martes, 19 de octubre de 2010

Suscribiendo a Larry Bird

Hace unos años, un periodista, acalorado ante las espectaculares actuaciones del jugador alemán de los Dallas Mavericks, y en un afán desmedido por la comparación destemplada, preguntó al gran Larry Bird por el juego de Dirk Nowitzki. El rubio ex jugador de los Celtics, probablemente el mejor alero de toda la historia de la NBA, respondió sin tapujos: "Es más alto que yo, es más ágil que yo, es más fuerte que yo y tira mejor que yo. Pero es peor jugador que yo".

Todo ello sin borrar la sonrisa de ganador bajo su hoy casi imperceptible bigote rubio, todo ello sin mentir, todo ello sin hacer sentir al espectador que aquellas palabras estaban cargadas de la realidad más sensata.

Desde hace meses viene sobrevolando una absurda teoría que dice que Gonzalo Higuaín no sirve para jugar en el Real Madrid. La base de esta tesis se sustenta en que el delantero argentino aún no le ha marcado un gol realmente importante a nadie. Puede que sea cierto, pero ni en los años en los que jugó escorado a la derecha ni en los que lo hace escoltado por el huracán Ronaldo, ninguno de sus compañeros de ataque ha logrado completar esta reprochada misión. Higuaín, por ejemplo, le ha marcado al Barça los mismo goles en los mismos partidos que Cristiano Ronaldo, es decir, cero.

No sirve la comparación para minusvalorar a un Ronaldo que significa tres cuartas partes del oxígeno atacante de un equipo cada vez más fabricado para él, sirve el símil para dejar de enjuiciar a un tipo que sabe moverse en las inmediaciones del área como el mejor depredador de la selva. Como el león que busca su gacela, Higuaín flota entre los defensas sin hacer ningún ruido, casi en silencio, casi sin buscar el balón. Su participación en la elaboración es testimonial, pero es cuando menos se le espera cuando más aparece. Su capacidad para encontrar unos contra uno ante el meta rival es casi incomparable en el fútbol actual. Puede que falle más de las que tenga y puede que, más que eso, haya fallado las más cruciales, más su instinto de goleador y su capacidad para leer a las defensas rivales son apenas existentes en un fútbol de delanteros voraces como es el actual. Es un jugador imperceptible, es un tipo imprescindible.

Como si de un ejercicio de alabanza hacia el poder se tratase, los poderes fácticos andan empeñados en situar a Benzema por encima de Higuaín, por la simple condición de haber sido una apuesta personal del presidente del Madrid. El francés es un tipo de condiciones innatas, chispazos de emoción y sensaciones ilusionantes, pero es más que posible que algún día a Higuaín le pregunten por él y diga: "¿Benzema? Es más alto que yo, es más ágil que yo, es más fuerte que yo y tira mejor que yo. Pero es peor jugador que yo". Y yo lo suscribiría.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Ocupando los espacios

Siempre admiré de un centrocampista que supiese ocupar correctamente los espacios. No me refiero a la literal obediencia de un soldado de campo si no a la correcta utilización de las dos armas con las que cuenta un buen futbolista: la cabeza y los pies.

En la cabeza reside el fútbol y desde los pies se ejecutan todos los impulsos nerviosos que llegan desde el centro de transmisión de ideas. Aquí la veo, aquí te la pongo. Aquí me necesitas, aquí estoy.

Hace años que la cantera del Fútbol Club Barcelona apuesta por tipos dinámicos, de cabeza fría, fútbol inteligente y pies prodigiosos. Amigos de sus amigos que son capaces de prestar ayuda durante los noventa minutos del partido. Aquella escuela que empezó, discretamente, en Luis Milla, se glorificó en Guardiola y encontró su punto culminante en Xavi Hernández, nos muestra hoy a uno de esos tipos que, de solo verles jugar, apetece seguir a su equipo todos los días.

Thiago Alcántara es uno de esos futbolistas de ida y vuelta, inteligente, de sutil toque de balón, asociación intuitiva y mando en plaza que tantas buenas tardes le ha dado al fútbol español. Si el barcelonismo y, por extensión, el aficionado español tiene alguna inquietud en cuanto al sustituto de Xavi, no deben fijar únicamente sus miras en el fabuloso Cesc Fábregas. En el filial del Barça hay chico de tez morena que también sabe hacer del fútbol un arte.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cuando la Masía era un caserío y no una factoría

Hubo un tiempo, y no hace demasiado de ello, que la Masía no fabricaba productos de primer nivel. Si acaso, y en un intento más de reinventarse que de realmente aprovechar los recursos, de vez en cuando sus valedores viajaban a algún torneo y descubrían al que, para ellos, iba a ser la perla del futuro.

