jueves, 1 de septiembre de 2022
Cyborg
lunes, 29 de agosto de 2022
Última oportunidad
Para entender el valor de un futbolista hay que analizar siempre el contexto en el que juega. Hay grandes futbolistas que se convierten en gigantes cuando se rodean de los mejores, caso De Bruyne. Y hay otros futbolistas a los que la compañía les empequeñece porque gustan más de destacar que de convertirse en complemento. Caso Grealish.
Otros, a medida que van progresando van consiguiendo
que el equipo vaya creciendo en torno a ellos. En este aspecto, Messi y
Cristiano son dos ejemplos superlativos; ninguno de los grandes logros
alcanzados por Barça y Madrid durante la última década y media se entendería
sin ellos. Pero existen futbolistas de un segundo o tercer escalón que han
conseguido, por sí mismos, ser considerados futbolistas top por su capacidad
para aparecer en el momento preciso.
Pero existe aún un futbolista a medio camino entre el
bien y el mal, entre la promesa y la realidad, entre el quiero y el puedo. Un
tipo que, durante los diez últimos años ha llenado portadas y ha intentado
llamar a la puerta de la cima durante más de una ocasión pero, por hache o por
be, no ha terminado de cuajar un partido grande de verdad a un alto nivel de
exigencia. Vale que ganara enteros en una Real Sociedad en la rampa de ascenso,
pero durante aquel trepidante año vivió a la sombra del pie de Mikel Merino y
las apariciones portentosas de Oyarzabal.
Martin Odegaard ha sido, Haaland aparte, el mayor
talento surgido del fútbol nórdico durante los últimos quince años. Para
analizar el impacto de su juego en aquella adolescente Real de Imanol, habría
que tener en cuenta los factores psicológicos que atenazaban a aquel equipo. Era
un equipo sin timón, con tendencia a partirse en dos, con mucha fragilidad
atrás y mil dudas en cuanto al verdadero valor de su exigencia. Con ello,
comprobar de qué manera Odegaard encajó como un guante en aquel equipo, resultó
completamente conmovedor.
Mientras el Madrid buscaba un relevo generacional a
Kroos y Modric, Odegaard mandaba señales de esperanza desde San Sebastián. Por
ello se confió en él. En un verano, el de 2020, en el que la situación pedía
prudencia, el Madrid se reforzó con su llegada a pesar de que él pedía un año
más de fogueo en San Sebastián. No se equivocaba. El tiempo y las exigencias
pudieron con su cabeza y su fútbol se diluyó al tiempo que San Sebastián suspiraba por su regreso y desde
Inglaterra le tentaban con cantos de sirena. Todo su talento pareció
desaparecer el día que le obligaron a sustituir a todo un balón de Oro. Nadie,
de los que han llegado, ha sido aún mejor que Modric y probablemente nadie de
los que llegue con posterioridad sea capaz de igual al croata, pero no por
ello, hemos dejado de creer que algún día llegará el momento en el que Odegaard
sea capaz de resucitar de nuevo y decir: “Por eso me marché del Madrid”.
lunes, 22 de agosto de 2022
Posicionamiento
Carlos Casemiro ha sido el mediocentro más decisivo en la historia del Madrid y lo digo sin medios términos. No ha tenido el pie de Xabi Alonso ni la conducción de Fernando Redondo, pero aunque no lo parezca, ha tenido el doble de jerarquía que ellos sin necesidad de levantar la voz ni inventar una floritura. Su posicionamiento, siempre en el lugar ideal, hizo de él una roca casi inexpugnable que, cuando contenía sabía meterse entre los centrales y, cuando contragolpeaba, sabía siempre ocupar el lugar donde el espacio vacío requería una pieza.
Si alguien aspira a destacar en el escalafón histórico por sus méritos ofensivos, pocos futbolistas han despertado la moral del Madrid como lo hizo Casemiro con algunos de sus goles. Aún recuerdo uno en Las Palmas, con el equipo agonizando y en caída libre que no sólo supuso una victoria balsámica sino el inicio de una racha de resultados y confianza que terminó con la undécima copa de Europa en las vitrinas del equipo. O aquellos dos goles en Moenchengladbach, cuando el equipo estaba fuera de todo, que reactivaron a una platilla herida y les impulsó hacia un lugar más allá del abismo. Paso a paso, creencia a creencia, Casemiro hizo creer a sus compañeros que a su espalda no existía un paraíso y que la alegría de Kroos y Modric dependían, en gran parte, de su abnegado y silencioso trabajo.
