martes, 27 de noviembre de 2018

Ante la duda, cholismo

La necesidad histórica se mide en el palmarés, en la costumbre y en la ausencia de fatalismo ante los grandes retos. La necesidad social se mide en ilusión, en el agolpamiento de esperanzas amontonadas durante el corto plazo y en la oportunidad histórica. La exigencia, hija de las necesidades, es esa espada de doble filo que corta la ansiedad y secciona el miedo. Es posible afrontar un reto con la capacidad de superarlo, sin embargo, para superar los obstáculos hace falta una mente clara y unos nervios templados. Saber que los reveses serán puñales pero que se puede sobrevivir. Saber que un gol en contra es un muro pero que, todos a una, pueden ser capaces de escalarlo.

El Atleti se enfrenta a sus miedos y, sobre todo, se enfrenta a su futuro. Con un pasado reciente más acorde a su historia y que ha limpiado los borrones de la primera década del siglo, el equipo se dispone a reescribir su historia y glosar las páginas de su leyenda más reciente. Estar durante cinco años consecutivos entre los ocho mejores de Europa es consolidar un proyecto y reafirmarse a sí mismo como un candidato a tomar en consideración.

Por ello, un partido de la máxima competición es algo más que un partido de fútbol. Es el camino a la consolidación, la gota de agua necesaria para sofocar el incendio, el gramo de azúcar con el que reforzar el espíritu y el momento idóneo para que los futbolistas del equipo se sientan grandes de verdad. La grandeza no se regala, se trabaja y como bien dice el Cholo, el esfuerzo no se negocia. Teniendo en cuenta la premisa e intuyendo el deseo, deberemos aferrarnos a la frase triunfal del cholismo: si se trabaja y se cree, se puede.

Pichichis: Telmo Zarra

Alguien, alguna vez, tras algún partido, exclamó, exaltado por el ánimo, que había visto jugar a su equipo como una manada de leones. Así, de aquella manera, comenzó a conocerse a los futbolitas que vestían la rojiblanca del Athletic de Bilbao. Guerreros con corazón de león que acechaban el área y defendían su territorio con eficaces dentelladas. Muchos de ellos hicieron historia, pero uno, especialmente uno, se coló en la memoria de las grandes aficiones de España.

Telmo Zarra fue un goleador impenitente, un león de clase alta que sobrevivió a Kubala y hubo de rendirse a la dictadura de Di Stéfano, pero que, aún en sus últimos coletazos, dejó destellos de furia incansable. Hablamos del máximo goleador español en la historia de la liga. Hablamos del mejor goleador que ha parido esta tierra de contrastes y sentidos.

Y eso que su carrera no empezó, emocionalmente, de la mejor manera posible. No fue porque no supiese golear o no supiese jugar; pero siempre hay una fecha que se clava en la memoria de los hombres más ambiciosos. Tras llegar a su primera final de Copa, apenas nueve meses de debutar como futbolista del Athletic, falló un gol cantado en la prórroga que le persiguió durante toda su vida. Pudo resarcirse más tarde, porque hubo otras finales y otras copas, pero aquella primera vez. Ay, aquella primera vez.

Su padre nunca quiso que fuese futbolista, creía que con dos peloteros en la familia era más que suficiente, pero Telmo le desoyó y corrió con la pelota hacia los descampados de Asúa. Años después, se convertiría en el primer gran futbolista mediático del franquismo; el hombre con el que todos querían salir en la foto. Su fama se forjó a base de goles y culminó una fría tarde de otoño austral en la que batió a Wilkes para derrotar a Inglaterra en el mundial de fútbol y darle a España su mejor clasificación histórica hasta el momento. No lo toquen, suplicaban, este hombre es un semidiós vestido en pantalón corto.

Pero le tocaron. Lo hizo el portero Montes, guardavallas del Atlético de Madrid y admirador de sus goles. No pudo evitar caer sobre su pierna y partirla en dos. Fueron meses duros; el niño ya era un hombre adulto y el final estaba cerca. Pero no se iba a marchar del área por culpa de una lesión. Y eso que no era la primera vez que se lesionaba, pero sí era la primera de tan extrema gravedad. En 1944, apenas tres años después de asomar la cabeza en la élite, una mala caída en el área terminó con su clavícula fuera de sitio. Gajes del oficio. Y es que el área era su hábitat natural. Para lo bueno y para lo malo, como aquella vez en la que, tras un econtronazo con el defensor Álvaro, del Valencia, el Piru Gaínza le dijo, en tono jocoso, que le pisase, creyendo que aquel estaba fingiendo más de la cuenta. Arreciado por la broma, Zarra pisó fuerte el césped justo a unos centímetros de la cara de Álvaro. Escartín, árbito mediático y hombre sin retórica, sacó la roja y lo mandó a la caseta. Menudo disgusto. De nuevo una final de copa y de nuevo una posible derrota por su culpa. Esta vez lo arregló Iriondo y la copa viajó a Bilbao, pero al bueno de Telmo se le quitaron las ganas de volver a hacer una broma.

