viernes, 6 de agosto de 2010

El sueño de una tarde de verano

Dijo Andy Warhol que todo el mundo debería tener sus quince minutos de fama a lo largo de la vida. Los hay tan famosos que, por pura repetición, terminan resultando agotadores, y los hay tan anóminos que, por excasa definición, terminan muriendo sin dejar un epitafio que recordar. Otros, los fugaces, por mera adhesión al paradigma de Warhol, irrumpen en escena con la fogosidad del ansioso y hacen mutis por el foro con el silencio de los olvidados.

Hubo un tipo que vivió en sus carnes los flashes del momento una soleada tarde de finales de agosto y cuyo recuerdo se fue esfumando a medida que iba pasando al ostracismo junto al aroma del pasado. De lo que pudo ser a lo que no fue medió solamente un partido, una titularidad, una convocatoria, un gol. No hubo nada más.

José Antonio Serrano Ramos debutó con la camiseta del Getafe el mismo día que el equipo hacía su primera aparción como club de la máxima categoría. Era el veintinueve de agosto de dos mil cuatro. El chaval acababa de cumplir veinte años y La Romareda de Zaragoza se había vestido de gala para recibir a su equipo en aquella primera jornada de liga. El conjunto maño ganó tres a uno y la gente regresó tan feliz a su casa. Los zaragocistas porque habían asistido a una holgada victoria de su equipo, los getafenses porque habían cumplido el sueño de ver a su equipo en lo más alto y José Antonio porque había inaugurado el marcador escribiendo una página de la historia donde se reflejará para siempre que suyo fue el primer gol del Getafe en Primera División.

Aquello es lo que fue. Lo que no pudo ser vino después. Tras cuatro temporadas respirando el polvo de campos de tierra y vistiendo la camiseta del filial, José Antonio se marchó al Toledo. De allí pasó al Colmenar Viejo con el que jugó media temporada antes de fichar por el Marbella. Media temporada después y a punto de cumplirse seis años de aquel gol que le convirtió en rey por un día, José Antonio llega al Navalcarnero con muchos sueños pendientes de cumplir y un bonito recuerdo para contar. Nunca será recordado por ser un famoso futbolista, pero será recordado para siempre por ser el autor de un famoso gol.


miércoles, 28 de julio de 2010

Los rescoldos del capitán

Después de una despedida siempre queda una lágrima amarga que no se quiere secar, siempre queda una deuda eterna que no se puede compensar, siempre queda un rescoldo tras la capa de ceniza gris que resulta casi imposible de apagar. Después de una despedida queda un pasado y se dibuja un recuerdo. En el pasado viven los hechos tal y como fueron, en el recuerdo viven los momentos tal y como los vivimos. El pasado de Raúl es admirable para todos, el recuerdo de Raúl sólo es verdaderamente admirable para unos pocos.

Si mentir es desdibujar la realidad, entonces no podríamos dormir con la conciencia tranquila si dijésemos que Raúl no ha sido el jugador más importante del Real Madrid durante los últimas cuatro décadas. Cuando el llegó, el equipo ya coleccionaba ligas como el crío que guarda sus canicas en su particular bote de conquistas, pero hacía casi treinta años que no alzaba la Copa de Europa, un trofeo que, durante varios años, creyó tener en legítima propiedad. Durante su estancia, el equipo siguió coleccionando ligas y levantó al cielo de Europa su copa más preciada en tres ocasiones. Si este dato invita a dudar podríamos añadir los doscientos veintiocho goles en liga y los sesenta y seis goles en Copa de Europa, los dos goles en tres finales de Champions, aquel gol en la Intercontinental ante Vasco o la cifra, aún no superada, de cuarenta y cuatro goles como internacional absoluto.

Datos. Si los datos contienen toda la verdad, entonces no podríamos negarnos a reconocer su grandeza. Pero más allá de los datos existe el espíritu y en Raúl no hemos podido reconocer simplemente a un goleador implacable y a un voraz coleccionista de títulos, si no que, además de ganador, ha sido líder. O quizá fue una cosa la que llevó a la otra y todo a la vez lo que le convirtió en leyenda.

Ahora, más allá de los datos, de los títulos y del espíritu ¿Qué queda? El recuerdo y la realidad. En el recuerdo queda la memoria de unos años innegables, de un siete imparable, de un inventor de goles, de un chico listo que sabía vivir dentro y fuera del área. En la realidad queda la crudeza de unos años a la sombra de las rentas, bajo el manto protector de la prensa y ofuscado pese al cariño incondicional de su prole más fiel.

Dijimos que mentir puede significar desdibujar la realidad. Bajo esta premisa podríamos volver a afirmar que Raúl ha sido el jugador más importante del Real Madrid durante los últimos cuarenta años y no encontraríamos muchos aficionados que nos rebatiesen. Pero, bajo esta premisa, decir que Raúl ha sido el jugador más importante de la historia del fútbol español, es dejarse llevar por el forofismo.

