miércoles, 24 de noviembre de 2010

La recompensa al sufrimiento

Se acaba el año y, como en tantas y tantas ocasiones, toca ese crucial, cara a la galería, ejercicio de rememorar todo aquello que nos puso el corazón en pie. Bien fuese por mal o por bien, siempre hay momentos que nuestra memoria gusta de seleccionar con el fin de colocarlos en el lugar más apropiado de la libreta de nuestros recuerdos. Basta con buscar la página y encontrar el momento.

En el instante de mirar hacia atrás es cuando nos ponemos en situación de relevancia, intentamos hacer inventario de nuestras palabras y buscamos, como locos, el recuerdo más nítido de cada uno de los gestos regalados por todos aquellos que nos rodean.

Yo ahora me veo en Neptuno, preso de la emoción, del desahogo y del orgullo. Han pasado muchos años desde que el Atleti paseó por las calles de Madrid aquel doblete que, a la larga le causó un dolor a la memoria que fue directamente proporcional al daño que los directivos le iban haciendo al equipo por mor de sus habilidades para falsear cifras y jugar con los corazones de la gente. No estoy solo, junto a mi, un puñado de atléticos alternan momentos de ilusión, recuerdo, nostalgia y esperanza. Las lágrimas se mezclan con el júbilo y las promesas que saben que no se cumplirán se convierten en un grito de reivindicación ante el mundo. "Volveremos", dicen. Ya volvimos. Las heridas del camino no duelen cuando se llega triunfante al final del trayecto. Toca emprender nuevas aventuras y toca no cometer los mismos errores. Si queremos ser grandes, conviene actuar como tal. Si queremos seguir soñando, conviene saber que seguimos maniatados por dos tipos que gustan de actuar como bufones y que, cuanto más pequeñitos nos hacen, más relamen la consecución de cada territorio perdido.

Viajo ahora hacia mi barrio. Ha pasado un mes y medio. Cientos de niños y adultos con mirada infantil se arremolinan bajo el chorro incesante de una fuente aderezada para la ocasión. Casi todos visten de rojo e incluso yo mismo soy consciente de que lo que no me ha matado me ha hecho más fuerte. Tantos años agarrado al asa de la decepción que parezco no creerme tanto júbilo por algo gordo de verdad. Campeones del mundo. Un paño de emoción inunda mi mirada, soy partícipe de algo que soñamos todos juntos en aquellas tardes de desengaño en las que volvíamos a casa con la cabeza agachada y la esperanza puesta en el próximo campeonato. Arrojo al agua de la fuente el gol de Armstrong, el penalti de Eloy y el fallo de Salinas. Ya no existen pájaros de mal agüero ni existen mentiras a medias que, de tanto recordarlas se convierten en verdades.

Soy campeón de Europa y soy campeón del mundo. Y junto a mi lo fueron todos aquellos que lloraban su alegría como contraprestación al dolor. Es fácil apuntarse a la fiesta cuando la victoria se alumbra como el lugar más propenso para la alegría. Lo realmente difícil era seguir allí, acorralado por los críticos mientras la desazón iba comiendo las ilusiones. Para todos aquellos que aguantamos y supimos desclavar las rodillas de la tierra antes de decir "basta", estos títulos son un poquito más nuestros que del resto porque sin fe no se mueven las montañas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El cabezazo que impidió un record

Si hubo un equipo francés que algún día fue grande de verdad, este fue el Olympique de Marsella del primer lustro de la década de los noventa. En aquellos años alcanzó dos finales de la Copa de Europa con distinta suerte; en la primera, se estrellaron en la tanda de penaltis ante el Estrella Roja del deslumbrante Prosinecki y en la segunda tocaron el cielo después de superar al imponente Milan de Fabio Capello.

Eran tres grandes equipos. El Estrella Roja porque contaba con lo más selecto de la última gran generación del fútbol yugoslavo. Era un equipo que representaba a un país en descomposición y, como tal, no tardó mucho tiempo en descomponerse. Allí deslumbraban el citado Prosinecki, un rubio de zancada fina y regate fulgurante que terminaría estrellándose en el Real Madrid; Savicevic, un extremo de soberbia conducción y clase a raudales; Mihajlovic, un zurdo de pegada descomunal; Jugovic, un centrocampista de largo recorrido que terminó haciendose un sitio entre los más granado del fútbol italiano; y Pancev, un demoledor del área que una vez hubo conseguido su bota de oro se fue difuminando en la misma medida en la que el olvido fue siendo injusto con aquel equipo.

El Milan de Capello era otra cosa. Durante la temporada 1992-93, después de cumplir una sanción impuesta por la UEFA tras haberse retirado en pleno partido de cuartos de final de la máxima competición ante el Olympique de Marsella, había demostrado que había regresado a la élite para destrozar todos los registros. Tras más de un año invicto en el Calcio, se presentó en la final de la Copa de Europa dispuesto a pulverizar todos los registros históricos; desde que el mes de septiembre había comenzado la competición, el Milan había ganado a todos y cada uno de sus rivales en todos y cada uno de los partidos disputados. Era un equipo demoledor, no demasiado vistoso más sí muy eficaz y que contaba en la punta de lanza con un Van Basten en estado de Gracia y un Papin que durante un año estuvo buscando el lugar que había dejado olvidado en algún rincón del sur francés.