Sus goles más famosos los hizo con la camiseta roja de la furia, cuatro en un mundial, veinte en total, pero nadie olvidará aquella exhibición ante la Real Sociedad en San Mamés el día que los blanquiazules quisieron asaltar el derbi y Zarra les anotó cinco goles uno detrás del otro. Igual que los cuatro goles que le hizo a Suiza en una soleada tarde de 1951, como lo dos que anotó en su primer partido en la Primera División, nada menos que contra el Valencia de Gorostiza y Mundo, ídolos de otro tiempo que habrían de claudicar ante el poderío del hijo del ferroviario.

Aquel año, el de su debut, el Athletic ganó la liga. Fue el único campeonato liguero ganado por Zarra quien sumaría cinco copas y ganaría el reconocimiento de todo un país. Y pensar que estuvo a un sólo paso de fichar por el Baracaldo. De hecho, llegó a fimar con ellos siendo jugador del Erandio, pero un partido amistoso lo cambió todo. Las federaciones de Vizcaya y Guipúzcoa acordaron jugar un partido entre sus mejores jugadores jóvenes; Zarra, entonces un buen goleador en segunda, afrontó el partido como una prueba y lo terminó con siete goles en su haber. Aquella cifra llamó la atención del director técnico del Athletic quien, presto a reclutar al mejor goleador joven de Vizcaya, se persono en la sede del Baracaldo y pagó los daños y perjuicios. Telmo, el séptimo de una familia de diez hermanos, cumplía su sueño de niñez y se enfundaba la zamarra del Athletic para convertirse en leyenda.

Una leyenda que acrecentó el tiempo y la espectacularidad de sus goles. Tal era su remate de cabeza que un viaje a Suecia de la selección española, se publicitó de tal manera en las calles de Estocolmo: "Vengan a ver la mejor cabeza de Europa después de Churchill". Fue mito y leyenda, epopeya constante y el hombre sobre el que se cimentó la mayoría de los sueños de los niños de Bilbao. Cuando murió de un infarto, en febrero de 2006, la ciudad se paralizó y le guardó un luto respetuoso. No se marchaba un futbolista, se marchaba el eterno número nueve. El hombre que paralizó al mundo y colocó a Bilbao como un punto fijo en el mapa.

El Athletic que encontró Zarra era un equipo destrozado por la Guerra Civil española. Ya no era el equipo que había atemorizado al país durante más de un lustro; los Bata, Unamuno, Gorostiza o Chirri se habían marchado, bien por las secuelas del conflicto, bien por las secuelas de la edad. Tocaba reestructurar el club y el Athletic buscó en los viveros de Vizcaya para relanzar al equipo. Lo consiguió de alguna manera. Zarra ya había mamado el fútbol en casa. Pese al odio de su padre a este deporte, dos de sus hermanos, Tomás y Domingo, habían sido futbolistas de primera división. El primero fue quien resolvió el conflicto entre Athletic y Baracaldo, el segundo fue portero y murió en la Guerra. Aquel dolor le quedó siempre grabado a Telmo; el dolor de la muerte del hermano que, manos firmes, se entrenaba con él en las tapias de la estación intentando detener los certeros disparos de su hermano pequeño.

Aquellos disparos le sirvieron para anotar trescientos cincuenta y cuatro goles en trescientos noventa y tres partidos. Acuciado por la conciencia, antes de retirarse decidió mirar atrás y fichar, con treinta y seis años, por el mismo Baracaldo que no había podido contar con sus servicios cuando apenas tenía veinte. Era una manera de compensar el desplante, una manera de hacer entender que no tenía nada contra ellso pero que las circunstancias le habían llevado a vestir la camiseta del mejor equipo de fútbol del país.