Quién sabe lo que hubiese sido el mejor Raúl dentro de este irrepetible grupo que forma la actual selección española. Es posible que hubiese vivido feliz con los centros de Xavi, que hubiese dibujado desmarques para Iniesta y que hubiese fusilado a los porteros en más ocasiones de Villa. Es posible. Pero eso sería jugar al fútbol ficción. La realidad dice que desde que él se fue el grupo creció, que desde que él no está el grupo deslumbró, que desde que él dejó de ser convocado el equipo empezó a jugar como los ángeles y a ganar como los auténticos campeones. Eso también es un dato, y los datos contienen toda la verdad.

jueves, 22 de julio de 2010

El jugador que mandó a Junior a la izquierda

Cuando se habla de Junior con los seguidores del Flamengo, es más que posible que observen como más de uno se pone en pie como símbolo reverencial. Hablar de Leovigildo Lins de Gama es hablar del jugador que más veces ha vestido la camiseta rojinegra, es hablar del maravilloso lateral que asombró al mundo en el ochenta y dos, es hablar de uno de los mejores laterales izquierdos de la historia del fútbol. Lo que pocos saben es que Junior era diestro y lo que casi ya nadie recuerda es que la culpa de aquel cambio de ubicación la tuvo un chico de piernas arqueadas y andares cómicos que respondía al nombre de José Leandro De Souza Ferreira y que, para los aficionados que abarrotaban Maracaná cada domingo de partido, era simplemente Leandro. El ídolo.

Muchos aficionados, los que aún retienen en la memoria el asombro palpitante de aquella selección brasileña que bailó la samba en el verano español de 1982, recordarán a Leandro como aquel lateral vestido de amarillo que ocupaba todo el costado derecho, subiendo y bajando, atacando y defendiendo, regateando y regalando, ganando con autoridad y perdiendo con belleza.

Pudo haber tenido una carrera memorable, autoritaria, casi inigualable, pero siempre fue víctima de sus rodillas antes que de las derrotas. Arrastrando una artritis crónica desde que cumplió veinticuatro años, en 1985, seis años después de debutar como símbolo del Flamengo, hubo de reconvertirse a defensa central, ya no era aquel tipo fuerte de sus primeros años, ya no podía correr sin parar, pero podía seguir dando clases magistrales y como comandante de la zaga, guió al Flamengo al campeonato carioca de 1987. Fue casi la penúltima reseña de un tipo nacido para la gloria y que hubo de conformarse con quedarse sin conocer el final del camino.

Los que le vieron, o quizá los que más le adoraron, afirman que durante sus primeros años se había convertido en el mejor lateral derecho que había dado la historia de Brasil. Las palabras no serían tan mayores si no hablásemos del país que parió a Djalma Santos, a Carlos Alberto y que, más adelante, hubo de aplaudir la arrebatadora carrera de Cafú. De lo que no cabe duda, es que fue, y sigue siendo, el mejor lateral derecho en la historia del Flamengo, equipo del que formó parte cuando, a principios de los ochenta, y comandados por el genial Zico, lograron ganar todos los títulos posibles a nivel de clubes. Se puede decir que Leandro formó parte, durante un lustro, del mejor equipo de América y prácticamente del mundo.

Y aquello no fue, más allá de un camino hacia la gloria, si no un sueño cumplido. Desde su humilde residencia de Cabo Frío, Leandro acudía cada semana a Maracaná, acompañando a su padre, para disfrutar de los partidos del Flamengo. Los triunfos pues, se saborean mucho más, cuando se logran en el club que has aprendido a amar desde pequeño. Y fue aquel hincha del club, el joven José Leandro, quien, cuando hubo cumplido treinta y un años y cansado de arrastrar sus rodillas acuciado por el dolor, puso en pie a Maracaná el día que dijo adiós al mundo del fútbol vestido con sus colores de siempre. Habían pasado once años desde que llegó, había sido en 1979 y se había colado como titular en equipo casi invencible. Y se despedía en 1990, como un anciano de treinta años, leyenda de un equipo que se había forjado como inolvidable. Después de vestir durante cuatrocientas once ocasiones la camiseta del Flamengo y durante veintisiete la camiseta de Brasil, se marchó un lateral inolvidable que cedió los trastos a otro tipo inolvidable. Tras Leandro llegó Jorginho, el lateral que revolucionó al mundo con su velocidad. Fue un cambio de cromos, el de un genio por otro. La diferencia entre ambos es que Jorginho abandonó la nave en cuanto se dejó seducir por el poder de los marcos alemanes, solamente Leandro fue One Club Man, el único en la larga historia del Flamengo.

