viernes, 4 de febrero de 2011

Carrera hacia adelante

A menudo el ser humano se encuentra atrapado entre disyuntivas que tienen que ver tanto con el corazón como con la cabeza. Se trata de analizar las circunstancias, observar las causas y medir las consecuencias. Muchas veces, aunque en principio parezca una estupidez, es mucho más conveniente dar un paso hacia atrás para tomar carrerilla e impulsarse hacia adelante.

Cuando la Real Sociedad descendió a segunda división quedaron al aire las vergüenzas de una gestión lastimosa y los rescoldos de una amenaza que, como buitre tras su presa, venía persiguiendo al equipo desde que decidieron cambiar de política. En aquel equipo del año 2007 había pocas piezas aprovechables, muchos parches inservibles y un motor de lujo al que había que cuidar pues en sus pies residía gran parte de las esperanzas de cara al futuro.

Xabi Prieto, que juega al fútbol con la elegancia de un bailarín y entiende el juego como un maestro de ajedrez, podría haber elegido entre emigrar a una aventura incierta en equipos de menor calado o quedarse en casa y madurar como el vino joven que necesita sus años de barrica.

Los que auguraron su estancamiento en una división menor se equivocaron porque el futbolista aprendió que la victoria no se regala, que el sentimiento conduce al éxito y que el talento sobrevive siempre por encima de la fuerza. Bien arropado por un grupo de jóvenes afines a su causa, Xabi condujo un vehículo remozado hasta integrarlo de nuevo en la parrilla de salida de la primera división.

Hoy, con veintisiete años y con lo mejor de su carrera por delante, cuenta con el privilegio de poder elegir su destino. Si se marchase, ya no emprendería aquella incierta aventura en equipos de menor calado, Xabi tiene empaque, fútbol y valor de mercado suficiente como para jugar en un gran equipo. Y si eligiese, de nuevo, quedarse, pasaría a formar parte de ese salón de la fama que acoje a los hombres que se convierten en mito por la fuerza del cariño. Tiene una afición que le adora, una crítica que le respeta y una carrera imparable hacia adelante. La misma carrera que inició el día que decidió quedarse en su equipo, dar un paso hacia atrás y tomar carrerilla.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Uno de los cinco tipos que vio pasar de largo a Maradona

Era un jugador espectacular, de la talla de los grandes centrocampistas ingleses; con recorrido, desplazamiento de balón y mucha llegada al área contraria. Con un tren inferior al estilo de los grandes regateadores, gustaba de dejar atrás a sus contrarios, buscar una conexión amiga y aparecer en el borde del área para dejar su sello de calidad.

Junto a Ardiles y Villa, formó un lengendario centro del campo en el Tottenham Hotspur. Aunque los tres tenían un talento descomunal, Villa era el encargado de recoger los balones desde la defensa y Ardiles el penúltimo enlace entre los delanteros y el gol. Entre medias, el balón solía asearse en los pies de un chico de la casa, nacido en Middlesex y que jugó durante doce años con los Spurs.

Vestía el número diez, otras veces el ocho, y jugaba como un niño al que le gusta divertirse en el patio del colegio, siempre el balón cosido al pie, siempre la cabeza levantada. Chutaba faltas a la escuadra, gustaba de jugar con los porteros batiéndoles por arriba, picando la pelota, haciendo bello el momento del golpeo. Si había que pegarla desde treinta metros lo hacía, y el balón, generalmente, acababa haciendo temblar las redes.

Cuando el Tottenham recibió su mejor oferta, le vendió al Mónaco y allí sentó cátedra como un organizador colosal. Ganó la liga francesa en su primer año y, cuando le quedaban pocas fuerzas para seguir en la élite, marchó al modesto Swindon donde le esperaba su querido amigo Ossie Ardiles. Juntos ascendieron a primera y volvieron a separarse cuando aceptó la llamada del Chelsea. Allí fue entrenador-jugador, dejó la impronta de un tipo para el recuerdo y el aroma que destilan los buenos futbolistas.

Entre medias jugó dos mundiales y en uno de ellos el destino le situó en mitad de una jugada que dio la vuelta al mundo. Vio llegar a Maradona y le vio marchar como un cohete, tras él, muchos de sus compañeros también terminaron por el suelo, agarrados al césped, hundidos por el desánimo, desalentados por el talento del diez argentino y admirados por el gol que terminó ejecutando ante Shilton.

Él también tenía clase, él también tenía calidad y él también dejó huella por donde pasó. El fútbol no le regaló muchos títulos pero grabó su nombre para el recuerdo. El nombre del centrocampista más talentoso del Tottenham Hotspur. El nombre de Glenn Hoddle.


miércoles, 26 de enero de 2011

Sobreviviendo a la adversidad

United Road, Railway Road y Sir Matt Busby Way son las tres calles que abrazan la vieja estructura de Old Trafford, el estadio del Manchester United. La primera de ellas hace referencia al club, la segunda hace honor a la estación de ferrocarril situada junto al fondo sur y la tercera significa un respetuoso homenaje hacia el hombre que cambió la historia del equipo.

Matt Busby fue el entrenador que más años estuvo al frente del Manchester United (solamente Ferguson le supera en cuanto a número de partidos), el mentor de la Santísima Trinidad (Charlton, Best, Law) que ganó la primera Copa de Europa del fútbol inglés y uno de los pocos hombres que sobrevivieron al accidente aereo de Munich que, en el invierno de 1958, le costó la vida a veintitrés personas, ocho de ellos futbolistas del club.

En la misma avenida desde la que se puede contemplar la fachada principal del estadio, se erige la figura inmortal de Busby en forma de estatua de bronce. La imagen representa a un hombre feliz, bien vestido y con un balón en la mano. El mismo balón que le salvó de la pobreza cuando era apenas un juvenil que llevaba muchas horas de carga a sus espaldas trabajando bajo la mina junto a su padre. Gracias a su habilidad con la pelota, el Manchester City le alejó de aquella vida de infortunio para ofrecerle un contrato profesional, pero fue el otro equipo de la ciudad de Manchester, el United, el que le daría forma a su leyenda de hombre triunfal. Busby sobrevivió a la gran guerra contra Alemania y abandonó el fútbol como jugador para ponerse el traje de entrenador. Firmó por el Manchester United en 1945 solicitando, como conditio sine qua non, un contrato de cinco años para disponer del tiempo suficiente para formar un equipo competitivo y no verse absorbido por las urgencias. Y no fueron cinco, sino veinticinco, los años que dirigió al equipo sentado en un banquillo que abandonó en primera instancia en 1969 pero que tuvo que retomar un año más tarde para intentar salvar al equipo de un desastre que finalmente terminó por concretarse en 1974 con el descenso del equipo a manos del City (equipo en el que él había jugado) con un gol Denis Law (una leyenda del club). Pero entonces el ya no entrenaba a aquel equipo descompuesto tras la retirada de Charlton y la autodestrucción de Best.

