martes, 20 de septiembre de 2022

Mano de hierro y mandíbula de cristal

Es afín a los grandes boxeadores de la historia dos características supremas que les convirtió en leyenda por encima de los tiempos; sabían pegar, sí, pero también sabían recibir. La carrera de muchos grandes pegadores si vino abajo el día que conocieron la lona y la cuenta de diez. Foreman no fue el mismo después de Kinshasa, Tyson cayó a los infiernos tras aquella fulgurante combinación de Buster Douglas o el mismo Meredick Taylor cayó en el olvido después de que Julio César Chávez le mandase a dormir al final de un combate que tenía ganado.

Porque ser contundente es imprescindible, pero el verdadero valor lo aporta el aplomo y la resistencia, porque en el fútbol, igual que en el boxeo o cualquier tipo de deporte, no importa tanto qué haces cuando ganas sino saber qué vas a hacer cuando pierdes. Y es que la victoria sólo es el fin del camino, pero la derrota, bien aprendida, debe ser el inicio de un nuevo trayecto; un aprendizaje vital y el mejor motivo para una promesa que indique mejora y resentimiento.

Nada mejor que verse humillado para saber a qué sabe la sangre y a qué sabe la burla. Durante muchos años el Barça vivió pendiente del hilo de Messi, pero Messi, a su vez, necesitaba vivir pendiente del hilo de un grupo de artistas que sabían tocar la orquesta de manera perfecta para que él no desafinase. Fuera del círculo de protección de los Xavi, Iniesta, Neymar o Suárez, Messi siguió haciendo lo que pudo, pero no siempre pudo hacer lo que quiso.

Madrid primero y Turín después no fueron más que el aviso de lo que estaba por llegar. A pesar del arrebato de furia que les permitió remontar el ridículo de París, el equipo, en lugar de tomar inercia positiva se convirtió en un mal fajador de ambientes hostiles. De esta manera fue remontado en Roma y en Liverpool y fue zarandeado, sin piedad, ante el Bayern en Lisboa. De repente no quedaba ni una pieza bucal sana en la mandíbula de quien había sido el campeón del mundo de los pesos pesados.

Los que decían que el problema era de la libra del guante, se equivocaron cuando comprobaron que sin Messi, el Barça ya no era fajador, pero tampoco pegador, sino un púgil excesivamente vulgar que no fue capaz de pasar una ronda intermedia en el Europa League. Tocaba trabajo de gimnasio, ponerse en forma y, sobre todo, recuperar la pegada.

Y en ello anda el Barça, con el torso firme y los brazos trabajados, con libras en los guantes y una marcha impoluta en la Liga, con el único pero de que, la única vez que visitó a un peso pesado en la Champions, no fue capaz de levantarse después de recibir el primer gancho en el mentón, a pesar que estaba ganando el combate sobradamente a los puntos. Y es que en la Champions no vale con tener una mano de hierro sino que es imprescindible, además, no tener una mandíbula de cristal.

martes, 13 de septiembre de 2022

Conciencia de clase

Los comienzos de temporada no siempre son el termómetro indispensable para medir el logro final; son muchos los equipos que han empezado como una moto y han terminado como un triciclo oxidado. Lo que sí asegura empezar bien es, para los equipos menores, afianzar su promesa y, para los equipos de mayor enjundia, el aplomar la moral de sus perseguidores.

Para los equipos de aspiración mediana e ínfulas de predisposición a la altura, un buen comienzo significa un empuje anímico hacia la cima de la ilusión. Si hay un puñado de equipos que reflejan hoy su ánimo en el terreno de juego son el Betis, Villarreal, Athletic y Osasuna. La clase media.

Si asimilamos que la ubicación en la parte de arriba de la tabla de los colosos se asocia más al poderío brutal que al juego en sí, la presencia en el codo con codo de estos equipos significa que el fútbol sigue guardando rincones para la agradable sorpresa. Lo mejor de todo es que, más allá del resultado, lo que queda en la retina es la propuesta. Estos equipos están plagados de futbolistas jóvenes, rápidos, vigorosos y con un talento descomunal. De esta manera se comprobará que, a medida que vayan ganando, su autoestima se disparará hasta cotas insospechables. Es el premio al trabajo planificado en favor del espectador. Otra cosa será cuando las exigencias les coloquen en la disyuntiva y lo que hoy son agradables alabanzas por la sorpresa se conviertan en agudas obligaciones por la continuidad. Será en aquel momento cuando se distinga la pasta de un equipo grande con la fragilidad de un invitado sorpresa.

En el lugar opuesto se encuentran dos absolutos históricos como Sevilla y Valencia. Rebotados ambos de un éxito mal gestionado, se han visto obligados a reinventarse sin llegar a conocer sus verdaderas aspiraciones. No hay peor consejo para un holgado trabajador que hacerle creer que puede codearse con un millonario. Desde el momento en el que se pierden las perspectivas, se pierden las realidades. Cuanto peores resultados vayan cosechando, irá decreciendo su autoestima en detrimento de su condición. Hace un par de años eran el adalid de un nuevo fútbol y ahora mismo tan sólo son dos equipos llenos de dudas. Las malas rachas solamente se apagan con trabajo, fe y unión. Para ello, todos deben saber de dónde provienen los problemas, y entonces quizá tengan claro hacia donde deben caminar.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Fútbol total

Para Rinus Michels el fútbol era una guerra. cada partido era una batalla donde los jugadores debían ejercer de guerreros de primera fila y trinchera y debían estar preparados tanto para atacar como para defenderse de las embestidas del rival. La prensa, en principio, definió el sistema con una frase elocuente: “Todos defienden y todos atacan”, pero el mundo del fútbol fue más escueto y definió aquella manera de jugar de la forma más entendible posible: “Fútbol total”.

El fútbol total del Ajax se basaba en un sistema de presión asfixiante. Hasta entonces ninguna defensa se había atrevido a utilizar el fuera de juego como parte del sistema defensivo, pero el Ajax estaba dispuesto a ir más allá de todo orden establecido y se aferró al ataque continuo para ganar un partido tras otro.

Michels y sus jóvenes discípulos ya habían propuesto sus intenciones dos años atrás, pero el trabajado catenaccio italiano había dado de bruces al equipo con la realidad. Sin embargo, aquello no había sido sino la semilla de lo que estaba por llegar. El Ajax maduró en su liga local protagonizando inolvidables enfrentamientos ante el Feyenoord y terminó por consagrarse en Europa a base de puro fútbol. Porque las promesas de Michels y sus jóvenes discípulos iban más allá de la simple victoria; se trataba de hacerse dueños del balón durante los noventa minutos de juego.