Se marcha un tipo que, aunque los voceros del régimen crean que tiene sustituto inmediato, será difícil de suplir en cuando a jerarquía en el juego, porque Tchouameni puede tener el físico de un atleta y la fuerza de un luchador, pero para llegar a ser tácticamente la mitad de Casemiro no sólo necesitará tiempo sino también saber ganarle a la nostalgia, pero el fútbol no es una cuestión de arrastrar rivales sino de conseguir que estos lleguen siempre medio segundo más tarde al balón de lo que pretendían.
jueves, 11 de agosto de 2022
Pichichis: Fidel Uriarte
En España, el silencio era una cárcel y los sueños viajaban con una pelota de fútbol. Pan y circo, señores. Fútbol y toros. Eran los tiempos en los que el Madrid dominaba la liga y soñaba con reconquistar Europa y allá arriba, junto a las rías del Nervión, un puñado de jóvenes vizcaínos trataban de renacer laureles y brindarle a su gente un título que hacía una década que se les resistía. Allá, en los aledaños de San Mamés, los coches circulaban buscando aparcamiento y con una pegatina en la parte trasera que se había popularizado en cierto sector de la grada y que rezaba aquello de "Clemente el diez del Athletic".
Clemente, al que hoy conocemos como ex seleccionador y agitador de salsas en tertulias radiofónicas, fue en su día un interior izquierda finísimo, de elegante zancada y soberbia conducción, que filtraba pases hacia el extremo para que, bien Argoita, bien Rojo, pusieran su caramelo en el área en forma de centro de gol. El problema había surgido porque antes de Clemente el Athletic ya tenía a su interior izquierda; un jugador menos fino pero más enérgico, con el gol incrustrado en las venas y la mirada asesina de quien quiere ganar a toda costa. Fidel Uriarte ya era una estrella y no se reservó paños a la hora de afrontar la solicitud del joven de Barakaldo ¿Quieres el diez? Pues para ti el diez, yo sólo quiero jugar. Y Uriarte cedió el diez a Clemante para tomar el ocho y seguir jugando a ese juego tan complejo y a la vez tan fácil que es el de encontrar el espacio y jugar siempre con el compañero mejor situado.
El único barro que le gustaba era el físico. Ahí decían que era el mejor. Cuando San Mamés amanecía con lluvia, Uriarte sabía que aquel iba ser su partido. Rocoso como pocos, se fajaba en el lodo como un animal y siempre salía victorioso. Los focos se pusieron en él el día que debutó, pero el tiempo fue injusto con su memoria y las crónicas relatan aquel partido en Málaga como la tarde en la que debutó Iríbar. Y es que se puede ser un mito, pero jamás se puede competir con El Chopo.
Pero aquel chico de diecisiete años que fue titular en La Rosaleda estaba llamado a ser un histórico del Athletic Club. Pocos meses después formaba parte de la selección española de aficionados tras pasar con holgura la pruebas físicas en un Madrid donde conoció las virtudes gustativas de los bocadillos de calamares. Allí, saltó más que nadie, corrió más que nadie y, cuando al fin fue concentrado, bebió más vino que nadie. No porque fuese un adicto, sino porque su cuerpo necesitaba más energía que los otros.
Comenzó como mediocampista de contención y terminó jugando como líbero en un Málaga que buscaba su identidad en Primera. Y es que tuvo que emigrar al sur cuando el Athletic le dio la baja y los cinco millones que había cobrado del Málaga por su traspaso. Era la manera de agradecer sus servicios a un tipo que había sido, durante años, el mejor futbolista del equipo. Un centrocampista con alma de delantero que había nacido del Athletic y que cumplió sus sueños jugando y ganando en la catedral del fútbol.
