martes, 23 de marzo de 2021

La ansiedad, el crucero y el tapado

La competición conlleva una motivación que implica un pinzamiento en el nervio motivador; todos, absolutamente todos, quieren llegar lo más alto posible. Los hay fuertes, débiles, altos, bajos, preparados e incluso tipos de vida disoluta que prefieren el hedonismo a la práctica, pero el punto común que les une es que, puestos a competir, todos lucharán por alcanzar su mejor posición.

Uno de los obstáculos habituales a sortear cuando te ves en lo más alto de la clasificación es la ansiedad. Cuando la inercia es positiva y te empuja hacia arriba con la facilidad del talento, te crees subido a la nube de la proyección. Por aquí bien y por aquí, también. Cuando ganas jugando bien, regular e incluso mal, llega el momento en el que el optimismo es compañero de viaje y la confianza es alimento regular. Por ello, cuando uno cree haber alcanzado la cima, es conveniente no llegar a confiarse y, sobre todo, no mirar hacia abajo porque puede sobrevenir el vértigo.

Cuando el Atleti afrontó su doble duelo contra el Levante tenía ocho puntos de ventaja y dos partidos atrasados pendientes por jugar. Mereció ganar en el Ciutat de Valencia y empató. Mereció ganar en el Metropolitano y perdió. Así son los designios del fútbol. Puedes estar picando piedra durante media temporada y en apenas cinco días toda la confianza se te va por el desagüe. Cuando sobreviene el vértigo primero desaparece la confianza, luego el gol y después del fútbol, y es entonces cuando llega la ansiedad. El Atleti necesita ganar esta liga porque, de lo contrario, se vería abocado a un escarnio histórico; nadie, jamás, había desaprovechado una ventaja similar. Por tanto, instigado por la obligación y atenazado por la ansiedad, empieza a jugar sus partidos en un alambre demasiado peligroso. Ayer le salvó Oblak, pero quedan diez jornadas y si sigue jugando con esa histeria probablemente no haya milagro que le salve.

El caso contrario ocurre cuando un equipo viene de perderlo todo y ya sólo puede empezar a ganar. Durante el primer tercio de la temporada, el Barcelona parecía un equipo roto, sin costuras, sin agallas, sin fútbol, en un patético estado de descomposición. La transición se adivinaba difícil y el futuro se veía demasiado borroso. Institucionalmente el club era un caos y, pendiente de que un nuevo presidente tomara las riendas, sin gobierno ninguno el equipo de fútbol parecía contagiado por la apatía institucional. El cero a tres que le endosó la Juventus fue el pozo del fondo y, aunque cuando el Paris Saint Germain cazó su particular botín del Camp Nou, el equipo parecía muerto, lo cierto es que llevaba semanas con la sensación de que algo en él había resucitado.

Agarrado al sempiterno fútbol de Messi, el Barcelona empezó a encontrar el gol, después el fútbol y,por último, la confianza. Y todo ello gracias al trabajo de un entrenador que entendió, por fin, que un equipo no puede ser preso de un esquema por simple tradición sino que es el esquema quien tiene que adaptarse a la plantilla. Con el tres, cinco, dos, los centrales juegan más seguros y ganan confianza y número para corregirse, los laterales ganan en su punto fuerte, la proyección ofensiva y sus carencias defensivas están protegidas por las coberturas de los de atrás, Busquets se siente más arropado, De Jong ha ganado vuelo y Pedri puede conducir y pasar con más tranquilidad. Y, sobre todo, Messi vuelve a ser el tipo por el que pasa todo. Ha perdido velocidad, regate, capacidad de definición e incluso tono físico, pero tiene tanto fútbol y es tan bueno que tres quintos de su mejor versión son suficientes para aupar al Barcelona a lo más alto y aspirar, ahora mismo más que nadie, a conquistar una liga que parece no querer tener dueño. El Barça ha cogido velocidad de crucero, quizá suficiente para alcanzar, rebasar y terminar ganando.

Y luego está el tercer eslabón. Porque ocurre muy a menudo que, cuando dos gallos se pelean por ser los dueños del corral, siempre aparece un tercero que les come el pienso y se queda con las gallinas. El tapado, casi siempre, juega con la comodidad de no verse bajo la lupa y no de no sentirse dueño de los casilleros de las casas de apuestas. Cuando todos dicen que la liga será un mano a mano entre el desquiciado Atlético y el inspirado Barça, el Madrid sonríe por lo bajini porque en peores se las ha visto. Y es que la fuerza del Madrid reside en su propia idiosincrasia. Gana por presencia, por el escudo, porque sabe conjurarse y porque, cuando los retos se ponen complicados, él se frota las manos porque le va la marcha más que a ninguno. 

El Madrid ha recuperado jugadores, gol y confianza. Y sobre todo ha recuperado esa solidaridad que le convirtió, durante una década, en el equipo referencia de Europa. No puede jugar a ritmos altos porque la edad de su plantilla no soporta el ida y vuelta, pero como antídoto, tiene a los dos mejores centrocampistas del mundo, capaces de dormir el partido a su antojo, poner cadencia, relativizar el tiempo y, sobre todo, dominarlo todo. Con ellos dos gobernando, Casemiro barriéndolo todo y Benzema en modo Dios, el Madrid, que tiene el calendario más sencillo de los tres de arriba y ha sido beneficiado con un sorteo benévolo en Champions, está en disposición de asaltar la banca y sorprender a los gallos del corral robándoles el pienso y quedándose con todas las gallinas.


viernes, 12 de marzo de 2021

Demolition Man

En 1993 Hollywood estrenó una de esas películas megalómanas con reparto llamativo en las que el argumento es algo totalmente secundario comparado con la capacidad de sus protagonistas para lucir músculo. Demolition man cuenta la historia de dos tipos criogenizados que, al despertar siglos después, vuelven a enfrentarse con el fin de evitar que corra más sangre.