A pesar de que Busby no dejó al equipo en la mejor situación posible y este, tras el descenso, tuvo que volver a reinventarse para regresar a la élite mundial, no son pocos los que afirman que sin no hubiese existido Busby, el Manchester pulularía en las divisiones inferiores del fútbol inglés. Él dotó al equipo de una identidad, echó mano de los chicos de la cantera para crear un conjunto de fieles jugadores y, de la mano de chicos como Byrne, Colman, Jones, Edwards, Whelan, Taylor, Pegg y Bent, bautizados por el pueblo como "Busby babes", el Manchester ganó títulos en su país y se codeó con los grandes de Europa. Un equipo que, roto por la desgracia acaecida en Munich, hubo de recomponerse para regresar a la élite solamente un lustro después cuando, en 1963, se proclamaran campeones de la FA Cup. Después llegaron la liga de 1967 y la Copa de Europa de 1968 para terminar por mitificar a un tipo que había llegado a la sede del club bajo la mirada recelosa de quien le examinaba como ex jugador de los grandes enemigos, Manchester City y Liverpool, y que ya no tendría otra salida que no fuese la de marcharse colmado de gloria y honores.

Después de llevar, por vez primera a suelo inglés, la Copa de Europa, Busby fue nombrado caballero de la orden del imperio británico por su majestad la reina Isabel. Eran días de gloria para un tipo que no sabría haber sobrevivido en la élite sin la inestimable ayuda de su compañero de fatigas, Jimmy Murphy. Murphy, que ejerció de alter ego de Busby durante los veinticinco años que duró su aventura en Old Trafford, era la mente lúcida que sondeaba los campos de barro de las categorías inferiores para descubrir talentos y presentárselos a Busby como los nuevos mesías del equipo. Era tal el control que Busby ejercía sobre la cantera del equipo que no dudaba en enviar a sus emisarios y ayudantes a cualquier rincón de las islas británicas. En una de aquellas excursiones, uno de sus lugartenientes, Bob Bishop, llegó a Belfast para fascinarse con un muchacho y enviar un telegrama urgente a la sede del club: "A la atención de Matt Busby. He encontrado un genio". Aquel genio se llamaba George Best, Busby viajó personalmente a Irlanda, cogió al joven del brazo y le hizo debutar en la liga inglesa. Pocos meses más tarde ya era el mejor jugador del mundo.

Murphy murió un frío día de noviembre de 1989 y Busby lo hizo apenas cuatro años después. Ambos se marcharon en invierno, la misma estación que les vio nacer de nuevo cuando un avión procedente de Belgrado se había estrellado en Munich para advertirles que el destino puede ser tan impredecible como un partido de fútbol.

Aquel día de enero de 1994, Old Trafford guardó el más respetuoso de sus silencios en honor de su entrenador más querido. Igual que ocurrió el día en el que Busby les habló desde el hospital de Munich para calmar sus miedos; "Damas y caballeros, les hablo desde una cama en el hospital de Munich. Después del accidente sufrido hace aproximadamente un mes, les gustará saber que los jugadores que quedan y yo mismo nos estamos recuperando poco a poco". Aquellas palabras, dichas desde el dolor y la esperanza, nacieron desde la ignorancia de conocer que su más deslumbrante descubrimiento, Duncan Edwards, había muerto unos días antes. Igual que Edwards, Busby había sido un mediocentro de zancada ágil y amplio recorrido, igual que Edwards, Busby veía el fútbol como un tablero de juego donde el balón se desplazaba hacia la ficha mejor situada, igual que Edwards, Busby dejó el mundo para sobrevolar cada fin de semana sobre el cielo del teatro de los sueños.

Así rebautizó al estadio Bobby Charlton y así lo hubiese querido llamar sir Matt Busby. El entrenador que resucitó al Manchester en dos ocasiones para llevarlo a la cima, el primer gran mánager del fútbol inglés, el tipo al que muchos recordaron como un buen centrocampista y que pasó a la historia como un gran entrenador.

jueves, 13 de enero de 2011

El grupo salvaje

En las taquillas del vestuario había pistolas, machetes, navajas y hasta escopetas recortadas. Había que buscar muy al fondo para encontrar un par de botas, una espinillera o un frasco de lilimento. A menudo, Tommasso Maestrelli, el entrenador de aquella Lazio de los años setenta, llamaba a un aparte a Chinaglia y otras veces lo hacía con Martini. Nunca juntos, ni mucho menos revueltos. A ambos les decía lo que querían oir; "tú eres el mejor, chico", "tú eres el auténtico alma de este equipo", y ambos regresaban contentos y satisfechos al campo de entrenamiento, con la cabeza alta, con el ego hinchado. Chinaglia era el goleador y en la temporada que terminaron campeones se convirtió en cappocanioneri. Hoy vive en Estados Unidos y una orden de arresto pesa sobre sus espaldas. Martini se dedicaba a otras cosas, tenía más cabeza y sabía manejar mejor sus arrebatos. Hoy vive en Italia y se dedica activamente a la política.

De aquel equipo campeón del 74, Enric González escribió que "ha sido la única banda armada que ha ganado un scudetto". La definición no podría ser menos acertada. A menudo, después de los partidos, podía ser habitual ver a Giorgio Chinaglia sacando brillo a su querida Mágnum del cuarenta y cuatro. Junto a él, los siempre fieles compañeros de su clan, prestos a reir cada una de sus ocurrencias. Aquel equipo, dividido en dos, se convertía en una piña cada vez que saltaban al terreno de juego; aquel año, solamente perdieron cinco partidos y ganaron casi todo lo demás con un fútbol agresivo, vistoso y atrevido.