Su descubrimiento fue un asombro en la garganta del gran Piru Gaínza. Se buscaban futbolistas para formar el primero equipo juvenil en la historia del Athletic y alguien le dijo al mago que en Sestao vivía un chaval que dominaba a todas las pandillas del pueblo. Aquel chico había sido el mejor del colegio La Salle y alguien le había reclutado para el patronato deportivo. Con sus amigos, había formado un equipo, llamado "Los Boinas" que se las tenían tiesas con los de Barakaldo. "Aquí estamos los boinas, todos con alpargatas y no les tenemos miedo a esos chulos de corbata", cantaban antes de los partidos, y Uriarte, arrollador, se los comía vivos. Huelga decir que pasó la prueba, que firmó por el Athletic y que fue el principal protagonista en la primera Copa Juvenil en la historia del club.
Allí, él era un hombre entre niños y en el primer equipo fue un niño que aprendió a ser hombre. Su extraordinaria conexión con Rojo aún se recuerda en los mentideros del estadio, igual que el día que Kubala le llamó para la selección, cosa extraña por entonces o el día en el que vieron aparecer a Julen Guerrero y alguien quiso decir que aquella manera de jugar tan inteligente y aquella forma de llegar al área sin ser detectado, ya lo había visto antes en la figura de Fidel Uriarte.
Con el Athletic anotó ciento veinte goles y estuvo a punto de ganar una liga, la del setenta, pero los nervios y las causas ajenas se lo impidieron. Pero él nunca fue de lamentarse sino de tirar hacia delante, siempre con su mirada felina y su pelo encrespado, indomable. Pura potencia al servicio del Athletic. El León de Urbinaga, como le citaban en las crónicas era pura potencia y no tardó en hacerse un hueco en el once titular del equipo. Y eso que el equipo ya tenía a su interior izquierda, pero era tan el empuje de Uriarte que Txetxu Rojo se vio obligado a coger el once y reconvertirse en un extraordinario extremo izquierdo. Apenas pasaba del metro setenta pero era feroz en el remate de cabeza gracias a su asombrosa capacidad de salto y a su inigualable intuición. Quien mejor le entendió fue Ronnie Allen, aquel entrenador inglés que dejó huella en Bilbao, le dio el diez a Clemente y convenció a Uriarte de que, aunque jugase con el ocho, él era su hombre clave. Cuando Uriarte no jugaba, el Athletic bajaba una marcha.
La muestra más clara de la energía que Uriarte insuflaba a su tropa fue el cinco a cero que le endosaron al Real Madrid en San Mamés una fría tarde de febrero de 1970. Aquel día, el Athletic volaba en el barro y Uriarte hizo boquear a Velázquez, porque aquel centrocampista con alma de delantero no cejaba en su empeño. Iba y venía, venía y volvía a ir, infatigable, puso en pie a San Mamés como en tantas tardes de gloria. Nadie podía suponer que aquella soleada tarde de marzo del setenta y cuatro, en Málaga, jugaría su último partido con la camiseta del Athletic.
Málaga. Otra vez Málaga. Allí empezó todo y allí terminó. Y allí volvió a empezar, porque con los albiazules jugó otras cuatro temporadas, en el eje de la zaga y enseñó a los jóvenes que el fútbol no era sólo una cuestión de corazón sino que debía vivir en la cabeza. Porque el fútbol no basta con jugarlo, al fútbol hay que entenderlo y él lo entendió desde el principio. Por ello, el propio Di Stéfano, que había visto el manejo de su zurda y su desparpajo en la conducción la primera vez que visitó el Bernabéu, se acercó a él para decirle "Pibe, es usted muy bueno ¿Por qué no deja de perseguirme y se dedica a jugar al fútbol? Yo prometo no perseguirle a usted". Y claro, Di Stéfano marcó dos goles, el Madrid ganó por tres a dos y Uriarte tomó como modelo al madridista para saber que el fútbol, aparte de un deporte, también podía ser una partida de ajedrez.
