Se acaba el año y, como en tantas y tantas ocasiones, toca ese crucial, cara a la galería, ejercicio de rememorar todo aquello que nos puso el corazón en pie. Bien fuese por mal o por bien, siempre hay momentos que nuestra memoria gusta de seleccionar con el fin de colocarlos en el lugar más apropiado de la libreta de nuestros recuerdos. Basta con buscar la página y encontrar el momento.miércoles, 24 de noviembre de 2010
La recompensa al sufrimiento
Se acaba el año y, como en tantas y tantas ocasiones, toca ese crucial, cara a la galería, ejercicio de rememorar todo aquello que nos puso el corazón en pie. Bien fuese por mal o por bien, siempre hay momentos que nuestra memoria gusta de seleccionar con el fin de colocarlos en el lugar más apropiado de la libreta de nuestros recuerdos. Basta con buscar la página y encontrar el momento.miércoles, 17 de noviembre de 2010
El cabezazo que impidió un record
Si hubo un equipo francés que algún día fue grande de verdad, este fue el Olympique de Marsella del primer lustro de la década de los noventa. En aquellos años alcanzó dos finales de la Copa de Europa con distinta suerte; en la primera, se estrellaron en la tanda de penaltis ante el Estrella Roja del deslumbrante Prosinecki y en la segunda tocaron el cielo después de superar al imponente Milan de Fabio Capello.viernes, 12 de noviembre de 2010
Una copa prostituída
Recitaba el gran poeta del Siglo de Oro, Don Francisco de Quevedo, aquel estribillo que se estableció en el vocabulario popular y que rezaba aquello de "poderoso caballero es don dinero". "Madre, yo al oro me humillo...", "Grandes clubes de nuestro fútbol, vuestros deseos sean órdenes". Aquello es lo que cantaba el poeta y esto es lo que parecen decir los dirigentes de una Federación que han dejado que una de las competiciones más antiguas y bonitas del mundo caiga en la deshonra.viernes, 5 de noviembre de 2010
El vulgo entre la nobleza
Situada en la región de Sandwell, la ciudad de West Bromwich se convirtió en uno de los puntos álgidos durante la segunda revolución industrial. Allí la ingeniería y la química tienen un lugar prioritario como motor económico y sus ciento cuarenta mil habitantes pueden volver a soñar con aquellos felices años veinte en los que el equipo consiguió el que, a día de hoy, es su único título de liga. El equipo, que ya ha derribado la puerta del Emirates Stadium y de Old Trafford, marcha en sexta posición, a diez puntos del imparable Chelsea e igualado a puntos con el incipiente Tottenham Hotspur. Allí jugaron tipos como Cunningham, Zoltan Gera o el aclamado Brian Robson y allí patea hoy la pelota nuestro paisano Pablo Ibáñez que, al igual que el equipo, intenta regresar al lugar donde una vez estuvo.
En realidad su aporte al campeonato no es novedad sorpresiva puesto que el Villarreal lleva jugando, para bien, con la felicidad de sus aficionados durante varias temporadas. Situado en plena zona de La Plana Levantina, el municipio de Villarreal, de apenas cincuenta mil habitantes, se situó en el primer plano de la pirámide económica del país gracias a su colosal industria azulejera. En unos años en los que la crisis económica se ha llevado por delante miles de sueños y de empleos, a los habitantes del municipio aún les queda la esperanza de pedirle a San Pascual Bailón por un puñado de alegrías convertidas en goles. El equipo, sujetado por la maravillosa conexión formada por Cazorla, Rossi y Nilmar, está situado en la tercera posición de la tabla, a dos puntos del brillante Barcelona de Guardiola y a tres del arrebatador Madrid de Mourinho. Atrás quedaron los inolvidables años de Pellegrini, las semifinales de Champions y la dupla Riquelme - Forlán. Hace muy poco de aquello pero nadie puede pararse a añorar porque la nostalgia es el camino más directo hacia el olvido.