En estas circustancias llegó Samuel Okunowo al Fútbol Club Barcelona. Avalado por Quique Costas y Oriol Tort, Okunowo encontró aposento, comida y botas de fútbol en la casa de los canteranos azulgrana. Tenía diecisiete años, había ganado la Meridian Cup con Nigeria y llegaba para ser el sustituto del inefable Michael Reiziger. Palabras mayores.

No duró mucho su periplo aunque, para honor propio e historia impresa del club, quedará como el tipo que jugó como titular en el lateral derecho el día que el Barcelona celebró sus cien años de existencia. Galas de sábado noche que dirían los antiguos rememorando viejos programas de televisión.

Una vez que Van Gaal había sacado lustre a su currículum, Okunowo abandonó el Barça para recorrer el mundo sentado en la grupa de la ilusión. No fue mucho lo que dejó su estela. Doce partidos con el Benfica, media temporada en el Badajoz, dos partidos en el Ionikos griego y otros dos partidos en el Dínamo de Bucarest.

Pasaban los años y Okunowo se iba convirtiendo en nómada como aquellos corresponsales de prensa que saltan de un país a otro en busca de un bocado de actualidad. En Albania y en Ucrania se relamieron los labios imaginando en sus equipos a un ex futbolista del Barça. Nada menos que un ex futbolista. Eso es lo que habían fichado. Si es que acaso lo había sido en alguna ocasión.

Con más kilómetros que velocidad en sus piernas y con el saco de las ilusiones rotas se puso a prueba en el Bryne noruego primero y en el Vilanova del Lamí de la regional catalana después. En ninguno de los equipos pasó el periodo de adaptación. Así pues, volvió a cargar las maletas, tomó un nuevo avión y pensó que qué mejor manera que dignificar sus ahorros que invertirlos en bonitas playas paradisiacas.

Actualmente, y sin que se tengan nuevas noticias sobre su paradero, juega al fútbol en las Islas Malvinas y de vez en cuando recuerda lo que pudo haber sido y no fue. En aquellas tardes de verano también habían llegado al Barça tipos como Rustu, Rochemback o Zenden. Gracias para el fútbol que la Masí dejó de ser un caserío para convertirse en una factoría. Tras Okunowo llegó Carles Puyol, tras Rustu llegó Víctor Valdés, tras Rochemback llegó Xavi Hernández y tras Zenden llegó Andrés Iniesta. Casi siempre es preferible mirar lo que se tiene en casa antes que ir a buscar afuera.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La santísima trinidad

Resulta increíble conocer como la vida regala tantas oportunidades para regenerarse. Algunas veces, el ser humano, sus circunstancias y la audacia son capaces de aprovechar segundas oportunidades y, aunque existen ocasiones en las que la gente no se entera del sonido del tren que está pasando junto a su puerta, a nosotros nos gusta recordar, y convertir en épica, los momentos en los que la vida convierte un momento en magia.

El fútbol, como parte de la vida, también ofrece revancha y a ese clavo ardiendo se agarró el Manchester United durante los diez años que transcurrieron desde que un accidente aéreo terminó con sus intenciones, hasta que volvieron a enfrentarse a la grandeza futbolística con serias aspiraciones de tocar la gloria.

Del prometedor equipo que se dejó la vida en Munich una gélida noche de 1958 tan solo quedaban el entrenador, Matt Busby, el jefe de la defensa, Billy Foulkes, y el capitán, Bobby Charlton. Busby había regenerado el equipo con tesón y las mejores intenciones, gracias a sus ideas, su paciencia y su trabajo consiguió reunir un grupo irrepetible capaz de sentirse importante tanto dentro como fuera del terreno de juego. Foulkes, que se jugaba la vida en cada cruce con un rival, sentía que tenía una deuda con la historia y cada partido lo vivía como si fuese una final, porque conocía de memoria las patadas que podía propinarle el destino. Y Charlton era el jugador referente del equipo, un centrocampista ofensivo que acaparaba sobre sus espaldas toda la categoría del club, una leyenda viva del balompié que había logrado imponer el respeto allá donde jugase un partido.

Pero el grupo de Busby iba más allá de un par de supervivientes de una catástrofe. El equipo comenzaba en Stepney, puro carácter debajo de los palos, y terminaba en Best, bautizado como “El quinto Beatle” el día que se propuso liquidar al Benfica en su propio feudo.