En la final de 1969 al equipo le había faltado aplomo y habían chocado una y otra vez contra el muro defensivo italiano. Al mismo tiempo, habían sido incapaces de detener la fabricación creativa de Gianni Rivera y se habían visto machacados por culpa de los centros letales del portador de la magia italiana. Aquel Ajax de dos años antes era bisoño e inocente, ambicioso pero falto de experiencia en partidos de verdad y para pulir aquellos defectos, Michels viajó de nuevo a las galerías de fabricación de promesas del club y regresó de la mano de Ruud Krol y Gerry Mühren.

Ambos jugadores terminaron por aportarle al equipo la dosis de solvencia que necesitaba para dominar y cuajar los partidos desde el principio hasta el fin. Krol en tareas defensivas y Mühren ayudando en la labor del centro del campo, formaron un ala izquierda irrepetible que permitió a Keizer convertirse en uno de los mejores extremos del momento. Todas las piezas del puzzle estaban encajadas y tan solo faltaba recorrer el camino y triunfar como estaba previsto.

Tras humillar a sus rivales en la liga holandesa disputada entre 1969 y 1970, el Ajax obtuvo de nuevo el derecho a participar en la Copa de Europa de campeones. Su primer rival en la competición fue el Nendori Tirana, un débil equipo albanés que tuvo que sufrir la humillación en forma de goles, asfixia y dominio total. Pero ganar a aquel rival tan solo había sido considerado como una anécdota por lo que el nombre del Ajax aún no había comenzado a sonar con fuerza en las grandes ciudades del continente.

El rival en segunda ronda fue el Basilea. Un equipo suizo que integraba los valores futbolísticos de la vieja escuela europea; alegría con el balón y distribución mesurada. El Ajax simplemente lo barrió. Con un juego espectacular, los jugadores suizos anduvieron buscando la pelota durante los ciento ochenta minutos que duró la eliminatoria, pero todos los esfuerzos fueron vanos porque el Ajax se hizo dueño de su tesoro desde el minuto uno y controló los partidos y el marcador a su antojo. Pero tampoco era el Basilea un rival de campanillas por lo que aquella nueva victoria volvió a alejarse de la épica y tuvieron que esperar a su siguiente rival para hacerse acreedores de un nombre en el panorama futbolístico internacional.

Y el siguiente rival ya fue cosa seria. El bombo caprichoso quiso enfrentarles, tras un sorteo dispar, ante el Celtic de Glasgow escocés. El mismo equipo, aún dirigido por el maestro del banquillo Jock Stein, que había dado buena cuenta de las ideas conservadoras de Helenio Herrera en 1967 y el mismo equipo que en la última final tuvo que rendirse ante la evidencia de un fútbol que emergía desde el norte de Europa para imponer un nuevo estilo de juego y colectividad.

Igual que había hecho el Feyenoord el año anterior, el Celtic terminó por agotar sus fuerzas y sus recursos ante un fútbol que nunca se cansaba de pedir la pelota. El Ajax terminó tumbando al Celtic por insistencia y ambición y se plantó en semifinales del torneo por segunda vez en tres años consiguiendo, esta vez, sí, que toda Europa hablase de las cualidades de un equipo que jugaba al fútbol a mil por hora.

El penúltimo rival y último escollo de cara a alcanzar la final del torneo continental más prestigioso, iba a ser el Atlético de Madrid. El equipo de la capital española, siempre a la sombra de los éxitos y gloria del Real Madrid, intentaba madurar un embrión con una columna vertebral totalmente española y con un fútbol totalmente distinto al propuesto por el Ajax. Al Atlético le gustaba esperar, no perder la paciencia, robar en el centro del campo o más atrás si era menester, y salir endiablado en busca de un contragolpe letal. En su visita a Madrid, el Ajax se encontró con un equipo que no temió sus embestidas y no encontró el hueco donde meter el último pase de cara al gol. Sufrieron una derrota inesperada y todos se confabularon de cara a un partido de vuelta que pintaba más a venganza que a clasificación histórica.

En el partido de vuelta el Atlético se encontró con una afición entregada y con un equipo sediento de gloria. Tres a cero fue el resultado final y todos se pusieron de acuerdo a la hora de denominar al Ajax como el equipo que mejor jugaba al fútbol dentro del panorama internacional. Sus constantes apoyos, su dominio total de la pelota, su presión asfixiante y la facilidad con la que cada uno de sus miembros era capaz de tratar el balón, le convertía en el auténtico rival a batir dentro del panorama europeo.

En la final, Michels se encontró con el ídolo de su juventud. Puskas, que había sido un goleador implacable y un futbolista de los buenos de verdad, había abandonado el fútbol pocos años atrás para iniciar un peregrinaje por los banquillos europeos. Y en uno de sus primeros viajes llegó a Atenas y se quedó para vivir y para dirigir al Panathinaikos, uno de los equipos de la capital griega y donde impuso su magisterio y sus extraordinarias dotes de mando.

El Panathinaikos, que hasta entonces había sido una mera comparsa en el plano futbolístico europeo, alcanzó una histórica plaza en la final de la Copa de Europa de 1971 después de derrotar a auténticos equipazos como Everton, Borussia Monchengladbach y Estrella Roja de Belgrado y gracias, sobre todo, a los consejos tácticos y técnicos de quien un día se convirtió en el mejor goleador de todos los tiempos.

A Michels le iba a doler derrotar a la persona con quien tantas veces soñó de joven y tantas veces intentó imitar en vano desde su posición de delantero centro. Michels había sido un goleador consagrado pero con escaso acierto a la hora de invertir en fama mundial. Su nombre no había salido más allá de Holanda y en unos años en los que el fútbol y el triunfo eran propiedad privada de los equipos del sur, nadie se había preocupado de viajar a Holanda y buscar en la lista de jugadores referentes del país el nombre de un tal Rinus Michels.

Por todo ello y ahora más que nunca, a Michels le hacía especial ilusión conquistar el más preciado trofeo y convertirse en dueño de los triunfos que tanto soñó de niño y que nunca pudo alcanzar durante sus años como futbolista profesional. Y para Michels, ganar pasaba por ser más rápidos, más fuertes y más certeros y no había mejor demostración de rapidez, fuerza y ejecución que la de tener el balón en propiedad durante los noventa minutos del partido.

