miércoles, 27 de junio de 2012

Balones de oro: Josef Masopust

Existen personas capaces de obrar milagros tangibles desde la más tierna infancia. Los de Josef Masopust, quien vistió en sesenta y tres ocasiones la camiseta de la selección checoslovaca anotando diez goles, los milagros se vistieron de pantalón corto y se cosieron a una pelota de fútbol como un niño se aferra a su regalo de cumpleaños. De aquellas primeras patadas al balón en la aldea rural de Strimice hasta el día de su retirada, dejó muchas muestras de genialidad, incluso después de dejar el fútbol y regresar vestido de traje para sentarse en el banquillo, fue capaz de obrar un nuevo milagro, el último, el más fabuloso, cuando fue capaz de subir al Zbrojovka de Brno de la tercera a la primera división checoslovaca y hacerlo campeón de liga. Una línea más en el currículum de un tipo cuyas carreras por el centro de la cancha fueron bautizadas como "el eslálom de Masopust"; descripción generalizada para un tipo que miraba siempre al frente y con el balón en los pies era poco más que imparable.

Masopust, leyenda viva del balompié checo, nació en el invierno de 1931 en el seno de una familia humilde. Desde el mismo día de su nacimiento, hubo de vencer al frío y a las necesidades, su padre, minero de profesión, buscaba en sus hijos una ayuda extra para paliar el hambre que azotaba a un país que aún se lamía las heridas de la Gran Guerra. Pronto se vio que el pequeño Josef, además de tener maña con las manos, también tenía habilidades con los pies. Empezó joven a patear pesadas pelotas de trapo, no tardó en convertirse en el niño prodigio de la región y sus condiciones de super clase no pasaron desapercibidas por los ojeadores de los principales clubes del país. Fue el principio de la carrera del jugador más técnico que se haya visto en Chequia, el tipo que coronó su ascenso a los cielos ganando el Balón de Oro de 1962 después de un año prodigioso y una derrota admirable.

Masopust, que jugó durante toda su vida como centrocampista central, disputó trescientos ochenta y seis partidos en las competiciones de su país, ganando ocho ligas y cuatro copas de Checoslovaquia. En 1968, cuando las piernas le pesaban y el corazón le pedía una última aventura, hizo la maleta para retirarse en el fútbol belga, vistiendo la camiseta del Crossing Molenbeek y dando sus últimas lecciones en el vestuario de un club menor. Atrás quedaron dieciséis años al primer nivel de un futbolista que se convirtió en el primer y único jugador checoslovaco en marcar un gol en la final de un campeonato mundial de fútbol. Aquella final de 1962 la perdieron ante el Brasil de un tal Garrincha que les volvió locos arrancando desde la banda derecha. El Brasil de un Pelé que no pudo jugar por lesión, el mismo Pelé al que había derrotado tres años antes, cuando el Duckla de Praga, su equipo de toda la vida, le ganó por cuatro goles a tres al Santos en un partido amistoso que aún está inscrito en letras de oro en el libro de historia del club. Aquel Duckla, dirigido por el elegante Masopust, deslumbró al mundo y de aquellas lecciones de fútbol nació la leyenda del que todos dicen que ha sido el mejor futbolista en la historia del fútbol checo.

Masopust fue mito, más allá de los logros. Fue mito en el Ulhomost, humilde equipo de su región que él puso en el escaparate nacional, fue mito en el ZSA Teplice, equipo de serias aspiraciones que tocó el cielo con Masopust como maestro de operaciones y fue mito, por encima de todos, en el Duckla Praga, el equipo de la capital belga, siempre a la sombra del Sparta y el Slavia pero que durante tres lustros impuso su hegemonía gracias al talento de un tipo que nació para vencer y para convencer. De la misma manera que venció y convenció al mundo el día que ganaron la International Soccer League después de una intensa gira por sudamérica en el verano de 1961, de la misma manera que venció y convenció al mundo el día que se enfrentó a Pelé por segunda vez y dio muestras de que su aureola de tipo noble y elegante no era una manida etiqueta sino un elegio merecido de verdad. En aquel empate a cero inaugural del campeonato, Pelé sufrió una terrible entrada que le dañó seriamente la rodilla. Como en aquellos tiempos aún no existían los cambios de jugador, Pelé tuvo que jugar durante todo el encuentro lesionado y cojeando visiblemente. Masopust, que tenía como principal objetivo apoderarse del balón e impedir que Pelé dibujara magia sobre el césped, se negó a entrar al número diez brasileño cada vez que este tomaba contacto con el balón. Fue un gesto soberbio que definió a un tipo soberbio. Un futbolista concienciado con el juego limpio y un efusivo buscador de la felicidad. Hizo felices a muchos y el fútbol le dio su recompensa en el invierno de 1962. Habían perdido la final del mundial, pero Europa había descubierto a un futbolista exquisito. Aquella Nochebuena de 1962, Josef Masopust durmió abrazado a un Balón de Oro. Era la recompensa al hijo del minero que trabajó con esfuerzo para convertirse en un futbolista de élite.

viernes, 8 de junio de 2012

Nigeria 1999

Siempre hay un primer momento para todo; para esa primera impresión que te casará con el destino, para esa tarea pendiente en el filo de los sueños, para ese reto contigo mismo en pos de demostrar tu valía y también para ese cambio de estilo que te convierta en diferente para el resto del mundo. La selección española de fútbol dio un paso definitivo en el verano de 2008, allí, en Viena, y mientras los sueños volaban por el aire acariciando la realidad, España dio una impresión fastuosa, culminó su tarea con eficencia, superó sus retos y cambió el estilo para dejar de ser furia y quedarse simplemente en La Roja. Pero aquel proceso de deconstrucción comenzó mucho antes, en una luminosa primavera africana nació el gen ganador que nos situó, por derecho, en la cima del mundo once años más tarde. En África comenzó el proceso y en África se cerró el círculo.

