martes, 22 de enero de 2008

Las vidrieras de la Iglesia de Saint Francis

El avión “Elizabeth”, perteneciente a las líneas aéreas británicas (British Airways), seguía parado en las heladas pistas del aeropuerto de Munich. Eran casi las tres de la tarde y el mes de febrero dejaba huella sobre el cielo alemán; un frío aterrador asolaba el exterior y dentro del aparato, cuarenta y tres pasajeros esperaban impacientes el despegue, pues tenían prisa por regresar a casa y abrazar de nuevo a los suyos.

Entre las cuarenta y tres personas que ocupaban los asientos del avión, había diecisiete jugadores de la plantilla del Manchester United, en aquel entonces el mejor equipo de Inglaterra y, con el permiso del Real Madrid, uno de los mejores equipos del planeta. Su entrenador, Matt Busby, les contemplaba complacientemente mientras se enorgullecía de sí mismo por haber sido capaz de reunir a semejante grupo de futbolistas que aunaban juventud, calidad y profesionalidad en grandes cantidades.

En las sonrisas de los asistentes se adivinaba la satisfacción por haber alcanzado, por segundo año consecutivo, las semifinales de la Copa de Europa. El año anterior habían rozado un sueño del que solamente el Real Madrid había sido capaz de hacerles despertar. La premisa para esta nueva edición estaba clara: derrotar al Real Madrid y coronarse como mejor equipo de Europa.

Pero el camino estaba siendo difícil de cubrir y en las piernas de los jugadores quedaron marcadas las muescas del duro partido en la tarde anterior. Eliminar al Estrella Roja de Belgrado les había costado, parafraseando a su admirado Winston Churchill, un verdadero reguero de sangre, sudor y lágrimas. El objetivo estaba cumplido y esperarían al sorteo para conocer a su rival en un nuevo duelo en las semifinales del torneo, si el que caía en suerte era de nuevo el Real Madrid, habría que ofrecer a su público un doble esfuerzo para intentar derrotar al equipo que se paseaba por Europa como un César coronado de laureles.

La parada se estaba convirtiendo en eterna. Hacía tiempo que el almuerzo se había evaporado en el estómago de los jugadores y, al paso al que iban, conseguirían aterrizar en Inglaterra más cerca de la hora de dormir que de la hora de tomar la cena. Busby sintió como un chasquido de vacío empezaba a inundar su estómago y sintió una carcajada en la parte de atrás del aparato. Allí, un grupo de jugadores parecía ajeno a las molestias que la tardanza en el despegue les estaba ocasionando y, aunque el aparato ya había intentado despegar durante dos ocasiones anteriormente, no había conseguido alzar sus ruedas del suelo en ninguna de ellas y allí seguían aún, con la paciencia en el límite y la desazón en el pensamiento.

Les habían comunicado que se trataría de una parada corta, prácticamente inapercibida, el avión había salido de Belgrado con una carga de combustible inferior a la requerida y necesitaba hacer una pequeña parada en el aeropuerto de Munich para terminar de llenar el depósito. Pero llevaban allí más de una hora y el aparato no terminaba de surcar el aire y devolverlos a sus hogares. La impaciencia comenzaba a reflejarse en la cara de prácticamente todos los pasajeros, pero también había quien le guiñaba uno ojo a la desdicha y prefería esbozar una sonrisa antes que maldecir el infortunio.

Duncan Edwards bromeaba mientras repartía unos naipes entre sus compañeros de asiento. Colman, Pegg y su inseparable Tommy Taylor, reían las ocurrencias de Duncan y en cada una de sus carcajadas emitían un hilo de admiración hacia el que todos consideraban como el mejor jugador del equipo. Hacía poco que se había incorporado al grupo un muchacho tímido y de fuerte personalidad en el campo al que todos conocían como el pequeño Bobby. Charlton, como era conocido futbolísticamente, el tímido y, a su vez, descarado jugador del equipo esbozaba una sonrisa mientras contemplaba la divertida escena. Él, como todos los componentes de la plantilla, sentía una profunda admiración por Edwards, porque Duncan no sólo era el mejor jugador de la plantilla sino que era el líder sobre el que todos los demás se apoyaban tanto dentro como fuera del terreno de juego.

Sus dos últimos partidos en tierras inglesas habían colocado al Manchester en la cima de algo que estaba empezando a convertirse en leyenda. Le habían endosado siete goles al Bolton y cinco al Arsenal en dos partidos épicos en los que tanto Charlton como Edwards habían visto puerta y habían engrosado sus estadísticas a costa de unos rivales que les veían pasar con la boca abierta mientras no dejaban de admirar un juego tan generoso con el espectáculo. Luego había venido el empate a tres frente al Estrella Roja en Belgrado y la confirmación de que, un año más, tendrían la oportunidad por luchar en serio por conseguir el cetro europeo, algo que pasaba por derrotar al Real Madrid, equipo al que tanto Edwards como Charlton y como el resto del plantel, admiraban tan profundamente que incluso llegaban a temer.

Aunque para Duncan Edwards resultaba difícil reconocer que era capaz de temerle a alguien en un campo de fútbol. En tres años como profesional se había convertido en el jugador más joven en debutar con la camiseta del Manchester United y había seguido compitiendo para igualar el mismo record vistiendo la camiseta de la selección inglesa con diecinueve años recién cumplidos. A pesar de ser un joven de tan solo veintiún años, su carisma y el peso que tenía en el equipo eran los de todo un veterano, Edwards era un medio izquierdo organizador que golpeaba el balón con ambas piernas con la precisión de un misil y cuya presencia ocupaba tanto espacio que llegaba a intimidar a los rivales. Suyos eran los inicios de cada una de las jugadas del equipo y, cuando notaba que una mínima dificultad aparecía a la hora de engrasar una jugada de ataque, no dudaba en acudir a la línea decisiva y desatascar el juego con un disparo certero, un regate solemne o un centro al área letal. Tras cada jugada sentía el aliento de admiración de Old Trafford y la mirada complaciente de su entrenador, pues todos estaban convencidos de que Edwards era el mejor jugador del país.

El aparato volvió a emitir un leve quejido y todos los pasajeros volvieron a tomar posición en sus asientos esperando que esta vez el despegue fuese definitivo. Los motores rugieron y el avión tembló durante unos segundos antes de hacer notar que todo se había puesto en marcha. Duncan miró por la ventanilla y observó grandes montones de nieve apilados en aquel lado de la pista mientras pequeños copos seguían cayendo para seguir añadiendo una capa blanca a un paisaje ensombrecido; debía hacer demasiado frío en el exterior para que el avión no hubiese conseguido alzar el vuelo en ninguna de los dos intentos anteriores.

Pero esta vez parecía ser la definitiva. Edwards se agarró fuerte a los apoyabrazos de su asiento mientras sentía como un fuerte temblor invadía de pánico a los asistentes, por un momento el avión pareció querer despegar pero seguían avanzando por la pista. Por fin, el aparato se elevó unos metros y comenzaron a avanzar de manera forzada, sintieron como el motor emitió un quejido y todos sospecharon que aquel aparato no estaba muy de acuerdo con la maniobra iniciada por el piloto. Durante unos segundos el avión separó sus ruedas de tierra firme, pero inmediatamente después, una extraña fuerza de gravedad lo devolvió a la tierra, pero para entonces ya no existía pista de aterrizaje que consiguiese apaciguar tan severa caída. El avión arrastró la valla que indicaba el límite final del aeropuerto y, tras una brusca maniobra, cambió de rumbo para terminar estrellándose contra uno de los hangares que estaban situados al final de las pistas. Pero en el camino hacía aquella brusca parada, la cola del avión había sufrido un violento golpe contra el suelo provocando que el aparato se partiese en dos por su parte de atrás y varios de los pasajeros saliesen despedidos al exterior sin nada que consiguiese ampararles en su caída.

