jueves, 22 de octubre de 2020

Segundas partes

La temporada anterior había sido extraordinaria y Paco Roig estaba crecido porque se creía en posesión

de un equipazo y porque, además, tenía la caja llena de billetes después de que el Madrid abonase la cláusula de Mijatovic. Así que el mensaje fue claro: "Voy a fichar a Romario".

El capricho de Paco Roig con Romario venía de atrás. Cuando era directivo de la junta de Arturo Tuzón, Guus Hiddink, entrenador fichado por el Valencia después de hacer campeón de Europa al PSV Eindhoven, le habló de la magia del brasileño al que había entrenado un año. "Con él, seríamos los mejores". Pero el PSV pidió mucho dinero y Romario terminó jugando en el Barça en la temporada en la que todos abrimos la boca por el asombro y el brasileño ganó Liga, Pichichi y Mundial.

La suerte, para Roig, es que Romario se hinchó de éxito y pensó que qué mejor lugar que Brasil para jugar a ser idolatrado. Así que regresó a la patria, disfrutó la noche, el carnaval y la vida; jugó sus pachangas de playa, tomó sus baños de sol y, sobre todo, se ahogó en sus propios baños de gloria. Así que cuando ya había recibido su ración de protagonismo, escuchó la llamada que venía de España y se preguntó ¿Por qué no?

El problema es que el Romario que llegó a Valencia estaba henchido de éxito y hambriento de sí mismo. La noche, en Valencia, es un paraíso que explorar hora a hora, día a día. Sus entrenos eran flojos, sus partidos estaban marcados por la desgana y sus cifras no empezaron a ser las que esperaba. Tan sólo dos meses después, y tras haber roto su relación con Luis Aragonés, Romario estaba pidiendo de rodillas volver a Brasil y regresar al lugar donde todo el mundo le paraba por la calle para darle las gracias en lugar de hacerlo para tirarle un reproche.

El Valencia al que llegó Romario había quedado a medio construir. Tras el exitoso segundo puesto del año anterior, el equipo se quedó sin Mijatovic arriba y sin Mazinho y Arroyo en el medio, que era como si a un dique le abres una brecha de agua. Llegadas las dudas y ante la falta de compromiso, Luis, primero desechó al jugador y luego desechó su plaza. En dos meses, el Valencia no tenía ni a Romario ni a Luis ni siquiera una pequeña aspiración para para volver a repetir su extraordinaria liga anterior. De esta forma el equipo se fue hundiendo en la mediocridad hasta que, en el verano siguiente, Valdano le pidió al presidente Roig que le volviese a traer a aquel jugador de dibujos animados.

Pero lo que pudo haber sido una bonita historia de amor se convirtió en una pesadilla, para Romario primero y para Valdano después. Una inoportuna lesión en pretemporada dejó al brasileño en la enfermería y al equipo huérfano de espontaneidad. Cegado por las dudas y el miedo, el Valencia fue cayendo en picado hasta que Valdano fue destituido después de cometer una boutade en Santander. Cuando Romario se recuperó, el tipo que había en el banquillo era Claudio Ranieri que, ni creía en él ni estaba dispuesto a esperarle. Así pues, tras jugar tan sólo doce partidos oficiales en los que anotó cinco goles, Romario se marchó del Valencia por la puerta de atrás y esta vez lo hizo para no volver. Tras de sí dejaba la estela de un tipo cuyo recuerdo había marcado la adolescencia de miles de aficionados y cuyo crepúsculo se iba a pintar de verde y amarillo en un Brasil que siempre le esperó y siempre le idolatró.



martes, 13 de octubre de 2020

Oro, plata y bronce

La carrera por ser el mejor destapa todo tipo de filias pero, sobre todo, destapa todo tipo de fobias. Siempre hay que posicionarse porque si no lo haces eres un simple tibio o un simple ignorante, pero si lo haces, has de saber que si tienes un elegido, automáticamente estás despreciando a los demás, porque así se mueven ellos, sólo les vale su punto de vista y este, generalmente, está siempre relacionado al color de la camiseta por la que tifan.

Durante varias temporadas hemos disfrutado, en exclusiva, del show interminable de los dos tipos que han devorado las estadísticas del fútbol mundial. Los que se alineaban con Messi por estética eran reprendidos por los fans de Cristiano, quienes, estadísticas en mano, machacaban cualquier intento de defensa de La Pulga. Los que, sin embargo, optaban por admirar a Cristiano por encima del resto, eran considerados unos ineptos. En lugar de alabar las virtudes se dedicaban a destacar los defectos; no gana nada con su selección, sólo mete goles de penalti, no es nadie sin Xavi e Iniesta, sólo sabe empujar balones. Y así, mientras el tiempo devoraba a sus ídolos, se fueron haciendo daño por dentro sin terminar de disfrutar a dos jugadores que jamás volverán a ver.

Para poder meter en el juego a un tercero en discordia y poder, al mismo tiempo, lanzarle al abismo de lo inasumible, el factor mediático se sacó a un Griezmann de la cartera después de que Simeone le hiciese rendir por encima de sus posibilidades. Que aquello era más trabajo de un técnico y exceso de confianza de un jugador, más que talento puro por el juego, se demostró el día en el que el francés dejó Madrid para convertirse en siete de copas de una baraja sin ases. En ese momento, juguete roto por la inmediatez del relato, pasó a convertirse en comparsa de tipos que buscaban a alguien nuevo a quien engrandecer. Con Cristiano fuera del Madrid, Griezmann fuera de juego y Messi fuera de forma, tocaba reinventar el cuento y encontrar nuevas piezas para componer su nuevo podio en el olimpo de los dioses.