Precisamente iba ser el Benfica el rival a batir en la final de la Copa de Europa de 1968. Los aficionados portugueses aún tenían pesadillas con las cabalgadas de George Best y eran incapaces de olvidar aquella afrenta que les había situado frente al ridículo por primera vez en muchos años. Ni ellos, ni el mismo Eusebio, iban a ser capaces de dejarse vencer de nuevo de aquella manera tan humillante, por lo que ganar al Benfica pasaba por dar todo el fútbol que cabía en sus botas y aportar en cada lance todas las ganas del mundo.

Aquel Manchester contaba, además, con los goles de Dennis Law como punta de lanza de cada jugada. Law era un jugador frío, de tremenda potencia y depurada técnica a la hora de rematar, sus goles le habían convertido en ídolo de Old Trafford y sus participaciones se habían considerado como imprescindibles para el equipo. Pero Law no podría jugar la final y aquello suponía un hándicap que habrían de superar con un esfuerzo extra. Y no podría jugar porque a su tremenda facilidad para anotar goles habría de añadirse a sí mismo la tremenda facilidad que tenía para sufrir lesiones y hacía ya unas semanas que su físico le había dicho basta por enésima vez y tendría que conformarse con ver la final desde la tribuna del místico estadio de Wembley.

Ya se habían tenido que jugar la vida y la historia en semifinales en un enfrentamiento épico frente al Real Madrid. El equipo blanco, que buscaba reverdecer viejos laureles, había conseguido dar una llamada de ánimo a su público y el Santiago Bernabéu estaba a rebosar aquella noche de magia y Copa de Europa. El Manchester traía la mínima ventaja de un gol del partido de ida y todos, en las inmediaciones del Paseo de la Castellana, se frotaban las manos ante el presente glorioso que se les presentaba. El Manchester jugaría sin Law y los goles de aquel trío bautizado como “La Santísima Trinidad” se quedarían en la despensa del vestuario de Old Trafford. En aquella Santísima Trinidad Charlton era el padre, hacedor del fútbol y dueño del balón, prometedor de pases imposibles y trabajador incansable en busca de un milagro que les pusiese rumbo a la historia de los vencedores. Best era el hijo; el hijo pródigo que había regresado desde Belfast para ser aplaudido como si de un dios se tratase y que también obraba milagros en forma de jugadas irrepetibles y carreras inalcanzables. Y Law era la representación del Espíritu Santo, el final perfecto para cada jugada que Charlton lanzaba y Best sinceraba desde la línea de fondo. Una Santísima Trinidad que se había convertido en referencia de miles de niños en Inglaterra y que en aquel partido de semifinales se había mermado desde su vértice más letal.

El Real Madrid había tomado rápido una ventaja de dos goles y todo el estadio cantaba, alborozado, los acordes sencillos de la canción que había popularizado Massiel y que había otorgado a España, unos días antes, su primera victoria en el Festival de Eurovisión por delante del sonriente cantante inglés Cliff Richards. “La, la, la” repetía una y otra vez el estribillo de la canción ganadora y “la, la, la” repetía una y otra vez un público alborozado por sentirse de nuevo con el derecho a disputar la final de la Copa de Europa. Pero el Manchester aún tenía que jugarse la carta de Busby, porque para Busby nada la encendía más que motivar a sus muchachos de cara a conseguir una épica victoria y aquella, que incluía además la dificultad añadida de una remontada, pasaba por convertirse en la victoria más épica de la historia del club.

Porque el Real Madrid era el único rival contra el que Duncan Edwards y el resto de jugadores que acabaron sus vidas en el aeropuerto de Munich no habían tenido oportunidad de revancha. El Real Madrid de entonces había sido el rival a batir en el continente y que se había visto huérfano de un rival de verdad cuando la desgracia había visitado de frente al Manchester United. Y Real Madrid de ahora, menos mágico pero más intenso, se había convertido en la última piedra en el camino hacia una final que vestiría al equipo con el tul de la gloria diez años después de haberse encontrado en la miseria. Y fue por Busby, por Duncan, por la afición que abarrotaba Old Trafford cada domingo y por la cuenta pendiente que el equipo tenía con aquella competición, que el equipo remontó aquel partido para lanzarse hacia una final más que merecida. El sonido “la, la, la” de Massiel dejó de escucharse en el viento cuando Zoco marcó en su propia portería y ponía la clasificación en las manos del rival y le sustituyó el sonido que marcaba el estribillo de la derrotada canción de Cliff Richards y que decía “Congratulations”. Congratulations, felicidades, por la victoria, por la clasificación y por haber conseguido que el público del Bernabéu hubiese cerrado su garganta después de muchos años.