No tenía mal equipo aquella España juvenil que se presentó en Nigeria para disputar el campeonato mundial de la categoría en 1999. Allí estaban Marchena, que hizo carrera en Valencia y fue padre en un vestuario de campeones, Orbaiz y Yeste, cuyos nombres serigrafiaron miles de camisetas en Bilbao, Barkero, de cuya clase aún disfrutan los aficionados del Levante, Gabri, que recorrió el mundo en busca de la oportunidad que perdió en Barcelona, o Valera, cuyo gol al Barça con la camiseta del Betis dio la vuelta al mundo en ochenta días. Pero por encima de ellos había dos tipos que aglutinaban en su cabeza todo el éxito posible.

Casillas ya había debutado como portero en el primer equipo del Real Madrid. Se adivinaban reflejos de felino, personalidad de líder y categoría de primer espada. Alternó la titularidad con Aranzubía e inició su particular rosario de milagros en aquel agónico partido de cuartos frente a Ghana. Solamente hay que ponerse en situación; cuartos de final, tanda de penaltis y un mal fario que nos persigue de por vida. Pongan enfrente a Ghana o a Italia, el momento vale más que el rival. Pongan en la portería a Casillas. Ahora abran los ojos y visualicen el milagro.

Xavi también había debutado como titular en el primer equipo del Barcelona. Su camino fue mucho más espinoso. Por delante tenía al gran capitan Guardiola, el tipo que lo acaparaba todo; los focos, el vestuario, el juego y el estilo. Le nombraron sucesor y le tiraron a los leones. Pero Xavi no era Guardiola, no tenía su estatus periférico, no tenía su alma de líder y, por encima de todos los hándicaps, no era un mediocentro al uso. Y le crujieron por ello. Le crujieron mucho. Pero en Nigeria fue otra cosa, jugó por delante de Orbaiz, sin exigencias defensivas extremas, con todo el espacio por delante, con todo el tiempo para pensar, con el balón en los pies. Y Xavi fue el amo del torneo. Nos podemos volver a poner en situación; un tipo bajito que hace lo que quiere, como quiere y donde quiere. Ahora volvamos a Nigeria, o volvamos a Austria, o volvamos a Sudáfrica. Ya lo hemos visto todos, y lo hemos comprendido. Xavi cambió el estilo.

Ellos iluminaron el camino. Hubo un tiempo en el que nos perseguían los fantasmas, nos fustigábamos sin haber cometido pecado y, cuando pecábamos, nos encerrábamos en el cuarto oscuro de nuestras pesadillas para volver a revivir los errores y no aprender nunca de ellos. Pero todo cambió cuando al equipo de los grandes, al de las exigencias, al de las urgencias historicas, llegaron dos tipos que sabían lo que había que hacer. A uno le tocaba la parcela de los milagros y al otro, simplemente, la tarea del juego. Ellos fueron los líderes, los gurús, los culpables. Con ellos España ganó su primer mundial en categoría juvenil y con ellos España ganó el mayor prestigio de su historia en categoría profesional. Siempre hay un primer momento para todo y Nigeria no fue solamente un título; fue un punto de inflexión.

jueves, 31 de mayo de 2012

El divino manco

El pequeño Héctor sólo tenía trece años y ya manejaba una motosierra. Montevideo no era un lugar sencillo para quien tenía necesidades. Su padre, gallego de nacimiento y buscavidas por necesidad, se vio obligado a zarpar años atrás en busca de un trozo de pan que llevarse a la boca. En Uruguay encontró una mujer con quien criar una familia y un trabajo demasiado duro como para no quejarse a cada final del día. Héctor, el mayor de los hermanos, hubo de dejar la escuela para echar una mano en casa y con doce años ya era un aprendiz con sueños más allá de un taller de carpintería. Soñaba en grande, soñaba en redondo, soñaba con dar la vuelta al mundo manejando una pelota de cuero. Quizá fue buscando aquella pelota perdida en su imaginación cuando realizó el escorzo y la motosierra se enganchó en la tela del mono de trabajo. No pudo apagarla, no pudo evitar la inercia, no pudo detener el desastre. La mano, a la altura de la muñeca, quedó seccionada y los sueños se derramaron por el desagüe de la desilusión. Pero alguien le dijo que al fútbol se juega con los pies y que él no había nacido para ser arquero. No, él era delantero. Héctor Castro creció y se convirtió en el delantero centro del mejor equipo de la época, la Uruguay de los años treinta. Compareció veinticinco veces vestido de celeste y anotó dieciocho goles. Hoy, esas cifras son historia. Héctor Castro sigue siendo memoria.

No vivió demasiado, solamente cincuenta y cuatro años, y se retiró a los treinta y dos como jugador, pero aún queda algún anciano que un día fue niño y celebró los goles de un delantero rápido, potente y gran cabeceador al que le faltaba la mano derecha. Ese era Héctor Castro. Un niño que soñó ser grande y un futbolista muy grande, de los más grandes de la historia de Nacional de Montevideo. Con el equipo tricolor hizo ciento siete goles en la primera división uruguaya y sus actuaciones le catapultaron a la internacionalidad con su país. Y fue con la celeste, vistiendo la zamarra que le aportó más gloria, con quien se convirtió en futbolista eterno, sobre todo en aquel verano de 1930 en el que su país se coronó como referente futbolístico a nivel mundial.

En aquel equipo jugaban auténticos ases del balón como Andrade, Gestido, Cea o Dorado y, como delantero centro, Héctor Castro. El niño que había perdido una mano trabajando con un motosierra y que se había hecho hombre a base de marcar goles y enseñar los dientes en el área. No era un manco cualquiera, Castro no se amilanaba en el área y utilizaba su muñón como arma en el salto contra los rivales. Sin el descaro que podría haberle aportado un empujón con la mano abierta, Héctor Castro clavaba su muñón en la espalda del rival y, gracias a ello, obtenía una ventaja certera en el salto. Parecía que saltaba más que nadie, pero lo cierto es que era más pícaro que nadie. Aquellos saltos por encima de los defensores, aquellos goles de cabeza y aquellos sprints en busca de un balón imposible le valieron el sobrenombre de "El divino manco". A aquellas alturas, holgaba decir que Uruguay le adoraba como a un Dios. Y lo adoraba, también, como adoraban al resto del plantel, por haberse convertido en el martillo pilón que derrotaba en todas las finales a Argentina, ese molesto rival deportivo al otro lado del río de la Plata.