Las consecuencias se convirtieron en terribles. Inmediatamente, el equipo de salvamento del aeropuerto muniqués acudió a prestar su ayuda y en pocos minutos el caos se hizo dueño de una situación que se había convertido en una pesadilla sin precedentes en la historia del club. Poco tiempo transcurrió hasta que los equipos de rescate certificaron la muerte de siete jugadores del equipo y otros quince pasajeros más entre los que se encontraban periodistas, directivos ingleses y empleados del club.

Bobby Charlton se levantó conmocionado y pestañeó varias veces antes de cerciorarse de que aquello no había sido un mal sueño. La cabeza le daba vueltas y sentía un fuerte zumbido en los oídos que le impedía escuchar todas las voces que se reunían a su alrededor. Un instante después pudo reconocer a su entrenador retorciéndose de dolor en el suelo mientras los restos del aparato se desperdigaban a su alrededor como si se tratase de un amasijo de escombro. Intentó caminar unos metros y comprobó como a una distancia de cincuenta metros, una alborotada manada de personas se apresuraban a dar muestras de apoyo mientras se echaban las manos a la cabeza. Se acercó a prestar ayuda sin prestar atención a los restos de la catástrofe que interferían su camino y, sin conseguir apartar aquel molesto zumbido de sus oídos, se acercó al lugar donde la muchedumbre exclamaba atónita para comprobar como un grito de dolor se escapaba su garganta una vez que reconocía los cadáveres de sus compañeros Byrne, Jones, Colman, Taylor, Whelan, Pegg y Geoff. Unos metros más allá, un grupo de voluntarios aupaban una camilla y, a medida que fueron acercándose a su posición, pudo reconocer el apagado rostro de Duncan Edwards tumbado en aquel lecho de desgracia.

Edwards fue ingresado en el hospital Rechts de Isar de Munich y, aunque en principio nadie apostó una libra por su vida, le demostró al mundo que sus ganas de vivir eran aún mayores que los deseos de victoria que demostraba cada vez que pisaba un terreno de juego. Tras una leve mejoría, los doctores decidieron transpantarle un riñón ante la obviedad que pintaba la situación y que decía que el jugador no sobreviviría muchos días más con un riñón destrozado. La operación se llevó a cabo con éxito y Edwards se olvidó por unas horas de que su cuerpo estaba totalmente destrozado; ni la pierna fracturada, ni las costillas rotas, ni el riñón inactivo le impidieron esbozar una leve sonrisa antes de sentir como su cuerpo temblaba y sus ojos se cerraban para entrar en coma.

Edwards permaneció en coma cuatro días más y despertó durante unos segundos para llamar la atención de Jimmy Murphy, el fiel ayudante de Busby, quien hacía guardia en la habitación de la máxima estrella del equipo al tiempo que rezaba por su alma y derramaba todo el depósito de lágrimas que cabía tras sus ojos. Murphy sintió un leve quejido y se acercó a la cama para comprobar como Edwards intentaba llamar su atención, si aquello era un atisbo de recuperación tenía claro que iba a convertir a aquel muchacho en el auténtico Dios al que adorar durante el resto de su existencia. Se acercó a la cama y sus ojos se llenaron de emoción cuando escuchó como le preguntaba por la hora a la que se disputaría el siguiente encuentro frente a los Wolves pues no tenía intención de perdérselo por nada del mundo.

Edwards había perdido la noción del tiempo y de la realidad de tal manera que se encontraba ignorante ante la realidad y a pesar de que el equipo ya había disputado aquel encuentro ante los Wolves, al que había derrotado por dos a cero con un plantel cargado de juveniles, él había sido incapaz de reconocerse como persona, sino que más bien había despertado con los deseos de jugador de fútbol que le habían acompañado desde niño.

Murphy guardó silencio y esbozó una sonrisa al tiempo que cerraba los ojos y ponía su mano sobre la frente de su pupilo predilecto, desde la primera vez que le había visto jugar en su Dudley natal, sabía que Duncan se convertiría en un jugador de primera fila a nivel mundial. Pocos segundos después sintió como el joven volvia a caer en un profundo sueño y unos minutos más tarde su corazón se apagaba para siempre para terminar por convertir en mito al jugador que lo fue todo sin apenas conseguir jugar nada.

Toda la Inglaterra que había suplicado la salvación de su ídolo terminó llorando su muerte con un llanto amargo y un quejido desgarrador. De aquel Manchester apenas quedó el nombre, un nombre marcado por la desgracia que fue apeado de Europa por el Milan pocas semanas después, un Milan que terminaría perdiendo la final contra el intratable Real Madrid de Alfredo Di Stéfano. Pero todos aquellos resultados no tuvieron importancia en Inglaterra, pues allí aún se lloraba la muerte de los ocho jugadores del mejor equipo que jamás habían tenido ocasión de disfrutar, una muerte marcada por una desgracia y una desgracia que terminó por segar de un golpe los párrafos de una leyenda. Una leyenda que hoy aún sigue viva en las vidrieras de la iglesia de Saint Francis, en la localidad de Dudley, donde la figura de un imponente Duncan Edwards quedó dibujada para siempre haciéndole saber a todo el país que una vez existió un jugador más grande que el propio juego.

viernes, 18 de enero de 2008

Tras las huellas del caballo de Atila

Ya he dicho otras veces que mi primer regalo futbolístico fue una camiseta de tela engalanada con los colores azul y blanco y el escudo de la Real Sociedad cosido en el lado del corazón. Pudo haber sido uno de mis golpes de destino, pero al final la mística, la cercanía y el cariño familiar me acercaron al Atlético de Madrid, primero por simpatía, más tarde por amor, hasta que definitivamente me entregué a su devenir con auténtica pasión.

Pero yo primero fui Peio Uralde y eso no lo podré olvidar nunca. Lo fuí porque aquella camiseta blanquiazul venía adjunta, desde la tienda, con un número nueve negro de escai que mi madre procedió a coser con la misma paciencia y minuciosidad con la que siempre ha hecho las cosas. Y yo bajaba a la calle tan contento y orgulloso; "esta que veis aquí, es la zamarra del equipo campeón de liga". La Real era el equipo de moda. El norte estuvo de moda durante todo un lustro.

Toda esta fanfarria de la técnica tiene cosas tan maravillosas e impensables hace años, que con tan solo crear un blog donde plasmar tus inquietudes, puedes ser capaz de conocer gente de diversos lugares del planeta. De entre mis devaneos semanales por este mundo bloggero he tenido la suerte de conocer a una diversidad de personas fantásticas con las que he podido aprender infinidad de conceptos, conocer decenas de futbolistas y compartir un reguero de sentimientos.

Fue en una de estas dónde conocí a Christian. Bastaron un par de guiños al pasado para que me abriese sus puertas de aficionado al fútbol. A Christian le gusta el Chelsea, le apasiona la Juve y le duele en el alma la Real Sociedad. A menudo suelo preguntarme cuántas cosas pueden quedarse en el camino para que las glorias de ayer se conviertan en miserias de hoy. De aquella Real Sociedad campeona cuya camiseta aún guardo como un trapo gastado en el fondo de mi armario solamente queda el recuerdo, la leyenda y el amor indestructible de un buen puñado de aficionados.

A menudo Christian me habla de Zubieta, de la manita al Athletic, de sus paseos por la Concha cuando sólo era un crío, de Arconada, de Loren, de Kodro. Puedo reflejarme en él como aficionado porque tipos como él aún mantienen viva la Identidad como la llama capaz de resucitar cualquier muerto. Un equipo sin identidad es un equipo cadáver, un equipo sin línea de seguimiento es un equipo sin destino.

Durante años la Real disputó al Athletic la supremacía futbolística del País Vasco y no sólo lo hizo en el terreno de juego sino que se atrevió a sustraerle, desde la misma infancia, a los mejores jugadores de su región. Los Iríbar, Guisasola, Villar y Rojo de antaño pasaron a convertirse en Arconada, Larrañaga, Zamora y López Ufarte. La Real trabajaba bien y los futbolistas de casa se quedaban en casa.