lunes, 12 de julio de 2010

En la cima de los sueños

Nada puede superar las expectativas generadas cuando alguien es solamente un niño. Es en esa época cuando la ilusión, la esperanza, los momentos y los ídolos se convierten en legendarios mitos dorados a los que aprendemos a adorar gracias al exagerado ejercicio al que sometemos a nuestra memoria. Es entonces cuando se aprende a soñar, cuando se quiere aprender a vivir y cuando la risa, por espontánea e inocente, le sabe mucho mejor a quienes nos rodean.
Cuando yo era sólo un niño vi una procesión de cabezas caídas remontando las avenidas de mi barrio. El mundial, algo que yo veía como un espectáculo colorido en el que se practicaba un juego de once contra once y al final ganaba Italia, se jugaba en casa. Hubo quienes quisieron creer que por tener condición de anfitriones íbamos a ser capaces de ponernos el mundo por montera y ligar pases de faena memorable. No fue así, y más que cortar oreja nos cortaron las alas y regresaron los toreros a la enfermería con una cornada en el orgullo de trayectoria casi mortal.
Decían que era nuestro destino. Los mayores, mientras apagaban las colillas de sus cigarros con la punta del zapato, hablaban de un tal Cardeñosa, del espíritu de un tal Pirri y de lo fácil que nos resultaba perder. No debía ser tan feo aquello de perder porque jamás les vi llorar, simplemente resignarse.
Aprendimos a vivir asombrados por las mejores leyendas de nuestro fútbol. En ellas era el Real Madrid quien aparecía siempre por delante de los demás, alguna vez nos contaban alguna victoria del Barça o nos relataban aquella hermosa derrota del Atleti a manos de unos alemanes que, como Atila, no hacían crecer la hierba allá por donde pasaban.
Alemanes, italianos, brasileños. Supimos enseguida que aquello de los mundiales era propiedad privada de un puñado de elegidos. Salvo genios como Maradona o Zidane, ningún otro fue capaz de meterse en mitad del club de los privilegiados. Aquella copa quedaba lejos y nosotros seguíamos jugando a ser campeones en un descampado o en interminables partidos de chapas. Los mayores no dejaban de pronunciar la palabra "cojones" y los que ya habíamos aprendido a distinguir los vocablos prohibidos dentro del diccionario popular no éramos capaces de asociar los atributos masculinos a un deporte que giraba en torno a un balón.
Quizá era algo parecido a lo que mostraron aquellos alemanes que nos aburrieron en el noventa o a lo que jugaron los brasileños que nos dejaron fríos como témpanos de hielo en el noventa y cuatro. Yo, que ya había aprendido a ser un romántico sin remedio, seguía prefiriendo el fútbol a aquello que llamaban "cojones". Por algo me había quedado prendado de la Francia de Platiní y de la Brasil de Zico en aquel verano español del ochenta y dos. Por algo seguí soñando con que algún equipo consiguiese alzar la copa del mundo jugando al fútbol como lo hacían aquellos tipos vestidos de amarillo; bailando la samba, moviendo el balón, ganando con una sonrisa en los labios.
Porque nada puede superar las expectativas generadas cuando eres solo un niño, porque hemos ganado como lo hacía la brasil de antes de los dungas, porque hemos despreciado los cojones para agarrarnos al fútbol, porque ya no nos resignamos a perder si no que nos convencemos de ganar. Porque somos los campeones del mundo, permitidme seguir llorando. Alegrías como esta, orgullos semejantes solamente erizan la piel una vez en la vida. Nosotros estamos en ese momento. Somos los reyes del mundo. Somos un sueño alcanzado. Somos el fútbol. Somos España.

lunes, 3 de mayo de 2010

El canto del cisne

Existía una vieja leyenda, aclamada por los románticos como un símbolo explicativo de la belleza que para ellos representaba la maldición del fracaso, que decía que el cisne cantaba una sola vez en su vida y lo hacía en el instante exacto que antecedía a su muerte. En realidad, el cisne no canta nunca si no que emite un ligero ronquido, realmente no lo hace ni a la hora de morir, pero aquel detalle mitificado quedó para siempre como frase organizativa de una verdad disfrazada; se decía que la última gran obra de un maestro de las artes debía ser definida como su “canto del cisne”. A raíz de él, la caída hacia los infiernos no haría más que engrandecer su leyenda y subrayar la bella trama de su maldición. Jamás volverían a ser lo que fueron.

El fútbol, como buen arte que se precie, también tiene sus artistas y, por ende, también tiene sus momentos para la adoración, sus leyendas y sus cantos de cisne particulares. Si la poesía tuvo a sus malditos, no se puede negar que el fútbol, y sobre todo la palabrería que lo encubre, está dispuesto a crear los suyos propios y es ahí donde aparecen leyendas de pupas, equipos que son así y cantos de cisne personales, como el que atribuyen al Atlético de Madrid en aquella soleada tarde de abril de 1975.