Para el reparto de medallas, han fabricado tres ídolos de metal que, en apariencia parecen sólidos y que sólo el tiempo será capaz de dilucidar si son de cartón piedra y terminan abandonados en el basurero del olvido. En el Barcelona asombra Ansu Fati, un príncipe de ébano que aprende a mil por hora y ejecuta sin miedo al vértigo; sabe jugar al espacio y sabe jugar con el espacio, tiene gol, verticalidad y ese toque mágico de los llamados a marcar época. En el Atlético se frotan los ojos cada vez que Joao Félix se apunta al festival del fútbol; mermado por la irregularidad, su juego es tan sencillo que sólo necesita recurrir a la visión de juego para fabricar caramelos en sociedad. En el Madrid, por su parte, siguen incidiendo en la capacidad de desarrollo de Vinicius; un tipo que ha convertido el regate en razón de ser y que, si termina encontrando el gol, gobernará partidos con la camiseta más importante de la historia, lo que no es poca razón de ser.

De tal manera se presenta el podio de lo que puede ser y quizá no sea, porque más allá de lo nuestro no nos interesa nada; no queremos M'bappe, Halaand o De Bruyne que estropee nuestro relato. La Liga necesita vender un producto devaluado y, para ello, centra sus esfuerzos en tres adolescentes con pinta de cañón y pólvora dispuesta. De los tres, Félix saldrá por patas en cuanto el Atleti huela el negocio y Mendes dicte ordeno y mando, pero Fati y Vinicius querrán mantener un mano a mano que volverá a dividir a un país, a dos aficiones y, sobre todo, a una parte de la prensa que está deseando volver a fabricar una trinchera. Ya saben, o conmigo o contra mí, nada de con ambos a la vez.

martes, 6 de octubre de 2020

Carta de presentación

El Betis de Serra Ferrer era un equipo serio, que gustaba de juntarse en línea de tres cuartos y esperar el error para tirar contragolpes certeros. Para ello contaba con tipos como Jarni, Alfonso o Cañas, los encargados de meter el balón en el área para que Pier se gustase con su ritual de remates. Poco a poco se fue fraguando en un equipo fiable, incluso llegó a incorporar a Finidi y, con constancia y contragolpe, se plantó, por pleno derecho, en la final de la Copa del Rey de 1997.

Una temporada antes de fraguar aquel maravilloso equipo que quedó cuarto, empatado a puntos con el Súper Dépor de Rivaldo, y que se paseó en el Pizjuán con un memorable cero a tres que aún rechina en la memoria, el Betis quiso soñar en alto después de alcanzar la tercera ronda de la Copa de la Uefa, ganando con autoridad a equipos tan notables como Fenerbahce y Kaiserslautern. El rival, en la siguiente ronda, era el Girondins de Burdeos francés, que había ganado un puesto en la competición vía Copa Intertoto.

Los franceses había eliminado, con algunos apuros, al Vardar de Macedonia y al Rótor de Volgogrado, por lo que no se veía un rival importante para el Betis, pero lo que se encontraron lo sevillanos en Burdeos, el día veintiuno de noviembre, fue un equipo que mordía, que volaba, que combinaba con precisión. Dos a cero final y la sensación de que el resultado había sido hasta corto.  El Girondins de repente, era un equipo serio, un equipo fiable. Y lo era gracias a ese jugador con aspecto encorvado y calva incipiente que bailaba con la pelota y no daba un pase malo. Las cámaras le enchufaron media docena de veces, el locutor le llamaba Zinedine Zidane.

Todas las aspiraciones de remontada se le esfumaron al Betis en el minuto siete del partido de vuelta. Allí, un balón suelto, cayó a la espalda de la línea de flotación y, como un ángel caído, apareció Zidane para pegarla con la zurda con toda su alma. Parecía una locura, y así lo exclamaron todos, pero el balón bajó con nieve y, cuando menos se lo esperaba, Pedro Jaro lo vio dentro de su portería. Aquel gol, aquel zapatazo imposible desde el centro del campo, con su pierna mala, fue la carta de presentación de Zinedine Zidane. Quienes vimos aquel partido ni olvidamos su nombre ni olvidamos su juego. El Girondins avanzó hasta la final que terminó perdiendo contra el Bayern en la tanda de penaltis. De cara a la historia dio igual, aquel equipo había ganado un jugador de leyenda. El tipo que, dos años y medio más tarde, le daría a Francia la mayor conquista de su historia.



viernes, 2 de octubre de 2020

Escuela andaluza

Tuvo siempre algo de arte irreverente la manera que tenían los andaluces de entender el fútbol. Más allá

de la competición, mostraban una especial atención a aquellos detalles que les permitían mostrarse como tipos diferentes, esa vena artística que provocaba que, las miradas, más que al tendido, fuesen directas hacia ellos. Con esa manera tan especial de entender el juego; siempre a uno o dos toques, siempre con finura en el desplazamiento, con elegancia en la conducción y maestría en el regate, hicieron fortuna en la liga un puñado de futbolistas que, si no se retiraron como los mejores, al menos dejaron un poso de inolvidabilidad en el seno de su afición.

Jugadores tan variopintos como Juan Arza, Francisco, Del Sol, Joaquín, Kiko, Juanito o, más recientemente, Isco, la escuela andaluza demostraba los altos vuelos de sus futbolistas que, más allá de las críticas por su mayor o menor compromiso físico, mostraron siempre una pasión extra por el compromiso artístico. Solamente hace falta ir a la hemeroteca para disfrutar de verdaderas obras de arte o, quizá, solamente haga falta acudir a la memoria para relamernos, una vez más, con aquellos instantes precisos que marcaron momentos de nuestra vida.

Un escalón por debajo, pero con todas las pretensiones aún intactas, se encuentra el sevillano José Campaña. En la edad de maduración perfecta y después de haber conocido las vicisitudes más cruentas del fútbol, aquellas que te convierten en mercancía antes que en persona, Campaña se ha consolidado como el eje guía de un Levante que gusta de jugar al fútbol y se pone al servicio de los detalles de su futbolista más talentoso.