Puskas, que se vanagloriaba de ser uno de los supervivientes de la mejor escuela de fútbol que jamás había pisado un campo de fútbol, nunca pudo esperarse el azote físico al que sus jugadores fueron sometidos aquella noche. Para él, el fútbol consistía en jugar el balón de la manera más práctica posible y así, rodeado de los mejores jugadores que había dado el deporte del balompié, Puskas había creado dos escuelas legendarias; una en la Hungría letal de los primeros años cincuenta y otra en el Real Madrid invencible de los últimos años de la década. Y él, que creía haberlo visto todo dentro de un campo de fútbol, nunca se había imaginado que se podía jugar al fútbol con los defensores jugando en el centro del campo, los centrocampistas integrados en la línea de ataque y los delanteros jugando al escondite e intercambiando sus posiciones según lo exigiera la jugada.

Van Dijk primero y Haan después, sellaron un triunfo histórico y pusieron al Panathinaikos en el lado de los perdedores históricos. Aunque Panathinaikos, Puskas y Michels aparte, aquella noche, bajo una luna inglesa que iluminaba tenuemente la solemnidad del estadio de Wembley, será recordada por todos como la consagración de un fútbol que rompió con todas las tradiciones que se habían impuesto desde el principio de los tiempos; un fútbol sin sistema, sin ubicación y sin puestos definidos. Un fútbol de guerra. Todos atacan y todos defienden. Había nacido “El Fútbol Total”.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Cyborg

El fútbol cambió por completo cuando dejó de ser de los futbolistas y se convirtió en el coto privado de los entrenadores. No tuvo que cambiar necesariamente para mal, es sólo que donde había libertad comenzó a haber corsés y donde había ideas comenzaron a verse piernas. No todos los generales quieren soldados de infantería, los hay que siguen dando rienda suelta a la improvisación y al talento y los hay que estructuran cada movimiento llegando a predecir, incluso, lo que va a ocurrir en cada jugada. Sucede, sin embargo, que la genialidad, de manera definitiva, está exenta de matices y que al final, por más trazos que quieras tirar a lo largo de un mapa, llega el momento decisivo y la genialidad termina imponiéndose siempre a la planificación. Son esos momentos en los que te cruzas de brazos y te dispones a disfrutar de tu fracaso o a lamentarte por tu éxito.

Cuenta Valdano que un día le reprochó a Guardiola que le dijese que nada le producía mayor satisfacción que comprobar que el campo sucedía todo aquello que él había planeado ¿En qué lugar queda entonces, la libertad del futbolista? Le dijo entonces. Guardiola cree que sus futbolistas son libres, pero dentro de su corsé de juego. Y es que hoy en día, todos los entrenadores, incluido Guardiola, son esclavos de un estilo y rehenes de su propia ideología. Destaca el matiz de Guardiola porque es el adalid del fútbol ofensivo y el máximo referente del fútbol espectáculo a día de hoy, porque son muchos los que achacan a Mourinho o Simeone, su nula transigencia a la hora de negociar su estilo, pero es que, aunque sean completamente opuestos, hasta Guardiola y Klopp se ciñen a un guión que obliga al futbolista a guionizarse antes de expresarse y a regularizarse antes de administrarse.

El Manchester City es el mayor equipo de autor en la carrera de Guardiola. Libre de Messi y lejos del corsé alemán, Guardiola ha sabido expresar todo su ideario en un equipo construido por y para él por futbolistas comprados por y para él. Sólo él creyó en De Bruyne, Bernardo Silva o el propio Rodri. Él supo reconducir a Walker, a Mahrez o incluso a Sterling. Él reconvirtió a Cancelo, a Foden o a Gundogan. Y él consiguió que todos, absolutamente todos los jugadores del equipo participasen del juego como una colectividad automatizada.

El juego del City, que comienza en el centro del campo con su propia línea defensiva, se caracteriza por intensidad, vértigo y paciencia. De esta manera, el balón va circulando de un lado a otro hasta que un atacante consigue hacer un desmarque y un mediocampista consigue encontrar el espacio. Visto así, parece hasta fácil, pero requiere de un pie privilegiado y de una cabeza de rápido procesamiento. Y, sobre todo, de una capacidad de concentración lineal que obliga a estar pendiente del juego desde el portero hasta el delantero centro, convirtiéndose este, en la mayoría de las jugadas, en un punto de apoyo más en la elaboración del juego.

Mientras existió Agüero, Guardiola pudo sostener su estilo porque el argentino, además de golear, sabía anticiparse a los centrales y pivotar al tiempo que, seguidamente, se marchaba para buscar el desmarque de cara a gol. Se trataba de aprovechar la fortaleza de su tren inferior para tirarse unos metros atrás, ganar la jugada, servir de apoyo y volver a empezar. Como además respondía con goles, servía igual para un roto que para un descosido. Y es el que el gol, en definitiva, es el matiz que diferencia a los bueno de los muy buenos. Por ello, cuando Agüero se marchitó y apareció Gabriel Jesús, el equipo siguió funcionando como máquina pero echó de menos el cariz goleador, porque el brasileño era listo para jugar e inquieto a la hora de moverse, pero muchas veces llegaba tarde al centro o andaba desubicado en la aceleración.

Puestos a tener el mismo gol, convencido de que se podía ganar en el juego, Guardiola aprovechó la capacidad de desmarque de Gabriel Jesús para tirarlo a una banda poniendo a Foden en el centro del ataque con la condición de que se convirtiese en un mediocentro en el borde del área, mientras el brasileño no sólo aportaba desde el costado sino que podía tirar diagonales inesperadas hacia el punto de penalti. De esta manera el City jugó, probablemente, los mejores partidos de su historia, ya que aprovechaba todos los recursos de sus delanteros para conseguir que De Bruyne y Bernardo Silva brillasen por detrás y, con ellos, el equipo fuese el espejo perfecto de lo que buscaba su entrenador.

Y en estas llega Haaland. Llega porque el gol es oro y porque es la pieza más codiciada del mercado ¿Pero realmente vale la pena renunciar a una pieza del mecanismo por un puñado de goles? A día de hoy la respuesta es más que rotunda: sí. Con Haaland, Guardiola ha renunciado a su parte de elaboración impuesta ya que cuenta con un delantero que se abstrae por completo del juego. La mirada del noruego está siempre puesta en la portería rival y por ello está buscando, de manera constante, el desmarque que le deje sólo delante del portero. Le da igual que los medios no encuentren un apoyo constante en la zona de tres cuartos, que los extremos no tengan con quien tirar una pared en el balcón del área o que consiga viciar el juego del equipo dando una salida de balón en largo cuando la presión rival sea asfixiante. Le da igual porque conoce su físico y conoce sus condiciones. Haaland se impone por alto, por bajo y por velocidad. Es un cyborg del siglo XXI nacido y preparado para una tarea exclusiva: marcar goles. Y si los marca sin parar ¿Quién se atreve a reprocharle que no participa en el juego?

lunes, 29 de agosto de 2022

Última oportunidad

Para entender el valor de un futbolista hay que analizar siempre el contexto en el que juega. Hay grandes futbolistas que se convierten en gigantes cuando se rodean de los mejores, caso De Bruyne. Y hay otros futbolistas a los que la compañía les empequeñece porque gustan más de destacar que de convertirse en complemento. Caso Grealish.