Tras la enésima gran crisis llegó la solución de un iluminado; "rompamos la tradición y echemos las redes más allá de nuestras fronteras". Al principio el remedio superó a la enfermedad y como había quedado arraigada en Guipúzcoa una tradición británica, llegaron Aldridge y Atkinson. Más tarde Toshack regaló la entrega de Océano y la dirección de Carlos Xavier. No eran futbolistas de primer nivel, pero aportaban su toque de distinción. Hasta aquí todo correcto. Más tarde llegaron Kodro, Karpin y Craioveanu y la Real empezó a romperla de nuevo. Lo que comenzó siendo un parche se convirtió en vicio y empezó a resultar más fácil pagar un mísero puñado de pesetas por cualquier futbolista desconocido que invertir en la formación de los chicos de casa. Durante años sobrevivieron con esta política porque la última gran hornada pudo alcanzar su plenitud, pero cuando Alberto, Fuentes, Aranzábal, Pikabea, Alkiza, Luis Pérez y De Pedro fueron vencidos por los años y Xabi Alonso fue carne de mercancía interesada se descubrió que por debajo solamente existía el vacío, que en casa ya no quedaba nada y que los futbolistas extranjeros, por buenos, bonitos y baratos, no mejoraban lo que ya habían visto y tras ellos dejaban el humo sonriente de un puñado de intermediarios sin escrúpulos con la estafa aún reciente en su cabeza y las comisiones bailando en sus bolsillos y la huella permisiva de un presidente desalmado y desinteresado.

Suele ocurrir que cuando un barco se hunde las ratas son las primeras en abandonarlo. Y así está hoy la Real, completamente abandonada y descubierta ante el mundo. Las huellas de Astiazarán, Fuentes y De la Peña son como las del caballo de Atila; por donde ellos pasaron, ahora no crece la hierba.

Y sin hierba no tenemos jardín, sin jardín no tenemos flores y sin flores no tenemos nada que enseñarle al mundo. Pero aún quedan las semillas. Queda un glorioso pasado como magnífico ejemplo de resurrección, queda la tenue esperanza de un cambio de timón, quedan Christian y todos los aficionados que, como él, son capaces de llorar las derrotas y quedan miles de viejas camisetas blaquiazules guardadas en el armario de los mejores recuerdos.

miércoles, 16 de enero de 2008

De copas

Prostituída, vendida al poder de los grandes, venida a menos y poco apta para los milagros, la copa ha recuperado, de forma involuntaria, un cierto protagonismo promovido por un carrusel de resultados, declaraciones, retos velados y cambios internos. Así es la copa, cada vez que intentan asesinarla, y aún en su agonía, siempre es capaz de alzar la mano reclamando su cuota de protagonismo.

- Hace unos días Samuel Eto'o reivindicó la importancia del resultado por encima del juego del equipo y los amigos del practicismo se pelearon por ocupar el primer lugar en el escalafón del aplauso. "Qué razón tiene el chaval". Pues bien, anoche el Barcelona eliminó al Sevilla y, pese a la consecución del pase a cuartos, no he escuchado el aplauso de los pragmáticos si no voces de disconformidad y recelo por el juego realizado. Ganaron sí, es lo que querían ¿No? Pero no jugaron bien y la opinión se revuelve ¿En qué quedamos?

- Hace poco menos de un año, Schuster, entonces técnico del Getafe, enfrentó una eliminatoria de copa frente al Valencia extendiendo sus recelos contra el árbitro designado. No pasó nada, porque el Getafe ganó y porque la afición valencianista decidió cargar las tintas contra sus jugadores y olvidarse del triunfador. Han pasado los meses y ahora es el alemán el que recibe en carnes sus propios recelos y ahora se muestra molesto. Es normal. Pero es imposible pretender predicar un credo y evitar que otros lo hagan contigo y mucho menos alegando el pasado desligado del fútbol de tu contertulio como coartada. No debe olvidar Schuster que hace dos décadas surgió un visionario que le dió la vuelta al fútbol y al que todos se precipitaron a imitar con mayor o menor dosis de suerte. Se llamaba Arrigo Sacchi y él tampoco había jugado al fútbol.

- La eliminatoria más interesante, a priori, tendrá lugar de presencia en el Nuevo Zorrilla de Valladolid. Allí, el equipo local y el Atlético intentarán echarle un borrón al empate a cero de la ida y acumular en su palmarés su pequeña dosis de éxtasis. Se habla demasiado del próximo derbi en Madrid y esa puede ser un arma mortal para el Atleti; pensar en futuro suele echar al traste los intereses del presente. Además de ello no debemos olvidar que el Valladolid juega al fútbol de forma formidable.

- En Valencia la afición espera ver, por fin, una victoria del revolcado equipo de Koeman. Nadie sabe, a día de hoy, si Arizmendi jugará de mediocentro, si Joaquín lo hará de mediocentro o si Zigic saldrá de central en la segunda parte para despejar los balones aéreos del Betis. Todo el Valencia es una incógnita. Al equipo le falta seguridad en el área y presencia en el centro del campo y mientras tanto Cañizares y Albelda siguen pagando su expiación en el exilio. Dicen algunos que las carcajadas aún resuenan en su vecindario. No entremos en especulaciones, ni en predicciones absurdas porque este Valencia sigue siendo una incógnita y un circo ambulante.

- La remontada que más interés suscita, aparte de la del Bernabéu, es la que afrontará el Villarreal en su estadio frente al Recre. El submarino puede permitirse el lujo de mirarle a la copa sin resentimiento. No le ocurre lo mismo al Recre. El fútbol tiene datos tan curiosos que en ocasiones nos da por pensar que nada puede estar atado al poder del azar. Resulta que el baile veraniego de banquillos ha situado al antaño sorprendete Recre en el mismo lugar que ocupaba el Racing de Santander a estas alturas durante el pasado curso y por ende, el Racing de Santander del ex recreativista Marcelino, ocupa al final de la primera vuelta, el mismo sexto lugar que vanagloriaba al Recre el año pasado. Son las cosas del fútbol; como en la vida, el trabajo bien hecho suele tener su recompensa. Veremos cuántos lujos puede permitirse el cuestionado Víctor esta noche en El Madrigal. Me temo que pocos.

- Enfrentará su suerte el propio Marcelino esta noche ante el Zaragoza con la privilegiada oportunidad de hacer historia. El Racing nuncá llegó más allá de cuartos en Copa y esta noche se enfrentará a la ocasión de repetir fortuna. Unos pocos metros más allá, Garitano se sentará como técnico de élite por primera vez en su vida y comenzará a recorrer un camino que empieza lleno de bache. Pocos equipos tan difíciles de ganar en su feudo como el Racing, pocos equipos tan despedazados en su ego como el Zaragoza. A priori parece una eliminatoria de pronóstico fácil, pero no por ello debe realizarse una apuesta inconsciente; el fútbol es tan maravilloso que cada día nos da una nueva oportunidad para la sorpresa.

- Aunque nadie tiene tan difícil esto de apostar por la sorpresa como el Levante. Sumido en una grave crísis de juego, identidad y finanzas, el equipo afrontará el duelo contra el Getafe con la esperanza de los noventa minutos y la cruda realidad del presente más oscuro. Ambos jugarán con suplentes; Di Biasi porque no encuentra mejor motivo para reservar sus fuerzas de cara al milagro y Laudrup porque, un día más, siente la necesidad de dar en los morros a su presidente. Cuando el listón de las exigencias se ponen muy por encima de la realidad el resultado suele ser el fracaso y el choque de egos. El Getafe va camino de autodestruir todos sus logros; lo que antes era casualidad ahora es obligación, lo que antes era un gesto simpático ahora debe ser un gesto duro. O alguno de los dos calla a tiempo o cuando vuelvan a hablar será para lamentar errores.