A Argentina le ganaron la batalla por la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1928 y a Argentina le ganaron la final del mundial de 1930. Aquello parecia un mal sino para los argentinos, condenados a perder contra los incordiantes vecinos del este. En aquella final del mundial que hizo estremecerse a todo Uruguay, Héctor Castro anotó el cuarto de los goles de su equipo. Fue el definitivo, la puntilla, el último gol del campeonato. Curiosamente, Castro también había anotado el que había significado el primer gol de Uruguay en la historia de los mundiales. Lo suyo eran los goles recordados, los meritorios, los inmortales. Y como personaje dado a la leyenda, una vez hubo abandonado los terrenos de juego, se puso el chándal y tomó las riendas de su equipo del alma. Con Héctor Castro como entrenador, Nacional de Montevideo salió cinco años campeón de Uruguay. Como para no tenerlo en un altar.

Las historias de los grandes hombres tienen puntos de inflexión en momentos relevantes. Hector Castro perdió una mano pero no perdió la pasión por el fútbol. Soñó ser una estrella y se convirtió en el más afamado delantero de su época. Las desgracias no invitan a quedarse tirado en el suelo, sólo algunos consiguen levantarse y muy pocos son los que logran seguir caminando. A ellos, a Héctor Castro y muchos otros, les corresponde la historia.

miércoles, 16 de mayo de 2012

3012


Año tres mil doce, la Tierra, asolada por el pasado y reconstruida por varios presentes, vive momentos de calma tras años de guerra en la que todos buscaron su parte y sólo algunos encontraron su idea. La Tierra sigue siendo amalgama de circunstancias y ruinas con historia, el hombre es cada vez más sofisticado y la vida es cada vez más larga, pero las tradiciones y las memorias siguen siendo las mismas de siempre; la emoción le sigue pudiendo a la mentira y la pasión sigue pegada a un balón de cuero.

Llora Godie Donamara la incertidumbre que aferra su alma a las travesuras del destino. Quien le niega una palabra le niega la verdad que tanto desea saber y como tal, cree vivir en el engaño de sus cualidades y en la fé rota de sus pretensiones. Su talento va más allá de la sujeción y sus maneras de jugar, regatear y pegarle al balón son pura fantasía con nombre propio. Godie nació sin nada y creció con todo, se le entregó un don y lo explotó con tanta fe que ya no existen defensas capaces de detener semejante torrente de calidad.

Harrison Laponte sonríe complaciente. Él fue el descubridor de Godie y el mentor de su fútbol en la Tierra y en el cielo. Si por él hubiese sido, habría sido capaz de bajar hasta el mismo infierno para venderle al diablo el alma de su mejor discípulo. Cuando adoptó a Godie bajo su protección era consciente de que sus cualidades empezaban a ser asombrosas y cuando le dio placer a sus instintos pudo ser capaz de localizar todos los puntos fuertes de aquel pequeño cuerpo fabricado a la medida para jugar al fútbol.

En tres mil doce no existen países como tales. El mundo es una confederación de naciones en una misma capacidad de convivencia. La globalización ha alcanzado su punto límite y lo que ayer eran España, Francia o Portugal hoy son solo pequeñas partes de una Europa que avanzó en política hasta convertirse en precursora de un nuevo mundo en el que, guerras aparte, ningún dominio podría enterrar el espíritu de libertad y ningún capricho podría ensombrecer una obra maestra.

El fútbol, como deporte de masas, ha crecido tanto como su fama. Atrás quedaron todos los jugadores que convirtieron este deporte en la sal y la pimienta de las conversaciones del mundo entero. Ya no existe el soccer que competía en parrillas con los nuevos inventos norteamericanos, ahora solamente existe un deporte global, con una competición definida y muchos sueños, como siempre, pendientes del hilo de una afición. En las calles se comenta que un día existieron equipos llamados Real Madrid, Milan, Juventus y Manchester United que dominaron el planeta y que acapararon tanta fama y dinero que nadie pretendió llegar a más sin imitarlos. Hoy, aquellas definiciones de equipo han pasado a la historia y las ciudades se engloban por sí mismas en crear, de cara al mundo, un único equipo competitivo para hacer historia planetaria y descubrir un palmarés de oro.
Harrison Laponte dirige el Club Madrid de Fútbol Internacional. Su pantalón es rojo y su camiseta es blanca, frutos ambos, de una herencia que en el pasado dejaron el Real Madrid y el Atlético de Madrid antes de renunciar a sus pasiones y fundirse en una unión que, visto como avanzaba el planeta, no era sino beneficiosa para todos. Harrison creció bajo los instintos de un aficionado de barrio e hizo fortuna apostando a ganador. Como trabajador consiguió confianzas y como empresario consiguió tanto dinero como sus cuentas corrientes pudieron acaparar. En una época en la que la Tierra estaba cubierta de satélites y los cables invadían el subsuelo, invertir en comunicación era un negocio tan seguro como la decisión de suicidarse con un disparo en la sien.

Cuando Harrison adoptó a Godie, no contó a nadie la flor del secreto que abrigaba semejante operación. Solamente él había sido capaz de descubrir el lugar donde descansaba el éxito eterno y daba fe, con sus ojos, de que quienes le hablaron del pasado no se equivocaban en venerar a ídolos que, más de un milenio atrás, habían dado al fútbol los momentos más espectaculares de su historia.

En tres mil doce primaba la fuerza sobre la técnica y un jugador veloz era más importante que un jugador imaginativo. Eran cosas del instinto, o podías con el rival o morías y sobrevivir pasaba por correr y correr pasaba por triunfar. Pero todo cambió cuando apareció Godie Donamara. Debutó en el campeonato universal con catorce años y dos años después ya era considerado el mejor jugador del mundo. Su pierna izquierda era un prodigio total y su capacidad para ver el fútbol antes que nadie era la nota que señalaba al jugador como el profeta que todos habían esperado de por vida.