Otros, a medida que van progresando van consiguiendo que el equipo vaya creciendo en torno a ellos. En este aspecto, Messi y Cristiano son dos ejemplos superlativos; ninguno de los grandes logros alcanzados por Barça y Madrid durante la última década y media se entendería sin ellos. Pero existen futbolistas de un segundo o tercer escalón que han conseguido, por sí mismos, ser considerados futbolistas top por su capacidad para aparecer en el momento preciso.

Pero existe aún un futbolista a medio camino entre el bien y el mal, entre la promesa y la realidad, entre el quiero y el puedo. Un tipo que, durante los diez últimos años ha llenado portadas y ha intentado llamar a la puerta de la cima durante más de una ocasión pero, por hache o por be, no ha terminado de cuajar un partido grande de verdad a un alto nivel de exigencia. Vale que ganara enteros en una Real Sociedad en la rampa de ascenso, pero durante aquel trepidante año vivió a la sombra del pie de Mikel Merino y las apariciones portentosas de Oyarzabal.

Martin Odegaard ha sido, Haaland aparte, el mayor talento surgido del fútbol nórdico durante los últimos quince años. Para analizar el impacto de su juego en aquella adolescente Real de Imanol, habría que tener en cuenta los factores psicológicos que atenazaban a aquel equipo. Era un equipo sin timón, con tendencia a partirse en dos, con mucha fragilidad atrás y mil dudas en cuanto al verdadero valor de su exigencia. Con ello, comprobar de qué manera Odegaard encajó como un guante en aquel equipo, resultó completamente conmovedor.

Mientras el Madrid buscaba un relevo generacional a Kroos y Modric, Odegaard mandaba señales de esperanza desde San Sebastián. Por ello se confió en él. En un verano, el de 2020, en el que la situación pedía prudencia, el Madrid se reforzó con su llegada a pesar de que él pedía un año más de fogueo en San Sebastián. No se equivocaba. El tiempo y las exigencias pudieron con su cabeza y su fútbol se diluyó al tiempo que  San Sebastián suspiraba por su regreso y desde Inglaterra le tentaban con cantos de sirena. Todo su talento pareció desaparecer el día que le obligaron a sustituir a todo un balón de Oro. Nadie, de los que han llegado, ha sido aún mejor que Modric y probablemente nadie de los que llegue con posterioridad sea capaz de igual al croata, pero no por ello, hemos dejado de creer que algún día llegará el momento en el que Odegaard sea capaz de resucitar de nuevo y decir: “Por eso me marché del Madrid”.

Y ese día bien podría ser en mayo. Es cierto que el Arsenal ha ganado sus primeros cuatro partidos con Odegaard al timón, es cierto que con confianza es un jugador más que interesante, pero en las noches de verdad, esas en las que el mundo está pendiente de un televisor porque se pone en juego la gloria que solamente otorgan las competiciones internacionales o los partidos domésticos de alto nivel mediático, a Odegaard aún no se le ha visto. Es por ello que está ante su oportunidad. En la liga más competida, ante los mejores futbolistas del mundo y con todos los pronósticos en contra ¿Será el momento? No creo que quiera seguir mirando atrás, echar un vistazo a sus momentos más críticos y tener que volver a preguntarse “¿Para qué he venido aquí?”.

lunes, 22 de agosto de 2022

Posicionamiento

Para medir el daño, en términos cuantitativos, basta con mirar atrás y observar los números, para hacerlo cualitativamente sólo falta recordar y alcanzar ese detalle que te torció el gesto, esa patada que terminó con un partido o ese cabezazo, siempre en el límite, que levantó a un equipo.

Carlos Casemiro ha sido el mediocentro más decisivo en la historia del Madrid y lo digo sin medios términos. No ha tenido el pie de Xabi Alonso ni la conducción de Fernando Redondo, pero aunque no lo parezca, ha tenido el doble de jerarquía que ellos sin necesidad de levantar la voz ni inventar una floritura. Su posicionamiento, siempre en el lugar ideal, hizo de él una roca casi inexpugnable que, cuando contenía sabía meterse entre los centrales y, cuando contragolpeaba, sabía siempre ocupar el lugar donde el espacio vacío requería una pieza.

Si alguien aspira a destacar en el escalafón histórico por sus méritos ofensivos, pocos futbolistas han despertado la moral del Madrid como lo hizo Casemiro con algunos de sus goles. Aún recuerdo uno en Las Palmas, con el equipo agonizando y en caída libre que no sólo supuso una victoria balsámica sino el inicio de una racha de resultados y confianza que terminó con la undécima copa de Europa en las vitrinas del equipo. O aquellos dos goles en Moenchengladbach, cuando el equipo estaba fuera de todo, que reactivaron a una platilla herida y les impulsó hacia un lugar más allá del abismo. Paso a paso, creencia a creencia, Casemiro hizo creer a sus compañeros que a su espalda no existía un paraíso y que la alegría de Kroos y Modric dependían, en gran parte, de su abnegado y silencioso trabajo.

Se marcha un tipo que, aunque los voceros del régimen crean que tiene sustituto inmediato, será difícil de suplir en cuando a jerarquía en el juego, porque Tchouameni puede tener el físico de un atleta y la fuerza de un luchador, pero para llegar a ser tácticamente la mitad de Casemiro no sólo necesitará tiempo sino también saber ganarle a la nostalgia, pero el fútbol no es una cuestión de arrastrar rivales sino de conseguir que estos lleguen siempre medio segundo más tarde al balón de lo que pretendían.

jueves, 11 de agosto de 2022

Pichichis: Fidel Uriarte

En el año sesenta y ocho el mundo dio una vuelta de campana. En México, las protestas estudiantiles dejaron un reguero de sangre en la plaza de Las Tres Culturas, Los Beatles se tiraban desprecios en público, en Praga, la primavera se estrellaba contra los tanques soviéticos, Kubrick nos mostraba el futuro, los Estados Unidos avergonzaban al mundo asesinando a mujeres y niños en May Lay, en Francia, mayo se escribía con mayúsculas, Kennedy y Luther King eran silenciados a tiros, el hombre se acercaba a la luna por vez primera y los atletas americanos empoderaban el black power levantando el puño en señal de resistencia.

