Existe un lugar donde habitan los sueños. El lugar donde se evoca la magia, donde se susurra en silencio, donde los ojos brillan con la mirada perdida. Un lugar desde el que los chicos con fe saben viajar hacia el país de las promesas cumplidas. Un lugar desde el que se fabrican instantes fantásticos y consecuciones gloriosas.
lunes, 21 de marzo de 2022
miércoles, 9 de marzo de 2022
La butifarra
Los años ochenta podrían haber significado una inflexión; comenzaron con un grito de resistencia desde el norte pero terminaron como casi siempre, dominados por el Real Madrid gracias al trabajo exquisito de sus directores de cantera. La Quinta del Buitre no sólo llegó para ganar, sino que lo hizo para dejar un legado cuyo testigo recogió el Barcelona de Cruyff; el del gusto por la pelota. Pero antes de que el Barça se encontrara con su tótem, hubo de perseguir agua en un desierto donde sólo clamaba sed y no encontraba más que escasos oasis en una travesía que no parecía tener fin.
Hablar del Barça pre Cruyff es de hablar de un club acomplejado cuyas pataletas viajaban siempre en puente aéreo y cuyas temporadas estaban marcadas en una pancarta solitaria y ajada que rezaba como lema: "Aquest any sí". Por ello, las llegadas de Maradona y Schuster, en coincidencia con un Real Madrid de entre guerras, había soflamado de ánimo las cabezas de los aficionados. Menotti tenía la tarea de hacer al Barça campeón y el Barça tenía la exigencia, mal entendida, de aspirar a todo después de venir de ganar casi nada.
Pero si había una pequeña parcela de éxito en clave azulgrana, esa venía siendo la Copa del Rey. En 1978 le habían ganado una final a Las Palmas y en 1981, ya con Schuster en la plantilla, habían vencido al Sporting de Gijón. Por ello, cuando eliminaron a la Real Sociedad en semifinales, media Cataluña se echó a la calle, prendida de ilusión, por más que el rival en la final fuese el Real Madrid.
La final de Copa de 1983 pasó a la historia por la violencia, por las carreras frustradas de Maradona y por un remate imposible en el último minuto que provocó que Schuster despidiera a la afición madridista con un gesto que en Cataluña se bautizó como la butifarra.
El Real Madrid,que buscaba su sitio entre la hegemonía norteña, estaba entrenado por Alfredo Di Stéfano y quedó segundo, aquella temporada, en todas las competiciones en las que participó. Tras haber disputado la final de la Recopa de Europa ante el Aberdeen escocés, le esperaba una segunda final en Zaragoza ante su más enconado rival. El técnico argentino, leyenda blanca por doquier, alineó a Miguel Ángel, San José, Metgod, Bonet, Camacho, Ángel, Salguero, Gallego, Stielike, Juanito y Santillana.
El Barcelona, por su parte, venía de una temporada convulsa después de sufrir la lesión de Schuster y la hepatitis de Maradona. El castillo de naipes de cayó demasiado rápido y hubieron de agarrarse a la tabla de salvación que ofrecía la Copa para tratar de salvar la temporada. De esta manera, Menotti, prestigioso técnico argentino y campeón del mundo, puso un once de gala sobre el césped de La Romareda, formado por Urruti, Sánchez, Gerardo, Migueli, Julio Alberto, Carrasco, Víctor, Schuster, Esteban, Maradona y Marcos.
Había sido la primera temporada tras el mundial que había mostrado a España ante el mundo como un país en vías de desarrollo y con todo el espíritu del mundo para transformarse en una democracia sólida y respetada. Aquel verano, Maradona había visitado España para quedarse, primero vestido de albiceleste y más tarde vestido de azulgrana, para provocar delirios y altas expectativas. En Barcelona comenzó un peligroso juego nocturno y en Barcelona empezó a sentir el peso de una fama mal llevada. No fue un gran periplo, pero dejó detalles exquisitos y una final de Copa llena de intenciones. Cada eslálom terminaba en falta y, aún así, no dejó de intentarlo. De sus botas salían las mejores jugadas y así, pudo ver como Miguel Ángel desbarataba una buena ocasión de Schuster mientras el Madrid trataba de entrar el partido más de forma racial que de forma sustantiva.
Porque el Madrid también tenía su genio. No era porteño sino malagueño, no tenía exigencias porque ya se las había comido todas y no tenía golpes sino cicatrices. Juanito era un tipo especial cuya relación con la pelota transpiraba amor en los aciertos y odio furibundo en los errores, un torero frustrado que sentaba rivales con la facilidad de un capotista y remataba goles con la astucia de un matador. Urruti le negó la suya cuando había dibujado un eslálom y el Barça se vio en ventaja poco después cuando Víctor culminó por abajo un control y pase académico del gran Diego Armando.