Antes de aquel adiós, ya había recibido un merecido homenaje en la plaza donde más se le había temido. En Madrid, ante un Chamartín abarrotado, una selecta selección de futbolistas de la liga, se enfrentó al Athletic para rendir pleitesía a su mejor jugador. Era el colofón a una carrera que había comenzado cuando fichó por el Erandio y que se había forjado tras los muros de la estación de ferrocarril de Asúa, el lugar donde había vivido su infancia y el lugar donde su padre trabajaba como jefe de servicio. El mismo padre que al que acudieron para comunicar que su hijo le había marcado un gol a Inglaterra para colocar a España en la cima del mundo y que contestó no saber qué era un balón de fútbol. Continuó con su partida y con sus recuerdos. Estaba orgulloso del chico, faltaría más, pero, como los mayores, le había desobedecido queriendo jugar a ese vulgar deporte practicado con los pies.

Para entonces ya no había quien parase su carrera. No tardó en superar a Gorostiza como máximo goleador en la historia del Athletic y anotó tantos goles que estableció una marca que ningún otro futbolista del equipo ha sido capaz de superar. Ochenta y un goles en copa, más que nadie y un doblete en 1943 que le encumbró al cielo de los mejores. En su ocaso, dejó el testigo al joven Eneko Arieta. No era malo, pero no era él. Dijeron que pasaría mucho tiempo hasta que apareciese un futbolista como él. Realmente aún no ha aparecido.

Porque él fue la punta de lanza de aquella delantera histórica formada por Iriondo, Venancio, Panizo, Gaínza y él mismo, porque él fue el tipo que le anotó cuatro goles al Valladolid en la final de copa de 1950, él es el hombre que tiene una calle en el centro de Bilbao, el hombre que regresó de una lesión grave y regresó para volver a ser máximo goleador de la liga, el hombre que anotó veinte goles en veinte partidos con la selección española, el hombre que anotó doscientos cincuenta y un goles en la liga y estableció un rércord que duró cincuenta y nueve años.

El goleador al que, de niño, no le gustaba el área. Prefería jugar de interior o de extremo y dibujar regates para, después, dibujar goles. El área era un terreno minado donde sólo se cocinaban golpes e intimidaciones. Por ello, debió aprender a jugar en aquella zona de guerra una vez descubrió que lo suyo era anotar goles. Practicó el remate y lo perfeccionó hasta convertirlo en sutil. Fue seis veces máximo goleador de la liga española y en lo alto de la ciudad deportiva de Lezama hay un busto con su cabeza al que deben rendir pleitesía todos los jóvenes que, cada mañana, acuden a entrenar. Es el homenaje al hombre de acero.

Pocos olvidaron, en su día, la tarde en la que España se jugaba el pase, a doble partido, para la disputa del mundial de Brasil, aquel en el que Telmo hizo gloria y fortuna. En una eliminatoria que se presentaba dura, Zarra destrozó a Portugual a base de goles y España sacó billete rumbo a Río. Allí, ante los ojos del mundo, y desatado por la euforia, le marcó gol a Estados Unidos, a Chile, a Inglaterra y a Suecia. Mejor carta de presentación, imposible. Ni aún así mereció un homenaje en San Mamés después de su retirada. Lo recibió en 1994, cuarenta años después, cuando le espetó al presidente del club que jamás había recibido el homenaje pactado con la rescisión del contrato. Dicho y hecho. El Athletic compensó la ofensa y al homenaje acudió San Mamés al completo, amén de los jugadores más históricos y el portero Wilkes, aquel al que batió en Maracaná para convertirse en inmortal a ojos de nuestro fútbol.

Era la guinda a una vida que había comenzado a campas de tierra. Allí le llamaban Telmito el miedoso porque no iba al choque y sólo la buscaba en los rincones. Liviano, lento y apocado, hubo de aprender a jugar antes que a competir. Cuando aprendió ambas cosas se convirtió en un cañón de artillería. En una bomba de racimo que asolaba el área y entusiasmaba a las gradas. Un buen hombre que compensó sus goles con los dos gestos más hermosos que un futbolista puede tener sobre un terreno de juego.

Primero fue en un partido contra el Málaga. Tras un choque con el portero Arnau, este queda conmocionado en el área. El árbitro no señala falta y el balón queda franco para que Zarra lo emboque a puerta vacía. Sorprendentemente, lo manda fuera a propósito. Para él no era lícito marcar un gol en semejantes circunstancias. Parecida acción repetiría más tarde en un partido contra el Deportivo en La Coruña. De nuevo un choque, esta vez con el central Ponce y de nuevo el rival se lleva todas las de perder. Cuando Zarra comprueba que el árbitro no señala nada, observa al central dolorido y decide coger la pelota con la mano. El hombre, siempre, por encima del jugador.