Aunque la película, por su baja calidad, no dejó ningún poso, el título quedó en el aire con el objeto de poder calificar a ciertos individuos capaces de demostrar una alta competencia en algunos frentes. De esta manera, cuando empezó a asomar con la camiseta del Blackburn Rovers un chico rubio que le pegaba a la pelota con la fiereza de un cañón, la gente se precipitó para ponerle aquel sobrenombre.

Demolition man era un jugador de movimientos sencillos y definiciones abrumadoras. No le gustaba demasiado participar en la jugada, él la seguía con la mirada, buscaba el espacio y, cuando encontraba el momento, soltaba la pierna para marcar un nuevo gol. Así se convirtió en el máximo goleador de la Premier League, así se convirtió en el ídolo máximo de un país que se postraba ante él en cada torneo importante esperando que hiciese relucir el brillo de los tres leones. Y aunque anotó treinta goles con Inglaterra, no logró disolver la maldición que persigue a la selección desde tiempos inmemoriales, siempre más encima de la expectativa que de la realidad.

Alan Shearer fue un tipo íntegro, enamorado del Newcastle y goleador de oficio que llevó al Blackburn al mayor logro de su historia. Aquel año mágico, pegado a la bota mágica de Chris Sutton, anotó treinta y cuatro goles y llevó a su equipo a ganar la Premier por encima del Manchester United de Alex Ferguson. Aquel fue un triunfo efímero, porque el Blackburn no volvió a rozar la gloria, pero los que lo vivieron saben, igual que los que se lo contaron, que aquel tipo fue el mejor goleador que pisó Ewood Park y el mejor goleador que pisó los estadios de la era Premier.

lunes, 8 de marzo de 2021

Bon Scott

Los años ochenta fueron duros. A la cada vez más pronunciada caída del Atleti se fue sumando un auge indiscutible del Real Madrid. Para aquellos niños que soñábamos en rojiblanco y que habíamos de acudir a la escuela después de una nueva derrota y habíamos de soportar aquellos pavoneos tan irritables, las temporadas se iban convirtiendo en suplicios cada vez mayores. La situación se agravó cuando nuestro ídolo, el acróbata mexicano, decidió dejarnos huérfanos de gol para marcharse a jugar con el máximo rival sin ni siquiera dar las gracias por tanto.

Aquel punto de inflexión fue el comienzo de un terrible calvario para todos aquellos que debíamos volver a clase el lunes con el corazón pintando en rojiblanco. Cuando los equipos vascos dejaron de ganar ligas y el Madrid conjuntó un grupo de inolvidables canteranos apuntalado por los mejores jugadores de España, la inercia se vistió de blanco y los campeonatos empezaron a teñirse de un solo color. Sólo los tropiezos de aquel magnífico equipo en Europa nos servían como bálsamo para poder ir a clase con cierta sonrisa de consuelo pintada en el rostro y el nombre de Mathaus, Van Breukelen o Van Basten en nuestras conversaciones.

Aquel equipo era la filarmónica de Viena; cuando se ponían a interpretar, todo sonaba a música celestial. Combinaciones, paredes, filtraciones, regates, remates y goles, muchos goles. Futbolísticamente eran casi inabordables porque, cuando les querías marcar un gol, ellos ya te habían hecho tres. Jugaban con el órdago constante y convertían los partidos cerrados en asedios concienzudos y los partidos de ida y vuelta en un festival de goles. Por ello, ya que no les ibas a ganar ¿Por qué no convertir sus perfectas sintonías en un inesperado concierto de rock and roll?

El siete de noviembre de 1987, el reluciente primer proyecto de Jesús Gil se puso de largo en un embarrado Santiago Bernabéu. Las peleas por la supremacía en la capital habían sido históricas a lo largo de la década, pero si una cosa estaba quedando clara es que la trayectoria del Madrid era tan ascendiente como descendiente era la del Atlético. Uno aspiraba a tocar el cielo y el otro había coqueteado con su peor infierno. Por ello, aquella memorable noche de noviembre, sobre el barro del Bernabéu, y ante los cien mil espectadores que esperaban una nueva sinfonía de su coral conjunto blanco, apareció el mismo Bon Scott desde los infiernos para poner patas arriba los pronósticos y los corazones rojiblancos.

La carrera de Paulo Futre bien se puede compilar en un vídeo al ritmo de los acordes de AC/DC. Aquella manera suya de rocanrolear, tirando amagos sin cesar, jugando en el límite, corriendo y frenando con el ímpetu de los supervivientes y siempre tirando de zurda hasta en las situaciones más inverosímiles, se ha quedado grabada para siempre en el imaginario colectivo de una generación que vivimos anegados a una derrota y que crecimos agarrados a una ilusión.

Aquel Atleti no ganó mucho, la verdad, pero aquel tipo se ganó el respeto y la idolatría de toda la hinchada. En aquellos campos embarrados de la época, se lanzaba el balón hacia adelante como un suicida, se dedicaba a driblar hacia adentro como un osado y se revolcaba en el lodo como una gacela herida. Y sus muecas, sus gestos y sus sonrisas eran las nuestras porque puestos a no ganar, para qué coño queríamos ser la filarmónica de Viena si teníamos al puto Bon Scott.

lunes, 1 de marzo de 2021

Potencial

En la primera definición de la RAE, se describe potencial como que "tiene o encierra en sí potencia". Cuando nosotros alegamos al potencial de alguien, por tanto, estamos expresando la capacidad de esa persona para romper los pronósticos y dar la razón a la confianza, porque nadie sin potencial es mirado con lupa y nadie sin la capacidad suficiente para romper barreras es analizado desde el entusiasmo antes que desde la duda.