Uno de los clanes era el dirigido por Chinaglia y el otro estaba encabezado por Martini. Cada vez que el árbitro señalaba el final de los partidos regresaban a la enemistad, a las normas mafiosas y a las exigencias. Si no se cumplían, era fácil verse con una botella rota junto al cuello y una amenaza de muerte sobre la conciencia. Por ello, cada entrenamiento del equipo se convertía en una batalla campal donde se ponía en juego el orgullo. Podían estar jugando durante horas siempre y cuando ninguno de los dos equipos dijera "hasta aquí hemos llegado", algo que no ocurría casi nunca. Bajo la sombra de sus capos, dos tipos, el portero Pulici y el defensa Wilson, crecieron en aquel vestuario como cabezas pensantes y tipos de provecho. Ambos cursaron la carrera de derecho cuando dejaron el fútbol y ambos ejercieron la abogacía hasta que algún escándalo les colocó un tachón en sus respectivos expedientes.

Aparte de los dos líderes y los dos universitarios, el grupo tenía a su particular pareja de bromistas. Ellos eran Re Cecconi y Ghedin, auténticos motores del grupo tanto fuera como dentro del terreno de juego, especialmente Re Cecconi, dotado de un especial talento para jugar al fútbol y que, desde el centro del campo, era el auténtico fabricante de sueños de un equipo que, tras los partidos, gustaban de celebrar las victorias probando la calibración de sus armas de fuego. No en vano, gustaban de practicar el tiro al blanco contra farolas o cristales desde las ventanas de sus habitaciones de hotel.

No hubo día para mayor festejo que aquel doce de mayo de 1974. Con el sol presidiendo el cielo de Roma, la Lazio le ganó por un gol a cero al Foggia y se proclamó campeón de la liga italiana por primera vez en su historia. El tanto, anotado por Chinaglia, le dio al delantero su mayor gloria y una fama inusitada que aprovechó para hacer caja y marcharse al Cosmos de Nueva York donde cruzaría sus egos con leyendas del fútbol como Pelé o Beckenbauer.

La marcha de Chinaglia, conocido como Long John por sus compañeros, dejó huérfano a un vestuario que, poco a poco, se fue descomponiendo hasta convertirse en una batalla de egos que terminó por estallar de la peor manera. Aquel grupo, lleno de tipos corruptos y violentos, fue retratado por el periodista Guy Chiappaverti en el libro "Balones y pistolas", donde dijo de ellos que se trataba de "un grupo de locos, salvajes y sentimentales, simpatizantes fascistas, pistoleros y paracaidistas, jugadores de azar y bailarines de club nocturno, con dos vestuarios; quien entraba en la habitación errónea corría el riesgo de encontrarse con la amenaza de una botella rota bajo el cuello”.

Aquella banda de delincuentes, fanáticos, pendencieros y ex combatientes, encabezados por Giorgio Chinaglia, pasó a la historia con el sobrenombre de "El grupo salvaje", y firmó su acta de defunción en un partido frente al Ipswich Town inglés en el que, tras caer goleados, la emprendieron a golpes contra rivales y árbitro para ser duramente sancionados por la Uefa y más duramente reprendidos aún por la opinión pública.

La tragedia alcanzó a aquel grupo de fascistas irredentos el día dieciocho de enero de 1977. Acompañado de su inseparable Ghedin, el "ángel rubio" Luciano Re Cecconi, se propuso gastar una broma a un viejo amigo suyo que regentaba una joyería en el centro de Roma. Ambos, disfrazados de atracadores y portando una pistola de juguete, entraron al establecimiento a voz en grito y simulando un atraco con el fin de asustar al joyero. Pero éste, alertado por los acontecimientos y hastiado por los atracos anteriores, sacó una pistola de verdad que escondía bajo el mostrador y desquebrajó dos tiros, a bocajarro, sobre el cuerpo de un Re Cecconi que se desplomó al suelo mientras exhalaba su último suspiro. La broma macarra se había tornado en tragedia, toda la afición de la Lazio lloró la muerte de su mejor futbolista e Italia entera se conmocionó con un hecho que terminó por poner un sello definitivo a aquel equipo de futbolistas sin arraigo social.

Un año antes, y en plena temporada, había fallecido Tommaso Maestrelli, el padre deportivo de aquel grupo de matones. Tras haber esquivado el quirófano en alguna otra ocasión y obsesionado por no abandonar a su suerte a sus chicos, un cáncer de estómago terminó por retirarlo del fútbol primero y de la vida después. Aquel hecho, unido a la marcha de Chinaglia, terminó por descomponer a aquel equipo inolvidable. Quince años después, y aún con el recuerdo en carne viva, el mediocentro de aquella Lazio, Mario Frustalupi, se dejaba la vida en una curva traicionera a la edad de cuarenta y ocho años.

Tras la muerte de Maestrelli, el equipo que había vivido en una contínua guerra civil, dejó de jugar al fútbol y de enamorar a su afición. Llegaron años grises, en los que la gente solamente se pudo agarrar a los destellos del recién llegado Bruno Giordano (el mismo que años más tarde formaría una dupla inolvidable junto a Maradona en Nápoles) y a la magia apagada del fantasista Vincenzo D'Amico. Ambos terminaron por buscar un retiro más apacible y aquel grito de guerra; "Irriducibili", se fue apagando poco a poco en el vestuario hasta convertirse en el eco añorante de un grupo de ultras que fueron copando el fondo del Estadio Olímpico con el fin de hacer su particular homenaje a aquel equipo de descerebrados haciendo uso de la amenaza, la violencia y la extorsión.

Ellos fueron los que estuvieron detrás de las amenazas a la esposa de Claudio Lotito, presidente de la Lazio en el año 2006, y con las cuales incitaban al dirigente a vender el club a un supuesto grupo inversor húngaro que había puesto mucho interés en la compra del equipo. Lo que la policía terminó descubriendo es que tras aquel grupo fantasma, se encontraba Giorgio Chinaglia, quien se había inventado una oferta para hacerse con el control del club e intentar hacer sus macabros negocios como presidente en un lugar donde sigue siendo un ídolo casi mitificado.

Aparte de aquel número nueve tosco y de malas intenciones, la Lazio contó con su particular antagonista. Se trataba del número tres, Gigi Martini. Un tipo que, en el campo utilizaba los tacos y la fuerza para convertir el carril izquierdo en un campo de minas y que, fuera de él, convirtió en discurso permanente su ideología fascista hasta que, una vez abandonada la práctica del deporte, fue captado por la vida política alcanzando su lugar en un escaño del parlamento italiano como miembro de la Alianza Nacional, un partido de extrema derecha de cuya excisión nació el "Pueblo de la Libertad", liderado por Silvio Berlusconi.