El mito, siempre, por encima del hombre.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Barrilete cósmico


Existen momentos históricos puntuales de un carácter tan excepcional, que somos capaces de recordarlos por siempre asociándolos, de inmediato, a un instante concreto de nuestra vida. Son esos momentos históricos, bien monumentales por su grandeza, bien miserables por su dosis de tragedia, que nos pillaron con la boca abierta por el asombro y la piel de gallina por la espectacularidad de lo acontecido.

Hace treinta y dos años yo tenía un balón en las manos y esperaba la hora del partido vespertino con mis amigos del barrio de San Isidro. La tele refulgía en verde y aunque a mí me gustaba ver los goles de aquellos magos del mundial de México, aún era un niño con ínfulas y prefería imitar aquellas jugadas en el viejo descampado. Desgraciada o afortunadamente, en lo que al fútbol se refiere, la vida terminó por ponerme en su sitio. Al igual que les ocurrió a aquellos cinco ingleses que vieron pasar de largo a un barrilete cósmico.

El balón permaneció en las manos, pero los ojos salieron de sus órbitas. Yo era un niño de diez años y en un instante desee ser un tipo mayor para correr y abrazar a Maradona. Recuerdo bajar emocionado a la calle. Todos los niños nos buscábamos, todos los niños nos preguntábamos ¿Lo habéis visto? Todos lo habíamos visto. Todos seguíamos asombrados.

Aquella tarde jugamos un partido con el viejo balón Mikasa descosido. Nadie pasaba la pelota, todos queríamos ser Maradona y repetir el recorrido memorable. Todos queríamos volver a hacer la jugada de todos los tiempos. Han pasado más de treinta años y, aunque me he convertido en un hombre, jamás he dejado de ser aquel niño que imaginaba jugadas imposibles en sus ratos de insomnio. Por culpa de los años he dejado de jugar. Gracias a Maradona, jamás dejé de soñar.

El hombre tranquilo

Existen futbolistas cuya carrera es una aventura con matices de reivindicación, un paso al frente con ritos de presencia, una epopeya, en ocasiones, digna de una novela de aventuras. Porque existen futbolistas tocados con la varita de la magia y van regando de elogios cada una de sus actuaciones. Porque ha habido futbolistas tan increiblemente vehementes que han escrito renglones de sensación, pero otros, por el mero hecho de la calidad inherente, han escrito páginas de recuerdo con el simple hecho de dejarse llevar.

Romario era el hombre más frío en los rincones del área. Sin necesidad de acelerar el pulso, sin ocasión alguna para dejarse ir por la irremediable pasión transmitida desde afuera, salía a hacer su trabajo y goleaba con la exquisitez del poeta romántico. Recibía de perfil, aceleraba en un toque y ganaba cinco metros de carrera y allí, en el área, donde los profetas de lo auténtico aseguran que el pateo debe ser lo más certero por potencia, él lo hacía por calidad. Ponía el pie en la pelota y la acariciaba hacia el palo más lejano. A nadie se le ha vuelto a ver definir con tanta dulzura, a nadie se le ha vuelto a ver en el área con aquella desenvoltura de niño bueno.

Revivió, una y otra vez, la misma aventura. Acuciado por la saudade, escapó de Europa cuando creyó que la Copa del Mundo colmaba todas sus aspiraciones. Atrás había dejado años de ensueño en Holanda y un año inolvidable en Barcelona. Y allí, en su brasil natal, mientras se dejaba el estrés en noches de samba junto a Copacabana, resucitaba cada tarde para dejar esquirlas de precisión. De nuevo, como siempre, un control, una aceleración y un toque, pic, al palo más largo. Se presignaba y volvía a empezar. Porque la vida de los genios es tan sencilla que asusta por su complejidad.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Cosa de egos

En el juego de egos el talento suele promulgar su crédito, pero la suerte, en ocasiones, es un factor intrínseco que, caprichoso por naturaleza, termina de desvirtuar una balanza que, a priori, creíamos inclinada hacia el lado más lógico. Ocurre, en ocasiones, que la desesperanza, mezclada con la necesidad, convierte a los hombres en temerarios y es cuando no tienen nada que perder, en ese momento en el que dejan de temerle a derrota, cuando desarropan sus sentidos y aparcan el miedo para lanzarse hacia la gesta.