Con semejante equipo y semejante líder, tan sólo era cuestión de tiempo que llegaran los éxitos. Primero fue la Copa del sesenta y nueve, ganada al Elche en un partido agónico resuelto casi al final con un gol de Arieta, y después llegaría la Copa del setenta y tres, ganada al Castellón con otro gol de Arieta y uno de Zubiaga. Eran justos premios a una intensa trayectoria. Pero su auténtica noche de gloria la vivió en la Nochevieja del sesenta y siete cuando le hizo cinco goles al Betis en una tarde inolvidable. El Athletic, en casa, era arrollador y Uriarte era imparable. Ocho goles se llevaron los sevillanos y una manita les endosó Fidel, tres de ellos de cabeza. Pañuelos blancos, vivas, hurras y la sensación de que el mejor jugador de España jugaba para ellos. La grada era una fiesta y Uriarte era una bestia. Aquellos cinco goles le catapultaron en la lucha por un trofeo Pichichi que terminaría ganando a final de temporada con un total de veintidós, una cifra nada desdeñable para un centrocampista y en una época en la que las ligas tenían treinta jornadas.
Aquel empujón mediático le llevó a ser internacional, llegando a jugar en nueve ocasiones con la selección y dejando un gol para una victoria histórica de España en suelo italiano a la irreductible selección azzurra. Y es que, desde el principio, había estado marcado por el asombro. A los catorce años ya formaba parte del Athletic juvenil, a los dieciséis de la selección española de aficionados y a los diecisiete ya era titular en el primer equipo. No era de extrañar que, gracias a su juego y a su carácter ganador, se convirtiese, casi inmediatamente, en el niño bonito de San Mamés. Y es que su juego, siempre con la cabeza levantada, siempre con la camiseta manchada de barro, siempre con pierna fuerte y pie de seda, siempre buscando el espacio y la pelota de manera infatigable, le convirtió en el prototipo de futbolista del Athletic Club.
Pese a que el Alzheimer le castigó durante los últimos años de su vida, le costó demasiado tiempo olvidar aquellas dos derrotas que sufrieron en San Sebastián y Valencia cuando iban embalados en pos de ganar la liga del setenta. En el primero se ahogaron en el barro y en el segundo se ahogaron en el miedo. Pero él nunca se detuvo a llorar, lo suyo era seguir jugando y seguir buscando la siguiente victoria. Ganó mucho, perdió mucho, soñó, jugó, marcó y puso su nombre con mayúsculas en un estadio donde la exigencia es inherente y donde el aplauso no se regala. Por ello, Fidel Uriarte murió una noche de diciembre pero vivirá para siempre en la memoria de aquellos a los que levantó con su fútbol.
jueves, 4 de agosto de 2022
El villano
Todo aquel que disfrute del cine sabe que no hay una buena película sin un buen villano. Ese tipo casi cuerdo pero de apariencia esquizofrénica, que mata sin preguntar, que se sigue levantando tras los golpes y que, hasta cuando muere, conserva esa sonrisa de superioridad en los labios.
En la película de mi vida no ha existido un villano
más aterrador que el Real Madrid. Puede tirar ligas en Navidad, sentirse
sofocado en febrero y pasarlas canutas ante equipos de segundo nivel como el
Shaktar o el Wolfsburgo. Pueden alargar la agonía hasta el minuto noventa y
alcanzar un puñal escondido en la bota y clavártelo en el corazón. Es un
villano terrible, de los que siempre sobreviven aun en las peores circunstancias.
De alguna manera sabes que siempre estará ahí, al acecho, para volver a
rescatar mis peores pesadillas.
Puede jugar una final casi a la expectativa, sabiendo
que, en algún momento, sacará su arma y te dejará frito. Aunque sepas que el
rival ha merecido mejor suerte. Aunque muchos te digan que murieron con orgullo.
Por más que intenten consolarte, Darth Vader seguirá siendo un villano y la
copa terminará siempre en sus resplandecientes vitrinas.
El orgullo vale de poco cuando mueres a manos del
villano. Más bien se te queda cara de tonto y ninguna gana de volver a cruzarse
en su camino.