Con un parcial de siete a cero, se deshicieron del Olympia Lubljana en primera ronda; en la segunda se deshicieron del Slovan de Bratislava por un compendio de cinco a cero; ya en la fase de grupos ganaron todos sus partidos tras enfrentarse a Gotteborg, PSV Eindhoven y Oporto. Solamente faltaba la victoria sobre un equipo francés para marcar con última última muesca su revólver y firmar una Copa de Europa completamente inmaculada.

Precisamente era ese equipo francés el mismo ante el que habían atentando contra el espíritu de la competición un par de años antes. Había sido en un partido de vuelta, el equipo de Sacchi, en pleno estertor antes de su defunción definitiva como equipo cíclico, se jugaba la honra y el pase a semifinales en el Velodrome ante un equipo de incipiente talento y hambre voraz. Corría el minuto noventa y virtualmente eliminado por el marcador en contra que reflejaba el marcador, el Milan decidió retirarse del campo una vez la luz del estadio se apagó por completo. Lo que supuestamente había sido un fallo técnico, ellos lo tomaron como una trampa; la peor manera de frenar sus últimas y desesperadas acometidas.

Sea como fuere, tras aquella eliminatoria nacieron dos equipos campeones de Europa. Uno de ellos, el francés, se fraguó gracias a la fuerza de su línea defensiva y a la creativa genialidad de su tridente de ataque. El otro, el italiano, resucitó de la mano de un Capello menos romántico pero más efectivo que Sacchi. Dos equipos, dos estilos y un puñado de grandes jugadores enfrentados por el máximo segundo de gloria.

Y fue Basile Boli, el defensa francés, oriundo de Costa de Marfil, quien, con un cabezazo certero a la salida de un córner, destrozó los pronósticos y dejó al Milan de Capello con dos cuartos de narices y el deseo de un record inmaculado en el baúl de los asuntos pendientes. El Olympique, que ganó aquella copa terminó autodestruyéndose por culpa de un presidente que, de tanto desear el éxito, terminó ahogándose en sus propias miserias. Y el Milan, que salió derrotado, siguió creciendo un año más hasta demostrarle al mundo que no había equipo invencible por muy sublime que fuese y terminó despedazando al Barcelona de Cruyff en una de las finales más inolvidables de la Copa de Europa. Pero esa, como tantas otras, es otra historia.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Una copa prostituída

Recitaba el gran poeta del Siglo de Oro, Don Francisco de Quevedo, aquel estribillo que se estableció en el vocabulario popular y que rezaba aquello de "poderoso caballero es don dinero". "Madre, yo al oro me humillo...", "Grandes clubes de nuestro fútbol, vuestros deseos sean órdenes". Aquello es lo que cantaba el poeta y esto es lo que parecen decir los dirigentes de una Federación que han dejado que una de las competiciones más antiguas y bonitas del mundo caiga en la deshonra.

"Madre, yo al oro me humillo...". Mirando hacia la expansión futbolística del continente, miramos (algunos) con envidia la maravillosa liturgia que, tradicionalmente, se ha organizado en torno a los torneos coperos de las principales potencias. Huelga hablar de esa FA Cup en la que el vencedor consigue tanta gloria como el campeón de liga o de esa copa alemana en la que, a menudo, un cabeza de ratón se escurre entre los tablones del vagón de las sorpresas. En Francia, el torneo sigue respirando aquel aire romántico que ni el drama de Furiani pudo deshacer, un torneo de cientos de equipos, profesionales y aficionados, en busca de un bocado de gloria y esperanza.

"Él es mi amante y mi amado...". No hace mucho de aquellas eliminatorias en el frío otoño español en las que un pequeño campesino con maza de hierro destrozaba al poderoso ejército de un general poderoso. Aquellas humillaciones, más que servir como ejemplo y motivo de admiración, fueron tenidas en cuenta como castigo a evitar. "Qué no vuelva a suceder", dijeron los jefes de la guardia real. Y no sucedió jamás.

"Pues de puro enamorado, de continuo anda amarillo...". Eliminatorias a doble vuelta en campo del grande, equipos de primera con el privilegio de entrar a jugar en las últimas rondas, diferencias económicas y deportivas insalvables, sueños rotos a media noche, ilusiones en el pozo de la cruel realidad.

"Que pues doblón o sencillo hace todo lo que quiero...". Lograron sus propósitos los grandes, la Federación prostituyó la Copa del Rey, el Madrid goleó al Murcia, el Barcelona arrasó al Ceuta, el Sevilla humilló al Real Unión de Irún y al Atleti le sobró un partido ante el Universidad de Las Palmas. Solamente Betis y Córdoba defendieron el orgullo de la Segunda División e hicieron saltar la caja, con un aplauso, aparte, merecido para un Portugalete que se marcha a casa sin perder ningún partido y dejando la sensación de que el Getafe estuvo más cerca del ridículo que de la misión cumplida.