El equipo que ya ganó Scudettos, Coppas y títulos europeos antes de que el imperio de Cragnotti se fuera al traste, intenta reverdecer viejos laureles apoyado en las genialidades de Hernanes, Zárate o Rocchi. De momento aguanta el tirón y, tras un impresionante arranque de temporada, lidera la clasificación con cuatro puntos por encima del Inter, cinco por encima del Milan y siete por encima de la Juventus. Ahora la gente no mira a Roma solamente para citar el Colisseum, el imperio o el Vaticano. A la que fue capital del mundo le ha costado mucho ser referencia futbolística y este año, a los más de cuatro millones de habitantes de la capital de la República, no les basta con discutir por una rivalidad centenaria; la Roma sigue siendo un equipo inconstante el Lazio ya no es solamente aquel equipo donde jugaron Chinaglia, Giordano, Signori y Crespo, ahora mismo es el lider del Calcio.
Los doscientos mil habitantes de la que fue capital del primer estado democrático en territorio alemán, pueden hoy presumir de un equipo joven, veloz, atrevido y descarado. Ahí está el sello del entrenador Thomas Tuchel, un tipo que se ha atrevido a mirar de tú a tú a los más grandes y les ha intentado decir que la osadía, en el fútbol, puede ser un camino hacia el éxito y no solamente hacia la locura. En Renania, hoy saben que el Mainz 05 es más una referencia que una casualidad y es por ello que sueñan con lo imposible. Desde la segunda posición de la tabla, a un punto del Dortmund y con nueve de ventaja sobre el Bayern Munich, ven la vida desde el lugar donde se acomoda la felicidad. Allí recuerdan las mejores tardes de Pekovic, Subotic y Voronin. Pequeños ídolos de una pequeña ciudad, pequeños pilares de un sueño muy grande que hoy intentan mantener con un equipo joven donde destacan, entre otros, los conocidos Polanski y Szalai, dos tipos que salieron de nuestra liga en busca de un lugar donde aprender a ilusionarse.
La ciudad de Brest, situada en la Bretaña francesa, se convirtió en el principal puerto militar de Francia después de haber sido arrasada durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que no podían haber imaginado sus ciento cincuenta mil habitantes es que la reconstrucción iba a ir acompañada de la reanimación de un equipo sin palmarés, de esos que viven entre dos divisiones y que no destacan más que por su juego ordenado. A este juego hoy le han sumado la ilusión y la velocidad y con un equipo plagado de jugadores nacionales está haciendo sonreir a una pequeña ciudad que ya en su día fue cuna de inolvidables genios como David Ginola o Franck Ribery.
La ciudad de Eschende, de apenas ciento cincuenta mil habitantes y lugar de nacimiento (cuento esto a modo de anécdota) del secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, lleva muchos lunes consecutivos despertándose con el pecho erguido gracias a su equipo de fútbol. La ciudad industrial, capital de Overijssel, es hoy también ciudad futbolística y referencia europea. Haciendo gala de un contragolpe brutal, el Twente se ha situado primero en la tabla por encima de los poderosos Ajax y PSV Eindhoven y amenaza, un año más, con cortarles las alas en su camino hacia el título. Allí, los Ruiz, Janko, Collins y Bruggink intentan, y consiguen, hacer olvidar a los no hace mucho tiempo ídolos Elía, Engelaar o Nkufo.