Sólo queda la esperanza de que esta sea una buena
película de acción y al final, aunque sea muy al final, el héroe le acabe
ganando al villano tras un combate memorable.
jueves, 14 de julio de 2022
Un desafío llamado Erling Braut Haaland - Por Miguel Quintana
Erling Braut Haaland nos resulta fascinante porque no es como los demás nueves, pero también porque al mismo tiempo es como todos pensamos que debería ser un delantero centro. Contundente, directo, frío. Si algo caracteriza el juego del noruego es la absoluta ausencia de rodeos. Él no pregunta, responde. No argumenta, impone. No piensa, hace. Sin sentimientos ni artificios que le distraigan de la misión para la que vino al mundo. En la era en la que los delanteros piensan más en sus centrocampistas que en los porteros rivales, Haaland supone un absoluto desafío al fútbol actual.
Esto es exactamente lo que sucedió en la final de la pasada Champions, un encuentro en el que mandó el PSG de Tuchel hasta que Thiago consiguió superar su primera línea de presión. Pero también lo que marcó el Manchester City-Real Madrid, el Bayern-Barcelona, el PSG-RB Leipzig o cualquiera de los cruces del sorprendente Ajax y del campeón Liverpool en el curso 2018-19.
Paradójicamente, aunque cada vez haya más espacios entre la defensa y el portero, cada vez hay menos nueves capaces de atacarlos. Incluso algunos que podrían hacerlo, como es el caso de Timo Werner, Kylian Mbappé o Aubameyang, terminan partiendo desde un costado para poder despegar con mayor facilidad. A los nueves ahora mismo se les pide otras cosas, más relacionadas con salir de la presión que con atacar el espacio que esta deja como consecuencia.
Esto no supone ningún problema si los de fuera, que a menudo son delanteros y no extremos, como pasa en los últimos dos campeones de la Copa de Europa, compensan este déficit con velocidad y agresividad. Al final hay muchas formas de jugar al fútbol. Lo de que los laterales tienen que defender primero y atacar después o que los delanteros lo que deben hacer es marcar goles es un debate que continúa, pero que en realidad debió quedar aparcado en el Bar Manolo allá por 2009. El caso es que si los de fuera no compensan dicho problema, el equipo quizás pueda salir de la presión, pero no va a poder castigar el riesgo que asume el rival al presionar arriba. Y si no penalizas dicho riesgo, el contrario no va a tener ninguna razón para aminorar. Se hará más fuerte, continuará arriesgando y será cuestión de tiempo que cobre la inversión.
Por todo esto la aparición de Erling Braut Haaland supone una respuesta quirúrgica a las nuevas preguntas que se hace el fútbol. El noruego no es sólo uno de los mejores definidores del planeta, sino que además también es el futbolista con más capacidad para plantarse solo delante del portero. Así que no hace falta ser ingeniero para saber lo que supone la suma de ambas circunstancias para los rivales de Haaland.
Lo primero que llama la atención en Haaland es, evidentemente, su altura. Esos ciento noventa y ocho centímetros tan característicos del fútbol noruego que antes suponían una limitación a campo abierto y que ahora él los utiliza como el mejor de sus argumentos para llegar antes que nadie a la zona donde se ganan los partidos. Es increíblemente explosivo en la arrancada, es capaz de sostener su velocidad punta a lo largo de todo el campo gracias a su cadencia y es, sobre todo, tremendamente coordinado. Esto es lo que le convierte en un delantero muy especial. Su relación con la pelota, con el espacio y con sus propias piernas no es propia de un futbolista con el centro de gravedad tan alto.
Es habitual ver a Haaland arrancar desde muy atrás, imponerse con claridad a un defensa que partía con ventaja y, una vez se planta ante el portero, reajustar su velocidad con una facilidad pasmosa para poder controlar y chutar en las mejores condiciones posibles. Y esto no es normal. Tras sesenta metros te falta el aire en los pulmones, eres incapaz de pensar y todavía más de pararte. Si te paras, de hecho, lo normal es hacer un mal control, pues tu cabeza pretende ir a una velocidad diferente a la de tus piernas. Pero para Erling Braut Haaland esto es facilísimo; a fin de cuentas lo bueno que tienen los ciborgs es que ni sienten ni padecen.