Es lo que hay y es lo que seguirá habiendo. No habrá más finales entre el Mallorca y el Recreativo que colmen los sueños de dos ciudades fabricadas de una materia futbolística de bajas aspiraciones, no habrá más semifinalistas de segunda, ni más segundas b que gusten de emular el sueño de aquel Numancia del noventa y seis. Habrá un Barcelona, un Madrid, un Atleti, un Valencia, un Sevilla que engorden su palmarés. Ellos engordan con el dinero y los demás no tienen ni migajas. "Poderoso caballero es don dinero". Y que usted lo diga, Don Francisco.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El vulgo entre la nobleza

Hubo una época, en plena Edad Media, en la que una serie de ciudadanos, agrupados en burgos (o lo que posteriormente se conocería como ciudades) y formada por comerciantes, artesanos libres y personas no sometidas a la jurisdicción señorial, reclamaron su lugar en una sociedad que avanzaba a pasos demasiado cortos. Ellos, a medio camino entre el populacho obligado a cumplir su jornal y pagar su diezmo y la nobleza que se enriquecía del sudor del campesino y el jornalero, decidieron someterse al juicio de los libros de historia y pasaron a ser conocidos como burguesía. Eran gente acomodada que comerciaba su propio dinero, se atrevían a manifestarse políticamente y movían el capital de las ciudades.

El fútbol, a medida que ha ido progresando en cuanto a negocio por encima del sentimentalismo, se ha convertido también en una sociedad injusta en la que, como aquella, los nobles hacen pagar su diezmo a los pobres vulgares a base de fichajes de estrellas, goleadas implacables y una atención mediática desorbitada. Ocurre a veces que algún jornalero, harto de ver su espalda quebrada al sol del feudalismo, se rebela contra el noble y pide un hueco en la burguesía. A menudo son sueños de grandeza incontrolable, anécdotas de abuelo cebolleta, momentos para recordar y aplausos en la memoria. En cada gran liga europea, inmiscuido entre el poder de la firme mano de hierro de los grandes, hay un pequeño burgués o un minúsculo campesino que sueña durante un par de meses con la magia de la grandeza del fútbol. Porque ellos también forman parte del juego.

En Inglaterra, el West Bromwich Albion, un recién ascendido con más de cien años de historia, se ha colado entre los grandes con un fútbol donde la fe ha conseguido mover más de una montaña. Situada en la región de Sandwell, la ciudad de West Bromwich se convirtió en uno de los puntos álgidos durante la segunda revolución industrial. Allí la ingeniería y la química tienen un lugar prioritario como motor económico y sus ciento cuarenta mil habitantes pueden volver a soñar con aquellos felices años veinte en los que el equipo consiguió el que, a día de hoy, es su único título de liga. El equipo, que ya ha derribado la puerta del Emirates Stadium y de Old Trafford, marcha en sexta posición, a diez puntos del imparable Chelsea e igualado a puntos con el incipiente Tottenham Hotspur. Allí jugaron tipos como Cunningham, Zoltan Gera o el aclamado Brian Robson y allí patea hoy la pelota nuestro paisano Pablo Ibáñez que, al igual que el equipo, intenta regresar al lugar donde una vez estuvo.

En España, un lugar donde el bipartidismo se ha convertido en costumbre por encima de la noticia, un pequeño equipo vestido de amarillo intenta llamar la atención con un fútbol de precisión y entusiasmo. En realidad su aporte al campeonato no es novedad sorpresiva puesto que el Villarreal lleva jugando, para bien, con la felicidad de sus aficionados durante varias temporadas. Situado en plena zona de La Plana Levantina, el municipio de Villarreal, de apenas cincuenta mil habitantes, se situó en el primer plano de la pirámide económica del país gracias a su colosal industria azulejera. En unos años en los que la crisis económica se ha llevado por delante miles de sueños y de empleos, a los habitantes del municipio aún les queda la esperanza de pedirle a San Pascual Bailón por un puñado de alegrías convertidas en goles. El equipo, sujetado por la maravillosa conexión formada por Cazorla, Rossi y Nilmar, está situado en la tercera posición de la tabla, a dos puntos del brillante Barcelona de Guardiola y a tres del arrebatador Madrid de Mourinho. Atrás quedaron los inolvidables años de Pellegrini, las semifinales de Champions y la dupla Riquelme - Forlán. Hace muy poco de aquello pero nadie puede pararse a añorar porque la nostalgia es el camino más directo hacia el olvido.

En Italia, el Lazio intenta, a base de un fútbol clásico, arrebatarle el protagonismo a los tres grandes del país. El equipo que ya ganó Scudettos, Coppas y títulos europeos antes de que el imperio de Cragnotti se fuera al traste, intenta reverdecer viejos laureles apoyado en las genialidades de Hernanes, Zárate o Rocchi. De momento aguanta el tirón y, tras un impresionante arranque de temporada, lidera la clasificación con cuatro puntos por encima del Inter, cinco por encima del Milan y siete por encima de la Juventus. Ahora la gente no mira a Roma solamente para citar el Colisseum, el imperio o el Vaticano. A la que fue capital del mundo le ha costado mucho ser referencia futbolística y este año, a los más de cuatro millones de habitantes de la capital de la República, no les basta con discutir por una rivalidad centenaria; la Roma sigue siendo un equipo inconstante el Lazio ya no es solamente aquel equipo donde jugaron Chinaglia, Giordano, Signori y Crespo, ahora mismo es el lider del Calcio.