- Si preguntas a los más viejos de Madrid por sus vivencias de juventud, todos te contarán, con un hilo húmedo de nostalgia empañando sus pupilas, que hace décadas existía un día de obligado cumplimiento al año. Era en primavera y las calles de la capital se llenaban de voces y color gracias a la hinchada del Athletic. Eran años en los que la final de Copa era reducto del club Bilbaíno; daba igual el rival que estuviese enfrente, uno de los comparecientes era siempre el Athletic. Ahora que hace veinticuatro años que no gana un título y veintitrés que no alcanza una final quizá haya vuelto a llegar la hora de replantear los objetivos. La Copa fue siempre un título fabricado a la medida exacta de su ímpetu, coraje y fútbol directo y en una época en la que el torneo se ha convertido en un carrusel de sorpresas y el Athletic ha perdido sus señas de identidad, quizá fuese factible pensar en un puñado de arreones para recuperar la sonrisa. No será nada fácil, la verdad, primero porque este Athletic de hoy no tiene fútbol para imitar gestas de ayer y segundo porque de los tres o cuatro equipos que juegan de verdad al fútbol en este país, uno de ellos, el Espanyol, será quien enfrente sus pretensiones. Un Espanyol que, además, hace poco menos de una década le cogió gustillo al torneo y se relame por dentro cada vez que rememora la gloria de sus mejores finales.

lunes, 14 de enero de 2008

Desde la orilla

Esto de los derbis hace tiempo que dejó de tener emoción para convertirse en un signo fijo en la quiniela; pasase lo que pasase, viniese cada equipo de donde viniese, tirase el Atleti los tiros que tirase, la victoria siempre ha sido para el Madrid. Así de sencillo ha sido.

Por ello, los Atléticos nos hemos tenido que ver arrodillados en nuestra particular orilla del río, esperando que algún día suene la flauta y podamos alzar los brazos en motivo victorioso. No será fácil que sea el domingo.

Partidos como el de anoche solamente consiguen revivirnos de nuestras peores pesadillas y mientras soñamos con meterle mano al eterno rival, volvemos a encontrarnos con el mismo equipo indefinido de siempre; ese que arranca seguro y termina encerrado y timorato, ese que se adelanta en el marcador y por el contagio de sus propios miedos termina achicando balones y pidiendo la hora. Así ha sido como el Atleti ha ganado la mayoría de los partidos este año y así será muy difícil ganarle al Madrid.

Porque el Madrid no deja lugar a concesiones y al mismo nivel de juego suele marcar hasta cuando no lo merece. Ocurrió ayer en Levante y ya había ocurrido antes contra el Zaragoza. Si además añadimos el pero perpétuo que tenemos cada vez que nos vemos de frente contra Casillas, obtenemos como resultado una apuesta pesimista y una tenue esperanza de victoria.

Y es que hace tanto tiempo que no le ganamos al Madrid que me duele solo recordarlo. A los madridistas, esto de ganarle al Atleti se ha convertido en una costumbre tan trivial que ya ni se preocupan de calentar el partido. En los bares, obras y oficinas, el partido ante el Barça le ha ganado la partida de emoción y entusiasmo a un partido que siempre fue líder de pronósticos y augurio de semanas inolvidables.

Dice mi hermano que el aficionado del Madrid ha dejado de ser antiatletista porque desconoce la historia. Quizá sea hora de recordar que hace años este partido paraba un país, que hace años los dos equipo se repartían las victorias y que hace años el Atleti tenía un equipo tan competitivo que podía presumir de haberse convertido en la auténtica alternativa al invencible Real.

Aunque hoy el partido solamente paralice una ciudad, aunque hoy solamente sea un equipo el que sume en su casillero el privilegio de la victoria y aunque hoy el Atleti solamente sea un proyecto con más dudas que realidades, nadie nos va a quitar el derecho a soñar, porque una cosa es que lo vea difícil y otra que sea imposible. Imposible is nothing. Vivamos un gran partido.

jueves, 10 de enero de 2008

El arte de la inspiración

Inventar es fabricar sonrisas. Para la inspiración, el arte siempre tuvo su pequeño reducto de genios; una especie de salón de la fama de especies protegidas que pasan a la historia con una aureola dorada remarcando su nombre. Según los ojos de quien los mire y la pasión que empujen las palabras, puede que no sea más artista Goya que Romario o que Picasso no fuese más imaginativo de Laudrup. Son las cosas que tiene el fútbol y la mediatización de sus matices; tiene instantes tan mágicos que incluso las mejores obras culturales nos parecen banales.

No sabemos que hubiese ocurrido de haberse juntado Goya y Picasso en una misión común, es posible que hubiesen podido fabricar el cuadro perfecto. O quizá no. Lo que sí vimos es lo que ocurrió cuando a un visionario llamado Johan Cruyff se le ocurrió unir los talentos de Laudrup y Romario sobre el mismo tapete y ataviados con la misma camiseta. Lo que ocurrió fue como un sueño hecho real, como la explosión de la alegría colectiva, como el poder de la imaginación sobre los yugos sociales.

Una conjunción de inspiraciones mágicas que tuvo su punto culminante una fría noche bajo el oscuro cielo de Pamplona. El Sadar se había abarrotado para rendir galas a la visita del mejor equipo del mundo y el mejor equipo del mundo respondió con creces a las expectativas generadas. Durante un instante que se convirtió en imborrable, surgió la chispa del danés y la facilidad del brasileño. Al primero se le ocurrió que un balón hacia atrás solamente conseguiría entorpecer la jugada, al segundo que un centro semejante no merecía una definición vulgar. Ambos fabricaron un golazo y con el paso de los años, todos seguimos aplaudiendo en el recuerdo.

martes, 8 de enero de 2008

El Fútbol de Doble J

Mi pasión por el futbol arranca a muy pronta edad con apenas 4 o 5 años sin saber prácticamente el abecedario ya comenzaba a interesarme por el fútbol, primeramente fue el FC Barcelona club que me llamó la atención, quizás porque justo por entonces ganaron su primera champions league, a raíz de aquello me aficioné al equipo y al deporte y con el tiempo supe que el futbol no era un deporte más sino mi preferido.

Poco a poco fui viendo y aprendiendo a base de partidos épicos como aquel mundial de EEUU, con la estampa de Luis Enrique, y un tal Roberto Baggio dejandonos sentenciados, partidos de competición europea memorables o enfrentamientos apasionantes en las islas,Alemania...

Ese sentimiento que roza la heroicidad que es sentir la grandeza del futbol me impulsó a otro paso, conocer alguna liga extranjera y seguir disfrutando con pasiones que van mas allá de lo racional.

Mi pasión por el fútbol internacional y por el Borussia Dortmund arranca hace justamente 10 años, casualidad o no ese fue uno de los mejores años de este equipo Alemán y fecha en la que consigue la hegemonía en Europa, esta se hacía patente al ganar en el memorable partido para mi a la Juve por 3-1 sino recuerdo mal, que significaba ganar la primera Champions League de su historia y más tarde la Copa Intercontinental.

Nombres como Reuter, Sammer,Moller,Chapuisat,Ricken,Klos,Lambert fueron los que me inspiraron un sentimiento que con el tiempo se ha hecho más grande y con el que he disfrutado mucho hasta la fecha y que me impulsaron a seguir este deporte.

Después de encontrarme con sentimientos nuevos para mí, supe disfrutar del futbol en general sin particularizar en clubes, para ello fue clave aquella mítica final entre el Bayern y el Manchester que yo creo que todos los que vimos ese partido no se nos olvidará jamás y que supuso que me enganchara definitivamente al futbol.

Mientras el Borussia tuvo unos años de transición, quizás no se supo digerir bien el éxito, y miticos jugadores se fueron reponiendo por otros ya miticos del club como: Rosicky,Koller,Frings,Amoroso,Lehmann... Pero la grandeza de este deporte vuelve a encumbrar al equipo si bien no de forma tan mediatica, ganando otra liga y disputando una final de la UEFA, contra el Feyenoord, que se perdió 3-2, y que fue para mi otro de los míticos partidos de mi vida, con una noche magistral de Van Hooijdonk que nos aguó la ilusión...