Esta velocidad de por sí ya le permitiría quedarse a menudo delante del portero, pero es que además Haaland es tremendamente inteligente. Lee muy bien los espacios vacíos, tiene un gran timing para iniciar el desmarque y una calidad mayúscula para el control, que como todos sabemos siempre es el padre del gol.
Pero donde Haaland lleva su ortodoxia y pragmatismo hasta el final es en la definición. O más bien en la ejecución, pues Haaland no define, ejecuta. Normalmente los mejores finalizadores del mundo han hecho del engaño su mejor virtud. Ronaldo y Romario eran auténticos trileros. Sin embargo, Haaland no sólo no suele regatear, sino que tampoco es nada creativo a la hora de finalizar las jugadas. Ni picaditas como Messi, ni fintas con la cintura ni nada que se le parezca. Empeine interior, escuadra y gol. Francisco Umbral estaría orgulloso de él. Cristiano, también.
Este cocktail de cualidades es el que está provocando que Haaland tenga unos números inalcanzables para el resto de delanteros. Más allá de sus impresionantes registros goleadores, está su increíble eficacia. En la pasada Champions League marcó diez goles en diecinueve disparos (53% de acierto). En la pasada Bundesliga anotó trece en veinticinco disparos (52%). Haaland es mortal de necesidad.
Conscientes de que a Iván Drago le bastó con su potencia para matar a Apollo Creed pero no para superar el juego de pies de Rocky Balboa, los aficionados se preguntan si Haaland podrá mantener su ritmo goleador cuando no haya tantos espacios y las defensas se cierren. Es una pregunta lógica para la que todavía no hay respuesta. A todos los jugadores les cuesta más atacar sin espacios. La diferencia entre los buenos y los mejores es la capacidad que tienen para creárselos. Y, aunque haya que insistir en que todavía no hay respuesta, Haaland ha insinuado que es uno de estos últimos.
Además, como suele decir Adrián Cervera, lo que marca la evolución del fútbol es donde están los espacios. En la década actual estos se encuentran a la espalda de la primera línea de presión, y esto no parece que vaya a cambiar.
De hecho, el Borussia Dortmund esta temporada viene utilizando la salida de balón como cebo para el contrario. Es algo parecido a lo que intenta Mikel Arteta en el Arsenal: sumar pases, atraer al rival y luego soltar rápidamente para correr con espacios por delante. Y al final el fútbol se trata de eso: jugar con los espacios y la voluntad de tu rival hasta utilizarla en tu favor. Con Erling Braut Haaland esto es mucho más fácil. El noruego es como un hacker que se cuela por las grietas de un sistema que, de momento, no ha encontrado la forma de defenderse.
Publicado en "Panenka".
miércoles, 6 de julio de 2022
En el nombre del padre
El Torino era el equipo del pueblo turinés, un conjunto de futbolistas que había conseguido revolucionar el fútbol cuando el siglo veinte amenazaba con cumplir la mitad de su vida, un grupo de personas que ganaron tantos partidos como podía haberles permitido su propia imaginación.
Y en aquel Torino, base de la selección italiana, destacaba, por encima de todos, la figura de Valentino Mazzola, un futbolista fuerte, de rápidos movimientos y una certera ejecución de cara a la portería; un jugador que escribía una leyenda en cada partido portando en su brazo el brazalete de capitán, un ídolo nacional al que sus compañeros respetaban y los aficionados adoraban como el ídolo más esperado.
Después de pasearse por Italia ganando cinco scudettos consecutivos, el equipo comenzó a ser reclamado en el resto de Europa como un atractivo representante para los aficionados. Y así fue como el Torino comenzó, en la primavera de 1949, una gira por Europa que le llevó a disputar partidos en los mejores campos del continente. En aquella gira el Torino hizo valer su fama y, poco a poco, fue constituyéndose como el mejor equipo del mundo a ojos de todos. Y con esa convicción vistiendo el orgullo de cada jugador, el equipo embarcó en Lisboa para coger un vuelo rumbo a Italia después de haber disputado un épico partido contra el Benfica.