En Alemania, la hermosa ciudad de Maguncia ha dejado de ser, provisionalmente, y de manera única, la cuna del mejor vino alemán. Los doscientos mil habitantes de la que fue capital del primer estado democrático en territorio alemán, pueden hoy presumir de un equipo joven, veloz, atrevido y descarado. Ahí está el sello del entrenador Thomas Tuchel, un tipo que se ha atrevido a mirar de tú a tú a los más grandes y les ha intentado decir que la osadía, en el fútbol, puede ser un camino hacia el éxito y no solamente hacia la locura. En Renania, hoy saben que el Mainz 05 es más una referencia que una casualidad y es por ello que sueñan con lo imposible. Desde la segunda posición de la tabla, a un punto del Dortmund y con nueve de ventaja sobre el Bayern Munich, ven la vida desde el lugar donde se acomoda la felicidad. Allí recuerdan las mejores tardes de Pekovic, Subotic y Voronin. Pequeños ídolos de una pequeña ciudad, pequeños pilares de un sueño muy grande que hoy intentan mantener con un equipo joven donde destacan, entre otros, los conocidos Polanski y Szalai, dos tipos que salieron de nuestra liga en busca de un lugar donde aprender a ilusionarse.

En Francia, el Stade Brestois 29 ha sorprendido a propios y extraños después de colocarse en el primer lugar de la clasificación. La ciudad de Brest, situada en la Bretaña francesa, se convirtió en el principal puerto militar de Francia después de haber sido arrasada durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que no podían haber imaginado sus ciento cincuenta mil habitantes es que la reconstrucción iba a ir acompañada de la reanimación de un equipo sin palmarés, de esos que viven entre dos divisiones y que no destacan más que por su juego ordenado. A este juego hoy le han sumado la ilusión y la velocidad y con un equipo plagado de jugadores nacionales está haciendo sonreir a una pequeña ciudad que ya en su día fue cuna de inolvidables genios como David Ginola o Franck Ribery.

En Holanda, el Twente intenta (y consigue) hacerle creer al mundo que su triunfo en la Eredivisie de la temporada anterior no fue fruto de la casualidad. La ciudad de Eschende, de apenas ciento cincuenta mil habitantes y lugar de nacimiento (cuento esto a modo de anécdota) del secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, lleva muchos lunes consecutivos despertándose con el pecho erguido gracias a su equipo de fútbol. La ciudad industrial, capital de Overijssel, es hoy también ciudad futbolística y referencia europea. Haciendo gala de un contragolpe brutal, el Twente se ha situado primero en la tabla por encima de los poderosos Ajax y PSV Eindhoven y amenaza, un año más, con cortarles las alas en su camino hacia el título. Allí, los Ruiz, Janko, Collins y Bruggink intentan, y consiguen, hacer olvidar a los no hace mucho tiempo ídolos Elía, Engelaar o Nkufo.

Y en Portugal, ante el dominio casi abrumador de un Oporto retozado, es el Vitoria de Guimaraes el que se ha empeñado en hacer sombra al Benfica en su lucha por el segundo puesto. En el corazón de la región de Braga, Guimaraes es una ciudad donde la nobleza tuvo demasiado poder y donde la burguesía prefirió obviar el camino de la prosperidad. Zona rural, cuna y patria de los Duques de Braganza, la ciudad también copa su parcela de pasión futbolística. En un país dividido en dos y con la aportación pasional de un Sporting que cada año cojea de un pie distinto, los cincuenta mil habitantes de Guimaraes han de decidir si su corazón es azul, rojo o blanco. De momento, el equipo es casi brasileño y como tal actúa en el terreno de juego intentando demostrar que el carioca es un estilo inmortal. Tras la venta de Bebé al Manchester United el equipo se reforzó con jugadores de samba y el estilo les ha llevado al tercer lugar de la tabla. Hay mucha liga y poco objetivo; ser campeón es quimera, ser segundo una proeza.

lunes, 25 de octubre de 2010

La Peña Atlética de mi barrio

La Peña Atlética de mi barrio lleva unos días encendiendo el frío de su nostalgia. Se encuentra huérfana de padre, añora aquellas tardes de autocar aclamando a un tipo de bigote y busca en el baúl de los viejos recuerdos un par de fotos con el que desempolvar el olvido.

La Peña Atlética de mi barrio se encuentra en un bar de los de caña dominguera, partido vespertino y celebración con calimocho. A la Peña Atlética de mi barrio bajábamos los niños en busca de un autógrafo, de una Fanta de naranja o de un puñado de chapas con el que confeccionar nuestros mejores equipos. En los míos nunca faltaban los colores rojo y blanco y el número cuatro de aquel tipo alto al que dábamos la mano un par de veces al año.