Campaña maneja la pierna izquierda con soltura, juega sin alardes y, sobre todo, entiende el juego de manera conceptual. Aparte, tiene esos detalles de distinción que tan famosos hicieron a sus predecesores y que tan buenos resultados ha dado en el barrio de Orriols. Allí ha encontrado el lugar que necesitaba para demostrar su fútbol y, después de haber sido rebotado desde los infiernos y de haber tragado todo el polvo del camino, ha llegado al momento en el que puede sentirse dueño de su destino. Quedan tres días para que se cierre el mercado y el Sevilla quiere a su hijo pródigo de vuelta. Si se da, el cuadro andaluz gana la dosis de talento que perdió con Banega, si no se da, el Levante mantendrá su idea de fútbol vertiginoso empujado por el ideario de José Campaña.

martes, 29 de septiembre de 2020

El rugido del león

Nos habíamos visto más de una vez en una situación así. Nos habíamos confabulado, en momentos como aquel, en alguna otra ocasión, cruzando los dedos y dejando que las palabras saliesen de nuestros labios, bien en forma de susurro, bien en forma de desahogo, con el fin de que el deseo, el rezo o la exigencia, fuese capaz de derrotar al estado de nervios que nos aferraba el alma. No era la primera vez que jugábamos unos octavos de final, pero sí era la primera vez que los jugábamos con la sensación de sentirnos, esta vez sí, favoritos de verdad a la victoria final.

Pero todo recorrido tiene un proceso, unas estaciones donde detenerse, un lugar, cada vez más complejo, donde poder sentirse capaz de todo. Y aquella parada de cuartos, en el estadio de Ciudad del Cabo, nos enfrentaría a la Portugal del sempiterno Cristiano y los fantasmas pasados. Seis años antes, en nuestra anterior confrontación, los portugueses nos dieron un zarpazo en nombre de Nuno Gomes y nos mandaron a casa con la primera fase pendiente de aprobar y la vergüenza pendiente de ser rescatada. No debía pasar lo mismo. No debíamos dejar que ocurriese.

Para eso teníamos el balón, el mejor amigo de un grupo de chicos al que le encantaba tratar la pelota como si de un regalo se tratase, como si fuese un peluche al que quisieran acariciar todo el tiempo. Iban a necesitar paciencia y precisión, porque los portugueses, Cristiano aparte, eran rocosos y rápidos a la contra. Llevaban catorce partidos invictos, muchos de ellos sin encajar gol, con una primera fase irregular en la que se habían cruzado con Brasil. Mientras, nosotros, habíamos sufrido como perros para pasar de grupo, finalmente contra primeros, después de perder el primera partido contra Suiza y terminar pasteleando el resultado frente a Chile.

La oportunidad, una vez más, fue para Fernando Torres, quien, tras recuperarse de forma exprés de una lesión de rodilla mediada la temporada, había llegado al mundial falto de condición física o falto de movilidad articular. Aún así, sus ganas y su hambre habían sido tan tenidas en cuenta por Del Bosque que, por tercer partido consecutivo, le ofrecía la oportunidad de disputar el encuentro desde el principio, y, aunque tuvo un par de buenos disparos en los primeros minutos, su halo se fue apagando poco a poco a medida que la intensidad del partido subía y los portugueses incomodaban a España en la zona ancha.

Tal era la situación de espesura mental que llegarona agradecer la llegada del descanso. Para entonces, Casillas ya había hecho tres paradas más o menos meritorias y había visto pasar la pelota cerca de su portería en más de una ocasión. Tocaba cambiar el ritmo del remo y esperar a que los timoneles tomaran el mando. Pero tocaba, más que nada, cambiar la dinámica atacante porque el estado de Fernando Torres no daba para incomodar al Bruno Alves y Ricardo Carvalho. Fue por ello que Del Bosque recurrió al león y el león respondió con un rugido que acogotó en tablas a la selección portuguesa.

La primera intervención de Fernando Llorente, el león de San Mamés, fue un cabezazo en plancha que despejó con apuros Eduardo. De repente fuimos conscientes, y los fueron los defensores portugueses, de que teníamos delantero centro. Un delantero centro que fijó la marca en los balones largos y que cruzó desmarques en las transiciones. Eso dejó a Villa un panorama de libertad del que no había gozado durante los anteriores sesenta minutos. El siguiente ataque terminó con un disparo del Guaje rozando el palo y el siguiente, apenas dos jugadas después, terminó en los pies del número siete quien, sólo en el área y delante de Eduardo, aprovechó un rechace tras tiro forzado y coló la pelota en la portería portuguesa para deleite de los millones de españoles que lo veíamos desde la distancia.

Conseguido lo más difícil, tocaba hacer lo fácil, defenderse con la pelota. Con Xavi en el campo, cualquier discurso en torno al balón es irrebatible. El barcelonista tomó el mando y, apoyado en el incombustible Alonso y el mágico Iniesta, España comenzó con su particular rondo que terminó con la desesperación portuguesa y la consagración de un tipo que, poco a poco, había comenzado a comerse el mundo desde su rincón favorito de San Mamés. Un león del área, de mirada tímida y gestos de caballero, un tipo que se coló en la lista para, por si un día lo necesitaba España, terminar desatascando un partido complicado. Aquella tarde de octavos de final, el león rugió y los portugueses recularon. Ganó cada duelo, cada balón cruzado, cada salto, cada descarga. Y es que aquel mundial, pese a tener una estrella de honor en la memoria, fue el coto privado para que cada futbolista español gozase de su particular momento de gloria.

jueves, 24 de septiembre de 2020

El gran reto

Nada estimula más que lo difícil y nada más miedo que lo imposible. No hay rival pequeño, nos dicen,

pero siempre hay un ogro en el horizonte esperando a devorarnos, y si no somos capaces de convertirnos en dragón, sino somos capaces de transformarnos en bestia salvaje, no seremos más que un caramelo en una boca con lengua de fuego y dientes de acero. Cuando prevemos ser devorados, cuando creemos que los sueños no son sino la frontera de lo inalcanzable, es cuando el instinto de supervivencia nos hace abrir los ojos, apretar los dientes y preguntarnos por qué no, como ese Grupo Salvaje dirigido por Pike Bishop, dispuesto a morir matando, dispuesto a no dejarse matar por un ejército de perfectos mercenarios.