Aquel vuelo comenzó con la promesa de un nuevo partido y terminó en una tragedia que paralizó a todo el país. El avión sufrió una avería en pleno vuelo mientras sobrevolaba las inmediaciones de la localidad de Superga y fue a estrellarse contra la iglesia de la localidad. Todos los jugadores murieron, incluído Mazzola, quien dejó un recuerdo imborrable y un hijo de seis años que conoció la crudeza de la vida en plena infancia.
El pequeño Alessandro, nombre con el que el gran Valentino había bautizado a su retoño, se crió en brazos Benito Lorenzi, delantero titular del Inter de Milán y compañero de su padre en la selección italiana, y con él aprendió que el fútbol no solamente vivía en su corazón sino también en su cabeza.
El pequeño Mazzola creció como futbolista desde el mismo momento en el que la desgracia entró en su vida por la puerta de atrás y sus deseos eran tan grandes que no existió obstáculo que impidiese su evolución hasta consagrarse en la élite. De la mano de Lorenzi llegó al Inter cuando sólo tenía dieciséis años y un año después ya disputaba partidos como titular en el primer equipo. La llegada de Helenio Herrera le había hecho mejor jugador y del Mazzola alborotado de su primera época había pasado a convertirse en un Mazzola más ambicioso, un jugador que utilizaba su fortaleza física para dominar el juego y que jugaba por todo el campo sintiendo especial comodidad en las inmediaciones del área rival. Fue por todo ello por lo que Herrera le bautizó como un jugador de todo campo, porque Mazzola no se dedicaba exclusivamente al gol sino que participaba en la jugada desde sus inicios y generalmente ponía la puntilla definitiva en el corazón del área.
Claro que, como bien opinaba Mazzola, jugar bien en aquel equipo era tarea fácil y se sentía en sí mismo eternamente agradecido sus compañeros por haberle ayudado a convertirse en un gran jugador. Mazzola protagonizaba sus mejores jugadas generando combinaciones majestuosas con el brasileño Jair desde el flanco derecho del ataque, pero la verdadera esencia de aquel equipo residía en la banda izquierda donde Fachetti, Suárez y Corso impartían magisterio partido tras partido y enseñaban al propio Mazzola que jugar bonito es cuestión de proponérselo.
Y aquel equipo, que ya había sido campeón de Europa en 1964, se presentó de nuevo en la final de la máxima competición el año siguiente y, pese a que el Benfica se había convertido en leyenda bailando al ritmo de Eusebio, aquella táctica tan disciplinada y aquel sistema donde primaba el orden por encima de cualquier licencia, había colocado al Inter como principal favorito de cara al partido.
El Inter de Herrera vivía de tres líneas bien diferenciadas, un cuatro, tres, tres en el que Picchi ponía el corazón y Suárez y Mazzola ponían el fútbol, un equipo donde creció Fachetti como el primer lateral moderno y un equipo en el que Corso se consolidó bajo el apodo de “El pie izquierdo de Dios”. Era fácil jugar allí, sí, volvió a pensar Mazzola, y pensaba en el fútbol en tantas ocasiones como en las que pensaba en su padre, porque de su padre había aprendido a ser un ídolo y de su padre había aprendido a triunfar y seguir deseando la victoria por encima de todo.
Mazzola volvió a saltar al campo vistiendo la camiseta con el número ocho cosido a la espalda y sintió un emotivo cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo e hizo que todos sus pelos se erizaran cuando vio como toda la grada de San Siro se volcaba, un partido más, con su equipo. El viejo San Siro era su talismán, el campo donde se sentía como en su propia casa y, por una afortunada gestión del destino, el estadio designado para convertirse en sede de la final de la Copa de Europa de 1965. Y en San Siro volvió Mazzola a pensar en su padre, y pese a que el recuerdo que tenía de su progenitor era muy leve, quiso remitirse a una imagen de su infancia que le presentaba de nuevo a su padre dedicándole un guiño, y se sintió tan emocionado como aquel día en el que Ferenc Puskas buscó abrazarle para decirle al oído: “Yo vi jugar a tu padre y puedo asegurarte que has honrado su nombre de la manera más grande”.