La Peña Atlética de mi barrio está a media vuelta de manzana desde el portal donde viven mis padres. Allí crecí soñando ser futbolista y allí tuve que conformarme con ver los sueños pasar de largo mientras aprendía a emocionarme con los partidos del equipo que había aprendido a amar. También fue allí, en mi barrio y en su Peña Atlética, donde conocí al capitan de ese equipo, al baluarte de un grito que hoy suena más apagado de ayer, al tipo que decían que doblaba espinillas y se partía la cabeza por defender sus colores.

A la Peña Atlética de mi barrio le falta hoy el apellido. A todos nos falta un tipo y todos nos aferramos al recuerdo. Ha pasado un cuarto de siglo desde que estreché su mano por vez primera, han pasado dos semanas desde que se marchó con el himno del Atleti sonando en su alma. La Peña Atlética Arteche, mi barrio y todos los atléticos jamás le olvidaremos. Él era parte de nuestra religión.

martes, 19 de octubre de 2010

Suscribiendo a Larry Bird

Hace unos años, un periodista, acalorado ante las espectaculares actuaciones del jugador alemán de los Dallas Mavericks, y en un afán desmedido por la comparación destemplada, preguntó al gran Larry Bird por el juego de Dirk Nowitzki. El rubio ex jugador de los Celtics, probablemente el mejor alero de toda la historia de la NBA, respondió sin tapujos: "Es más alto que yo, es más ágil que yo, es más fuerte que yo y tira mejor que yo. Pero es peor jugador que yo".

Todo ello sin borrar la sonrisa de ganador bajo su hoy casi imperceptible bigote rubio, todo ello sin mentir, todo ello sin hacer sentir al espectador que aquellas palabras estaban cargadas de la realidad más sensata.

Desde hace meses viene sobrevolando una absurda teoría que dice que Gonzalo Higuaín no sirve para jugar en el Real Madrid. La base de esta tesis se sustenta en que el delantero argentino aún no le ha marcado un gol realmente importante a nadie. Puede que sea cierto, pero ni en los años en los que jugó escorado a la derecha ni en los que lo hace escoltado por el huracán Ronaldo, ninguno de sus compañeros de ataque ha logrado completar esta reprochada misión. Higuaín, por ejemplo, le ha marcado al Barça los mismo goles en los mismos partidos que Cristiano Ronaldo, es decir, cero.

No sirve la comparación para minusvalorar a un Ronaldo que significa tres cuartas partes del oxígeno atacante de un equipo cada vez más fabricado para él, sirve el símil para dejar de enjuiciar a un tipo que sabe moverse en las inmediaciones del área como el mejor depredador de la selva. Como el león que busca su gacela, Higuaín flota entre los defensas sin hacer ningún ruido, casi en silencio, casi sin buscar el balón. Su participación en la elaboración es testimonial, pero es cuando menos se le espera cuando más aparece. Su capacidad para encontrar unos contra uno ante el meta rival es casi incomparable en el fútbol actual. Puede que falle más de las que tenga y puede que, más que eso, haya fallado las más cruciales, más su instinto de goleador y su capacidad para leer a las defensas rivales son apenas existentes en un fútbol de delanteros voraces como es el actual. Es un jugador imperceptible, es un tipo imprescindible.

Como si de un ejercicio de alabanza hacia el poder se tratase, los poderes fácticos andan empeñados en situar a Benzema por encima de Higuaín, por la simple condición de haber sido una apuesta personal del presidente del Madrid. El francés es un tipo de condiciones innatas, chispazos de emoción y sensaciones ilusionantes, pero es más que posible que algún día a Higuaín le pregunten por él y diga: "¿Benzema? Es más alto que yo, es más ágil que yo, es más fuerte que yo y tira mejor que yo. Pero es peor jugador que yo". Y yo lo suscribiría.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Ocupando los espacios

Siempre admiré de un centrocampista que supiese ocupar correctamente los espacios. No me refiero a la literal obediencia de un soldado de campo si no a la correcta utilización de las dos armas con las que cuenta un buen futbolista: la cabeza y los pies.

En la cabeza reside el fútbol y desde los pies se ejecutan todos los impulsos nerviosos que llegan desde el centro de transmisión de ideas. Aquí la veo, aquí te la pongo. Aquí me necesitas, aquí estoy.

Hace años que la cantera del Fútbol Club Barcelona apuesta por tipos dinámicos, de cabeza fría, fútbol inteligente y pies prodigiosos. Amigos de sus amigos que son capaces de prestar ayuda durante los noventa minutos del partido. Aquella escuela que empezó, discretamente, en Luis Milla, se glorificó en Guardiola y encontró su punto culminante en Xavi Hernández, nos muestra hoy a uno de esos tipos que, de solo verles jugar, apetece seguir a su equipo todos los días.