En el corazón de la región de Braga, Guimaraes es una ciudad donde la nobleza tuvo demasiado poder y donde la burguesía prefirió obviar el camino de la prosperidad. Zona rural, cuna y patria de los Duques de Braganza, la ciudad también copa su parcela de pasión futbolística. En un país dividido en dos y con la aportación pasional de un Sporting que cada año cojea de un pie distinto, los cincuenta mil habitantes de Guimaraes han de decidir si su corazón es azul, rojo o blanco. De momento, el equipo es casi brasileño y como tal actúa en el terreno de juego intentando demostrar que el carioca es un estilo inmortal. Tras la venta de Bebé al Manchester United el equipo se reforzó con jugadores de samba y el estilo les ha llevado al tercer lugar de la tabla. Hay mucha liga y poco objetivo; ser campeón es quimera, ser segundo una proeza.lunes, 25 de octubre de 2010
La Peña Atlética de mi barrio
La Peña Atlética de mi barrio lleva unos días encendiendo el frío de su nostalgia. Se encuentra huérfana de padre, añora aquellas tardes de autocar aclamando a un tipo de bigote y busca en el baúl de los viejos recuerdos un par de fotos con el que desempolvar el olvido.martes, 19 de octubre de 2010
Suscribiendo a Larry Bird
Hace unos años, un periodista, acalorado ante las espectaculares actuaciones del jugador alemán de los Dallas Mavericks, y en un afán desmedido por la comparación destemplada, preguntó al gran Larry Bird por el juego de Dirk Nowitzki. El rubio ex jugador de los Celtics, probablemente el mejor alero de toda la historia de la NBA, respondió sin tapujos: "Es más alto que yo, es más ágil que yo, es más fuerte que yo y tira mejor que yo. Pero es peor jugador que yo".miércoles, 13 de octubre de 2010
Ocupando los espacios
Siempre admiré de un centrocampista que supiese ocupar correctamente los espacios. No me refiero a la literal obediencia de un soldado de campo si no a la correcta utilización de las dos armas con las que cuenta un buen futbolista: la cabeza y los pies.miércoles, 6 de octubre de 2010
Cuando la Masía era un caserío y no una factoría
Hubo un tiempo, y no hace demasiado de ello, que la Masía no fabricaba productos de primer nivel. Si acaso, y en un intento más de reinventarse que de realmente aprovechar los recursos, de vez en cuando sus valedores viajaban a algún torneo y descubrían al que, para ellos, iba a ser la perla del futuro.jueves, 23 de septiembre de 2010
La santísima trinidad
Resulta increíble conocer como la vida regala tantas oportunidades para regenerarse. Algunas veces, el ser humano, sus circunstancias y la audacia son capaces de aprovechar segundas oportunidades y, aunque existen ocasiones en las que la gente no se entera del sonido del tren que está pasando junto a su puerta, a nosotros nos gusta recordar, y convertir en épica, los momentos en los que la vida convierte un momento en magia.
El fútbol, como parte de la vida, también ofrece revancha y a ese clavo ardiendo se agarró el Manchester United durante los diez años que transcurrieron desde que un accidente aéreo terminó con sus intenciones, hasta que volvieron a enfrentarse a la grandeza futbolística con serias aspiraciones de tocar la gloria.
Del prometedor equipo que se dejó la vida en Munich una gélida noche de 1958 tan solo quedaban el entrenador, Matt Busby, el jefe de la defensa, Billy Foulkes, y el capitán, Bobby Charlton. Busby había regenerado el equipo con tesón y las mejores intenciones, gracias a sus ideas, su paciencia y su trabajo consiguió reunir un grupo irrepetible capaz de sentirse importante tanto dentro como fuera del terreno de juego. Foulkes, que se jugaba la vida en cada cruce con un rival, sentía que tenía una deuda con la historia y cada partido lo vivía como si fuese una final, porque conocía de memoria las patadas que podía propinarle el destino. Y Charlton era el jugador referente del equipo, un centrocampista ofensivo que acaparaba sobre sus espaldas toda la categoría del club, una leyenda viva del balompié que había logrado imponer el respeto allá donde jugase un partido.
Pero el grupo de Busby iba más allá de un par de supervivientes de una catástrofe. El equipo comenzaba en Stepney, puro carácter debajo de los palos, y terminaba en Best, bautizado como “El quinto Beatle” el día que se propuso liquidar al Benfica en su propio feudo.
Precisamente iba ser el Benfica el rival a batir en la final de la Copa de Europa de 1968. Los aficionados portugueses aún tenían pesadillas con las cabalgadas de George Best y eran incapaces de olvidar aquella afrenta que les había situado frente al ridículo por primera vez en muchos años. Ni ellos, ni el mismo Eusebio, iban a ser capaces de dejarse vencer de nuevo de aquella manera tan humillante, por lo que ganar al Benfica pasaba por dar todo el fútbol que cabía en sus botas y aportar en cada lance todas las ganas del mundo.