En España, el silencio era una cárcel y los sueños viajaban con una pelota de fútbol. Pan y circo, señores. Fútbol y toros. Eran los tiempos en los que el Madrid dominaba la liga y soñaba con reconquistar Europa y allá arriba, junto a las rías del Nervión, un puñado de jóvenes vizcaínos trataban de renacer laureles y brindarle a su gente un título que hacía una década que se les resistía. Allá, en los aledaños de San Mamés, los coches circulaban buscando aparcamiento y con una pegatina en la parte trasera que se había popularizado en cierto sector de la grada y que rezaba aquello de "Clemente el diez del Athletic".

Clemente, al que hoy conocemos como ex seleccionador y agitador de salsas en tertulias radiofónicas, fue en su día un interior izquierda finísimo, de elegante zancada y soberbia conducción, que filtraba pases hacia el extremo para que, bien Argoita, bien Rojo, pusieran su caramelo en el área en forma de centro de gol. El problema había surgido porque antes de Clemente el Athletic ya tenía a su interior izquierda; un jugador menos fino pero más enérgico, con el gol incrustrado en las venas y la mirada asesina de quien quiere ganar a toda costa. Fidel Uriarte ya era una estrella y no se reservó paños a la hora de afrontar la solicitud del joven de Barakaldo ¿Quieres el diez? Pues para ti el diez, yo sólo quiero jugar. Y Uriarte cedió el diez a Clemante para tomar el ocho y seguir jugando a ese juego tan complejo y a la vez tan fácil que es el de encontrar el espacio y jugar siempre con el compañero mejor situado.

El único barro que le gustaba era el físico. Ahí decían que era el mejor. Cuando San Mamés amanecía con lluvia, Uriarte sabía que aquel iba ser su partido. Rocoso como pocos, se fajaba en el lodo como un animal y siempre salía victorioso. Los focos se pusieron en él el día que debutó, pero el tiempo fue injusto con su memoria y las crónicas relatan aquel partido en Málaga como la tarde en la que debutó Iríbar. Y es que se puede ser un mito, pero jamás se puede competir con El Chopo.

Pero aquel chico de diecisiete años que fue titular en La Rosaleda estaba llamado a ser un histórico del Athletic Club. Pocos meses después formaba parte de la selección española de aficionados tras pasar con holgura la pruebas físicas en un Madrid donde conoció las virtudes gustativas de los bocadillos de calamares. Allí, saltó más que nadie, corrió más que nadie y, cuando al fin fue concentrado, bebió más vino que nadie. No porque fuese un adicto, sino porque su cuerpo necesitaba más energía que los otros.

Comenzó como mediocampista de contención y terminó jugando como líbero en un Málaga que buscaba su identidad en Primera. Y es que tuvo que emigrar al sur cuando el Athletic le dio la baja y los cinco millones que había cobrado del Málaga por su traspaso. Era la manera de agradecer sus servicios a un tipo que había sido, durante años, el mejor futbolista del equipo. Un centrocampista con alma de delantero que había nacido del Athletic y que cumplió sus sueños jugando y ganando en la catedral del fútbol.

Su descubrimiento fue un asombro en la garganta del gran Piru Gaínza. Se buscaban futbolistas para formar el primero equipo juvenil en la historia del Athletic y alguien le dijo al mago que en Sestao vivía un chaval que dominaba a todas las pandillas del pueblo. Aquel chico había sido el mejor del colegio La Salle y alguien le había reclutado para el patronato deportivo. Con sus amigos, había formado un equipo, llamado "Los Boinas" que se las tenían tiesas con los de Barakaldo. "Aquí estamos los boinas, todos con alpargatas y no les tenemos miedo a esos chulos de corbata", cantaban antes de los partidos, y Uriarte, arrollador, se los comía vivos. Huelga decir que pasó la prueba, que firmó por el Athletic y que fue el principal protagonista en la primera Copa Juvenil en la historia del club.

Allí, él era un hombre entre niños y en el primer equipo fue un niño que aprendió a ser hombre. Su extraordinaria conexión con Rojo aún se recuerda en los mentideros del estadio, igual que el día que Kubala le llamó para la selección, cosa extraña por entonces o el día en el que vieron aparecer a Julen Guerrero y alguien quiso decir que aquella manera de jugar tan inteligente y aquella forma de llegar al área sin ser detectado, ya lo había visto antes en la figura de Fidel Uriarte.

Con el Athletic anotó ciento veinte goles y estuvo a punto de ganar una liga, la del setenta, pero los nervios y las causas ajenas se lo impidieron. Pero él nunca fue de lamentarse sino de tirar hacia delante, siempre con su mirada felina y su pelo encrespado, indomable. Pura potencia al servicio del Athletic. El León de Urbinaga, como le citaban en las crónicas era pura potencia y no tardó en hacerse un hueco en el once titular del equipo. Y eso que el equipo ya tenía a su interior izquierda, pero era tan el empuje de Uriarte que Txetxu Rojo se vio obligado a coger el once y reconvertirse en un extraordinario extremo izquierdo. Apenas pasaba del metro setenta pero era feroz en el remate de cabeza gracias a su asombrosa capacidad de salto y a su inigualable intuición. Quien mejor le entendió fue Ronnie Allen, aquel entrenador inglés que dejó huella en Bilbao, le dio el diez a Clemente y convenció a Uriarte de que, aunque jugase con el ocho, él era su hombre clave. Cuando Uriarte no jugaba, el Athletic bajaba una marcha.

La muestra más clara de la energía que Uriarte insuflaba a su tropa fue el cinco a cero que le endosaron al Real Madrid en San Mamés una fría tarde de febrero de 1970. Aquel día, el Athletic volaba en el barro y Uriarte hizo boquear a Velázquez, porque aquel centrocampista con alma de delantero no cejaba en su empeño. Iba y venía, venía y volvía a ir, infatigable, puso en pie a San Mamés como en tantas tardes de gloria. Nadie podía suponer que aquella soleada tarde de marzo del setenta y cuatro, en Málaga, jugaría su último partido con la camiseta del Athletic.