Thiago Alcántara es uno de esos futbolistas de ida y vuelta, inteligente, de sutil toque de balón, asociación intuitiva y mando en plaza que tantas buenas tardes le ha dado al fútbol español. Si el barcelonismo y, por extensión, el aficionado español tiene alguna inquietud en cuanto al sustituto de Xavi, no deben fijar únicamente sus miras en el fabuloso Cesc Fábregas. En el filial del Barça hay chico de tez morena que también sabe hacer del fútbol un arte.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cuando la Masía era un caserío y no una factoría

Hubo un tiempo, y no hace demasiado de ello, que la Masía no fabricaba productos de primer nivel. Si acaso, y en un intento más de reinventarse que de realmente aprovechar los recursos, de vez en cuando sus valedores viajaban a algún torneo y descubrían al que, para ellos, iba a ser la perla del futuro.

En estas circustancias llegó Samuel Okunowo al Fútbol Club Barcelona. Avalado por Quique Costas y Oriol Tort, Okunowo encontró aposento, comida y botas de fútbol en la casa de los canteranos azulgrana. Tenía diecisiete años, había ganado la Meridian Cup con Nigeria y llegaba para ser el sustituto del inefable Michael Reiziger. Palabras mayores.

No duró mucho su periplo aunque, para honor propio e historia impresa del club, quedará como el tipo que jugó como titular en el lateral derecho el día que el Barcelona celebró sus cien años de existencia. Galas de sábado noche que dirían los antiguos rememorando viejos programas de televisión.

Una vez que Van Gaal había sacado lustre a su currículum, Okunowo abandonó el Barça para recorrer el mundo sentado en la grupa de la ilusión. No fue mucho lo que dejó su estela. Doce partidos con el Benfica, media temporada en el Badajoz, dos partidos en el Ionikos griego y otros dos partidos en el Dínamo de Bucarest.

Pasaban los años y Okunowo se iba convirtiendo en nómada como aquellos corresponsales de prensa que saltan de un país a otro en busca de un bocado de actualidad. En Albania y en Ucrania se relamieron los labios imaginando en sus equipos a un ex futbolista del Barça. Nada menos que un ex futbolista. Eso es lo que habían fichado. Si es que acaso lo había sido en alguna ocasión.

Con más kilómetros que velocidad en sus piernas y con el saco de las ilusiones rotas se puso a prueba en el Bryne noruego primero y en el Vilanova del Lamí de la regional catalana después. En ninguno de los equipos pasó el periodo de adaptación. Así pues, volvió a cargar las maletas, tomó un nuevo avión y pensó que qué mejor manera que dignificar sus ahorros que invertirlos en bonitas playas paradisiacas.

Actualmente, y sin que se tengan nuevas noticias sobre su paradero, juega al fútbol en las Islas Malvinas y de vez en cuando recuerda lo que pudo haber sido y no fue. En aquellas tardes de verano también habían llegado al Barça tipos como Rustu, Rochemback o Zenden. Gracias para el fútbol que la Masí dejó de ser un caserío para convertirse en una factoría. Tras Okunowo llegó Carles Puyol, tras Rustu llegó Víctor Valdés, tras Rochemback llegó Xavi Hernández y tras Zenden llegó Andrés Iniesta. Casi siempre es preferible mirar lo que se tiene en casa antes que ir a buscar afuera.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La santísima trinidad

Resulta increíble conocer como la vida regala tantas oportunidades para regenerarse. Algunas veces, el ser humano, sus circunstancias y la audacia son capaces de aprovechar segundas oportunidades y, aunque existen ocasiones en las que la gente no se entera del sonido del tren que está pasando junto a su puerta, a nosotros nos gusta recordar, y convertir en épica, los momentos en los que la vida convierte un momento en magia.

El fútbol, como parte de la vida, también ofrece revancha y a ese clavo ardiendo se agarró el Manchester United durante los diez años que transcurrieron desde que un accidente aéreo terminó con sus intenciones, hasta que volvieron a enfrentarse a la grandeza futbolística con serias aspiraciones de tocar la gloria.

Del prometedor equipo que se dejó la vida en Munich una gélida noche de 1958 tan solo quedaban el entrenador, Matt Busby, el jefe de la defensa, Billy Foulkes, y el capitán, Bobby Charlton. Busby había regenerado el equipo con tesón y las mejores intenciones, gracias a sus ideas, su paciencia y su trabajo consiguió reunir un grupo irrepetible capaz de sentirse importante tanto dentro como fuera del terreno de juego. Foulkes, que se jugaba la vida en cada cruce con un rival, sentía que tenía una deuda con la historia y cada partido lo vivía como si fuese una final, porque conocía de memoria las patadas que podía propinarle el destino. Y Charlton era el jugador referente del equipo, un centrocampista ofensivo que acaparaba sobre sus espaldas toda la categoría del club, una leyenda viva del balompié que había logrado imponer el respeto allá donde jugase un partido.

Pero el grupo de Busby iba más allá de un par de supervivientes de una catástrofe. El equipo comenzaba en Stepney, puro carácter debajo de los palos, y terminaba en Best, bautizado como “El quinto Beatle” el día que se propuso liquidar al Benfica en su propio feudo.

