tenido a bien elegir el que, para ellos (y con jugadores propuestos por mí) ha sido el once ideal de la pasada década.

Sé que a algunos les faltará algún jugador, a otros les sobrarán dos o tres o incluso a mí mismo me sorprende el que, para mí, ha sido el jugador de la década, Thierry Henry. Algo que, de manera lógica, me podéis discutir puesto que no hay prisma más diferente que los ojos de cada persona.
Así pues, prolegómenos aparte, el once elegido por los lectores de "El Fútbol de Pablo" es el siguiente:

BUFFÓN: Mucho se ha hablado de Casillas a lo largo de esta década; de sus milagros y sus puntos conseguidos para su equipo, pero si hay un portero que realmente ha tenido relevancia sobre su selección este ha sido Gianluigi Buffon. Tuvo que sufrir el escarnio de su equipo tras el "Moggigate", hace seis temporadas que no gana un título a nivel de clubes (los dos últimos scudettos fueron arrebatados de su palmarés) y ha sufrido largas lesiones que, por momentos, han lastrado su carrera, pero en estos diez años ha sido siete veces nombrado mejor portero de Italia y cuatro como mejor portero del mundo y, ante todo y sobre todo, fue pieza clave en el triunfo obtenido por Italia en el mundial de 2006. Siempre un portero serio, sin alardes, gran conocedor de su profesión, magistral en el mano a mano y con una personalidad arrolladora.

CAFÚ: Esta fue la última década como profesional del considerado por todos como el mejor lateral derecho del mundo. Cafú siempre entendió el fútbol como un ejercicio de competición y por ello ejerció, como tantos otros grandes laterales cariocas, de centrocampista en el costado derecho. Saber atacar y defender, para un lateral, son las premisas básicas del oficio, saber además jugar al fútbol, es un plus por el que muchos estarían dispuestos a matar. Un Cafú aún esplendoroso ganó la Serie A italiana con la Roma en la temporada 2000-2001. Un Cafú mucho más sabio ganó la Serie A italiana con el Milan en la termporada 2003-2004. Y un Cafú legendario ganó el campeonato mundial de fútbol en Corea en el año 2002. Pequeñas dentelladas de gloria para un tipo que batió el record de internacionalidades de Brasil en la primavera de 2005 y que en 2008 dijo adiós al fútbol para convertirse, como tantos otros, en leyenda viva del deporte.

ROBERTO CARLOS: Poco tipos han aguantado el tirón de la grada del Bernabéu con tanto entusiasmo y tan buen rendimiento. Y ningún defensa en la historia del fútbol ha aportado tanto al juego ofensivo de su equipo como lo ha hecho Roberto Carlos en el Real Madrid y en la selección brasileña de fútbol. Con los blancos ganó tres ligas y dos copas de Europa y con la verdeamarelha ganó el mundial de fútbol de 2002. Todo ello le valió elogios, reconocimiento y gloria, además de ser galardonado con el Balón de Plata en el mismo año en el que fue campeón de Europa y del Mundo. Desde hace un par de temporadas juega en el Fenerbahce, se fue porque ya no era aquel tipo decisivo que hacía suya la banda izquierda del Bernabéu, pero desde que se fue, ni el Madrid, ni Brasil han sido capaces de encontrar a un tipo que les haga olvidarse de él. Tarea imposible porque tardará mucho tiempo en nacer otro jugador como él.

AYALA: Pocos defensores dieron tanta influencia al plan de seguridad de un equipo como lo hizo Ayala con el Valencia de la primera mitad de la década. A las órdenes de Benítez, el Valencia se convirtió en un equipo compacto, de contragolpe certero y muy difícil de superar, dónde Ayala se erigió en general en firme. Tras llegar rebotado del Calcio, donde aprendió a sufrir, se convirtió en ídolo de Mestalla gracias a su carisma, colocación y buenas artes defensivas. En su primer año en Valencia perdió la final de la Liga de Campeones, pero no tardaría en desquitarse con dos ligas y una Copa de la Uefa. Pero, sobre todo, no tardaría en consagrarse como un defensor de verdad; un tipo bajito que las ganaba todas por alto y un tipo no muy rápido que les ganaba la carrera a los más veloces. Tenía defectos, pero fueron pocos los capaces de hacerle sacar los colores.