Sucedió aquel año que el Bayern Munich alegó incompatibilidad de fechas para no asistir a su duelo contra Independiente en la Copa Intercontinental, sucedió que el invitado para disputar el torneo fue el Atlético de Madrid y sucedió que en una temporada difícil, los rojiblancos aparcaron la liga para embarcarse en un viaje que terminaría por cambiar su historia.

El Atleti disputó un aburrido partido bajo las gradas de una abarrotada “doble visera” que terminó perdiendo por uno a cero después de ver como Balbuena anotaba un gol casi a la desesperada. El resultado, por corto e incierto, levantó el ánimo de una hinchada que no deseaba dejar de tocar el cielo con las manos y que abarrotó las gradas del Vicente Calderón para clamar a favor de su equipo. Era el día doce de abril de 1975 e Irureta no tardó en empatar la final con un cabezazo casi imposible llegando desde atrás. La ilusión se vistió de fiesta en el momento de besar la red un gol de Ayala y la fiesta se convirtió en leyenda cuando Adelardo levantó al cielo de Madrid la Copa que convertía al Atleti, durante una noche, en el mejor equipo del mundo.

El valor de aquella Intercontinental lo midió el tiempo. En aquellos años, los aficionados atléticos se habían ganado el derecho a soñar con todo y, según fue pasando el tiempo, se vieron obligados a conformarse con cada vez menos. Tras aquella remontada, tras aquella tarde de abril, ambos contendientes comenzaron a vivir más del pasado que del presente, y si bien Independiente aún vivió algunos años agarrado a la magia de Bochini, para el Atlético siguieron años en los que siguió siendo grande pero se fue haciendo más pequeño.

El Atlético cumplió su misión en parte por contar con una plantilla plagada de jugadores talentosos y comprometidos y en parte por tener sentado en el banquillo a un principiante que terminaría convirtiéndose en leyenda. Apenas unos meses antes, Luis, el interior derecho, había colgado en el vestuario las botas de jugador para ponerse el chándal de entrenador y convertirse en Luis Aragonés, el mister.

El mister que habló con sus jugadores, muchos de ellos compañeros, muchos de ellos amigos, y que les recordó lo grande que era aquel equipo. Volvía el Atlético de Luis, el de Gárate, el de Irureta, el del incansable Adelardo, el de las alineaciones de carrerilla. Aquel que un día fue el mejor equipo del mundo, el que durante unos meses llevó la etiqueta colgada del cuello y la paseó con orgullo por todos los campos de España; un Atlético de plata y oro, un Atlético intercontinental.

Dijo Goya, en plena ebullición hacia la locura, que el sueño de la razón produce monstruos. El transcurso de los años y el dolor de los fracasos han provocado más palabras que hechos en el entorno del Atlético de Madrid. Como el olvido es mucho más proclive a la mentira que los hechos tangibles, ha sido la ausencia de estos últimos la que ha colocado al Atleti un peldaño más abajo de sus pretensiones. Sus sueños, cada vez más grandes cuando el equipo se hacía más pequeño, produjeron monstruos muy difíciles de espantar. Primero fue el Pupas, después fue el victimismo arbitral, después fue el Infierno y más tarde la duda; “Papá ¿Por qué somos del Atleti?”. Conviene recordar, ahora que la gloria vuelve a estar tan cercana como lo estuvo antaño, que hubo una vez que cantó el cisne y la gente pensó que aquello era un certificado de defunción. El Atleti está vivo y de confirmarlo se han encargado los gritos nacidos desde lo más profundo del alma. Ahora, un enfermo no se cura con arrebatos de orgullo si no con medicina y cuidados. Los monstruos del equipo siguen vivos, eliminarlos de una vez por todas dependerá de una cuestión trascendental; “¿Seguimos creciendo o nos conformamos?”

Estas dos finales, como aquella del 75, bien pueden significar una redención o bien pueden convertirse un nuevo canto del cisne.

lunes, 19 de abril de 2010

La partitura del señor Hernández

Dice la muy manida Wikipedia que un director de orquesta es "quien se encarga, en un contexto orquestal de coordinar los distinto instrumentos que la componen". En un ejercicio de extrapolación del concepto hacia el fútbol, podríamos redifinir instrumentos como jugadores, convertidos en piezas o músicos con su distinto instrumento, y director como aquel que utiliza el balón como batuta y se encarga de lograr que la partitura suene a música celestial. Si buscamos, de manera más concreta, un director de orquesta en la sinfónica más armoniosa de todas, no podríamos dejar de mencionar a Xavi Hernández, el auténtico cerebro del mejor equipo que vieron las últimas décadas, el auténtico gurú de una generación que ha galopado sujeto a sus riendas, de un equipo campeón que devora ciclos triunfantes como quien se ve agasajado por el éxito de su inspiración, de una selección española que comenzó a bailar al son de una partitura ejemplar, la misma que empezó a tocar, años atrás, a quien señalaron con el dedo para después subir a los altares.