Aquella final se llevó por delante la carrera del prometedor defensa mallorquín Paco Bonet. El Barça, que habría de acusar la baja de Alexanko, dejó su muralla defensiva en manos del valladar Migueli. El ceutí, apodado Tarzán por su coraje y dureza, era un tipo que iba con todo y solía salir indemne de los choques frontales. Aquella patada a destiempo a Bonet le rompió la rodilla y las ilusiones, y no fue más que una piedra más en el muro de violencia que se impuso en el partido desde que Camacho, obsesionado con su marcaje individual, regaló a Maradona una colección de patadas dignas del museo de la tortura.
En visos de echarse las manos a la cara andaba la gente cuando Gerardo, habitual lateral derecho y sustituto de Alexanko en el centro de la zaga, pegó la pelota con los dos pies y le dejó franca para que Santillana, a puerta vacía, hiciese el empate al regresar del descanso. Por lo que los bocadillos se habían digerido con la incertidumbre en el cuerpo y con la sensación de que si bien el Barcelona era capaz de trenzar mejore jugadas, era el Real Madrid el más capacitado para hacer daño a la hora de la verdad. Así había sido, quedaba un mundo y el partido empezaba de nuevo de cero con cuarenta minutos por delante.
Al jugar el Barça con dos extremos muy marcados, Camacho, que tenía que andar pendiente de la marca de Maradona, habría de vigilar de cerca las internadas de Carrasco, lo que provocaba que en cada ataque, el Madrid perdiese uno de sus interiores a la hora de lanzar una contra, por eso tuvo que ser Santillana y no Ángel o Stielike, quien pusiese una balón en profundidad a Isidro para que se quedase solo ante Urruti. Fue el momento en el que La Romareda se quedó muda y contuvo la respiración; los madridistas por la expectativa y los barcelonistas por el miedo. Pero Isidro quiso regatear al portero y terminó tropezando mandando la ocasión al limbo y las esperanzas a un nuevo estado de histeria, porque el partido fue perdiendo fuelle a medida que el cansancio iba haciendo mella y los pases iban siendo interceptados por los defensores.
Así hasta que el balón llegó a Maradona en las inmediaciones del centro del campo. El último minuto se había puesto en marcha y aún así Diego paró el tiempo, miró y encontró a Julio Alberto junto a la línea de cal. Julio Alberto era un lateral incisivo, muy bravo, de corte clásico, que gustaba recorrer la banda bien en busca de un balón, bien en busca de un tobillo. Así era el fútbol de antes, sin medias tintas y sin reproches. El caso es que Julio Alberto era demasiado bueno como para dejar escapar el balón medido de Maradona. Por eso encaró a Salguero y le tiró un amago de alta escuela, ganó la línea de fondo y puso un centro con música hacia el segundo palo. En el centro de la portería, Miguel Ángel vio volar el balón y vio volar a Marcos. Debió quedar estupefacto ante la postal porque quedó clavado sobre la línea al tiempo que Marcos buscaba un balón imposible y lo conectaba con la frente para colarlo al fondo de la portería blanca.
Estalló Barcelona, estalló la parte azulgrana de La Romareda, estalló Maradona, estalló Julio Alberto y estalló Marcos, pero estalló sobre todo Schuster que, picado por las derrotas sufridas y las declaraciones vertidas, celebró el gol dedicando cortes de manga hacia la grada madridista descargando así su rabia y su frustración. Aquel gesto, mano sobre el antecodo y el dedo levantado, fue bautizado como "La Butifarra" y así pasó a los anales; un partido bronco, un gol en el último minuto, una victoria agónica y una butifarra. Aquel será, para siempre, el partido de La Butifarra.
martes, 1 de marzo de 2022
Ritmo de juego
viernes, 18 de febrero de 2022
Balones de oro: Franz Beckenbauer
Ver aparecer en el campo a Franz Beckenbauer con un brazo maniatado y un hombro destrozado fue como ver aparecer a Ulises buscando Ítaca en un mar plagado de sirenas. A veces, las derrotas enseñan más que las victorias y aquella prórroga subtitulada como el partido del siglo dejó la impronta salvaje de un tipo que no sabía salir a perder. Porque Franz Beckenbauer, el hijo del cartero de la barriada humilde de Munich, no era sólo un futbolista, era un pilar sobre el que fundamentar un proyecto, un líder al que seguir en silencio y una luz que alumbraba el camino de un equipo, un país y un planeta impresionado por tanta magnificencia.