Esta ilusión se fue perdiendo poco a poco debido a los pésimos resultados desde entonces, escándalos, y multitud de entrenadores y jugadores poco implicados, pero si pudieron rehacerse entonces sigo confiando en que en el futuro lo vuelvan a hacer y me devuelvan la alegría e ilusion.
Paralelamente al Dortmund seguía y sigo siendo del Barça lo cual me ha llevado muchos sinsabores especialmente esos 5 años en blanco, y en los que el Madrid ganaba , Champions Ligas, Intercontinentales, pero como todo en el deporte hay que esperar y el Nuevo Dream team capitaneado por Rijkaard me reforzó mucho de las desilusiones sufridas.

Una de estas desilusiones fue el partido de Champions league, cuando el barça caia derrotado a manos del Leeds por entonces muy enchufado, recuerdo que fue un duro golpe pero que como dije con el tiempo se fue curando, sobretodo al ver como hace apenas año y medio el barça ganaba la 2ª.

A todo esto también seguía con especial cariño al equipo de mi tierra, el Racing, que aunque muchos no lo conozcais bien es una especie de Atletico de Madrid, abonados al sufrimiento año a año y librandose desde que tengo uso de razón del descenso en los últimos partidos.

Mi mayor anécdota con el Racing fue hace un par de temporadas, cuando el equipo, bastante flojo por cierto se salvó en el último momento con un gol de Antoñito tras empatar justo antes Alfaro a Osasuna, recuerdo oirlo por radio y oir los desaforados gritos y llantos de los locutores me trasmitieron quizás el mayor sentimiento de ilusión y alegría que nunca he tenido y que incluso me provocó hasta unas lagrimillas rebeldes cosa rara en mí.

Que grande es el futbol, y que grande lo hacemos los aficionados. Mi historia comenzó así pero justo ahora estará fraguandose la historia de otro joven niño que aprenderá a disfrutar y amar este deporte como le hice yo con el paso del tiempo.



Doble J es el administrador del blog "El Fútbol según Doble J", sin duda, uno de los blogs de fútbol internacional de referencia en la red. En él, Doble J nos desgrana de manera detallada los entresijos, la evolución y las anécdotas de la Bundesliga. Si quieres conocer al dedillo el fútbol alemán, no lo dudes, coloca este espacio como uno de tus blogs de cabecera.

viernes, 4 de enero de 2008

El mejor equipo de la historia

Tras un par de meses de votaciónes, los lectores de este blog habeis elegido, por mayoría, como mejor equipo de la historia del fútbol, al siguiente:

- Yashine: Siempre vestido de negro; amenazador, el rostro serio, la mirada cortante y la mueca escondida. Yashine no concedía momentos para la duda, si intuía miedo, si notaba un soplo de desesperación en el aire, la situación era suya. Buscaba el balón con franqueza y el balón lo buscaba a él como un imán; cuando se encontraban, la parada era de lujo, cuando se unían, el delantero volvía a repetir su pesadilla. Lev Yashine jugó durante más de veinte años en el Dínamo de moscú, paró más de ciento cincuenta penaltis y dejó su portería a cero en doscientas setenta ocasiones. Fue cinco veces campeón de Rusia y una vez campeón olímpico, ganó el balón de oro en 1963 y sus rivales, temerosos de encontrarse cara a cara con su mirada y desesperados ante los mil brazos que se encontraban tras cada acción, optaron por apodarle de la manera más legendaria posible: La Araña Negra.

- Cafú: Pocos futbolistas brasileños pueden presumir de sostenerse en la élite pasados los cuarenta. La mayoría pasan la treintena engullidos por la fama y la farándula. Marcos Evangelista de Moraes siempre fue un futbolista comprometido, no se ligó a ningún club porque a él, lo que le sacudía por dentro era el afán de victoria. Cafú es la cara alegre de un fútbol en vías de extinción; sobrevivió al dañino invento de los carrileros, evolucionó hasta europeizarse y triunfó en estado mayúsculo allá donde todos los brasileños sueñan con enaltecer su currículum; la selección brasileña. Lateral ofensivo, empleado abnegado y locuaz alegría al servicio del colectivo, Cafú jugó tres finales consecutivas de la copa del mundo, ganó dos y triunfó en el recuerdo y admiración de millones de aficionados en todo el mundo.

- Maldini: Si te dicen que los viejos rockeros nunca mueren, si te dicen que hay tipos que, como el vino, mejoran con los años, si te dicen que las leyendas son historias imborrables, busca la mirada fría y ganadora de Paolo Maldini y encontrarás respuesta a muchas preguntas. Maldini nació futbolista, aprendió a ser ganador y se convirtió en institución a golpe de victorias. Nació diestro y triunfó en la izquierda, tuvo alma de delantero y se consagró como defensa, soñó que lo ganaba todo y lo ganó casi todo. Alguno dicen que le falta un título importante con su selección ¿Qué mas da? El recuerdo más bonito es el de la cara de sufrimiento de cada uno de los extremos que osó enfrentarse a él; ellos tiraban de intención y Maldini tiraba de manual.

- Hierro: El Real Madrid es un equipo de tradiciones sencillas; ganar es obligatorio, marcar goles es necesario. De esta manera, resulta inevitable vestir la camiseta blanca y sentir en el alma el impulso ofensivo del atacante. Por eso es tan difícil triunfar como defensa en el Real Madrid, fueron muchos los que lo intentaron y pocos los que lo consiguieron y nadie destacó tanto en la parcela trasera del equipo blanco como Fernando Hierro. Sus valores eran los necesarios y su espíritu era el preciso; como un diablo vestido de ángel pasaba de maravilloso a violento en tan sólo una centésima de segundo. Hierro mandaba, organizaba e imponía su ley en el área. Si estás conmigo te voy a llevar en volandas, si estás contra mí te voy a amargar la tarde. Fueron muchos los amargados y muchos más los contagiados por su liderazgo. Jugó de centrocampista, goleó como un delantero y se acunó en la defensa para levantar copas de Europa. Sacaba el balón con criterio, pegaba fuerte y anticipaba como pocos. La obligación estaba siempre por encima de las circunstancias; el Madrid necesitaba un líder y Hierro cumplió su papel con sobrada categoría.

- Beckenbauer: Imaginad al centrocampista perfecto. Ese que recibe el balón cerca del círculo central, el que avanza con paredes prediseñadas en su cerebro, el que pisa la frontal del área y descubre un agujero en la zaga, el que se desengancha para llegar desmarcado al remate, el que maneja las dos piernas, los tiempos y el gol. Todo eso era Beckenbauer en sus inicios; el motor de un Bayern Munich que soñaba ser grande y la gran apuesta de una selección alemana que intentaba reiniciarse en la élite. Antes de 1970 jugó dos mundiales, no ganó ninguno, pero dejó la sensación de jugador único. Después de 1970 lo ganó todo; el mundial, la Eurocopa y una colección de Copas de Europa. No sirvieron para mejorarle. Franz Beckenbauer había optado por retroceder veinte metros y esconderse en la cueva de la defensa, optó por la comodidad de convertirse en un futbolista sin obligaciones y se convirtió en un ídolo mediático. Hizo carrera, escribió una historia y se convirtió en figura mundial, tenía mucha calidad y cumplía de sobra con su trabajo, pero los que vieron al primer Beckenbauer nunca le perdonaron su paso atrás. Porque el segundo Beckenbauer fue muy bueno, pero el primero había sido mucho mejor.