Málaga. Otra vez Málaga. Allí empezó todo y allí terminó. Y allí volvió a empezar, porque con los albiazules jugó otras cuatro temporadas, en el eje de la zaga y enseñó a los jóvenes que el fútbol no era sólo una cuestión de corazón sino que debía vivir en la cabeza. Porque el fútbol no basta con jugarlo, al fútbol hay que entenderlo y él lo entendió desde el principio. Por ello, el propio Di Stéfano, que había visto el manejo de su zurda y su desparpajo en la conducción la primera vez que visitó el Bernabéu, se acercó a él para decirle "Pibe, es usted muy bueno ¿Por qué no deja de perseguirme y se dedica a jugar al fútbol? Yo prometo no perseguirle a usted". Y claro, Di Stéfano marcó dos goles, el Madrid ganó por tres a dos y Uriarte tomó como modelo al madridista para saber que el fútbol, aparte de un deporte, también podía ser una partida de ajedrez.

Con semejante equipo y semejante líder, tan sólo era cuestión de tiempo que llegaran los éxitos. Primero fue la Copa del sesenta y nueve, ganada al Elche en un partido agónico resuelto casi al final con un gol de Arieta, y después llegaría la Copa del setenta y tres, ganada al Castellón con otro gol de Arieta y uno de Zubiaga. Eran justos premios a una intensa trayectoria. Pero su auténtica noche de gloria la vivió en la Nochevieja del sesenta y siete cuando le hizo cinco goles al Betis en una tarde inolvidable. El Athletic, en casa, era arrollador y Uriarte era imparable. Ocho goles se llevaron los sevillanos y una manita les endosó Fidel, tres de ellos de cabeza. Pañuelos blancos, vivas, hurras y la sensación de que el mejor jugador de España jugaba para ellos. La grada era una fiesta y Uriarte era una bestia. Aquellos cinco goles le catapultaron en la lucha por un trofeo Pichichi que terminaría ganando a final de temporada con un total de veintidós, una cifra nada desdeñable para un centrocampista y en una época en la que las ligas tenían treinta jornadas.

Aquel empujón mediático le llevó a ser internacional, llegando a jugar en nueve ocasiones con la selección y dejando un gol para una victoria histórica de España en suelo italiano a la irreductible selección azzurra. Y es que, desde el principio, había estado marcado por el asombro. A los catorce años ya formaba parte del Athletic juvenil, a los dieciséis de la selección española de aficionados y a los diecisiete ya era titular en el primer equipo. No era de extrañar que, gracias a su juego y a su carácter ganador, se convirtiese, casi inmediatamente, en el niño bonito de San Mamés. Y es que su juego, siempre con la cabeza levantada, siempre con la camiseta manchada de barro, siempre con pierna fuerte y pie de seda, siempre buscando el espacio y la pelota de manera infatigable, le convirtió en el prototipo de futbolista del Athletic Club.

Pese a que el Alzheimer le castigó durante los últimos años de su vida, le costó demasiado tiempo olvidar aquellas dos derrotas que sufrieron en San Sebastián y Valencia cuando iban embalados en pos de ganar la liga del setenta. En el primero se ahogaron en el barro y en el segundo se ahogaron en el miedo. Pero él nunca se detuvo a llorar, lo suyo era seguir jugando y seguir buscando la siguiente victoria. Ganó mucho, perdió mucho, soñó, jugó, marcó y puso su nombre con mayúsculas en un estadio donde la exigencia es inherente y donde el aplauso no se regala. Por ello, Fidel Uriarte murió una noche de diciembre pero vivirá para siempre en la memoria de aquellos a los que levantó con su fútbol.

jueves, 4 de agosto de 2022

El villano

Todo aquel que disfrute del cine sabe que no hay una buena película sin un buen villano. Ese tipo casi cuerdo pero de apariencia esquizofrénica, que mata sin preguntar, que se sigue levantando tras los golpes y que, hasta cuando muere, conserva esa sonrisa de superioridad en los labios.

En la película de mi vida no ha existido un villano más aterrador que el Real Madrid. Puede tirar ligas en Navidad, sentirse sofocado en febrero y pasarlas canutas ante equipos de segundo nivel como el Shaktar o el Wolfsburgo. Pueden alargar la agonía hasta el minuto noventa y alcanzar un puñal escondido en la bota y clavártelo en el corazón. Es un villano terrible, de los que siempre sobreviven aun en las peores circunstancias. De alguna manera sabes que siempre estará ahí, al acecho, para volver a rescatar mis peores pesadillas.

Puede jugar una final casi a la expectativa, sabiendo que, en algún momento, sacará su arma y te dejará frito. Aunque sepas que el rival ha merecido mejor suerte. Aunque muchos te digan que murieron con orgullo. Por más que intenten consolarte, Darth Vader seguirá siendo un villano y la copa terminará siempre en sus resplandecientes vitrinas.

El orgullo vale de poco cuando mueres a manos del villano. Más bien se te queda cara de tonto y ninguna gana de volver a cruzarse en su camino.

Sólo queda la esperanza de que esta sea una buena película de acción y al final, aunque sea muy al final, el héroe le acabe ganando al villano tras un combate memorable.

Al fin y al cabo, que sería de una buena película sin un buen villano.

jueves, 14 de julio de 2022

Un desafío llamado Erling Braut Haaland - Por Miguel Quintana

Erling Braut Haaland nos resulta fascinante porque no es como los demás nueves, pero también porque al mismo tiempo es como todos pensamos que debería ser un delantero centro. Contundente, directo, frío. Si algo caracteriza el juego del noruego es la absoluta ausencia de rodeos. Él no pregunta, responde. No argumenta, impone. No piensa, hace. Sin sentimientos ni artificios que le distraigan de la misión para la que vino al mundo. En la era en la que los delanteros piensan más en sus centrocampistas que en los porteros rivales, Haaland supone un absoluto desafío al fútbol actual.

Si hay algo que ha quedado claro en las dos últimas temporadas es que el fútbol
en 2020 se estructura y define a partir de las presiones altas. La mayoría de partidos que se ven ahora mismo en Europa, independientemente del nivel o la competición, se pueden explicar simplemente exponiendo cómo un equipo presionó la salida de balón del conjunto contrario y qué hizo éste último para evitar dicha presión.

Esto es exactamente lo que sucedió en la final de la pasada Champions, un encuentro en el que mandó el PSG de Tuchel hasta que Thiago consiguió superar su primera línea de presión. Pero también lo que marcó el Manchester City-Real Madrid, el Bayern-Barcelona, el PSG-RB Leipzig o cualquiera de los cruces del sorprendente Ajax y del campeón Liverpool en el curso 2018-19.