Iñaki Williams ya lleva siete temporadas en la élite y, de alguna manera, parece que aún no se ha quitado la vitola de promesa a pesar de estar camino de los veintisiete años. Quizá, el problema de la irregularidad, su mayor punto de crítica, sea debido al mareo al que ha sido sometido por los diversos entrenadores a la poca competitividad que ha mostrado el Athletic durante las últimas temporadas, pero, más allá de los vaivenes y las promesas incumplidas, siempre se habían adivinado en Williams las características de los grandes atletas del área: potencia, habilidad y capacidad para salir de problemas gracias a sus condiciones.

Durante unas temporadas con más sombras que luces, Williams no ha terminado de golpear la puerta de la selección porque su hueco ha sido cerrado con tipos de mayor concreción en el remate y mejor asociación en el juego. Porque Williams, gracias a su velocidad y potencia, necesita del espacio para vivir y de la transición rápida para autoalimentarse. Es por eso que, tras años de espera acostado en una banda y tras años de paciencia buscando su lugar en el mundo, este Athletic de hoy, a medio camino entre dos finales y recuperado para la causa por Marcelino, ha convertido en Williams en su punta de lanza en su nuevo camino de regreso a la gloria. Porque el potencial no sólo es una promesa pendiente de cumplir sino que debe ser una amenaza constante pendiente de hacerse carne; el balón, el espacio, la carrera y el gol. El galgo necesita su liebre y Williams necesita correr para convertirse en el delantero que todos creímos que llegaría a ser.

miércoles, 24 de febrero de 2021

La crítica

Es necesario labrarse un currículum para poder conseguir un estatus. La grandeza es incompatible con la mediocridad porque ante los retos mayúsculos se esperan las respuestas adecuadas y ante los compromisos serios se necesitan planteamientos adecuados. Cuando uno hace carrera a base de hacer un máster en guerra de guerrillas y de graduarse cum laude en el cuerpo a cuerpo, lo lógico es que, cuando quiera seguir luchando, siga contando con las armas adecuadas, porque si pretendes seguir fajándote con un cuchillo mientras tus rivales tienen espadas, lo lógico es que termines ahogado en cualquier orilla, preguntándote por tus errores y buscando reinventarte cuando ya no existe el remedio.

El Atlético de 2014 es irrepetible. Por jugadores, por condición, por compromiso, por ambición, por encaje de piezas. Aquel equipo hacía de la batalla su hábitat natural y ganaba por desgaste antes que por degüello. En bloque bajo era una roca y en ataque contaba con un animal en su mejor estado de forma. Cualquier intento de repetir aquello fue diluyéndose con el tiempo a pesar de salir vivos en Munich del partido más dramático de su historia reciente.

Cuando el Atleti fichó a Suárez, Simeone dejó un mensaje claro en rueda de prensa: "Nuestra intención es acercar la pelota al área contraria para aprovechar sus facultades". Y así lo hizo el Atleti durante los primeros meses de la competición. A pesar de algún revolcón como en Munich o en Madrid, lo cierto es que el Atleti, aún con sus ratos de repliegue, se había empezado a caracterizar por ser un equipo más ambicioso y, en algunos momentos, incluso más vertical. Entonces ¿Porque regresar al pasado en el partido más notorio de la temporada?

Son muchos los que han alabado a Simeone en el pasado por sus férreos planteamientos en partidos importantes. Todos los que se tiran al suelo para besarle los pies son los mismos que olvidan que ese mismo planteamiento naufragó dos veces en el Bernabéu y otra en Turín, porque para regular la valía de un tipo es necesario regular la crítica en torno a su figura. Simeone es tan extremo en sus planes que no deja gente indiferente a su alrededor, por ello, cuando se le ataca, en muchas ocasiones se cree atacada su trayectoria cuando realmente ha sido el mejor entrenador en la historia del club.

Porque no hace mucho, antes de Simeone, el Atlético naufragaba por un mar de dudas y ni siquiera podía soñar con disputar la Champions. Hoy, con ocho ediciones consecutivas jugadas, más que nunca en su anterior historia, se puede decir que el Atleti ha crecido exponencialmente a las exigencias impuestas por Simeone, pero no pasa nada por decir que ayer que equivocó en el planteamiento. No por la coyuntura en sí, sino porque hoy no tiene jugadores para jugar como lo hacía en 2014. Hay que aceptar la crítica como es, cuando gusta, pero también cuando duele.

jueves, 18 de febrero de 2021

Inmortal

"Jugar en un grande es un reto, jugar contra los grandes y poder ganarles es un reto todavía mayor". Con esta declaración de intenciones, Matt Le Tissier desgranó su filosofía de vida. Porque él era un tipo de gestas, de público en pie, de cosquilleo en las manos deseosas de aplauso y vacío en la garganta previo a un "ooooooooh" que recorría cada rincón de la ciudad de Southampton. Porque cada vez que ingeniaba una maravilla, la gente cercana a The Dell, sabía que el ídolo de todos los sotonians había vuelto a hacer feliz a mucha gente.

Hay quien dijo que Le Tissier jamás pagará un café en Southampton. Esa es la base de la teoría de la inmortalidad, porque tú puedes ir al club más exitoso del mundo, llenar tu palmarés de copas y peregrinar de un lado a otro saciando tu sed con el único objetivo de convertirte en leyenda del deporte. Pero hay tipos que entienden el fútbol como la vida y allí, donde la mirada la gana a la patada y el corazón le gana al sudor, los títulos no se cuentan con los dedos sino co las sonrisas. Le Tissier hizo feliz a mucha gente en Southampton y por ello, pese a no tener copas en su historial, siempre será inmortal en un lugar donde el fútbol es un pedazo de religión pagana.