Y es que la de Xavi es la historia de un tipo que no siempre tuvo el elogio cargado en la espalda. Hubo un inicio, cuando el chaval llegó con una maleta de ilusiones y le dijeron que debía ocupar el puesto de Pep Guardiola, en el que le convirtieron en cabeza de turco de los esperpentos de su club. Eran años en los que el Gasparismo devoraba proyectos, el barcelonismo devoraba uñas y en las portadas se devoraba a todo ser viviente que vistiese de azulgrana. En foros, tertulias y debates se decía que el chico no tenía carácter, que solamente servía para los bailes de salón y que en la guerra se difuminaba como un azucarillo en el café. Lo que ellos no sabían es que el fútbol no se vende con la palabra si no con los pies y, sobre todo, que todo el fútbol y la resurrección del equipo seguía estando en la cabeza del maestro Hernández.

Bastó un giro de tuerca, un cambio de concepto, media docena de fichajes competentes y, sobre todo, un cambio de posición, para que Xavi pudiese despegar todo el fútbol que llevaba dentro. Desde entonces, Xavi ya no hubo de ser Guardiola si no Xavi, simplemente él, simplemente el fútbol. Resguardado por un sistema que le favorecía a la perfección, el de Tarrasa se convirtió en el mito que tanto tiempo llevaba esperando el Camp Nou. De sus pies salió la mejor partitura, de su forma de jugar se fraguó la mejor orquesta y de su capacidad de liderazgo, desde el más discreto de los silencios, se compuso la mejor pieza musical que pudo crear el fútbol. Armonía, compás, tempo y estilo. Elaboración, desmarque, pase al hueco y gol. Así es el Barça, así es España, así es Xavi Hernández.

miércoles, 7 de abril de 2010

Holanda 2005

Cuando asistimos a la explosión esplendorosa de un futbolista, no podemos evitar llevar a cabo ese fausto ejercicio que supone el volver la vista atrás. Nos gusta encontrar los orígenes, el momento del big bang particular, el excelso instante en que el niño apunta a convertirse en leyenda.

Si de Messi hablamos, los que no teníamos la oportunidad de conocerle más allá de oídas, pudimos descubrirlo en aquel mundial juvenil celebrado en holanda en el año 2005. Aquella era una Argentina que apuntaba maneras, que, igual que otras, se perdía en detalles pero que a diferencia del resto de equipos se cuajó a base de concreciones. Allí estaban Ustari, Zabaleta, Garay, Cardozo, Gago, Agüero y, por encima de todos, Lio Messi.

Lo del chico comenzó a ser serio una vez su seleccionador se vio obligado a echar mano de su mejor carta. Tras ser suplente en la primera derrota de Argentina en el torneo, Messi tomó el mando y dejó bien claro que los que hablaban de él como una futura estrella no se equivocaban. Fue el despegue de un tipo que había asomado tímidamente al primer equipo del Barça de la mano de Rijkaard y que una vez regresó de Holanda con el campeonato mundial juvenil en el bolsillo no dejaría jamás de asombrar a la gente.

Lo hizo entonces, lo hizo ayer, lo seguirá haciendo. Siempre hay un primer momento, lo realmente hermoso es no adivinar jamás cuando será el último.


lunes, 29 de marzo de 2010

Reivindicaciones de "Premier" nivel

Al Dios del fútbol le gusta bendecir el pie de sus elegidos. Solamente así se explica que tipos que se ven obligados a representar una y otra vez la función para ser debidamente reconocidos, ofrezcan de vez en cuando y en ocasiones muy a menudo, actos de obra épica con los que pasan, por derecho propio, a la memoria legendaria de aquel glotón tan selectivo que es el aficionado.

El sábado, cuando algunos aún rendían cuentas por los tropiezos más recientes y los más maquiavélicos echaban cálculos esperando que fuese la tarde del derrumbe definitivo del Chelsea de Ancelotti, el capitán Frank Lampard tomó el timón y gritó al mundo hasta en cuatro ocasiones que la derrota no es algo que se regala sino que se vende y en ocasiones a un precio muy caro. Midió el sudor y derrochó el alma para aniquilar a uno de esos equipos que, por vivir en el limbo de la grandeza, siempre tienen patente de confianza. El Villa llegó a Stamford Bridge con la lección del City bien aprendida y se marchó como un siete en el recuerdo después de probar la furia de un tipo que jamás jugó para perder.