Durante ochenta minutos, los que fueron desde el pitido inicial hasta que la Juve concedió una falta innecesaria en el borde del área, los italianos fueron superiores a un United que se conformaba con que los minutos pasasen sin obtener ningún rasguño. Fueron varias las veces en las que la Juventus pudo haberse adelantado, pero los grandes escenarios siempre esperan los mejores goles. La Juve, con Cristiano, ha ganado en gol, pero con el regreso de Bonucci ha recuperado una jugada que, durante años, practicó a la perfección, la de los balones largos del defensor italiano a la espalda de la zaga contraria.

Huelga decir que el centro de Bonucci era excelente, pero que Cristiano lo convirtió en magistral. Bastó mirar la pelota un segundo en carrera, acomodar el cuerpo y saber el momento exacto en el que el balón iba a caer en sus pies. Fue un golazo en toda regla, de los mejores que le he visto marcar. Puro talento. El chico, como si estuviese en la oficina, lejos de volverse loco, corrió hacia el fondo para presumir de abdomen. Cosa de egos.

Cuando todo está perdido, la desesperación nos conduce al frenesí. No pensamos en el plausibe dolor que puede acontecer tras la derrota y, apretamos los dientes porque nos conduce la rabia y, ante todo, el orgullo. Sucedió que el United tenía un pie fuera de la competición y que la derrota le mandaba, un año más, al abismo de la duda. Sucedió que empató y se lo creyó y sucedió también, que la Juve, aparte del mejor goleador, ha perdido al mejor portero. Demasiados sucesos como para no tenerlos en cuenta. Demasiados análisis para un partido que debería haber tenido un sólo ganador y terminó con Mourinho celebrando su gesta particular con la mano en el oído. Pidiendo cuentas, una vez más, después de la victoria. Cosa de egos.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

La parada del autobús

Las comparaciones, tan odiosas como letales, suelen situar a los futbolistas en un lugar de partida tan adelantado que no saben en qué momento deben mirar atrás. Los listones, tan altos como lo dictan las expectativas, se convierten en escollos y, cuando aparecen los primeros fallos, no sabemos perdonar el error porque, para nosotros, el aprendizaje ya viene de serie.

Son muchas las historias de chicos que se iban a comer el mundo y terminaron engullidos por la responsabilidad. La de Josh McEachran no es sino una historia más en la leyenda negra de los tipos que quisieron ser leyenda y hubieron de vivir acostumbrándose a ser, simplemente, buenos futbolistas.

Porque la excelencia es un lugar donde sólo habitan los elegidos y donde solo aguantan los decididos. La virtud, más allá de llegar, consiste en aguantar el pulso y en saber que el fútbol, además de un juego, se ha convertido en una competición de presiones donde el más fuerte se come la tostada. McEachran era talentoso, descarado y vistoso; a priori, el futbolista ideal sobre el que depositar la esperanza de una entrada, el jugador sobre el que soñar un futuro perfecto.

Lampard le ponderó, Ancelotti le fue dando cancha y la prensa, tan ávida de ídolos como quien busca un nuevo pedazo de carroña, lo situó en el altar de las futuras glorias. Pero el talento, sin físico, no es más que un soplo en mitad de un vendaval. El fútbol a mil por hora del nuevo siglo terminó devorando sus expectativas y el chico voló de casa para enfrascarse en pequeños proyectos en los que sólo dejó gotas de esencia perdida.

Hoy busca su lugar en la segunda división del fútbol inglés, acomodado en Brendtford, busca la pelota sin presión y la entrega sin condiciones. Ya no es una promesa, ahora es un futbolista más dentro de un mundo que devora niños antes de vomitarlos como hombres. Un mundo que no entiende de esperas porque la parada del autobús está llena de tipos dispuestos a empujar para ser los primeros en coger sitio.

martes, 6 de noviembre de 2018

El descenso del Sinaí

La magia, como extrapolación del arte más conceptual, se pierde cuando se apaga la luz. Cuando las lesiones acechan, el miedo es sólido y las expectativas insuperables, es cuando llegan las dudas y con ellas, la incapacidad. Muchas veces hemos soñado tan grande que no somos conscientes de que hemos alcanzado nuestro tope y cuando nos piden un paso más somos incapaces de darlo porque sabemos que, otra zancada y nos espera el precipicio.

Cuando el Barcelona amenazó con generar tendencia y encumbrar un equipo de leyenda, Florentino regresó al Madrid como un elefante lo hace en una cacharrería; mucho ruido y, a ser posible, las mejores nueces. Llegaron Xabi Alonso, Albiol y Arbeloa como referentes del núcleo ganador de la selección española, llegó Benzema como representante del fútbol del futuro y llegaron, en loor de multitudes, Cristiano Ronaldo y Kaká, como dos muescas más en esa carrera particular por fichar a todo balón de oro viviente.

