El ojo del aficionado es severo porque guarda en su retina una escala de recuerdos que, de forma piramidal, forman parte de su propia existencia. En la parte de arriba, porque siempre preferimos evocar la sonrisa antes que el llanto, colocamos los mejores éxitos. Si estos son muy antiguos, nos dejamos llevar por la nostalgia y contenemos la mirada mientras un brillo especial moja nuestras retinas. Pero el amor por un equipo tiene momentos para el pasto y momentos para el incendio.
Dijo Bielsa, en una de sus frases lapidarias, que deberíamos hacerle comprender a la gente que la victoria es una excepción. Es por ello que, nuestra vida de aficionado, para todo ellos que hemos apostado por equipos de menor calado y efímero poder, está más salpicada por el fracaso que por el éxito. Y es por ello que toda la base de nuestra pirámide de recuerdos se sustenta sobre una pila de tristeza que evocan aquellos momentos en los que nos sentimos hijos de una mísera condena.
Pero toda condena tiene un momento para la redención. El tiempo es largo y el mundo caprichoso. Han pasado más de treinta años, han seguido las cicatrices pero, en todos los lugares, siempre han regresado las sonrisas. Han crecido nuevos ídolos y se han fabricado nuevos sueños. Y de repente, una tarde de primavera, Roma y Liverpool supieron que iban a volver a encontrarse. Más allá del tiempo. Más allá de Grobbelaar y Alan Kennedy. Más allá del bigote feroz de Roberto Pruzzo y las gambetas incontenibles de Bruno Conti. Más allá del sueño queda la afrenta.
Los equipos de hoy, en su manera conceptual, beben el espíritu de los equipos de ayer. Porque en la memoria permanece la tradición y una cierta dosis de exigencia. Ambos equipos, que en los ochenta eran reyes de sus países y referencias en el continente, regresan al lugar de los sueños con más dudas que certezas. Defensas adelantadas, ataques directos y juego trepidante, sin concesiones. Se presenta una eliminatoria descafeinada en lo mediático por el interés que suscitan los enemigos de la otra semifinal, pero una elminatoria que, futbolísticamente, por la conceptualidad de los sistemas, apetece mucho ver.
Nada hay más arrollador, en deporte, que un tipo con confianza. En ocasiones, también nos ocurre a nosotros que nos creemos capaces de cualquier cosa porque, a medida que vamos avanzando, encontramos, tras cada paso, una sonrisa, un triunfo y un reconocimiento.
Un tipo que se siente intocable es un tipo que se hincha de confianza. Esta arma, de doble filo por el peligro inherente de la relajación, es explotado por muchos equipos en cuanto saben que, tarde o temprano llegará la parada milagrosa o el gol decisivo.
El Atlético de Madrid, que no está defendiendo tan bien como indican sus números, está jugando con red desde hace poco menos de un lustro. Es el tiempo que ha pasado desde que el club decidió superar la depresión con dudas y postrarse ante un tipo que predica la fe en el trabajo y, sobre todo, en sí mismo.
Es habitual que equipos de lejana propuesta y de ocasiones aisladas terminen exigiéndole por arriba y por abajo. Y cuando creen haber cantado el gol es cuando aparecen las manos salvadoras de Jan Oblak. Conviene creer en el estado de forma de un portero. Lo que no conviene es creer que siempre que yerres, aparecerá la mano salvadora de tu portero. Habrá un día que el ángel se caiga y será cuando queden los traseros al aire. En fútbol, defender bien implica no conceder al rival. Los milagros cotidianos, normalmente, tienen fecha de caducidad. Lo malo es llegar a la misma el día que menos lo deseas.
El ser humano sobrevive en su
hábitat gracias a la intuición y la inteligencia. El talento, además, es una
especie de regalo inherente a la vida que cada uno tenemos adscrito de alguna
forma. A medida que van pasando los años aprendemos a ocultar nuestros defectos
porque adquirimos conocimiento. Llamamos perro viejo a aquel tipo que sabe
adscribirse al éxito aun cuando los recursos físicos no son lo suficientemente
proclives para ello. Sin embargo, utilizan de tal forma el ánimo y el conocimiento que son capaces de situarse en el
primer lugar de la fila aunque todos les sigan esperando en la parte de atrás.