Beckenbauer, como todos los hijos de la postguerra, no tuvo una infancia fácil. Alemania había sido derrotada en lo bélico y asolada en lo social por lo que sus ciudadanos se vieron obligados al borrón, la cuenta nueva y el esfuerzo extra. Todo costaba más porque todo venía de cero y, como tal, los que estaban obligados a destacar debían ser sumamente buenos porque la nación no estaba dispuesta a esperar a nadie. Aquel niño supo que quería ser futbolista cuando escuchó por la radio el partido final entre Alemania y Hungría en 1954. El día en el que Berna presenció un milagro, Alemania supo que se iba a levantar a base de empeño. Con diecinueve años, Beckenbauer ya era el líder fáctico de un equipo que militaba en segunda división y, como capitán de nave, condujo a su grupo al ascenso a la recién creada Bundesliga. Aquel equipo se llamaba Bayern de Munich y, hasta entonces, había sido entre poco y nada en el panorama futbolístico alemán.
En aquel futbolista se veía la esencia de un niño criado en la calle y curtido en los campos de tierra del barrio de Giesing. Allí, mientras pateaba una pelota, había aprendido a venerar al 1860, el equipo grande de la ciudad y en el que soñaba jugar mientras conducía la bola en un terreno escarpado. Tras el ascenso, llegaron los primeros títulos y aquel doblete del sesenta y nueve que puso voz a un equipo imparable y que, poco a poco, iba poniendo el fútbol alemán en otra dimensión.
El momento más trascendental de su vida llegó cuando, siendo un jovenzuelo de catorce años, el equipo de su barrio, en el que militaba, el Giesing 1906, se enfrentó al juvenil del Munich 1860. A aquellas alturas, todos los ojeadores de la ciudad habían escuchado hablar del joven Franz y varios emisarios del club más grande de la ciudad habían acudido al barrio para ofrecerle un contrato al chico. Tal fue su dominio del juego que uno de los futbolistas rivales, cansado de ser humillado, quiso detener la exhibición a base de puñetazos. Aquello hirió en lo más profundo el alma de Beckenbauer quien, inmediatamente, decidió que jamás vestiría la camiseta del 1860. Búsquenme otro equipo, les dijo a sus dirigentes, y entonces apareció el Bayern ¿Te quieres venir con nosotros? Por probar no pierdo nada. Lo que encontró allí fue una mina plagada de jóvenes talentos a los que faltaba la visión periférica de Franz Beckenbauer para poner una guinda a un proyecto a largo plazo que se fue materializando como legendario.
La base de aquel equipo copó la selección alemana que, tras los sorprendentes amagos de 1966 y 1970, conquistó Europa en 1972 con un juego brillante, avasallador e imparable. Allí goleaba Müller y asistía Hoeness, pero el verdadero capitán y timonel en el campo era el número cuatro, don Franz Beckenbauer, quien jugaba con la pasión prendida del presente y la rabia colgada del pasado, sin olvidar jamás al suizo Gottfried Dienst quien, en una decisión incomprensible, había otorgado como gol un disparo de Geoffrey Hurst que jamás rebasó la línea de gol en la final del mundial disputada en Inglaterra. Aquella espina clavada le persiguió durante años y, aunque jugaba con el espíritu del niño que golpeaba un balón de trapo junto a su hermano Walter, en realidad era un hombre de acción que anticipaba y dirigía como un verdadero líder.
Si con la selección tuvo que tumbar a varias naciones, en el campeonato doméstico no encontró mayor rival que el magnífico Borussia Moenchengladbach de Hennes Weisweiler. Aquel equipo aglutinó tanto talento que disputó, y ganó, al Bayern, cinco Bundesligas durante la dorada década de los setenta. Allí jugaban Netzer, Bonhoff, Stielike, Heynckes, Wimmer, Vogts o Simonsen, muchos de ellos compañeros de Beckenbauer en la solemne selección alemana.
Como futbolista, Beckenbauer era un cerebro privilegiado con un pie de seda. La jugada siempre salía limpia de sus botas y sus cambios de juego eran legendarios. La pelota parecía no moverse en el aire y se depositaba en la bota del compañero como una mariposa. Hipnótico. No en vano, tardaron poco en conocerle como El Kaiser, ya que era él, y sólo él, el auténtico motor de un equipo que no paraba de ganar. Y lo hacía acomodado en la línea defensiva; gracias a él, Alemania cambió el libreto y jugó con tres marcadores individuales para que Beckenbauer, como defensa libre, pudiese actuar como cuarto centrocampista y dirigir el juego a su antojo. De esta manera, tras la brillante actuación en la Eurocopa del setenta y dos, el equipo alemán sólo podía refrendar su dominio en el mundial que se celebraría en su casa en 1974. Lo ganó, claro está, y lo ganó con ese estilo tan alemán que parece no gustar a nadie pero que termina por aplastarlos a todos, incluida a la gran Holanda que, como le había ocurrido a la gran Hungría veinte años antes, se tuvo que conformar con el lindo premio del ganador moral.