La Santísima Trinidad del Manchester vivió la final de manera dispar en cada uno de sus miembros, los tres con la pasión encendida, pero cada uno en un lugar distinto poniendo su energía y su deseo por el bien de la victoria. Charlton la vivió desde el centro del campo, dirigiendo y ordenando, recuperando y pasando, llegando y obrando milagros. Best la vivió en la delantera, pegado su banda de siempre y aclarando cada jugada con una finta colosal, un amago asombroso y un centro cargado de peligro. Y Law la vivió desde la grada, comiéndose los nervios y explotando suspiros contra el aire, animando y encogiéndose en cada ataque del equipo rival.

Y los tres se encogieron cuando, después de ver pasar los noventa minutos del partido, con el empate a uno en el marcador, vieron quedarse a Eusebio con el balón controlado delante de Stepney y en franca posición para anotar el gol de la victoria. Se encogieron Charlton, Best y Law y se encogieron el resto de jugadores del equipo y de la misma manera se encogieron todos los miembros del banquillo y todo el público inglés que abarrotaba Wembley en aquella noche de primavera. Todos se echaron las manos a la cabeza y escribieron una misma frase en el borde de su pensamiento: “Eusebio no dejará pasar esta oportunidad”.

Eusebio, que durante todo el partido había sido vigilado de cerca por el incansable Stiles, el máximo representante de la escuela más sucia del fútbol, se encontró de cara con la historia tras recibir aquel maravilloso pase de Simoes que le situaba solo frente al portero rival. Todo el mundo supo que aquello iba a ser gol, todo el mundo excepto Alex Stepney, el mismo portero que años más tarde desencajaría su mandíbula al gritarle a un compañero, quien aguantó estoico el amago de la Pantera Negra y atajó contra su estómago un balón lanzado con fuerza. Todos los corazones de Manchester volvieron a latir y en ese mismo instante, cada jugador del equipo supo que aquella final no se les iba a escapar.

La prórroga encumbró a un equipo inolvidable. El partido terminó con un contundente cuatro a uno y cada uno de los protagonistas encendió su mente para dejar pasar un millar de pensamientos por segundo.

Eusebio se encontró de nuevo cabizbajo en el estadio que le estaba regalando los peores momentos de su vida, ya había perdido allí dos finales de la Copa de Europa, y allí mismo se había quedado a las puertas de la final más grande de todas, apenas dos años antes, vistiendo la camiseta de su Portugal de adopción; estaba a punto de añadir el nombre de Wembley junto al de Bela Guttman, en su lista de exorcismos pendientes.

Charlton se apuntó a la victoria con dos goles, el que había abierto el partido con un remate inteligente en el primer palo, y el que había cerrado la goleada con un soberbio cabezazo en el centro del área. Una vez más se había consumado como líder del equipo y como jugador referencia en el mundo del fútbol dos años después de haber ayudado a Bobby Moore a levantar la Copa Jules Rimet.

Best había roto el marcador con el segundo gol del equipo. Cuando la prórroga discurría con el miedo y la incertidumbre recorriendo el sistema nervioso de cada uno de los jugadores, el quinto Beatle había tomado el balón con aplomo cerca del área rival y había encarado al portero con la determinación de los mejores. Regateó al guardameta y por un segundo soñó con cumplir el sueño que visitaba sus noches de gloria desde que era un pequeño niño con aspiraciones de golearle al mundo delante de un estadio lleno: avanzar hasta la línea de meta, parar el balón, agacharse y anotar con la cabeza. Un segundo más tarde sonrió y se decidió a dejar su sueño aparcado porque ganar el partido era más importante que ganar una apuesta consigo mismo. Y un segundo después chutó despacio y comprobó como el balón avanzaba poco a poco hacia la portería rival y se convertía en el gol que rompía el partido para siempre.

Y Law había participado a su manera, desde arriba y con el ánimo a punto de estallar. Reventó de júbilo cuando comprobó como sus compañeros le convertían en campeón de Europa y supo que había participado de alguna manera en la goleada cuando vio a Kidd, el joven delantero que había saltado al partido para sustituirle, marcar el tercer gol de su equipo y aportarle a todo el mundo la seguridad de la victoria.