Precisamente iba ser el Benfica el rival a batir en la final de la Copa de Europa de 1968. Los aficionados portugueses aún tenían pesadillas con las cabalgadas de George Best y eran incapaces de olvidar aquella afrenta que les había situado frente al ridículo por primera vez en muchos años. Ni ellos, ni el mismo Eusebio, iban a ser capaces de dejarse vencer de nuevo de aquella manera tan humillante, por lo que ganar al Benfica pasaba por dar todo el fútbol que cabía en sus botas y aportar en cada lance todas las ganas del mundo.

Aquel Manchester contaba, además, con los goles de Dennis Law como punta de lanza de cada jugada. Law era un jugador frío, de tremenda potencia y depurada técnica a la hora de rematar, sus goles le habían convertido en ídolo de Old Trafford y sus participaciones se habían considerado como imprescindibles para el equipo. Pero Law no podría jugar la final y aquello suponía un hándicap que habrían de superar con un esfuerzo extra. Y no podría jugar porque a su tremenda facilidad para anotar goles habría de añadirse a sí mismo la tremenda facilidad que tenía para sufrir lesiones y hacía ya unas semanas que su físico le había dicho basta por enésima vez y tendría que conformarse con ver la final desde la tribuna del místico estadio de Wembley.

Ya se habían tenido que jugar la vida y la historia en semifinales en un enfrentamiento épico frente al Real Madrid. El equipo blanco, que buscaba reverdecer viejos laureles, había conseguido dar una llamada de ánimo a su público y el Santiago Bernabéu estaba a rebosar aquella noche de magia y Copa de Europa. El Manchester traía la mínima ventaja de un gol del partido de ida y todos, en las inmediaciones del Paseo de la Castellana, se frotaban las manos ante el presente glorioso que se les presentaba. El Manchester jugaría sin Law y los goles de aquel trío bautizado como “La Santísima Trinidad” se quedarían en la despensa del vestuario de Old Trafford. En aquella Santísima Trinidad Charlton era el padre, hacedor del fútbol y dueño del balón, prometedor de pases imposibles y trabajador incansable en busca de un milagro que les pusiese rumbo a la historia de los vencedores. Best era el hijo; el hijo pródigo que había regresado desde Belfast para ser aplaudido como si de un dios se tratase y que también obraba milagros en forma de jugadas irrepetibles y carreras inalcanzables. Y Law era la representación del Espíritu Santo, el final perfecto para cada jugada que Charlton lanzaba y Best sinceraba desde la línea de fondo. Una Santísima Trinidad que se había convertido en referencia de miles de niños en Inglaterra y que en aquel partido de semifinales se había mermado desde su vértice más letal.

El Real Madrid había tomado rápido una ventaja de dos goles y todo el estadio cantaba, alborozado, los acordes sencillos de la canción que había popularizado Massiel y que había otorgado a España, unos días antes, su primera victoria en el Festival de Eurovisión por delante del sonriente cantante inglés Cliff Richards. “La, la, la” repetía una y otra vez el estribillo de la canción ganadora y “la, la, la” repetía una y otra vez un público alborozado por sentirse de nuevo con el derecho a disputar la final de la Copa de Europa. Pero el Manchester aún tenía que jugarse la carta de Busby, porque para Busby nada la encendía más que motivar a sus muchachos de cara a conseguir una épica victoria y aquella, que incluía además la dificultad añadida de una remontada, pasaba por convertirse en la victoria más épica de la historia del club.

Porque el Real Madrid era el único rival contra el que Duncan Edwards y el resto de jugadores que acabaron sus vidas en el aeropuerto de Munich no habían tenido oportunidad de revancha. El Real Madrid de entonces había sido el rival a batir en el continente y que se había visto huérfano de un rival de verdad cuando la desgracia había visitado de frente al Manchester United. Y Real Madrid de ahora, menos mágico pero más intenso, se había convertido en la última piedra en el camino hacia una final que vestiría al equipo con el tul de la gloria diez años después de haberse encontrado en la miseria. Y fue por Busby, por Duncan, por la afición que abarrotaba Old Trafford cada domingo y por la cuenta pendiente que el equipo tenía con aquella competición, que el equipo remontó aquel partido para lanzarse hacia una final más que merecida. El sonido “la, la, la” de Massiel dejó de escucharse en el viento cuando Zoco marcó en su propia portería y ponía la clasificación en las manos del rival y le sustituyó el sonido que marcaba el estribillo de la derrotada canción de Cliff Richards y que decía “Congratulations”. Congratulations, felicidades, por la victoria, por la clasificación y por haber conseguido que el público del Bernabéu hubiese cerrado su garganta después de muchos años.

La Santísima Trinidad del Manchester vivió la final de manera dispar en cada uno de sus miembros, los tres con la pasión encendida, pero cada uno en un lugar distinto poniendo su energía y su deseo por el bien de la victoria. Charlton la vivió desde el centro del campo, dirigiendo y ordenando, recuperando y pasando, llegando y obrando milagros. Best la vivió en la delantera, pegado su banda de siempre y aclarando cada jugada con una finta colosal, un amago asombroso y un centro cargado de peligro. Y Law la vivió desde la grada, comiéndose los nervios y explotando suspiros contra el aire, animando y encogiéndose en cada ataque del equipo rival.