Paradójicamente, aunque cada vez haya más espacios entre la defensa y el portero, cada vez hay menos nueves capaces de atacarlos. Incluso algunos que podrían hacerlo, como es el caso de Timo Werner, Kylian Mbappé o Aubameyang, terminan partiendo desde un costado para poder despegar con mayor facilidad. A los nueves ahora mismo se les pide otras cosas, más relacionadas con salir de la presión que con atacar el espacio que esta deja como consecuencia.

Esto no supone ningún problema si los de fuera, que a menudo son delanteros y no extremos, como pasa en los últimos dos campeones de la Copa de Europa, compensan este déficit con velocidad y agresividad. Al final hay muchas formas de jugar al fútbol. Lo de que los laterales tienen que defender primero y atacar después o que los delanteros lo que deben hacer es marcar goles es un debate que continúa, pero que en realidad debió quedar aparcado en el Bar Manolo allá por 2009. El caso es que si los de fuera no compensan dicho problema, el equipo quizás pueda salir de la presión, pero no va a poder castigar el riesgo que asume el rival al presionar arriba. Y si no penalizas dicho riesgo, el contrario no va a tener ninguna razón para aminorar. Se hará más fuerte, continuará arriesgando y será cuestión de tiempo que cobre la inversión.

Por todo esto la aparición de Erling Braut Haaland supone una respuesta quirúrgica a las nuevas preguntas que se hace el fútbol. El noruego no es sólo uno de los mejores definidores del planeta, sino que además también es el futbolista con más capacidad para plantarse solo delante del portero. Así que no hace falta ser ingeniero para saber lo que supone la suma de ambas circunstancias para los rivales de Haaland.

Lo primero que llama la atención en Haaland es, evidentemente, su altura. Esos ciento noventa y ocho centímetros tan característicos del fútbol noruego que antes suponían una limitación a campo abierto y que ahora él los utiliza como el mejor de sus argumentos para llegar antes que nadie a la zona donde se ganan los partidos. Es increíblemente explosivo en la arrancada, es capaz de sostener su velocidad punta a lo largo de todo el campo gracias a su cadencia y es, sobre todo, tremendamente coordinado. Esto es lo que le convierte en un delantero muy especial. Su relación con la pelota, con el espacio y con sus propias piernas no es propia de un futbolista con el centro de gravedad tan alto.

Es habitual ver a Haaland arrancar desde muy atrás, imponerse con claridad a un defensa que partía con ventaja y, una vez se planta ante el portero, reajustar su velocidad con una facilidad pasmosa para poder controlar y chutar en las mejores condiciones posibles. Y esto no es normal. Tras sesenta metros te falta el aire en los pulmones, eres incapaz de pensar y todavía más de pararte. Si te paras, de hecho, lo normal es hacer un mal control, pues tu cabeza pretende ir a una velocidad diferente a la de tus piernas. Pero para Erling Braut Haaland esto es facilísimo; a fin de cuentas lo bueno que tienen los ciborgs es que ni sienten ni padecen.

Esta velocidad de por sí ya le permitiría quedarse a menudo delante del portero, pero es que además Haaland es tremendamente inteligente. Lee muy bien los espacios vacíos, tiene un gran timing para iniciar el desmarque y una calidad mayúscula para el control, que como todos sabemos siempre es el padre del gol.

Pero donde Haaland lleva su ortodoxia y pragmatismo hasta el final es en la definición. O más bien en la ejecución, pues Haaland no define, ejecuta. Normalmente los mejores finalizadores del mundo han hecho del engaño su mejor virtud. Ronaldo y Romario eran auténticos trileros. Sin embargo, Haaland no sólo no suele regatear, sino que tampoco es nada creativo a la hora de finalizar las jugadas. Ni picaditas como Messi, ni fintas con la cintura ni nada que se le parezca. Empeine interior, escuadra y gol. Francisco Umbral estaría orgulloso de él. Cristiano, también.

Este cocktail de cualidades es el que está provocando que Haaland tenga unos números inalcanzables para el resto de delanteros. Más allá de sus impresionantes registros goleadores, está su increíble eficacia. En la pasada Champions League marcó diez goles en diecinueve disparos (53% de acierto). En la pasada Bundesliga anotó trece en veinticinco disparos (52%). Haaland es mortal de necesidad.

Conscientes de que a Iván Drago le bastó con su potencia para matar a Apollo Creed pero no para superar el juego de pies de Rocky Balboa, los aficionados se preguntan si Haaland podrá mantener su ritmo goleador cuando no haya tantos espacios y las defensas se cierren. Es una pregunta lógica para la que todavía no hay respuesta. A todos los jugadores les cuesta más atacar sin espacios. La diferencia entre los buenos y los mejores es la capacidad que tienen para creárselos. Y, aunque haya que insistir en que todavía no hay respuesta, Haaland ha insinuado que es uno de estos últimos.

Además, como suele decir Adrián Cervera, lo que marca la evolución del fútbol es donde están los espacios. En la década actual estos se encuentran a la espalda de la primera línea de presión, y esto no parece que vaya a cambiar.

De hecho, el Borussia Dortmund esta temporada viene utilizando la salida de balón como cebo para el contrario. Es algo parecido a lo que intenta Mikel Arteta en el Arsenal: sumar pases, atraer al rival y luego soltar rápidamente para correr con espacios por delante. Y al final el fútbol se trata de eso: jugar con los espacios y la voluntad de tu rival hasta utilizarla en tu favor. Con Erling Braut Haaland esto es mucho más fácil. El noruego es como un hacker que se cuela por las grietas de un sistema que, de momento, no ha encontrado la forma de defenderse.


Publicado en "Panenka".

miércoles, 6 de julio de 2022

En el nombre del padre

A finales de los años cuarenta Italia se recuperaba de los destrozos físicos, psíquicos y económicos que había provocado la gran guerra sobre su territorio y en su ejército. Todo el país buscaba un motivo para la ilusión y encontraron en el fútbol la excusa perfecta donde derrochar todos sus ánimos y si había un equipo que hubiese heredado los viejos valores de la escuela italiana que había sido dos veces campeona del mundo, ese era el Torino.

El Torino era el equipo del pueblo turinés, un conjunto de futbolistas que había conseguido revolucionar el fútbol cuando el siglo veinte amenazaba con cumplir la mitad de su vida, un grupo de personas que ganaron tantos partidos como podía haberles permitido su propia imaginación.

Y en aquel Torino, base de la selección italiana, destacaba, por encima de todos, la figura de Valentino Mazzola, un futbolista fuerte, de rápidos movimientos y una certera ejecución de cara a la portería; un jugador que escribía una leyenda en cada partido portando en su brazo el brazalete de capitán, un ídolo nacional al que sus compañeros respetaban y los aficionados adoraban como el ídolo más esperado.