Law había recibido el Balón de Oro que le coronaba como mejor jugador de Europa, en 1964, Charlton lo había recibido en 1966 y aquel 1968 esperaba a Best como nuevo príncipe y señor de un fútbol que vestía de rojo. “La Santísima Trinidad”. Nunca un tridente ofensivo había recibido tanta gloria en tan poco tiempo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Derribando la puerta

Dijo Camacho, el día que fue presentado como entrenador del Real Madrid, que el canterano que quisiera jugar en el primer equipo debía ser capaz de derribar la puerta. Hacía referencia al nivel de exigencia del equipo y al ejemplo de los únicos tres tipos que se habían acomododado en el once titular del equipo en el transcurso de los últimos años; tipos con talento, con fe y con una idea muy clara de lo que era jugar en la élite.

En el rival, unos años antes, había debutado un chaval de rostro imberbe, pecoso y ojos de niño travieso. Entre dudas y odas, entre promesas y realidades, el niño fue quemando etapas con el hambre de quien desea poner encima de la mesa todas las cartas ganadores sin haber revisado antes el estado de la partida. Su carta de consagración, su plan definitivo de choque, se presentó una soleada tarde de otoño en el estadio Ruiz de Lopera de Sevilla. Se acuñó hacia el borde del área, levantó la mano y pidió el balón. Le llegó un centro de quaterback e hizo lo que su cabeza le pidió que hiciera. Ideas así merecen admiración, remates así merecen asombro.


lunes, 13 de septiembre de 2010

Cuando el sentimiento se convierte en eficacia

No hay nada que emocione más al aficionado que el sentimiento. No hay nada que satisfaga más al aficionado que la eficacia. En el primero encontramos el hilo de conexión entre nuestro corazón y nuestros sueños, en la segunda es donde hayamos la seguridad de nuestros pronósticos. Cuando el sentimiento y la eficacia alcanzan su valor más alto en la bolsa de valores cotizables del resultado, es cuando encontramos la realidad que tantas veces dibujamos y en la que tantas otras no encontrábamos el color exacto en la que darle forma.

En los momentos de crisis deportiva, que suelen ocurrir cuando el equipo pierde toda su identificación con el pasado, no existe mejor antídoto que mirar hacia adentro, analizar los defectos y buscar en casa el sentimiento que obligue al grupo a recuperar los valores. El importe real del sentimiento se mide en el compromiso, en la vergüenza ante el ridículo y en el deseo de ganar. Y es cuando se recupera la confianza, factor agregado a la victoria, cuando la eficacia pasa a ser objeto común en cada uno de los partidos disputados.

No hace ni un año cuando todos (y yo el primero) auguraban un final de temporada en los infiernos para el Atlético de Madrid. El equipo no jugaba, no ganaba y, lo que es peor, no transmitía. Abel fue lanzado al coso de los leones y se contrató a un Quique al que le costó bastante encontrar la tecla que debía hacer funcionar al equipo. Como al equipo le sobraba calidad y se le desparramaban las dudas, terminó buscando el sentimiento en el lugar donde se cuecen todos los sueños de un niño pequeño, las categorías inferiores.

De Gea asumió el rol de portero titular sin titubear un solo momento. Resultaba admirable comprobar como un chaval de dieciocho años y una delgadez extrema, era capaz de enfrentarse a cada balón aéreo con la frialdad de quien sabe ejecutar el oficio a la perfección. De repente, el runrún que había recorrido la grada durante varios meses, se convirtió en suspiro de alivio y el suspirio de alivio terminó convirtiéndose en aplauso. El chaval, aparte de serenar a una defensa que no conseguía taponar sus escapes de agua, se metió al vestuario en el bolsillo y comenzó a forjar una temporada que le convirtió en héroe y en un futuro capitán.

Domínguez, por su parte, asumió el rol de jefe de la línea defensiva después de haberse visto señalado con el dedo acusador. Durante la temporada anterior, Aguirre le había dado y quitado galones con la misma indiferencia que un mal maestro suspende al alumno brillante pero que da la nota en clase. Como nadie había querido concluir que nadie nace enseñado, que la inexperiencia suele provocar más dudas que aciertos y que el futbolista de élite se fabrica jugando, el mexicano primero y Abel después le condenaron a un ostracismo que no había merecido. Cuando llegó Quique la defensa del Atleti era un desastre histórico, desde que juega Domínguez la línea defensiva del equipo es una franja demasiado dura de pelar.

No hacía mucho se hablaba del Atleti en términos burlescos. En la mayoría de las ocasiones era porque su juego no había dado lugar a las alabanzas. Ahora la gente se lo toma en serio, incluso se apuntan a la barbaridad de situarlo como candidato a un título de liga que aún le queda un poco grande. La realidad es que el equipo ha cambiado por completo, la realidad es que el equipo ha recuperado el sentimiento y la realidad es que el equipo ha encontrado la eficacia.