Y es que aquella había sido una Alemania cuajada por generación espontánea. Desde el sublime éxito del cincuenta y cuatro, el fútbol alemán tardó más de una década en volverse a hacer notar y, cuando lo hizo, fue a lo grande. El entrenador Zlatko Cajkovski había hecho debutar al joven Beckenbauer con diecinueve años y dos más tarde, con veintiuno, ya era un jugador imparable que sorprendió a todos en el mundial de 1966. Allí, jugando como centrocampista, abusó de todos los rivales hasta llegar a la final y quedarse a las puertas del éxito por una decisión errónea de su entrenador. Aquel día, antes de aquella final, el mítico Helmut Schon, le ordenó marcar al hombre a la estrella inglesa Bobby Charlton. El resultado fue cruel para Alemania ya que Charlton apenas incidió en el juego, pero Alemania perdió el timón del partido por tener a su mejor futbolista pendiente de los movimientos de la figura del equipo rival.
De todo se aprende, claro, y aquella Alemania, de la mano de aquel Bayern, fue creciendo a medida que se fueron incorporando tipos de la talla de Maier, Hoeness o Gerd Müller, el primer alemán capaz de ganar el preciado Balón de Oro. Ellos ya estaban cuando el Bayern conquistó la Recopa del sesenta y siete y le dijo al mundo aquí estamos, hemos llegado para quedarnos. Y estaban cuando Alemania vengó su afrenta ante Inglaterra en 1970 y se plantaron en las semifinales del mundial. Y estaban cuando el Bayern fue quemando etapas y se fue postulando, poco a poco, como un verdadero ogro a batir en la Copa de Europa.
Tenía que llegar su momento y llegó en 1974 cuando derrotaron en la final al Atlético de Madrid de la manera más cruel. Tras los madrileños, cayeron ante el rodillo alemán los ingleses del Leeds United y los franceses del Saint Etienne. Todos dieron la cara, pero ninguno fue capaz de ganarle la final a un equipo que, a aquellas alturas, ya era el indiscutible rey del continente. Y para entonces, Franz Beckenbauer ya era una auténtica celebridad, el jugador que todos querían ser, el tipo que, empezando desde lo más bajo, había llegado a reinar en el mundo con una autoridad tal que todos parecían postrarse a sus pies.
Y es que su juego era tan elegante que producía hipnosis; imposible apartar la mirada de él. Aunque, tras su decisión de retrasar la posición en el campo, también fueron muchos los que afearon el hecho y le acusaron de haber buscado la comodidad por encima de la efectividad. Porque el primer Beckenbauer, el que no era defensa libre, fue, posiblemente, el mejor mediocampista de la historia del fútbol. Porque lo tenía todo; presencia, visión, pase, acompañamiento y gol. Un verdadero box to box que deslumbraba a propios y a extraños. Un tipo indestructible que utilizaba la fuerza para imponerse y la calidad para sobreponerse. Quien se lo iba a decir a su padre quien, tras sus primeros partidos como infantil, le apodaba "cigarrillo" al verle tan flacucho, débil e inestable.
Pero todo se logra con trabajo. Con catorce años ya era el mejor juvenil de Alemania y con treinta y dos decidió decir adiós al Bayern y a la selección alemana después de haber jugado setecientos partidos y haber anotado un centenar de goles, para probar la aventura americana y cumplir el sueño de jugar junto a Pelé en el Cosmos de Nueva York. Allí marchó acompañado de su mujer dispuesto a convertirse en un hombre, porque durante años había jugado como un señor mayor pero no dejaba de ser un niño lisonjeado en cada rincón de su país. En Estados Unidos, no sólo encontraría anonimato sino que tendría que buscarse la vida por sí mismo. Y allí, como le había ocurrido en su infancia, había una mujer a su lado.
Heidi fue su sostén en los momentos difíciles, igual que Antonia, su madre, había sido su maestra de vida. Cada mañana le enseñaba el campo de fútbol que había en la puerta de su casa y le conminaba a trabajar y trabajar si algún día quería ser el dueño de sus propios sueños. Debió acordarse de ella cuando, en 1972, la revista France Football le otorgó su primer Balón de Oro. De cara al mundo, ya era reconocido como el mejor jugador del mundo, de cara a sí mismo, necesitaba seguir engordando su ego pues no había victoria que le terminase de reconfortar. De esta manera, el niño tímido de Giesing se convirtió en un líder de personalidad arrolladora, lideró al mejor Bayern Munich de la historia y arrasó Europa como si un conquistador se tratase.