Después de pasearse por Italia ganando cinco scudettos consecutivos, el equipo comenzó a ser reclamado en el resto de Europa como un atractivo representante para los aficionados. Y así fue como el Torino comenzó, en la primavera de 1949, una gira por Europa que le llevó a disputar partidos en los mejores campos del continente. En aquella gira el Torino hizo valer su fama y, poco a poco, fue constituyéndose como el mejor equipo del mundo a ojos de todos. Y con esa convicción vistiendo el orgullo de cada jugador, el equipo embarcó en Lisboa para coger un vuelo rumbo a Italia después de haber disputado un épico partido contra el Benfica.

Aquel vuelo comenzó con la promesa de un nuevo partido y terminó en una tragedia que paralizó a todo el país. El avión sufrió una avería en pleno vuelo mientras sobrevolaba las inmediaciones de la localidad de Superga y fue a estrellarse contra la iglesia de la localidad. Todos los jugadores murieron, incluído Mazzola, quien dejó un recuerdo imborrable y un hijo de seis años que conoció la crudeza de la vida en plena infancia.

El pequeño Alessandro, nombre con el que el gran Valentino había bautizado a su retoño, se crió en brazos Benito Lorenzi, delantero titular del Inter de Milán y compañero de su padre en la selección italiana, y con él aprendió que el fútbol no solamente vivía en su corazón sino también en su cabeza.

El pequeño Mazzola creció como futbolista desde el mismo momento en el que la desgracia entró en su vida por la puerta de atrás y sus deseos eran tan grandes que no existió obstáculo que impidiese su evolución hasta consagrarse en la élite. De la mano de Lorenzi llegó al Inter cuando sólo tenía dieciséis años y un año después ya disputaba partidos como titular en el primer equipo. La llegada de Helenio Herrera le había hecho mejor jugador y del Mazzola alborotado de su primera época había pasado a convertirse en un Mazzola más ambicioso, un jugador que utilizaba su fortaleza física para dominar el juego y que jugaba por todo el campo sintiendo especial comodidad en las inmediaciones del área rival. Fue por todo ello por lo que Herrera le bautizó como un jugador de todo campo, porque Mazzola no se dedicaba exclusivamente al gol sino que participaba en la jugada desde sus inicios y generalmente ponía la puntilla definitiva en el corazón del área.

Claro que, como bien opinaba Mazzola, jugar bien en aquel equipo era tarea fácil y se sentía en sí mismo eternamente agradecido sus compañeros por haberle ayudado a convertirse en un gran jugador. Mazzola protagonizaba sus mejores jugadas generando combinaciones majestuosas con el brasileño Jair desde el flanco derecho del ataque, pero la verdadera esencia de aquel equipo residía en la banda izquierda donde Fachetti, Suárez y Corso impartían magisterio partido tras partido y enseñaban al propio Mazzola que jugar bonito es cuestión de proponérselo.

Y aquel equipo, que ya había sido campeón de Europa en 1964, se presentó de nuevo en la final de la máxima competición el año siguiente y, pese a que el Benfica se había convertido en leyenda bailando al ritmo de Eusebio, aquella táctica tan disciplinada y aquel sistema donde primaba el orden por encima de cualquier licencia, había colocado al Inter como principal favorito de cara al partido.

El Inter de Herrera vivía de tres líneas bien diferenciadas, un cuatro, tres, tres en el que Picchi ponía el corazón y Suárez y Mazzola ponían el fútbol, un equipo donde creció Fachetti como el primer lateral moderno y un equipo en el que Corso se consolidó bajo el apodo de “El pie izquierdo de Dios”. Era fácil jugar allí, sí, volvió a pensar Mazzola, y pensaba en el fútbol en tantas ocasiones como en las que pensaba en su padre, porque de su padre había aprendido a ser un ídolo y de su padre había aprendido a triunfar y seguir deseando la victoria por encima de todo.

Mazzola volvió a saltar al campo vistiendo la camiseta con el número ocho cosido a la espalda y sintió un emotivo cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo e hizo que todos sus pelos se erizaran cuando vio como toda la grada de San Siro se volcaba, un partido más, con su equipo. El viejo San Siro era su talismán, el campo donde se sentía como en su propia casa y, por una afortunada gestión del destino, el estadio designado para convertirse en sede de la final de la Copa de Europa de 1965. Y en San Siro volvió Mazzola a pensar en su padre, y pese a que el recuerdo que tenía de su progenitor era muy leve, quiso remitirse a una imagen de su infancia que le presentaba de nuevo a su padre dedicándole un guiño, y se sintió tan emocionado como aquel día en el que Ferenc Puskas buscó abrazarle para decirle al oído: “Yo vi jugar a tu padre y puedo asegurarte que has honrado su nombre de la manera más grande”.

Había sido en aquel momento, cuando había escuchado aquellas palabras de boca del mayor ídolo de su infancia, cuando Mazzola se había sentido futbolista de verdad por primera vez en su vida. Ganar al Real Madrid había sido algo grande, pero mucho más grande había sido recibir los elogios de quien un día había sido el jugador más admirado del mundo. Y ahora tocaba refrendar todos los logros y demostrarle a toda Europa que el título conseguido durante el año anterior no había sido fruto de un golpe de suerte y eso pasaba por vencer al Benfica.

Precisamente el Benfica. Mazzola respiró hondo e intentó que la emoción no se apoderase de sus instintos ganadores; el Benfica había sido el último rival al que se había enfrentado su padre antes de dejarse la vida en un avión y el Benfica había de ser su último rival en aquella décima final de la Copa de Europa.

Mazzola jugó un partido trabado e intentó en todo momento incluir su talento en cada jugada para ayudar a su equipo a lograr su objetivo. Pero fue un partido feo porque los nervios se habían apoderado de las capacidades de cada uno de los jugadores y porque el Inter se había preocupado más de impedir jugar a Eusebio que de conseguir que sus centrocampistas se hiciesen amos del balón. Un gol de Jair liquidó a los portugueses y un pensamiento de gloria volvió a nacer en la cabeza de Sandro Mazzola, porque, aunque no estaba tan seguro de haber honrado el nombre de su padre como lo había hecho durante la final del año anterior, sí se sentía orgulloso por haber honrado su memoria y haberse reafirmado en la élite del fútbol venciendo, en el partido más importante del mundo, al mismo rival al que su padre pudo derrotar por última vez.