La realidad, y no la casualidad, es que dos chicos que saben lo que es este escudo le han enseñado al resto qué significa querer ganar. Y cuando se quiere, se puede.

viernes, 6 de agosto de 2010

El sueño de una tarde de verano

Dijo Andy Warhol que todo el mundo debería tener sus quince minutos de fama a lo largo de la vida. Los hay tan famosos que, por pura repetición, terminan resultando agotadores, y los hay tan anóminos que, por excasa definición, terminan muriendo sin dejar un epitafio que recordar. Otros, los fugaces, por mera adhesión al paradigma de Warhol, irrumpen en escena con la fogosidad del ansioso y hacen mutis por el foro con el silencio de los olvidados.

Hubo un tipo que vivió en sus carnes los flashes del momento una soleada tarde de finales de agosto y cuyo recuerdo se fue esfumando a medida que iba pasando al ostracismo junto al aroma del pasado. De lo que pudo ser a lo que no fue medió solamente un partido, una titularidad, una convocatoria, un gol. No hubo nada más.

José Antonio Serrano Ramos debutó con la camiseta del Getafe el mismo día que el equipo hacía su primera aparción como club de la máxima categoría. Era el veintinueve de agosto de dos mil cuatro. El chaval acababa de cumplir veinte años y La Romareda de Zaragoza se había vestido de gala para recibir a su equipo en aquella primera jornada de liga. El conjunto maño ganó tres a uno y la gente regresó tan feliz a su casa. Los zaragocistas porque habían asistido a una holgada victoria de su equipo, los getafenses porque habían cumplido el sueño de ver a su equipo en lo más alto y José Antonio porque había inaugurado el marcador escribiendo una página de la historia donde se reflejará para siempre que suyo fue el primer gol del Getafe en Primera División.

Aquello es lo que fue. Lo que no pudo ser vino después. Tras cuatro temporadas respirando el polvo de campos de tierra y vistiendo la camiseta del filial, José Antonio se marchó al Toledo. De allí pasó al Colmenar Viejo con el que jugó media temporada antes de fichar por el Marbella. Media temporada después y a punto de cumplirse seis años de aquel gol que le convirtió en rey por un día, José Antonio llega al Navalcarnero con muchos sueños pendientes de cumplir y un bonito recuerdo para contar. Nunca será recordado por ser un famoso futbolista, pero será recordado para siempre por ser el autor de un famoso gol.


miércoles, 28 de julio de 2010

Los rescoldos del capitán

Después de una despedida siempre queda una lágrima amarga que no se quiere secar, siempre queda una deuda eterna que no se puede compensar, siempre queda un rescoldo tras la capa de ceniza gris que resulta casi imposible de apagar. Después de una despedida queda un pasado y se dibuja un recuerdo. En el pasado viven los hechos tal y como fueron, en el recuerdo viven los momentos tal y como los vivimos. El pasado de Raúl es admirable para todos, el recuerdo de Raúl sólo es verdaderamente admirable para unos pocos.

Si mentir es desdibujar la realidad, entonces no podríamos dormir con la conciencia tranquila si dijésemos que Raúl no ha sido el jugador más importante del Real Madrid durante los últimas cuatro décadas. Cuando el llegó, el equipo ya coleccionaba ligas como el crío que guarda sus canicas en su particular bote de conquistas, pero hacía casi treinta años que no alzaba la Copa de Europa, un trofeo que, durante varios años, creyó tener en legítima propiedad. Durante su estancia, el equipo siguió coleccionando ligas y levantó al cielo de Europa su copa más preciada en tres ocasiones. Si este dato invita a dudar podríamos añadir los doscientos veintiocho goles en liga y los sesenta y seis goles en Copa de Europa, los dos goles en tres finales de Champions, aquel gol en la Intercontinental ante Vasco o la cifra, aún no superada, de cuarenta y cuatro goles como internacional absoluto.

Datos. Si los datos contienen toda la verdad, entonces no podríamos negarnos a reconocer su grandeza. Pero más allá de los datos existe el espíritu y en Raúl no hemos podido reconocer simplemente a un goleador implacable y a un voraz coleccionista de títulos, si no que, además de ganador, ha sido líder. O quizá fue una cosa la que llevó a la otra y todo a la vez lo que le convirtió en leyenda.