Y el domingo, cuando algunos comenzaban a afilar sus uñas para hincar la carne y arrojar la sangre del Liverpool, Fernando Torres controló un balón junto a la línea de cal que delimitaba el flanco izquierdo del ataque de su equipo, avanzó con la mirada puesta en un único objetivo y alcanzó el lateral del área con un particular hilo de sangre reflejado en cada uno de sus ojos. Del golpeo, el vuelo del balón y el golazo hay poco que explicar y mucho que aplaudir. Fue la enésima redención de un tipo que se ve obligado a reinventarse en cada partido, un niño que se hizo hombre a la sombra de un estadio que le adora, un delantero que debe vivir a diario con mil estigmas y que cada vez que salta al campo es para demostrarle al mundo que quien quiera seguir haciendo esas listas de los mejores delanteros del mundo, debe seguir contando con él.

martes, 23 de marzo de 2010

Balones de oro: Stanley Matthews

La historia está escrita por tipos que marcaron a fuego su propio ego, por hombres que sacudieron los cimientos de lo establecido y, en algunos casos, por bellos perdedores que ganaron la sonrisa de los presentes gracias al noble latido de su corazón.

La de Stanley Matthews es la historia de un tipo que nació para hacer ruido y que se conformó con ser amado por un puñado de fieles. Cuando el tiempo hizo justicia a sus actos, terminó siendo depositado en el altar de los dioses y desde allí fue viendo como su leyenda se iba haciendo grande a medida que los padres les contaban a sus hijos el día que habían visto jugar al mejor wing derecho de la historia del fútbol inglés.

Matthews, que nació siendo humilde y murió siendo el mismo niño que soñaba con patear un balón, debutó a los dieciocho años con la camiseta del Stoke City y ese mismo año fue llamado para jugar con la selección absoluta inglesa. A nadie se le escaparon las maneras de gran futbolista de aquel muchacho de ojos vivos que encaraba a los defensas con el descaro de quien roba pan en las mismas narices del panadero. Tomaba la pelota, como aquel otro podría haber tomado un mendrugo recién salido del horno, y desfilaba sorteando las trampas que le ponían en forma de pierna en alto. Imparable. Solamente la Guerra Mundial fue capaz de apartarle del fútbol durante unos años. Seis años en los que hubo de servir como preparador físico en las filas de la Royal Air Force.

Pero regresó con la fuerza de quien sabe que ha dejado muchas jugadas guardadas en el tintero. Matthews jugó en la liga inglesa hasta los cincuenta y un años, completando un total de treinta y cuatro temporadas en activo antes de retirarse a Malta donde completó cuatro años más en una liga de bajo nivel hasta tomar la definitiva decisión de colgar las botas. Tenía entonces cincuenta y cinco años y muchas muescas marcadas en sus espinillas. Golpes de cuero y palabra, momentos vividos y otros pendientes que le situaron en muchas ocasiones en el cajón de los momentos que pudieron haber sido.

Con la selección inglesa disputó los mundiales de 1950 y 1954. En el primero, tras un largo viaje a Brasil, el seleccionador le hizo jugar un único partido. Fue aquel que quedó para siempre tan grabado en la memoria del aficionado español pues con aquella victoria por un gol a cero, España lograba la que ha sido, hasta hoy, su mejor clasificación en la historia de los mundiales.

En Suiza, la cosa no fue mucho mejor e Inglaterra regresó a casa mucho antes de lo esperado. Fueron duros golpes para un equipo que, durante muchos años, se creyó en potestad de una supremacía que realmente nunca demostró. Eran las cosas de creerse invencibles por el simple hecho de haber sido los inventores del juego. Matthews hubo de sortear las críticas de la misma manera que había sorteado a los jugadores rivales y regresar a los campos de su patria para volver a escribir nuevos renglones de ensueño.

Como si de una llamada del destino se hubiese tratado, Stanley Matthews falleció en febrero del año 2000 en vísperas de un partido grande. Era uno de aquellos amistosos que tanta fama le habían dado en su tiempo y que con los años se habían convertido en aperitivos sin tela que cortar. Inglaterra esperaba a Argentina en un Wembley que se preveía repleto y que, con el corazón compungido, hubo de guardar minuto de silencio cuando supo la noticia de la muerte de uno de sus mayores héroes. Con él se iban muchas tardes de espectáculo y el aroma de mil carreras pegado a la línea de cal. Con él se iba un pedazo de la historia del fútbol y nacía la leyenda de un ser inmortal.

A los treinta y un años, una edad que para la mayoría de futbolistas indica el umbral previo a la retirada, ficha por el Blackpool y será allí, algo más alejado de su casa, donde viva sus mejores tardes como futbolista. Tardes como aquella final de copa de 1953 que terminó por inmortalizarle y le consagró para siempre como futbolista. Tal fue su calado entre la sociedad inglesa que poco después de su retirada, la reina Isabel le nombró “Sir”, siendo el primer futbolista que lo conseguía.