Ahora que nadie es capaz de bajar el balón al piso sin mirar hacia detrás, Godie marcó los tiempos en cada jugada, apoyó cada balón con dulzura y enseñó a cada uno de sus compañeros que ganar era cuestión de creer en él. Y tanto le dieron el balón que Godie se hinchó a marcar goles, a fabricar regates de ensueño y a levantar estadios en gritos de ánimo inolvidables.

Y Godie no comprende el por qué de tanta diferencia con el mundo. No comprende por qué, siendo tan afortunado en el deporte, la vida le negó una infancia calurosa. Nadie le contó jamás que había pasado con sus padres y nada le hizo averiguar cada paso que dio en pos de una investigación. Nunca descubrió atisbo alguno de la existencia de una familia Donamara y aunque dejó muchos días intentando averiguar dónde estaba su pasado lo único que encontraba eran las palabras amables de su mentor, Harrison Laponte, en un guiño amistoso y cargado de paternalismo.

Godie tiene veinticinco años y ha ganado tantos campeonatos como los que ha jugado. Es tan bueno que nadie sabe de dónde le vienen sus facultades. Todos se preguntan cuál es el secreto de tanto prodigio técnico y nadie encuentra una razón para despreciarlo. Todos le adoran porque Godie juega al fútbol como los ángeles. Los estadios, que ahora se sustentan bajo lonas de fibra y se rellenan de almidón, cuero y aire, están empezando a dejar de ser un teatro para convertirse en un circo de sueños cada vez que Godie pasa por allí para tocar el balón como los dioses. Nadie ha visto nunca un jugador igual, nadie sabe de la existencia de alguien semejante y todos piensan, mientras frotan sus ojos ante la perplejidad, que jamás volverán a ver a otro jugador parecido.

Y Harrison Laponte sonríe porque se sabe ganador de sus instintos. Sonríe porque gana tanto dinero como prestigio cada vez que Godie alcanza a tocar el balón. Y sabe que su tesoro será eterno mientras dure su carrera porque nadie se atreverá a tocarle un pelo antes de ver la furia de la grada en su contra. Todos adoran a Godie y nadie duda en gastar sus ahorros para asistir a verle en directo. Godie es una máquina de fabricar dinero, pero él no busca el dinero, ni el éxito y ni siquiera una fortuna deportiva. Lo que Godie quiere es conocer su origen y lo que Harrison sabe es que tendrá que ocultar durante toda su vida las artes que utilizó para desenmascarar el cuerpo de Godie ante los ojos del mundo, pues para ello cometió delito y en su delito está la falta y en la falta está su silencio y nadie jamás sabrá cómo llegó Godie a sus manos de protector infalible.

Harrison le cuenta a la gente que Godie apareció un día en la puerta de su casa. Harrison dice que lo acogió como a uno más de sus hijos y que todos sus hijos le criaron como a un hermano en el hogar. A Godie nunca le ha faltado el cariño, ni en la familia que le acogió, ni en los amigos de los estudios, ni en el corazón de los aficionados. Pero Godie tiene palabra y valor para alzarla. Godie nunca ha querido callar sus contradicciones y como tal ha alzado la voz cada vez que algo le ha parecido incorrecto. Como aquella vez en la que, en video rueda de prensa, puso en alza el espíritu del deporte criticando las maneras de uno de los árbitros que dirigió un encuentro decisivo. O como aquella vez en la que insultó a un rival ante los ojos del mundo para después negarle un perdón por la propia faz del orgullo.

Y todo eso lo sabía Harrison porque todo eso se lo habían advertido. Lo que había adquirido, además de una fuente inagotable de talento era una fuente inagotable de problemas y como tal, debía acomodar la educación de su ahijado por la parte de afuera del conflicto. Pero Godie tenía ideas, palabra y voto de grandeza. Godie es rebelde por naturaleza y reivindicativo por un destino ya pactado, porque Godie ha existido antes y eso nadie lo sabe.

Juega hoy Godie su último partido de la temporada. Todos le conocen como Donamara, como el genio que vino de la nada para aportarle al fútbol toda la grandeza que perdió entre los conflictos. Cuando la Tierra se empeñó en fabricarle fronteras al odio y a la sonrisa, el fútbol perdió todo el encanto que lo había convertido en la fiebre eterna de todas las pasiones. Pero el fútbol nunca ha muerto y nunca morirá. Llegaron otros para hacerlo más rápido y entre todos lo convirtieron en trepidante. Muchos se acordaban del gran Lift Garrigan, maestro de miles de jugadas y autor de cientos de goles. Garrigan había jugado en el London Internacional Group entre dos mil setecientos setenta y dos y dos mil setecientos ochenta y siete y había dejado tantos recuerdos como buenos detalles. Pero a Garrigan, a Finti, que jugó antes y a Ismac, que jugó después, y que eran considerados los pilares del último fútbol, los había eclipsado la llegada de Godie Donamara al universo del balompié.

Y Godie juega en Madrid, donde lo ha hecho siempre. La misma ciudad que había dominado el fútbol más de un milenio atrás era ahora el hogar familiar y deportivo del gran Donamara, el genio que llegó de la mano del magnate Laponte, amo del mundo, del fútbol y de la ciudad, para enseñarle a la gente los secretos de un buen regate.