Su origen humilde y su infancia como interno en un colegio jesuíta le ayudaron a forjar una personalidad muy marcada, las derrotas, además, como aquella final del sesenta y seis en Londres, le cincelaron como un ganador y, dadas sus condiciones, pronto supo que el juego de sus equipos habría de pasar por su compás. Así, no sólo se convirtió en el mejor compañero de todos sino que se convirtió, de paso, en el jugador favorito de todos los alemanes, una verdadera celebridad que traspasó fronteras y que, incluso, cuando se atrevió a grabar una canción, fue número uno en Alemania por encima de los Beatles.
Pero él era tímido y trataba de huir de esa versión díscola. Afianzado como defensa líbero, fue el patrón de un país que resucitó de entre los muertos para convertirse en potencia mundial. El fútbol y la política, esta vez, de la mano, hacia un lugar que hacía no mucho tiempo ni siquiera habían soñado. Porque nadie esperaba que aquel niño flaco que jugaba de mediocampista izquierdo y que en 1965 había ascendido al Bayern en la Bundesliga se iba a convertir, con el tiempo, en el mejor defensa de la historia del fútbol y en el más grande futbolista alemán de todos los tiempos. Un jugador con un dominio de la escena incomparable y un golpeo con el empeine completamente admirable. El tipo sin el que el Bayern no hubiese conseguido despegar, sin que Alemania no hubiese conseguido dominar y que, durante una década en la que el fútbol viró hacia el físico, le discutió la soberanía al gran Johan Cruyff.
viernes, 4 de febrero de 2022
Disfrazar la deuda
Porque resulta extraño, cuando no menos paradigmático, que el campeón de liga, que siempre presume de gestión y alardee de estar al día en sus conceptos económicos, no haya sido capaz de superar la venta de su lateral derecho y haya tenido que ir en busca de saldos y retales, mientras que un equipo, cuyo presidente, de viva voz, denuncia las fechorías de su antecesor y la necesidad de ser austeros para afrontar con garantías el futuro, se haya podido permitir fichajes de cierta relevancia.
¿Hay algo que no nos cuentan? Lo fácil, en este caso, es repasar el historial y cargar con toda la responsabilidad a los dirigentes del Atleti. Yo también lo haría. Su condena prescrita y sus tejemanejes con los Mendes de turno les colocan en un disparadero del que jamás van a salir, pero no es menos cierto que, desde que unos clubes aceptaron convertirse en sociedad anónima y otros no, el juego económico parte desde una situación de desventaja, porque mientras que las sociedades empresariales se ven obligadas a controlar su deuda, las sociedades deportivas manejan la suya sin sobresaltos porque, más allá de las cuentas que han rendir frente a sus socios, lo cierto es que no sienten el peso de los mercados sobre su cabeza.
De esta manera, el Real Madrid pudo afrontar una monstruosa operación inmobiliaria en el peor momento de su historia y el Barcelona pudo hipotecar su club manteniendo en la plantilla a los mejores futbolistas del mundo. Mientras los demás guardaban la ropa ellos nadaban, incluso contracorriente, y levantaban Champions como quien colecciona granos de arroz. Nunca fue tan sencillo reinar, nunca una sociedad y un gobierno hicieron tan poco para denunciar.
El problema es que al rey Midas hasta los sueños se le convirtieron en oro. El Barça perdió a Neymar, perdió a Messi y, en el tránsito, perdió hasta la vergüenza. El Madrid, sin embargo, sigue manejando la situación, dando sus pelotazos y acomodándose con la élite europea conservando a sus mejores jugadores y fichando, presumiblemente, a las mejores promesas ¿Qué ocurre pues si al banco le debemos mil millones? Pues que al banco, a la liga y a la federación les interesa que la némesis de los blancos regrese a la cima y, para ellos, no van a existir problemas por más que las deudas se disfracen con promesas.
miércoles, 26 de enero de 2022
El mejor gestor
Miguel Ángel Gil, premiado en varias ocasiones por una empresa afín, como mejor gestor deportivo del año, tiene la suerte de contar con el respaldo mediático en cada una de sus decisiones. Cuando el equipo gana, son muchos los que se prestan a arrogar parte del éxito al tipo que gestiona en la sombra, y cuando pierde, son pocos los que se paran a criticar su gestión por más que el equipo, año a año, esté perdiendo talento, calidad e inteligencia.