Porque a nadie le llaman Dios sin ningún motivo. Le God hacía milagros en The Dell cada quince días, un ritual mundano con tintes de maravilla precedido de las cervezas de rigor, los abrazos previos y la locura colectiva. Porque cada domingo de fútbol, Southampton se vestía de fiesta para ver jugar a su Dios particular. Porque cada vez que Le Tissier vestía su smoking, inventaba bailes de salón tan difíciles de imitar que terminaron convirtiéndose en ecos de una leyenda. Y si no, miren lo que le hizo al Newcastle una sombría tarde de otoño de 1993. Pasen y vean.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Horror vacui

Existe un irremediable miedo al vació implícito en la condición humana. Miedo a sentirse sólo, miedo a ser olvidado, miedo a no cumplir las expectativas e incluso un miedo voraz cuando estás en lo alto de la cima porque, ante las expectativas siempre hay que ofrecer una respuesta y de esta penderá siempre, de un hilo, la consecuencia que bien nos vista de seda victoriosa o de espinas trufadas de fracaso. Porque ganar parece sencillo si cuentas con talento, condición física y ambición, pero ser el mejor depende, además, de que la cabeza viaje al lugar de los deseos y no se deje influir por ese miedo al vacío tan férreo que siempre suele asolarnos en los momentos más decisivos.

Gestionar ese miedo, derivado de la presión, tanto interna como interna, es también patrimonio inmaterial de los equipos campeones, porque cuando los perseguidores, los únicos que no tienen nada que perder, huelen la sangre, normalmente no son capaces de soltar a su presa. Por ello, ahora que el Atlético se ha dejado dos puntos después de nueve victorias consecutivas y ha visto de reojo al lobo ganando lo presente y lo atrasado, ha de saber que los factores externos van a estar en su contra por lo que no debe dejarse devorar por los factores internos derivados del miedo al vacío si quiere seguir sumando de tres en tres y zanjar los debates de sobremesa.

Porque ahora el Atleti no tiene más enemigo que sí mismo. Cierto es que juega contra los dos equipos más poderosos el mundo y que centrarán, pase lo que pase, un gran porcentaje de la atención mediática, pero para evitar que esta le afecte, deberá seguir sus preceptos y predicar los mandamientos del Cholismo; no consuman, fé, esfuerzo y partido a partido. Porque sólo así se superan las crisis y sólo así se consigue seguir escalando sin necesidad de mirar hacia abajo con las consecuencias que pueden derivar del vértigo. Porque abajo está el vacío y el vacío, por activa, por pasiva, por circunstancia propia o por derivación ajena, da mucho, mucho miedo.

lunes, 1 de febrero de 2021

Otra muesca en el revólver del Cholo

La historia de los tipos que se reinventan suelen escribirse en renglones torcidos y terminar en rúbricas espectaculares. Algunos se quedan a medio camino y otros terminan completando su metamorfosis hasta alcanza el cénit de la gloria personal porque ha encontrado su lugar en el mundo como pieza indispensable de un colectivo. Es la historia común de un tipo que parecía servir para una cosa y terminó sirviendo para otra, una especie de viaje del héroe particular que, en forma de expiación, termina convirtiéndose en odisea con final feliz.

Marcos Llorente parecía servir para mediocentro. Una temporada excelsa en el Alavés lo demostró y regresó a Madrid con la intención de disputarle el puesto a Casemiro y convertirse en referencia del equipo. Ni pudo ni supo hacerlo. Sin contar para Zidane, cuando Solari apostó por él le pudieron el escenario y la crisis del equipo. Utilizado más como parche que como proyecto, se fue diluyendo mentalmente hasta que el regreso de Zidane le obligó a buscarse la vida fuera del club de su vida.

Debe ser difícil, para un futbolista que juega en el equipo al que es aficionado, aceptar una oferta del equipo rival. No debió ser fácil para Llorente, procedente de una estirpe de jugadores que dieron gloria al club, decidirse por marcharse al Atlético de Madrid, con todo lo que implicaba; marcharse a un equipo menor, adaptarse a una forma de jugar diametralmente distinta y tener que pelear por un puesto ante tipos del carisma de Koke, Saúl o Thomas.

Y de hecho, no fue nada fácil. Ante la marcha de Rodrigo, Simeone intentó tapar el hueco del mediocentro con la presencia de Llorente, pero, por algún motivo, Llorente no terminó de adaptarse al puesto. En un equipo que precisaba del robo y continuación, Marcos se perdía en conducciones absurdas y necesitaba de más de un toque para terminar jugando el balón, lo que provocaba que eliminaba, de un plumazo, cualquier factor sorpresa.

Hay un factor indispensable en los grandes competidores que es lo que provoca que el grano se termine separando de la paja: el amor propio dirigido al amor por el trabajo diario. Ante las malas, ante las críticas y ante las dudas, Llorente trabajó como ninguno en espera de su recompensa, y su recompensa terminó llegando en forma de reinvención. Porque se pueden sacar defectos a Simeone como entrenador, está claro que todo el mundo los tiene, pero una cosa es ser crítico y otra es ser capcioso. Los segundos jamás reconocerán un acierto, mientras que los primeros saben que la lectura de las condiciones de sus futbolistas es una de las virtudes de un entrenador que suele sacar el máximo de sus futbolistas. Si no valía como mediocentro, con esas condiciones atléticas y esa velocidad, quizá podría valer como volante o incluso como delantero.