Ahora, más allá de los datos, de los títulos y del espíritu ¿Qué queda? El recuerdo y la realidad. En el recuerdo queda la memoria de unos años innegables, de un siete imparable, de un inventor de goles, de un chico listo que sabía vivir dentro y fuera del área. En la realidad queda la crudeza de unos años a la sombra de las rentas, bajo el manto protector de la prensa y ofuscado pese al cariño incondicional de su prole más fiel.

Dijimos que mentir puede significar desdibujar la realidad. Bajo esta premisa podríamos volver a afirmar que Raúl ha sido el jugador más importante del Real Madrid durante los últimos cuarenta años y no encontraríamos muchos aficionados que nos rebatiesen. Pero, bajo esta premisa, decir que Raúl ha sido el jugador más importante de la historia del fútbol español, es dejarse llevar por el forofismo.

Quién sabe lo que hubiese sido el mejor Raúl dentro de este irrepetible grupo que forma la actual selección española. Es posible que hubiese vivido feliz con los centros de Xavi, que hubiese dibujado desmarques para Iniesta y que hubiese fusilado a los porteros en más ocasiones de Villa. Es posible. Pero eso sería jugar al fútbol ficción. La realidad dice que desde que él se fue el grupo creció, que desde que él no está el grupo deslumbró, que desde que él dejó de ser convocado el equipo empezó a jugar como los ángeles y a ganar como los auténticos campeones. Eso también es un dato, y los datos contienen toda la verdad.

jueves, 22 de julio de 2010

El jugador que mandó a Junior a la izquierda

Cuando se habla de Junior con los seguidores del Flamengo, es más que posible que observen como más de uno se pone en pie como símbolo reverencial. Hablar de Leovigildo Lins de Gama es hablar del jugador que más veces ha vestido la camiseta rojinegra, es hablar del maravilloso lateral que asombró al mundo en el ochenta y dos, es hablar de uno de los mejores laterales izquierdos de la historia del fútbol. Lo que pocos saben es que Junior era diestro y lo que casi ya nadie recuerda es que la culpa de aquel cambio de ubicación la tuvo un chico de piernas arqueadas y andares cómicos que respondía al nombre de José Leandro De Souza Ferreira y que, para los aficionados que abarrotaban Maracaná cada domingo de partido, era simplemente Leandro. El ídolo.

Muchos aficionados, los que aún retienen en la memoria el asombro palpitante de aquella selección brasileña que bailó la samba en el verano español de 1982, recordarán a Leandro como aquel lateral vestido de amarillo que ocupaba todo el costado derecho, subiendo y bajando, atacando y defendiendo, regateando y regalando, ganando con autoridad y perdiendo con belleza.

Pudo haber tenido una carrera memorable, autoritaria, casi inigualable, pero siempre fue víctima de sus rodillas antes que de las derrotas. Arrastrando una artritis crónica desde que cumplió veinticuatro años, en 1985, seis años después de debutar como símbolo del Flamengo, hubo de reconvertirse a defensa central, ya no era aquel tipo fuerte de sus primeros años, ya no podía correr sin parar, pero podía seguir dando clases magistrales y como comandante de la zaga, guió al Flamengo al campeonato carioca de 1987. Fue casi la penúltima reseña de un tipo nacido para la gloria y que hubo de conformarse con quedarse sin conocer el final del camino.

Los que le vieron, o quizá los que más le adoraron, afirman que durante sus primeros años se había convertido en el mejor lateral derecho que había dado la historia de Brasil. Las palabras no serían tan mayores si no hablásemos del país que parió a Djalma Santos, a Carlos Alberto y que, más adelante, hubo de aplaudir la arrebatadora carrera de Cafú. De lo que no cabe duda, es que fue, y sigue siendo, el mejor lateral derecho en la historia del Flamengo, equipo del que formó parte cuando, a principios de los ochenta, y comandados por el genial Zico, lograron ganar todos los títulos posibles a nivel de clubes. Se puede decir que Leandro formó parte, durante un lustro, del mejor equipo de América y prácticamente del mundo.