El Atleti es un equipo en ruina permanente. Da igual que durante una década, año a año, hay ido cumpliendo los objetivos y que año a año, también, se haya ido desprendiendo de sus estrellas para contratar a otros futbolistas de perfil más bajo; cada vez que arranca un nuevo año viene el mismo cuento: para comprar hay que vender y debemos ajustarnos el cinturón.
Ese cinturón aprieta tanto que el equipo ha llegado ahogado a la orilla de sus propias miserias. Con el lateral derecho fuera de concurso, malvendido a un nuevo rico y con dos centrales suplentes que rozan la pesadilla continua, la que decían que era la mejor plantilla de la historia del club, se descose alarmantemente sin que su dirección deportiva sea capaz de cerrar dos contrataciones a precio de saldo. Y es que el mejor gestor no ha sido capaz aún te tener un balance solvente con el que poder salir a Europa a competir de tú a tú con los gigantes del continente. Y cuando fracase, que no está lejos de hacerlo, la cabeza de turco no será el CEO, sino el entrenador que tanto esfuerzo ha realizado para cumplir cada objetivo y que, sin embargo, ve como su equipo, año tras año, es siempre un poquito peor.
A ver si es que la gestión no es tan buena. A ver si es que está engañando a unos pocos todo el tiempo y ha engañado a todos algún tiempo y no va ser capaz de engañarnos a todos todo el tiempo, porque no todos somos tan tontos como quienes le ponen la alfombra para que no se manche sus zapatos de piel mientras sigue dejando a su equipo descalzo en el desierto.
lunes, 17 de enero de 2022
La extinta Yugoslavia
La desintegración de un país, cuando es mediante un conflicto bélico, causa un dolor a nivel global difícil de digerir. Aquella guerra, la de los Balcanes, la que dirimieron regiones que se sentían parte propia de una idiosincrasia, fue la primera que de verdad se retransmitió en directo, con los proyectiles silbando sobre nuestras cabezas mientras los reporteros gráficos intentaban contarnos la verdad que ningún barquero era capaz de asimilar. Detrás de las limpiezas étnicas, las sangrías y los intentos de holocausto, quedó un país devastado y la promesa de que cada uno tiraría los trastos hacia su propia frontera con tal de reconstruir un dolor que aún perdura en la memoria de millones de ciudadanos.
El hombre, como ser racional, tiende a arrinconarse por el miedo y es el propio miedo el que nos lleva a buscar vías de escape y no hay mayor escapatoria mental que aquella que viste los colores de nuestro equipo y nos lleva en volandas en el día a día. Cuando Yugoslavia desapareció, debajo de las piedras seguían sobreviviendo una generación de deportistas que hizo vibrar a media europa gracias a sus espectacular talento y su vibrante manera de competir.
Todos somos capaces de recordar, por ejemplo, la impresionante selección yugoslava de baloncesto que cuajó mediados los ochenta y se llevó por delante a todas las selecciones en los primeros noventa. O las trituradoras fabricadas en balonmano o waterpolo. O aquel extraordinario Estrella Roja que alcanzó la gloria en el noventa y uno cuando el país ya se desquebrajaba y bosnios, croatas, macedonios e incluso montenegrinos ayudaron a sus amigos serbios a levantar al cielo la ansiada Copa de Europa. Fue el canto del cisne de un país podrido en sus instituciones y expectante en las calles. De aquella generación salieron extraordinarios futbolistas que huyeron del infierno y se repartieron a lo largo de Europa para dejar claro que aquello, a parte de generación espontánea, era el resultado de una fábrica de talentos.
Desde Bosnia llegó a la Real Sociedad, Meho Kodro. Se había curtido en el modesto Velez Mostar y, poco a poco, había ido ganando nombre que un solvente goleador en la liga Yugoslava. Su carta de presentación se produjo en el Santiago Bernabéu. En un partido fácil para el Real Madrid, Kodro lanzó un golpe franco directo a la escuadra de Paco Buyo. Aquel día se vislumbró que Kodro era un delantero potente, con un físico para ganar el espacio y que, sobre todo, tenía un cañón en su pierna derecha. Cuatro temporadas y más de sesenta goles después, dejó San Sebastián para sumarse al último proyecto de la era Cruyff. En aquel Barça en descomposición no pudo superar la alargada sombra de Romario y terminó siendo traspasado a un Tenerife donde aún dio buenas pinceladas. Allí anotó su gol número cien en Primera División y abandonó la élite cuando se vio eclipsado por un joven delantero holandés llamado Roy Makaay.