Aquel Manchester contaba, además, con los goles de Dennis Law como punta de lanza de cada jugada. Law era un jugador frío, de tremenda potencia y depurada técnica a la hora de rematar, sus goles le habían convertido en ídolo de Old Trafford y sus participaciones se habían considerado como imprescindibles para el equipo. Pero Law no podría jugar la final y aquello suponía un hándicap que habrían de superar con un esfuerzo extra. Y no podría jugar porque a su tremenda facilidad para anotar goles habría de añadirse a sí mismo la tremenda facilidad que tenía para sufrir lesiones y hacía ya unas semanas que su físico le había dicho basta por enésima vez y tendría que conformarse con ver la final desde la tribuna del místico estadio de Wembley.
Ya se habían tenido que jugar la vida y la historia en semifinales en un enfrentamiento épico frente al Real Madrid. El equipo blanco, que buscaba reverdecer viejos laureles, había conseguido dar una llamada de ánimo a su público y el Santiago Bernabéu estaba a rebosar aquella noche de magia y Copa de Europa. El Manchester traía la mínima ventaja de un gol del partido de ida y todos, en las inmediaciones del Paseo de la Castellana, se frotaban las manos ante el presente glorioso que se les presentaba. El Manchester jugaría sin Law y los goles de aquel trío bautizado como “La Santísima Trinidad” se quedarían en la despensa del vestuario de Old Trafford. En aquella Santísima Trinidad Charlton era el padre, hacedor del fútbol y dueño del balón, prometedor de pases imposibles y trabajador incansable en busca de un milagro que les pusiese rumbo a la historia de los vencedores. Best era el hijo; el hijo pródigo que había regresado desde Belfast para ser aplaudido como si de un dios se tratase y que también obraba milagros en forma de jugadas irrepetibles y carreras inalcanzables. Y Law era la representación del Espíritu Santo, el final perfecto para cada jugada que Charlton lanzaba y Best sinceraba desde la línea de fondo. Una Santísima Trinidad que se había convertido en referencia de miles de niños en Inglaterra y que en aquel partido de semifinales se había mermado desde su vértice más letal.
El Real Madrid había tomado rápido una ventaja de dos goles y todo el estadio cantaba, alborozado, los acordes sencillos de la canción que había popularizado Massiel y que había otorgado a España, unos días antes, su primera victoria en el Festival de Eurovisión por delante del sonriente cantante inglés Cliff Richards. “La, la, la” repetía una y otra vez el estribillo de la canción ganadora y “la, la, la” repetía una y otra vez un público alborozado por sentirse de nuevo con el derecho a disputar la final de la Copa de Europa. Pero el Manchester aún tenía que jugarse la carta de Busby, porque para Busby nada la encendía más que motivar a sus muchachos de cara a conseguir una épica victoria y aquella, que incluía además la dificultad añadida de una remontada, pasaba por convertirse en la victoria más épica de la historia del club.
Porque el Real Madrid era el único rival contra el que Duncan Edwards y el resto de jugadores que acabaron sus vidas en el aeropuerto de Munich no habían tenido oportunidad de revancha. El Real Madrid de entonces había sido el rival a batir en el continente y que se había visto huérfano de un rival de verdad cuando la desgracia había visitado de frente al Manchester United. Y Real Madrid de ahora, menos mágico pero más intenso, se había convertido en la última piedra en el camino hacia una final que vestiría al equipo con el tul de la gloria diez años después de haberse encontrado en la miseria. Y fue por Busby, por Duncan, por la afición que abarrotaba Old Trafford cada domingo y por la cuenta pendiente que el equipo tenía con aquella competición, que el equipo remontó aquel partido para lanzarse hacia una final más que merecida. El sonido “la, la, la” de Massiel dejó de escucharse en el viento cuando Zoco marcó en su propia portería y ponía la clasificación en las manos del rival y le sustituyó el sonido que marcaba el estribillo de la derrotada canción de Cliff Richards y que decía “Congratulations”. Congratulations, felicidades, por la victoria, por la clasificación y por haber conseguido que el público del Bernabéu hubiese cerrado su garganta después de muchos años.
La Santísima Trinidad del Manchester vivió la final de manera dispar en cada uno de sus miembros, los tres con la pasión encendida, pero cada uno en un lugar distinto poniendo su energía y su deseo por el bien de la victoria. Charlton la vivió desde el centro del campo, dirigiendo y ordenando, recuperando y pasando, llegando y obrando milagros. Best la vivió en la delantera, pegado su banda de siempre y aclarando cada jugada con una finta colosal, un amago asombroso y un centro cargado de peligro. Y Law la vivió desde la grada, comiéndose los nervios y explotando suspiros contra el aire, animando y encogiéndose en cada ataque del equipo rival.