MALDINI: Si existe un jugador ligado a un equipo en la memoria de un aficionado, este no puede ser otro que Paolo Maldini. Pocas carreras se conocen que sean tan longevas y al mismo tiempo tan exitosas como las del capitano rossonero. Si normalmente, los treinta indican el comienzo del declive para cualquier jugador, en Maldini significaron el comienzo de una nueva juventud; la enésima. Durante estos años abandonó el lateral izquierdo para acomodarse en el centro de la defensa y convertirse en capitán al mando de la nave milanista. Tras toda una vida en el Milan, aún le dio tiempo, en el que muchos consideraron su ocaso, a levantar un scudetto y dos ligas de campeones. En el mundial de 2002 dijo adiós a la selección italiana tras convertirse en el hombre que más veces había vestido su camiseta. Fue una despedida triste y que el tiempo demostró como precipitada. De haber aguantado un ciclo más, quizá estaríamos hablando de un Maldini campeón del mundo algo que le hubiese catapultado, sin objeciones, desde el cielo hacia el infinito.

FIGO: A día de hoy es fácil hablar de las cualidades, casi inmejorables, de Cristiano Ronaldo. Suyas han sido las apariciones más espectaculares de estos últimos años, pero aún en el resplandor del presente, nadie ha podido olvidar aún aquellos primeros años de Luis Figo como futbolista del Real Madrid. Y es que, además de figurar con papel estelar en aquel primer Madrid de Florentino, el fichaje de Figo por los blancos cambió por completo una tendencia. Tras perderlo, el Barcelona sufrió una de las peores travesías por el desierto de toda su historia. Durante cinco años, los azulgrana tuvieron que conformarse con darse cabezazos contra la pared mientras el Madrid ganaba ligas y Copas de Europa, y todo ello con Luis Figo como actor principal. Un tipo de mirada seria, gesto antipático y alma competitiva. Un tipo que iba e iba, una y otra vez, un tipo que, aún en sus peores días, nunca dio sensación de querer perder una partida. Fueron muchos los que le aplaudieron, pero pocos los que le reconocieron de verdad. Él cambió la tendencia de un Madrid que aún en la victoria seguía siendo un desastre y de una selección portuguesa que aún en la esperanza seguía siendo una promesa incumplida.

GERRARD: Hace casi veinte años que el Liverpool no gana una Liga inglesa y, sin embargo, a nadie se le escapa el papel que Gerrard ejerce para los reds. Durante estos años, tipos tan fantásticos como Scholes, Carrick o Lampard, han tenido el privilegio de levantar su copa de campeón y sin embargo ninguno ha conseguido levantar el corazón hasta un punto tan álgido como lo ha hecho Gerrard con los aficionados del Liverpool. Gerrard ama al Liverpool y el Liverpool ama a Gerrard, eso todo el mundo lo sabe. Por ello saborearon de manera especial cada uno de sus goles en cada una de las finales locas que ganó; la Copa de la Uefa en 2001 ante el Alavés, la Liga de Campeones en 2005 ante el Milan y la FA Cup en 2006 ante el West Ham. Goles de un tipo cuyo corazón abarca todo Anfield y cuya presencia abarca toda la capacidad de su equipo. Cuando él acierta es difícil que su equipo falle y cuando él falla es difícil que su equipo acierte.

ZIDANE: A ninguna buena memoria se le olvidará jamás el gol de Zidane en la final de Glasgow ante el Bayer Leverkusen. En aquel golpeo quedaron evidentes las virtudes de un futbolista técnicamente perfecto; la posición, el golpeo y la colocación. Zidane es un Dios en Francia porque a su alrededor se formó el equipo más competitivo de su historia; siete espartanos jugando para Zidane y Zidane jugando para dos estiletes. Una combinación bastante efectiva y muy vistosa en los últimos metros. En el Madrid, además, aportó la sencillez que le faltaba al último pase de una máquina casi inigualable. Fue un Madrid, el de Zidane, que no ganó demasiado pero que dejó un puñado de tardes absolutamente memorables. El Bernabéu le adoró porque, más allá del cartesianismo de Makelele, la insistencia de Figo y el arrollador carácter de Raúl, encontró la magia de un tipo nacido para ser inmortal.