Nadie, ya sea por lo bueno y, sobre todo por lo malo, podrá olvidarse jamás de aquellas dos bandas lideradas por Chinaglia y Martini, de aquella alineación formada por Pulici, Petrelli, Martini, Wilson, Oddi, Manini, Garlaschelli, Re Cecconi, Chinaglia, Frustaluppi y D'Amico, de aquel partido ante el Foggia y de aquella primavera de 1974. Aquel día de mayo, el primer grupo armado de la historia del calcio se proclamó campeón del Scudetto.

lunes, 10 de enero de 2011

Tirar del carro

Existen futbolistas que necesitan pocos partidos para consagrarse y mucho más para ir engrosando su leyenda. Los elitistas de la exigencia, esos que piden más sin saber si ellos mismos son capaces de sobreponerse a su cotidianidad, dicen que a Cristiano Ronaldo le hace falta un gran partido para consagrarse. Los que generalmente reprochan el valor de lo tangible, suelen obviar el precio de las victorias. El chico, más cómodo en los primeros planos que en las actuaciones secundarias, lleva más de cinco años asombrando al mundo con su velocidad de vértigo, su precisión de cirujano y su voracidad de caníbal del césped. Ligas, Copas de Europa y otros trofeos de brillo insigne no sirven a menudo para hacer florecer el genio de quien lleva a cuestas el peso de la ambición. Cristiano, más que títulos, lleva años levantando partidos con la inercia descomunal que le regala su físico y le ordena su orgullo.

Lo de anoche no fue si no un acto más en su costumbrista devenir diario. El Villarreal, un equipo fabricado a base de constancia, criterio y fiabilidad, desarboló al Madrid en una primera parte plena de fútbol. Un despliegue táctico y técnico digno de los mejores equipos del mundo teniendo en cuenta que estaba en el mejor escenario posible. Pero hay pocos grupos de buenos futbolistas, Barcelona aparte, que sean capaces de tumbar a este Madrid de Mourinho. Alcanzado el descuento de la primera parte, y en el típico detalle de equipo en racha, Cristiano anotaba su segundo gol y anulaba el recital amarillo para buscar la caseta en busca de un refuerzo moral con un empate a dos en el marcador.

Lo que aconteció en el segundo acto es más común de un relato de épica militar que de una crónica deportiva. Como si en el vestuario se hubiese tocado a rebato, el Madrid salió con todo a devorar a su rival. El Villarreal, que durante los primeros cuarenta y cinco minutos había desarbolado al Madrid, se veía incapaz de sobrepasar la línea de tres cuartos. Los blancos dieron un paso al frente y se encomendaron al ángel portugués que, un día más, volvió a cargar de oxígeno las bombonas de La Castellana. Porque este Madrid tiene dos buenas puntas de lanza, pero los detalles fastuosos de Ozil y Di María no bastan para derribar un muro, para la cruenta batalla hace falta artillería de primera y allá apareció Ronaldo para destrozar a un equipo que hubo merecido más y se marchó a Castellón con la sensación de haber sido arrollado por un tornado.

El tornado se llama Cristiano Ronaldo, tiene veinticinco años y un lustro por delante al máximo nivel. En el debe, muchos le reprochan no haber ganado aún un partido de los de verdad. En el haber, cuenta con un centenar de batallas ganadas por la mano. Batalla a batalla se gana la guerra, pasará el tiempo y la gente le recordará como aquel tipo que no se cansaba de ganar y en cuya espalda se apoyaban las esperanzas de su equipo. Cuando se apagan las luces, siempre hay un tipo con fuego en el alma dispuesto a alumbrar a su alrededor. Es lo que se llama tirar del carro. Es lo que hace Cristiano con este Madrid.

lunes, 3 de enero de 2011

Ocho minutos y una remontada

El quince de diciembre del año 2001, mientras el invierno atenazaba con sus uñas los parajes españoles y amenazaba con días blancos y hielos de tres meses, la prensa deportiva se hacía eco del runrún que por entonces recorría los despachos de la planta noble del Valencia Club de Fútbol. El equipo, más herido que impetuoso por sus últimos resultados aciagos, visitaba el estadio de Montjuic con la intención de rascar un punto y marcharse a las vacaciones navideñas con la sensación de que aún no estaba todo perdido. Para el consejo de administracion, con Jaime Ortí al frente, los días de Rafael Benítez como entrenador del equipo estaban cumplidos. Se le tendió una envenenada espada de Damocles sobre su cabeza y se le dio un partido más de plazo; o Montjuic o nunca. Y bien que pudo haber sido nunca.

Porque el Espanyol comenzó adelantándose en el marcador con gol de Palencia mediada la primera mitad y, en las postrimerías de la misma, Alex Fernández hizo el dos a cero para desesperación del entrenador madrileño. Benítez, que había llegado a Valencia como el sucesor de Cúper, fue sentenciado en el túnel de vestuarios. En una rápida conversación, los directivos que habían viajado a Barcelona acordaron cesarlo y buscar un nuevo capitán para la nave. Pero resulta que el fútbol también tiene caminos inexcrutables, que los gatos también tienen siete vidas y que la piel del oso no se vende hasta que se caza.

Fueron ocho minutos, los que transcurrieron desde el cincuenta y siete hasta el sesenta y cinco, los que necesitó el Valencia para anotar tres goles y remontar un partido que ya se había dado por perdido. Con el dos a tres final, el Valencia avanzó un puesto en la tabla, los jugadores se fueron de vacaciones conscientes de su valía y Rafa Benítez fue ratificado como entrenador del equipo. Los acuerdos, como los papeles garabateados, se los llevó el viento y el camión de la basura. No hizo falta un nuevo entrenador, ni una nueva reunión del Consejo, ni una nueva portada invocando al pesimismo. Desde esa decimoséptima jornada el Valencia solamente perdió tres partidos más, cantó el alirón en Málaga en la penúltima fecha y se catapultó hacia sus días de vino y rosas. Un par de años después, el equipo celebraba el doblete tras la consecución de la liga y la Copa de la Uefa y un año más tarde Rafa Benítez levantaba la copa de campeón de Europa como entrenador del Liverpool.Entonces ya era un tipo célebre y un entrenador de moda. Su historia había cambiado cuatro años atrás, una noche fría en Barcelona, cuando Rufete e Ilie habían anotado tres goles que habían salvado su pescuezo y catapultado su destino.

lunes, 20 de diciembre de 2010

El principito

Había un tipo con la cadera ancha, las piernas poderosas y una pierna izquierda que era un regalo de los dioses. Solía arrancar desde la línea de tres cuartos y, generalmente, terminaba la aventura en la celebración de sus propios goles. Fue santo en Zaragoza, patrón celeste en Roma y rey neroazurro en Milán. No había medias palabras en su juego, solamente verdades, disparos a la escuadra, redes tambaleantes y carreras inalcanzables.