Aceptar el reto, es de valientes, hacerlo a cara descubierta es de temerarios. Nadie va a reprochar nada al Sevilla si acepta el reto y sabe guardar su ropa antes de nadar, porque el bicho que tiene enfrente es



una máquina bien engrasada, un Panzer alemán que pisa el campo de batalla sin complejos y lo abandona, como el caballo de Atila, dejando un reguero de cadáveres, sin hierba fresca y con la sensación de que no hay ejército capaz de hacerle sombra. Sobreviven en este Bayern ciertos aspectos de intimidación de aquellos equipos alemanes contra los que no se podía jugar porque te avasallaban en lo físico y te abrumaban en lo táctico. Es por ello que no deben sobrevivir en el Sevilla aquellos complejos de inferioridad que nos convertían en víctimas propicias y en carne de cañón.

Para ganarle al Bayern hay que saber buscar el momento. No hay otra forma de ganar contra estos equipos que se presentan con la vitola de históricos. Sin Thiago, la responsabilidad creativa caerá en manos de Kimmich, un verdadero manual del juego que juega tan sencillo que hace parecer que el fútbol es cosa de niños. Nada más lejos de la realidad, Kimmich es el alumno aventajado de un fútbol alemán que hace años viró hacia el cruyffismo dejando atrás los cánones y prejuicios de un fútbol avasallador y martilleante. En las bandas, Sane y Gnabry son dos flechas con una precisión milimétrica en el desmarque y la resolución y como timón de guía, sigue estando, capitán de los ejércitos del gol, el polaco Lewandowski, un tipo que se levantó un día con ganas de golear y al que ningún récord termina de quitarle el hambre.

Pero como todo gigante, este Goliat también tiene su punto débil. Fuera Álaba de la ecuación, la pareja de centrales formada por Boateng y Sule es demasiado rígida y carente de velocidad. Por ello, al ser un equipo que gusta de jugar con la línea adelantada y practicar la presión alta, resultará imprescindible saber encontrar el espacio para que tipos rápidos, como Suso, Munir u Ocampos, encuentren el espacio a la espalda de la defensa y así poder optar ese factor tan imprevisible conocido como sorpresa. Porque más allá de los pronósticos existe la esperanza y más allá de las sensaciones existe el orgullo. El verdadero orgullo del Sevilla sería ser capaz de competir, la verdadera campanada sería ser capaz de ganar.

martes, 22 de septiembre de 2020

El Tuto

Por bigotes. Por honor, por orgullo, por casta de galgo y por diablo viejo que todo lo sabe. El Tuto Sañudo

se hizo amo del área propia del Sardinero a base de coraje, de meter miedo al miedo y de ser tan sobrio como un tablón de madera. Aguantaba el tipo con la cabeza alta, la nariz enrojecida por los choques y la camiseta siempre manchada de barro, como pintaba la tradición, como lo exigían los dueños del espectáculo.

Pierna fuerte, salto enérgico, siempre al cruce, con todo, con esa vieja premisa que dictaba una norma no escrita pero siempre candente; o pasa el balón o pasa el tipo, pero nunca los dos juntos. Por eso el Tuto se convirtió en capitán, por eso se convirtió en ídolo. Levantaba el brazo, la cabeza, la voz y todos escuchaban. Esta tarde hay que darlo todo. Y el Sardinero vibraba con sus años de élite. Más de doscientas veces vistió la blanca y verde en primera, más otras tantas con el azul del Oviedo. Allí conoció Europa, por vez primera, allí, una vez más, se midió al checo Skuhravy y le dejó claras las intenciones en el minuto dos del encuentro. Amarilla y a callar. Orgullo intacto y a correr.

Cumplió treinta y cinco y regresó a casa. Por amor, por necesidad, porque se lo dictaba el corazón, porque se lo pedía su gente, porque añoraba el calor de una grada que siempre se había rendido a su entrega. Dibujó una temporada de ensueño y devolvió a su Racing al lugar de pertenencia. El equipo de nuevo en Primera y él, una vez más, diciendo adiós. Esta vez para siempre. Los compañeros se abrazaban en el centro del campo y él caminaba hacia el oscuro túnel de la retirada mientras el estadio, puesto en pie, le dedicaba un aplauso y le decía ese "gracias por todo" que tanta satisfacción genera en las personas. 

jueves, 17 de septiembre de 2020

El ídolo del Tartiere

El Atlético de Madrid visita al Oviedo y se lleva un serio correctivo. Entre los cinco goles anotados destaca un zambombazo de Tomás desde el centro del campo que sorprende a Abel. Ante el asombro y jolgorio de la afición local, un pequeño jugador salta al campo con la camiseta del Atlético de Madrid, la gente, antes de continuar vitoreando a su equipo, se pone en pie y aplaude de manera rotunda. "Carlos, te quiere, la gente del Tartiere". Al chico se le pone la piel de gallina y apenas puede contener la emoción mientras intenta jugar y capear un temporal irremediable.

Carlos había jugado en Oviedo durante la temporada anterior. Procedente del más negro pozo de la competición, había terminado salvando la categoría gracias a una rocambolesca operación de la federación que terminó por incrementar el número de equipos en la categoría de plata. De dieciocho a veinte y una de esas dos plazas para el Oviedo, quien había terminado en puestos de descenso. Así, pues, Carlos llegaba, procedente del filial del Barcelona, a un equipo autodestruido y con pocas aspiraciones. Así que, a falta de ilusión colectiva, impuso su ilusión particular e hizo lo que mejor sabía; marcar goles. Carlos anotó veinticinco, los que le consagraron como pichichi de la categoría y el Oviedo alcanzó la tercera plaza con la opción de poder jugar la promoción de ascenso ante el Mallorca. Un gol de Carlos en el descuento, ponía en ventaja a un Oviedo que supo aguantar estoicamente los embates bermellones en el partido de vuelta. El Oviedo estaba de nuevo en Primera y el Tartiere tenía un nuevo ídolo.