- Schuster: Su aparición fue un soplo fresco en la esperanza de los que temían que el fútbol alemán se había mecanizado. Tras el ocaso de Overath y Netzer, Alemia quedó huérfana de timón central y allá llegó Schuster para imponer algo nuevo; desplazamiento y recorrido. Alemania ganó la Eurocopa de 1980 con un fútbol agradable y eficaz y Schuster se erigió como la gran promesa de un país que llevaba años sin cansarse de ganar. Curiosamente, Schuster no volvió a jugar con Alemania, se refugió en un país cuya concepción del fútbol era más racial y se acostumbró a vivir la competición desde el lugar más alto de las obligaciones. Ganó títulos con el Barça, el Madrid y el Atleti y, por encima de sus éxitos, dejó la sensación de un futbolista casi irrepetible. Se convirtió en el espejo de futuras generaciones y plantó una semilla en Barcelona cuyo fruto se recogió años después con futbolistas como Milla y Guardiola. Pero Schuster era algo más; tomaba el mando, controlaba el balón e intuía el horizonte, si jugaba en corto era para iniciar una idea, si jugaba en largo era para romper una jugada, clavaba las faltas en la escuadra y su pie fue el guante que muchos trataron de imitar.

- Garrincha: Qué buen jugador debe ser alguien para, siendo cojo, teniendo la columna desviada y andar justo de luces, convertirse en una leyenda a nivel mundial. Garrincha nació feo, deforme y poco listo, pero tenía un don; era imparable. Fue ídolo de masas, se convirtió en la imagen del Botafogo y Brasil acudió a él en los peores momentos. Su lugar de origen era el costado derecho, desde allí arrancaba y se imaginaba un defensa con ganas de jugar, entonces paraba en seco e inmediatamente volvía a arrancar, así cuantas veces fuera necesario. A su manera consiguió desquiciar a cientos de defensar, con su sonrisa perdida y su mirada melancólica, consiguió ganarse el corazón de millones de brasileños. Pero todo se acaba y el olvido viaja casi tan rápido como la memoria. Nadie se acordó que aquel tipo que vagabundeaba solitario por la calles de Río pegado a una botella de alcohol, fue el mismo que levantó a un país de su letargo. Murió solo y sólo entonces consiguió despertar el recuerdo; miles de personas acompañaron su féretro para darle el último adiós. El día que se fue Mané Garrincha se fue para siempre una manera única de entender el fútbol, se fue la alegría del pueblo y el motivo por el que llenar un estadio. Extremos buenos hubo muchos, pero Garrincha sólo hubo uno.

- Gento: Cuando arrancaba era imparable. Gento llegó muy joven a Madrid y en sus credenciales aportaba una energía infatigable, una decente pierna izquierda y una velocidad endiablada. Un compañero, mucho más listo y veterano que él le contó tres verdades y le enseñó varias reglas, como sus características eran muy especiales le enseñó a desmarcarse y a buscar lo sencillo por encima de las dificultades; "Tú dámela a mí y empieza a correr". Su compañero se llamaba Alfredo Di Stéfano y con él, Gento y el Real Madrid aprendieron a ganar. Ganó tanto que hoy su palmarés ocupa varias hojas, formó parte de delanteras inolvidables y venció el paso del tiempo convirtiéndose en guía y timón de nuevas generaciones. Cada vez que ganaba la línea de fondo varios compañeros esperaban el remate, cada vez que rompía una línea defensiva era para poner una puntilla, como corría más que nadie y se cansaba el último, se convirtió en pesadilla de los que trataron de alcanzarle. El Madrid despegó con Gento y Di Stéfano y aún ningún equipo ha sido capaz de echarle el guante; a él tampoco se lo echaron. Sabía correr y aprendió a jugar. Sabía soñar y aprendió a ganar.

- Maradona: El origen humilde ayuda a cultivar el alma de los mejores futbolistas. Maradona nació en medio de la necesidad, creció soñando ser alguien mientras se esforzaba por echar una mano en casa y se pegó a una pelota de fútbol para tratar de hacer sus sueños realidad. Era solo un crío cuando la televisión llamó a su puerta; "Dicen que por aquí vive un chico que juega como los ángeles". Era cierto. Cebollitas, el equipo de su barrio, batió records gracias a la mágica pierna izquierda del niño Maradona. A raíz de ahí todo fue muy rápido; Argentinos Juniors, Boca Juniors, Barcelona, Nápoles, Sevilla, Newell's Old Boys y vuelta a Boca. Se cuenta tan deprisa que parece una carrera trepidante sembrada en luces y adornada de rosas, pero nada fue así. Maradona tuvo que vencerle a la hepatitis, a las patadas de los defensores y a una adicción a la cocaína que le puso en puertas de la muerte. Ahora nadie recuerda eso, porque lo que de verdad quedó de Diego fueron sus jugadas inigualables y sus goles irrepetibles. En numerosas ocasiones fue diablo, pero el campo fue ángel, barrilete cósmico y pelusa. Fue irrepetible, inalcanzable e imparable. Para los que crecimos con él, simplemente fue el mejor.

- Pelé: Cuando el joven Edson era prácticamente un niño, ya era considerado el mejor jugador del mundo. Y es que deslumbrar a un planeta ganando un mundial no podía ser mejor carta de presentación. Con sus credenciales se convirtió en símbolo de un país y con sus goles se convirtió en estandarte del Santos. Marcó tantos goles que aún hoy, nadie ha podido alcanzar sus cifras. Ganó tantas cosas que aún hoy muchos aficionados rememoran aquellos días como un pasaje de sus propios Evangelios. Pelé era un delantero de últimos metros y definidor implacable, como le gustaba reír trataba de bailar con los defensas; tiraba caños, inventaba paredes con las espinillas de los rivales y ejecutaba a los porteros con un amague. Mientras las tecnologías apenas regalaban un puñado de imágenes en blanco y negro, Pelé era la estrella lejana que todo el mundo quería imitar e imaginar. Con la llegada del color todo fue una explosión de realidades; el mundial de México, los goles que no fueron a Checoslovaquia y Uruguay, el cabezazo portentoso ante Italia. Y después el sueño americano, las películas y la repetición de sus mejores jugadas. Pelé fue mito y leyenda, tras su adiós el Santos siguió enamorando pero dejó de ganar y Brasil siguió ganando pero dejó de enamorar.

- Van Basten: Desgraciadamente, los malos vicios suelen contagiarse mucho más rápido que los buenos y cuando afloran, lo hacen para destruir una tradición. Con la llegada de Van Basten nació un delantero alto, con buen cuerpo y con sobrada capacidad para aguantar el balón. El mal vicio fue el de creer que con cualquier delantero alto y corpulento se podía caer en la costumbre de jugar en largo. Si él me la aguanta, yo se la tiro y me olvido del centro del campo. Craso error, porque Van Basten no era solo eso y los que vinieron después no supieron entenderlo. Marco Van Basten era un tipo inteligente, fino para jugar y audaz para buscar el desmarque, como además manejaba con soltura el arte del remate, cada jugada se convertía en letal cuando el balón llegaba a sus pies. Cómo su fútbol era regalo de dioses, resucitó a un Ajax resacoso de sus recuerdos, resucitó a una Holanda oxidada en su mecanismo y resucitó a un Milan podrido de desconfianza. Jugó cuanto pudo y se retiró joven. Tanto ballet en el área no lo aguantaban ni los mejores tobillos; los suyos eran de cristal. Un día hicieron "crash" y se acabó para siempre un futbolista único. A los que le vimos jugar, nos queda el recuerdo imborrable de un delantero que pudo crear una escuela y sin embargo se conviritió en irrepetible.

jueves, 20 de diciembre de 2007

H.H.

Angelo Moratti era un próspero empresario italiano que se había enamorado del fútbol en su infancia y se había empeñado en hacer historia en el equipo de sus amores. Cuando era un niño, Angelo había quedado prendado del aurea mística que rodeaba la figura de Giuseppe Meazza, el ídolo de toda Italia que había hecho carrera y fortuna vistiendo durante más de una década la camiseta del Internazionale de Milan.

El Inter, diminutivo con el que toda Italia bautizó al equipo, se había convertido en el equipo de millones de italianos que soñaban con alcanzar algún día la fama de Meazza y convertirse, uno a uno, en el mejor jugador del mundo. Pero no todos los sueños tomaron forma de realidad y prácticamente todos se quedaron en el tirados en el camino de la torpeza, la dejadez o la mala suerte. A Moratti, no llegar a ser futbolista no le había supuesto una significativa ausencia de ánimo pues su objetivo principal era el de convertirse en historia del Inter, fuese desde dentro o desde fuera del terreno de juego.