Y aquello no fue, más allá de un camino hacia la gloria, si no un sueño cumplido. Desde su humilde residencia de Cabo Frío, Leandro acudía cada semana a Maracaná, acompañando a su padre, para disfrutar de los partidos del Flamengo. Los triunfos pues, se saborean mucho más, cuando se logran en el club que has aprendido a amar desde pequeño. Y fue aquel hincha del club, el joven José Leandro, quien, cuando hubo cumplido treinta y un años y cansado de arrastrar sus rodillas acuciado por el dolor, puso en pie a Maracaná el día que dijo adiós al mundo del fútbol vestido con sus colores de siempre. Habían pasado once años desde que llegó, había sido en 1979 y se había colado como titular en equipo casi invencible. Y se despedía en 1990, como un anciano de treinta años, leyenda de un equipo que se había forjado como inolvidable. Después de vestir durante cuatrocientas once ocasiones la camiseta del Flamengo y durante veintisiete la camiseta de Brasil, se marchó un lateral inolvidable que cedió los trastos a otro tipo inolvidable. Tras Leandro llegó Jorginho, el lateral que revolucionó al mundo con su velocidad. Fue un cambio de cromos, el de un genio por otro. La diferencia entre ambos es que Jorginho abandonó la nave en cuanto se dejó seducir por el poder de los marcos alemanes, solamente Leandro fue One Club Man, el único en la larga historia del Flamengo.

lunes, 12 de julio de 2010

En la cima de los sueños

Nada puede superar las expectativas generadas cuando alguien es solamente un niño. Es en esa época cuando la ilusión, la esperanza, los momentos y los ídolos se convierten en legendarios mitos dorados a los que aprendemos a adorar gracias al exagerado ejercicio al que sometemos a nuestra memoria. Es entonces cuando se aprende a soñar, cuando se quiere aprender a vivir y cuando la risa, por espontánea e inocente, le sabe mucho mejor a quienes nos rodean.
Cuando yo era sólo un niño vi una procesión de cabezas caídas remontando las avenidas de mi barrio. El mundial, algo que yo veía como un espectáculo colorido en el que se practicaba un juego de once contra once y al final ganaba Italia, se jugaba en casa. Hubo quienes quisieron creer que por tener condición de anfitriones íbamos a ser capaces de ponernos el mundo por montera y ligar pases de faena memorable. No fue así, y más que cortar oreja nos cortaron las alas y regresaron los toreros a la enfermería con una cornada en el orgullo de trayectoria casi mortal.
Decían que era nuestro destino. Los mayores, mientras apagaban las colillas de sus cigarros con la punta del zapato, hablaban de un tal Cardeñosa, del espíritu de un tal Pirri y de lo fácil que nos resultaba perder. No debía ser tan feo aquello de perder porque jamás les vi llorar, simplemente resignarse.
Aprendimos a vivir asombrados por las mejores leyendas de nuestro fútbol. En ellas era el Real Madrid quien aparecía siempre por delante de los demás, alguna vez nos contaban alguna victoria del Barça o nos relataban aquella hermosa derrota del Atleti a manos de unos alemanes que, como Atila, no hacían crecer la hierba allá por donde pasaban.
Alemanes, italianos, brasileños. Supimos enseguida que aquello de los mundiales era propiedad privada de un puñado de elegidos. Salvo genios como Maradona o Zidane, ningún otro fue capaz de meterse en mitad del club de los privilegiados. Aquella copa quedaba lejos y nosotros seguíamos jugando a ser campeones en un descampado o en interminables partidos de chapas. Los mayores no dejaban de pronunciar la palabra "cojones" y los que ya habíamos aprendido a distinguir los vocablos prohibidos dentro del diccionario popular no éramos capaces de asociar los atributos masculinos a un deporte que giraba en torno a un balón.
Quizá era algo parecido a lo que mostraron aquellos alemanes que nos aburrieron en el noventa o a lo que jugaron los brasileños que nos dejaron fríos como témpanos de hielo en el noventa y cuatro. Yo, que ya había aprendido a ser un romántico sin remedio, seguía prefiriendo el fútbol a aquello que llamaban "cojones". Por algo me había quedado prendado de la Francia de Platiní y de la Brasil de Zico en aquel verano español del ochenta y dos. Por algo seguí soñando con que algún equipo consiguiese alzar la copa del mundo jugando al fútbol como lo hacían aquellos tipos vestidos de amarillo; bailando la samba, moviendo el balón, ganando con una sonrisa en los labios.
Porque nada puede superar las expectativas generadas cuando eres solo un niño, porque hemos ganado como lo hacía la brasil de antes de los dungas, porque hemos despreciado los cojones para agarrarnos al fútbol, porque ya no nos resignamos a perder si no que nos convencemos de ganar. Porque somos los campeones del mundo, permitidme seguir llorando. Alegrías como esta, orgullos semejantes solamente erizan la piel una vez en la vida. Nosotros estamos en ese momento. Somos los reyes del mundo. Somos un sueño alcanzado. Somos el fútbol. Somos España.