Y los tres se encogieron cuando, después de ver pasar los noventa minutos del partido, con el empate a uno en el marcador, vieron quedarse a Eusebio con el balón controlado delante de Stepney y en franca posición para anotar el gol de la victoria. Se encogieron Charlton, Best y Law y se encogieron el resto de jugadores del equipo y de la misma manera se encogieron todos los miembros del banquillo y todo el público inglés que abarrotaba Wembley en aquella noche de primavera. Todos se echaron las manos a la cabeza y escribieron una misma frase en el borde de su pensamiento: “Eusebio no dejará pasar esta oportunidad”.

Eusebio, que durante todo el partido había sido vigilado de cerca por el incansable Stiles, el máximo representante de la escuela más sucia del fútbol, se encontró de cara con la historia tras recibir aquel maravilloso pase de Simoes que le situaba solo frente al portero rival. Todo el mundo supo que aquello iba a ser gol, todo el mundo excepto Alex Stepney, el mismo portero que años más tarde desencajaría su mandíbula al gritarle a un compañero, quien aguantó estoico el amago de la Pantera Negra y atajó contra su estómago un balón lanzado con fuerza. Todos los corazones de Manchester volvieron a latir y en ese mismo instante, cada jugador del equipo supo que aquella final no se les iba a escapar.

La prórroga encumbró a un equipo inolvidable. El partido terminó con un contundente cuatro a uno y cada uno de los protagonistas encendió su mente para dejar pasar un millar de pensamientos por segundo.

Eusebio se encontró de nuevo cabizbajo en el estadio que le estaba regalando los peores momentos de su vida, ya había perdido allí dos finales de la Copa de Europa, y allí mismo se había quedado a las puertas de la final más grande de todas, apenas dos años antes, vistiendo la camiseta de su Portugal de adopción; estaba a punto de añadir el nombre de Wembley junto al de Bela Guttman, en su lista de exorcismos pendientes.

Charlton se apuntó a la victoria con dos goles, el que había abierto el partido con un remate inteligente en el primer palo, y el que había cerrado la goleada con un soberbio cabezazo en el centro del área. Una vez más se había consumado como líder del equipo y como jugador referencia en el mundo del fútbol dos años después de haber ayudado a Bobby Moore a levantar la Copa Jules Rimet.

Best había roto el marcador con el segundo gol del equipo. Cuando la prórroga discurría con el miedo y la incertidumbre recorriendo el sistema nervioso de cada uno de los jugadores, el quinto Beatle había tomado el balón con aplomo cerca del área rival y había encarado al portero con la determinación de los mejores. Regateó al guardameta y por un segundo soñó con cumplir el sueño que visitaba sus noches de gloria desde que era un pequeño niño con aspiraciones de golearle al mundo delante de un estadio lleno: avanzar hasta la línea de meta, parar el balón, agacharse y anotar con la cabeza. Un segundo más tarde sonrió y se decidió a dejar su sueño aparcado porque ganar el partido era más importante que ganar una apuesta consigo mismo. Y un segundo después chutó despacio y comprobó como el balón avanzaba poco a poco hacia la portería rival y se convertía en el gol que rompía el partido para siempre.

Y Law había participado a su manera, desde arriba y con el ánimo a punto de estallar. Reventó de júbilo cuando comprobó como sus compañeros le convertían en campeón de Europa y supo que había participado de alguna manera en la goleada cuando vio a Kidd, el joven delantero que había saltado al partido para sustituirle, marcar el tercer gol de su equipo y aportarle a todo el mundo la seguridad de la victoria.

Law había recibido el Balón de Oro que le coronaba como mejor jugador de Europa, en 1964, Charlton lo había recibido en 1966 y aquel 1968 esperaba a Best como nuevo príncipe y señor de un fútbol que vestía de rojo. “La Santísima Trinidad”. Nunca un tridente ofensivo había recibido tanta gloria en tan poco tiempo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Derribando la puerta

Dijo Camacho, el día que fue presentado como entrenador del Real Madrid, que el canterano que quisiera jugar en el primer equipo debía ser capaz de derribar la puerta. Hacía referencia al nivel de exigencia del equipo y al ejemplo de los únicos tres tipos que se habían acomododado en el once titular del equipo en el transcurso de los últimos años; tipos con talento, con fe y con una idea muy clara de lo que era jugar en la élite.

En el rival, unos años antes, había debutado un chaval de rostro imberbe, pecoso y ojos de niño travieso. Entre dudas y odas, entre promesas y realidades, el niño fue quemando etapas con el hambre de quien desea poner encima de la mesa todas las cartas ganadores sin haber revisado antes el estado de la partida. Su carta de consagración, su plan definitivo de choque, se presentó una soleada tarde de otoño en el estadio Ruiz de Lopera de Sevilla. Se acuñó hacia el borde del área, levantó la mano y pidió el balón. Le llegó un centro de quaterback e hizo lo que su cabeza le pidió que hiciera. Ideas así merecen admiración, remates así merecen asombro.