Parecía físicamente poco dotado pero cuando se le veía parar la pelota era cuando nos dictaba el texto de nuestra equivocación. Muchas veces le admiramos y muchas más veces le consideramos como el tipo con el que siempre habíamos soñado. Después de batir a Urruti con aquel disparo lejano y después de pasear su gloria ante los aplausos sinceros de la afición zaragocista, emigró a Italia para hacer fortuna allá donde los grandes tipos se ganaban el pan, el prestigio y los galones.

Le apodaron "El principito" porque en su tierra ya había un principe. Él no era Francescoli, no tenía su ingenio a la hora de pensar en espacios cortos, la inventiva del pase, la iniciativa del sosiego en el centro del campo. Pero más allá de las comparaciones, el tipo supo hacer fortuna sobre los terrenos de juego. Era más que un centrocampista, era un huracán que arrancaba desde la segunda punta, un torbellino que regateaba en largo y disparaba a los ángulos como un delineante de celebraciones. Han pasado ya algunos años desde que alzó la mano para despedirse y los que le vimos sabemos que resultará muy difícil olvidarse de él.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Vivir en el área

Trece goles en seis partidos de un mundial es una cifra lo suficientemente brillante como para acaparar titulares y tramitar mitologías de records inalcanzables. Cuando Just Fontaine anotó su cuarto gol ante Alemana Federal en el partido por el tercer y cuarto puesto, todo el estadio y parte del mundo se puso de pie para aplaudir una gesta que muchas generaciones seguirán teniendo como auténtica referencia a superar.

El fútbol, en cuanto a concepto, no ha cambiado tanto desde sus orígenes. Una cosa bien distinta es que a medida que los años han ido aportando color le han llenado tanto de miedos que ahora resultaría imposible reconocerlo. Aquel dos-tres-cinco de los cincuenta no es más que una involución del cuatro-cuatro-dos, bien amarradito, que tanto gusta a los catedráticos de la actualidad.

Entonces, más que ahora, como había cinco tipos que se empeñaban en filtrar huecos por cualquier defensa, siempre había uno de ellos que podía permitirse el lujo de vivir en el área. Generalmente vestía el número nueve y estaba flanqueado, desde atrás, por los dos armadores del juego, el ocho y el diez.

El número diez de la Francia que jugó en Suecia en 1958 era Raymond Kopa. Un genio bajito, apodado Napoleón, que fue designado mejor futbolista del mundial que descubrió a Pelé. Kopa era un delantero fino, de velocidad endiablada y regate letal que gustaba más de regalar goles que de celebrar los suyos propios.

Y el número nueve era Just Fontaine. En una época, la actual, en la que nos hemos acostumbrado a delanteros que deben defender como centrales y combinar como centrocampistas, resultaría difícil asimilar a un tipo que cuanto más se alejaba de la jugada más problemas provocaba en el equipo contrario.

Fontaine, marroquí de nacimiento y francés de corazón, jugó siete temporadas a primer nivel antes de que un jugador del Sochaux le rompiese la tibia y el peroné. Tenía entonces veintisiete años, había jugado doscientos partidos en la liga francesa y había anotado ciento sesenta y un goles. Cuando quiso regresar, un par de años más tarde, su pierna le dijo basta y volvió a quebrarse para obligarle a decir adiós.

Fue una dolorosa despedida para un tipo que jugó un fútol sin ambages, que fue ídolo en Francia y temido en el extranjero. Un genio del gol que perdió su particular final contra el Madrid de la época, igual que lo había hecho su amigo Kopa o igual que lo harían artistas de la talla de Schiaffino o Julinho. Fontaine, igual que ellos, tuvo la oportunidad de lucirse ante el universo en un campeonato mundial. Y vaya si lo hizo. Trece goles en seis partidos. Todo ello sin salir apenas del área. El fútbol no miente; quien no sabe defender no busca el balón, quien no sabe combinar no interceden en la jugada, quien sabe marcar goles vive siempre cerca del área.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Jugar en el Ajax

Hasta aquel día nunca había conseguido disputar un solo minuto con la camiseta del Ajax, y él siempre había deseado jugar al fútbol vistiendo la camiseta del Ajax.

Jugador rápido, eléctrico y de débil aspecto, había recorrido el mundo pegado a un balón y cociendo en sus instintos un único deseo; jugar en el Ajax. Había nacido en Walkenburg, una pequeña ciudad al norte de Holanda donde cada chiquillo tenía su sueño personal. Muchos pedaleaban a toda pastilla por las sinuosas calles soñando con correr algún día el Tour de Francia, otros patinaban sobre el hielo deseando ser artistas sobre dos cuchillas, otros palmeaban la pelota buscando en el volley una vía de salvación y él, Richard Van Buyten, siempre había soñado con ser futbolista y ganar títulos vistiendo la camiseta del Ajax.

Ahora que contaba con treinta y dos años y echaba la vista atrás para rememorar todas sus patadas, solamente sentía un pequeño escozor en el alma y ese era el no haber podido jugar nunca en el Ajax.

El Ajax. Recordó la primera vez que vio un partido del fútbol. Corría el año mil novecientos ochenta y un joven talento deslumbraba sus ilusiones; se llamaba Marco Van Basten y anotaba goles como quien recita versos. Siempre quiso ser como él; fuerte, ágil, hábil y oportunista, el típico fruto de la cantera de un club que había hecho de sus jóvenes talentos una pura filosofía de vida. El Ajax era algo así como la majestad del fútbol, por más que perdiese patrimonios nunca iba a rechazar a la máxima consigna, aquella misma que le había llevado a lo más alto y que lo había situado como un ejemplo a imitar en el universo del deporte; jugar al fútbol.

Jugar al fútbol no significaba en el Ajax un regreso a la tradición de golpe y tentetieso; el fútbol en el Ajax significaba balón. Balón, balón y balón. Circulación, desmarque y gol. Y todas aquellas consignas habían situado el amor por el fútbol del pequeño Richard Van Buyten en lo más alto de su escala de valores. El fútbol, el balón y Marco Van Basten.