Pero al chico le dijeron que tenía que fichar por el Atlético y se vistió de rojiblanco sin apenas saber si era eso lo que le interesaba. El Atlético de Gil era una trituradora de futbolistas y un enjambre donde siempre acababan presos de patas en él cada uno de los entrenadores que corría para escuchar las palabras malditas del presidente. Carlos se encontró con Clemente, otro juguete roto de la vicisitud gilista, y se enfrentó a él porque prefería poner a Manolo y a Baltazar. Como no se sentía inferior a ellos se rebeló y la disputa terminó con Clemente en la calle y Carlos en el banquillo. Por eso, aquel día en el que regresó al estadio donde había sido feliz, la gente se puso en pie y le hizo una declaración de amor que jamás olvidaría.

Carlos regresó al Tartiere y jugó siete temporadas con el Oviedo anotando noventa y tres goles. Durante un tiempo, lo que duró Vicente Miera como seleccionador, fue el delantero centro titular de la selección española, pero su idilio con la roja se rompió el día en el que Clemente destituyó a Miera y le dejó claro a Carlos que, con él, jamás volvería vestir de rojo. La afrenta que duele en el corazón es la que más agita el espíritu. Por ello Carlos se hizo hombre, se hizo irreductible y se hizo dueño del área grande. Anotó goles de todas las facturas, compitió como el más castizo de los delanteros y se dejó la piel en cada disputa. No hubo extrañeza, pues, cuando una tarde de mayo de 1996, Carlos dijo adiós entre lágrimas y todo Oviedo, de pie, ya fuese en sus butacas o en sus salones, entonase el "Carlos, te quiere, la gente del Tartiere".


lunes, 14 de septiembre de 2020

El comienzo de la dinastía

Como lo hace la tierra alrededor del sol y la luna alrededor de la tierra, nuestras vidas giran, mecánicas y expectantes, alrededor de nuestro equipo de fútbol. Por ello, cada vez que asoma una nueva temporada y se atisba un nuevo primer partido, ponemos en orden nuestras prioridades y analizamos hasta dónde alcanza nuestro derecho a soñar y donde está el punto de partida de nuestras ilusiones. Porque más allá de los sueños, pintan bastos cuando la realidad es la dueña del cortijo. Candidatos, firmes, serios y seguros sólo hay dos, en incluso diría que sólo uno de ellos tiene la expectativa bien agarrada viendo como su rival, puente aéreo mediante, ha dinamitado toda su convivencia futura justo antes de empezar la función. Aun así, no quedan dudas del valor competitivo de Messi, de la fuerza bruta que emana de sus estadísticas y de la expectativa, esta sí, real, por compilación de asuntos, que ha generado su affaire con la directiva del Barça, quedando la duda, pendiente de un hilo, sobre si este último baile será un bonito tango o una danza descontrolada en un bar de carretera.

Al Madrid le salen las cuentas para querer iniciar una nueva dinastía. Ha trasladado la guerra a


Barcelona, se ha asentado con un verano tranquilo en el que las cuitas por los fallos de Varane se han ido amortiguando por su pasado más cercano y por la tranquilidad que les otorgó una liga a la que ya no se sentían abonados. Poco a poco, ha ido encajando sus piezas y ha encontrado, sobre todo, la paz que necesitaba en tiempos de guerra, generada por el discurso sencillo de su entrenador. Porque las grandes estrellas entienden el fútbol con tal sencillez que no necesitan explicarlo para hacerlo entender.


El Barça, sin embargo, parece sumido en una guerra institucional en el que el presidente cree haberse vestido de honores por haber conseguido la permanencia del mito, pero más allá de las falsas verdades sobrevuelan las realidades del estigma. Messi, herido de bala en su corazón, dejará que este desangre por última vez en el Camp Nou mientras la liga le despide en pie y los suyos le corean por siempre. Será un año raro, cargado de contradicciones y en el que el Barça debe empezar a acometer un trabajo que, por necesario, no deja de ser urgente; la transición. Más allá de que no gane nada, o de que lo gane todo, hay que dejar equivocarse a Ansu Fati, hay que dejar jugar a Riqui, hay que darle la alternativa a Pedri. Y así, mientras los chicos toman confianza y los mayores van dejando vía libre, el club irá descapitalizando su masa salarial al tiempo que va capitalizando sus opciones de futuro.

Al Atleti, por su parte, le pintan en oros cada año y en cada reparto de cartas tiene una peor mano. Eso


sí, la exigencia será la misma o incluso mayor y en cuanto haga algún refuerzo de poca monta y menos tirón, dirán que vuelve a tener la mejor plantilla de su historia y que estará obligado, una vez más, a volver a ganarlo todo, como si fuese lo que ha venido haciendo durante los últimos cuarenta años. Simeone, agarrado al timón de un barco que se hunde, tendrá que volver a hacer el milagro de los panes y los peces para mantenerse a flote mientras no suelta lastre y no es capaz de encontrar a sus verdaderos capitanes. Un año, quizá sea este, ya no será capaza agarrarse al tercer puesto y, entonces, las pirañas que le esperan hambrientas, le devorarán como el fracasado que siempre han querido que sea.


El Sevilla, como casi siempre, se ha movido de una manera bastante inteligente en el mercado, si añadimos a que este año apenas ha vendido, olvidando, no sabemos si de manera definitiva, su costumbre, a fin de sobrevivir, de vender a ocho o diez jugadores de su plantilla, y sumando todo a que tiene un equipo hecho y recientemente campeón de la Europa League, podemos decir, sin parecer exagerados, que este año es firme candidato al tercer puesto y, quién sabe, quizá tocar un ratos las narices hasta, al menos, llegada la segunda mitad del campeonato, y es que cuando se juntan paciencia y capacidad, es muy probable que las cosas terminen saliendo bien.