Y es que mientras duró su carrera como futbolista, Matthews, que nunca logró los grandes éxitos que laurearon a la mayoría de sus rivales por el trono del fútbol inglés, fue uno de los tipos más queridos del país. Tan limpio y honesto era su juego que pudo retirarse con el orgullo de no haber sido jamás expulsado en sus treinta y cuatro años de carrera profesional. Y eso que jugó mucho desde que firmó aquel primero contrato por una libra semanal hasta que se retiró en loor de multitudes tras enfundarse la camiseta de su país por última vez para enfrentarse a un combinado del resto del mundo. Aquella tarde en Wembley, el mejor escenario posible, los mejores jugadores del momento encabezados por Di Stéfano, Puskas y Kubala, quisieron estar allí para disputarle sus últimos balones al mejor wing derecho que habían visto jamás.

Fue la tarde en la que Inglaterra lloró el adiós del hijo del barbero Jack Matthews. Allí, en el campo de sus mejores sueños internacionales, y rodeado de los mejores, recordó aquellos consejos que su padre, boxeador por afición y barbero por obligación, le había tras cada traspié; “Nunca esperes nada, nunca des nada por sentado, de esta forma nunca sufrirás una gran decepción”. Nunca esperó grandes cosas y sin embargo consiguió embaucar a millones de corazones, nunca ganó grandes torneos y sin embargo se retiró con la vitola de jugador irrepetible.

De hecho, solamente ganó un título importante a lo largo de su carrera y fue la final de la Copa Inglesa de 1953 vistiendo la camiseta del Blackpool. La de aquel año era la cuarta final que Matthews alcanzaba como futbolista y la primera y única que ganaría. Y eso que no se pusieron fáciles las cosas. En el intermedio del partido, el marcador reflejaba un cómodo tres a uno para el Bolton. Recortó el Blackpool y el partido languideció con el tres a dos hasta que apareció Matthews en dos minutos fulgurantes. Fue el tiempo que le bastó para ganar en dos ocasiones la línea de fondo y regalar dos goles al delantero Mortensen. Lo que a cinco minutos para el final parecía una quimera se había hecho realidad con el pitido final; el Blackpool era campeón y Matthews abandonaba el estadio en hombros entre vítores de gran héroe. Pasaron las horas, salieron los periódicos y aquella final quedó bautizada para siempre como “la final de Matthews”.

Aquella fue una de esas tardes en las que Matthews tuvo el placer de poder replicar a sus críticos. Estos, más empeñados en la crueldad que en la emotividad, achacaban al extremo que solamente era capaz de hacer una jugada “¿Para qué más?” Pensaría él. Aquella jugada le había convertido en inmortal. Era su jugada aquel famoso quiebro conocido como “The Move” en la que tras un amago hacia el interior salía disparado hacia afuera buscando la línea de fondo. Simple, sí, pero imparable también.

Recién cumplidos los cuarenta y ocho años y cuando el fútbol ya lo adoraba como un Dios menor, Matthews decidió regresar a casa y volver a vestir la camiseta rojiblanca del Stoke City. Allí, en el Britannia Stadium, en el mismo lugar donde hoy reposan sus cenizas, dio sus últimas lecciones. Llegó a un equipo agobiado por las urgencias que se hundía en la tabla de la segunda división y no solamente consiguió sacarle del hoyo del descenso si no que lo enchufó de tal manera que lo puso de nuevo en la élite. Y allí, en la primera división inglesa y vistiendo la camiseta del Stoke, jugó sus últimos partidos como profesional antes de dar un último salto a un lugar más exótico, presto a disfrutar el descanso del guerrero.

Dejó miles de partidos y cientos de rumores. Uno de ellos le situaba en el centro de una conspiración por culpa de los celos. Cuentan que los capitanes del seleccionado inglés, más acostumbrados al éxito de lo que había estado Matthews, recelaban del éxito de un tipo que era tan perdedor como buen futbolista. Ellos ganaban, levantaban trofeos y caminaban con el pecho erguido y, sin embargo, su Inglaterra era la Inglaterra de Matthews. Un tipo silencioso que se marchó de casa para triunfar y ganó el corazón de miles de aficionados. Sobre todo los del Stoke, durante un tiempo mal acostumbrados a su fidelidad y dispuestos a convertirlo en patrimonio exclusivo de su club, tanto que hubo de acudir a las fuerzas del orden para contenerlos del día que se firmó su pase al Blackpool. Cientos de hinchas se habían reunido en la sede del Stoke para bloquear las puertas e impedir así la marcha de su ídolo. Era una batalla perdida. Matthews se marchó para hacerse inmortal y regresó para convertirse en leyenda. El pequeño aprendiz de barbero que había llegado un día con pinta de niño desnutrido se marchaba como un hombre capaz de levantar millones de corazones. Todo el mundo le llamaba “Sir Wing”, era el caballero de la banda, un extremo incomparable, un futbolista inolvidable.