Nunca pudo adquirir las mejores características del gran delantero que hizo del Milan el mejor equipo del mundo, pero sí alcanzó condiciones óptimas para convertirse en un buen jugador de fútbol. E hizo carrera. Desde pequeño realizó multitud de pruebas y multitud de veces ofreció sus servicios al club de Ámsterdam, pero nunca había conseguido vestir aquella camiseta en la que el rojo y el blanco se combinaban para dar un aspecto de solemnidad total. Unas veces por falta de condiciones y otras veces por exceso de talentos, siempre se había visto fuera de su gran sueño.

Pero nunca desistió en su empeño de ser futbolista, el Ajax siempre estaría en la recámara pero el balón nunca le daría oportunidades de regresar si lo abandonaba por el mero ejercicio de la frustración. Y así, tras pasar por las categorías inferiores del Feyenoord, el gran rival del equipo de sus amores, consiguió debutar al fin en la primera división holandesa vistiendo los colores del Utrech cuando contaba tan sólo con diecisiete años. Pensándolo irónicamente, aquel dato significaba que llevaba media vida jugando profesionalmente al fútbol, media vida gastada buscando un sueño. No pudo sino sonreír. Tampoco le había ido tan mal.

Su primera temporada había sido excelente. Había jugado veinticinco partidos, catorce de ellos completos y había anotado doce goles. No era Van Basten, no tenía sus condiciones y ni siquiera jugaba como delantero centro. Era más bien un segundo punta, un jugador de compañía, de fácil regate y un interesante punto de velocidad. Aprendió a usar la cabeza antes que los pies y supo así que para marcar un gol primero es imprescindible desmarcarse y que para avanzar, a veces, un solo toque elimina a más rivales que un par de quiebros. Rápidamente interesó a todos, pero el Ajax nunca quiso mover ficha por él.

En su segunda temporada con el Utrech no cumplió con las expectativas que se habían generado en torno a su figura de joven promesa. Comenzó de titular y acabó defenestrado. Superado por la presión y agotado por las alabanzas sus dieciséis partidos como titular y sus doce como suplente acabaron con la pírrica cifra de un único gol marcado a la desesperada y a puerta vacía.

Un frío vacío comenzó a inundar sus ánimos y se replanteó seriamente la idea de seguir jugando al fútbol. Fue cedido a un mísero equipo de la segunda división holandesa donde no cabía ni su talento ni sus posturas de jugador enclenque. Tuvo que luchar contra la dureza, la adversidad y contra la realidad, aquella que le escribía en renglones de oro que su sueño de vestir la camiseta del Ajax se estaba rompiendo para siempre.

La segunda división defenestró sus inquietudes y le convirtió en un joven huraño en busca de su título personal. El Utrech rompió su contrato y un jugador rival estuvo a punto de romper sus ilusiones para siempre. En aquel momento era un simple jornalero del fútbol que gastaba sus mejores momentos jugando partidos de competiciones regionales. Quebraba a los rivales con los mismos escrúpulos que la vida había tenido en él en cada uno de sus quiebros. En uno de ellos y mientras avanzaba frenéticamente hacia la portería rival, un defensa de aspecto rudo y cercano a los cien kilos de peso se había lanzado con violencia buscando el balón y encontrando su pierna por el camino. El diagnóstico reflejaba rotura de tibia y peroné y el tiempo le convertía, a sus veinte años, en una vieja gloria con inexistentes sueños de grandeza.

Aprendió a soñar despierto y a conformarse con haber podido ser alguien. Disfrutó con los partidos del Ajax pegado a su televisor y agarrado a sus sueños de niñez, y se convirtió en un aficionado más de la máquina de Ámsterdam.

Nunca dejó de amar al fútbol pero aprendió a convencerse que nunca volvería a ser lo poco que fue. Superó la lesión y se apartó del balón. Habían pasado cinco años desde que debutara por vez primera en la primera división holandesa y ya se había convertido en un ex futbolista. Emigró a Ámsterdam y encontró un trabajo en un comercio de ropa. Comenzó a asistir al Louis de Knuip cada vez que el Ajax disputaba un partido como local y aprendió de cerca los mejores conceptos del fútbol; la presión, el toque, el desmarque y el gol. El fútbol, en el Ajax, se convertía en un ejercicio facilísimo.

Nunca podría olvidar una templada tarde de septiembre de mil novecientos noventa y cinco; tenía veintidós años, toda una vida por delante y un montón de sueños incumplidos amén de los millones de sueños que le quedaban aún por cumplir. Sintió pronunciar su nombre tras él y se giró para descubrir quien era el artífice de aquella llamada de atención. De jugador de fútbol célebre en su ciudad se había convertido en un ciudadano anónimo en Ámsterdam y era por ello que sentía extrañeza por haber sido reconocido por un extraño. El hombre tenía aspecto de bonachón. Fumaba un habano de tamaño considerable y sonreía a medida que acompañaba el movimiento de su prominente barriga. Su cabello, totalmente blanco, le daba un aspecto de hombre interesante y su voz, firme y convincente, le convertía, a primera vista, en un personaje bastante fiable. Se llamaba Antoine Regard y hablaba con un pronunciado acento francés. Le contó sus recuerdos y sus propósitos. Le habían encandilado aquellos partidos de Richard con el Utrech y le había reconocido minutos antes entre la estremecida afición que poblaba las gradas del estado del Ajax de Ámsterdam. Se había hecho con el poder de un club de la segunda división suiza y buscaba talentos para situarlo en lo más alto de las clasificaciones de aquel país. Le prometió fútbol, dinero y respeto y aquellas promesas hicieron reverdecer en él viejos laureles. Se estrecharon la mano y se citaron para dos días después en un pequeño despacho situado en un céntrico edificio de Ámsterdam.

Firmó un nuevo contrato y abandonó su vida sedentaria; volvía a ser un nómada del balón. Durante aquellos largos meses de reflexión había aprendido de la vida tanto como del fútbol. Estaba cerca de cumplir los veintitrés años cuando vistió por vez primera los colores del Thun suizo. Hizo un partido memorable. Volvió a sentir como sus pelos se erizaban al tiempo que las gradas coreaban su nombre vistiendo su ánimo de pura ilusión. Hizo tantos goles como partidos disputó aquella temporada, en total veintiocho, por primera vez en su vida se sintió futbolista de verdad y fue consciente por vez primera de las enormes consecuencias de su talento. El Thun ascendió a la primera división del fútbol suizo y dos temporadas, un título y cuarenta y nueve goles después fue vendido por tres millones de libras al Liverpool inglés.