Y Godie comienza el partido con la misma ilusión de siempre. Se acerca al balón y cuando lo consigue lo pone donde quiere, ahora en el pie de un compañero, ahora en la cabeza de este otro, ahora bajo las piernas de un contrario, ahora en la escuadra, ahora junto al poste. Godie ha marcado dos goles y su equipo ha vuelto a salir victorioso. Godie juega bien porque le sale, no le hace falta motivación alguna para hacerlo, el fútbol vive en su sangre y la genialidad duerme dentro de cada una de sus ideas, aunque quisiese jugar mal no podría hacerlo. Y siente como es aclamado de nuevo, y como sus compañeros le toman en volandas y le convierten de nuevo en ídolo de todas sus celebraciones, y cuando entra en el vestuario y se encuentra con Harrison Laponte, se funde en un abrazo con él y le ofrece su mirada en compensación a todos los cuidados. Y Harrison Laponte ya no puede pedirle más porque ya se lo ha dado todo, efectivamente, nadie, en su recomendación, había errado el pronóstico; hacerse con el chico había sido una apuesta segura hacia el éxito.

Godie vuelve a su casa con la satisfacción del deber cumplido. Le criaron para jugar al fútbol y juega al fútbol como nadie, le criaron para ganar y gana más que nadie. A menudo se pregunta porque le habían prohibido cualquier acceso hacia los excesos. Nunca le dejó Harrison Laponte acercarse al tabaco, al alcohol y mucho menos a cualquier tipo de droga. Harrison se lo ha dicho siempre de forma muy clara: “Si tú pruebas la droga, yo me mato”. Y Godie, que ama a Harrison Laponte y no desea su muerte, no se acerca a los vicios y vive en prosperidad, no se calla una injusticia y lucha siempre a favor de la causa perdida, es un revolucionario dentro del deporte, pero es el mejor y todos se lo perdonan.

Y Harrison Laponte también perdona sus palabras. Estaba avisado y al igual que el destino ha cumplido su palabra quiere él dar rienda suelta a los instintos de su pupilo. Frustrar su alma sería condenarlo al abismo de la incertidumbre y su condena le llevaría al infierno de la corrupción y de allí viajaría hacia la autodestrucción y hacia el final de un mito fabricado a base de goles y regates de ensueño.

Harrison Laponte se acerca hacia su habitación y le ve dormir. Se satisface viendo el descanso del guerrero y se soporta a sí mismo creyéndose el auténtico precursor de la fama. Godie es una mina que explotará mientras el físico se lo permita, lo que ocurra después solamente Dios y los recuerdos serán capaces de dictarlo. Pero mientras tanto, acogerá a Godie en su casa como el banco de petróleo que le reporta todos sus mayores beneficios. Acogerá a Godie en su casa porque Godie es para él su mayor proyecto, su única apuesta segura y el más secreto de sus delitos.

         Porque, a parte de él y de las cuatro personas que le ayudaron en su proyecto, nadie sabe que en una época en la que la clonación, como máxima responsable de las más cruentas guerras que habían azotado a la tierra durante los últimos siglos, está castigada con la pena de muerte, Harrison Laponte descubrió, tras intensas investigaciones, el lugar donde descansaban los restos del mejor jugador de fútbol de la historia. Nadie sabe que aquel viaje a la antigua Argentina que había realizado años atrás no había sido para proyectar la imagen de su empresa por las metrópolis del hemisferio sur, sino que había sido ideado para robar un hueso, una muestra de ADN y fabricar de nuevo al jugador perfecto. Nadie sabe de aquellas existencias porque nadie quiere hoy estudiar los principios del fútbol, y por ello, Harrison Laponte clonó, mil veintiséis años después de su mejor verano, al número uno del fútbol y que el nombre de Godie Donamara, es realidad, una ligera transformación, a sílabas cambiadas, del nombre de Diego Maradona.

miércoles, 9 de mayo de 2012

La vida en rojo y blanco

Un recuerdo de la infancia suele pintar en color el mejor motivo para ser optimista. Aquellos goles de Hugo Sánchez, aquel centro de Landáburu, aquel gesto adusto de Luis Aragonés. La vida es larga y, en cada vaivén, hay un lugar para el descenso después del duro ascenso desde los infiernos. Momentos de amargura hubo muchos; hubo un día en el que nos impideron soñar y hubo más días en los que no quisimos soñar. Pero regenerarse forma parte de la condición humana y por ello estamos hoy aquí, de nuevo, mirando al cielo e implorando un gol, mirando al suelo e imaginando una celebración. El fracaso no entra en las cuentas. Las cábalas son siempre más sencillas porque, a la hora de soñar, preferimos la grandeza a la decepción.

Imagino como se sentirán los hinchas del Athletic después de tantos años en una travesía alimentada por las dudas. Les marearon con aquello del sistema, les echaron en cara aquello de la tradición y no encontraron argumentos para poner patas abajo sus ilusiones. Ellos son únicos en su especie, y en su singularidad sobrevive el espíritu libre de un club que no cayó en la trampa de la tentación y no se vio abocado a las lágrimas de la destrucción. Sufrió, sí, porque nadie regala nada y porque a nadie le sobran los recursos, pero cuando volvió a colocar los muebles en su sitio y se sentó a reflexionar sobre la idiosincrasia, fue consciente de que la única revolución consistía en no hacer ninguna revolución. El Athletic como libro de estilo y el fútbol como único argumento. Bielsa no ha conseguido engrandecer a un club, ha conseguido despertar a un gigante y hacer saber a una ciudad que así se jugaba allí hace muchos años y que así se podía volver a jugar.

La vida en rojiblanco a este lado del río no ha sido mucho más fácil. Nos han robado el alma y encima nos han hecho creer que deberíamos dar las gracias por ello. Es como aquello de nos mean y nos dicen que está lloviendo. En el Atleti llueven lágrimas de amargura por aquello de lo que se fue y ya no se es. Se fue un equipo grande, así, con mayúsculas y ahora se es un equipo sin identidad. Y el problema no lo arregla una final, ni siquiera una victoria. Porque el problema son deudas económicas y morales, el problema es bicéfalo, es la angustia, es el tener que creerse que somos lo que no somos, es el saber que hace tiempo dejamos de ser lo que fuimos. Para ser consciente de la realidad solamente hace falta abrir los ojos. Con esta final borran cientos de partidos en los que la inoperancia fue el sustantivo más lícito para describir el juego; el Atleti secuestrado ya sólo aspira a ser cuarto y la mayoría de veces no consigue ni alcanzar ese puesto. No son sensaciones, son datos. Pero aún en la miseria seguimos buscando un rincón para seguir soñando, para seguir viviendo, para seguir respirando. El rincón de esta noche tiene forma de final. No se me olvida el daño sufrido, pero no por ello voy a dejar mi camiseta guardada en el cajón. El escudo del Atleti late sobre mi corazón. Estas son nuestras noches. Este es nuestro lugar.

lunes, 7 de mayo de 2012

En busca de la luz

La oscuridad ciega, confunde, produce pesadillas, monstruos, sinrazones. La oscuridad es el camino más directo hacia el error porque los palos de ciego se pagan con caídas libres, con empecinamientos que conducen a la locura, con la negativa a ver la realidad porque siempre existe el miedo a que la luz de la verdad nos ciegue los ojos.

