Existen dos maneras de afrontar la realidad; mirándole a los ojos al mundo o mirándose el propio ombligo buscando más excusas que soluciones. Desde la manera correcta se encuentra el aprendizaje necesario porque los errores, aunque amargos, no deben servir para olvidarlos sino para no repetirlos. Desde la manera errónea solamente buscaremos, consciente o inconscientemente, tropezar una y otra vez con la misma piedra porque creeremos que en la pérdida o en la ganancia no han existido más factores externos que la suerte o los propios designios del destino.Tras el partido del sábado parece que todos han ganado o, al menos, que nadie ha perdido. Para el Barça, como ganador final, quedó la sensación de un equipo impreciso al que le resultaba imposible vivir sin la inspiración de sus hombres clave. Sin la salida de Márquez, la asociación de Xavi y el desborde de Messi, el equipo se encontró acomplejado y desquiciado. En su favor cuenta la auténtica verdad de los grandes equipos; quien sale a ganar, generalmente, termina ganando.
Para el Madrid, como perdedor moral, quedó la sensación de haber entregado el aliento y haber dejado bien alto el orgullo que representa su escudo. Parece que escudarse en las bajas y la baja forma psíquica, han servido de coartadas para defender su papel de víctima. Sin aprender de lecciones ajenas o dar rienda a su propia esencia de equipo indomable, se presentó en el Nou Camp con hechuras de equipo menor. No hace mucho, cuando sus estrellas brillaban en lo alto y las lesiones aún no habían hecho acto de presencia en forma de plaga infernal, una Juve mermada en efectivos y tocada por resultados recientes, les dio una soberana lección de dignidad, de hambre y de posición defensiva. Pero ya se sabe que, cuando se inventaron las excusas, se acabaron los errores.
Una tercera vía, más neutral y más dada a la lección simple y palabra fácil habla de la mano de Juande en el equipo blanco. Francamente, desconozco la influencia que puede ejercer un entrenador en una plantilla con tan sólo tres días de trabajo y el poder de autogestión de esta última a la hora de afrontar un compromiso de tamaño calibre. Aún en mi desconocimiento, no podría aplaudir decisiones tan primitivas como las de ordenar marcajes individuales o las de meter al equipo en el área propia, por más que así obtengas el mejor rendimiento de tipos como Cannavaro o Metzelder. Aplaudo, eso sí, la valiente decisión de apostar por un inexperto chaval a la hora de encallar en el absurdo territorio de negligencia fabricado por Abidal y la apuesta por Raúl como capitán en plaza ajena. De Guardiola, cuya inexperiencia parece haber quedado como punto de referencia a la hora de expresar la crítica, aplaudiré la decisión de meter a Busquets en el partido, al tiempo que sancionaré el tiempo que tardó en hacerlo. Con la última pieza del engranaje en el campo, el equipo encontró un tipo que tiraba paredes y desmarques en cada parcela del terreno, que no se encogió a la hora de meter la pierna y que provocó el penalti anterior al último y definitivo arreón.
Quedaron al descubierto los límites y las probabilidades de cara al futuro. Al Barça se le presenta un panorama paradisíaco donde solamente le sirve utilizar la cabeza y el talento para volver al lugar que representa su historia más reciente, y la intuición de que, de aquí en adelante, se encontrará con muchos planteamientos semejantes. En su capacidad para gestionarlos, se adivinará su verdadera concepción de campeón.
Al Madrid le queda trabajo y la sensación de que en peores se las ha visto. Parece que no salir goleado le dejó más contento que haber perdido injustamente ante el Sevilla. Puede que haya encontrado el camino y que Barcelona haya sido, como en otras ocasiones, su trampolín de despegue hacia el milagro. Pero si una cosa volvió a quedar clara es que, el que no se consuela es porque no quiere.