Maradona pensaba que no existía una zurda como la suya hasta que conoció a Davor Suker. Suker llegó a Sevilla procedente del Dínamo de Zagreb y no tardó en convertirse en el ídolo de Nervión pasando por encima del propio Diego. Cuando el Dios de Villa Fiorito se marchó, Davor siguió allí, repartiendo caramelos con su pierna izquierda y haciendo magia en forma de controles maravillosos y goles extraordinarios. Clavaba las faltas en la escuadra y su toque milimétrico ponía en pie a un Sánchez Pizjuán que se llenaba de pañuelos blancos y vítores. Tal fue su trascendencia, que después de su último partido, como si de Curro en la Maestranza se tratase, bajaron al césped para sacarle a hombros. Después llegó el Madrid, la Copa de Europa y sus fotografías ilustrando portadas del papel couché, pero mucho más que un tipo sonriente junto a una famosa, Davor Suker fue pura magia y un lujo para la liga española.
martes, 28 de diciembre de 2021
Fracasos a la carta
Decir que Guardiola fracasa porque no gana la Champions es como decir que Indurain fue un fracasado porque jamás ganó el campeonato del mundo o que los Jazz de Malone fueron un bluff porque jamás ganaron el anillo. Y es que para conceptuar un análisis, primero hay que poner en boga las circunstancias y después saber analizar las consecuencias y lo cierto es que Guardiola ha jugado tres semifinales en Munich y una final en Manchester; un dato que no debe ser muy respetado por aquellos que piensan que una competición que solamente gana un equipo al año es la panacea del esforzado.
Durante años, hemos virado tantas veces la cabeza hacia la voluntad de los más grandes, que pensábamos que ganar la Champions no era cuestión de esforzarse más sino de tener a favor a los tipos tocados con una varita. Cuando vimos que Messi no ganaba sin su cuadrilla y que Cristiano era vulnerable fuera de su aldea de Asterix, nos dimos cuenta de la importancia de la mecha explosiva en un arsenal de bombas. El City, que durante un lustro ha jugado al fútbol mejor que nadie, se encontró en diversas ocasiones en la tesitura de saberse reconocer en los momentos en los que pudo haber sido contendiente preparado. El caso es que, más por inconsistencia que por mera voluntad, terminó cayendo en duelos a vida o muerte por culpa de un mal que afecta a todos aquellos equipos que se asoman a la élite por vez primera; el vértigo.
El PSG, que durante años ha tirado el dinero tras el proyecto definitivo, aún no ha sido capaz de asaltar el trono de la Champions y nadie llamó fracasado en su día a Ancelotti, Blanc, Emery, Touchel o Pochettino. Será porque en el fondo los eruditos saben que la tradición y el empaque juegan un papel importante a la hora de afrontar un reto de mayoría de edad. Hay equipos que, por más que se muestren fuertes y con aspecto de abusón, no dejan de ser niños sin más estructura que una buena fachada. Y es que no se le puede exigir una Champions a un equipo que no la ha ganado nunca porque al final del camino sólo se llega andando y nunca dando saltos de canguro.
Tanto el PSG, al que este año se exigirá un punto de más por el mero motivo de ver fracasar a Messi, como el Manchester City, dieron bandazos en su trayectoria hasta que consiguieron sobrepasar sus propios rubicones en una competición que no admite extraños a la primera. Primero alcanzaron unos cuartos, después jugaron su semifinal y, por fin, durante las dos últimas temporadas, lograron alcanzar la final después de haber quemado proyectos y reestablecido sus andamiajes. No ganaron, claro, porque rara vez un equipo gana a al primera esta competición, pero al menos sintieron cierta liberación personal al saber que podían llegar al final del camino cumpliendo con los límites de la exigencia. Ahora bien, a los onanistas de la exigencia superpuesta, no les vale llegar allí porque saben que mientras sus villanos no ganen ellos podrán seguir jugando a ser héroes, por lo cierto es que Messi es un tipo saciado y el Manchester City lleva un lustro ofreciendo los mejores minutos de juego de la temporada. Durante todo ese tiempo, ha ganado en tres ocasiones la liga más competida del mundo y va camino de hacerlo una cuarta vez, pero qué más dan todas sus virtudes si no es capaz de levantar cierta Copa, mientras no lo haga, para muchos, seguirá siendo el equipo de un entrenador fracasado.
viernes, 17 de diciembre de 2021
Clase a medida
Existen futbolistas, de cierta clase, que, una vez encuentran su lugar de acomodo, rinden por encima incluso de sus posibilidades, llegando incluso a verse atormentados una vez abandonan su hábitat y son capaces de cerciorarse que, lejos de su hogar, su fútbol se vuelve triste y, lo que es peor, previsible. En estas vicisitudes hemos encontrado casos como el de Aspas, Martial o Bernardeschi, tipos de geniales con camisetas de menor calado que, cuando han tenido que mostrar su clase en equipos de serias aspiraciones, no sólo se han dado un porrazo sino que han terminado por añorar el lugar de procedencia.