El Atleti lleva años sumido en la oscuridad del mal fútbol. No es que se hayan cortocircuitado las esperanzas en busca de un estilo, es que hace muchos años que el equipo no encuentra un estilo. Y no lo ha hecho, principalmente, porque se han encerrado en el cuarto oscuro de la mala gestión y se niega a ver la realidad. Tanto ha distorsionado la oscuridad la verdad que la gente se ha terminado por creer los cuentos del vecino y las historias para no dormir; que si aquello del pupas, que si aquello de lo peor y lo mejor, que si aquello de la imprevisibilidad. Pamplinas. De lo que ha carecido el Atleti, más que de fortuna, es de buenos futbolistas en el eje del centro del campo.

Es por ello que cada verano vuelven a renovarse las ilusiones cada vez que un nuevo nombre aparece en la palestra de lo futurible. Pero, como naipes de un castillo, los proyectos de motor para un coche de frágil carrocería, caían en el cajón de las promesas incumplidas. Ni fue Albertini, ni Luccin, ni Raúl García, ni Tiago, ni Gabi el capaz de enterrar a la sombra del desconcierto y alumbrar el fútbol del equipo. Es por ello, que cada vez que aparece el nombre de un niño prodigio, los puños se cierran para rezar, los ojos se abren para mirar y la mente se despierta para soñar. El Atleti necesita fútbol, sentimiento y verdad, y nada de ello es fácil de encontrar en el cuarto oscuro de los despropósitos.

El nombre de Oliver Torres ha aparecido en los titulares de prensa como el de ese nuevo mesías que promete la redención de un club sumido en el infierno de todos los pecados. Se mira al frente, se buscan vídeos, opiniones, resultados, estadísticas, y aparece la imagen de un niño de tez morena, mirada osada, fútbol intuitivo, un guante en el pie y la capacidad para mover a un equipo de área a área. Eso lo ha hecho con un equipo juvenil, no lo olivdemos. Más que nada porque cuando le veamos en primera y le contemos los diez primeros fallos, correremos a escondernos en el cuarto oscuro y a lamentar la mala suerte de las promesas incumplidas, cuando la verdad es que cualquier niño tiene derecho al error y, en nuestra prisa por devorar etapas, hemos terminado por devorar proyectos de buen futbolista. Recordemos lo que eran Gabi, Mario y Koke cuando empezaron. En el foso hace frío y en el coso cunde el pánico. Sin prisas y sin sueños. La luz nos iluminará a todos cuando el fútbol aparezca, cuando la paciencia impere y cuando la gestión sea acorde a nuestra historia.

miércoles, 25 de abril de 2012

Noruega 2002

En julio de 2002 aún sentíamos el dolor de una herida sin cicatrizar que nos había causado aquella puñalada trapera instigada por un egipcio de nombre impronunciable y ejecutada, desde el punto de penalti, por una pandilla de coreanos que corrían como locos y se restregaban los ojos ante la incredulidad que las sorpresas iban provocando en su camino hacia la gloria.

En aquel verano aprendimos a desatarnos como Camacho con las axilas impregnadas en sudor, a llegar a la línea de fondo como Joaquín y a lamentar la baja de Raúl en el partido decisivo. En aquel verano aprendimos otros nombres, pero aquello fue unos días más tarde, cuando la cicatriz aún estaba reciente y necesitábamos un bálsamo regenerador para nuestra maltrecha ilusión.

De Fernando Torres sabíamos que era un niño rubio, pecoso y atrevido que se había asomado a las alineaciones del Atlético de Madrid en el último tramo de su frustrado intento de regreso a la primera división. Habíamos visto su velocidad, su desmarque, su descaro en el uno contra uno y su manera de embocar el áera para preparar el remate. Y de Andrés Iniesta sabíamos que era chico tímido, de pelo oscuro y tez morena que había asombrado al mundo seis años atrás cuando se ganó el derecho a ser nominado a niño prodigio del año después de hacerlo todo bien en el anual torneo de Brunete. Nos hablaban de la discrección con la que le aislaba el Barcelona ante la presión y recordábamos su maneras de pequeño genio mientras era capaz de recorrer el campo con la pelota pegada al pie.

Lo que no sabíamos es que, juntos, podían jugar y hacerlo muy bien. Apoyándose en la velocidad de Torres, en la habilidad de Sergio García y en la clase de José Antonio Reyes, Andrés Iniesta pintó de color el primer gran verano de su vida. A su fútbol se rindieron la República Checa, Noruega y Eslovaquia y a la evidencia hubo de rendirse en la final la selección alemana liderada por Philip Lahm. El mismo tipo al que Fernando Torres, años más tarde, comería la tostada para proclamarnos campeones de verdad cuarenta y cuatro años después. El mismo tipo que observó, impotente, como Fernando Torres le comía la tostada a sus compañeros para convertirnos en campeones de Europa sub-19 por primera vez en nuestra historia.