La primera prueba válida llegó en la Supercopa de España. Después de estar durante más de una hora sometido por el Barcelona, Simeone tiró de Llorente para afrontar el tramo final y, de repente, el equipo ganó en vigor, en fuerza y en frescura. Aquellos diez últimos minutos de locura dieron la vuelta al marcador y señalaron a Llorente como uno de los protagonistas, pero, aún así, siguió agazapado en el equipo y olvidado en la opinión hasta que la Copa de Europa llegó en forma de salvavidas. Porque todo el mundo tiene un momento de redención, todo el mundo tiene un instante en el que la vida, de una manera o de otra, le cambia para siempre. Si en la ida había ayudado a oxigenar el equipo dando apoyo defensivo desde la banda derecha, en la vuelta se convirtió en el hombre de la noche conquistando el templo de Anfield con dos goles para la historia.

En una de esas noches que marcan la carrera de un futbolista, la vida de Marcos Llorente dio un vuelco convirtiéndose, de un día para otro, en un jugador imprescindible y una referencia para sus compañeros. De mediocentro a delantero hay una evolución tan grande que sólo se puede analizar desde los matices y los fundamentos, porque Llorente ha dejado de pedirla al pie para jugar al espacio, porque ha abandonado el juego posicional para convertirse en un tipo anárquico que ataca los espacios con la voracidad de quien busca una expiación tras cada carrera. De cuestionado a titular y de titular a indiscutible, la vida de este equipo líder no se entiende si la aportación de Marcos Llorente, un tipo que hizo de su capa un sayo y supo encontrar su sitio a base de trabajo y de creer en todo lo que le dijo su entrenador. Porque, no lo olvidemos, esta es otra muesca en el revólver del Cholo.

martes, 26 de enero de 2021

Balones de oro: Johan Cruyff

Hermanus Cornelius Cruyff había querido ser futbolista y se había tenido que conformar con ser

frutero. No es que la vida le fuese mal ni que aquel oficio estuviese lejos de considerarse deshonroso, pero a menudo levantaba la vista hacia el final de la calle y divisaba el lugar de sus sueños como algo tan lejano en el tiempo que se volvía a obligar a poner buena cara y seguir despachando a clientas exigentes. La misma exigencia tuvo él siempre con su hijo. El pequeño Johan había entrado en la multitudinaria escuela del Ajax y, al tiempo que echaba una mano en la frutería, soñaba en grande igual que lo había hecho su padre. "Trabaja duro, hijo. Nadie te va regalar nada".

Por ello, el día que debutó en primera, el día que ganó su primera Copa de Europa y el día que fue considerado el mejor futbolista del planeta, no pudo hacer otra cosa sino acordarse de su padre y firmar por él en el membrete de cada sobre con destino al país de los sueños cumplidos. "Aquí estoy, padre. Ojalá pudieses verme".

Su vida fue la vida de un rebelde. Fue por ello que siempre le gustó ir directo hacia su conciencia y, sobre todo, directo hacia la confrontación. Cuando se enteró de que Van Praag, presidente del Ajax, había negociado su venta al Real Madrid, él irrumpió en el despacho presidencial y dijo que si querían venderle lo hiciesen, pero que él quería ir al Barcelona. Aquello, extrapolado a una época en la que el Madrid conservaba un aúrea impertérrita de equipo rey del olimpo fútbol y el Barça no era más que un aspirante residual a los puestos europeos, supuso una consternación en el fútbol en general y en Barcelona en particular. De repente, de vivir abocados a la depresión contínua, se vieron contando con el jugador de moda, el tipo que había hecho del cambio de ritmo una forma de vida, del tipo que definía con el exterior y regateaba a los porteros como si fuesen simples obstáculos en una pradera particular.

En España encontró una Némesis, como tantas veces la había tratado de encontrar galopando junto a la línea de cal y buscando espacios en desmarques diagonales. Eran tiempos de marcajes al hombre, férreos, duros, sin concesiones, y allí estuvo el joven Camacho al quite para decirle a Cruyff que aquel sería su deporte pero no su parcela. Para aquella época Cruyff ya era un tipo fuerte, capaz de aguantar los golpes e incluso devolverlos, nada que ver con el niño flaco y desvalido que había debutado en el Ajax en edad juvenil y que tuvo que ponerse en manos del director de la cantera, Rinus Michels, para especificar un plan de fortalecimiento muscular. Gracias a su debilidad física, tuvo que aumentar su capacidad imaginativa; antes que de fuerza, tiraba de intuición, antes que de resistencia, tiraba de imaginación.

Cuando su padre falleció, su madre, que trabajaba a tiempo parcial como limpiadora en las instalaciones del Ajax, se unió sentimentalmente a un compañero de trabajo que se encargaba de cuidar el campo y fue él quien le enseñó cada rincón de aquel césped para que aprendiese a soñar en primera persona. Su irrupción en el Ajax fue tan fastuosa que a las pocas semanas todo el país conocía su nombre. El fútbol, en Holanda, era un deporte residual y, de repente, se había convertido en un fenómeno de masas. A ello contribuyeron Cruyff y una hornada de futbolstas majestuosos que impusieron su cátedra en el continente. Tras perder la final de 1969, el Ajax tuvo que ver como era su rival, el Feyenoord, quien levantaba la primera Copa de Europa para el país de los tulipanes. Todos maldijeron aquello. El Ajax había ganado las ligas del sesenta y seis, sesenta y siete y sesenta y ocho, se les había escapado la del sesenta y nueve y justo es la había aprovechado el enconado rival de Rotterdam para alzarse con la preciada copa. Había que remendar aquello.