Y los tres se encogieron cuando, después de ver pasar los noventa minutos del partido, con el empate a uno en el marcador, vieron quedarse a Eusebio con el balón controlado delante de Stepney y en franca posición para anotar el gol de la victoria. Se encogieron Charlton, Best y Law y se encogieron el resto de jugadores del equipo y de la misma manera se encogieron todos los miembros del banquillo y todo el público inglés que abarrotaba Wembley en aquella noche de primavera. Todos se echaron las manos a la cabeza y escribieron una misma frase en el borde de su pensamiento: “Eusebio no dejará pasar esta oportunidad”.
Eusebio, que durante todo el partido había sido vigilado de cerca por el incansable Stiles, el máximo representante de la escuela más sucia del fútbol, se encontró de cara con la historia tras recibir aquel maravilloso pase de Simoes que le situaba solo frente al portero rival. Todo el mundo supo que aquello iba a ser gol, todo el mundo excepto Alex Stepney, el mismo portero que años más tarde desencajaría su mandíbula al gritarle a un compañero, quien aguantó estoico el amago de la Pantera Negra y atajó contra su estómago un balón lanzado con fuerza. Todos los corazones de Manchester volvieron a latir y en ese mismo instante, cada jugador del equipo supo que aquella final no se les iba a escapar.
La prórroga encumbró a un equipo inolvidable. El partido terminó con un contundente cuatro a uno y cada uno de los protagonistas encendió su mente para dejar pasar un millar de pensamientos por segundo.
Eusebio se encontró de nuevo cabizbajo en el estadio que le estaba regalando los peores momentos de su vida, ya había perdido allí dos finales de la Copa de Europa, y allí mismo se había quedado a las puertas de la final más grande de todas, apenas dos años antes, vistiendo la camiseta de su Portugal de adopción; estaba a punto de añadir el nombre de Wembley junto al de Bela Guttman, en su lista de exorcismos pendientes.
Charlton se apuntó a la victoria con dos goles, el que había abierto el partido con un remate inteligente en el primer palo, y el que había cerrado la goleada con un soberbio cabezazo en el centro del área. Una vez más se había consumado como líder del equipo y como jugador referencia en el mundo del fútbol dos años después de haber ayudado a Bobby Moore a levantar la Copa Jules Rimet.
Best había roto el marcador con el segundo gol del equipo. Cuando la prórroga discurría con el miedo y la incertidumbre recorriendo el sistema nervioso de cada uno de los jugadores, el quinto Beatle había tomado el balón con aplomo cerca del área rival y había encarado al portero con la determinación de los mejores. Regateó al guardameta y por un segundo soñó con cumplir el sueño que visitaba sus noches de gloria desde que era un pequeño niño con aspiraciones de golearle al mundo delante de un estadio lleno: avanzar hasta la línea de meta, parar el balón, agacharse y anotar con la cabeza. Un segundo más tarde sonrió y se decidió a dejar su sueño aparcado porque ganar el partido era más importante que ganar una apuesta consigo mismo. Y un segundo después chutó despacio y comprobó como el balón avanzaba poco a poco hacia la portería rival y se convertía en el gol que rompía el partido para siempre.
Y Law había participado a su manera, desde arriba y con el ánimo a punto de estallar. Reventó de júbilo cuando comprobó como sus compañeros le convertían en campeón de Europa y supo que había participado de alguna manera en la goleada cuando vio a Kidd, el joven delantero que había saltado al partido para sustituirle, marcar el tercer gol de su equipo y aportarle a todo el mundo la seguridad de la victoria.
Law había recibido el Balón de Oro que le coronaba como mejor jugador de Europa, en 1964, Charlton lo había recibido en 1966 y aquel 1968 esperaba a Best como nuevo príncipe y señor de un fútbol que vestía de rojo. “La Santísima Trinidad”. Nunca un tridente ofensivo había recibido tanta gloria en tan poco tiempo.