Los mismos niños, los mismos hombre, los mismos momentos. A raíz de aquel gol aprendimos a soñar de nuevo. Vimos a Torres ante el portero y nos vimos campeones de Europa. Vimos a Iniesta en el área grande y nos vimos campeones del mundo. La mayoría de las veces hace falta mucho tiempo para llegar a vivir el momento, pero los sueños, cuando el talento, la fe y el trabajo bien hecho avalan los hechos, generalmente se acaban cumpliendo.

viernes, 20 de abril de 2012

Capitán en el milagro

A menudo nos preguntamos qué hubiese sido de nosotros mismos si algún acontecimiento inescrutable se hubiese interpuesto en nuestro camino. Igual que en nuestras reflexiones existen lugares para la imaginación, el mundo está lleno de tipos que crecen agarrados al talento y entorpecidos por una barrera temporal. A Friedrich Walter le frenó la guerra y, aún así, fue capaz de convertirse en leyenda en plena madurez física. Seis años después de su último partido, y cuando todos dudaban de su capacidad para reponerse a las heridas psicológicas del conflicto, el gran capitán regresó a las canchas y lo hizo a lo grande: ganando partidos, anotando goles y dejando una impronta inolvidable. Fritz Walter fue el jefe del fútbol alemán durante tanto tiempo que, años después de su retirada, y hasta la explosión de Beckenbauer, la memoria seguía buscando un sustituto donde solamente había una promesa.

Hoy en día resulta fácil recurrir a nombres tan ilustres como el propio Franz Beckenbauer, o como Overath, Netzer, Schuster, Matthaus y Effenberg; pero probablemente ninguno de ellos hubiese existido como estrella universal sin la aparición de Walter en una Alemania decaída y deprimida. Antes de ser capitán en el milagro, Walter pasó dos años como prisionero de guerra en un campo de concentración soviético y aquello le sirvió para conocer el verdadero valor de los sueños. Regresó al fútbol cuando los tratados dividieron Alemania en dos títeres en manos de los dueños del mundo y solicitó el brazalete de capitán que por derecho le correspondía. En la fría primavera de 1954, la selección de Alemania occidental se concentró en el alpino pueblo de Spiez, junto al Thun, y cocinó un espíritu que les condujo a la leyenda. Fueron días largos, intensos y dolorosos en los que, cada mañana, Sepp Herberger, legendario seleccionador alemán, acudía a la habitación de Walter para ponerle una mano en el hombro y la boca junto al oído para recordarle "ha llegado tu tiempo, Fritz".

Pero el mito de Friedrich Walter comenzó a forjarse muchos años antes de aquella concentración previa al mundial que se celebraría en Suiza. Sus padres, quienes regentaban el bar que había bajo la estructura del viejo estadio Betzenberg en Kaiserslautern, dejaban a los pequeños Fritz y Ottmar jugar en el césped, previo permiso del club, una vez habían terminado los entrenamientos del primer equipo. Lo que en un principio había sido un juego de niños se convirtió en una firme promesa con visos reales de convertirse en una auténtica sensación. Los niños no sólo pateaban la pelota, sino que jugaban al fútbol como los ángeles. No tardaron en formar parte de las categorías inferiores del club y no pasaron muchos años antes de debutar con el primer equipo del Kaiserslautern. Los hermanos, quienes jugarían juntos durante toda sus carreras, se convirtieron en la insignia de un modesto club que apuntaba a perdedor y se convirtió en el dueño del corazón de miles de ciudadanos. En la época en la que Alemania carecía de un campeonato nacional, los hermanos Walter se ganaron el respeto de un país que seguía con entusiasmo, en el periódico del lunes, el devenir de los campeonatos regionales. Y más adelante, cuando Alemania ya era una potencia reconocida con una liga competitiva, Fritz Walter se convirtió en dueño de los designios de su equipo hasta el punto de que el equipo de Kaiserslautern no era reconocido en la prensa como tal, sino como "los once de Walter".

No en vano, el Kaiserslautern ganó sus dos primeros títulos de liga en 1951 y 1953 con Walter al frente de las operaciones. Su larga zancada, visión de juego y llegada a gol le convertían en ídolo de masas y, fuera del terreno de juego, su elegancia y humildad le convertían en el yerno que toda madre quisiera tener. Era tan querido y admirado que en una de las escuelas de la ciudad, un profesor se sentó frente a sus alumnos tras pedirles que redactaran un escrito sobre uno de sus personajes preferidos. Huelga decir que la gran mayoría de la clase optó por hablar de Walter y, sirva como ejemplo de su universalidad, el comienzo de la redacción de un alumno que fue enmarcada en los pasillos del estadio Betzenberg y que comenzaba diciendo que "Fritz Walter fundó la ciudad de Kaiserslautern". Parecía como si el pasado de la ciudad, que se remontaba a la Edad Media, no le importase a nadie y que la vida, la historia y la emoción hubiese nacido el día en el que Fritz Walter vistió por primera vez la camiseta del primer equipo. Pero, tras consagrarse como profeta en su tierra, a Walter le quedaba un último paso; se había convertido en leyenda de su ciudad, aún le quedaba el reto de convertirse en leyenda de toda Alemania.

Y el milagro ocurrió en Berna y fue por ello que todos lo bautizaron así, como "el milagro de Berna". El reto era doblemente duro: por un lado, se trataba de vencer a todos los miedos y, por el otro, se trataba de vencer a la impresionante selección húngara dirigida por Gusztáv Sebes. Alemania, que hasta entonces había mirado al fútbol con desconfianza, reprobándolo por haber sido ese infausto deporte ideado por los ingleses, se convirtió, de la mañana a la noche, en una de las naciones más futboleras del planeta. Y en ello llevan desde entonces. Aquel espíritu de Spiez que se fraguó en las montañas suizas sigue vivo hoy en cada generación de alemanes que se asoman al mundo para competir en el alto nivel. Podrán ser más rudos, más técnicos, más veloces o más físicos, pero lo cierto es que los alemanes son terriblemente difíciles de vencer. Y gran parte de culpa de aquello la tienen aquel grupo de intrépidos alemanes que vencieron al miedo y a Hungría en una final histórica que dejó a todos con la boca abierta. David venció a Goliat porque hubo fe y porque hubo un tipo que les capitaneo hacia la gloria.