Tiago Mendes jugaba, a sus treinta y tantos años,
como un niño en el patio de un colegio. Era el abusón del recreo que aglutinaba
todas las pelotas; iba al suelo, a la banda, al área propia e incluso en las
inmediaciones de la contraria y, como en una suerte de incisiva casualidad,
siempre conseguía que el balón terminase en sus pies. Y cuando lo tenía no se
complicaba. Tocaba, tocaba y tocaba. El pase sencillo que, en muchas ocasiones,
es el más complicado de dar.
Comentó Simeone, en una de sus asistencias
públicas, que lo ideal sería jugar con dos Tiagos, pero que no habría dinero
para pagarlos. En el elogio se esconde la verdadera necesidad. Simeone necesita
un Tiago y por ello sigue buscando en el armario del recuerdo un abrigo
desgastado que hace tiempo perdió en plena noche. Tiago respondió, mientras
pudo, demostrando que el verdadero oficio se consigue con la edad y que se
puede superar la treintena y seguir aprendiendo a jugar al fútbol. Y, al mismo
tiempo, enseñando a quienes juegan a su alrededor. Les toca a los sucesores
aplicar todo lo que han aprendido. Lástima que, hasta el momento, no hayan
terminado de hacerlo.
El Bohemians era el tercer equipo de la ciudad de Praga. Demasiados años a la sombra del Sparta y del Slavia como para ser considerado un equipo temido; tenía sus destellos, sus tardes de gloria y alternaba sus victorias con algunas derrotas inesperadas que siempre le trasladaban a la mitad de la tabla clasificatoria. Un clásico de la liga checoslovaca, pero no un equipo grande. Como bien apuntaba su nombre, representaba a los nostálgicos de la ciudad, a los bohemios y evocadores que soñaban con un fútbol clásico, donde la disciplina quedase más allá de la línea de cal y donde los goles se celebraran con abrazos sinceros. El más bohemio de todos era su centrocampista estrella, un tipo bajito, de anchas caderas y caminar pesaroso que flotaba por la cancha a cámara lenta y tocaba el balón con la elegancia de los artistas. Se llamaba Antonin Panenka y era un fijo en las convocatorias de la selección checoslovaca.
Checoslovaquia se enfrentó a la Unión Soviética en el duelo a doble partido de los cuartos de final de la Copa de Europa de Naciones de 1976. Aquello, tras los años de represión comunista, era más una oportunidad para la venganza que un simple partido de fútbol. La ciudad de Praga llenó el estadio en la ida y se volcó con el corazón junto al transistor mientras escuchaban la narración del partido de vuelta. Fue una dulce victoria, Checoslovaquia dejó en la cuneta al opresor y picó billete destino a Yugoslavia, lugar donde se celebrarían los últimos partidos del torneo. En realidad, aquella fue la última edición de una Eurocopa que se jugó sin una sede fija, la Uefa ya había acordado que el siguiente torneo se celebrase en Bélgica y que allí se disputaran tanto las fases de grupos como las rondas definitivas.
Vaclav Jecek, seleccionador checo, había juntado a una generación de buenos futbolistas en el orden táctico con un par de figuras en el orden técnico. Por encima de todos destacaba Panenka, un futbolista diferente que no necesitaba correr para jugar al fútbol, más que nada, porque correr lo agotaba como a un burro desentrenado. Por ello, neesitaban imperiosamente desactivar el juego de Holanda en el partido de semifinales si no querían que se convirtiese en un angustioso correcalles que terminase por desfondarles a la media hora de juego. Jecek planteó un partido físico y ordenó férreos marcajes individuales sobre Cruyff, Rep y Reensenbrinck. La desesperación holandesa se hizo patente con el paso de los minutos y tanto Neeskens como Van Hanegem fueron expulsados tras cometer sendas agresiones fruto de la frustración. El mundo futbolístico, que esperaba la reedición de la final del mundial de 1974, tuvo que ver como Checoslovaquia daba la gran sorpresa y derrotaba a Holanda bajo un aguacero monumental tras anotar dos goles en la prórroga y establecer un contundente tres a uno que no dejaba lugar a dudas.