Había sido en aquel momento, cuando había escuchado aquellas palabras de boca del mayor ídolo de su infancia, cuando Mazzola se había sentido futbolista de verdad por primera vez en su vida. Ganar al Real Madrid había sido algo grande, pero mucho más grande había sido recibir los elogios de quien un día había sido el jugador más admirado del mundo. Y ahora tocaba refrendar todos los logros y demostrarle a toda Europa que el título conseguido durante el año anterior no había sido fruto de un golpe de suerte y eso pasaba por vencer al Benfica.
Precisamente el Benfica. Mazzola respiró hondo e intentó que la emoción no se apoderase de sus instintos ganadores; el Benfica había sido el último rival al que se había enfrentado su padre antes de dejarse la vida en un avión y el Benfica había de ser su último rival en aquella décima final de la Copa de Europa.
Mazzola jugó un partido trabado e intentó en todo momento incluir su talento en cada jugada para ayudar a su equipo a lograr su objetivo. Pero fue un partido feo porque los nervios se habían apoderado de las capacidades de cada uno de los jugadores y porque el Inter se había preocupado más de impedir jugar a Eusebio que de conseguir que sus centrocampistas se hiciesen amos del balón. Un gol de Jair liquidó a los portugueses y un pensamiento de gloria volvió a nacer en la cabeza de Sandro Mazzola, porque, aunque no estaba tan seguro de haber honrado el nombre de su padre como lo había hecho durante la final del año anterior, sí se sentía orgulloso por haber honrado su memoria y haberse reafirmado en la élite del fútbol venciendo, en el partido más importante del mundo, al mismo rival al que su padre pudo derrotar por última vez.
miércoles, 22 de junio de 2022
Denominación de origen
Como vasos comunicantes, los dos grandes del fútbol argentino se retroalimentan al tiempo que se contradicen y fraguan una rivalidad ancestral que obliga al esfuerzo, la competitividad y el amor propio, algo de lo que se ha alimentado históricamente la selección argentina, obteniendo resultados dispares, pero siempre previamente ilusionantes, sabiendo que tipos de raza pétrea y corazón indomable, defenderán la albiceleste en su viaje hacia el cielo.
Dicen que Boca es la mitad más uno y quizá ese uno que se le resta sobrevuela, cual espíritu irrefrenable, sobre el césped del estadio de Núñez donde una monumental estructura espera, a rebosar, el nacimiento del último talento en cuyos pies sobrevivirán sus esperanzas y en cuya cabeza vivirán los goles más memorables.
Francisco Varallo, Pancho para los aficionados, fue otro ilustre jugador platense que hizo historia vistiendo la casaca de la selección argentina. Adorado en La Boca, Varallo jugó seis años vistiendo la camiseta azul y oro en los que ganó cuatro títulos. Jugador completo y muy listo, empezó como centrocampista para terminar como un delantero total. Hasta la llegada de Martín Palermo, ostentaba el récord de goles en Boca desde la creación del profesionalismo. Con Argentina jugó dieciséis partidos, siendo el componente más joven del equipo subcampeón del mundo de 1930, y anotó seis goles. Veloz, invisible para los defensores y gran definidor, su nombre está escrito en mayúsculas dentro del club xeneize.
Cien años de historia, miles de goles en la memoria y muchos momentos de gloria. Argentina sobrevive gracias al fútbol y se materializa en sus goles. Muchos de ellos llegaron desde todos los rincones del país, pero hay que recordar que dos equipos se juegan la supremacía y en sus carnes se fraguaron tipos que hicieron carrera y escribieron líneas de enciclopedia. Claro que hay vida más allá de Boca y River; jugadores como Seoane, Corbatta, Sanfilippo, Houseman, Di María o incluso Messi, así lo atestiguan, pero sería de necios no reconocer la importancia capital de los dos gigantes en la evolución de la selección argentina, porque sus camisetas las vistieron los más grandes y las honraron los más importantes. Porque de sus inferiores nacieron las sonrisas más importantes y en sus camisetas diseñaron los gritos más certeros a la hora de despertar a un país de un letargo y a una nación de un sueño.



