El capitán en el milagro se consagró en un mundial y falleció, cuarenta y ocho años más tarde, mientras se disputaba un nuevo mundial en el que Alemania estuvo a paso de volver a consagrar una sorpresa. Mientras la selección alemana más hosca que se recuerda se plantaba en la final del verano japonés, el país lloraba la muerte del primer gran líder de su fútbol. Walter ganó un mundial para alemania y anotó más de trescientos goles a lo largo de su carrera, casi todos ellos vistiendo la camiseta roja del Kaiserslautern. Como para no estarle agradecido. El tributo tuvo nombre y forma de estadio de fútbol. Desde entonces, el viejo estadio Betzenberg, fue bautizado con un nombre de guerra, el de "Fritz Walter stadium". Los monumentos al fútbol son la mejor manera de honrar la memoria de los grandes hombres que escribieron sus páginas más gloriosas con un balón pegado al pie. En el recibidor del estadio, junto a cientos de recuerdos que rememoran los mejores días del club, una estatua contempla al visitante con la mirada firme y un balón junto al pecho. Si alguien se olvida de hacerle una reverencia, estará olvidando la liturgia del respeto. Aquel hombre enseñó a ganar a los alemanes y, desde entonces, el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania.

lunes, 16 de abril de 2012

Los caprichos del destino

El destino es caprichoso porque mantiene escondido su baúl de los recuerdos particular. De vez en cuando saca la memoria a pasear y desenvaina una afrenta pendiente para ponernos cara a cara contra nuestros propios pecados. En la manera de asimilar el reto está el verdadero valor de la persona; la personalidad marca una casilla entre dos opciones: se puede pedir perdón y llorar por el error o se puede apretar los dientes y demostrarle al mundo que nuestra locura tuvo una razón de ser.

Fernando Torres emigró a Inglaterra para ganar títulos y, desde entonces, no ha disputado ni una sola final. Han pasado cinco años desde que el niño partió de casa para hacerse un hombre y aún no ha sido capaz de cumplir ninguno de sus sueños. Quizá porque no fue consciente de que el verdadero sueño de cualquier futbolista debe ser el de convertirse en referencia memorial de cualquier institución. De haber permanecido en Liverpool, quizá no hubiese tenido opción de disputar un gran título, pero hubiese coleccionado un buen puñado de recuerdos a flor de piel nacidos de la garganta de cualquier scouse y, quizá, un monumento al gol erigido por un puñado de aficionados agradecidos al esfuerzo. En lugar de la inmortalidad, Torres optó por la materialidad. Y en el viaje de vuelta hacia sus sueños tampoco encontró el premio qué el hubiese esperado.

Pero el destino le guardaba una penúltima carta boca abajo en su particular partida contra la gloria. Ayer el Chelsea se clasificó para su primera final en dos años y la parca del destino le deparó al Liverpool como rival en la afrenta. Los reds han agotado todas sus opciones en busca de sus dos finales particulares y, a costa de un particular desierto de desidia en liga, han logrado sus objetivos preferenciales. Y enfrente estará Torres, el niño al que adoptaron como "The Kid", el "number nine" que resonó en las gradas de Anfield durante cuatro años y el tipo que abandonó un amor para buscar un título. Aquí está su final. Sus dos equipos frente a frente y el error y el acierto, pendiendo de un hilo como la espada de Damocles. Solamente el destino dilucirá el resultado. Ese caprichoso destino que ha puesto a Torres cara a cara contra sus propios pecados.

jueves, 12 de abril de 2012

Irrepetibles

Irrepetibles son los momentos que generan más asombro y que quedan guardados en la retina de la memoria colectiva. Irrepetibles son el espectáculo garantizado, los goles a ritmo de record, la seguridad de una victoria por la vía del aplastamiento y dos equipos que se han situado en lo más alto del escalón histórico. La liga se parte en dos, por debajo, juegan dieciocho ilusos que taparon sus bocas el día que firmaron un contrato que les ligaba para siempre a la esclavitud. Ahora les toca mirar desde abajo como los dos grandes se comen el pastel y, mientras las migajas caen debajo de la mesa, se pegan vilmente entre ellos por un trozo de bizcocho equivocando el enemigo y el objetivo.

La liga española ya no existe como tal. Se ha convertido en la merienda de dos monstruos de once cabezas que devoran plusmarcas y trituran rivales con puño de acero. La cuestión deriva, más que en la continuidad, en la repetición de los momentos ¿Volverá nuestro fútbol a vivir el esplendor de los dos mejores futbolistas del mundo? Messi y Cristiano son dos genios voraces que aplican el famoso artículo treinta y tres ideado por el maestro Montes: "Hago lo que quiero, donde quiero y como quiero". No hay respuesta. Ni siquiera tiempo para inquirir. Ellos disparan y después preguntan. El parte de daños suele ser tan dramático que se acostumbra pasar página y agachar la cabeza en modo de resignación. Ya todos dan por perdidos sus duelos y, aunque tengan un momento de lucidez en mitad del miedo, son mayoría los que acaban hincando la rodilla y mostrando pleitesía a los amos del mundo. Lo de estos dos tipos no tiene parangón.

Cuarenta goles uno y treinta y nueve el otro con seis jornadas aún por delante. Atrás quedaron aquellos records imposibles de Zarra y Hugo Sánchez. Este es un duelo al sol que pinta de oro y brillantes la zona noble de la liga. Por debajo todos miran, suspiran y hasta terminan aplaudiendo. Por delante les queda el reto de ganarlo todo, una vez más, y de volver a mirarse a los ojos para volver a cruzar una apuesta ¿Serás capaz de batirme? Los dos se saben ganadores y de su ambición viven sus equipos. Un momento repetible rubricado por dos tipos irrepetibles. Pasará el tiempo y los equipos seguirán engrosando su palmarés, pero cuando ellos ya no estén buscaremos en el futuro lo que solamente existió en el pasado. No volveremos a ver algo igual en mucho tiempo. Seguramente, no lo volvamos a ver.