Lo hicieron, claro está. Eso es algo que todo el mundo conoce y a lo que volveremos. Lo que también hicieron fue conquistar el cetro mundial de la Copa Intercontinental. Era como si, de alguna manera, aquel trono mundial consagrase, a nivel de club, a un grupo de holandeses llamados a tocar el cielo. En el setenta y dos ganaron a Independiente y tanto en el setenta y uno como en el setenta y tres renunciaron a jugar porque no les merecía la pena viajar a América, enfrentarse a un equipo de semejante categoría y soportar una dureza que en Europa estaba algo menos enconada. Aquel doble duelo del setenta y dos entre dos de los mejores equipos de la historia está considerado, aún hoy, como el cúlmen de excelencia del fútbol holandés. Cruyff propuso, dispuso y Rep machacó a un Independiente que fue creciendo a medida que aquellas derrotas le iban curtiendo la piel.

Fue un choque de estilos totalmente contrapuestos. En Sudamérica aún se jugaba con fuerza y con paciencia y, sin embargo, aquellos holandeses jugaban a mil por hora. Presionaban al rival en cada centímetro del campo, buscaban el fútbol directo y tenían a Cruyff como su bastión de mando. Abrían el campo, jugaban con extremos, muy pegados a la cal y estiraban el campo hasta lo imposible. De esta manera, Cruyff aprendió a ganar, y sólo cuando la liga holandesa y la Copa de Europa se le había quedado pequeña, decidió afrontar un nuevo reto. En total ganó ocho veces la liga de holanda, siete con el Ajax y otra sobre la que hablaremos más adelante.

Su carta de presentación en España fue antológica. Después de debutar a lo grande ante el Granada en la jornada ocho, se fue asentando en el equipo al tiempo que el equipo iba ganando en confianza hasta que en la visita del Atlético de Madrid, en vísperas de Navidad, sorprendió al mundo con un gol imposible. Un balón largo al segundo palo, que se perdía por la línea de fondo, fue rematado por Cruyff de manera acrobática, con el tacón, dejando a Reina de piedra y al Camp Nou estupefacto. Muchas años más tarde, volvían a tener un ídolo a quien admirar.

Cruyff era un tipo difícil al que, sin embargo, le sedujeron las formas de vida del pueblo catalán. Se sintetizó con ellos y supo ganarse al vestuario con su discurso directo y un cigarrillo siempre encendido en la boca. Aquel tabaco maldito que casi acaba con su vida un par de décadas más tarde. Porque él creía tener el control de todo, hasta de sus pulmones. Enseguida se convirtió en capitán del Barça, igual que lo fue en treinta y tres ocasiones de las cuarenta y ocho que vistió la camiseta de Holanda e igual que ya lo era, de facto, en 1969 cuando el Ajax perdió la final de la Copa de Europa ante el Milan. En aquel entonces, aquel equipo ya jugaba bajo el famoso precepto del salir y disfrutar, pero quien disfrutó aquella noche fue el gran Gianni Rivera. Viéndole jugar, Cruyff supo que aún tenía que dar más de sí si quería convertirse en el mejor jugador del continente.

Lo consiguió poco a poco, sobreponiéndose a la fiereza de unos rivales que no regalaban nada y a la dureza de unos defensores que buscaban pararle por lo civil o lo criminal. Aquello hizo crecer su intuición, pivotaba de espaldas, buscaba el desmarque y aprovechaba siempre el espacio vacío. Se convirtio en indetectable sin balón y en imparable con él en los pies. Con ese concierto de violines y pianos, la selección holandesa se consagró como la Naranja Mecánica, haciendo honor a su fútbol de memoria a una película que, durante los primeros años de los setenta había arrasado en las taquillas.

Tan memorables fueron sus enfrentamientos ante equipos alemanes, que el Bayern que tanto había sufrido ante el Ajax de Cruyff, se presentó en su partido de despedida en Amsterdam y jugó sin piedad hasta anotarle ocho goles al equipo del De Meer, uno detrás de otro. Para Maier, Breitner, Muller y compañía no había mejor homenaje que el escarnio y no había mejor venganza que el ridículo.

De ridículos y escarnios, él ya sabía demasiado. Después de abusar de los rivales en la liga holandesa, marchó a España para firmar uno de los partidos más recordados en la historia del club azulgrana. El contexto habría de conocerse porque el Barcelona, en aquella época, estaba muy por detrás del Real Madrid y hacía años que había dejado de ser candidato al título, sin embargo, aquel diecisiete de febrero de 1974, todos creyeron en Cruyff y Cruyff creyó en sus compañeros. Aquel cero cinco sobrevivió durante décadas en el ideario deportivo del Barcelona. Para arrancar del todo aquellos complejos hubo de volver Cruyff de nuevo, esta vez como entrenador, para terminar de poner la ciudad patas arriba. Pero aquella es otra historia.

La nuestra es la de un niño pequeño al que llamaban Jopie porque apenas abultaba más que el balón y que, de tanto desgastar zapatos contra el pavimento, consiguió que su madre le comprase unas botas de fútbol. La historia de un genio que por inventar, inventó hasta un penalti indirecto, poniendo en jaque la normativa futbolística en un hecho sobre que el no había reparado ¿A quién se le iba a ocurrir aquello? Claro está, a Cruyff. Igual que se le había ocurrido que en toda una final de la Copa del Mundo, el equipo rival tocase la pelota la primera vez para sacar del centro del campo después de un gol recibido. Aquel primer minuto, pese a la victoria alemana final, aún queda en el ideario de un deporte que, más allá de los resultados, nos ha dejado improntas de maravillosa realidad.