Checoslovaquia y Panenka eran finalistas, pero Alemania, un rodillo sin compasión ni puntos débiles, era la gran favorita para hacerse con el título. La noche antes de la final Panenka conversaba con su amigo Viktor, portero del equipo nacional y compañero de habitación. Analizaban los puntos débiles del rival y bromeaban sobre alguna cuestión mundana. En la conversación salió el nombre de Maier, portero alemán. "Qué porterazo", exclamó Viktor, admirado por las cualidades de la araña del Bayern Munich. "Como haya un penalti se lo voy a tirar como tú y yo sabemos", desafió Panenka. "Ni se te ocurra", sentenció su compañero.
Y a fé que hubo penaltis. Checoslovaquia se puso dos a cero pero Alemania, siempre fiel a su estilo y a sus actos de fé, no cesó su esfuerzo hasta empatar en el último minuto. Fue un palo difícil de digerir para una selección checa exhausta después de dos prórrogas y tras haber acariciado la copa durante tantos minutos. Con el empate a dos el partido debía morir en la tanda de penaltis. Masny, Nehoda, Ondrus y Jurkemik anotaron para Checoslovaquia y Bonhof, Flohe y Bongartz lo hicieron para alemania. La tanda estaba en cuatro a tres cuando le tocó en turno al excelso Hoeness quien mandó la pelota a las nubes. Quedaba un lanzamiento y era para Panenka.
Antonin buscó a Viktor con la mirada y asintió ligeramente; había tomado una decisión. Viktor agachó la cabeza y decidió mirar al suelo, aquello era el suicio deportivo más mediático al que había asistido. Frente a Maier, Panenka colocó el balón y buscó un duelo de miradas. "Aquí estamos". Jugando en el Bohemians hubiese sido imposible enfrentarse al Bayern, hubiese sido imposible intentar anotarle un gol al mejor portero del mundo. Panenka no había anotado ningún gol en la Eurocopa, pero llevaba muchos años lanzando penaltis. Una tarde, tras un entrenamiento del Bohemians, y cansado de perder apuestas con el portero Hruska, ideó una manera de marcarle un gol desde los once metros. Se trataba de mantener la mirada, acomodar el cuerpo en un amago de lanzamiento esquinado y posteriormente tocar el balón con suavidad con el empeine. El balón se elevaba lentamente, Hruska se lanzaba hacia un lado y la pelota terminaba mansamente en gol por el centro de la portería. Era la obra de un loco. Pero Panenka era un loco feliz. Como había hecho con Hruska amagó un lanzamiento esquinado mientras desandaba la carrerilla, Maier se venció a la izquiera y en ese momento, tic, se paró el mundo. Panenka tocó el balón sutilmente, con el empeine de su bota derecha y el balón se elevó suavemente en una vaselina interminable. Igual que su juego pausado, el disparo de Panenka se dirigó a la portería a cámara lenta y el loco feliz supo que era gol antes de que la pelota besara las redes. Levantó los brazos, dio media vuelta y, en su celebración, buscó a Viktor. Sus miradas hablaron; "Estás loco", dijo el portero. "Sí", contestó él, "pero soy un loco feliz". "Siempre he entendido el fútbol como una manera de divertirme", aquella sentencia definió su personalidad y aquel penalti definió su leyenda. Panenka, que no hizo mucho más a nivel internacional, dejó un instante para la historia y una esquela para la memoria. Un penalti con denominación de origen que hizo saltar una sorpresa y alumbró el nacimiento de un mito.