RIVALDO: Aunque sus mejores años coincidieron con el final de la década de los noventa, nadie puede obviar la capital importancia que tuvo Rivaldo en aquel patético Barça dirigido por Joan Gaspart. En un equipo a la deriva, Rivaldo actuó como tabla salvadora para meterlo en Liga de Campeones, para aguantar el tirón hasta semifinales y para marcharse con la cabeza alta después de ser ninguneado en más de una ocasión. Imposible olvidar aquel gol de chilena al Valencia, o aquellos zapatazos en el Bernabéu cuando su equipo estaba hundido, o aquellos goles salvadores en partidos agónicos. Pocos tipos han ganado tantos partidos como él, pocos tipos han ganado tan poco como él. Entre sus éxitos destaca el mundial de 2002, un campeonato donde actuó como titular y en el que, aún estando en la cuesta abajo de su trayectoria, aportó cuatro goles dos de ellos decisivos ante Bélgica e Inglaterra en las dos primeras rondas eliminatorias, porque él nunca fue de marcar goles intrascendentes, el anotaba el primero, el que abría la lata, el que catapultaba a su equipo, el que le daba su pedazo de gloria personal.

MESSI: La irrupción de Leo Messi en la élite signficó el primer gran triunfo de la cantera global. En una época donde los jugadores, más que nunca, son mercancía, la consagración de Messi significó un nuevo rumbo para el trabajo de cantera; niños sin hacer de cualquier lugar del mundo tienen ya su pedazo de parcela para poder soñar. Serán muy pocos los que llegarán y menos aún los que logren ser lo que es Leo Messi. Y es que Messi es un jugador diferente en todo, piensa más rápido que nadie, corre más rápido que nadie y resuelve los problemas más rápido que nadie. Con semejantes cualidades no es de extrañar que, a día de hoy, sea considerado como el mejor jugador del mundo. Tras su debut en el primer equipo del Barcelona en la primavera de 2004, Messi ha ganado tres ligas y dos Copas de Europa. Le queda la espina de triunfar de pleno con su selección, aunque ya haya ganado con la misma el mundial juvenil y el oro olímpico. Tiene tiempo por delante para conseguirlo; es joven, tiene calidad y toda la ilusión del mundo. Próxima parada, mundial de Suráfrica.

RONALDO: Si me preguntan, a título personal, quien es el mejor delantero que he visto, no podría responder otro nombre que no fuese el de Ronaldo Luiz Nazario de Lima. Ningún otro delantero había conseguido hacer tantas cosas con un lastre físico tan importante. Tras una etapa de aparición fulgurante donde se convirtió en asombro de todos, una lesión de rodilla estuvo a punto de retirarle del fútbol. Su regreso no pudo ser más colosal; como si de un héroe de comic se tratase, Ronaldo regresó al fútbol pocos meses antes de la disputa del mundial de 2002. Scolari, que sabía de su mejor arma, le convocó para el mundial y un Brasil renqueante se convirtió en campeón. Ronaldo anotó ocho goles, dos de ellos en la final y dejó la sensación de que la bestia imparable había vuelto. Ese mismo verano fichó por el Real Madrid y en una primera temporada deslumbrante ganó la Liga española. Después vinieron sus escarceos con la noche, su mala relación con el Bernabéu y la llegada de Capello. El técnico italiano le vendió al Milan y Ronaldo dejó atrás la estela de un delantero irrepetible que anotó más de cien goles en cuatro temporadas. Era un tipo que apenas podía articular su rodilla derecha, que había engordado visiblemente y que limitaba sus esfuerzos al último tercio del terreno de juego. Infalible. Lo que vino después estuvo a punto de significar el final de su carrera; su otra rodilla, la que decían estaba sana, se rompió igual que lo había hecho la otra y todos nos apresuramos a retirarlo. Todos menos él. Ronaldo volvió al fútbol y ahora sigue jugando en el Corinthians. No está de paseo, ya ha sido máximo goleador de Brasil y quiere hacer méritos para jugar el mundial que se celebrará en Suráfrica el próximo verano. De ser así, y si el destino es lector de cómics, es posible que el gordito cojito deje de ser leyenda para convertirse en un Dios.