Su madre le enseñó a pelear por cada parcela de ego y él sacaba el ego a relucir tanto dentro como fuera del terreno de juego. Se empeñó en jugar en Barcelona y lo consiguió pese a que el transfer llegó dos meses tarde y hubo de hacerse cargo de un equipo que andaba por la mitad de la tabla. Se empeñó en ganar aquella liga y la ganó. La ganó como ya había ganado tres Copas de Europa anteriormente después de vengarse de los italianos del Milan pintando victorias incontestables sobre los italianos de la Juventus y del Inter del Milán. Porque en aquella época de fulgor, cuando Bedin, Frustalupi, Capello o Causio trataban de pararlo, él ya había desaparecido del mapa. Con su característico toque de exterior, su arrancada de tacón y su juego combinativo, se había convertido en un futbolista total, llevando el fútbol a una velocidad no conocida hasta entonces.

Cuando debutó ante el Groningen, en 1964, ya había anotado un gol. Tenía diecisiete años y mil expectativas por delante. Expectativas que sobrepasó a mil por hora. Al año siguiente debutar se consolidó en un equipo que no dejó ni una sola migaja. La liga y la copa holandesa se convirtieron en coto privado del Ajax al igual que se convirtió la Copa de Europa unos años después. Aquella fama lograda a base de goles y buen juego, sumada a su rebeldía innata, acrecentaron su ego hasta considerarse un jugador único entre una jungla de excelentes futbolistas. "No creo que llegue el día en que se pronuncie el nombre de Cruyff y la gente no sepa de quien se habla". Aquellas declaraciones le ponían por encima del bien y del mal y, más allá de la razón, su ego le jugó más de una mala pasada. En Barcelona le alcanzaron los años y la comodidad y el día en el que un entrenador le llamó la atención, él subió al despacho presidencial para ponerle en un brete al presidente Montal: O Weisweiller o yo. Ganó Cruyff, claro está, pero aquel fue el principio del fin de un futbolista excelente y un personaje global. Tan global que incluso llegó a sufrir un intento de secuestro a finales de 1977. Hasta esa fecha había jugado los partidos de clasificación para el Mundial de Argentina, pero en septiembre unos tipos, haciéndose pasar por mensajeros, entraron en su casa y le pusieron una pistola en la cabeza. El episodio terminó bien para los Cruyff gracias a la torpeza de los delincuentes pero en aquel momento Johan supo que la vida de su familia debía estar por encima de los intereses deportivos y prefirió no dejarles solos durante ocho semanas en pleno verano boreal.

En aquella época, Johan ya tenía un importante lazo de unión con la sociedad catalana. De hecho, y en un gesto provocador de esos que tanto le caracterizaron, viajó a Holanda junto a su mujer para que su hijo menor naciese en Amsterdam y así poder bautizarle como Jordi, nombre que en España estaba prohibido al considerarse las lenguas, hoy cooficiales, como proscritas. Aquel gesto le convirtió en héroe dentro de Cataluña cuando ya era un Mesías en Holanda. Aquel grupo de canteranos del Ajax que él comandó había llevado al país a lo más alto en el plano deportivo: Haan, Krol, Neeskens, Rep, Muhren... jugadores extraordinarios para un equipo extraordinario. 

Y con el número catorce, Johan Cruyff. En una de esas rebeldías que tanto le caracterizaban, desafió a los organismos para poder vestir el número que un día le dio suerte. Bastó que le dijesen que no podía hacerlo para obcecarse más con la idea de portarlo. Porque él siempre había llevado el nuevo, pero un día le prestó su camiseta a Muhren al no encontrar él su zamarra con el siete y, justo antes de saltar al césped, Cruyff agarró la primera que cogió del banco de suplentes. La gente se sorprendió cuando le vio aparecer con el catorce, le dejaron jugar por no andar retrasando el juego e hizo un partidazo tan memorable que decidió llevarlo para siempre. Y es que el catorce, de alguna manera, se terminó asociando a su vida deportiva, porque cuando llegó a Barcelona, el equipo llevaba catorce temporadas sin ganar la liga y, gracias a su liderazgo y buen hacer, el equipo volvió a ser campeón llevando la algarabía a una afición que había caído en un pozo de depresión. No ganó mucho más en España, acaso, justo antes de despedirse, una Copa del Rey. Fueron dos títulos en cinco años, un pobre bagaje para un tipo que llegó como el mejor del mundo, lo que ocurre, en su caso, es que más que los títulos se valora el legado, porque aquella fue la primera piedra de un Barcelona que, con los años encontró un estilo propio y una manera muy bonita de acostumbrarse a ganar.