Jugar en un grande no pudo con sus ánimos de jugador inquieto. Ya había aprendido que fracasar es sólo para los tímidos así que se propuso ser líder en Liverpool, en Inglaterra y en el mundo entero. Tres años en el Liverpool le convirtieron en el mejor jugador de la Premier League y en un fijo en las convocatorias del seleccionador holandés. Se había convertido en un jugador grande en el terreno y admirado fuera de él. Nunca perdió la humildad que aprendió mientras se arrepentía de sus egos pasados postrado en un sillón y con su pierna derecha cubierta por una escayola. Pero tampoco volvió a arrojar su toalla al precipicio de los cobardes. Cada partido jugado se convertía en un signo de admiración y cada gol era festejado como el último y recordado como el primero.

Aprendió a ser un ídolo y se comportó como tal, recibió multitud de ofertas y aunque su reojo siempre miraba al remitente antes de rechazar cualquier propuesta, siempre sintió deseos de ser pretendido por una vez en la vida por el Ajax de Ámsterdam, el mismo club con el que aprendió a amar el fútbol hacía ya más de veinte años.

Tres años, dos títulos y noventa y ocho goles después de fichar por el Liverpool, abandonaba Inglaterra para fichar por el Real Madrid. Después de haber sido alzado a la categoría de ídolo por parte de los hinchas “reds”, subía un peldaño más en su ascenso hacia la gloria fichando por el club más importante del mundo. Atrás quedaban las desdichas, los triunfos y los goles, atrás quedaban sus sueños de grandeza vistiendo la equipación del Ajax y frente a él se presentaban los últimos años de su carrera formando parte de la historia del mejor club de todos los tiempos.

Su llegada a Madrid estuvo bendecida por un halo de entusiasmo. En el club merengue se le esperaba como el agua del mes de mayo como el engranaje perfecto para una máquina a pleno funcionamiento. No le resultó demasiado fácil adaptarse a su nueva situación en la que el compromiso con la victoria iba más allá de un simple reto. Hubo de soportar unas semanas de banquillo que acicatearon en parte sus humos; no había llegado tan lejos como para rendirse a las primeras de cambio, así que no cambió ni un ápice su fórmula del éxito: constancia, trabajo, ilusión y unas gotas de demagogia. Nada mejor para levantar a un público acostumbrado a lo más grande.

Richard Van Buyten jugó por vez primera como titular vistiendo la camiseta del Real Madrid en el Nou Camp de Barcelona el cuatro de noviembre del año dos mil y aquella misma noche salió aclamado por la prensa como el mejor jugador del mundo. Su exquisita aportación y sus ganas de triunfar hicieron una parte, su talento inmenso y sus dos goles anotados hicieron el resto. A nadie le quedó una ínfima duda de la realidad; rendirse a su talento o morir.

Con la camiseta del Real Madrid alcanzó sus cotas más altas. Lo ganó todo y se hizo con el balón de oro, un premio que le reconfortó tanto que por instantes creyó verse libre de su gran sueño y que seguía siendo el de jugar en el Ajax.

Sumo tantas temporadas como títulos jugando en el Real Madrid, un total de cuatro, en las que sumó doscientos cuatro partidos y ciento doce goles. Se convirtió en un mito, en un ídolo y en la personificación de los premios de la vida a quien busca la fortuna detrás de cada esquina.

Pero nunca olvidaría la tarde del veintiuno de marzo de dos mil cuatro. El Bernabéu, colosal y mágico, como de costumbre, estaba a rebosar. Se jugaba un partido clave de cara a afrontar las verdaderas aspiraciones hacia el título y sus quiebros tenían emocionados a los más de setenta mil espectadores que abarrotaban las gradas, sus intenciones eran las más directas y sus genialidades se estaban convirtiendo en películas de las mejores memorias. Pero olvidó, por un instante, que el hombre, como ser tozudo y despistado, es el único ser vivo que tropieza dos veces con la misma piedra y así, olvidó que quien entra con quietud puede entrar también con violencia si el respeto y la furia se descontrolan por completo. Así, incapaz de ver al defensa central que aparecía desde su flanco izquierdo, hizo amago de continuar y frenó buscando a un compañero a quien regalarle la delicia del gol, pero lo único que halló fue una dura patada que lo mandaba para varios meses a la enfermería. De nuevo, la misma tibia y el mismo peroné se rompían para ofrecer una imagen macabra y dolorosa, un gesto torcido por el dolor y una baja que significaba un adiós casi definitivo a la temporada.

Como ya se había olvidado de llorar decidió sonreír, al fin y al cabo, la vida le había llegado a tratar mucho peor de lo que lo estaba haciendo entonces. Regresó a su país y tomó con calma su recuperación. Al contrario de lo que se hubiese podido esperar, su equipo no le echó de menos. Quizá había llegado la hora de ceder su lugar a nuevas hornadas y dar la razón a todos aquellos que auspiciaban el fin de su carrera. Hacía ya unos meses que venía sintiéndose más lento y más pesado, con menos brillo y más peso, con menos ganas y más canas en el pelo. Debía de ser verdad aquello de que se estaba haciendo viejo.

En Holanda, mientras sus huesos soldaban y su corazón recuperaba la monotonía, volvió a sentir de cerca el cariño de sus seres más queridos, volvió a pasear por las calles que le habían acogido durante los peores días de su juventud, volvió a respirar el aire frío que tanto añoraba y volvió a ver al Ajax.

Primero fue una visita por compromiso, después fue una visita por curiosidad y por último, pisar las gradas del Ámsterdam Arena, el nuevo estado del Ajax, cada dos semanas, se había convertido en poco más que una obligación. Sintió como un profundo ánimo abrigaba su corazón y sintió, por enésima vez en su vida, la eterna nostalgia que producía el único gran deseo que jamás consiguió hacer realidad en su vida; jugar al fútbol con la camiseta del Ajax.