Poco a poco fue creciendo como directivo a medida que iba construyendo un equipo cada vez más competitivo hasta que se dio de frente con su propio destino. El Inter alcanzó la final de la Copa de Ferias en 1960 y todos viajaron a Barcelona con la ilusión de consagrarse en el plano europeo, pero el Barcelona les borró del mapa y Moratti quedó impresionado con un esquema táctico que cimentaba su base en una defensa bien poblada y un centro del campo duro y organizado. Lo primero que hizo Moratti tras mascar la derrota fue preguntar por el arquitecto que había construido aquel equipo y le remitieron a dos iniciales que apuntó con letras de oro en el resquicio más importante de su memoria.

H.H. eran las siglas que identificaban a Helenio Herrera, un defensor de frustrada carrera que se había empeñado en convertirse en un gran entrenador. Tras abandonar el juego con la conciencia tan limpia como su historial de títulos se sentó en el banquillo del Puteaux francés y poco a poco fue subiendo escalones en su nueva carrera profesional hasta hacer campeón de España a Atlético de Madrid y Barcelona.

Se trataba de un entrenador que había hecho de la disciplina su filosofía de vida y a cada paso que daba su figura se iba glorificando, al tiempo que dejaba para la historia un puñado de frases memorables.

Moratti se había propuesto contratarle y no tardo ni dos días en acecharle una vez se hubo enterado de su salida del Fútbol Club Barcelona por la puerta de atrás. El acuerdo fue rápido porque ambos buscaban el mismo objetivo: ganar de cualquier manera.

Con Herrera nació un Inter más italiano que nunca en el sentido que se convirtió en un equipo en el que afloraban todos los valores de la vieja escuela transalpina; presión, organización, disciplina y limitadas licencias en el plano ofensivo. El Inter de Herrera se convirtió en una roca infalible que creció siendo un equipo difícil de ganar y se consolidó como un equipo que lo ganó todo.

Y en plena vorágine de éxitos el Inter se plantó en la final de la Copa de Europa de 1964 tras dejar en la cuneta a Everton, Mónaco, Partizan y Borussia Dortmund en cuatro eliminatorias que fueron construyendo una leyenda pintada en azul y negro. El rival no era otro que el Real Madrid, un equipo que, un lustro atrás, se había convertido en invencible y regresaba a su final para poner fin a cuatro años de sequía.

Herrera, al que ya apodaban “El Mago”, conocía al Madrid de su estancia en España; le había visto crecer desde la nada hasta la gloria de la mano de Di Stéfano y sabía que para ganarles hacía falta una dosis de motivación extraordinaria. Y Herrera, que se conocía a sí mismo, sabía que había nacido psicólogo desde el momento en el que se sentó en un banquillo y motivó a sus jugadores hasta el punto de borrar de sus ojos el miedo a la Saeta Rubia, al Mayor Galopante y a la Galerna del Cantábrico. Un brillo de nostalgia iluminó la mirada de “El Mago” cuando vio nacer la convicción en las palabras de sus futbolistas y respiró una bocanada de aire en forma de conformidad, al igual que aquel día en el que se paseó por el césped del viejo Chamartín minutos antes de un derbi madrileño y tras aguantar estoicamente toda clase de amenazas e improperios, regresó al vestuario para decirle a sus jugadores “Señores, ya pueden saltar sin miedo al campo, esos de arriba ya se cansaron de gritar”.

Herrera vivió el comienzo del partido con la angustia agarrada a su pecho e intentó mordisquear una uña para paliar su necesidad de acontecimiento. No se sentía solo porque sabía que en el alma de sus jugadores corría el mismo cosquilleo de incertidumbre y de miedo al vacío, no se sentía solo y aquello le aportó una necesaria dosis de tranquilidad; minutos atrás había convencido a sus jugadores de su valor y había intentado borrarles el miedo a la fiera que les esperaba sobre el césped, como aquella vez que un turbulento viaje en avión hizo crecer el miedo a la fatalidad en las gargantas de los jugadores del Barcelona y él asomó la cabeza por encima de todos y les dijo “Señores, mañana les espero a todos en el entrenamiento a las diez y media de la mañana”.

Herrera asistió con aire de conformidad a la soberana lección que su equipo fue proponiendo sobre el terreno de juego del Prater de Viena y se regodeó en su ego cuando comprobaba como todas las miradas que vivían a su alrededor le daban la razón una y otra vez. Poco antes del partido les dijo a sus jugadores que estaba seguro de que iban a ganar y estaban ganando, el viejo de Helenio, pensó para sí mismo, siempre tiene razón. La famosa razón francesa que apareció aquel día en el que el autobús que transportaba al Sevilla se cruzó con un coche fúnebre y todos los jugadores intentaron convencer a su entrenador de que aquello se trataba de un síntoma de mal fario, pero él no quiso precipitarse en las garras de un mal augurio y renació de su convencimiento con unas palabras que de ningún modo pudieron apartarle del lado de la razón; “Señores, hoy es nuestro día, este acontecimiento, en Francia, significa buena suerte y en Francia siempre tienen razón, si no, no sabrían hablar francés”.

Herrera vivió con emoción la explosión de Mazzola como máximo protagonista del partido. El bueno de Sandro se había conjugado con la fortuna y había anotado dos goles que estaban poniendo el partido en el lado contrario al que indicaban los pronósticos. Los jugadores del Real Madrid buscaban un motivo que explicase aquella derrota y Herrera respondía en silencio que el secreto estaba en el trabajo, la defensa organizada y los goles de Mazzola. A Helenio le encantaba jugar con los impulsos de Mazzola e incluso aquella tarde previa a la final le había convencido de nuevo de su importancia en el equipo, al igual que aquel día en el que le prometió unos días de vacaciones si anotaba tres goles en el siguiente partido; cuando Mazzola se acercó a su entrenador tras el partido con una sonrisa en los labios y los tres goles en el saco de las misiones cumplidas, Herrera fue claro en sus intenciones “Ahora no puedo darle vacaciones, eres el jugador más en forma del equipo”.

Herrera vivió con entusiasmo la fiesta que los aficionados del Inter montaron en las gradas del estadio vienés y se reconoció a sí mismo como el inductor de aquel ánimo enfervorizado que recorría las venas de cada seguidor del equipo. A Herrera siempre le habían gustado las aficiones que convertían los estadios en hervideros de pasión y se convertían en un jugador más del equipo, porque Herrera siempre se había declarado fiel seguidor del hincha apasionado y lo había dejado claro aquel día que se dirigió a la masa social del Inter desde el estrado de la prensa y les animó diciendo “Señores, ustedes no vienen al teatro, cuando vengan a San Siro espero verles ondeando una bandera y entonando un grito de ánimo”.

Herrera comprobó con satisfacción como el equipo ejecutaba a la perfección el trabajo que llevaban practicando durante los últimos años. A Herrera le habían bautizado como “El Mago” por su capacidad para reinventar el fútbol clásico de toda la vida, pero para él no había más secreto que el de haber hecho evolucionar el famoso cerrojo del suizo Kart Rappan (y que los italianos habían rebautizado con el nombre de “Catenaccio”) e incorporar a la defensa un jugador más otorgándole una total libertad en tareas de marcaje. A este defensa le bautizaron como “defensa escoba” y esta fórmula del éxito había catapultado a Herrera al olimpo de los dioses. Y una vez más, Herrera supo que iban a ganar aquella final mucho antes de que el partido terminase, pero no por desprecio al rival sino por plena confianza en sus jugadores, de la misma manera que lo pensó aquel día en el que el Barcelona estaba a punto de jugar un partido de máxima trascendencia y se dirigió a sus jugadores para decirles “Señores, este partido lo ganaremos sin bajar del autobús”.