Muy a la zaga del Sevilla, a la hora de moverse en el mercado, ha estado el Villarreal, quien ha sabido


pescar en el río revuelto del Valencia y ha obtenido sus ganancias de pescador con la obtención de sus dos pilares del centro del campo, jugadores que vendrán a suplir a los sempiternos Bruno y Trigueros y la sensible baja de Anguissa, quien ha regresado al Fulham. Con el fichaje de Emery, ganan la experiencia de un técnico que conocen la élite, pero la plantilla pierde al padre que había encontrado en Javi Calleja. Si sabe dejar atrás los conflictos emocionales y entregarse a los preceptos de su nuevo entrenador, es posible que den un paso adelante y se conviertan en una mosca molesta en el plato del Atlético.


La Real Sociedad ha perdido a Odegaard, pero ha ganado a Silva. Más viejo, menos enérgico, pero un manual con la pelota. Ha recuperado, además, a algunos cedidos que han ganado minutos y experiencia y ha mantenido a sus puntales en ataque. El estilo de Imanol, agradecido para la afición, promete buen fútbol y, muchas veces de manera incomprensible, partidos extraños que convierten al equipo en un tiro al aire. Si sabe complementar la liga con la exigencia europea, la Real es un candidato a hacer pasarlo bien y a repetir su plaza entre los seis primeros.

Para el Granada, esta temporada significará una auténtica reválida. Aupado a la séptima posición


después de un último tramo colosal, se verá obligado a dosificar esfuerzos si no quiere que el curso termine pasándole factura. Le pasó al Getafe quien llegó del confinamiento con aspiración a todo y vio como los sueños no son posibles si no existen las condiciones. Al Granada le avala el trabajo de un técnico que tiene claro lo que quiere y lo que posee. A partir de ahí, toca que sus jugadores sigan creyendo en su discurso y que sigan siendo un tormento para cada uno de sus rivales.


Al Getafe le pudo la temporada, la expectativa y la edad de su delantera. Ahora, con un sello prefijado en la cuña de Bordalás, tratará de rejuvenecer laureles al tiempo que mantiene el sólido bloque que tan fiable le hizo. Apenas ha sufrido salidas y ha conseguido mantener a Djene, Arambarri y Cucurella, los tres pilares sobre los que su entrenador cimenta su castillo.

El Valencia es el caos hecho equipo de fútbol. Es la consecuencia de


las cosas mal hechas, de dejar un juguete valioso en manos de un niño caprichoso. Peter Lim no sólo está a punto de romper el juguete sino que corre el riesgo de dejarlo irreparable. Javi Gracia, gran estratega en sus años en Málaga y con una decente labor en el Watford, tiene ante sí el reto más difícil de su carrera: hacer creer a los valencianistas que su club sigue siendo un buen equipo de fútbol.


Ascender a primera y quedar entre los diez primeros contando con un presupuesto ínfimo es de un mérito altamente reconocible. El trabajo de Arrasate en Osasuna está apuntalado en la fe y en la constancia; el equipo es una roca como local y un vendaval en espera de su contra como visitante. Desinflado en el último tercio, llegó a soñar con Europa, pero hoy, analizada la temporada, se puede dar por satisfecho al haber obtenido la salvación de forma holgada. Este año, como los sophomore del deporte americano, toca el año de confirmación, dicen que el más duro de todos.

Al Athletic le sobró constancia pero le faltó fútbol. Es lo que pasa cuando priorizas el no recibir gol


antes que anotarlo y, sobre todo, es lo que pasa cuando la cabeza se va de la competición en el momento en el que has logrado el billete para la final en el segundo torneo más importante de España. Será importante para el Athletic saber mantener la tensión en liga ante la perspectiva golosa de la final de Copa y, sobre todo, conseguir que su línea de ataque encuentre definitivamente el gol y no depender en exclusiva de los zarpazos efímeros de Raúl García.


El Levante, como el Eibar, ha terminado convirtiéndose en un equipo de autor. De un loco y bendito autor. Paco López juega con la línea adelantada, busca el fútbol directo y confía en la calidad técnica de su trío de mediapuntas. Rochina, Bardhi y Campaña hacen del fútbol una orquesta y del juego un espectáculo de trilero. Sin el gol de Borja Mayoral, debe recuperar a Sergio León y, sobre todo, conseguir que Roger vuelva a ser el tipo fiable de hace dos temporadas. Formará parte del grupo que luchará por la supervivencia, por ello, tener claro el trabajo a seguir le otorgará un punto extra de ventaja.

Sergio González cree en el trabajo y Ronaldo Nazario cree en Sergio González. Sabe que su Valladolid


no será el equipo más vistoso, que quizá no de campanadas de altos vuelos, pero será un equipo fiable en casa y rascará algún punto como visitante, porque hace de la incomodidad del rival su punto fuerte y de los pocos goles recibidos su clave para mantenerse entre los mejores. Sin Unal, los goles dependerán del buen estado de Sergi Guardiola, siempre una moneda en el aire pendiente de caer de cara.


Eibar se acostumbró durante mucho tiempo a ser un equipo de segunda, tanto, que ya se sintieron parte de la élite desde su humilde morada, ahora que va a cumplir su octavo año en primera, el sueño se ha convertido en pura realidad y ya tienen derecho a sentirse de verdad un equipo de los buenos. Mendilíbar es el timón y guía y la secretaría técnica sigue haciendo encaje de bolillos una y otra vez. Este año faltan medios y faltan recursos, por lo que la apuesta es doble y arriesgada. Quizá algún año la ruleta caiga en un color diferente, mientras tanto seguirán soñando, trabajando y haciendo de Ipurúa su particular fortín.

Al Betis se le caen los proyectos uno detrás de otro. Portador de una deuda infinita con gran parte de la


comunidad andaluza, cada año comienza el curso con las expectativas en lo más alto y casi siempre lo termina sumido en la decepción. El equipo, en manos este año del excelso Pellegrini, cuenta con bastantes piezas de calidad y con una defensa endeble, quizá el punto débil de su ya de por sí débil moral. Pero si las cosas van bien, Joaquín, Canales, Fekir y Laínez han de tener aún mucha capacidad para hacer vibrar a la necesitada afición verdiblanca.