Stanley Matthews nació en febrero de 1915 y falleció en el mismo mes del año 2000 a los ochenta y cinco años de edad. Jugó un total de mil cuatrocientos veintidós partidos repartidos entre el Stoke City, el Blackpool y la selección inglesa con la que llegó a ser cincuenta y seis veces internacional en veintidós años. Sus números, más dados a la admiración que al vacío, pese a la ausencia de grandes títulos, y su carisma, le valieron para ser condecorado como el primer mejor futbolista europeo por la revista France Football. Él fue el primer balón de oro. Era una época en la que el personaje contaba más que el futbolista y por ello se llevó el galardón pese a que había tipos como Alfredo Di Stéfano o Raymond Kopa con mucho más caché que él. Fue una gran apertura para un gran premio, un detalle inolvidable.

Esta es la historia de un bello perdedor que ganó la sonrisa de la gente gracias al noble latido de su corazón, la leyenda de un romántico que prefirió la derrota a la tristeza, que impuso la pasión a la grandeza y que sobrevivió entre un bosque de piernas que jamás pudo contenerle. La vida de un tipo que jugó al fútbol por placer y en cuyas botas vivió el mérito de mantenerse alerta durante más de tres décadas. Un tipo irrepetible, un hombre admirado y un futbolista legendario. El primer balón de oro, el aroma de una carrera imparable que siempre recorrerá la línea de cal en el recuerdo de los viejos aficionados ingleses.

jueves, 4 de marzo de 2010

Debí volverme demasiado exigente

Conste que a mí esto de los amistosos a mitad de temporada no me hacen demasiado tilín. Cuando uno cumple ya una edad y se cansa de ver partidos si nada en juego, pierde un poco el interés por aquello que, durante mucho tiempo fue el centro de todos sus sueños. Si de pequeño soñaba con ver a Platini, a Maradona o a Van Basten jugar contra España cada vez que esta organizaba amistosos de medio pelo, ahora no soy más que un ser poco creyente de las mentiras que se cuentan cada vez que se gana un bolo de este calibre. Lo de ayer, más allá de la superioridad que quizá no hacía falta ni que nos vendiesen, no fue más que una esquirla más en nuestra inmaculada trayectoria de partidos para la estadística porque cuando yo quiero ganar a Francia es en una competición de verdad.

Yo fui uno de esos imberbes que creció con el gol de Platini en el ochenta y cuatro, con el baile de Zidane en el dos mil y con la superioridad física de Vieira y Makelele en el dos mil seis. En ninguno de aquellos partidos Francia nos regaló ningún baile, ni ningún motivo para el "olé", pero nos ganó. Y muchos de aquellos partidos vinieron precedidos por victorias amistosas como las de anoche, que supusieron motivos para creer y atajos para desilusionarse. Cierto es que jugamos como nunca y cierto es que nos temen en el mundo, pero lo de anoche no debe servir para llenar portadas si no para seguir trabajando.

He debido volverme demasido exigente porque he visto a la roja jugar mejores partidos del que jugó anoche. Si bien es cierto que el equipo manejó el tiempo y el marcador casi a su antojo, no es quitar mérito a lo logrado si apuntamos que las imperfecciones fueron de ese calibre tan peligroso que es capaz de provocar el suicidio deportivo en partidos de la máxima exigencia. Los mediocampistas centrales, más ocupados en el pase definitivo que en la contención, perdieron más balones de los permitidos y los perdieron, sobre todo, en zonas en las que un equipo de alto nivel puede verse en la opción de montar una contra mortal. Si ayer nuestros centrales estuvieron impecables al rescate es algo que se debe aplaudir pero a lo que no nos debemos acostumbrar pues fiar las opciones a buen día en defensa es como intentar nadar hacia otra orilla con un saco de plomo en la espalda, puede conseguirse, pero el riesgo de ahogarse es enorme.

Debe ser que me he acostumbrado tanto a las jugadas fulgurantes de primer toque, a la elaboración técnica de primer nivel y a la efectividad barroca de nuestros hombres de ataque, que cuando veo al equipo ganar con dos goles evitables, me siento hambriento de mucho más. Cierto que es que era Francia, cierto es que era Saint Dennis y cierto es que llevábamos cuarenta y dos años sin ganar allí, pero permitidme decir que lo de ayer fue simplemente bueno, en nuestra línea, pero para nada extraordinario.

Y sirva mi insatisfacción como película de esa prudencia que habitualmente utilizo como escudo ante el miedo al fracaso. En los partidos de máxima exigencia no sirven los pasecitos que conducen al elogio, sirve el fútbol y sirve la máxima concentración. En el último mundial, contra estos mismos que ayer vestían de blanco, Xabi Alonso perdió un balón en el medio campo y no estuvo Puyol para rescatarle del naufragio. En los mundiales, tipos como Ribery son aún mejores porque en cada acción llevan la mirada de miles de millones de espectadores. Cierto que los nuestros también son muy buenos y que España sigue siendo España, pero mucho mejor ser como en Viena que ser como en París. Aunque la historia señale el día de ayer como aquel en el que los franceses nos despidieron como a toreros.