Herrera no se alteró con el gol de Puskas porque conocía el desenlace del partido de antemano, porque para él no existían callejones sin salida ni situaciones imposibles, mucho más cuando los minutos corrían a favor como estaba ocurriendo entonces. Herrera era enemigo de los fatalismos y siempre encontraba una solución para hacer creer a sus jugadores que cualquier adversidad podía ser superada si creían ciegamente en su trabajo, de la misma manera que convenció al mundo de su valor como estratega aquel día que ganó un partido con un jugador de menos y sentenció serenamente que “fue fácil porque el fútbol se juega mejor con diez jugadores que con once”.

Y Herrera recibió el final del partido con el orgullo de sentir la gloria agarrada a su espalda y con una nueva victoria que vestía su palmarés de oro. Aplaudió a sus jugadores y al público y felicitó al rival por el esfuerzo realizado porque para él lo cortés nunca había quitado lo valiente. Aquella no significaba una victoria más sino que significaba la victoria de un nuevo fútbol de cuatro defensores sobre el clásico fútbol de tres zagueros en el fondo, una victoria que a los más puristas les sabía amarga y que a Herrera le sabía a gloria mientras mascaba de nuevo su razón. Porque para Helenio Herrera no existía más razón que la suya y sus razones movían montañas al igual que la fe de los más creyentes y para él, no existían personas más creyentes de sí mismos que sus propios jugadores, y eso lo había podido experimentar por vez primera aquella vez que se vino arriba en el ánimo cuando las circunstancias pintaban de negro el partido más inmediato al conocer que uno de sus mejores futbolistas había llegado al estadio con treinta y ocho grados de fiebre. “¿Treinta y ocho?”, le preguntó. “Formidable. Los atletas baten todas las marcas cuando corren con fiebre y usted hará el partido de su vida”. No hace falta adivinar que aquel jugador hizo el partido de su vida, de la misma manera que lo habían hecho los jugadores del Inter aquella inolvidable noche de mayo de 1964.



P.D. Tengo vacaciones hasta después de Reyes y estaré unos cuantos días sin poder deleitarme leyendo vuestros blogs. Felices fiestas a todos y que recibais el año 2008 con la misma ilusión con la que yo despido este 2007.

martes, 18 de diciembre de 2007

Aprender a creer

Cada vez que hay partido vuelvo a imaginar su mirada. Durante años, sumergido en la procesión de lamentos que le proporcionó su sufrida afición al Atleti, mi padre se conformó con hora y media de transistor llegando, la mayoría de las veces, a un final anticipado, click, obligado por la desazón. Ya éramos pequeños y le sentíamos sufrir en silencio ante cada partido de los suyos. Es el sufridor que conoció días mejores y lleva años padeciendo la ignominia de un equipo que no lucha por nada. Como el orgullo se le fue apagando a medida que cosechaba derrotas, empezó a creerse esa milonga del pupas e incluso fue capaz de sobrevivir en su coraza asimilando ridículos con frecuencia.

Pero todo era un engaño porque él también esperaba la resurrección. Todos los años se vestía de magia en la primera jornada del años y acababa con el corazón cubierto por el luto cada final de liga. Y ahora que todo empieza a ser distinto, hasta su sonrisa de esperanza comienza a contagiar mis propias ilusiones. Le escuchas hablar de Agüero y hasta te crees que nunca ha visto nada igual. Lo cierto es que hace tantos años que admiró a Gárate, Pereira o Leivinha que ahora que encuentra el oasis de la idolatría le cuesta reconocer que ha pasado muchas décadas en blanco. Aunque la verdad, a él nunca le gusto pensar en blanco.

Algo parecido le pasa a mi hermano. Esto de ser del Atleti se ha convertido en un doble ejercicio de autocontrol. Por un lado debes saber compartir los sueños con el simpático angelito que se posa en el hombro izquierdo y te obliga a seguir soñando; esa es la fe eterna de quien quiere recuperar el tiempo perdido. En el hombro derecho se sitúa el diablillo puñetero de la costumbre que te obliga a mirarle de frente a la realidad un lunes tras otro; es el globo que se hincha de manera contínua y te ayuda a explotar de ira de vez en cuando. A Manuel le pasa algo parecido en su afición al Atleti; por un lado, en cada uno de sus mensajes de móvil intuyo la ilusión de la victoria, por otro, cada vez que algo va bien, desprende de su voz cortada la desconfianza de lo conocido. Parece que hay que dar por descontado que las cosas se acabarán torciendo más temprano que tarde.

Es a lo que nos han acostumbrado. A menudo escucho a los viejos aficionados contarme que un día le ganaron dos finales de copa en su propio estadio al mejor equipo de la historia y no me imagino a un Atleti tan pequeño como el que me han querido enseñar. Tengo amigos, e incluso familia, que parecen conformarse con ganar los partidos importantes y autoflagelarse en la derrota porque le han hecho creer que el Atleti es así de desgraciado. Un equipo que ha luchado más de una docena de ocasiones codo con codo por la liga, que ha disputado casi una veintena de finales de copa y que incluso ha llegado en alguna ocasión a rozar la gloria europea no puede lamentarse de su fatídico destino. Antes de autoconvencerse por el presente hay que aprender del pasado; hay que saber que tipos como Escudero, Collar y Adelardo fabricaron una ilusión y que en la memoria de sus goles debemos apoyar nuestro ánimo. El Atleti solamente puede mirar hacia adelante. En ello estamos y de ello debemos convencernos.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Un charco de crítica en el jardín de los elogios

A menudo, cuando éramos pequeños, y en el ejercicio de nuestra inconsciente travesura infantil, a mis hermanos y a mí nos gustaba chinchar a mi abuelo, que era un poquito cascarrabias. Él, alzando su mano de manera amenazante, nos sentenciaba con una frase que se convirtió en lapidaria; "Quién juega con lumbre se quema". Era una manera de decirnos que si seguíamos haciéndole la puñeta al final nos repartiría un puñado de sopapos con los que quitarnos la tontería.

Dentro del extenso y rico glosario de frases hechas con el que cuenta el castellano, a jugar con fuego le llamamos rondar el peligro de manera inconsciente y reiterativa. Muchas veces crees que estás haciendo las cosas bien, escuchas las voces engañosas de quienes te alaban y, embelesado, te niegas a ver que la realidad puede llegar a ser mucho más dura de lo que imaginas.

Durante años, el Atlético estuvo jugando con el fuego de la permanencia hasta que al final bajó a los infiernos y se abrasó del todo. No es tan trágica la situación de ahora, ni mucho menos, involucrados en la ambiciosa lucha por el título y en plena racha victoriosa y goleadora, pero comienzo a detectar una euforia que no va ni mucho menos acorde al juego practicado por el equipo.

A las tres últimas victorias conseguidas en liga le han seguido comentarios excusatorios como "tiramos de oficio", "ganamos, que es lo que cuenta" o "estos partidos, antes los perdíamos". Cómo si eso lo explicara todo. No hay más ciego que el que no quiere ver.

Como si de un ejercicio de suicidio concedido se tratase, el Atlético se ha acostumbrado a jugar cediendo ocasiones a su rival, perdiendo el control del centro del campo y aprovechando la ocasión aislada. Y mientras los aduladores del resultado siguen sonriendo satisfechos cada lunes por la mañana, nadie quiere darse cuenta de que el equipo está jugando con fuego, porque llegará el día en el que el rival aproveche las ocasiones, llegará el día en el que el rival se de un baño de gloria, llegará el día en el que no entrará la ocasión aislada y entonces el Atleti se quemará. Será entonces cuando nos llevemos todos las manos a la cabeza y comencemos a reflexionar sobre si a este equipo no le están dando más elogios de los que merece.

A veces, una crítica es tan necesaria y útil como todos los millones de alabanzas, porque una vez que encentras la fórmula y te sonríen los resultados, el siguiente paso es el de encontrar el juego, porque a la felicidad solamente conduce el trabajo bien hecho. A la pregunta de si se ha encontrado el camino correcto, la respuesta es que sí. A la pregunta de si se están dando los pasos adecuados, la respuesta es que no.