El Alavés jugó con fuego al destituir a su entrenador a falta de cuatro jornadas. Lo cierto es que, cuando parecía que la salvación estaba asegurada, el equipo cayó en picado y la llegada de Muñiz le reactivó. Ahora no están ni Garitano ni Muñiz y el proyecto ha sido puesto en manos de Machín, un técnico que demostró muy buenas dotes en Girona pero que estrelló los dos últimos vehículos que condujo. Sevilla le vino grande y el Espanyol era un equipo autodestruido. El regreso a los planes de permanencia le volverá examinar como un tipo que tira de estrategia, que apenas mueve su sistema de tres centrales y que hace de la motivación su método de trabajo.

Celta de Vigo lleva dos años jugando con fuego y ya se sabe que muchas veces, esa iniciativa tan


infantil suele terminar con una quemadura en la piel y un estigma en la memoria. Agarrados al hombre milagro, el Celta sabe que la salvación pasa por Aspas y Aspas sabe que sus últimos bailes los quiere dar en Vigo y en primera. Volverá a estar en el vagón de cola aunque por la calidad de alguno de sus futbolistas, bien podría estar un poco más arriba.


Generalmente, son los equipos que ascienden a primera los máximos candidatos a regresar de nuevo a segunda, porque el presupuesto suele ser más limitado, porque los recursos son inferiores, porque la afrenta suele quedar grande. Ya le ocurrió al Huesca hace dos temporadas después de su primer ascenso. Entonces sufrió la bisoñez y la falta de adaptación. Este año regresa de nuevo como campeón de segunda, con un estilo, el de Míchel, que gusta de la vistosidad y al que se le achaca cierta fragilidad. Será duro, pero nadie les robará la ilusión.

Cadiz es la alegría, la mofa, la fiesta, el fútbol vivido desde la felicidad. Hemos venido a


emborracharnos, el resultado nos da igual. Y mientras corre el alcohol, seguirán corriendo los sueños, porque el sitio de un ciudad como Cádiz está entre los grandes, porque el legado que, en nuestra infancia, nos dejó el Mágico González es difícil de olvidar y aún pende del hilo de las emociones más profundas.


Al Elche le ha acompañado el destino y con la sensación de saberse tocado por la varita sabe que este es año para disfrutar y para seguir creciendo. Puede que, a priori, sea el candidato más firme para el descenso, pero nada se consigue sin trabajo y nada se alcanza sin ilusión. La baja de Pacheta es una merma en la mentalidad de los futbolistas, pero darle a Nino el gran último baile que se merece es un acicate perfecto para salir a entregarlo todo.

La función número noventa alza el telón, unos, los de nombre más grandilocuente, comenzarán más tarde, otros, tan importantes como el que más, echarán a rodar el sábado y la ruleta de las emociones, esas que pagan entradas y salvan carreras, volverá a tomar impulso para llevarnos de viaje, una vez más, al país de nunca jamás.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Desmantelar el alma

Cuando las cosas van mal la única manera de revertir el problema es hacer una reflexión ¿Nos paramos y lo arreglamos o lo fastidiamos del todo? No hay mejor medicina que mirar hacia detrás para encontrar los errores y poder, así, administrar los antídotos. No hay mejor camino hacia la puerta de salida del infierno que rescatar la esencia y negociar la recuperación del alma, porque cuando has hipotecado tu historia y has convenido con el diablo que, para dar un paso adelante son necesarios tres hacia detrás, es cuando llega el desastre cuando eres consciente, realmente, de que las decisiones han sido erróneas y que la única vuelta atrás pasa por recuperar todo aquello que te hizo feliz.

El Barcelona se enfrenta a una de sus crisis deportivas e institucionales más graves de su historia. Condenado por sus propios pecados, se ha convertido en la oveja devorada por un lobo que avisaba con llegar mientras ellos seguían mirando hacia otro lado. Con un equipo desvencijado, viejo y desmantelado, ha ido ganando a marchas forzadas mientras a Messi le aguantaba el motor y a sus compañeros les aguantaba la rabia. Sin físico, sin hambre y sin calidad, el Barça se levanta hoy magullado después de haber sido ayer zarandeado. Y lo que podía ser peor se concretó el día en el que el mejor futbolista de su historia se levantó con ganas de mandarlo todo a la mierda y le enseñó los dientes en forma de burofax.

Es el Barcelona un equipo tan acostumbrado a la exageración que no es de extrañar que, después de una época dorada, le suceda otra donde la casa se queme, no queden ni los muebles y sean las cucarachas las únicas supervivientes con capacidad para dirigir la nave. Le sucedió en la época post-Cruyff cuando la holandización extrema le llevó al infierno, en la época post-Rijkaard cuando el aburguesamiento de sus brasileños le llevó al pasillo en casa de su más enconado rival y le puede ocurrir en la época post-Messi cuando, una vez, más, se corra el peligro de amueblar la nueva casa con enseres de mercadillo en lugar de contratar a un buen ebanista capaz de asegurar un futuro más confortable.

El problema que encuentra el Barça es que, más allá de la profundidad del drama, está la profundidad de la realidad. En la plantilla quedan apenas astillas, algún enser de calidad y demasiadas joyas por pulir como para ser optimistas de cara a un futuro temprano. Sabiendo que sus mejores épocas se asociaban a jugadores de la casa, poco a poco, el Barça se fue desprendiendo de ADN propio para ir llenando su circuitos con sangre de otro grupo. Así, mientras iban apareciendo tipos como Mathieu, Braithwaite o Coutinho o se asentaban otros como Semedo, Umtiti o Vidal, el Barça se fue desprendiendo de otros como Thiago, Cesc o Pedro, ya consagrados y con buenos partidos en sus piernas pero sospechosos para la crítica por el mero hecho de haberse criado en casa.

No hay que mirar muy atrás para encontrar el momento en el que Xavi era el culpable de todos los males o en el que Iniesta, con veintitrés años, seguía siendo el suplente de Deco. Porque cuando el desastre acecha, el populismo gana valor entre las masas y el deseo del esfuerzo es siempre tenido en cuenta antes que el deseo del talento. Y el Barça, para querer volver a ser quien fue necesita mirar atrás y analizar lo que perdió, compararlo con lo que tiene y hacer balance de sus errores porque, mientras otros disfrutan de sus frutas caídas ellos empiezan a masticar la arenilla que quedó en su erial.