Él, que había nacido una tarde de mayo de mil novecientos setenta y tres, cuando el Ajax levantaba su tercera Copa de Europa, y que siempre se había sentido ligado, por entusiasmo, concordancia y obligación a la filosofía futbolística del mejor club de Holanda, estaba a punto de poner fin a su carrera como futbolista sin llegar a vestir los colores que siempre amó. Parecía insólito, pero una solitaria lágrima resbaló por su mejilla y le hizo añorar todo aquello por lo que luchó de niño; había alcanzado todos sus sueños, pero por más que intentó cabalgar las bandas del Ámsterdam Arena vistiendo la camiseta del Ajax, nunca había conseguido más que vestir aquella camiseta en algún partido de patio de colegio o en algún paseo por un parque o una playa, añorando y, por otra parte, consiguiendo, sueños de grandeza.

Volvió al fútbol y regresó a un Bernabéu repleto. Pronto se notó que Richard Van Buyten no era el jugador energético que dejó el estadio en camilla por última vez hacía más de seis meses. Sus piernas añoraban sus mejores tiempos y su cabeza añoraba los tranquilos paseos por las calles de Ámsterdam. Era posible que se estuviese convirtiendo en esclavo de sus propios sueños. Sintió por vez primera la dureza del Bernabéu en forma de silbidos una noche de diciembre de dos mil cuatro, la misma noche en la que hizo la maleta para irse y no regresar jamás. Estaba cansado de fútbol, de viajar y de sobrevivir corriendo, driblando y chutando. Sintió deseos de obtener oxígeno y replanteó todas sus dudas en apenas cinco minutos. Dos días después le estaba diciendo adiós al Real Madrid con su carta de libertad en la mano y apenas una hora después toda la ciudad añoraba la marcha de quien, durante cuatro temporadas había sido un ídolo, un ejemplo y un cúmulo de talento irrepetible. Los que le habían aplaudido lloraban por fuera y los que le habían silbado lloraban por dentro, arrepintiéndose de sus actos y pidiendo al cielo de la gloria el perdón inmediato a todos sus pecados.

Pero nadie era el culpable de aquella despedida. Richard necesitaba un espacio para acomodar sus ideas y aquel estaba lejos de los terrenos de juego. Regresó a Ámsterdam y adquirió una bonita casa en el centro. Adquirió nuevas costumbres y no olvidó ninguna de sus costumbres anteriores, sobre todo, la de ir a animar al Ajax cada dos domingos, a las gradas del Ámsterdam Arena.

Dos meses después volvía a saltar a los terrenos de juego. Había cuajado una rápida negociación. Una llamada, docenas de lágrimas y una sonrisa que ya nunca se iba a borrar de su rostro. El veinte de febrero de dos mil cinco, Richard Van Buyten volvía al fútbol, a su infancia y a sus mejores galas debutando como jugador del Ajax en el Ámsterdam Arena.

Sonrió de nuevo. Le había costado treinta y dos años alcanzar su mayor sueño. De nuevo vestido de corto y con varias canas decorando su cabello jugó a recordar y volvió a sonreír. Sonrió por haber logrado ser quien era, pero sobre todo sonrió por la seguridad que le daba el saber que por primera vez en su vida estaba a punto de jugar de verdad al fútbol.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La temporada en dos meses

Resulta un tanto curioso analizar la zona crucial de la temporada de un equipo extrapolándola a la mitad de la temporada. Cuando aún faltan más de cinco meses para que los campeones salgan a pasear sus copas por su ciudad, hay equipos que, por no haber sabido sumar correctamente una suma de dos más dos ahora se ven abocados a una reválida de medio curso. En los exámenes de invierno se juega el Atleti gran parte de su ser o no ser de cara a la colección primavera-verano del próximo año.

En unas horas, cuando el tímido sol, que durante estos días está alumbrando Madrid con remilgos, se ponga, el estadio Calderón volverá a acoger un partido de esos que de pronóstico tan monótono no terminan de rezumar la verdadera importancia que conllevan. De no ganar al Aris, el equipo se verá abocado a un milagro en tierras alemanas y a un cara a cara aterrador ante un equipo que hoy se juega media vida en Noruega. Si el Atleti resultara eliminado tan pronto de la Europa League, miles de los corazones que durante el pasado mes de mayo latieron de exaltación, se verían apagados como una estrella que pierde su Navidad.

En el periodo de seis semanas, mientras la nieve vaya condicionando los terrenos de juego y los ánimos se vayan congelando poco a poco a medida que la cuesta de enero vaya haciendo estragos en el ánimo de cada voz, el equipo se jugará el resto en un fin de primera vuelta que, a priori, le tiene reservado lo más fácil del calendario. No resulta sencillo hacer pronósticos de un equipo que ya ha pasado por el tamiz de los más poderosos de nuestra liga; después de morder el polvo en Sevilla, Madrid y Villarreal y apurar un punto en Valencia, se espera al equipo que ganó en San Mamés y Anoeta para visitar los estadios de Levante, Málaga y Hércules. Cualquiera sabe. Si el Atleti pierde la comba de los puestos de Champions antes de que empiece la segunda vuelta, muchas de las esperanzas que en verano eran fundadas, se convertirán en desazón amarga y coloquios destructivos. Como casi todos los años.

Dentro de unas semanas, cuando las fiestas de diciembre sean un motivo para el recuerdo más que una espera para la reunión familiar de cada año, la Copa del Rey, ese precioso torneo tan denostado por la RFEF, alzará su telón definitivo para aclarar el camino de la final con unas eliminatorias finales de lo más llamativas. Como el fútbol siempre da una oportunidad para redimir las afrentas, el Atleti recibirá al Espanyol con vistas a enfrentarse al Real Madrid si es que termina pasando la eliminatoria. Convendría no pensar en el siguiente cruce antes de haber recorrido el primer tramo del camino. El Espanyol ha demostrado hace bien poco que le hace falta muy poquita motivación para morder sin piedad y la gente del Atleti, aunque sigan teniendo en la memoria aquellas finales de Copa que le encendieron el alma, hará bien en tomarse la eliminatoria de octavos como una final contra el destino. Si el Atleti cayase ante el Espanyol antes de creer demostrar lo que podría ser capaz de hacer ante el vecino, muchas de las apuestas que hoy siguen pendientes de un hilo se desplomarían a un abismo de incertidumbre.

Dos meses para jugar diez partidos, diez partidos para jugarse una temporada, una temporada de color incierto, un año más agarrándose a las urgencias. Si el tren descarrila en este tramo no habrá medidas de salvación que mejoren a este enfermo. Hagan juego, señores. En sus pies queda el destino.