El portugués, por carácter y propensión, era una apuesta casi segura, pero si alguien ilusionaba de verdad a la parroquia blanca era Ricardo Izecson dos Santos Leite. Dibujante de sueños y aparejador de élite en el gran Milan de Ancelotti, Kaká había sido el gran sueño mojado del defenestrado presidente Calderón, aquel que le hizo ganar sus elecciones y el mismo que, al mismo tiempo, le hizo perder el crédito ante la imposibilidad de afrontar tamaña operación.

El dinero, cuando es por castigo, es el mejor conducto de comunicación global. Cuando Florentino llamó a San Siro, sabía que le abrirían las puertas que le cerraron a su antecesor y sabía, también, que de un plumazo se quitaba dos fantasmas; el de su propio fracaso y el de la duda generada por el "golpe de estado" asestado al anterior presidente. De golpe, volvían a abrirse las aguas del mar rojo y el madridismo volvía a soñar con su particular Sinaí.

Lo que ocurrió después fue la historia de un fracaso inusitado por más que se quisiera edulcorar la trayectoria. Kaká nunca encontró la dinámica, ya fuese por lesiones, ya fuese por falta de confianza. De repente, el chico de la zancada prodigiosa y la conducción maravillosa, se había convertido en un hombre timorato que no sabía qué opción elegir. Cuando creía que los fantasmas eran el eco de una primera y difícil temporada, llegó Ozil para terminar de comerle la tostada y mandarle al ostracismo de las operaciones fallidas.

Rebotado por incomparecencia y sumido en el miedo de las dudas, terminó regresando al lugar donde encontró el amor sin saber que su corazón ya no era el de un apuesto caballero. Intentó reencontrar su sitio más su fútbol se había perdido en algún callejón cercano a San Siro. En su camino hacia atrás voló hacia norteamérica y quiso encontrar acomodo en la glamourosa MLS. Nada salió como esperaba. Los años dorados se habían apagado como un sol otoño, cuando el recuerdo de un bonito verano no es más que la nostalgia de lo que podríamos haber llegado a ser.

Kaká fue muy grande, y así lo reconoció el mundo, pero la grandeza, como parte del éxito, es una condición que obliga a la excelencia. Y camarón que se duerme, como dice el refranero, se lo lleva la corriente.

lunes, 5 de noviembre de 2018

La extraponderación del talento

Vivir en la época del clickbait, en la era del highlight, nos ha convertido en bobos solemnes consumidores de momentos. Nada vive del análisis, nada se autoafirma por sí sólo si no ha pasado por el tamiz de la consideración. El trabajo, como fuente de inspiración, ha quedado relegado al plano de lo inócuo y la vistoso, por escaparatista, ha conseguido ganar enteros hasta situarse en la cima de la pretensión.

Venía pasando con Coutinho. Sus goles y sus regates puntales venían escondiendo el verdadero problema de juego que viene mostrando durante sus meses como jugador del Barça. Futbolista de destellos, gusta esconderse en la cal para recibir más allá de tres cuartos. Raramente se le ve en el barro de la creación y más raramente se le ve en la confrontación. Se le fichó como sustituto de Neymar, y sin necesidad de ponderar a este para desmerecer a aquel, cabe decir que la diferencia entre ellos es que uno busca el balón y el otro espera que le llegue.

Pero la desproporción ha llegado en forma de difamación informativa con el caso Vinicius. No voy a poner en duda la valía del jugador brasileño del Real Madrid, nada más lejos de mi intención. Es posible que los pronósticos se terminen cumpliendo y el chico marque una época, pero no es, para nada, ni medio normal, que se dibuje como un jugador de ensueño a un futbolista que lanzó un disparo que iba a fuera de banda y, de rebote, consiguió un gol casi ridículo. Un chico que sólo había jugado tres minutos en primera y que, de la noche a la mañana, tras un buen partido ante un Segunda B, ya era el salvador del madridismo.

La prensa, como licuadora de emociones y predistigitadora de sueños, ha determinado, en más de una ocasión, la carrera de futbolistas que nunca llegaron a cuajar. Y lo hacen para esconder la verdad, para vender ilusión y, sobre todo, para bombardear con humo sobre el peligro de una crisis. Porque saben que la risa siempre vende más que el llanto.