En estas vicisitudes vivió Santi Ezquerro durante la primera década del presente siglo. Devuelto al norte por las circunstancias de un Atlético de Madrid en proceso de descomposición, el otrora canterano de Osasuna, encontró en Bilbao no sólo su mejor fútbol sino su forma de ser. Componente imprescindible de aquel primer Athletic de Valverde que bordó tardes de ensueño, Ezquerro se complementaba perfectamente por Urzáiz porque habría espacios, encontraba lugares y alcanzaba el gol en muchas ocasiones.
Una de ellas fue un inolvidable y espectacular gol anotado al Villarreal en uno de esos trámites que vivía la Catedral cada dos semanas. El balón, llovido desde la derecha, llegó al borde del área donde Ezquerro llegó a contrapié. Acosado de cerca por un defensor y viendo que la prolongación hacia Urzáiz era más comprometedora que esperanzadora, se sacó de la manga un remate de tijera que acabó como un misil por la escuadra. Un gol de esos de pañuelos, puerta grande y recuerdo perenne. Un gol que definía a un futbolista de clase.
Una clase hecha a medida de un club. Un club singular que necesitaba jugadores como él, mezcla talento, mezcla sentido de pertenencia. Porque Ezquerro, superado por las expectativas, voló a Barcelona poco después y supo, pronto, que su lugar verdadero estaba cerca de casa. En un Barcelona plagado de estrellas, donde ganó dos ligas y una Champions, se convirtió en un futbolista residual, ni siquiera en un recurso. Y entonces supo que ningún título paga los aplausos de San Mamés el día en el que marcas el mejor gol de tu carrera.
jueves, 9 de diciembre de 2021
Un claro favorito
Al Atleti, que tiene equipo para afrontar el duelo y plantar cara a su máximo rival, se le están atragantando los duelos contra los equipos que meten una sexta marcha y ponen la intensidad por encima del juego. Víctima de una competición donde los árbitros ralentizan el ritmo y los equipos menores han de buscarse las castañas desde lo abrupto, cada vez que ha salido a pasear por Europa ha dejado al descubierto sus vergüenzas viéndose arrollado por todos los rivales a los que se ha enfrentado a pesar de haber consumado su enésimo milagro en la competición.
El Madrid, por su parte, sí ha sabido encontrar la velocidad de crucero necesaria para adquirir el punto de solvencia que precisan todos los equipos campeones para cumplir con sus objetivos. Perfectamente dirigidos desde el banquillo por un señor curtido en mil batallas, Ancelotti ha sabido conjugar paciencia y trabajo y está obteniendo frutos gracias al talento de sus futbolistas y a la solidaridad necesaria para saber aguantar las embestidas rivales cuando se enfrentan a grupos más compactos. Con un Courtois en estado de gracia y un Vinicius estelar, el equipo se acomoda al ritmo de Kroos y Modric y gobierna los partidos desde su propia condición. Saben que son el Madrid y saben que no hay nadie capaz de ganarles.
Es la seña de identidad de un equipo que ha hecho de competir su modus operandi y de ganar su estilo de vida. Por ello, desde la seguridad del trabajo y desde la excelencia del talento, van dando pasos de gigante al tiempo que observan a sus rivales caer por el precipicio de la exigencia. Durante años, sus estigmas se abrieron con la personalidad y el trabajo de dos tipos que llegaron desde Argentina para poner en duda su hegemonía. Messi desde el talento y Simeone desde la fe, dieron quebraderos de cabeza a un equipo que, pese a que el campeonato doméstico no haya tenido su mejor etapa, ha dominado en Europa gracias a sus recursos económicos y su potencial futbolístico.
Fuera Messi de la ecuación y con Simeone buscando el equipo perdido, el Madrid se presenta en el derbi del domingo como el claro favorito para la victoria. Porque si existe una premisa innegociable para cada entrenador es que su equipo se parezca de la manera más fiel a lo que ellos quieren que sea. El Madrid de Ancelotti es intenso, profundo y sometedor. Y el Atleti de Simeone, que debería ser una roca, un canto a la solidaridad y un rayo al contragolpe, no se parece en nada a lo que ha expuesto durante los últimos diez años, olvidando no sólo el juego sino también la fiabilidad defensiva. Así pues, cualquier apuesta que incluya una victoria del Atlético en feudo del Madrid, por más que intenten vender la burra los profetas de lo improbable, no es arriesgada sino arriesgadísima.