Porque la suya fue una de las mayores revoluciones vistas en la historia del fútbol. Le cambió el sentido al juego y lo modernizó del todo. Todo aquel cambió ya se intuía cuando en 1966 y con tan solo dieciocho años, debutó como titular en la selección holandesa anotándole un gol a Hungría. Y es que lo de estrenarse con goles terminó convirtiéndolo en costumbre. Su etapa en Barcelona terminó bruscamente después de un enganchón con el árbitro Melero Guaza en un Barcelona - Málaga. En una liga que finalmente ganaría el Atlético, el Barça se había visto de nuevo con opciones y terminó enfangado en un ataque de histeria después de que el citado colegiado expulsase a Cruyff por considerar que le había insultado. Cruyff, en su defensa, alegó que se había dirigido a su compañero Manolo Clares, pero el árbitro indicó en el acta unos graves insultos que todos los jugadores del Barcelona, en respaldo de su capitán, negaron. La sanción de Cruyff terminó condenando al Barça quien se vio abocado a perder la ilusión por el juego. Tras su adiós al Barça y un amago de adiós al fútbol, firmaría por los Ángeles Aztecas primero y por los Washington Diplomats después para ser considerado, durante dos años consecutivos, como el mejor jugador de la NASL. Cuando sintió que ya no le quedaban fuerzas para seguir peregrinando, decidió regresar dónde había empezado todo. Tras unos meses en Valencia vistiendo la azulgrana del Levante, regresó al lugar donde la grandeza le había concedido nada menos que tres Balones de Oro, todo un hito hasta entonces, algo lógico para quienes le vieron jugar. Con la camiseta del Ajax volvió a ser campeón. Ya tenía treinta y cuatro años y no mucha velocidad, pero conocía el juego como ninguno. Además, conocía al dedillo aquella manera de jugar tan holandesa que se había bautizado como Fútbol Total y con cuyos conceptos se había familiarizado desde los trece años. Tras sendos dobletes y un cruce de reproches con Tom Harmsen, nuevo presidente del Ajax, este declaró que Cruyff estaba viejo y la camiseta de titular le pesaba demasiado, le instó a firmar un despido honroso y a dejar de arrastrase por los terrenos de juego. Fue entonces cuando Cruyff firmó su último y más memorable acto de rebeldía.

Despechado con el club de su vida, firmó con el Feyenoord de Rotterdam, que es algo así como si hoy viésemos a Messi fichar por el Real Madrid. Tras la conmoción llegó el fútbol y tras el fútbol llegó la dosis de realidad potenciada al máximo. Cruyff, literalmente, se salió. Formando pareja de ataque con un joven Ruud Gullit, inyectó energía, poder y fútbol al Feyenoord para llevarle a ganar el doblete y convertirse, así, en el auténtico amo del fútbol holandés. Aquel año disputó cuarenta y cuatro partidos y anotó trece goles, pero sobre todo dejó la sensación de, incluso andando, podía gobernar los partidos sólo con la mirada.

Tras aquel último baile decidió dejar el fútbol. Atrás dejaba veinte años de pura pulcritud, seiscientos ochenta y cuatro partidos y trescientos setenta y un goles y la sensación de que haya podido ser, probablemente, el jugador europeo más importante de la historia. Porque quizá Cristiano con su voracidad, le haya superado en números, pero si hablamos de cambiar el fútbol, de modernizar conceptos y de elevar el nivel un escalón por encima de lo establecido, sólo se puede hablar, en concreto de tres o cuatro jugadores a lo largo de la historia; Hidegkuti, Di Stéfano, Cruyff y Xavi. Muchos de los que vinieron después fueron mejores, ninguno tuvo tanto impacto en el juego como él.

lunes, 18 de enero de 2021

Van Gol

El oficio de delantero, en Holanda, se había convertido, por algún motivo tradicional aferrado al juego, en una cuestión de estética por encima de la ética. De esta manera, tras aquel Rensenbrink que jugó a ensombrecer la estela imperturbable de Johan Cruyff, llegó un pequeño vacío que vino a llenar un joven cisne que, desde Utrecht, llegó al fútbol de élite para enseñarle al mundo que el oficio de goleador no estaba reñido con el de bailarín.

Tras Van Basten llegaron Bergkamp y Kluivert. Cada uno a su manera, jugaban con un toque de distinción que pregonaba un fútbol diferente vestido de naranja. Bergkamp lució su frac en los campos de Inglaterra y Kluivert tuvo momentos gloriosos en España. Ambos demostraron que el fútbol estaba abierto a cualquier evolución y que una posición tan clásica como la de ariete podía avocarse a un cambio de paradigma.

Fue cuando creíamos que Holanda había abandonado todo conato de clasicismo, cuando aparecieron tipos con el ceño fruncido, mirada asesina y disparo certero; Van Hooijdonk, Hasselbaink, Makaay y, por encima de todos, Ruud Van Nistelrooy, un tipo que hizo carrera del gol y convirtió su palmarés en un museo de las estadísticas.

Fueron trescientos cincuenta goles los que anotó como profesional y fueron muchos los aficionados que se rindieron a sus pies. Ganó la liga en Holanda, en Inglaterra y en España y, cuando creían que no le quedaba más fuelle, aún tuvo tiempo de dar una masterclass en Málaga y en Hamburgo, porque lo suyo no era dar concesiones a nadie. Como los buenos pistoleros, primero disparaba y luego preguntaba, no fuese a ser que a algún defensa voraz le diese por quitarle la merienda en mitad del área grande, justo el lugar donde se acrecentaba su apetito y se disparaban sus instintos.

Haciendo de la competitividad su oficio, de la anticipación un arte y del gol una manera de vivir, Van Nistelrooy sobrevivió a la jungla de feroces defensores gracias a su instinto y su hambre. Gracias al primero supo siempre como encontrar el espacio vacío y gracias al segundo supo siempre que detrás de un gol debía llegar otro, porque los grandes goleadores no se sacian con poco sino que necesitan de mucha sangre para sentirse, de verdad, los más deseados del planeta fútbol.

Van Gol, como le apodaron sus aduladores, que fueron muchos y ganados a pulso, fue un tipo de sonrisa enigmática y pocos amigos dentro del terreno de juego, porque cuando pisaba el verde no buscaba caer simpático ni estrechar lazos entre los rivales, sino que su único objetivo era la red de la portería rival. Con sus zapatazos al ángulo y sus cabezazos precisos, abanderó un cambio de paradigma en el fútbol holandés y dejó un hueco en el puesto de delantero centro que aún hoy, con una final de mundial más ganada y muchas expectativas por delante, la selección orange no ha sido capaz de llenar.