Jordi Masip es un portero de sobradas condiciones. Sobrio, frío y con carácter, se ha hecho con la


portería del Valladolid mientras a Sergio le intentaron imponer el destello del joven Lunin. Llegó al Barça con quince años y se marchó con veinticinco después de ser el portero del juvenil campeón de España y de encontrar todas las puertas cerradas ante Víctor Valdés. Mientras ha sumado más de cien partidos en primera, el Barça recurrió al talonario para fichar a Neto. Veintiséis millones y cuatro partidos. Todo un dispendio.


Héctor Bellerín llegó al Barcelona en categoría Prebenjamín y se marchó siendo cadete. Desde los diecinueve es el lateral derecho titular del Arsenal con quien ha ganado tres veces la FA Cup. Rápido, incipiente y constante, es una pieza que ha ido añorando el Barça durante los años en los que Semedo seguía siendo superado en su espalda y Sergio Roberto buscaba una zona del campo donde querer ubicarse.

Eric García entró en la escuela del Barça con seis años y se marchó a Manchester recién cumplidos los


dieciséis. Su carácter, su liderazgo y su capacidad para competir, le convirtieron en capitán en cada uno de los equipos de las inferiores en las que fue jugando. Titular en el Manchester City de Guardiola, se ha mostrado como un tipo que, pese a no ser grande, sabe entender el juego y es listo para cruzar y anticipar. El día que debutó con el primer equipo del City, el Barça cerraba con el Valencia la cesión de Jeison Murillo.


Alejandro Grimaldo y Juan Miranda son dos laterales izquierdos con experiencia en las grandes ligas. Grimaldo fue el jugador más joven de la historia en debutar con el filial del Barça, tiene un gran disparo con la izquierda y, desde el 2015 es un fijo en el Benfica donde ya ha superado el centenar de partidos. Miranda es un sevillano integrante de la plantilla que ganó la Youth League en 2017. Con catorce años ya era titular en la selección sub-16 y ha regresado de su primera temporada en el fútbol alemán a la espera de que el Barça le busque una nueva cesión. Y mientras tanto, el equipo ha ido quemando a Jordi Alba sin encontrarle ya no sólo sustituto, sino apenas un suplente con un mínimo de garantía.


Dani Olmo es hoy un centrocampista consagrado en todo un semifinalista de la Liga de Campeones y Adrián Bernabé es una promesa en ciernes que va quemando etapas en el segundo equipo del Manchester City. Ambos llegaron al Barça procedentes del Espanyol y ambos se marcharon en edad juvenil cruzando fronteras hacia otros países de Europa. Olmo aterrizó en Zagreb con dieciséis años y con diecinueve ya fue nombrado mejor futbolista de la liga croata. Bernabé debutó con diecisiete en un partido de Copa de la Liga deslumbrando con su clase y maravillando con su zurda. Mientras ellos se buscaban el pan, el Barça quemaba a Rakitic, a Paulinho y a Vidal y miraba como pasaban por su centro del campo tipos tan sospechosos como Arda Turán, André Gomes, Arthur Melo o Kevin Prince Boateng.


Carles Pérez, Marc Cucurella y Adama Traoré son tres extremos con diferentes características pero con un denominador común; el hambre de triunfo. Los tres, como Olmo y Bernabé, fueron reclutados desde el Espanyol de Barcelona y los tres hubieron de buscarse acomodo fuera de casa después de que se les cerrara la puerta de la paciencia y de la oportunidad que quizá merecían. Pérez, comparado con Robben en su etapa juvenil, mostró muy buenas maneras el día que debutó en

primera de la mano de Ansu Fati. En una de esas operaciones opacas del Barça, terminó en Roma mientras los aficionados blaugranas se encogían de hombros. Cucurella es la intensidad hecha futbolista, se adapta al lateral cuandos se lo piden y es uno de los tipos con más minutos de la liga en el Getafe de Bordalás. Traoré, por su parte, es una fuerza de la naturaleza que deslumbra en Inglaterra y gana duelos en carrera ante el asombro de todos. Mientras el Barça apenas ingresaba treinta millones por ellos, se gastaba trescientos por Dembele y Coutinho, uno para no dejar

de sufrir lesiones y el otro para que le apuntillase en la derrota más dolorosa en la historia del club.

Abel Ruiz ya era una de las grandes promesas del Barça el día que anotó el último penalti en la tanda de la final de la Copa de Cataluña de 2018. Capitán y campeón con la selección sub-17 y capitán y goleador del equipo campeón de la Youth League, fue vendido al Braga el pasado invierno en una de esas operaciones extrañas de la directiva, quizá en pago de favores pendientes por fichajes pasados. Y mientras el chaval busca su sitio, Luis Suárez se ha ido apagando sin encontrar un tipo (llámese Paco Alcácer o Martin Braithwaite) que se haya atrevido, ni siquiera, a hacerle sombra.


Cuando las ascuas queman más que el fuego es porque la hoguera es artificial. Aún así, cualquier chispa es capaz de hacer estallar el polvorín y así se encuentra el Barça hoy, desnaturalizado, descentrado y descapitalizado. Sin patrón, sin estrellas con capacidad para coger el timón y con un tipo que, después de arrasar con todo, sigue escondiéndose en su camarote para dejar que a otros les partan la cara mientras él sigue poniendo sonrisa de tonto y mirada de perdonavidas. El día que se vaya, como Atila, tardará la hierba a recuperar su verdor y tardarán los ejércitos en recuperar la confianza. Sin alma, ningún equipo es nada, y cuando la desmantelas, te abocas a la ruina social y, en circunstancia, a la ruina económica. Dura tarea la de Koeman, quien, mientras mira el mercado en busca de algún parche en plena crisis, quizá quisiera tener alguna de esas piezas que el Barça perdió por pereza o por incompetencia.